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Fecha: 30-Abr-16 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Niña de la calle

Kalashnikov
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Relato NO ERÓTICO. Reedición de uno publicado y retirado de la web hace 10 años. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Este no es un relato erótico. Si has llegado hasta aquí buscando una historia candente, será mejor que no continúes leyendo. Tampoco es una historia real. Todo lo detallado aquí es completa y absoluta ficción. Simplemente es un relato que escribí hace más de 10 años y que me he decidido a reescribir y republicar. Espero que la disfrutes.

Mi nombre es Jaime, Jaime Vargas. Como tantos otros, les quiero contar una historia. La única diferencia es que esta es mi historia. La primera, la que me marcó, la que me hizo, quizá, ser como soy. Como no sé por dónde empezar,  lo haré desde el principio, que es por donde suelen comenzar estas cosas.

Pasé los primeros años de mi vida en el peor barrio de la peor ciudad del mundo. Todas las ciudades son la peor del mundo si vives en el peor barrio, allí donde la ley de la navaja es más universal incluso que la de la gravedad y donde, en cada esquina, te puedes encontrar gente, experta en la primera, pero que te puede vender algo para creerte que escapas de la segunda.

Yo no fui un niño feliz. O sí. Tampoco puedo aseverarlo al cien por cien. En aquel tiempo puede que lo creyera, pero visto con la perspectiva que me dieron los años, no pude serlo. Ningún niño puede ser feliz viviendo prácticamente encerrado en casa, a consecuencia de tener una madre agorafóbica que reflejaba sus propios temores en el menudo cuerpo de su hijo. Nada hay más cruel que cargar sobre los hombros de un infante los miedos y sueños de sus progenitores y, para mi madre, la calle era el miedo, el peligro, la decadencia, el Diablo mismo convertido en gente y asfalto, solo entre las tristes paredes del hogar podía uno estar a salvo de su poder, y con esas férreas convicciones me criaba… o hacía que otros me criasen. Pero eso es otro cuento.

Sin embargo, para mí la calle no era ese demonio que me querían hacer aparentar. Como para cualquier niño de seis años, lo prohibido era lo que más curiosidad me causaba y crecí imprimiéndole a la calle una cierta tonalidad fantástica, que significaba libertad y diversión, justo lo que no tenía dentro de mi casa. Así, cada mañana, cuando el universitario que me daba clases particulares se marchaba y mi madre se quedaba dormitando viendo el televisor, única ventana al mundo que parecía interesarle, yo me escabullía a sus espaldas y salía al balcón a observar la ajetreada vida urbana que me era negada.

La calleja donde embocaba dicho balcón tampoco era una gran avenida, ni gozaba de la variedad de transeúntes de las que otras vías de mi propia ciudad podían alardear, pero yo eso no lo sabía. Mi mundo era muy reducido, y aquel pequeño reducto del planeta Tierra que formaban los escasos treinta metros de mi calle, era lo más animado que yo conocía. Sí, por supuesto, también estaban las películas yanquis, pero esas me hablaban de sitios muy lejanos y eran todas de mentira, llenas de mansiones, grandes colegios y fiestas que no acababan en balaceras, mientras que lo que yo veía a través de los desgastados barrotes de mi balcón era la pura y dura vida real. Una vida real donde los vecinos se mezclaban con putas, traficantes, adictos y delincuentes que solían hacer los más variopintos tratos bajo mi ventana, pero una vida real que a mí se me negaba por el único pecado de haber nacido del vientre de una mujer que odiaba al mundo exterior.

Cierto día, alguien nuevo asomó por la esquina de mi calle. Una cara que no conocía, y que, por lo tanto, se ganó mi atención desde el primer momento. Desde que apareció, con su carita morena manchada de mugre, no pude separar mi vista de ella. Ella, sí. Una niña. Una nenita que apenas sí llegaría a los diez años, vestida únicamente con una remerita y unas braguitas que mantenían bien poco de su blanco original. Recordé un reportaje de la televisión que vi unas noches antes, una de esas pocas noches en las que mi padre dormía en casa y me dejaba ver el canal que yo quisiera y no solo las películas y dibujos estadounidenses que me permitía mi madre y me resultaban tan aburridos como mi propia vida.

–¡Ahí papá! ¡Dejalo ahí! –le dije cuando, en el enésimo canal, atisbé unas caras infantiles.

–Pero Jaime… es un reportaje, son programas de mayores, te aburrirá.

–Pero son niños… -respondí, en mi bendita e infantil inocencia.

Mi padre volteó a ver a mi madre, que había quedado dormida de nuevo y, con un suspiro, soltó el mando a distancia y dejó que tomara una de mis primeras dosis de angustiosa tele-realidad.

