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Fecha: 18-Sep-16 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Intimacy 02: alcohol

Clementine
Accesos: 20.947
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Tiempo estimado de lectura: [ 13 min. ]
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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Otra vez dormida en el sofá, borracha, como desmayada, con la bata entreabierta y ese pecho asomando -el pezón oscuro, de color de café, pequeñito, como un botón, sobre la piel tan blanca-. Y esta erección absurda viéndola...

No se despierta. Sacudo su hombro con cuidado, no quiero sobresaltarla, pero no se despierta. Me inclino sobre ella, deslizo un brazo por debajo de sus axilas, otro bajo las piernas, a la altura de las rodillas, y la levanto para acostarla. A veces pienso que sería mejor dejarla aquí, dejarla despertar en el sofá, que se viera así por la mañana...

Cruzo el pasillo despacio, con cuidado de evitar que su brazo se trabe en el marcho de la puerta. He olvidado abrir su cama antes de traerla.

La dejo sobre la colcha y me afano por abrir un hueco para ella bajo su cuerpecillo flaco -tan lindo-, manipulándola, girándola hasta conseguir dejarla sobre la sábana bajera, listo para taparla. La bata ha terminado de hacerse un rebujo que no la cubre. Destaca sobre la seda roja y el dragón horroroso que adorna su pechera. Me siento a su lado, para recuperar el resuello. La miro. Mi polla permanece estúpidamente erecta, absurdamente erecta al contemplarla.

Me digo que es por que esté más cómoda. Conscientemente, trato de engañarme, y manejo su cuerpecillo despojándola de laprenda inútil, hasta dejarla desnuda, profundamente dormida, como desmayada sobre la sábana gris marengo, como esculpida.

Está preciosa... Pienso que... No se... Sacudo su hombro, como para despertarla, pero no reacciona. Parece como muerta, aunque respira profundamente. Ni siquiera noto que el ritmo de sus inspiraciones cambie cuando la agito un poco más fuerte. Me duele. Me duele, y me levanta el pantalón de cuadros escoceses como insultándome, como reclamando...

Pienso que no, que no debo, mientras apoyo la mano en su tetilla pequeña y apretada, mientras tomo el pezón, cómo un garbancito oscuro, de color de café, entre los dedos. Pienso que no debo mientras lo pellizco suavemente, retociéndolo un poquito, y se me hiela la sangre cuando da un respingo y se mueve. Me quedo congelado, con la mano izquierda agarrada a mi polla húmeda y la derecha sujetando su pezón entre los dedos. Se me hiela la sangre y soy incapaz de moverme.

No se despierta. Solo se ha movido un poco para acomodarse. Ha flexionado una rodilla y ahora su coño se expone a mi mirada, rosado, ligeramente velludo... Me acaricio sin parar. Febrilmente, mi mano se mueve arriba y abajo moviendo el pellejo de mi polla, que cubre y descubre el glande en un movimiento hipnótico que no sé detener.

Sé que no debo. Sé que no puedo. Humedezco mis dedos en los labios. Humedezco mis dedos y los deslizo entre los suyos, que están secos. Los recorro sintiendo en las yemas el tacto áspero de los vellos duros y oscuros ¿Se humedece? No se si se humedece o es mi saliva. Mi dedo se desliza cada vez más fácilmente. Se desliza entre sus labios, y me parece que sus pezones están más contraídos, más duros. No dejo de acariciarme. Quiero correrme ahí, a su lado. Quiero correrme pensando en ella, como cuando era un niño.

No debo... Se humedece. Poco a poco, el deslizarse de mi dedo se torna más fluido, más fácil. Incluso... Incluso parece obtener una respuesta suya. Sus labios se abren apenas unos milímetros, y veo su lengua deslizarse entre ellos; escucho un quejido ronco y quedo; su respiración se agita. Mi dedo se desliza sin esfuerzo, se desliza en su interior, lo muevo dentro, y responde con un vaivén corto y lento de su pelvis. Clara y evidentemente, está húmeda, tan excitada como el alcohol le permite. Su cuerpo responde lenta y torpemente a mi caricia.

