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Fecha: 23-Jul-16 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (22)

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 51 min. ]
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Una larga travesía llena de sorpresas e incertidumbres. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 22.

Puñalada Trapera.

 

Había sufrido experiencias paralizantes en mi vida, pero el quedarme sola y desnuda a la intemperie, en quién sabe qué parte de una ruta que no conocía, sin duda era la más paralizante de todas. Un cúmulo de sofocantes sensación me agobiaba; tenía ganas de llorar, de rabia y miedo; tenía ganas de salir corriendo; tenía ganas de hacerme un bolita en el piso y rezar para que esta pesadilla terminara; y, por sobre todas las cosas, tenía un visceral deseo de asesinar a Catalina.

A lo lejos vi los faros de un auto acercándose, venía desde la misma dirección en la que había conducido yo minutos antes. Podría haberle hecho alguna señal para que se detuviera, pero me asusté tanto que me tiré de panza contra el césped, esperando que éste me cubriera. El vehículo pasó de largo sin percatarse de que yo estaba escondida allí, esperé unos segundos en la oscuridad y luego me senté cruzando las piernas, no podía creer que no hubiera comenzado a llorar, porque ganas y motivos no me faltaban, sin embargo una vocecita proveniente de mi subconsciente me decía: «Lucrecia, tranquilizate y pensá». Curiosamente esa voz se parecía bastante a la de Anabella… pero no tenía tiempo de ponerme a sacar conjeturas al respecto.

Tenía tan sólo dos opciones: caminar al costado de la ruta, en medio de la noche o hacerle señas a algún vehículo para que se detenga y pedir que me lleven. Ninguna de las dos opciones me gustaba, ambas eran peligrosas, pero la que más me inquietaba era la de detener un auto ya que no sabía con qué clase de persona me encontraría; podría tener suerte y que una dulce pareja de viejitos se apiadara de mí y me acercaran hasta la ciudad o podría caer en manos de algún degenerado que abusara de mí... o peor de todo, podría tratarse de un grupo de degenerados.

Muy en contra de mi voluntad me decidí por caminar, al menos mientras lo hacía tendría tiempo para pensar y me iría acercando, muy lentamente, a la ciudad.

La ladera de la ruta no representaba una gran dificultad, ya que el césped estaba bastante corto por esa zona, al parecer los dueños de los campos circundantes se encargaban de mantenerlo así, para evitar la acumulación de insectos y diversas alimañas en las que yo ni siquiera quería pensar; la sola idea de que alguna rata o una serpiente pasara por encima de los dedos de mis pies, era suficiente para que se me erizaran los vellos de los brazos... eso y el frío viento de la madrugada. Mis pezones estaban duros apuntaban con firmeza hacia adelante, cada paso que daba era sumamente incómodo, era una de las experiencias más horribles que había tenido que pasar en mi vida y lo peor de todo era que no sabía cuándo terminaría esa pesadilla... ni cómo.

Insulté entre dientes a Catalina todo el tiempo, especialmente en aquellas ocasiones en las que tuve que tirarme al piso para evitar ser vista por alguno de los vehículos que se acercaban.

Me di cuenta de que lo mejor era caminar deprisa mientras estuviera sola, de esa forma iría acortando la distancia más deprisa. Al menos mi vista se había acostumbrado a la oscuridad y la luna me ayudaba un poco.

Mientras caminaba tuve la sensación de entrar en una especie de trance, en el que yo caminaba como un autómata. Lo más curioso de todo era que a veces me daba la sensación de estar viéndome caminar sola, desnuda, en el frío de la noche, desde afuera de mi cuerpo, como si toda esa espantosa experiencia no me estuviera ocurriendo a mí, sino a otra persona. Extrañamente esto me ayudaba mucho a sobreponerme y a seguir avanzando. 

No tengo idea de cuánto tiempo pasé caminando sola en la oscuridad, en el medio de la nada, sin embargo mi reloj interno me decía que había transcurrido más de una hora. Estaba perdiendo las esperanzas cuando noté una luz a lo lejos, mientras más me acercaba a ella, mejor se iba dibujando la silueta de lo que parecía ser una estación de servicio. En cuanto estuve segura de que se trataba de esto, empecé a correr hacia ella. Mis músculos estaban entumecidos por el frío y por tanto andar; pero reaccionaron de maravilla ante la gran descarga de adrenalina, hacía mucho tiempo que no corría y debo admitir que lo sentí vigorizante. Mientras me acercaba a la estación de servicio tomé una nota mental, debía incluir actividad física en mi vida, sería muy útil para mantener mi mente despejada de problemas, lo supe porque durante esos pocos minutos ni siquiera pensé en el gran embrollo en el que estaba metida, hasta podría decir que disfruté del viento acariciando mi piel desnuda y revolviendo mi largo cabello. Sin embargo volví a la realidad en cuanto vi a uno de los muchachos que atendían en la estación, estaba mirando en la dirección contraria a la mía y aún nos separaba una buena distancia. De pronto me entró el temor, no conocía a ese hombre y no sabía de qué forma reaccionaría al ver a una mujer desnuda acercándose a él desde la oscuridad; si tenía suerte tal vez me confundiría con algún espíritu maligno y lo mataría de un infarto; pero si no ocurría esto, podría verme envuelta en un problema aún mayor. Decidí flanquear la estación de servicio e ingresar a ella por la parte de atrás, evitando ser vista. Caminé refugiada por una vieja pared de pintura descascarada; los pies me dolían mucho, no sólo por el esfuerzo hecho durante todo el trayecto, sino también por la grava despareja que cubría la parte de atrás de la estación.

Por fin llegué al lado contrario de la edificación, donde vi, en uno de los laterales, el desteñido cartel que rezaba: “Damas”. Se trataba de un baño público, me apresuré a esconderme en él, fue un gran alivio tener encontrar un sitio como este, al que sólo podían ingresar mujeres. Me miré en el desgastado y gran espejo que había dentro, mi desnudo cuerpo estaba pálido, tenía la piel de gallina y mis pezones estaban arrugados. Sentía mi cola helada, la acaricié un poco con la palma de mis manos con la intención de calentarla. Noté que en mi cabello había pequeñas ramitas o yuyos enredados, me los quité. Bebí un poco de agua directamente de la canilla del lavamanos y volví a mirarme al espejo, miré a mi reflejo como si esperara de él la respuesta para salir de este problema. Una vez más, la dulce voz de mi monjita preferida me susurró “Todo va a estar bien”. No sabía si creerle, pero al menos ahora estaba mejor que antes.

Llegué a la conclusión de que no tenía más alternativa que aguardar, no quería salir de allí para solicitar ayuda sin nada que me cubriera el cuerpo. En algún momento alguna mujer debía entrar… ¿o no?

Me desalentaba un poco el saber que ésta no era una ruta muy transitada a estas horas de la madrugada, lo había corroborado en el tiempo que pasé manejando y, especialmente, en el tiempo que pasé caminando. Durante mi recorrido a pie pude ver dos o tres autos, de los cuales me escondí. Tal vez tuviera suerte y uno más aparecería y se detendría en la estación de servicio, y una mujer bajaría, luego entraría al baño y me ayudaría con algo de su ropa...

Si lo pensaba de esa manera mis chances de que eso ocurriera eran pocas, y si llegaba a aparecer una mujer. ¿Cómo sabría yo que sería de confianza? ¿Cómo lograría convencerla de que me ayudara? ¿Qué excusa inventaría para explicar mi desnudez? Siendo honesta conmigo misma, esto no es algo que ocurra todos los días. Las mujeres no suelen andar caminando desnudas en el medio de la nada. Si me tomaba por una loca, posiblemente se negaría a ayudarme… pero no se me ocurría nada bueno.

Me encerré en uno de los cubículos, me senté sobre la tapa del inodoro y aguardé mientras pensaba. Al menos allí dentro me sentía segura; pero aún me acosaban muchas incertidumbres.

Podría haberle rezado a Dios para que me ayudara, era la situación ideal para pedirle ayuda; pero una ola de rencor se levantó en mi interior y fue a chocar de lleno contra mi orgullo. Aún seguía enfadada con Dios porque me habían echado de mi casa por unos padres que lo adoraban más a Él que a mí. Tal vez yo no había obrado como la mejor feligresa, pero no había hecho otra cosa que buscar mi propia felicidad… entre las piernas de una mujer… o de varias. En fin, el punto es que creo no merecer el desprecio de mis padres y mucho menos de la forma en que me lo mostraron, echándome a la calle como si yo fuera una delincuente, así que si Dios me estaba leyendo el pensamiento en ese preciso instante podía irse bien a la…

¡Un ruido!