Esa pequeña era un calco casi idéntico de las niñas que aparecían en el reportaje, una más de los llamados “niños de la calle”. Los niños de la calle, para que nos entendamos, son esas personitas que, por no tener, no tienen ni edad para comprender por qué carajo son tan pobres.

La nenita parecía cansada; también sucia, demacrada, hambrienta, triste y perdida, pero sobre todo cansada. Lo demostró cuando se hizo un hueco entre dos tachos de basura y, tumbándose sobre el duro suelo, se puso a dormir. A pesar de su aspecto desmejorado, cuando cerró los ojos emanó una placidez tal que llegué a pensar que debía ser un ángel, un querubín de los cielos que había perdido su camino de regreso a las nubes.

Durante minutos, que bien pudieron ser horas, me quedé a contemplar a la pequeña mientras el mundo a su alrededor seguía su curso y los viandantes la ignoraban o, si se daban cuenta de qué era ese bulto blanquecino, solamente le dedicaban alguna mueca de desprecio.

Día tras día, la niña de la calle se fue convirtiendo en la protagonista inconsciente de la película que cada día, sobre las doce horas y durante todo el tiempo que mi madre se mantuviese dormitando en su sillón, se veía por mi balcón. Su vida era más entretenida incluso de las de los personajes de las películas que veía por mi televisor y, sobre todo, más interesante que la mía propia. La muchachita malvivía pidiendo y, cuando no ganaba lo suficiente, robaba una hogaza de pan en cualquier tienda para seguir subsistiendo un día más en su pesarosa vida.

Cada mañana, en cuanto mi profesor se marchaba, yo salía silenciosamente a mi urbana atalaya, y podía ver a la muchacha en la esquina de mi calle, con un platito viejo y roto delante de ella, soportando unas monedas casi siempre insuficientes para comprar cualquier tipo de comida. Ni siquiera el universitario que me daba clases y que siempre se marchaba con sus bolsillos llenos se dignaba a echarle algo en el platito.

–Hoy tampoco compra… -musitaba yo con tristeza cada vez que veía las poquitas monedas de su plato.

Así pues, no fue extraño que pasara lo que pasó. Un día, a la pequeña la descubrieron afanándose una barra de pan en una tienda cercana. Yo mismo pude ver cómo escapaba corriendo calle abajo, perseguida por dos robustos policías que no tardaron en agarrarla justo debajo de mi balcón y, entre insultos, golpes de puño y patadas, le enseñaron lo malo que era robar, pero, quizás por descuido o ignorancia, se olvidaron de explicarle otra forma de sobrevivir. Dos semanas le duraron los moretones de cara y brazos, las marcas que jalonaban sus ojitos negros y cada vez más tristes, los sordos quejidos que profería casi con cada movimiento que su diminuto cuerpo hacía. Para sumar más dificultades a su ya de por sí complicada vida, la ficharon en los almacenes del barrio y tuvo que dedicarse a robar comida a los viandantes.

Sin embargo, la muchacha era muy lista o muy tonta, ya que solo robaba a quien pensaba que se lo podía permitir, que en aquellos barrios eran muy pocos y muy desconfiados. Visto desde mi perspectiva, ahora me parece una insensatez, casi como condenarse a un hambre autoimpuesta, pero en ese instante se convirtió en mi Robin Hood particular.

Yo era desconocido para la chiquita hasta un día diez de marzo en que la vi rondando a una vecina del barrio que, como a muchos, me caía bastante mal. Cuando en un barrio como el nuestro se hacía ostentación de dinero como hacía esa mujer, las enemistades no tardaban en llegar. Aunque claro, la mayoría por la espalda, ya que siempre era mejor, como hacía mi madre, poner buena cara de frente para ver si caía alguna moneda. Ese día la mujer llevaba dos bolsas rebosantes de comida, pero fuertemente apretadas, por lo que entendí que a la niña le iba a resultar muy complicado poder hacer deslizar algo fuera de las bolsas, así que me metí corriendo dentro de casa, agarré mi balón de fútbol del Mundial ’86, y lo lancé por encima de la barandilla, procurando que botase cerca de la viejecita, pero sin darle, que no era cuestión de que me tomara manía, ya saben, por si caía alguna moneda.

–¡Señora, señora! –grité desde mi balcón, al ver que la mujer se paraba de golpe al ver un balón salido de la nada botar un metro delante de ella– ¿Puede lanzarme la pelota? Es que estaba haciendo una chilena como Valdano y se me fue.

Si hubiera estado al tanto, hubiera sabido que el fuerte de Jorgito Valdano no eran precisamente las chilenas. De todos modos, la viejecita me obsequió con una sonrisa cándida, dejó las bolsas en el suelo, y agarró la pelota que, como un perrito obediente, había acabado rodando hasta sus pies tras rebotar con la pared contraria.

La niña de la calle, a pocos metros de la futura víctima de hurto, me miró extrañada, pero cuando me vio sonreírle y señalarle las bolsas con los ojos, comprendió y se le iluminó el rostro.

