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Fecha: 18-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Fetichismo

Vacaciones por cosquillas

entusplantas
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El ocio está muy caro y por eso nadie es capaz de rechazar unas vacaciones gratis. Teresa y sus amigas encuentran el apartamento de sus sueños, una semana a gastos pagados. A cambio cada una de ellas deberá aguantar una intensa sesión de cosquillas. ¿Aceptarán la oferta? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Qué pasaría por la cabeza de Teresa para convencer a sus amigas Carla y Laura de pagar una semana de vacaciones con una forma tan peculiar. Los hoteles eran muy caros y la economía doméstica pujaba por desbancar unos días de ocio y disfrute en la playa. Es por eso que sus miras estaban fijadas en los apartamentos, mucho más baratos y asequibles para pagar entre tres amigas pese a la necesidad de gastar un añadido en bebidas y alimentos.  Teresa ojeó la página hasta encontrar un anuncio que no podía pasar desapercibido para nadie. “Vacaciones por cosquillas” rezaba el encabezado de aquella oferta. La propuesta era inmejorable: alojamiento gratis con nevera llena y armario repleto de botellas e incluso un pase vip para el fin de semana en una de las discotecas más populares de la ciudad a cambio de soportar un tormento de cosquillas. Al final de aquel reclamo se adjuntaba el enlace a un vídeo en el que una chica sujeta a un cepo con las plantas de los pies y axilas expuestas recibía un castigo de cosquillas que se prolongaba durante un cuarto de hora. La respiración agitada y las carcajadas potentes dejaban a aquella muchacha rendida al baile de unos dedos que recorrían toda su anatomía. El vídeo finalizaba con un delicado masaje de pies a la joven mujer por parte del verdugo, algo que Teresa encontró interesante y placentero después del sufrimiento previo.

Teresa estuvo unas horas meditando. Siempre había tomado la iniciativa en lo que respectaba a planes con sus amigas pero no estaba segura, pese a su labia, de poder convencerlas para algo que consideraba bastante surrealista. En el fondo pensó que reproducir en cada una de ellas lo que se veía en aquel vídeo tampoco era para tanto en comparación a la posibilidad de disfrutar una semana de alojamiento y comida gratis. Sin antes consultarlo con Carla y Laura decidió llamar a Roberto, el dueño del apartamento. Tras unas cuantas charlas con ellas sobre el tema y después de invitarlas a una cena y muchas cervezas estaban listas para pasar siete días a gastos pagados en Benidorm.

–¡Chicas, vamos, una semana gratis en la playa¡ –dijo Teresa al girar el volante para incorporarse a la carretera y abandonar la ciudad hasta dirigirse a sus ansiadas vacaciones.

Con esas palabras trataba de para animar a sus amigas sobre cuyos rostros pesaba todavía cierta incertidumbre.

–Bueno, gratis… –respondió Laura algo indignada.

–¡Tía! ¿Me vas a comparar los hostales cutres con señor canoso en la recepción que ni te da los buenos días en los que acabamos cada año con un pedazo de apartamento de ciento cincuenta metros cuadrados y casi a pie de playa?

–Pero no me gustan nada las cosquillas. Y que un tipo que no conozco y al que le pone este asunto me ate a una cama para hacer que me despolle de la risa casi veinte minutos me hace poca gracia.

Laura era una chica que apenas alcanzaba el metro sesenta y poseía unos pechos prominentes que conjugaban a la perfección con sus deliciosos y potentes muslos. Tenía el pelo negro con un mechón rosa en el flequillo. Frecuentaba bares de heavy metal y muchas veces le tocaba sufrir con los locales que sus amigas elegían para salir de fiesta. Aquella mañana vestía una camiseta de Iron Maiden acompañada de unos shorts vaqueros deshilachados y unas botas negras de cordones que parecían poco apropiadas para los casi treinta grados de temperatura de ese día.

–Laura, a nadie le gustan las cosquillas. Te ríes sin tener ganas, pataleas, pides que paren y es todavía mucho peor. Pero si lo piensas estamos entrenadas, las tres tenemos hermanos y primos, más de una vez nos ha tocado sufrirlas. Tampoco es para tanto –aportó Carla.

Carla tenía el cabello castaño oscuro y unos rizos amplios. Su rostro era candoroso y relajado, algo que reflejaba su capacidad de extraer sensaciones placenteras en casi cualquier situación. Una simple copa de vino o un dulce masaje bastaban para que los flujos de serotonina recorriesen su cuerpo. Era alta, superaba el metro setenta. Sus senos eran bastante más discretos que los de Laura y arrastraba cierto complejo por ello. Sin embargo su estilizada figura rebosante de curvas hasta llegar a una sensual cadera le proporcionaba un atractivo tan potente como su falta de conciencia sobre ello. Bailaba danza del vientre y la ropa que vestía era siempre tan cómoda y libre como ella. Llevaba una camiseta de tirantes de un verde oscuro, que dejaba al descubierto sus exquisitos hombros, unos pantalones baggy de un estampado floral y unas sandalias que mostraban sus pies de la talla cuarenta casi desnudos salvo por una fina tira negra que atravesaba todo el empeine desde el dedo gordo y conectaba con una sujeción en la zona del talón.

