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Fecha: 19-Jul-15 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Malditas Uvas (2) - Pidiendo ayuda a mis hijos

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 49 min. ]
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Carmen se ve obligada a recurrir a sus hijos para que la ayuden a extraer las uvas que quedaron atrapadas dentro de su vagina. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Nota: El primer capítulo de esta serie fue publicado con el nombre "Maltidas Uvas (1) - Introducción", en la categoría "Autosatisfacción". Recomiendo que lo lean antes de empezar con este, para entender mejor la trama.

 

Malditas Uvas.

 

2. Pidiendo Ayuda a mis Hijos.

 

 

Golpeé la puerta del dormitorio de Luisa, mi hija. Ella no respondió. Estaba desesperada, no podía quitar las uvas que, como una estúpida e inmadura, había introducido en mi vagina. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave; mi impaciencia se transformó en furia.

 

–¡Luisa, abrí! –volví a golpear.

 

–¿Qué querés? –me respondió ella empleando el mismo tono de voz que yo.

 

–Te estoy diciendo que abras la puert...

 

La puerta se abrió.

 

Mi hija me miró con el ceño fruncido, estaba prolijamente maquillada, su cabello formaba perfectos bucles y llevaba puesto un corto vestido de noche, color vino tinto.

 

–¿Qué hacés vestida así? –le pregunté.

 

–Me tengo que ir. Tengo una fiesta.

 

–No, pará... primero tenés que ayudarme con algo...

 

–¡Ah no, mamá! Otra vez no me cagás la noche –la miré boquiabierta–. Siempre es lo mismo con vos, cada vez que yo quiero hacer algo divertido con mis amigas vos empezás con que te duele algo... con que te sentís sola... con que nadie te quiere... y lo único que lográs es amargarme tanto que me quitás las ganas de salir... para quedarme dando pena con vos. ¡Ya me tenés harta! Si estás deprimida... ¡entonces buscate un macho que te atienda! A mí no me jodas. ¡Me voy!

 

Diciendo esto me dio un leve empujón y pasó a mi lado hecha una furia. Luisa siempre había tenido carácter fuerte, pero no acostumbraba a ser tan directa conmigo, sólo decía esas cosas cuando estaba realmente enfadada. Me avergoncé de mí misma mientras la miraba marcharse. ¿Esa era la imagen que tenía mi hija de mí? ¿Me creía una vieja depresiva y aguafiestas? De pronto invadió mi mente una seguidilla de recuerdos, sus acusaciones no estaban tan erradas, más de una vez me había sentido mal, recurrí a ella y ella canceló su salida, siempre creí que lo hacía por amor a mí; pero no se me ocurrió pensar que tal vez yo la estuviera manipulando para que no salga... ya que yo no tenía con quién salir. ¿Un macho que me atienda? Esas palabras dolían mucho... si yo tuviera un macho que me atienda seguramente no sería la vieja depresiva en la que me convertí.

 

Volví abatida a mi dormitorio, me sentía muy triste. Luisa tenía razón en todo lo que dijo... dolía mucho admitirlo, pero tenía razón. No quería ser una mala madre, solo... solo necesitaba a alguien que me hiciera compañía. Una lágrima se desprendió de mi ojo, pero la sequé inmediatamente con mi mano, si lloraba sólo empeoraría las cosas. Ahora no tenía quién me ayudara a quitar las uvas, sentí un horrible escalofrío de sólo imaginarme la cara que pondría el ginecólogo de turno cuando le contara lo que había hecho. ¿Y si esto quedaba dentro de mi parte médico y luego distintos médicos lo leían? También podría ocurrir que el ginecólogo tuviera alguna asistente y que luego de mi partida se pusieran a comentar lo ocurrido y se rieran de mí diciendo cosas como: “Esa vieja se cree pendeja”, “¿Cómo puede ser que a su edad siga haciéndose la paja y que se meta cosas por la vagina?”, “Lo peor de todo era el culo... ¿visto lo abierto que lo tenía?, seguramente se mete cosas por ahí también”. No podía tolerar semejante vergüenza.

 

–¿Qué pasó mamá? –Giré la cabeza y vi que mi hijo Fabián estaba parado en la puerta de mi cuarto con cara de preocupación–. Escuché que discutías con Luisa.

 

–No pasa nada, hijo. No te preocupes.

 

–Algo pasa, te veo muy mal. ¿Se pelearon porque vos no querías que ella salga a bailar?

 

–No, para nada... sólo le pedí que me ayudara con algo... ella malinterpretó las cosas, se enojó, me gritó de todo y se fue.

 

–¿Te gritó sólo por eso? ¡Qué pendeja de mierda! La voy a llamar y le voy a decir de todo.

 

Fabián era algunos años mayor que Luisa y siempre obraba como tal, su personalidad se diferenciaba mucho a la de ella. Él era muy práctico, muy maduro, sumamente centrado y tranquilo. No acostumbraba a salir mucho de la casa y por lo general nunca se metía en problemas.

 

–No, Fabián. No quiero que se peleen... además, ella tiene razón. Siempre le arruino las salidas.

 

–No es cierto, ella sale mucho a bailar, tiene dieciocho años, no puede pretender salir todos los fines de semana.

 

–De todas formas eso no viene al caso... esta vez sí necesitaba que me ayudara con algo... creo que me pasó como al pastorcito mentiroso; tanto gritar que venía el lobo... y cuando el lobo vino de verdad, nadie acudió a ayudarlo.

 

–¿Y qué lobo vino a amenazarte?

 

–No puedo contarte –bajé la cabeza, avergonzada.

 

Pasados unos segundos lo miré a los ojos, él parecía un hombre adulto, hasta su complexión física le aportaba años que no tenía, su mentón cuadrado, su piel morena y su ceño serio hacían que pareciera de treinta años, o más.

 

–¿Asunto de mujeres? –preguntó.

 

–Sí, exactamente eso... es un asunto muy femenino. Tu hermana era la única que podía ayudarme y ahora no sé qué hacer, no quiero ir al... –me quedé callada porque me di cuenta de que estaba hablando más de la cuenta.

 

–¿Ir a dónde?

 

–A ninguna parte –respondí.

 

–Mamá, no soy un nene idiota. Podés contarme lo que pasa.

 

Miré a Fabián fijamente. ¿Podría él ayudarme con mi problema? Era sumamente vergonzoso confesarle lo que había hecho y contarle cuál era el problema; sin embargo él sería reservado y nunca le contaría a nadie. Mi secreto moriría con él... y tal vez yo me moriría de la vergüenza. Intenté relajarme, respiré suavemente, mirando mis manos, las cuales reposaban sobre mis rodillas. Sería cuestión de un minuto, sólo necesitaba que alguien introduzca su mano, retire las uvas y problema resuelto... es decir, el problema físico quedaría resuelto, el psicológico comenzaría a partid de ese momento. Tendría que cargar con la imagen de mi hijo introduciendo los dedos en mi vagina y él tendría que cargar con la noción de que su madre se masturbaba... bueno, tal vez eso ya lo suponía y ni siquiera pensaba en el asunto, pero sabría que además de hacerme la paja, lo hacía de forma poco convencional.

