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Fecha: 11-May-16 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Respirar

THECROW
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Buenos Aires, la soledad, las culpas, la luna en los charcos y de pronto... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 Había comprado flores para darte en nuestro decimosegundo aniversario de casados. Eran rosas, estoy plenamente seguro que fue así, no digas que eran claveles. Siempre fueron rosas rojas cuando se trataba de nuestro aniversario; sabés muy bien que por más pequeños, por más idiotas, jamás se me escaparían esos detalles. Sé que nunca te gustaron los claveles, los detestabas, decías que eran flores para los muertos, por eso te regalaba rosas. Rosas. Y no, no llevaba claveles para molestarte, eran rosas, tus flores favoritas.

¿Recordarás cuando te cantaba al oído aquella canción de Sabina? ¿aún existirán en tu sótano de los deseos nuestras caricias furtivas bajo las mesas? ¿y los besos entre el oleaje de las sábanas? Besarte. Que cruel es el reloj. Casi no recuerdo tus labios. Apenas lo que creo, eran. Apenas el aliento helado en las tardes de frío. Apenas. El tiempo suele soplar sobre nuestras velas hasta arrancarnos los hermosos detalles de la memoria dejándonos en blanco. Ironías de la vida. Siempre recordaremos el último trago en ese bar de mala muerte o aquel beso invernal en la mejilla al decirnos adiós y taparemos con aquellas imágenes a todos y cada uno de los soles que brillaron en nuestro cielo coronario. Es injusto. La vida, ese compendio de momentos es tan injusta.

La llama del encendedor acaricia la punta de un cigarro y lo sonroja hasta hacerlo arder. Pito hundiendo los pómulos y lleno los pulmones de muerte mientras mis pasos se suceden perdidos, sin norte, sobre el asfalto gris de una callecita olvidada de mi Buenos Aires querido. Cómo pasa el tiempo. Es increíble cómo pasa arrastrándolo todo y con él, a nuestros latidos y sus mejores compases, barriendo consigo los fulgores de las miradas, la intensidad de las primeras veces, las emociones de las pequeñas cosas, los suspiros, las sorpresas. Y cómo morimos en el corazón ajeno, carajo. Nos deshacemos, nos empequeñecemos hasta el cero y chau, nos quedamos sin más tumbas que nuestra propia soledad, cambalacheados, deshilachados, vueltos nada. De pronto, un día despertás y estás viviendo con un perfecto extraño que te recuerda tímidamente a alguien que alguna vez amaste con todas tus fuerzas y comenzás a putear al cielo por amanecer cada día en el sitio equivocado. Idioteces de uno.

Caminar sin rumbo fijo, sin relojes ni permisos de salida. Carecer de bienvenidas, del beso en la mejilla, la cena servida y la charla de rutina. Caminar soñando que la libertad es esto y sabiendo que realmente libertad eran sus ojos, el reflejo en sus pupilas, el sofá compartido. Caminar bajo una noche de invierno más solo que la soledad, menos esperanzado que la desesperanza y con los pies congelados, sin huellas ni ruidos ni nada. Años de tener una familia, añorando las libertades de la juventud y los culos en fila, y hoy, en esta puta noche de tango, con mis cuarenta y diez en los hombros nada es igual y todo sabe a soledad. Añoro lo que llegué a detestar, añoro y lagrimeo, porque no, los hombres también lloran y berrean y putean y sufren y la puta madre que lo parió.

Pasos más allá, en la esquina más oscura de la ciudad, diviso un bar perdido entre luces y sombras, y me promete, perjura, que allí podré ahogar el frío en vasos de vidrio grueso y alcohol barato. Me quedó un rato frente a esa puerta, a la luz de las marquesinas; enciendo un cigarro, luego otro y no logro decidirme. Un tercer cigarro hace que recuerde el consejo martillo de mi doctor “No deberías fumar. Tenés los pulmones al borde de un colapso. Cuídate, viejo, cuídate que tu vida se va con cada pitada. No seas pelotudo, querés” De algo hay que morir fue siempre mi respuesta; ignorancia de los adictos o simple pelotudez personal. Imagino que los médicos son los individuos menos escuchados de la historia. Nos dicen que hagamos lo que nunca hacemos y hacemos todo lo que nos hace daño como vengándonos de sus títulos como si a ellos les importara algo. En fin ¿por qué no entrar? ¿quién me lo impide? ¿mi salud? ¿mi ex? ¿mi soledad? Tomaré un trago, tal vez dos y luego me iré a dormir.

