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Fecha: 07-Mar-15 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (19)

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 58 min. ]
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No importa cuánto conozcamos a las personas, siempre nos podemos sorprender; ya sea para bien o mal. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 19

 

La mujer que no merecía ser amada.

 

Para poder llevar a cabo mi plan necesitaba la ayuda de Rodrigo por lo que me pasé toda la mañana buscándolo. Le pregunté por él al arquitecto y sólo conseguí saber que él también estaba buscando al irresponsable muchacho, los albañiles tampoco tenían noticia alguna de su paradero. Regresé a mi oficina y continué con mi trabajo, cada quince o veinte minutos intentaba ponerme con contacto con él llamándolo a su celular, pero éste estaba apagado y me enviada directamente al buzón de voz. No me molesté en dejarle un mensaje ya que supuse que él no lo escucharía, alrededor de las once de la mañana ya estaba realmente preocupada, llegué a temer por su vida y por primera vez en mi vida me sentí como una madre velando por su hijo, a pesar de que Rodrigo es mayor que yo, su enorme irresponsabilidad me hacía verlo como a alguien mucho más pequeño.

Fue una gran suerte que a Miguel se le ocurriera hacerme una breve visita, apenas lo vi entrar le pregunté por Rodrigo, él supo darme una buena respuesta. El muy desgraciado estaba durmiendo en su cama tranquilamente, al parecer había pasado una larga noche de sexo con alguna de sus tantas parejas, pero Miguel no supo explicarme quién era su acompañante en esta ocasión ya que él sólo había hablado por teléfono con el rubio la noche anterior. Hecha una furia subí hasta su departamento y aporreé la puerta violentamente, luego hundí mi dedo índice en el botón del timbre hasta que la puerta se abrió. Una chica completamente desnuda, con el cabello hecho un nido de pájaros y los ojos pegados por las lagañas, apareció frente a mí.

-Calmate Lucrecia, me duele mucho la cabeza –me dijo la muchachita dando media vuelta y enseñándome su blanco trasero.

-¿Perdón? –le pregunté incrédula; me llevó unos segundos darme cuenta de que conocía muy bien a esa chica- ¿Edith, sos vos?

-No, soy Marilyn Monroe, esperá que despierto al señor Presidente –me respondió al mismo tiempo en el que se asomaba al dormitorio –Rodrigo, levantate que te busca una loca.

-Si es mi mamá decile que no estoy –contestó él con voz somnolienta.

-¡Rodrigo! –le grité sin moverme del lugar, no quería verlo desnudo por nada del mundo- ¡Levantate, tengo que hablar con vos de algo importante!

-Te dije que no hay más plata, Lucrecia… -me respondió- hubiera preferido que sea mi mamá –parecía estar hablando con él mismo.

Edith volvió a mirarme, su desnudez me provocó cierta picazón en la zona baja de mi vientre, mis ojos siguieron sus suaves y casi imperceptibles curvas y se perdieron en la unión de sus labios vaginales.

-Estás muy linda –le dije con una amplia sonrisa, ella también sonrió mientras limpiaba las lagañas de sus ojos. Su cabello había vuelto a ser ondulado pero era menos voluminoso que la primera vez en que la había visto.

-Me voy a lavar la cara, si querés despertarlo vas a tener que entrar a darle una sacudida… y tal vez un par de cachetazos.

-¿Está desnudo?

-Sí… ¿eso te molesta?

-No es algo que me agrade; es mi amigo.

-Yo soy tu amiga y no te molesta verme desnuda.

-Es muy diferente, vos sos mujer… y con vos me acosté más de una vez. Él es hombre… no me agrada ver hombres desnudos.

-No está tan mal –la acompañé hasta el baño, comenzó a enjuagar su cara con abundante agua- aunque es el único que vi sin ropa.

-¿Y qué pasa entre ustedes?

-Es sólo sexo, Lucrecia –me miró y me dedicó una linda sonrisa; por un momento tuve la sensación de que esa chiquilla inocente y tímida había crecido para convertirse en una mujer madura y sexualmente activa- ¿estás celosa?

-Para nada, vos sos libre de acostarte con quien quieras, especialmente si disfrutás mucho al hacerlo.

-Más disfruto con vos, es una lástima que no se repita más seguido.

-¿Lo decís en serio?

-Sí Lucre. Últimamente probé muchas cosas locas con el sexo… y todas me han gustado, pero no hubo nada que me provocara lo mismo que una tarde de sexo con vos… y digo tarde porque las dos veces que lo hicimos solas fue durante la tarde. Nunca tuvimos nuestra gran noche de sexo.

-Eso es cierto… lo de mi cumple no cuenta… supongo.

-No, eso fue diferente, digamos que esa fue una de las cosas locas que probé –ella hizo pis mientras hablábamos-. Sé que no estoy en posición de reclamar nada ya que gracias a vos conocí el mundo del sexo, de lo contrario seguiría siendo virgen; pero siento que todavía tengo algo pendiente con vos… algo íntimo, algo especial.

-No tenía idea de que quisieras eso.

-Me imaginé. No te preocupes, la gente suele olvidarse de lo que me pasa…

-No me olvido de vos, creeme que no… sé que estuve un poco distanciada y…

-Nunca me llamás –no lo dijo con enojo, sino como un hecho concreto-. Preferiría que seas honesta conmigo; no hace falta que te justifiques.

-Perdón… sé que te descuidé mucho. Estuve con muchos problemas, no es una justificación, podría haberte llamado y pedirte que me acompañes en esos momentos malos…

-Y lo hubiera hecho encantada, me hubiera gustado ayudarte con todo; yo haría cualquier cosa por vos –se puso de pie y se me acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo; inexplicablemente mi corazón se aceleró-, algún día lo vas a entender.

Sus labios rozaron suavemente mi mejilla derecha, provocándome un agradable cosquilleo, tuve el fuerte impulso de besarla… y no pude contenerlo. La tomé de la cintura trayéndola hacia mí y uní mi boca a la suya. Por alguna razón los labios de Edith me supieron diferentes en esta ocasión, ya no tenía la sensación de estar besando a una niña ingenua, sino a una mujer muy sensual y provocativa. Su lengua acompañó a la mía a cada rincón al cual se dirigió y recibí suaves mordiscos en mi labio inferior. Mis dedos siguieron el declive de su espalda y luego recorrieron la curva de su cola hasta que llegaron a un punto húmedo y viscoso que se abrió apenas introduje uno de mis dedos.

-Está Rodrigo... –me dijo ella al oído interrumpiendo nuestro beso.

-Sí, tenés razón... no es momento ni lugar para estas cosas.

-No me refería a eso...

-¿A qué te referías entonces? –nunca dejé de jugar con los viscosos labios de su vagina.

-A que las dos podemos...

-¿Con él? –abrí grande los ojos.

-Sí ¿por qué no?

-No... No quiero... él es mi amigo y...

-¿No soy yo tu amiga también?

-Es muy diferente... vos sos mujer. A él no puedo verlo de otra forma que no sea como un amigo.

-¿Y de qué forma podrías verme a mí?

-Como....

-¿Cómo una amante?

-Posiblemente –me dio un cálido bezo en el cuello que me hizo erizar todos los vellos de mi cuerpo.

-¿Me verías como tu pareja? –detuve el movimiento de mis dedos; sin embargo no los retiré del húmedo y apretado agujerito.

-No lo sé... yo... vos...

-¿Quién lo hubiera dicho? Dejé a la gran Lucrecia sin palabras.

-Te estás comportando de una forma muy diferente a lo habitual.

-Alguien me dijo que si no me veías como una mujer, nunca te ibas a fijar en mí... que debía dejar de actuar como una niña ingenua.

-¿Quién te dijo eso?

-Rodrigo.

-Lo voy a matar. Vos no tenés que dejar de ser como sos.

-Esto es parte de mí también... una parte que no suelo mostrar –su lengua subió por mi cuello-. Puedo amarte hasta dejarte satisfecha. Estoy segura de eso -¿Qué estaba haciendo esta chica en mí? ¿Por qué me... excitaba tanto que me hablara de esa forma?-. Puedo ser tu amante... y mucho más –sus dedos presionaron mi entrepierna por delante-, podemos compartir juntas aventuras sexuales extraordinarias... eso es lo que amo tanto de vos –el suave meneo de su cadera me incitó a seguir masturbándola-, con vos nunca se sabe qué puede pasar. Siempre superás mis fantasías más locas... todavía no entiendo cómo lograste convencerme de participar en una orgía... y sentirme cómoda al hacerlo.

-Eso no fue por mí...

-Sí lo fue, todas queríamos acostarnos con vos esa noche... bueno, quizás Jorgelina no... Ella se calentó con la pelirroja. Pero ese no es el punto –el tono cálido de su voz me estaba calentando como lentas llamas a una tetera, a este ritmo entraría en ebullición, tarde o temprano-, con vos me siento viva, dejo de ser la pobre chica sin amigas que se pasa horas sola por los rincones... con vos descubro un mundo que sólo podía ver en mi imaginación. Vos me hiciste lo que soy ahora, vos ya sos parte de mí.

-Me... me estás haciendo emocionar, Edith –ella desprendió el botón de mi pantalón-. No, esperá... acá no podemos.

-No voy a interrumpir esto –metió la mano dentro de mi bombacha, acariciando mi vello púbico y llegando hasta mis sensibles labios vaginales.    

