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Fecha: 25-Jul-16 « Anterior | Siguiente » en Bisexuales

Cornudo 01: Nino

Clementine
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Tiempo estimado de lectura: [ 39 min. ]
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Clara y Carlos reciben a cenar a Nino, un compañero del gimnasio que no espera lo que va a encontrarse. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Seguía fascinándole como la primera vez. Había observado cada detalle, cada movimiento de la ceremonia de seducción empalmado incluso desde antes de iniciarse:

 - Esta noche viene un amigo a cenar.

- ¿Un amigo?

- Sí, Nico, del gimnasio.

- ¡Ah!

 Bastaba con que Clara anunciara la visita de un nuevo “amigo”, para que Carlos experimentara aquella sensación contradictoria, entre los celos y la absoluta excitación. Sintió despertarse su polla y la siguió por la casa observando cada detalle de los preparativos. Pudo verla mirar de reojo el bulto evidente que formaba bajo su pantalón de lino y sonreír sin hacer la más mínima mención.

 - ¿Sacha?

- …

- Sí, Clara.

- …

- A las diez, como siempre, para tres.

- …

- Gracias, cielo. No sé qué haría sin ti.

 La siguió hasta el dormitorio y vio cómo escogía su vestido: no muy atrevido, clásico, de color crema, con un estampado sutil de pequeñas florecitas rojas que parecían pintadas y un corte formal, como de ama de casa de los años 50.

 Un sostén sin tirantes, de color humo, las braguitas a juego, de viscosa adornada con encajes discretos, muy elegantes… Dudó un instante: “sin medias”.

 La siguió cuando, tras dejar la ropa impecablemente ordenada encima de la cama y expulsar al gato del cuarto (“Fuera, Mino, que me deshaces la ropa”), se metió en el baño, colocó en su posición precisa el termostato del grifo, y dejó que el agua caliente fuera llenando la tina.

 - Anda, cariño, aféitate, que vas echo un Adán.

 La vio desnudarse a su espalda, reflejada en el espejo. Su polla palpitó rígida. Estuvo a punto de cortarse cuando entrevió sus senos grandes y pálidos, de pezones oscuros y apretados, como modelados en un material distinto al de su piel morena. Seguía estando preciosa.

 Olió el perfume floral de las sales de baño mientras limpiaba con la toalla los últimos restos de espuma de su rostro. Se detuvo a mirarse. Por alguna razón, era como si él hubiera cumplido más años que ella. No es que pareciera una niña, claro. Tenían cincuenta años… Es que… Estaba preciosa.

 Se desnudó frente a ella. Una vez más, sintió el rubor subir a sus mejillas al exhibirse en aquel estado. Ella fingió ni mirarle. Colocó una toalla blanca sobre el banco de madera y se sentó avergonzado a mirarla. Su polla cabeceaba al contemplar sus manos enjabonando la piel dorada, refregando suavemente sus senos pálidos, ligeramente caídos, curvilíneos y abundantes. Sintió aflorar una gotita transparente de fluido preseminal que se deslizó resbalando, dejando dibujado sobre el tronco venoso un surco brillante.

 Cuando se incorporó para salir del agua, su corazón se aceleró, como siempre. Le costaba mantener la calma, aunque fuera tan solo en apariencia, ante la visión, habitualmente prohibida, de aquellos muslos magníficos; de aquellas nalgas amplias, pálidas y redondeadas; de la mata de vello oscuro que adornaba su pubis.

 - Anda, ven, entra en el agua.

 Obedeció y se dejó mojar, allí, de pie, frente a ella, con la alcachofa de la ducha, que Clara manejaba con eficiencia metódica. Se dejó enjabonar sintiendo que las piernas le temblaban. Sintió el deslizarse de los dedos delgados entre sus nalgas, sobre sus huevos, frotando breve, aunque vigorosamente la verga amoratada, causándole un ahogo y un escalofrío intenso. Se dejo aclarar en silencio, jadeando de excitación. Padeció su media sonrisa socarrona, quizás sutilmente despectiva.

 - Venga, sécate.

 A las nueve y media exactamente, apareció en la sala perfectamente vestida, discretamente maquillada, elegante, sugerente, discreta. Calzaba unas sandalias de tacón que parecía imposible que pudieran sostener un cuerpo sin romperse, salvo que fuera el suyo, ingrávido, que parecía flotar pese a la evidencia carnal de su volumen que el corpiño del vestido a duras penas contenía y la falda, más que ocultar, enmarcaba.

 - ¿Bien?

- Preciosa.

- Gracias, cariño. ¿Nervioso?

