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Fecha: 06-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Nocturnia

Charles Henry Black
Accesos: 15.024
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 75 min. ]
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La vida de varias personas, sus historias, están vinculadas entre sí sin que ellas lo sepan. A todos ellos los une el sexo, la violencia y la noche. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Nocturnia

Capítuo I

Empezaba la noche en Madrid, calurosa, sin novedades en lo que venía siendo el mes de julio. Era como si el tiempo predijera lo que estaba por venir, como si aquel aire caliente no viniera de África, sino del mismísimo infierno. El sargento Telmo Calancha y el agente Walter García patrullan la noche, impacientes por un poco de acción.

—Pásame un pitillo García, se bueno conmigo.

—¿No va contra el reglamento fumar dentro del coche patrulla, sargento?

—Sí, también que los panchos como tú entren ilegalmente en España y mírate, todo un agente de la ley.

Walter obedeció, aguantando el volante con una mano mientras que con la otra conseguía sacar un cigarrillo para luego dárselo a su superior. Lejos de ofenderse con aquel comentario racista García sonreía divertido con las ocurrencias de su compañero. Mientras que el oficial encendía el tabaco y le daba una calada le dijo:

—Y pon un poco de música coño, algo de Johnny Cash.

—¿Eso no es country, Sargento?

—¿Algún problema con el country, agente?

—No, ninguno, mera curiosidad.

Nuevamente Walter complació a su superior, haciendo de nuevo malabarismos con el volante, introduciendo el CD en el improvisado reproductor pirata que habían conseguido instalar en el coche.

—¿Sabe qué pasa si se pone un disco de country al revés, mi sargento? —preguntó impaciente por contar el chiste.

—No, ¿qué?

—Pues que ya no eres alcohólico, tu perro vuelve a la vida y tu esposa no se divorcia de ti.

Al superior le hizo gracia el chascarrillo, aunque fuera antiguo la crítica a la tristeza extrema de la música que escuchaba le había divertido. Justo empezaba a sonar la primera canción cuando se activó la radio:

Unidades cercanas al barrio de Tetuán, repito, unidades cercanas al barrio de Tetuán, se detecta mucha actividad en la base de los Colombian Crew, solicito reconocimiento en la zona.

Unidades Z2 y Z3 en camino, sargento Calancha, ¿cuál es su posición?

El sargento agarró el comunicador y contestó:

—Estamos a unos quince minutos de la zona Z2, bloqueen las posibles salidas de la calle y reténganlos. Cuando llegue los quiero registrados y con las manos en el puto cogote, ¿entendido?

Recibido Zprincipal.

Los modales de Telmo Calancha eran bien conocidos en el cuerpo de la policía nacional, igual que su astucia y su fama de corrupto. El agente García activó la sirena y condujo a toda velocidad por la calle Alberto Alcocer. Derrapando por la Plaza de Cuzco ambos agentes pudieron ver de soslayo las prostitutas albanesas que hacían la calle, en busca de algún incauto.

—Dale caña come tacos, quiero ver que traman tus compatriotas.

—Yo soy venezolano sargento, no Colombiano —se defendió él más por tocar las narices que por sentirse ofendido.

—Para mí sois todos iguales.

—Entonces a partir de ahora le llamaré a usted el sargento francés —insistió Walter.

—Hazlo —se detuvo unos segundos y añadió— y vuelves a casa sin dientes.

Cuando llegaron a la calle donde la banda latina vivía en comunidad los demás agentes de la brigada anti-bandas ya tenían a los sospechosos contra la pared, muchos de ellos con las piernas abiertas y los dedos entrelazados en la nuca. Aparcaron en medio del asfalto y los integrantes del Zprincipal salieron con tranquilidad, habían hecho redadas así tantas veces en los últimos años que eran incapaces de recordar el número exacto.

—Infórmeme agente —le ordenó el sargento Calancha a uno de sus hombres.

—Hay cinco varones y tres mujeres, hemos cacheado a los chicos, de momento llevamos incautadas una mariposa, dos pinchos, un mosquetón y varias pequeñas bolsitas con droga. Dos de ellas han dado positivo con el cocatest, la otra no reacciona al spray, será ketamina o alguna otra mierda de estas.

—¿Pero los Colombian Crew no los desarticulamos ya? —preguntó el agente García que seguía de cerca la conversación.

—La mitad están en prisión preventiva pero el resto de niñatos siguen libres a la espera de juicio. Son los mismos que sospechamos que acabaron con la vida de dos Trinitarios el mes pasado —contestó el policía.

—¿Y qué pasa con las chicas, no las habéis registrado?

—No mi sargento, justo ahora íbamos a llamar a algún compañero para que viniera una agente mujer.

—A la mierda con eso, ¿quién crees que es el nuevo cabecilla?

—Creemos que es aquel de allí, llevaba una de las bolsitas con cocaína y el mosquetón, todos le miran de reojo como esperando sus órdenes.

Telmo Calancha ya tenía toda la información que necesitaba, parsimoniosamente se acercó al joven muchacho que seguía contra la pared en aquella ordenada fila de detenidos, supervisado de cerca por otro policía de la brigada anti-bandas.

—Tú, gilipollas, date la vuelta —le dijo mientras le empujaba por detrás a modo de identificación.

El pandillero obedeció, mirando fijamente al oficial desde su escaso metro setenta de tatuajes y ropa ancha. Ni los casi veinte centímetros de diferencia ni el aspecto rudo y corpulento del policial le intimidaban. Por sus brazos recorría tinta de varios colores haciendo las formas de una peligrosa serpiente.

—¿Además de no saber ni comprar ropa de tu talla tienes nombre? —le interrogó el sargento acercándose aún más, mostrándole su expresión de asco, dejándole ver las cicatrices de su cara, los profundos surcos regalo de una varicela con mala leche en la adolescencia.

—Me llaman Snake —contestó el sospechoso orgulloso.

Telmo miró nuevamente los tatuajes de sus brazos y añadió:

—Qué original —escupió en el suelo, volvió a mirarlo fijamente y siguió con las preguntas— ¿algo que decir sobre las armas y la droga?

—La droga es para consumo propio y no sé de qué armas me está hablando.

—¿Ah no?, ¿y los cuchillos y el mosquetón que utilizáis como puño americano me los he imaginado yo?

—Los cuchillos son para cenar y el mosquetón es porque soy un amante de la escalada —contestó sarcástico el colombiano.

—Vaya, vaya, pero si eres todo un tipo duro. Agente Santiago deme los grillos —ordenó el sargento al policía que permanecía a su lado, haciendo mención a las esposas.

El oficial le dio la vuelta a Snake con violencia, le puso las esposas hábilmente, apretándolas con todas sus fuerzas para lastimar las muñecas del pandillero y lo empujó estampándolo contra la pared, dándole la vuelta nuevamente para volver a quedar cara a cara.

—¿Sabes qué, lagartija?, siento que con tu lesión no puedas volver a escalar si tanto te gusta.

El latino aún no había procesado aquella frase cuando de repente el oficial le dio una patada frontal con todas sus fuerzas en la rodilla derecha, oyéndose un estrepitoso “crac” y tirándolo al suelo. Gritando y retorciéndose de dolor, esposado y malherido el líder le increpó:

—¡Arrrggghh!, ¡mal parido!

Telmo ni se inmutó con sus gritos de dolor ni los insultos, el resto de agentes lo miraban, incómodos pero acostumbrados a este tipo de cosas.

—¿Ves de qué te hablaba babosa?, tienes que tener cuidado de por dónde caminas, hay una cosa que todos tenemos en común, la rodilla no se dobla hacia atrás.

¡Jueputa, me las pagarás!

—A ver si os va entrando en la mollera que aquí el pandillero soy yo, y toda esta puta ciudad es mi territorio banda de capullos de mierda.

—Sargento, ¿llamo a una ambulancia? —preguntó cohibido el agente Santiago.

—Y una mierda, luego si quiere que sus amiguitos lo lleven a un veterinario de guardia o lo que sea.

El líder de la brigada anti-bandas recorrió la fila de detenidos observador, mirando aquellos jóvenes que para él no eran más que escoria. Llegó hasta una maltrecha puerta que hacía de entrada al edificio dónde la banda vivía de okupa desde hacía meses. Justo en ese preciso instante otro agente salió del interior.

—¿Ha encontrado algo Torres?

—Nada, algo de dinero y una cachimba. Aún hay maquinaria de cuando esto era un taller textil, no sé cómo pueden vivir en estas condiciones, todo el lugar da asco.

El sargento giró sobre sus talones y volvió a recorrer aquella fila, se fijó en una voluptuosa muchacha, de unos diecinueve o veinte años de edad, la agarró por el brazo y le ordenó:

—Tú, ven conmigo.

Sin que pudiera ni rechistar la arrastró rápidamente hasta la guarida de los Colombian Crew, traspasó la puerta y dijo:

—Walter, vigila la entrada, si uno de estos monos dice una puta cosa dale de hostias hasta que se le pasen las ganas de charlar, ¿ok?

—Como mande sargento.

Con autoridad llevó a la chica hasta una mesa industrial, colocó sus manos sobre ésta, le separó ligeramente las piernas colocándola en pompa y le informó:

—Voy a cachearte, si te mueves un solo milímetro te lo haré pagar, tienes derecho a callarte y obedecerme.

La colombiana debía medir cerca del metro setenta, llevaba una camiseta de tirantes negra y unos pantalones grises, ambas prendas muy ceñidas a su curvilíneo cuerpo. El policía empezó a pasarle las manos por las costillas, con suavidad, subiendo despacio hasta la parte de las axilas para luego  recrearse en el lateral de sus voluminosos pechos.

—No puede hacer esto, conozco mis derechos, solo puede tocarme una mujer —informó la pandillera indignada.

