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Fecha: 26-Sep-16 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

El Valor de la Amistad.

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 30 min. ]
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Sara es una mujer felizmente casa que de pronto descubre de qué forma la ve realmente su mejor amigo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

El Valor de la Amistad.

  

Esto no puede estar pasándome a mí. ¿Por qué no se mueve? Si el tanque de gasolina estaba casi lleno, hace quince minutos todo funcionaba perfectamente. Solamente lo dejé estacionado mientras compraba algo en un kiosco, no puede romperse solo; el vehículo no tiene más de un año de uso.

Luché durante varios minutos con la llave en el encendido pero todos mis esfuerzos eran inútiles; el muy maldito no se movería. Abrí el capote y bajé. Al mirar hacia el motor no entendí nada de nada, era como leer jeroglíficos egipcios. La mecánica no es lo mío, yo soy una mujer de negocios y detesto ensuciarme las manos.

―¿Necesitás ayuda mamita? ―me gritó un hombre desalineado que caminaba por la vereda.

―No gracias, estoy bien ―respondí al instante intentando cubrir mi rostro detrás de mi largo y oscuro cabello.

―Yo no sé mucho de mecánica, pero por esa carrocería haría un esfuerzo.

Supe que en realidad se refería a mi cuerpo, no dejaba de mirarme libidinosamente. Me arrepentí de haberme puesto un vestido tan corto y tan ceñido. Sus ojos recorrieron mis piernas, se detuvieron en mi cola y luego se perdieron en mi amplio escote, el cual yo llenaba muy bien.

―Le agradezco pero mi marido ya viene en camino ―mentí.

No esperé a que se fuera, tomé mi celular y llamé a mi esposo. Por suerte me atendió al instante.

―¿Cariño, por dónde andás? ―le pregunté, el desconocido desistió y se marchó.

―Estoy en una reunión que es un plomo ―me susurró, a lo lejos se podía oír el lúgubre parloteo de un hombre― ¿por qué, pasó algo?

―Tengo un problema con el auto, no quiere arrancar y estoy lejos de casa.

―Lo siento mucho, pero va a ser mejor que llames una grúa, no voy a poder salir de acá por las próximas cuatro o cinco horas, si es que no me muero de aburrimiento antes.

―Está bien mi vida, no te preocupes ―adoraba a este hombre, siempre con buen sentido del humor aunque la estuviera pasando mal. Él siempre me recordaba que yo también debía mantenerme positiva ante la adversidad―. Ya me las voy a arreglar. Por cierto, esta noche te espero con una sorpresita ―no tenía nada en mente pero algo se me ocurriría. Si arreglaba el auto podría comprarme algún nuevo conjunto sexy; a mí me encantaba usarlos y a él le fascinaba verme vistiéndolos.

―Gracias hermosa, ya con eso me alegraste el día. Nos vemos esta noche.

Cuando cortó la llamada marqué el número de un servicio de emergencias mecánico que mi marido había ingresado en mi teléfono por si ocurría algo como esto. En cuando me atendieron expliqué mi situación y di la dirección en la que me encontraba varada. Se me ocurrió preguntar por el costo que tendría el traslado y casi me desmayo al escucharlo. Me parecía un robo y supuse que el hombre quería estafarme por ser mujer y encontrarme en un apuro. Discutí con él, regateé el precio pero no hubo caso, se mantuvo firme. Me enfadé y le colgué no sin antes mandarlo bien a la mismísima… bueno, digamos que entendió que ya no requería sus servicios.

No sabía qué hacer, se me terminaban las ideas. Miré la lista de contactos en mi celular esperando ver algún nombre salvador. ¡Y lo encontré! ¿Cómo no se me ocurrió antes? Mi querido amigo Roberto me sacaría de esta. Lo llamé rogando que no estuviera ocupado.

―Hola Sarita ―me saludó apenas me contestó, debió ver mi nombre en la pantalla.

―Hola amigo, ¿cómo estás? Tanto tiempo ―había pasado sólo un mes desde la última vez que lo vi, pero parecía mucho tiempo tratándose de él. Era uno de mis mejores amigos desde hacía años.

―Bien linda ¿y vos?

―No tan bien, estoy con un problema en el auto y necesito que alguien me dé una mano. Llamé a la grúa pero me quieren cobrar una fortuna. Me dio la impresión de que me querían estafar.

―¿No tenés seguro para que cubra los gastos?

―No lo había pensado. Es que es la primera vez que le pasa algo al auto, y me puse nerviosa.

―Bueno no importa, dejá que yo te busco. De todas formas tenía pensado pasar a saludarte.

―¡Mil gracias Rober!

Rápidamente le indiqué cómo llegar hasta mi ubicación.

Gracias a Dios él no demoró más de diez minutos en llegar en su gran camioneta gris. Con ella podría jalar mi vehículo con gran facilidad.

