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Fecha: 19-Ago-16 « Anterior | Siguiente » en Parodias

Harry Potter y la ruta de Eros XI

Stonentaller
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 24 min. ]
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Harry está consumido por las dudas sobre lo que le ha ocurrido. Luna parece saber más de lo que parece, y Tonks le ayuda a bucear en sus recuerdos. Pero las cosas con ellas no acaban como esperaba. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

¡Bienvenid@ a la undécima parte de esta serie de Harry Potter!

Cada día sois más quienes dais vuestro apoyo a esta serie con comentarios, emails y puntuando los relatos. No puedo dejar de agradeceros que lo hagáis, porque es gracias a vuestra participación que esta serie sigue actualizándose. Me encanta ver el gran recibimiento que le estáis dando.

 

 

A todas las personas que me habéis escrito emails os lo agradezco anónimamente de nuevo, salvo que me deis vuestro permiso expreso para nombraros.

A dylan, lalo, socjomateix, jack y Xsy os doy las gracias por vuestros comentarios en la anterior parte.

Esta fantasía no termina todavía, y ahí seguirá mientras tengas ganas de leerla. ¡Disfruta de este relato!

          17. Insolencia

La luz de la mañana entraba en la habitación por los ventanales, iluminando la estancia en su totalidad. Harry abrió los ojos poco a poco, molesto ante la claridad que lo había despertado. Pronto recordó que ya era libre para volver a hacer su vida normal, y eso le alegró y le ayudó a despejarse. Se puso las gafas de cristal redondo que tantas aventuras habían vivido con él desde que era un niño. Hermione se había encargado de hacer los arreglos necesarios para que le siguieran sirviendo aún ahora. Su amiga le había ayudado tantas veces sin recibir nada a cambio...

 

Ahora podía ver con nitidez la cortina clara que recorría su compartimento en la enfermería. Se había aburrido mucho cuando estaba solo esos días, sin nadie más en la sala, aunque no podría negar que las visitas que había tenido fueron verdaderamente interesantes. No paraba de intentar recordar cómo había acabado ahí, y le resultaba tremendamente frustrante no tener ni idea-

 

A su derecha, en la mesilla de noche, descansaba el amplio volumen que Angelina le había traído la noche anterior. Se preguntó cuánto tiempo le llevaría estudiarlo y si de verdad iba a encontrar alguna respuesta en él. ¿Qué iba a tener aquel libro para provocar todos los acontecimientos de esos días? La idea de empezar a leerlo le dio mucha pereza. Quizá Hermione se ofrecería a ayudarle de nuevo.

 

Estaba buscando el lugar donde habían dejado su ropa cuando escuchó unos pasos apagados acercándose. Acto seguido una chica rubia abrió la cortina sin preguntar.

 

  • Hola -se limitó a decir Luna con una sonrisa y la mirada perdida, como viendo más allá de Harry-. ¿Todo bien?

  • Hola, Luna. Todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado -respondió el mago.

 

La chica se quedó unos segundos con la cabeza girada y cierta cara de decepción, como si pensara que las historias que contaban por los pasillos de Hogwarts sobre lo que había ocurrido a su amigo lo habían exagerado demasiado. Sus ojos pasaron entonces al libro que aguardaba en la mesa.

 

  • ¡Oh! Así que te estás poniendo al día con los reportajes del Quisquilloso -dijo muy contenta mientras agarraba el libro.

  • ¿Qué? ¿Conoces ese libro?

  • Pues claro -respondió Luna apartando las sábanas y subiéndose a la cama-. ¿No recuerdas lo que te dije en el tren? Todo está en él.

 

Harry vio el colchón ceder ante el peso de su amiga, que se sentó encima del mago, con las rodillas apoyadas a los lados y con el libro abierto en las manos. A estas alturas ya no iba a sorprenderse ante lo que hacía Luna, así que ni siquiera intentó apartarla.

 

  • Luna, ¿qué tiene que ver El Quisquilloso con ese libro? Al parecer lo estaba leyendo cuando me quedé inconsciente, pero no tengo ni idea de lo que buscaba.

 

La rubia no le hizo ni caso. Parecía que ni le había escuchado, absorta en la lectura de un pasaje del libro. Mientras leía, movía su cabeza y su cuerpo como por costumbre, casi como si bailase. El problema para Harry es que el pubis de la chica estaba en contacto directo con su masculinidad.

