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Fecha: 10-Jun-14 « Anterior | Siguiente » en Transexuales

Un nuevo futuro (2/2)

Temporal
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Preparación y resolución de una entrevista de trabajo con sexo incluido. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

    Por fin llegó la tarde del lunes. Ese día salí un poco antes de trabajar, pues tenía que pasar por casa para cambiarme antes de ir a la entrevista. Al llegar, Mónica me obligó a ponerme el butt plug y el dispositivo de castidad, pero, a parte de eso, me dio completa libertad para escoger mi vestimenta. Yo misma era la más interesada en causar una buena impresión.

 

    Empecé por hacerme pedicura y manicura francesas. Había dudado entre eso y pintarme las uñas de rojo o negro (alternativas igualmente sexis), pero la francesa me pareció más profesional. Luego me puse unas medias negras que se agarraban a mis muslos mediante un encaje de silicona. La pedicura se veía muy sexy a través de la fina tela.

 

    Hubiera querido ponerme un tanga negro semitransparente, para lo cual habría tenido que esconder mis testículos en el interior, pero resultaría imposible con el dispositivo de castidad. Lo único que quedaba bien con ese trasto eran los tangas abiertos, así que escogí uno negro de cuero y me lo puse.

 

    Acabé de completar la ropa interior con un sujetador negro que llevaba de serie un relleno muy realista al tacto. Disfruté unos minutos del espectáculo que era mi propio cuerpo mientras decidía como completaría el atuendo.

 

    Opté por un traje con falda gris no demasiado corta, justo por encima de las rodillas, y algo holgada (no quería que se notara el bulto del dispositivo de castidad). Luego me puse una blusa blanca abotonada hasta arriba del todo, ya que, por desgracia, no puedo lucir escote, y me puse una gargantilla de terciopelo para disimular la nuez.

 

    Escogí unos zapatos de salón negros "peep toe" (esos que tienen una abertura que deja ver un poco los dos primeros dedos), ya que quería mostrar mi pedicura francesa. Tenían 15 cm de tacón con uno de plataforma. Me puse la chaqueta gris, a juego con la falda.

 

    Luego me maquillé con una pizca de colorete y rímel y pinté mis labios de un rojo intenso. Finalmente me peiné, dejando mi pelo suelto. Cuando acabé fui a ver a Mónica. Necesitaba su aprobación.

 

    —¿Qué le parece, Ama, tengo posibilidades?

    —Seguro. Toma esto —dijo, ofreciéndome una cajita—. Dáselo al Señor García cuando llegues. Si no se la dieras o la abrieras tú antes puede que no te contratase.

    —De acuerdo. —La cogí intrigada, pero no tenía la menor intención de arriesgarme curioseando.

 

    Después de la conversación me marché. No era la primera vez que salía de casa vestida de mujer, pero no por ello estaba menos nerviosa. Las ocasiones anteriores habían sido pequeños paseos o escapadas rápidas al súper y, casi siempre, acompañada por mi mujer (si alguien hubiera preguntado habríamos dicho que eramos amigas de la infancia).

 

 

    Por fin me encontré con el Sr. García. El trayecto había sido tranquilo. Pude aparcar cerca de las oficinas y, por lo que vi, el edificio tenía párking, por lo que, con un poco de suerte, podría aparcar dentro si me contrataban.

 

    Hasta que llegué al despacho, pude observar como la mayoría de hombres me miraban disimuladamente (o descaradamente), pero ninguno pareció notar mi verdadero género.

 

    En cualquier caso, eso no era un problema para el Sr. García. Al parecer, mi ama se había comunicado directamente con él, y ya se lo había explicado.

 

    —Buenos días. Tú debes ser Carla.

    —Sí. Mi Ama, digo, mi mujer, me ha dicho que le dé esto —dije, entregándole la cajita.

    —Veamos —respondió al cogerla—, puedes ponerte cómoda.

 

    Me quité la chaqueta gris y me senté mientras él rompió el precinto rudimentario que había ideado Mónica, miró el contenido, y dejó la cajita a un lado.

