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Fecha: 03-Ago-16 « Anterior | Siguiente » en Bisexuales

Ana 02: Crisis

Clementine
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Tiempo estimado de lectura: [ 10 min. ]
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Esta es la continuación de mi anterior relato ("Sala Magallanes"), que parece que se va convirtiendo en serie. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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ADVERTENCIA: CONTIENE ESCENAS DE SEXO HOMOSEXUAL

 

Aquella única palabra suya, “maricón”, pronunciada con aquel desprecio, hizo aflorar desde mi interior una sensación desconocida: hubiera querido matarla y, sin embargo, permanecí quieto y callado, echado sobre la cama, contemplando alejarse su cuerpo maltrecho, deseándola. Pese a la desacostumbradamente intensa actividad de la noche anterior, mi polla volvió a ponerse dura. La erección matinal del muchacho, Javi, echado a mi lado, levantando aquellas braguitas grises con su pollita minúscula, contribuía a mi excitación.

Me sentía extraño: aquello no entraba en los planes; no habíamos previsto nada más que una aventura sencilla, una extravagancia que nos ayudara a recuperar la chispa, que el tiempo y la rutina habían ido apagando en nuestro matrimonio. Ana buscaría a un hombre en el cine X aquel, le tantearía un poco; si todo iba bien, le ordeñaría la polla mientras yo los miraba desde atrás, asegurándome al tiempo de que no le pasara nada. Desde luego, ni se nos había ocurrido que aquello pudiera devenir en una orgía de aquella magnitud, ni mucho menos que yo mismo acabara manteniendo relaciones homosexuales con aquel par de muchachos.

La cosa se nos había ido de las manos, eso estaba claro, y Ana parecía enfadada, pero el hecho cierto era que había sucedido, y que ahí estábamos, con aquel chaval durmiendo en nuestra cama con su pollita diminuta dura como una piedra, y que me excitaba. Me costaba discernir si se trataba de una tendencia reprimida en mi interior, o si era aquel desprecio lo que me excitaba tanto. Quizás ambas cosas...

.- ¡Cariño! ¡Leo! -se sacó de mi ensimismamiento su voz, que sonaba ahogada desde detrás de la puerta cerrada del baño de nuestro dormitorio-.

.- ¡Dime!

.- Despierta al muchacho, por favor, a Javi, o como se llame, y dile que venga.

Sin acertar a adivinar sus propósitos, obedecí desconcertado. El chico se despertó con solo empujar levemente su hombro. Al comprender la situación, avergonzado, tapo su pollita con las manos.

.- Ana… Ana quiere que vayas a verla… Allí, en el baño… En esa puerta.

Se levantó confuso. Rehuía mi mirada. Pude observarle mientras se alejaba titubeante. Era un muchacho delgado, de piel pálida, casi lampiño, de no ser por la mata de vello negro ralo de su pubis y unos poquitos pelos más en el centro del pecho. Apenas tenía sombra de barba. Tenía los rasgos alargados, elegantes, y una media melenita lacia hasta los hombros.

Dudó ante la puerta, y golpeó sobre ella con los nudillos. Ana no respondió. Cuando reunió el valor suficiente para abrirla, por un momento, antes de que la cerrara de nuevo a su espalda, escuché el burbujeo del jacuzzi.

Permanecí allí, solo, al otro lado de la puerta, en silencio, esperando no sabía qué, durante una eternidad. Me preguntaba qué podrían estar haciendo. Fantaseaba con toda clase de peregrinas ideas. Imagina al muchacho follándola, clavando en su coño aquella pollita menuda y, lejos de sentir celos, la idea me excitaba de una manera brutal. Mi polla babeaba. No me atrevía a tocármela. De alguna manera, suponía que, en algún momento, Ana me invitaría a unirme a ellos, y quería estar dispuesto. Me moría por bañarme. Imaginaba su pollita en mi boca y me moría por tenerla. Aunque la mera idea de desearlo me perturbaba, me resultaba imposible no pensar en ella. ¿Acariciaría sus tetas grandes de pezones oscuros? ¿La estaría follando?