―Este no es un barrio como para que estés vestida así, Sara ―me dijo apenas me vio envuelta en mi pequeño vestido violeta.

―Sinceramente mi intención no era hacer turismo por esta zona. Solamente bajé a comprar algo en un kiosco y después el auto se murió ―lo saludé con un beso en la mejilla.

―Bueno, veamos si el problema se puede solucionar.

Revisó y toqueteó el motor y todas esas piezas mecánicas que lo rodeaban, sobre las cuales yo no sabía ni el nombre. Creo que una debía ser el radiador, hasta allí llegaban mis conocimientos sobre la materia.

―¡Que culito, yegua! ―me gritó un tipo que cruzaba por la vereda de enfrente.

―Va a ser mejor que nos vayamos Sara, vestida de esta forma llamás demasiado la atención. Pero en tu defensa, te he visto usando cosas mucho más… reveladoras. Esta vez al menos se te ve la tanga sólo si te agachás.

―¿Se me ve mucho? ―miré hacia mis nalgas.

―Más de lo que debería. ¿Tu marido no se pone celoso

―Un poquito sí, pero también le gusta verme vestida así. Digamos que es un efecto colateral que tiene que soportar por estar casado conmigo.

Roberto se puso a trabajar en mi rescate. Enganchó una soga desde su camioneta al auto. Luego me indicó que yo debía direccionar mi vehículo mientras él conducía el suyo.

Unos veinte minutos más tarde llegamos a mi casa y él se las ingenió para empujar el auto hasta el garaje. Le dije que luego mi marido se encargaría de él y lo invité a pasar.

―¿Querés tomar algo?

―Lo que tengas con mucho alcohol ―lo miré intrigada.

―¿Desde cuándo tomás a esta hora?

―Desde ahora, supongo. Es que tuve una semana fatal. Entre el trabajo y los problemas con mi ex novia.

―¿Ex novia? ¿No estás más con… con… cómo se llamaba la chica?

―Marcela, y todavía se llama así. No la maté. Aunque ganas no me faltan ―se sentó pesadamente en una silla y suspiró―. Esa mujer está completamente loca. Pretendía que yo cambiara de trabajo sólo porque a ella no le agrada el que tengo.

―¿Por qué no le agrada, qué tiene de malo? ―él trabaja como encargado en un hermoso hotel.

―Dice que van demasiadas mujeres y piensa que me voy a meter a la habitación con ellas.

―¿Y se equivoca al pensar eso? ―ya conocía un par de sus historias con clientas habituales del establecimiento.

―Sí, porque desde que estoy con ella no estuve con nadie más. Te lo juro. Pero me dejó la cabeza hecha un ovillo, ya no la aguantaba más y decidí cortar por lo sano.

―No tan sano, si pensás emborracharte a las cinco y media de la tarde.

Me senté a su lado en una silla, el vestido se me levantó un poco; pero como él me había dicho, me vio usando cosas aún más reveladoras, como algún micro-bikini que dejaba demasiado poco a la imaginación. Conste que me lo puse porque mi marido tenía ganas de lucirme un poco ante sus amigos, y algunos de los míos. Sé que provoqué más de una erección ese día.

―Es que si sigo pensando en todo eso, me voy a volver loco ―se agarró la cabeza con ambas manos, parecía abatido.

―Ay amigo, me parte el alma verte así.

Acaricié su espalda con una mano, me daba la impresión de que en cualquier momento arrancaría sus rubios y cortos cabellos con sus propias manos. Presioné su cuello con la yema de mis dedos intentando que se relajara un poco.

―Gracias Sarita, eso es justamente lo que necesito. Un buen masaje ―apoyó la cabeza sobre la mesa.

―¿Querés que te haga un masaje?

―No amiga, no te quiero molestar, no te preocupes. Pero me diste una idea, de acá me voy a un buen spa o algo por el estilo.

―No digas pavadas, Rober. No me molesta, además vos me hiciste un gran favor, te lo tengo que devolver de alguna forma. Seguí presionando los músculos de su nuca.

―Me voy a dormir si seguís haciendo eso. Tenés manos ideales para dar masajes.

―Lo sé ―dije con una sonrisa―. A mí no me cuesta nada, porfis...

―Está bien, acepto.

―Bueno, pero sentado en esta silla no te vas a relajar nunca. Andá a mi cuarto y preparate, voy a hacer pis y estoy con vos.

Fui al baño tan rápido como pude, llevaba un buen rato aguantando las ganas de orinar. Fue un alivio poder hacerlo. Luego fui hasta mi cuarto.

―Bueno, no soy una masajista profesional pero… ―me quedé helada al verlo sin ropa, envuelto sólo en una toalla sujeta desde su cintura―. Ah, veo que te pusiste cómodo.

―¿No te referías a esto cuando me pediste que me prepare?

―La verdad… no ―me reí.

