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Fecha: 09-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Orgías

Una mera espectadora-

Pieldemanzana
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A veces, muchas veces, ni siquiera sabes el porqué pasan las cosas, solo pasan. Puedes ser espectadora o personaje, a veces ambas cosas a la vez. Estás allí, parada o activa, depende del papel que te toque representar en ese momento. Pero el hecho es que estas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

A  veces, muchas veces, ni siquiera sabes el porqué pasan las cosas, solo pasan. Puedes ser espectadora o personaje, a veces ambas cosas a la vez. Estás allí, parada  o activa, depende del papel que te toque representar en ese momento. Pero el hecho es que estas.

En aquella ocasión, como en otras, me consideraba una mera espectadora. Casi escondida en la oscuridad, como si no quisiese estar allí pero deseando estarlo.

Podía, desde mi palco creado, contemplar la escena casi sin rubor. Al menos sin sentir esa comezón en las mejillas que te avisa cuando algo te estimula.

Tomaba sorbos de mi copa mientras mis pupilas abiertas se recreaban en el escenario improvisado, en la obra representada solo para mí.

El sonido me llegaba como lejano, como amortiguado por el escai de los sofás, suavizado por la dulce melodía que envolvía al silencio.

Miraba, y en mis ojos estallaban masas de piel sudorosa, bocas que se buscaban entre sí, mezclas de  olores y sabores solo reservados a los dioses del Olimpo.

Cuerpos desnudos que se retorcían en un afán de crear formas imposibles, bocas que buscaban un átomo de aire que faltaba en sus pulmones, vacios de quejidos. Manos que viajaban desde montes níveos a valles oscuros. Que subían inhiestos menhires o vagaban por espaldas desiertas de ropa y ataduras.

Todo podía verlo desde mi palco privilegiado.

Miraba y podía ver perfectamente como, una boca hambrienta, se inundaba  de carne caliente hasta rozar su paladar, mientras, en su mismo cuerpo, una boca saltaba de la cumbre de un pecho a otro o se hundía en su más íntimo paradero.

Me subí un poco la falda y mi mano resbalo despacio hasta el lugar donde mis muslos se hacían uno. Justo hasta el lugar más privado de todo mi ser.

Ladee ligeramente la cabeza  para poder contemplar aquella escena de sexo y pasión que se deslizaba delante de mí.

Podía ver perfectamente como dos bocas diferentes se afanaban en tapar la entrepierna del hercúleo adonis mientras este hundía su lengua en los interiores de una muñeca de porcelana, pelirroja y pecosa que cabalgaba su cara como poseída.

Más allá, sobre un diván largo y marrón, dos cuerpos femeninos buscaban la manera de hacer sus sexos uno, en una enloquecida tijera de placer y con sabor a mar y lascivia. Sus manos apretaban uno a uno cada centímetro de piel libre.

Un leve gemido se escapo de mis labios cuando roce, para mi delirio, el botón del amor. Estaba allí, escondido entre los pliegues de mi piel, anhelante de roces de amor y ternura.

Algo parecido a un mareo me hizo cerrar los ojos cuando aparte la barrera que lo separaba de mis dedos y   note la yema recorrerlo con mucha ternura.

Una  invasión de jugos de placer inundo mis partes más intimas a cada pasada del  jugar de mis dedos.

Pare, no tenía prisa. Con mi mano libre alcance un cigarrillo de la mesa y saboree el humo al entrar en mis pulmones, como un himpas de espera a placeres venideros.

Mis ojos volvieron al escenario y pude ver como una chica gritaba desgarrada cuando la tomaron por detrás clavándola a la moqueta sin miramientos. No, no era dolor lo que sentía, más bien placer, el placer de sentirse llena hasta el alma de carne caliente y trémula que hurgaba en sus interiores.

Dos manos la sujetaban firmemente de las caderas mientras  un segundo instrumento de placer buscaba ahondar entre sus labios, como una comunión de Lesbos y Afrodita.

Sus manos se crispaban contra la suave moqueta a cada empujón del Hércules de turno, que barrenaba sus carnes sin más miramientos que rozar con la punta de su cimbel hasta el último centímetro de su interior.

Casi podía sentirlo yo en mis propias entrañas, casi  deseaba ser yo, y no ella, la recibidora de tanta atención.

Subí  la pierna hasta alcanzar con mi tacón alto el filo de la mesa, donde lo apoye para dejar a mi mano mas vía libre al esparcimiento.

Aspire una nueva bocanada de cigarrillo rubio americano mientras un dedo buceaba en mis interiores, como queriendo emular lo que mis ojos miraban.