¿Una voz?

¡Una luz!

¿Dios?... ¡La puta madre!

No. Son personas. Creo que son dos. ¡Son hombres… y están dentro del baño!

Mi cuerpo se paralizó, nunca había estado tan asustada en mi vida. ¿Qué hacían esos tipos dentro del baño de mujeres? ¿Me habían visto entrar?

Sí, eso debía ser. ¿Qué otra explicación podría haber? Seguramente me vieron caminar desnuda por la intemperie y entraron con la intención de… ni siquiera quería imaginarme lo que podrían hacerme.

Intenté quedarme en completo silencio y tomé medidas de seguridad, subí los pies a la tapa del inodoro y  me sujeté de las paredes del cubículo para no caerme, hasta aguanté mi respiración. Al mismo tiempo agudicé mis oídos con la intención de distinguir lo que hablaban.

Al principio sólo me parecía un murmullo inteligible, pero luego empecé a escuchar fragmentos en los que entendí palabras como: «Dale» o «Apurate». Luego me pareció oír que uno de esos hombres decía: «Tenemos toda la noche». Mi sangre se puso gélida en mis venas y una horrible sensación me recorrió todo el cuerpo. Tenían toda la noche para… ¿abusar de mí?

Por un momento estuve a punto de ponerme de pié y salir corriendo, pero el mismo miedo paralizante me salvó de cometer semejante estupidez.

Pasados unos segundos me percaté de que ellos continuaban conversando entre sí y que no habían hecho ningún intento de abrir alguno de los cubículos, por lo que vislumbré un pequeño rayito de esperanza. Tal vez estaban allí por otro motivo y no tenían ni idea de que yo me escondía en el baño. Reuní todo el coraje que pude y con suma cautela me puse de rodillas sobre la tapa del inodoro, luego fui levantándome poco a poco, procurando no hacer ruido. Cuando mi cabeza se asomó por encima de la puerta pude ver cerca del lavamanos a dos muchachos que deberían tener más o menos mi edad. Ambos llevaban gorras y el uniforme azul oscuro de la estación de servicio. Lo que más me llamó la atención fue que ambos miraban hacia el lavamanos, es decir, me daban la espalda por completo. Parecía que estuvieran manipulando algo sobre la base de mármol. De pronto vi que uno de ellos se agachó, emitió un fuerte sonido con la nariz, como si estuviera resfriado, y luego se incorporó soltando un fuerte suspiro. El segundo muchacho repitió la acción y en cuanto se levantó pude ver una línea dibujada con algún polvo blancuzco. Tal vez yo podía ser sumamente ingenua para algunas cosas, pero hasta para mí resultó obvio; no cabía la menor duda, estos dos estaban aspirando cocaína.

Eso me sorprendió bastante, pero lo que ocurrió a continuación me dejó atónita. El pibe que estaba a la izquierda, el primero en haber aspirado la cocaína, repentinamente se puso de rodillas, lo hizo tan rápido que por un segundo creí que se había caído, pero supe que había sido un movimiento voluntario cuando sus manos fueron directamente a la bragueta de su compañero.

Sus manos se movieron rápidamente, bajó el cierre y liberó el pene, el cual estaba flácido, sacudiéndose de un lado a otro como un péndulo. Tanto mi boca como la del chico de rodillas se abrieron de par en par, aunque mi gesto fue de puro asombro; él tenía otra razón para hacerlo. Sin ningún tipo de preámbulos se introdujo la verga de su compañero completamente en la boca. Pude ver cómo se abultaba una de sus mejillas. Me dio la impresión de que él movía el pene para todos lados usando su lengua. El chico que permanecía de pie no parecía mostrar sorpresa alguna, por lo que deduje que esa era una práctica habitual entre ellos.

El muchacho que estaba chupando la verga se puso de pie antes de que ésta se hubiera puesto dura y con poca delicadeza se bajó los pantalones mostrando un miembro de un tamaño considerablemente mayor al de su compañero. El otro pibe se puso de rodillas sin que se lo pidieran e hizo una devolución de gentilezas, chupó el gran pito como si lo hubiera hecho muchas veces antes, incluso se tomó la libertad de masajear los huevos mientras se introducía ese trozo de carne que ya comenzaba a ganar rigidez.

Creí que éste haría lo mismo que el primero, limitándose a chupar tan sólo unos segundos, pero fue pasando lentamente el tiempo y él siguió moviendo su cabeza de atrás hacia adelante sin sacarse la verga de la boca, la cual se puso totalmente rígida, mostrando toda su longitud. Me quedé pasmada observando esa escena, no sabía qué hacer. Nunca había presenciado sexo entre dos hombres… al menos no en vivo y en directo.

Me dije a mí misma que debía hacer algo, debía interrumpirlos y pedirles ayuda; pero una dulce y sensata voz semejante a la de Anabella me dijo «Ni se te ocurra hablarles». La voz de mi consciencia tenía razón. Si ellos se percataban de mi presencia podría verme envuelta en un gran dilema. Si bien ellos parecían ser homosexuales, nada me aseguraba que no hicieran eso simplemente por falta de algún huequito mejor donde introducir sus penes… y yo no quería proporcionarles esos huequitos por nada del mundo. Además el hecho de que ellos aspiraran cocaína no ayudaba para nada a darles una imagen más favorable.

Permanecí en absoluto silencio intentando asomarme tan sólo lo justo y necesario como para verlos, dejando mis rodillas semiflexionadas, para poder agacharme rápidamente si así lo requería.

Sin detener la felación, el muchacho de rodillas comenzó a quitarse la camisa. El otro hizo lo mismo y poco a poco se fueron despojando de toda su ropa. Allí fue cuando, por primera vez desde que me escondía en ese baño, sentí que mi suerte estaba mejorando. La ropa de uno de ellos quedó justo frente a la puerta del cubículo en el que yo me encontraba, eso me dio una idea que debía llevar a cabo con sumo cuidado.

Aguardé pacientemente por el momento indicado para poner mi plan en marcha. Observé cómo el sexo oral iba ganando intencidad. Si ellos hacían eso sólo por falta de mujeres, debía reconcoer que parecían disfrutarlo mucho, por lo que tal vez mi teoría no era del todo acertada.

El que la estaba chupando por fin se detuvo, me agaché un poco más por miedo a ser vista; pero éste simplemente dio media vuelta y se colocó en posición de perrito; inclusive meneó su cola, ofreciéndosela a su compañero de trabajo. Este otro no se hizo rogar. Se puso de cuclillas y con su grusa verga en una mano y con la otra mojada con su propia saliva, comenzó a lubricar ese ano que tenía a completa disposición.

El grito de dolor que emitió el pibe, cuando le metieron una buena porción de esa verga dentro de su culo, me heló la sangre a tal punto que yo misma creí sentir dolor en mi propia colita. No me quería imaginar qué se sentiría ser clavada por algo de ese tamaño. Los gritos siguieron y el pibe se vio obligado a taparse una boca con una mano para que éstos no inundaran toda la estación de servicio. Imaginé que si alguien escuchaba eso desde afuera pensaría que allí estaban asesinando a alguien… o que le estaban rompiendo el culo. Con mi ingenuidad seguramente yo pensaría lo primero, ya que aún viéndolo con mis propios ojos me costaba creer que estuviera presenciando semejante escena.

El movimiento de penetración anal comenzó a volverse cada vez más fluído y mecánico. Desde mi posición podía ver perfectamente cómo esa venosa verga ingresaba y, casi de forma inmediata, volvía a emerger… sólo para volver a enterrarse una vez más, con violenta intensidad. De algo estaba segura: ese pibe no se olvidaría nunca de la tremenga cogida que le dieron en el baño de la estación de servicio. El que se la metía parecía no tener mucho respeto por su culo, ya que cada vez que podía aumentar el ritmo, lo hacía. En ese momento pensé que si él disfrutaba de que se la metieran, esa sería una excelente forma de finalizar una jornada de trabajo. Encontré un tanto excitante esa idea; sin embargo mi mente me demostró ser más retorcida de lo que yo imaginaba al mostrar más excitación cuando imaginé que ese podría ser un castigo por alguna metedura de pata en el trabajo. Ya casi me podía imaginar que le decían: «Metiste la pata, ahora yo te meto la verga».

Se me humedeció la vagina.

¿Dónde quedó la Lucrecia dulce e inocente que alguna vez habitó en mi cabeza?

