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Fecha: 21-May-16 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Las vacaciones de Eduardo

Salvador
Accesos: 48.924
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 15 min. ]
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Un joven visita a su tía, pocos años mayor que él, y hacen recuerdos de su adolescencia, para terminar jugando como dos muchachitos, sin pensar que ya no son niños y esos juegos toman otro cariz. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 1: Tamara

  1. Tía y amiga

 

Cuando abrió la puerta encontró frente a ella a un joven alto, de rostro agraciado y tipo atlético, que con una sonrisa desbordante la miraba divertido, disfrutando la sorpresa que había causado en esa mujer que parecía casi de la misma edad, de pelo castaño que le llegaba al hombro, con un rostro hermoso y figura atrayente.

¡Cómo has crecido, Eduardo!

Abrió los brazos para recibir el saludo cariñoso de su sobrino.

Y tu siempre tan bella, Tamara.

¿Cuándo llegaste?

Anoche, y tú eres la primera persona que visito.

En efecto, Había llegado la noche anterior y la primera visita que hizo fuera de casa fue a su tía, la persona que más extrañaba en la familia, con la más afinidad tenía, ya que su infancia la habían pasado muy unidos. Siempre se habían tratado de tu, pues entre ambos había muy poca diferencia de edad. Ella con sus 22 años pasaba por la hermana mayor de Eduardo, al que superaba apenas por menos de tres años.

Siempre fueron una pareja bien avenida, compañeros de juegos, travesuras y confidencias. Cuando eran adolescentes, Tamara usaba a su sobrino como pareja cuando deseaba alejar algún pretendiente o si tenía que ir a alguna fiesta, para producir envidia entre sus amistades. Y como Eduardo siempre fue un joven apuesto, y ella una preciosa muchachita, hacían una pareja estupenda, que causaban la envidia de todos los que no sabían que eran tía y sobrino, los que gustaban de hacer bromas con la cercanía de edad entre ambos. Eduardo, usaba a su tía para que hiciera de noviecita cuando deseaba presumir con sus amigos. Ambos se divertían con sus inocentes travesuras y en más de una oportunidad uno sirvió de Cupido al otro. Eran una pareja muy unida, que se complementaba bien y que parecían conocerse a la perfección.

Cuando Tamara se casó tía y sobrino se distanciaron pero las veces en que se encontraban nuevamente, se sentían tan cómodos el uno con el otro que daba la impresión que nunca se habían separado. Pero hacía cerca de dos años que Eduardo había partido a estudiar a la universidad, fuera de la ciudad  y en todo ese tiempo no había ido a la ciudad donde vivía y los jóvenes solo se habían contactado por teléfono de manera esporádica. Durante este tiempo de separación, el muchachito se había transformado en todo un hombre, lo que dejó maravillada a su tía cuando lo contempló a la entrada de su casa.

Sentados en el living, empezaron a recordar anécdotas y confidencias. Tamara reía divertida las veces que luchaban y ella invariablemente le ganaba, ya que los apenas tres años de diferencia que ella tenía sobre él y que ahora parecían nada al verlo cómo se había desarrollado, pesaban mucho en ese tiempo. El Eduardo de antes no se distinguía por ser muy robusto, a diferencia del de ahora. De hecho, ella siempre le bromeaba con el apelativo de “alfeñique”, aunque tuvo siempre el cuidado de no llamarle así delante de terceros. Era una broma interna de ambos solamente, pues a ninguno de ellos se le pasó por la mente nunca la peregrina idea de burlarse del otro delante de otras personas.

A los pocos minutos estaban bromeando, riendo y jugando como si no hubiera pasado el tiempo para ambos. No eran tía y sobrino, eran dos buenos amigos que se reencontraban y para los cuales la vida era una broma continua, ya que siempre los problemas los dejaban fuera de sus encuentros.

Pero  ahora Tamara no podía dejar de  ver a su sobrino como un hombre apuesto, incluso más que atractivo y él la veía a ella derechamente como a una mujer hermosa y atrayente. Ya no eran los muchachitos de antaño y muy en su interior debían reconocer que el otro había cambiado para bien.