 

    —Cuéntame, ¿qué te ha llevado a considerar este puesto?

    —Principalmente que soy una travesti y por lo visto eso no es un problema en esta empresa.

    —Cierto.

    —En mi trabajo actual tengo que ir vestida de hombre y, para mí, eso es ya casi como disfrazarme. Me siento tan rara con ropa masculina como un hombre se sentiría con falda y tacones.

    —¿Cómo fue que empezaste a vestirte de mujer? Habitualmente, me refiero. ¿Te pilló tu esposa con su ropa interior?

    —No, que va. En realidad yo nunca había considerado vestirme así. Lo que pasó es que mi mujer descubrió que yo miraba porno transexual y travesti.

    —Yo también miro ese tipo de porno, a veces. Aunque no por ello me vestiría así.

    —Ni yo. Pero mi mujer decidió que sería divertido obligarme a hacerlo, así que, junto con una amiga, me travistieron por primera vez. Depilación incluida.

    —Vaya con la amiga.

    —En realidad era una prostituta transexual que contrató para la ocasión. Pero ahora es nuestra mejor amiga.

    —Interesante.

    —Desde aquel día todo fue a más. Ya de entrada, empecé a dormir con braguitas y camisón, a llevar tacones por casa, luego también me obligó a llevar ropa interior femenina a todas horas.

    —¿Y a parte de la ropa?

    —Bueno, me he hecho la depilación láser de todo menos cejas, pestañas y cabello. Esto no es una peluca —añadí, señalando mi melena lisa—. También me he hecho tatuajes, piercings,...

    —Eso está bien, pero me refería al sexo. ¿Han cambiado tus gustos sexuales?

    —Ya el primer día me obligaron a chupársela a Soraya. Bueno, en realidad no me obligaron. Soraya me pidió sexo oral y yo pensaba que iba a hacerle un cunnilingus. Cuando descubrí que tenía polla, podría haberme negado a continuar. Ni siquiera tuvieron que insistirme...

    —¿Tan femenina se veía esa chica?

    —No sólo eso. Había estado en tanga todo el rato y no lo había notado. Se había escondido los testículos dentro del cuerpo y el pene entre las nalgas.

    —Me encantan las que hacen eso.

    —Yo también puedo, me enseñó ella.

    —¿Me lo enseñas?

    —Hoy no va a ser posible.

 

    Me puse en pié y levanté mi falda, mostrándole el dispositivo de castidad que asomaba por la abertura de mi tanga. Estuvo observando durante unos segundos.

 

    —Es el modelo que incluye un butt plug, ¿verdad? —preguntó al fin.

    —Sí. —Supuse que querría verlo, así que me giré y, apartando el tanga, le mostré la base del butt plug.

    —Eso explica las dos llaves que me envía tu mujer. Había una nota, pero lo único que decía es "son una copia, si la contratas puedes quedártelas".

    —¿Mi Ama le ha entregado las llaves de mi dispositivo de castidad?

    —Bueno, como ya sabrás, tu trabajo consistirá en probar nuestros juguetes sexuales y escribir reseñas sobre ellos. También te haremos fotos usándolos. Para muchos de ellos será necesario que te quites el dispositivo de castidad.

    —Y para eso necesita las llaves.

    —Exacto. En cualquier caso, aprovechando que las tengo, ¿serías tan amable de enseñarme como te escondes el pene y los testículos?

    —De acuerdo.

 

    El Sr. García me desabrochó los candados de mi dispositivo de castidad. Uno a uno fui quitando todos los componentes y dejándolos sobre su mesa, butt plug incluido. Luego me quité la falda y el tanga de cuero, revelando el tatuaje de mi pubis.

 

    —Así que eres una "Slut".

    —Por supuesto —respondí con orgullo.

    —Y decías que te habías hecho varios tatuajes, ¿no?

    —Sí. También tengo éste. —Señalé el tatuaje de mi tobillo—. Y este otro. —Me giré, me agaché, y separé las nalgas para que pudiera ver la diana de mi culo, con el ano en pleno centro.