Los vi demasiado concentrados, por lo que supe que había llegado el momento de actuar. Bajé del inodoro tan silenciosamente como me había subido. Me agaché y espié por debajo de la puerta. Ese par de tortolitos seguían disfrutando de su intenso momento de amor, por lo que ésta era la mejor oportunidad que tendría para salir de allí sin ser notada. Estiré la mano tanto como pude y sujeté el manojo de ropa. Lentamente la fui arrastrando hacia el interior del cubículo. Moviéndome con mucho cuidado me puse primero la camisa, olía a sudor y gasolina; pero no estaba en posición de ponerme exquisita. A continuación me puse el pantalón. No llevar nada de ropa interior hacía que la ropa, de gruesa tela, resultara más incómoda; pero tendría que estar más loca que mi hermana para ponerme la ropa interior usada de un pibe que ni siquiera conocía.

Antes de intentar algo más palpé los bolsillos de la camisa y el pantalón. Encontré un juego de llaves, una billetera y un teléfono celular. Lo típico que cualquier hombre suele llevar consigo en sus bolsillos. Dejé las llaves en el piso, con sumo cuidado, ya que no las necesitaba. Estuve a punto de sacar dinero de la billetera, pero no quería robarle al probre muchacho, ya suficiente tenía con que le estén rompiendo el culo. Sus ahogados gritos me producían escalofríos, no quería darle otro motivo para lamentarse después. Me quedé con el celular, con la intención de devolverlo después.

Llegó el momento difícil. Debía abrir la puerta del cubículo sin hacer el menor ruido. Como un ladrón o un soldado que se esconde en la guerra, aguardé por cada nuevo grito que emitía el muchacho que recibía la verga por su culo. De esa forma pude abrir la puerta lo suficiente como para asomarme. Al ver que ellos seguían dándome la espalda y que el pibe que estaba más cerca de mí no mostaba ninguna intención de dejar de meterle por detrás toda la longitud de su miembro a su compañero, junté el coraje suficiente para huír como rata por tirante.

Una vez fuera me aparté lo suficiente del baño como para hacer una llamada sin que me escucharan. En ese momento me di cuenta de que no conocía ningún número de taxis de Buenos Aires, pero si el dueño del teléfono era tan olvidadizo como yo, debería tener alguno anotado en su agenda.

Me alegré enormemente al ver la palabra “Taxi” escrita. Marqué el número y poco rato después me atendió una chica con voz somnolienta. Me llevó un buen rato explicarle dónde me encontraba, pero cuando le dije el nombre de la estación de servicio y el número de la ruta, ella pareció reconocer la ubicación y me dijo que el taxi demoraría unos diez o quince minutos.

No podía quedarme tanto tiempo allí sin saber qué hacían esos dos pibes en el baño; me atemorizaba que de pronto pusieran fin a su furtivo encuentro sexual y que se percataran de que yo había robado la ropa. Con la excusa de regresar el teléfono volví al baño. Esta vez no entré, sino que me quedé bajo el marco de la puerta, sentada. Deslicé el teléfono un poco hacia adentro y admiré la escena. Todo seguía tal y como yo lo había dejado. El chico con la verga grande seguía dándole por el culo al otro, que chillaba de dolor, aunque sus gemidos también me indicaban que lo estaba disfrutando. Pensé que yo también disfrutaría si me dieran por el culo con tanta energía y con una verga tan ancha. Los miré mientras el tiempo pasaba sin que yo supiera cuán deprisa. El movimiento rítmico y constante de los muchachos comenzó a hipnotizarme y a excitarme cada vez más. Podía ver las bolas de ambos balanceándose violentamente y desde esta posición podía admirar cómo esa verga se abría camino dentro de ese ya dilatado orificio. No pude resistir la tentasión, abrí el cierre del pantalón y comencé a acariciarme la vagina. No me sorprendió para nada encontrarla caliente y viscosa.

Estaba muy entretenida con mi clítoris cuando el pibe de la verga grande llegó al clímax. Como en el momento en en el que eyaculó sólo tenía metido el glande, el culo del otro pibe comenzó a chorrear semen. Esa imagen me calentó mucho más de lo que ya estaba y comencé a tocarme más rápido, pero no pude hacerlo por mucho tiempo ya que me llevé un enorme susto cuando ellos se pusieron de pie.

Me aparté rápidamente de la puerta, sin siquiera levantarme, y aguardé en silencio. Los escuché hablar. Uno le decía al otro que lo había disfrutado mucho, también dijeron que era hora de cambiar de lugares. Aguardé unos segundos más y luego asomé mi cabeza lentamente. Efectivamente habían intercambiado sus roles. Ahora el que la recibía por el culo era el muchacho de la verga grande. Me pregunté si él disfrutaría tanto como su compañero, pero inmediatamente supue que sí, ya que cuando toda la verga le entró comenzó a gemir con ganas y suplicar por más. No me imaginaba que el sexo entre hombres pudiera resultarme tan estimulante; pero así era. Inclusive llegué a imaginarme a Rodrigo teniendo relaciones con su “novio” Miguel, y me gustó lo que llegué a visualizar.    

  Cuando empecé a relajarme lo suficiente como para empezar a disfrutar de la peculiar escena que tenía ante mis ojos, un haz de luz recorrió la parte frontal de la estación se servicio. Me puse de pie rápidamente y sin hacer ruido. Subí el cierre del pantalón y comencé a hacerle señas con las manos en alto al taxista que acaba de arribar; no quería por nada del mundo que tocara bocina ya que eso alertaría a los empleados y podrían darme grandes dificultades.

*****

El taxista no se percató de que yo iba descalza, y si lo hizo no realizó ningún comentario al respecto. Tampoco me cuestionó por qué yo iba vestida con esa ropa que me quedaba ridiculamente grande. Donde sí tuve que dar algunas explicaciones fue en el hotel, ya que antes de subir a la habitación tuve que pedir que pagaran el taxi y cargaran el monto a mi cuenta. La muchacha que me atendió se asustó cuando le dije que había tenido un percanse con mi ropa y que ésta era la única que me habían podido prestar. Ella creyó que me habían violado o algo por el estilo, así que me tuve que inventar una absurda historia diciéndole que mi vestido se había desgarrado casi por completo al engancharse con un gran clavo que sobresalía de una pared. No se me ocurrió nada mejor y ni yo misma me lo creía, pero sirvió para que la recepcionista me dejara en paz y no llamara a la policía para denunciar una violación.

Aún me faltaba verificar una cosa antes de subir a mi habitración. Ingresé a la cochera del hotel y no me sorprendió ver el auto que me había prestado Rodrigo estacionado allí. Uno de los cuidadores de la cochera me dijo que una señorita lo había traído y que le había dejado la llave, para que me la diera a mí en cuanto me viera. Él también se sorprendió por mi atuendo y me hizo alguna que otra pregunta, pero yo arrebaté las llaves de sus manos y simplemente lo ignoré.

Abrí el auto y allí estaba mi vestido, prolijamente doblado sobre el asiento del acompañante. Mis zapatos estaban justo debajo y mi anticuado celular estaba sobre la guantera. Catalina no tenía ninguna intención de robar nada, no tenía necesidad de hacerlo, para ella la broma ya había terminado y no veía razón alguna para arriesgarse a que yo presentara una denuncia por robo. Tomé el celular pero dejé la ropa dentro, cerré la puerta del vehículo y subí a mi habitación.

Lo primero que hice fue desnudarme para darme un baño, tenía esperanzas de que esto me ayudara a relajarme y a pensar con mayor claridad; pero no fue así. Cuando salí de la ducha estaba tan irritada y nerviosa como antes de entrar. Caminé en círculos dentro de la habitación sin siquiera vestirme. Mi cabeza daba vueltas y sólo podía imaginarme dándole una buena golpiza a Catalina, quería lastimarla, quería que supiera que el golpe había venido de mi parte, pero también sabía que no podría acercarme a ella y que la violencia física sólo me causaría más problemas. Tomé el vestido, que había dejado sobre la cama, para guardarlo y vi que un papelito caía al piso, primero pensé que podría tratarse de alguna nota con tono de burla por parte de Catalina, pero luego, al verla de cerca, me di cuenta que se trataba de la tarjeta que me había dado Juan, el hombre calvo dentro ese extraño club. Estuve a punto de hacer un bollito con ella y arrojarla al cesto de basura cuando de pronto se me prendió la lamparita. Recordé que ese hombre se había tomado el enorme atrevimiento de tomar fotos de la escena tan sexual que montamos con Catalina; una sonrisa maliciosa se dibujó en mi rostro. Marqué el número de teléfono de Juan.