 

A través de la fina tela del pijama notaba perfectamente cómo Luna frotaba contra él su entrepierna, blandita y apenas cubierta por su ropa interior, dado que la falda cubría toda su cadera. El rozamiento hizo su efecto y pronto el pene de Harry estaba tan duro que parecía actuar como raíl para el movimiento de la bruja, perfectamente encajada. Se fijó en las piernas bajo la falda de Luna, cubiertas tan solo por las medias que llevaba en el tren, que llegaban únicamente hasta su rodilla. Además, sus labios estaban pintados de un rojo intenso, y en sus ojos destacaba una sombra mucho más trabajada que la de otros días. ¿De verdad permitían un atuendo tan sugerente como uniforme de Hogwarts?

 

La idea, junto a la visión de las atractivas piernas de la rubia, aumentó el tamaño de su erección. Harry cerró los ojos para sentir con mayor intensidad el roce de su largo aparato contra el sexo de Luna. La chica apretaba, se supone que inconscientemente, su cuerpo contra el mago, y le estaba provocando muchísimo.

 

  • ¡Aquí está! -dijo Luna por fin, que empezó a leer, dejando de moverse-: "La respuesta a la gran pregunta de la humanidad está en sus pulsiones más íntimas y en sus temores más arraigados. Quien busque el conocimiento debe unirse a sus compañeros y conquistar sus instintos. Sólo así llegará a comprender la verdad" -la chica acabó de leer y de repente miró hacia abajo, notando al fin la presión latente del mago-. Harry, deja de hacer el tonto. Este no es el momento.

 

Harry se resignó de nuevo y no intentó discutir con su amiga, aunque no pudo desde luego hacer nada por bajar la inflamación.

 

  • ¿Qué quiere decir eso, Luna? No entiendo a dónde quieres llegar -preguntó, confundido.

  • Entonces es cierto que no has leído El Quisquilloso -repuso la rubia mientras se levantaba, fijándose en la tienda de campaña que se había formado en los pantalones de su amigo-. Adiós Harry -terminó, con una sonrisa.

  • ¡Luna, espera! -la chica se detuvo-. Necesito tu ayuda para entender esto.

  • Ah, no. Piénsalo tú mismo. Será mejor.

 

Dicho esto se fue de la enfermería tarareando una melodía de Las Brujas de Macbeth y dejando a Harry con una erección innecesaria y sin ninguna respuesta.

 

 

Sus amigos lo esperaban en la entrada de las mazmorras y lo abrazaron cuando se acercó. Harry se fijó en que ambos parecían cansados, como si no hubieran dormido mucho. Supuso que tenía que ver con lo que había escuchado en Las Tres Escobas y sintió cierta envidia por no ser parte de nada similar.

 

Entraron en la clase de Pociones y Harry pudo ver cómo Cho apartaba la mirada cuando la buscó, como avergonzada por algo. Noshi, sin embargo, le saludó con timidez, como hacía habitualmente. La japonesa lucía radiante, aún más atractiva de lo normal. ¿Era su impresión o las dos chicas estaban más juntas de lo habitual? Le extrañó, pero la mayor sorpresa que le reservaba la mañana era la ausencia de Snape. En su lugar se encontraba el profesor Slughorn, con su gran barriga apretando un chaleco marrón oscuro..

 

  • Chicos, el profesor Snape no se encuentra en disposición de impartir esta clase, por lo que durante este mes yo seré su profesor -dijo cuando todos se sentaron.

  • ¿Le ha ocurrido algo al profesor Snape, señor? -escuchó preguntar a Padma Patil.

  • Nada que sea de su incumbencia, señorita -replicó, serio, Slughorn.

 

Todos agradecieron el cambio. La clase se hizo mucho más amena y aprendieron más de lo habitual, pero los tres amigos parecían comunicarse telepáticamente, y sabían que algo raro estaba pasando.

 

 

 

Pasaron las clases de la mañana y Harry estaba feliz al recuperar su vida normal. Después del banquete en el Gran Comedor se fue a descansar a la Sala Común antes de acudir al despacho de Tonks.

 

Estuvo un rato hablando con Neville y Dean sobre el último partido de las Arpías de Holyhead contra los Chudley Cannons. Al parecer el buscador de los Cannons, Galvin Gudgeon, se había tirado de la escoba para atrapar la snitch justo cuando las Arpías lanzaban el quaffle para llegar a la ventaja de 150. Dean estaba animadísimo contando que la victoria había sido finalmente para los Cannons por 340 a 330.