Pasé más de una hora y media en aquel estado de angustia y excitación, al borde de la desesperación, antes de volver a escuchar su voz. El corazón me dio un vuelco al oírla:

.- Leo, cariño, ven, mira…

Casi llegué de un salto. Tuve conciencia de la estrepitosa erección que me adornaba. Estaba desnudo, y sentía vergüenza, pero esta, en lugar de “aminorarme”, contribuía a incrementar mi excitación. De alguna manera, la certeza de su desprecio me excitaba más.

.- Mira. Ahora se llama “Nena”, y va a quedarse con nosotros una temporada.

Me quedé de piedra: Ana, tumbada en la bañera, se dejaba acariciar por las burbujas. El baño estaba lleno de vapor, que dotaba a la atmósfera de un aire mágico. A su lado, sentado en el borde, con los pies en el agua, Javi, o Nena, lo que fuera, estaba irreconocible.

.- No me digas que no es una preciosidad.

Cualquier rastro de vello que pudiera haber habido sobre su cuerpo había desaparecido. Incluso le había cortado el pelo, que ahora estaba casi rapado por los lados, más largo por arriba, de punta, como cortado a mechones. Todo ello le confería un aire andrógino al que contribuía la exagerada manera en que había pintado sus ojos grandes y oscuros, que brillaban en el centro de un pozo de oscuridad en contraste con el rojo carmín de sus labios sensuales y carnosos.

.- Hemos estado hablando, y va a ser mi juguete. Al fin y al cabo, ahora que hemos descubierto que eres un maricón, de alguna manera tendré que entretenerme y, puestos a hacérmelo con una nena, la verdad es que la prefiero joven, cariño, tú me entenderás.

.- Ya…

.- Si quieres…

.- ¿Sí?

.- Puedes mirarnos.

No respondí. Me senté en el banco de madera oscura, sobre la toalla blanca que Ana había dejado allí. Acariciaba su pollita, aquella preciosidad pálida, que apenas mediría siete, quizás ocho centímetros, y mostraba el capullo descubierto, sonrosado, y todos los caracteres de una polla adulta, aunque pequeña. Jugueteaba con ella con sus dedos, parsimoniosamente, haciéndolos resbalar sobre su superficie, presionando a veces el capullito pequeño, como una cereza no muy grande.

.- Te pone…

.- …

.- ¿Te pone?

.- Sí…

.- Quién nos iba a decir que a los cincuenta ibas a hacerte maricón…

.- ...

Mientras hablaba, me miraba a los ojos, y a mi me costaba cada vez más sostenerle la mirada. Sentía que me ardían las mejillas. Transpiraba, y seguía teniendo la polla dura… Más que dura… Babeaba, y trempaba dando golpes en el aire. Me hacía sentir estúpido.

.- Tenemos que ir pensando qué vamos a hacer contigo…

Mientras hablaba, sus dedos no dejaban de juguetear con el ridículo apéndice de Nena, que gimoteaba con una vocecilla aguda. La humedad del ambiente, supongo que la excitación, el calor, iban haciendo que el rimmel se le corriera, dibujando surcos negros en sus mejillas que le ahondaban más aun la mirada.

.- Yo te sigo teniendo cariño, claro.

.- …

.- Pero… No sé…

.- …

.- La cosa es que dejarte en la calle no quiero. Además… Bueno, no has gestionado mal mi empresa…

.- Mujer…

Había dejado la pollita del muchacho. Jugueteaba con él como si fuera un jmuñeco. Empujándole, le había hecho recostarse sobre la esquina y jugueteaba arrodillada entre sus piernas delgadas, de músculos largos y piel pálida. Vertía una generosa cantidad de gel sobre su mano y untaba con él su culito. El muchacho, asustado, gimoteaba. Su pollita, cuyo capullo iba adquiriendo el color de la cereza que aparentaba, cabeceaba, y fluía de ella un reguerito cristalino que dibujaba una línea en la espuma.

