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Fecha: 02-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Parodias

Harry Potter y la ruta de Eros XVIII

Stonentaller
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 38 min. ]
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Los últimos sucesos han dado esperanza a Hermione. A pesar de su soledad, en su nuevo hogar encuentra razones para seguir adelante. Harry y Ron tratan de buscar consuelo sin ella mientras Ginny, olvidada, ha de aprender a valerse por sí misma. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

¡Bienvenid@s a la decimoctava incursión en el mundo de Harry Potter a través de la ruta de Eros!

 

 

Tras la increíble acogida de los capítulos que subí el día 15 no es fácil empezar esta introducción para que se corresponda con esa participación. ¿Cómo agradecer suficientemente tanto apoyo? La única manera que se me ocurre es intentando continuar esta historia lo mejor posible para ti y, si es posible, conseguir que el nivel no deje de subir hasta el final. Aún queda una buena parte de las claves por resolver, y relaciones que explorar a través de estos inolvidables personajes.

Como no podía ser de otra manera, hoy más que nunca he de dedicar esta parte a las personas que han leído y han puntuado con notas increíbles el anterior relato. Además, especialmente, a todos los lectores y lectoras que me han escrito tanto al e-mail como a través del apartado de comentarios. Vuestros mensajes me han dejado sin palabras, y siempre que necesito inspiración sólo tengo que volver y leerlos para encontrarla porque no hay mayor satisfacción que saber que alguien ha podido disfrutar tanto con lo que he escrito. Por ello estoy muy agradecido a Gargallu, rejucilo, Xsy, lalo, sorge, Zorraya, Ion, Camilo y chuck.

Trataré de no soltar mucho más rollo, que al final estás aquí para leer un relato, no introducciones pomposas. Como ya he comentado en otros momentos, es difícil sacar tiempo para escribir y hacerlo bien. El ritmo de los primeros capítulos es muy complicado seguirlo, pero a cambio trato de publicar partes más largas y con mejor contenido. La parte de hoy vuelve a ser tan extensa como dos de las primeras, y estoy muy satisfecho con el resultado después de varias relecturas.

A donde quiero llegar con todo esto es a una conclusión. Mientras esta serie siga teniendo lectores que la disfruten, no parará hasta el final. Tengo ya muy claros la mayoría de los puntos con los que acabará la historia, y tengo muchas ganas de llegar allí, sorprenderte y conocer tu opinión. Con todo esto, lo dicho, esta serie va a continuar, intentando actualizarla lo más pronto posible dentro de mis posibilidades.

 

Pido disculpas por esta larga introducción y te dejo ya libre para continuar descubriendo los enigmas de esta historia.

¡Adelante!

         26. Distancia

Llevaba ya dos días sin noticia alguna de sus amigos, sufriendo en la soledad de su habitación por esa dolorosa incomunicación. No entendía la razón, y aunque trataba de dormir unos últimos minutos aquella mañana, no conseguía parar de dar vueltas entre las sábanas. Resignada, abrió por fin los ojos, giró la cabeza y vio el gigantesco póster de Las Brujas de Macbeth que cubría buena parte de la pared, cosa que agradecía dado su color rosa chillón.

 

Suspiró pensando en lo difíciles que se le habían puesto ahora las cosas, y a punto estuvo de echarse a llorar de nuevo. Sin embargo, la tarea que había asumido por las mañanas volvió a su mente y no pudo evitar que una sonrisa temblorosa se apoderase de su cara.

 

Abrió uno de los cajones de la mesita de noche y eligió una de las braguitas con menos tela de entre las que había dejado Ginny allí. Se quitó las suyas en un ágil movimiento, tantas veces ensayado, y apretó su culo dentro de la nueva ropa interior azul que apretaba lo justo sus nalgas y su entrepierna. Comprobó con complacencia que su camisón transparentaba tanto como siempre en las zonas adecuadas y se dirigió hacia las escaleras.

 

 

Hermione llevaba alrededor de una semana en La Madriguera, o al menos eso creía, puesto que los días no parecían pasar al mismo ritmo fuera de Hogwarts. En espera del juicio ante el Wizengamot por atacar a Draco, los Weasley habían insistido en que se quedase durante una temporada allí. La bruja aceptó encantada, temerosa de contar a sus padres lo que había sucedido y, sobre todo, con ganas de mantener el contacto con el mundo mágico por el mayor tiempo posible.

 

Apenas había tenido problemas para llenar el baúl. No le había dado tiempo a comprar nada en la única visita a Hogsmeade de la que pudo disfrutar, de modo que los únicos objetos nuevos que había tenido que empaquetar eran el libro de Eros et tanatos, el espejo doble con el que se comunicaría con sus amigos y el aurum phallaceae, convertido en un falo dorado que a Hermione le recordaba demasiado al de Harry, que recientemente había estrenado para su satisfacción. El mago había insistido mucho en que se lo llevase sin dar ninguna razón coherente, pero ella no estaba dispuesta a discutir por esas minucias.

 

Lo cierto es que la desgana que le provocó la expulsión le había impedido utilizar cualquiera de los tres objetos, que había escondido entre los juguetes antiguos de Ginny para evitar que Molly los encontrase. La única comunicación hasta ahora con Hogwarts había llegado por carta, en la que Harry y Ron le comentaban las cosas más insulsas y le repetían una y otra vez lo mucho que la echaban de menos.