 

Definitivamente no quería ir al ginecólogo y debía considerar que si lo hacía, tendría que pedirle a Fabián que me lleve, ya que yo no sabía manejar y él era quien se encargaba de utilizar el auto... podría pedirme un taxi, pero él insistiría, me quitaría la información de una u otra forma. No podía hacer otra cosa que contarle lo ocurrido y dejar que me ayude.

 

–Te voy a contar, pero tal vez no te agrade lo que vas a escuchar –le advertí–. Hace un rato estaba... –mordí mi labio inferior; me sentí extraña al pensar en esa palabra, pero quería ser lo más clara posible–, me estaba masturbando... y usé algunas de esas uvas –señalé con un gesto de la cabeza el plato de uvas que estaba sobre mi mesa de luz–. El problema es que se me quedaron adentro y no puedo sacarlas. Quería que tu hermana me ayude, pero se fue... por eso te quiero pedir a vos que me ayudes –lo miré, él tenía los ojos muy abiertos.

 

–Perdón mamá, pero no puedo ayudarte con eso –se había puesto sorpresivamente incómodo, era extraño en él porque solía ser un muchacho capaz de controlar sus emociones–. ¿Por qué mejor no vas a un médico?

 

–¿A esta hora... un sábado... por unas uvas de mierda? Me van a tener toda la puta noche esperando en la guardia, atendiendo a los que realmente necesitan ayuda. ¿No me vas a ayudar?

 

–No... perdón... pero no puedo.

 

–No podés o no querés? –Volví a enfadarme– ¿Para qué carajo una tiene hijos si cuando necesita ayuda éstos la ignoran? Te imaginaba más maduro, Fabián. Al fin y al cabo te estas comportando como un chiquillo. Está bien, no te preocupes, ya voy a encontrar algo con qué sacarlas.

 

–Te podés lastimar si usás cualquier cosa. La vagina es una zona sensible, si te cortás con algo por dentro podrías tener un gran problema.

 

–¿Si sos tan experto en conchas, por qué no me ayudás? –lo que más me molestaba de Fabián era su inoportuna forma de hablar, como si fuera una enciclopedia con todas las respuestas.

 

–Porque sos mi mamá...

 

–¿Y eso qué tiene? Te estoy pidiendo ayuda con un problema... nada más. Yo te vi las bolas durante muchos años... inclusive cuando ya tenías edad para que no te las vea...

 

Sabía que eso era un golpe bajo para él, indirectamente le recordé un suceso que había ocurrido hacía apenas un año y medio, en el que lo sorprendí en el baño, sentado en el inodoro, con la mano derecha en su verga, sacudiéndosela con la intención de masturbarse. Fue una situación incómoda para ambos, pero hicimos como si nada hubiera ocurrido.  

 

–Está bien... está bien. Te voy a ayudar –dijo con poca convicción.

 

–No, Fabián. Si no querés hacerlo, no te puedo obligar.

 

–¿Otra vez con lo mismo, mamá?

 

–¿A qué te referís?

 

–Es que siempre hacés lo mismo... exigís que haga algo y cuando accedo, empezás a decir que ya no tengo que hacerlo. No entiendo por qué.

 

–¿Pero qué le pasa hoy a mis hijos? –Me pregunté en voz alta–. ¿Hoy todos me van a psicoanalizar? Si querés ayudarme... bien... sino, también.

 

–Te voy a ayudar porque no quiero que te pase nada malo, si no podés sacar las uvas se te puede infectar.

 

–Sí, lo sé. Ya pensé en eso. Gracias por recordármelo, me deja muy tranquila –Fabián se acercó a mí, lo noté decidido–. Quiero que sepas que esto es muy vergonzoso para mí y esta situación me incomoda tanto como a vos.

 

–Está bien mamá, no te preocupes. Son cosas que pasan...

 

–¿Cosas que pasan? ¿A quién le pasan estas cosas? –Por la mueca que hizo con su boca supe que no quería responderme a esa pregunta–. No pienses eso de mí, Fabián. Por favor te lo pido. 

 

–No pensé nada malo.

 

–Sí que lo pensaste... esto le pasa a las pajeras ¿cierto?

 

–No pensé eso.

 

–¿Entonces en qué?

 

–Hace mucho tiempo que no estás con un hombre, al menos eso imagino, nos contás casi todo a Luisa y a mí... si hubieras salido con alguien, nos hubiéramos enterado.

 

–Así es.

 

–Y bueno... el cuerpo tiene necesidades que necesitan ser aplacadas, de lo contrario la tensión emocional podría crecer mucho –otra vez hablaba con ese tonito de “Wikipedia parlante”.

 

–No me vengas con sermones, Fabián. Me quiero morir.

 

–No es tan grave, mamá. Tiene solución. Mientras antes empecemos, antes vamos a terminar.

 

–Cortala con ese tonito de “Señor maduro”, me hacés desesperar. 

 

–¿Qué tonito?

 

–¡ESE tonito! ¡La puta madre! ¿No entendés que esto es muy difícil para mí? –estrujé la tela de mi bata con los dedos.

 

–Lo entiendo perfectamente, mamá. Por eso dije que estaba dispuesto a ayudarte. Perdón por haberme negado al principio, es que me puse un poco nervioso y no pensé con claridad –otra vez ese puto tonito, pero esta vez no le grité; quería terminar con todo lo antes posible e irme a dormir... si es que podía hacerlo.

 

–¡Bueno, basta! –Exclamé–. Ayudame y terminemos con esto. Si le contás algo a alguien lo que pasó hoy... te mato.

 

–Entiendo...

 

–No, no entendés. Te mato en serio –lo amenacé con mi dedo índice, pero él solamente sonrió–, y te entierro en el patio.

 

–Mamá, vos no agarraste nunca una pala en toda tu vida.

 

–Tampoco nunca me había metido uvas... ¡y ya ves!

 

–Bien, bien... bien. Capté el mensaje. ¿Cómo las sacamos? –preguntó acercándose.

 

—Yo ya probé todo lo que se me ocurrió. Pedirte ayuda es mi último recurso... ya te imaginarás qué tenés que hacer para sacarlas.

 

–Comprendo –¿por qué mierda estaba tan tranquilo? Le daría un buen cachetazo después de que me ayudara– ¿Te vas a acostar?

 

–Supongo... creo que sería la forma más fácil –le dije, intranquila.

 

Miré la cama, no quería hacerlo. Dios sabe que no quería que mi hijo me viera desnuda; pero era eso o ir al hospital, lo cual me avergonzaba aún más. Además ya le había contado, esa vergüenza no podría sacármela nunca más en la vida... ya estaba hecho. Me tendí en la cama y me acomodé en el centro de la misma, apoyé la cabeza en la almohada y una vez más los nervios se apoderaron de mí.

 

–No sé... no sé... –comencé a decir incoherentemente.

 

–Tranquila mamá. Lo vamos a poder solucionar rápido –me dijo Fabián sentándose a mi lado, agarrando firmemente una de mis manos.