 

Cuando llegó la hora acordada con Tonks se despidió de sus dos amigos, recogió un par de libros y un rollo de pergamino y bajó rápidamente hasta el tercer piso. Una vez allí se coló por un pasillo abarrotado de gente y llamó a una de las puertas del muro izquierdo.

 

  • ¡Adelante! -escuchó decir desde el interior.

 

Harry abrió la puerta y se encontró en una sala estrambótica, llena de libros, extraños aparatos mágicos que no podía reconocer y un par de espíritus delante de la mesa.

 

  • Si me disculpan -dijo Tonks a los dos fantasmas que tenía delante.

 

Harry sintió un escalofrío cuando se alejaron traspasándole, y se adelantó para sentarse en la silla que su profesora había reservado para él. Tonks vestía una túnica morada a juego con su pelo verde, que le llegaba en esa ocasión hasta los hombros. Curiosamente, no había modificado su cara desde la última vez que la había visto, algo inusual en ella.

 

  • ¿Preparado, Harry? -dijo con voz amable, aunque con expresión más seria de lo habitual.

  • Sí, pero quería preguntarte una cosa, Tonks -dijo, mientras la mujer se acercaba a la silla vacía que Harry tenía enfrente-. ¿Sabes qué ha pasado con Snape?

  • Todo a su tiempo -parecía algo molesta por la pregunta-. Tienes asuntos más importantes de los que preocuparte. ¿Te ha explicado Albus lo que vamos a intentar?

  • Más o menos -respondió Harry dubitativo-. La idea es acudir a mis recuerdos e intentar romper la barrera del hechizo.

  • Algo así. Lo importante no es tanto esa barrera, Harry. Tienes que aprender a controlar tus recuerdos. Son una fuente mucho más importante de lo que crees. Y ahí es donde entro yo. Te haré de guía hasta que tú mismo puedas acudir a ellos a voluntad.

 

Harry no estaba seguro de lo que significaba aquello, pero se temió lo peor. Nymphadora Tonks se sentó y le pidió que cerrase los ojos antes de darle un líquido de sabor amargo que le costó tragar. Tras habérselo acabado, escuchó unos murmullos provenientes y un resplandor que pareció acercarse a toda velocidad.

 

  • Abre los ojos -dijo Tonks, que sonaba esta vez como si estuviese a su lado.

 

Hizo caso a la voz, y se encontró en un mundo de tinieblas. Sólo podía observar una calle en espiral que pronto le mareó. Parecía la zona de Grimmauld Place, pero no podría asegurarlo.

 

  • Tienes que concentrarte para que no se distorsionen tus recuerdos. Sé que no es fácil. Piensa en un momento feliz. ¿Por qué no vamos a ir a tu primer día en Hogwarts?

 

Un instante después, Harry se vio a sí mismo en la barca que lo llevaba al castillo desde Hogsmeade. Estaba rodeado de sus amigos, pero eran ya adultos, en lugar de los niños que habían estado allí en realidad. Al fondo del lago se elevaba el risco que tanto le había impresionado, pero en lugar de un castillo, sobre él se distinguía La Madriguera a una escala gigantesca. Tonks estaba a su lado.

 

  • A la madriguera, pues -dijo la ex-auror.

 

Los peores temores de Harry se hicieron reales cuando apareció junto a su profesora en la habitación de Ron. Era de noche y vieron cómo el pelirrojo salía por la puerta. Las paredes eran de otro color y el techo parecía el del Gran Comedor, pero tanto Tonks como el joven mago pudieron ver cómo el Harry de hacía unas semanas se levantaba rápidamente y se colocaba una capa. Sorprendentemente, en sus recuerdos la capa de invisibilidad no tenía efecto, y pudo ver cómo salía cubierto por ella dirigiéndose a la habitación de Hermione.

 

No podía permitir que Tonks viera aquello. Se concentró en cualquier otro recuerdo con todas sus fuerzas antes de que las cosas fuesen a peor. No, Tonks no podía enterarse. Tonks, no. ¡Tonks, no!

 

  • ¡Harry! ¡Tranquilo! ¡¿Qué haces?! -gritó Nymphadora, alarmada ante los temblores que Harry había provocado en su recuerdo.