Estos pensamientos estaban en el fondo de cada uno y ninguno se atrevía a expresarlo, por lo que externamente eran los de siempre pero en el interior de cada uno la visión del otro había cambiado. Tal vez como reflejo de ese cambio que no quería que aflorara en palabras, Tamara prefirió refugiarse en los recuerdos.

Tengo algunas fotos que me gustaría mostrarte. Acompáñame.

Se dirigieron a un estante del dormitorio de donde ella sacó un álbum que empezaron a ojear y comentar.

Aquí estamos tu mami, yo y tus hermanas. Tu habías partido hacía poco.

¿Fue en la época en que te separaste?

Si, no hacía un mes de aquello.

Si yo hubiera estado aquí, te aseguro que ese desgraciado habría tenido una buena lección antes de irse.

Ella rió divertida.

¿Tu? Recuerda que cuando partiste eras un palillo.

Pero igual le habría dado una buena.

No te creo, pues nunca ganaste en las peleas, ni siquiera a mi.

Las cosas cambiaron, y ahora no podrías hacerlo, aunque quisieras.

No estés tan seguro, alfeñique.

El alfeñique murió hace tiempo.

Ella lo miró con intensidad y, efectivamente, tuvo que admitir que el Eduardo de ahora era todo un ejemplar, muy diferente a aquel que partiera hace un año. Desechando sus pensamientos, Tamara hizo algo que cambiaría completamente la relación entre ambos. Se levantó y le empujó, Eduardo cayó de espalda sobre la cama y Tamara, sin dejar de entre risotadas, se tiró encima y finalmente se sentó  encima de su sobrino, con una rodilla a cada costado, mirándole de frente y tomándole de las muñecas, le inmovilizó contra la cama, sin darse cuenta que en la maniobra había dejado expuestas sus piernas, más arriba de sus rodillas, mostrando una buena parte de sus muslos, por lo que Eduardo se extasió con la visión de las carnes blancas, duras, que Tamara  apretaba contra su cuerpo.

¿Ves? Todavía puedo dominarte, como antes, ¿recuerdas?

Ella actuaba tal como lo hacía antes, dominando a su sobrino hasta hacerlo que se rindiera. Pero olvidó que el tiempo no pasa en vano y que quien estaba bajo suyo ahora podría vencerla fácilmente si hubiera querido. Pero el joven no estaba dispuesto a que el juego terminara tan pronto y se rompiera el encantamiento de sentirla encima suyo, apretando su cuerpo y sus piernas mientras lo tenía agarrado de las manos contra la cama. La visión de los muslos de Tamara le había transmitido sensaciones nuevas respecto de ella, algo que nunca antes había pasado por su mente.

En medio de las risas de ambos, ella estiró más aún las manos de Eduardo, imposibilitando que éste pudiera hacer nada por librarse. El muchacho no hacía muchos esfuerzos por zafarse de la posición en que lo había dejado su tía, ya que con los movimientos de ambos, las piernas de ella le apretaban fuertemente y con ello le transmitía unas sensaciones voluptuosas inéditas en los juegos entre ambos hasta ahora. Y como Tamara iba vestida con un vestido de tela delgada, abierto por delante, el muchacho tenía dos placeres simultáneos con el jueguito a que lo había sometido: el roce de sus duros muslos contra su cuerpo y la posibilidad de poder ver partes de esos muslos asomándose por entre los botones del vestido, que a duras penas resistían el movimiento de su cuerpo intentando mantenerlo sujeto contra la cama.

Eduardo ahora veía ahora a Tamara como lo que era en realidad: una mujer exquisita, deseable. Con la intención de desviar su atención del espectáculo que le estaba regalando inconscientemente, y con la finalidad de poder seguir disfrutando de su contacto y de la visión de sus muslos, le respondió entre risas, sin dejar de “luchar” por librarse.

Solo porque me pillaste de sorpresa, fresca.

Eduardo seguía forcejeando como para liberarse, aunque sin empeño, pero sus movimientos bajo el cuerpo de Tamara le permitían sentir contra su cuerpo la dureza de los muslos de su tía, que se apretaba y movía al compás del juego que ambos jugaban.