 

Además, muy a su pesar, el libro rojo que Harry se había quedado no mostraba todavía la segunda prueba, y el mismo mensaje que habían leído tras consumar el pacto se repetía una y otra vez en sus páginas, según le había dicho su amigo.

 

 

Continuó bajando las escaleras de La Madriguera, desierta a esas horas de la mañana, hasta que llegó a la cocina y preparó las habituales tortitas, huevos y zumo de calabaza en un abrir y cerrar de ojos. Tan pronto sirvió todo en la mesa con una sonrisa de satisfacción, escuchó el chirrido de la madera de las escaleras bajo el peso de uno de los Weasley.

 

Hermione se apresuró a colocarse delante de la mesa, apretó el camisón a su cuerpo y tomó aire para hinchar su pecho a la vez que lo acariciaba con delicadeza para presentarlo adecuadamente, como cada mañana.

 

Como Hermione sabía, quien apareció por la puerta de las escaleras fue el padre de su novio, Arthur Weasley. Nada más entrar en la cocina, y como llevaba haciendo toda esa semana, se detuvo y, antes de saludar, posó los ojos sobre el cuerpo de la joven bruja. El camisón mostraba sus generosas mamas, sin más cobertura que la transparente tela de su atuendo, y los ligeramente endurecidos pezones que las coronaban con orgullo.

 

  • Bu-buenos días, jovencita -consiguió decir Arthur, pasando su mirada al fin a los ojos de Hermione.

  • Buenos días, señor Weasley -respondió ella con una sonrisa, dándole un húmedo beso en la mejilla.

 

Arthur se sentó rápidamente, probablemente para evitar una situación embarazosa, y agradeció el desayuno a la novia de su hijo mientras comenzaba a comerlo.

 

Hermione siguió con su habitual ronda y se puso a lavar a mano la sartén, agachándose lo suficiente para que su corto camisón mostrase al señor Weasley una buena vista de su culo, bien apretado por las bragas de Ginny.

 

Por el reflejo del cristal de la ventana, Hermione se quedó viendo cómo Arthur desayunaba sin parar de verle las nalgas, como hacía cada mañana. El señor Weasley parecía intentar resistirse sin suerte, como Hermione comprobaba satisfecha. Para completar el espectáculo, empezó a agitar ligeramente el culo mientras frotaba una sartén y disfrutó del reflejo de los ojos de Arthur fijos en su trasero. Lo que no esperaba es que rompiese su silencio habitual.

 

  • Hermione, ¿tú no quieres probar estos huevos? -preguntó el señor Weasley en un arrebato.

 

Con la impresión y la voz segura con la que Arthur había dicho aquello, Hermione perdió la concentración y giró la sartén, provocando que el chorro del grifo acabase empapándole el camisón de arriba abajo. Además, pudo notar que no era lo único que se había mojado cuando sus bragas comenzaron a oscurecerse.

 

  • ¿E-estás bien, jovencita? -preguntó entonces el señor Weasley, con toda su timidez de vuelta.

  • Oh, sí. Soy tonta -dijo Hermione dándose la vuelta para mayor embarazo de Arthur-. Quizá me los coma otro día, señor Weasley -acabó, con una mirada desafiante.

 

Arthur asintió, colorado, y se levantó con rapidez para irse, con un breve saludo sin mirar a la bruja a la cara. A pesar de que caminaba encorvado, la imagen de la erección de Arthur se quedó grabada claramente en los ojos de Hermione, que se deshizo del camisón cuando el padre de los Weasley se fue y lo puso a lavar.

 

Apenas tapada por sus húmedas bragas, Hermione se paseó semidesnuda por el cuarto de la ropa hasta encontrar la cesta de los padres de su novio. En su cajón de la ropa sucia, como esperaba, estaban los calzoncillos de Arthur, ligeramente acartonados. Al verlos no pudo evitar la necesidad de llevar una mano a sus braguitas.

 

Hermione comenzó a tocarse pensando en cómo el señor Weasley se pajeaba por su culpa. Llevaba toda la semana poniéndole cachondo y él no tenía otra forma de liberar sus fantasías sin la influencia de su mujer, que no podía competir con la novedad en la casa.

 

 

Hermione creía que separarse de Harry haría que todo volviese a la normalidad, y que los impulsos que llevaba sufriendo durante meses se desvanecerían por fin. Pero nada más lejos de la realidad. Unos días en la casa de los Weasley le habían hecho darse cuenta de que estaba tan cachonda como antes, o incluso más. Supuso que tenía algo que ver con el pacto de la ruta de Eros, para su desgracia. Además, había un inconveniente. Aquí no tenía a Ron para que se la tirase varias veces al día y la liberase por un corto espacio de tiempo del deseo.

 

La solución provisional a su problema se la había dado Molly, que parecía muy cansada cada mañana cuando se levantaba a prepararles el desayuno. Hermione se había ofrecido para hacerlo ella como compensación por su hospitalidad. La señora Weasley aceptó encantada, sin saber lo que pretendía la novia de su hijo.

 

Hermione cumplía con su cometido preparando un delicioso desayuno cada mañana para el señor Weasley, pero en lo que más se esmeraba era en tratar de calentar al padre de su novio. Cuanto más cachondo conseguía ponerlo, más disfrutaba al meterse los dedos cuando él se iba. Le encantaba tentar a ese hombre con una fruta prohibida.

 

 

Ese día, eso sí, habían pasado el límite del jugueteo invisible, y Arthur se había atrevido a más de lo que ella esperaba. "Es el momento", pensó Hermione con una sonrisa en la cara.