–Eso tampoco me tranquiliza mucho –contestó Laura–. ¿Quién alquila su casa a un grupo de chicas a cambio de poder hacerles cosquillas?

–Vale, sí. Muy normal no es, no te lo voy a discutir. Pero estamos pringadas todos los meses para poder llegar a fin de mes y de pronto se nos presenta una oportunidad perfecta para despejarnos estos días. Una semana gratis con entrada a discotecas, copas gratis y encima el baño tiene una sauna pequeña –dijo Teresa.

–Debe de ser un rico aburrido que no sabe ya qué hacer con el dinero y prefiere saciar con nosotras sus pequeñas perversiones –dijo Carla mientras le entraba la risa.

–No lo veo tan divertido, es un rarito –contestó Laura.

–Es un fetichista de los pies y de las cosquillas, hay muchos así. No es tan raro como parece –aseguró Carla.

–Sí, seguro. O por lo menos no van pregonándolo como este –respondió Laura.

–Sin ir más lejos las tres conocemos a uno –afirmó Carla.

–¿Quién, tía? –preguntó Teresa.

–Julio –contestó Carla.

–¿Mi primo? –preguntó Laura.

–Tu primo sí. Sabes que no es ningún secreto que nos estuvimos viendo un par de semanas.

–Ya no le voy a poder mirar igual a la cara –aseveró Laura.

–Tampoco es para tanto. Todas hemos salido con varios chicos y de entre todos ellos hay alguno con ciertas peculiaridades que a veces se pueden asumir y otras no. ¿Ya no te acuerdas del pelos ese al que le encantaban los azotes y te dejaba el culo como un tomate, Laura? –inquirió Carla.

–No sé por qué sacas eso ahora. El chico me lo propuso un día, yo quise probar y no hay más –respondió Laura.

–¡Pues ya está!, con tu primo Julio igual –dijo Carla algo airada.

–¡Qué fuerte! Julio fetichista. Claro ahora entiendo que cuando estamos en la piscina de la casa de ésta se quede apoyado en el bordillo embobado y mirándome los pies de reojo  –comentó Teresa–.

–Pues un día según lo estábamos haciendo va y me suelta que me quiere pedir una cosa. Que le hiciera una paja con los pies con la ropa que uso para danza del vientre –explicó Carla con total normalidad.

–Vale, creo que no quiero seguir escuchando esto –dijo Laura mientras se ponía los cascos para escuchar música del móvil.

En un gesto espontáneo Teresa soltó la mano del volante para dar un manotazo al cable de los cascos de Laura que iba sentada en el asiento central de la parte de atrás del coche.

–Tonta, escucha a Carla que seguro que aprendes algo y te nos haces mayor –dijo Teresa mientras echaba la vista hacia atrás y  sacaba la lengua a su amiga.

–¡Imbécil! –contestó Laura mientras desistía ya de ponerse los cascos y se preparaba, aunque algo molesta, para escuchar a Carla.

–Va, sigue Carla –dijo Teresa.

–Bueno la verdad es que cuando me lo propuso me quedé un poco pillada. Me dijo que le hacía especial ilusión, que tenía muchas ganas de probarlo porque lo había visto en un vídeo porno y que como yo tenía los pies tan bonitos estaba como loco por experimentarlo.

–Encima ve vídeos raros –interrumpió Laura.

–Los azotitos Laura, te lo recuerdo. Bueno, la cuestión es que él se tumbó completamente desnudo sobre la cama y me pasó un bote de lubricante. Me dijo que me echara un poco en las plantas de los pies y a él en la polla.

–Suficiente –afirmó Laura poniéndose de nuevo los cascos.

–Bueno, pues si Laura no quiere enterarse yo sí. Cuenta tía –dijo Teresa con interés.

–En ese momento él se abre de piernas y yo me siento entre ellas mirándole de frente. Me lubrico los pies y su pene. Con los dedos de uno de mis pies le voy acariciando la base hasta llegar al glande. Me doy cuenta enseguida de que eso le pone muy burro y con un simple roce llega rápido a tener una erección. Entonces me pide que con las plantas forme un arco y justo en el hueco que queda meta su polla para que pueda masturbarle.

–Como si fuera una vagina, ¿no? –preguntó Teresa interesada.

–Exacto. Al principio lo intenté yo sola pero hacer el movimiento con las piernas y mantener el equilibrio es muy complicado. Por eso al final él me sujetó los pies y los movió poco a poco para masturbarse con ellos.

