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Fecha: 28-Jul-16 « Anterior | Siguiente » en Confesiones

Terapia Sexual Intensiva (01).

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 21 min. ]
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Julieta comienza a confesarse, con su diario y su psicoterapeuta, revelando algunos de sus secretos más íntimos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Terapia Sexual Intensiva.

 

Capítulo 1.

 

Es obvio que muchas personas deben sentirse inconformes con sus vidas, por eso en este “Diario íntimo”, o lo que mierda sea, no voy a intentar aparentar ser la mujer con más problemas del mundo o la que más sufre a causa de su patética e intransigente vida. Tan sólo voy a exponer mis pensamientos y emociones; puede que así descubra por qué carajo estoy escribiendo esto… bueno, al menos alguna otra razón aparte de: “Porque mi terapeuta me lo recomendó”. Espero que ese tipo sepa lo que hace, porque la idea no me agrada nada.

«Escribí lo primero que se te venga a la cabeza», me dijo; pero mi cabeza está tan llena de porquerías que no sé cuál exponer primero. Si tan sólo me hubiera dado alguna guía… algo que me ayudase a elegir una temática, ¡Pero no! ¡Me dejó a la deriva, como siempre! ¡Yo tengo que estar resolviendo todo por mi cuenta! ¡Tengo que ser yo la que busque el significado de cada frase de mierda que me dice! ¡¿Por qué carajo no puede ser más claro y directo?! ¡puta terapia! ¡puto psicoanalista! ¡asociación libre, mis tetas!

---.---.---.---.---

Hoy me siento mucho más tranquila que la primera vez en la que escribí en este “diario”. Germán, mi terapeuta, me dijo que él no leería ni una palabra de lo que yo escribiera, a menos que yo misma se lo pida, y como no pienso pedírselo, me siento con mayor libertad al escribir.

Me causa un poco de gracia pensar que si alguien que no me conoce leyera las primeras líneas que escribí creería que soy una loca de mierda, una tarada que no tiene arreglo; pero nada más lejos está de la realidad… al menos eso creo yo.

Si esa hipotética persona estuviera leyendo me vería obligada a aclarar el pequeño malentendido. Todos tenemos malos días. ¿Acaso no nos ha pasado a todos, alguna vez, eso de querer mandar el mundo a la mierda? Bueno, ese fue un mal día para mí. Por lo general tengo un carácter amable, dócil e intento ser simpática con todo el mundo. Siempre me digo a mí misma: «Tratá a los demás como si fueran la mejor persona del mundo, hasta que demuestren lo contrario». 

¿Pero por qué me tomo la molestia de aclarar algo que nadie va a leer? ¡A veces ni yo misma me entiendo! «Tal vez, inconscientemente, querés que alguien lea esto». Esa sería una típica frase que diría mi psicoterapeuta.

No sé qué más escribir, me falta inspiración, así que lo dejo por hoy.

---.---.---.---.---

En la última sesión que tuve con Germán volví a preguntarle sobre el motivo por el cual debo escribir un “diario íntimo” y me contestó que, entre otras cosas, me serviría descargarme. Sería como tener un gran amigo al que puedo contarle todo sobre mí, hasta aquellas cosas más íntimas y vergonzosas que no le confiaría a nadie. Supongo que por eso lo llaman “diario íntimo”. Además me dijo que me ayudaría a hacer consciente aquello que esté guardado en mí inconsciente. De todo lo que escribiera, lo único que yo debía contarle eran las impresiones generales; particularmente cómo me sentía al escribir. Aproveché la sesión para contarle que luego al escribir las primeras líneas sentí mucha bronca y frustración. Él me recordó que fueron esos mismos sentimientos los que me llevaron a terapia, así que íbamos por buen camino.

Si voy a tratar a este “diario íntimo” como “un gran amigo de confianza”, no puedo seguir llamándolo simplemente “diario íntimo”. Suena un poco trillado e impersonal. Pero ¿cómo debería llamarlo?