- Bueno…

 Apenas cinco minutos después, sonó el timbre. Como cada viernes, habían despedido al servicio. Los fines de semana nada debía interponerse en la intimidad de la pareja. Sin hacer ni ademán de levantarse del sofá, le miró a los ojos sonriendo. Tragó saliva y, armándose de valor, se incorporó para dirigirse a la puerta.

 - Buenas noches. Tú debes ser Nico ¿Verdad?

- Sí… Ho... hola…

 Como siempre, la presencia de otro hombre había cogido por sorpresa al invitado. Le siguió en silencio hasta la sala. Carlos pudo comprobar que se trataba de un muchacho atlético, moreno, un chico guapo. Debía rondar los treinta. Quizás ni los tuviera. Vestía una camisa amplia de lino blanco con cuello Mao y demasiados botones desabrochados para su gusto. Se preguntó por que tendría esa tendencia a elegir tipos achulados.

 - ¡Nico, cariño! Temía que hubieras decidido no venir. Ya veo que has conocido a Carlos, mi marido.

 Conocía aquella técnica: explotar la menor debilidad para situarse en una situación de superioridad sin darle demasiada importancia, como acababa de hacer con aquellos apenas cinco minutos de retraso. Casi sintió un poco de compasión hacia aquel galán de opereta que creía haberse ligado a una madurita.

 - ¿Por qué no pones unos vermouths, cariño?

 Obedeció sin contestar. Se entretuvo llenando los vasos de hielo, cortando unas rebanadas de limón allí mismo, sobre el carrito de bebidas que Belinda había dejado preparado, y sirviendo solo dos copas mientras Clara comenzaba a tender sus redes. Le había invitado a sentarse junto a ella en el sofá, reservándole uno de los dos sillones, frente a ellos. Nico parecía no comprender la situación. Se bebió la copa demasiado deprisa, probablemente a causa de la ansiedad que le causaba, por una parte, su presencia inesperada y, por otra, su silencio, tan opuesto a la charla educada y afable de su mujer, que bromeaba.

 A las diez en punto de la noche, sonó el timbre de nuevo. Esta vez fue Clara quien se levantó para ir a abrir la puerta.

 - Deben ser los chicos de Lorenzo. Ve poniendo otro vermouth a Nico, cariño.

 Los dejó solos en la sala mientras conducía al personal a la cocina. Carlos escuchó el sonido amortiguado de las ruedas de goma de los carritos sobre la alfombra del pasillo y el ruido de platos y cacharros en la cocina. Sirvió la segunda copa y volvió a su asiento en medio de aquel silencio violento.

 - Así que os conocéis del gimnasio…

- Sí…

 Clara acudió a su rescate cuando, tras aquella pregunta absurda y su estúpida respuesta, que habían agotado cualquier posible conversación entre los hombres, amenazaba con convertirse en un silencio estruendoso.

 - Carlos, cielo, da una propina a los muchachos, que se marchan.

 Había previsto la situación, así que no necesitó sacarse la mano izquierda del bolsillo para alcanzarles, junto a la puerta, un billete de cincuenta que había dejado en el derecho.

 - Mañana volvemos a por los servicios.

- Sí… sí… Claro… No vengan temprano, por favor…

- Naturalmente.

 La sonrisa de maitre al recibir discretamente la propina le resultó violenta y equívoca. Era consciente de que era absurdo suponerlo. Al fin y al cabo ¿por qué tendrían aquellos camareros que saber… nada?

 - ¡Corre, cariño, que se enfría!

 Sobre la mesa se encontraban dispuestos los platos que Lorenzo, como siempre, había preparado primorosamente. Apenas se fijó en ellos. Sirvió las primeras copas del Contino. Aunque a la mesa podrían sentarse cómodamente hasta dieciséis personas, Clara y Nico estaban absurdamente juntos y él, cómo no, frente a ellos.

 - Pruébalo, cielo, que está delicioso.

 Olió el vino y probó un sorbo. El cretino aquel se lo tragaba a tragos largos. No comprendía nada. Apenas probó bocado. Su mujer le invitaba a rellenarle la copa cada pocos minutos. Charlaba animadamente y bromeaba mientras mantenía una actitud discretamente seductora. Parecía envolver al muchacho en una atmósfera densa. Le dolía la polla. Sentía la humedad en su ropa interior, la vergüenza y el deseo.

 - Anda, come otro poquito, que ese cuerpo hay que alimentarlo.