 

La habitación se diluyó al fin, y Harry reapareció en una sala llena de objetos en movimiento, luces y sonidos estridentes. Un avión de juguete le atravesó un brazo y le hizo retroceder. Reconoció enseguida las pócimas de amor que se anunciaban en el escaparate.

 

Estaba en Sortilegios Weasley, la tienda del Callejón Diagon que tanto triunfaba. Giró la cabeza hacia los lados buscando a su profesora, pero no había rastro de ella. Sin embargo, escuchó el nombre de la mujer detrás de una estantería.

 

  • Nymphadora, eres una...

  • ... maravilla.

 

Harry se acercó al lugar de donde provenían las voces sin miedo a ser visto. Los gemelos Weasley estaban de espaldas, pasándose un brazo el uno al otro por encima del hombro, como dos amigos contemplando su gran obra. Y Harry se dio cuenta pronto de la razón. Se puso al lado de los pelirrojos y vio a una chica rubia acuclillada ante ellos. Sus grandes ojos, ahora verdes pero siempre igual de expresivos, delataron a la mujer que practicaba sexo oral a los dos hermanos.

 

Tonks sonreía a los chicos mirándolos a los ojos, mientras sus manos ordeñaban sus dos penes, cuya base estaba cubierta de vello rojizo y rizado, con largos movimientos acompasados que los habían hecho crecer hasta su máximo exponente.

 

  • Todavía no puedo creer que esté haciendo esto. Sois unos cerdos, pero ya no hay vuelta atrás -dijo riendo su profesora, que nada más acabar de hablar empezó a comerle la polla a Fred.

  • Uff -fue toda la respuesta del mago al notar la lengua de la metamorfomaga rodeando su durísimo aparato.

 

Tonks lamía a su presa con mucha tranquilidad, disfrutando de su erección en la boca sin parar de machacársela al otro hermano gemelo.

 

  • ¡Eh! No te olvides de mí -dijo George acercando más su aparato a la cara a la bruja.

 

Tonks sacó entonces de su boca a Fred y se metió rápidamente a George, que reaccionó como su hermano y agarró la cabeza a su benefactora. Harry se acercó todavía más, ya demasiado caliente para pensar en salir de allí.

 

  • Tranquilos chicos -dijo la bruja con una sonrisa mientras cambiaba el rabo que se tragaba-. Hay mujer para los dos.

 

Los gemelos estaban muy bien dotados y Tonks parecía gozarlo como nadie. Sus manos no dejaban ni un segundo de machacar a sus amantes, que se turnaban para disfrutar de los placeres de las mamadas de la profesora. Apenas se tragaba la mitad de su longitud, pero ni Fred ni George parecían tener queja de sus habilidades, especialmente de esa lengua que jugaba con todo resquicio de polla que se le acercaba.

 

Harry se masturbaba a escasos centímetros, como si fuese un tercero en discordia desatendido. Estaba durísimo, y podía notar el glande muy hinchado, requiriendo atención. Además, a juzgar por el aspecto de los gemelos, el recuerdo en el que se había metido debía ser de hacer poco tiempo. Por un instante sintió pena por Lupin, pero lo olvidó cuando Tonks se metió unos segundos las dos pollas en la boca.

 

Fred no tardó en separarse de la escena, para tumbarse en el suelo mientras Tonks seguía atendiendo a su hermano con sus labios. La bruja entendió lo que Fred pretendía y enseguida se incorporó y se puso encima suya, todavía de cuclillas. Con la polla de George abultándole la mejilla desde dentro, Tonks se colocó la de su hermano en su húmedo agujero, y la metió entera en un movimiento rápido que la hizo gritar, sacando de su boca a George.

 

La bruja recuperó la compostura rápidamente y Harry contempló, en beneficio de su líbido, cómo Tonks hacía rebotar sus firmes nalgas como una loca contra las piernas de Fred, mientras metía y sacaba el gran rabo de George una y otra vez de su boca. Parecía adorar la situación, sin pensar ni un segundo en su marido y sin parar de gemir contra el aparato de uno de sus amantes.

 

Fred agarró las caderas de la bruja con fuerza y la taladró todavía con más potencia. Entraba y salía de su coño como si la quisiera partir por la mitad. George no era menos. Con la cabeza de esa preciosa mujer agarrada, la obligaba a tragarse cada vez más cantidad de rabo, y la tenía ya al límite. Tonks no tenía apenas poder de decisión, y se limitaba ahora a dejarse hacer por los gemelos, gimiendo y disfrutando de ser penetrada por esas dos bestias mientras se acariciaba el clítoris y se pellizcaba uno de sus pezones, bastante pequeños aquel día.

