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Fecha: 19-Sep-14 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (17)

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 97 min. ]
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Luchando contra la pena, la angustia y la frustración. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Me niego a ser Lesbiana (17)

 

Corazones Solitarios.

 

 

Lara me encontró durmiendo en el rincón de mi sala, no había notado lo frío que estaba mi cuerpo hasta que desperté pero había algo vacío en mi interior que me impedía lamentarme por esto, simplemente abrí los ojos y miré a mi ex novia, ella estaba desnuda y me llevó varios segundos recordar por qué, con esto descubrí que yo tampoco llevaba ropa.

-Lucrecia ¿qué te pasa? ¿Qué hacés durmiendo acá? ¿Estuviste llorando? –El bombardeo de preguntas me mareó más de lo que ya estaba, me quedé mirándola en silencio- Lucre… contestame.

-¿Qué le pasa? –preguntó otra voz femenina, creo que era la de Edith.

-No sé, no me contesta. ¿Lucrecia? –me sacudió tomándome de un brazo.

-¿Eh? –Reaccioné repentinamente; fue como si mi cerebro se hubiera activado de pronto- estoy bien… estoy bien.

-Me asustaste, boluda. ¿Qué hacés acá?

-Me quedé dormida, no me di cuenta.

-¿Tan borracha estabas? –esta vez la pregunta vino de Edith, supe que era ella porque se paró, con toda su desnudez, frente a mí- ¿estuviste llorando?

-Creo que si –no pude mentir porque ellas tal vez estaban viendo las huellas que dejaron las lágrimas en mi rostro.

-¿Por qué? –volvió a preguntarme.

-Me puse triste… ni siquiera sé por qué. De pronto me dieron ganas de llorar –esta vez sí pude mentirles.

-¿Segura que no pasó nada malo? –si consideraban malo el hecho de haber perdido al amor de mi vida en tan solo unos segundos, entonces tal vez debería responder que sí.

-Estoy segura, capaz que fue por todo lo que pasó con mi mamá… no sé… es malo mezclar penas y alcohol –intenté ponerme de pie, Lara tuvo que sostenerme para que pudiera hacerlo.

-Está bien, no te jodo más –dijo la pequeña de cabellos pajizos- pero si te pasa algo más, no dudes en contarnos. Somos tus amigas, estamos para eso.

-Lo sé… y que buenas amigas que vienen a despertarme desnudas –hice un esfuerzo increíble para poder sonreír, ni siquiera sé si logré concretar la mueca.

-Bueno, me alegra saber que fue una falsa alarma –dijo Lara- no vuelvas a hacerme esto, Lucrecia –me regañó como sólo ella sabía hacerlo- va a ser mejor que me vaya antes de que mi mamá haga la denuncia a la policía por mi desaparición.

-¿Qué hora es? –pregunté de forma automática.

-Las dos de la tarde –respondió mi ex novia luego de recoger su teléfono celular del piso, en ese momento recordé haberlo tirado la noche anterior, me alegró saber que funcionaba.

-¿Tanto tiempo dormimos? –mientras hablaba intentaba caminar hacia mi cuarto, tenía la sensación de que mi cerebro funcionaba en cámara lenta y que pronto iba a estallar.

-Hubiéramos dormido más si Tatiana no nos hubiera despertado cuando se levantó para ir al baño –dijo Edith apoyando su mano en mi hombro, creo que intentaba guiarme.

Al llegar a mi cuarto vi que Samantha y Jorgelina recién se estaban despertando, verlas desnudas no significó nada para mí, si la situación hubiera sido diferente hubiera saltado sobre ellas, pero hoy no tenía humor para nada… bueno, para nada no. Si tenía que morirme ese mismo día lo haría con muchas ganas.

Mis amigas se vistieron y una a una fueron despidiéndose, saludándome y haciéndome saber lo bien que la habían pasado al festejar mi cumpleaños, permanecí desnuda hasta que todas se marcharon ya que les dije que me daría un baño antes de ponerme ropa limpia.

El resto del día transcurrió de forma automática.

Ducha: El agua tibia no logró devolver el alma a mi cuerpo.

Vestimenta: Me puse lo primero que encontré en mi ropero, literalmente ya que fue una remera de Lara, la cual guardaba en caso de que ella pudiera necesitarla. Tuve que escoger otra porque esa no me entraba.

Comida: Apenas probé bocado, tan solo una porción de pizza que había sobrado de la noche anterior, me costó mucho esfuerzo no vomitarla. Hice una pequeña nota mental, esa noche debía tomar alguna sopa o algo similar si es que no quería morirme de un ataque al hígado.

Cama: Luego de la sopa en la noche, me fui a dormir.

¿Qué hice durante los huecos entre cada una de esas acciones? No tengo idea. No lo recuerdo. Horas que quedaron vacías.

Me desperté el lunes por la mañana. No tenía forma de ver el paso de los días, mucho menos si me negaba a abrir puertas y ventanas. Mi casa quedó en penumbras las veinticuatro horas del día. Me veía a mí misma vagando por los rincones. Pensando en una sola persona todo el tiempo… tiempo que nunca transcurría. Había quedado paralizada en un mundo donde los recuerdos más felices me llenaban los ojos de lágrimas y aquellos pensamientos tristes me sumían en una depresión tan grande que lo único que podía hacer era dormir. Las migrañas iban y venían, aprendí a medir el tiempo con ellas. Una vez llegué a estar despierta luego del transcurso de tres migrañas, la segunda de ellas fue más extensa que la primera y la tercera juntas, más o menos pude calcular que había estado despierta durante ocho o nueve horas, creo que fue mi récord.

Pasaba la mayor parte del tiempo desnuda, sólo me vestía o me cubría con algo cuando tenía frío. La falta de ropa me hacía sentir más liviana, ya que todo me pesaba, hasta me pesaba tener que comer. Mi dieta se limitó a las asquerosas cosas que yo intentaba cocinar, a veces lo hacía con tan pocas ganas y esmero, que se me quemaba todo y terminaba por tirarlo. Así desperdicié unos buenos bifes, los cuales quedaron carbonizados y me obligaron a abrir una ventana para que el humo se fuera, no me importó estar desnuda y que todo el mundo pudiera verme, a lo sumo habré sido espiada por algún vecino del edificio de enfrente pero lo dudaba mucho.

Mi depresión comenzó a transformarse en rebeldía y ese fue el primer pequeño acto, el segundo fue unas horas después, cuando salí al balcón completamente desnuda y me quedé apoyada en la baranda mirando hacia abajo durante unos quince o veinte minutos, al parecer nadie reparó en mi presencia ya que era de noche y las calles estaban desiertas. No sabía qué hora era pero debía ser muy tarde, tal vez a mitad de la madrugada.

El tercer acto de rebeldía depresiva fue el intento que hice por masturbarme, lo hice sentada en uno de los almohadones de mi sala. Toqué mi clítoris durante unos segundos y no logré excitarme, al menos no emocionalmente, mi vagina se mojó, pero no era más que un acto reflejo. Enojada conmigo misma, continué tocándome con más intensidad, como si se tratara de un castigo hacia mi pobre vagina, por haberme metido en tantos problemas. No hundí los dedos en ella en ningún momento, sólo me limité a frotarla como si estuviera intentando prender fuego por roce. Lo más extraño fue que luego de unos minutos comencé a tener espasmos en el centro de mi rajita, éstos luego se extendían hacia abajo, llegando a mis piernas y hacia arriba, llegando hasta la boca de mi estómago. Me doblé en dos hacia adelante y comencé a jadear, sin dejar maltratar mi clítoris. Mis dedos se movían de forma automática lo más rápido que podían. De un lado a otro y de arriba abajo. Un nuevo espasmo. Seguí frotando. Otra pequeña convulsión en mi interior. Solté un suspiro. Con el siguiente temblor estiré mi cuerpo hacia atrás tanto como la pared a mi espalda me lo permitió. No sentía verdadero placer, era más bien como un castigo divino, como si mi libido se estuviera astillando y estas astillas lastimaban mi cuerpo por dentro. Sentí mis jugos bajando hasta mi colita, sin pensarlo hinqué dos dedos en mi ano, lo hice tan fuerte que me dolió, pero era parte del castigo que merecía. Allí grité. Grité y luego grité más fuerte. Parte de mí quería que todos mis vecinos oyeran que me estaba masturbando… o que estaba teniendo relaciones sexuales con alguien. Quedé acostada de lado, con el cuerpo en un almohadón y la cabeza en otro. Una mano se encargaba de friccionar mi clítoris y la otra cumplía con su trabajo de torturar mi colita, al menos lo cumplía en forma teórica, porque en la práctica estaba comenzando a disfrutarlo. 

Opté por llevar el castigo a otro nivel, suspendiendo brevemente mis actividades me puse de pie y fui prácticamente corriendo hasta mi cuarto, abrí la caja llena de juguetes sexuales, la cual estaba junto a mi cama, y extraje tres objetos. El primero que utilicé fue el lubricante, el cual unté en lo que yo llamaba “la pequeña oruga”, sin medirme ni pensar en las consecuencias, apoyé la base en el suelo y mientras lo sostenía con una mano, me senté sobre él. Penetró tan profundamente en mi ano que sentí que se me iba a desgarrar, pero un leve despojo de cordura me hizo retroceder durante unos instantes y volver a sentarme, sintiendo puro placer esta vez. No puedo explicar cómo se sintió eso, el sentirme llena por detrás, el tener consciencia de que prácticamente todo el juguete había quedado dentro de mí. Dejándolo reposar utilicé el tercer objeto extraído de la caja, manteniendo las piernas abiertas y en cuclillas, introduje el vibrador en mi vagina, justo después de encenderlo. El pequeño apéndice que sobresalía de éste se quedó temblando intensamente sobre mi clítoris. Meneé mis caderas en círculos y cerré los ojos, comencé a gemir y a forzar la salida del juguetito que estaba en mi cola, pero luego de un pequeño saltito, volvía a introducirlo. Esto me brindaba un placer inmenso. Tanto que me llevó al orgasmo en poco tiempo, un orgasmo prolongado, intenso y para nada relajante. Luego me sentí culpable, por haber caído tan bajo y masturbarme de una forma tan desesperada, pero eso era justamente lo que pretendía, pretendía utilizar esa culpa como la fase final de mi castigo.

Luego de autocastigarme y bajar un poco los decibeles de mi estado nervioso, me di cuenta de que estaba muerta de hambre. No recordaba la última vez que había probado bocado y sabía que las alacenas y la heladera estaban completamente vacías, ni siquiera me quedaba un poco de arroz. Tuve que vestirme obligadamente. Extraje algo de dinero de mis magros fondos y al salir a la calle me lleve una espantosa sorpresa. Era de día.

La radiante luz del sol se clavó en mis retinas como si fueran mil agujas. Me maldije por no haber traído mis anteojos de sol, pero no tenía ganas de subir a buscarlos. Por casualidad me enteré qué día era al ver el diario actual en un puesto de revistas. Pude leer, con cierta dificultad, la fecha viernes, 1° de Agosto. Me quería morir. Había pasado casi una semana encerrada y deprimida.

Me reabastecí con los víveres que compré en el primer supermercado que encontré y luego de almorzar, o lo que haya sido eso, me acosté a dormir. Esta vez no por depresión, sino por verdadero cansancio físico.

Desconozco qué hora era cuando me desperté, supe que ya era de noche sólo porque abrí levemente una ventana, temerosa de encontrarme con el sol una vez más. Le sonreí a la luna apenas la vi. Mientras despejaba mi mente luego de extensas horas de sueño, me invadió una loca idea. Sería un nuevo capítulo en mi terapia de castigos, los cuales llevaba a cabo con toda la intención de no pensar… en ella.

El plan consistía en salir. Visitar algún buen sitio nocturno, posiblemente una discoteca. También decidí que debía vestirme de forma escandalosa, era un intento desesperado por asesinar de una vez por toda a los leves vestigios que quedaban de la vieja Lucrecia, aquella que se preocupaba por todo y por todos. La nueva Lucrecia no se preocuparía por nadie más que por Lucrecia.

Encontré, de casualidad, una pequeña minifalda blanca, la cual pertenecía a Lara y eran parte de esas reservas de ropa que habíamos traído desde su casa por si algún día fuéramos a necesitarlas, pero seguramente ninguna de las dos llegó a pensar que sería yo quien usara esa prenda. Era tan diminuta y ajustada que tan solo al levantar un poco una pierna, mi ropa interior se asomaba por debajo. Me puse una bombacha de encaje rosa sumamente transparente, mi clítoris resaltaba como casi como si no llevara nada puesto. Una nueva muestra de odio hacia mí misma. Me puse la blusa más escotada e indecente que encontré, así y todo ni siquiera se acercaba a los escotes que solía usar Jorgelina, pero marcaban bien mis pechos y permitía que parte del corpiño que hacía juego con la bombacha, se viera. Cuando llegó el momento de maquillarme fui muy cruel conmigo misma. Me llené la cara de rubor, los ojos de luces y sombras, resalté mi boca con una pintura de labios color rojo carmesí, la cual casi nunca usaba. La tenía sólo porque mi hermanita me la había regalado. Para finalizar, até mi pelo con dos colitas, una a cada lado de mi cabeza. Parecía una extraña mezcla entre Harley Quinn y una prostituta barata. Me hubiera puesto medias de red, de haber poseído unas.

Escandalosa y enloquecida, salí de mi casa. No debía caminar mucho trecho hasta llegar a la zona en la que se encontraban las discotecas, los bares y los pubs. Allí recordé mi vieja y querida Afrodita, pero también recordé todo el dinero que debía allí desde el día en que mi madre había cancelado la extensión a su tarjeta de crédito. Decidí no acercarme a ese sitio, no porque no quisiera pagarle a Rodrigo, sino porque no tenía con qué hacerlo. El poco dinero que tenía lo traía conmigo, dentro de una pequeña carterita en la cual no entraba absolutamente nada, pero yo había logrado meter los billetes, un paquete de pañuelos descartables, las llaves de mi departamento, el lápiz labial rojo carmesí, un lápiz delineador, un pequeño espejito, una tableta de aspirinas que había comprado ese mismo día en el supermercado y una botellita de perfume, el cual impregnaba también mi cuello.

La peor de mis ideas fue salir con tacos altos, no recordaba la última vez que los había usado pero tenía la sensación de que al primer desnivel de piso con el que me encontrara, me desnucaría allí mismo.

El primer sitio al que ingresé era un pub desolado. Lo vi tan vacío que me planteó dos incógnitas, o era demasiado temprano y la gente aún no había llegado, o era demasiado tarde y ya todos se habían marchado a algún boliche cercano. Me acerqué a la única parejita que ocupaba una mesa allí dentro y les pregunté la hora. Me respondieron que eran las tres de la madrugada. Me maldije a mí misma porque la mayoría de las discotecas de la zona no permitían el ingreso luego de esa hora, a no ser que estuvieran prácticamente vacías.

Continué mi recorrido y encontré una de esas discotecas que pedían clientes a gritos. Nadie me cobró por entrar pero noté varios pares de ojos analizando mi anatomía. Acomodándome la minifalda me abrí paso hacia adentro. Lo primero que noté fue que la música no me gustaba, no pretendía que pasaran algo de Radiohead en una discoteca, pero tampoco esperaba que me recibieran con un traqueteo ensordecedor saturado de graves que hacían rechinar los parlantes. El ambiente era espeso y las luces de colores no llegaban a alumbrar mucho, ya que quedaban flotando en el aire al rebotar contra la gran cantidad de humo que había, primero pensé que alguien había encendido una de esas espantosas máquinas de humo pero luego me di cuenta de que esas nubes no eran producto de ninguna máquina. Intenté llegar hasta la barra para comprar mi primera bebida de la noche pero avanzaba tan lentamente que imaginé que llegaría a mi destino cuando ya todos se hubieran marchado. Allí fue cuando me pregunté por qué me dejaron entrar, si el lugar estaba tan lleno. Era irracional. Pero dejando mi ingenuidad de lado llegué a la conclusión de que a los organizadores no les importaba si eso era un hormiguero, ellos querían mucha gente dentro para ganar más dinero al vender bebidas.