–Pues parece divertido. Creo que podrás soportar mejor que nosotras lo que nos espera cuando lleguemos al apartamento de este tipo, porque Laura no es la única que se parte con las cosquillas –dijo Teresa.

–Bueno, a mí también me parece un poco a raro como a Laura. No es lo mismo probar ese tipo de cosas con alguien a quien conoces que ser atada por un tío del que no sabemos absolutamente nada. Pero me dijiste que cuando le llamaste para reservar el sitio te había transmitido confianza.

–La verdad es que fue muy agradable por teléfono. Me dijo que entendía que en un primer momento me resultara un poco chocante. También comentó que lo pensara bien. Su intención es que esto sea una experiencia agradable. Le encanta hacer cosquillas pero propuso adaptarlas en función de cómo las aguantáramos.

–Pues nada, habrá que reírse un rato. Si luego el apartamento es tan maravilloso como parece compensará esa dosis de cosquillas –dijo Carla con su imperturbabilidad habitual.

–Claro que sí compañera –respondió animada Teresa.

Teresa tenía unos ojos de un color verde claro que hipnotizaban junto a la media sonrisa que ponía cuando intentaba volverte loco. Poseía mucho desparpajo para salir bien parada de casi cualquier situación y no era extraño que sus amigas le dijeran en más de una ocasión que tenía bastante cara. No obstante, siempre se encargaba de que ellas estuvieran bien atendidas cuando salían a cenar o tomar unas copas por ahí. Su estatura estaba entre medias de las de Carla y Laura. Llevaba una blusa de color crema y una falda corta negra de tubo. En sus pies de la talla treinta y ocho calzaba unas cuñas con un tejido estampado de pequeñas piruletas.

–Laura, vamos a parar un momento, Teresa necesita descansar un poco –informó Teresa mientras retiraba a la chica uno de sus cascos.

–Vale, yo también necesito estirar las piernas –respondió Laura.

Las chicas pararon en un área de servicio. El momento de llegar a Benidorm se acercaba y los nervios estaban a flor de piel. Teresa y Carla estaban más tranquilas que Laura. Decidieron quedarse apoyadas en el coche mientras Laura se disponía a comprar un refresco en la tienda de la gasolinera.

–Mírala, con el calor que hace y calzando esas botas –comentó Teresa mientras veía a Laura alejarse.

–Yo no podría, me sudan los pies con las sandalias, pues imagínate con eso –añadió Carla.

–No sé si a nuestro amigo le gustarán los pies bien sudaditos –dijo Teresa.

–¡Qué bestia eres, tía! –espetó Carla.

–Los llevará un poco arregladitos por lo menos, ¿sabes si se ha pintado las uñas?

–Pues la semana pasada estuvimos en la piscina y no vi que las llevara con esmalte.

Teresa abrió la puerta del maletero y sacó una bolsa con productos de cosmética entre los que extrajo dos botes de laca de uñas.

–¿Rojas o negras? –preguntó Teresa a Carla a la vez que lanzaba una mirada pícara.

Después de que las chicas descansaran un rato Laura volvió por fin al coche. No pudo evitar ponerse suspicaz frente a los rostros cómplices de sus dos amigas. Las conocía lo suficiente como para saber que tenían una encerrona preparada para ella. Teresa actuó con normalidad y pasó al asiento del conductor. Carla hizo como si tuviera una llamada en el teléfono y Laura confiada montó en su sitio de la parte trasera. Carla esperó hasta ese momento para terminar con su conversación fingida y pasó junto a Laura en vez de ocupar el asiento del copiloto como cuando emprendieron el viaje. En ese instante, y ante la estupefacción de Laura al sentir que las dos chicas no actuaban con normalidad, Teresa aprovechó para activar los seguros de las puertas.

–¡Ahora! –exclamó Carla mientras sujetaba a Laura por los brazos aprovechando que era más fuerte que su amiga.

–¡Qué me vais a hacer! ¡Parad! –respondió Laura tratando de zafarse de Carla.

Teresa cogió a Laura por una pierna y la pasó a su zona del coche con ciertas dificultades. Cuando las fuerzas de Carla no eran suficientes para detener las embestidas de Laura la primera picaba los costados de su agitada amiga cuyas risotadas no se hicieron esperar. Teresa desató los cordones de una de las botas de Laura y observó que los calcetines que llevaba estaban un poco pegados al pie por culpa del sudor. Justo cuando pudo quitar la última capa que cubría sus pies hizo un gesto de broma a Laura sobre el olor desprendido que la chica no se tomó muy bien. Teresa cogió el bote de laca negra de uñas y empezó a pintar una por una las de Laura. Sus movimientos constantes dificultaban bastante la tarea. Laura soltó toda una serie de insultos a sus amigas, que no podían parar de reír con las reacciones que manifestaba, mientras recibía el tratamiento de belleza. Cuando Teresa terminó, el exceso de esmalte, había convertido en un poema a las uñas de los pies de la pobre Laura.