 

La bruja dejó de tocarse y subió lentamente hacia la habitación de Ginny con pequeños saltos que hacían botar sin dirección clara a sus tetas liberadas. Lo hacía esperando secretamente que alguno de los hermanos de su novio abriese la puerta y la encontrase prácticamente desnuda. Pero no hubo suerte, y para empeorarlo, tan pronto entró en la habitación con todo su cuerpo temblando de emoción y una mano ya en su sexo, Molly llamó a su puerta.

 

  • Cariño, ¿puedes bajar a ayudarme?

  • ¡Claro! -respondió Hermione fingiendo alegría.

 

Se puso a desgana unos shorts rosas y una camiseta blanca de Ginny que le quedaba muy apretada, y se dirigió de nuevo al bajo.

 

  • ¿A dónde vas con eso? -dijo Molly con el ceño fruncido cuando la vio llegar-. Déjame a mí, tengo algo que te va a quedar genial.

 

"Justo lo que necesito, la ropa de la señora Weasley", pensó Hermione mientras Molly le quitaba la camiseta y se quedaba parada viendo sus firmes pechos y sus pezones erectos.

 

  • Bendita maldición, ¿verdad? -dijo al fin Molly, sonriendo y apretando con ambas manos sus propias tetas, como gesto de hermandad-. Te traeré algo abrigado.

 

Hermione se quedó allí esperando, con el pecho al aire y pensando en las ganas que tenía de quedarse sola. Era cierto, la señora Weasley no tenía nada que envidiarle en cuanto al tamaño de sus pechos, pero lo más curioso para ella eran las palabras que había elegido. Tan concentrada estaba Hermione en sus pensamientos que ni oyó cómo Percy llegaba por la puerta. No le dio tiempo a taparse y mostró sus tetas totalmente desnudas al hermano de Ron.

 

La sorpresa inicial de Percy ante aquella inolvidable visión dio paso a la vergüenza más absoluta, y no volvió a dirigir la mirada a la chica en todo el desayuno, ni siquiera cuando le contó los planes del Ministerio de Magia.

 

  • Kingsley dice que el ministro Scrimgeour está muy nervioso. Lo que ha pasado contigo y con Draco no es un caso aislado. Están atacando a mucha gente en extrañas circunstancias pero nunca se encuentra al culpable, ni aparece la marca de Quien-tú-sabes -siguió Percy, con voz preocupada-. Tú eres la única a la que han podido atrapar, y parece que pretenden darte un castigo ejemplar.

  • ¿Por qué? -respondió Hermione asustada-. Es obvio que yo no he hecho nada. ¡Pero si no he salido de Hogwarts hasta ahora!

  • Yo tampoco lo entiendo, Hermione. Quizá deberías ir al Ministerio y hablar con Kingsley. Puede que los aurores te ayuden, ya que no parecen conseguir ninguna otra cosa últimamente.

 

Cuando Percy se fue a trabajar, Hermione se despidió de Molly diciendo que iba a descansar. Su cabeza iba pensando en los posibles castigos, a cada cual peor en su imaginación, pero su cuerpo pronto le recordó sus otras necesidades. Cerró la puerta de la habitación de Ginny y se desprendió de la horrible blusa rosa que le había dejado la señora Weasley.

 

Rebuscó entre los juguetes de Ginny y al fin encontró lo que buscaba. Necesitaba sentir en su interior algo más que sus dedos, de forma que recogió el falo dorado que había escondido y se lo llevó a la cama.

 

Empezó a pensar en la pasión salvaje de Ron, en la curiosidad inocente de Ginny y en la deliciosa experiencia con Harry. Eran las personas que tanto placer le habían proporcionado, pero su mente pronto viajó al mundo de la imaginación, donde Arthur y Percy se masturbaban dos rabos de un tamaño similar al de su novio, pensando sólo en ella. Con eso en la cabeza, se metió uno de los pezones en la boca mientras se tocaba el clítoris sobre las bragas de su mejor amiga.

 

Se aburrió rápido de masturbarse como hacía cada día, así que tras un rato jugando con sus experimentadas manos, por fin agarró el gordísimo instrumento que acababa de recoger y, mientras se metía dos dedos a toda velocidad, empezó a chuparlo con las ganas de una primeriza.

 

 

Harry estuvo a punto de lanzar un hechizo de transformación a la alumna de Hufflepuff que se sentaba delante cuando sintió unos labios rodeando su aparato, que descansaba hasta entonces dentro de su pantalón.

 

Tras una semana sin sentir nada similar, el mago suponía que el aurum phallaceae había dejado de funcionar, o que no lo hacía a distancia. Pero no tardó en darse cuenta de que los labios que notaba eran los de su mejor amiga.

 

Miró asustado a su alrededor para comprobar que nadie se había fijado en él todavía. Los pantalones sufrían para contener su creciente erección, casi tanto como él para no mostrar ninguna señal del placer que le estaban proporcionando. Hermione, que no sabía nada de aquella conexión, parecía estar mamando su juguete desesperadamente, a juzgar por los rápidos desplazamientos y lametones que Harry disfrutaba.

 

La cara de Harry debía mostrar más de lo que pensaba, ya que McGonagall se acercó unos segundos después a preguntarle si le pasaba algo.

 

  • N-no. Todo está bien -respondió el mago con un hilo de voz, mientras se tapaba con un pergamino.

  • Harry, ¿de verdad estás bien? -le preguntó Ron a continuación-. Podemos ir a la enfermería. Esta clase está siendo aburridísima, de todas maneras.

