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Fecha: 14-Sep-16 « Anterior | Siguiente » en Zoofilia

Doña Luisa 02: romance

Clementine
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Tiempo estimado de lectura: [ 12 min. ]
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Asistimos a la consolidación de una relación extraña entre doña Luisa y Plas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Sorprendentemente, cuando despertó no sentía culpa ni vergüenza. Comprendía, claro está, que aquello no sería algo de lo que charlar en el supermercado, pero no encontró en su interior ni el más mínimo sentimiento negativo.

En realidad fue él quien la despertó colmándola de atenciones. Lamía su cara moviendo la cola alegremente. Le causó ternura aquella complicidad que percibía, y acarició su cabezota. De alguna manera, se sentía renovada y limpia, y agradecía al animal aquel afecto tierno y aquella pasión que la excitaba con solo recordar la noche anterior.

La ducha duró más que de costumbre. Plas la miraba a través del cristal sentado en el suelo, como una de esas monstruosidades de cerámica que había visto alguna vez en aquella ampulosa tienda de objetos de decoración en Madrid. Dejó que el agua resbalara por su piel muy caliente, enrojeciéndola, y se recorrió con las manos reconociendo los daños. Nada grave: un poco de inflamación en su sexo, que parecía entumecido, y algunos arañazos en los costados. Habría que pensar en eso, o podría hacerle daño.

- Así que voy a ser tu perra -le dijo alegremente a través de la mampara-.

Práctica como era, mientras enjabonaba su cuerpo, asumía que aquella era una solución perfecta a una carencia que no había sabido detectar a tiempo y entonces comprendía. El sexo con su difunto había resultado razonablemente placentero. Quizás un poco rutinario, pero nunca tuvo queja. Era todo lo que conocía, más allá de algún escarceo en el instituto y el conservatorio que no llegó a concretarse si no en caricias furtivas y largas tardes de besos y magreos profundamente insatisfactorios con muchachos inexpertos. Aquello, sin embargo... Era sencillamente brutal, impresionante, animal... Además, a Plas ya lo quería. No hacía falta acostumbrarse a nadie, soportar las rarezas de nadie. Aquel animal la adoraba, la reverenciaba, cuidaba de ella, y ella sentía un enorme afecto hacia él, y lo deseaba...

Naturalmente, habría que extremar la higiene, y quizás buscar información en Internet. En Internet estaba todo, solo había que buscarlo.

- Ven, cielo, vamos a asearte.

Lo llamó mientras deslizaba la mampara para facilitarle el paso, y el enorme perro entró en la bañera de un salto, moviendo la cola alegremente. Apenas cabían los dos. Mojó bien su cuerpazo de pelo corto con la alcachofa de la ducha, y comenzó a enjabonarlo cuidadosamente.

- Si voy a ser tu perrita tendrás que estar muy limpio, mi amor. No queremos que me causes alguna infección y haya que explicárselo al médico ¿Verdad?

Plas se dejaba hacer. La miraba poniendo la cabeza de lado, en aquel gesto que siempre la divertía, como si comprendiera lo que le decía. Mientras lo enjabonaba, reparó en la dureza de sus músculos. Era un monstruo enorme y tremendo. Se movían bajo la piel respondiendo al estímulo de sus caricias. Enjabonó su espalda, sus patas, su vientre... Lo enjabonó entero hasta encontrar entre la espuma su verga, nuevamente firme, y comenzó a acariciarla. La sentía palpitante resbalando entre sus dedos. Volvió a notar aquella excitación febril.

- ¿Me deseas, cariño? ¿Quieres volver a follarte a tu perrita?

Se rió al reparar en el lenguaje que empleaba. Jamás en si vida había pronunciado palabras de aquella sordidez. Aclaró su piel con la ducha sin dejar de acariciarlo. Olía bien. El animal culeaba, y emitía lo que parecía un quejido quedo y agudo. Colgó la ducha de su soporte y se arrodilló ante él. Sus rostros quedaron enfrentados y Plas la agasajó con una locura de lametones. Sentía el agua caliente acariciándole la piel. Sin pensarlo, se agachó entre sus patas para verla. Tenía una forma extraña, muy diferente de la de su marido y, desde luego, mayor, y de un color distinto: el cuerpo, el tronco, por así decirlo, era pálido, violáceo o sonrosado, y estaba surcado por venas delgadas de color azul oscuro que no formaban relieve, como si la piel fuera transparente; a medida que avanzaba hacia el extremo, que era agudo y asimétrico, se tornaba rojo intenso; en la base, se conformaban aquellas bolas enormes. Comprendió por qué le dolía.