Pronto fueron dos los dedos que paseaban arriba y abajo en el pasillo de mi templo de placer. Y, a cada arremetida, me hacían soltar pequeños gemidos, fruto de  la fiebre que comenzaba a devorarme.

Mire de nuevo y podía contemplar como dos cuerpos se revolcaban sobre el suelo caliente mientras se abrazaban. El uno penetrando, el otro siendo penetrado.

Todo a mi alrededor, arriba y abajo, todo entorno a mí, eran gemidos sin contener, sudores que perlaban frentes y pechos. Aromas de sexo.

Pude contemplar como una boca se abría esperando el mana blanco que daba rienda suelta a los quejidos de su compañero, mientras se vertía incontenible en aquellos labios de coral y aquella lengua sabia. Lo vi resbalar por la comisura de su boca mientras hundía aquella carne latente hasta la garganta. Saboreaba cada gota como si de agua de vida se tratase.

Mis dedos apresuraron su paso, como si tuviesen prisa por llegar a ninguna parte.

Apreté sobre la tela el montón de carne que tenía en el pecho. Voluptuosidades  envueltas en satén que clamaban verse libre de constricciones  y encajes.

Note como sus puntas buscaban mis dedos en el afán de ser apretadas, reclamando para sí la atención que la otra parte ya gozara.

Abrí mi blusa y con movimientos lentos alcance a escalar la montaña de mi pecho. Me estremecí al retorcer su punta entre mis dedos. Gemidos ahogados y mi lengua que luchaba por alcanzarlos, quizás sabedora de que la saliva aun calmaría tanta necesidad.

Apenas si los rozaba pero, al saborearlos, mi propia  piel salpico mi boca de sabores dulces  lechosos.

Mi cabeza giraba como un tiovivo de feria.

Frente a mi veía perfectamente con una lengua hurgaba en un triangulo de piel rasurada mientras su dueña gritaba pidiendo mas y mas.

Una mano apretaba los globos de un trasero níveo   mientras otra se colaba entre aquellas redondeces buscando perderse entre sus calurientas paredes de piel.

No había un trozo de piel libre en aquel aquelarre  de sexo. No había una boca vacía, un agujero sin tapar, un mástil sin asir. Todo era premura, prisas, ahogos, gritos, sudor y flujos. El paraíso de algunos soñado.

Para entonces ya mi piel no quería parar, buscaba de mil maneras la liberación de la tensión contenida, el correr de flujos por mis muslos calientes, alcanzar la escalera del Olimpo.

Un dedo volaba sobre mi clítoris mientras mi otra mano apretaba con avaricia un pezón erguido. Mi pecho subía y bajaba ansiando más aire que llevar a mis pulmones colapsados.

Mi columna vertebral se quebraba buscando la estrechez de mi pubis contra mi mano.

Estaba allí, llegaba mientras un rio de semen inundaba las entrañas de una chica aun más necesitada de yo, a decir por sus gritos.

Estalle en polvo de estrellas mientras mis piernas temblaban y mi boca lanzaba obscenas palabras dirigidas a nadie. Parecía una colegiada aliviada de la tensión de la virginidad.

Me estremecí de punta a punta mientras mi mano apretaba fuerte un pecho y mil fluidos inundaban mi ser.

La obra casi había terminado. Uno a no los figurantes y personajes recogieron sus ropas esparcidas por las estancia. De uno en uno los vi recuperar perezosamente del letargo inducido.

Casi sin verse volvieron a ser las personas normales ante mis ojos. Bien vestidos. Guardando aun en sus mejillas los colores del  minuto pasado. Las faldas bien colocadas, las corbatas en su sitio.

Solo yo permanecí como quede tras la explosión sentida. Las piernas abiertas de par en par, una mano aun entre mis muslos y la otra reposando lánguidamente sobre el pecho. Al fin y al cabo no tenía prisa.

La obra recién terminaba y esta vez fui la espectadora, casi pasiva, que contemplaba el evento.

Bebí  largamente del vaso que ahora sabia a aguado pero, aun así, me hidrato una boca seca, carente de saliva.

Con mas pereza que otra cosa acomode mi ropa. Me puse en pie y me dirigí feliz hasta el grupo que, animadamente, charlaba.

Departí con ellos la última copa y abandone la escena haciendo mutis por el foro.

Esta vez yo fui el expectante público y ellos mi obra de teatro.

Sonreí y me fui calle abajo degustando un cigarrillo más de aquellos rubios americanos.


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