 

Tras unos minutos recibiendo en su interior a los dos descontrolados hermanos, George la levantó y la obligó a ponerse a cuatro patas, mamando ahora el aparato de Fred, ya empapado por sus fluidos.

 

  • Creo que sabes cómo me gusta -dijo George con una expresión de lujuria antes de seguir.

 

Harry vio cómo Tonks asentía mirando al pelirrojo con deseo, y se fijó en su trasero, que empezó a aumentar de tamaño hasta que el tanga que llevaba reventó. Harry se vio obligado a masturbarse endiabladamente al ver crecer ese culo, que alcanzó unas dimensiones enfermizas que parecieron volver loco a George, que se agarró a las dos enormes nalgas de Tonks y comenzó a aprovechar su turno follándose a la profesora como a una perra. La montaba de tal forma que la bruja se atragantaba chupándosela a Fred, pero no parecía importarle. El placer de la follada salvaje que estaba recibiendo era suficiente para mantenerla bien callada, al menos mientras tuviera la boca ocupada.

 

George y Fred se chocaron las manos y soltaron a Tonks para que únicamente sus aparatos la mantuviesen en su lugar. Ella, a cuatro patas, lo entendió perfectamente, y se desplazaba hacia delante y hacia atrás a toda velocidad. Así, cuando una polla salía de su boca, otra se metía hasta el fondo en su sexo, para volver a salir cuando por sus labios volvía a penetrarla Fred. Todo sucedía cada vez a mayor ritmo.

 

Harry no podía más. Los azotes en el enorme culo de Tonks, la cara de placer de la bruja y la constante entrada y salida de dos grandes pollas en su profesora le pusieron tanto que acabó apuntando al trasero de la ahora rubia. Su corrida no llegó a hacer contacto con ella, lo que recordó a Harry que lo que estaba viendo ya había ocurrido. Una nueva espiral de imágenes, la oscuridad absoluta y, delante de él, la cara de Tonks, que había pasado de la más absoluta lujuria de sus recuerdos a una expresión de odio en la realidad.

 

  • ¡¡¿QUÉ TE CREES QUE HACES HARRY?!! ¡LÁRGATE DE AQUÍ! ¡¡¡YA!!!

 

El mago no iba a ser tan estúpido como para protestar. Se levantó rápidamente, balbuceando unas disculpas incoherentes y con una erección descontrolada en sus pantalones, en la que Tonks se fijó inevitablemente, para mayor desgracia de Harry.

 

Cuando salió del despacho de la profesora escuchó un portazo a su espalda. Se limpió instintivamente el semen de los calzoncillos con un movimiento de varita y se fue, todavía temeroso, hacia su habitación. Ahora en su cabeza sólo había lugar para preguntarse de cuánto de lo que había ocurrido se había enterado Tonks. Si era poco podía disculparse diciendo que no controlaba todavía ese poder, pero si se había enterado de todo...

 

Estaba absorto en sus pensamientos cuando escuchó a sus espaldas las risas de unas chicas. Se giró y vio que le estaban señalando. O más bien señalaban algo de él: su entrepierna. Harry se asustó y se metió en la primera de las puertas que encontró para ocultar su erección, que se mantenía todavía en su apogeo. Sin embargo, de poco le iba a servir su escondite. Estaba en los baños del séptimo piso, en los de mujeres que daban a la torre de Ravenclaw, en concreto. Se lo confirmaron los grandes ojos grises que le contemplaban con curiosidad.

 

  • ¿Otra vez, Harry? -dijo Luna, con voz de fastidio-. Ya te he dicho que no es un buen día.

 

Tras decir eso, se fijó en lo que Harry trataba de ocultar torpemente con las manos.

 

  • Ya veo. Como quieras, pero tienes que aprender a arreglarte tú solo -lo dijo en un tono de reprimenda bastante curioso, teniendo en cuenta de lo que hablaban-. Es un poco raro que me sigas hasta aquí para esto, ¿sabes?

  • No lo entiendes... Luna... No -trató de decir Harry, todavía con dificultades para respirar después de lo que había pasado, mientras Luna le agarraba la mano.

