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Fecha: 06-Sep-16 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Strip Póker en Familia (11)

Nokomi
Accesos: 42.975
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Tiempo estimado de lectura: [ 48 min. ]
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Un intruso aparece en el cuarto de Nadia y ella tendrá que lidiar con él. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Strip Póker en Familia.

Capítulo 11.

La mano, áspera y dura, como si fuera de hierro viejo y gastado, me apretaba la boca con tanta fuerza que tenía miedo de asfixiarme, aunque si esto me pasaba sería, justamente, por el miedo. Intenté levantarme y para eso empujé con todas mis fuerzas al sujeto, pero éste era tan pesado que no pude moverlo nada.

—Tranquila putita, no te voy a lastimar —volvió a sonar esa grave voz a pocos milímetros de mi rostro.

—Mpfff... Softame...

Intentaba gritar, pero me resultaba imposible, la mano ejercía demasiada presión contra mis labios. Instintivamente quise golpearlo, pero él adivinó mis intenciones y antes de que pudiera moverme colocó una rodilla contra mi antebrazo derecho y con su otra mano me sujetó con fuerza el izquierdo, obligándome a mantenerlo pegado al colchón.

—¿Qué pasa, putita? ¿Ya te olvidaste de mí?

Me quedé helada, ¿conocía a este tipo de alguna parte? ¿Por qué estaba en mi casa? ¿Cómo había entrado? ¿Qué pretendía? Cada una de las posibles respuestas a esas preguntas, me aterraba. Noté que se acercaba más a mí, tanto que podía oler su aliento a vino tinto barato. Quise apartar la cara, pero él no me dejó moverla ni un milímetro. Habló muy cerca de mi oído.

—Sos una caja de sorpresas, nenita. No te imaginás cómo me puse de loco cuando me di cuenta de que eras la hija de Pepe... ¡La hija! Podía creer que Pepe le ponía los cuernos a su mujer, pero jamás se me hubiera ocurrido pensar que lo hiciera con su propia hija... ¡Qué puta tenés que ser, para hacer todas esas cosas con tu papá! Nunca conocí a una mina tan puta como vos...

—¿Vos sssoss? —las palabras salían de mi boca como leves susurros.

—¿Ya te acordaste de mí? ¿Te acordás de cómo me pediste que te hiciera la colita?

Soltó momentáneamente mi mano izquierda, me pareció que se estaba desprendiendo la bragueta, el característico sonido del cierre bajando me lo confirmó. Al instante su erecto pene hizo contacto con mi vagina, la cual estaba considerablemente húmeda, debido a todas las cosas que había hecho durante la noche y, especialmente, a la reciente masturbación.

—¿Te acordás de esta pija, putita? —preguntó mientras frotaba mis labios vaginales con su miembro.

No hacía falta que hiciera eso, ya sabía de quién se trataba; eso me tranquilizaba un poco, pero no sabía hasta qué punto. Era obvio que este tipo no estaba demasiado cuerdo, se había colado en mi casa y... ¿me había visto jugando al póker con mi familia? Estaba en un gran problema, él sabía que yo era la hija de Pepe y no sabía qué pretendía hacer con esa información; debía serenarme y averiguarlo... aunque me costara mucho, ya que todo mi cuerpo temblaba y mi corazón latía tan rápido que me dolía el pecho.

—Vos... vss... —aflojó un poco la mano en mi boca, para que yo pudiera hablar—. Sos el empleado de mi papá, el que echaron...

—Y bueno, le rompí la colita a la hijita del jefe, lo más probable era que me rajaran a la mierda —dijo con una risita; era obvio que estaba borracho. Tragué saliva e hice otro intento por hablar. 

—¿Qué hacés acá?

—Vine a visitarte. ¿No te gustó la sorpresa? —seguía meneándose lentamente desde atrás hacia adelante, provocando que todo su pene se deslizara entre los húmedos labios de mi vagina.

—¿Qué... qué pensás hacer conmigo? —seguía asustada, no sabía hasta qué punto él podría llegar a ser peligroso.

—Todavía no lo sé, tengo tantas cosas en mente... tal vez podamos divertirnos juntos un rato, como lo hicimos la última vez.

—¿Estás loco?

Apartó su mano de mi boca; podría haber gritado y así alertaría a toda mi familia, pero algo me decía que eso era una mala idea, ya conocía las reacciones de mi padre y si llegaba a saber que este imbécil se coló por la noche a mi cuarto, lo asesinaría; literalmente. No quería que mi padre terminara preso por una cosa así. 

—Mirá quién habla de locura... la putita que se coge a toda la familia. ¿Sabés una cosa? Me calenté mucho viendo cómo cogían entre todos, con la música a todo volumen, como si fuera una fiesta... una partuza.

—¿D... dónde estabas cuando pasó eso? —era inútil negarlo, él había visto todo.

—En el patio, cagándome de frío; pero con la pija bien dura... como ahora —con la punta de su pene presionó la entrada de mi vagina, sentí cómo el agujero se me dilataba un poco, pero él no la metió—. Estás re caliente, pendeja.

—So... soltame —tenía un nudo en la garganta, quería que ese imbécil desapareciera de una vez y me dejara en paz.

—Yo te suelto, pero si me prometés que no te vas a mover, ni vas a gritas; porque de lo contrario las cosas se pueden poner muy feas.

Me asustó mucho el tono de voz que usó, ni siquiera sabía si estaba armado; inclusive podría haber tomado un cuchillo de la cocina. Esta idea era poco probable ya que no me había amenazado con ningún tipo de arma, sin embargo no quería correr riesgos.

—No me voy a mover.

—¿Vas a ser buenita?

—S... sí.

—No te escucho, putita.

—Sí, voy a ser buenita.

Soltó mis brazos, pero no se apartó de arriba mío, aún podía sentir su cuerpo duro, huesudo. Por primera vez me percaté de que tenía la piel muy fría, esto sin duda era señal de que había pasado un buen rato a la intemperie, aunque seguramente el efecto se incrementaba debido a lo caliente que estaba mi propio cuerpo. No podía negarlo, estaba asustada, aterrada; pero había pasado tan poco tiempo desde que estuve masturbándome tranquilamente que mi temperatura corporal aún no había descendido, para colmo mi conchita parecía estar ignorando mi estado de ánimo, ella reaccionaba de buena manera, humedeciéndose y dilatándose cada vez más, ante los incesantes roces del rígido pene del intruso. Quería cerrar las piernas, pero cómo él estaba recostado sobre ellas, me resultaba imposible, el propio peso de su cuerpo las mantenía bien abiertas, tanto que hasta podía sentir la tensión de mis músculos.

De pronto él comenzó a hacer un ruido raro con su nariz, me llevó unos segundos darme cuenta de que me estaba olfateando, podía sentirlo cerca de mi cuello y rozando mis grandes pechos.

­­—Mmm, qué rico olorcito a puta que tenés, hasta acá se te siente el olor de la concha.

Sorpresivamente ese comentario me erizó los pelos de los brazos e hizo que mi corazón se acelerara marchando a un compás diferente, que no era el mismo que marcaba por el miedo. Me sentí una estúpida total, me había calentado al escuchar esas palabras, o tal vez se debía a que ya estaba caliente y escuchar una frase tan fuerte de un hombre que no sólo tenía la verga dura, sino que además estaba acostado sobre mi cuerpo desnudo. Intentaba decirme a mí misma que tenía que estar asustada en ese momento, pero alguna vocecita inconsciente me decía que no corría mayor peligro con él, que era el mismo tipo que ya me había penetrado en la obra en construcción. Él ya me había hecho calentar antes y mi cuerpo tenía buena memoria para esas cosas.