—Denúnciame —respondió chulesco el oficial, adelantando sus juguetones dedos para agarrar ambos senos con fuerza, magreándolos impunemente.

—¡Pendejo! —le increpó la muchacha, temblando por el miedo y la rabia pero sin moverse, sabedora de que las consecuencias podrían ser incluso peor.

Telmo siguió con sus tocamientos, sobándole las generosas mamas cada vez más excitado.

—Eres muy deslenguada para tener unas tetas tan grandes, ¿qué talla son?, ¿una noventa y cinco? No sé qué coño haces con esta panda de perdedores, conozco a más de un chulo que ganaría un buen dinero poniéndote a trabajar en la calle.

El policía siguió estrujando aquella parte de su anatomía por encima de la ropa, tentado de obligarla a quitarse la camiseta y el sujetador. Notó la erección que había crecido dentro del uniforme y la restregó contra sus apetecibles nalgas, redondas y grandes acorde con la parte de arriba. Clavó su bulto en la hendidura de su pantalón mientras le susurraba:

—Me encantan los culos a lo Jennifer López, ¿ves lo cachondo que me has puesto? Deberías ganarte la vida dignamente, con polvos en vez de con puñetazos.

Siguió metiéndole mano a la indefensa y cada vez más asustada chica, consiguió meter una de sus manos por dentro del pantalón desde atrás y sin dejar de restregarse, colocando los dedos en forma de garfio, comenzó a frotar su sexo por encima del tanga.

—Déjeme por favor, déjeme —le suplicó ella con pocas esperanzas.

—Mmmm, vamos JLO, no me digas que no te gusta, seguro que ya empiezas a estar mojada.

Siguió acariciando sus partes, jugando con su clítoris por encima de la ropa interior, moviendo los dedos en forma circular mientras presionaba aún con más fuerza su trasero con el bulto de su pantalón.

—¡Jueputa! ,¡mal parido!

—Vuélveme a insultar puta y te arrancaré los dientes uno a uno, así podrás chupármela sin que tenga miedo de que me muerdas.

Un escalofrío recorrió toda la espina dorsal de la pobre muchacha, en ese momento se temió lo peor. Se movía incómoda por aquel abuso, pero intentaba con todas sus fuerzas no resistirse lo suficiente como para que el oficial la lastimara. El sargento Telmo siguió disfrutando de aquellos tocamientos hasta que finalmente retiró la mano de sus partes, subió la camiseta de la chica por la parte de los riñones y le bajó ligeramente el pantalón y el tanga, dejando al descubierto parte de sus nalgas, la hucha como se diría coloquialmente. Con una mano se desabrochó la cremallera del pantalón de uniforme y mientras se sacaba el miembro por la abertura con la otra siguió apretujando los pechos de la indefensa latina.

—Quédate muy quietecita, será rápido.

Empezó a masturbarse con frenesí, a gran velocidad ya desde el principio sobreexcitado por aquellos indecorosos tocamientos mientras seguía magreando la anatomía de la joven con la mano que le quedaba libre.

—Mmm, ohhh, qué buena que estás perra.

Gemía entre dientes disfrutando de aquel improvisado acto de onanismo, concentrándose en el trasero de su víctima sin dejar de sobarla ni por un momento.

—Ohh, ohhh, ohhh. Dime, ¿se te ha follado ya toda la banda?, ¿hacen turnos para darte por el culo? Seguro que le llaman el descanso del guerrero.

Mientras el policía seguía ultrajando el cuerpo de la colombiana ella seguía esforzándose por permanecer lo más quieta posible, intentando no llorar ante aquel abuso de poder, jurándose que no demostraría debilidad.

El agente seguía subiendo y bajando pieles a toda velocidad cuando el agente Walter le gritó desde la puerta:

—Desde prisa sargento, aquí se empiezan a caldear los ánimos.

—¡Ya voy joder!, ¡un poco de intimidad!

A los pocos segundos consiguió llegar al orgasmo, salpicando con chorros de semen las lumbares de la voluptuosa pandillera y notando como le temblaban las piernas del gusto.

—Ohhh síiiiii, buena chica, buena chica.

Telmo se limpió con esmero la punta del pene con la camiseta de su víctima, se acercó lo suficiente a ella para que notase el frío acero de la pistola contra su piel y le susurró al oído:

—La próxima vez que te vea te follaré sin piedad.

Guardándose rápidamente el instrumento y adecentando su vestimenta con un par de sacudidas salió del refugio a toda prisa.

—¿Qué hacemos con lo incautado?, ¿los llevamos todos a comisaría? —preguntó el agente Torres que le esperaba en el exterior junto al resto de compañeros.

—Nada de puta burocracia por hoy, creo que ya han aprendido la lección —contestó el oficial mirando como Snake seguía retorciéndose de dolor en el suelo.

Agarró la droga, se la guardó en el bolsillo y ordenó:

—Vámonos, aquí no ha pasado nada.

Entró el en el asiento del copiloto del coche patrulla casi al mismo tiempo que el agente Walter, quemaron rueda para salir a toda velocidad de allí y se marcharon. El sargento aún estaba recuperando el aliento después de lo sucedido cuando notó que su móvil particular vibraba en uno de sus bolsillos.

—¿Sí?

—¿Cómo va la noche?, aquí tenemos otra víctima de violación, el desgraciado le ha mordido con tanta fuerza en el cuello que casi la desangra, es una monstruosidad.

La que hablaba al otro lado de la línea era Clara, esposa del sargento y jefa de enfermeras del turno de noche de un hospital público.

—¿Otra vez ese degenerado?, joder, que asco me dan estos putos enfermos —contestó Telmo ante la sorpresa del agente Walter que escuchaba la conversación mientras conducía. El agente García no sabía si aquello era un caso grave de doble moral o simplemente parte de la personalidad múltiple de su superior, rudo en la calle pero siempre correcto con su mujer.

—Es horrible, la chica tan solo tiene diecisiete años, ¿de verdad no podéis hacer nada para detenerlo? —insistía la enfermera.

—Me consta que nuestros mejores inspectores andan tras él, ya sabes que yo me dedico a las bandas cariño. De todas formas todas las unidades estamos avisadas de tener los ojos bien abiertos, antes o después lo pillaremos.

El despreciable personaje del que hablaban no era más que un depredador sexual, un violador en serie que hacía más de tres meses que actuaba por toda la capital. Especialmente difícil de atrapar ya que no seguía un patrón definido. En aquellas semanas había atacado tanto a adolescentes como a mujeres maduras de más de cincuenta años. Su firma era la violencia de sus actos, solía morderlas en el cuello con brutalidad, demostrando que su excitación provenía más de la violencia que del acto sexual en sí. Las cadenas de televisión llevaban tiempo hablando solo de este individuo, lo apodaban el Vampiro Caníbal de Madrid.

Capítulo II

Jose conducía la ambulancia del samur mientras su compañero, Rafael, se entretenía jugando con el móvil. Eran más de las tres de la madrugada de una noche sorprendentemente tranquila. El cansancio llevaba días haciendo mella en el joven ATS, los recortes habían alargado sus jornadas laborales y reducido sus sueldos de una manera indecente.

—¿Te han contado lo del nuevo? —le preguntó Rafa sin separar la vista del celular.

—No, ¿el qué? —contestó él girando despacio por una estrecha calle mientras se frotaba los ojos con una mano, luchando contra el cansancio y el aburrimiento.

—El otro día tuvo su primera salida. Uno de esos casos agradables, recibieron el aviso de una mujer que había fallecido en su casa y fueron echando chispas para descartar una posible reanimación.

—Ahá… —contestaba Jose concentrándose en el asfalto.

—Total, que llegan al domicilio y se encuentran en el comedor con varios familiares, un par de polis de la municipal y el juez de guardia escribiendo el informe. Allí ya estaba todo el trabajo hecho, viaje en balde pensaron.

—Ahá…

Pues bien, en eso que sus compañeros, le ha tocado ir con Rodrigo y Ximo, se ponen a hablar con los de la municipal, con una de las hijas, saludan al juez, lo típico.

—Ya…

El pobre novato se queda cortado, no sabe qué hacer, primera salida y le toca una chorrada de éstas. Finalmente mira a su alrededor y ve a dos mujeres de unos cincuenta años o más sentadas en el sofá, con cara compungida. Se acerca a ellas y empieza a hablarles: le acompaño en el sentimiento, se les ocurre si hay algo que pueda hacer por ustedes, estamos aquí para ayudar…la típica mierda de manual vamos.

—Sí…

—Finalmente observa que una de ellas parece estar realmente afectada por la situación, con la mirada perdida y los brazos cruzados. En un nuevo derroche de amabilidad y preocupación la agarra con ternura del brazo y le pregunta: Señora, ¿cómo se encuentra?, ¿está usted bien?

Jose empezó a sonreír intuyendo el desenlace, ahora realmente atento a la anécdota.

—El chiquillo, viendo que no reacciona incluso la zarandea con suavidad e insiste: Dígame su nombre señora, ¿le traigo un vaso de agua?

—Ahá…

—Entonces la mujer que se sienta a su lado no lo resiste más y le dice: se llama Margarita, es mi hermana y está muerta.

Las carcajadas resonaron por toda la ambulancia, aunque el final era obvio no por ello había dejado de ser divertido. Jose se río tanto que casi pierde el control de vehículo mientras Rafael remataba la anécdota:

—Claro, los compañeros medio descojonados por la casa, intentando disimular ante aquella situación tan dramática, jajajajaja. Ahora le llaman el Bruce Willis.

—¿El Bruce Willis? —preguntó Jose sorprendido.

—Sí, porque a veces habla con los muertos.

Una nueva carcajada dejó a ambos compañeros casi sin aire, aquella mención a la película de Shyamalan fue la guinda del pastel.

—Joder Rafita, menudas historias, que profesión la nuestra.