La Lucrecia rebelde se asustó y temió por su propia seguridad en cuanto sintió una mano desconocida acariciando la parte posterior de su pierna derecha. Luego, esa misma mano, consiguió llegar hasta una nalga y de la nalga siguió su camino hasta encontrarse con una rajita mal protegida por una bombacha de encaje rosa. Un segundo grupo de dedos consiguió llegar hasta el mismo sitio.

Espantada repartí codazos a diestra y siniestra. A nadie pareció importarle esto ya que los toqueteos continuaron. En uno de mis intentos por apartar la gente a mi alrededor, presioné el seno de una chica con amplio escote que estaba parada frente a mí, ésta me sonrió de forma libidinosa, pero yo estaba tan asustada que ni siquiera me importó que pudiera tratarse de la mujer más lesbiana que había dentro del establecimiento. No quería hacer otra cosa que irme a llorar a mi casa, como una niña miedosa. No podía creer que hubiera llegado tan lejos.

Volviendo sobre mis pasos y tolerando nuevos toqueteos y pellizcos debajo de mi minifalda, logré llegar hasta la salida. En cuanto escapé de ese sitio y me alejé lo suficiente, miré hacia abajo y descubrí horrorizada que tenía la minifalda levantada casi por completo y la bombacha apartada hacia un lado. No quería pensar en eso, pero recordaba haber sentido uno o dos dedos hurgando en el agujerito de mi vagina. No pude excitarme por eso sino todo lo contrario, el cuerpo me temblaba y mientras acomodaba mi ropa pensé en cómo la estarían pasando las mujeres que aún estaban dentro de ese hormiguero lujurioso. Seguramente más de una estaría siendo ultrajada hasta lo más profundo de su ser y tal vez ni siquiera le importaba. Allí fue cuando supe que la nueva Lucrecia tenía sus límites. Eso sí que no podía tolerarlo. Si me dejaba tocar por un desconocido, al menos quería verle la cara y decidir si le daría o no permiso para tocarme.

Caminé un par de cuadras y me senté en el cantero de un edificio que se encontraba en una esquina. Respiré hondo y me dije a mí misma que no volvería a hacer algo como eso y mucho menos, vestirme así. Miré mis piernas, prácticamente desnudas y el terror volvió. Esto no era un juego, si andaba por la calle a altas horas de la noche vestida de esta forma, podría resultar violada… o algo peor.

-Hola preciosa –una voz desconocida me llegó desde un auto que había estacionado frente a mí; ¿sería este el violador al que tanto temía? Miré hacia otro lado y guardé silencio, rogándole a Dios que este sujeto se marchara -¿cuánto por dos horas? –me preguntó sin bajarse del coche.

-Te estás confundiendo –le dije con un nudo en la garganta-no soy de… esas.

-Dale mamita, no tengo toda la noche para jueguitos. Decime cuánto te va… arreglamos y nos vamos.

-En serio… te estás confundiendo. No estoy jugando –no podía enfadarme con él ya que no era su culpa, vio una chica vestida como prostituta, sentada a altas horas de la noche en una esquina, hasta yo hubiera llegado a la misma conclusión- estoy esperando a un amigo –mentí- no me molestes.

-¡Pero matate… puta de mierda! –me gritó al mismo tiempo que aceleraba su vehículo y salía volando de allí.

El corazón me golpeaba todo el interior del pecho, pero eran latidos fríos y cada vez más dolorosos. No habrán pasado más de dos minutos cuando vi un hombre a pie detenerse a pocos pasos de mí. Una vez más se me hizo un nudo en la garganta, como si fuera una horca formada por una soga.

-Hola –me dijo manteniendo las manos dentro de los bolsillos, pude ver que era un hombre de unos cincuenta años, pero con cierto atractivo físico; lo saludé con un simple gesto de la cabeza, no por respeto sino por miedo- ¿cuánto? –este nuevo “cliente” parecía ser de pocas palabras, pero sus intenciones eran las mismas.

-No soy prostituta –mi voz chilló más de lo que me hubiera gustado, con eso le mostré mi miedo- estoy esperando el colectivo –volví a mentir.

-Qué raro, por acá no pasa ningún colectivo.

-Con razón no vino nunca. Me habré confundido de calle.

-Qué lindo eso que tenés entre las piernas –al escuchar esa frase miré instantáneamente hacia abajo y me di cuenta de que tenía las piernas un tanto separadas y esto permitía que se viera mi traslúcida bombachita, junté las rodillas tan rápido como pude- ¿segura que no trabajás? Mirá que puedo pagarte muy bien… así sea tu primera vez en este… empleo.

-Estoy segura. Te agradezco la oferta –intentaba mantenerme lo más tranquila posible y evitaba todo contacto visual con ese sujeto.

-¿Y qué hace una chica tan linda como vos, vestida de esa forma y sentada en una esquina frecuentada por prostitutas?

-Hasta hace un minuto lo único que hacía era estar sentada esperando a alguien que nunca iba a venir –con un rápido vistazo me percaté de que el hombre estaba teniendo una erección, eso me atemorizó más de lo que estaba- ¿sería mucho pedir que me dejaras tranquila?

-La culpa es tuya, cachorrita. Yo vine con toda la intención de pagarle a una mujer hermosa y pasar una linda noche junto a ella y cuando la encuentro, ésta me dice que no acepta transacciones. Tal vez te ofendí al ofrecerte dinero, pero la oferta de una buena noche sigue en pie, tengo con qué entretenerte –su perseverancia me estaba haciendo enfadar, pero sabía que debía conservar la calma, no tenía idea de cómo podía reaccionar este sujeto.

-Le ruego que no insista –intentaba parecer educada- pero no estoy interesada en hombres. Mujeres tal vez… pero hombres no.

-¡Ah! Pero qué interesante. Una chica que prefiere las chicas. Eso pone las cosas más interesantes. Podríamos buscar alguna amiguita tan linda como vos y pasar una noche fantástica los tres juntitos -¿por qué cada hombre que se enteraba que una mujer era lesbiana asumía inmediatamente que iba a formar un trío con ella y una segunda mujer?

-¿No me expliqué bien? No me interesan los hombres… en ninguna situación, ni siquiera habiendo otra mujer presente. Te pido que me dejes tranquila, por favor.

-Está bien, sé cuándo no me quieren cerca. Me voy con una condición.

-¿Cuál? –pregunté de muy mala gana.

-Abrí un poquito las piernas y mostrame lo que tenés ahí abajo, prometo irme después.

-No, ni hablar. Si le muestro se va a quedar pensando que puede conseguir más.

-Prometo que no, miro un ratito y me voy.

-Lo siento pero no. Se va a tener que conformar con lo que ya vio.

-Estoy intentando ser amable, chiquita, pero vos me la estás poniendo difícil… dura y difícil –se acercó un par de paso hacia mí, me quedé petrificada- no me gusta irme con las manos vacías, si querés que me vaya, me vas a tener que dar algo a cambio –siguió caminando directamente hacia donde me encontraba- te hice una primera oferta, debiste tomarla. La segunda oferta te va a gustar todavía menos –cuando ya estaba menos de un paso de mí, bajó el cierre de su pantalón y extrajo su rígido miembro- chupamela y cuando acabe, me voy –me moría del asco de sólo verlo, pero el asco era opacado por el terror.

-¡No! Aléjese, déjeme en paz -intenté alejarme hacia atrás pero estuve a punto de caer dentro del cantero.

-Dale mamita, una chupadita y me voy. Si querés te pago, la plata no es problema.

-¡Le dije que no! ¡Por favor, déjeme sola!

-¡Oiga! ¿Qué ocurre acá? –preguntó una estridente voz femenina que provenía desde mi izquierda.

-Le pague a la puta para que me haga un pete, no se meta, vieja de mierda –contestó el tipo.

-¡Eso es mentira! ¡Es un degenerado! –grité.

-¡Váyase o llamo a la policía! –miré hacia mi rescatadora, era una mujer que aparentaba tener más de cuarenta años, estaba vestida de forma casual y tenía un gran teléfono celular en su mano derecha- ya estoy marcando el número. Si no se va ahora… llamo.

-¿Se cree que me voy a ir con una amenaza de esas? Llame a quien quiera, vieja puta –retrucó el infeliz.

La mujer miró hacia su izquierda, estaba de pie en el vértice que se formaba entre las dos veredas, por lo que podía ver directamente hacia esa que quedaba oculta de mi vista y de la del degenerado.

-¡Carlos… vení un momentito! –Gritó la mujer- ¡vení que acá hay un violador que está acosando a una chica! –hizo varios gestos con su mano indicándole a ese sujeto que se apurara.

El degenerado cincuentón se espantó tanto como lo estaba yo, guardó su asqueroso instrumento dentro del pantalón y salió de allí caminando a paso ligero y apretado.

-¡Gracias! –le dije a la mujer poniéndome de pie- si no hubiera llegado no sé qué hubiera pasado- estaba al borde de las lágrimas pero haciendo un gran esfuerzo logré contenerme, al llegar a ella la abracé con fuerza, a pesar de no conocerla, luego miré sobre mi hombro y vi la vereda hacia la que ella gritó, estaba completamente vacía, ni siquiera un perro callejero deambulaba por ahí- ¿y su amigo?

-¿Carlos? No es mi amigo, es mi ex marido… ahora debe estar en su casa con alguna de sus nuevas noviecitas.

-Entonces…

-Tenía que inventarme algo, ese tipo no se iba a ir con lo de la policía, pero creeme que los iba a llamar en serio.

-Muchas gracias señora, lo que hizo fue muy valiente.

-¿Valiente? Casi me orino encima –dijo riéndose nerviosa- allí me percaté de que esa mujer habrá tenido rasgos muy bonitos de joven, ahora había algunas pequeñas arrugas decorando la comisura de sus ojos y labios, no era hermosa pero si agradable a la vista.

-Pero usted le hizo frente a ese miedo… yo ya no sabía qué hacer.

-Es increíble… hay degenerados que ni siquiera son capaces de invertir unos billetes… se creen que las chicas están en estas esquinas por puro gusto, eso me indigna.

-Él me ofreció dinero, ese no fue el problema.

-Ah… está bien, bueno… supongo que ustedes también tienen derecho a elegir… si el cliente no les gusta, pueden decir que no.

-Tampoco… no soy prostituta –la mujer me miró como si yo le estuviera hablando en suajili- es la verdad… ni siquiera sabía que esta fuera una esquina de prostitutas, llegué acá de pura casualidad.

-¿Y ya estabas vestida así antes de llegar? –su irónica pregunta me hizo reír por primera vez luego del susto.

-Sí… una de mis locuras… me avergüenzo totalmente de haber salido así a la calle… fue una locura, no sé en qué estaba pensando.

-No te avergüences chiquita, la que debería estarlo soy yo.

-¿Usted, por qué? Si no hizo nada malo, más que salvarme la vida… si se avergüenza de eso me voy a sentir muy mal.

-No querida, me alegra muchísimo el que estés bien y no te haya pasado nada, pero debería estar avergonzada porque yo venía con las mismas intenciones que ese sujeto.

-¿Eh, usted también me iba a pedir que le chupe el pene?

-El pene no… precisamente –la mujer se sonrojó, al bajar su cabeza pude ver el tono pardo de sus cabellos lacios al ser iluminados por los faroles de la calle- me avergüenza decirlo, pero yo también venía en busca de una prostituta- esa confesión me hizo tambalear… o tal vez fueron los tacos altos, lo importante es que casi me caigo sentada de culo, la mujer tuvo que tomarme del brazo para ayudarme a mantener el equilibrio.

-Perdone… es que se me hace muy raro… una mujer… de su clase –por la forma en la que estaba vestida daba toda la sensación de ser una ama de casa común y corriente- nunca hubiera imaginado que…

-Sí, lo sé. Estoy en la misma situación que vos, ni siquiera sé en qué estaba pensando. Fue un gran error.

-No creo que sea un error. Usted llegó a esa conclusión por algún motivo.

-No me digas “usted”, me hacés sentir más vieja de lo que estoy. Si yo tuve un motivo para salir a buscar una “trabajadora” entonces vos debés tener un motivo para haber salido vestida así a la calle.

-De hecho, lo tengo… pero es una historia larga.

-No tengo nada que hacer durante el resto de la noche… más que desvelarme y mirar el techo.

-A mí eso me sale muy bien… después de esta semana podría dar cátedras de desvelo… y de largas horas de sueño luego del desvelo…

-Al parecer las dos estamos muy mal.

-Parece que sí. Le contaría por qué salí así a la calle, pero créame que no quiero pasar ni un minuto más en esta esquina.

-Comprendo perfectamente. Yo vivo a media cuadra, mi casa es esa que está allí, la de puerta de madera –señaló una casa que se encontraba en la vereda de enfrente, justo en el centro de la cuadra- si querés podemos ir a charlar ahí, además acá hace mucho frío y vos estás prácticamente desnuda, debés estar congelada.

-Creo que sí… pero con el susto, ni siquiera me había dado cuenta. ¿No sos ninguna violadora, cierto?

-¡No, claro que no! –respondió espantada.

-Era un chiste… suelo hacer muchos… en los peores momentos… mecanismo de defensa, lo llamo yo.

-Ah, está bien. Comprendo. Yo también digo idioteces en malos momentos.

-Sí, ya lo noté –dije recordando algunas de sus palabras- está bien, podemos ir un rato hasta su casa. Luego me pido un taxi.

-Por mí está perfecto… me va a hacer bien tener un poco de compañía –comenzamos a caminar hacia su domicilio- es decir… alguien para charlar… o sea, no pienses que voy a…

-Usted me recuerda mucho a mí –le dije sonriendo.

-Si me decís “usted” una vez más vuelvo a llamar al degenerado ese.

-A eso mismo me refiero… yo hubiera contestado algo parecido.

-Con esto te demuestro que no vas a madurar nunca.

-Es bueno saberlo, no quiero llegar a vieja y ser una amargada.

-¿Tan vieja estoy? –no pude hacer otra cosa que reírme.

*****

La casa de esta mujer estaba repleta de muebles antiguos en muy buen estado y prolijamente situados, todo brillaba de limpio, me recordaba a la casa de una de mis abuelitas. Cuando le dije esto me contestó:

-Eso me hace sentir todavía más vieja. Para tu información, tengo cuarenta y siete años… y no miento. Si aparento más, entonces es una pena.

-La verdad que no aparenta tener más que esos –le dije admirándola debajo de la luz blanca de su living.

-Por lo general la gente completa esas frases diciendo “de hecho, aparenta tener menos años”.

-Si dijera eso te estaría mintiendo –volvió a reírse.

-¿Así que vamos a ser brutalmente honestas? Entonces te digo que se te ve la cotorrita, nena. Deberías salir a la calle con ropa de tu talla –al mirar hacia abajo me di cuenta de que esta mujer tenía razón, una vez más la minifalda me había traicionado.

-Perdón… es cierto, no es de mi talla, es de una… amiga… que es más bajita que yo, mucho más bajita que yo.