    —Vaya —dijo él—, la demostración de como escondes tus genitales va a tener que esperar. Entenderás que semejante invitación a la penetración es una oferta que no se puede rechazar.

    —Eso es lo que pretendíamos con este tatuaje.

 

    Si bien a la mayoría de chicas les horroriza el acoso sexual, para una zorrita como yo, la perspectiva de que mi jefe quisiera follarme era un sueño hecho realidad. Así que, sin decir nada más, me incliné sobre su mesa para estar más cómoda y le dejé hacer.

 

    El Sr. García rodeó la mesa para coger algo de un cajón. Era un botecito pequeño, por lo que supuse que se trataba de algún tipo de lubricante. Luego se situó detrás de mí. Al cabo de unos segundos, un enorme glande se apoyó en la entrada de mi culo y empezó a abrirse paso lentamente. No me hacía daño, pero notaba que me entraban unos calores muy poco habituales.

 

    —Lo notas, ¿verdad? Es uno de nuestros productos estrella.

    —¿Qué es? —pregunté.

    —El lubricante que me he puesto. Tiene una pequeña cantidad de jengibre, lo que hace que se incrementen nuestras sensaciones. La cantidad es muy pequeña, por supuesto, pues si no, llegaría a resultar molesto, pero en la proporción adecuada puede llegar a ser muy placentero. También tiene un poco de aloe vera, para calmar cualquier posible irritación.

    —La verdad es que es muy agradable.

 

    Noté como su vello púbico rozaba mi culo cuando el Sr. García dio el empujón final. Me la había metido entera.

 

    —¡50 puntos!

    —¿Eh?

    —La diana, he acertado en el centro.

    —Ah, sí, claro. —Era la primera vez que alguien se tomaba tan en serio lo de la diana.

 

    Mi jefe empezó a meter y sacar con cierta velocidad. Parecía muy excitado. Y yo también lo estaba, de manera que mi clítoris empezó a crecer.

 

    —Me pone a mil, Señor —dije.

    —¿Ah sí? Permíteme que lo compruebe.

 

    Desplazó una mano hacia delante para tocarme el clítoris. Cuando notó como lo tenía. Empezó a masturbarme lentamente.

 

    —Espero que no le moleste que se me ponga dura.

    —Claro que no. Si me molestara no estaría follándote el culo.

 

    Estaba claro que el Sr. García sabía lo que hacía. Me follaba a un ritmo constante, metiéndola cada vez hasta el fondo y asegurándose de estimular mi punto G en cada embestida. Mientras, sus manos jugaban con mis genitales. Alternaba masajes a mis testículos, caricias en mi glande y breves instantes de masturbación.

 

    —Si continúa así, puede que le manche la mano, Señor.

    —Eso no sería muy apropiado de una empleada —dijo al tiempo que retiraba la mano de mis genitales.

    —No, Señor.

 

    Siguió follándome un rato más, incrementando la velocidad a medida que pasaba el tiempo. Pronto deslizó una mano por debajo de mi blusa y empezó a masajear mis tetas falsas por encima del sujetador. Aunque el relleno no me producía ninguna sensación, siempre me parecía excitante cuando un hombre me tocaba las tetas de esa manera, especialmente mientras me la metía por el culo.

 

    —Carla, estoy a punto de correrme. Si no te importa, preferiría hacerlo en otro sitio...

    —Entendido.

 

    A todos los hombres les encanta correrse dentro, así que, si no quería hacerlo en mi culo, probablemente prefiriera hacerlo en mi boca. Puede que Mónica le hubiera hablado de mis habilidades orales y no quisiera quedarse sin probarlas.

 

    Cuando la sacó de mi culo no le hice tener que pedírmelo. Me giré, me arrodillé ante él y le dije:

 

    —Si es posible, avíseme poco antes de correrse, para que no me pille desprevenida.

    —No hay problema —respondió.

 

    Me introduje el glande de mi jefe en la boca y empecé a lamerlo como si fuera un caramelo. Él se estremecía de gusto. Luego lo saqué para poder lamerlo todo por fuera, empezando por los testículos, que dejé brillantes de saliva, y subiendo por la polla siguiendo diferentes trayectorias. Cuando estaba perfectamente lubricada, empecé a chupársela, pero en ningún momento me la metí hasta la garganta. Lo mejor lo dejaba para el final, y quería que fuera una sorpresa.

