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Fecha: 29-Jul-14 « Anterior | Siguiente » en Gays

El chico del pito: Octava vida

Guitarrista
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Fidel reaparece y Juan Luis entra en escena... muy de cerca. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

El chico del pito: Octava vida

 

 

1 — Pasos cortos

 

La situación fue más tensa de lo que esperaba. Estaba dispuesto a recibir cualquier tipo de ataque de Fidel. En un contexto tan complejo no sabía muy bien ni lo que había pasado ni por qué había pasado; tampoco lo que estaba pasando.

Intenté por todos los medios arrancarle una sonrisa; alguna frase. Lo único que hacía era mirarme con temor y encoger sus hombros levemente. Sabía que no íbamos a aguantar demasiado tiempo en ese estado y le propuse salir a dar un paseo; se negó sin decir palabra.

Le ofrecí un bocadillo por si tenía hambre y volvió a encoger los hombros. Era una señal de que necesitaba comer algo. Me fui a la cocina a preparale un buen bocadillo y, cuando volví para llevárselo, había encendido un cigarrillo y fumaba con ansiedad.

—Mejor que dejes eso para cuando comas —le dije—. Te he preparado tu bocadillo favorito.

No respondió. Me miró un instante de reojos y comenzó a dar golpecitos en el cenicero. Al verlo apagar el cigarrillo observé que no era Bisonte.

—¿Estás fumando Ideales? —Miré asustado la colilla—. ¡Eso está muy malo!

—Lo sé —No levantó la vista—. Es lo más barato que hay. ¡Es humo!

Sentado ya junto a él, lo vi tomar el bocadillo con ansias y comenzó a comer precipitadamente.

—Tienes hambre —comenté—. Podías haber tomado algo en cualquier sitio. No deberías hacer estas cosas.

—No tenía mucho dinero —dijo sin mirarme—. Sólo llevaba encima lo que cogí para salir. El resto está ahí. Has gastado mucho en mí.

—No es así, Fidel —le dije con cariño—. Estás viéndome como si fuera un ogro. ¡Es culpa mía! Nunca voy a dejar de pedirte perdón por lo que ha pasado. Otra cosa es que ahora me hagas esto.

—¡Qué va! —Intentó sonreír—. He comprado ese tabaco porque es el más barato y no he comido porque no tenía hambre. Empezaré a trabajar el lunes; sólo intentaba gastar lo menos posible.

—Sé lo que quieres decirme, pero dejaste aquí toda esa ropa que te regalé. ¡Es tuya! Te la regalé porque quise. El reloj también… Y el dinero que haya ahí es tuyo. Déjame que te trate así, por favor. No quiero que pienses que te compro… ni nada parecido.

—¡No, no! —dijo asombrado—. Nunca he pensado eso. Soy yo el que me siento culpable de todo. ¿Sabes por qué? ¡Las normas! Esas normas que tenéis. Hablé más de la cuenta.

—Olvida eso ahora —Me sentí mejor—. Bebe algo, que vas a atragantarte. ¿Quieres ducharte? Mejor que te cambies de ropa y te pongas cómodo. Si no quieres salir, nos quedaremos en casa. Imagino que debes estar cansado.

—Sí —Me miró al fin profundamente—; muy cansado, Tomás. Esta vida no es la que he llevado siempre. Deberías haberme enseñado también cómo soportarla.

Apreté su muñeca para que se sintiese seguro y me levanté hablando con normalidad para que se relajara.

—Voy a prepararte tu ropa limpia, ¿vale? El agua calentita te hará sentirte mejor. Puedes dejar esa ropa para el trabajo.

—Me han dicho que me darán ropa allí —Se levantó más tranquilo—. Hay gente trabajando uniformada. Se cambian en un vestuario…

—Te sentirás mucho mejor cuando tengas tu propio trabajo, aunque tendrás que echar horas extra para estudiar.

—No sé si voy a estudiar —dijo seguro—. Jesús me ha dicho que ni se me ocurra dedicarme a escribir esas cosas. Censuran todo eso, ¿verdad?

—¡Claro! —Lo acompañé al baño—. Tendrías que escribir cualquier cosa menos temas de sexo o de política… ¡Es así!

—Eso veo —rio al fin—. En el pueblo nunca lo hubiera publicado y el único lector al que le interesaría… ¡no sabe leer! Seguiré escribiendo lo que pienso; para mí. No me apetece escribir a la fuerza lo que otros me digan. ¡Qué cabezota soy!