Mientras acomodaba mi ropa admiré la suya, a pesar de ser tan tarde ella vestía de forma elegante, con una pollera color vino que le llegaba hasta las rodillas, a pesar de que la tela no se pegaba mucho a su cuerpo pude adivinar la bonita curva que dibujaban sus piernas, además tenía puesta una camisa blanca, mangas largas, con algunos detalles que colgaban en la zona del cuello y sus pechos, estaba maquillada, pero de forma casi imperceptible. Sus facciones no tenían nada de malo, lo que más resaltaba de su rostro era el fino corte de su nariz, esto le otorgaba cierta belleza.

-Todavía no me contaste por qué te vestiste de esa forma. Por cierto, mi nombre es Evangelina, pero me dicen Eva.

-Mi nombre es Lucrecia y me dicen que parezco prostituta.

-Lo parecés… y mucho. ¿Querés tomar un cafecito? –acepté su ofrecimiento y nos sentamos frente a una pequeña mesa cuadrada que estaba contra una de las paredes de su cocina.

-Bueno Eva… -dije para dejar el sonido de su nombre en mi memoria- si yo te cuento por qué salí vestida así a la calle, vos me tenés que contar qué era todo eso de buscar prostitutas.

-Una especie de terapia mutua. Me parece bien.

-Sí, algo así. Bueno, te voy a hacer una versión resumida. Me enteré que el… amor de mi vida, si puedo llamarlo así, conoció a otra persona y… se acostó con esa persona. Eso me dejó muy traumatizada y depresiva. Por consecuencia llegué a hacer esta locura… para ser sincera, me vestí de esta forma con la intención de acostarme con la primer… persona que viera, pero por suerte recobré parte de mi cordura y me di cuenta de lo peligroso que era hacer eso. Aunque no lo crea, nunca me visto de esta forma, ni siquiera como juego.

-¿Qué edad tenés, chiquita?

-El domingo pasado cumplí veintidós.

-Feliz cumpleaños.

-Gracias, el cumpleaños sí fue muy feliz, lo arruinó lo que pasó después… cuando me enteré de lo que te conté.

-Entiendo… pero vos sos una chica muy joven. ¿Qué te hace pensar que esa persona era el amor de tu vida? No te ofendas, pero vos recién estás empezando a vivir.

-Puede ser…

-Creeme que sí. Puede que hayas quedado muy dolida por lo que te pasó con este chico, pero hay muchos hombres en el mundo, solamente que vos no conocés a todos. Te sorprenderías ver lo mucho que te puede gustar alguien que aún no conocés y que puede aparecer en tu vida en cualquier momento.

-Ahí te equivocás…

-No me equivoco, lo sé por experiencia… hay miles de hombres buenos en el mundo.

-No era una hombre… era una mujer –la dejé boquiabierta con mi confesión- sí señora, soy lesbiana y ya lo tengo asumido.

-Eso sí que no me lo esperaba… bueno… pero el ejemplo se aplica igual, también hay muchas mujeres hermosas y buenas dando vuelta por ahí… sin nadie que las quiera.

-Como vos…

-Hablaba de mujeres lindas… no de mí.

-Vos –me esforzaba por no llamara “usted”- sos muy linda y sabés que no te estoy mintiendo… que parezcas de cuarenta y siete no quiere decir que no seas bonita.

-Bueno, gracias… tendré que creerlo –sonrió y su rostro se iluminó restándole un buen puñado de años.

-Ahora me tenés que contar sobre vos… porque de verdad no entiendo nada.

-Te soy sincera, el que me hayas dicho que sos lesbiana me deja mucho más tranquila. Al menos vas a poder entenderme… eso espero. Mi historia comienza cuando era aún más joven que vos, al quedar embarazada de mi primer hijo. Tuve que casarme con el hombre que me embarazó, prácticamente por obligación. Luego vino mi segundo hijo. Amo a los dos con toda mi alma y son lo más hermoso que me pasó en la vida, pero nunca llegué a amar al hombre que fue mi marido.

-Carlos…

-Sí, Carlos. Él nunca me gustó como hombre, no teníamos nada en común… me acosté con él por pura calentura… con la gran desgracia de quedar embarazada al primer intento… a ver, ya que estamos en confesiones… y como no creo que vayas a hablar nunca con alguien de mi familia, te cuento otra cosa. Por favor jamás lo menciones.

-Palabra –le dije levantando la mano derecha.

-Ni siquiera estoy segura de que mi primer hijo sea de Carlos, porque yo había tenido relaciones con otros dos hombres en el transcurso de esa misma semana.

-¿Dos más? Eso quiere decir que cualquiera de los tres podría ser el padre de su hijo.

-Exactamente, pero como él fue el último… y fue del que mi familia se enteró… tuve que decir que sólo había estado con él. Fue una etapa muy rara en mi vida, sentía que había descubierto el sexo por primera vez y quería disfrutarlo a pleno, pero yo era muy ingenua y ni siquiera usé protección.

-Te entiendo perfectamente Eva… a mí me pasó lo mismo. Hasta principios de este año yo me había acostado con un solo hombre… una experiencia bastante desagradable, pero luego vinieron las mujeres… y allí me desperté, sexualmente hablando, y tuve relaciones sexuales con muchas de ellas, incluso con algunas que ni siquiera conocía. La diferencia entre usted y yo es que las mujeres no me pueden dejar embarazada… al menos hasta donde sé… si descubrieron que sí se puede, entonces estoy jodida… porque no sabría a cuál de todas cargarle el hijo –ella comenzó a reírse.

-Eso quiere decir que sos bastante promiscua.

-No es algo de lo que esté orgullosa, pero sí. Muchos dirían que soy una puta y tal vez tengan razón.

-No digas eso. A mí me han dicho puta y es un adjetivo muy feo. Si un hombre se acuesta con veinte mujeres en un mes, entonces dicen que es un ganador, un ídolo, un genio… en cambio si una mujer se acuesta con veinte hombres… o mujeres, entonces la califican de puta. Eso me parece sumamente injusto.

-Es la sociedad en la que nos tocó vivir.

-Que nos haya tocado vivir acá no quiere decir que tengamos que estar de acuerdo con todo. A mí me parece que una mujer tiene derecho a disfrutar del sexo tanto como los hombres, sin que le estén dando adjetivos hirientes.

-Brindo por eso –le dije levantando la tacita de café y vaciando el resto del contenido de un trago- ¡mierda! Me quemé. ¡Está caliente! –Eva se apresuró a traerme un vaso con agua de la canilla, el cual también bajé de un trago- gracias –le dije con voz ronca.

-Sos bastante idiota, Lucrecia –me dijo sonriéndome.

-Gracias por eso también, nunca me habían dicho algo tan lindo.

-Es que no te puedo mentir… estamos siendo sinceras ¿te acordás?

-Por desgracia sí, me acuerdo –miré hacia la derecha y vi un grueso mechón de cabello castaño claro colgando a mi lado, miré hacia la izquierda y vi otro igual- no me acordaba que tenía el pelo atado así, con esto debo parecer más que idiota.

-Puede ser… pero no te lo quites, te queda lindo. Te hace ver más…

-¿Juvenil?

-Iba a decir puta, pero si querés podemos decirle “juvenil”.

-¡Hey! ¿No habíamos quedado en que ese adjetivo era muy feo?

-Bueno… eso depende de cómo se lo use, ahora no lo estoy diciendo como un insulto, sino como un halago.

-Me estás mareando… ¿qué tiene de bueno ser puta?

-A ver Lucrecia… ¿nunca te hiciste “la puta” con alguna de tus parejas?

-Este… no exactamente, pero sí he actuado de forma… descontrolada.

-Ves, es porque lo hacés con alguien de confianza, a quien querés… es como un jueguito. Es decir que vos podés ser una “puta” en la intimidad con otra persona, pero sólo para complacer a esa persona y a vos misma. Si yo te veo vestida así asumo que estás jugando un jueguito sexual que incluye disfraces, por ejemplo.

-¿Y vos por qué sabés tanto de esas cosas? ¿Alguna vez jugaste esos jueguitos?

-No, pero lo intente… con mi ex marido. Le sugerí la idea de usar algún conjunto erótico pero él me miró con una cara de culo que daba miedo y decidí no hacerlo.

-Tu ex marido es un idiota, yo hubiera pagado por verte dentro de un conjunto erótico.

-Vamos Lucrecia, yo no soy una mujer con la que vos puedas llegar a fantasear…

-¿Por qué no? Tenés un buen cuerpo, buenas curvas –recordaba que su trasero era bastante voluminoso pero estaba erguido- y tu delantera también está muy bien- sus pechos eran de un tamaño similar a los míos, sólo que estaban un poco más abajo, pero la piel que podía ver sobre el escote se mantenía tersa y suave- acordate, honestidad brutal. Si yo te viera en un conjunto erótico, me excitaría mucho.

-Bueno, muchas gracias –sonrió apenada- es un lástima que nunca llegara a comprar ese conjunto.

-Sí, es una lástima –me quedé pensando en cómo se vería con un atuendo como ese, luego recordé algo- ¡esperá! Todavía no me contaste por qué fuiste hasta esa esquina.

-Lo sé… esperaba que te olvidaras –achiqué mis ojos, mirándola con fingido desprecio- está bien, te cuento –terminó de tomar lo que quedaba en su tacita de café- como te habrás dado cuenta, nunca quedé satisfecha sexualmente con mi marido. Ese hombre nunca tuvo talento para la cama, él hacía lo suyo y listo… a mí que me parta un rayo. Le importaba muy poco si yo quedaba satisfecha… todavía me da bronca recordar su cara de felicidad el día que le dijeron que tenía que casarse conmigo, porque él no es un tipo especialmente lindo, y no es por ser egocéntrica, pero yo a esa edad era muy bonita.

-Sí, puedo imaginarlo, porque todavía lo sos.

-Gracias –esta vez no contradijo mis palabras- a mí se me vino el mundo abajo, pero igual me casé con él y aguanté estoicamente durante años, hasta que mis hijos crecieron y se independizaron. Mi hijo menor tiene tu edad y se fue a vivir al extranjero hace cinco años porque le ofrecieron un buen empleo, allí me tuve que quedar sola con Carlos. Pasé dos años de tortura, él me ignoraba prácticamente todo el tiempo y yo no tenía otra distracción que mi trabajo. Soy visitadora médica.

-¿Y eso qué es?

-Soy esa persona que visita los consultorios médicos para informarles sobre nuevos medicamentos y encargarme de que no les falten los que ya utilizan. Es una profesión muy linda si te gusta estar al tanto de los avances en medicina, además te hace sentir importante, porque tenés autorización legal para portar y difundir información de nuevos medicamentos.

-Deben pagar muy bien.

-Digamos que no me puedo quejar del sueldo, de hecho nunca me quejé de eso, mis insatisfacciones vienen por parte de mi ex marido. En una de mis tantas consultas me hice amigo de un médico, él también tenía que tolerar un matrimonio infeliz… y bueno, ya te imaginarás lo que pasó.

-Sí, pero prefiero que me lo cuentes.

-Está bien, pero no me juzgues.

-Te prometo que no lo voy a hacer, podés contarme sin miedo.

-No hay mucho que decir. Un día concretamos vernos extraoficialmente, fuimos a cenar y terminamos en un hotel. Fue una noche increíble, ambos pudimos saciar esa sed sexual y afectiva que tanto nos quemaba por dentro. Esa noche hice cosas que ni me imaginaba, no voy a entrar en detalles pero creeme que la pasé muy bien. Lo malo es que después de esto el doctorcito se sintió culpable y terminó confesándole a su mujer, para colmo, el muy idiota, le dio mi nombre completo. La mujer averiguó mi dirección y vino hasta acá a hacer el escándalo de su vida.

-Y Carlos se enteró de eso.

-¿Cómo no se va a enterar si él le abrió la puerta a la mujer? De más está decir que ahí pasé a ser “la puta rompe hogares”, me sentí para la mierda. Fue el peor día de mi vida, me maltrataron y me humillaron hasta más no poder. El caradura de mi marido me pidió el divorcio y yo sabía muy bien que él tenía sus amoríos por ahí, pero claro, no es algo que yo haya podido probarle.

-¿Y cómo es que no perdiste la casa?

-Porque hice una sola cosa inteligente antes de casarme, la cual la agradezco cada día de mi vida. Le hice firmar un contrato prenupcial, la casa era mía antes de casarme con él, porque me la había regalado mi papá, él poseía tres propiedades en ese entonces, cada una de las cuales regaló a sus tres hijos. Yo fui la primera en recibir una. Si bien él estaba muy enojado y desilusionado conmigo por haber quedado embarazada, es un hombre que siempre se desenvolvió bien en los negocios y cuando de dinero se trata, no hay quien lo estafe. Él me sugirió lo del contrato prenupcial, de esa forma, todo lo que yo poseía antes de casarme, iba a seguir siendo mío aunque me divorcie. Ese fue el acuerdo y Carlos tenía que aceptarlo si quería poseer lo que había entre mis piernas.

-Un tipo con visión de futuro tu papá.

-Sí, él me obligó a casarme para ahorrarse la vergüenza de tener una madre soltera como hija, pero no era ingenuo, sabía que mi matrimonio tenía fecha de caducidad, hasta se sorprendió de que haya durado tantos años. Bueno, a donde iba… y prometo no dar más rodeos. Dentro de todas mis insatisfacciones sexuales siempre estuvo el deseo oculto de ir a la cama con una mujer, algo totalmente descabellado para una madre de familia, casa y con dos hijos.

-O para una chica de familia sumamente católica… -agregué.

-¿Ese es tu caso? –asentí con la cabeza- creo que las dos estuvimos limitadas por nuestro entorno.

-Sí, pero yo terminé destruyendo mi entorno, ahora vivo sola y nunca veo a mi familia… sólo a mi hermana, muy de vez en cuando.

-Mi vida tampoco está mejor, a mis hijos no los veo desde que mi divorcié, que te digan puta es horrible… pero que te lo digan tus hijos… es sumamente doloroso –pude ver una lágrima cayendo por su mejilla.

-No llores Eva, vos no sos ninguna puta –le dije tomándola de las manos- sos una mujer muy linda a la que no supieron dejar satisfecha, vos no tenés la culpa de nada.

-No lo sé… yo pude haber terminado el matrimonio de otra forma, pero por cobarde no lo hice. Al menos hubiera mantenido el respeto de mis hijos.

-Tus hijos te deben respetar y querer mucho, Eva. Solamente se habrán enojado con vos, pero al fin y al cabo sos la madre y van a querer siempre –se me hizo un nudo en la garganta- hasta yo tengo que confesar que a veces extraño a mi mamá… y ella es una bruja que me echó de mi casa como si yo fuera un perro sarnoso. Ves, ahora estamos llorando las dos, eso es por tu culpa.

-Perdón, no intentaba ponerte triste –me alcanzó una servilleta mientras ella se secaba las lágrimas con otra- mejor termino de contarte así nos olvidamos de todo esto –asentí con la cabeza- luego del divorcio pasé más de un año sin acostarme con nadie y como te habrás dado cuenta, la esquina en la que vos estabas suele ser frecuentada por prostitutas, si no viste ninguna es porque ya habrán conseguido clientes, pero todas las noches yo paso y veo dos o tres chicas… y bueno, se visten de formas tan provocativas que… cierto que sos lesbiana y vas a entender… la cosa es que me excitaba al verlas, a pesar de que esa clase de mujeres no me gusta… pero estaba tan pero tan necesitada que llegué a pensar muchas veces en pagarle a una para que me hiciera compañía durante una noche. No te das una idea de la cantidad de veces que caminé hasta esa esquina y termine dando media vuelta escuchando a las chicas murmurando sobre mí. Seguramente ellas sabían cuáles eran mis intenciones, pero al menos tuvieron la decencia de respetarme.

-¿Así que nunca llegaste a contratar una?