Seguían comentando la poca suerte del novato cuando la radio sonó:

Unidades cercanas al barrio del Pilar, aviso de un posible infarto, la paciente es una joven de veintiséis años.

Jose Agarró el comunicador y respondió al instante:

—Central estamos muy cerca de la zona, nos ocupamos nosotros, deme dirección exacta.

Después de recibir las coordenadas conectaron la sirena y se dirigieron hasta allí a toda prisa.

—Joder, dos años menos que yo y un infarto ya, menuda vida más puta —dijo Jose mientras esquivaba el escaso tráfico de la zona.

—Ya te digo tío, nunca sabes que puede pasarte.

—Por cierto, ¿el que veía muertos era el niño no Bruce Willis, verdad?

—Coño Jose, no te cargues una buena historia.

Cuando llegaron al edificio tuvieron que molestar a un vecino para poder entrar y subieron los dos pisos que les separaba de la chica a toda prisa por las escaleras. Al llegar vieron que en la puerta de la vivienda una mujer madura les esperaba en el rellano muy nerviosa.

—Se trata de mi hija, ha notado una punzada muy fuerte en el pecho.

—Muy bien señora, ¿tiene llaves de la vivienda?

—No, pero da igual, no podemos entrar.

—¿Cómo dice? —le preguntó Rafael completamente desconcertado.

La mujer intentaba explicarse, luchando contra su estado de ansiedad.

—Tiene hipersensibilidad a los químicos y a los aparatos electromagnéticos. No puede salir de casa ni acercarse a nadie.

Ambos chicos se miraron extrañados, habían oído alguna vez sobre este tipo de dolencias pero les eran bastante desconocidas.

—Entonces, ¿cómo podemos ayudarla?, ¿ni siquiera usted se puede acercar a ella?

—Las pocas veces que la veo tengo que estar toda la semana limpiándome solo con vinagre o productos cien por cien naturales, y aun así es muy complicado. El contacto con un simple teléfono móvil podría provocarle una crisis.

—Está bien, no se preocupe, ¿cómo se llama su hija?

—Se llama Lidia.

—De acuerdo, hágase a un lado por favor, voy a hablar con ella a través de la puerta.

Curiosamente Jose había cogido la iniciativa, como si supiera exactamente que debía hacer en un caso tan peculiar. Se acercó hasta colocar su oído en la madera e intentó hablar con ella.

—Lidia, ¡Lidia!, ¿Cómo te encuentras?, cuéntame que sientes, estamos aquí para ayudarte.

No encontró respuesta al otro lado, pero sí podía oír algo parecido a un jadeo.

—¡Lidia!, esfuérzate por hablar conmigo, no te va a pasar nada te vamos a ayudar, repito, estamos aquí para ayudarte.

Por fin una voz débil y entrecortada contestó:

—Me duele, me duele el pecho, no puedo respirar.

—Ok, ¿qué más sientes?, ¿te duele el brazo?, ¿sientes las piernas? Háblame Lidia, no dejes de hablarme.

—No, no, es solo el pecho, apenas puedo hablar, me ahogo, se me nubla la vista.

Su compañero y la madre observaban al ATS entre angustiados y esperanzados.

—Ok, no te preocupes, no es un infarto, Lidia, no te pasa nada, ¿me oyes?, ¡no te pasa nada! Es solo un ataque de pánico.

Pasó por debajo de la puerta una bolsa de papel que guardaba siempre en el bolsillo por si algún enfermo tenía ganas de vomitar en la ambulancia, consiguió entrarla entre el final de la puerta y el suelo, simplemente retirando un poco el felpudo.

—Escúchame, no tengas miedo, es papel no está fabricado con ningún químico, cógela y respira dentro de la bolsa. Respira pausadamente dentro de ella y verás cómo empiezas a encontrarte mejor.

Los tres pudieron oír como la joven obedecía mientras Jose hacía señas a la madre y a su compañero en señal de tranquilidad, de control.

—Muy bien, muy bien, oigo como respiras, eso está mucho mejor, tómate tu tiempo —Jose se acercó a la madre y le susurró al oído— simplemente se ha hiperventilado, en un ratito estará como nueva.

La madre no pudo evitar abrazarlo, estrujarlo entre sus brazos con fuerza, desde que su hija había enfermado era tanta la incomprensión recibida que la sensibilidad de aquel ATS la había conmovido profundamente. Enseguida se precipitó a sacar una cartera de dentro del bolso, la abrió rápidamente y mostrando un retrato de su hija dijo orgullosa:

—Mirad, mirad que guapa es, ahora está más delgada pobrecita, pero siempre ha sido una niña preciosa, tanto por dentro como por fuera.

—¿Desde cuándo le ocurre esto señora? —preguntó Rafa mientras que su compañero se había quedado prendado de aquella foto, de aquella risueña muchacha de ojos grandes y verdes y pelo rizado castaño.

—Hará unos cuatro años, al principio pareció una tontería, pero luego empeoró muy rápido. Es horrible, uno no sabe cómo ayudarla y encima la mayoría de médicos te tratan como si estuvieras loca.

Jose volvió a coger posición con su oreja pegada a la madera de la puerta y preguntó:

—¿Te sientes mejor?

—Mucho mejor, gracias, ya se me está pasando —respondió una voz mucho más sosegada.

Mientras que el ATS seguía asegurándose de que la chica mejorara su compañero recibió un aviso urgente en la radio.

—Jose, tendríamos que irnos, ha habido un accidente importante en La Castellana, requieren toda la ayuda posible.

Antes de obedecer el chico agarró comprensivamente a la madre por el brazo, sonrió y le dijo:

—No se preocupe, ella estará perfecta en menos de diez minutos, le prometo que me pasaré por aquí cada noche los próximos días para asegurarme de que está bien.

La madre volvió a abrazarlo con la fuerza de una mamá osa.

—Gracias, gracias, gracias, ¡gracias de verdad!

Depredador

Oh sí, la noche, como me gusta la noche, ya olisqueo a mi próxima víctima. La policía, esos estúpidos no podrían detenerme ni que me presentara en la comisaría y violara a una de sus compañeras. Ineptos, retrasados, no sois un obstáculo para mí. Éste es mi coto de caza y vosotros no sois más que sabuesos persiguiendo los restos del banquete. Oh sí, ya huelo mi próxima víctima. Quizás será esta jovencita, ¿no te han dicho que por la noche está el lobo feroz, puta?, vistes así para que te miren, pues yo te miro, te observo, te estudio, te analizo, lo sé todo de ti, serás mía. Ya noto tu sangre manando del cuello mientras te follo. Ninguna estáis a salvo de mí, sois mi harén, mis concubinas, mis zorras. Sois todas mías, todas mías. Oh sí, ya noto como crece mi polla, aún no está saciada, quiere más, siempre quiere más. Esperaré, te buscaré, pronto serás mías.

Capítulo III

El coche patrulla del sargento Telmo y el agente Walter seguían recorriendo Madrid, subían por La Castellana cercanos a terminar el turno cuando vieron varias ambulancias del samur y a policías de la municipal asistiendo a los heridos de una coalición múltiple. Ya eran más de las cinco de la mañana.

—Detente aquí Walter, a ver que están haciendo estos paletos.

El oficial salió con sus aires chulescos y preguntó al primer policía con el que se cruzó:

—¿Un accidente fuerte?

—Dos motos y dos coches, una pesadilla, ya tenemos un muerto y pronto pueden ser dos. Cualquier ayuda nos vendría bien.

Telmo escupió en el suelo y contestó:

—Esto es cosa de la municipal y los agentes de movilidad, la policía nacional estamos para resolver problemas de verdad.

Mientras se acercaba aún más al lugar de los hechos pudo notar la mirada cargada de odio que le seguía, proveniente, claro está, del policía municipal. Se acercó hasta un joven ATS que intentaba reanimar a una pobre chica, ésta no debería tener más de veinte años. El chico le practicaba la maniobra una y otra vez, sin rendirse, sin querer aceptar que la muchacha había muerto entre sus manos.

—Suéltala ya Josito, no seas gilipollas, la chica ya se ha reunido con San Pedro.

Jose se detuvo, furioso por aquella extraña noche y más aún con el sargento, a pesar de contar solo con veintiocho años de edad ambos eran viejos conocidos.

—¿No tienes ninguna prostituta a la que chulear?, vete a la mierda puto corrupto de mierda.

Rafael agarró por la chaqueta amarilla a su compañero y amigo, intentando que la sangre no llegara al río.

—Seré lo que tú digas pero por lo menos no soy un fracasado. La chica tenía más posibilidades de sobrevivir si no le llegas a meter las zarpas encima, niñato.

Jose ardió de ira por dentro, el casi metro noventa del sargento nunca le había impresionado, aquel tipejo con placa solo le provocaba asco.

—¿Fracasado yo?, que tienes…¿cuarenta tacos y sigues siendo un puto sargento vestido de pitufo?

—Yo seré un simple sargento pero tú sigues siendo un maricón —respondió el oficial justo después de volver a escupir en el asfalto.

—¿Sabes que en el siglo XI eso ya no es un insulto?

—¿Sabes que no por eso has dejado de ser un muerde almohadas?

Ambos se acercaron peligrosamente con aquella escalada de violencia verbal, mientras Rafael ya tenía que abrazar a Jose para mantenerlo quieto Walter intentó hacer lo mismo con su superior.

—Suéltame sudaca, este pimpollo no tiene cojones para pegarse conmigo.

Se miraron como dos machos peleando por una hembra, ambos estaban dispuestos a llegar a las manos cuando Rafael consiguió convencer a su amigo.

—Vámonos ya para el hospital, este fantoche no merece tu tiempo.