—¿Quién habla? —me preguntó una voz masculina y somnolienta.

—Hola Juan, habla Lucrecia. ¿Te acordás de mí? —dije con el tono más simpático que puede adoptar.

―¡¿Cómo no me voy a acordar?! ―exclamó―. Estaba pensando en vos. Sinceramente creí que no me ibas a llamar.

―Si, yo pensé lo mismo.

―¡Auch! Eso me dolió ―dijo entre risas.

―No quiero que te hagas ninguna ilusión, no tengo ningún interés en los hombres… por el momento ―no quise cerrarle bruscamente todas las posibilidades, ya que tenía que tener algo a mi favor para negociar.

―¿Eso quiere decir que sos lesbiana?

―Exactamente, y no soy de esas que andan haciendo tríos con hombres ―mentí.

―¡Cuánta sinceridad! Pero todo esto me deja más intrigado todavía. ¿Cuál es el motivo de tu llamada?

―Necesito que me hagas un favor pequeñito.

―¿De qué se trata?

―Anoche me di cuenta de que mientras yo “jugaba” con Catalina, vos sacabas fotos con tu celular.

―Ah, entiendo. Seguramente pensás que esas fotos podrían caer en malas manos y querés que las borre.

―No, la verdad es que no me molesta que las tengas ―eso era cierto, ya había sufrido un escándalo con fotos pornográficas y ya me daba igual si alguien veía esas fotos, al fin y al cabo se trata de mi vida y yo soy libre de hacer lo que me plazca con quien yo quiera.

―¿Entonces?

―Me gustaría tenerlas. Esa fue la primera vez que tuve sexo con Catalina y me gustaría conservar algunos recuerdos. ¿Podrías enviármelas?

―Mmm… sí, podría. ¿Pero qué gano yo?

―¿Tener una amiga que te debe un favor?

―Podría insistirte hasta que por fin cedieras un poco, sin embargo prefiero que recuerdes este momento como un gesto de buena fe. Te voy a enviar las fotos.

―Te lo agradezco mucho ―dije con simpatía―, la próxima vez que nos veamos me voy a acordar de eso.

―¿Eso quiere decir que te voy a ver de vuelta por el club?

―Probablemente sí ―mentí grotescamente―, es un lugar muy lindo. Sinceramente superó mis espectativas.

―Y vos superaste las mías. Ahora te mando las fotos y espero que vuelvas pronto a club y saludes a tu amigo Juan.

―Lo voy a hacer ―sonreía a pesar de que él no podía verme―. Muchas gracias otra vez ―le dicté mi dirección de correo electrónico.

Mientras aguardaba por el e-mail de Juan, puse en marcha la siguiente fase de mi improvisado plan: llamé a Rodrigo.

Me llevó varios minutos convencerlo de darme la dirección de correo electrónico de su padre. Por supuesto que su primera reacción sería quejarse y enojarse; pero ya estaba preparada para eso, así que con mucha paciencia fui contándole que las negociaciones con Catalina habían sido un completo fracaso y que no perdíamos nada simplemente enviándole un e-mail a su padre para concretar una reunión de negocios. Rodrigo accedió por desesperación, me dio pena jugar con sus sentimientos. Luego de darme la dirección me dijo que tratándose de dinero podría captar la atención de su padre.

Juan se demoró unos diez minutos más en enviarme las fotos, imaginé que no era un tipo muy familiarizado con la teconología y que había tenido dificultades. De todas formas aproveché el tiempo de espera para crearme una nueva cuenta de correo en la que no figuraba ninguno de mis datos personales y acto seguido le envié un correo al padre de Catalina con las fotos de su hija en pleno frenesí sexual.

No imaginaba que Juan hubiera tomado tantas fotografías, había más de treinta de dónde elegir y seleccioné aquellas que mostraban mejor la cara de Catalina, evitando o recortando las que mostraban mi cara. Si bien Catalina sabría perfectamente que había sido yo quien envió las fotos, tampoco se alteraba el resultado manteniendo mi cara oculta. La mejores fotos eran las que mostraban a Catalina lamiéndome la vagina mientras era penetrada por Zoran.

Luego de enviar el e-mail me percaté de que desde que me echaron de mi casa me había vuelto una persona muy vengativa. A la antigua Lucrecia eso le hubiera molestado, pero yo ya estaba cansada de que la gente me tomara por estúpida y me pisoteara. Si bien no encontré gozo alguno en haber hecho eso, sabía que no podría vivir tranquila si no daba yo el último golpe a Catalina.

*****

Emprendí mi viaje de regreso con la esperanza de no tener que volver a Buenos Aires nunca más. Mientras conducía en mi cabeza se debatían mis valores éticos y morales. Por unos instantes me sentí culpable, pensé que tal vez había llegado demasiado lejos con mi venganza; pero en mí todavía quedaban bien clavadas las esquirlas de la puñalada trapera que me había dado Catalina. Tal vez de esa forma aprendería que conmigo no se jode, ya no soy la niña ingenua que fui, aquella que se dejaba pisotear por cualquiera, la que avanzaba en su vida como si fuera un ente sin alma, esta era la verdadera Lucrecia y ella sabía defenderse sola. Sí, fui cruel al hacerle eso, pero ella me ofreció un trato sumamente despectivo desde el primer momento en que me vio, por lo tanto ella misma se lo había buscado. En lugar de sentir pena por ella o culpa por lo que había hecho, puse una radio con música de rock clásica y le subí el volumen.

Casi tres horas más tarde escuché mi celular sonando sobre el ruido de la música. No me gusta hablar por teléfono mientras manejo, pero como en la pantalla apareció el nombre de Catalina bajé el volumen de la música, contesté y puse la llamada en alta voz.

―¡Sos una hija de puta! ―me gritó con descontrolada voz chillona― ¿Cómo se te ocurre hacerme una cosa así?

―Vos te lo buscaste ―dije con firmeza.

―¡Con esto te pasate! ¿Por qué? ¿Por qué? ―noté que estaba llorando― ¿Por qué tenías que meter a mi papá en todo esto? Él es todo lo que tengo… con mi papi no… ―la forma en la que dijo “papi” me desgarró el alma. Ella podía ser una arpía, pero tenía un padre al que quería. Por más que intenté contenerme, una lágrima cayó por mi mejilla.

―Vos te lo buscaste ―repetí con un nudo en la garganta.

―Yo no me metí con nadie más que vos. ¿Cómo le explico todo eso a mi papi? ¿Qué hago ahora? Él me va a odiar ―su llanto y desesperación se hacían cada vez más evidente. Me sentí muy mal conmigo misma y estuve a punto de pedirle perdón justo cuando dijo:― Me va a odiar igual que al maricón de mi hermano.

―¡Ese es tú problema! ―exclamé inundándome por la rabia―. Despreciás a todo el mundo, maltratás a la gente sin siquiera conocerla. ¿No te parece lógico que en algún momento haya llegado alguien que te devuelva la gentileza? ¿Te pusise a pensar siquiera por un segundo qué pudo haberme pasado a mí cuando me dejaste sola y completamente desnuda en la ruta? ¡Me podría haber muerto, hija de puta! ¡Podría haberme encontrado con un degenerado que me violara! ¿Te das una idea de lo traumático que puede ser eso? Comparado con lo que yo te hice no es nada. Yo no puse en riesgo tu vida, así que ahora bancatela. Bien merecido te lo tenés; y si tu papá fuera una mejor persona te querría igual, sin estar cuestionándote tus preferencias sexuales. ¡Para eso están los padres! Para aceptar y querer a sus hijos como son, no para exigirles que vivan una vida bajo un mando dictatorial. Así que tu problema no es conmigo, es con tu papá.

Luego de decirle eso corté la llamada y me vi obligada a detener el auto al borde de la ruta. Rompí a llorar desconsoladamente. Todo mi cuerpo tembló y me sentí frágil y vulnerable como una niña pequeña. Necesitaba que alguien me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien. Necesitaba a mi papá.   

*****

 

Me llevó casi media hora tranquilizarme. Para hacerlo tuve que hacer el gran esfuerzo de llevar mi mente a otro sitio y pensar de forma positiva. Pensé en toda la gente que me quería y a la que yo quería, especialmente en Lara y en Anabella. Ellas me dieron fuerzas para seguir adelante.

Cuatro horas más tarde entré, por fin, en mi departamento y me tiré en mi cama a mirar el techo. Pasados un par de minutos comencé a preocuparme por Rodrigo y Afrodita. No tenía idea de cómo conseguir un inversionista que estuviera dispuesto a dejar una alta suma de dinero en las manos inexpertas de jóvenes irresponsables e impredecibles. Habría que estar loco para aceptar semejante trato...