.- Pienso que…

.- ¿Qué?

.- Que si eres sumiso…

.- ¿Sumiso?

.- Sí… Bueno, podríamos seguir juntos… Tú seguirías con el negocio…

.- Ya…

.- Y yo… Bueno, yo ya haré lo que me de la gana.

.- Claro.

Nena emitió un gemido, una especie de quejido mimoso cuando Ana le introdujo en el culito pálido su dedo indice. Comenzó a hurgar en él. Su pollita pareció menguar más si cabe, pero se mantenía firme, y se balanceaba al ritmo con que ella, con la punta de la lengua asomando por una comisura y un aire febril en la mirada, le follaba metiéndolo muy al fondo, como si buscara algo. A veces, con la mano izquierda, acariciaba sus pelotas, casi imperceptibles, o acariciaba la pollita brevemente. Su capullito se veía amoratado, brillante. Fluía abundantemente un reguero cristalino.

.- De momento deja de tocarte la polla, maricón.

.- Perdón…

Había comenzado a acariciarme sin siquiera darme cuenta. Ambos me volvían locos. Ella estaba preciosa, con su piel blanca como la leche, enrojecida por el calor del agua, afanándose por follar con el dedo el culo de la putita, que gimoteaba. Sus tetas, grandes, ligeramente caídas, claro, su cuerpo amplio, sensual, la mata de vello negro, que contrastaba con el cabello pelirrojo mojado, pegándose a su espalda... Me dolía la polla de deseo.

.- Esto de correrte cuando quieras… Bueno, ya lo iremos hablando, cielo, pero vete haciendo a la idea de que se va a terminar.

.- …

.- ¡Mira! ¡Mira! ¡Ya va…!

Nena gimoteaba como una putita. Su culo se movía arriba y abajo muy deprisa. La polla diminuta parecía formar un único todo con su pubis. Se movía rígida. Tenía el capullo literalmente amoratado. A veces, cerraba los ojos y presionaba como buscando su dedo, como queriéndoselo clavar hasta el centro. Otras, perecía rehuirlo, y era ella quien lo perseguía. No lo movía en su interior. Más bien presionaba, lo clavaba con fuerza.

.- ¿Te gustaría comérsela, verdad, maricón?

.- Sí…

.- Te mueres por beberte su lechecita ¿No?

Hubiera dado la vida por sentirla templada en mi boca. Lo deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo. Me moría por clavarla en su culito, por sentirla estallar en su culito, lubricándolo, y sentir la suya resbalándome en el vientre.

.- Pero ahora es mía. La putita es mía, maricón.

De repente, el flujo abundante, cristalino, que manaba de su capullito morado, se tornó en un chorro blanquecino que, mansamente, se derramaba sobre su pollita, como una fuente. Brotaba en un continuo. Resbalaba a lo largo, bordeaba sus pelotas, alcanzaba la mano de Ana, que seguía apretando con fuerza. Emitía un chillido quedo, un quejido afeminado. Su cuerpo delgado temblaba. Se estremecía en espasmos violentos.

.- Bueno, lávale la cara y márchate. Voy a tener que arreglarle el maquillaje a mi putita.

Mientras me esforzaba por limpiar los rastros de pintura corrida, observaba de reojo las manos de mi mujer recorriendo su cuerpo, enjabonándolo. Hacía años que no la veía así. Me fascinó en modo en que sus dedos se clavaban en las tetas mullidas, resbalaban sobre la piel brillante; enjabonaban entre sus muslos su coño. Mi polla goteaba sobre el suelo.

.- Anda, márchate ya. Deja que nos ocupemos de nuestras cosas.

Pensé en masturbarme. Mientras hacía la cama, consciente de que ellas estaban a pocos metros, al otro lado de la puerta, pensé en agarrármela y sacudirla hasta correrme.

Tuve miedo.


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