Germán me recomendó que cuando no supiera qué escribir ponga lo primero que se me viniera a la cabeza. En este momento lo único que se me viene a la cabeza es la melodía de la canción “De mí”, de Charly García. No es de extrañar, amo la música de Charly…

Ya está decidido, desde ahora en adelante voy a llamar “Charly” a mi diario.

¡Hola Charly! Espero que llegues a conocerme muy bien.

No pienses que estoy loca, es sólo una manera de actuar…

---.---.---.---.---

Hace un rato llegué de trabajar y no hay nada en la tele. Estoy aburrida, por lo que decidí pasar por acá y hacer una pequeña prueba.

¿Servirá de algo escribir algún suceso muy íntimo? Algo que no le contaría ni a mis mejores amigas. ¿Qué podría ser… que mentí cuando dije que leí a Borges? ¡Nah! Casi todo el mundo miente diciendo que leyó algún gran escritor. Además hace poco me compré un librito con algunos de sus cuentos y en algún momento lo voy a leer.

Tiene que ser algo más íntimo, más vergonzoso.

¡Ya sé!

Hace unos días me masturbé usando el mango de un cepillo para el pelo. ¡Ja-ja-ja! Es totalmente cierto. Fue una experiencia muy interesante, admito que me agrada la forma redondeada y el grosos que tiene ese mango; se me hizo agua la concha ni bien empecé a meterlo. La sensación que tuve fue como si mi cuerpo de pronto recordara lo que se siente tener una verga allí dentro. Quería hacer el menor ruido posible, para que nadie en mi casa me escuchara; pero estaba tan excitada que me costaba mucho no gemir. Para colmo se sentía tan pero tan bien que me lo metía y me lo sacaba cada vez más rápido… y mientras más fuerte me daba, más me costaba contener los gemidos.

¡Upa! Tengo que reconocer que escribir esto está surtiendo efecto, se me está mojando la tanga. ¡jaja!

Sigo contando: me pasé un buen rato metiéndome el ese mango… tan adentro como pude. Me sacudí en la cama mientras lo metía y lo sacaba. Me mordí los labios para no gemir como una loca. No llegué al orgasmo pero la pasé realmente bien. Supongo que hubiera acabado si mi familia no hubiera estado dando vueltas fuera de mi cuarto, haciendo ruidos por toda la casa… eso le quita mucho la concentración a una. Además me daba miedo que en algún momento a mi papá o a mi mamá se les ocurriera golpear la puerta para cerciorarse de que no me estuvieran asesinando.

Lo más bizarro de todo esto es que el cepillo ni siquiera es mío, sino de mi hermana, Gaby. ¡Si se llega a enterar que le robé el cepillo para hacerme una paja, me mata! ¡Ja-ja-ja-ja!

Uy, perdón Charly. Recién me doy cuenta de que se olvidó decirte MI nombre. ¿Cómo vamos a ser amigos si ni siquiera sabés cómo me llamo?

Mi nombre es Julieta, pero podés decirme Juli…

…si me decís Juli me desmayo, no quiero tener que contarle a mi psicólogo que ahora alucino con que mi diario íntimo me habla.

Por cierto, tengo 24 años, soy de Piscis, me gusta el helado de frutilla… y todas esas boludeces que a nadie le importan. De hecho sé que le importo poco a la gente así que no veo por qué te importaría mucho saber de mí.

¿Debería describirme físicamente?

¿Podrá verme Charly? ¿Sabrá cómo soy? Me parece medio absurdo estar describiéndome… él ni siquiera existe en realidad.

---.---.---.---.---

Hoy hablé con Germán, mi psicólogo, y le pregunté si era necesario que me describa a mí misma en el diario íntimo. Me dijo que sería una buena forma de sincerarme conmigo misma, de verme con mis propios ojos, así que allá vamos.

Me encantaría poder decir que soy hermosa, pero ni yo me lo creo. Por más que me mire un millón de veces al espejo, lo máximo que he llegado a considerarme es como una mina “pasable” o “aceptable”. Algunos hombres me denominarían como “cogible”; eso si me vieran en una discoteca después de haberse tomado ocho vasos de fernet. Tal vez ese sea uno de mis grandes problemas, siento que nada en mí es digno de admiración, no soy más que una gota en el mar. En un mar lleno de gente común y corriente; ahí encajo perfectamente.