¿Loco? ¿Por qué siempre que pienso algo relacionado con la locura me acuerdo de ella? A veces me da temor estar discriminándola. Tomé mi teléfono celular y marqué su teléfono. Me atendió casi al instante.

—¡Lucrecia! —me saludó efusivamente.

—Hola Abigail, ¿cómo estás?

—¡Muy bien! Hace mucho que no hablamos, me tenés abandonada.

—Te escribí como cuatro e-mails y nunca me los respondiste.

—¿De verdad? Perdón, pero casi nunca reviso mi casilla de correos... y yo acusándote de ser mala hermana.

—Podés remediarlo si me hacés un inmenso favor.

―¿Qué tan grande?

―Como los prejuicios de mamá.

—¡A la mierda! Va en serio la cosa. ¿Pensás que voy a poder ayudarte? La gente no suele llamarme a mí cuando se trata de un problema del mundo real.

―¡No digas eso! Más de una vez te pedí ayuda con algo.

―Sí, pero siempre son cosas medio boludas, como ayudarte a buscar información para algún trabajo práctico de la facultad o distraer a mamá cuando te querías escapar de casa. Pero no te preocupes, no me lo tomo a mal, yo sé que no se puede confiar en mí cuando se trata de un problema serio.

―Vos fuiste una de las personas que más ayudó cuando empecé a tener dudas sobre mi sexualidad. Me diste buenos consejos.

―Mentira, dije dos o tres pavadas nomás. Lo decís para que me sienta importante.

―Para mí sos importante Abi, y te tengo muy presente, incluso cuando estoy en un problema; por eso mismo ahora mismo sos la primera a la que llamé.

―Es que tampoco tenés muchas opciones. ¿Cuánta plata tengo que llevar?

―¿Cómo sabés que es un problema de dinero?

―Porque dije “Problemas del mundo real” y no me contradijiste. Cuando a la gente le hablan de “Problemas del mundo real” sólo piensan en dinero, como si eso fuera lo real en el mundo… no entiendo como un puto papelito con dibujitos se volvió tan importante en la vida de la gente. Además vos me llamaste a mí porque soy la hija de tu mamá y de tu papá, y sabés que ellos tienen plata; pero como no se las podés pedir a ellos, me la querés pedir a mí.

―A veces me asusta lo perspicaz que podés llegar a ser.

―No era tan difícil. Además no te olvides de que los locos decimos siempre la verdad ―a ella le encantaba repetir esa frase, era su línea de garantía.

―Vos no estás…

―No empieces Lucrecia. Negarlo sólo empeora las cosas. No me gusta que me traten como si fuera de porcelana fina.

―Está bien, entonces te espero en mi casa. En cuanto a la plata, voy a necesitar mucha, pero no quiero que salgas con efectivo. Primero quiero que lo charlemos.

—Ok, en un rato estoy allá.

Ese rato duró una hora y media. Temí que mi madre la hubiera interceptado y que la hubiera sometido a un cruel interrogatorio digno de la Inquisición española. Cuando por fin llegó me contó que mis ideas no eran tan desacertadas, tuvo que valerse de muchas excusas y mentiras para que la dejaran salir.

Abigail parecía haber crecido un poco durante el tiempo que llevábamos sin vernos. Su rostro se veía levemente diferente, como si se estuviera alejando de las facciones de una adolescente para acercarse a las de una mujer adulta, me dio la escalofriante impresión de que estaba un poco más parecida a mí, además teníamos el mismo corte de cabello, lo cual incrementaba la similitud. Le mostré un poco el departamento y le expliqué que los muebles eran prestados; pero que de momento me resultaban sumamente útiles. Le conté brevemente sobre Evangelina y le dije que amablemente ella había accedido a dejarme esos muebles hasta que yo consiguiera los propios; sin embargo evité mencionar las aventuras sexuales que había vivido junto a ella y por suerte mi hermana no hizo ninguna pregunta al respecto. Luego nos sentamos en un gran sillón a hablar de lo que nos competía.

—Te cuento que estoy trabajando con un amigo que se llama Rodrigo Pilaressi. Estamos intentando administrar dos discotecas. Es un emprendimiento arriesgado ya que en este momento el presupuesto está en números rojos. Ayer tuve la oportunidad de cerrar un trato con una posible inversionista; pero arruiné todo y el trato se canceló.

―Seguramente fue porque te cabreaste por algo ―dijo con una divertida sonrisa.

―Sí, y tenía mis buenas razones para estar bien cabreada; pero eso no es lo importante ahora. No tenemos dinero para pagarles a los obreros que están trabajando para nosotros y si no ven algo de plata pronto, se van a retirar de la obra y posiblemente quieran llevarnos a juicio.

—-¿Vos querés que yo te preste ese dinero? —me preguntó cambiando completamente el semblante de su rostro, nunca la había visto tan seria y madura.

—Sólo si lo tenés... y no lo necesitás. No quiero que le pidas a papá o a mamá; pero sé que vos siempre guardás la plata que ellos te dan y no gastás casi en nada.

—Así es. Tengo algo guardado en el banco. Me importa poco la plata, pero me gusta sentirme un poquito “normal” diciendo que, como adulta responsable, tengo ahorros en el banco; para cualquier emergencia.

―Yo debería aprender de vos.

Abigail tenía por costumbre extorsionar a nuestros padres pidiéndoles dinero u otros favores a cambio de su “tranquilidad”. Muchas veces la vi prometer no montar un escándalo si a cambio le daban algunos billetes, podría estar loca pero no era estúpida. Sabía muy bien cómo utilizar ese problema a su favor. También estaba segura de que ella no gastaba todo ese dinero y debía guardarlo en algún sitio. Una vez mi madre me propuso la idea de crear mi propia cuenta de ahorros en el banco y fui tan estúpida para decirle que no, siempre creí que el dinero me sobraría y no pensé que algún día podría encontrarme en una situación como esta. Ese hubiera sido mi fondo de emergencias... y esta era una.

―No tengo ningún problema en prestarte todo ―agregó.

―No quiero que me la prestes. Quiero que la inviertas. Con el dinero que nos des a Rodrigo y a mí vas a conseguir ganancias. Lo que yo te propongo es que un tiempo después de que hagas la inversión, te la vamos a devolver con intereses. Luego si querés volver a invertirla en nosotros, podés hacerlo.

―Me gusta esa idea. Para mamá y papá una persona que no gana dinero no es persona. Si gano algo voy a poder echárselos en cara y tal vez así algún día pueda irme de ese manicomio cristiano.

―Harías bien en irte. Ellos son personas tóxicas. De a poco te van entoxicando la vida y después cuesta mucho desintoxicarse. Vos sabés que acá siempre te podés quedar, cada vez que te hartes de ellos.

―¿Puedo quedarme a dormir esta noche?

―¿Hoy?

―Sí, es que para poder escaparme de casa le dije a mamá que me iba a dormir a lo de una amiga. Ella no dijo más nada porque le da miedo que se trate de alguna amiga imaginaria, y se queda con la esperanza de que tenga una amiga de verdad. Ella le tiene terror a mis “amigas imaginarias”.

―Lo sé, piensan que las envió el mismo Satanás.

―Lo que no piensa es que son uno de los efectos más comunes de mi enfermedad. Y tampoco sabe que mi forma de saber cuándo son imaginarias es no teniendo amigas.

Mientras se mantuviera medicada mi hermana podía evitar bastante bien las alucinaciones; pero hubo momentos en su vida en las que éstas se convirtieron en un gran problema. Se la pasaba hablando sola por la casa, y daba toda la impresión de estar manteniendo una conversación con una persona que no estaba allí. Mi madre se persignaba y la rociaba con agua bendita cada vez que la veía haciendo eso. Mi padre intentaba ignorarlo pero él también era un hombre de fuertes creencias religiosas y se llevó varios sustos cada vez que mi hermana señaló un rincón vacío y dijo “Esa es mi amiga”.

Por mi parte, aprendí a tomármelo como algo natural en la condición de Abi. Al principio sí me creía todas esas supersticiones religiosas, pero con el tiempo (y luego de haber charlado con el psiquiatra que atiende a mi hermana) me di cuenta de que no había nada que temer, siempre y cuando mi hermana no creyera que alguna de esas amigas la quería lastimar o que alguien de la familia quisiera lastimar a sus amigas; por eso nos aconsejó que evitemos intervenir el tema y prestemos atención a lo que ella decía. La parte graciosa de este asunto llegó cuando Abi comprendió que sufría de alucinaciones y empezó a usarlas para asustar a mis padres.