No puedo parar. Ya nada podría hacerme parar. Por mi cabeza pasa toda clase de ideas peregrinas. Me pregunto qué sucedería si despertase y me encontrara así... Ya no me importa. La follo con mi dedo. La penetro con mi dedo. Noto el tacto sedoso, húmedo y caliente en su interior. Mi dedo se mueve cada vez más deprisa, cómo mi mano izquierda, que se empeña en una agitación terrible. Mi polla chorrea, está amoratada. Me muero por correrme. Pienso en correrme en su cara, en sus tetas, cuando, de pronto, comienza a gemir. Sus ojos están cerrados, pero gime claramente. Sus dedos se crispan agarrándose a la sábana. Gime y culea con los ojos cerrados. Me da miedo ¿Y si despierta? Nada puede detenerme. Pienso que, si despertara, quizás la violaría. La sujetaría con fuerza y la violaría. No podría parar.

No debo, no debería... Su coño está empapado. Aprieto con la palma de mi mano su monte de Venus mientras clavo los dedos en su coño empapado. Culea, gime, jadea. Clava los talones en el colchón y levanta el culo como invitándome. Presiono su pubis, busco su clítoris con el pulgar. Tengo dos dedos clavados en ella. Se deslizan en ella sin esfuerzo. Emite un quejido espasmódico, un gemido mínimo, apenas audible, que parece emanar desde las profundidades del sueño. Estoy loco. Mi polla brilla, chorrea en mi mano. Me cuesta agarrarla, resbala...

No debería... No puedo parar. Me coloco entre sus piernas, mirándola dormida, tan guapa. Miro su rostro contraído, el rictus de sus labios contraídos. Parece que me llama en sueños. No puedo parar. Empujo, apenas un poco, apenas lo suficiente para introducir el capullo entre sus labios mojados y, con un movimiento brusco de cadera, me rodea entero, parece tragársela entera. Está caliente, húmeda, sedosa.

Trato de mantenerme despegado, de mantener el mínimo contacto necesario. Me mantengo separado de ella, sujeto a pulso por los brazos, clavando apenas mi polla en ella, sintiendo el tacto áspero de su pubis velludo en el mío, el suave deslizarse de mi polla en su interior. Culea. Culea follándome, tumbada boca arriba, con las rodillas flexionadas, elevando su pubis para tragarme.

Y gime. Me abraza y gime. Tira de mi hasta apretar su pecho en el mío, y me gime en la boca. Muerdo su cuello incapaz de contenerme. Nos besamos. Culea, yo empujo en su interior como si quisiera romperla, como si quisiera taladrarla, hundirme entero en ella. Escucho el chapoteo. Gime en mi oído abrazándome con fuerza, rodeándome con sus piernas, elevándose para recibirme más adentro, más hondo, más fuerte...

Y se crispa de repente. Se crispa, se tensa. Me libera de su abrazo dejando caer sus brazos a los lados, agarrándose al colchón con los dedos blancos, y lanza un quejido hondo y largo, y aprieta su pubis en el mío, se estremece, tiembla, se deja caer como desmayada, convulsa. Su pelvis se mueve a empujones sincopados, a golpes violentos, sin ritmo. Casi me hace daño.

Y termino. Termino en su interior mientras se ablanda, a medida que los golpes van distanciándose, haciéndose más débiles. Termino derritiéndome dentro. Cada nueva pulsión se convierte en un chorro que la inunda, que convierte su vagina en un lugar más suave, más cálido, más húmedo. Me corro a borbotones, empujándola con fuerza, queriendo clavarme en ella, que jadea, que parece quejarse dulcemente, que se estremece a veces en un súbito temblor sin soltar la presa de sus piernas en mis muslos, cómo atrayéndome.

Me detengo apenas un momento. Permanezco quieto, sobre ella, sintiendo cómo mi polla va perdiendo su rigidez, cómo va menguando en su interior tan amable, tan cálido...

Me incorporo. Me levanto avergonzado, incapaz de perdonarme. Duerme. Duerme con una expresión plácida en el rostro, relajada, preciosa. Duerme con una rodilla flexionada. Un reguero de esperma fluye de su coño sobre la cama. Me doy asco.

La tapo. La tapo. La tapo sin atreverme a mirarle a la cara, muerto de asco y de vergüenza. La tapo, apago la luz, y camino a tientas por el pasillo hasta mi cuarto. Camino sin poder apartar de mi mente la imagen de su rostro contraído, la sensación cálida en su interior, el quejido de su voz en mis oídos... Tendido en mi cama, me masturbo. Me masturbo frenéticamente. Me masturbo como un loco. Me masturbo queriendo hacerle daño, queriendo destrozarla con mi polla, queriendo que grite mi nombre, y me corro nuevamente a borbotones, mascullando entre dientes:

- Ma... má... Ma... má...


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