Mientras la anciana trataba de colar el balón de nuevo a mi balcón, la muchachita se escurrió hacia las bolsas, extrajo una de las cinco barras de pan que llevaba, una pequeña bolsita colorida, y un paquetito de embutidos para luego ocultarse tras los tachos de basura, con un sigilo y habilidad que ya quisiera el tal Arsenio Lupin del que me hablaba mi profesor particular.

Tras dos intentos nulos, por fin la pelota regresó a mi poder y la vieja, sin darse cuenta del menor peso de sus bolsas, continuó su camino sin saber que, esa tarde, sus nietos no podrían probar las golosinas que les había comprado.

Cuando la vecina se marchó, la niña de la calle me lanzó un beso con su mano, y en ese momento os juro que lo pude ver. Pude ver el beso moverse en el aire. Fue como si sus labios se clonasen en el viento, rosas, finos y pequeños, y subieron lentamente, haciendo garabatos en la nada, hasta posarse, como un pajarillo herido, cálidamente en mi mejilla. Si hubiera tenido algunos años más, o simplemente hubiera sabido qué significaba realmente esa palabra, podría haber dicho en ese momento que acababa de enamorarme completamente de la pequeña.

–¡Bajá, andá, bajá! –me gritó la niña de la calle, haciéndome gestos con su manita.

–No puedo… mi vieja no me deja.

–¡Dale! ¡Y te invito a dulces! –replicó, agitando la bolsita que yo le había ayudado a hurtar, lo que me convertía en cómplice de robo, como muchos de los maleantes de la televisión. Era cómplice de un delito. Pero no me importaba. Porque yo estaba del lado de los buenos, del lado de la niñita y de Robin Hood.

–Un momento –le dije, volviendo a entrar en casa para asegurarme de que mi madre durmiera. Mi mamá no dormía, mi mamá roncaba como un cerdo-. Ahora bajo –concluí saliendo nuevamente al balcón.

Dejé la puerta de la casa entreabierta y bajé por las escaleras con el corazón retumbándome en el pecho. Mis pies amenazaban con trastabillarse en cada escalón, pero yo no podía dejar de correr hacia la ladronzuela que me había robado el corazón.

En cuanto pisé la calle, la nena se lanzó hacia mí y me abrazó con fuerza, una fuerza de la que creía incapaz a un cuerpo tan menudo y escuálido como ese.

–¡Gracias! Ya creí que hoy me quedaba sin comer... –me dijo con una sonrisa mientras me ofrecía una golosina con, irónicamente, forma de corazón.

–No fue nada –Dudé en aceptar el dulce. En todos los meses que llevaba viéndola, jamás la había visto comer una golosina, mientras que yo, cada semana, cuando mi padre volvía de sus largos viajes de trabajo, disfrutaba de una bolsita entera para mí bajo la simple promesa de haberme portado bien. Sin embargo, mi gula pudo más que mi generosidad y acabé masticando con saña el regalo.

–¿Cómo te llamás? –preguntó. Sentándose junto a mí e invitándome a que la imitara.

–Vos primero, que sos más linda –respondí casi instintivamente. Ella sonrió halagada.

–Me llamo Marta. Marta Valdez, aunque no creo que eso ahora importe mucho, mi apellido.

–¿Por qué? –pregunté, en mi bendita inocencia, después de tragarme la golosina.

–¡Ay, tontito! –exclamó, con una sonrisa que se le quebró antes de continuar-. Pues porque mis padres me botaron de casa.

–Lo siento.

–Vos no tuviste la culpa. ¿Por qué lo sentís?

Abrí la boca para responder, pero lo cierto fue que Marta me acababa de dejar sin palabras, y me quedé así, con cara de tonto, durante varios segundos.

–No me dijiste cómo te llamabas –dijo finalmente, sacándome de mi parálisis.

–Jaime Vargas.

–Vargas… Bonito apellido… ¿Lo puedo usar? Es que los míos ya no me gustan.

No entendía cómo una niña tan interesante como Marta quería usar el apellido de la aburrida familia Vargas, sin embargo, acepté.

–¡Qué lindo! –exclamó palmoteando de alegría-. De ahora en adelante, me llamaré Marta Vargas.

–¡JAIMEEE! –tronó el vozarrón casi masculino de mi madre por toda la calle- ¡¿Dónde carajo te metiste?!

–Me tengo que ir –musité sobresaltado, mientras me levantaba para meterme de nuevo en el portal.

–¡Hasta mañana! –se despidió Marta, dando por hecho que nos volveríamos a ver.

–¡Estoy acá, mamá! –grité subiendo por las escaleras-. Bajé a ver si había correo –mentí.

Era la primera vez que mentía a mi madre, pero no me importó. Si en esta vida había un motivo válido para mentir, ese motivo era Martita Vargas.