—Tengo la pija llena de leche, por vos ­—me hablaba con susurros muy cerca del oído y al mismo tiempo deslizaba su rígido pene de atrás hacia adelante entre los labios de mi vagina—. No te imaginás las ganas de pajearme que tuve al verte cogiendo con tu papi, y al ver a las otras putas desnudas… ¿son tu mamá y tu hermanita? ¡Qué buenas están! Tu hermanita tiene una colita que me vuelve loco… y cómo chupa porongas esa trolita. Y sé a quién salieron… vi muy bien cómo el rubio le rompió el orto a tu mamá ¡Qué manera de gritar! Casi me salta tola la leche al ver cómo la clavaban, pero no saltó, toda esa lechita quedó para vos. ¿Querés tu lechita putita?

El interior de mi cuerpo se revolvía por la mezcla de incertidumbre, pánico y lujuria; especialmente la lujuria, pero aún conservaba algo de mi sentido común.

—No, andate. Puede venir alguien —procuré no elevar demasiado la voz.

­—Escuchame una cosa, putita —remarcó esta palabra lentamente—, no te das una idea de con quién te metiste. A mí me dejaste sin trabajo… y sin celular. ¿Vos te creés que me voy a olvidar fácilmente de eso? Te metiste en un lío grande. Ahora que sé que te la pasás cogiendo con todos los miembros de tu familia te tengo bien agarrada de las tetas ­—al decir esto estrujó mis pechos con sus pesadas manos con tanta fuerza que me dolieron y solté un gemido—. Ahora sos mía, hasta que yo cambie de opinión… me vas a tener que pagar todo. Si las cosas no salen como quiero le cuento a medio mundo que te cogés a tu papito.

—Nadie te va a creer —le dije enfadada y a la vez aterrorizada.

—No hace falta que me crean, es suficiente con que duden. Un día vas a notar que tus vecinos te miran raro y que ya no te saludan por la calle.

No quería admitirlo pero él tenía razón, no hacía falta que todo el mundo le creyera, con sembrar la duda ya ganaba, inclusive corríamos el riesgo de que los vecinos empezaran a meter sus narices donde nadie los había llamado y si fuimos tan descuidados como para que él nos vea, otro podría sorprendernos en alguna actitud inmoral.

  —Decí lo que quieras, sos un vago de mierda y tenés pinta de delincuente, nadie te va a creer —intenté emplear una estrategia de póker, hacerle creer que no me intimidaban las cartas que pensaba jugar.

Él se quedó en silencio durante un segundo y luego comenzó a reírse en voz baja, su risa que era casi un susurro, me atemorizó.

—No pensaba contártelo tan rápido —dijo a mi oído mientras una de sus manos acariciaba y amasaba una de mis tetas, él siempre aprovechaba la ocasión para hacer rozar sus labios contra mi cuello o mi cara, eso me ponía muy incómoda, pero al mismo tiempo activaba mis instintos sexuales—. Me compré otro celular, por tu culpa. Te aviso que no son nada baratos —al decir esto presionó mi teta con más fuerza y sentí una presión aún mayor de su pene contra mi vagina, justo en el agujerito, como si quisiera metérmela—. Me acordé de cómo te pusiste al saber que te había filmado chupándole la verga a tu papá y me dije: ¿Cómo se pondrá si sabe que grabé a toda la familia cogiendo?

Abrí los ojos muy grandes, a pesar de que no podía ver nada, y mi respiración se cortó. ¿De verdad este desequilibrado mental había filmado todo? Me aterraba la idea de que un video sobre lo que habíamos hecho esa misma noche llegara a internet. Nuestras vidas se desmoronarían por completo, no existiría lugar en el mundo donde podríamos vivir sin el constante acoso de la gente. Ni siquiera me podía imaginar qué pasaría si algunos de nuestros vecinos, parientes lejanos, compañeros de universidad o trabajo nos vieran involucrados en semejantes prácticas sexuales. Podría haberme puesto como loca, de hecho tenía ganas de patalear, gritar y llorar… y sacarme a ese hijo de puta de encima; pero eso sólo empeoraría la situación, si mi padre o mi tío llegaban a enterarse que ese tipo había irrumpido en la casa, podrían ponerse sumamente violentos, y tal vez las cosas terminarían incluso peor que con la humillación publica. Por esto hice un enorme esfuerzo por serenarme y pensar con mayor claridad. A pesar de que mi corazón latía con rabia, intenté que mi voz sonara lo más tranquila posible y quise dar el aspecto de ser una pobre chica despechada.

—¿Por qué tenés tantas ganas de joderme la vida? ¿Qué te hice yo a vos?

—¿Qué me hiciste? ¿Te parece poco? ¡Me dejaste sin trabajo y sin teléfono!

—No grites —él no había gritado, pero sí había elevado un poco la voz—. Te recuerdo que eso fue la consecuencia de tus propios actos. Vos viniste a joderme primero. Yo estaba tranquila, a punto de irme, cuando llegaste vos a extorsionarme con ese teléfono que grabaste mientras yo se la chupaba a mi papá… y vos ni siquiera sabías que él era mi papá.

—Así es, pensé que eras una trolita que le encantaba la pija… y no me equivoqué. Bien que me la comiste a mí también y te dejaste clavar. Todavía me acuerdo cómo se sintió de bien metértela por ese culo hermoso que tenés. ¡Las pijas que habrán pasado por ese culo!

—De hecho no fueron tantas… la tuya fue la segunda.

—Sí, claro —dijo con una risa sarcástica—, hacémela creer y todo…

—Te estoy diciendo la verdad, no soy tan puta como parezco. Me gusta mucho coger, sí; pero antes de que empezaran las cosas con mi familia, no cogía casi nunca —no sabía por qué le estaba contando todo esto, pero mi estrategia era ganarme su confianza, al menos el tiempo suficiente como para poder ubicarme en una posición más favorable en este conflicto.

—¿Y hace cuánto empezaron esas cosas? —noté verdadera curiosidad en su tono de voz, estaba captando su atención.

—Hace poco, y no fue todo como lo viste hoy, sino que al principio fue mucho más sutil. Hoy fue la primera vez que mi papá me la metió.

—¿La primera?

—Sí, lo que pasó antes fue puro sexo oral.

—Te noté muy segura cuando se la chupabas… y cuando te dejaste clavar por él. Me cuesta creer que haya sido la primera vez.

—Es que me quité la vergüenza con mi hermano. Él me cogió varias veces.

—¡Ah! Pero qué putita que sos. A tu hermano también te lo cogías… esto se pone cada vez más interesante —su verga rozó contra mi clítoris y esta vez dejé escapar un suave gemido de placer, que no fue del todo fingido— ¿Qué pasa putita? ¿Te estás calentando? ¿Te gusta mi pija? —la movió otra vez de arriba abajo, frotándola contra mis labios vaginales, otra vez volví a gemir, pero con un poco más de intensidad―. Respondeme, trolita ¿te gusta mi pija? ―su glande presionó la entrada de mi vagina, produciéndome una hermosa sensación.

―Me gusta la pija ―contesté con voz casi imperceptible.

―Me encanta que seas tan puta ―luego de decir eso pasó su lengua contra todo el lado derecho de mi cara, lo cual me hizo estremecer.

―Que asco ―en realidad estaba mintiendo, había encontrado ese repentino gesto muy placentero, pero no lo admitiría.

―A mí me gustó… me gusta que tu concha esté tan mojada y abierta, como si pidiera una pija a gritos.

No le diría que a mí me gustaba que su verga estuviera tan dura y que estuviera presionando contra mi clítoris. Lo único que le dije fue:

―Quiero que te vayas de mi casa.

―¿Ahora? ¿Cuándo las cosas se están poniendo tan interesantes? Ni loco me voy de acá.

―Si mi papá se llega a enterar que estás acá, te va a matar. Lo digo muy en serio.

―Que me mate, prefiero salir muerto de acá antes que dejar esta conchita insatisfecha…

―Lo único que querés es satisfacerte a vos mismo ―me quejé.

―Puede ser… pero no me vas a negar que vos te morís por una buena cogida.

―¿Y por qué estás tan seguro de eso?

―Porque hace un buen rato que ya no te estoy sosteniendo las piernas y sin embargo vos no las cerraste en ningún momento, las dejaste bien abiertas.