Todo en mí es mediocre, hasta mi trabajo. Hace cuatro años que estoy atascada como vendedora en “Fravega”, una conocida tienda de electrodomésticos y demás artilugios. Veo cientos de personas a la semana pero nadie se acuerda de mí por más tiempo del que tardo en venderles (o no) algún celular, televisor, licuadora, o lo que mierda hayan ido a buscar. Y no, ni siquiera en eso me destaco, todos los meses siempre hay varios empleados que tuvieron un desempeño mucho mejor al mío. Estoy destinada a quedar siempre en el centro de la lista. Lo único más o menos positivo que veo en eso es que ya no estoy entre los peores vendedores, algo que me pasaba muy a menudo en los primeros meses de trabajo. Con la práctica adquirí más o menos algunas cualidades que me permiten tener un desempeño aceptable y constante.  

Si tengo que describir mi apariencia física lo primero que puedo decir es que tengo el pelo un tanto rebelde, suele formar ondas pero a veces se “infla” más de lo que a mí me gustaría. Intenté varas veces darle algo de vida tiñéndolo un poco; pero no obtuve buenos resultados. Ahora mismo lo tengo en mi color natural, castaño, y con algunos reflejos rubios que ya están un tanto desteñidos y necesitan que los retoquen o los borren definitivamente. Mi cara, como ya dije antes, no está dotada de una gran belleza, pero me han dicho que al estar casi todo el tiempo sonriendo (sí, tengo la sonrisa fácil, aunque realmente no esté alegre), me aporta un aspecto de “buena chica” y me da un poco de luz. Eso sumado a cómo se empequeñecen mis ojos al sonreír, lo cual da a mis facciones unas agradables pinceladas de simpatía. Eso es algo que agradezco bastante porque la poca belleza que tengo reside en esa “simpatía de cartón”. De todas formas no considero estar siendo falsa, porque esa apariencia de “niña buena” que me acompañó durante toda la vida, me sale de forma natural. Es como una barrera que me creé solita para defenderme de la mirada analítica de quienes me rodean. Aprendí que si una va todo el día con cara de culo, lo más probable es que estén preguntándote si te sentís mal, y como no me gusta que me jodan, prefiero adoptar el papel que le hace decir a la gente «¡Qué buena chica es Julieta!». Inclusive siempre saludo amablemente a mis vecinos para que, el día que mate a toda mi familia, ellos puedan salir en el noticiero diciendo: «No puedo creerlo, con lo buenita que era esa chica»; «Siempre me saludaba de forma muy amable, no puedo creer que haya sido ella»; «Era una chica muy buena y simpática, no entiendo por qué descuartizó de esa manera a su hermanita».

Suelo pensar que nadie puede creer que a veces puedo llegar a enojarme. Sí Charly, ya sé que eso te resulta irónico, porque que vos me conociste enojada. Te pido perdón por eso y también por la patética descripción que di de mí, pero tiendo a desanimarme cuando tengo que hablar de mí misma. Cuando le cuente lo mal que salió esto a mi terapeuta, me va a taladrar la cabeza con preguntas sobre mi infancia… lo que no tiene absolutamente nada que ver, tuve una buena infancia; los problemas comenzaron justo después de que cumplí dieciocho años, de hecho creo que comenzaron ese mismo día; pero eso importa ahora, te lo contaré en otro momento.

---.---.---.---.---

¡Hola Charly! ¿Cómo estás? Por mi salud mental, no contestes a esa pregunta.