—Yo te leeré —Tiré de su chaleco—. Puedes ganarte la vida, y muy bien, con lo que sabes hacer. Seguro que puedes enseñarle a esos más de lo que saben de carpintería. También podrías hacer algunos trabajos por tu cuenta. Basta con decírselo a Jacinta. Ahí tienes tu taller.

—Sí —Puso su mano en mi pecho—. Jacinta sería la persona ideal para que todos supieran que hago muebles y los reparo. ¡Es una víbora! He tenido mucho cuidado, ¿eh? Creo que no se ha dado cuenta de nada.

Comenzó a desnudarse sin esperar a que me fuera y sin cerrar la puerta. Me sentí mucho mejor al verlo comportarse con normalidad. Todo iba a tardar algún tiempo en volver a eso que había sido corriente entre nosotros, si volvía a serlo; estaba poniendo de su parte.

Cuando se quitó los pantalones lo observé con disimulo. Se llevaba mucho la mano a los testículos y se rascaba.

—¡Espera, Fidel! —Me acerqué prudentemente—. ¿Te pican los huevos?

—Sí, bastante —Se miró dudoso—. ¡No sé!

—Yo sí sé, guapo —Le señalé la cesta de la ropa sucia—. Puede ser que hayas cogido ladillas. ¡Vamos a aprevenir! Lávate bien y deja toda la ropa ahí.

—¿Ladillas? —Me miró asustado—. ¡Dime qué es eso! ¡Yo no he hecho nada!

—No hace falta hacer nada para cogerlas —Abrí el armarito del lavabo—. Has estado en un sitio donde es seguro que abunden. No son más que piojos. Se pegan a los huevos y dan por culo. Hay mucho guarro por ahí suelto y las van dejando en los asientos. Aquí tienes una loción para eso. En cuanto te duches te la untas bien; también alrededor. Yo tomaré precauciones… ¡No es nada importante!

—Esto se quitará, ¿verdad? ¿Es malo?

—¡Vamos, Fidel! —Le di una toalla—. No te va a pasar nada. Te lavas muy bien, te secas con esto y lo dejas todo ahí. No tiene importancia. ¡Mira cuántas picaduras! Seguro que también había chinches…

Salí del baño, miré por el resquicio de la puerta y le guiñé un ojo. Aunque con otros «huéspedes», posiblemente, tenía a mi niño en casa.

 

2 — Aguas a su cauce

 

Tardó bastante en ducharse y tuve que encender las luces. El día se había puesto muy oscuro y me pareció oír truenos en la lejanía.

Le encendí el calentador por si sentía frío al salir y lo esperé recapitulando todo lo ocurrido. Apareció envuelto en la toalla y tiritando, sin poder disimularlo.

—No hace frío, Tomás —se excusó—. Tengo mal cuerpo.

—¿No has dejado la toalla allí? —me extrañé.

—No… verás… —Se puso frente a mí, la abrió y me dejó verlo desnudo—. ¿Tengo ladillas?

Lo miré algo más de cerca y no vi irritación. Me levanté para acompañarlo al baño, le di una toalla seca y busqué sus calzoncillos.

—No hay manchitas de las picaduras. Quizá estés irritado por el sudor. Tomaremos precauciones de todas formas.

—No me riñas… —dijo como rogándome—. La ducha de la fonda no tenía agua caliente. Es un sitio inhabitable. No me he duchado desde que salí de aquí.

—Bueno, Fidel. Eso ya pasó. Estás en casa… y mira cómo se ha puesto el día; mejor no salir. El único problema es que tendremos que comernos unas salchichas en salsa con pan de molde. Ya no queda del fresco.

—Yo iré a la panadería —dijo contento—. ¡Estoy acostumbrado a la lluvia!

—Por mí no lo hagas. Yo mojo pan de ese. Si no te gusta, vamos los dos a comprarlo.

—¡Me visto! —Corrió al dormitorio—. No tardo nada.

Me fui tras él despacio, me paré en la puerta y vi con sorpresa cómo sacaba su ropa nueva como si nada hubiera pasado. Se vistió rápidamente y se acercó a besarme.

—¿Vamos?

—¡Claro! ¡Vamos! —le dije con gratamente sorprendido—. Vas sin afeitar, pero muy guapo; como siempre.

Me besó en silencio. Fue un beso de los suyos; de los de verdad. Tiré de él.

—No cierran a medio día —dije—. Compraremos también tus donuts.

—No sé. Tomaré lo que tú tomes. Ya me he quitado esos caprichos.

La comida y la ducha habían hecho milagros. Por supuesto, él había percibido un cierto ambiente de hogar; el de siempre. Quizá en aquellos momentos me estaba viendo como me veía antes.