Él tenía razón, mis piernas estaban completamente separadas y flexionadas sin que nada me obligara a mantener esta posición, instintivamente cerré las piernas, pero esto provocó que el pene encontrara el sitio perfecto para introducirse en mi vagina, aunque sólo entro la puntita.

―¡Uf! ¿Ves lo que te digo, putita? Vos querés que yo te parta al medio.

Una de sus pesadas manos estrujó una de mis tetas, y justo en ese momento, cuando pensaba pedirle una vez más que se retire, la puerta del dormitorio se abrió.

Nos quedamos mudos ante el suave chirrido de las bisagras, una leve luz apareció a las espaldas del intruso que aún seguía sobre mí, por un momento pensé que se trataría de mi padre, o incluso de mi hermano… el corazón se me subió a la boca, un sudor frio bajó por mi frente. No había nada que pudiera hacer para evitar el enorme quilombo que se iba a armar… pero cuando creí que todo estaba perdido, la puerta volvió a cerrarse y escuché un leve suspiro dentro del cuarto, esa sólo podía ser…

―¿Mayra? ―pregunté en voz baja.

―Ah, seguís despierta ―dijo mientras caminaba.

Habló con tanta naturalidad que tuve que asumir que no había visto al tipo en mi cama, la luz del pasillo era muy tenue y la puerta sólo estuvo abierta durante un segundo. Dentro del cuarto la oscuridad era total, por más que mis ojos ya se hubieran acostumbrado a la falta de luz, yo misma no podía siquiera ver la cara del sujeto que estaba mudo, acostado sobre mí, con su pene aún apuntando a mi concha.

―S… sí ―dije titubeando― pero ya me voy a dormir.

―Yo también, estoy re cansada… me dieron para que tenga. La verdad es que no creí que todo esto fuera a pasar, lo disfruté mucho.

―Sí, fue todo muy loco… yo también lo disfruté ―mi voz era temblorosa.

Estaba aterrada, no sabía cómo iba a reaccionar este tipo al saber que mi hermana estaba dentro del cuarto, tenía miedo que se pusiera violento e intentara abusar de ella. Pero esto sólo ocasionaría que mi hermana gritara y todos en la casa se dieran cuenta de que algo malo pasaba… ¡sería un caos total! No me quedaba más alternativa que actuar con naturalidad y rogar que este indeseable sujeto no ocasionara más problemas.

Él se movió arriba mío, me asusté porque creí que se quería poner de pie para acercarse a Mayra. En el afán por detenerlo lo atenacé con mis piernas y lo obligué a acercarse a mí. Esta acción me trajo un gran infortunio, su verga se enterró directamente en el agujero de mi concha. Se deslizó dentro con suma facilidad, todo mi interior estaba húmedo, esperando con ansia una pija tan dura; solté un gemido cargado de placer. El tipo se aferró a mi espalda con ambas manos y colaboró para que su miembro pudiera ingresar completo. Yo también lo abracé, pero fue para arañarle la espalda, tal vez para descargar mi bronca o la intensa sensación que me produjo ser penetrada de esa forma.

―¿Te estás haciendo una paja? ―preguntó Mayra.

―¿Eh? Este… sí, eso hago ―alcancé a responder.

―¿Querés que te la chupe?

―¡No! ―exclamé al mismo tiempo que el tipo retrocedía y me la volvía a meter, esta vez con más fuerza.

―Bueno, tampoco es para que me lo digas así ―parecía ofendida.

―Perdoname mi cielo. Me encantaría que me la chuparas, pero ya estoy por acabar y no doy más del sueño, necesito descansar. Mañana me la chupás ¿sí?

―Perfecto, mañana te la como toda. Que descanses.

―Vos también, corazón.

Escuché cómo se acostaba en su cama y me tranquilicé apenas un poco; de todas formas no podía estar calmada porque lo tenía a ese degenerado clavándome. Se movía con cuidado, como si no quisiera hacer ruido; pero su intención no era otra que darme una buena cogida. Si bien lo hacía lento, procuraba sacar casi toda su verga para luego volver a hundirla en mi dilatado sexo. Me sentí una puta barata, no porque su verga entrara con tanta facilidad, ya que era normal después de que mi padre me hubiera penetrado, sino porque me estaba gustando… y mucho. Mi instinto femenino me decía que ese tipo no era tan peligroso. Dudaba mucho que fuera a ponerse violento, de lo contrario ya lo hubiera hecho. Él había entrado a mi cuarto con la intención de cogerme… y ya lo estaba haciendo. Si no oponía resistencia no tenía por qué preocuparme, al menos por el momento.

Relajé mi cuerpo, especialmente mis piernas, las cuales las dejé bastante separadas, de esta forma él pudo moverse con mayor libertad. Labios que parecían hechos de cemento impactaron contra mi cuello y se arrastraron hasta mi mentón, produciéndome un agradable escalofrío que me hizo arquear la espalda. Había sido sometida por ese tipo y le había dado rienda suelta para que se aprovechara de mi bello cuerpo. Comenzó a excitarme la idea de que un tipo tan feo (al menos así lo recordaba) estuviera cogiéndose a una chica tan bonita como yo. Tal vez sea un poco narcisista pensar eso, pero no puedo dejar de admitir que tengo un cuerpo por el que muchos hombres pierden la cabeza; y éste la había perdido, de lo contrario no hubiera ingresado de forma furtiva a mi casa, sólo para tener un momento a solas con mi desnudez. Supe que debía estar enferma para estar disfrutando de esa forma, pero todo mi cuerpo reaccionaba positivamente: mi corazón se aceleraba con cada embestida; mi concha chorreaba jugos; mis pezones se habían puesto duros, al igual que mi clítoris, y en la boca de mi estómago sentía un placentero torbellino. Continué recibiendo esa verga en toda su longitud y el descerebrado que me cogía me pasó la lengua por toda la mejilla izquierda, volví a sentir ese agradable escalofrío, el cual volvió una vez más cuando la lengua volvió a acariciarme la cara. Fue allí cuando me percaté de que yo misma colaboraba con el movimiento rítmico de mi cadera… yo quería ser cogida. Dejé de lado la poca resistencia mental que me quedaba y me entregué por completo.

La forma en la que esa verga se apoderaba de todo el interior de mi concha me fascinaba. Me sentía llena… no tanto como cuando mi papá me la clavó, pero sí lo suficiente como para darme por satisfecha. Evidentemente había algo horriblemente mal en mí para dejarme coger de esa forma por este tipo que prácticamente no conocía, pero algo en la forma irrespetuosa y brusca en la que él me trataba me calentaba mucho. Los músculos internos de mi vagina se contraían cuando esa pija entraba, era como si quisieran abrazarla y no dejarla ir nunca más, pero estaba tan bien lubricada que podía moverse dentro y fuera sin ningún tipo de resistencia. Todo me resultaba confusamente agradable, inclusive el olor a vino tinto y sudor de ese tipo. Acaricié su amplia y fibrosa espalda mientras él continuaba con el movimiento rítmico y constante que tanto placer me ocasionaba.

No puedo asegurar cuánto tiempo estuvimos así, intentando coger haciendo el menor ruido posible, pero sé que no fue tanto como me hubiera gustado, porque él de repente se detuvo y sacó su miembro de mi vagina. Quedó de rodillas en la cama y su mano tanteó torpemente mi cara, estuvo a punto de meterme un dedo en el ojo. Lo aparté porque comprendí al instante qué era lo que él quería, seguramente estaba por acabar y quería hacerlo en mi cara, así que le di el gusto. Me senté en la cama y en la oscuridad busqué su pija. Cuando la encontré la sujeté firmemente con una mano y comencé a chuparla con ímpetu, sin embargo tuve que disminuir la intensidad porque mi hermana podría escuchar el húmedo chasquido que producía mi boca al engullir ese pedazo de carne venosa.