Ayer, después de escribirte, me quedé un poco triste; pero no me gusta ser una mina depresiva (aunque a veces creo que lo soy). Te puedo decir que hoy me siento bastante mejor. Tal vez se deba a que volví a robarle el cepillo a mi hermana para hacerme una paja. Leí en internet que el sexo (aunque sea estando solo o sola) ayuda mucho a mejorar el estado de ánimo. Realmente creo que así es, porque después de castigarme con la concha con el mango de ese cepillo me sentí de maravilla, tanto así que me quedé como quince minutos chupando de mis dedos el flujo que juntaba de mi vagina, cosa que sólo hago cuando estoy MUY excitada… Charly, no le cuentes a nadie que hago eso porque me puedo llegar a morir de la vergüenza. Eso sí, me muero después de matarte a vos, ¡por buchón!

Volviendo al tema, estoy pasando por momentos difíciles de mi vida pero no me considero una mina depresiva, ni quiero serlo. De todas formas admito que tengo mis grandes momentos deprimentes, los cuales pueden llegar a durar varios días. Mi terapeuta dice que uno de mis principales problemas es mi autoestima, no es que tienda a tirarme abajo a cada rato, sino que no considero que sea una persona que le importe a alguien o que destaque en algo. En pocas palabras, me dio a entender que tengo conflictos con mi personalidad, que hay cosas de ellas que no consigo manifestar o comprender como debiera.

No creo que eso sea algo tan malo, prefiero creerme una mediocre antes que una egocéntrica narcisista como Gaby. Mi hermana no hace más que mirarse al espejo todo el día y hacer comentarios como: «Creo que hoy tengo las tetas más grandes», y sí, tiene tetas más grandes que las mías, bien por ella, pero tampoco es para que ande repitiéndolo a cada rato… o bien que ande poniéndose esos escotes donde muestra todo. A veces me pelea diciéndome que mi culo no tiene forma, que es grande pero que no destaca como el de ella, que es más respingado y redondo. Yo no tengo la culpa de que su culo se levante de esa manera y el mío no, pero tampoco eso me cambia la vida, no necesito mostrar todo el día el culo en pantalones tan ajustados que me marquen la raya de la concha para creerme alguien en la vida.

Además yo sé su gran puno débil: su sobrepeso. Al tener la tendencia a volverse más rechoncha de lo que le gustaría, tiene que cuidarse mucho con las comidas. Se pone loca cada vez que no le entra más uno de sus tan apretados pantalones. A mi vieja le preocupa que Gaby algún día pueda volverse anoréxica, pero yo le dije que no hay riesgo de eso ya que a ella le encanta comer, casi tanto como le encanta mirarse al espejo. Otro motivo por el que nunca desarrollaría alguna patología alimenticia es porque sabe que esos kilos de más le dan el cuerpo voluptuoso, con las curvas bien definidas que ella tanto adora. Siempre se anda quejando de las minas que son muy flacas, porque las considera feas, pero igual le duele si yo le digo algo como: «Ya no te entra más este jean, ¿me lo regalás?». Ella sabe que se lo digo a propósito y se niega a regalarme la ropa que ya no le entra… nunca supe qué hace con ella; tal vez se la regale a alguna amiga.

Hablando en serio, a veces pienso que la que tendría que hacer terapia es ella. Hoy cuando entré a su cuarto a “devolverle” el cepillo (ella no sabía que se lo había quitado), la encontré dándole besos al espejo mientras se masajeaba las tetas. La única ropa que traía puesta era la bombacha. Casi me muerdo de la risa al ver cómo fruncía la boca para besar su reflejo mientras sus tetas, que parecían globos llenos de agua a punto de reventar, se estiraban para todos lados. Tenía miedo de que me descubriera invadiendo su privacidad, pero por suerte estaba con los ojos cerrados, así que puse el cepillo para el pelo en el suelo y, sin hacer ruido, lo pateé hacia la cama, así ella pensaría que se le había caído. Estaba por salir de la pieza cuando ella aplastó sus tetas contra el espejo y dijo: «¡Qué hermosa soy!». En esa ocasión tuve que morderme el labio inferior para no soltar una tremenda carcajada. Después ella metió la mano dentro de la bombacha y estoy segura de que empezó a hacerse una paja… todo bien con que se pajee, yo también lo disfruto, pero tampoco estoy tan loca como para hacerlo mirándome al espejo y diciéndome a mí misma que soy hermosa.