 

    —Lo haces muy bien para ser una zorrita travesti.

 

    No contesté. No iba a dejar de chupársela para hablar. Lo que sí que hice fue empezar a masajearle los testículos con una mano mientras se la chupaba y agarrarle una nalga con la otra. De vez en cuando se los apretaba ligeramente.

 

    Algo que me pareció divertido fue hacer ver que intentaba metérmela hasta la garganta empujando su nalga hacia mí. Pero como si no fuera capaz. Quería asegurarme de que, cuando la engullera, no se lo esperase en absoluto.

 

    —Veo que le pones voluntad. Eso es algo que valoramos mucho en esta empresa.

    —Gracias, Señor —dije en un momento en que había sacado su polla de mi boca.

    —Por cierto, no tardaré en correrme.

    —¿Sí? —pregunté con voz melosa.

 

    Sin esperar respuesta me la volví a meter en la boca. Tenía que estar preparada para el momento cumbre, por lo que volví al movimiento de mete-saca pero manteniéndola bastante dentro de mi boca. No quería que me pillara desprevenida, así que puse ambas manos en su culo.

 

    —¡Me corroooo! —gritó de repente.

 

    En cuanto lo escuché, introduje su polla hasta el fondo de mi garganta con un único movimiento. Tuve que darme impulso empujando sus nalgas hacia mí. Tal cual acabó de entrar, un torrente cálido inundó mi garganta desde dentro. Y, justo en ese instante, saltó el cierre de mi gargantilla de terciopelo, dejando mi cuello (y mi nuez) al descubierto. Al parecer, no aguantó la dilatación producida por una polla en mi garganta eyaculando semen a presión.

 

    —¡Oh Dios! ¡Me estoy corriendo en tu garganta!

 

    Estaba claro que no se lo esperaba. Durante un rato me limité a mantenerlo dentro de mí, agarrándolo de las nalgas para asegurarme que hasta el último centímetro de su polla estuviera en mi boca mientras se corría. Cuando pareció que había salido el último chorro (tras unos diez segundos, o puede que más), retiré poco a poco su polla de mi garganta hasta quedarme sólo con el glande en la boca. Lo lamí y chupé un rato más, notando como se estremecía de placer con cada movimiento de mi lengua. Tuve la oportunidad de recibir algunos chorros finales de su semen en mi boca, lo que me permitió saborear a mi jefe. Finalmente me pidió que parase.

 

    —Vale, vale, que no aguanto más, si sigues así me voy a desmayar de placer.

    —Gracias por entregarme su semen —dije tras sacar el glande de mi boca.

    —Gracias a ti. Y, para que no se diga que soy un mal jefe, creo que ahora deberías correrte tú. Si me permites...

    —Como usted desee.

 

    El Sr. García se sentó en su butaca y me indicó que me aproximara. Cuando estuve ante él, tomó mi polla entre sus manos. La verdad es que había vuelto a crecer por la excitación de recibir una corrida en la garganta. Empezó a masturbarme lentamente.

 

    —Bueno, hablemos de las condiciones de tu contrato.

    —¿Ahora?

    —Luego ya te lo leerás con calma y decidirás si lo firmas, pero habría que hablar de algunos detalles no escritos que espero no te supongan un problema cumplir.

    —Muy bien, cuénteme.

 

    En ese momento empezó a masajearme los testículos con una mano mientras con la otra me siguió masturbando muy lentamente.

 

    —Para empezar, tu contrato indica un sueldo de 1430 € brutos al mes con 14 pagas. Pero te pagaría 600 € más en negro. Eso lo hacemos porque si bien tu contrato es por testeo de material y elaboración de informes hay ciertos servicios extra que esperaré de ti que no quedaría muy bien establecer en un contrato de trabajo, por lo que un sueldo de 2000 € parecería inflado sin motivo aparente.