-Soy una mujer profesional, tengo una carrera laboral que mantener y debo cuidarme mucho… pero no dije que no haya llegado a contratar una. Hará cosa de un mes me animé a hacerlo,  hablé con una chica preciosa, que habrá tenido más o menos tu edad, rubia… un angelito… hasta me sentí una vieja degenerada… pero todas las chicas de esa esquina suelen ser jóvenes. Acordamos un precio, bastante alto por cierto, ya que ella no quería hacerlo con mujeres. Cuando estuvimos acá, en mi casa, llegué a pedirle que se desnudara… y me sentí sumamente extraña admirando la desnudez de una chica tan joven. Me avergoncé de mi misma, no sólo porque ella fuera joven, sino por ser vieja yo. Al pensar en que debía quitarme la ropa frente a ella me inhibí completamente, yo ya no tengo ese cuerpo que tenía a los veinte años. No me quedó más alternativa que pagarle, pedirle disculpas y decirle que debía marcharse. La chica fue muy respetuosa y me dijo que no quería el dinero, pero le insistí y al final acordamos que se llevaría la mitad de la suma total, por haber venido hasta acá y por haberse quitado la ropa. Al menos me quedó esa imagen…

-Para masturbarte… -abrió los ojos tanto como pudo- perdón, es que yo adquirí la maldita costumbre de hablar de sexo de forma muy abierta, no pretendía avergonzarte. Sé que recién me conocés.

-Recién te conozco pero ya te conté cosas de mi vida que no sabía nadie más que yo… y no te das una idea de lo bien que se siente poder decirlas.

-Yo también me sentí muy bien al contarte sobre lo que me pasó –asintió con la cabeza y nos invadió un silencio muy incómodo.

-Sí lo hice… -me dijo ella después de unos segundos.

-¿Qué cosa?

-Sí me masturbé cuando la chica se fue –le sonreí- que loco se siente esto, jamás me había confesado sexualmente con nadie… ni siquiera con mis mejores amigas.

-Es porque a mí no me conocés.

-No Lucrecia, es porque tengo la sensación de que puedo confiar en vos… es algo que tenés, que me hace ver que sos una buena chica. Debés tener mucha facilidad para hacer amigas.

-La tengo… pero también tengo la misma facilidad para perderlas.

-¿Lo decís por esta chica que se acostó con un hombre?

-Sí.

-¿Hablaste con ella?

-No.

-¿Por qué no?

-¿Qué caso tiene? Ella ya eligió otro camino.

-Eso no lo sabés. Volvamos al tema que hablamos hace un rato… si una mujer se acuesta con muchos hombres o mujeres… tal vez ese hombre sólo fue uno de muchos, no quiere decir que la hayas perdido, puede que aún estés a tiempo de entablar algo con ella.

-Este no es el caso… creeme si te digo que esta mujer no se acuesta con muchos hombres… y con ninguna mujer.

-¿No es lesbiana?

-No… no lo sé… ya no sé qué pensar.

-A ver Lucrecia, necesito más información. ¿Alguna vez pasó algo con esta chica que te lleve a pensar que podría ser lesbiana?

-Sí –contesté con cierto entusiasmo- nos besamos... en más de una ocasión.

-Bueno, eso ya es un buen indicio. ¿Por qué llegaron a besarse? Es decir ¿cuál de las dos tomó la iniciativa?

-La mayoría de las veces fui yo… pero una vez ella lo hizo por iniciativa propia, yo sólo se lo sugerí… pero no es lesbiana. Ella me aclaró que me besó sólo porque estaba necesitada de afecto y cariño, se sentía muy sola y yo era lo único que tenía al alcance de la mano… o mejor dicho, de la boca.

-Que me disculpe tu amiga, pero esa no se la creo.

-¿Por qué no?

-Mirá Lucrecia, yo sé lo que es sentirse sola, como dijiste vos, podría dar cátedra de soledad, porque sentirse sola teniendo a alguien al lado es el punto máximo que puede alcanzar la soledad. Así y todo… no andaría besando mujeres, a no ser que me gustaran. A mí me atraen, ya te lo confesé y es por eso que llegué a pensar y planear la posibilidad de estar con una… y no es por sentirme sola.

-Pero el caso de esta mujer es muy diferente…

-No entiendo por qué.

-Si te lo digo me vas a matar.

-No puedo pensar en algún motivo que me llegara a matarte… a no ser que… ¿qué edad tiene ella?

-Veintinueve, es mayor que yo.

-Ah, con más razón… ya no entiendo por qué debería enfadarme… si es casada lo voy a entender, dalo por hecho.

-Eso depende de con quién esté casada.

-Me parece que eso da igual. ¿Con quién está casada?

-Con Dios. Es monja –Eva me miró como si yo fuera un loco peligroso que acaba de fugarse de una institución mental.

-¿Monja? Es decir… ¿monja?

-Sí… monja de ser monja. Esas señoras que van de iglesia en iglesia vestidas como Batman.

-Eso sí que no me lo esperaba. Supongo que eso cambia un poco las cosas… ¡No, pará! No cambia nada las cosas.

-¿Cómo qué no?

-Me dijiste que se acostó con un hombre… eso quiere decir que le importa un carajo el voto de castidad. Si se acostó con él, nada le impide hacerlo con vos.

-Nada más que un regimiento de Curas y Cardenales… tal vez hasta el mismo Papa venga a darme una patada en las posaderas.

-Lo mismo le darían al tipo que se acostó con ella –al oír eso se me achicharraba el corazón- insisto en que tenés que hablarle. Al menos para estar segura.

-No puedo… si la veo otra vez me muero del dolor.

-No seas cobarde Lucrecia, yo perdí muchas cosas por ser cobarde… vos no tenés que cometer el mismo error.

-Algo parecido le dije yo a ella… que es una cobarde… por no permitirse expresar sus sentimientos.

-Con más razón, tenés que ir a demostrarle lo valiente que sos. Así te vaya para la mierda, al menos lo intentaste.

-Tenés razón Eva, muchas gracias. Te prometo que voy a juntar fuerzas y un día de estos voy a hablar con ella.

-Nada de “un día de estos”, tenés que hablarle lo antes posible. Mañana mismo, si es que se puede. Si seguís esperando podrías perder una gran oportunidad.

-Está bien, mañana voy a hablarle y que sea lo que Dios quiera.

-Yo que vos dejaría a Dios de lado… no vaya a ser cosa de que se ponga celoso porque le querés robar una de sus tantas esposas –me reí con su comentario.

Esta mujer me recordaba cada vez más a una versión de mí misma, pero más vieja. Hasta llegué a pensar que estaba viendo un futuro alternativo de lo que pudo haber sido mi vida si yo quedaba embarazada del estúpido que me desvirgó. Me dio un escalofrío de sólo pensarlo.

-Gracias por todo Eva, me abriste los ojos. Recién te conozco pero ya te digo que te ganaste un rinconcito muy especial en mi corazón.

-Gracias a vos dulzura, no te das una idea de lo mucho que necesitaba un poco de compañía. Al menos para charlar un rato. Por cierto ¿no tenés hambre? Con esto de los desvelos tan frecuentes tengo todos los horarios cambiados, me estoy muriendo de hambre.

-La verdad es que yo también, hace muchas horas que no como nada.

-Está bien, voy a ver qué puedo cocinar… no prometo gran cosa, porque tengo que arreglármelas con lo que hay en la casa.

-Cualquier cosa que cocines va a ser un millón de veces que lo que yo pueda cocinar. Esta semana no me morí de hambre porque Dios inventó las sopas instantáneas.

-Pensé que había sido un suizo el que las inventó –dijo riéndose- ¿no sabés cocinar?

-No, nunca aprendí. Te juro que si hago un huevo duro, se me quema.

-Entonces yo puedo enseñarte. La cocina siempre se me dio muy bien. Al menos podés mirar lo que hago y tal vez aprendas un poquito.

-Me encanta esa idea ¿qué vamos a preparar?

-Veremos…

Nos pusimos de pie casi al mismo tiempo y Eva comenzó a revisar sus alacenas y la heladera. Decidió que el menú para esa noche blanca sería una tarta de verduras, porque, según ella, era fácil y rápida de preparar. Para mí era tan sencilla como la física nuclear. Primero extrajo de la parte baja de su heladera una planta de acelga, la lavamos juntas mientras ella me explicaba por qué era tan importante limpiar los vegetales antes de utilizarlos, esta tarea no me significó un gran problema. Luego me enseñó que debía cortar el cabo de la planta, si es que no me agradaba utilizarlos dentro de la tarta. Me paré detrás de ella, debido a una considerable diferencia de altura, yo podía ver perfectamente sobre su hombro. Me obligó a rodearla con los brazos y me hizo sujetar firmemente el cuchillo para explicarme algo tan básico como cortar la verdura, cosa que parecía mucho más sencilla cuando te decían cómo hacerlo sin rebanarte un dedo en el intento.

Sin pecar de soberbia puedo decir que Eva aprovechaba cada oportunidad que tenía para mirar en mi escote o mis piernas, magramente cubiertas por la minifalda, no la culpaba, ella había ido con la idea de conseguir una prostituta para pasar una noche de placer, por lo que debía estar excitada, no hubiera salido de su casa de no estarlo, estaba segura de que eso fue lo que le dio coraje. Para sumar más puntos a su defensa debía decir que a mí se me veía casi todo, bastaba con dar un paso en falso o agacharme de más para enseñarle más de lo prudente. Comencé a sentirme culpable, mientras ella me enseñaba amablemente detalles básicos de la cocina me di cuenta de que había arruinado sus planes para esta noche. Si yo me sentía sola luego de una semana sin mis amigas, no quería imaginar cómo se sentía ella luego de meses lejos del que fuera alguna vez su marido y de sus hijos. Llegué a pensar que a ella en realidad no le importaba si su compañero de cama era hombre o mujer, no porque realmente le gustaran las mujeres, sino por tener a alguien y una mujer prostituta era mucho más fácil de contratar que un hombre.

Por la diferencia de altura yo podía mirar todo lo que hacía en la mesada por arriba de su hombro derecho, si bien ella ya parecía un ama de casa madura común y corriente, podía notar cierto encanto juvenil en su forma de hablar. Apoyé mi barbilla en su hombro mientras ella ponía el relleno sobre una de las tapas de la tarta, pude sentir el calor de su cuerpo y dejé mis pechos se apoyaran contra su espalda, ella seguía hablando y dándome consejos de cocina pero pude notar que estaba nerviosa, su cuerpo temblaba y no elegía bien las palabras o las repetía una y otra vez. La tomé por la cintura, noté que el ritmo de su respiración aumentó, me conmoví al verla así, era evidente que había pasado mucho tiempo sin contacto humano. Ella había sido una buena mujer conmigo, me había salvado de ese degenerado, me había invitado a su casa sin conocerme y había escuchado todos mis problemas, debía devolverle el favor y sólo se me ocurría una forma para hacerlo. En cuanto giró su cara hacia mí, la besé.

No vi su reacción ya que actué con los ojos cerrados pero si pude notar su aceptación ya que separó un poco sus labios permitiendo que uno de los míos calzara perfectamente entre ellos, su boca estaba seca pero la humedad de la mía la contagió en pocos segundos. Lentamente ella fue girando hasta que quedamos enfrentadas, la abracé poniendo las palmas de mis manos a la altura de sus omóplatos, ella me rodeó sus brazos por la cintura. Era evidente que ella estaba muerta de miedo, todo su cuerpo vibraba, no era lo mismo para una chica adolescente besar por primera vez a una mujer a que lo haga una mujer madura que creía tener su vida y orientación sexual definida, por más que ella dijera que hacía tiempo sentía atracción por las mujeres, cosa que yo no me había creído del todo.

Una de sus manos se deslizó por mis nalgas llegando hasta el sitio en el que la minifalda terminaba, luego la apartó rápidamente como si hubiera tocado algo extremadamente caliente.

-Sin miedo –le susurré casi sin apartarme de su boca.

Sus dientes dieron un leve mordisco a mis labios y una vez más esa mano bajó, pero esta vez la acompañó la otra, ambas me sujetaron con fuerza las nalgas y levantaron la minifalda hasta que quedó como un cinturón.

-¿Querés que vayamos a…? –no se animó a completar la pregunta.

-Sí, vamos. Te sigo.

La tomé de la mano y le indiqué que comenzara a caminar, la pobre ni siquiera se animaba a mirarme a los ojos, sin acomodar mi ropa la seguí hasta un dormitorio que poseía una amplia cama antigua, muy hermosa y prolija. Con un respaldar de madera oscura lustrada y sin marcas que la deterioraran.

-Qué lindo cuarto –le dije honestamente con la intención de alivianar la tensión.

-Estoy nerviosa…

-Es lógico, yo también lo estoy.

-Pero vos ni siquiera deberías estarlo… ya has hecho esto… con mujeres… y sos joven y hermosa, en cambio yo… no me siento cómoda con mi cuerpo, después de tantos años.

-A mí me parecés una mujer muy bonita. Acordate que no hago esto por dinero, sino porque así lo quiero. Hacé de cuenta que los años no pasaron, que tenés la misma edad que yo.

-Cuando yo tenía tu edad, vos ni siquiera habías nacido, Lucrecia.

-Está bien, fue un mal ejemplo. ¿Y si imaginás que yo tengo la misma edad que vos?

-Si llegás a mi edad con ese cuerpazo, pasame el número de teléfono de tu cirujano plástico.

-Me estás dejando sin argumentos, Evangelina –era como discutir conmigo misma.

-Lo siento, es que de verdad estoy muy nerviosa…

-A ver, contestame una cosa, con total sinceridad. ¿De verdad te gustan las mujeres? ¿Te excitas viendo sus cuerpos?

-No sé… creo que sí.

-Esa chica que se desnudó para vos… ¿te excitó?

-No.

-Pero te me dijiste que te masturbaste.

-Pero no lo hice pensando en ella.

-Entonces vos no querés una mujer, querés un compañero de cama.

-Tal vez así sea… pero muchas veces pensé que algo me atrae de las mujeres, me produce cierto morbo, creo que es por verlo como algo prohibido, algo que nunca hice, pero no es algo que me pase con todas.

-Agradezco tu sinceridad, pero ya no me mientas. No tenés razones para hacerlo, yo no te voy a juzgar.

-Está bien, perdón.

-Pero hace un rato me dijiste una gran verdad, por eso deduzco que, aunque no seas del todo consciente, sí te gustan las mujeres. Por más sola que te sientas no andarías besando a otra mujer… y acabás de besarme. ¿Lo hiciste sólo porque te sentías sola? –por alguna extraña razón sentía que estaba interrogando a Anabella.

-No, lo hice porque quería besarte. Vos si pudiste despertar ese sentimiento en mí.

-¿Te gustó?

-Mucho.

-¿Lo harías de nuevo?

-Sí.

-A mí también me gustó mucho y lo haría otra vez, pero quiero q seas consciente de que si lo hacés una vez más, terminamos en la cama –ella titubeó y se quedó en silencio por unos segundos.

-¿Te puedo pedir algo, Lucrecia?

-Menos que me vaya… podés pedirme cualquier cosa.

-No quiero que te vayas, quiero que te saques la ropa. ¿Lo harías por mí?

-Claro que sí.

Con cuidado y poniendo un poquito de suspenso, fui quitándome la ropa, cuando quedé en ropa interior noté que la expresión en los ojos de Eva cambiaba. Desprendí mi corpiño y cuando lo quité cubrí mis pechos cruzando un brazo sobre ellos. Me acerqué un par de pasos hacia la mujer, quien ahora me miraba sentada en el borde de su cama y liberé mis tetas, éstas dieron un saltito y volvieron a quedar erguidas en su posición natural. Mis pezones estaban duros y no era sólo producto del frío de la madrugada. Luego comencé a bajar la tanga permitiendo que mis senos colgaran ante los ojos de Eva, cuando me reincorporé lo hice con las piernas juntas, ella tan sólo podía ver el pequeño colchón de pelitos que cubría mi pubis.