Capítulo IV

Ángel y Juan eran unos simples vigilantes nocturnos. Guarda jurados armados con berettas que portaban más de atrezzo que por otro motivo. Llevaban un año entero vigilando aquel museo, haciendo la ronda por aquellos tranquilos e interminables pasillos. Un año en el que no habían tenido que hacer nada en absoluto, y mucho menos algo que requiriera poner sus vidas en peligro.

—¿Qué hora es? —preguntó Ángel peinándose la media melena con la mano, asqueado por otra aburridísima noche de radio y chismes.

—Casi las seis, en media hora terminamos por fin. ¿Te has traído la camisa buena?, me encantaría entrar en el Style y tomarnos una copita allí, a estas horas está lleno de chiquillas borrachas y cachondas.

—Joder tronco, no sé cuántas noches querrás que lo intentemos. Ya sabes que los rusos de la puerta no nos dejan entrar nunca, por muy poco tiempo que falte para el cierre.

—Puto antro de pijos, pero hazme caso, hoy tengo una corazonada.

Juan siempre decía lo mismo, cada noche tenía un plan perfecto para colarse en aquel local de moda de la noche madrileña. Eran la noche y el día, mientras Ángel era un tipo calmado, con aspecto cuidado y cara de no haber roto un plato, de esos que seguía saliendo con la novia del instituto, Juan era un tipo de aspecto rudo, con la cabeza afeitada para disimular la alopecia y perilla en forma de candado, un brabucón y un fantasma. En lo único que se parecían era en la edad, estando los dos a principios de la trentena.

—Como quieras, pero, cuándo no nos dejen entrar esta mañana, ¿te convencerás de una vez por todas que no quieren gente como nosotros en el local?

—Si pasa esto sacaré la pipa y les volaré la cabeza a ambos —bromeó Juan mientras desenfundaba el arma y hacía el gesto de apuntar.

—¡Guarda eso coño!, un día de estos te verán hacer el gilipollas por las cámaras y nos echarán a los dos. Además ya sabes que antes de ir tenemos que pasar por la central a que nos guarden tu “segunda polla”.

—Cállate un momento —le dijo el rapado en un gesto de escuchar el transistor, obedeciendo a su compañero y enfundando de nuevo el arma.

Esta madrugada otra chica ha sido víctima del violador conocido como El Vampiro Caníbal. La joven tiene tan solo dieciséis años de edad y a pesar de sus aparatosas lesiones no se teme por su vida.

—Joder, al hijo de puta ese si tendríamos que darle un tiro —sentenció Juan.

—Amén —respondió Ángel.

Empezaba a amanecer, eran casi las siete de la mañana cuando ambos amigos se acercaban a la entrada del Syle. A esas horas ya no había cola, pero los dos hombretones como armarios que ejercían de porteros estaban allí dispuestos a hacer su trabajo. Se habían puesto sus mejores galas e incluso perfumado, pero acercándose a la puerta uno de los rusos ya movía la cabeza en señal de negativa.

—Lo siento pero no podéis pasar —dijo éste con un marcado acento.

—Joder, pero si vamos bien, ¿qué pasa con nosotros? —se le encaró Juan indignado.

—Órdenes del propietario, no podéis pasar.

—Me cago en Rusia y el vodka, cada puta noche igual.

Los dos musculados porteros no se inmutaron ante aquel comentario, pero Ángel fue lo suficientemente ágil como para llevarse a su amigo antes de que la liara.

—Déjame Ángel hostias, como me molaría darles un tiro en la puta cara te lo juro. Putos clasistas. Por cierto, ¿qué tal Julia en su nuevo curro?

Aquellos cambios de humor de Juan eran típicos, perro ladrador poco mordedor. Julia era la novia de toda la vida de Ángel, después de una larga temporada en el paro había conseguido un contrato temporal como barrendera por las noches, en el servicio de limpieza de la ciudad.

—Pues lleva poco pero bien, normal vamos. El uniforme no es exactamente sexy ni el trabajo demasiado creativo pero es lo que hay, son tiempos duros.

—Dile de mi parte que bienvenida a la noche.

Capítulo V

Una nueva noche empezaba en la capital. Julia y Ángel se vestían con sus respectivos uniformes dispuestos a ir al trabajo.

—¿Te he dicho alguna vez que el uniforme te queda genial? —le decía Julia con ojos pícaros.

—El tuyo tampoco está mal, resalta tus curvas —contestaba él juguetón.

La chica recorrió el pantalón de uniforme de su novio, acariciando sus partes por encima de la ropa.

—¿Esto que noto es la pistola?

—Sabes que no tengo licencia para llevarla a casa —respondía él guiñándole un ojo.

El guardia de seguridad agarró a la barrendera por las axilas elevándola, apoyándola contra la pared del pequeño apartamento mientras ésta se abrazaba a él con las piernas, enroscándolas como una serpiente. Aunque la muchacha era bastante bajita tenía un cuerpo muy bien formado, con una notable talla noventa de sujetador, cintura estrecha y duras nalgas. Tenía rasgos bonitos y armoniosos, con el labio decorado con un pequeño piercing de plástico y una larga cabellera rubia que solía recoger en una cola de caballo.

—Que cachondo me has puesto cariño.

—Pues vas a tener que ir frenando, los dos estamos llegando tarde al trabajo —le informó ella mirándolo con lascivia.

—Esto no se hace pequeña pervertida —contestó él con voz queda.

—No te preocupes, tu llega entero después del turno y prometo recompensarte —remató la conversación mordisqueándose el labio inferior.

Las horas fueron pasando en lo que parecía una noche calurosa pero apacible. Julia y su compañero Antonio recorrían la ciudad con el vehículo de limpieza, estacionando de vez en cuando para que ella pudiera rematar el trabajo con una escoba, luciendo aquel feo uniforme de color verde y amarillo fosforito.

—Justo por aquí vivo yo —informó Antonio.

—¿Qué tal el barrio? —preguntó la joven barrendera.

—Bueno, que quieres que te diga, normalucho. Con la mierda que nos pagan ya me contarás. Eso sí, una ventaja tiene, me queda cerca de mi camello.

Julia rio ante aquella ocurrencia, aunque trabajaban juntos desde hacía poco se habían caído bien desde el principio.

—Pues desde luego es una buena ventaja, por lo menos puedes colocarte al llegar a casa para intentar no notar la peste a orines y basura.

—Bueno, tampoco creas que me paso mucho eh. Pero justo esta semana he pillado un poco de maría, ¿te apetece?

—Hostia Antonio, no sé, me han contratado hace poco a ver si me van a pillar.

—No digas chorradas mujer, aparco aquí, subo un momento al piso y traigo un porrito liado. Ni se van a enterar, las calles estas desérticas. Eso sí, ¿qué me ofreces a cambio?

La muchacha reflexionó un poco, poniendo cara pensativa de manera teatral hasta que respondió:

—¿Una mamada?

Ambos se carcajearon con aquello, sin duda aquel experimentado empleado de la empresa de limpieza de Madrid hacía tiempo que no tenía una compañera tan divertida.

—Mejor no, no sea que tu novio poli me dispare o algo.

—De poli nada, es vigilante de seguridad. Suspendió el test psicotécnico cuando intentó entrar en el cuerpo de policía.

—No jodas —exclamó Antonio sorprendido.

—Como lo oyes, con la cantidad de cabrones que hay por allí y suspenden a mi chico que es un cacho de pan. Para fliparlo.

—Supongo que será como todo, mucho enchufe. Bueno, así es la vida, espérame aquí que ahora vuelvo con un cigarrillo de la risa.

—A sus órdenes mi comandante —bromeó ella de nuevo.

Entre las virtudes de aquel mastodóntico vehículo de limpieza estaba la comodidad, era lento, caluroso y apestaba, pero sin embargo era espacioso. Julia se acomodó en su asiento reposando las piernas en el salpicadero y abrió la puerta del copiloto para que entrara algo de aire. Con el camión parado no funcionaba ni la radio ni el aire acondicionado y se había olvidado de pedirle las llaves del contacto a su compañero antes de que se marchara.

Empezó a silbar, canturreando una canción cuando todo sucedió muy deprisa. De repente la puerta se abrió aún más y por ésta entró un hombre abalanzándose sobre ella. Llevaba puesta la capucha de la sudadera negra y también una gorra bien calada, dificultando así su identificación. Enseguida supo que estaba perdida.

—¡Suéltame joder!, ¡largo de aquí!, ¡¡¡socorro!!!

El agresor era mucho más hábil de lo esperado, en pocos segundos había conseguido bajarle los pantalones hasta rodillas para después darle la vuelta y estirarla sobre los asientos. Mientras ella se resistía como podía él ya se había librado de los pantalones del chándal, liberando una gran erección al no llevar ropa interior. Clavó su miembro en las finas braguitas blancas de su víctima mientras le susurraba al oído desde atrás:

—Tienes un buen culo limpiadora, me va a gustar follármelo mientras te chupo la sangre.

Histérica y con una taquicardia como nunca había tenido volvió a gritar, con todas sus fuerzas con la esperanza de que alguien la oyera, rezando para que su compañero llegase de un momento a otro. Su inútil lucha acompañada de los gritos de socorro pareció excitar aún más al violador. De un fuerte tirón le bajó también la ropa interior y dejando su trasero desprotegido colocó su glande en la entrada de su vagina, recordando la postura de los perros al copular.

—¡¡Nooooo!!, ¡¡noooooooo joder nooooooo!!, ¡hijo de puta!

El encapuchado consiguió penetrarla con extrema violencia, atravesando su cueva como lo haría un cuchillo con la mantequilla, todas las dificultades parecían motivarle aún más.

—¡Ohhh síiii!, ¡grita!, ¡gritaaaaaaaa!

Los cincuenta y tres quilos de la pobre muchacha fueron completamente ineficaces contra aquella brutal agresión, mientras que los gritos empezaban a mezclarse con los sollozos el depredador la embestía una y otra vez, arañándole todo el cuerpo sin dejar de penetrarla a gran velocidad.

