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Fecha: 23-Ago-16 « Anterior | Siguiente » en Autosatisfacción

La concubina

Jesserika
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Jose y Andrea parecían una pareja normal cuando les conocí en el gym. Ella era profesora de Zumba y también de Yoga para embarazadas. En cambio, Jose se dedicaba al entrenamiento de los grupos de preparación para los cuerpos de seguridad y de bomberos del estado. Me había fijado en ellos, claro que, como para no fijarse. Ambos cuerpos impresionantes sobre todo él. Aunque a mí, me parecía que tenía una musculación recargada. Andrea es impresionante. Con una musculación perfecta nada excedida, ni un gramo de grasa y todo el cuerpo perfectamente tonificado. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Jose y Andrea parecían una pareja normal cuando les conocí en el gym. Ella era profesora de Zumba y también de Yoga para embarazadas. En cambio, Jose se dedicaba al entrenamiento de los grupos de preparación para los cuerpos de seguridad y de bomberos del estado.

Me había fijado en ellos, claro que, como para no fijarse. Ambos cuerpos impresionantes sobre todo él. Aunque a mí, me parecía que tenía una musculación recargada.  Andrea es impresionante. Con una musculación perfecta nada excedida, ni un gramo de grasa y todo el cuerpo perfectamente tonificado.

Apenas hacía dos meses que me había ido a vivir a Zaragoza. Es viernes y no conocía a mucha gente para, aunque sea, poder dar un paseo por la ciudad. Eso debía notarse en mi cara. Mis compañeros de trabajo siempre pasaban el día muy ocupados para dedicar un rato al café de las once. Una tarde, después de hacer una clase de spinning coincidí con Andrea en los vestuarios del gimnasio y resulta que ella también había estudiado en Salamanca, al igual que yo.  Tiene treinta y cinco años, cuatro más que yo. Tras un buen rato de charla, me propuso tomar un zumo cuando acabase el turno de esta semana.  Acepté encantada. Faltaban cosas por sacar de las cajas de la mudanza, pero que, Andrea me propusiese tomar algo, cancelaba al instante todas las tareas pendientes.

Feliz, cogí la toalla y mi neceser. Entrando en la zona de las duchas, ella me siguió con la excusa del calor excesivo que hacía. Se colocó en la que estaba justo a mi lado mientras comentábamos sobre la famosa rana decorativa que se vendía en Salamanca, su catedral y sobre un restaurante mexicano donde se comían unas raciones extremadamente grandes para una persona.

Risas y un poco de complicidad surgieron entre nosotras. Me liberaba esa sensación de poder intercambiar opiniones sobre lugares donde ambas habíamos vivido. Por fin, aunque no la conocía, me sentía entre amigas.  Me contó cómo había conocido a Jose en Valencia durante un curso para entrenadores. Él era de Zaragoza y había sido militar. Pero una lesión en Polonia hacía dos años le había obligado a dejar su carrera en el ejército, retirándose como alférez.  Según contaba Andrea, su marido era mucho más feliz con su nuevo trabajo, y eso, a veces es más importante que tener un sueldo cuantioso. Además, ahora disponían de mucho más tiempo juntos. Las misiones a las que Jose debía ir antes, les separaban demasiados meses y ella le echaba mucho en falta. Parecía compensatorio mucho más el tiempo que pasaban juntos que tener dinero y no poder disfrutarlo.

Ambas salimos de la ducha y nos secamos mientras relatamos algunas historias universitarias. A diferencia de mis compañeras de trabajo, se notaba que Andrea no era de aquel lugar. Debido a sus hábitos, no eran como los de mis compañeros de trabajo.  Acabando ya la charla, yo recogí mi mochila para encaminarme a casa. A Andrea le quedaban un par de horas todavía y hasta después de la cena, no iríamos a tomar algo a una terraza muy bohemia de la que me había hablado ella.

Mientras me cambiaba en casa, cada minuto acaecido me emocionaba más. Por fin me embargaba un sentimiento de conexión con alguien en esta terrible ciudad. La estancia aquí estos dos meses me resultaba muy difícil de sobrellevar sin tener a nadie conocido. Sólo las llamadas y mensajes de mis amigas, aun en la distancia, me daban fuerzas para continuar en Zaragoza.

Por fin llegaban las diez de la noche. Un poco de perfume en el escote y lista para beber unas Coca-Colas. No entiendo muy bien por qué estoy tan nerviosa. Es cierto que Andrea me atrae, pero más bien yo creo que es por el apoyo que me había dado esta tarde.

Caminé por un par de calles, mientras miraba mi página favorita de Jesserika.net. El fanfic publicado me encanta. Continua una historia que no debió acabar así. Y cuando estaba terminando de leer el último post, me di cuenta que me había pasado una calle para llegar al bar donde había quedado.

Cuando llegué, la morenísima de Andrea estaba ya allí con un vestido blanco ajustadísimo. Obviamente, ella era espectacular y no le hacía falta demasiado para estar siempre perfecta. Aunque me pareció apreciar una carencia de ropa interior. La situación se tornaba morbosa. Su marido Jose estaba acompañándola y, junto a él, otro chico más. Este se le igualaba mucho en constitución física, pero no estaba tan excesivamente musculado como Jose.

Me acerqué a ellos y les saludé.

  • Hola, Andrea. ¡Estas guapísima!
  • Hola, Carmen, ¡Qué tontería dices! Tú también. Añadió a la vez que me plantó un par de besos en la cara.
  • Ya conoces a mi marido Jose y este es su hermano David.
  • Hola, encantado. Saludó David, dándome dos sonoros besos en las mejillas.

Pasadas las presentaciones, y tras unas horas de parloteo animado, el cansancio regreso a mi cuerpo haciéndome recordar que mañana trabajaba. Algo que no me hacía mucha ilusión pero siempre necesario para poder vivir.

Todos estábamos cansados. Pero antes de marcharnos, David nos invitó a una barbacoa en su casa este fin de semana.

  • Carmen, no olvides traer un bañador, o te meteré en la piscina con ropa incluida. Dijo mostrando una bonita sonrisa.
  • Jajaja… ¡Mira que eres ligón! Añadió Jose.

Andrea, agarrada de mi brazo y algo chispa por el último par de vinos, fue la última en hablar. Me sorprendió que, mientras los chicos  decían las últimas tonterías, ella acariciaba mi brazo y mi mano de una manera un tanto especial.

  • Andrea, no te arrepientas de venir el sábado. Lo pasaremos bien. Finalizó, guiñándome un ojo.
  • ¡Claro! Encantada. Sonreí un poco confundida por lo de mi brazo y mi mano.

Me gire y comencé a andar a un paso animado. Aunque estaba excitada por el final de la noche, no pude por menos, volver a revivir todo lo que había pasado en mi vida este estupendo día.

Continuará…

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