Al cabo de un rato, cansada  pero sin ánimo de abandonar el juego, Tamara se echó atrás y se sentó sobre sus talones, pero como sus piernas estaban separadas, una a cada costado del cuerpo de Eduardo, sus nalgas quedaron apoyadas sobre la ingle de éste, sin percatarse que la redondez de sus globos apretaban la entrepierna de su sobrino y todo el paquete del muchacho, que empezaba a hacerse notar entre sus muslos. Sin dejar de reír, feliz de poder haber dominado nuevamente a su sobrino a pesar de los años transcurridos, llevó una mano a su pelo revuelto para ordenarlo, para lo cual enderezó su cuerpo, con lo que todo el peso recayó entre sus glúteos y, en consecuencia, sobre la parte baja del estómago del muchacho, precisamente en la zona pelviana, que  estas alturas exhibía una erección de proporciones. Ella  se percató de la dureza que tenía entre las nalgas y que, sin lugar a dudas, era el miembro de su sobrino. Su rostro reflejó la sorpresa que le producía esta situación, tan fuera de sus intenciones, y bajó la vista para encontrarse con que gran parte de sus piernas se asomaban entre la tela del vestido, frente a su sobrino que miraba al parecer muy complacido. Y siguió gozando del espectáculo de los muslos de su tía, que a estas alturas había dejado de reír y moverse, como si no le importara que ella se diera cuenta que el muchacho se estaba dando un gustazo con sus carnes expuestas.

El juego tía-sobrino había cambiado bruscamente y ahora entraba un componente nuevo: la sexualidad. Y no había manera de eludir lo evidente, ya que la presión de sus nalgas sobre el bulto que Eduardo tenía entre sus piernas era tan manifiesta que si ella se movía o se levantaba, se haría más evidente aún que su sobrino estaba presionando su herramienta entre sus globos. ¿Este lo hacía a propósito o su erección era algo casual? No, claro que no era casual. Pero, ¿el muchacho tal vez pensaría que ella lo estuvo provocando? Probablemente sí, tal vez inconscientemente.

Levantó el cuerpo de manera que su entrepierna dejara de presionar el bulto de Eduardo y se quedó en vilo, sin atreverse a posar nuevamente sus muslos entre las piernas del muchacho, por temor a volver a sentir la presión del bulto de este contra sus partes íntimas y con la intención de las cosas volvieran a su nivel anterior, que era de juego sin segunda intención. Y así, con ella sentada sobre su sobrino pero sin presionar su virilidad, ambos se miraron con una seriedad que nunca antes lo habían hecho.

Pero debían reconocer que ahora eran hombre y mujer que habían entrado en un juego peligroso y que tenían que tomar una decisión trascendental.

 En el breve lapso en que diversos pensamientos invadieron la cabeza de Tamara, creyó imaginar que era muy probable que a Eduardo le hubiera parecido provocativo su actuar, quizás reflejo de un deseo íntimo de poner una cuota de sexualidad en el juego de ambos, tal vez algo que inconscientemente deseaba desde que eran muchachos. Sí, tenía que reconocer que su sobrino siempre le atrajo, aunque nunca se puso a pensar en el tipo de atracción que sentía por el muchacho tres años menor que ella. Y ahora que sentía la virilidad de él entre sus nalgas, algo nació en su interior y empezó a abrazarla como un fuego incandescente. Lo sabía bien: era deseo en su estado puro.

Y él, ¿se sentiría atraído por ella? La dureza entre sus globos traseros le decía que su sobrino la estaba viendo como objeto de deseo. Se lo había dicho la mirada de él a sus piernas que ella sorprendió cuando se dio cuenta de que estaba mostrando más de lo conveniente.

Y los dos solos, por el resto de la tarde.

Un pensamiento se fue abriendo paso en ella: la posibilidad de tener sexo y con ello, sintió que el cuerpo se le encendía ante la idea. Y más aún al imaginar que lo podría hacer con Eduardo, el que para ella siempre había sido  nada más que un sobrino,  más bien un igual, dada la poca diferencia de años entre los dos. Y ahora, los dos en la cama, con la ropa revuelta, algo sudorosos por la agitación recién vivida,  lo veía como a un hombre. Y sentía que deseaba a ese hombre. Sí, no tenía dudas al respecto, deseaba a Eduardo.