Inseguridad. Esa sensación apretándome el pecho como en un puño y quitándome la respiración. Inseguridad. Esa putada que le dio vida a mis mayores arrepentimientos, y sí, no existe peor arrepentimiento que culparse por lo que nunca sucedió por impericia propia. Basta. Sin pensarlo más - que siempre se encuentran motivos para decir “no” - tomo el picaporte, halo hacia abajo y abro la puerta. Una vez dentro, escojo una mesa ubicada en un rincón sumergido en la penumbra,  a la izquierda de una ventana que brinda la vista de la calle y la luna reflejándose en sus charcos. Tan tanguero. Tan porteño.

Pido una ginebra, me traen un tequila. Da igual, alcohol por alcohol. Ojalá no pida una concha adolescente, no sea que me traigan una pija grande como una botella de cerveza. Ni modo. En el fondo del bar, un escenario, y en él un tipo disfrazado de persona, con traje, corbata y zapatos lustrados. A viva voz y entre el bullicio anuncia el segundo show de la noche en el que una mujer sin más ropa que su piel bailará un tango de Astor Piazzola. Espero que no sea “Libertango”, el tango favorito de mi ex. Otra vez mi ex. Un día cualquiera de hace diez inviernos, la mujer de las rosas, la que me dijo “sí” en un altar, tomó mis manos, me miró a los ojos y en una mesa de bar ante dos café y tres medialunas me dijo las palabras menos esperadas: “Quiero el divorcio” Decidió que ya no me amaba, que vivir a mi lado era un suplicio, que odiaba de mí todo aquello que alguna vez la enamoró, que no soportaría verme la maldita cara una mañana más. Y a la mierda con todo, firmé por amor o por desamor, por no darle más aire a sus suplicios, porque a nadie se le niega la libertad cuando uno mismo se convierte en su cárcel. Firmé porque también quería ser libre o eso pensaba cuando estampaba mi rúbrica en esos papeles.

Un hijo de nueve años, un perro, una casa en los suburbios y un automóvil de marca japonesa. Todo repartido a la mitad. Nuestro hijo, cinco o seis días a la semana con ella; el perro conmigo tiempo completo. Una mierda, poder disfrutar de mi hijo una vez por semana y sufrir a un perro todos  los putos días del año. Y digo “sufrir” porque lo único que hace es comer, cagar y destrozar los pocos muebles que me quedan. Es increíble como de un instante a otro la eternidad jurada en los altares es más corta que un suspiro y el valor de los anillos es menor que el de su precio.

La música me trae nuevamente a la silla de madera ubicada en este rincón y en aquél escenario, la mujer baila sola con su desnudez provista de pechos turgentes, pezones oscuros, cintura guitarra, pubis depilado y ojos negros. Me acerco al borde de las tablas con el tercer vaso de tequila en una mano y pienso en encender el cuarto cigarro. Será mejor que lo haga en mi casa. Así obedecería al médico a medias y todos contentos.

Mis ojos recorren cada ángulo, escondrijo, contorno, en busca de nada, o mejor dicho, en busca de no mirar a la ardiente mujer desnuda. Es que será mejor evitar la erección en mis pantalones y su muy posible posterior eyaculación. Meses de abstinencia me harían estallar como un adolescente, incluso, a mis cuarenta y diez. Y en ese recorrido visual me encuentro con unos ojos de gata y una sonrisa perversa más abajo. Alguien me ha visto; existo, vivo, llamo la atención a pesar de la soledad en el fondo de mis ojos, de las facciones entristecidas por la barba de una semana y el dolor de mucho más tiempo traducido en sendas ojeras. No puedo ni quiero luchar contra esa mirada que desempolva los huesos de mis deseos en este cuerpo olvidado hasta por mí. Recorro una vez más el lugar con mis ojos, sonrío, acabo el tequila de un sorbo y vuelvo a la mesa, satisfecho, y es que existo, no soy un tango etéreo o un pedo de alguien, y es tan bueno dejar de sentirse un fantasma entre la gente.

Más allá de la ventana, la calle está gris como siempre y la luna aún tiembla en los charcos de agua. El resumen de mi vida. Una calle gris y la noche en cada charco. Mierda. El octavo vaso de tequila hizo que apoye la frente sobre la mesa. Todo gira, todo gira, el amor, la calentura, mi ex, un tango, el techo, el olvido, los pezones oscuros, los labios de la vagina, el vaso, el piso y la puta madre que me parió.

- Hola lindo ¿puedo? – irrumpe una minita sentándose a mi lado. Sí, era ella, la de los ojos de gata y sonrisa perversa más abajo. Una mujer de unos cuarenta años, voz de fumadora empedernida, labios carnosos y unas tetas de antología asomándose en el escote – Se te ve muy aburrido – sonríe y guiña un ojo.