—¡¡Ohhhh!!, me gustas puta, ¡me gustas!, ¡¡ohhhhhh!!

Aunque todo estaba pasando muy rápido Julia había gritado y forcejeado con tanto ímpetu que se sentía exhausta y afónica, suplicando apenas con un hilo de voz mientras aquel animal disfrutaba de su cuerpo.

—¡¡Vamos resístete guarra, grita, gritaaaa, ohhh, ohhhh!!

A los pocos segundos el agresor notó que iba a correrse, le agarró con fuerza los pechos desde atrás estrujándolos con violencia y mientras le mordía en el cuello con todas sus fuerzas eyaculó dentro de la víctima, llenándola de aquel cálido y repugnante flujo. Sentir su falo palpitando con el orgasmo y el sabor de la sangre en su boca fue suficiente para pensar que había valido la pena correr aquel riesgo.

—Recuérdame siempre limpiadora, eres mía —sentenció antes de desaparecer como si fuera una sombra.

La joven se sentía tan agredida, con aquel insoportable dolor en el cuello y la entrepierna y su cuerpo lleno de magulladuras y arañazos que no tuvo fuerzas ni de volver a vestirse, tan solo pudo llorar desconsolada con la cara apretada en el asiento del vehículo.

Capítulo VI

Mientras Rafael esperaba en la ambulancia, atento a cualquier urgencia, Jose llevaba casi dos horas hablando con Lidia a través de aquella puerta maciza de madera, por tercera noche consecutiva. Su intención era la de cumplir su palabra, la promesa que le había hecho a la madre, poco se esperaba que congeniasen tan bien. Aquella dulce chica, encerrada en su propia torre de babel. Se sentía más unida a ella en ese tiempo de lo que lo estaba con mucha gente que conocía de toda la vida.

—Entonces, ¿nunca podrás abrirme la puerta?

—Bueno, la cosa está difícil, los pocos experimentos que he hecho últimamente casi acaban conmigo. Si no te duchas en unas semanas quizás sí —bromeaba ella.

—Y claro, no siquiera puedo llamarte, ¿no?

—En mi casa no hay ningún electrodoméstico ni aparato tecnológico. Ni en la cocina, me pobre madre me trae cada día la comida, por suerte vivimos cerca.

—¿Y cómo pasas las horas?

—Pues gracias a unas cosas rectangulares, poco emocionantes y 2d, antaño les llamaban libros —rio ella— eso o hablando con algún apuesto médico por el zócalo de la puerta.

—No soy médico Lidia.

—¡Lo sé!, ¿quién estaba hablando de ti? —bromeó— quizás no eres médico, pero a mí me das vida Jose.

Su dulzura le conmovía, incluso más, su personalidad, su humor a pesar de estar pasando por aquel calvario. ¿Se podían enamorar dos personas condenadas a no poder tocarse nunca? Muchas eran las cosas que pasaban por la mente de ambos. Sentían paz tan solo hablando a través de aquella barrera arquitectónica, una paz necesaria en un mundo tan hostil.

—Encontraré la fórmula.

—¿La fórmula? —preguntó ella.

—Sí, la fórmula, la manera de poder estar contigo.

La cola a la discoteca parecía no tener fin, pocas veces los porteros recordaban tanta gente intentando entrar en el Style. Una marabunta de jóvenes bien vestidos, perfumados y de buena familia esperando horas para pagar los veinte euros que costaba el acceso.

—¿No estás harto de este trabajo? —le dijo Dmytro a su compañero Goran.

Llevaban casi tres años infundiendo el miedo en aquel local, uno era ucraniano y el otro bosnio, pero, ¿a quién le importaba? Todos daban por hecho que eran rusos. ¿Qué importaba si sus lenguas no se parecían en nada? , ¿qué uno hubiera nacido en la URRSS y el otro en Yugoslavia. ¿Qué más les daba a los clientes si Dmytro era protestante y Goran musulmán? Eran los rusos cabrones de la entrada del Style y lo iban a ser para siempre.

—¿Estar en una puerta toda la noche?, para nada —contestó el bosnio sarcástico.

—Tendríamos que hacer algo, algo bueno —pensaba en voz alta el ucraniano.

—No me meto en problemas, no bebo, le soy fiel a mi mujer, pago impuestos, ¿qué más quieres de mi Dmytro?

—Nos hacen trabajar de jueces, tu sí, tu no, tu sí, tu no. Le negamos la entrada a los que son como nosotros, simples trabajadores que luchan por salir adelante. Yo estoy harto de soportar las estupideces de tantos niños pijos.

—¿Vas a cambiar el mundo a estas alturas?, cuidado amigo, la última vez que alguien tuvo una idea así unió tu país a otros catorce, ¿recuerdas?

—No me refiero a eso joder, ya sé que no soy nadie, solo te hablo de un gesto —insistía Dmytro.

—¿Vas a estudiar interpretación?

—Casi prefiero cuando estás con el ramadán Goran, no eres tan ocurrente. Hoy cuando vengan esos dos amigos para intentar entrar los dejaré pasar. ¿Sabes quiénes te digo, no?, el flaco y el rapado ese. Empezaremos por algo así.

—Lo que tú digas, pero si el jefe nos echa la bronca ha sido idea tuya —contestó el bosnio, haciéndose el rudo pero gustándole la idea.

Ángel llegó al hospital con el corazón en un puño. Sabía que a su novia le había pasado algo pero nadie le había querido decir el qué por teléfono. Histérico fue preguntando de recepción en recepción, de médico en médico. Finalmente llegó hasta el pasillo donde estaba su habitación y una enfermera le denegó el paso.

—Buenas noches, ¿es usted el marido de Julia Navarrete?

—Soy su pareja sí, dígame, ¿Qué ha pasado?

—Soy Clara, la jefa de enfermeras. Verás, ayer estuvimos toda la noche intentando localizarle pero nos fue imposible. En las pertenencias de su novia solo encontramos el teléfono fijo pero nadie respondió.

—Los dos hacemos el turno de noche. Cuando llegué a casa y vi que no estaba pensé que habría ido a dormir a casa de su madre, lo hace a veces porque la distancia es menor de la zona que le toca trabajar que de casa. Descolgué el teléfono para poder dormir. Cuando me he despertado a las ocho he visto que había un montón de mensajes en el contestador —contestó nervioso el vigilante hasta que explotó— ¡¿me puede contar qué coño está pasando?!

—Bien, tranquilícese Julia está…está bien de salud. Sus lesiones no son de importancia, ha tenido suerte —Clara se arrepintió al momento de decir aquella frase— yo no puedo contarle gran cosa, debe esperar al médico que la atendió, está a punto de llegar.

Ángel no podía creer todo aquello, era como estar en medio de una pesadilla. Agarró a la enfermera por los brazos y zarandeándola insistió:

—¡¿Qué le ha pasado, dígamelo por favor?!

La mujer se dio cuenta que debía contarle algo, qué aquel hombre estaba a punto de tener un colapso, respiró profundamente y contestó:

—Ha sido agredida sexualmente, tiene algunas heridas pero no revisten gravedad.

El vigilante la soltó al momento, sintió que estaba a punto de desmallarse, la vista se le nublaba. Como pudo se sentó en una de las sillas de la sala de espera.

—¿Ha sido aquel monstruo?, ¿el Vampiro?

—Eso lo determinarán entre el médico y la policía, siento decirle que hoy no podrá verla, está sedada y creemos que es importante que le atienda un psicólogo antes de ver a ningún familiar.

—¿Su madre lo sabe?

—Aún no, como le decía solo encontramos el teléfono de su casa. Ella preguntó por usted en repetidas ocasiones. ¿Le aviso cuando venga el médico?

—Sí por favor, llámeme al móvil, tengo que hacer algunas gestiones.

Con el juicio totalmente afectado Ángel consiguió salir del hospital, se metió en su Seat Ibiza y condujo hasta la central de Seguritec, la empresa donde trabajaba. No sabía cómo se sentía, nunca había notado algo así. Era incapaz de llorar, de gritar, era como si lo hubieran vaciado por dentro. Una vez en el edificio fue directo a la armería, en el mostrador una compañera le esperaba masticando chicle y jugando con el móvil.

—Buenas noches cowboy, hoy llegas puntual ¿no?

—Sí, mira, he preferido venir con tiempo, ¿me puedes dar el arma por favor? —dijo como si fuera otro el que hablara, las palabras salían de su boca pero su dueño no era él.

—Por supuesto, aquí tienes Ángel.

El chico hizo un amago de irse, giró sobre sus talones y nuevamente habló con la compañera del mostrador:

—Judith, perdona que te meta en estos líos. Juan me ha pedido si le podía traer el arma al museo, como siempre llega tarde y no quería que lo amonestasen.

La chica pareció dudar unos segundos.

—Oye, de verdad, si te meto en un compromiso olvídalo, que se espabile.

—No, no, no te preocupes, ya te la traigo.

¿Cómo iba ella a sospechar de alguien como Ángel, la persona más tranquila de toda la empresa? Volvió con el pequeño maletín dónde guardaba el arma y se la entregó.

—Gracias, guapa, Juan te debe una.

El vigilante volvió a montarse en el coche armado con dos pistolas reglamentarias, condujo hasta la discoteca Style y frenó en seco en medio de la calle. Bajó del coche y empezó a andar decidido en dirección a la entrada. Por el camino le increparon varios jóvenes pensando que pretendía colarse. Cuando llegó aquellos armarios empotrados que ejercían de porteros le sonrieron como nunca habían hecho, pero ya era tarde.