 

Mordí mis labios hasta que me dolieron y junté todo el coraje que tenía. Abrí la bata de una sola vez, sentí que todo mi cuerpo se calentaba, por pura vergüenza, debía tener las mejillas rojas. Mi hijo podía ver mis pechos caídos, mi vientre con ondas, el cual ya no era ni remotamente parecido al de mi juventud, y mi pubis lleno de enmarañados pelitos negros.

 

–Está bien, ahora tenés que separar las piernas –el muy desgraciado me hablaba como si fuera un médico experimentado, me deban ganas de matarlo.

 

Abrí lentamente las piernas y flexioné las rodillas, como si estuviera a punto de parir... “Parir un viñedo”, pensé. No podía tranquilizarme con nada. Me sobresalté cuando sentí una de las cálidas y pesadas manos de Fabián contra mi muslo derecho.

 

–Tranquila –repetía incesablemente–, voy a intentar sacarlas. ¿Te acordás de cuántas eran?

 

–No sé... cuatro o cinco... o... diez ¡no sé! –estaba bloqueada.

 

–Bueno, voy por la primera –un leve cosquilleo me invadió en los labios de mi vagina.

 

–¡Ay no! –grité apartando rápidamente su mano.

 

–Mamá, si no te calmás un poco no voy a poder ayudarte.

 

–Es que...

 

–“Es que”, nada. Seguramente salen enseguida –una leve sonrisa apareció en sus labios.

 

–¿Y si no salen? –tenía la sensación de que todo mi cuerpo se entumecería, debido a lo tensionados que tenía los músculos.

 

–Vos no te preocupes por eso ahora, yo me encargo.

 

–Está bien... y Fabián...

 

–¿Qué?

 

–Cortala con el puto tonito –dije con los dientes apretados; clavé mis uñas en su muñeca, poniéndole esa parte de la piel blanca y luego ésta tomó color otra vez, cuando lo solté.

 

Me recosté, tragué saliva y aguardé. Mi corazón latía rápidamente y podía sentir el sudor en mi frente, como si estuviera afiebrada. Uno de los dedos de Fabián acarició suavemente mis labios vaginales. Estrujé la sábana con mis manos para evitar apartarlo otra vez. Las caricias continuaron, podía sentir la yema de su dedo moviéndose lentamente de arriba abajo, provocándome un incómodo cosquilleo. Estuve a punto de retarlo cuando me di cuenta por qué hacía eso. Mi vagina comenzó a humedecerse, él recolectó esos jugos con la punta del dedo y lo fue esparciendo por el exterior de mi vagina, intentaba lubricarme; tenía sentido... era vergonzoso, pero tenía sentido. Esperaba que eso sirviera para rescatar las uvas. Luego sentí que su dedo índice comenzaba a entrar lentamente.

 

–Despacito –le dije.

 

–Sí, vos quedate tranquila –siguió con ese puto tonito.

 

Él estaba muy concentrado mirando mi entrepierna, como si fuera un doctor. Tal vez debería haber estudiado algo parecido, sin embargo prefirió estudiar economía, vaya uno a saber por qué.

 

 

Su dedo avanzó, me sentí bastante incómoda, hacía mucho tiempo que una mano ajena no me tocaba esa zona. Él lo utilizó el dedo como un gancho dentro de mi cavidad, pero no logró capturar nada. Pude darme cuenta que apenas estaba hurgando en la entrada de mi vagina.

 

–No Fabián, vas a tener que ir más adentro.

 

–Está bien –ahora él también sonaba nervioso, estuve tentada a decirle “¿Viste que no era tan fácil?”, pero guardé silencio.

 

Mis nervios no ayudaban en mucho, hacían que mi sexo se contrajera; sin embargo él insistió y entró unos centímetros más, me moví un poco, ya que podía sentir cómo se me dilataba la vagina con su invasión. Me dolía un poco pero sabía que si me quejaba por eso sólo preocuparía más a Fabián... y a mí también. Estaba a punto de decirle que se detuviera, pero él mismo retrocedió, aliviándome por unos instantes, luego volvió a introducir su dedo, siempre lenta y cuidadosamente; como si realmente supiera lo que hacía.

 

–Mamá, respirá más lento, si estás tan alterada es peor.

 

–¿Y cómo querés que esté? –no me había dado cuenta de lo agitada que me estaba poniendo.

 

–Pasaste por dos partos, no creo que esto sea peor.

 

–Sí, pero el médico no era ningún hijo mío.

 

–Y tampoco estaba sacando uvas, lo cual creo que es más fácil. Intentá respirar con mayor pausa –lo miré a los ojos e intenté hacer lo que él me pedía–. Eso mismo, así. Me voy a ayudar con otro dedo –asentí mientras intentaba controlar mi ritmo cardíaco.

 

El segundo dedo dilató aún más mi vagina y también me produjo un poco de dolor. Fabián era muy cuidadoso y eso me ayudaba a tranquilizarme, aunque sea un poco.

 

–Creo que tengo algo –me dijo por fin.

 

–Con cuidado...

 

Podía sentir el movimiento de sus dedos dentro de mí, me entusiasmé cuando sentí algo más moviéndose lentamente hacia afuera. Un poco más... ¡y salió!

 

–Tengo la primera –me dijo él mostrándome una uva llena de flujos vaginales, a pesar de eso, sonreí.

 

–¡Ay, gracias a Dios están saliendo!

 

–¿Gracias a Dios? ¡Gracias a mí!

 

–Callate... –sabía que él no opinaba igual que yo en cuanto a creencias religiosas.

 

–Al menos te veo más tranquila, hasta estás sonriendo. ¿Dónde dejo tu bebé uvita?

 

–¡La puta que te parió! –me hizo reír, muy en contra de mi voluntad, tapé mi cara con ambas manos sonrojándome aún más por la vergüenza–. Tirala al cesto –señalé la papelera que tenía dentro de mi cuarto–, no la quiero ver nunca más. 

 

–Pobrecita, ni siquiera la bautizaste.

 

–Te voy a bautizar por segunda vez si seguís haciendo esos chistes.

 

–No gracias, me bastó con la primera.

 

Tenía que admitir que mi estado de ánimo había mejorado enormemente, el ver que las uvas saldrían me trajo una enorme satisfacción, ahora era sólo cuestión de buscar las otras.

 

–Voy por la segunda –dijo él.

 

–Está bien, pero tené cuidado –no era necesario advertirle, pero no sabía qué otra cosa decirle.

 

Fue tan cuidadoso como antes al hundir sus dedos en mí, la dilatación de mi vagina era un poco mejor, lo cual le permitía maniobrar con mayor facilidad, yo intentaba relajarme lo máximo posible. Tal vez esto hiciera que mi vagina no estuviera tan tensa y las uvas se aflojarían solas. Giró los dedos dentro de mí, poniendo las yemas hacia arriba, y los dobló dentro, tocando las paredes superiores de mi cavidad vaginal.

 

–¡Ay! –exclamé aferrándome a las sábanas.

 

–¿Qué pasó, te hice mal?

 

–No, sólo me... sorprendiste.

 

No iba a decirle que una extraña puntada de placer me invadió. Había tocado una fibra sensible en mi sexo. Inspiré y exhalé una gran cantidad de aire, luego separé un poco más las piernas, con la esperanza de que esto facilitara la extracción de las uvas. Fabián estaba con el ceño fruncido y continuaba hurgando en mí con creciente preocupación. A veces recibía otra puntada, de dolor o de placer; aunque no quisiera admitirlo. Él notaba mis sobresaltos, sin embargo no decía nada al respecto.