– ¿Aburrido? Estoy completamente borracho – respondo con la seguridad que tantas veces me ha faltado. El alcohol suele hablar por los borrachos y lo hace desde la seguridad que da la inconsciencia o algo parecido leí alguna vez.

- Y no está mal – vuelve a sonreír - La vida es muy corta y la única manera de no desperdiciarla es hacer lo que uno desea. Imagino que vos deseabas beber hasta emborracharte y está bien. Eso hiciste. Cumpliste con el deseo. Con vos mismo. Bebamos para emborracharnos así no lo hacés solo.

- Sí, la vida es muy corta pero mi intención no es terminarla borracho y en el rincón de un bar que no conozco – froto mi nuca y me acomodo en la silla.

- Te preguntarás porque vine a sentarme a tu lado, así, tan desprejuiciada y pasada de confianza. Fácil. Nos miramos y creo que nos gustamos y como te dije, la vida es muy corta y la única manera de no desperdiciarla es hacer lo que uno desea. Bueno, yo deseo estar con vos, hablando, confesando… lo que sea, pero estar con vos –  acomoda esa montaña de tetas sin quitar su mirada de mis ojos y por Dios que los huevos duelen cuando la calentura hace efervescencia en la zona precisa.

- Disculpá pero no sería buena compañía, hace mucho tiempo que dejé de ser buena compañía y más cuando estoy con muchas copas encima – respondo sorprendido por el avance de la mujer de ojos de gata y esperando que todo sea una cámara oculta puesta por algún hijo de puta, como mi ex, por ejemplo. Nunca en toda mi vida una mujer me avanzó de tal forma. Nunca. Podría firmar esa frase y pedir que la plasmen en mi lápida. Bueno. Hasta hoy.

- ¿Puedo dudarlo? – lleva su mano a mi entrepierna y aprieta la erección que yace en ella– Lo tenés duro como una roca y con eso bastaría, ¿no creés? Me parece que no estás escuchando a tu cuerpo y a tus ganas – remata con sus ojos inyectados en deseo.

- Preciosa, no tengo mucho dinero – aclaro llevando mis caderas hacia atrás, como protegiendo mis partes íntimas de ella y de mí.

- Te confundís, lindo, no soy una puta. Me divorcié hace un año y la vida es demasiado corta como para seguir desperdiciándola sola en casa, deprimida y sin más delineador que las lágrimas. Hoy decidí que acabaría con eso y me acostaría con el hombre que más me guste de este antro – suspira – Resulta que vos sos el que más me gusta – se sonroja pero nada la detiene. Admiro eso – Para ser más directa, y mirá que aunque parezca me cuesta y mucho, quiero que me cojas, en tu casa, en la mía, en un hotel o hasta en el baño de esta pocilga de mala muerte, pero quiero que me cojas. Así de simple. Sin rodeos. Es mi manera de festejar un año de soledades, no pienso quedarme sin festejo y espero que puedas ayudarme con eso – agrega dejándome atónito, descolocado, avergonzado de mi eterna inseguridad, de mi machismo al pedo, de la ridiculez de los prejuicios, que un hombre avanza y la mujer espera y decide, de años de no ser así de directo. Perdí tanto por carecer de esa seguridad, encerrándome en mis miedos y vergüenzas, dependiendo del qué dirán. La admiro y me odio.

              

Quince minutos nos llevó llegar a su cama y mucho menos tardé en quitarle la ropa. La blusa con escote voló en el ascensor, perdió la falda en la puerta de entrada y su tanga cedió empapada en la sala de estar, rumbo a la habitación. Desnuda sobre la cama me mostró lo que hace meses no veía; la perfección del cuerpo de una mujer. Y es que la perfección no es aquella de las estatuas griegas o los cuadros renacentistas sino las líneas y las curvas de un cuerpo desnudo y excitado. Sus senos de pezones pequeños, rosados y erectos, su abdomen con vestigios de una cesárea, su pubis sembrado de vellos, sus muslos ofreciendo el paraíso, sus piernas con el vestigio de una afeitada apresurada; eso es perfección y no el torso inerte, sin vida y sin brazos de una Venus calcárea o una Maja Desnuda y quieta en el paño del pasado. Intento quitarme los pantalones. Confieso que el momento es eterno, estar borracho lo complica todo, incluso hasta quitarse un puto par de medias.

- Lindo, soy toda tuya – y posa una mano en su vagina para restregarla con desenfreno. Me arrojo, literalmente, sobre ella y mis besos, mitad besos, mitad mordiscos le devoran el cuello rumbo al mentón, los pómulos, su boca en la cual se desata una guerrilla de lenguas donde el fuego es la saliva y la sangre los alientos. Mi cuerpo sobre el suyo, mis manos inquietas en su cintura, sus tetas contra mi pecho, el olor a sudor y a sexo, las piernas enredadas, la noche con la que vengo soñando hace meses consumiéndome y sin haberla buscado. La vida, esa caja de sorpresas.