-¿Te gusta? –le pregunté.

-Mucho –me miraba como si yo fuera una escultura en un museo.

-Podés tocar si querés.

Asintió con la cabeza y estiró su mano hasta acariciar mi vientre, subió lentamente hasta que el dorso de su mano tocó uno de mis pechos, el cosquillo me excitaba y más me excitaba estar desnuda frente a ella. Luego su mano bajo y no se detuvo hasta hacer contacto con mi vello púbico.

-¿Te calienta? –continué con mi interrogatorio.

-Sí, me gusta mucho tu cuerpo.

-Si te excitás sólo con verlo es porque un poco deben gustarte las mujeres.

-Es lo que yo decía… admito que exageré un poco en algunas cosas, no me siento lesbiana, pero no me molestaría serlo.

-¿Lo decís en serio?

-Si mi vida tiene que tomar un rumbo nuevo, entonces que lo haga de una vez.

Al decir esto se puso de rodillas en el suelo, acarició mis muslos y yo los separé lentamente, permitiéndole ver lo que ocultaba entre mis piernas. Parecía estar decidida y no quise decir otra palabra para no hacerla dudar, la dejé actuar y lo hizo sin perder el tiempo, supe que ésa sería su prueba de fuego y quería pasarla de una vez por todas. Humedad, tibieza y suavidad envolvieron mi clítoris al instante, cerré los ojos y exhalé la ráfaga de placer que cruzó mi cuerpo, coloqué una mano sobre el cabello de Eva y separé un poco más las piernas, dando más lugar a su lengua que ya estaba obrando con gran destreza entre los labios de mi vagina. Sus lamidas se fueron tornando tan intensas que me costaba mantenerme en pie, mis rodillas me estaban traicionando con cada espasmo de mi cuerpo, me vi obligada a sentarme en el borde de la cama, al hacerlo subí mis pies, apoyando la planta de los mismos sobre el acolchado y separándolos uno del otro tanto como pude. Mi almejita quedó totalmente expuesta para esa mujer que no dudó ni un segundo más y pegó la boca a ella y comenzó a succionar como si de allí tuviera que sacar el veneno dejado por una víbora al picar, un veneno que podía quedar dentro de su cuerpo y crecer tanto que ya no volvería a ver las mujeres de la misma forma, el mismo veneno que me convirtió en lo que soy.

Me recosté la cama y amasé mis pechos, quienes pedían cariño a gritos. Una nueva y gratificante descarga eléctrica me invadió cuando toqué la punta de mis tiesos pezones, justo al mismo tiempo el que Eva succionaba con fuerza mi clítoris por primera vez, eso me demostraba que estaba decidida no sólo a probar una vagina sino también a practicarme sexo oral del bueno y llevarme al clímax. Había tenido relaciones sexuales con mujeres a las cuales no conocía para nada, pero extrañamente no me sentía así con Evangelina, me daba la sensación de haberla tenido como amiga durante muchos años.

-¿Estás lista para llegar más lejos? –le dije acariciando su cabello.

No me respondió con palabras sino con actos, trepó poco a poco por mi cuerpo, sin dejar de lamerlo, dedicó unos segundos a chupar cada uno de mis pezones, y luego llegó a mi boca, mientras nos besábamos comencé a desprender uno a uno los botones de su camisa, no podía ver nada pero ella me ayudaba y pudimos quitarla en poco tiempo, a continuación desabroché su corpiño y busqué el cierre trasero de su pollera, ella misma se despojó de ella, no dejamos de jugar con nuestras lenguas ni por un segundo, ya no veía en ella la dulce ama de casa que me había rescatado, sino a una amante feroz y apasionada. Lo primero que noté al aferrarme a sus nalgas es que, si bien no eran como las de mis amigas, estaban mucho más firmes y suaves de lo que había imaginado pero no me quedé mucho tiempo concentrada en ellas, quería quitar su última prenda de vestir cuanto antes, la impaciencia me mataba.

-Todavía no –me detuvo ella- quiero sentir esto por un rato más… quiero abrazarte y besarte.

Comprendí a qué se refería, la soledad le pesaba mucho, necesitaba sentir el calor y el afecto humano, ya me había demostrado que no tenía problemas en acostarse con una mujer, ahora yo le demostraría que no debía sentirse tan sola y desdichada. La abracé con fuerza y la hice girar sobre la cama, quedando yo arriba de ella. Repartí besos por toda su cara, procurando que cada uno sea prolongado e intenso, también hice lo mismo por todo su cuello, el cual olía a un perfume delicioso. Su piel se sentía un tanto diferente, no era como besar a mis amigas, en Eva había huellas por la edad, minúsculas y de poca importancia, pero allí estaban. No me molestaban en lo más mínimo, al contrario, me recordaban que me estaba acostando con una mujer madura y eso producía un morbo especial en mí. Luego del ataque de los besos, permanecimos unos minutos abrazadas, mirándonos a los ojos, sonriéndonos como dos viejas amigas, sin decir nada.

-Además de ser hermosa, sos una chica muy buena, Lucrecia –me dijo rompiendo el silencio- te voy a agradecer este momento toda mi vida.

-La que tendría que estar agradecida soy yo, porque me hayas permitido estar acá con vos –le di otro beso en la boca- ¿estás lista?

-No, para nada… pero no importa… vayamos por más.

-Me gusta tu actitud.

En un solo movimiento descendente llegué hasta su bombacha, la sujeté y se la quité del todo, luego admiré sus piernas y su gran mata de vello púbico, todo era una obra de arte para mis ojos, me encantaba el cuerpo de esa mujer y me producía mucho morbo el verla de esa forma. Deslicé la palma de mis manos subiendo por sus muslos y acerqué mi cabeza hasta el centro de ellas, olfateando y deleitándome con el aroma a sexo que inundaba mis fosas nasales. Acaricié todo su pubis sin tocar sus labios, aún no podía verlos bien ya que tenía las piernas juntas, pero poco a poco las fui separando hasta dejar el camino hacia su vagina completamente libre. Ésta estaba evidentemente húmeda y sus labios carnosos me recordaron un poco a los de Tatiana, aunque más pequeños. Imaginaba que en algún momento Eva había recibido sexo oral, pero ésta sería su primera vez con una mujer por lo que debía esmerarme.

Avancé como una fiera ante su presa, lamí el centro de esa rajita procurando que mi lengua se hundiera un poco dentro del orificio y recolectara el viscoso jugo sexual, el cual me pareció delicioso de textura cremosa y suave, luego dirigí mi lengua hacia el clítoris que sobresalía de su capullo, lamí la puntita tan sólo por un instante y comencé una serie de lengüetazos desde abajo hacia arriba siguiendo el arco que dibujaban los labios vaginales, los gemidos de Eva eran intensos y sinceros, como si al exhalarlos intentara quitar toda la frustración sexual que llevaba acumulando durante años. Comenzó a masturbarse y esa imagen de mujer cachonda me hizo delirar de morbo, admiré durante unos segundos cómo ella se tocaba para mí, abriendo y cerrando su vagina, metiendo y sacando sus dedos. Ocasionalmente le daba una lamida o succionaba su clítoris durante unos segundos. Pocas horas antes Eva era una completa desconocida para mí y ahora era la mujer con la que compartía uno de los momentos más íntimos en los que pueden participar dos personas.

Giré colocando mis pies a la par de su cabeza y me acosté sobre ella, comprendió perfectamente lo que buscaba con esto, su lengua se hincó de inmediato en mi almejita y yo comencé a chupar la suya con tal entusiasmo que la obligaba a dejar de lamer para poder dar gritos y gemidos de placer, su voz atravesaba mi pecho y hacía tintinear mi corazón, su actitud hacia el sexo era maravillosa.

Lo que siguió después fueron varios minutos, más de cuarenta, por lo que pude calcular al ver el radio-reloj sobre su mesita de luz, en los que estuvimos chupándonos mutuamente, con mayor o menor intensidad, tuve tiempo de recorrer y memorizar cada pliegue de su vagina y ella hizo lo propio con la mía.

Detuve la hermosa escena al apartarme de ella, no porque ya no quisiera lamérsela sino porque quería seguir probando cosas con ella.

-¿Y ahora qué? –Me preguntó Eva mientras recuperaba el aliento- creo que lo malo del sexo entre mujeres es que no ofrece muchas variantes.

-Eso es lo que vos pensás, pero si te las ingeniás podés hacer muchas cosas muy buenas, no sólo sexo oral.

-¿Cómo cuáles?

-Te voy a mostrar algo que a mí me gusta mucho. Vení, ponete de rodillas –le dije mientras yo hacía lo mismo- ponete muy cerca de mí –nuestros pechos se tocaron-, dame tu mano –la sujeté con firmeza y la llevé hasta mi vagina- tocame como si te estuvieras masturbando, enseñame cómo lo hacés y yo te voy a mostrar cómo lo hago yo.

Lo que me resultaba más interesante de esa práctica de sexo lésbico es que cada mujer tiene una forma particular de estimular su vagina, eso lo había aprendido en mi primera experiencia con Tatiana. Como ella ya estaba lubricada y dilatada, comencé por penetrarla con mis dedos, en cambio ella prefirió presionar mi clítoris con fuerza, lo cual me gustó mucho. Uní nuestras bocas en un beso ya que eso aumentaba considerablemente la pasión. Sus rápidos movimientos parecían llegar a cada rincón de mi vagina al momento ideal, nunca nadie me había tocado con tanto esmero y destreza, ni siquiera Tati. Mientras nos masturbábamos mutuamente nos turnábamos para chuparnos alguna teta o para besar nuestros cuellos.

-¡Qué bien lo hacés Eva! –exclamé entre jadeos, sentía que estaba muy cerca del orgasmo.

-Si hay algo que sé hacer es masturbarme –dijo sin dejar de tocarme- imaginá que llevo muchos más años de los que vos tenés de vida masturbándome… con mucha regularidad.

-Eso me calienta mucho –el saber que esta mujer era adicta a la masturbación me causaba un morbo inmenso.

Me penetró con dos dedos y comenzó a darme con fuerza, yo me esmeré de la misma forma para que llegáramos juntas al gran clímax una vez más, pero no logré que así sea, mi calentura me traicionó y acabé primero con fuertes espasmos y jadeos, luego tuve que seguir masturbándola durante unos minutos mientras ella permanecía acostada boca arriba con las piernas abiertas. Me encantó verla jadear, retorcerse, gemir, pedir más. Cuando llegó al momento culmine lo hizo de una forma sumamente jugosa, su vagina comenzó a expulsar líquido salpicando todas las sábanas, no quise desperdiciar la oportunidad, me lancé entre sus piernas y me prendí al huequito recibiendo el resto de esos jugos dentro de mi boca, tragándolos y disfrutándolos a pleno.

Quedamos agotadas, nos tendimos en la cama para recuperar el aliento.

-Ya no estoy para estas cosas –dijo Eva- los años pesan mucho.

-Lo hiciste muy bien Eva, me encantó y lo volvería a hacer con todo gusto con vos –giró su cara hacia mí y sonrió.

-Gracias, Lucre. Jamás pensé que tener sexo con una mujer pudiera ser tan intenso y excitante. Superó ampliamente mis expectativas.

-Y sólo fue la primera vez de muchas que vendrán.

-Vos tenés tu vida, no podés quedarte pegada a una vieja por más sola que se sienta.

-Hey, con quien elija pasar el tiempo y acostarme es cosa mía, si quiero hacerlo con vos y vos estás de acuerdo, entonces lo voy a hacer. Además no me refería a mí sola, hablaba de las mujeres con las que podrías terminar en la cama. ¿No tenés alguna amiga que te parezca linda? ¿No conocés a alguna que tengas inclinaciones lésbicas?

-Bueno, pensándolo de esa forma, tengo una amiga con la que he fantaseado en más de una ocasión… cuando necesitaba estímulos para masturbarme, es dos años menor que yo, pero parece que tuviera diez menos.

-¿No era que no te masturbabas pensando en mujeres?

-Nunca dije eso, no me masturbé pensando en la prostituta que vino a casa, porque ella no llegó a excitarme, pero sí lo he hecho muchas veces, con amigas, clientas, conocidas, etc.

-¿Pensás que tu amiga pueda tener inclinaciones hacia las mujeres?

-Sé que se ha acostado con mujeres en un par de ocasiones.

-Entonces ya está, ahí tenés tu nueva compañera sexual.

-Lo veo difícil, ella es casada.

-Ah, ya veo. Si es casada no te lo recomiendo… a no ser que… organices un trío con ella y su marido. ¿Te parece lindo el marido?

-¿Un trío? –me miró sorprendida.

-¿Nunca estuviste en uno?

-Más o menos… pero nunca con una mujer en el medio.

-¿Cómo es eso de más o menos?

-Nada, dejá… en otro momento te lo cuento.

-Pero yo quiero saberlo ahora –un rugido leve, como si se tratara del cachorro de un león, salió de mi estómago y Eva comenzó a reírse.

-Te estás muriendo de hambre chiquita, vamos a terminar con la tarta, esta vez sí vamos a comer.

-Está bien, pero no me voy a olvidar de lo que me dijiste. Algún día vas a tener que contarme.

 

*****

 

 

Estaba hambrienta y agotada, la bata que me prestó Eva para cubrir mi desnudez, me parecía de lo más cómoda y cálida, no sabía si dormirme de cara contra la mesa de la cocina o aguardar a que la tarta estuviera lista, por suerte la mujer demostró ser buena conversadora, lo que me mantuvo despierta. Hablamos de las cosas que habíamos hecho en la cama e intercambiábamos opiniones y gustos, en un momento mencionó un hecho que me pareció curioso:

-Por suerte no me insististe con algo como sacar fotitos con el celular, muchos jóvenes hacen eso hoy en día y a mí me da bastante miedo.

-Eso ya me trajo más de un problema, a veces pienso que es lindo tener algún recuerdo, una fotito o un video, pero ya sé qué consecuencias puede haber si eso llega a las manos equivocadas.

-Qué pena me da escuchar eso.

-Pero bueno… puedo sacarte fotos ni aunque quisiera, hace varios días que se me rompió el teléfono dejándome prácticamente incomunicada.

-¿Y no tenés uno de repuesto?

-No, nada… no puedo permitirme comprar uno ahora, ni siquiera de los baratos… porque no son nada baratos tampoco.

-Yo te puedo dar uno. Todavía guardo mi teléfono viejo, no lo quería cambiar porque funciona de maravilla, pero un día pensé en que debía modernizarme un poco y compré otro teléfono, de esos nuevos, los Smartphone.

-Te agradezco pero no tengo para pagártelo.

-¿Y quién dijo que me lo tenés que pagar, Lucrecia? Es un regalo.

-Pero…

-Nada de peros. A mí no me sirve de nada, tampoco es una joyita de la tecnología, te va a servir para lo más básico, llamadas y mensajes de texto, no pidas más. Ya te lo traigo, vigilá que no queme la tarta –habrá notado mi cara de desconcierto porque luego cambió de opinión- mejor… no hagas nada, no toques el horno… quedate sentada, nada más.

Le sonreí y asentí con la cabeza, ella se fue y a los pocos segundos me trajo una cajita de cartón en la que aún guardaba su viejo teléfono, me mostró que allí estaba todo lo necesario para hacerlo funcionar y luego nos dedicamos a lo más importante. Alimentarnos. La tarta estaba exquisita, y no lo digo sólo por el hambre que tenía, ni siquiera en mi propia casa había comido algo así de rico. Debo haber devorado la mitad yo sola.