Jacinta, al ver que salíamos a esas horas y lloviendo, nos advirtió de la tormenta.

—No importa, mujer —le dije—. Sólo vamos a por pan. Se nos ha terminado.

Salimos tan deprisa que no le dimos oportunidad de hablar pero, al volver con las bolsas, nos estaba esperando.

—Veo que volvemos a tener a don Fidel por aquí —bajó la voz—. Si les soy sincera, me alegro de que haya vuelto. No hay en esta casa gente con la clase de los señores. ¡Todos tenemos nuestras cosas de vez en cuando! Ya quisieran muchos estar tan unidos como lo están ustedes, pero… «el que quiera saber, mentiritas a él».

En ese momento no entendí muy bien por qué nos decía eso. Una vez en casa, al comentarlo con Fidel, comprendí lo que pasaba.

—Sabe más de lo que creíamos —dije—. Me ha parecido entender que no va a comentar nada de nosotros. Seguiremos teniendo cuidado.

—Te aseguro que no ha podido notar nada en mí —dijo extrañado—. Lo que no se ha podido evitar es mi ausencia…

—¡Es igual! No me ha parecido ni curiosa; ni ha preguntado. Vamos a preparar esas salchichas y a esperar a que vuelvas a tener hambre. ¡Era un buen bocadillo!

Se comportó todo el tiempo como si nada hubiera pasado… Bueno, casi nada. No sentí su compañía tan cercana como antes. Quise que saliera de él; no era el momento de presionarlo.

Pasó la sobremesa sentado en el sofá viendo una televisión que en nada había cambiado. Nos echamos a la siesta y cada uno se mantuvo apartado en su lado. Desperté y lo miré con disimulo. Estaba sentado de espaldas a mí en el borde de la cama.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No sé. Pienso que me falta algo. Desde que salí del pueblo no soy yo. No tienes por qué preocuparte porque todo esto se pasará. Descansa tú ahora.

No podía continuar en aquella situación. Me levanté despacio, fui al baño y volví para vestirme. No estaba ya en el dormitorio; estaba sentado otra vez en el salón mirando fijamente la pantalla apagada y me senté a su lado, encendí uno de aquellos cigarrillos infumables y abrí el interminable libro. No podía concentrarme para leer.

—Creo que te sentirías mejor si me cuentas lo ocurrido —le dije aspirando aquel humo de sabor amargo—. Dejar toda la porquería dentro no hace más que producirte malestar.

—¿Y qué quieres que te cuente? Pienso que ha sido un error y lo mejor es olvidarlo todo.

—Eso es lo malo, Fidel; no vas a poder olvidarlo. Por eso estás así.

—No hay nada que vomitar; lo sabes. Creí que me saciaría de Jesús y todo pasaría como si nada. Cuando me vi en su casa, en su cama, experimenté sensaciones que no conocía. Vengo de un lugar donde acostarse con un hombre, con esta facilidad, no pasa ni en los sueños.

—Distingue entonces entre follar con un hombre y amarlo. No me importa si has descubierto cosas que no sabías; lo importante es que pongas tus ideas en orden. El resto vendrá solo.

—No es tan fácil, Tomás —dijo como abstraído—. Follar con Jesús es algo bastante particular. Otra cosa es que te diga que… Me dijo que pensaba cambiar su forma de vivir.

—¿Cambiar? —me extrañé al oír esas palabras—. Una puta no se cambia de bragas.

—Tal vez no sea una puta —dijo riendo—. Cuando ya no podíamos follar más, nos quedamos en la cama hablando. No esperaba que me dijese que, por tenerme a su lado, se olvidaría de todo lo demás.

—¿Te estaba pidiendo que te quedases con él?

—No sé. Supongo —contestó indeciso—. No iba a cambiar los planes que había hecho. Cuando iba a levantarme para dejarlo solo, me preguntó que si de verdad te amaba… Y sabes muy bien que te amo; eres el único al que amo. Me preguntó cómo era posible que existiera un lugar como mi pueblo. Me limité a contarle lo que ya sabes. Lo único que le dije fue que había decidido compartir mi vida contigo desde que te conocí… ¿Te he negado alguna vez que quisiera venirme a la ciudad contigo?

—¡No! —dije tajante—. Desde el primer día supe que yo era el Eldrik de tus fantasías. Estabas esperando a que apareciera en tu vida el hombre que te sacara de aquella tumba… Y llegué yo; y así lo asumo.