Ella hunde sus dedos en mis muslos empujándome contra su entrepierna, necesitándome con urgencia y mi verga que se recuesta sobre la línea de la vagina empapándome en la viscosa y caliente humedad de su excitación. Nos movemos desenfrenados, friccionando los sexos, sin penetración y la temperatura levanta el termómetro corporal a doscientos mil. Todo quema. No existe nada más glorioso que el calor de una concha. Separa sus piernas empinando las rodillas y su vagina se abre presta a recibir el bombeo de mi pija. Muero de ganas. Llevo mis nalgas hacia atrás como tomando carrera para saltar a ese vacío lleno de ganas, con los dedos ayudo a ubicar mi glande entre sus labios vaginales y de un movimiento me entierro hasta los huevos. Sí, tan lubricada ella, tan caliente yo. Bendito pecado el de coger. Entrar, salir, rozar, friccionar, sudar,  jadear. Adoro las manzanas. Gracias, Adán.

Tomo sus piernas, las apoyo sobre mis hombros, y ahora vagina y culo se ofrecen como manjares imposibles de no probar – Rompéme toda, lindo, cojéme como quieras que soy toda tuya, hoy soy tu puta – jadea hundida en el éxtasis mientras se retuerce. Con toda mi existencia empujo hacia adelante y con el pene totalmente dentro bombeo de atrás hacia adelante, de izquierda a derecha. Ella pega la cabeza contra la almohada, cierra los ojos y arroja un grito de placer al mismo tiempo que desde su entrepierna baja el líquido caliente de la gloria – Cojéme por el culo, rompéme todo el culo, quiero que me la metas por atrás, ya, lindo, por favor – implora tan agitada como excitada. Con lo que me gusta un culo. La quito de su vagina, falo empapado, latiendo y brillando, se lo apoyo e la entrada del culo y presiono. Nada de agregar lubricaciones, me calienta más meterla y que duela, que raspe, que ahorque. Empujo con furia, con ganas, caliente como nunca y cuando todo el glande queda apretujado en el interior de ese culo, doy el empujón de gracia. Arriba, abajo, constante, fuerte y los escalofríos del final que comienzan a recorrerme el cuerpo y el alma.

- Voy a acabar, ¿dónde la querés? – murmuro casi sin poder hablar.

- Acabáme dentro del culo, de la concha, donde quieras, pero adentro, quiero sentir tu leche caliente derramándose en mí – exclama casi a los gritos ¿Qué mejor pedido qué ése? ¿en qué momento me convertí en el pito más suertudo de Buenos Aires? No existe nada en el mundo que suene mejor que eso en estos instantes de infierno celestial. Acabar dentro, sin sacarla, inundándola de mí, una delicia incomparable. Tomo más velocidad, mis huevos se aplastan contra sus nalgas y mis dedos se entierran en sus caderas, me achino, me muerdo los labios, aprieto el culo, expiro hasta que acabo… acabo con tanta fuerza que siento como se resquebraja el alma en el grito del final y me deshago en leche desesperada, en simiente olvidada.

Caigo sobre ella. Sudamos sexo, olemos sexo, todo es sexo. Ella sonríe. Guiña un ojo. Me palmea el culo. Le sobo las tetas. Y hablamos de todo. De esa noche, de las anteriores, de nuestras alegrías y tristezas, de los arrepentimientos, las culpas y de los buenos momentos, porque no. No todo es dolor, no todo es sufrir, no todo está etiquetado de ex. Fumando mi decimosegundo cigarro es cuando recuerdo los claveles que nunca compré y las rosas rojas que negó recibir de mí, del perro cagando en mi cama, de mi cama sin ella luego del divorcio, de mi hijo y su llanto al ver como me iba de sus rutinas, de la casa en los suburbios, del auto japonés que se convirtió en otro auto japonés para ella y una bicicleta para mí. Pero las rosas rojas son las que lo ocupan todo. Las imagino marchitas dentro de un florero agrietado, sin una gota de agua, grises, resquebrajadas, crujientes, muertas. Eso duele, pero duele aún más que no recuerde que mi amor entregó rosas rojas y no simples claveles.

Vuelvo la mirada a la mujer a mi lado. La vida debe continuar. Al fin de cuentas, de eso se trata vivir. De continuar, de luchar, de no rendirse hasta el último suspiro.

Sonrío. 


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