Por la noche, cuando mi madre ya se había acostado, me escabullí de mi habitación y le deslicé a Marta un par de mantas viejas, pues los fríos meses de invierno se acercaban y yo sabía que le iban a hacer falta.

Desde ese momento, Martita movió su lugar para dormir (porque llamar cama a su revoltijo de retales sucios era darle demasiada importancia) justo enfrente de mi balcón, y todas las tardes, mientras mi mamá dormitaba viendo la novela, yo me bajaba con la pequeña niña de la calle a hablar, jugar, o besarnos.

Me gustaría decir que mi primer beso fue un momento mágico, ese instante en que se alinean los planetas y despierta el amor entre dos cuerpos que se atraen. Pero no. Éramos niños. No entendíamos qué era el amor, ni la pareja, ni mucho menos el sexo. Lo nuestro era la curiosidad. Simplemente, un día Martita me dijo:

–¿Alguna vez besaste a una nena?

–No. ¿Por qué iba a hacerlo?

–¿Tú papá no besa a tu mamá?

–Sí.

–Ven –concluyó ella, como si esa respuesta fuese suficiente para explicarlo todo-. Cerrá los ojos –pidió tras hacer que me incorporase.

Obedecí y de pronto sentí una calidez inaudita sobre mis labios, pero fue más que eso. Fue todo un estremecimiento de cuerpo y alma. Me abandoné a sus acciones sin saber cómo responder, solo dejando que su lengua acariciase mi boca, que su calor me envolviese hasta el límite del mareo.

–¿Te gustó?

¿Cómo responder? ¿Cómo transmitir con palabras lo que mi mente de niño aún no comprendía? ¿Cómo contestarle con un “SÍ” tan enorme que faltaba cielo en la ciudad para escribirlo? No pude.

–Creo que me tengo que ir. Mi mamá estará a punto de despertar –fue lo único que atiné a decir en mi azoramiento.

–Pero te gustó, ¿cierto? –insistió ella, con la mirada inocente.

–Sí, claro –respondí antes de tomar el camino hacia mi portal, pero solamente había dado unos pasos cuando me volví-. ¿Marta?

–¿Sí?

–¿También fue tu primer beso?

–Creo que tenés que irte. Tu mamá estará a punto de despertar –respondió ella, con la misma sonrisa.

Tarde tras tarde, junto a Marta aprendí lo que era amor. Éramos niños, sí, y ella tenía tres años más que yo, pero nos queríamos. Nos queríamos mucho. Siempre que podía, le pasaba ropa que me viniera grande, o restos de la cena, o algún juguete viejo sin que mi madre se enterase. De mi padre, sin embargo, no estaba tan seguro.

A pesar de que solamente estaba en casa los fines de semana, cuando volvía los viernes por la noche él sí que veía a Martita, durmiendo tan plácidamente que parecía un ángel, y me veía a mí en el balcón. Al principio pudo creerse que yo lo esperaba a él, pero semana tras semana, creo que terminó por darse cuenta de qué le sonaban esos pantaloncitos cortos y esa remerita que Marta llevaba con orgullo a pesar de que le vinieran un poco pequeños, o ese raído peluche con forma de jirafa al que le faltaba un ojo y con el que dormía abrazada. Y semana tras semana, los lunes de madrugada cuando marchaba, acabó por acercarse a donde dormía la pequeña y dejarle unas pocas monedas bajo las mantas.

Una tarde, al bajar con Marta, me di cuenta de que ya no llevaba mis pantalones. Iba a preguntarle si se le habían roto cuando los vi junto al cubo de basura, manchados de rojo en la entrepierna. Me asusté mucho, pero Martita rio. Me explicó que era algo normal, que le pasaba a todas las mujeres, y que si se lo preguntaba a mi madre, seguro ella me lo explicaría. Prometo que lo intenté. Al subir a casa, y en cuanto despertó mi madre, quise hablar con ella.

–¿Mamá?

–¿Qué querés? –respondió de malos modos- ¿Acaso no ves que estoy con la novela?

–¿Por qué le tenés miedo a la calle? –la pregunta me salió del alma. Por un momento me olvidé de Marta y solo pensé en que mi madre debía sufrir mucho si se condenaba a vivir sin disfrutar del mundo exterior.

–¿Y a ti quién te dijo que yo le tengo miedo? ¿Eh? -La agorafobia de mi progenitora empeoraba y cada vez estaba más arisca-. Yo no le tengo miedo a nada, ¿entendés? Solo que no me apetece salir.

–¿Nunca? ¿Pues por qué no te apetece salir nunca? –insistí.

–¿A ti qué carajos te importa lo que a mí me apetezca o no?

–Pero mamá…

–Ya me estás cargando, carajito. ¡Andate a tu cuarto!