 

La rubia no le dejó acabar, y ni siquiera trató de llevarlo a uno de los compartimentos, sino que directamente delante de los lavamanos, le liberó de sus pantalones, agarró su varita erecta y comenzó a meneársela. Como siempre con ella, era todo muy raro.

 

La chica estaba de pie a su lado, con una leve sonrisa en la cara y mirando al infinito, como si nada de lo que ocurría le interesara. Eso contrastaba con la maestría de su mano, que apretaba el rabo del mago y lo machacaba con una intención muy clara. Harry se sorprendió a sí mismo pensando en lo bonitos que eran sus rizos rubios, que le caían sobre los hombros y acompañaban el movimiento de su brazo derecho con una naturalidad absoluta.

 

Luna, viendo que su amigo no acababa, se mordió la lengua y aumentó tanto el ritmo que obligó a Harry a apoyarse en uno de los lavamanos. La atractiva alumna de Hufflepuff le estaba haciendo una paja brutal. Apenas podía ver la mano de la rubia trasladándose por su falo erecto a toda velocidad.

 

  • ¿De verdad, Harry? -dijo Luna al cabo de unos minutos, fastidiada por el aguante de su amigo-. Vamos, que tengo clase.

 

Acabó de decirlo y se puso rápidamente de rodillas para empezar a engullir el miembro del mago. Parecía que esta vez lo hacía por mero trámite, como un favor de amiga, pero eso no le impedía lamer todo el falo de Harry, que agarraba suavemente su pelo, y tragárselo sin problema aparente hasta su base.

 

Los finos labios de la bruja no suponían ningún problema a la hora de chupársela. Los utilizaba con tanta sencillez como la lengua. Parecía tocar en cada momento el punto exacto para mantener la tensión del aparato, y junto a la paja que le estaba haciendo en ese momento, Harry se preguntó si alguna vez encontraría a alguien que le diera tanto placer como ella.

 

Luna empezó a mirar a Harry a los ojos, segura de que así conseguiría que se corriera antes. Harry se quedó impresionado ante la profunda mirada de su amiga. Sus grandes ojos fijos en él le volvían casi tan loco como ver cómo le lamía los huevos y el falo mientras le observaba fijamente. Cuando Luna volvió a tragarse su gran polla hasta meterla en su garganta, Harry tuvo ante sí una de las imágenes más eróticas de su vida.

 

Harry seguía gozando de la boca de su amiga, que estaba a punto de conseguir su objetivo, cuando oyó el chirrido de unas bisagras. Vio horrorizado a través del espejo cómo por la puerta del baño entraba una chica pelirroja, hablando con alguien que no llegó a vislumbrar. Harry se quedó de piedra, sin saber cómo reaccionar.

 

La cara de Ginny era un poema. Delante suya tenía a Harry con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos y delante de él, arrodillada, a Luna, con toda su polla dentro de la boca. La que era una de sus mejores amigas ni se inmutó, y siguió mamándosela a su exnovio como si nada ocurriera.

 

  • P-perdón, no sabía que... bueno... ¡pasadlo bien! -gritó Ginny innecesariamente, nerviosísima, antes de escapar por la puerta a toda velocidad.

 

Harry hizo un ademán de seguirla, pero Luna se agarró a su culo con las dos manos y siguió mamando su enorme rabo desde la punta hasta la base hasta que, tras tocar unas treinta veces más sus huevos con los labios, consiguió que el mago se corriera de nuevo en su boca. Luna se levantó, con los mofletes hinchados, y esta vez escupió en el desagüe todo el semen que Harry le había dado.

 

Mientras se subía los pantalones, Harry alcanzó a decir:

 

  • Gracias, Luna. Eres fantástica.

 

Luna le miró a los ojos, como si se acabara de dar cuenta de que estaba allí.

 

  • ¡Oh! Vale -dijo sonriendo-. Si necesitas correrte otra vez mándame una carta. No me persigas, ¿eh? Eres un poco raro Harry.

  • Claro, claro. Intentaré no hacerlo más -prometió el mago intentando no reírse.

 

Ya le daba igual seguirle el juego a Luna. Lo cierto es que le estaba divirtiendo mucho más de lo que podía imaginar, y después de lo que había pasado últimamente, era una liberación poder pasar tiempo con alguien a quien nada parecía afectarle demasiado. Se despidieron y Harry se quedó allí unos minutos tras ver a la chica salir, con todos esos pensamientos rondándole la cabeza.


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