Finalmente llegó el momento ansiado, la leche comenzó a saltar en abundantes chorros espesos, al primero lo recolecté con la palma de la mano que sostenía la verga e inmediatamente la froté contra mi mejilla. Agarré el pene con la mano y fui dándole esporádicos chupones, de esa forma parte de la leche iba a parar directamente a mi boca mientras que el resto me salpicaba toda la cara. No podía creer que saliera tanta leche de esa verga, supuse que el tipo llevaba varias horas aguantando con los huevos bien cargados de ese delicioso manjar sexual. Hasta en mis tetas cayó algo, y el resto se lo agregué yo, con mis manos. Me gustó la sensación de sobar mis grandes tetas con las manos llenas de semen. Di unos últimos chupones a la verga para asegurarme que ya no salía más nada. Pude escuchar como él suspiraba bajito y por un segundo temí que fuera a despertar a mi hermana, por eso le di un rápido golpecito en la cadera, para indicarle que debíamos salir de allí.

Bajé de la cama y sujetándolo de un brazo lo arrastré hasta la puerta del dormitorio. Procurando no emitir ni un solo sonido fue abriendo lentamente la puerta, espiando el pasillo por la rendija, para asegurarme que no había nadie, y mirando de reojo a mi hermana para corroborar que siguiera durmiendo. Cuando abrí la puerta lo suficiente como para poder pasar salí del cuarto sin soltar el brazo del intruso. Una vez que estuvimos en el pasillo, cerré la puerta.

―Ahora andate ―le dije con un susurro. El ver su cara mejor iluminada me asqueó un poco, no era un tipo para nada bonito, tenía la nariz cuadrada y grande, su mentón era rígido y anguloso, sus labios finos y sin gracia y sus ojos algo saltones, para colmo tenía unas anchas cejas que le daban un aspecto de hombre de las cavernas.

―Qué bien la pasamos, putita ―me dijo con una sonrisa maliciosa.

―Te dije que te vayas.

―¿No te da miedo que después de esto ande publicando el videíto que grabé de tu familia? ―por un momento me había olvidado de eso.

―Eso lo vamos a arreglar en otro momento, te pido que por favor no hagas nada ni se lo muestres a nadie, pero hablar ahora es demasiado peligroso para los dos. Por eso te pido que te vayas. Hablamos en otro momento.

―¿En qué momento? ¿Y dónde?―preguntó mientras metía su flácida verga dentro del pantalón.

―Mañana. En la plaza que está a tres cuadras de acá. Nos vemos a las cuatro de la tarde ―pensé lo más rápido que pude y esa fue la mejor respuesta que pude darle.

―Está bien, putita, me voy a ir sólo para que veas que tengo la intención de colaborar; pero no me falles mañana porque sino las cosas se van a poner muy feas para vos y tu familia.

―Eso ya lo sé, no hace falta que me andes amenazando a cada rato. Ahora andate… y no te robes nada de la casa.

―Yo no soy ningún ladrón ―me dijo con el ceño fruncido.

―Muy honesto no sos, por algo te andás metiendo a escondidas en la casa de la gente.

―No te preocupes, putita, ya conseguí lo que vine a buscar ―dijo esto acariciando mi húmeda concha―; y vos misma vas a ser la que me todo lo que quiero. Nos vemos mañana.

―Procurá que nadie te vea salir, yo no me hago cargo si te cruzás con mi viejo o mi tío y alguno de ellos te mata a golpes. Después de todo sos un intruso dentro la casa, así que te recomiendo que andes con cuidado.

Caminé con él todo lo que quedaba del pasillo y desde allí vi cómo giró hacia la izquierda, donde estaba la cocina y se dirigió directamente a la puerta del patio. Tuvo la gentileza de cerrarla detrás de él al salir. Como la puerta en su mayoría es de vidrio, pude verlo perderse en la oscuridad del patio. Me quedé de pie allí durante unos segundos y cuando no vi más rastros de él volví a mi cuarto.

Al entrar me llevé una gran sorpresa que me dejó petrificada por unos instantes. Mayra había encendido una lámpara y estaba sentada en la cama, completamente desnuda. Me miraba como si fuera un perro guardián. Lentamente cerré la puerta de la habitación y apoyé mi espalda contra ella, sin apartar los ojos de mi hermana.

―¿Con quién estuviste cogiendo? ―me preguntó con recelo.

―¿Por qué lo decís?

―Por dos cosas ―levantó dos dedos formando una “v”―. La primera: te escuché, sé que estabas cogiendo con alguien. La segunda: tenés la cara llena de leche.

No sabía qué decirle. Estaba aterrada. ¿Qué pasaría si ella descubría que ese intruso había estado cogiéndome apenas minutos antes en la cama junto a ella? ¿Entraría en pánico y saldría corriendo a advertirle al resto de mi familia?

―¿Era papá? ―preguntó ella al darse cuenta que de mi boca no iba a salir palabra alguna.

―¿Eh? S… Sí… era papá.

―¿Y por qué no me lo dijiste cuando entré? ―su enojo se iba incrementando gradualmente.

―Porque… porque… porque lo quería sólo para mí ―mi cabeza reaccionó y comenzó a elaborar una mentira a toda velocidad―. Perdón, sé que fue muy egoísta de mi parte, pero hoy fue la primera vez que papá me la metió y eso me dejó muy excitada. Quería disfrutarlo una vez más, sola, sin nadie que nos viera.

―Y yo llegué a interrumpirlos ―dijo bajando la guardia.

―No es tu culpa, vos no sabía que estábamos acá. Perdón por no decirte.

―Ya sé. Está bien, te perdono con una condición.

―¿Cuál?

―Acostate en tu cama.

Dudé durante unos segundos pero no vi nada de malo en obedecerla, así que lo hice. Cuando estuve boca arriba en mi propia cama ella se lanzó sobre mí. Sus piernas se trenzaron con las mías, con ambas manos me agarró una teta y le dio y fuerte chupón al pezón endurecido. Solté un gemido debido a la fuerza con la que lo había succionado.

―Quiero probar la lechita de papá ―me dijo mirándome muy de cerca con sus grandes ojos marrones.

A continuación pasó su lengua por mi mejilla, recolectando el semen que aún había sobre ella. Me generó una gran calentura ver el blancuzco líquido en su lengua y ver cómo luego se lo tragaba. Repitió la acción una y otra vez, pasando su lengua por toda mi cara, ignorando por completo que esa no era la leche de nuestro padre.

Mayra comenzó a hacerme una paja mientras su lengua recorría toda mi boca, por fuera y por dentro. Me hizo suspirar de placer en más de una ocasión, yo aproveché para relajarme y dejarme llevar por la hermosa sensación que me producían sus dedos que se movían inquietos dentro de mi concha.

De a poco su boca fue bajando, recorrió mi cuello y volvió a visitar mis tetas. Se entretuvo allí por un buen rato, pero siempre manteniéndome al borde del orgasmo usando sus ágiles deditos, pero pronto me mostraría que su lengua era tan ágil como ellos. Cuando su cabeza estuvo entre mis piernas comenzó a comerme la concha con pasión, como si su vida dependiera de ello; yo no podía parar de gemir y de sacudirme, aún estaba sumamente excitada por la cogida que había recibido recientemente y tener a mi hermana devorándome el clítoris era más de lo que mi agotado cuerpo podía tolerar. Sé que en algún momento llegué al orgasmo, porque recuerdo las espasmódicas sacudidas y la introducción de los dedos de mi hermana en mi culo, sin embargo no recuerdo mucho más, por desgracia llegué al límite de mis energías y me quedé dormida.

A la mañana siguiente me desperté abrazada a Mayra, ella estaba preciosa, con su carita reposando en una de mis tetas. Acaricié su cabello suavemente, pero esto bastó para despertarla. Le llevó unos segundos darse cuenta de dónde estaba, pero en cuanto lo consiguió me dedicó una cálida sonrisa. Le di un rico beso de “los buenos días”, se lo di en la boca, como si fuéramos amantes.

―Me gustaría despertarme así todos los días ―me dijo ella justo antes de darme otro beso, aún más apasionado que el anterior.