Mi sentido común me pedía que me detuviera; pero la lujuria, que tan acostumbrada estaba a habitar mi cuerpo; me forzaba a explorar la cavidad vaginal de esa dulce chica; me incitaba a besar esos tiernos y delgados labios; me sugería que me quitara la ropa, lentamente, manteniendo un contacto constante con las partes íntimas de Edith, y ella con las mías. Entre un paso y otro que dimos hacia el paraíso del sexo lésbico, me encontré repentinamente desnuda y no había sido consciente de cómo llegué a estar boca arriba en un sillón de una plaza, con la muchacha rubia entrelazada con todo mi cuerpo. El poco espacio que brindaba el sillón me resultaba incómodo, tenía la cabeza contra uno de los apoyabrazos, mi cuello se doblaba de una forma dolorosa, apenas una parte de mi espalda descansaba sobre el cojín, mi cola quedó en el otro apoyabrazos, obligándome a tener las piernas abiertas y suspendidas en el aire. Tal vez Rodrigo siguiera durmiendo y no se enteraría de lo que ocurría a escasos metros de su cuarto. A veces recapacitaba durante apenas unos segundos en los que me odiaba a mí misma por ser tan fácil de convencer. Temía no tener autoridad sobre mi cuerpo cuando se trataba de sexo, especialmente si éste se me presentaba de una forma tan apasionada.

Los dedos de mi mano se trenzaban con los de las manos de Edith, yo sostenía gran parte del peso de su cuerpo con mis brazos. Su lengua me recorría la boca, el cuello y no obviaba mis pechos, yo la observaba muda y excitada.

-¿Te estoy calentando? –me preguntó mirándome con sus ojitos de niña feliz.

-Hace rato me calentaste... te odio por eso.

-Todavía me cuesta creer que sea capaz de excitar a otra mujer... especialmente a una tan hermosa como vos.

-A mí no me cuesta creerlo, no te costó nada calentarme... y yo ni siquiera estaba pensando en sexo.

-¿Querés que te la chupe?

-Se va a despertar Rodrigo... ¿podemos seguir en otro lado?

-No, no podemos. Es acá y ahora... o nunca –podía sentir la humedad de su sexo rozando contra uno de mis muslos... ¿por qué tuvo que preguntármelo? Lo hubiera hecho y ya... el que me preguntara me hacía responsable de mis actos... y me calentaba aún más.

-¿Quién sos vos y qué hiciste con Edith? –le pregunté.

-Esta es la Lucrecia que Edith lleva dentro –me contestó con una pícara sonrisa-, vos te llevaste mi virginidad... y te debo mucho, quiero devolverte parte de todo lo que me diste.

-No hace falta que me devuelvas nada... no siento que me debas algo.

-Pero yo sí lo siento... te pregunto una vez más, sino me veré obligada a forzarte... ¿querés que te chupe la concha? –sus palabras eran tan lujuriosas que me hicieron delirar.

-Sí, chupámela...

No terminé de decir esto que ella ya estaba deslizando hacia abajo por mi cuerpo, en cuanto llegó a mi entrepierna no dudó ni un segundo, comenzó a comer mi vagina con la seguridad propia de una mujer que llevaba muchos años practicando sexo lésbico. Me estremecí al sentir un fuerte chupón en mi clítoris, estaba confundida, nunca la había visto comportarse de esa forma... solamente un poco, en aquella orgía; pero esta vez era diferente... había algo en su actitud que me hacía entender que ella había dejado detrás a la niña tímida, para transformarse en una mujer fogosa y segura de sí misma. Me la abrí con los dedos y mientras ella hundía su lengua en mi agujerito, yo me estimulaba el clítoris. Cerré los ojos para sumergirme en el placer y comencé a gemir.

-Meteme los deditos –le pedí.

Obedientemente ella comenzó masturbarme con dos dedos a la vez mientras su boca se encargaba de darme potentes chupones en mi botoncito femenino.

-¡Ah, me vas a matar! –exclamé.

En ese momento abrí los ojos y solté un grito. Edith se detuvo al instante. Parado junto a nosotras se encontraba Rodrigo, completamente desnudo. Su esbelta figura me recordaba al David de Miguel Ángel. Entre sus piernas colgaba un pene flácido, no sabría decir si era grande, ya que no lo parecía en ese momento, pero lo tenía allí, balanceándose lentamente frente a mí, tan cerca que hubiera podido tocarlo con sólo estirar el brazo. Instintivamente cerré las piernas y me cubrí las tetas con los brazos.

-No se detengan por mí –dijo él-. Pueden seguir tranquilamente.

No respondí, Edith me miró y notó mi inseguridad.

-A Lucrecia no parece gustarle la idea –le dijo.

-Si quieren las dejo solas. Es una pena, porque me hubiera gustado mirar, al menos. Siempre es un lindo espectáculo ver jugar a dos personas del mismo sexo de esta manera –sonrió.

De pronto lo vi como un hombre más grande, ya no parecía un adolescente o un joven adulto. Tal vez se debía a que él llevaba barba de unos días, o a mi perspectiva, ya que lo miraba desde abajo. A pesar de verlo de esa forma, seguía sintiéndolo mi amigo... un amigo confiable... desnudo pero confiable. No corría peligro estando él cerca.

-Mientras te mantengas lejos de mí... podés quedarte –le propuse.

-No voy a hacer más que mirar. ¿Eso no te molesta?

-No, para nada.

Era cierto, hasta me calentaba saber que había un par de ojos extra en la escena. Me recordaba a aquella vez que me calenté tanto dentro del vestuario, luego de que Cintia me hubiera chupado la vagina. Me encendió saber que mis amigas heterosexuales me habían visto desnuda y con la entrepierna húmeda. Me había masturbado muchas veces imaginando mil cosas locas con esa escena. En cierta forma Rodrigo era como ellas, un chico gay, que ni siquiera estaba interesado sexualmente en mí; pero que podía mirar lo que hacíamos Edith y yo.

-Te felicito, Lucrecia, tenés un cuerpo muy lindo –me dijo como quien felicita a alguien por su teléfono celular nuevo.

-Gracias, vos también. Si yo no fuera lesbiana, estaría asombrada.

Ese era otro punto que me llamaba la atención, me excitaba que él estuviera allí, como persona; pero no me calentaba verlo desnudo. Podría estar vestido que mi reacción hubiera sido la misma.

-Si quieren les presto mi mama –sugirió.

-Ahí vamos a estar más cómodas –Edith sonría alegremente, nunca la había visto tan feliz.

-Está bien, vamos –no quería arruinar la ilusión de esa pequeña chica.

La cama de Rodrigo era muy suave y cómoda, apenas me tendí sobre ella, Edith se me tiró arriba y comenzó a besarme intensamente, sus traviesas manos buscaron mi entrepierna y comenzaron a masturbarme, al parecer ella no quería darme tiempo para pensar, ni para enfriarme. Hacía bien, de lo contrario hubiera comenzado a dudar. Busqué su vagina y me agradó mucho encontrarla tan húmeda, le masajeé el clítoris mientras su lengua jugaba con la mía.

Nuestro pasional acto sexual se volvió tan intenso que luego de un rato no me importó para nada que Rodrigo estuviera allí. Edith me envolvió con su calidez, el dulce aroma del perfume que ella usaba me transportó a un mundo en el que las preocupaciones y los problemas no existían. Su lengua se aventuró a recorrer mis pechos, lamió mis pezones con mucha calma, como si pretendiera que el momento de pasión durara para siempre. Dos de sus dedos se hundieron en mi vagina y comenzaron a entrar y salir, al igual que el aire de mis pulmones. Abrí más las piernas, para dar lugar a su mano, que trabajaba incesantemente en mi sexo. Acaricié sus nalgas y busqué una vez más su hendidura femenina, separé levemente sus labios y luego la penetré con mis dedos índice y mayor. Ella emitió un agudo gemido que incrementó mi morbo, a continuación apretó más su boca contra mi pezón izquierdo y lo estiró dándole un fuerte chupón. En poco tiempo Edith se había convertido en una amante segura y confiada, con gran soltura en la cama. Bajó repentinamente hasta mi vagina, sostuvo mis muslos con sus manos y comenzó a devorar mi clítoris con intensidad, ese brusco cambio de ritmo me tomó por sorpresa, pero lo gocé tanto que me permití gemir elevando mi voz, consciente de que Rodrigo estaría allí, en alguna parte de la habitación, mirándonos.

Levanté mis piernas y las sacudí en el aire, dejándome llevar por la furia pasional de Edith, quien sacudía su cabeza de lado a lado chupando siempre mi viscosa almeja. Ella parecía incansable, no se detuvo en ningún momento. Mantuve los ojos cerrados por un rato, mientras sentía mi cuerpo hirviendo y cuando volví a abrirlos vi la silueta de Rodrigo elevándose detrás de mi pequeña amante. La luz de la habitación era muy pobre, apenas podía ver a Edith y el muchacho rubio era solo una sombra más en la penumbra. Por el movimiento de la cama me di cuenta de que él se había puesto de rodillas sobre ella, yo no podía dejar de gemir debido a las pasionales lamidas que recibía en mi sexo, por eso no pude oponerme a lo que ocurrió después... de hecho, estaba tan excitada que tal vez no me hubiera opuesto de poder hacerlo.

Edith levantó la cabeza y soltó un fuerte gemido de placer, supe que Rodrigo la había penetrado, no podía verlo desde mi posición, pero la silueta comenzó a menearse desde atrás hacia adelante, los gemidos de la chica se hicieron entrecortados, como si acompañaran las embestidas. Ella volvió a mi vagina y la chupó aún con más ganas, mi cuerpo se arqueó y mis ojos se cerraron como acto reflejo ante el inmenso placer que recibí. No entendía bien por qué, pero saber que Rodrigo se lo estaba haciendo, me causaba un inmenso morbo, lo que si sabía es que el hecho de que él fuera homosexual tenía mucho que ver con mi tranquilidad ante la situación, de lo contrario hubiera empezado a los gritos, pidiéndole que se retire. Sin embargo sabía que no corría peligro estando él en la misma cama, teniendo sexo con la misma mujer que yo, él no era como el chico que me quitó la virginidad, Rodrigo no me inspiraba ese frío temor. Podía escuchar el ruido que provocaba su pene al entrar y salir de la vagina de Edith y la forma en la que ella sincronizaba sus gemidos con este movimiento.