―Perdón, esperá que me visto ―se sonrojó, era un hombre educado y por eso éramos tan buenos amigos.

―No te preocupes Rober, hay confianza. Eso sí, dejate la toalla ―le pedí cuando vi su calzoncillo junto a la ropa que se había quitado―. Acostate boca abajo.

Había hecho muchos masajes a mi esposo y sabía cómo relajar un hombre, a pesar de hacerlo de forma más bien instintiva. Me puse de rodillas en la cama junto a él y comencé a presionar los músculos de su desnuda espalda. Primero lo hice suavemente y de a poco fui incrementando la fuerza. Él suspiró, al parecer mis instintos sabían lo que hacían.

―Amiga, tenés manos mágicas.

―No es cierto, es solo que vos estás muy estresado ―podía sentir la rigidez de sus músculos.

Mis manos se deslizaron hasta su cintura y rozaron la toalla que cubría su intimidad. En ese momento pensé que de encontrar físicamente atractivo a Rober, me sentiría un poco incómoda, pero él era uno de mis mejores amigos y había mucha confianza entre nosotros, siempre nos contábamos todo. Nunca pude verlo de otra forma.

―¿Pudiste resolver el problema con tu jefe? ―me preguntó.

―Ah, ¿todavía te acordás de eso?

―Es que hace bastante que no nos vemos, ¿te sigue molestando?

―Por suerte ya no lo hace más, al menos no de la forma indiscreta en que lo hacía. Le dije que no era la única cansada de sus acosos sexuales y que entre varias compañeras lo denunciaríamos. Él puede echar a una, pero no a quince. Además se comería una demanda tan grande que lo dejaría sucio como una papa durante el resto de su vida.

―Exacto, no puede verse envuelto en un problema legal por acoso, la mujer lo asesinaría ¿Es casado, cierto?

―Sí, y la esposa es una abogada muy estricta y correcta, pero ambiciosa. Ella no dudaría en usar todo eso en su contra en un divorcio. Lo desplumaría y él lo sabe. Igual obtendría su merecido, por degenerado.

―La verdad que yo no lo culpo. Él también es una víctima.

―¿Ahora lo vas a defender? ―Presioné uno de sus omóplatos con fuerza excesiva; Rober se quejó por el dolor―. Vos también te lo tenés merecido.

―No es que lo defienda, Sara, sólo digo que trabajar todos los días cerca de una mujer como vos no debe ser nada fácil, para colmo te gusta vestirte de forma muy llamativa.

―Mirá, yo podría estar desnuda frente a él y eso no lo justifica a tratarme como lo hizo. Además ya estoy acostumbrada a ese tipo de tratos, sé cómo son esos hombres.

―Seguramente tenés muchas tentaciones al alcance de tu mano ¿nunca estuviste a punto de caer en una?

―No, nunca ―eso no era del todo cierto, en más de una ocasión me costó horrores contenerme, incluso llegué a planificar varios encuentros sexuales que al final no me atreví a concretar―. Porque siempre pienso en mi marido, me aparto de esa clase de hombres y conservo como amigos sólo a aquellos que no me miran con otros ojos. Como vos.

―No estés tan segura de eso, amiga ―su voz sonó somnolienta, pero impactó en mí como si hubiera sido un alarido de terror.

―¿Qué me querés decir?

―Nada, dejalo así.

―No, ahora explicame ―aparté las manos de su espalda.

―Bueno, pero puede que no te guste lo que vas a oír. No pienses que alguna vez no te miré con otros ojos, podrás ser mi amiga pero también sos la mujer más atractiva que conocí en mi vida.

―Me estás asustando Rober ―ya me arrepentía de haberle pedido que me explicara.

―Lo siento, pero es la verdad. Hace años, antes de tu matrimonio, estuve a punto de pedirte que salieras conmigo ―abrí grande los ojos, él seguía con los suyos cerrados, tal vez así le era más fácil hablar.

―¿Salir en qué sentido?

―Como pareja. Pero poco después me contaste lo enamorada que estabas de Daniel y que ya estaban hablando de casarse. Entonces decidí dejar las cosas como estaban y mantener nuestra amistad intacta. No me arrepiento, porque pasamos muy buenos momentos como amigos; pero a veces me pregunto qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes ―me quedé en silencio por unos segundos, no sabía qué decirle.

―No sabía todo eso amigo ―hablé en voz baja.

Si tuviéramos diez años menos tal vez me hubiera enojado con él, pero ahora comprendía que no estaba diciéndome nada malo, al contrario; estaba abriéndome su corazón.

―Tal vez eso sea cierto ―proseguí―; pero de todas formas vos siempre me miraste de una forma cariñosa, no sexual ―intenté llevar el tema al origen de la conversación, pero no fue buena idea.