–¡Andate a tu cuarto o te cago a trompadas! ¿Entendiste? –chilló, fuera de sí, haciendo esfuerzos por despegar su enorme cuerpo del sillón.

Corrí hacia mi habitación, atemorizado, mientras escuchaba sus lentos y sonoros pasos tras de mí. Cerré la puerta y esperé, apoyado contra la misma, y casi llorando. Afortunadamente, aunque la había enfurecido, no la había enfurecido lo suficiente como para que me encerrase con llave, algo que había hecho en muy contadas ocasiones, y que añadía más humillación al castigo cuando tenía que rogarle a gritos que me abriese para poder ir al servicio si la naturaleza me reclamaba. Mi habitación no me gustaba nada. No solo porque fuera pequeña y oscura, también porque la única ventana que tenía no daba a la calle donde dormía Marta, sino a un escueto patio de luces al que ni siquiera podía salir por culpa de las rejas que tapaban la ventana. Si mi casa era una cárcel, estaba claro que mi habitación era la más lóbrega de las celdas. Cada vez que me castigaban, soñaba que era un preso condenado injustamente, e ideaba cientos de planes para escaparme de mi celda como hacían los Robin Hood o Lupin que veía por la tele, o el Conde de Montecristo o el príncipe Segismundo de los que me hablaba mi maestro particular.

Finalmente, tuve que hacerle la pregunta a mi padre cuando llegó a casa. No sobre la fobia de mi madre, pues no quería que él también se enfadase, a pesar de que no recuerdo haberlo visto enfadado jamás conmigo. Le pregunté sobre las manchas de sangre y él me explicó muy detalladamente el tema de la menstruación femenina.

Pasaron unos pocos meses. Cumplí nueve años. Marta me regaló un carro de juguete que fabricó con piezas de dos cochecitos rotos que encontró en la basura. Esa misma noche, mientras daba vueltas en mi cama jugando con el pequeño auto sin poder dormirme, algo me empujó a salir al balcón para ver a mi ángel durmiendo.

Alguien, sin embargo, rompía la soledad en la que habitualmente, a esas horas, se sumía la calleja. Una sombra negra avanzó directa hacia mi ángel, y el estómago se me encogió al ver cómo se inclinaba sobre ella. Estaba a punto de gritar para despertar al vecindario cuando me di cuenta que simplemente estaba zarandeando suavemente a Marta para despertarla.

Sin saber por qué, me escondí tras las macetas del balcón para espiar al hombre que sacó un pequeño fajo de billetes del bolsillo mientras le decía algo al oído a la niña de la calle.

Martita, después de frotarse los ojos, miró al hombre, miró al fajo de billetes y asintió.

Desde mi escondite, pude ver cómo la pequeña se arrodillaba ante él y maniobraba con la bragueta hasta lograr extraer una enorme verga (ella me enseñó que se llamaba verga) que no tardó en meterse en la boca.

Ahogué un chillido. No entendía lo que pasaba, pero no podía aceptar que los labios que tanto había besado ahora se cerraran sobre un sucio pene (mi profesor particular, al explicarme las partes del cuerpo, fue quien me enseñó que se llamaba pene).

Durante minutos que me parecieron horas me quedé allí, paralizado, viendo a Martita chupando la polla (los años me enseñaron que también se llamaba polla) a aquel hombre que le decía groserías en un idioma desconocido para mí, hasta que finalmente, con un gruñido más porcino que humano, pareció darse por satisfecho.

El extranjero tiró los billetes al suelo y Martita se apresuró a cogerlos mientras él se marchaba silbando. Yo no conseguía moverme. Cuando Marta volvió a quedarse sola, se asomó a uno de los tachos de basura y comenzó a vomitar. No podía creerlo. El destino me había hecho una jugarreta cruel al invitarme a salir al balcón para contemplar esa escena. Tras contar los billetes, Marta elevó la vista hacia el balcón y me vio. Supongo que mi cara de preocupación era suficientemente expresiva.

–No te preocupes, no fue nada. Y además tengo plata –me dijo bajito, antes de fingir una sonrisa y volver a sus mantas.

Sin embargo, sí me preocupé, y al día siguiente le pregunté qué había pasado.

–Eso, bebito, es una mamada –me explicó secamente. Poco parecía quedar de la dulce Martita que me enviaba besos con la mano.

–¡No me llamés bebito! ¡Sabés que lo odio! –le chillé. Creo que jamás le había chillado.

–¿Vos querés que te haga lo que le hice al gringo?

No supe qué contestar, pero Marta me agarró de la mano y me llevó bajo las escaleras de mi portal. Allí trasteó con el cordón de mis pantalones mientras yo salía lentamente de mi parálisis y trataba de detenerla.

–¡No! ¡Pará! –me resistí.

–Tranquilo, bebito, que te va a gustar –musitó ella, bajándome de un tirón pantalón y calzoncillos.