Edith se colocó a horcajadas sobre mí, su vagina quedó justo encima de la mía, inclinó su cabeza hacia adelante hasta que quedó a pocos centímetros de mi rostro, me hipnotizó con sus tiernos ojos, que parpadeaban de forma seductora; era la primera vez que reparaba en ello, sus pestañas eran muy hermosas y estaban prolijamente curvadas.

-¿Alguna vez imaginaste que tenías sexo con una mujer con pene?

Su pregunta me dejó atónita, no supe qué responderle. Ninguna frase llegó a mi mente.

-Imaginá que, por alguna razón, a una mujer le creciera un pene, uno de verdad. ¿Tendrías sexo con ella? –nuevamente me quedé en silencio, sin saber qué decir-. Te pido que te hagas una clara idea de lo que sería eso. Una mujer de verdad –se levantó un poco y acarició su torso con gran sensualidad, sus pezones estaban erectos e hinchados-, que tuviera todo lo de una mujer normal, pero a que al mismo tiempo contara con un miembro masculino.

Sentí que algo tibio y rígido se deslizaba entre mis húmedos labios vaginales e iba subiendo, vi aparecer un pene que parecía estar creciendo directamente del sexo de Edith. Su tierna almeja se dividió a la mitad, envolviendo en parte ese duro pene, que tenía buen tamaño. Un súbito calor me invadió, esto era muy extraño, pero estaba anonadada, no podía reaccionar. Como ella estaba tan cerca de mí no podía ver al hombre que estaba a su espalda, lo cual aumentaba la ilusión que ella me describía, parecía una mujer con pene.

-¿Te gusta? –Me preguntó ella agarrando el miembro erecto con una de sus manos, comenzó a masturbarlo lentamente, podía ver cómo el glande era cubierto por el prepucio y luego volvía a quedar al descubierto-. Ser penetrada es una sensación hermosa –continuó-, pero eso vos ya lo sabés, lo experimentaste... con un juguete, pero lo hiciste... sin embargo no sé si recordarás lo que se siente tener un pene de verdad dentro de tu vagina, sentir la tibieza del mismo, la forma en la que entra y sale sin que vos puedas controlarlo... es simplemente hermoso... y no tiene que ver con el hecho de que te gusten las mujeres o no, es simple y llanamente, sexo.

Mi vagina estaba expulsando más flujo de lo normal, podía sentir la presión que ejercía ese pene contra mi clítoris y el peso de Edith sobre mis piernas abiertas. Mi corazón comenzó a bombear frenéticamente.

-Tocame, Lucrecia –me pidió ella con su dulce vocecita-. Tocame la verga...

Moví la mano derecha con gran timidez, observaba todo lo que ocurría con los ojos muy abiertos, estaba confundida... excitada y confundida.

-Sin miedo. Sigo siendo la misma de siempre, pero ahora tengo esto...

Sacudió la verga dando leves golpecitos con ella a la parte baja de mi vientre. Estiré el brazo hasta que toqué su pubis, lo acaricié suavemente y con miedo fui bajando la mano hasta que sentí el primer contacto con el miembro, no se sintió diferente, era como si fuera parte de la misma persona. Recorrí el pene a lo largo con la punta de mis dedos, estaba húmedo, seguramente tenía una mezcla de los jugos vaginales de Edith y los míos. Mi pecho golpeaba con fuerza, era una sensación muy extraña, pero placentera. Mi cabeza ya se estaba haciendo claramente la idea de que a esa mujer le había crecido un pene. Me recordaba a las veces que utilicé un strap-on, pero éste era de carne; la diferencia, en vez de ser contraproducente, lo hacía más interesante. Cerré mi mano alrededor del glande, estaba tibio y una gotita que salía de la punta se pegó contra mi palma.

-Tocame así, que me gusta mucho –me dijo sin dejar de mirarme a los ojos-, tenés las manos muy suaves, Lucrecia.

Tragué saliva, ella hablaba como si pudiera sentir todo lo que yo hacía, de a poco esta loca idea me fue gustando cada vez más. Ni siquiera podía compararla con mi primera y única experiencia con un hombre. Esto era completamente diferente.

Acaricié todo el miembro con suavidad, mi mano se fue acostumbrarlo a sentirlo. Luego empleé un poco más de fuerza y comencé a masturbarlo lentamente, con mi corazón amenazando con subir por mi garganta y saltar fuera de mi boca.

-Lo hacés muy bien, Lucre –me felicitó Edith-. Me estás haciendo calentar mucho –se acercó a mí y me besó cariñosamente en la boca-. Quiero penetrarte, quiero sentir tu conchita por dentro –otra vez la miré atónita, me tenía hipnotizada. No podía emplear palabras, por lo que me limité a asentir torpemente con la cabeza-. Espero que estés lista, porque a esto lo vamos a disfrutar juntas.

Luego de decir esto, se levantó levemente y agarró la verga con una de sus manos, sentí el glande presionando la entrada de mi empapada cuevita. Edith me acarició el pelo con su mano libre y volvió a besarme, mientras su lengua se fundía con la mía, el pene fue entrando muy lentamente. La diferencia con un consolador fue enorme, éste se sentía mucho más suave, cálido, verdadero... pero al menos sabía cómo recibirlo dentro. Separé un poco más mis piernas, noté que Edith se movía lentamente, era maravilloso, realmente parecía que fuera ella quien controlaba ese duro miembro. Cuando tuve una buena parte de él adentro dudé... estuve a punto de ponerle fin a todo esto, no quería tener sexo con un hombre... pero mi subconsciente no lo sentía de esa forma, para él todo esto estaba ocurriendo con una mujer que tenía un pene.

-Ahora te la voy a meter toda.

Se movió bruscamente una sola vez, lo hizo desde atrás hacia adelante y la verga se me clavó completa. Solté un fuerte grito de placer, se sentía muy rico. Edith me tomó de las manos y entrelazó sus dedos con los míos, me miró fijamente y comenzó a menearse rítmicamente, si ella avanzaba, el pene también lo hacía... y éste retrocedía cuando ella inclinaba su cadera hacia atrás.

-¿Te gusta?

-¡Ay, sí Edith! Lo hacés muy bien.

No estaba segura de a quién tenía que agradecer el inmenso placer que sentía, pero podía ver un par de lindas tetas saltando delante de mí y al mismo tiempo un pene entraba y salía con fuerza de mi sexo. Solté sus manos y la acerqué a mí, comencé a chuparle las tetas con esmero, me di cuenta de que además del pene clavándose en mí, también sentía la vagina de Edith frotándose contra la mía... clítoris contra clítoris. No cabía lugar para las dudas, sólo el placer ocupaba mi psiquis y no quería que este increíble acto sexual se detuviera.

Edith me ayudó a levantar mis piernas, sus manos sostenían mis tobillos firmemente mientras ella cerraba sus ojos, jadeaba y se sacudía de adelante hacia a atrás con mucho ímpetu, su piel se estaba poniendo roja y algunas gotitas de sudor rodaban por su cuello, era una imagen verdaderamente erótica y digna de ver en un gran momento de calentura. Su pene... ya que realmente parecía que fuera de ella, no dejaba de hincarse en mí. Me sumergí en un mundo surrealista de lujuria, pasión y placer físico. Pasaban los minutos y mi goce iba en aumento, la mecánica sexual se volvió constante, pero no menos interesante. Cada movimiento de Edith se coordinaba con los del pene que jugaba dentro de mi vagina. No quería pensar en él, pero en un breve flash me vino a la cabeza la idea de que Rodrigo podría estar empujando el cuerpo de la pequeña Edith para que ella se moviera al mismo tiempo.

La tierna muchachita liberó mis piernas y se apartó, el pene salió de mi vagina cuando ella retrocedió, lo cual me produjo mucho placer, ya que pude sentir toda la extensión de ese miembro, con la protuberancia que formaba el glande, deslizándose por el interior de mi caverna sexual.

Edith permaneció de rodillas en la cama, la penumbra ocultaba parcialmente su cuerpo y me brindaba una sorprendente ilusión óptica con el pene sobresaliendo entre sus hinchados labios vaginales. Me indicó que me acercara, con un gesto de su mano. Me puse boca abajo y apunté mi cabeza hacia ella, me acerqué reptando por el colchón, lentamente, como si fuera una mascota insegura buscando alimento en la mano de su dueño. Cuando me coloqué entre sus piernas, Edith me recompensó acariciando mi cabeza, no dijo una sola palabra, el silencio se había apoderado de todo y nadie me presionaba a seguir, fui yo quien, presa de un deseo carnal incontrolable, acerqué mi boca a su vientre. Lamí su suave monte de venus tan solo por unos segundos, luego busqué su clítoris y mi lengua rozó el tronco del pene. Admiré el miembro en toda su extensión y luego levanté la vista para encontrarme con los ojos de esa dulce mujer, quien, con una cálida sonrisa, me incentivaba.

Sujeté el pene con mi mano, se sintió muy extraño, nunca había agarrado uno... ni siquiera aquella primera vez con un hombre, él se había limitado a penetrarme. Sin embargo esta vez era yo quien tenía la última palabra, podía irme y sabía que ninguno de mis amigos opondría resistencia; pero yo soy una mujer que disfruta de las nuevas experiencias en la cama y tenía todo allí, a mi disposición. No quería quedarme con las ganas.

Bajé la mirada y la fijé en el glande, titubeando abrí mi boca y dejé que la punta del pene se posara en mis labios, tenía el sabor de mis propios jugos vaginales, lo cual no me desagradó para nada. Me animé a introducir un poco más el glande en mi boca, sorprendentemente no me producía ningún tipo de repugnancia, no había nada de malo... no era tan diferente a chupar una vagina... solo la forma y el tamaño cambiaban. Además, me bastaba con mirar hacia arriba para encontrarme con un hermoso cuerpo femenino. Ella continuaba acariciando mi cabeza, pero no me forzaba. Lo único que veía de Rodrigo eran sus rodillas, pero éstas estaban detrás de las de Edith y no quitaba la ilusión de que el pene perteneciera a la muchachita.