―Todavía me rio cuando me acuerdo lo que me contaste del día que le hiciste creer a papá que una de tus “amigas” esaba desnuda ―le dije.

―¡Eso le pasa por meterse a mi cuarto sin golpear la puerta!

―Te juro que me lo imagino lleno de desesperación, sin saber cómo reaccionar.

―Se tapó los ojos y empezó a decir: «Perdón señorita, no sabía que estaba aquí».

―Lo mejor fue cuando le dijiste a tu “amiga”: «Te prometo que mi papá no es ningún degenerado, no lo hizo a propósito» ―comenzamos a reírnos a carcajadas.

―Y él decía: «¡Por supuesto! Fue un accidente, discúlpeme, no volverá a ocurrir». Pobre tipo, es más inocente que Ned Flanders.

Seguimos riendonos hasta el punto de que nos salieron lágrimas. Cuando empezamos a serenarnos miré a Abigail y en sus ojos encontré a una persona en la que podía confiar, una persona que me quería y que haría todo lo posible por ayudarme. Le di un fuerte abrazo y ella me lo devolvió con la misma intencidad.

―Gracias Abi. No te das una idea de cuánto necesitaba algo así. Últimamente me pasan tantas cosas malas que pienso que me voy a volver loca. Es muy reconfortante saber que alguien se preocupa por mí… y saber que alguien me puede hacer reir cuando me sienta mal.

―No sigas diciendo esas cosas porque me vas a hacer llorar.

―Perdón, pero tenía que decirlo. Espero que no llores.

―¿Eh? ―se separó de mí y me miró confundida― No estaba hablando con vos.

La sonrisa de mis labios se borró súbitamente. De pronto creí que mi hermana había sufrido otra de sus desconexiones con la realidad y que estaba viendo a alguna persona que habitaba sólo en su mente; pero de pronto empezó a reirse.

―¡Sos una hija de puta! ―eclamé.

―Somos hijas de la misma madre.

*****

A medida que se aproximaba la hora de la cena Abigail y yo nos ibamos preocupando ya que ninguna de las dos era especialmente habilidosa en la cocina. Estábamos a punto de pedir comida a una rotisería, pero por suerte llegó Tatiana y nos solucionó ese inconveniente preparando unas deliciosas milanesas con papas fritas que devoramos con ansiedad.

La comida podía ser casi tan buena terapia como el sexo, luego de comer ya me sentía un poco mejor conmigo misma y algo más relajada. Le dije a Abigail que la esperaba en la reapertura de Afrodita y de paso hice extensiva la invitación para Tatiana.

—Espero que no te moleste que se trate de un boliche para gays y lesbianas —le dije a mi hermana.

―Para nada. Siempre quise experimentar cosas nuevas ―su comentario me dejó pasmada, con el tenedor a medio camino de mi boca.

―No sabía que vos…

―¡Ay Lucre! A veces me hacés acordar a papá, te tomás en serio todo lo que te digo.

Tanto ella como Tatiana comenzaron a reírse de mi ingenuidad. Como venganza me serví en el plato la última milanesa que quedaba y les dije que si alguna se atrevía a querer sacarme tan siquiera un pedacito, le cortaba la mano.

―En fin ―continué diciendo― la otra parte va a ser el boliche para heterosexuales; pero no la podemos abrir todavía, no está terminada.

—Sinceramente no me interesa mucho la temática de las discotecas, no voy a ir a buscar pareja… es más, preferiría quedarme sentada en un rincón, tomando algo rico.

—No seas aburrida, Abi —dijo Tati con una gran sonrisa—, podés bailar con nosotras un rato.

Le había hablado de mi hermana a Tatiana pero ésta era la primera vez que estaban juntas y me daba la impresión que a mi amiga le gustaba Abigail. Mi radar lésbico se había activado al ver cómo brillaban los ojitos de la morena al verla. Recuerdo que en una oportunidad le mencioné a Tati que mi hermana tenía ciertos problemitas, pero no especifiqué demasiado, ella no sabía que para la pequeña sería una tortura estar bailando en el medio de una pista, rodeada de gente, sin saber cuáles eran reales y cuáles no.

—No la presiones, Tati, con que vaya es suficiente. Va a ser muy importante para mí tenerla presente.

—Lo que mi hermana quiere decir es que estoy loca. Las multitudes me ponen nerviosa, especialmente en ambientes cerrados.

—Ah, entiendo —dijo Tatiana agachando la cabeza, como si fuera su culpa que mi hermana se sintiera así al ver tanta gente junta.

―No es eso lo que quise decir. Cuando Abi vaya va poder inspeccionar de cerca el establecimiento y va a poder dar su opinión, al fin y al cabo ella va a ser nuestra nueva inversionista.

―¡Que bueno eso! ―exclamó Tati con una sonrisa― Vas a estar ahí para analizar las cagadas que se manda Lucrecia.

—No me alcanzaría toda la noche para analizar eso; pero creo que me va a gustar esto de ser “inversionista”. Eso sí, me gustaría que alguien se quedara a charlar conmigo —añadió Abi—, así no me aburro.

—Está bien, yo te puedo hacer compañía —dijo la morocha con el rostro iluminado de alegría; yo la fulminé con la mirada, pero creo que ella no lo notó, o simplemente me ignoró.

*****

A la noche siguiente, una vez que Abigail volvió a su casa y Tatiana ya había regresado del trabajo, intercepté a mi amiga para hacerle una pregunta que me había quedado dando vueltas en la cabeza.

—¿Pasó algo con mi hermana? —le pregunté mientras ella preparaba un poco de té.

—¿Por qué lo decís?

—Por la forma en que la estuviste mirando —puse los brazos en jarra, para aumentar mi expresión de disconformidad.

—¿Te pone celosa? —dijo con una sonrisa picarona.

—No, no son celos. Lo que pasa es que mi hermana no es como yo, ni como vos.

—¿Querés decir que ella no es lesbiana?

—En parte sí, me refería a eso, pero también a que ella es una persona muy especial y no quiero que sufra, no más de lo que ya tiene que sufrir.

—No entiendo, Lucrecia. ¿Qué tanto te molesta que me ponga a charlar con ella?

—Es que conozco tus intenciones, vos vas a intentar hacer algo con ella y preferiría que no lo hicieras. Podés hablar con ella todo lo que quieras, no le vendría mal tener una amiga de carne y hueso; pero si vas a ser su amiga quiero que sea honestamente, no porque tenés ganas de meter la cabecita entre sus piernas. Tal vez  pensás que estoy exagerando y que estoy jugando a la hermana mayor sobreprotectora, pero te lo digo muy en serio. Abigail tiene problemas serios y nunca le conocí un amigo, no me gustaría que alguien se acerque a ella con malas intenciones, porque ella debe estar pensando que vos podrías ser una buena amiga, y tal vez se lleve una gran desilusión si se entera de que vas de levante.

—Está bien, Lucrecia, te entiendo. Perdón, no sabía que el problema de ella era tan serio. Te prometo que no voy a intentar nada, voy a hablar con ella y si nos hacemos amigas va a ser una amistad de verdad, sin sexo.

—Claro, porque nosotras no tenemos una amistad de verdad —sonreí al decir eso, para que no lo tomara como un reproche.

—Bueno, nosotras tenemos un poquito más que una amistad de verdad —me guiñó un ojo―. Tenemos una amistad especial.

Bastó poco más que unas insinuaciones, unas miradas sugerentes y algunas caricias para que las dos terminemos desnudas en su cama haciendo un frenético 69.

Debía admitir que Tatiana era la mejor compañera de departamento que podía pedir, no sólo era limpia amable y silenciosa; sino que además cocinaba de maravilla y, la mejor parte de todas, podíamos tener sexo sin compromiso cada vez que quisiéramos.

El recorrer cada rincón de su vagina y de su culo con mi lengua me hizo olvidar por completo de todos mis problemas. El cremoso sabor de sus flujos vaginales era como un jarabe curativo para mi alma.

Una vez más estaba usando el sexo para relajarme y olvidarme de todos mis problemas. No me sentí mal por ello, al menos esta vez lo hacía a consciencia.

Luego de pasarme un buen rato con la cabeza entre las piernas de mi amiga y, al mismo tiempo, recibiendo su lengua en mi sexo, decidí llevar a cabo algo que me venía acosando el pensamiento desde que salí de aquella estación de servicio en Buenos Aires.