Bueno Charly, me despido por hoy, quería contarte esto y a veces me encantaría que pudieras darme tu opinión, estoy segura de que también creerías que Gaby es un caso clínico.

Hasta la próxima.

 

---.---.---.---.---

Charly… te tengo que contar algo que me dejó bastante descolocada. Hoy tuve una sesión con mi terapeuta, al principio todo transcurrió igual que siempre, de una forma bastante aburrida. Germán me preguntó si estaba mal por algún motivo en particular y le dije que no, que sólo me sentía algo desganada. Entonces me pidió que le contara si me había pasado algo bueno durante los días en que no nos vimos. Imaginé que lo que pretendía usar algún lindo momento para que me aferrara a él y así pudiera ponerme de buen humor; pero le aseguré que nada interesante me había pasado. Mi vida era siempre igual, me pasaba muchas horas al día trabajando y luego tenía poco tiempo para mí misma. Él siguió insistiendo en que algo bueno debería haber, aunque sea algo minúsculo. Comenzó a ponerse pesado con sus insistencias por lo que le dije que el momento en el que mejor la pasé fue la última vez que me masturbé.

Él se quedó mudo y yo me arrepentí de haber abierto la boca. Creí que me diría que no era necesario que le cuente sobre algo tan personal, sin embargo me dijo:

―Julieta, esta es la primera vez que mencionás algo relativo al sexo durante la terapia.

―¿Y qué tiene eso de interesante?

―Mucho, la sexualidad es uno de los temas más importantes dentro del consultorio, muchos traumas pueden venir de la represión sexual. ¿Qué podés contarme acerca de tu vida sexual?

―Primero debería tener una, para poder contarte.

―Recién mencionaste que te habías masturbado, eso es parte de tu vida sexual ―me sonrojé cuando dijo eso, no me agradaba estar hablando de algo tan íntimo. 

―Bueno, eso fue todo. No hay más.

―¿Lo hacés a menudo? ―fue como si me hubiera tomado un cóctel cargado de bronca y vergüenza.

―¿Eso qué tiene que ver? ¿Qué carajo te importa? ―le contesté de muy mala manera.

―Julieta, te recuerdo que esto es un consultorio y yo soy tu terapeuta, a veces tendremos que tocar temas muy íntimos y personales; pero te aseguro que sólo lo hacemos por el bien de tu salud mental. Tampoco te olvides que todo lo que decís acá es privado y nadie más que yo lo va a saber.

―Vos y Charly.

―¿Quién es Charly? ―preguntó descolocado, mirándome desde atrás de sus anteojos de montura ancha.

―Mi diario íntimo.

―No sabía que le habías puesto nombre.

―Se me ocurrió de forma espontánea. Me parece menos frío dirigirme a él con un nombre.

―Está bien, me parece una buena razón. Entonces ¿a qué te referías con que él también lo va a saber? ¿Le contás todo lo que hablamos en este consultorio?

―¿Eso tiene algo de malo?

―Para nada, es sólo que como lo mencionaste luego de un momento muy intenso pensé que podría ser algo importante, relevante para la terapia.

―Me dijiste que no me ibas a preguntar nada sobre mi diario.

―En eso tenés razón. No quiero detalles particulares, pero sí me serviría que me des un panorama general. ¿Qué tipo de cosas escribís ahí?

No me agradaba la idea de estar contándole lo que escribía en mi diario íntimo, pero siendo sensata ya le había contado muchas cosas de mi vida a Germán, darle algunos detalles generales no significaría un gran problema.

―Escribo lo que sale en el momento, no importa la temática. A veces tengo ganas de expresar algo que siento y lo hago, otras veces me gusta contarle cosas que me ocurrieron en el día; me está gustando eso de escribir porque siento que estoy hablando con un amigo, un amigo que no puede juzgarme.

―Otra vez volvemos al juicio de la gente ―no era la primera vez que yo le confesaba que tenía miedo de ser juzgada por la gente―, pero lo importante en todo esto es que encontraste a alguien, así sea ficticio, a quien podes contarle todo.