Estaba en un punto sin retorno y donde ya no había más lugar para las dudas, o me iba dejando todo así... o hacía lo que hice. Tragué la verga hasta la mitad, siempre mirando a Edith, y comencé a chuparla lentamente, presionándola con mis labios y usando mi lengua instintivamente. Avancé y retrocedí, una y otra vez, acostumbrándome a la sensación (agradable, por cierto) que me proporcionaba el pene dentro de la boca.

-Chupámela, Lucre... lo estás haciendo muy bien –me dijo Edith.

Sus palabras me transmitieron aún más seguridad, que ella me lo pidiera me permitía imaginar con mayor firmeza que estaba chupándosela a una mujer con pene. No le dediqué mucho tiempo a esta tarea, por la simple razón de que mi vagina me estaba pidiendo volver a probar la verga que Edith le había ofrecido.   

Con la respiración agitada me puse en cuatro patas, dándole la espalda a Edith y a Rodrigo, bajé mi cabeza y aguardé. Un par de pequeñas manos me tomaron por la cintura.  A continuación sentí tibios muslos rozando contra mis nalgas y por último, el pene firmemente erecto enterrándose entre mis labios vaginales. Solté un gemido, no sólo por placer, sino también por ansiedad. Quería que me penetraran con fuerza. Apreté las sábanas con mis dedos y recibí esas firmes estocadas, una detrás de la otra. Edith se recostó sobre mi espalda y comenzó a besarme el cuello al mismo tiempo que sus manos se entretenían con mis pechos. Parecía que nuestros cuerpos se habían fusionado, incluido el de Rodrigo. Nos movíamos al unísono en una coreografía erótica improvisada. Me resulta muy difícil describir lo que sentía cuando el pene se hundía en mi vagina, ya que lo único similar que había experimentado era un strap-on (mi primera experiencia sexual no contaba, ya que prácticamente no la recordaba). El glande se deslizaba presionando contra las paredes internas de mi sexo y podía sentir su calor, su viscosidad. De pronto me espantó que eso estuviera gustándome más de lo debido y quise volver a mis raíces lésbicas.

-Te la quiero chupar –le anuncié a Edith con voz entrecortada debido a las constantes sacudidas que le daban a mi cuerpo.

Ella no se hizo rogar, en un santiamén ya la tenía abierta de piernas, delante de mí, ofreciéndome su húmeda y sonrosada almejita. En cuanto empecé a chupársela con pasión, un par de fuertes manos me sujetaron por la cintura y la fuerza de las embestidas aumentó considerablemente. Introduje mi lengua en la vagina de Edith y me entregué al placer. El movimiento mecánico me hipnotizó, mis gemidos se perdían entre las carnosidades del sexo de mi amante femenina y ella gemía libremente, alentándome a que se la chupara más fuerte.

El hombre detrás de mí me tomó por sorpresa al sacar su verga de mi vagina, pensé que ya no quería seguir... pero un instante más tarde ya estaba apuntándola hacia mi culito. Levanté la cabeza un segundo y miré a Edith con los ojos bien abiertos. ¿Me la iba a meter por atrás? Ni siquiera tuve que formular la pregunta en voz alta, la respuesta me llegó cuando Rodrigo presionó hacia adentro, sentí mi ano dilatándose, dándole paso a la punta del pene; sin embargo no llegó muy lejos, aunque me brindó un placer enorme. Agaché la cabeza una vez más y la apoyé en el pubis de Edith, allí aguardé, empujando hacia atrás levemente con mi cadera, a que ese pene se hundiera en mi agujerito posterior. Estaba loca de deseo. Lo quería... quería que entrara, aunque me doliera, no me importaba... la quería toda. Por suerte Rodrigo fue insistente y, luego de varios intentos, logró introducir su verga por completo. Para ahogar mis gemidos volví a pegar la boca a la almeja que tenía delante de mí.

El goce era tal que tenía la impresión de que mi cuerpo no podría tolerarlo, no sólo me excitaba el tener a una chica a quien practicarle sexo oral, sino que además tenía a alguien penetrándome analmente. El ritmo era lento, pero constante, aparentemente me estaba dando tiempo para que mi culito asimilara el tamaño de la verga y se dilatara lo suficiente como para que ésta pudiera moverse con mayor libertad.

Cuando las penetraciones se hicieron más duras, descargué mi tención sexual contra la rajita de Edith, se la chupé con excesiva fuerza y hasta llegué a rozarla con mis dientes, fui lo suficientemente atenta como para no lastimarla; pero como me estaban matando por detrás, me costaba mucho reprimir mis instintos sexuales más burdos. Siguiendo uno más de estos impulsos, metí un dedo en el ano de Edith mientras le succionaba el clítoris, ella se estremeció de placer, al igual que yo cuando Rodrigo comenzó a bombear cortito, pero muy rápido.

Me sería imposible estimar el tiempo que estuvo dándome por detrás, sólo recuerdo lo mucho que lo disfruté y lo extrañamente agradable que se sintió la descarga de semen en mi interior. Supe de qué se trataba apenas noté el líquido tibio saltando de la punta de la verga, sin embargo no imaginé que se sentiría tan bien. El semen lubricó mejor el pene y éste se deslizó con mayor facilidad durante las últimas embestidas, hasta que Rodrigo se detuvo. Continué chupando a Edith durante unos instantes y cuando me volteé para ver qué hacía el rubio, me di cuenta de que ya no estaba en la habitación. Me puse de rodillas en la cama y miré a Edith, ella tenía la piel enrojecida y miles de perlas de sudor le adornaban el cuerpo. Estuve a punto de decirle lo hermosa que estaba, pero sentí el semen escurriéndose hacia afuera.

-Tengo que lavarme –le dije.

*****

La siguiente fase del acto sexual continuó en el baño, mientras Edith y yo nos dábamos una ducha. Al principio sólo lavamos nuestros cuerpos; pero no pasó mucho tiempo hasta que yo me arrodillé ante ella y comencé a chuparle la vagina. El agua nos envolvía y yo la sorbía junto con los jugos de Edith, ella arqueó su cuerpo mientras la puntita de mi lengua le sacudía el clítoris. Ella se mantuvo en silencio hasta que comencé a introducirle dos dedos, sin dejar de lamerla. Sus gemidos resonaron en el pequeño baño y me estimularon para poner más énfasis en mi boca y mi mano. Cuando ella llegó al orgasmo tuvo que pedirme que me detuviera, ya que de lo contrario hubiera seguido con mucho gusto.

-No doy más... –me dijo jadeando-. Ya me duele la concha.

-¿Vos le contaste a Rodrigo que me gusta que me den por el culo? –le pregunté mirándola desde abajo.

-¿Hice mal?

-No, para nada... es que me causó curiosidad que me la metiera sin preguntar... me pareció que se estaba arriesgando mucho, pero si vos se lo habías contado... tiene sentido.

-A él le gusta mucho el sexo anal... ya te imaginarás por qué.

-Sí, me imagino... supongo que esa última parte para él fue como tener sexo con un hombre.

-Más o menos, supongo que se habrá sentido muy parecido... ¿te sentís más gay?

Me puse de pie y nos reímos, luego nos dimos un corto beso en la boca, ella aprovechó para acariciar mis nalgas con gran suavidad.

-Date vuelta –me pidió.

Obedecí y le di la espalda, ella me indicó que me agachara un poco; coloqué las manos contra la pared opuesta a la ducha y enseguida supe de qué se trataba todo eso. Edith se puso de rodillas detrás de mí, abrió mi cola y comenzó a chupármela toda. Yo, que aún seguía excitada, le pedí que lo hiciera con más fuerza, en realidad no necesitaba pedírselo ya que su lengua se movía por mi colita con mucha rapidez; pero necesitaba hacerle saber lo mucho que me agradaba lo que hacía. Luego de unos segundos ella se puso de pie, siempre en el mismo sitio y sus dedos me hicieron cosquillas en el ano.

-¿Los querés? –me preguntó con sensualidad.

-Sí... –respondí con la voz ahogada en un gemido-, los quiero.

-¿Cómo? No te escucho.

-Sí me escuchaste –volteé levemente mi cabeza para mirarla-, metelos de una vez.

Ella me dedicó una sonrisa, se chupó los dedos y me incliné un poco más, para recibirlos. Me sorprendió la facilidad con la que entró el primer dedo, pero no por eso fue menos placentero. Solté un agudo gemido que fue completamente natural. Aparentemente mi culo ya se estaba acostumbrado a recibir ese tipo de trato, y cada vez lo disfrutaba más. Ya no había dolor, sólo placer. El segundo dedo me dilató aún más y luego de pocos segundos Edith pudo moverlos con libertad, metiéndolos y sacándolos una y otra vez. Comencé a masturbarme, pasando un solo dedo por mi clítoris, ella fue acelerando el ritmo y mi bajo vientre comenzó a sufrir pequeños espasmos, los cuales acompañé con enérgicos gemidos. Edith aceleró tanto el movimiento de los dedos que ya podía afirmar que estaba teniendo sexo anal duro, me puse como loca, me masturbé con más ganas y mi voz llenó el cuarto de baño. Le pedí varias veces que no se detuviera, aunque sabía perfectamente que no lo iba a hacer. Ella me castigaba con fuerza, me sorprendía que una chica tan pequeña pudiera mover su mano con tanta energía. Aplasté mi mejilla derecha contra la pared y solté los últimos gemidos, pero los más exquisitos, que acompañaban al éxtasis. Los orgasmos que más disfrutaba eran aquellos que venían del placer anal, no entendía exactamente por qué, pero el placer dentro de mi cuerpo se multiplicaba cada vez que mi colita recibía un buen trato.