 

Harry apenas fue capaz de negar con la cabeza. Si abría la boca sólo podría gemir. Ron no tenía forma de saber que su novia se la estaba mamando involuntariamente ni que había aumentado de ritmo. Harry a duras penas se mantenía sentado sobre la mesa mientras su rabo disfrutaba de una mamada salvaje.

 

 

Hermione podría jurar que aquel objeto metálico se había hinchado hacía unos segundos, pero no le dio más importancia y continuó con su infatigable mamada a aquel familiar falo. Las braguitas de Ginny llevaban largo tiempo empapadas por los fluidos de la morena, que se masturbaba tumbada boca abajo anhelando sentir a un hombre en su interior.

 

Su necesidad estaba a punto de ser cumplida a medias, y se quitó las bragas de Ginny, quedándose completamente desnuda, colorada y sudada sobre la sábanas de su mejor amiga.

 

Recordó cómo funcionaban los consoladores muggles cuando comenzó a pasarse el glande por sus labios menores. "Ninguno es tan realista como este", pensó sonriendo y volviendo a lubricarlo con su boca, antes de pasarlo lentamente por sus pezones.

 

Una semana de deseo y soledad parecía haber puesto su cuerpo a tono, a juzgar por su reacción cuando empezó a meterse ese "consolador mágico" en su empapado sexo. El aurum phallaceae la llenó por dentro sin rechistar. Tras tanto precalentamiento Hermione no quería más juegos y comenzó a follarse a sí misma con toda su fuerza sin dejar de acariciar su clítoris.

 

Su mente dejó de imaginar y recordar, nublada por el placer que aquel bendito juguete le proporcionaba, sin pedir nada a cambio de lo mucho que le daba.

 

 

Harry seguía disimulando en clase, cada vez con mayor dificultad. Llevaba unos minutos sintiendo cómo su pene se introducía en una cavidad más estrecha, y a pesar de lo mucho que le ponía imaginarse lo que estaba haciendo Hermione, no era el momento ideal para disfrutarlo.

 

La primera corrida llegó poco antes de que terminase la clase. Como suponía, a pesar de sentir los espasmos en su entrepierna, nada de lo que parecía expulsar acabó en su ropa interior. El movimiento pareció detenerse unos segundos, dándole esperanzas de salir de aquella indemne, pero pronto volvió a sentir cómo se desplazaba por el interior de su mejor amiga. Hermione era insaciable.

 

 

  • ¿Qué es lo que necesita? -preguntó McGonagall cuando se acabó la clase.

 

Harry se había quedado, mintiendo a Ron sobre las razones, y ahora pensó a toda prisa una consulta que hacerle a la directora de Gryffindor mientras su mente se empeñaba en hacerle disfrutar cada vez más del estrecho sexo de su amiga.

 

  • Es sobre G-Gabrielle, profesora -logró decir Harry a pesar de seguir tirándose a Hermione a distancia-. No ha acudido a las últimas clases de refuerzo.

 

Minerva se acercó con cara de preocupación a su mesa.

 

  • Lo cierto es que no sé nada más que usted, joven -respondió desviando la mirada-. Imagino que todo ese asunto con la señorita Granger y Malfoy ha trastocado su curso. Lo mejor es que se relaje un tiempo y luego recuperaremos las clases.

  • Bien... -dudó Harry, incapaz de concentrarse-. ¿Q-qué debería enseñarle cuando vuelva?

 

La profesora se acercó a él y le tocó la frente sudada mientras Harry cubría sus pantalones desesperadamente con un pergamino.

 

  • Está claro que no se encuentra bien. Venga, le ayudaré a ir hasta la enfermería. Pasa usted más tiempo allí que en su propia habitación -dijo irónicamente la profesora mientras lo levantaba por un brazo.

 

Harry no tuvo tiempo para asimilar lo que decía con tanto en su cabeza y un instante después estaba de pie con una tienda de campaña en sus pantalones de tela.

 

  • ¡Potter...! -fue todo lo que alcanzó a decir McGonagall ante la tremenda erección de su alumno-. Por Merlín, ¿usted también? ¿Que les está pasando a todos en este colegio?

 

 

Hermione gemía con la boca pegada a la almohada para no alertar al resto de habitantes de la casa. A cuatro patas, su agujero recibía todavía mejor el grueso falo dorado que ya entraba a toda velocidad gracias a las ganas con las que lo metía con su mano derecha.

 

Echaba mucho de menos el sexo, y follarse aquel objeto inanimado no era un mal sustitutivo de las pollas que tanto anhelaba. Pero por desgracia, no tenía todo lo que un hombre podía ofrecerle. Necesitaba sentir el choque de su culo con las piernas de un amante, el calor de su cuerpo en la espalda, sus gemidos salvajes con cada incursión en su interior y los insultos que le susurraban al oído. Tras pensarlo uno segundos, Hermione comenzó a azotarse a sí misma para calentarse todavía más. Sorprendentemente funcionó, y se vio en la necesidad de aumentar más el ritmo sin dejar de pensar en los mejores momentos de su todavía corta vida sexual..

 

El rabo que se la follaba le era extrañamente familiar, pero no iba a pensar en ello ahora que se lo estaba metiendo a sí misma como si fuera la última cosa que hacía en la vida. Sus gemidos no hicieron más que aumentar, y sólo pararon cuando se sacó el empapado falo de dentro y lo chupó, cubierto de sus fluidos, para prepararlo para los impulsos finales.