 

–No las encuentro –me anunció.

 

–Tienen que estar ahí, en algún lado –sacó sus dedos y vi que estaban empapados con mis flujos, esto formaba delgados hilos que colgaban entre un dedo y otro–. Tenés que sacarlas, Fabián. No quiero ir al médico.

 

Hice algo que ya había pensado, pero quería evitarlo, a no ser que no tuviera más alternativa. Levanté mis piernas y flexioné más las rodillas, dejando mis pies en el aire. Luego crucé mis brazos por la parte posterior de las rodillas y con ellos sostuve mis piernas. Utilicé la punta de mis dedos para abrirme la concha tanto como pude. Estaba totalmente expuesta ante mi hijo pero también estaba decidida a sacar esas malditas uvas de mi interior. Por más que odiara admitirlo, el calor en el interior de mi cuerpo había aumentado considerablemente, sabía que estaba en una posición sumamente vergonzosa y que ésta sería una imagen que mi hijo recordaría durante toda su vida; sin embargo sentía un inquietante morbo, que intentaba alejar de mi cabeza de la forma que sea. Él se acomodó en la cama, acercándose más a mí, me miraba confundido; como si no pudiera creer que sea yo la mujer que aguardaba completamente abierta a que él metiera los dedos.

 

–Fabián, por favor. Apurate, quiero terminar con todo esto de una vez –él asintió con la cabeza.

 

Me penetró una vez más con dos de sus dedos, siendo sumamente cuidadoso; sin embargo esta vez sentí que sus dedos intentaban hurgar hacia los costados, chocando contra las paredes de mi vagina. Intenté apartar mi vista del rostro de mi hijo, miré puntos aleatorios en el techo, otra vez me llenó esa calidez que produce el morbo. En ese momento supe que había sido un gran error pedirle ayuda a mi hijo con un tema tan delicado. ¿Qué estaría pensando él? Seguramente me veía como una desviada sexual por haber hecho semejante cosa.

 

–Fabián...

 

–¿Si? –preguntó él sin quitar su atención de la labor que estaba realizando.

 

–Espero que no pienses mal de mí.

 

–¿Por qué lo decís? –seguía sonando despreocupado.

 

–Por haber hecho esto... con las uvas.

 

–No pienso mal de vos, mamá.

 

–Está bien, pero igual te lo quería aclarar... es que... llevo mucho tiempo sin estar con un hombre, en eso tenías toda la razón... me siento muy insatisfecha con la vida. Antes no era así, era más alegre, más activa... sexualmente hablando; pero lo que pasó con tu padre me dejó muy dolida.

 

–Aja, estuviste muchos años sin sexo, lo entiendo.

 

–Sé que este tema debe ser incómodo para vos, te pido perdón por eso.

 

–No me incomoda, es parte de la naturaleza humana, mamá. Digamos, no pensaba que te masturbabas, esas son cosas que no se piensan; pero no quiere decir que sea una sorpresa para mí descubrirlo. Es algo que, inconscientemente, se sabe.

 

–Está bien –le dije sin mucha convicción.

 

Él comenzó a mover sus dedos formando amplios círculos en la entrada de mi vagina, los labios interiores se estiraban cada vez que él empujaba hacia algún lado y luego seguía deslizándose, esto me provocó aún más placer; pero al mismo tiempo aumento mi incomodidad. ¿Estaba mal sentir placer al ser tocada de esa forma? Si era justa conmigo misma, mi cuerpo estaba reaccionando de forma instintiva, sin encontrar diferencia en si esos dedos eran de mi hijo, de un doctor o de algún amante. Es parte de la naturaleza humana, como había dicho Fabián. Sus movimientos se fueron acelerando gradualmente, siempre formando círculos dentro de mi cavidad.

 

–¿Qué hacés, Fabián? –le pregunté sin moverme, mi vagina seguía completamente expuesta.

 

–Estoy intentando dilatarte, así las uvas salen más fácil –la respuesta tenía sentido, no me agradaba el método; pero él tenía razón, podría ayudar.

 

–Bueno, está bien...

 

Apoyé la cabeza y no tuve otra alternativa que aguantar las intensas sensaciones que me producía el toqueteo de mi hijo. Podía notar la humedad de mi sexo chorreando fuera y cayendo por mi cola, esto me producía un molesto cosquilleo, estuve a punto de decirle a Fabián que me secara con algo, pero no me atreví. Los movimientos circulares se mantuvieron, me resultaba cada vez más difícil mantener un ritmo de respiración normal y mis piernas se estaban entumeciendo.

 

–¡Ay! –exclamé cuando de pronto sentí cosquillas en mi cola; mi hijo había pasado sus dedos por allí.

 

–Perdón, es que estaba cayendo una gotita, pensé que te molestaba.

 

–Sí, está bien... sí me molestaba, te iba a pedir que la quitaras, es sólo que estaba distraída y me sorprendí.

 

Tenía las nalgas completamente abiertas y el ano tan expuesto como la vagina, era inevitable para mí sentir un poco de morbo por esto, para colmo mi hijo volvió con sus dedos a ese agujerito y lo masajeó con movimientos circulares, como si quisiera quitar de allí todo rastro de flujo vaginal. Ese suave toqueteo me produjo un cosquilleo muy placentero. Fabián me sorprendió con su cambio de postura, dejó los dedos de su mano derecha suavemente apoyados en el agujero de mi culo e introdujo dos dedos de su mano izquierda en mi vagina. Intenté buscar algún argumento lógico que explicara esto y sólo se me ocurrió que los jugos vaginales seguían cayendo en mi ano y él continuaría removiéndolos; mi vagina tenía una gran particularidad, podía lubricar mucho en momentos de extrema excitación, pero al parecer esto no facilitaba la extracción de las uvas, pensé que eso podía deberse a que yo seguía estando muy nerviosa y por ello se contraían los músculos internos de mi vagina, apretando los pequeños frutos e impidiendo que salgan, otro de mis temores era que estas pequeñas bolitas estuvieran demasiado dentro como para poder ser extraídas manualmente, no quería pensar de qué forma las sacaría si esto no funcionaba, aparté esa idea de mi cabeza, ya tenía suficientes preocupaciones con el constante cosquilleo que me producían los dedos que masajeaban sin cesar mi culo y los otros, que penetraban mi vagina moviéndose en todas direcciones.

 

–Mamá...

 

–¿Qué?

 

–Nunca te dije esto pero... dada la situación, creo que puedo preguntártelo.

 

Me puse aún más tensa, los músculos de mi vagina se contrajeron, apretando los dedos de mi hijo. ¿Acaso había notado que mi ano estaba dilatado?

 

–¿Qué querés preguntarme?

 

Quitó sus manos de mi intimidad y me miró a los ojos.

 

–¿Pensás que es normal tener un testículo más grande que el otro? –noté cierta angustia en su tono de voz.

 

–¿Q...? ¿Qué decís? –solté mis piernas y me senté en la cama para mirarlo.