Después de eso decidimos darnos una ducha… juntas. Cuando llegamos al baño nos encontramos la puerta semiabierta, dentro estaba Alberto, afeitándose frente al espejo, completamente desnudo. Sonrió al vernos entrar, estoy casi segura de que también vi su pene dando un saltito de alegría. Mi hermana y yo debíamos formar una hermosa vista para alegrarle la mañana a cualquier hombre heterosexual: dos lindas adolescentes completamente desnudas y con claros signos de excitación en sus pezones y entrepiernas. Le preguntamos a nuestro tío si no le molestaba que nos ducháramos mientras él se afeitaba y dijo que sería un imbécil si ver dos chicas lindas enjabonándose mutuamente en la ducha llegara a molestarlo.

Una vez que el agua estuvo caliente, las dos nos metimos en la bañera, pero permanecimos de pie y cumplimos la fantasía de mi tío, comenzamos a enjabonarnos la una a la otra, tomándonos un tiempo significativo cada vez que nuestras manos llegaban a una teta, una nalga o la concha de la otra. Mi tío nos miraba a través del reflejo que le brindaba el espejo e intentaba afeitarse lo más rápido posible. Para cuando terminó su verga ya estaba completamente dura y Mayra me estaba chupando una teta mientras yo la masturbaba.

―Ahora que recuerdo, yo también debería darme una ducha ―dijo Alberto―. ¿Les molesta si me sumo a ustedes?

―Acá hay poco lugar ―le dije― así que si no te molesta que te estén rozando culos y tetas todo el tiempo, entonces podés venir.

―Puedo tolerar eso ―dijo con una gran sonrisa.

Su glande también parecía sonreír, y todo su pene se sacudía de forma espontánea. En cuanto entró en la bañera sentí su duro miembro entre mis nalgas, me pegué más a él y dejé que me enjabonara la teta que Mayra no estaba chupando.

Me di cuenta de que la intención de mi tío era la de enterrarme la verga, y no por cualquier agujerito; él quería meterla en mi culo. Forcejeó con la punta de su pene intentando dilatarme, pero no podía conseguirlo ya que el agua, al contrario de lo que algunas personas creen, es un pésimo lubricante sexual. Como la idea de ser penetrada analmente me pareció una excelente forma de comenzar el día, extendí mi brazo izquierdo hasta dar con la canilla y cerré el paso del agua. A partir de ese momento todo resultó más cómodo, ya no tenía tanta agua corriendo por mi cara y mi hermanita no necesitaba detenerse para respirar mientras mi chupaba la teta. Para facilitarle aún más la tarea a Alberto, subí uno de mis pies al borde de la bañera y me incline levemente hacia adelante, de esta manera mi culo quedó en mejor posición para que él pudiera entrar. Mayra se puso de rodillas, supuse que estaba dispuesta a chuparme la concha, pero esto no ocurrió debido a que mi tío le enterró la pija en la boca, pude ver como ella la chupaba, llenándola con su saliva. Supuse que la intención era lubricarla, además Alberto me metió un dedo, cargado con su saliva, en mi agujerito de atrás. Pocos segundos después yo ya estaba disfrutando de una verga que bombeaba intensamente dentro de mi culo y de la maravillosa lengua de Mayra que no dejaba ni un milímetro de mi concha sin recorrer. Tenía muchas ganas de gemir y gritar de puro gusto, pero decidí no hacerlo ya que no sabía si los demás miembros de mi familia aún dormían. Me encantaba la forma salvaje en la que mi tío me daba por el culo, él no tenía la torpeza de Erik, era más preciso y constante con sus movimientos y me hacía disfrutar en grande; aunque en ese momento él contaba con la gran ayuda de mi hermana.

Estaba disfrutando tranquilamente ese momento de placer en cuanto la puerta del baño se abrió. Los tres nos quedamos como estatuas mirando al recién llegado.

―¡La puta madre! Ustedes sí que la pasan bien ―dijo mi primo con una amplia sonrisa, estaba completamente desnudo―. Me dan ganas de venir a vivir acá.

Mi tío reanudó la cogida que me estaba dando en el culo. Ariel entró y se acercó al inodoro; comenzó a orinar casi al instante.

―Pensé que todos seguían durmiendo ―siguió diciendo mi primo―, porque la casa estaba muy silenciosa. Pero bueno, ya es algo tarde; los demás deberían ir levantándose.

―¿Tarde? ¿Qué hora es? ―pregunté asustada.

―Más o menos las cuatro menos cuarto.

―¡¿Qué?!

Al apartarme de la verga de mi tío casi le pego un rodillazo a mi hermanita. Abrí la ducha y comencé a lavarme rápido. Mi tío, a quien ahora tenía de frente a mí, me miraba intrigado.

―Tengo que irme ―le dije a modo de respuesta.

―¿Adónde vas tan apurada? ―preguntó.

―Es algo importante. No puedo decirte. Perdón por interrumpir todo, estaba muy lindo. Te prometo que cuando pueda, se los voy a compensar ―hablaba también con Mayra.

―¿En serio te vas? ―preguntó Ariel―. Y yo que pensaba unirme a la fiestita.

―Hoy no va a poder ser.

―Yo me quedo ―acotó Mayra―. Digo, por si quieren…

No tuvo necesidad de completar la frase, los dos hombres entendieron perfectamente y le contestaron con una sonrisa.

Salí del bañó, secándome con una toalla. Lo último que vi antes de cerrar la puerta fue a mi hermana metiéndose la pija de Alberto en la boca mientras masturbaba a su primo. Me daba mucha pena no poder quedarme, y más pena me daba tener que irme con tanta calentura a cuesta; pero tenía que tratar un asunto muy delicado, del que toda mi familia dependía.

Entré a mi cuarto y me vestí apresuradamente… tres veces; hasta que pude dar con la ropa que me pareció la adecuada para la situación.

Miré el reloj antes de salir, aún no era tarde; la plaza me quedaba cerca y si caminaba rápido no me tomaría más de tres minutos llegar a ella.

******

Cuando llegué a la plaza supuse que había llegado antes que él, sin embargo a lo lejos vi a un hombre sentado en un banco, de espaldas a mí. Me fui acercando lentamente ya que no estaba muy segura si se trataba del tipo que había irrumpido en mi casa. El solo pensar que debía aproximarme a un hombre que se introdujo ilegalmente en mi casa, me parecía absurdo; sin embargo había algo en ese tipo, y en las situaciones en las que se acercaba a mí, que lo hacían extrañamente interesante.

Por lo que podía ver estaba bastante desalineado, se parecía a los cuidadores de autos que solían deambular la zona. Cuando me acerqué lo suficiente como para verlo de perfil supe que se trataba de él. Lo normal hubiera sido sentirme asqueada por su atuendo y por la forma completamente desprolija en la que llevaba el pelo; pero me produjo cierta excitación. Al mantener relaciones sexuales con los miembros de mi familia comprendí que yo no era quien controlaba mis sensaciones, y mucho menos los impulsos sexuales. Éstos parecían tener consciencia propia y solían tener tanto poder que eran capaces de imponerse ante mi propia consciencia.

Caminé con paso sensual hasta posicionarme frente a él. Al verme sus ojos me recordaron a los de un niño en una juguetería. Me escaneó con la mirada, sin poder detenerse en algún punto fijo por más de dos segundos, ya que inmediatamente caía preso del encanto de mi gran escote o de mis pronunciadas caderas. Debo admitir que me produjo una agradable sensación ser admirada de esa forma; pero procuré no dar muestras de ello, mantuve un tono serio al hablar.

―¿Trajiste el celular? ―pregunté sin rodeos.

―No es momento de hablar de eso.

―Es justamente el momento, para eso nos juntamos acá.

―No exactamente ―lo miré confundida―. Anoche me quedé con ganas de hacerte varias cositas ―me dijo con una sonrisa de dientes demasiado grandes y amarillentos―, y hoy me voy a sacar esas ganas.

―Si pensás que me voy a dejar meter mano en una plaza, donde cualquiera pueda vernos, estás muy equivocado.