 

De nuevo en su entrepierna, aquel enorme consolador entró sin piedad una y otra vez, con toda la fuerza que la temblorosa mano de la bruja le permitía; se corrió en su interior de nuevo con fuertes espasmos y provocó a Hermione el esperado orgasmo, acentuado por cómo se pellizcaba uno de los pezones.

 

Cuando acabó de correrse, todavía hiperventilando, Hermione giró la cabeza y a pesar de su expresión de lujuria y su mente nublada, pudo ver a la señora Weasley en la puerta, con los ojos como platos. Contemplaba cómo la novia de su hijo había perdido toda su compostura y seguía gimiendo con algo dorado metido en su interior y gotas de semen cayendo sobre las sábanas.

 

 

 

          27. Perspectiva

No conseguia entender qué le había ocurrido a Harry, pero era evidente que le había mentido diciéndole que se iba a quedar a hacer consultas a McGonagall. No lo culpaba, podía entenderle perfectamente con todo lo que estaban viviendo, y los dos estaban raros desde que se despidieron de Hermione en Hogsmeade.

 

 

Ron había aguantado las lágrimas a duras penas, algo que no consiguió su novia, que dejó el jersey del pelirrojo con varias marcas allí donde había posado su cabeza. Por si la situación no fuera suficientemente triste, la expulsión de la bruja no había pasado desapercibida en el pueblo, y todos parecieron reunirse en la estación para tratar de enterarse de algo más que sus vecinos.

 

No faltó a la cita la periodista de El Profeta, Rita Skeeter, con un cuaderno flotando a su lado en el que una vuelapluma se esmeraba en tomar nota de absolutamente todo lo que ocurría allí sin distinción. La chaqueta verde apretada de la bruja la hacía indistinguible, y su falda del mismo color levantó comentarios entre los habitantes del pueblo por su escasa longitud a pesar del frío que se apoderaba ya de la zona.

 

Rita había tratado de entrevistar a Hermione y a Harry sin ninguna suerte, y antes de dirigirse a Ron trató de hablar con Hagrid, pero algo en la furiosa expresión del guardabosques hizo que la cautela se apoderase de la periodista y que no insistiese más.

 

Ron había aguantado las presuntuosas preguntas de Skeeter sin responder a ninguna, pero poniéndose nervioso ante lo mucho que parecía saber ya la mujer de lo ocurrido en la Sección Prohibida. Antes de que se fueran de vuelta a Hogwarts, Rita había metido una tarjeta con su contacto en el bolsillo del pelirrojo mientras le guiñaba un ojo y le lanzaba un beso por el aire.

 

 

  • Hola de nuevo, Ronald -escuchó decir a la ya conocida voz de mujer que le esperaba.

 

Ron salió de su ensimismamiento y se dio cuenta de que ya había entrado en el baño de las chicas del segundo piso.

 

  • Hola Myrtle. Hoy no tengo mucho tiempo -respondió el pelirrojo, echando un largo vistazo a la fantasma-. Vaya. Estás que lo rompes.

 

Efectivamente, Myrtle se había preparado para su llegada. El jersey de Hogwarts de la chica mostraba a través del cuello de pico cómo la camisa, sin corbata ya, tenía desabrochados varios botones. A través de ella se distinguía parte de aquel prometedor canalillo que formaban sus grandes pechos aprisionados en el sujetador reductor. Debajo, la falda estaba mucho más arriba de lo habitual, mostrando las piernas hasta la mitad de los muslos de la fantasma.

 

Ron se fue acercando, tocándose el paquete a través del pantalón de tela, mientras la bruja disfrutaba viendo cómo el bulto crecía en la entrepierna del pelirrojo. El mago se imaginó devorando aquellas jugosas tetas y tocando sus piernas para prepararla, lo que contribuyó a su endurecimiento.

 

Myrtle no fue menos y pronto dio la espalda al mago, se agachó un poco y mostró con fingida inocencia, mordiéndose un dedo y con la vista fija en el pelirrojo, que no llevaba bragas bajo la falda.

 

Ron estaba a menos de un metro de Myrtle y, viendo ese espectáculo, no pudo evitar agarrar su falo y sacarlo de los pantalones. Lo mostró como un trofeo y empezó a menearlo ante la atenta mirada de la fantasma, que se relamía.

 

 

El ritual llevaba repitiéndose varios días. Sin Hermione allí, Ron lo estaba pasando realmente mal para controlarse. Lavender trataba de aprovecharlo y cada día se comportaba más y más como si estuviera en celo. Ron se sorpendía observando su cuerpo de modelo, que ella se encargaba de mostrar todo lo posible para provocarle.

 

Cuando se encontraban en la Sala Común, Lavender se sentaba encima suya hasta notar lo duro que se ponía su exnovio. Después trataba de convencerle para que subiesen a la habitación o, si él quería, para que se la follase allí mismo. La última vez Ron había llegado a meterle la mano bajo las bragas a la bruja mientras ella se frotaba contra él, hasta que llegó Harry y le salvó de dar un paso más con ella.

