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Fecha: 23-Abr-16 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Malvinas, la puta helada

THECROW
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El recuerdo de la primera vez para apaciguar las lenguas del odio en medio de una de las guerras más infames. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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El tren se detiene lentamente mientras ingresa al casco de la terminal. Atraviesa impetuoso un espeso manto de niebla poblado de sombras. Sobre los andenes centenares de personas con los brazos abiertos y las caras ansiosas esperan recibir a los hijos pródigos de todo un pueblo.

Culmina así el largo viaje de regreso a casa, ese retorno a las vidas que dejamos en pausa cuando en el puerto de Rio Gallegos nos subieron a un buque tan gris como el cielo y nos dijeron con voces de mando – El Ejército Argentino ha recuperado lo que por derecho histórico y geográfico nos pertenece. El enemigo, pirata asesino desde la cuna, está al acecho afilando su tiranía y hoy el destino quiso que sean ustedes los elegidos, los héroes de esta historia que escribirán en celeste y blanco. La Patria los reclama – repetí en mi mente una y cien veces la palabra “elegidos” y no pude evitar que mi pecho se expanda de orgullo y una lágrima de emoción abra un surco húmedo en mi mejilla.

La luz blanquecina de los faroles se derrama sobre los andenes cual amanecer en un Puerto San Carlos sin humaredas oscuras de guerra. Haber estado en aquél infierno hace que sienta este momento como una postal del cielo, un remanso. Si hasta puedo oír dentro de mi cabeza el sonido dulce de las trompetas celestiales anunciándonos con euforia y emoción.

Con la cara pálida, los cuerpos cansados y el alma remendada nos asomamos a las ventanillas buscando los ojos de quienes nos recibirán. Necesitamos tanto el calor de un abrazo de bienvenida. Siento un cosquilleo de impaciencia en el estómago y un leve ardor seguramente producto del nerviosismo de la espera que desespera. Tiemblan mis manos, mis piernas, mi pecho, mis labios, mi culo, el alma. Y es que desde la despedida de nuestros hogares hasta esta noche hemos cambiado mucho. Nos han cambiado mucho. Tanto que el miedo a que me vean distinto se trepa por mis huesos y me estruja el corazón con la fuerza que lo precede. Tanto que hasta mis lunares, en el lugar de siempre, se sienten distintos, otros. Soy yo y no. Somos nosotros y no.

Todavía puedo verme en medio de la oscuridad en el puesto de vigilancia, con la espalda apoyada contra una roca, endurecido por la escarcha y apretando entre mis manos el fusil automático liviano y en mal estado. El viento del Atlántico sur muy al sur es helado y cuando digo helado me refiero a ese frío que se cuela entre los huesos y corta la piel abriendo heridas, cicatrices crueles de la naturaleza. Combinado con esa llovizna eterna que cae sobre Malvinas, un infierno helado es la definición más aproximada. Por eso cuando sacaba del bolsillo de mi campera verde militar la foto de Andrea, lo hacía solo por un par de segundos. Retenía en mi memoria cada línea de su rostro, cada curva de su cuerpo, cada pliegue de su ropa. Me preguntaba como podía ser tan hermosa, sonreía de lado y volvía a guardarla. No fueron tantos días sin verla pero allí, en el sur de la guerra, un mes se disfrazaba de eternidad y se movía entre nosotros como una montaña de recuerdos arrolladora que nos quitaba el aliento y las ganas de todo. Tanto que muchas veces creí haberla inventado para no sucumbir ante las amargas garras de la soledad parida en la lejanía. Por suerte mi corazón corroboraba rápidamente la veracidad de su existencia y la abrazaba en el recuerdo.

La conocí hace dos años, cuando ambos teníamos dieciocho años. Estaba sentada en un banco de una plaza perdida de Adrogué; la primavera se reflejaba en sus anteojos oscuros de sol y en su sonrisa se perfilaba la luz de su alma. Nos casaremos en cuanto termine esta maldita guerra, nos iremos de luna de miel a cualquier isla de la Polinesia lejos de todo frío, tendremos dos hijos a los que llamaremos Celeste y Blanco, sí, porque estamos seguros que tendremos la parejita. Juntos soñamos en grande. Una casita en la zona sur del conurbano, un autito familiar, dos perros, piscina en el patio, parrilla con chimenea de tres metros, dos bicicletas… todo un arsenal de proyectos… mierda, que manera de boicotearme, la palabra “arsenal” me recuerda a los continuos ataques ingleses. Noche a noche, no existe tregua ni atisbo de paz. Explosiones atravesándonos el alma y el ánimo, explosiones cercenándonos los nervios, explosiones empujándonos a rezarle a Dios y toda su corte de santos. Dicen que un enemigo mal dormido es presa fácil y los falderos de la Dama de Hierro lo saben mejor que nadie. A pesar de todo eso,  el rostro de Andrea se dibujaba en la geografía de mi memoria y me daba fuerzas para no desistir y esperanzas para seguir entero en una guerra que se nos escapaba de las manos, que no entendíamos. Hace tres meses estaba cursando la secundaria, tenía un examen de matemáticas por el que estudié una semana y juro que puse lo mejor de mí. Nunca supe cual fue la nota pero si la justicia existe en esta tierra habrá sido un excelente, aunque si lo pienso tan fríamente como la brisa de Malvinas, ¿existirá la justicia en este mundo donde unos y otros nos matamos por banderas y tierras? No lo creo. En los gritos de los pibes como yo, confundidos entre llamas, la justicia es algo tan utópico como cabalgar un unicornio.