―Dame por el culo ―le pedí, con poca delicadeza, a Tatiana.

―¿De verdad?

―Sí.

―Esperá que traigo el strap-on. Vos mantente calentita.

Salió disparada de la cama como si la casa se incendiara, pero el verdadero fuego estaba creciendo entre mis piernas. Me sacudí entre las sábanas, masturbándome y sobándome las tetas con ímpetu. No tuve que esperar demasiado, apenas había conseguido ponerme en cuatro, sin dejar de tocarme, cuando Tatiana entró de nuevo al cuarto usando ese hermoso pene de plástico al que le había agarrado tanto cariño. Fue lo suficientemente astuta como para traer el lubricante consigo y una vez que mi retaguardia estuvo debidamente preparada, me penetró; pero lo hizo con suavidad.

―No, no… así no ―le dije sin dejar de frotarme el clítoris―. Dame fuerte. Quiero que me des fuerte.

Creí que ella no se animaría a seguir mis órdenes, pero por suerte me equivoqué. La siguiente embestida fue tan potente que más de la mitad del consolador se me clavó en el culito. Solté un fuerte grito que, con casi toda seguridad, mis vecino habrán escuchado. Me fascino esa mezcla de dolor y placer e imaginé que el pibe de la estación de servicio habría sentido algo muy parecido cuando su amigo, el de la verga grande, lo pentró.

Allí fue cuando pude comenzar a dar rienda suelta a toda mi imaginación. Me abstraje casi por completo, tan sólo podía sentir ese pene entrando y saliendo de mi culo, pero ya no era Tatiana quien me lo metía, sino el pibe vergudo de la estación. No me olvidé del otro muchacho, ya que imaginé que le chupaba la verga mientras recibía la otra por detrás. Por primera vez en mucho tiempo mi “instinto heterosexual” se había activado. Cuando estuve con Rodrigo pensé prácticamente todo el tiempo en Edith, sin embargo en esta ocasión estaba teniendo sexo con una mujer mientras pensaba en dos hombres. Dos hombres que me daban la cogida de mi vida.

El culo se me llenó de preguntas, casi literalmente. Mientras me daban por detrás no dejaba de preguntarme si no me había apresurado demasiado a aceptar mi condición como lesbiana. Posiblemente mi error había sido rodearme de mujeres y evitar a los hombres, especialmente a los heterosexuales.

Cuando me estaba perdiendo en un mar de dudas sexuales, noté una relampagueante luz dentro de la habitación.

―¿Me sacaste una foto? ―le pregunté a mi amiga.

―Sí. ¿Te molesta?

―No, para nada. Es que no me lo esperaba…

―Lo que pasa es que me gustaría tener algunos recuerdos, especialmente para aquellas noches en las que me toca irme solita a la cama.

―No hace falta que me des explicaciones, Tati. Si querés fotos mías en bolas no tenés que hacer más que pedírmelas. Eso sí, mantené el teléfono alejado de tu querida amiga Cintia.

―Prometo que ella no va a pasar ni cerca de estas fotos.

Así fue como empecé a posar para la cámara siguiendo las indicaciones de Tatiana. Tomó algunas fotos en primer plano de mi vagina e incluso me pidió que le chupara la suya para poder capturar alguna imagen de eso también. Tengo que admitir que disfruté mucho haciéndolo, me sentí sexy y deseada, y volví a sentirme muy lesbiana.

Poco tiempo después ya casi había olvidado mis dudas, sabía que éstas volverían cuando menos lo esperara, pero en ese momento podía sentirme liberada. Aquella noche dormí junto a Tatiana, usando sus grandes tetas como almohadas.

*****

 

Luego de una larga jornada laboral regresé a mi casa y me refugié entre las sábanas de mi cama. Aún tenía mil motivos para preocuparme, pero al haber pagado a los obreros el dinero que pedían al menos podía quedarme tranquila por un rato. La suma de dinero que invirtió mi hermana fue mayor de la que yo tenía prevista;  sin embargo sabía que esto no era más que una solución a corto plazo. Todavía debía buscar algo de dinero extra para facilitar la reapertura del local. Rodrigo había arañado el fondo de sus ahorros para sacar algo e incluso le había pedido prestado a su novio, Miguel; pero ya había agotado toda otra fuente de dinero, gracias a mis pésimas habilidades como negociadora. «¡Todo por ser tan temperamental, Lucrecia», me dije a mí misma, irritada. Si tan sólo hubiera agachado la cabeza y hubiera permitido que Catalina hiciera conmigo lo que quería… pero de sólo pensar que hubiera sido penetrada por un total desconocido, me repugnaba. Curiosamente eso era algo que no sentía cuando se trataba de mujeres desconocidas, actitud que, me gustara o no, fortalecía mi condición como lesbiana.

Por suerte Rodrigo no me preguntó demasiado sobre cómo había resultado el intento de negociación con su padre, aparentemente quería saber lo menos posible de este hombre; incluso llegue a notar cierto alivio en él cuando le mentí diciéndole que su padre se había negado a realizar una inversión. Me sentí mal por esa mentira, pero sabía que él ya no volvería a preguntarme sobre el tema, por lo que podía quedarme tranquila al respecto.   

Mientras exprimía mi cerebro intentando dar como una solución recibí un mensaje de texto de Edith, quien me invitaba a tomar mates a su casa. Imaginé que tal vez quería ponerme al tanto de cómo iba evolucionando su embarazo. Estuve a punto de decirle que no iba a ir cuando en ese momento se me prendió la lamparita, recordé que Edith me había contado algunas cosas sobre su madre, si no había entendido mal ella solía ser una “buscavida”; una mujer que intenta salir adelante de cualquier forma y que solía iniciar siempre nuevos proyectos. Le contesté a mi amiga que asistiría y que además, de ser posible, quería tener una reunión de negocios con su madre.

Esa misma tarde me reuní, por primera vez, con la madre de Edith, una simpática mujer, bastante más bonita que su hija, llamada Ana Laura. Durante una tranquila tarde de mates, con Edith de por medio, me enteré un poco de cómo había sido la vida de Ana Laura.

Ella tuvo que criar prácticamente sola a su hija ya que el padre de la misma las abandonó antes de que ella naciera. Supe que mi amiga ni siquiera había conocido a su padre biológico, eso me apenó mucho; sin embargo ella me pidió que no me preocupara ya que, luego de conocer un poco qué clase de hombre era su padre, no le hubiera gustado tenerlo cerca. También me contó de sus múltiples intentos de ganar dinero a lo largo de su vida, lo que me dio pie para realizarle la propuesta que tenía en mente.

―Por ese mismo motivo quería hablar con vos ―le dije mientras le devolvía el mate. Ella me había pedido que la tutee y, a pesar de que me resultaba un poco incómodo, lo estaba haciendo.

―Te escucho ―me dijo con una cariñosa sonrisa.

―Estamos por reabrir la discoteca y tenemos en concesión barras para vender bebidas. Si querés invertir en una, te recomiendo hacerlo desde ya, porque te podemos ofrecer un mejor acuerdo y mantenerlo durante un año. Tenés la posibilidad de atender la barra vos misma, lo cual incrementaría mucho las ganancias, o podés contratar alguna empleada, la cual te podemos proporcionar nosotros... haciéndonos responsables de ella.

Podía afirmar eso ya que sería muy rigurosa con la contratación de empleadas, si podía poner a mis propias amigas, lo haría. Necesitaba gente de confianza y Rodrigo lo entendería perfectamente. De hecho él confiaba tanto en mí que me daba rienda suelta para hacer este tipo de ofertas sin siquiera consultarlo previamente. Dios sabía que me esforzaría al máximo por no defraudarlo.

―Me gusta mucho la idea. Podría atender la barra, no tengo ningún problema, ya he hecho ese tipo de trabajos en el pasado. Lara, vos podrías ayudarme ―le dijo a su hija. Me resutló bastante extraño escuchar ese nombre. En ocasiones me olvidaba de que mi amiga se llamaba Lara Edith, y que su madre acostumbraba a llamarla por su primer nombre.

―Edith, mamá. Te dije que me digas Edith ―eso fue aún más sorprendente. Ella estaba aceptando su segundo nombre como su nueva “identidad”.

―Esa es cosa tuya, ¿cierto? ―me preguntó su madre con una mueca burlona, simulando estar enfadada―. Ella siempre habla de vos...

―¡Mamá! ―se quejó Edith, ruborizándose.

―Todos los días está diciéndome: «Lucrecia hizo esto», «Lucrecia hizo lo otro», «Lucrecia me dijo tal cosa».