 Coqueteaba con él -que cada vez parecía “más suelto”, a medida que la segunda botella iba vaciándose-, abiertamente, sin estridencias, con esa elegancia suya, discreta y atrevida. Como él, apenas había bebido un par de copas. Respondía a cualquier torpe gracia suya con una risa deliciosa, y las agradecía procurando breves momentos de contacto físico, palmeando su muslo, o su hombreo; o inclinaba la cabeza coqueta hasta tenerla tan cerca que pudiera oler su perfume. Le seducía abiertamente, y él se daba cuenta. Eludía la mirada de Carlos como si le diera vergüenza pero, pronto, a medida que el alcohol iba surtiendo su efecto, él mismo se tomaba con ella las mismas libertades, que en su caso resultaban patosas. La tela del vestido disimulaba a duras penas la erección de sus pezones oscuros.

 - Bueno, pues yo creo que este asunto de la cena está resuelto. ¿Por qué no volvemos al salón y nos tomamos unas copas? ¿Tomas café, Nico?

- No, por la noche no.

- Como nosotros. Anda, cariño, pon unas copitas…

- Claro.

 Carlos se entretuvo en preparar unos gin-tonics con paciencia. Los aderezó con cardamomo y corteza de naranja y los tiró despacio, apenas sacudiendo la tónica al verterla sobre el dorso de una cucharilla de coctelero. Esta vez fueron tres.

 Cuando ocupó su sillón frente a ellos, Clara y Nico parecían íntimos. Sus rodillas se rozaban. Ella tenía una mano apoyada sobre su muslo y parecía bromear divertida con él, que ya no lucía violento. El bulto que se adivinaba bajo el pantalón evidenciaba el buen efecto que las artes de su mujer causaban en él. Decidió no disimular su propia erección. El pantalón amplio y cómodo de lana fresca facilitaba evidenciarla. El muchacho pareció cortarse al verlo, y ella decidió romper el hielo antes de que la violencia de la situación lo echara todo a perder.

 - Pero…

- No te preocupes, cielo.

- Pero… pero él…

- Schhhhhh… A él no le importa. Es un cornudo ¿Sabes?

 Se quedó en silencio, mirándole, esta vez sí, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera procesar aquella información, mientras la mano de clara acariciaba ya sin disimulo el magnífico paquete que parecía dispuesto a hacer estallar el pantalón.

 - ¡Madre mía! ¡Es tremenda!

 Carlos bebió un trago sintiendo que unas gotas de sudor se formaban en sus sienes cosquilleándole. Efectivamente, aquel idiota parecía gozar de una polla de muy buenas proporciones, y Clara, que había colocado una de sus piernas encima de la suya, se encargaba de mantenerla así sobándola. Su imagen, con los muslos separados y la falda recogiéndose mientras sus manos finísimas desabrochaban su cinturón y desabotonaban su cremallera para esconderse la derecha bajo la tela, le hizo sentirse enfermo de deseo y de vergüenza. Susurraba junto a su oído:

 - No tienes que preocuparte, cielo ¿No te gusto?

- Yo… Sí… Claro…

- A él no le importa… Mira cómo la tiene… Solo quiere verlo…

- Pero…

- ¿No te gusto tanto?

- Sí…

 Permitió que se la sacara. Carlos observó fascinado aquella verga magnífica, larga y gruesa, que brillaba entre los dedos de su mujer, que la acariciaba casi sin rozarla, haciendo resbalar su palma sobre el fluido cristalino que manaba.

 - Shhhhhh… Déjate hacer…

 Moviéndose como solo ella se movía, con aquella elegancia felina que hacía parecer que no pesara, le fue desnudando sin estridencias, descubriendo sus piernas fuertes, su piel morena, su torso dibujado, perfecto, hasta tenerle entero, sentado sobre el sillón, como si no hubiera pasado nada.

 - Voy a hacer que te olvides, cariño…

 Había agarrado el tronco rígido, como de piedra, y lo acariciaba haciendo que el prepucio cubriera y descubriera el capullo violáceo de aquel idiota, que se estremecía al sentir su aliento en el oído a cada susurro.

 Carlos, angustiado por el deseo, no pudo evitar desabrochar su bragueta y hacer que asomara la suya, notablemente menor, aunque no menos firme. Nico ya no dijo nada. Clara acariciaba sus pelotas, lampiñas, como todo su cuerpo depilado. Aquella tranca enorme babeaba. Se dejaba hacer mientras que ella, apartando sus manos delicadamente cada vez que intentaba tocarla, le hacía comprender cual sería su papel, al menos por el momento.