–¡NO! –grité, empujándola con todas mis fuerzas y huyendo escaleras arriba, dejándome la mitad de la ropa en aquel rincón.

Durante una semana estuve sin bajar con ella, aunque cada noche salía a mirarla al balcón. Sin embargo, me volvía a la cama, dolido, en cuanto aquel hombre hacía su aparición.

Cuando volví a bajar a la calle, lo hice decidido a impedir que Marta siguiera mamando vergas.

–Lo siento, bebito –Fui a protestar, pero me calló poniendo un dedo sobre mis labios-. A eso me dedicaré a partir de ahora. No me gusta, pero se gana plata. Mucha plata.

–¿Y para qué querés tú plata? –dije, comenzando a llorar.

–Para marcharme de acá, Jaime. Este condenado barrio, esta ciudad, este país de malparidos no es lugar para niños. Quiero irme lejos, muy lejos, a Europa, allá donde no hayan niños de la calle como yo. ¿No lo entendés? –También Marta lloraba a mares-. Quiero dejar de ser pobre, y esta es la única opción que tengo.

–No te marchés, Martita, no te marchés… ¿Qué haré yo sin ti? –le supliqué.

–Lo siento, cariño. Pero si consigo la plata suficiente volaré de esta cloaca. Creo que es lo mejor. Para los dos.

–Pero… Hasta que lo consigás, al menos hasta que lo consigás… ¿Te quedarás conmigo?

Como única respuesta, Martita me dio un largo beso en los labios.

Estaba desolado. Mi ángel se iba a ir, y yo no podía hacer nada para evitarlo. Cada noche, salía al balcón para verla dormir, para ver si en sus sueños aún se acordaba de mí o ya solo soñaba con aquel nuevo país. Martita empezó a comer bien todos los días gracias al sucio dinero de sus mamadas, e incluso se compró una cajita de aluminio con un candado, cuya llave llevaba siempre al cuello, para guardar sus ganancias. Una noche, el gringo llegó pero algo en sus movimientos hacía presagiar que no iba a ser una noche como otra cualquiera. Parecía más nervioso, más excitado…

El hombre despertó a Marta y le mostró no uno, sino dos fajos de billetes. Desde mi puesto de vigilancia, temblé, eso no podía acarrear nada bueno. Martita encogió los hombros y asintió. Se quitó las braguitas con las que dormía y se tumbó de nuevo sobre sus mantas.

No pude mirar. Aparté la vista en el momento en que el gringo entraba en mi ángel y ella rompía la noche con un desgarrador grito. Lloré durante los minutos que duró el acto. Igual que Marta.

Como había hecho de costumbre, al acabar, el gringo tiró los billetes al suelo y se marchó riendo mientras Marta se afanaba en agarrarlos antes de que el viento se los llevase. Tras reunirlos, los guardó rápidamente en su “cajita mágica”, como ella la llamaba, y se volvió hacia el balcón, donde yo la miraba con los ojos anegados. Pero de pronto lo vi y hasta las lágrimas se me helaron. Era la primera vez que la veía desnuda de cintura para abajo (durante el primer año, en verano, no tenía ningún reparo en sacarse la remera), pero estaba seguro que no era normal lo que se veía al trasluz de las lejanas farolas. Regueros de sangre que nacían de su tierna hendidura le corrían por los muslos.

–¡Voy a llamar al doctor! –grité alarmado.

–¡Ni se te ocurra! –me gritó, fuerte y seca, vestida únicamente con su remerita.

–¡Esperá que ahora bajo!

No tardé en plantarme junto a ella, armado con todo lo que me pareció útil tras asaltar el botiquín de casa. Tardamos como dos horas, mientras amanecía, en detener completamente la hemorragia.

–Gracias, amor –me dijo tras retirarle la última venda empapada en sangre. Me besó e intentó meter la lengua en mi boca, pero me debatí. Me debatí durante dos segundos. Luego no pude evitar vencerme a ella y corresponder a su beso. Fueron unos segundos que volvieron a ser mágicos, la volví a sentir mi propio ángel, mía sola y no del gringo, porque a él no lo besaba.

–No podés seguir así. Es serio, Martita. No podés. Haré lo que quieras, le pediré a mi viejo que te pague el viaje, pero dejá ya esto. Por favor.

–Lo siento, bebito, pero no podés ayudarme. Tengo que marcharme sola. Cuando me vaya, lo haré sin debernos más que una carta de vez en cuando. Lo siento, pero sí puedo seguir.

Triste, hundido, encabronado, me subí llorando a casa y me tiré en la cama a ahogar mis gritos en la almohada.

Durante unas semanas más, el gringo siguió viniendo cada noche, dejando plata y más plata y también sangre y más sangre, porque ya no quería que Marta se la chupase, ahora quería follársela. La “cajita mágica” cada día estaba más llena y Martita estaba cada día más feliz.