Luego del intenso orgasmo, terminamos de bañarnos mientras charlábamos, ninguna de las dos podía dejar de sonreír, nos sentíamos a pleno.

-¿Qué era ese favor que ibas a pedirle a Rodrigo?

-No importa ahora, mejor esperemos hasta mañana –suponía que no habría problemas en esperar unas horas más-. No quiero arruinar este día.

-¿Te gustó lo que ocurrió?

-Sí, mucho... fue lo más extraño que hice en mi vida; pero también fue uno de los momentos más excitantes.

-Me alegra mucho saberlo... así era cómo lo imaginé...

-¿Lo imaginaste?

-Sí... quería que lo hiciéramos con Rodrigo... sabía que te iba a gustar.

-Si me lo hubieras propuesto, te hubiera dicho que no.

-Lo sé, por eso sabía que lo mejor era que se diera naturalmente, y hoy llegaste a darme la gran oportunidad...

-Agradezco que lo hayas hecho... te noto un poquito rara, pero eso tampoco quiero hablarlo ahora; en este momento no puedo hacer otra cosa que agradecerte lo que pasó –le di otro beso en la boca y luego salimos juntas del baño.

El resto del día lo dediqué a trabajar un poco en el papeleo de la oficina y a charlar con Edith de temas triviales, seguía pensando en su repentino cambio de actitud, el cual me dejaba un poco intranquila; pero mantuve mi promesa de no arruinar el día.

Esa misma noche me masturbé durante más de una hora con dos de mis juguetitos sexuales favoritos. Introduje uno en mi vagina y el otro en mi cola, recordando todo lo que había ocurrido en esa cama junto a Edith y a Rodrigo. Tuve varios orgasmos muy ricos que me dejaron fulminada y me dormí.

 

*****

Al día siguiente hablé con Rodrigo, Edith aún seguía con él así que le pedí su opinión; Miguel también estuvo presente mientras expuse mi sencillo plan para limpiar mi nombre. Los tres me aconsejaron un poco, pero en general mantuve todo tal y como lo había pensado. Les agradecí enormemente por su apoyo, tan solo con saber que ellos estarían a mi lado mientras llevábamos el plan a cabo, me reconfortaba.

Había llegado la hora de poner en marcha, esta vez de forma definitiva, la siguiente fase de mi plan, la cual consistía en convencer a Anabella de participar, al menos de forma pasiva. Estuve a punto de llamarla por teléfono y rogarle que se hiciera de cuerpo presente en las oficinas de Rodrigo pero él mismo me sugirió que sería mejor buscarla, además le daría tiempo para “desayunar” o lo que fuera que quería ingerir a esa hora de la mañana, casi medio día. Me prestó tu auto a pesar de que yo me negué a usarlo; sin embargo él insistió argumentando que ese era el mismo vehículo que utilizaría para viajar a Buenos Aires y que debía acostumbrarme a él y corroborar que todo funcionara correctamente; teniendo en cuenta los antecedentes de Rodrigo decidí cerciorarme yo misma de que el auto estuviera en condiciones, él era capaz de entregármelo sin radiador y ni siquiera saber por qué no lo tenía. Realmente me sorprendí mucho al verlo, esperaba ver un vehículo moderadamente bueno; pero el ver un Audi, modelo A3, superaba mis expectativas. Era un auto hermoso, completamente blanco y resultaba evidente que había sido lavado recientemente.

Cuando llegué a la Universidad no pude divisar un espacio libre para estacionar. La entrada de la Universidad estaba repleta de alumnos y empleados que entraban y salían o simplemente deambulaban por allí, supuse que algún curso había terminado recientemente y que la mayoría de estas personas estaban a punto de irse a su casa. Tantos ojos curiosos podían poner en riesgo mi plan así que, casi sin disminuir la velocidad, continué hasta girar en la esquina. Necesitaba llevarme a la monjita sin que nadie nos viera, no quería que alguien le vaya con el chisme a Sandoval y le advirtiera; él tenía que creer que Anabella seguía dentro del convento.

Estacioné en una de las esquinas de la parte posterior del complejo universitario, allí estaba prácticamente vacío; sólo pude ver un par de vecinos que regresaban de hacer sus compras. Sin bajar del auto llamé a Samantha, tuve que repetir la acción dos veces hasta que me contestó.

-Hola Lucre. Perdón, no pude atenderte antes, estaba ocupada.

-No te preocupes, linda. Necesito otro gran favor de tu parte, te pido disculpas por molestarte tanto, pero...

-Podés pedirme lo que quieras, Lucrecia, ya te lo dije, vos sos mi amiga. Junto con Lara son las únicas amigas que veo últimamente.

-Muchas gracias. ¿Qué pasó con tus viejas amigas?

-Larga historia. Para resumirla puedo decir que al final no eran tan buenas amigas como yo pensaba; pero ahora no es momento de hablar de esto. Decime ¿qué tengo que hacer?

-Tenés que secuestrar a Sor Anabella.

-¡¿Qué?!

-Bueno, en realidad ese sería nuestro último recurso, también podés intentar convencerla de que te acompañe por voluntad propia.

-Un día de estos te voy a matar, Lucre.

-Lara decía siempre lo mismo, podrían ponerse de acuerdo y perpetrar el crimen juntas.

-Lara es peor que vos. No sé qué me conviene, si asociarme con ella para matarte a vos, o asociarme con vos para matarla a ella –lo gracioso en Samantha es que todo lo decía hablando en voz baja y amorosa, sonaba realmente frustrada por no encontrar una solución a su dilema; a pesar de estar bromeando.

-Te va a resultar más fácil contratar un sicario.

-¿Y después digo que se mataron la una a la otra? –su pregunta sonó auténtica, como si realmente hubiera considerado contratar al asesino a sueldo.

-No es mala idea, pero no te olvides de que una es judía y la otra católica; podés empezar otra guerra santa. Pero antes de que me mates, ayudame con la monja.

-Prometeme que no me vas a involucrar en nada ilegal.

-¿Me creés capaz de hacer algo ilegal?

-A vos te creo capaz de cualquier cosa, Lucrecia.

-Te agradezco la confianza. No te preocupes, Sami, sólo necesito que ella me acompañe; pero no quiero que Luciano Sandoval la vea irse conmigo.

-Está bien, si se trata de ese tipo, te ayudo. Te juro que lo detesto por las cosas que te hace.

-Si todo sale bien, no las va a hacer más.

-¿Y si sale mal? –guardé silencio por unos segundos.

-No había pensado en eso. Pero no te preocupes, mi plan es bueno.

-¿Cómo lo sabés?

-Porque es sumamente sencillo. Eso me explicaron mientras estudiaba, los planes empresariales deben ser sencillos y fáciles de realizar, eso reduce enormemente el riesgo de fallar. Obvio que también hay que arriesgarse... pero ese es otro tema. Va a salir todo bien, no te preocupes.

-Está bien, voy a confiar en vos. ¿Dónde puedo encontrar a Anabella?

Le expliqué con referencias que ella conocería cómo llegar hasta el cuarto de Anabella y le dije que esperaría a la monja detrás de la Universidad, luego salí del auto para esperarla.

Anabella llegó sola. Como de costumbre llevaba puestos sus hábitos negros. A veces me sorprendía lo mucho que esa ropa ocultaba las curvas de su cuerpo, cada vez que vestía los hábitos ganaba unos cuantos kilos de más y también se le sumaban, al menos, cinco años. Parecía insegura, estiraba el cuello como un perro de las praderas a cada paso que daba, como si estuviera buscando a un depredador. Levanté una mano para facilitarle la tarea, en cuanto me vio aceleró la marcha, me causaba gracia verla caminar rápido, no parecía algo propio de una monja.

-Hola –la saludé con una amplia sonrisa- te extrañé.

-Yo también te extrañé –me dio un suave beso en la mejilla, apenas pude sentir el roce de sus labios; estaban secos pero de todas formas me parecieron muy cálidos.

-No me mientas Anita.

-No me digas Anita, y no te miento; de verdad te extrañé. Hace rato que no nos vemos, ni siquiera me llamaste por teléfono.

-Estaba enojada con vos, por ponerte de parte de Luciano... y vos tampoco me llamaste a mí.

-No me puse de parte de nadie, sólo intenté ser justa. Me molestaron muchos tus berrinches de nena chiquita –su rostro se puso severo; estuve a punto de defender mi honor, pero me di cuenta de que eso sólo empeoraría las cosas.

-Te pido perdón por eso, me dejé llevar por mis emociones.

-Por alguna razón, eso no me sorprende. ¿Por qué me mandaste a buscar con tu amiga, acaso te da vergüenza que te vean conmigo?

-A la que le da vergüenza que nos vean juntas es a vos ¿te olvidaste de la vez que me dijiste que era mejor que no me vean ir tan seguido a tu dormitorio?

-Puede ser, pero hace mucho que no vas. Si te veían una vez, no iba a haber tanto problema. Acá pasa algo raro.

-Nada raro, te extrañaba y tenía ganas de verte.

-¿Nada más?

-También quería mostrarte mi auto nuevo –señalé el Audi blanco con el pulgar.

-Es muy hermoso –dijo sin mucho interés; a veces me molestaba que fuera tan fría.

-También es bastante cómodo, tendrías que verlo desde adentro, al manejar te da la sensación de ir volando por la...

-Lucrecia, vos no me trajiste hasta acá para publicitarme un auto. ¿Qué está pasando?

-Odio que seas tan persuasiva –eso la hizo sonreír, la primera sonrisa que le veía en el rostro desde que llegó-. Ahora no te puedo contar cuál es el motivo de mi visita, pero ya vas a entender. ¿Confiás en mí?

-¿A vos qué te parece?

-Que no.