 - No te preocupes por él…

 Acabó de desnudarse, incapaz de soportar el agobio de la ropa. Permanecía casi inmóvil, en su sillón, sin ni siquiera tocarse, observando cada movimiento de la extraña pareja, contemplando cómo, a cada cubrir y descubrir el grueso capullo brillante, su mujer conseguía que alcanzara un grado más en aquel amoratarse, congestionarse, chorrear hasta resbalar sobre la mano de largos dedos delgados y uñas impecablemente pintadas delgados hilillos de fluido. Su polla trempaba a golpes secos. Fluía sin parar en un continuo que ensuciaba el asiento del sillón.

 - ¿Vas a correrte ya?

- …

- Nooooo… Todavía no.

 Permanecía vestida. Tenía un don para comprender cuando debía detenerse. Apartaba su mano y cambiaba el tono de aquel peculiar monólogo excitante que mantenía, hablaba de su polla, de lo grande que era, de lo dura que estaba, de cómo hacía que mojara sus braguitas al sentirla tan firme. Se detenía, la dejaba, acariciaba su pecho, y la miraba dando latigazos en el aire, golpeándole el vientre para dispararse al instante, como impelida por un resorte, dejando un hilillo de aquel líquido viscoso y transparente que, al final, se rompía en el aire volviendo a su lugar.

 - ¿Quieres correrte?

- Sí…

- ¿Quieres escupir tus chorros de lechita tibia?

- Sí…

- Pero es que…

- ¿Qué?

- Me vas a salpicar el vestido…

- …

 Le enervaba, y enervaba a su marido, que casi babeaba viéndola volver a agarrarla, a acariciarla haciéndola resbalar entre sus dedos, frotando con ellos su capullo, haciéndole temblar con aquella mirada de idiota ansioso.

 - ¿Me prometes que no lo harás?

- …

- ¿Me prometes que no me salpicarás?

- Sí…

- ¿Seguro?

- Síii… síiii… síiiiiiiiii…

 Cuando empezó a correrse, Clara manejaba su polla despacio, muy despacio. Apenas presionaba su capullo inflamado, morado, con tres de sus dedos. Lo apretaba suavemente haciéndolos resbalar sobre él, que con las piernas temblorosas, casi lloriqueando con la voz aguda, temblorosa, vertía chorros violentísimos de esperma que, naturalmente, salpicaron su vestido, dándole la excusa que esperaba para soltarla. Gimoteando, su polla se sacudía sola en el aire escupiéndolo. Incluso uno de aquellos chorretones llegó a impactar en la cara de su mujer, que lo observaba sonriendo, aparentemente en calma.

 Carlos asistía al espectáculo sometido a una tensión brutal. La polla parecía ir a estallarle, a reventar. Se debatía luchando con el deseo de agarrársela, de pelar su propia polla hasta correrse, hasta verter su propio esperma, como aquel hijo de puta a quien su mujer se la meneaba. Se moría por hacerlo, y se aguantaba. Eran las reglas.

 - Ufffff… ¡No se te ablanda!

 Habían entrado en una especie de impás tenso, que Clara rompía con su elegancia habitual, como si no pasara nada y aquella situación fuera lo más natural del mundo. Bromeaba, acariciaba la polla de Nico que, efectivamente, se mantenía rígida, jugueteaba con los dedos en los chorretones de esperma sobre su pubis…

 - ¿Y qué vamos a hacer?

- …

- ¿Quieres follarme?

- Cla… ro…

- Ya…

- …

- Pero primero…

 Se inclinó sobre su pecho y comenzó a lamer cada uno de los charquitos de esperma que resbalaban sobre su piel. Descendió lentamente limpiándolos con la lengua sin prisas, hasta alcanzar su pubis. Incluso lamió sus pelotas y se metió su capullo en la boca un instante apenas, justo lo necesario para hacer desaparecer el último rastro de esperma de su piel.

 - Primero quiero… Ven, cariño…

 Carlos esperaba aquel momento. Se arrodilló sobre la alfombra y, lentamente, caminando a cuatro patas, se acercó hasta situarse entre los muslos del muchacho, que dio un respingo y apartó su cara con la mano, con cierta violencia, al verlo inclinarse. Clara le espetó al oído, en tono cortante y seco:

 - ¿Quieres follarme o no?

- Sí… claro…

- Pues listo.

 A un gesto suyo, su marido volvió a inclinarse. Aunque se mantenía tenso, esta vez no se apartó. Su capullo sabía al carmín de su mujer. Avergonzado, tuvo que reconocer para sus adentros que le excitaba aquella humillación. Su polla, rígida, como de piedra, palpitaba al sentir la boca llena de aquel capullo grueso y duro.

 - ¿Ves como no pasa nada, bobo?