–Ya queda poco, Jaime –me dijo un día, diez de marzo, justo el mismo día en que me conoció tres años antes-. Dentro de una semana podré pagar el viaje.

Ella estaba muy feliz. Pero aquel día feliz fue, al mismo tiempo, un día triste. El gringo ya no volvió esa noche, ni la siguiente, ni la otra. Ya nadie venía a pagarle a Martita mientras ella engordaba más y más y sus pechitos al principio inexistentes se iban llenando más y más.

Como si supiera lo que había hecho, el gringo desapareció dejando preñada a Martita. Solo yo me encargaba de ella, y la cuidaba, y le iba a comprar comida para que ella no tuviera que levantarse. Volvió a pedir por el día, y la gente dejó de ignorarla. Al verla embarazada sí, había más gente que le daba dinero, el suficiente nada más para que comiera, pero también había más gente que la despreciaba, que la insultaba, que la llamaba de todo. Yo insistía en llevarla a un hospital, pero ella se negaba en rotundo. Incluso mi papá, con el que hablé del tema, intentó hablar con ella y convencerla, pero no hubo modo. Martita no quería ni ver a los médicos. Pero yo seguí a su lado. Siempre a su lado. Incluso, cuando tenía a mi padre en casa para cubrirme, más de una vez me quedé dormido junto a ella y mi papá me despertaba a primera hora y me mandaba para casa antes de que mamá se fuera a percatar.

Finalmente, un jueves veintiuno de septiembre, pasó lo que tenía que pasar. Eran las ocho de la noche cuando Martita comenzó a gritar. Me daba igual lo que ella dijera. Necesitaba un médico. Pero para llamar a uno, tenía que decírselo a mi madre.

–Mamá, a M… -me corregí, ella no podía saber que conocía a la niña-. A esa niña le duele.

–Che, dejala niño, son mierda… -fue la única respuesta que obtuve.

–Pero mamá… Hay que llamar a un médico –grité, tratando de hacerme oír sobre los berridos de Marta que se colaban por el balcón. Mi madre bufó y cerró las puertas para intentar acallar los gritos, y yo aproveché para lanzarme hacia el teléfono.

–¡Estate quieto, carajito! –graznó mi madre, agarrándome de los brazos y levantándome en vilo cuando había pulsado nada más que uno de los dígitos.

–¡Mamá, por favor!

–¡Me tenés harta! –Mi madre me llevó en volandas hacia mi cuarto y me lanzó despreocupadamente al interior, como si fuera un fardo inservible y no la criatura que había vivido nueve meses en su interior. Los mismos que Marta y su bebé.

El golpe con el suelo me dolió. Pero no me dolió siquiera la milmillonésima parte de lo que lo hizo el escuchar cómo mi madre cerraba la puerta y daba vuelta a la cerradura. Me encerró en mi celda oscura mientras allí fuera, en la misma puerta de nuestra propia casa, la vida de un ángel pendía de un hilo.

–¡MARTA! ¡MARTA! ¡¡MARTAAAAAA!!

Me gustaría decir que gritaba por una noble causa. Que simplemente quería que mi madre abriera y ayudar a mi ángel. Pero sabía que no iba a ser así por más que gritara, porque mi madre había pasado el límite de la cordura empujada por su agorafobia y nada hay más difícil que convencer a un loco. Lo cierto es que no gritaba para que mi madre me oyese. Ni siquiera para que me oyese Marta y supiese que seguía queriendo ayudarla. Lo cierto es que gritaba para no tener que escuchar los gritos de mi ángel doliente, para tapar sus aullidos con mis propias voces, para que no me dolieran como puñaladas las veces que escuchaba “Socorro”.

Durante horas aporreé la puerta con todas mis fuerzas, la embestí, me dañé mil y una veces las manos con cada uno de los golpes hasta que al final, cuando ya no me quedaba ni voz y ni siquiera escuchaba los gritos de Marta, caí rendido ante la puerta.

Me despertó la difusa luz del alba que se colaba por el patio de luces. Probé a abrir la puerta y pude comprobar como la llave ya no estaba echada. Salí como una exhalación de la habitación y crucé pasillo y salón tan rápido como me permitían mis cortas piernas.

–¡Ya se levantó el escandaloso! –gruñó mi madre, pero la ignoré completamente y salí a la carrera de casa.

Salté los escalones de seis en seis, evitando tropezarme, y llegué a la calle.

La repentina luz del día me cegó por un momento. El mismo momento durante el que esperaba ver a Martita sonriendo mientras sostenía un hermoso bebé en los brazos que, en mi ensoñación, tenía mis ojos. Sin embargo, cuando mis ojos se acostumbraron a la claridad, lo que me encontré fue algo muy distinto.