 

–Eso que escuchaste, no estoy seguro, pero creo que yo tengo ese problema... y nunca me animé a preguntárselo a nadie.

 

–¿De qué hablas, Fabián? Nunca te vi nada raro ahí abajo.

 

–Es que no se nota a simple vista, es decir, por fuera parecen iguales... pero por dentro, no. Creo que el testículo izquierdo es más grande que el derecho. Dejá, no importa... sólo te preguntaba porque creí que... por el momento... es decir...

 

–Está bien, te entiendo. Estábamos hablando de genitales y quisiste preguntar por los tuyos –de pronto me escuché a mí misma diciendo una frase como si Fabián lo hubiera hecho. Debía admitir que a veces resultaba una forma sencilla de decir algo que, dicho de otra forma, podría causar mucho pudor.  

 

–Así es.

 

–¿Querés que me fije? –no sabía qué otra cosa decirle.

 

–No mamá, no hace falta...

 

–Es que ahora no sé si te pasa algo. Es cuestión de un segundo. Dejame ver –no quería parecer preocupada, pero me daba un poco de temor que él estuviera en lo cierto.

 

–No hace falta, de verdad.

 

–Fabián, ¿me viste todo y te avergüenza mostrar los huevos durante un segundo? –le reproché.

 

–Es que...

 

–Es que nada. Mostrame y si es cierto lo que decís, bueno, lo hablaremos con un especialista.

 

–Ok.

 

–Parate ahí y bajate el pantalón –le pedí.

 

Se puso de pie al lado de la cama y yo me senté en el borde. Dudó un instante pero luego se quitó el pantalón junto con la ropa interior, de un minuto a otro ya tenía frente a mis ojos un miembro masculino, oscuro y peludo, de gran tamaño, colgando. Me quedé un tanto sorprendida, no recordaba que mi hijo la tuviera tan grande, la última vez que se la había visto la sujetaba con su mano, esto la cubría en parte, además no la vi erecta. Esta vez también estaba en estado de reposo, pero nada la tapaba... y la tenía tan cerca que me causaba cierta impresión, sentí un extraño revoltijo en el interior de mi pecho. Sus testículos colgaban como dos pesadas bolsas. A simple vista no noté nada extraño, sólo me llamaba la atención el glande asomando por el arrugado prepucio. Acerqué mis manos, pero no sabía dónde ponerlas, no me atrevía a tocar el pene de mi hijo, sin embargo tuve que hacerlo. Con la punta de mis dedos agarré esa salchicha que colgaba y la moví hacia un lado.

 

–No veo nada raro –le dije por fin-, pero tal vez no se note.

 

Coloqué mis manos como si fueran pequeños cuencos y las junté para luego depositar en ella los testículos de Fabián. Estaban muy suaves y tibios, casi había olvidado lo bien que se sentía acariciar un par de huevos masculinos; sin embargo no podía dejar de lado un pequeño detalle... éstos eran los huevos de mi hijo.

 

–¿Estás segura mamá? Porque yo los noto diferentes.

 

Levanté la vista y busqué los ojos de Fabián, en sus pupilas vi algo que no me agradó en absoluto, se trataba de ese extraño brillo que producían cuando algo no andaba bien... para ser más precisa, en estos casos sus ojos reflejaban cierto estado mental que se asociaba con la obsesión. Muchas leves obsesiones habían invadido a mi hijo a lo largo de su vida y la mayoría tal vez escapaban de mi vista, no era un asunto grave, pero a veces me preocupaba. Solía ponerse nervioso cuando ciertos objetos de la casa eran cambiados de lugar o cuando imperceptibles arrugas o manchas, que tan solo él era capaz de ver, aparecían por arte de magia en su ropa. Incluso notaba esa clase de obsesión cuando se encontraba fascinado por algún tema en particular, como por ejemplo aquella vez en la que se obsesionó bastante con un libro de problemas de ingenio y matemáticas, no dejó de atosigarnos con eso a Luisa y a mí hasta que un día se lo tiré a la basura; no aguantábamos más quedar como idiotas al no poder responder esos estúpidos problemas.

 

Presioné un poco los testículos con mis manos cerciorándome de que no había una diferencia perceptible de tamaño.

 

—No vayamos por ese lado, Fabián —intenté persuadirlo.

 

—Pero en serio, mamá... yo los noto diferentes...

 

—Fabián, te digo que están bien... hasta las mujeres tenemos una teta más grande que la otra, a veces se nota más o menos, pero el cuerpo no tiene por qué ser simétrico, no tiene nada de malo.

 

—Puede ser... pero...

 

Enmudeció repentinamente. Mis masajes estaban haciendo efecto en su masculinidad. Me quedé idiotizada mirando como su miembro crecía y se elevaba, no detuve el tenue movimiento de mis dedos. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que tuve un pene entre mis manos que me sentía como una primeriza en el mundo del sexo, el corazón me vibraba como si fuera la primera vez que tocaba uno.

 

—Aparentemente te funciona todo bien —le dije con una sonrisa que tenía la intención de apartar esas ideas absurdas que atacaban su cabeza.

 

—Perdón, es que...

 

—Es que es normal que se te ponga dura si alguien te la toca... hasta con una revisión del doctor te puede pasar. Creeme, he ido al ginecólogo y se me ha humedecido la vagina en las revisiones, pasé cada papelón... por eso me da tanta vergüenza ir a uno.

 

Sin querer mis uñas rozaron la parte baja de sus testículos, esto debió producirle una espontánea ola de placer ya que su verga se puso tiesa de golpe, dando un salto como si fuera una criatura lista para atacar. Quedé boquiabierta, el pene, en toda su dimensión, era realmente imponente. Su hinchado glande quedó tan cerca de mi nariz que pude olfatear ese añorado aroma a hombre y mi vagina, que aparentemente había olvidado a quién pertenecía ese miembro, se hizo agua. Con mi mano libre le di una suave caricia al largo tronco pero rápidamente me arrepentí y lo solté. Me quedé avergonzada de mí misma, no importaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que toqué un pene, no era excusa para hacerlo con el de mi hijo.

 

—Mejor sigamos con las uvas —le dije—. Quiero que terminemos con esto lo antes posible.

 

—Está bien, pero probemos de otra forma.

 

—¿Cuál?

 

—Date la vuelta y ponete de rodillas.

 

No podía creer que mi propio hijo me estuviera pidiendo eso, sin embargo debía ser consciente de que no lo hacía con mala intención, era para ayudarme con un problema. Accedí y me coloqué en posición de perrito en el centro de la cama. Fabián se puso de rodillas a mi lado y sin darme tiempo a prepararme, hincó dos de sus dedos en mi mojada vagina. Suspiré cuando éstos entraron en su totalidad, pero creo que mi hijo no lo notó. Estiré un brazo y tomé una almohada, la puse frente a mí y apoyé mi cabeza en ella y separé un poco más mis piernas, sabía que de esta forma quedaba grotescamente expuesta, pero también le permitiría a Fabián introducir más sus dedos. Podía sentir el incesante movimiento de sus falanges dentro de mi intimidad femenina y me impresionaba la forma en la que esta se dilataba. De pronto dos de los dedos de mi hijo se hundieron profundamente, no pude contener el suspiro ante la penetración, una intensa oleada de placer me cubrió, pero también debía admitir que me había dolido, eso me permitió disimular mis emociones.