Pensó que tal vez su sobrino se inhibiera de seguir adelante por tratarse de su tía. O quizás  pensara que ella se ofendería si intentaba algo y se controlara a pesar del deseo que ella hubiera despertado en él.

Qué problema.

Sin atreverse a tomar la iniciativa, finalmente decidió seguir en la posición en que estaba, semi sentada sobre él, pero teniendo cuidado de acercar su parte inferior poco a poco, de manera de que rozara la entrepierna de Eduardo y con ello sentir la suave piel de su instrumento viril contra su calzoncito. Fue una sensación increíble cuando sintió la cabeza de su verga contra sus labios vaginales, cubiertos por la suave y delgada tela de su calzoncito.

El la tomó de la cintura, una mano a cada lado.

Estamos como cuando éramos niños, en la pieza del fondo, ¿recuerdas?

Ella le miró extrañada, pero recordó los juegos infantiles, con las hermanas de Eduardo, al fondo del patio.

De veras, cuando jugábamos a las escondidas con tus hermanas.

Más bien me recuerdo a esa tarde en que nos escondimos los dos en la pieza abandonada.

Tamara comprendió perfectamente. Esa tarde ella lo había tirado al suelo en la cabaña y se había montado encima, intentando meterse la pequeña verga de su sobrino, el cual tuvo su primer orgasmo pero sin lograr hacerla feliz. El recién había cumplido 13 años y ella se empinaba por los 16, con todo el ímpetu y la energía de la adolescencia que estaba naciendo en su cuerpo, haciéndole sentir sensaciones nuevas que deseaba imperiosamente satisfacer. Y esa tarde, en la cabaña, donde llevó a su sobrino aparentando escapar de las hermanas de éste, su intención era que el muchacho le ayudara a bajar el calor que sentía interiormente. Pero fue un desastre, pues su sobrino acabó casi de inmediato, sin tener clara conciencia de lo que habían hecho en el suelo, con ella montada sobre él y agarrando su miembro para metérselo entre sus piernas. Esa primera experiencia la dejó completamente insatisfecha pero para Eduardo fue el inicio de su sexualidad.

Bajó la cabeza y le miró de frente, fijamente, a los ojos, con cara anhelante, mientras su cuerpo se movía suavemente, en  tanto Eduardo empujaba su pelvis para que ella sintiera el roce de su verga en sus nalgas. El mensaje era más que evidente.

¿Por qué te acuerdas de esa tarde en particular?

La sensación de sentir la cabeza del miembro viril de Eduardo contra su vulva, protegida por la delicada seda de su calzón, se iba convirtiendo en una tentación irresistible para ella, que sentía cómo su prenda interior se mojaba por los jugos que empezaban a fluir de su interior.

Porque entonces gocé por vez primera, aunque sé que tú no.

Esto lo dijo junto con poner su miembro contra la vulva sudorosa de ella, que se sintió casi acabar con la sensación que ello le regalara. Casi sin aliento por la excitación que la invadía. Pero logró reponerse y le respondió con una calma que estaba lejos de sentir:

Cosas de muchachos. Demasiado entusiasmo.

Pero ya crecí.

¿Qué quieres decir?

Que ahora podría darte lo que no pude esa vez.

Ella lo miró intensamente, sin dejar de ondular sus nalgas sobre el trozo de carne de Eduardo, que ahora  se movía impúdicamente contra su vulva, empujando sin descaro contra la seda negra del calzoncito de Tamara. Ella se apretó a él, para sentir más intensamente el bulto de Eduardo contra sus partes íntimas y preguntó:

¿Estas seguro?

Sigue moviéndote y lo verás.

Ella intensificó el movimiento de sus nalgas sobre la pelvis de su sobrino, sabiendo que con ello le estaba diciendo que se estaba rindiendo a sus deseos.

¿Así?

La pregunta fue acompañada con una cara de ansiedad que era toda una invitación a continuar lo que estaban iniciando.

Sí, asíiiiii.