-Lucrecia, que yo me enoje tantas veces con vos es más culpa tuya que mía; sin embargo eso no significa que deje de quererte y de confiar en vos –se me formó un nudo en la garganta al escuchar esas palabras.

-Te lo agradezco mucho, Anita.

-Dale con lo de Anita...

-De alguna forma te tengo que llamar cariñosamente. No es mi culpa que no te guste.

-No es que no me guste, es que de esa forma me decía mi papá –estaba por abrir la puerta del pasajero y me detuve en seco.

-Perdón, no lo sabía.

-Bueno, ahora lo sabés.

-Está bien, no te digo más de esa forma, sólo quería tener una forma cariñosa de decir tu nombre –le hice señas para que entrara al auto, ella dudó durante un segundo pero luego subió sin decir nada- ¿no tenés ningún otro apodo? –Le pregunté una vez que estuve sentada en el asiento del conductor-. No sé... algo como Paca, Lola, Tita, Chita.

-¿Te parezco una mona?

-Bueno, Chita no, pero algo... –puse el auto en marcha.

-Cuando era adolescente tenía un sobrenombre.

-¿De verdad, cuál era?

-Bubis –al decirlo se puso roja como la túnica de un Cardenal-, me lo pusieron mis compañeros de colegio, porque mis pechos se desarrollaron muy rápido.

-Bubis –sonreí-, me encanta. Te queda muy bien, todavía tenés unas tetas enormes.

-¡Lucrecia, la boca!

-Bueno, perdón. Unas tetas de gran tamaño –ella se tentó y comenzó a reírse cubriéndose los ojos con una mano-. De ahora en adelante te voy a decir Bubis.

-Si vos empezás a llamarme Bubis, yo empiezo a decirte Redenta.

-Está bien, Sor Anabella, no se enoje. Se le va a llenar la cara de arrugas.

Pocos minutos más tarde ingresamos a la discoteca. Anabella se sintió incómoda de inmediato, aunque el local estuviera vacío. Tuve que tranquilizarla diciéndole que nuestro asunto no tenía nada que ver con el establecimiento y que la había traído sólo porque yo trabajaba allí y necesitaba que Rodrigo me hiciera un favor. Cuando ingresamos a la oficina del aludido, lo encontramos sentado detrás de un escritorio atiborrado de papeles, tomando jugo exprimido de frutas con un sorbete. A pesar de ser homosexual, sus gestos solían ser muy masculinos, pero al verlo dar pequeños chupones a la punta de ese sorbete, podía ver su lado femenino. A la izquierda del escritorio había dos personas más, sentadas en una silla. Miguel y Edith. Anabella saludó con una sonrisa cordial a la chica al reconocerla, luego le presenté a los otros dos.

-Un gusto conocerla, Anabella –dijo Rodrigo y luego me miró-. ¿Así que ella es tu novia?

Seguramente mi rostro se puso de mil colores, al igual que el de la monja. No podía creer que Rodrigo fuera tan descarado como para decir una cosa así en frente de Anabella, quería insultarlo, patearlo, ahorcarlo con el cable del teléfono, romperle el vaso de jugo por la cabeza... pero antes de que pudiera hacer cualquiera de estas cosas, él añadió:

-Era un chiste, no se pongan así... lo dije porque entraron tomadas de la mano, como si fueran novias.

Al unísono Anabella y yo miramos hacia abajo, nos encontramos con la gran sorpresa de que nuestras manos estaban entrelazadas, realmente parecíamos una pareja paseando por la calle. Aquellos colores que no se habían apoderado de nuestras mejillas antes, lo hicieron cuando volvimos a levantar la mirada y nuestros ojos se cruzaron. Recordaba vagamente haber tomado de la mano a la monja para obligarla a que me siguiera, ya que ella se había quedado petrificada al ingresar a la discoteca, el problema era que tanto ella como yo habíamos olvidado soltar nuestras manos. Nos desprendimos delicadamente, ambas intentamos disimular la situación, ella estaba roja y yo debía estar igual.

-No tenemos tiempo que perder –le dije a Rodrigo cambiando rápidamente de tema.

Miré de reojo a Miguel y a Edith y ellos se codeaban el uno al otro riéndose de nosotras “Nota mental: Asesinar a los tres de la forma más vergonzosa posible”.

-¿Qué es exactamente lo que querías mostrarme, Lucrecia?

-No sólo mostrarte, sino demostrarte. ¿Te acordás que te mencioné un problema que yo tengo con Luciano Sandoval, que viene incluso desde antes de conocerlo personalmente?

-Sí, me acuerdo... y no sé qué pretendés al acusarlo de...

-Eso ya lo vas a ver. Quiero guardes mucho silencio y que escuches atentamente. Rodrigo, podés marcar el número que te di.

-A eso voy –dijo el rubio mientras apretaba los botones del teléfono.

Al principio fue una llamada burocrática común y corriente, dijo que era el dueño de una discoteca, le pidieron algunos datos para corroborar esto y luego pidió información sobre una ex alumna de la universidad que había presentado un currículum en su empresa. Anabella me miraba intrigada, pero yo suponía que ella ya imaginaba a dónde llegaría todo esto. En cuanto Rodrigo dijo mi nombre, lo comunicaron con otra persona. Esta vez puso el altavoz para que todos podamos escuchar.

-Buenos días, mi nombre es Luciano Sandoval ¿en qué puedo ayudarlo? –dijo la voz grave al otro lado del auricular.

-Hola, buen día, soy Rodrigo Pilaressi –anunció educadamente-. Necesitaba corroborar cierta información sobre una ex estudiante de esa universidad, que solicitó empleo en mi empresa. La chica se llama...

-Zimmermann, Lucrecia –lo interrumpió Luciano; Anabella me miró nerviosa, con la boca abierta.

-Sí, ¿cómo sabe?

-Me avisaron por el interno, antes de tomar su llamada.

-Ah, está bien. Entonces ¿puede ayudarme a...?

-Mire señor Pilaressi. Le voy a ahorrar tiempo porque seguramente usted es un hombre tan ocupado como yo, no sería bueno para su empresa tener a una empleada como la señorita Zimmermann. Ella es ex alumna de esta universidad por una muy buena razón.

-Me deja consternado. ¿Qué sucedió con ella?

-Hubo varias alumnas que la acusaron de abuso sexual –los ojos de Anabella se abrieron al máximo, yo no me sorprendí, esperaba algo como eso-. Al parecer la chica tiene inclinación por las personas de su mismo sexo... y cuando esas personas no están dispuestas a hacer lo que ella solicita, emplea la fuerza o diversos engaños para abusar de ellas.

-Eso es horrible –dijo Rodrigo simulando estar indignado-. ¿Presentaron una denuncia en su contra?

-Lo intentamos, pero no pudimos. Lucrecia Zimmermann proviene de una familia de alto poder adquisitivo, es una niña mimada, sus padres hicieron todo lo posible para que la universidad no la denunciara; sin embargo yo no puedo permitir que la verdad se oculte. Lo que le estoy diciendo es extraoficial y queda entre usted y yo, espero...

-Luciano –la monja se acercó al teléfono y habló con tanta calma que me atemorizó; Sandoval interrumpió su monólogo al instante-. ¿Sabés quién te habla?

Había hecho todo lo que estaba en mis manos, ahora la responsabilidad caía sobre Anabella.

-No lo sé... –dijo él intranquilo.

-Soy Anabella.

-¿Anabella? ¿Qué hacés...?

-No importa qué hago acá, Luciano –ella seguía hablando sin alterar el tono de su voz, era realmente espeluznante-. Todo eso que dijiste es una vil mentira, una mentira horrible, espantosa... indigna de un caballero. Sabés perfectamente los motivos por los cuales expulsaron a Lucrecia de la universidad y también sabrás que ella no tiene un buen trato con sus padres.

-Yo sólo digo lo que sé...

-No, Luciano. No es así. Vos mismo me dijiste, mirándome a los ojos, que creías que habían cometido una injusticia al expulsar a Lucrecia. Eso me lleva a entender que sos un gran hipócrita y mentiroso. Estoy muy, pero muy indignada con vos. Sabés el gran aprecio que tengo por Lucrecia y me duele en el alma que digas estas cosas sobre ella. Con razón no encuentra trabajo... ya me resultaba extraño, con lo aplicada e inteligente que es...

-Es una tortillera...

-Lesbiana, Luciano, se dice lesbiana. ¿Y qué problema hay con que lo sea? Ese es su único pecado... y no todos los que vos le estás adjudicando. Quiero hablar con vos, personalmente.

-Yo...

-No hay vueltas en esto, si te queda algo de hombría, me vas a tener que escuchar, cara a cara.

-¿Cuándo?

-Ahora mismo. En cuanto vuelva a la universidad. Te espero en el hall de entrada... y me vas a escuchar.

Dentro de la oficina de Rodrigo reinó un denso silencio en cuanto se cortó la llamada, nadie quería decir nada, ni siquiera yo me atrevía a hablar.

-Es un hijo de puta –dijo Edith por fin-. Tengo ganas de cagarlo a trompadas.

-No te preocupes, Edith –la tranquilizó Anabella-, ya voy a hablar yo con él. A veces las palabras pueden lastimar más que los puños, y eso es lo que hizo él con sus palabras. ¿Vamos, Lucrecia? –asentí con la cabeza.

*****

Mientras manejaba de regreso hacia la Universidad miraba de reojo a Anabella, increíblemente ella mantenía un semblante estoico; parecía una bella estatua de mármol, fría, distante, inalterable. No me atreví a decir nada ya que supuse que estaría pensando en todas las cosas que le diría al desgraciado de Luciano Sandoval en cuanto lo tuviera frente a frente; yo también tenía unos cuantos insultos preparados para la ocasión, ese infeliz me había hecho la vida imposible, a veces me sorprendía cómo la gente podría llegar a obrar de esta forma y me preguntaba cuáles serían los motivos que los impulsaban.