―¡Basta mamá! ―la pequeña tenía las mejillas rojas como un tomate.

―Antes podíamos tener conversaciones de madre e hija ―continuó Ana Laura―, ahora todo es un monólogo sobre Lucrecia.

―Me estás avergonzando, mamá.

Con una sonrisa de oreja a oreja miré a Edith, me causaba mucha ternura verla ruborizada, encogiéndose de hombros, como si quisiera esconderse de mí.

―Las madres están para avergonzarnos ―le dije―. Al menos deberías agradecer que tu mamá lo haga a modo de chiste, con buena onda. La mía me avergüenza con malicia.

―Perdón, tenés razón ―agachó la cabeza―, pero me da mucha vergüenza que cuente esas cosas.

―A mí me parece lindo. Si yo pudiera hablar con mi mamá como vos lo hacés con la tuya, le contaría mil cosas divertidas sobre vos.

―¿En serio? ―levantó la cabeza y me miró con los ojos bien abiertos, desde atrás de sus bonitos anteojos.

―Totalmente. Sos una chica muy interesante.

―Me pone contenta que mi hija tenga una amiga como vos, Lucrecia. Siempre tuve miedo de que la juzguen por mi posición frente a la sexualidad. Mucha gente no entendería lo que es tener una madre que se acuesta con mujeres. Hay gente que es tan obtusa que piensa que eso sólo lo hacen las putas. Es un tema muy complejo, que muchos no pueden o no quiere entender. En fin, no quiero ponerme sentimental. Me alegra mucho haberte conocido y estoy muy interesada en la propuesta que me trajiste. No quiero ilusionarte, pero si los números me cierran, entonces contá conmigo. Andaba necesitando algo nuevo y confiable en qué invertir. Esto de cambiar tanto de rubro me mal acostumbró. No aguanto trabajar de lo mismo durante mucho tiempo seguido.

Me pasé los siguientes veinte minutos explicándole cómo sería el trato, dándole las cifras y porcentajes exactos de ganancia. También le expliqué qué tipo de bebidas podía vender, y de qué marcas, ya que contábamos con la exclusividad de algunas de ellas. Ana Laura se mostró muy comprensiva y no quiso realizar ningún cambio al acuerdo. Accedió a pagar lo que correspondía y prometió pasar por mis oficinas al día siguiente para firmar los papeles necesarios.

Luego me despedí de ella y Edith me acompañó hasta la puerta. Cuando estuvimos solas aproveché para hacerle una pregunta que me tenía muy intrigada.

_¿Le contaste sobre tu embarazo?

―Y... después de que vos le contaste a Rodrigo, sin mi permiso... tuve que contarle. El pelotudo se apareció por acá y empezó a actuar muy raro. Mi mamá pudo oler que algo extraño pasaba y nos tuvimos que sentar a explicarle.

―Perdón por lo de Rodrigo... pero sé sincera, si yo no le hubiera dicho, él todavía seguiría sin saberlo.

―Ya sé... ya sé. Al final me hiciste un favor, no estoy enojada con vos por haberle contado. Dijiste que me ibas a ayudar y lo estás haciendo.

―Pero decime, ¿cómo se tomó tu mamá la noticia?

―Se puso muy contenta... pero MUY contenta ―abrió grande los ojos y agitó las manos para dar más énfasis a sus palabras.

―¿De verdad? Eso es excelente.

―Más o menos... creo que ella piensa que Rodrigo va a ser mi novio, o que se va a casar conmigo...

―Bueno, todavía hay tiempo para aclararle eso.

―Estoy segura de que aceptó la concesión de la barra porque el boliche es de Rodrigo, lo quiere vigilar de cerca.

―Podre Rodrigo, va a tener a su suegra al acecho ―me reí de solo imaginar cómo reaccionaría él ante esta noticia.

―Siento que me saqué un enorme peso de encima. No me imaginé que mi mamá se fuera a poner tan contenta por ser abuela.

―Así son las madres, a veces sorprenden. Como te dije antes, tenés que agradecer por la madre que te tocó. Si fuera por mí te la cambiaría de inmediato.

―Me duele que vos no puedas tener la misma relación con tu mamá.

―No te preocupes, Edith, son cosas que pasan. Los parientes no se elijen... pero sí podés elegir el nombre de tu bebé... y si sale nena y le ponés Redenta, te crucifio.

―Es una lástima, si sale nena pensaba llamarla igualito a vos.

―No seas tan mala con la pobre nena. Dale un lindo nombre, como... como... no sé, soy pésima eligiendo nombres; pero no le pongas el mío.

*****

El día de la reapertura resultó agotador, pero Rodrigo estaba más que conforme con mi trabajo. No le había conseguido el préstamo que necesitábamos, pero le había conseguido dos inversionistas de confianza. Ana Laura, la madre de Edith, y Abigail, mi propia hermana.

Nunca antes había estado tan nerviosa dentro de Afrodita, ni siquiera aquella primera vez en la que…  tuve sexo con una desconocida. Esta ocasión era muy diferente, no estaba poniendo a prueba mi sexualidad o mis habilidades para la conquista, estaba vez toda mi integridad como profesional estaba en juego. Esta era una dura prueba para mis habilidades como administradora de empresas y si bien aún no contaba con el título correspondiente para ejercer, confiaba en todo lo que había aprendido y sobre todos, confiaba en mis instintos.

Ana Laura me saludó con la mano y una simpática sonrisa que me inspiró mucha confianza, ella estaba detrás de la barra que había adquirido. A pesar de sus intentos por darme ánimos apenas medio segundo después quedé inmóvil, con la mirada perdida en el infinito, pensando en si había cometido algún error que estropeara todo aquella noche.

Al parecer mi hermana notó mi penoso estado ya que se me acercó como por quinta vez a darme una palmadita en la espalda y a decirme que todo iba a salir bien. Ella aún conservaba cierta calma porque todavía no habíamos abierto las puertas principales para dejar entrar a la gente. En la discoteca sólo estábamos los empleados y algunas de nuestras amistades más directas.

Por su parte, Edith (quien había prometido no consumir alcohol para cuidar a su futuro hijo) se encontraba cerca de Rodrigo, éste la miraba con una sonrisa algo forzada, para él debía ser una situación bastante incómoda ya que no sólo tenía que estar cerca de la que sería la madre de su hijo, sino que al mismo tiempo era observado por ¿su suegra? Era difícil colocarle un título a la gente en una relación que aún no estaba consolidada.

Cuando finalmente las puertas se abrieron y el tropel de gente ingresó, mi hermana pareció desaparecer de la escena, no intenté buscarla porque imaginé que se estaba refugiando en alguno de los cubículos privados; Rodrigo, apiadándose de la condición de Abigail, le reservado uno para ella sola, al cual podría ingresar en cuanto lo quisiera. Eso tranquilizó mucho a mi hermanita, esa era su vía de escape, era la mejor forma de enfrentar su terror a las multitudes, en cuanto se sintiera sofocada podía esconderse de todo el mundo y nadie la molestaría, el estridente sonido de la música completaría la ilusión de aislamiento.

Me pasé la siguiente hora verificando que todas las barras tuvieran las bebidas necesarias y que los muchachos de seguridad no hubieran reportado ningún problema. Prácticamente ignoré a todo el mundo, ni siquiera tuve la oportunidad de admirar mucho la belleza de algunas chicas que habían concurrido con vestidos provocativos, mi mente (por extraño que parezca) se había olvidado del sexo momentáneamente y sólo me podía concentrar en mi trabajo.

En un momento alguien me tocó el hombro, me di vuelta esperando encontrarme con alguno de los empleados de la discoteca o Edith, pero me sorprendí al ver a un pibe que sonreía con timidez. Tenía el cabello ondulado y revoltoso y llevaba barba de unos días.

—Hola Lucrecia —lo escuché decir; en cuanto estaba por preguntarle cómo era que sabía mi nombre, agregó: — ¿Te acordás de mí?

Enfoqué mi vista como un cegatón que intenta que intenta leer un diario mojado. En su mirada había algo familiar, pero el resto de su aspecto no cuadraba con nadie que conociera.

De pronto caí en la cuenta de que la última vez que lo había visto él ni siquiera tenía esa barba irregular y su cabello no estaba tan largo, tampoco se parecía a un hombre. Aquella última vez que nos habíamos cruzado tenía el aspecto de un púber con la cara cubierta por el acné. A pesar de que habían pasado más de cuatro años mi corazón se detuvo al reconocer en él al desgraciado que me había arrebatado mi virginidad. 

Continuará...


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