―¿Quién dijo que iba a ser acá? Cuando venía caminando vi que a un par de cuadras, por esa calle ―señaló con el índice la calle en cuestión― hay un lugarcito donde podemos estar más tranquilos.

―¿Qué clase de “lugarcito”?

―Un telo ―me quedé mirándolo en silencio con el ceño fruncido―. Vamos, putita, vos sabías muy bien que esto iba a pasar. Por eso viniste vestida como una trola. ¿Te miraste las tetas? Da la impresión de que en cualquier momento explotan ―efectivamente, mi escote era amplio, pero al mismo tiempo estaba tan ajustado que mis pechos parecían dos globos de agua―; y estoy seguro que si te agachás un poquito, se te va a ver toda la tanga. No sé cómo tus papis te dejaron salir con una minifalda tan corta ―una de sus rugosas manos acarició la cara interna de mis muslos, fue subiendo hasta que se encontró con mi entrepierna―. ¡Pero qué sorpresa! Vos siempre superás mis expectativas, putita ―sus ásperos y gruesos dedos estaban acariciando directamente mis labios vaginales, ya que yo no llevaba ropa interior―. Saliste con esta ropita tan chiquitita y sin nada abajo, eso sí que es ser bien puta ―dijo mientras sus toqueteos me iban humedeciendo―. Por más que te hagas la difícil, es obvio que viniste hasta acá con toda la intensión de darle de comer pija a tu conchita ―me metió dos dedos y su pulgar comenzó a acariciarme el clítoris―. Estás bien calentita, como siempre. ¿Cómo era eso de que no te ibas a dejar mandar mano en una plaza? ―miré a mi alrededor, temerosa, en busca de alguien que pudiera vernos, pero cuando me cercioré de que estábamos solos me acerqué más a él y separé un poco las piernas―. ¡Ah, bueno! ¿Ahora también me vas a negar que viniste esperando una buena cogida? ―introdujo aún más sus dedos, aumentando mi excitación. Podía sentir el intenso calor que emanaba mi vagina y seguramente él también―. Me encantaría ponerte en cuatro acá nomás y llenarte esta conchita de leche ―noté que el bulto le crecía, él se estaba calentando tanto como yo―. No demos tantas vueltas, putita, así nos ahorramos problemas. Vamos al telo, te doy una buena cogida y después hablamos de lo que tenemos que hablar.

―Me imaginé que ibas a pedirme algo así. No me opongo, pero vas a tener que considerarlo como parte del pago por borrar esos videos.

―De cuestiones de “pago” hablamos después. No me puedo concentrar en eso ahora mismo, porque lo único que puedo pensar en enterrarte toda la pija ―dijo agarrándose el bulto con una mano; un erótico revoltijo invadió la boca de mi estómago y pude sentir cómo se movían esos impertinentes dedos dentro de mí.

―No tengo ganas de perder todo el día con vos, así que vamos yendo.

―Me encanta que seas tan decidida como puta.

Sacó los dedos de mi vagina, se puso de pie y comenzamos a caminar hacia el telo. Aún no habíamos salido de la plaza cuando él volvió a meter rápidamente una mano por debajo de la minifalda, esta vez me acarició entre las nalgas, supuse que me metería un dedo en el culo, por lo que me relajé un poco; pero esto no evitó que sufriera un fuerte escalofrío cargado de placer.

―¿Me vas a entregar el culito otra vez? ―no me podía explicar cómo hacía este hombre para calentarme tanto, me costaba mucho reprimir lo que realmente quería decirle.

―No te hagas muchas ilusiones ―le dije mientras fantaseaba con cabalgar toda su verga con mi culo.

Llegamos al “Telo”. No era ni por asomo un lugar bonito. Todas las paredes estaban descascaradas y con manchas de humedad. El mostrador estaba desvencijado y tenía un viejo y amarillento monitor de computadora sobre el mismo. Lo único que más o menos era agradable a la vista era la recepcionista. Tampoco es que fuera una belleza y se notaba que ya pasaba los cuarenta años, pero en cierto sentido me recordaba un poco a mi madre, por sus grandes pechos y su radiante sonrisa.

―Que se diviertan ―dijo la señora guiñándonos un ojo, luego de cobrarnos por adelantado.

Por suerte la habitación era un poco mejor que la entrada del “telo”. Era algo pequeña, entraba la cama y poco más, pero al menos parecía estar limpia.

Ni bien entramos el tipo me agarró con fuerza una nalga, haciéndome dar un pequeño salto en el lugar.

―Bueno putita, ponete en cuatro y mostrame esa conchita así te la lleno de pija ―sus dedos, sin pedir permiso, volvieron a colarse en mi concha, aunque esta vez lo hicieron con más fuerza, provocándome algo de dolor; sin embargo era un dolor agradable, que me hizo inclinarme un poco hacia adelante para recibir mejor esos dedos.

Me moría de ganas de obedecer, de entregarle mi concha sin más y poder sentir todo el ancho de su verga entre mis labios; pero la poca integridad que aún me quedaba me decía que debía hacerme valer, aunque sea un poquito… aunque estuviera actuando como una puta.

Me aparté de él y crucé mis brazos. Creo que en lugar de mostrarme intimidante, al hacer eso sólo conseguí levantar más mis tetas y que éstas escaparan de mi escote casi tanto que ya podía verse el borde de las areolas de mis pezones.

―Ni siquiera sé cómo te llamás.

―Me llamo Luis, pero podés decirme “Lucho”. ¿Estás lista, putita? ―sus ojos brillaban de deseo y lujuria.

―Yo también tengo nombre.

―Imagino que sí, pero prefiero decirte “putita”.

―Dijiste que estás loco por mí… y ni siquiera sabés mi nombre.

―Estoy loco por tus tetas, por tu concha, por tu culo… tu nombre me importa un carajo.

―¡Qué romántico! Seguro que te ganás muchas minas diciéndoles eso.

―Al menos te digo la verdad. Eso te calienta ¿No? A vos te moja la concha que yo sea tan directo para decirte lo puta que sos y lo buena que estás ―me miró desafiante, como una estúpida en lugar de contestarle me limité a morderme el labio inferior―. Lo sabía. Te gusta que te traten como a una puta. Además, mi querida “putita”, conseguí traerte a un telo sin saber tu nombre.

―Andate a la puta que te parió.

Avanzó hasta colcarse detrás de mí, luego acercó su boca a mi oído.

―No te metas con mi vieja, que era una santa… a diferencia de la tuya, que es tan puta como vos ―al decir esto me agarró las dos tetas con sus huesudas manos―. ¡Dios mío! ¡Cómo grita esa puta cuando le dan por el orto! ¡Me vuelve loco! Me da envidia de tu viejo, que se la puede coger cuando quiera. Pero no te pongas celosa que vos me gustás más.

―¿De verdad no te importa saber mi nombre? ―pregunté con el orgullo herido. Él ya había liberado mis tetas del escote y las masajeaba a gusto, pellizcándome los pezones.

―Pepe hablaba poco de sus hijas en la obra, a ningún padre le gusta que un grupo de albañiles esté todo el día haciéndole chistes chanchos con sus hijas como objetivo. El boludo de tu hermano dijo que sus hermanas eran lindas ―sonreí al saber que Eric pensaba eso de nosotras―, y solamente eso bastó para que tanto él como Pepe tuvieran que aguantar un infierno. Durante mucho tiempo les decíamos, con indirectas, que las íbamos a coger. Yo cumplí con parte de esas promesas, creo que por eso se enojó tanto tu viejo cuando nos pescó juntos. Ahí estaba su linda hija mayor, abierta de piernas pidiendo que le metieran toda la pija en el orto a uno de sus mugrosos albañiles ―sus palabras y el impresionante masaje de tetas que me estaba dando, me hacían delirar de calentura. Comencé a frotar mi cola contra su bulto―. En ese momento pensé que eras una puta más, pero no te imaginás cómo me calenté cuando averigüé que eras la hija de Pepe. No podía creerlo, ese culito que se abría mientras yo le enterraba la verga ¡era el culito de la hija de Pepe! ―liberó su miembro del pantalón y lo sentí contra mis nalgas, teniendo sólo la tela de la minifalda como separación―. Una vez lo escuché decir el nombre de sus nenas; pero sinceramente no me los acuerdo bien. Creo que era algo así como Marta y Nidia.