—Pues así de claro se lo comenté —continuó—. Pero en la ciudad tenéis todos un problema… No entendéis lo que es vivir así. Cuando no tienes posibilidades de que un hombre te ame, es más fácil enamorarse. Sabía que en el pueblo la única persona con la que podía convivir era Migue pero… ¿realmente piensas que podría amarlo? ¡Era deseo! No quería enamorarme de él ni que se hiciera ilusiones. Te conocí a ti y me amaste. Tenía la puerta abierta para salir de allí. ¿Es mentira?

—¡En absoluto! Amarme solucionaba dos problemas de tu vida. Por eso estás aquí. Siempre he sabido que te uniste a mí, con amor, para librate de aquella esclavitud.

—Eso es lo que no entendéis —aclaró—. No te he mentido para que me liberes; me enamoré de ti, también, porque podías liberarme. Sabía que iba a tener las dos cosas: amor y libertad. ¿Qué más podía desear? Al llegar aquí, encontré que este mundo no es como pensaba. Poder elegir a un tío que te gusta y follar, es algo que no hubiera imaginado jamás. El resto no ha cambiado.

—Lo habrás pasado muy mal en esa fonda…

—Eso pasó, Tomás. He encontrado un buen trabajo y por eso no me importa dejar de estudiar. Nunca voy a poder publicar todo eso que me gusta escribir. No voy a perder mi vida haciendo algo que no me va a servir para nada. Ser carpintero es algo tan digno como ser escritor; y me gusta.

—Creo que has tomado la decisión correcta.

—Está tomada —dijo muy serio—. He decidido venir porque sé que me quieres… y porque te quiero. Pero tenemos que separarnos y descubrir cada uno si seguimos sintiendo lo mismo que al principio. Dame tiempo.

Le dije que yo tenía que salir un rato, poniéndole la excusa de que había quedado con Crispín. Sabía perfectamente que en ningún caso iba a querer acompañarme y que, en cierto modo, iba a sentirse mejor solo. Yo también.

Cuando cerré la puerta al salir me sentí, en cierto modo, liberado. Había pasado unas horas muy tensas; de convivencia artificial. Aunque todo había quedado claro, necesitaba un consejo porque era incapaz de poner en orden mis propias ideas y, pensándolo fríamente, hubiera preferido que no volviese. Estaba tan dudoso como él.

Entré en el bar de la esquina porque tenía teléfono público, pedí una cerveza y llamé a Juan Luis con una sola moneda.

—¿Pero dónde estás? —preguntó preocupado.

—En el bar de la esquina de casa. Me gustaría hablar con alguien y no creo que la gente del club entendiese lo suficiente para darme un consejo.

—No te preocupes —dijo seguro—. Sabes que cuentas conmigo y tienes mi amistad. No te muevas de ahí. Voy a recogerte. Mis padres no están y podemos hablar tranquilos aquí.

No quería ir a su casa pero no tuve tiempo para una respuesta, cuando ya sonaba el tono del fin de la conversación. Me bebí la cerveza de una vez y pedí otra. Cuando me llevé la mano al bolsillo, me di cuenta de que había olvidado la cartera.

Entró Juan Luis muy seguro, dando las buenas tardes y caminado hacia mí con cierta elegancia. Su ropa impecable lo convertía en un personaje respetable y de aspecto serio.

—¿Has pagado? —me preguntó en voz baja.

—No. He olvidado la cartera. Déjame cinco duros y te los devuelvo mañana.

Me miró burlonamente, preguntó cuánto debía, pagó y salimos de allí con decisión. Sin mediar palabra, Juan Luis sabía lo que estaba pasando. Me relajé simplemente por el hecho de ver que caminaba seguro; como si supiera las respuestas a todas mis preguntas.

No había estado en su casa. El aspecto de aquel piso grande y amueblado lujosamente me dio la impresión de que no estaba con un chico cualquiera. Era alguien de clase media-alta que, sin embargo, jamás iba dejándolo ver por la calle.

Pasamos a un despacho y me sentí como en la consulta de un psicólogo. Evitó eso sentándose junto a mí en un cómodo y ancho butacón.

—¡Cuenta, anda! —dijo con paciencia poniendo su brazo sobre mis hombros—. Sé lo que te pasa pero quiero oírtelo a ti.

—¿Para qué? —Lo miré desilusionado—. Sabes en qué mundo he vivido siempre y en el que me he metido ahora. ¿Necesitas más datos?