―Perdoname que te lo diga Sara, pero estás siendo un poco ingenua. Obvio que te miré mil veces con deseo sexual. Dejando de lado que seas mi amiga, tenés un cuerpo extraordinario, siempre me pregunté cómo se sentiría tenerte cerca ―tragué saliva―; pero como te dije, preferí quedarme con las ganas y no arruinar nuestra amistad. Espero no estar haciéndolo al contarte todo esto.

―No, no la arruinas. Prefiero que las cosas queden claras. No me imaginaba todo esto, pero somos adultos, no vamos a hacer un escándalo. Gracias por tu sacrificio, creo que si me hubieras dicho esto en ese entonces, posiblemente hubiera deteriorado nuestra amistad.

―¿Eso quiere decir que me hubieras rechazado?

―No dije eso.

―Pero así es como lo entiendo yo. Decime la verdad Sara, ¿te hubieras acostado conmigo en aquel momento?

―No lo sé Rober ―no quería decirle que no lo encontraba atractivo físicamente, pero también sabía que el sexo y el amor no siempre se relacionan directamente con la apariencia―. Tal vez hubiera dependido de la forma en que me lo pidieras, pero es sólo una conjetura. Al fin y al cabo nunca lo pediste.

―No sabés lo duro que fue el no hacerlo. El día de tu boda me sentí muy mal, en parte estaba muy feliz por vos, porque te veía feliz; pero por el otro lado sabía que ahí se iba mi última oportunidad de al menos sentirte junto a mí por una vez ―sus palabras me conmovieron, volví a acariciar su espalda―. Con lo de tenerte cerca no me refiero sólo a acostarme con vos, sino también a la parte afectiva. Sin embargo con el tiempo me di cuenta que esa parte la cubrimos bastante bien, siempre noto tu afecto, sos una amiga excepcional.

―Gracias Rober. Vos también los sos, y muy valiente por cierto. Decirme todo esto no debe ser nada fácil.

―Gracias a vos amiga. Siento que con este masaje estoy cubriendo un poco esa necesidad física… creo que no tendría que haber dicho eso.

―Está bien amigo, te entiendo. No te preocupes.

Me sentía un poco incómoda con sus confesiones pero yo era consciente de mi atractivo y no podía culparlo, mil veces estuve frente a él con ropa sugerente creyendo que él era inmune a mis encantos eróticos, sólo por ser mi amigo.

―¿Sigo con los masajes? ―pregunté intentando demostrar que no me afectaba su confesión, aunque sí lo hiciera.

―Só, claro. ¿Te puedo pedir un favor? Aunque no creo estar en condiciones de hacerlo.

―No digas eso, ¿cuál es el favor?

―¿Podrías sentarte en mi espalda mientras hacés los masajes?

―Bueno, si es lo que querés ―no veía que eso fuera algo tan malo, y me sentía un poco culpable por todo lo que le ocurrió; debí hacerlo sufrir muchas veces sin darme cuenta.

Me senté en la parte baja de su espalda dejando las piernas a los lados. El vestido se me subió mostrando mi ropa interior negra, pero él estaba bocabajo y con los ojos cerrados, no podía ver nada. Mi intención era lograr que su estado de ánimo mejorara, porque si sumamos a su confesión que había cortado con su pareja, Roberto debería estar devastado. Reanudé los masajes esmerándome al máximo. Me sentía en deuda con él y quería agradecerle de alguna forma. Al fin y al cabo fui yo la que anduvo mil veces vistiendo ropa provocativa frente a él. Incluso en varias ocasiones llegué a mostrarle conjuntos eróticos para que me diera su opinión. Habrá sido muy duro para él verme vestida de forma tan provocativa y saber que luego sería mi marido quien disfrutaría de mi cuerpo.

―¿Se siente bien? ―le pregunté luego de unos minutos.

―Demasiado bien, diría yo. Tengo un pequeño problema y creo que voy a tener que ponerme boca arriba.

Me aparté de él y cuando se dio la vuelta pude ver a qué se refería, al parecer el contacto con mi cuerpo le produjo una erección. No podía ver su pene, pero se adivinaba la forma debajo de la toalla que ahora se asemejaba a una carpa.

―Qué vergüenza, perdoname Sara, no fue mi intención ―se disculpó.

―No importa Rober, es normal que pase eso, a mi marido le pasa siempre cuando le hago masajes ―clavó sus ojos en mi entrepierna y pudo verme la ropa interior, por suerte esta no transparentaba nada.

―Estás preciosa amiga ―acarició suavemente la cara interna de uno de mis muslos―, tu marido es un hombre muy afortunado.

―Me lo han dicho, pero yo también soy muy afortunada al tenerlo. Es un buen hombre ―sus dedos se iban acercando peligrosamente a mi entrepierna―. Rober, me estás haciendo sentir un poco incómoda.