―¿Entonces no te molestaría que escriba lo que ocurre en la terapia?

―Para nada, al contrario, sería bueno que lo hicieras, sería una interesante forma de reforzar lo hablado aquí dentro ―asentí con la cabeza, él hizo una pausa de unos pocos segundos y luego prosiguió―. ¿Le contás a tu diario sobre tu vida sexual?

―Sí, un poco.

―¿Y cómo te hace sentir eso? ―habrá notado que me ruboricé―. Que no te dé vergüenza, sabés que podés contarme cuanto quieras, y si no querés hablar de eso ahora, lo dejamos; pero eventualmente nos veremos obligados a retomar este tema ya que es crucial.

―Está bien ―decidí contarle para evitar otro momento vergonzoso, tal vez si le decía todo de una vez ya no me insistiría―. Me hace sentir bien contarle esas cosas, me… me… ―Germán me miró con su rostro totalmente inexpresivo y me di cuenta de que él no terminaría la frase por mí―, me excita contarle.

―¿Y qué es lo que encontrás más excitante al contarle?

―Los detalles. Me excita mucho darle muchos detalles, aunque tampoco le he dado tantos. Todavía me da un poquito de vergüenza… pero si te lo estás preguntando, sí, además le conté algunas cosas que para mí son muy vergonzosas.

―¿Como cuáles?

―¡Hey! ¿Otra vez? Te recuerdo que me prometiste no preguntarme nada del diario… y me estás haciendo un montón de preguntas sobre eso.

―Esto va más allá de si lo escribiste en el diario o no, pero es importante saber qué es lo que considerás vergonzoso en tus prácticas sexuales, que como bien dijiste, se basan en la masturbación.

―No veo por qué sería importante decir qué es lo que me da vergüenza al masturbarme.

―A ver cómo te lo explico. Vos sabés que yo soy psicoanalista, por lo tanto mi terapia se basa en el psicoanálisis; pero también sabés que existen otras disciplinas psicológicas ―asentí con la cabeza―, muchas de las cuales han hecho grandes aportes a la psicología y no pueden ser ignoradas, por lo que a veces me veo en la obligación de tomar herramientas que otras disciplinas me prestan. A lo que voy con todo esto es que una de las máximas de la Psicología Cognitiva-Conductual dice que lo que trauma a las personas no son los hechos, sino lo que las personas piensan acerca de los hechos. Por eso encuentro muy importante que me digas qué pensás acerca de la masturbación y por qué te avergüenza. Ese “por qué” es el quid de la cuestión. Resumiendo, lo que a vos te genera preocupación no es acto de masturbarte en sí, sino lo que vos pensás acerca de eso.

Luego de escuchar ese discurso me quedé muda intentando digerir el significado de sus palabras. Después de unos segundos me decidí a hablar.

―Puede que tengas razón, pero masturbarme no me da vergüenza, considero que es algo normal. Lo que me da vergüenza es hablar sobre el tema con otra persona, de por sí me avergüenza hablar de sexo con otros, creo que por eso comencé a soltarme con Charly ―Germán asintió y acto seguido anotó algunas cosas en su libreta; pagaría un millón de dólares para saber qué es lo que escribe allí.

―Vamos avanzando. De todas formas vos dijiste que además de contarle que te masturbás le contaste cosas que te avergüenzan. Ese “además” quedó haciéndome un poco de ruido. ¿A qué te referías con ese “además”?

―También hablaba de la masturbación.

―Pero no le la masturbación en sí, sino no hubieras dicho “además”. A mí me parece que hay otros detalles de ese acto sexual que te producen vergüenza.

Debía reconocer que él tenía una gran capacidad para detectar las palabras exactas que me exponían. El corazón comenzó a latirme cada vez más deprisa. Sentí una extraña acumulación de vergüenza y… calentura. Me da pudor admitirlo pero en ese momento se me empezó a mojar la vagina y el incesante revoltijo en mi interior se volvió incómodo y a la vez excitante. Tragué saliva y dije:

―Es cierto, me refería a otras cosas que normalmente no le contaría a nadie.