Tres ancianas formaban un corrillo cerca de donde Martita tenía su cama, su hogar. "Una desgracia, ¿Verdad?", "Se la encontró un barrendero, y aún respiraba", "No pudieron hacer nada en el hospital, ni por ella, ni por el niño".

Lo escuché. Escuché cómo algo muy grande y muy necesario se rompía dentro de mi pecho. Me quedé allí de pie, con tantas ganas de llorar tantas lágrimas al tiempo que, durante un momento, ni siquiera pudieron salir, como si estuviesen apelotonadas todas en la puerta y se estorbasen.

Pero cuando la primera surgió, todo yo me convertí en un mar de lágrimas. Subí a mi casa, roto y enfurecido, cegado por los lloros, y cuando me vi delante de mi madre, que me miraba con una mueca de sorpresa, un grito escapó de mi cuerpo. No recuerdo qué barbaridad le dije, pero debió ser una lo suficientemente grande como para dejarla plantada en el sitio y sin nada que responder.

Llorando, me tumbé en la cama y apagué, de nuevo, los gritos en la almohada, como aquella otra vez que también lloré por Marta. Mi padre llegó pocas horas después.

–¿Qué pasó? ¿Por qué tanta gente ahí fuera?

–Bah, esa sucia niñita que rondaba por el barrio, parió y murió en el parto.

–¿Pero cómo? ¿No la atendieron bien?

–No. Tu hijo quería llamar a un médico pero hubiera sido tirar el dinero. Una rata menos en el mundo. O dos.

El sonido que siguió a esa frase de mi madre fue inconfundible. Una bofetada que resonó y tuvo eco durante segundos en la casa.

–Estás loca… -masculló mi padre, que vino corriendo a mi habitación. En cuanto me vio, me agarró y me estrechó en el abrazo más largo y necesario que me han dado en la vida.

–Ha muerto, papá, ya no está… -musité.

–Claro que sí, hijo, claro que está, está acá –Me dio un par de golpecitos en el pecho con un dedo-, en tu corazón. Y si no la olvidás, siempre estará.

Volví a abrazarlo sin dejar de llorar.

–¿Qué pasará con… ya sabés… su cuerpo? –pregunté, cuando pude dejar de hipar y sollozar.

–Ay, hijo, no tenía plata. La enterrarán como a una Doña Nadie, y si la entierran… -Mi padre siempre fue muy franco, pero no volví a llorar.

–Sí papá, sí que tenía.

Corriendo, volví a bajar a la calle, me introduje entre el creciente grupo de cotillas y buitres que rondaban la calleja, como si el olor a muerte los atrajese, y cuando llegué a las mantas de Martita, rebusqué bajo ellas hasta encontrar lo que buscaba. Apreté la cajita de aluminio contra mi pecho, volví a atravesar la multitud, y se la enseñé a mi padre, que me había seguido.

–¿Ves, papá? Ella decía que era de este color porque antes era de madera, pero que la sumergió en el Río de la Plata y se volvió de plata. Qué tonto, ¿verdad?

Era tan tonto, que volví a llorar. Lloré como el niño que era. Lloré por la niña que dejó de serlo demasiado pronto. Al final no iba a viajar a Europa, ni la iban a adoptar allá, ni se iba a hacer rica pronto para pagarme el pasaje. Su vida acabó cuando aún soñaba con angelitos, igual que yo soñaba con ella, con mi ángel, con mi primer y mayor amor.

Fuimos al hospital a recoger la llave que siempre llevaba al cuello. Nos hicimos cargo, mi padre y yo, de elegir todas las exequias.

La enterraron en un cementerio muy bonito, en una tumba muy bonita, con una lápida que ponía:

MARTA VARGAS

1982 – 1995

Siempre viva en mi alma

Sobre la lápida, cómo no, la figura de un ángel, un querubín que custodiara siempre su sueño, sueño eterno. A su lado, enterramos al niño. A petición mía, lo llamamos Román Vargas, como mi padre. Tuvo un entierro muy íntimo, los asistentes podían contarse con los dedos de una mano. Sus padres, los mismos que la botaron de casa porque su papá abusó de ella y su madre la llamó mentirosa cuando se lo confesó (me lo contó una noche que andaba medio tristona cuando ya estaba embarazada), pues ellos también asistieron. Cuando preguntaron “¿Por qué Vargas?”, fue mi padre quien contestó por mí:

–Porque ella lo quiere.

Ellos no parecieron entenderlo, pero se encogieron de hombros y lloraron como todos. Después de botarla de casa, lloraron su muerte. Es como prender fuego a un árbol y llorar porque murieron los pajarillos que anidaban en él.

Los hubiera puesto de hipócritas hasta arriba, pero yo también estaba llorando.

Aún guardo su llave. La cajita, según mi padre, quedó estupenda como maceta para las flores de su tumba. De su tumba y de la de Román, ese niño que tanto estará cuidando en el cielo.


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