 

—¡Auch! ¡Cuidado Fabián! —me quejé, sin parecer muy enojada.

 

—¡Fue sin querer!

 

—Está bien, pero tené un poquito más de cuidado, es una zona muy sensible –dije intentando estabilizar mi respiración.

 

En el interior de mi vagina aún quedaban leves reflejos de lo que había sentido. Fabián había retirado los dedos, pero no se había apartado, al contrario, lo sentía aún más cerca. Algo largo y rígido se había apoyado contra una de mis nalgas, no me llevó mucho tiempo darme cuenta de que se trataba de la verga de mi hijo. Me puse muy nerviosa, pero no me moví de mi lugar. Mi traicionera imaginación me llevó a ver cómo debería ser la perspectiva de Fabián. Quitando el hecho de que yo era su madre, él debía estar viendo a una mujer caderona, entrada en carnes, de gruesos muslos, con las nalgas bien abiertas, la concha completamente mojada y dilatada, y no olvidarse del culo, temía que ese orificio también hubiera quedado dilatado luego de haber introducido el desodorante en él, pero ya no podía hacer nada para cambiar eso, ya estábamos allí y suspender todo por culpa de mis preocupaciones, sería ridículo. Tendría que darle muchas explicaciones a Fabián y posiblemente él no comprendería y se ofendería, eso podría pasar incluso si me alejaba un poco. ¿Qué importaba si se le paraba la verga? Al fin y al cabo era un chico sano, joven y que estaba atravesando por un momento muy particular. Me estaba ayudando con un problema en el cual nunca debí meterlo, la culpa era mía y no de él. Era mi responsabilidad hacerlo sentir cómodo. Separé un poco más las piernas, él estaba de rodillas entre mis piernas, bastante cerca de mí, con la verga cruzando en diagonal una de mis nalgas

 

Mientras mi hijo me colaba los dedos y mi calentura, inevitablemente, aumentaba, se me ocurrió pensar en cómo sería Fabián en la cama, con una mujer. Seguramente habría sorprendido a más de una, quizá una compañera de la facultad que quisiera pagarle algún favor al cerebrito de la clase, y se topara con semejante verga. No podía más con la curiosidad y tuve que preguntarlo.

 

—Fabián ¿Vos tenés novia?

 

—¿Eh? —la pregunta pareció tomarlo por sorpresa, ya que dejó los dedos quietos en el interior de mi concha.

 

—Si tenés novia... o tuviste alguna; porque nunca me contaste...

 

—Será porque nunca tuve.

 

—¿Nunca? ¿Ni una sola? —parte de mí imaginaba esa respuesta.

 

—No.

 

—Eso quiere decir que... nunca estuviste con una mujer.

 

—Así es. ¿Hay algo de malo en eso? —noté cierta incomodidad en su voz.

 

—No, para nada. No tiene nada de malo, hijo. Todavía sos un chico joven y seguramente ya llegará la indicada. La vas a hacer muy feliz, creeme —me lamenté por haber dicho eso, esperaba que él no se diera cuenta de que estaba haciendo referencia al tamaño de su verga.

 

—Eso espero. Me ponen un poco nervioso las mujeres.

 

—¿Y a quién no? Incluso a mí me ponen nerviosas.

 

—¿En qué sentido? —preguntó mientras volvía al ritmo habitual del mete y saca, mi vagina volvió a gozar las constantes oleadas de placer.

 

—Es que las mujeres solemos ser muy competitivas. Cuando yo tenía tu edad y me gustaba un chico, siempre tenía miedo de que alguna de mis amigas intentara acostarse con él. Nunca sabía qué intenciones tenían.

 

—Eso me pasa a mí, nunca sé qué intensiones tienen las mujeres, a veces parecen demasiado amigables y otras veces intentan alejarte.

 

—Si alguna chica intenta alejarte es porque no te conoce bien.

 

“No conoce el pedazo que tenés”, pensé.

 

—Supongo —dijo él con resignación.

 

Sentí un poco de pena por él, era un buen chico y no merecía sufrir; pero yo no podía salir a la calle a buscarle una novia. Intenté dejar el tema atrás y volver a preocuparme por esas malditas uvas.

 

—Creo que vamos a tener que probar de otra forma —le dije apartándome.

 

—No se me ocurre nada.

 

Me puse de rodillas en la cama y me quedé pensando, mi mirada se perdió en el erecto y venoso miembro de mi hijo. Curiosamente ya no me sentía tan avergonzada como al principio, aún sentía vergüenza, pero al menos había disminuido considerablemente. En ese momento me di cuenta que al tener mi cuerpo en posición vertical, la gravedad podría ayudar a que las uvas bajen, por lo que moví una pierna y apoyé la planta del pie sobre la cama, manteniendo la otra rodilla hincada en el colchón.

 

—A ver si esto ayuda un poco —dije.

 

Fabián me miró intrigado durante unos segundos, pero luego se colocó justo frente a mí, quedamos cara a cara. Apenada bajé la cabeza, para no tener que mirarlo a los ojos. Él movió tímidamente los dedos por fuera de mi vagina, esto me produjo tanto placer que mi rostro se convirtió en la mueca sorda de un gemido. Introdujo una vez más sus dedos, él debía inclinarse un poco para hacer esto. La punta de su verga quedó contra mi muslo izquierdo. Sus dedos me ponían intranquila, se movían con demasiada ligereza dentro de mi vagina y su mano ocasionalmente me rozaba el clítoris. «Es lógico que te calientes, Carmen—me decía una y otra vez—, no importa quién te toque, no dejan de ser dedos dentro de tu vagina».

 

Tenía la sensación de que sus dedos estaban yendo más profundo en mi interior, se hincaban de a dos y se movían dentro, deleitándome con rítmico baile circular. El dorso de mi mano rozó el tibio y suave glande mi hijo, debería haberla apartado ante el más mínimo contacto; sin embargo no lo hice. La muñeca de Fabián comenzó a moverse, sus dedos entraban y salían de mi vagina a mayor velocidad de la que hubiera preferido. Mi traviesa mano se movió por sí sola y cuando me di cuenta ya estaba pasando suavemente las uñas a lo largo de esa verga erecta.

 

—No sé de dónde la sacaste tan grande —ni yo misma creía que esas palabras hubieran salido de mi propia boca—, tu padre no la tenía así.

 

—¿No? Siempre creí que sí —respondió Fabián con una sorprendente calma.

 

—Para nada... la de él era tamaño medio, tirando a pequeña.

 

Las yemas de mis dedos acariciaron la tersa piel que recubría ese duro falo, desde la base, donde terminaba el espeso vello púbico, hasta el glande.

 

—Creo que hubiéramos sido más felices juntos si la hubiera tenido así... —me quedé muda durante un segundo—. Perdoname hijo, estoy muy nerviosa y no sé qué estoy diciendo.

 

—Sí, lo noto. Creo que por eso las uvas no bajan. Al estar tan nerviosa se quedan apretadas dentro.