―Te pido disculpas, otra vez ―apartó la mano rápidamente―. Es que quería saber cómo se siente tu piel, al menos una vez. ¿Sabías que muchos de mis amigos piensan que soy gay porque nunca intenté acostarme con vos?

―¿Por qué habrían de pensar que sos gay, qué tiene de malo que seamos amigos?

―No tiene nada de malo, pero muchos les encanta juzgar a los demás. Algunos me dijeron que si te tuvieran como amiga ya se hubieran acostado con vos.

―¿Y qué les hace pensar que se los permitiría? ―Sonreí con malicia―. Más conociendo como son algunos de tus amigos. No me acostaría con ninguno de ellos.

―Ni conmigo.

―Si no fuera casada, lo haría.

―Lo decís para no hacerme sentir mal. Hace un rato dijiste que no sabías si lo hubieras hecho.

―Sí, pero ahora que lo pienso bien, tal vez con el tiempo lo hubiéramos hecho; pero es sólo una suposición, como te dije, soy casada.

―¿Ese es el único impedimento? ―miré otra vez su bulto bajo la toalla y sentí una ola de calor entre mis piernas.

―Sí, el único ―tragué saliva, la charla estaba entrando en terreno sinuoso.

―¿Harías una pequeña excepción por mí? ―volvió a acariciarme la pierna.

―No puedo Rober, de verdad. No sería justo para mi marido.

―Pero no te pido que te acuestes conmigo, sólo quiero sentirte un poco.

―¿A qué te referís con eso?

Tomó mi mano derecha y la llevó lentamente hacia la toalla blanca, cuando la levantó pude ver su pene surcado por venas y con el glande descapullado. Cuando mi mano llegó hasta el miembro, mis dedos se cerraron a su alrededor instintivamente. Mi corazón empezó a dar fuertes golpeteos.

―¿Me harías un masaje ahí? ―Me pregunto― tus manos son muy suaves.

―No sé Rober, creo que estamos yendo demasiado lejos. Todo esto me incomoda mucho ―no podía soltar su verga, no entendía qué me pasaba.

―Es sólo por un ratito, amiga.

Dudé mucho, pero a pesar de eso moví lentamente mi mano estirando su prepucio hacia abajo y luego lo subí hasta que el glande quedó completamente cubierto. Esto me recordó algo que me ocurrió el año pasado, con un compañero de trabajo que me hizo poner cachonda en el baño de las oficinas. Todavía me arrepentía de haber hecho eso, nunca llegué a tener sexo con él pero si tuve su verga en mis manos y se la toqué durante un buen rato. Incluso llegué a calentarme tanto que ya estaba pensando en apoyarme contra la pared y bajarme la bombacha. Si el hombre no hubiera sido un eyaculador precoz, no sé qué hubiera ocurrido. Ese era mi mayor secreto, me parecía que sería totalmente injusta con mi amigo si al menos no le brindaba eso.

―Un ratito, nada más ―le dije.

Me acerqué un poco más a él y comencé a acariciar sus testículos, al parecer él se afeitaba toda la zona púbica porque sus rubios vellos eran cortitos. Su verga no era tan grande como la de mi marido pero aun así no estaba nada mal. No podía negar que la situación me producía mucho morbo, sentí lo mismo en aquella ocasión en la que mi compañero de trabajo me llenó la mano de semen, me preguntaba si ahora pasaría lo mismo con Rober. Hasta fantaseé con la idea de sentir la tibieza de su leche escurriéndose entre mis dedos, pero la aparté rápido de mi mente, esto no era más que un pequeño regalo para mi amigo, debía tener siempre presente a Daniel.

Los dedos de mi amigo volvieron a mis piernas, mi bombacha aún seguía a la vista, me imaginé lo que buscaba y estuve a punto de detenerlo cuando sentí una suave caricia entre los labios de mi vagina. Lo miré a los ojos un tanto confundida y comencé a masturbarlo lentamente. Su respiración se aceleró mientras mis movimientos se tornaban más rápidos. Continué haciéndolo durante unos segundos y sólo me detuve cuando sentí un fuerte espasmo en mi clítoris. Me aparté de él y me tendí en la cama, me sentía avergonzada por haber hecho eso. Si mi marido se enteraba de eso se enojaría mucho y con razón, lo que más culpable me hacía sentir era saber que mi vagina estaba húmeda.

―Te agradezco mucho lo que hiciste por mí Sara, aunque me apena decir que pensé que duraría un poco más de tiempo.

―Lo siento Rober, pero todo esto me hace sentir muy mal.

―¿El problema no será que te hace sentir muy bien? ―me quedé muda mirando cómo se acercaba a mí con su miembro erecto apuntándome directamente a la cara.

―Puede ser. El punto es que no puedo seguir, es una locura. Te pido perdón si te hice ilusionar… ¿qué hacés? ―se colocó sobre mí poniendo las rodillas a los lados de mi cuerpo, su pene quedó entre mis redondas y grandes tetas.