―¿Cómo por ejemplo?

―Que me penetro con el mango de un cepillo para el pelo ―ni siquiera yo podía creer que hubiera confesado semejante cosa, pero en ese preciso instante sentí una especie de vértigo en la boca de mi estómago, pero no era atemorizante, sino cautivante, inmoralmente atractivo.

―Ajá ¿y por qué te produce vergüenza eso? ―Germán continuó hablando como si nada raro ocurriera.

―¿No te parece obvio?

―La verdad es que no.

―Porque ya estoy grande para andar haciéndome la paja… y peor aún, usando cosas para metérmelas. Cualquiera que supiera eso pensaría que estoy loca, que soy una pajera… y que me meto eso porque no puedo conseguir una verga de verdad.

―Eso último que dijiste es muy interesante. ¿De verdad creés que no podés conseguir un hombre que mantenga relaciones sexuales con vos?

―Si pudiera conseguirlo no estaría pajeándome con el cepillo ―a toda la acumulación de emociones que ya tenía se le sumó, otra vez, la bronca.

―Julieta ¿alguna vez tuviste sexo con un hombre?

―¡Claro! No soy virgen.

―Está bien, no te enojes, tenía que preguntarlo para estar seguro. Pero ahora no entiendo qué te lleva a pensar que no podés conseguir un hombre, si ya lo has hecho en el pasado.

―Porque son todos una mierda, y ninguno se fija en mí. No soy una mina linda, ni soy la putita que se les va a abrir de piernas apenas le muestren una verga. A veces pienso que la solución sería ser más puta y dejar que me coja el primero que se cruce en mi camino.

―¿La solución? Entonces el no conseguir hombres es un verdadero problema para vos, evidentemente te afecta más de lo que creés.

―¡Claro que me afecta! ¡Hace como tres años que no me meten una verga de verdad! ¡Ya no aguanto más, quiero que me den una buena cogida!

Estaba enojada, frustrada e impactada, mis palabras eran mucho más crudas y directas. El decir cosas como esas no era para nada normal en mí. Por lo general ni siquiera me atrevía a usar las palabras “verga” o “coger” en público, pero esta vez sentía que ese vocabulario soez luchaba por manifestarse en mi boca y en cierta forma hasta lo encontraba excitante.

Germán se mostró muy tranquilo y profesional, se limitó a hacer otra anotación en su libreta y sin mirarme me dijo:

―Se nos está terminando el tiempo por hoy, me gustaría que te tomaras un momento durante la semana para aclarar tus ideas con respecto al sexo y por qué te hace sentir de esta manera. Me gustaría además que escribieras en tu diario tus anécdotas sexuales, no para que me las cuentes todas a mí, sino para ver si encontrás vos solita algún punto de inflexión, algo que te haya llevado a alejarte de los hombres.

―Yo no me alejo de los hombres, ellos se alejan de mí.

―No lo creo, sos una chica bastante atractiva y simpática, estoy seguro de que si te propusieras iniciar una relación, ya sea casual o formal, con algún hombre, podrías conseguirlo; pero hay algo que te lo está impidiendo. Acordate de lo que te dije, el problema no son los hechos, sino lo que vos pensás acerca de ellos. Juntos tenemos que descubrir qué pensás acerca del sexo y qué te limita a seguir disfrutando de algo que, evidentemente, te gusta; de lo contrario no hubieras dicho que “ya no das más” y que querés… acostarte con un hombre.

Poco después de que me dijera eso me fui del consultorio y vine directamente a escribir todo esto. Sé que no usé todas las palabras exactas de lo que conversamos, pero más o menos la idea es esa. Así que bueno Charly, vas a tener que leer sobre mis experiencias sexuales, puede que me ayudes a saber por qué me siento tan mal cuando pienso en sexo. Pero eso lo dejaremos para otro momento, ahora me gustaría acostarme, para pensar un poco. ¡Hasta la próxima!

Continuará...


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