 

—Creo que sí... ya lo había pensado, pero no sé qué hacer.

 

—Me parece que estamos encarando mal la situación —«Como si quedaran dudas de eso», pensé—. Tal vez lo único que hay que hacer es relajarte.

 

—¿Y cómo pensás hacer eso? Sabés que no tomo calmantes, no me gustan.

 

—Podrías acostarte, cerrar los ojos un rato... ya sabés, relajarte.

 

—No soy muy buena para esas cosas —admití.

 

—Puedo intentar hacerte un masaje en la espalda ¿eso ayudaría?

 

—Sí, me vendrían muy bien unos masajes —le sonreí maternalmente.

 

Me fascinaba esa idea porque no implicaba ser penetrada por los gruesos dedos de mi hijo. Me acosté boca abajo en la cama, estirando todo mi cuerpo y apoyé la cabeza en una almohada. Fabián se colocó de rodillas a mi lado y me regaló unas cuantas caricias dulces, capaces de calmar una fiera. Luego comenzó a hincar sus dedos en los tensos músculos de mi espalda.

 

—Uf, esto sí me gusta —aseguré.

 

—No hables, vos hacé todo lo posible por relajarte.

 

—Está bien... y gracias.

 

Sus manos llegaron hasta mi cuello, donde no se detuvieron ni por un segundo. Podía notar como cada músculo se relajaba, dejando atrás esa horrible sensación de pesadez. De pronto algo tibio se posó en mi cadera, me di cuenta de que Fabián se había acercado más y su gruesa verga estaba rozándome. No podía decirle nada, al fin y al cabo no era su culpa tener una erección, yo se la había provocado. Como no quería avergonzarlo, me quedé callada.   

 

El masaje continuó, pero ya no me estaba relajando tanto al sentir su virilidad frotándose levemente contra mi cuerpo. No sé si él habrá notado esto o simplemente quiso cambiar de posición, pero se apartó de allí y se puso más atrás. Una de sus rodillas quedó hincada junto a mi pierna, desde ese lugar sus manos podían abarcar más de mi espalda, a lo largo. Sus duros dedos se hundieron en mi suave carne y suspiré por el inmenso alivio que esto me provocaba, tenía que admitir que mi hijo era bastante bueno haciendo masajes.

 

Luego de varios segundos volvió a moverse, pero esta vez me obligó a separar las piernas. Él se puso justo entre ellas. Sus pesadas manos cayeron sobre mi cintura y presionando con sus palmas, recorrió toda mi espalda desde abajo hasta los hombros. Después hizo el camino inverso, llegando al punto de partida. Repitió este proceso varias veces y me di cuenta de que sus manos, al bajar, avanzaban siempre un poco más hacia mi cola, hasta que en un momento se detuvieron allí, en el centro de mis nalgas. Sentí una leve presión de sus dedos y luego volvió a subir. Cuando regresó hasta mis nalgas me sorprendí al sentir los pulgares acariciando levemente mi ano; no se detuvieron allí, sino que siguieron bajando un poco más hasta que presionaron contra mis ya húmedos labios vaginales. Un quedo suspiro escapó de mi boca. Fabián repitió esto una vez más, fue desde allí hasta mis hombros y luego volvió, acariciando una vez más mi culito y luego mi vagina. Podría haberme quejado, pero esas sutiles caricias me ayudaban mucho a relajarme, aunque al mismo tiempo elevaran mi temperatura corporal... si es que eso aún era posible.

 

Mis piernas se elevaron un par de centímetros cuando mi hijo las sujetó; su intención era separarlas un poco más y yo, que estaba considerablemente más relajada, no hice nada para impedírselo. Se movió un poco sobre la cama, para acomodarse mejor, y volvió a masajearme; sólo que esta vez lo hizo comenzando directamente por mi cola. Abrió mis nalgas un poco y sin detenerse llegó hasta mi vulva, presionándola con la yema de sus pulgares, me la abrió un poco y luego la soltó, sólo para girar una de sus manos y acariciarme el clítoris desde abajo hacia arriba. Sus dedos se movieron rápidamente contra mi zona más erógena, como si me estuviera masturbando. El ritmo de mi respiración se aceleró; no tenía argumentos para quejarme, él ya me la había tocado toda, no podía impedirle que lo hiciera una vez más. Luego introdujo dos dedos, pero éstos no llegaron muy adentro. Los retiró y me di cuenta de que la posición no favorecía mucho la búsqueda, por lo que se me ocurrió tomar una almohada y colocarla bajo mi vientre, de esta forma mi cola quedaba más arriba. Al acomodarme procuré mantener las piernas bien separadas.

 

Fabián volvió a juguetear con mi clítoris y mis labios vaginales, después metió los dos dedos y esta vez noté cómo se introducían más adentro. A partir de ese momento mi hijo comenzó con una serie de movimientos consecutivos. Con la mano derecha acarició mi espalda y mi cola, al mismo tiempo que con la mano izquierda hurgaba dentro de mi concha, luego estos dedos salían, frotaban y presionaban mi clítoris durante unos segundos y se volvían a meter. Esto se repitió dos veces... tres... cuatro... y a mí cada vez me costaba más controlar mis gemidos que luchaban por manifestarse. Sus dedos se movían tan rápido que superaban por mucho el trabajo que yo misma podía hacer al masturbarme. Cuando salieron una vez más de húmeda caverna lujuriosa, se centraron en mi clítoris, formando pequeños círculos hacia un lado y luego hacia el otro, pasados unos pocos segundos me di cuenta de que se estaba tomando más tiempo para esto del que se había tomado antes; también noté que lo hacía con más energía y que con su otra mano me apretaba con fuerza una nalga. Mi vagina se encargaba de lubricarle los dedos y éstos se movían con gran facilidad contra mi pequeño botoncito. Flexioné levemente una rodilla y creo que esto aumentó la apertura de mis piernas. Mi hijo no se detenía y yo me aferraba con fuerza a las sábanas, estrujándolas con mis dedos. Sabía que esto no era parte del acuerdo y, después de varios segundos, estiré mi mano izquierda hacia atrás, con la intención de detenerlo, sin embargo cambié de opinión en cuanto llegué. Fue casi como si mi mano se moviera por voluntad propia, en lugar de apartar la de Fabián, me metí dos dedos en la concha y comencé a moverlos rápidamente de adentro hacia afuera. La sensación fue grandiosa, el placer formado en el epicentro de mi feminidad se esparcía hacia todo mi cuerpo.

 

Lo único que se escuchaba en la habitación era mi agitada respiración y el húmedo chasquido de mis dedos sumados a los de Fabián moviéndose a gran velocidad contra mi húmeda concha. Comencé a menearme lentamente, subiendo y bajando mi pelvis, ya no podía contener los gemidos y éstos escapaban ocasionalmente de mi boca. Saqué los dedos del agujero y abrí mis labios vaginales, como si quisiera mostrarle todo mi sexo a mi hijo, luego deslicé los dedos hacia arriba y acaricié el agujero de mi culo, humedeciéndolo con mis propios flujos vaginales. El cosquilleo fue tan agradable que me dieron ganas de penetrarlo, pero luché por contenerme. Aparté la mano de allí.