―¿No querés darle una probadita?

―No te pases Rober. Me vas a hacer enojar ―su verga se acercaba lenta y peligrosamente hacia mí, intenté detenerlo poniendo mis manos sobre sus muslos.

―No te lo tomes a mal amiga, no lo digo para faltarte el respeto, es que me muero de ganas de sentirlo dentro de tu boca, siempre fantaseé con eso.

―No te la voy a chupar ―me quejé pero él seguía avanzando.

―No hace falta que la chupes, con tenerla dentro de tu boca un ratito me conformo.

―Rober, por favor. No quiero terminar peleando con vos, ponete en mi lugar… mpffff

Su pene se posó suavemente sobre mi lengua, mantuve la boca abierta y sentí el sabor amargo a líquido preseminal. Por acto reflejo cerré mi boca hasta que mis labios apretaron ese tronco venoso, él siguió empujando y su verga fue entrando lentamente hasta lo más profundo de mi boca. Como si esto fuera poco, Rober estiró un brazo hacia atrás y comenzó a acariciar mi entrepierna. Le di una vuelta completa con mi lengua a ese miembro viril y luego empujé a mi amigo hacia atrás. Por suerte el comprendió y retrocedió.

―Espero que con eso tengas más que suficiente ―ya no podía deshacer lo ocurrido―.  Espero que esto no se repita ―me sonrió amistosamente.

―Sos una mujer increíble Sara, otra me la hubiera mordido.

―Pero yo no soy así, yo te quiero mucho y creo que lo dejé más que claro ―sus dedos seguían masajeando mi clítoris por arriba de la bombacha, me estaba calentando cada vez más―. Me siento mal por mi marido.

―No te sientas mal, seguramente él habrá tirado alguna cañita al aire, es un tipo atractivo para muchas mujeres.

―Quiero creer que nunca cayó en la tentación ―lo cierto es que lo dudaba mucho, en más de una ocasión sospeché que pudo haber estado con otra mujer, pero no tenía ninguna prueba. Además yo tenía algunos trapitos sucios escondidos, por lo que no me daba la cara para hacerle una escena de celos. No iba a arruinar mi matrimonio por una simple sospecha, posiblemente producida por mis celos.

Sin darme cuenta separé las piernas flexionando un poco las rodillas, Rober entendió esto como una invitación a pasar, aunque no era mi intención. Hizo a un lado la tela de mi ropa interior y sentí sus dedos directamente sobre mi sexo cubierto por fluidos sexuales. Acaricié su verga suavemente con una mano y lo miré a los ojos. Cada vez me costaba más resistirme.

―¿Te gusta mi verga? ―me preguntó mientras metía un dedo en mi conchita.

―Claro que me gusta, soy mujer heterosexual. Me gustan casi todas las vergas.

―¿Y te gusta chuparlas?

Sus preguntas indiscretas me calentaban en lugar de hacerme enfadar. Además él ya sabía la respuesta; éramos muy buenos amigos y yo le había contado varias cosas sobre mis preferencias sexuales.

―Me gusta ver como un hombre disfruta, por eso lo hago. ¿Me podés decir en qué momento te di permiso para que me metas los dedos? ―Ya tenía dos dentro de mi cavidad vaginal y se estaban moviendo cada vez más rápido.

―Si te molesta puedo parar en cualquier momento.

Mi morbo se incrementaba peligrosamente, me agradaba mucho la forma en la que me estaba tocando y cuando pensaba en Daniel me calentaba más todavía, por saber que estaba haciendo algo prohibido de lo cual él nunca se enteraría. De esa misma forma me sentí cuando masturbé a mi compañero de trabajo. Esto hizo un clic en mi cabeza. Si la situación me calentaba tanto y mi marido nunca sabría que siquiera ocurrió, entonces podía permitirme jugar un poquito más. Desde joven me sentí atraída por prácticas prohibidas y en mis épocas de noviazgo fui infiel en más de una ocasión y debía admitir que eso me calentaba. Pero la situación era muy diferente, ahora estaba casada y eso me hacía sentir más culpable, pero a la vez me excitaba más.

―Vamos a hacer una cosa Rober ―le dije mirándolo a los ojos―. Yo me la voy a comer toda ―me calentaba hablar de esa forma―, hasta que acabes. Incluso te doy permiso de que me acabes en la boca ―¡cómo me calentaba todo esto! Me sentía puta, sucia y depravada―; pero lo vamos a dejar ahí y no se va a repetir nunca más. ¿Te vas a poder conformar con eso?

―Sí amiga, sería un sueño hecho realidad para mí.