    —Imagino que espera que lo que ha pasado hoy se repita con frecuencia.

    —Cada día, si puede ser, aunque no siempre me correré en tu garganta. Hay otras muchas cosas que me gusta hacer.

    —No será un problema.

 

    "Al contrario", pensé. Entre la idea de un futuro de prostituta contratada y la paja que me estaba haciendo, me estaba poniendo muy caliente.

 

    —Luego está el tema del atuendo. Los trabajadores de esta empresa siguen un estricto código de vestimenta. Básicamente el traje. Sin embargo, en tu caso, esperaría que siguieras unas indicaciones extra.

    —¿Cuáles?

    —Bueno, nada complicado. En realidad hoy mismo estás perfecta. Pero quiero asegurarme que siga siendo así.

 

    Soltó un momento mi "clítoris", que apuntaba erecto hacia él, y se puso a masajearme las nalgas mientras seguía explicándome los requisitos.

 

    —Para empezar, un traje, más o menos como el que llevabas hoy. Siempre con minifalda. La chaqueta puedes ahorrártela en verano. Los hombres deben llevarla todo el año, pero para las mujeres es opcional. Ah, y no te pases con los escotes.

    —No podría, mis tetas son falsas, Señor.

    —¿Sí? Pues no lo había notado.

    —Mi sujetador lleva relleno.

    —Vaya. —Pareció algo decepcionado.

    —Lo siento, Señor.

    —Respecto a los zapatos... ¿Me los dejas un momento?

 

    Me quité mis zapatos "peep toe" y se los ofrecí.

 

    —Tome, Señor.

 

    El Señor García los observó un momento y luego los dejó a un lado.

 

    —Iba a imponerte un mínimo de 10 cm de tacón, pero creo que lo sobrepasas con creces. Así que dejémoslo en que lleves siempre tanto tacón como hoy, o más, claro.

    —Son 15 cm de tacón. —Había decidido ponerme unos de los zapatos más altos que tenía sin pensar que eso elevaría el listón.

    —No será un problema para ti, ¿verdad?

    —¿Podré, al menos, llevar plataforma?

    —No veo porqué no. Pero no mucho más que la que llevas hoy. Que no parezcas una stripper.

    —Gracias, Señor.

 

    Mi futuro jefe empezó a bajar las manos, acariciándome las piernas, hasta llegar a los pies.

 

    —Tienes unos pies muy sexis.

    —Me alegra que le gusten, Señor.

    —Me gustaría que en verano llevaras sandalias. Sin medias, claro. No es obligatorio, y no pasa nada si no las llevas todos los días. En realidad, muy pocas de nuestras trabajadoras se atreven a lucir sus pies. Pero me gustaría que tú lo hicieras.

    —No se preocupe, Señor, adoro las sandalias.

    —El resto del año evita las botas, especialmente las que sobrepasen la rodilla. Y las medias de rejilla gruesa. No debes parecer una prostituta. Los botines y las rejillas finas son aceptables.

    —Entendido.

    —Si te pintas las uñas, que sea algo discreto como hoy.

    —La francesa.

    —Sí, eso es, o de color negro si quieres. Evita rojos y otros colores demasiado llamativos.

    —¿Y el maquillaje?

    —Lo que consideres necesario para que tu cara se vea bien femenina. Hoy estás perfecta, así que confiaré en tu criterio.

 

    Volvió a cogerme la polla y empezó a masturbarme bastante rápido.

 

    —¿Alguna cosa más?

    —No te hagas más tatuajes. Ni piercings. Los que tienes ya están bien, pero no te hagas más.

    —Ya ha visto mis tres tatuajes. De piercings sólo llevo dos. Bueno, y los pendientes, claro.

    —Los pendientes no cuentan. Uno de tus piercings lo he visto y, sobretodo, lo he notado. —Sin duda se refería al de la lengua—. ¿Y el otro?

    —En el ombligo —dije, levantando un poco mi blusa para que lo viera.

    —Ah, muy bonito.

 

    En ese momento noté que mi orgasmo era inminente.

 

    —Me voy a correr, Señor.