- …

 Carlos succionaba y le hacía temblar las piernas. Se llenó de aire los pulmones, relajó la garganta, y comenzó a engullirla, a hacerla deslizarse garganta adentro, gruesa, grande, dura, hasta sentir, con los ojos cerrados, la nariz apoyada sobre su pubis duro. Notaba en las manos el tensarse de los músculos magníficos de sus muslos. Aguantó cuanto pudo antes de empezar a retirarse despacio, procurando no hacerse daño en la garganta. Al sacarla, mientras respiraba agitadamente para recobrar el aliento, vio que trempaba. Clara se dio cuenta también.

 - ¿Ves, tonto? No pasa nada…

- …

- Él es el cornudo maricón, cariño, no tú. ¿Quién no se corre cuando se la chupan?

- …

- Tú eres muy hombre, cielo…

 Volvió a inclinarse. En esta ocasión, la hizo pasar varias veces a través de su garganta más deprisa, para juguetear con el capullo a continuación, a acariciarla con la lengua muy fuerte, presionándola sobre el paladar mientras la mamaba con fuerza. Clara mantenía su cabeza baja, jugueteaba ensortijando los dedos en su pelo, le animaba.

 - Vamos, mariconcita, haz que se corra.

- …

- ¿No quieres lechita? Haz que se corra, maricón.

 Redobló sus esfuerzos. Sentía el corazón acelerado. Su polla palpitaba con fuerza, y sentía los latidos del corazón de aquel niñato imbécil en la boca. Lo deseaba. Realmente lo deseaba. Quería sentirla latir, quería sentir su esperma deslizarse a través de su garganta. Creía que se iba a correr cuando sucedió.

 - ¡Ma… ri… cón… Ma… ri… cóoooooon…

 Chillaba insultándole, como si necesitara reafirmar su virilidad, mientras se derretía entre sus labios. Había agarrado con fuerza su cabeza con las manos. Se corría a borbotones, temblándole las piernas. Carlos tragaba su leche enloquecido, excitado hasta la desesperación. La bebía con ansia, Adoraba aquella textura viscosa, aquella explosión de calor que, latido a latido, vertía en su garganta toda aquella leche tibia. Clara reía a carcajadas viéndolos.

 - Muy bien, cariño… Muy bien.

- …

- Ahora querrás tu premio, claro…

 Sin dejarle reaccionar, sin darle tiempo a que la erección pudiera perder su consistencia, apartando las bragas con los dedos, se sentó sobre él, de espaldas a él, con un gemido. Carlos, a quien había apartado de un empujón, desde el suelo, imaginaba la escena que la falda del vestido ocultaba a sus ojos. Ella gimoteaba y culeaba deprisa, follándole como una salvaje. Sus ojos lagrimeaban dibujando sobre sus mejillas surcos negros de rimmel.

 - ¡Qué polla… tienes… ca… brón…! ¡Follamé… asíiiii!

 Agarrado a sus caderas, Nino culeaba como si quisiera romperla. Carlos no podía verlo. Se moría por verlo, pero no se atrevía a levantarle la falda. Oía chapotear aquella polla tremenda en el coño de su mujer, que gemía y jadeaba poseída por un furor violento, intenso. Temblaba, vestida sobre él, dejando que la taladrara como un animal.

 - ¿y… y tú… qué?

- …

- ¿No… quieres…?

- Sí…

- ¡Vamos! ¡Dame… láaaaaaaaaa!

 Carlos se incorporó. Apenas necesitó agarrársela, ni siquiera meneársela una vez. Bastó con cogerla para que, tras un mes de abstinencia, su polla comenzara a escupir cantidades brutales de esperma que restallaban sobre su rostro, sobre su cuello, sobre el vestido. Se corría a borbotones sobre su mujer, que temblaba jadeando, con los ojos en blanco, temblorosa, lloriqueando.

 - ¡Así….! ¡Asíiiii…! ¡Maricón! ¡Damela… todaaaaaaaa…!

 Escuchaba gemir a Carlos. La veía temblar. Escupía sus últimos chorretones sabiendo que él se corría en su coño inalcanzable, que su esperma rebosaba entre sus muslos, que la llenaba de leche mientras él se la meneaba hecho un cornudo, mirándola sin siquiera poder verla desnuda.

 Avergonzado, sentado en el sillón, incapaz de mirarles a los ojos, la escuchó hablar alegremente, como si diera igual:

 - ¿Te quedarás a pasar la noche, no?

- Mujer, si tú quieres…

- Pues venga, vámonos a la cama.

- …

- Tú no, cariño. Tú te quedas a dormir en el sofá.

 Sintió que la polla recuperaba al instante su prestancia y supo, ambos lo supieron, que pasaría la noche arrodillado, junto a la puerta, escuchándolos sin atreverse a tocarse.


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