Alguna vez la había visto erecta, claro, aunque sin prestarle atención, y la noche anterior le sorprendió que fuera seca. Seguramente a causa del brillo, había supuesto que sería una cosa húmeda. Una impresión. Por alguna razón, una imagina que una serpiente será viscosa, se dijo, y aquello, supuso que por el mismo razonamiento, había pensado que debía de ser húmedo.

 

Plas se mostraba nervioso, excitado como ella, pero sin su capacidad de controlarse. Volvía a tratar de montarla sin saber muy bien cómo, con aquella torpeza de cachorro grandote, de perro adolescente.

- ¿Quieres follar a tu perra, cariño? ¿Me deseas?

La excitaba imaginarse así: una perra caliente coqueteando con su macho, excitándolo, haciéndose la remolona aún sabiendo cómo terminaría aquello, con su polla enorme escupiendo esperma en su coño, culeándola como un salvaje enloquecido, haciéndola perder la consciencia, destrozándola de placer y de dolor.

En algún momento se abrazó a ella, y se encontró bajo su cuerpazo, a cuatro patas, frente a su polla. El animal culeaba golpeándole en la cara con ella, y sucedió de una manera natural: sencillamente, abrió la boca y permitió que la introdujera en ella. Tuvo que empujarle para que no la ahogara, tratar de tranquilizarle contra su instinto. La deseaba, claro, pero no quería hacerse daño.

- Tranquilo, mi vida, tranquilo... Quédate quieto, mi amor... Tu perrita se encarga de todo...

Tuvo que incorporarse para tranquilizarle. Le acarició la cabeza y le dejó lamer su cara mientras le hacía cosquillas en las orejas. Apretaba fuerte su lomo al tiempo que la acariciaba, y el animal se dejaba querer. Terminó por quedarse quieto a pesar de sus caricias, culeando solo levemente, y volvió a introducirse entre sus patas. Parecía comprenderla, y permaneció quieto, encorvado y tenso, pero quieto. Paladeó la parte de su polla, menos de la mitad, que le cabía en la boca sin dejar de acariciar las duras bolas que se formaban en la base. El animal parecía quejarse, pero se mantuvo razonablemente quieto, tenso, duro... Sabía un poco a gel. Sentía su tensión, su dureza, el esfuerzo que hacía por contenerse, como si no quisiera hacerla daño.

- Así, cariño, así... Quieto...

Introdujo la mano entre sus piernas acariciándose sin dejar de mamar la polla monstruosa, que palpitaba en su boca. Se sentía excitada hasta la desesperación. Notaba sus dedos chapotear en el interior de su coño empapado. No tardó en empezar a correrse como la noche anterior, de aquella manera tremenda e inagotable, disparando en su boca aquella miríada de gotitas transparentes que trató de no tragar, abriendo los labios a veces para permitir que resbalaran hasta la bañera. La volvía loca sentir su deseo irracional, comprender que la tomaba por instinto, sin pensar en nada más que aquel placer que recibía. Se masturbaba freneticamente. Padecía una suerte de orgasmo continuo, un placer que le parecía que debía ser similar al de su macho: simple, elemental, instintivo, animal... Placer, solo placer sin sentimientos, sin complejidad alguna. Placer por placer, por mor de aquel deseo irracional.

Se masturbó hasta la desesperación, hasta que ya no pudo más que hacerse daño. Después permaneció sentada en la bañera, quieta, sintiendo todavía el agua caliente cayéndole encima como lluvia, y los lametones agradecidos de Plas, que parecía adorarla más que nunca.