Casi media hora más tarde y ya saciada, decidí que era momento de regresar a mi casa y dejar que esta pobre y amable mujer descansara también.

-Mejor me pido un taxi, ya es tarde –le dije.

-¿Vas a subirte a un taxi con esa ropa?

-¿Con la bata?

-No, con la ropa que trajiste… ni bien te sientes en el asiento trasero de taxi, el conductor te va a ver toda la cotorra, nena.

-Y bueno, puede que quiera cobrarme más barato en agradecimiento.

-O puede que intente violarte… mejor te llevo yo.

-¿En qué?

-En auto. Lo tengo guardado en el garaje. En mi trabajo tenés que tener auto o sino vas a tener que caminar muchísimo o dejar un presupuesto en taxi.

-No te quiero molestar.

-Lucrecia, basta con eso de que molestás o que no querés… si yo te digo algo es porque quiero hacerlo o quiero dártelo… ahora quiero llevarte hasta tu casa en el auto, de esa forma voy a poder dormir más tranquila.

-Está bien Eva, te lo agradezco mucho.

En pocos minutos yo ya estaba vestida con el atuendo que había elegido para esa noche y sentada en el asiento del acompañante, le indiqué cómo llegar hasta mi casa, por suerte no era nada lejos. Me despedí de ella y volví a agradecerle todo lo que hizo por mí, me bajé del auto y comencé a caminar hacia el edificio, ella pretendía quedarse allí hasta que yo entrara, pero luego de unos tres o cuatro pasos di media vuelta y regresé al auto, ella bajó el vidrio de la ventanilla.

-Eva… ¿no tenés ganas de subir? No quiero dormir sola… y creo que vos tampoco querés hacerlo.

-¿Estás segura? –preguntó con una amplia sonrisa.

-Sí, las dos estamos solas… ahora nos hicimos algo de compañía y la pasamos muy bien ¿por qué motivo tenemos que dormir solas si podemos hacerlo juntas?

-Está bien, acepto tu propuesta.

Esa noche tuve, después de muchas noches, alguien que me acompañe en la cama. Lo mejor de todo fue no fuimos a dormir directamente sino que nos entretuvimos durante un rato largo. Una sola noche con Evangelina y ya la sentía parte de mi vida.

*****

No tenía idea de qué hora era cuando desperté pero supuse que ya había pasado el mediodía. Al salir del cuarto encontré a Evangelina barriendo el piso de la sala.

-¿Eva, qué hacés?

-Limpio un poco, no puede ser que vivas así, dulzura. Que estés sola no quiere decir que tu casa sea un chiquero… uno curiosamente vacío –miró alrededor donde no había más que algunos almohadones tirados en el piso.

-No tengo muebles.

-Ya veo. No te preocupes, Lucre, en un ratito me voy y no te jodo más, sólo quería ayudarte un poquito.

-Te lo agradezco un montón Eva, en serio. Te juro que no sé cómo hice para ensuciar tanto el departamento.

-Yo me pregunto lo mismo, pero a mí me gusta limpiar, me distrae.

-Te voy a contratar de mucama entonces. He visto algunos conjuntitos muy sexy que te quedarían muy bien.

-Por lo poco que te conozco sé que pasaría más tiempo sin el conjuntito…

-Es lo más probable –le sonreí- bueno, me voy a bañar. Gracias otra vez, sos un amor.

Luego de darme una ducha despedí a Eva, le insistí para que se quedara todo el tiempo que quisiera pero me dijo que tenía obligaciones que cumplir. Después de eso me pasé diez minutos buscando la pequeña cajita de cartón en la que había guardado los pedazos de mi antiguo teléfono celular, no entendía cómo en tan poco tiempo había logrado ocasionar tanto desorden en mi armario, las cosas parecían cambiar de sitio por voluntad propia. Coloqué el chip de mi línea telefónica en el aparato que Evangelina me obsequió y lo encendí. En cuanto vi aparecer la luz en pantalla supe que volvía a estar conectada con el mundo una vez más. ¿Cómo habrá hecho la gente en la antigüedad para sobrevivir sin teléfono celular? Para poder comprobar que todo funcionaba perfectamente, llamé a Lara.

-Hola… ¿Lucrecia? –me saludó ella, como el número seguía siendo el mismo ella podía ver mi nombre en pantalla.

-Hola hermosa, sí soy yo.

-¿Pudiste arreglar tu teléfono?

-No, pero conseguí otro. Es un tanto viejito pero al menos funciona para llamar y enviar mensajes.

-Qué bueno, al menos vas a estar comunicada. Che… me llamaron varias veces preguntando por vos.

-¿Quién te llamó?

-A ver… empiezo por lo más importante. Te llamaron de esas dos agencias donde presentaste tu Currículum.

-¿Hubo suerte?

-No, mi vida. Lo siento mucho pero en los dos lugares dijeron que ya habían tomado a otra persona.

-Lo cual es una muy mala respuesta teniendo en cuenta que en ninguno de los dos sitios buscaban contratar a nadie. Al menos hubieran sido honestos conmigo.

-¿Vos creés que el responsable de esto es ese tipo de la Universidad?

-No lo sé, pero hay algo raro y ya me estoy hartando. Bueno, me imaginaba que no iban a contratarme. ¿Quién más te llamó?

-Me llamó ese chico, Rodrigo Pilaressi…

-¿El dueño de Afrodita?

-Ese mismo. Me dijo que quería hablar con vos.

-Ay, qué vergüenza…

-¿Por qué, pasó algo?

-Es que le quedé debiendo un montón de plata, yo cargaba todo a la extensión de la tarjeta de mi mamá y después ella la canceló.

-Pero al fin y al cabo la deuda está a nombre de tu mamá…

-Sí, lo sé. Pero ella no la va a pagar, así tenga que poner un abogado, vos ya viste cómo es. No le va a importar la plata en sí, sino que va a buscar joderme la vida.

-Entiendo, pero vos deberías hablar con él. Eran amigos… o algo así.

-Sí, pero no le tengo tanta confianza como para quedarle debiendo tanta plata.

-No te preocupes Lucrecia, yo te puedo prestar algo. Siempre tengo algunos ahorros.

-Vos ya me diste mucho Larita, mucho más de lo que debías.

-Tranquilizate Lucrecia, se va a solucionar todo. En serio a mí no me molesta prestarte para pagar eso. Sé que no es tu culpa.

-Mejor hablamos de eso en otro momento. ¿Llamó alguien más?

-Esta semana estuviste bastante solicitada, pensaba ir esta tarde a tu casa y pasarte los mensajes… pero ya que llamaste te lo digo ahora. Tatiana me preguntó por vos… por el tema de la mudanza.

-¡Cierto! –golpeé mi frente con la palma de la mano- me había olvidado completamente de eso.

-Ella quiere mudarse cuanto antes, me llamó ayer y le prometí que te preguntaría.

-Esta semana fue muy difícil para mí –no quería contarle lo de mi depresión- me cuesta agarrar el ritmo si no tengo nada que hacer en todo el día y busco distraerme –eso era mentira, me había pasado la semana por los rincones de la casa, como un hongo- por eso me olvidé de Tati.

-De Tati y de todas tus amigas. Anabella también preguntó por vos –al escuchar ese nombre me quedé paralizada- me dijo que habían acordado verse durante estos días pero que nunca fuiste. ¿Pasa algo Lucrecia? Cada vez que la monjita te invita a visitarla salís corriendo atrás de ella.

-Sí, lo sé… pero quiero cambiar eso. Escuché atentamente tus palabras y tenés razón, no puedo estar todo el tiempo pendiente de ella. Cuando la vea le pediré disculpas –dije con un nudo en la garganta.

-En eso estoy de acuerdo, te va a hacer bien apartarte un poco de ella, verla con menos frecuencia… especialmente ahora que… estás sola.

-Sola no estoy, las tengo a ustedes –aunque fue una sonrisa triste, me salió de forma natural.

-Eso seguro, ni se discute. Vamos a estar para todo lo que necesites.

-¿Y cómo van las cosas con Samantha?

-Complicadas.

-¿Por qué? ¿La chica no admite todavía que le gustan las mujeres?

-No, ese no es el problema. Charlamos sobre eso y ya no le quedó más remedio que aceptarlo, el problema ahora es que se siente culpable por lo que pasó en tu casa… siente que fue muy lejos.

-Yo la vi muy entretenida y a gusto.

-Yo también, creo que fue una de las que más disfrutó con toda esa… “fiestita” pero ella asegura que es normal que se sienta mal. Siempre le pasa.

-¿Y vos cómo te sentís?

-¿Yo? De maravilla, a mí me encantó lo que hicimos, a pesar de que fue tu cumpleaños, también lo tomé como un regalito para mí. Fue alucinante.

-Entonces eso es lo que tenés que hacerle entender a Samantha, vos viviste lo mismo, estuviste en el mismo lugar que ella al mismo tiempo. Demostrale que no tiene por qué sentirse mal.

-Lo voy a intentar.

-No vengas hoy a mi casa, andá a visitarla a ella. Hablale bien.

-¿Y le pido que sea mi novia? –preguntó con una risita.

-Tal vez sea un poco pronto para eso…

-Sí, lo sé. Nosotras cortamos hace muy poco tiempo, no está bien que ya esté pidiéndole a otra chica que sea mi novia.

-No tonta, no lo dije por eso. Si vos te ponés de novia con ella hoy mismo, yo voy a estar muy contenta por las dos. No me importa si pasó poco o mucho tiempo desde que cortamos. Lo digo por ella, tal vez no se sienta preparada para una relación estable con una mujer. Imaginate que la chica no vivió la misma situación que nosotras, ella tuvo como pareja a un hombre durante bastante tiempo… el tener que rearmar su vida y pensar que puede tener como pareja a una mujer debe ser muy difícil para ella.

-Tenés razón. Lucrecia, hay algo que nunca entendí de vos.

-¿Qué cosa?

-Sos muy buena analizando y resolviendo los problemas de los demás… pero a la vez sos un desastre con tus propios problemas. ¿Por qué no empleas un poquito de ese análisis en vos misma?

-Nunca lo había pensado, pero creeme que es más fácil ver los problemas de los demás que los propios. Tengo muchos, lo admito… pero a la mayoría los reprimo.

-Como Anabella –otra vez esa fría puñalada en mi pecho- esa chica te saca de órbita Lucrecia, y no lo digo como algo bueno.

-Lo sé. Hoy mismo voy a hablar con ella.

-¿Con qué intensión? –no quería contarle nada de lo que me había enterado sobre la monjita.

-No lo sé. No tengo idea. Veré qué pasa.

-Ese no es un buen plan.

-Pero es el único que tengo. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

-No lo sé… sólo puedo desearte suerte.

-Me desilusiona un poco ese “no lo sé”. Vos siempre fuiste más inteligente que yo Lara, pensé que ibas a ayudarme.

-No te ofendas Lucrecia, pero no puedo ayudarte a conquistar una monja porque no estoy de acuerdo con eso. Te ocasionarías demasiados problemas, más de los que ya tenés.

-No pretendo conquistarla… ya no.

-¿Segura?

-Sé que ya no tengo oportunidad con ella.

-En realidad nunca la tuviste… conste que estoy actuando como amiga, te estoy siendo lo más sincera posible para que no te mientas a vos misma. Si querés quitártela de la cabeza, yo puedo ayudarte con eso, por empezar te diría que salgas más, no estés todo el tiempo sola, tenés que ver amigos y amigas.

-Sí, eso estoy intentando hacer, ayer conocí a una nueva amiga.

-Vos siempre con amigos nuevos, no sé cómo hacés. A la única “amiga” que hice sin que estés vos de por medio fue a Jimena… si es que la puedo llamar amiga… y la tipa me demostró estar totalmente loca.

-¡Ahí te agarré! –Di un pequeño salto triunfal- ¿vos podés acostarte con tu profesora y yo no puedo hacerlo con una monja?

-Este… sí, exactamente así.

-A vos también te trajo problemas, y no te importó.

-Porque estaba sola y necesitada…

-Yo estoy igual.

-Pero… pero… no Lucrecia,  no es lo mismo. Es una monja…

-No te asustes Lara, solamente te estoy tomando el pelo. Creeme que a Anabella la perdí. No sé si alguna vez la tuve, pero sé que ya no la tengo.

-Eso quiere decir que hoy vas a visitarla en carácter de amiga… ¿sin segundas intenciones?

-Así es.

-Eso me agrada… y me tranquiliza. Ya vas a encontrar a alguien que te enamore de verdad.

-A vos te amé de verdad –noté que los ojos se me humedecían, estaba demasiado sensible.

-Lo sé… y de la misma forma te amé a vos –su vos sonó entrecortada, Lara solía ser mucho más fuerte que yo.

-Larita, si te ponés a llorar me vas a hacer llorar a mí.

-Sí, ya sé… no estoy llorando… así que no llores.

-¿Vos pensás que el amor se puede desvanecer tan rápido?

-No creo que nuestro amor se haya desvanecido, Lucrecia. Sólo pienso que cambió de forma. Ya no es el amor que se tienen dos personas que conforman una pareja. Es algo… diferente. No sé si tiene algún nombre.

-Creo que no lo tiene. Digamos que nos queremos en una forma muy especial.

-Sí, eso mismo.

-Siempre vas a ser una persona sumamente importante para mí. Con vos aprendí a querer.

-Yo aprendí lo mismo… y… y… sos una boluda Lucrecia… me hiciste llorar.

-Perdón –dije con los ojos llenos de lágrimas- no fue mi intención. Es que estoy muy sensible. Todo me pone mal.

-Mejor lo dejamos ahí. Andá a hablar con tu amiga la monjita…

-Y vos hablá con Samantha… te deseo mucha suerte con ella. Se nota que te gusta mucho.

-Me vuelve loca… de una forma muy particular.

-Sí, sé cómo se siente eso… bueno Larita, te mando un beso enorme. Mañana hablamos… si es que no decidiste pasar la noche y todo el resto del domingo con Sami.

-No sería una mala idea… pero dudo que ella quiera. Gracias por todo Lucre. Te adoro.

Nos despedimos y tuve que ir directamente al baño a lavar mi cara, me miré al espejo y me encontré con la terrorífica mirada de una muchacha con grandes ojeras, ojos inyectados de sangre y el cabello todo despeinado, también noté que estaba más pálida de lo normal… y más delgada. Si seguía por este camino en un mes pasaría a ser un zombie de película. Desafiando mi propio malestar, me maquillé sutilmente, tan sólo para tapar un poco las ojeras, y me vestí con colores vivos y alegres. Extrañaba escuchar Radiohead que, a pesar de lo tétricas que podían llegar a ser sus melodías, siempre me ponía de buen humor, pero aquí no tenía con qué hacerlo ya que mi madre había confiscado el equipo de audio que tenía en mi cuarto y el celular se había roto en mil pedazos.

Tuve que salir de mi casa sin música, pero al menos iba decidida. Ni siquiera quería imaginar cómo sería mi conversación Anabella, intenté mantener la mente en blanco durante todo el trayecto en colectivo hasta la universidad. Sin pedir permiso ni saludar a nadie caminé directamente hasta los conocidos aposentos de la monja y golpeé su pesada puerta con fuerza. No había vuelta atrás. Esto me iba a doler… y mucho, pero debía hacerle frente.

-Aguarde un momentito –gritó una dulce voz desde el interior- ¿quién es? –tenía un nudo triple en la garganta que me estaba asfixiando.

-Lucrecia –me esforcé para hablar.