El apretó sus cintura como queriendo dirigir su cuerpo en el vaivén que Tamara había empezado. Ella se dejó llevar e imprimió sensualidad a su cuerpo, como si estuviera actuando en un espectáculo erótico.

Mmmmm, biennnnnnn

Eduardo liberó una mano y la llevó a la altura del pecho de Tamara, donde empezó a desabotonar el vestido, con la intención de dejar al aire el sostén donde ésta escondía sus senos, para liberarlos de su prisión. Ella se percató de lo que Eduardo deseaba hacer y bajando sus manos, sacó la de él y continuó quitando los botones por sí misma, hasta que su vestido quedó completamente abierto, mostrando su hermoso cuerpo, donde resaltan sus senos tapados por unos sostenes negros y entre sus piernas un calzoncito del mismo color. El resto era piel, su suave piel blanca que invitaba a ser acariciada.

Y el no se hizo esperar.

La atrajo suavemente, mientras su rostro se pegaba a sus senos, donde empezó a lamer los pezones de ella, que lucían desafiantes, con una dureza propia de la excitación que la embargaba. Tamara acercó también su cuerpo, para facilitarle la maniobra y empezó a disfrutar las mamadas que el muchacho le hacía.

Mmmmm, ricoooooo

Eduardo suspendió sus lamidas y levantando la vista la miró directo a los ojos, mientras llevaba una de sus manos a la entrepierna de Tamara, donde se apoyó sobre el calzón ya húmedo de ella.

Esa tarde, ¿recuerdas que abriste tu calzoncito y te metiste mi cosa’

Si

Ella sudaba por la excitación, acrecentada por el recuerdo de lo sucedido esa tarde y que ahora empezaban a revivir, pero con un hombre hecho y derecho, que le daría todo aquello que no pudo tener la vez pasada.

Bueno, repitámoslo. Haz a un lado tu calzón.

Ella lo miró profundamente, y sin dejar de mirarlo, bajó una de sus manos e hizo a un lado el calzón y esperó. Eduardo llevó su verga a la entrada de la vulva de Tamara, donde la empujó hasta que quedara alojada hasta la mitad en la sudorosa cueva de su tía, que lo recibió complacida. Ella sintió que lo que pugnaba por meteré en su cueva era un respetable trozo de carne, muy diferente al de la tarde aquella.

Eduardo se tomó de las nalgas de Tamara y empujó para meter el resto de su verga en el túnel ardiente y mojado que lo recibió complacida. Y haciendo presión, subió y bajó el cuerpo de ella sobre su verga, que desaparecía completamente hasta volver a aparecer con su cabeza reluciente al final del sudoroso tronco que entraba y salía como si fuera un pistón.

Mijitaaaaaaa, ricaaaaaaaaa

Eduardooooooo, qué ricoooooooooo

Ella sentía que el mundo era poco para contener las sensaciones que sentía mientras subía y bajaba de la verga de su sobrino, que la apretaba de las nalgas y la movía y se movía acompasadamente.

Papitooooooo, siiiiiiiiiiiii

Tomaaaaaaaaa, mijitaaaaaaaaaaaa

Daleeeeee, daleeeeeeeeee. Siiiiiiiiiiiii

Ricooooooooooo, asíiiiiiiiiiiii

Aghhhhhhh, mijitooooooooooooooo

Tomaaaaaaaaaaaa, aghhhhhhhhhhhh

Y finalmente el orgasmo les alcanzó a los dos, llenándolos de energía, que gastaron en los últimos movimientos de sus cuerpos sudorosos antes de terminar desfallecidos por el esfuerzo desplegado. Pero Eduardo no tenía intenciones de terminar ahí y siguió con su pedazo de carne metido en la vulva de Tamara, que, montada sobre él, lo tenía aprisionado y sin posibilidades de que se moviera.

¿Y? Supongo que ahora lo sentiste diferente, ¿o no?

Es otra cosa, Eduardo. Nada que ver con lo anterior

¿Gozaste?

¿Lo preguntas aún? Fue increíble, realmente increíble.

Y eso que recién estamos empezando

Espero, pues estoy con ganas de volvamos a hacerlo.

¿Estas dispuesta?

¿Y lo preguntas? Cuando digas

Entonces desvistámonos.


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