Cuando se recompuso, había pasado media mañana de aquella luna de miel. Salieron de la ducha juntos y dejó que Plas sacudiera su pelo llenando el cuarto de baño de agua mientras ella se secaba y extendía una dosis anormalmente abundante de crema hidratante sobre su piel. Sonrió al comprender que se estaba comportando como si quisiera agradar a un novio nuevo. Tenía los dedos acorchados. Debía haber pasado más de una hora bajo el chorro de la ducha. Terminó de secarle con la misma toalla que había utilizado y la dejó tirada en un rincón. Se vistió. Evitó perfumarse. En algún sitio había leído que los perfumes irritan el sensible olfato de los perros.

Comieron juntos: Plas en el suelo, claro, en su plato; ella, aunque sentía un nudo en la boca del estómago, se forzó a tomar algo. Si aquel iba a ser su ritmo de vida, tendría que alimentarse. Se sentía agitada, inquieta, víctima de lo que parecía un enamoramiento irracional. Se echó la siesta en su cama, y el perro, cómo adoptando un nuevo rol, se subió al colchón con ella para acostarse a su lado, y ella se lo permitió.

- Bueno... Si vas a ser mi macho, parece razonable que duermas en mi cama.

La despertó el timbre de la puerta. Se levantó sobresaltada y bajó las escaleras corriendo, con ese desasosiego de los despertares abruptos.

 

- Perdona, Jaime. Me he echado un ratito la siesta después de comer y parece que se me han pegado las sábanas.

- No se preocupe, Doña Luisa.

Las tres horas de ensayo se le hicieron eternas. El muchacho se atascó en una posición de dedos que le parecía imposible alcanzar. Plas les contemplaba desde el porche, mirándolos a través del ventanal. Parecía apesadumbrado. Les miraba, se lamía. Su polla asomaba roja entre los pliegues de la piel. La enervaba. Tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo, de derrochar aquella tarde fresca otoñal con Jaime, que por primera vez le resultó antipático y torpe. Armándose de paciencia consiguió corregirle. Olía a sándalo. Se sorprendió excitada al rozarle la espalda con los senos, y le pareció notar que el muchacho experimentaba una erección. Fingió ignorarlo. Insistió una y otra vez en corregir la postura y, una vez conseguida, le obligó a repetirla hasta la extenuación, hasta lograr que se integrara en la melodía de una manera natural. Quería que se fuera, que la dejara a solas con su macho. Se moría por sentirlo dentro. Se sentía incapaz de concentrarse.

Cuando, por fin, cerró la cancilla a sus espaldas, se sintió como una chiquilla. Plas la acompañó de regreso hasta la casa haciendo cabriolas a su alrededor. Parecía feliz de tenerla para él solo.

- ¿Qué es lo que quieres, cariño? ¿Quieres a tu perra? ¿Qué es lo que quieres hacerme? Noooo...

Jugó con él a provocarle, a enervarle negándole el placer que pretendía. En el centro del salón, frente al fuego, se despojó de la amplia túnica desnudándose despacio para él, exhibiéndose ante él como para seducirle. Acarició sus senos, pellizcó sus pezones endureciéndolos. Acercó sus bragas al hocico húmedo del animal, que pareció enloquecer olfateándolas.

- ¿Puedes olerlo? ¿Lo notas? Tu perrita está caliente, mi amor... Me muero por que me cubras ¿Quieres follarme?

Se alzaba sobre los cuartos traseros, trataba de abrazarse a ella, que se liberaba de su abrazo tonteando como una adolescente, gozando del ansia que percibía, del movimiento de su polla, tremendamente dura una vez más. Se zafaba entre risas cada vez más nerviosas, lo esquivaba dando un quiebro, jadeaba de fatiga sintiéndose feliz, excitada, prolongando aquella angustia del deseo hasta el ansia.

Cuando, por fin, no pudo más, se dejó caer sobre el sillón riendo. Plas pareció desconcertado por un momento, como si al terminar el juego de perseguirla hubiera perdido la concentración. La miraba jadeando con la lengua colgando por un lado de la boca y la cabeza ladeada. Luisa separó las piernas ofreciéndose, mirándole a los ojos y ofreciéndose, y el animal reaccionó comenzando a lamerla enloquecido, haciéndola chillar.