 

Pero el problema no era sólo Lavender. La tentación se movía a su alrededor todo el día. Alumnas y profesoras le provocaban las fantasías más calientes que podía imaginar, y cada día era más difícil aguantar. Las noches las pasaba intentando alejar esos pensamientos, que se unían a la tristeza de no tener a Hermione con él en ese castillo que ahora parecía tan grande. Sus esfuerzos eran en vano. Siempre acababa bajándose los pantalones del pijama y, aprovechando la privacidad de su cama, meneaba su flácido pene para hacerlo crecer imaginándose a sus compañeras en situaciones que nunca les podría contar, hasta que en sus manos palpitaba el pedazo rabo del que tan orgulloso estaba. Con las dos manos subiendo y bajando a su alrededor, Ron al fin se corría imaginándose a la enésima alumna o profesora botando sobre él.

 

El único alivio que se le ocurrió a toda aquella lujuria fue acudir a la compañía de Myrtle. Aunque no tenía muy claro que aquello no contase como ponerle los cuernos a su novia, lo cierto es que era lo más suave que podía hacer sin volverse loco por el deseo, y ahora acudía a ese baño por lo menos un par de veces cada día.

 

 

Siguió masturbándose con una ligera sonrisa mientras veía cómo Myrtle, arrodillada ante él, se agarraba las tetas con ambas manos a través de la ropa y sacaba la lengua tratando de lamerle el rabo. Una de sus manos pronto acudió a su húmeda entrepierna y la chica comenzó a tocarse mientras simulaba una mamada.

 

Ron no podía sentir los labios ni la lengua de la fantasma, pero sí un frío alrededor de su aparato que le daba una pequeña sensación de que efectivamente se la chupaba, aunque sin poder parar de pajearse para conseguir la fricción que la bruja no le podía dar.

 

Myrtle se tumbó entonces en el suelo y, abierta de piernas, mostró a Ron cómo se masturbaba el coño sin depilar, con pequeños gemidos. El pelirrojo se acercó con una sonrisa, se puso de rodillas y empezó a metérsela a la bruja como si de la posición del misionero se tratara. Ambos se masturbaban con más fuerza entonces para hacer lo más creíble la sensación de sexo.

 

  • Vaya pollón gastas cabr... Ronald -dijo Myrtle entre frenéticos gemidos.

  • Y cómo lo disfrutas -respondió Ron mostrándole el rabo erecto y surcado de venas-. Eres una salida, Myrtle.

 

La fantasma se rió y se incorporó, ordenando a Ron que se tumbara. Una vez en posición, comenzó a cabalgarlo mientras se metía tres dedos en su húmedo sexo.

 

  • Así que... soy una salida -dijo entonces cachondísima y arqueando una ceja-. Y que me lo diga el pajillero que no puede aguantar ni un día sin ver esto...

 

Myrtle se levantó el jersey y la camisa hasta los hombros y sacó sus pechos por encima del sujetador. Aprisionadas entre tanta tela, las mamas de la fantasma tenían un tamaño exagerado y rebotaban una y otra vez con las cabalgadas de la bruja.

 

  • Menudo par de tetas tienes, joder -dijo Ron aumentando el ritmo de su paja-. Qué ganas de dártelo todo.

 

Dicho esto, Myrtle bajó la mirada sin parar de botar sobre Ron para ver cómo la enorme polla del mago se hinchaba gracias al ritmo endiablado de su mano. La fantasma gemía sin parar metiéndose los dedos a toda velocidad, simulando ser penetrada por la magnífica polla de Ron.

 

El pelirrojo, por su parte, siguió viendo los melones de su amiga botando sobre él con tanta fuerza y, tras escuchar sus gemidos de placer acabó corriéndose sin más indicación sintiendo el frescor del sexo de Myrtle.

 

Ron limpió su vientre antes de volver a vestirse para acudir al entrenamiento de quidditch, mirando de reojo el cuerpo de Myrtle, que tan caliente le ponía.

 

  • Me encanta esto. Qué suerte haberte encontrado en el baño de los prefectos masturbándote aquel día -dijo Myrtle burlándose.

  • Lo sé, yo también lo disfruto mucho -respondió Ron viendo el culo de la chica-. Y por favor, me gustaría que aquello siguiera siendo un secreto.

  • No lo entiendo. Llevas una semana sin parar de hacer lo mismo aquí. ¿Por qué tiene tanta importancia que te... tocaras en otro baño?

  • Lo mismo no es -respondió Ron riéndose-. Aquí al menos estamos solos.

 

Myrtle se quedó mirándolo extrañada, pensando en lo que acababa de decir para encontrarle sentido.

 

  • ¿A qué te refieres? Sólo estábamos tú y yo entonces en el baño de los prefectos -respondió la chica al fin, mirándole fijamente.

  • ¿Qué? Pero si estaban Dean y... -se detuvo Ron, antes de dar más información de la necesaria, por si aquello era cierto-. Myrtle, tú misma me amenazaste con contárselo a ellos, ¿recuerdas?.

  • No es cierto, Ronald. Creo que necesitas un descanso -respondió la fantasma extrañada-. Sólo te amenacé porque estaba muy caliente, pero lo único a lo que me refería es a que le contaría a toda la escuela que te estabas masturbando en un baño reservado.

  • Pero, entonces...

  • Ron -le cortó Myrtle-. Allí no había nadie más.

 

 

Ginny acabó de sacar el uniforme de su bolsa justo en el momento en que Katie entraba al vestuario. Se dieron un afectuoso abrazo y cada una comenzó a prepararse para el entrenamiento.