Ángel desenfundó una de las berettas y disparó en la cara a Dmytro, abatiéndolo en el acto. Partes de hueso y carne se desparramaron por todas partes envueltas de una espesa sangre, enseguida reinó el caos, la gente corría o se tiraba por el suelo igual que lo hacía Goran, intentando salvar sus vidas. Un segundo disparo alcanzó en el cuello a una chiquilla de no más de diecinueve años mientras que un tercero impactaba directamente en el estómago de un bien vestido y joven muchacho. Los disparos sucedían sin más mientras el tirador gritaba:

—¿Me dejáis entrar ahora hijos de puta?, ¡ehh!, ¿y ahora qué?

Jose seguía hablando con su nueva amiga, su nueva persona especial. Su walkie-talkie sonó y desde el otro lado un nervioso Rafael le informó:

—Jose, bájate corriendo que ha pasado algo, algo gordo, ¡corre!

Se despidió a toda prisa y justo antes de dirigirse a las escaleras Lidia le gritó desde el otro lado.

—¡Jose!, prométeme que volverás luego para contarme que estás bien, ¡prométemelo!

—No quiero despertarte.

—¡Prométemelo por favor!

—Ok, lo haré.

Walter García y el sargento Calancha patrullaban por las calles aledañas a Capitán Haya mientras escuchaban la música de Joe Bonamassa. Al oficial le encantaba aquel músico, casi tanto como las drogas y las putas. Mientras se ponía un poco de cocaína requisada días anteriores en el dorso de la mano y la esnifaba le hacía indicaciones al agente para que parase al lado de tres prostitutas albanesas.

—Buenas noches señoritas, ¿cómo va la noche?, ¿os está tratando bien la calle?

Las tres rondaban los veintipocos años, una de ellas llevaba el pelo rubio platino, la otra de un rosa extraño y la tercera que parecía ser la líder era muy morena, contrastando con su piel blanca, casi lechosa. Todas llevaban el típico uniforme de trabajo, minifaldas cortísimas, camisetas de tirantes y por supuesto todo bien ceñidito al cuerpo.

—Buenas noches sargento, estamos bien, gracias.

Eran todos viejos conocidos y aquello inquietó a la morena de la voz cantante.

—Llámame Telmo, Dibra, que aquí nos conocemos todos ya. En fin, no os quiero hacer perder el tiempo, ¿qué preferís?, ¿pasta o polvo?

Las tres se miraron entre sí, asqueadas por aquellas extorsiones que ya eran más que frecuentes. Finalmente Dibra contestó:

—Acaba de empezar la noche, no hemos tenido tiempo de ganar nada.

—Pues nada mujer, mejor que mejor, hoy me siento travieso. Pero no te preocupes, que también estoy cansado, con una buena mamadita será suficiente. Vamos, preciosa, sube al coche.

—Sargento…

—¡Sube al coche joder!, no tengo toda la noche y hoy se me antoja morenita de postre.

Finalmente la chica albana obedeció, entrando en la parte trasera del coche patrulla. Walter sabía de sobras cómo funcionaba eso, sin que su superior tuviera que decirle nada condujo lentamente hasta una calle poco transitada. Telmo salió del asiento del copiloto y entró también en la parte de atrás, sentándose al lado de la prostituta. Se puso un poco más de coca en la mano y le ofreció a la profesional, que la esnifó sin pensárselo. Empezó a acariciarle el muslo, aquel pedazo de carne turgente y joven mientras que con la otra mano se desabrochaba el pantalón y sacaba su falo.

—Juega un poco con mi amiguita anda —le ordenó.

La muchacha agarró el miembro del policía y comenzó a masajearlo mientras éste seguía acariciándola, metiendo su mano por dentro de la minifalda y acariciándole el sexo por encima de la fina ropa interior.

—Así guapa, muy bien, ¿ves cómo tú y yo ya nos vamos entendiendo?

Enseguida apareció una buena erección, el oficial siempre había sido muy rápido en aquellas prácticas. Acarició los operados y enormes pechos de la prostituta, le agarró del pelo y llevó la cara hasta su instrumento.

—Así, toda tuya, cuidado con los dientes.

Dibra solo tenía en mente terminar lo antes posible, se introdujo aquel mástil tieso en la boca y mientras que con la lengua recorría todo el glande con la mano se ayudaba a metérsela y sacársela.

—Ohh síii, oh síii, como se nota que eres una buena puta, sigue, ¡sigue!

La albanesa seguía con aquella felación cada vez más rápido y más profundo, llegando tan hasta el fondo que incluso sentía arcadas.

—¡Ohhh, ohhh, ahhh, ahhh, ahhhh! Así, así.

Telmo acompañaba el movimiento con la mano que seguía agarrándola del pelo, forzándola incluso a ir más rápido, sintiendo que estaba cerca de eyacular.

—¡Ohhh, ohh, ohhh, ahhh, mmm, mmmmmm!

El francés era tan profundo que el policía podía notar la punta de su pene golpeando contra la campanilla de la prostituta, agarrándola de la cabeza la obligó a quedarse un instante quieta y sin darle tiempo a reaccionar se corrió, llenándole la garganta de semen.

—¡¡Ohhhh síiiiiiii!!

Por fin Dibra consiguió retirarse, tosiendo y carraspeando, notando como las náuseas iban en aumento.

—Dale la botella de agua Walter —ordenó el oficial mientras volvía a vestirse— se ha ganado un buen sorbo. ¿Quieres tú también compañero?

—No gracias sargento, estoy bien.

Telmo estaba a punto de burlarse de él, pensando qué comentario racista podía proferirle cuando la radio lo interrumpió:

A todas las unidades, repito, a todas las unidades, tiroteo en la Discoteca Style. Hombre armado, hombre armado.

El sargento abrió la puerta de atrás y casi a empujones sacó a la prostituta mientras ordenaba:

—Vamos García coño, ¿no lo has oído?

—¿No sería mejor esperar a la brigada especial de intervención mi sargento?

—Conduce y calla joder, para cuando lleguen esos no habrá nada que salvar.

El agente hizo caso de la orden directa, conectó la sirena y a toda prisa condujo en dirección al lugar de los hechos. Cuando llegaron pudieron ver  como una ambulancia había sido la primera en aparecer, el ruido de los disparos no había acabado.

—¡Párate aquí y quédate en el coche con la cabeza gacha!

Walter obedeció mientras el sargento salía del coche rodando y corriendo de cuclillas se atrincheraba detrás de un coche estacionado. Cerca de su posición pudo ver como un ATS había optado por la misma táctica.

—¡Jose!, ¡Jose!, ¡¿eres tú?!

—¡El hijo de puta ha matado a Rafa!, ¡está disparando a todo el mundo! —contestó éste asustado, casi en shock.

Telmo consiguió mirar un poco más allá de su posición, pudo ver como el cuerpo sin vida de Rafael permanecía sentado en el asiento del conductor de la ambulancia, con un disparo en la cabeza. Más allá solo veía caos, gritos y carreras, corredizas que huían de los disparos.

—¡No te preocupes Jose, estás a salvo!, ¡no te muevas de allí me oyes!, ¡estate quieto!

—¡Los está matando a todos joder, es un puto loco! —No paraba de repetir el ATS.

Levantó nuevamente la vista y un disparo silbó cerca de su oído, impactando en uno de los cristales.

—¡Joder, la madre que lo parió!

Se dio cuenta de que los refuerzos tardarían en llegar, pensó que cada segundo era vital para salvar una vida, se concentró, respiró profundamente y empuñando el arma con ambas manos salió un segundo de su escondite, detectando al tirador y disparándole sin pensárselo para volver a parapetarse. El tirador disparó contra el coche nuevamente, pero el sargento estaba seguro de haberle dado. Repitió la acción, pensó que era todo o nada, una jugada a cara de perro, salió de su escondite y disparó nuevamente dos balas que impactaron de lleno contra el asaltante.

Sin darle opción a réplica corrió lo máximo que pudo hacia él apuntándole con la pistola, al llegar vio a un joven muchacho, de unos treinta años, ahogándose con su propia sangre, nada podían hacer por salvarle la vida. Recogió el arma que estaba en el suelo y también la que llevaba en el pantalón ya sin munición, observó a su alrededor y se dio cuenta de que el espectáculo era dantesco. Las ambulancias y los policías tardaron poco en llegar mientras él se dirigía directo al ATS.

—Jose, ya está, ¿estás bien?, ¿te han herido?, tienes sangre por todas partes coño.

—Es de Rafita, joder, joder, joder, menudo cabrón, ¡joder!

El oficial lo abrazó con fuerza, con mucha fuerza, de manera protectora y paternal.

—Ya está, ya está hijo, no le va a disparar a nadie más.

El trabajador del samur le devolvió el abrazo, nunca habría podido imaginar aquella escena, el tiroteo, el villano convertido en héroe, la muerte de su compañero, aquellas imágenes navegarían por su mente durante mucho tiempo.

—¿Es un terrorista? —pregunto el ATS tembloroso.

—No me lo parece, ahora toca atender a todos los heridos, recomponte hijo, eres un valiente.

Eran las cinco de la mañana cuando el taxi dejó a un ensangrentado Jose en la dirección donde vivía Lidia. No sabía por dónde empezar, subía los escalones que llevaban a su piso como un alma en pena. Rafa había muerto y él lo único que quería era un abrazo, estrechar entre sus brazos a aquella inocente y dulce chica. Cuando llegó a la puerta de su piso se apoyó en el la puerta, reuniendo las fuerzas necesarias para llamar con la mano, pero desconcertantemente la puerta se abrió sola. Jose miró la cerradura, claramente se veía forzada. Volvió en sí y entró sin pensárselo gritando su nombre:

—¡Lidia!, ¿¡Lidia estás bien!?