 

Fabián también quitó su mano pero fue solo para reemplazarla por la otra. Acarició toda mi concha, desde abajo hacia arriba, luego hizo lo mismo con mi culo. Volvió al clítoris y siguió frotándolo. Llevé mi mano derecha hacia atrás, para volver a colarme los dedos, pero esta vez me llevé una gran sorpresa... tan grande como la verga de mi hijo. Casi automáticamente mis dedos se ciñeron a su pene, el cual estaba completamente rígido.

 

Cuatro dedos frotaban de un lado a otro toda mi concha y yo, perdiendo la compostura, comencé a acariciar y a apretar esa dura verga. Al empujarla hacia abajo la punta de ésta quedó apoyada en ese espacio de separación que hay entre el culo y la vagina. Sin ser del todo consciente de mis actos, sujeté la verga con fuerza y la bajé un poco, provocando que el glande surcara entre mis carnosos labios vaginales y al mismo tiempo se humedeciera con mis jugos. ¡¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un pene estuvo tan cerca de mi concha?!

 

Sentí que mi vulva se hinchaba ante la presión del glande y los dedos de Fabián. Lentamente fui subiendo ese duro falo hasta que su punta quedó contra mi culito. Lo dejé ahí y lo acaricié en toda su extensión, centrándome durante unos segundos en el glande. Inconscientemente lo presioné hacía abajo un par de veces, casi como si quisiera que se hundiera en mi ano, esa leve presión me produjo una sensación muy placentera; sin embargo recobré leves vestigios de cordura y dejé de tocar el pene.

 

Mi hijo dejó de frotar mi clítoris al instante y, para mi alivio, volvió a posar sus grandes manos en la parte baja de mi cintura. Las podía sentir húmedas, pero no me importó, lo importante fue que él retomó los masajes; sin embargo su dura verga quedó cómodamente posada entre mis nalgas. Cuando las palmas de sus manos llegaron a mis omóplatos noté que su miembro se deslizaba un poco hacia arriba. Al hacer el camino inverso por mi espalda noté que esta vez su pene se deslizaba hacia atrás, quedando una vez más contra mi concha. Las manos de Fabián volvieron a subir y su verga hizo lo mismo, provocándome un agradable cosquilleo en el culo. Nunca un hombre me había tratado de esa manera, tan dulce y erótica; mi cerebro se confundía y mientras la acción se repetía, olvidaba que en realidad se trataba de mi propio hijo.

 

Una vez más sus manos recorrieron toda mi espalda, desde abajo hacia arriba y esa dura y gran verga se deslizó entre mis labios vaginales. Flexioné la otra pierna, separándola aún más, y me apoyé un poco sobre las rodillas elevando levemente mi cola. Estaba toda abierta y detrás de mí había una verga erecta frotándose contra mis partes íntimas. Abandonando una vez más mi sentido común, pasé una mano por debajo de mi propio cuerpo y comencé a masturbarme enérgicamente. Fabián agarró mis nalgas y comenzó a amasarlas, dejando su miembro reposar justo entre ellas, mientras se meneaba lentamente de atrás hacia adelante. Ocasionalmente dejaba de tocarme para acariciar los velludos huevos de mi hijo.

 

Fabián se acomodó, apartando su verga de mi cola, pero dejándola apuntando hacia abajo, con el tronco contra mis labios vaginales. Mientras me frotaba el clítoris podía acariciársela. Se inclinó hacia adelante y me regaló una sensual caricia que me hizo estremecer. Sus varoniles manos subieron por los lados de mi espalda, llegaron hasta mis hombros y antes de que me diera cuenta, bajaron hasta aferrarse a mis tetas. Sentí dos descargas eléctricas de placer en cuanto tocó mis rígidos pezones. Comenzó a sobarme los pechos al mismo tiempo que meneaba su cadera, haciendo que su verga se deslizara de arriba abajo contra mi concha. Noté que su estómago estaba apoyado contra mi cola y su pecho muy cerca de mi espalda. Empezó a moverse con cada vez más brío, yo estaba sumergida en un trance de pasión y lujuria, ajena a la realidad, cuando la punta de su verga amenazó con meterse dentro del agujero de mi concha; allí recobré súbitamente la cordura y me di cuenta de que eso no podía estar pasando. Me moví rápidamente para alejarme, él me liberó de sus brazos y me dejó ir.

 

—Esperá —le dije sentándome en la cama, miré atónita su larga verga con las venas bien marcadas, cubierta de mis propios flujos vaginales.

 

—¿Pasa algo? —preguntó él, confundido.

 

—Mejor paremos un poco —le dije, luego tragué saliva.

 

—¿Cómo?

 

—Que paremos, porque... —no quería decirle que la verdadera razón era que me sentía muy incómoda con lo que había ocurrido—, porque tengo sed. Quiero tomar algo fresco. Después seguimos intentando.

 

Me levanté de la cama y enfilé hacia la puerta. Estaba desorientada, como si me hubiera despertado de un sueño irreal. No podía creer que hubiera llegado tan lejos con mi propio hijo, pero al mismo tiempo todo mi cuerpo se estremecía por el placer que lo había inundado.

 

—Está bien, tomemos algo...

 

—Sí, estoy muerta de sed. ¿No sabés si quedó algún vino tinto? —intentaba apartar de mi mente todo lo ocurrido.

 

—Creo que sí —antes de salir de la habitación escuché que él también se levantaba.

 

Fuimos hasta la cocina comedor, que estaba ubicada en la parte posterior de la casa, luego de pasar por todos los dormitorios. Abrí la heladera y me encontré con una reluciente botella de vino tinto aguardando pacientemente por mí. La saqué y se la cedí a mi hijo, él se encargó de quitarle el corcho mientras a mí la cabeza me daba vueltas pensando en todo lo que había ocurrido, había sido una situación sumamente excitante, pero sabía que nunca tendríamos que haber llegado tan lejos; sin embargo una parte en el fondo de mi ser agradecía el momento erótico y morboso, esa parte de mí lo necesitaba, aunque me costara mucho admitirlo.

 

—¿Te sirvo un vaso? —me preguntó Fabián. Me di cuenta de que le estaba mirando fijamente la verga.

 

—Sí, por favor, uno bastante cargado.

 

Bebí de un sorbo la mitad del contenido del vaso, el dulce néctar revigorizó todo mi cuerpo, provocándome una agradable tibieza en la garganta. En ese momento comencé a reírme.

 

—¿De qué te reís?

 

—Por la ironía. Quiero sacar las uvas de mi cuerpo, pero al mismo tiempo tomo jugo de uvas... de todas formas lo necesitaba... y mucho.

 

—¿El vino o el meterte las uvas? —curiosamente su insolente pregunta no me molestó.

 

—Las dos cosas —respondí.

 

Estaba bebiendo otro sorbo de vino cuando escuché ruidos provenientes de la puerta de entrada de la casa. Tanto Fabián como yo nos pusimos en alerta, alguien estaba haciendo girar la llave.

 

La puerta se abrió y pudimos escuchar una alegre risotada, esa voz era inconfundible, se trataba de Luisa... y no venía sola.  

Continuará...

 


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