 

    El Señor García soltó mi "clítoris" cogió uno de mis zapatos por el tacón y lo colocó bajo mis genitales, con mi polla apuntando al interior.

 

    —No tengo servilletas a mano, espero que no te importe.

    —No hay problema.

 

    Al cabo de poco rato, de mi polla empezó a fluir el semen que impactaba contra la zona interna del zapato. A medida que caía, el semen iba resbalando desde la zona del talón hasta la zona de los dedos, pero el Señor García se aseguró de que no se saliera por el agujero para el dedo gordo, manteniéndolo inclinado hacia arriba. Los últimos chorros tardaron más en salir, pues cuando había colocado el zapato debajo había dejado de masturbarme y, sin estimulación alguna, cuesta más eyacular. Algunos llaman a eso "orgasmo arruinado", pero a mí siempre me ha parecido que, desde el punto de vista visual, una polla corriéndose sola es muy erótica.

 

    —Bueno, ya hemos terminado. Espero que te haya gustado. Ya puedes volver a vestirte.

    —¿Quiere que limpie el zapato con la lengua, Señor?

    —Al contrario. Preferiría que te lo pusieras tal cual. Es más, me gustaría que te los pusieras sin medias.

    —Como guste.

 

    Vaya, vaya. Mi futuro jefe resultó ser más pervertido de lo que pensaba. Quería que me manchara el pie de semen. Lo más probable es que algún día me pidiera que le masturbara con los pies, y otras cosas divertidas. Como fetichista que era yo misma, me hacía feliz ver que él compartía mis aficiones.

 

    Me empecé a poner la ropa que me había quitado, y luego me quité ambas medias sensualmente. Se las ofrecí a mi futuro jefe y él las guardó en un cajón. Me puse primero el zapato limpio, y luego introduje el pie en el que estaba lleno de semen. Cuando me levanté, noté como se pringaba la planta de mi pie con mi propio semen. Me preocupaba que pudiera salirse un poco por el agujero para el dedo gordo, pero esa idea no hacía más que excitarme todavía más.

 

    —Ah, mañana no quiero que uses dispositivo de castidad, prefiero que vengas con el pene y los testículos escondidos. Me he quedado con curiosidad de ver como te queda.

    —No hay problema.

    —Sí que quiero que lleves un butt plug. No hace falta que sea de los grandes. Pero la idea de que vayas por la oficina con eso en el culo, sin que nadie sepa nada, me parece excitante. Y divertida.

    —De acuerdo, escogeré uno que pueda ser de su agrado.

 

    Me puse la chaqueta y me dirigí a la puerta del despacho de mi nuevo jefe.

 

    —Una última cuestión. Tu contrato tiene un periodo de prueba de 6 meses. Si quieres que lo extendamos, cuando llegue el momento, espero que te hayas puesto pechos de silicona. Eso de ir con un simple relleno no me parece serio. Por lo que me has contado, has decidido cambiar de trabajo por que no soportabas ir vestida de hombre, así que, si tanto quieres ser una mujer, tendrás que demostrarlo.

    —...

    —Entiendo que es una decisión difícil. Pero, tranquila, no tienes que decidirlo ahora.

    —En realidad me encantaría, pero no sé que opinará mi ama. Espero que le parezca bien.

    —Yo también lo espero.

 

    Cuando salí, una secretaria me entregó el contrato y un bolígrafo. Lo ley detenidamente. La verdad es que era bastante prometedor. Salvo un pequeño detalle: una clausula de confidencialidad. Eso significaba que no iba a poder contar a nadie ninguna de mis experiencias laborales, así que no creo que pueda hacer ningún relato sobre mi nueva vida laboral. Aún así, era todo tan excitante, ser probadora de juguetes sexuales, tener un jefe que abusara de mí habitualmente, chupar polla varias veces por semana...

 

    Lo firmé.

 

    Al llegar a casa, se lo conté todo a mi ama, el deseo de mi jefe por que me pusiera pechos de silicona, el sexo que habíamos tenido y que me había dado el trabajo.

 

    —Eso se merece un brindis.

 

 



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