—Tienes a Fidel en casa otra vez, ¿verdad? —insinuó—. No es lo que pensabas. Sientes algo que no puedes explicar; es como si ya no fuera el mismo…

—Algo así —dije ensimismado—. ¿Para qué voy a contarte más películas? Ya has vivido una situación ingrata y en eso me aventajas. Ahora me ha tocado a mí. No todo está aclarado. Sé que Fidel que ama… Por eso está ahora en la ciudad conmigo. ¡En casa!

—Las cosas se ven más claras cuando no te pasan a ti. Te diré lo que pienso y lo que deberías hacer, porque no somos iguales. Tú debes resolver tus asuntos a tu manera y no quedarte estancado en el fango como yo hice.

—¿Ah, sí? —Me sorprendió su seguridad.

—¡Claro que sí! —sentenció—. ¿Quieres que te diga que aguantes esa sensación de opresión hasta convertirte en una piltrafa? Eso no sirve para nada. Al final, él se irá a «Suiza» a resolver su vida y tú te quedarás aquí solo resolviendo la tuya. Mejor si la resuelves antes y te ahorras esos disgustos.

—Entiendo que me aconsejas que vuelva a decirle que se vaya. Él ya lo ha decidido. Nos seguimos amando pero necesita que le dé tiempo… y yo necesito tiempo.

—Hazlo así —aclaró—. Basta con esperar a que pase la noche. Obsérvalo. Nada va a ser igual; espero equivocarme. Si todo se hubiera solucionado no estarías aquí —Me besó levemente—. Si vieras claro que todo ha vuelto a ser como era, no tendrías esa cara.

—¡Estoy harto! —estallé—. No digo más que imperativos… Pasa, come, dúchate, no fumes… ¡No se puede vivir así!

—Por si te sirve de consuelo… —Se levantó—. Estoy seguro de que él mismo tomará la decisión que le convenga. ¡Sí, es egoísta!, pero así somos todos. Vuelve a casa y, si insiste, haz lo mismo que él. Acuéstate y duerme.

Lo que me estaba diciendo sonaba muy duro; demasiado drástico pero, ¿de qué me iba a servir hacer aquel esfuerzo si Fidel estaba decidido?

Seguimos hablando un buen rato; hasta que vi que era hora de volver a casa.

Al entrar me saludó Jacinta, que pareció mirarme como para captar en mi expresión lo que estaba pasando. Me limité a sonreírle y darle las buenas noches.

Al abrir la puerta de casa todo cambió; en un instante. Las luces estaban apagadas; no había humo de tabaco; el salón estaba recogido y limpio. Me asomé al dormitorio y encontré la cama hecha. En la salita pequeña seguían las herramientas de carpintería en el mismo sitio donde las pusimos. Se había ido. Al menos, parecía haber aceptado la ropa que le regalé y se había llevado su dinero. Lo iba a necesitar.

Corrí al salón encendiendo luces y buscando alguna pista. No sabía lo que podía estar pasando. Descolgué el teléfono y volví a llamar a Juan Luis.

—¡Voy enseguida! —dijo—. Toma algo y espérame tranquilo.

 

3 — Llueve sobre mojado

 

Sabía que Juan Luis no iba a tardar más de cinco minutos, así que busqué en el frigorífico algún aperitivo para cenar. Al cerrar de un portazo el dormitorio —sin querer siquiera mirar a la cama—, oí el timbre de la puerta.

Al abrir y verlo, tiré de él tomándolo por el brazo y cerré. Caí sobre su pecho, tirándole de las solapas y llorando desesperadamente. Me empujó para incorporarme y me tapé los ojos con el brazo para que no me viese.

—¡Vamos, vamos a sentarnos! —dijo tranquilo tomándome por la cintura—. Esas lágrimas las has tenido ahí contenidas demasiado tiempo y hay que sacarlas. Luego hablamos.

Ya sentados, me abrazó y nos quedamos en silencio. Poco a poco, sin darme cuenta, había ido saliendo de mi mente, junto con mis lágrimas, toda aquella desesperación. Vi su mano abierta posarse en mi vientre sujetando un pañuelo. Lo tomé, me sequé y respiré y hondo; me había calmado casi por completo.

—¿Qué importa ya? —musité—. ¡Qué iluso! Creí que había encontrado a alguien para toda la vida. Se acabó.

—Sabes que eso no es cierto.

—Prefiero esa vida asquerosa del club; al menos no esconde tanta hipocresía. Tú mismo viste cuál fue la respuesta de Jesús.