―Esos son nombres de viejas ―me quejé. Su verga estaba ganando rigidez, lo que me provocaba más arrimar mi cola contra ella―. Nos llamamos Mayra y Nadia.

―Qué bien ―besó mi cuello y una de sus manos fue descendiendo hasta mi entrepierna.

―¿No querés saber cuál soy yo?

―Me da igual. Lo que me importa es saber lo putita que sos.  

―Yo soy Nadia.  

―Un gusto conocerte, Nadia ―dijo con un áspero susurro mientras uno de sus dedos se abría paso hacia el interior de mi vagina―, espero que te guste el paquete que te traje de regalo ―tomó mi mano derecha y la condujo hacia su hinchado pene―. Como es tu regalito vas a ser vos la que decida qué querés hacer con él.

―¿Y qué pasa si quiero cortarlo y tirarlo a la basura? ―pregunté presionándolo con más fuerza.

―¿Pensás quedarte sin diversión? No lo creo, tenés la conchita toda mojada, vos te morís de ganas de jugar con una buena pija. Espero que te muestres colaborativa, así nos evitamos futuros inconvenientes.  

 Mientras él me toqueteaba evalué la situación, sabía que ponía a mi familia en riesgo si me negaba a “jugar” con él, además él tenía razón en algo: yo me moría de ganas de jugar con una buena pija; odiaba admitirlo, pero tenía razón.

―Decime una cosa, putita, y quiero que seas sincera. ¿Te hiciste una paja después de que yo te cogí por primera vez?

Solté su verga y me levanté la minifalda, me incliné un poco hacia adelante y permití que él posara su miembro gomoso entre mis nalgas.

―No exactamente. Después de hacerlo me sentí mal conmigo misma, pero llegó un momento en el que ya no me importó tanto y sí, me hice una paja pensando en eso

―¿Y qué pensabas? ―sus dedos abrían y cerraban mi concha. Ocasionalmente me frotaba el clítoris, ya podía sentir mis jugos sexuales deslizándose entre mis muslos.

―Imaginaba que me obligabas a hacerte una paja ―una descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo.

―¿Eso te calentó, putita?

―Sí, mucho. Especialmente porque se te iba poniendo dura mientras la tocaba, y por lo cerca que la tenía de la cara.

―¿Te gusta chupar pijas? ―al preguntar esto llevó hasta mi boca los dedos que previamente habían estado en mi vagina y me hizo probar mis propios jugos. Lamí esos dedos como si se tratasen de una verga.

―Mmm… sí, mucho. Me gusta sentir una pija bien dura dentro de mi boca.

―Se nota que te gusta. Recuerdo que vos solita empezaste a chupármela, sin que yo te lo pidiera.

―Sí, es que no aguantaba más las ganas, me la quería comer toda, pero…

―¿Pero?

―Me hubiera gustado más que me agarraras de los pelos y me obligaras a chuparla.

―¡Ah, sos bien trolita! ¿Te gusta que te maltraten? ―a continuación me dio un fuerte tirón de pelos que me hizo inclinar la cabeza hacia atrás―. Arrodillate, puta.

―S… Sí. Sí.

Obedecí, como buena puta, y me puse de rodillas en el suelo. Él no me dio mucho tiempo para reaccionar, casi de forma inmediata se posicionó frente a mí y sin soltarme el pelo, me enterró toda su pija en la boca. Sabía que haría eso por lo que ya estaba preparada y con la boca bien abierta.

Tenía que admitir que era una buena pija, me gustaba sentir las venas acariciar la comisura de mis labios al entrar y salir de mi boca, especialmente al hacerlo de forma tan brusca.

―Se nota que te gusta chupar vergas.

Su comentario me excitó aún más, por lo que comencé a mandarme dedos en la concha, suplicando mentalmente que él introdujera todo su miembro en mi boca. Parte de mí me decía que eso sólo lo hacía por agradarle a ese tipo para que borrara los videos que había grabado. Pero por otro lado yo sabía que eso no era más que un simple engaño, una mera excusa. Me calentaba mucho la forma en la que este él me humillaba y se aprovechaba de mí. Mientras seguía sacudiéndome la cabeza, obligándome a comerme esa pija, pensaba que si yo estuviera en su lugar también gozaría al someter de esa forma a una putita tan linda como yo. Sentí ganas de sonreír, pero no pude hacerlo debido al venoso pedazo de carne que entraba y salía repetidas veces de mi boca.

Tenía que dejarme algo en claro a mí misma, para no sentirme tan mal ante mi entrega a un tipo que apenas conocía. Cada vez que estuve con él me encontró previamente excitada. La primera vez fue justo después de haberle chupado la verga a mi papá; la segunda fue después de la erótica partida de póker; y ahora me encontraba con la calentura que mi hermana y mi tío me habían dejado. Gracias a este rápido razonamiento me sentí un poco menos culpable de disfrutar tanto del momento en el que eyaculó. Lo hizo en forma muy abundante, con cargados y potentes chorros que llenaron mi boca y, cuando él sacó la pija, salpicaron mi cara. Dejé la boca bien abierta recibiendo el espeso semen y dejando que éste fluyera por la comisura de mis labios, bajara por mi cuello y llegara a mis grandes tetas. En ningún momento dejé de pajearme y luego de haberme tragado toda la leche que pude, volví a chupar esa pija extrayendo de ella cada gota.

―¿Te gustó, putita? ―me preguntó mientras me pasaba la verga por la cara, esparciendo el semen que había en ella.

―Mmhmm… sí. Me gustó mucho.

Era cierto, había sido una experiencia fascinante; las bruscas palpitaciones en mi pecho eran una prueba irrefutable de lo excitada que estaba. Sin embargo me preocupaba que, al haber acabado, él ya no tuviera fuerzas para seguir.

Me sinceré conmigo misma, no hacía esto por conseguir una posición favorable con él o para amansarlo; lo hacía porque se me derretía la concha de sólo pensar en la forma en la que me trataba como a una puta. Él, Luis… “Lucho”, un tipo al que prácticamente no conocía… me sometía a su merced; hacía de mí lo que quería. De pronto comprendí por qué me calentaba tanto mi padre, no era sólo por encontrarlo atractivo físicamente, sino que también era para mí una figura de autoridad. Me calentaba la autoridad. Con mis hermanos podía disfrutar esto de forma inversa, siendo yo la persona con mayor rango de autoridad. Eso me agradaba, pero sin duda no se comparaba con ser sometida.

Un súbito tirón de pelos me obligó a ponerme de pie. Inmediatamente él me obligó a darle la espalda y pegó su cuerpo al mío; tal y como habíamos estado segundos antes.

―Decime, putita ¿en qué pensabas cuando decidiste vestirte así antes de venir? ―levantó aún más mi minifalda y comenzó a manosearme la concha, mientras su pene, ya flácido, volvía a frotarse contra mi cola.

―Me imaginaba que pasaría algo como esto. Sabía que buscarías la forma de llevarme a algún lado, para cogerme. La idea me calentó mucho, tanto que quise ponerme la ropa más accesible posible.

―Podrías haberte puesto otra pollerita que no fuera tan cortita. Creo que hasta la recepcionista del telo te vio la concha ―recordaba haberla visto mirándome con una extraña sonrisa, ahora entendía por qué. Antes de entrar Lucho me había tocado otra vez y yo no había vuelto a bajarme la minifalda. Me calentó la idea de que una desconocida me hubiera visto así.

―Esta minifalda es de mi hermanita ―confesé―. Por eso me queda tan corta ―poniendo un brazo detrás de mí, agarré la verga de Lucho y comencé a amasarla.