 

El gesto de cariño de Katie no era casual, Ginny lo sabía perfectamente. Es cierto que se llevaba muy bien con ella, pero estaba segura de que aquella tarde la triste cara de la pelirroja y los comentarios que corrían por las habitaciones de Gryffindor habían provocado aquella acción. No era ningún secreto que Ginny lo estaba pasando fatal desde que Hermione fue expulsada. Los únicos que no parecían enterarse eran sus dos mejores amigos, y la bruja guardaba ciento rencor hacia ellos por eso.

 

Se fue desnudando tratando de no pensar en todo aquello. Mientras se bajaba las bragas se acaloró un poco y, sorprendida, se incorporó. A través del espejo podía ver bien a su compañera. Se fijó en los pequeños pechos de Katie, que se estaba colocando un sujetador deportivo. Sus pezones le parecieron perfectos, coronando su pecho con dos pequeñas puntas rosadas. Se quitó el sujetador y comparó los tamaños, pero le pareció injusto seguir haciéndolo cuando se le empezó a erizar la piel, mientras veía el trasero de Katie, y sus propios pezones se endurecieron.

 

Katie giró la cabeza un momento después. Ginny se dio la vuelta avergonzada, fingió no haber hecho nada, y volvió rápidamente a recoger los pantalones en los que apretó sus piernas y sus firmes nalgas. Una vez lista, recogió su Cometa 290 y respiró el aire frío de aquella tarde otoñal.

 

 

Como si el cielo quisiese ambientar el ánimo de los chicos, la lluvia no dejó de caer en las dos horas que estuvieron volando. Cada vez era peor, entre el cielo negro y las gotas que daban con furia contra las gafas que debían protegerles. Apenas podían escuchar las instrucciones de Harry, y las cazadoras chocaron en más de una ocasión al intentar recoger el quaffle. Ni siquiera soltaron la snitch para los ejercicios de concentración, por miedo a perderla.

 

Por lo demás, el entrenamiento fue un completo fracaso. Ron no parecía ser capaz de parar nada, Ginny no acertó a lanzar el quaffle a ninguna de las porterías y Harry parecía desganado mientras explicaba los ejercicios. La única persona que destacó fue Lavender, que no sólo seguía volando igual de rápido, sino que sus lanzamientos eran certeros y anotó cada vez que tiró.

 

Harry intentó animarles al entrar en el pasillo de los vestuarios. El primer partido era contra Hufflepuff, y llevaban años quedando de últimos. El mago no infravaloraba nunca a sus contrincantes, lo que hizo que Ginny se creyese aún menos sus palabras.

 

 

  • Ginny, ¿te... te puedo hacer una pregunta indiscreta? -dijo Ron cuando el resto del equipo estaba ya en sus respectivos vestuarios.

  • Sí, claro -respondió la pelirroja, sin ganas de hablar con su hermano.

  • Esto... No sé muy bien cómo decirlo -siguió Ron titubeando-. Tú y Dean estabais juntos, ¿no?

  • Sabes perfectamente que sí -respondió Ginny con el ceño fruncido, dirigiéndose a los vestuarios.

  • ¡Espera! Esto es importante, de verdad -dijo su hermano mientras le agarraba un brazo-. ¿Llegasteis a... intimar mucho?

 

Ginny estaba harta de que su hermano la tratase todavía como una niña, a pesar de todo lo que había ocurrido. ¿Para qué quería saber eso ahora?

 

  • Ronald, si tanto te preocupa: no, no me he tirado a Dean, ¿vale? Me da igual lo que vaya diciendo por ahí o lo que tú quieras creer. Es sólo un resentido, ¡y a ti debería darte igual lo que haga o deje de hacer!

 

Se metió en el vestuario de las chicas dejando a su hermano con una cara más de terror que de sorpresa. Dentro, sus dos compañeras estaban ya riendo en la ducha.

 

  • ... y los lagos de Escocia son increíbles -decía Katie cuando Ginny acabó de desnudarse y se metió en la ducha-. Ojalá volvamos este año.

  • Ya, ya -respondió Lavender-. Pero lo importante es si las noches fueron tan impresionantes como los paisajes -acabó, riéndose.

  • ¡Siempre igual, tía! -respondió Katie sonrojándose-. Sólo daré una pista.

 

Ginny vio entonces como la morena levantaba sus dos dedos índices y los separaba hasta mostrar una distancia razonablemente grande, en opinión de Ginny, teniendo en cuenta a qué se refería.

 

  • ¡Lo sabía! ¡Sabía que era un "superdotado"! -dijo antes de soltar una carcajada Lavender, dándole un cachete a Katie.

 

La mirada de Ginny se posó en la nalga de la morena, un poco enrojecida por la palmada. Las chicas parecían no prestarle atención, y la pelirroja aprovechó para ver sus cuerpos más detenidamente, mientras Lavender pedía más explicaciones.

 

Sus compañeras estaban totalmente depiladas, lo que la hizo enrojecer un poco, y sus entrepiernas daban mucho juego a la imaginación, con sus finos labios recogidos. Lavender era más alta que la morena, y su cuerpo era objeto de deseo en Hogwarts. Aunque Katie era más delgada, en la rubia destacaban dos pechos bastante grandes y firmes con los pezones muy pequeños, unas nalgas más gruesas que las de sus compañeras y una cadera lo suficientemente ancha como para dejar paso a las fantasías más lascivas de los jóvenes alumnos del colegio.

 

Aprovechando que sus amigas estaban entretenidas hablando de ligues, Ginny se enjabonó los pechos durante mucho más tiempo del necesario. Sus pezones respondieron inmediatamente mientras veía de reojo cómo el agua corría por los cuerpos desnudos de las dos chicas.