—La vi y la oí, sí —dijo susurrando—. Yo también prefiero hacerme a la idea de que no se puede salir de este mundo y de que esas malas costumbres, como las del club, son las herramientas que tenemos para comunicarnos; aunque tenga que ser a escondidas o ligando patéticamente en una calle abarrotada…

—Nunca creas a nadie que te dice que te ama; ni a mí —respondí irritado—. ¡Es falso! No existe el amor entre dos hombres.

—No digas eso… ¡Existe! Tú y yo lo hemos vivido. Es muy triste y doloroso, si quieres, pero no puedes negar que existe. Es como un carrusel, supongo; tú amas a ese, que no te ama; ese ama a otro, que tampoco lo ama; y el otro, dice te ama a ti. ¿A quién crees?

—A nadie —sentencié—. Empezaré mis clases el lunes; es lo único que me importa ahora. Si lo miro desde un ángulo positivo, o egoísta, a los dos nos ha servido para librarnos de un lugar donde estábamos enterrados en vida. ¡A vivir, que son dos días! Carpe Diem. Memento Mori.

—Déjame de latines. Vamos a ir a buscarlo. Dejaremos que pase algo de tiempo.

—¿Qué? ¡Esto no es «Simplemente María»! ¡No es una radionovela! —Creí entender mal sus palabras.

—No, no, es real… Esperaremos a que llegue la primavera para que todo se suavice. Nos aseguraremos de que no está trabando en la carpintería; lo dudo… Si no, tú y yo vamos a ir a ese pueblo. Nadie tiene por qué verte. Averiguaremos si ha vuelto; te quedarás más tranquilo cuando compruebes con tus propios ojos que Fidel está con Migue.

—¿Por qué estás tan seguro? —pregunté desconcertado—. Yo tampoco creo que se quede en la carpintería; ya tiene una en su pueblo. ¿Para qué quedarse? Me importa un carajo si termina yéndose y acaban follando juntos. Será una unión por conveniencia.

—Fidel no sabe lo que quiere.

—Ya sí lo sabe —dije seguro—. Yo también lo sé. Se enamoró de mí y lo que necesitaba era conocer el mundo exterior; ese mundo vivo que imaginaba; ese mundo de amistades, de tertulias y de felicidad que yo mismo le puse por delante. ¿Y dónde está ese mundo? Para él, esto es peor que aquello. Acabará conformándose con un analfabeto en su propia tierra. Migue lo querrá a su manera.

Juan Luis, oyéndome razonar en aquellos términos, se abrazó a mí con fuerzas y me dio unas palmadas reconfortantes en la espalada. Vi cómo se agachaba un poco y cogía una bolsa del suelo.

—Me he traído una muda —dijo—. No voy a dejarte solo; no pienso dejarte solo hasta que no te vea bien.

—Gracias —Tomé sus manos—. He superado cosas difíciles.

—Esta —insistió—, la vamos a superar los dos juntos; como amigos.

—Sí; como amigos…

Hubo unos momentos de silencio y alargué el brazo para tomar una oliva y beber un poco de cerveza. Hice un gesto para que Juan Luis tomase algo; cogió su copa.

—Voy a abrir un poco los cristales —dijo—. La noche está muy fea pero hay que ventilar esto.

Se levantó despacio y se acercó a las puertas del balcón. Me di cuenta enseguida de que no se movía. Se había quedado allí de pie mirando aparentemente a la persiana.

—¿Qué haces? —pregunté.

—No hago nada —contestó sin volverse—. No quiero tocar nada. Ven a ver esto que hay aquí.

Me asusté. No podía imaginar a qué se estaba refiriendo. Cuando me puse a su lado me quedé tan inmóvil como él. Sobre la mesilla que tenía delante de los cristales estaba el pito de Fidel.

 

4 — Nuevo ciclo

 

Al fin pude reaccionar, lo tomé con dos dedos y se lo mostré.

—Te lo dije —farfullé—. Lo usaba para avisar a sus padres de que se quedaba fuera de casa. Cuando lo tocaba, era para mí la señal de que iba a tenerlo a mi lado toda la noche. El día que decidimos venirnos y nos besamos en la plaza, delante de todos, lo tocó repetidamente. Ya no le va a hacer falta.

—No lo ha dejado por olvido —Lo tomó Juan Luis en su mano para observarlo—. Pienso que lo ha usado para dejarte un mensaje. Es como si te dijera que una parte suya se va a quedar siempre contigo.

—¿De verdad piensas eso?

No contestó. Llevó el pito a su boca y sopló con fuerzas; como por curiosidad. Tapé mis oídos para no escuchar el sonido que tantos momentos me recordaba. Lo dejó sobre la mesilla, se volvió hacia mí y me abrazó con cuidado.