La puerta se abrió de inmediato tan sólo lo justo y necesario como para que ella pudiera asomar su cabeza. Estaba hermosa, con la melena rojiza despeinada y esponjosa, con sus ojos brillosos que resaltaban como estrellas en la noche y su boca entreabierta con labios sonrosados y húmedos, me partió el alma ya que en mi imaginación pretendía verla fea, detestarla, despreciarla y por fin poder olvidarla, pero no. Allí estaba, tan hermosa como siempre atravesándome con su mirada.

-¡Lucre! –sonrió- pasá, por favor… pero no abras mucho la puerta.

Entré tal como me lo pidió y me encontré con una imagen todavía más impactante, la hermosa mujer se encontraba envuelta en una toalla blanca y no había otra prenda de vestir que la cubriera. Ese delicado manto blanco sólo alcanzaba para cubrir sus partes más íntimas, pero permitía ver sus suaves hombros y el perfecto contorno que dibujaban sus piernas, en lugar de excitarme con esta escena, sentí un golpe en el pecho. Sólo pude imaginar que se había acostado una vez más con ese sujeto y que el hombre acababa de irse, inmediatamente giré mi cabeza y miré hacia donde estaba su cama… la cual estaba completamente desaliñada, otro golpe en el pecho. Continué observando el entorno, como un detective que busca una razón para suicidarse. Vi ropa interior femenina tirada en el piso, justo a un lado de la cama, tercer golpe y cada vez me costaba más no salir corriendo de allí. No sabía dónde más buscar, estaba mareada y aturdida, volví a mirar a la cama y ésta vez presté más atención a las sábanas revueltas. Noté una gran mancha de humedad en una de ellas… eso sólo podía significar una cosa… eso no era agua, no era orina… eso era producto de un orgasmo. Todo cuadraba… sólo faltaba ese hijo de puta. Miré la puerta del baño, la cual estaba a pocos metros de la cama y me percaté de que había vapor saliendo por debajo de ella. Alguien se estaba duchando. Esto no podía ser. ¿Por qué me abrió la puerta si estaba con ese tipo? ¿Tan cruel podía ser Anabella? Tal vez con esto quería matar la última esperanza a la que yo pudiera aferrarme. Mis ojos giraron por toda la habitación sin rumbo fijo hasta que se detuvieron en algo que me aterrorizó aún más que todo lo demás. Había algo en el viejo y gastado piso, un objeto gomoso de color ámbar, casi transparente. ¡Era un preservativo usado! Miré de inmediato a Anabella, ella parecía no haberse percatado de mis descubrimientos ya que todo había ocurrido muy rápido.

-Justo estaba por darme un baño –me dijo- perdón que te reciba así… está todo hecho un desastre –caminó hacia el baño y se quedó quieta de golpe- Lucrecia… ¿podés esperar un ratito afuera?

-¿Por qué? –pregunté secamente.

-Para limpiar un poco –supe que había encontrado el preservativo pero intentaba no mirarlo, al parecer ella no sabía que había quedado allí.

-¿Y no podés hacerlo estando yo presente? Te puedo ayudar a limpiar.

-Preferiría que esperes afuera.

-No me molesta, de verdad. Si querés andá a bañarte y yo mientras limpio un poco.

-¿Cómo vas a hacer eso? Sos mi invitada.

-Soy tu amiga, Anabella. No tiene nada de malo que te de una mano –me acerqué a la cama y estiré una de las sábanas exponiendo la gran mancha de humedad en el centro, luego miré fijamente la pequeña bombacha negra que estaba hecha un ovillo en el piso.

-Puedo explicarlo todo –dijo ella sabiéndose acorralada.

-¿Le vas a decir que salga del baño?

-¿A quién?

-No sé… al que esté ahí adentro.

-¿Adentro?

-Alguien se está bañando…

-No, es sólo el agua… ¿cómo va a haber alguien adentro?

-Vamos Anabella… no me gusta que me mientan.

-¿Qué te pasa Lucrecia? Te digo que no hay nadie –se acercó a la puerta del baño y la abrió de par en par- fijate si querés. Si encontrás a alguien entonces me voy a asustar mucho.

Me acerqué dubitativamente y me asomé al pequeño baño, que era el sitio más moderno de los aposentos de Anabella, sólo pude ver azulejos blancos y los típicos objetos de baño. El agua de la ducha caía tibia sobre el piso. No había nadie allí.

-Entonces ya se fue…

-¿Quién se fue? Lucrecia, no me hables así… que soy muy miedosa… a mi esas idioteces de fantasmas me asustan…

-¿Fantasmas? –ahí me di cuenta que la chica era muy buena mentirosa o realmente no tenía idea de lo que le estaba hablando- no dije nada sobre ningún fantasma.

-Entonces no entiendo a quién te referís.

-Al tipo… ese que estuvo con vos… es obvio que ya se fue –me miró con los ojos como platos.

-¿Tipo? ¿Qué tipo?

-El que estuvo con vos el sábado a la noche… o domingo a la madrugada… no sé… me da igual. Mejor me voy, no me siento nada bien.

-Esperá Lucrecia –me tomó del brazo en cuanto di el primer paso- vení, sentate. Tenemos que hablar.

-No hace falta Anabella, ya entendí todo… -estaba a punto de llorar pero no quería hacerlo frente a ella.

-No, justamente por eso quiero hablar con vos. Porque no entendiste nada… nada de nada. Ni un poquito –la miré y mi mente quedó en blanco- por favor, sentate donde quieras, pero vamos a hablar.

Entre dudas y lágrimas a punto de desbordar mis ojos, me senté en uno de los bordes de la cama, justo donde estaba la bombacha tirada en el piso. Anabella se sentó a mi lado sosteniendo su toalla.

-A ver Lucrecia, me voy a aventurar un poquito en tus pensamientos –comenzó diciendo- y voy a intentar exagerar, porque es la única forma en que entienda lo que te pasa por la cabeza. Vos, por algún motivo, ¿creíste que yo me… acosté… con un hombre?

-Me sobran los motivos para creer eso Anabella… lo escuché hablándote… esa noche en la que te llamé.

-¡Estás loca Lucrecia!

-¿Ahora me vas a decir que estabas sola y escucho voces?

-No dije eso. Si estaba con alguien esa noche… con un amigo. Del que te quería contar. Pero no me acosté con él.

-Estaban en la cama Anabella, lo escuché decir eso.

-Sí, pero no estábamos haciendo nada malo. Solamente charlando… es más, ni siquiera estábamos solos. También estaba Sor Anahí con nosotros.

-¿Y esa quién es?

-Una monja con la que empecé a llevarme bien durante estas últimas semanas, ella me presentó a este nuevo amigo. Al principio yo no estaba muy entusiasmada con la idea pero recordé tus palabras. Yo necesitaba tener contacto con hombres… así sea como amigos, eso me ayudaría a perderles el miedo.

-O sea que… ¿no te acostaste con él? –sentí que mi fracturada alma comenzaba a unir y a soldar los pedazos de a poco.

-¡Ay Lucrecia! Como si no me conocieras –se enfadó- ¿en qué cabecita perversa entra la idea de que yo pude haberme acostado con un hombre al que apenas conozco? ¡Pero mujer, soy monja! no voy a irme a la cama con el primero que me lo proponga… y con el último tampoco.

-¿Entonces qué carajo es todo esto? –Señalé a mi alrededor- acá obviamente pasó algo, esto la hizo bajar la guardia- ¿y con qué intenciones te ve este… “amigo”?

-No lo sé… lo único que sé es que a mí me hace bien hablar con él, es un buen chico y sólo pretendo quitarme el miedo a los hombres… no con intención de acostarme con uno, eso está claro. Sino para poder tener a algún buen amigo que me haga compañía.

-¿Y si de esa compañía sale algo más?

-Entonces intentaré afrontarlo de la forma menos problemática posible. Ay Lucrecia… tengo un desastre en la cabeza… gran parte es culpa tuya, no te lo voy a negar… pero asumo mi responsabilidad. Yo dejé que todo esto pasara… yo me permití llegar a este punto… y ahora no puedo volver atrás. Estoy dudando de todo, hasta de por qué me pongo los hábitos todos los días. Siento que le estoy fallando a Dios.

-Dios te falló a vos el día en que permitió que un hijo de puta abusara de vos… ¿y vos que hiciste a cambio de eso? Le juraste fidelidad y serviste a sus propósitos. Así que en lo que a mí respecta, vos sos una mujer sumamente buena y ya cumpliste con creces ante Dios… ahora tenés que cumplirte a vos misma. Como persona, como individuo y como mujer –Anabella me quedó mirando con los ojos vidriosos.

-¿Vos pensás que puedo justificar todo lo que hago a pesar de que saber que está mal?

-Tal vez no todo… pero no sé a qué cosas te referís exactamente –la tomé de las manos- si te sirve de algo… podés contarme qué pasó hoy.

-Hoy… apoyó la cabeza sobre mi hombro izquierdo… hoy cometí otra de mis tantas locuras. Caí en la tentación como nunca lo había hecho antes… lo peor de todo es que fue premeditado, no fue un acto espontáneo como suele ocurrir. Esta vez lo pensé, lo planeé y lo llevé a cabo… y todo esto pasó poco antes de que vos llegaras.

-¿Por qué me abriste la puerta?

-Porque me puse muy contenta de saber que habías venido y te abrí sin pensarlo. Te extrañaba –esas palabras me derretían.

-Bueno, ya estoy acá… ahora contame qué fue lo que hiciste.

-Ya te lo imaginarás…

-Me imagino que te masturbaste… eso explicaría la ropa tirada en el piso y la mancha en las sábanas.

-Sí, así fue.

-¿Y cómo explicás el preservativo que está tirado en el piso?

-Me da mucha vergüenza… mucha…

-Pero a mí podés contarme… no te voy a juzgar, yo también hago muchas locuras. Más de las que te imaginás. Lo que no me explico es de dónde pudiste haber sacado un preservativo. ¿Lo compraste?

-No, ni loca. Lo… saqué de la enfermería. Ahí siempre tienen… los reparten de forma gratuita a los estudiantes de la universidad o a quien los solicite.

-Ah sí, había escuchado de eso… nunca los necesité… ¿para qué lo querías vos? Sigo sin entender.

-Para eso –señaló su mesita de luz, sobre ella pude ver un envase blanco y rosado de desodorante femenino.

-O sea que… le pusiste el preservativo a eso y… te masturbaste –hundió su cara en mi pecho.

-Sí… me muero de la vergüenza. Quiero llorar. ¿Cómo pude hacer semejante cosa?

-Yo me metido cosas más grandes que esa y no estoy llorando como una tonta –levantó la cabeza y me miró a los ojos- sí Anabella, no tenés por qué avergonzarte. Te calentaste… querías sentir algo adentro y lo hiciste. No va a venir Dios y te va a fulminar con un rayo.

-El de los rayos es Zeus, no Dios.

-Siempre creí que Dios era algo así como una mezcla de todos los dioses griegos y romanos… pero che, no me cambies de tema.

-Perdón… es que me apena mucho hablar de eso.

-Ese es tu problema… y creeme que te entiendo, yo pasé por lo mismo, yo no llevaba hábitos pero me sentía prácticamente una monja, pensaba que todo era pecado, hasta mirarse desnuda en el espejo. Pero después aprendí que no es así, que esos son miedos infundados por una sociedad que pretende preservar valores antiguos, pasados de moda… donde una chica no pueda expresar libremente su sexualidad, donde la juzguen hasta por masturbarse… y ni hablar de si ésta se acuesta con hombres o mujeres… y hablo en plural. A mí me enseñaron que el sexo es algo sucio, pecaminoso y enfermizo. En poco tiempo pude descubrir que no es así, es algo hermoso y que, en muchas ocasiones, puede estar sujeto directamente al amor. Si el mundo cree hay algo de malo en que dos personas se expresen todo su amor en una cama… entonces el mundo está enfermo.

-Pero vos decís todo esto porque no tenés que cumplir con un voto de castidad.

-Un voto que tomaste siendo muy joven, hace ya diez años. Cuando eras una chica ingenua, lastimada y aterrada. Te refugiaste en la iglesia porque no viste otra alternativa. Vos tenés necesidades como mujer… necesidades que la iglesia no comprende –mis palpitaciones aumentaron de forma incontrolable- vos sos una mujer fantástica que merece… -me esforzaba por contenerme pero me resultaba imposible- …que merece ser amada y… -no lo soporté más, estallé en llanto- ¡ay Anita! –la abracé con tanta fuerza que casi la sofoco- cómo me hiciste sufrir… te juro que tenía una angustia enorme… creí que me iba a morir.

-¿Angustia? –Me abrazó con firmeza- ¿Angustia por qué…? No llores Lucrecia… -me sentía una maricona, últimamente lloraba por todo.

-Es que yo pensé que… que… que te había perdido para siempre.

-¿Por qué pensaste eso? –me acarició la espalda y yo hice lo mismo con la suya, la cual estaba al desnudo, su suave y cálida piel me transmitió una paz inmensa.

-Porque creí que te habías acostado con ese tipo.

-Eso no tiene sentido, ya te lo expliqué. Además, ¿por qué te angustiarías por eso? Hasta hubiera jurado que pretendías que me acostara con alguien.

-No, no dije eso… cuando escuché la voz de ese tipo… te juro que me quería morir –presioné mis labios contra su cuello intentando contener el llanto- se me partió el alma.

-No entiendo nada Lucrecia… me estás confundiendo… creo que me querés decir otra cosa y no sé si estoy lista para escuchar algo así.

-Pero es así… -al decir esto hice hacia atrás mi cabeza lo suficiente como para que la suya quedara adelante y nuestras frentes quedaran pegadas, pude ver que ella también estaba lagrimeando.

-No Lucrecia… no te confundas…

-No estoy confundida… al contrario, nunca estuve tan segura de algo en toda mi vida… te lo tengo que decir, no lo aguanto más.

-Basta Lucrecia, por favor… date cuenta que yo nunca voy a tener nada para dar… ni a vos ni a nadie. No soy nada… no soy nadie… soy solamente una monja que no sabe nada de la vida.

-Eso no es cierto, tenés mucho para dar, sos la persona más maravillosa que conocí en mi vida –sus ojos tintineaban, sus lágrimas se acumulaban cada vez más, su boca temblaba, mis dedos se entrelazaban a sus cabellos- tenés que entender que esto es algo que pasó… que no lo pude evitar… porque sos maravillosa… me enamoré de vos Anabella –soltó el llanto en un espasmo- te amo.

-Nunca nadie me había dicho una cosa así… -dijo sollozando.

-Yo no sólo quiero decírtelo, te lo quiero demostrar.

Como si fuera la primera vez, volé hacia ella hasta que nuestros labios chocaron y caímos juntas sobre el colchón, continué sujetándole la cabeza con una mano y con la otra acaricié su espalda, deleitándome con su desnudez, mientras mi boca recorría la suya pude adivinar que la toalla que la cubría había liberado su cuerpo. Sus lágrimas encontraron la forma de llegar hasta su boca, podía saborear el mar en sus labios y su cabello entre mis dedos me recordaba a la brisa más cálida de un apacible verano. Ahora que sabía que había ocurrido realmente con ella y que había podido aclarar mis sentimientos, la vida había vuelto a tener sentido.