―Esa es otra putita que me calienta mucho. Me encantó ver cómo chupaba pijas a dos manos. Ya me imagino las chanchadas que harán juntas, durmiendo en la misma pieza. Contame ¿se chupan las conchas cuando están solitas?

―Sí. A veces sí.

―Es interesante saber que también te gusta la concha ―soltó una risita libidinosa.

―Prefiero las vergas ―dije apretando la suya entre mis dedos―; pero también me excita mucho chupar una concha. Hasta me gustaría probar otras, que no sean sólo de mujeres de mi familia.

―¿Vas a salir por la calle vestida como putita chupando conchas?

―No lo creo… pero la idea de probar nuevas me gusta mucho. Nunca antes me había sentido sexualmente atraída por mujeres. Fue una sorpresa para mí. Bueno, todo lo que pasó en estas últimas semanas fue una sorpresa para mí. Una muy agradable… hasta que llegaste vos.

―No te enojes conmigo, chiquita. Si no hubieras sido tan puta, me hubiera olvidado de vos al día siguiente; pero tenías que pedirme que te diera por el culo… para colmo tenés un culo de fantasía. Está para meterle la pija y dejarla a vivir ahí adentro ―me excitaba escucharlo decir eso. Los hombres siempre me alabaron por mis grandes tetas, pero los que me han visto desnuda o con poca ropa, se llevaron gratas sorpresas al verme el culo.

―¿Falta mucho para que se te ponga dura otra vez? Quiero que me cojas.

―Uy, sí que sos bien puta. ¡Me encanta! No te preocupes, mamita, con todo lo que me estás contando, más todo lo que estoy tocando, seguramente se me va a poner bien dura para vos. Vení, vamos a ponernos más cómodos.

Tomándome del brazo me llevó hasta la cama. Se acostó bocarriba y me pidió que me pusiera sobre su cara. Me quité toda la ropa y obedecí. Antes de que mis nalgas hicieran contacto con su rostro, ya me las estaba abriendo con las manos. Su intrépida lengua fue directamente a mi culo, produciéndome un cosquilleo muy agradable, que me obligaba a moverme. Las lamidas fueron haciéndose cada vez más largas, partiendo desde mi concha, hasta llegar a ese morboso agujerito. Excitada, me lancé de frente contra su verga. Aún estaba flácida, pero no me importó ya que eso me permitió meterla completa en mi boca.

Me quedé allí, sin hacer nada, respirando por la nariz y disfrutando de la sensación que me producía tener todo ese pedazo de carne tibia sobre mi lengua, al mismo tiempo que él me succionaba la concha como si buscara un codiciado tesoro perdido allí dentro.

Poco a poco se le fue parando, por lo que empecé a jugar con mi lengua. Eso dio resultados positivos, apenas unos segundos más tarde ya la tenía completamente dura… dura para mí.

Me aparté un poco de él y me puse en cuatro patas. Me abrí las nalgas usando ambas manos y le dije:

―Ahora dame por el culo.

―Me calienta mucho que seas tan directa, putita ―me lubricó con su propia saliva―. Ahí te va, pero no llores si te duele.  

Estaba por decirle que no me dolería tanto, pero en cuanto él me ensartó con la cabeza de su pija, tuve que soltar un grito de dolor, por un segundo creí que el culo se me iba a desgarrar y me asusté mucho, sin embargo él la quitó y al repetir el proceso el dolor fue menor. Me sorprendió que entrara tan fácil, pero mis recientes prácticas en el sexo anal ya me estaban dejando el culito bien preparado para eso, además era sólo la punta; la peor parte vino después.

Luis volvió a lubricarme, luego ese grueso tronco comenzó a introducirse como un animalito en su madriguera. El pene no parecía sufrir mucha resistencia por parte de mi culo, pero a mí el dolor me hacía chillar como si me estuvieran matando; sin embargo en ningún momento le pedí que se detuviera, lo soporté porque estaba sumamente excitada y encontraba placer en ese dolor.

―Uy, putita… me vuelve loco la forma en la que se te abre el orto. Cómo se nota que querés pija.

―¡Sí! ¡Metemela toda, hasta el fondo! ―le supliqué con los dientes apretados y la cara empapada de sudor.

Me hubiera gustado verme a mí misma, seguramente tendría las mejillas muy rojas, ya que las sentía calientes, y una encantadora expresión en el rostro que reflejaría muy bien todo mi doloroso placer. Dejé salir casi todo el aire de mis pulmones cuando la verga se deslizó dentro de mi culo, si bien ya me la habían metido por el culo antes, nunca la había sentido de forma tan intensa, hasta podía distinguir levemente la forma de esa ancha cabeza penetrándome.

La cama comenzó a sacudirse al mismo ritmo con el que me rompían el culo. A veces se movía tanto que temía que se rompieran las patas y cayéramos al suelo, pero en ese momento no me preocupaba por nada, sólo quería que me siguieran dando con fuerza. Tampoco me importó que mis exagerados gritos y gemidos se escucharan en el resto del hotel, de hecho esto me calentaba más.

Lucho se puso de pie en el cama y estuve a punto de insultarlo por haberse detenido, sin embargo enseguida comprendí cuál era su intención. Se colocó justo sobre mí y luego flexionó las rodillas, quedando una vez más su verga dentro de mi culo. Apoyó sus manos en mis nalgas y comenzó a dar una muestra de su buen estado físico, el que posiblemente había adquirido al realizar un trabajo tan exigente como la albañilería. Para que no me aplastara con el peso de su cuerpo, me apoyé sobre mis codos, dándonos mayor estabilidad. Su constante subir y bajar provocaba que la verga se me clavara completa y luego saliera fácilmente. Cerré los ojos y una sonrisa lujuriosa apareció en mi cara. Me estaba dando una cogida monumental. Mi culito ya se había adaptado perfectamente al tamaño de su verga, por lo que a no me producía ningún tipo de dolor, sólo quedaba el placer. Nunca hubiera imaginado que coger con un desconocido me produjera tanto placer. La situación, extrañamente, me causaba un morbo muy similar al que tenía al coger con miembros de mi familia.

El único indicio de que Lucho acabó lo tuve por su entrecortada respiración, ya que no sentí la descarga de semen dentro de mí; tal vez se deba a que ya había acabado poco tiempo atrás y no salió tanta cantidad.

A pesar de no haber llegado al orgasmo, estaba satisfecha. Me eché de lado en la cama y me masturbé con los ojos cerrados, no lo hice en busca de más placer, sino para ir desacelerando gradualmente mis pulsaciones y que la interrupción del acto sexual no fuera tan brusca. Tampoco me preocupaba quedarme con calentura ya que podría sacármela con cualquiera de las personas que vivían en mi casa. Me sentía muy bien físicamente, aunque mentalmente no lo estuviera tanto, ya que aún sufría de remordimientos post coito. Mientras estaba caliente podía ser la más puta de todas, pero a medida que me enfriaba, comenzaba a invadirme la culpa; sin embargo sabía que encontraría la forma de convencerme a mí misma de que todo estaba bien. En ese momento mi mayor preocupación era qué pasaría en adelante con Lucho.

―¿Vas a borrar los videos? ―le pregunté. Él se había acostado a mi lado, pero nuestras cabezas apuntaban hacia direcciones opuestas de la cama.

―Todavía no, putita ―no podía verle la cara, pero lo imaginé sonriendo.

―¿Por qué no? Hice todo lo que me pediste.

―Porque todavía puedo pedirte más.

―¿Vas a seguir chantajeándome eternamente? Eso no lo voy a permitir ―me estaba haciendo enojar.

―Eternamente, no. No soy tan mala persona. Pero sí te voy a pedir una cosita más, y te prometo que después de eso te doy el celular para vos misma borres todo.

―Y también me tenés que prometer que no le vas a contar nada a nadie sobre lo que viste.

―Es una promesa.

―Está bien. ¿Qué querés? ―me senté en la cama para poder verlo.

―Quiero cogerme el hermoso culo de tu linda hermanita. 

Continuará...


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