Abrí más las piernas y sus dedos se hincaron más adentro. Levanté un poco la cabeza hasta que me tragué toda su verga. Como me permití a mí misma hacerlo, lo iba a hacer con ganas. Di un fuerte chupón en su glande e hice girar mi lengua alrededor del mismo buscando estimularlo al máximo. Cabeceé hacia adelante repetidas veces haciendo que la verga llegara al fondo de mi garganta, ya sabía cómo hacer eso sin que me provocara arcadas. Muchas veces le había asegurado a mi amigo que soy una excelente chupadora de vergas; pensaba darle la oportunidad de comprobarlo en carne propia.

Los dedos de Roberto me estaban masturbando enérgicamente y eso me incentivó a acelerar mis movimientos. Se la estaba chupando con las mismas ganas que a mi marido. Bajé la parte superior de mi vestido, como no llevaba sujetador, mis tetas quedaron a la vista. Hice que mi amigo colocara la verga entre ellas y las apreté mientras chupaba la punta que sobresalía. Jugué con mi lengua y me tragué las gotitas de líquido preseminal que salían de esa manguera erecta. Me estaba volviendo loca y él lo notó, tan solo unos pocos segundos después bajó y se colocó entre mis piernas apuntando hacia mi concha con su verga dura y llena de saliva.

―¡No, no! No la metas ―le dije recobrando un poco de mi cordura.

―¿Y si la paso por afuera?

―Por afuera sí, pero no la metas.

En el preciso momento en que sentí el pene frotándose contra mi clítoris, me arrepentí de permitirle semejante cosa, esto ya era ir muy lejos, pero no podía detenerlo. Mejor dicho, no quería. Rober se inclinó sobré mí y comenzó a moverse como si me estuviera cogiendo, levanté un poco mis piernas para facilitarle la tarea, en pocos segundos comencé a gemir de placer y a menear la cadera.

―¿Te gusta Sarita?

―Sí Rober, me encanta. No pares.

La idea de que mi marido no supiera que había un hombre frotándome el pene por la rajita, me volvía loca. Lamí mis labios mientras recogía un poco de flujo vaginal con mis dedos para luego chuparlos y disfrutar de mi propio sabor a sexo.

―Yo también quiero probar eso ―me dijo Rober.

Ni siquiera me opuse, llené mis dedos con el viscoso fluido y se los ofrecí a mi amigo, él los lamió con gusto sin dejar de moverse. En cuanto se los saqué de la boca se abalanzó sobre mí y me besó. Nuestras lenguas se enredaron en un segundo. Allí fue cuando me di cuenta de que estaba completamente jugada y ya no había vuelta a atrás, le daría a mi amigo eso que tanto soñó. Agarré su verga con mi mano derecha y sin dejar de besarlo, la apunté hacia adentro. Se clavó completamente en mi vagina y un gemido se perdió dentro de la boca de Rober. Comenzó a cogerme enérgicamente y en ningún momento separamos nuestros labios. Si iba a serle infiel a mi marido, lo disfrutaría al máximo. Lo rodeé con mis piernas y recibí profundas estocadas que me obligaron a romper el beso para poder gritar de placer. Él no perdió ni un segundo, comenzó a chuparme la teta derecha, deleitándose con mi pezón.

―¿Ahora me crees Rober? Era cierto cuando te decía que sí me hubiera acostado con vos.

―No me lo creo, para mí esto es un sueño ―su voz sonaba entrecortada.

―No es un sueño, me estás cogiendo de verdad. ¡Dame más fuerte!

Obedeció mis órdenes y comenzó a partirme la concha por la mitad. ¡Qué placer! Nunca hubiera imaginado que mi amigo fuera tan bueno en la cama, seguramente tenía mucha experiencia. Sin embargo debo reconocer que el morbo de la situación lo favorecía mucho.

―Quiero estar arriba ―le pedí.

Sin perder un segundo se apartó para acostarse boca arriba en la cama con la verga apuntando al techo. Me quité la bombachita negra y mi vestido quedó como si fuera un grueso cinturón violeta alrededor de mi vientre. Me puse en cuclillas sobre él dándole la espalda. Bajé hasta que se me clavó bien adentro. Comencé a saltar enérgicamente gimiendo como una puta cada vez que mis nalgas chocaban contra el pubis de mi amigo, en este momento mi mente estaba tan turbada por la excitación que hasta pensé que esto debí hacerlo antes, ya sea con Roberto o con otro hombre. Hasta me calentaba pensar que podría acostarme con mi jefe, que si bien era pesado e insistente, muchas veces me había calentado la forma en que me trataba.

Reconozco que soy una mujer muy atractiva y por más que ame mucho a mi marido, siempre pensé que yo no era mujer para un solo hombre. El coger con mi amigo estaba volteando mis conceptos morales como una tortilla. Mis tetas saltaban acompañando mis movimientos y Rober me estaba demostrando que tenía buen aguante, hacía varios minutos que estábamos cogiendo sin parar y él aún no acababa. Por lo general los hombres eyaculan rápido cuando me tienen arriba; incluso mi marido, a quien le llevó bastante tiempo acostumbrarse al sexo intenso que yo tanto amaba.