Recorrió el comedor sin encontrar a nadie, su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo incluso en la nuca. Histérico llegó hasta su dormitorio y la encontró estirada en el suelo, estaba semi desnuda y respiraba con mucha dificultad. Pudo sentir la violencia por la que había pasado, la tortura que aquel frágil y delgado cuerpo había tenido que soportar. Una hilera de sangre resbalaba por su muslo mientras que su cuello parecía haber sido atacado por un animal salvaje, con marcas profundas y sanguinolentas. Lo tuvo claro, el Vampiro Caníbal había estado allí aquella noche.

Capítulo VIII

A las seis y media en punto de la mañana Clara abandonaba el hospital. Esa noche no había querido alargar ni un solo minuto su turno, era demasiado lo que había tenido que ver la última semana. Su marido había intervenido en un tiroteo aquella misma noche y aunque había conseguido hablar con él, cerciorándose de que estaba perfectamente, lo único que le apetecía era llegar a casa, bañarse y abrazar a Telmo. Vestida ya de calle, con una blusa blanca y una falda vaquera, anduvo agotada en dirección al parking del hospital que se encontraba en el edificio de al lado. Era noche cerrada, el sol aún no se asomaba y aquella parte del complejo médico estaba siempre especialmente oscura, fue en el momento preciso, en el lugar preciso, donde la abordaron.

De las sombras un hombre cubierto con capucha y gorra se abalanzó sobre ella, tirándola al suelo y lanzándose encima. En un par de segundos el asaltante ya había conseguido quedarse entre sus muslos, subiéndole la falda a la vez que le abría las piernas, haciéndole notar su bulto presionado contra su sexo, separados tan solo por el chándal y la ropa interior de la enfermera. Clara supo enseguida de quien se trataba, aquella habilidad, su atuendo y su modus operandi lo delataron enseguida.

—Buenas noches guapa, hoy estoy hambriento de sexo, espero que seas más divertida que la flacucha de hace un rato.

Su voz era tan grave que casi parecía distorsionada y aquellas frases, la maldad de sus ojos, lo convertían en un ser absolutamente escalofriante.

—¿Notas mi polla contra tu coño?, pronto te la habré metido por todas partes —mientras el Vampiro le decía eso al oído aprovechaba para lamerle el cuello de arriba abajo, marcando una de sus zonas preferidas.

A pesar del pavor que sentía la enfermera se quedó impertérrita, quieta como si se tratara de una muñeca hinchable. Había hablado largo y tendido con su marido sobre aquel animal, aquel depredador nocturno ávido de violencia y sexo. La palabra clave era violencia, el perfil psicológico que la policía manejaba sobre él hacía especial mención a eso, le gustaba asustar a sus víctimas, era el control y el miedo que infundía lo que realmente le excitaba. A pesar de notar la respiración y el pulso disparado Clara siguió inmóvil.

—Oh sí perra, eres mía, ¿me oyes?, eres toda mía. Te voy a follar y luego me beberé tu sangre.

La sangre fría de la mujer era digna de premio, permaneciendo quieta y con la mirada completamente perdida, el violador se sentía confundido con aquella reacción. Se bajó los pantalones del chándal y restregando el falo contra su ropa interior insistió:

—¡Te joderé tan duro que no podrás ni andar cuando termine contigo perra!

La enfermera siguió sin mover un solo músculo, desquiciando a su asaltante.

—¡¿Es que no me oyes?!, ¡voy a destrozarte puta!

—Pues empieza, no tengo todo el día —contestó ella en un acto heroico, pensando que después de aquello podría incluso desmayarse.

Frente al hospital público dos jóvenes colombianos andaban lentamente, uno de ellos con la rodilla completamente vendada, ayudado por su amigo.

—No sabía que daban altas a estas horas Snake.

—Y no las dan, pero ya estaba harto de tanta pendejada, ¿cómo andan las cosas por el barrio? —preguntó el líder pandillero, cojeando.

—La cosa está tranquila hermano, tenemos pocos hombres y aquel madero jueputa que te rompió la rodilla no nos deja ni respirar.

—Mal parido, cuando lo agarre se va a enterar.

—Lo que sí que hubo esta noche es una balasera, en una discoteca, hay siete muertos por lo visto.

—¿Quién fue pues?, ¿Los Trinitarios?, Domican don’t play?

—Por lo visto fue un blanquito al que las cosas no le iban muy bien, nada de bandas. El local era para niñitos ricos.

El malherido jefe de la banda asimilaba la información cuando unos gritos llamaron la atención de los jóvenes, venían de muy cerca. Alarmados decidieron ir hacia el lugar, el pandillero con los brazos decorados por serpientes cojeando, intentando seguir los pasos de su compañero como podía. Al llegar vieron a una mujer en el suelo siendo agredida por un encapuchado, éste ya tenía incluso los pantalones bajados y le gritaba:

—¡¡Defiéndete puta!!, ¡¡te voy a matar!!

Los chicos se acercaron a él, estaba tan desquiciado que el asaltante ni siquiera los oyó llegar.

—Es el pervertido del que las noticias hablan todo el día —le digo el pandillero a su jefe.

Snake se lo quedó mirando, apoyado en su pierna buena y con los nervios de acero hasta que dijo:

—¡Eh!, ¡pendejo!

El Vampiro se levantó casi de un salto, subiéndose los pantalones patosamente y clavando su mirada en el jefe. Éste tenía la mano dentro del bolsillo de una sudadera deportiva, sacó un afiladísimo cutter, modificado para ser letal y le increpó nuevamente:

—Conmigo no te atreves e gonorrea, ni estando lisiado.

El violador miró a su alrededor, pensó cual sería la mejor dirección por la que huir pero justo en ese momento el otro chico se abalanzó sobre él, inmovilizándolo. Snake se acercó hasta el depravado a la pata coja, lo miró por última vez y sin darle más vueltas le cortó la garganta con un preciso movimiento circular.

—¡En la radio he oído que te gusta la sangre jueputa!

—Joder Snake lo mataste, ¡está sangrando como un cochino!

La sangre salía a borbotones mientras el encapuchado cedía, cayéndose al suelo entre sonidos guturales.

—Nadie lo echará de menos —afirmó el jefe mientras que mirando a la víctima que seguía en el suelo le dijo— usted no ha visto nada.

Clara dijo que sí con un gesto con la cabeza, reincorporándose lentamente, asustada y agradecida a la vez mientras los integrantes de Colombian Crew se alejaban lo más rápido que eran capaces.

Capítulo Final

Juan había bebido tres whiskys antes de las once de la noche. Se sentía culpable, triste, enfadado, desmotivado, vacío. Nunca podría sacarse de la cabeza la imagen de llegar a la central y que al pedir su arma la chica del mostrador le dijera que ya la había recogido su compañero. Supo enseguida que las cosas iban mal, pero jamás imaginó que tanto. Aquel mes que la empresa le había ofrecido de vacaciones pagadas, con la intención de que se recuperase psicológicamente, eran más una tortura que una ayuda.

Era demasiado tarde para seguir en un bar y demasiado pronto para entrar en cualquier discoteca. Paseando sin rumbo, notando el efecto del alcohol en sus venas, llegó hasta un extraño local, el cartel rezaba: Swinger Club Libertine Madrid.

La curiosidad lo hizo entrar. Lo primero que se encontró fue una sala mal iluminada, decorada con elementos sadomasoquistas y cuadros de orgías. Una joven muchacha vestida estilo dominátrix se le acercó sonriente.

—Buenas noches caballero, llega usted un poco pronto.

—Pasaba por aquí —contesto él con desgana.

—No se preocupe, este es un local de diversión, dígame por favor, ¿cuáles son sus gustos?

—¿Mis gustos?

—Sí, heterosexual, bisexual, homosexual…

—Normal —contestó él precipitadamente— quiero decir, heterosexual.

—Perfecto —contestó la chica mientras le ponía una pulsera verde fosforito alrededor de la muñeca— como es un poco pronto de momento solo tenemos abierta la barra principal y la sauna humeante, ¿le apetece relajarse?

—Lo necesito.

—¡Esa es la actitud!, por favor vaya por aquel pasillo de en frente, siga recto hasta el final. A la derecha encontrará las taquillas donde dejar la ropa y toallas, desde el mismo vestuario podrá entrar usted en la sauna.

—Gracias.

Juan siguió las instrucciones al pie de la letra, se desnudó en aquel pequeño vestuario y enrolló una de las toallas disponibles alrededor de su cintura. No sabía dónde se estaba metiendo, pero su calma era absoluta. Atravesó la puerta debidamente señalizada y entró en una habitación iluminada con tonos rojos, con humo y calurosa pero ni mucho menos como lo sería una sauna tradicional. En el centro de la sala había un curioso tatami con forma circular. Vio a tres personas sentadas en el banco de madera y decidió unírseles. Mientras sus ojos se acostumbraban al nuevo ambiente se rascaba la afeitada cabeza, ahora sí un tanto inquieto por lo extraño de la situación.

—Y bien, ¿cuál es tu historia? —le preguntó la atractiva mujer que estaba sentada a su lado, una madurita de unos treinta y ocho años que cubría como podía su cuerpo con la toalla, enrollada ésta a la altura de los pechos.

—¿Mi historia?

—Sí, ¿cómo has acabado aquí?

—Ah, pues, de pura casualidad sinceramente, no tengo claro ni dónde estoy. Ha sido una semana de mierda en el trabajo, mucho estrés. ¿Y tú?

—Soy jefa de enfermeras en un hospital, han sido las peores semanas de mi vida, necesito desconectar —contestó Clara, la madurita.

—¿Tu cara me suena? —dijo un portento de hombre sentado al lado de la madurita, con un acento muy marcado.

—Quien sabe —se limitó a contestar el vigilante.

No mentían, entre la poca iluminación y el shock que habían vivido todos las últimas semanas no llegaron a reconocerse.

—¿Qué haces tú por aquí? —pregunto ahora Clara al hombretón extranjero que se sentaba a su izquierda.

—Es fácil, he perdido la fe en Alá, ya no escucha mis oraciones —se limitó a contestar Goran, el musculado bosnio.