- ¡Ahhhh! No pares, macho mío, laaaame a tu perra... No... pa... res...

Aquellos primeros lametones bastaron para llevarla hasta el cielo. Abriendo las piernas como una desesperada, invitó a su macho a recorrerla entera, y se sintió derretir por el contacto húmedo de su lengua. Bebía de su vulva haciéndola estremecerse. Desesperada, se agarró a su collar y tiró de él hasta obligarle a subirse sobre ella. Plas jadeaba con entusiasmo, y curvaba la espalda buscándola. Sentía su polla rozar el interior de los muslos. Se moría por tenerla, por sentirla dentro.

- Vamos, perro mío, fóllame... Clávamela... Fóllame...

La condujo hasta la puerta con la mano. La colocó entre sus labios húmedos, y aquello bastó para que el perro, con un poderoso movimiento de caderas, la clavara entera en su interior. Sintió una vez más cómo la llenaba primero, y comenzaba su movimiento febril. Abrazada a su torso magnífico, sintiendo en la oreja su aliento jadeante, se dejó follar por él chillando, incitándolo, ahogándose de placer.

- Así... A... a... síii... mi... amor... Foooo... o... lla me... asíiiii...

Plas la taladraba con fuerza. Poco a poco los cuerpos cavernosos, como había leído que se llamaban en Internet, fueron hinchándose en su interior dificultando así sus movimientos. Al retraerse, sentía como si fuera a desgarrarla. La llenaba entera. Comenzó a correrse, a inundarla con su esperma caliente, que parecía quemarla por dentro. Le costaba respirar. Se movía convulsivamente, lo envolvía abrazándose a él con las piernas como si temiera perderlo, culeaba en espasmos violentos y se sentía perdida, como girando y cayendo en el vacío, temblorosa, incapaz de controlar su propia respiración, que actuaba anarquicamente, interrumpiéndose a veces cómo si se quedara prendida en un jadeo que le vaciara el aire del pecho y no pudiera retomarlo.

Se corrió mil veces, o una sola vez que la recorría a oleadas crecientes y decrecientes sin pausa. Por momentos, tomaba conciencia de lugares concretos de su cuerpo, de sucesos concretos que fijaban su atención por un instante, y sentía su esperma tibio resbalar hacia el asiento del sillón entre sus nalgas, o su aliento caliente, aquellos lametones en la oreja que la hacían perder casi el sentido, o el roce de su piel en los pezones sensibilizados y duros... Se corría. Solo se corría inevitablemente, cada vez más violenta e incontrolablemente. Se corrió hasta el agotamiento, hasta la extenuación, hasta que Plas terminó follando a un pelele inane, incapaz de responder con un mínimo movimiento a la violencia de sus embates, zarandeándola con los poderosos envites de su cuerpo enorme.

Cuando la extrajo, sintió que la desgarraba, como si la rompiera por dentro, y chilló. Caminó torpemente hasta su dormitorio. Subió las escaleras con esfuerzo, con las piernas temblorosas todavía, y se dejó caer en la cama como muerta, jadeando presa del agotamiento. El esperma del perro chorreaba entre sus muslos.

Despertó por la mañana fatigada. Plas permanecía echado a su lado, mirándola. Le sonrió feliz y se abrazó a su cuello. Lo adoraba. Un tibio sol otoñal realzaba el color rojo de las hojas del arce en el jardín. Un mirlo rezagado silbaba una inútil canción de amor.

Mientras desayunaba, semidesnuda en el office, cubierta tan solo por la bata entreabierta, abrió su portátil para mirar el correo. Nada: spam, “Su factura ha sido emitida”, una notificación del banco... Y... “A las diez”. Estuvo a punto de borrarlo, pero algo la impulsó a ver lo que ponía. El nombre del remitente quizás... “El gato”. Abrió el mail. Un breve texto: “A las diez de la noche. Deja la puerta abierta”, y tres fotos. Sintió que le faltaba el aire. En cada una de ellas, tomadas sin duda desde el jardín por la ventana, se la identificaba claramente abierta de piernas, abrazada a su perro que la follaba, con el rostro descompuesto por el placer.

Sintió que el infierno se abría bajo sus pies.


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