Me puse en cuatro ofreciéndole a mi amigo una linda vista de mi culito. Cuando me la clavó por la concha una vez más me dijo:

―Este agujerito me vuelve loco ―acarició mi ano con la yema de su pulgar.

―¿Querés darme por atrás? ―sabía que todo esto estaba mal, pero ya no podía contenerme, quería más.

―¿De verdad puedo hacerlo?

―Sí amigo. No te quedes con las ganas de nada, dame por el culo que eso me encanta.

Con esto bastó para que se lanzara contra mis nalgas y comenzara a lamerme el asterisco. De paso aprovechó para darme unas ricas lamidas en la concha.

―¿Estás lista? ―me preguntó frotándome la verga contra el culo.

―Sí, metemela sin miedo que a ese agujerito ya lo tengo bien trabajado.

Al principio encontró un poco de resistencia; pero cuando comencé a dilatarme sentí el increíble placer producido por la verga introduciéndose sin parar.

―¡Ay sí! Que rico. Seguramente me habrás mirado mil veces el orto pensando en esto. Bueno, acá me tenés, llename el culo de alegrías.

Él empezó a moverse con gran rapidez, haciéndome gozar del roce de su miembro contra las paredes internas de mi culito.

No habían pasado ni dos minutos desde que Rober comenzó a metérmela por atrás que sonó el teléfono inalámbrico que estaba sobre la mesita de noche. Como lo tenía al alcance de la mano lo tomé y miré la pantalla, por el identificador de llamada supe que se trataba de mi marido. Estuve a punto de dejar sonar el teléfono pero recordé el incidente con mi auto, si no contestaba él podría preocuparse mucho, creería que me habían secuestrado o algo por el estilo. Intenté serenarme lo más posible y le pedí a mi amigo que guardara silencio.

―¿Hola? ―me preguntó la inconfundible voz de Daniel.

―Hola mi amor ―Rober no se detuvo en ningún momento, me hacía delirar de placer y temía que mi marido notara el entrecortado ritmo de mi respiración.

―¿Pudiste solucionar el problema con el auto?

―Sí mi vida, ya estoy en casa. No te preocupes… ahhh… ¡Ahhh! ―las intensas penetraciones me hacían gemir involuntariamente.

―¿Te pasa algo Sara? ―volví a gemir, tenía que pensar rápido, no podía inventarme cualquier excusa.

―Me llamaste justo cuando me estaba masturbando –

―él sabía que yo era aficionada a la autosatisfacción, era una de mis métodos para no estar tanto tiempo tentada por el sexo.

―Que rico mi amor, espero que te estés dando bien duro.

―Sí, ahhhh, muy duro ―esto incentivó más a mi amigo, sentía mi culito dilatándose y acostumbrándose a sus potentes penetraciones―. Ay sí, cómo me gusta, ahhh ―ya no limitaba mis gemidos.

―Me estás poniendo como loco hermosa ―me dijo mi marido― ¿te estás metiendo los deditos en la colita? ―a él, lo ponía muy cachondo que hiciera eso.

―Sii, justamente eso estoy haciendo…  me estoy dando duro  por la colita.

―Entonces prepará ese culito, querida, porque ahora mismo te lo voy a romper.

―¿Eh, ahora mismo?

―Si mi vida, para eso te llamé. Pude salir temprano del trabajo. Acabo de entrar a casa.

―¿¡Qué!?

En ese momento se abrió la puerta del cuarto y mi marido entró, quedé boquiabierta sosteniendo el teléfono contra mi oreja, sentí una potente y abundante descarga de semen dentro de mi culo. Daniel miró a Roberto y luego clavó los ojos en mí.

―¿Esta es la sorpresa de la que me habías hablado? ―preguntó sin moverse del lugar.

El cálido fluido en el interior de mi trasero me llenó de placer, seguramente mi marido notaría que continuaba moviéndome por voluntad propia, sin poder detenerme. Bajé la cabeza para no tener que mirarlo a los ojos e intenté reprimir un gemido que terminó estallando en mi garganta. Al mismo tiempo introduje dos dedos en lo más profundo de mi concha y sentí la tibieza de mis propios jugos llenando mi mano. Me carcomía la culpa pero aún sentía las duras embestidas de Roberto y no quería que parara por nada del mundo, empujé mi cola hacia atrás haciendo que el pene se me clavara completo a la vez que resoplaba manteniendo los dientes apretados.

Con las cejas arqueadas por la preocupación, sin poder exhalar el aire debido a los espasmos orgásmicos que estaba sintiendo, miré una vez más a mi esposo. Él permanecía de pie en el mismo sitio, incrédulo, con los puños apretados. En ese momento supe que mi matrimonio se había ido completamente a la mierda.

 

 

Fin.


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