—¿Y tú quién eres si puedo preguntar? —le dijo Juan al joven que se sentaba a su derecha, con la cara más compungida de los cuatro.

—Alguien que ha perdido un amigo y una relación la misma noche —respondió Jose, el ATS.

—No me digas más, ¿tu mejor amigo se enrolló con tu novia? —insistió Juan acariciándose ahora la perilla.

—Ambos murieron, él por un accidente y ella a causa de un ataque, tenía una enfermedad que hacía que fuera muy frágil —respondió camuflando la verdad para no entrar en detalles.

—Joder tío, lo siento, no debería haber insistido.

—Tranquilo —contestó el ATS sin levantar la vista del suelo.

¿Cómo iban a saber aquellas personas que todos hablaban de los mismos sucesos?, que estaban conectados por la noche y la violencia de una manera tan cercana que jamás podían imaginar.

—Bueno, veo que todos lleváis la pulsera verde por lo menos —intentó romper el hielo Juan.

—Sí, los tres mosqueteros y lady puta —bromeó Clara, completamente deshinibida.

—¿Y ahora qué? —añadió el bosnio, ingenuamente.

Clara se levantó del banco, avanzó unos metros y se dio la vuelta poniéndose frente a sus tres nuevos amigos, dejó caer la toalla y contestó:

—Ahora tenéis que decidir si os gusto, y si es así, pues, una para todos y todos para una.

Los tres varones la repasaron con la vista, les gustaba lo que veían. Aquella mujer que se acercaba a la cuarentena, con el pelo largo y castaño claro, los labios delicados y las facciones bonitas. Tenía los ojos cansados pero bonitos. Su figura era apetecible, con pechos grandes y aunque algo caídos bastante firmes, una cintura delgada y unas nalgas tersas y compactas. Sus piernas eran largas y estilizadas.

Juan fue el primero que se levantó, quitándose la toalla y metiendo barriga, intentando disimular algún que otro michelín. Anduvo hasta Clara y se quedó junto a ella, repasándola nuevamente con la mirada y afirmando:

—A mí me gustas.

El siguiente en animarse fue Goran, desprendiéndose de la toalla y mostrando su musculado cuerpo, a pesar de su edad no tenía ni un átomo de grasa ni ninguna parte de su anatomía que no estuviera trabajada en el gimnasio. Su miembro lucía enorme incluso estando en reposo. Se acercó a los dos, más de cien quilos de carne de la Europa del este, puso su enorme mano con delicadeza encima de uno de los pecho de la enfermera y afirmó con la cabeza.

Mientras Jose observaba aquella escena completamente descolocado, los tres amantes empezaban a tocarse. Acariciándose suavemente, con sus manos recorriendo aquellos sudorosos cuerpos. Goran seguía jugando con la delantera de la sensual madurita mientras que Juan hacía lo propio con su trasero, besándole en el cuello. Clara sentía como se estremecía su cuerpo por la lascivia, agarrando sendos miembros, uno con cada mano, masturbándolos muy lentamente y notando como éstos crecían entre sus dedos. El vigilante se animó rápidamente, frotando el clítoris de la enfermera con movimientos circulares, notando como ella se excitaba con las caricias.

—Mmm, mmm, mmm.

Los pequeños gemidos de placer se confundían en aquella extraña sala.

—Estás buenísima —le susurraba Juan al oído, con el falo completamente erecto.

—Oh, oh, ohh —gemía Clara mientras se le humedecía el sexo por completo.

La madurita soltó los aparatos de ambos y coquetamente se desplazó hasta el tatami, se tumbó en éste y abriendo las piernas como si fuera una parturienta les ordenó:

—Folladme, hacedme vuestra.

Juan dio un paso al frente pero Goran lo detuvo poniéndole la mano en el pecho, se adelantó a él marcando territorio como si fuera un macho alfa y fue directo a la hembra en celo que le esperaba con ansias. Se tumbó encima de ella con cuidado, consciente de su corpulencia. Notó como vibraba de calentura Clara al colocarle el glande en la entrada de su vagina y con un movimiento firme pero controlado la penetró lentamente.

—¡Ohhhhh! —gritó la enfermera de gusto mezclado con dolor, aquel pedazo de carne era sin duda lo más grande que la había penetrado nunca, pero estaba tan lubricada que rápidamente el dolor fue desapareciendo, dejando paso solo al placer.

—¡Ohhh, ohhh, ohhhh!

El bosnio siguió embistiéndola, con cuidado pero vigorosamente, la masculinidad de Goran hacía arder en deseos a Clara, que le acariciaba el desarrollado pectoral mientras notaba su cueva completamente colonizada por su gran miembro. Ambos gritaban excitados ante la mirada envidiosa de Juan, que se había acercado a la escena y se acariciaba mientras los observaba.

—¡¡Ahhh, ahhh, ahhhh, ohhhh, ohhhhh!!

Goran disfrutaba viendo como los generosos senos de la enfermera se movían al son de las sacudidas, sentía su polla tan presionada dentro de aquel conducto que el placer era indescriptible. Con picardía Clara fue disminuyendo el ritmo del coito hasta detenerlo, tumbó a su amante en el suelo y ahora fue ella la que se puso encima, se ensartó aquel afilado sable en sus entrañas y mirando a Juan le dijo:

—Tengo más orificios disponibles.

Mientras la madurita recuperaba el control de la situación y retomaba el coito el vigilante no podía creerse lo que acababa de oír, aquella sensual mujer le había invitado a practicar sexo anal con ella, una acción que en sus más de treinta años no había hecho con nadie. Cegado por la calentura se acomodó como pudo encima de ella, colocó su miembro en la entrada de su ano y con alguna dificultad la penetró lentamente hasta que los testículos chocaron con sus nalgas.

—¡¡Ahhhh!!, ¡¡ahhhhh!!, ¡¡ohhhhhhh!!, ¡¡¡ohhhhhhhhhhhhh!!!

Aquel sándwich sexual era algo nuevo para todos, Juan nunca había practicado el griego hasta esa noche, Clara jamás se había imaginado verse en medio de una doble penetración y Goran había estado más de veinticinco años acostándose solo con su esposa. Los tres fornicaban como animales, sudorosos, libres de culpa, disfrutando de aquella cópula tabú para tanta gente. Era como si de alguna forma todos ellos estuvieran predestinados a compartir sus cuerpos, como si una fuerza incomprensible se hubiera confabulado para que aquella orgía se realizase.

—¡¡Ohh síii, síii, folladme, folladme los dos!!

Mientras que el bosnio magreaba las tetas de la enfermera a la vez que aumentaba el ritmo de sus caderas Juan sintió que estaba a punto de eyacular, corriéndose sin previo aviso en el culo de aquella deseable mujer, llenándola de semen entre descontrolados espasmos.

—¡¡Ohhh, ohhhh, ohhhh, síiii, síiiiii!!

Cuando consiguió recuperar el aliento exclamó:

—¡Mierda no me he puesto condón!

—No os preocupéis, no os preocupéis —decía Clara con la voz entrecortada— os juro que estoy sana y me importa una mierda si vosotros lo estáis.

Ella fue la siguiente, sintiendo el falo del bosnio en su interior y sus masculinas manos por todo el cuerpo se movió con salvajes embestidas de cadera hasta que se corrió, alcanzando el orgasmo más bestia de su vida, notando como su cuerpo temblaba como una hoja impulsada por el viento.

—¡¡Ohhhhh, ohhhhhh, ohhhhhhh, síiii, síiiiiiiii!!

Exhausta salió de encima de Goran, intentando recuperar el aliento mientras oía las quejas de éste.

—Yo no estoy, ¡Goran no terminar!

Empezó a gatear por el tatami y con un hilo de voz lo tranquilizó:

—Tranquilo corazón, aún no hemos terminado.

Siguió avanzando como un felino hasta llegar a Jose, que contemplaba la escena desde el banco de madera, excitado con aquella película porno tridimensional. Como en un acto reflejo se puso de pie a la llegada de Clara, ésta sin mediar palabra le arrancó la toalla, lo miró con ojos de viciosa y se metió su erecto pene en la boca, lamiéndolo por todas partes mientras se colocaba a cuatro patas.

El bosnio enseguida entendió el mensaje, fue hasta donde estaba ocurriendo la improvisada felación y se puso de rodillas detrás de la enfermera. Acomodó su gran altura a la de la madurita y la penetró vaginalmente en la postura del perrito, con fuerza desde el primer momento, observando como las nalgas de Clara se enrojecían a medida que se sucedían las sacudidas.

—Ahhh, ahhh, ahhhhhh, ohhhhh.

Jose y Goran gemían como posesos, agradecidos a la enfermera cachonda que ahora hacía de juguete sexual generosamente.

—¡¡Ahhh, ahhh, ahhhh, ohhhh, ohhhhh!!

El siguiente en dejarse ir fue el musculoso portero, aquella sugerente perspectiva de la espalda de Clara, viendo sus tetas rebotando sin pasar lo habían puesto aún más cachondo si cabe, corriéndose en el dolorido coño de su amante, estallando entre gemidos de placer.

Clara se sacó momentáneamente el miembro de Jose, masturbándolo en todo momento con la mano para que no perdiera el ritmo, le miró desde el suelo con lascivia y le dijo:

—No te preocupes cariño, tómate todo el tiempo que necesites.

Volvió a metérselo en aquella celestial cavidad, chupándoselo y pajeándolo simultáneamente a ritmo de centrifugado, mostrándole unas preciosas vistas de sus carnosas mamas hasta que por fin, mucho antes de lo esperado, eyaculó con la fuerza de un torrente, llenándole la garganta de su leche caliente. Clara exprimió hasta la última gota, se separó de aquel mástil y dijo exhausta:

—Pues ya estamos todos.


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