Detuve el auto justo frente a la entrada de la Universidad, miré las grandes iniciales moldeadas en cemento que decoraban la fachada y, para mi sorpresa, detrás de ellas pude ver a Luciano. Esto me atemorizó, pensé que él podría tener algún As bajo la manga... o tal vez sólo estaba dispuesto a aceptar su castigo, como un hombre; lo cual no cuadraba del todo con su comportamiento, ya que había obrado de una forma muy cobarde al engañar a Anabella de esa forma. La monjita se apeó del vehículo y caminó directamente hacia él. Tuve que bajar rápido y acelerar mi paso para alcanzarla. Luciano no nos saludó, al ver que nos acercábamos se alejó considerablemente de la puerta de entrada, supuse que buscaba un rincón apartado para que pudiéramos hablar sin que nadie nos oiga.

-Antes que nada, quiero pedirte disculpas por...

-Antes que nada, me vas a escuchar –lo interrumpió Anabella bruscamente, nunca la había visto tan fría, nadie podría decir si estaba feliz o enfadada, su rostro no expresaba sentimiento alguno-. Estuve evaluando todo lo que ocurrió y llegué a la conclusión de que tengo que estar agradecida con vos –giré mi cabeza lentamente hacia ella y la miré con mis ojos desorbitados, ¿Agradecerle por qué?-; durante estas últimas semanas debatí entre muchas posibilidades, cuando te conocí llegué a pensar que, tal vez, la vida religiosa no era para mí; pensé que, al ser una mujer joven, podía rehacer mi vida al lado de alguien que me quisiera de verdad y a quien yo pueda querer sin culpas –Luciano también parecía sorprendido por las palabras de la monja y escuchaba en silencio absoluto-. Estaba metida en un dilema muy complicado, ésta es la única vida que conozco y todo lo que tengo se lo debo a Dios; sin embargo creía que el mundo “exterior” guardaba algo mejor para mí y el conocerte me lo hizo creer con mayor firmeza. A veces las personas pueden portar máscaras; pero gracias a Dios, y a Lucrecia, conocí tu verdadera cara y eso me facilitó enormemente la decisión, ahora sé que mi vida es esta. El convento tal vez no sea el sitio más divertido del mundo; pero aquí me puedo sentir segura y espero no volver a cruzarme nunca más con una persona que tenga los mismos problemas mentales que vos, Luciano; sin embargo te agradezco por haberme mostrado la realidad humana, necesitaba eso para poner los pies en la tierra y saber que en el cielo sólo está Dios. Ahora sólo me resta decirte que me haría muy bien no volver a ver tu cara nunca más, ya no te encuentro ninguna utilidad dentro de mi vida. Hasta luego y que Dios te dé todo lo que te merecés.

Me quedé anonadada, sólo pude ver cómo Anabella se alejaba de nosotros con su característico paso “cristiano”, que tanto se parece al de los pajaritos. Volteé la vista hacia Luciano y debajo de sus pobladas cejas vi un par de ojos vidriosos y húmedos, como si en cualquier momento fuera a estallar en llanto.

-Acabás de romperle el corazón a la persona más buena que conocí en mi vida –al escucharme me miró confundido, como si no recordara que yo estuviera allí-, que te hayas metido conmigo ya poco me importa; pero que hayas lastimado a Anabella no te lo voy a perdonar nunca en la vida. Bien lo dijo ella, sos una persona con muchos problemas mentales. ¿Por qué tenemos que ser nosotras las perjudicadas? ¿Qué fue lo que te hicimos? ¿Con quién te obsesionaste primero, conmigo o con ella?

-¿Vos pensás que en algún momento me enamoré de alguna de ustedes dos? –Frunció sus gruesas cejas y me miró con rencor-. Es cierto que todo lo que hice fue por amor; pero no hacia vos o hacia Anabella. Ella no era más que el medio para llegar a un fin, vos eras el fin.

-Cada vez te entiendo menos, flaco. Estás totalmente loco. Deberías hacerte tratar, lo tuyo no es normal. ¿Amor decías? ¿Amor por quién? ¿Por vos mismo? No veo que puedas amar a otra persona.

-Cintia.

-¿Quién? –pregunté de forma automática; sin embargo existía una sola Cintia ante la cual yo podría reaccionar. Repentinamente recordé a aquella chica homofóbica y, contradictoriamente, lesbiana que tantos problemas me causó a mí y a mis amigas tan sólo unos meses atrás. También recordé la forma en la que la expusimos ante todas mis amigas, al seducirla en el vestuario de la Universidad. No habíamos vuelto a verla ni a saber de ella desde ese día.

-Veo que ya te acordaste –me dijo, aparentemente mi rostro denotaba sorpresa-. Yo soy el novio de Cintia y me contó cómo la agredieron y humillaron; también me dijo que todo fue idea tuya. Sos una mala persona Lucrecia, eso no se le hace a una amiga.

-¿Amiga? A duras penas era mi amiga. No la soportaba y dudo que alguien lo haga.

-Aunque te cueste creerlo, yo la amo mucho, es cierto que a veces puede tener un carácter un poco fuerte; pero eso no significa que no se haga querer; pero claro, vos no la soportás. ¿Por eso abusaste de ella en el vestuario y la humillaste? Pudimos haberte denunciado a la policía, pero Cintia estaba tan asustada y se sentía tan triste por la forma en la que la trataron sus “amigas” que no quiso hacer nada al respecto; pero yo le juré que vos no saldrías impune.

-¿Abusar? ¿Eso te dijo?

-Sí, vos y tus amiguitas tortilleras abusaron de ella...

-Aparentemente tu novia es tan mentirosa como vos –estaba furiosa, la sangre me hervía y si hubiera tenido a esa cretina de Cintia frente a mis ojos, la hubiera golpeado tan fuerte que la hubiera dejado bonita-. ¿Te contó ella cómo hizo circular un video íntimo de mí con mi pareja? –Sólo se quedó mirándome con su cara de mono estúpido- ¿O te contó la forma en que humilló a Tatiana la vez que se acostó con ella? –Esta vez sí reaccionó, arqueando sus espesas cejas-. Así es, Cintia es tan “tortillera” como yo; con la gran diferencia de que ella se niega a admitirlo. Nunca la forcé en el vestuario, fue ella solita la que decidió meterse entre mis piernas; la idea no era llegar tan lejos, sólo queríamos que ella sintiera un poquito de toda la humillación que nos hizo sentir. No es algo de lo que me enorgullezca, sé que actué mal; pero ella es una mala persona y se lo merecía.

-Ella no es lesbiana, yo soy su novio y...

-¿Y qué? Sos la tapadera perfecta. ¿Sabés cuántas personas que dudan de su sexualidad tienen parejas del sexo opuesto? ¿Alguna vez le preguntaste a ella si realmente era feliz con vos? Permitime meterme un poquito en tu intimidad; cuando tienen relaciones sexuales ¿ella es apasionada o distante? 

-Eso no tiene nada que ver... ella tiene una personalidad muy particular.

-Distante entonces. ¿Alguna vez te contó de Tatiana?

-Muchas veces; pero sólo me dijo que esa chica es una...

-Dejame adivinar ¿te dijo que es una mentirosa, una mala persona, una traidora, una embustera?

-Sí... traidora y embustera, así la ha llamado –conseguí hacerlo dudar y bajar su guardia.

-Eso tiene una explicación muy lógica, la persona que ella te muestra como Tatiana, es ella misma. Ella sabe que actuó mal y que traicionó la amistad que tenía con ella, me arriesgaría a decir que Cintia está enamorada de Tatiana; pero para no sentirse tan mal consigo misma, prefiere que la mala de la película sea la pobre Tatiana. Deberías conocerla, es una persona sumamente dulce y trabajadora. Su único error fue intentar expresar su amor por Cintia y ella se lo pagó echándola de la casa como si fuera una delincuente... todo después de haberse acostado con ella. Por la cara de boludo que tenés, asumo que nunca te contó nada de eso. Averiguá un poquito, preguntale... no te olvides de lo que te dijo Anabella, a veces las personas pueden portar máscaras y Cintia tiene una inmensa, porque se niega a admitir que es lesbiana.

-Todo eso es mentira –dijo frunciendo el ceño una vez más.

-Pensá lo que quieras, yo solamente te mostré la verdad; si vos te negás a verla, es tu problema. Que irónico, vos estabas manipulando a Anabella para saber cosas de mí y para hacerme sufrir y nunca te diste cuenta que el manipulado sos vos. ¿Por qué te creés que ella te pintó un cuadro tan trágico? Seguramente sabe de tus obsesiones y locuras, ya que ella también las tiene, y sabía que ibas a hacer algo para joderme la vida. Ahora te digo una sola cosa, no te metas nunca más conmigo porque esta vez salís caminando tranquilamente; la próxima vez que me lastimes a mí o a cualquier persona que quiero, te voy a arruinar la vida y no es una amenaza, tomalo como un hecho. Jodeme y te jodés. Así de simple. 

Me alejé de él con paso furioso, no me dirigí hacia la salida sino que encaminé directamente hacia los aposentos de Anabella, seguramente ella necesitaría un fuerte abrazo y yo estaba dispuesta a dejar de lado un rato mi condición de “enamorada” y brindarle un abrazo fraternal y sincero.

*****

Golpeé la pesada puerta de madera dos veces; pero no recibí respuesta, temía que ella estuviera llorando y se negara a abrirme. Al tercer intento, además de golpear usé mi voz, le dije que era yo y que necesitaba hablar con ella; pero sólo me respondió el silencio. Pensé rápido, si ella no estaba dentro de su dormitorio, existían pocos lugares donde podría encontrarla, especialmente si su intención era estar sola. Busqué ese pequeño patio que ella amaba tanto, no recordaba exactamente cómo llegar a él ya que yo lo había encontrado por pura casualidad y el establecimiento era muy grande. Comencé a desesperarme cuando me di cuenta de que estaba pasando una y otra vez por los mismos pasillos sin llegar al sitio que yo buscaba; pero de pronto vi aparecer un velo de monja en una ventana, allí estaba el bendito patio.