—No es nada —dijo—. No es más un objeto que deja intencionadamente para que no lo olvides. No lo va a necesitar y, dejándolo aquí, le será más fácil olvidarte. ¿No es carpintero? Se hará otro.

—Sabe que en la ciudad no va a encontrar a nadie que lo ame de verdad.

—¿No lo has amado tú? —Se extrañó.

—Con toda mi alma —Me volví al sofá—. También estoy seguro de que me ama; me sigue amando. Otra cosa muy distinta es que haya comprobado, en pocos días, que no podemos convivir.

—Puede que tengas razón.

—No es muy tarde —Lo besé en la mejilla para cambiar el ambiente reinante—. Voy a llamar a Crispín. Me apuesto lo que quieras a que está preocupado.

Descolgué el teléfono, no sin un cierto temor, y marqué despacio.

—¿Crispín? ¿Es tarde?

—¡No! ¡Gracias a Dios que llamas! No iba a poder dormir. Me ha llamado Fidel preguntando por ti. Quería comprobar si era cierto que estabas conmigo. No supe qué decirle.

—Le dije que íbamos a vernos —hablé con calma—. Llamarte era una forma de averiguar si le había mentido, supongo. Se ha ido.

—Lo imaginaba —contestó rendido—. No me lo ha dicho claramente, pero no es tonto… Ni yo. Cuenta con nosotros.

—Sí, claro. Muchas gracias. No estoy solo.

—Está… —susurró— ¿Está alguien contigo?

—¡Claro!

—No hace falta que hables —dijo—. Sé que tienes a tu lado a Juan Luis. ¡Cuídalo! Creo que es un buen amigo.

—Sí; lo es. No te preocupes. Descansa —se despidió y colgué.

—Sabe que me tienes —dijo Juan Luis muy seguro—. Me tienes como amigo; no pienses que voy a decirte que te quiero ni nada de eso. Me considero ya tu amigo y no me gusta que estés solo. ¡Eso es todo!

—Sí, eso es todo —Me levanté—. La cuestión es que estás aquí conmigo y… ¡Me haces muy feliz! ¡Vamos a cenar algo!

Cenamos y conversamos bastante tiempo. No podía engañarme. En su mirada había algo más que un deseo de amistad. ¿Era una de esas combinaciones de amistad y sexo de las que hablaba? Quizá nunca lo iba a saber. Tampoco iba a salir de mi boca un «te quiero». Me prohibí a mí mismo volver a decirlo.

—¿Te importa…? —dijo dudoso ya en la cama—. ¿Puedo abrazarte? Te sentirás mejor.

No dije una palabra. Lo abracé con fuerzas y fingiendo que lo hacía simplemente porque necesitaba tener un cuerpo en mis manos. No era así. Tal vez, Juan Luis iba a ser una amistad para toda la vida. Conocía muy bien lo que era estar enamorado y ni siquiera poder decirlo ni demostrarlo.

Sus labios bajaron lentamente besando mi cuerpo y, cuando sentí que entraba en su boca con tanta dulzura, tuve que reprimirme.

—La mamas muy bien…

Siguió mamando con suavidad. Había aprendido mucho desde que nos encontramos. En realidad, no estaba haciendo nada que no hubiera imaginado antes, sin embargo, seguía dándome la sensación de que lo hacía con cierto sentimiento… Y Fidel se iba de mi mente.

No quise quedarme quieto y callado, como un muñeco. Me di la vuelta bajo su cuerpo para que me penetrara. Hacerlo feliz era para mí tan importante como tener su amistad. Lo que trajera el futuro no me preocupaba.

—¿Estás seguro? —preguntó en mi oído.

—¡Claro que sí! Te necesito; lo sabes. No es sexo; no sé lo que es.

—Vamos a descubrirlo, Tomás. Como amigo ya me tienes —Comenzó a buscar en mi cuerpo y puso allí la punta cálida de su polla—. Sabes que esto me hace muy feliz. Espero que me perdones por lo que hago…

—¿Qué hablas? —Volví la cabeza al instante para saber lo que hacía—. ¡Fóllame!

—No —dijo suavemente sin dejar de mirarme—. No voy a follarte; voy a amarte.

—¡Espera, Juan Luis! ¡Espera! —Me incorporé nervioso.

—Por favor, no te vuelvas —susurró rogando—. Tómalo como quieras, pero déjame hacerlo.

—¡Sí! —dije convencido dejándome caer en el colchón—. Hazlo. ¿Para qué vamos a engañarnos?