 

Cuando Lavender empezó a explicar con pelos y señales cómo se había follado a Cormac McLaggen tras el baile del cuarto curso, Ginny decidió que era momento de enjabonarse la entrepierna.

 

Estar tan expuesta le daba todavía más morbo, y tuvo que morderse la lengua para evitar un gemido cuando Lavender contó cómo se atragantaba con las primeras mamadas que hacía y cómo ahora conseguía evitarlo. De acuerdo con la chica rubia, el rabo de Cormac no valía para mucho. Sólo cuando le presentó a su familia le había compensado aquella relación. Según ella, sólo había aprendido a chuparla de verdad con las continuas mamadas que le había hecho al hermano mayor de su exnovio durante aquellas Navidades en la casa de los Mclaggen.

 

Los dedos de Ginny acariciaban su clítoris con delicadeza mientras la chica pedía a cualquier mago mítico que sus amigas no se fijasen en ella, tan obviamente cachonda. La historia que Katie contó a continuación no ayudó a que se calmara. Ginny se frotó todavía con más fuerza y con movimientos circulares a la vez que la morena relataba cómo su antiguo entrenador particular se la follaba sobre la escoba voladora después de cada entrenamiento, antes de que sus padres llegasen a casa.

 

Al parecer, Katie había decidido llamar desde el principio la atención de su entrenador, más de veinte años mayor que ella, con su apetecible trasero. El mago apenas había resistido una clase viendo las cortas faldas que se ponía la morena para recibirle, y el segundo día le había obligado a volar con una puesta. El contacto de sus bragas con la escoba la ponía tan caliente que cuando acababa los ejercicios y su profesor montaba al fin con ella no tenía problema alguno para meterse la polla hasta el fondo.

 

Ginny siguió escuchando sin parar de tocarse cómo Katie contaba con todo lujo de detalles lo placentero que era el sexo en escoba, cómo conseguían no caerse y cómo el resto de aquel verano lo había pasado penetrada por aquel hombre maduro. La pelirroja se estaba derritiendo de placer, y apenas era capaz de entender a sus amigas cuando escuchó la voz de Lavender dirigirse a ella.

 

  • ¿Qué? -dijo Ginny, que no había entendido nada.

  • Que si tú no tienes nada que contarnos -respondió Lavender, con la mirada fija en ella.

  • Eh... No, no. No hay mucho que decir.

 

Las chicas se aburrieron entonces de la conversación y parecieron dirigirse a la salida de las duchas. Ginny les dio la espalda deseando que no se fijasen en ella y siguió bajo el agua de la ducha con los ojos cerrados hasta que sintió un movimiento detrás suya.

 

  • Así que nada que decir -escuchó que susurraba entonces Lavender a su oido, con una cálida brisa que le acarició el lóbulo de la oreja.

 

La rubia no le dio tiempo a responder y puso una mano sobre su culo, bajándola poco a poco. Ginny giró la cabeza y vio, fijos en los suyos, los profundos ojos verdes de su amiga, que tanto resaltaban sobre sus gruesos labios y entre sus rizos rubios.

 

  • Creo que a tu problema le llaman "amor" -siguió Lavender sin dejar de mirarla y metiendo la mano entre las piernas de Ginny-. Cuanto antes te olvides del idiota de Potter, mejor para ti.

 

Dicho esto, y con los dedos paseándose por el clítoris de Ginny, Lavender metió dos de golpe en el coño de la pelirroja y los sacó lentamente para volver a introducirlos al momento. Lavender pegó sus firmes pechos a su espalda para acercarse más a la chica, masturbándola poco a poco mientras suspiraba en su oido. Ginny gemía con los ojos cerrados, disfrutando de los dedos de su compañera en su interior. Tras un minuto, y llevada por su escasa experiencia y por el calor, giró la cabeza y se acercó a los labios de Lavender, que los apartó y se rio con una mueca irónica.

 

Acto seguido, Lavender sacó sus dos húmedos dedos del interior de Ginny y los chupó sin dejar de ver a los ojos a la pelirroja. Sonrió satisfecha viendo la dificultosa respiración de Ginny y se fue, dejando a solas a su compañera en la ducha.

 

 

Cuando la rubia desapareció, Ginny agradeció el sonido de la ducha, que le permitió masturbarse con furia. Estaba acostumbrada a darse placer cada noche en la soledad de su cama, y en ese momento las cosas no iban a acabar de forma distinta. Tocándose toda zona sensible de su cuerpo y metiéndose los dedos desesperadamente mientras sus compañeras se cambiaban, por fin llegó la esperada corrida. El agua amortiguó los gemidos que se había provocado con los dedos y permitió que relajase toda la tensión acumulada.

 

 

Con su cuerpo satisfecho al fin, salió temblorosa de los vestuarios, y en el camino de vuelta al castillo no sólo vio a Lavender junto a un árbol provocando a su hermano como hacía a diario sin que él pusiese demasiada resistencia, sino que también Harry, cerca de ellos, tenía a una chica que no conocía hablándole mucho más cerca de los labios de lo necesario. En definitiva, tuvo la sensación de que cada uno de los compañeros de Hogwarts que veía en los jardines disfrutaba de su juventud sin pensar demasiado en las consecuencias.

 

Ginny estaba harta de ser la chica que se lamentaba por todo y de creerse especial. Lavender tenía razón. Era el momento de dejarse llevar. Si sus mejores amigos no sabían hacer nada mejor, ella no iba a ser menos.

 

 


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