Anabella estaba cabizbaja, estrujaba nerviosa sus dedos y lloraba en silencio. Me partió el alma verla en ese estado, parecía que la monjita hubiera retrocedido hasta su infancia en cuestión de pocos minutos, se la veía como una niña indefensa y asustada. Tuve que esforzarme para no largarme a llorar. Caminé lentamente hacia ella, no quería sobresaltarla, cuando mi sombra apareció bajo sus pies, levantó la cabeza y me miró asustada. Sus pestañas estaban mojadas y pegadas entre sí, sus ojos enrojecidos y las mejillas empapadas por las lágrimas; sin embargo seguía siendo hermosa.

-¿Ya estás contenta? –me preguntó sollozando.

-¿Contenta por qué? –tuve miedo de acercarme más.

-Ya demostraste lo que me querías demostrar: sos el centro del mundo y todo tiene que ver con vos. Era cierto lo que decías, él se acercó a mí sólo para molestarte a vos. Debí suponerlo ya que en más de una ocasión me hizo preguntas sobre vos; pero yo me negaba a creerlo... porque en realidad nunca hablaba mal de vos. De verdad creí que me quería, me trataba con mucha dulzura y me hacía sentir como una mujer común y corriente; pero yo no puedo competir con vos Lucrecia. Vos siempre estás diez pasos adelante, lo que a mí me toma meses, a vos te toma días... horas... minutos. Vivo con miedo, sin saber exactamente a qué le tengo miedo. Después de lo que me pasó... con ese degenerado que me violó, los hombres pasaron a ser enemigos para mí, los veía como personas peligrosas, de las que debía alejarme. ¿Te imaginás lo que fue para mí conocer a alguien que me trate como Luciano? Siempre muy amable, muy comprensivo y cariñoso, nunca intentó ponerme una mano encima. Como una ingenua total estaba pensando en besarlo la próxima vez que nos viéramos, quería que él supiera lo que yo sentía; pero me olvidaba que también estás vos.

-Perdón... yo no...

-¿Perdón por qué? Vos no hiciste nada malo Lucrecia, solamente me mostraste la realidad. Como le dije a Luciano, tendría que estar agradecida con los dos –eso me provocó una fría puntada en el pecho, me dolía recibir el mismo discurso que recibió él-, ustedes fueron las pruebas que puso el Señor en mi camino, no creo haberlas superado; pero al menos no llegué más lejos. No sé qué locuras podría haber hecho si seguía adelante con mis estúpidas fantasías infantiles. Al menos ya aprendí que a mí nadie me va a amar. 

-Yo te amo, ya te lo dije –mis ojos también se llenaron de lágrimas.

-¿De verdad me amás, Lucrecia? Yo no lo veo de esa forma, las palabras que me decís, la forma en la que me tratás, tiene más que ver con vos que conmigo. Cuando te acercás a mí es como si sólo buscaras tu propia satisfacción y quisieras que yo actuara de la misma forma irresponsable que vos; pero ¿alguna vez te detuviste a pensar qué es lo que yo quiero? ¿Qué es lo que yo necesito? Sos buena persona, no te lo discuto; pero a veces podés ser muy egoísta y te olvidás de los demás.

-Me duele mucho que digas eso, siempre pienso en vos y busco ayudarte en todo lo que pueda. Lamento mucho que las cosas con Luciano hayan terminado de esta forma, no imaginé que lo querías tanto.

-Tal vez no lo quería tanto, tal vez sólo me acerqué a él porque era el único hombre que tenía a disposición. Todo eso del jueguito entre mujeres me va a volver loca. Te lo expliqué mil veces, no es lo que yo quiero; yo no soy así. No soy como vos.

-¿Lesbiana?

-Así es.

-¿Nunca te lo planteaste? Digo... después de todas las cosas que pasaron...

-Si te hace sentir mejor –se deslizó hacia un costado en el banco y dio un par de palmadas a su izquierda, invitándome a sentar-, te digo que sí lo dudé. Al menos me tomé el tiempo para evaluarlo. Pasaron muchas cosas intensas, cosas inesperadas –cuando estuve sentada a su lado me tomó de la mano, tuve que luchar contra el fuerte impulso de besarla-. También me pasaron cosas que ni siquiera te las conté, porque de inmediato ibas a asumir que a mí también me gustaban las mujeres.

-¿Qué tipo de cosas?

-No te las voy a contar, prefiero conservar parte de mi intimidad, si no te molesta.

-Está bien, respeto eso –me moría de curiosidad; pero no quería empeorar las cosas con ella. 

-Perdón si estoy siendo muy dura con vos, Lucrecia; pero es lo que siento y me parece que, si queremos conservar nuestra amistad, es mejor que te lo diga. Me pone sumamente nerviosa tenerte cerca, especialmente si estamos solas en un sitio cerrado porque no sé qué podés llegar a hacer, sos demasiado impredecible y a mí ese tipo de personas no me termina de agradar –tragué saliva mientras limpiaba las lágrimas de mi mejilla-. Me gustaría poder tener una amiga en la que pueda confiar, con la que pueda charlar sin miedo a que me salte encima y comience a toquetearme. No tengo amigas, tampoco amigos. Me siento muy sola y, después de lo que pasó con Luciano, lo que menos quiero es pensar en alguien como pareja, mi única pareja es Dios y nunca debí apartarme de Él.

-¿Otra vez me vas a pedir que me aleje? –dije con un nudo en la garganta.

-No, no quiero que te alejes, al contrario. Te quiero cerca de mí; pero como amiga y nada más, sé que a los amigos no se les puede exigir nada; sin embargo me haría muy feliz que me demostraras, de alguna forma, que soy importante para vos en un plano no-sexual. Quiero saber si realmente te importo como persona, de lo contrario ahí sí voy a tener que pedirte que te apartes. Ahora te comprendo mucho mejor –acarició el dorso de mi mano con suavidad-, gracias a Luciano lo entendí. Vos tenés una fantasía, una ilusión, conmigo; de la misma forma que yo la tenía con él. No es más que una ilusión, algo que se instaló en tu cabeza y que no podés dejar salir; así como yo no puedo concebir que la amistad que tenía con Luciano haya sido una mentira. Tal vez algún día puedas comprender lo que te estoy diciendo.

-Pero... –levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron- ¿y si fuera cierto?

-¿Qué cosa?

-Mi amor por vos. ¿Qué pasa si es real? No niego que pueda tratarse de una fantasía que me cree yo solita, lo pensé varias veces y lo voy a seguir analizando; pero ¿alguna vez pensaste qué pasaría si ese amor fuese sincero, honesto y real? ¿Me amarías vos si yo pudiera demostrártelo?

-No. Al menos no te amaría de la forma en la que vos querés que te ame. Te amaría como a una amiga, como una hermana, tal vez; pero no podría amarte como a una pareja.

-¿Es porque soy mujer?

-Por desgracia sí, es por eso.

-¿No hay ninguna otra razón? Dijiste que las personas impulsivas como yo no te agradaban, tal vez ni siquiera tendría oportunidad con vos si fuera hombre.

-Bueno, creo que fui un tanto drástica. No es que me moleste que seas impulsiva, a veces me causa gracia y me divierte –una sonrisa iluminó su rostro y pude sentir como se me estrujaba el corazón de ternura-. Nunca me divertí tanto con alguien como lo hice con vos, me sacaste de la rutina y me mostraste aspectos de la vida que creí que nunca conocería. Hay cosas en vos que me molestan, ya te las dije; pero nadie es perfecto, Dios nos hizo imperfectos para que aprendamos a querer a una persona a pesar de sus defectos. De lo contrario el amor sería muy sencillo y carecería de validez.

-Coincido totalmente con eso. Te pido disculpas por todo lo que ocurrió, Anabella. Creeme que nunca quise pretender que yo soy más importante que vos, no lo veo así, para mí el centro del mundo sos vos.

-Gracias por decir eso; sin embargo me duele mucho que las cosas se hayan dado de esta forma... y voy a necesitar un tiempo para asimilarlo.

-¿Qué tanto tiempo?

-No lo sé, como te dije antes, mis tiempos son mucho más lentos que los tuyos. Voy a necesitar algunos días, sola con Dios.

-Básicamente me estás pidiendo otra vez que no vuelva a hablarte.

-Es sólo por unos días, Lucrecia. No te pido más que eso.

-Bien... si son unos días, entonces está bien. Te los voy a conceder. Prometo no molestarte en tu meditación, espero que encuentres alguna respuesta... alguna respuesta lésbica podría venir bien –ella sonrió, por suerte entendió que lo dije como una broma.

Nos despedimos y me fui pensando en todas las cosas que me dijo, en parte ella tenía mucha razón, había obrado mal con ella. Dolía mucho admitirlo pero sí había pretendido que ella actuara como yo... y tal vez nunca me detuve a pensar que, para hacerla feliz, yo debería actuar como ella... es decir, apretar un poco el freno ante mis impulsos. Había obrado con buena voluntad, para que la verdad se sepa, y todo salió peor de lo que imaginaba, ya que había herido a Anabella. Ella pensaría que mi intención era darme importancia, demostrarle que Luciano en realidad me tenía a mí como objetivo y me dolía admitir que había un poco de cierto en ello, cometí una imprudencia y me olvidé de pensar en la susceptibilidad de la monja. No quería volverme esa clase de persona que sólo piensa en sí misma.

Accedí a darle esos días para que estuviera sola, porque imaginaba que yo también necesitaría tiempo para recapacitar, no sólo por lo que me pasaba con ella... sino también por lo que había ocurrido en la cama junto a Edith y Rodrigo.

Continuará...


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