Anabella estaba sumisa, su cuerpo no estaba tenso, tal vez había decidido dejarse llevar por la corriente y si yo me lo proponía, podía ser una tormenta entre sus sábanas. Entre besos y caricias, mi mano derecha llegó hasta el límite de uno de sus pechos, acaricié toda la delimitación inferior del mismo y justo al momento de introducir mi lengua en su boca, subí la mano, apoderándome por primera vez de ese seno que tantas veces había imaginado. Lo primero que la palma de mi mano sintió fue una pequeña protuberancia, su pezón estaba duro y firme, contrastando en gran medida con lo suave que era el resto de su seno. Había desmentido un mito popular, las tetas de las monjas no eran nada frías, de hecho ésta era la más tierna y cálida que había agarrado en toda mi vida. Entre tanto entusiasmo y fulgor había olvidado algo muy importante que me había dicho Anabella, ella no volvería a permitir que la fuercen a hacer algo que ella no quisiera y por más ganas que yo tuviera de expresarle todo mi amor en una cama, debía contenerme, así tuviera que emplear una fuerza de voluntad divina. Dejé de besarla, a pesar de que ella lo hacía afanosamente.

-No voy a seguir –le dije dejando nuestras frentes unidas y mirándolo a sus ojos empapados con lágrimas- sólo quería que supieras que te amo.

-Nunca nadie me había dicho eso.

-Y yo lo digo con todo el corazón, con toda sinceridad. No jugaría nunca con algo así.

Sorpresivamente me tomó de la nuca y me acercó a ella dándome un intenso beso en la boca, el más intenso que había recibido de su parte, sentí sus labios más pegados a los míos que nunca, hasta me dolieron las encías por tenerla tan cerca pero no me importó, le respondí de la mejor forma posible y me puse a jugar con su pezón con dos de mis dedos. Mi amor por esta mujer se intensificaba con cada segundo que permanecíamos juntas. Comencé a deslizar lentamente la mano que tenía en su pecho, acaricie su vientre siguiendo la curva que me marcaban sus huesos y sus músculos, me acercaba temerariamente a ese tesoro que Anabella escondía para mí entre sus piernas. Justo al momento en el que esperaba sentir el inicio de su vello púbico me topé con una leve protuberancia que parecía dibujar una línea.

-¡No! –gritó ella sacudiéndose con fuerza- ¡No, soltame! ¡No! –sus piernas golpearon contra las mías, intenté sujetar sus manos pero sólo empeoraba las cosas.

-Calmate Anita… no hice nada…

-¡Soltame! –me gritó mirándome a los ojos con ira.

Me aparté de ella gateando hacia atrás en la cama ni siquiera alcancé a ver su cuerpo desnudo, se cubrió con una sábana tan rápido que me dio la impresión de que le había hecho aparecer por arte de magia.

-No me toques –me dijo respirando agitadamente.

-Anita… perdón… yo… -no sabía qué decirle, no era la primera vez que la acariciaba y no sabía por qué había reaccionado de repente de esa forma- me quedo acá… no te toco –levanté las manos para demostrarle que hablaba en serio. Tranquilizate, te vas a hiperventilar. Respirá despacio.

No entendía nada pero no quería que ella sufriera un ataque de nervios, por suerte se fue calmando lentamente, me miraba con sus pupilas contraídas mientras sus pechos subían y bajaban aminorando la marcha. Era como si hubiera visto un fantasma. Varias veces intenté decirle algo pero supuse que lo mejor sería esforzarme por guardar silencio hasta que ella se hubiera relajado. Calculé que pasaron unos cinco minutos en los cuales no dejamos de mirarnos fijamente ni por un segundo, como dos gatos asustados que están listos a saltar sobre el otro a la menor señal de hostilidad.

-Perdón –dijo ella rompiendo el silencio.

-¿Qué pasó Anita? –me puse de rodillas en la cama y gateé muy lentamente acercándome a ella con sumo cuidado.

-Hacía tiempo que no me pasaba eso.

-¿Te sentís mejor?

-Ahora sí… te pido disculpas, no pude evitarlo. Me asusté mucho.

-¿Por qué? Sabés que podés confiar en mí –me acerqué un poco más- yo jamás te lastimaría.

-Lo sé… pero es algo que no puedo controlar. Me aterra que me toquen… ahí abajo.

-¿Es por lo que te pasó? –no hacía falta ser más específica, ambas sabíamos a qué nos referíamos.

-Si… y por las marcas que eso me dejó.

-Me imagino que debe haber dejado muchas marcas psicológicas en vos, Anita.

-No me refiero solo a ese tipo de marcas –permitió que me sentara una vez más a su lado, a pocos centímetros de su rostro.

-¿Entonces a qué?

-Es muy difícil para mí… esto lo sabe muy poca gente… ¿puedo confiar en vos?

-Eso ni siquiera tenés que preguntármelo, mi amor. Claro que podés confiar en mí –asintió con la cabeza.

Dejó caer la sábana que la cubría, ella estaba sentada sobre sus talones con las rodillas flexionadas, la tela blanca cayó liberando sus grandes y redondos senos, eran perfectos, sin marcas y con pezones sonrosados que me parecían los más hermosos que había visto en mi vida, su entrepierna quedó cubierta por completo pero justo arriba de la sábana pude ver algo que me dejó boquiabierta. Comprendí inmediatamente a qué se refería con la palabra “marcas”. Una larga cicatriz cruzaba su pelvis en diagonal, de izquierda a derecha bajando hasta perderse bajo una mata de vellos negros. 

-Y no es la única q tengo.

Procurando que su sexo permaneciera totalmente cubierto por la tela separó su pierna derecha mostrándome otra cicatriz igual en la cara interna de su muslo, eran cortes limpios y no muy largos pero por lo abultada que estaban las cicatrices supe que debieron ser profundos.

-Pero… yo vi una foto tuya… y no tenías esto.

-¿La que te pasé cuando me regalaste la ropa? La saqué de espalda, ahí no tengo marcas.

-No, me refiero a una que me llegó por teléfono, a través de Tatiana, en la época en la que no nos hablábamos.

-¿De qué hablas Lucrecia?

-No te hagas la sonsa Anabella, sé que eras vos. Era la foto de tu vagina… al natural.

-¿Cómo te voy a mandar una foto de mi vagina? ¿Estás loca? Además… si no tenía esto –señaló el corte de su muslo- no pude haber sido yo, tengo estas cicatrices desde… desde los dieciocho años.

-Entonces… si no eras vos… ¿quién carajo era?

-Qué se yo Lucrecia, la foto te llegó a vos.

-Igual eso no importa ahora. Perdón Anita, no pensé que podía llegar a asustarte, te entiendo perfectamente. No sé qué mente enferma pudo haberte hecho algo así. Es inhumano… una violación ya es una atrocidad… pero esto es un exceso –vi que sus ojos se estaban llenando de lágrimas otra vez.

-Lo hizo… porque yo me resistí. Porque no quería… pero al final lo hizo igual –dos líneas paralelas se dibujaron en sus mejillas al mismo tiempo, no iba a decirle que no debía llorar, esa era su forma de descargarse.

-Lo siento muchísimo Anabella –la abracé con fuerza pero sin ninguna mala intención, este era un abrazo de consuelo- te juro que mientras más sé del tema más ganas me dan de que ese hijo de puta estuviera vivo, para que pague por todo lo que te hizo.

-Yo prefiero saber que está muerto y que no va a volver a ponerme un dedo encima.

Mientras permanecíamos abrazadas hice memoria, recordaba perfectamente esa vez que Anabella se desvistió frente a mí, jamás podría olvidar un momento así, pero no había visto ninguna cicatriz, pero nunca la había visto sin bombacha ni con las piernas separadas. También recordaba que ella me impidió rotundamente ver su cuerpo desnudo en su totalidad luego de quitarse toda la ropa, pensé que había sido por pudor, pero no. Había algo que ocultar… y yo lo había descubierto de la peor forma posible para ella, tocándola y haciéndole rememorar el momento más traumático de su vida.

-¿Cuántas de esas cicatrices tenés? –le pregunté alejándome un poco.

-Tres, la otra está más abajo… no te la voy a mostrar.

-No, claro… está bien… pero… ¿no te lastimó la…?

-Me la lastimó lo que te la lastima una violación, pero no, justo en ese sitio no me cortó ni nada por el estilo.

-Perdón, yo te hago hablar de estas cosas y a vos te hace mal.

-Está bien, Lucrecia. Tal vez esa sea la solución, hablarlo con alguien. Nunca pude hablar abiertamente sobre este tema… la que más sabe al respecto sos vos.

-Eso me hace sentir halagada.

-Te lo dije muchas veces, sos una persona muy importante para mí.

-Pero no soy el centro del mundo…

-No, ni del mío ni el de nadie.

-Eso lo entiendo, Anabella.

-A veces parece que no lo entendieras. ¿Te molesta si me voy a bañar de una vez? –supe que intentaba cambiar de tema, pero se lo permití- El agua sigue corriendo y me van a mandar a barrer todo el Vaticano para pagar la cuenta del agua que le va a llegar al convento.

-Más agua debe gastar el Cura haciendo agua bendita. Las viejas del barrio se la roban todo el tiempo.

-Eso es cierto –dijo mientras se ponía de pie enseñándome sus bellas nalgas respingadas- hay una en especial a la que siempre tengo que estar vigilando porque pretende llevarse agua bendita hasta para lavar la ropa.

-¿No será mi mamá?

-No, es una viejita muy dulce y simpática, pero le encanta robar agua bendita. Por suerte a tu mamá no he vuelto a verla.

-Por suerte yo tampoco la vi. Bañate tranquila Anabella, yo te espero acá.

Le alcancé la toalla que había quedado tirada en el suelo, sin darse la vuelta se envolvió en ella. Tomó algo de ropa de su armario y en cuanto abrió la puerta del baño una espesa nube de vapor la envolvió.

-Mi Dios, esto parece un baño turco.

-Nunca estuve en uno de esos ¿Puedo entrar con vos?

-Dale.

-¿Qué? ¿De verdad?

-¿Y por qué no? Puedo confiar en vos… eso me dijiste.

-Prefiero quedarme acá –dije rechazando una oportunidad inmejorable de verla completamente desnuda- yo no confío en mí misma –en ese momento giré la cabeza y me encontré con el moderno teléfono celular de Anabella sobre la mesita de luz.

-Revisalo tranquila si querés, no vas a encontrar nada interesante –me dijo desde el umbral del baño.

-No haría tal cosa.

-Vamos, Lucrecia. Soy monja pero no soy tan ingenua como pensás, te lo dije más de una vez. Vos te morís de ganas de revisarlo para ver con cuántos hombres me acuesto todos los días.

-¿Qué te pasa, Anabella? –le pregunté con una sonrisa- estás rara… recién te sentías mal y ahora… todo lo contrario. Hasta me tomás el pelo.

-Prefiero no pensar en lo malo y tener presente lo bueno. Es la mejor forma de no deprimirse.

-Si por lo bueno te referís a los besos que te di, te digo que tengo muchos más para darte –me sonrió con gran dulzura.

-Te agradezco, pero no me refería a eso.

-¿Entonces a qué?

-Me quiero bañar, Lucrecia. No me retengas más.

-Contestame.

-No.

-Dale.

Cerró la puerta del baño tras de sí.

-Hija de p…

-¡Lucrecia! Te estoy escuchando –luego de retarme comenzó a reírse.

Decidí hacer algo productivo antes de que mi bocaza me metiera en problemas una vez más, al fin y al cabo estaba feliz, había vuelto todo a la normalidad… bueno, tan normal como puede ser una relación caótica entre una monjita de dudosa inclinación sexual y una estudiante lesbiana.  Comencé por tirar a la basura el preservativo que aún estaba en el piso, el solo pensar que estaba cubierto por los flujos vaginales de Anabella me hizo estremecer, pero rápidamente me dije a mí misma que no podía ser tan asquerosa de pensar algo así y lo arrojé al cesto. Luego comencé a tender su cama con sábanas limpias que encontré en el armario, mirando a cada rato el teléfono celular que quemaba mis retinas, pero conociendo a la monjita, lo más erótico que podría encontrar allí dentro sería algún pasaje bíblico sobre el Jardín del Edén.

Como si Dios quisiera que ya no luchara contra la tentación, alguien golpeó la puerta del cuarto poniéndome inmediatamente alerta, casi dos segundos después Anabella asomó su cabeza abriendo un poco la puerta del baño, ambas nos miramos intrigadas sin decir ni una palabra. Volvieron a golpear.

-¿Qué hago? –le susurré a la monjita acercándome a ella- ¿abro la puerta?

-¿Juntaste todo? –preguntó al ver que estaba tendiendo su cama.

-No, queda tu ropa interior.

-Escondela y abrí la puerta, yo ya salgo.

-¿Estás segura? ¿No vas a tener problemas si me ven acá con vos? –una vez más el insistente golpeteo alteró nuestros nervios.

-Más líos voy a tener si no abrís rápido, van a pensar algo malo.

-¿Algo como qué? ¿Cómo que estuvimos besándonos en la cama?

-Lucrecia –dijo apretando fuerte los dientes- no es momento de ponerse a pavear, abrí la puerta.

Volvió a desaparecer dentro del baño, me apresuré a hacer desaparecer la ropa interior dentro del ropero, di un último vistazo al cuarto, por las dudas guardé dentro del cajón de la mesita de luz el desodorante que Anabella había utilizado como dildo y abrí la puerta. Esperaba encontrar un grupo de monjas grises aguardando impacientes pero en lugar de esto me devolvió la mirada un hombre alto, de hombros anchos y cabeza rapada casi al ras, tenía cejas gruesas y nariz ancha, me miraba con el ceño fruncido como si yo fuera el mismo Satanás y él el Arcángel Miguel.

-¿Está Anabella? –me preguntó con un fuerte vozarrón.

-¡Ya voy, un momentito! –El grito llegó desde el baño- ¡decile que pase!

-Adelante –le dije un tanto intranquila, no es que el hombre se viera verdaderamente amenazante, sólo no me gustaba la forma en la que me miraba.

Me senté en una silla y él permaneció de pie junto a la puerta sin dirigirme la palabra, como yo tampoco quería hacer alardes de mis buenos modales, decidí ignorarlo. Por suerte Anabella apareció en poco tiempo para cortar el incómodo momento, vistiendo una de sus típicas polleras grises y una camisa blanca.

-Hola –saludó con una sonrisa y un beso en la mejilla al recién llegado- perdón por la demora, justo me estaba bañando.

-Está bien, Anabella, no te preocupes –como si se hubiera tratado de un milagro de Cristo, la expresión en el rostro de ese hombre cambió completamente, ya no fruncía el entrecejo, sonreía ampliamente y hasta llegaba a parecer simpático y amigable- vine porque Sor Anahí me preguntó si querías cenar con nosotros esta noche.

-Estaría encantada –respondió la bella mujer- ah, disculpen mis modales, te presento a mi amiga Lucrecia –me puse de pie y me acerqué esforzándome por esbozar una sonrisa- él es el amigo que te había mencionado –me dijo señalando al grandote.

-Un gusto –dijo el tipo con su mejor sonrisa- Luciano Sandoval, para servirte.

Me detuve en seco a mitad de camino, si bien mi memoria no es infalible, supe que conocía ese nombre ni bien lo escuché y mis sentidos se alertaron, ese nombre no me transmitía nada bueno. Exprimiendo un poco más mi cabeza a tiempo récord recordé quién me había dicho ese nombre, fue la novia de Alejandro, justo después de hacer la llamada telefónica a la Universidad. Éste era el desgraciado que hablaba mal de mí cada vez que alguna empresa llamaba a pedir referencias, y además… además era el hijo de puta que estuvo esa noche con Anabella. Una mecha se encendió en mi interior, una mecha tan corta que detonó el explosivo casi al instante.

-¡Hijo de puta! –Le grité señalándolo con el índice- ¡sos vos, hijo de puta! –el tipo simuló de muy mala manera que le impactaban mis palabras, la verdadera sorpresa se la llevó la monja quien me miró con pánico en su rostro. La gran alegría que tenía por haberle confesado mi amor a Anabella se disipó transformándose en odio y rencor hacia ese imbécil. 

Continuará...


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