Fue exquisito conmigo. No había otra cosa en mi mente más que él. Lo sentí entrar en mí y yo mismo tiré de mis nalgas para que entrase. Cuando lo noté dentro, hasta el fondo, y su cuerpo estuvo pegado al mío y apretando, la sacó despacio —no del todo— y volvió a empujar. En cada uno de esos movimientos relajados, iba sintiendo algo más que una polla dentro mi cuerpo… Era Juan Luis dentro de mí.

Por la mañana volví a sentirme cortejado; y así se sentiría él. Le preparé su ropa, su aseo y su desayuno… Lo despedí en la puerta cuando salió para el trabajo.

Era viernes y no me apetecía quedarme en casa todo el fin de semana, porque sabía que Juan Luis volvería conmigo hasta que empezara a dar clases; hasta el lunes. Me duché, me vestí y me fui a dar unos paseos y a tratar de olvidar todo lo ocurrido.

 

5 —La chivata

 

Cuando salí del ascensor y me dirigí hacia la calle, vi a Jacinta en su portería mirando con una profunda tristeza al portal. Unos obreros, vestidos con monos azules, manipulaban algo a un lado de la entrada.

—¡Jacinta! —le dije—. La veo triste. ¿Se puede saber qué pasa ahí afuera?

Me miró lánguidamente y sonrió después…

—¿Qué le vamos a hacer, don Tomás? —exclamó—. ¡Los tiempos cambian que es una barbaridad! Media vida entregada a este trabajo, a este servicio y…

—Pero, ¿ha pasado algo?

—¡Sí, hijo, sí ha pasado! —bajó la voz—. ¿No asiste usted a las reuniones de la comunidad?

—No, la verdad —confesé embarazado—. Prefiero no pasar toda una tarde discutiendo pamplinas para no llegar a ningún acuerdo.

—Pues alguien ha llegado a un triste acuerdo… ¡Triste para mí! Están instalando uno de esos nuevos porteros automáticos. Ya no les voy a hacer falta. Estorbo.

—Pero, ¿qué dice? —pregunté consolándola—. Nadie la considera aquí un estorbo. ¿Qué sería de nosotros sin usted?

—Dentro de pocos días podrá averiguarlo. Yo me volveré a mi pueblo.

—¿No van a dejar aquí a nadie a cargo? —exclamé extrañado—. Quien haya decidido eso, nos está dejando indefensos. Se nos llenará el bloque de pedigüeños todo el día.

—No, don Tomás. No sabe usted lo que están instalando. A partir de ahora, la cancela estará siempre cerrada y, para entrar, las visitas tendrán que llamar a su piso en eso que están poniendo ahí. Podrá hablar desde arriba y abrir esta puerta sin bajar, si conoce a quien llama.

—No es mal invento —pensé—. Pero no es igual que tenerla a usted aquí. No podré saber si ha venido alguien preguntando por mí; si tengo correo…

—Le seré sincera, hijo —musitó haciéndome un gesto para que entrase en la portería—. Ya no estaré aquí para saber cómo les va, pero quiero decirle que no abandone a ese chico… el del pueblo; Fidel. He podido ver su buen corazón en su cara. Hablando de esto puede parecerle que me meto en su vida, pero no es así. Soy de pueblo, don Tomás… y he vivido muchos años y muchas vidas; la mía y las de los demás. Fidel ya no podrá vivir sin usted, aunque sé que piensa que al ratón que tiene más de dos puertas no se lo come el gato. Déjelo que lo piense todo bien y vaya luego a buscarlo.

—¡Jacinta! —proferí muy asustado—. ¿Cómo sabe todo eso?

—Porque no soy una portera automática, hijo —contestó con paciencia—; soy humana.

Lo que me había dicho aquella mujer se quedó grabado en mi mente. Nadie tenía que convencerme de que Jacinta atesoraba una sabiduría que muy pocas personas tienen; algo parecido a ese análisis psicológico que la gente del pueblo llano sabe hacer de un solo vistazo. No había hablado nada de eso con ella y sabía lo que nos estaba pasando.

Le di las gracias y salí nervioso. Di un rodeo para atravesar el portal hasta la calle sin pisar herramientas y cables y, aunque caía una fina llovizna, decidí caminar. Lo que me había dicho Juan Luis, también podía aplicarse a lo que me dijo Jacinta: Los problemas se ven más claros desde afuera. Ella supo, incluso, que era yo el que tenía que ir a buscarlo.

Tenía que decírselo a mi amigo.

(Continúa: Novena Vida)



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