Andrea, pensar en Andrea alivia todo, incluso a los malos pensamientos. Su rostro fino de ojos oscuros, su piel suave y blanca con cientos de lunares que la asemejan cielo nocturno, sus pechos pequeños y turgentes de pezones mínimos y rosados, su cintura-guitarra, sus piernas delgadas y torneadas, su culo digno de una tapa de Playboy y su vagina, ese rincón en todo este universo que sabe ser mi guarida perfecta, mi sitio favorito. La extraño toda.

Andrea y yo tuvimos nuestra primera vez en el mismo sitio, a la misma hora y de la misma forma. Sí, fue una primera vez mutua y decidida, sin roscas adolescentes ni miedos típicos de ese momento aunque con las típicas torpezas de dos inexpertos. Quedamos solos en casa de mis padres. Merendamos, vimos televisión, nos reímos y de pronto estábamos besándonos de una manera muy diferente a todas las veces anteriores. Mi mano se introdujo en sus pantalones y debo admitir que tocarle el culo a piel desnuda me hizo acabar en tres, dos, uno. No importó demasiado. La dureza se mantuvo y mi humedad la humedeció aún más. Me besó el cuello, le besé el pecho, me dijo te amo y le dije yo también mientras le sacaba un pecho de su escote para devorarlo como la mejor de las delicias. Gimió primero, se quejó después. Más despacio. Sonreímos ambos.

- ¿Estás segura?

- Estoy segura. Sos vos, siempre fuiste vos.

Le quité la blusa, contemplé sus senos que ya brillaban empapados de mi saliva y al mirarla a los ojos pude ver sus ángeles sin alas danzando alrededor de sus retinas. Amo sus ángeles “desalados” porque la inocencia no se pierde, se pone áspera, rústica, pero no se pierde.

- Voy a quitarte los pantalones.

- Eso espero.

-Y luego voy a quitarte la ropa interior.

- Preferiría que lo hagas a que lo comentes. Eso sí me pone nerviosa.

Nervios, veinte menos cuatro y esa inocencia aún correteando en el laberinto hacia la adultez. Y sí, como dictó mi instinto le quité los pantalones, luego su ropa interior blanca y de encaje, y mi timidez. Sus piernas cerradas apenas dejaban ver entre ellas una línea, una pequeña línea que al separar las rodillas se abrió y…

El tren se detiene lentamente, ya en el interior del casco de la terminal y los nervios me están incendiando el estómago. Anoche tuve miedo de morir y el destino no pudo ser más hijo de puta, ¿por qué? anoche fue el aniversario si es que puede llamarse aniversario de la muerte de mi mamá. Pobre viejita, se hubiese vuelto loca sabiéndome en estas islas olvidadas por Dios. Si hasta puedo oír su voz diciéndome que me alimente, que sea fuerte, que me cuide del frío, que me quede tranquilo que no va a llorar porque sabe que voy a volver, que me espera con mate y bizcochos de grasa, que me ama... sí, que me ama. La extraño tanto, entre sus brazos el mundo era eso, el espacio entre sus brazos y nada podía pasarme. A veces pienso que crecer es una trampa mortal como las minas en Monte Longdon. No crezcas, me digo, no crezcas.

Anoche los ingleses dispararon a razón de diez proyectiles por vez, nuevamente aprovecharon la oscuridad para atacar desde sus barcos a nuestras discretas y agotadas posiciones en tierra. Los proyectiles pasaban sobre nuestras trincheras con su particular silbido, la banda sonora de la muerte. Gritamos todos, lloramos todos, me oriné en los pantalones y puedo asegurar que no fui el único en hacerlo. Germán, un tipo de dos metros de alto y la musculatura de un Atlas estaba tan pálido que lo creí muerto por un instante. Me coloqué el casco sobre la cabeza sosteniéndolo fuertemente con ambas manos, me ubiqué en posición fetal y mordí un rosario entre los dientes. Lo rompí, lo deshice en mi boca, escupí sus bolitas de nácar. Puteamos estar allí, solos, perdidos en el Atlántico sur peleando por Malvinas, esa puta fría a la que nunca le importará este sacrificio. A pocos metros del pozo de zorro que me alojaba junto a mis compañeros estalló una bomba que nos iluminó con su fuego. Por un momento todo era fuego y gritos. Me ensordeció. Eduardo apretó mi mano y sonrío con dolor “Mierda” fue su grito ante tanto ardor, mierda fue mi pensamiento y sí, tenía razón, esto es una mierda, la invasión, la guerra, los pibes cagados de frío, el hambre, las armas inservibles, el sacrificio, todo es una mierda.

El tren se detiene. El manto de niebla se disipa ¿Cómo nos recibirán? ¿nos perdonarán la derrota? ¿podrán entender que lo dimos todo y aún así no alcanzó? ¿tendrán en cuenta que dejamos sangre, sudor y vida derramados en las frías tierras malvinenses? ¿nos aceptarán con el dolor a cuestas? ¿con los recuerdos de guerra? Comenzamos a bajar lentamente uno por uno con los nervios arremolinándose en nuestras gargantas aunque admito que el ardor en el estómago ha cesado y eso es más que un alivio. Cientos de personas, cientos de abrazos, cientos de bienvenidas, el andén se ilumina de alegría. Busco a mis hermanos, a mi papá, a Andrea... ¿dónde estarán? ¿habrán venido a mi encuentro? No creo que se hayan olvidado aunque me pregunto si sabrán de mi regreso. Una mano se apoya en mi hombro desde atrás y aprieta suavemente. Se enciende mi alma, me invade una felicidad indescriptible y me doy vuelta.

– Hijito querido, mi chiquito, bienvenido.

- Mamá.


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