–Carla, requísale las botas a la señorita y tráele sus chanclas –ordenó Teresa.

–¡No, Carla! ¡Sois unas hijas de puta! –espetó Laura bastante enervada.

–¡Cuida ese lenguaje jovencita! Vamos a pasar una semana juntas, es mejor que la empieces de buen humor –respondió Teresa con una sonrisa que desquiciaba todavía más a Laura.

–¡Yo me bajo! –dijo Laura.

–¡Anda, no te enfades! Ahora te devolvemos las botas, era una broma –pidió Teresa a su amiga justo antes de bajar del coche para avisar a Carla de que la broma había terminado.

Teresa y Carla se montaron en los asientos traseros del coche rodeando a Laura para abrazarla, que en un primer momento lanzó un manotazo a las dos chicas. Sin embargo, las ejecutoras de la broma siguieron con los mimos a Laura y besaron a la vez sus dos mejillas. Poco a poco el enfado fue disminuyendo aunque todavía era evidente que estaba molesta con ambas.

–¡Tonta!, si sabes que te queremos, sólo hemos hecho esto para que cambiaras un poco el careto, parece que no estamos de vacaciones –dijo Teresa consolando a Laura.

–Además mientras ibas a comprarte el refresco he estado hablando con Teresa para que cuando lleguemos a Benidorm busquemos un bar de los que te gustan a ti y podamos ir también cuando te apetezca durante la semana –comentó Carla.

–Y prometemos no pasarnos todo el tiempo criticando a tus amigos melenudos –dijo Teresa con picardía.

–¡Qué idiotas sois! En lo que me meto para poder pasar una semana de vacaciones con vosotras. En fin trataré de aguantar las cosquillas como pueda, aunque no me guste mucho la idea.

–¡Esa es nuestra chica! –exclamó Carla.

Tras varias horas de viaje las tres amigas llegaron por fin al portal del apartamento. Vacaciones por cosquillas era lo que esperaba al cruzar la puerta. Roberto era un chico de unos treinta años; vestía un pantalón vaquero desgastado, una camisa azul claro de manga corta y unas zapatillas negras con tres franjas blancas; las recibió con unos pequeños aperitivos y licores. Pronto se generó un clima de confianza pese a las reticencias de Laura que intervenía poco en la distendida tertulia que el chico mantenía con Teresa y Carla. Las tres amigas vieron la habitación en la que tendría lugar la sesión de carcajadas. Una enorme cama de matrimonio llenaba una estancia por otra parte bastante  sobria. Las fijaciones para los pies y las manos que pasaban por debajo del colchón hasta ocupar cada una de las esquinas permanecían a la espera de las tres chicas.

–Bueno, ¿qué os parece si vamos empezando? –preguntó Roberto.

–Venga, voy la primera –respondió Carla, cuya iniciativa sorprendió a sus amigas.

Roberto pidió a Carla que se tumbara y acomodó sus largas piernas para ocupar toda la extensión de la cama. Al rozar la suave piel de sus gemelos sintió un placer que cogió muy fuerte a su estómago. Pronto dio con los empeines y repasó con la punta de su índice los finos y delicados dedos de la joven. Después fijó sus manos y se sentó a horcajadas sobre la cintura de la chica para cosquillear su cintura con delicados roces. Le gustó ver como Carla se mordía los labios y endurecía la tripa. No le importó que la chica todavía no se deshiciera en carcajadas puesto que no iba a ganar por mucho tiempo el pulso a las cosquillas. Habían pasado unos pocos minutos y Roberto se reservaba lo mejor para el final.

–No se está riendo mucho –dijo Teresa.

–Pues yo voy a ser un concierto de risas, no aguanto nada –respondió Laura mientras esperaba turno con su amiga en el salón.

–Llevan ya cinco minutos –comentó Teresa tras mirar el cronómetro que Roberto había dejado para que controlasen el tiempo.

El chico mantenía sus estímulos en el ombligo de Carla que seguía aguantando como podía el hormigueo de sus dedos. La cara de la joven se iba poniendo roja por momentos, de pronto Roberto paró aquellas suaves cosquillas y Carla respiró. Casi sin descanso clavó los dedos con vigor en las axilas. Lo espontáneo del gesto hizo que Carla no pudiera acallar sus carcajadas y empezó a retorcerse de forma convulsa, la posición de Roberto dificultaba la necesidad de la chica por zafarse. Continuó con la intensidad de las cosquillas durante varios minutos hasta que por fin concedió un respiro a la muchacha.

–Un poco más suave…, por favor –dijo Carla jadeando.

–Más suave, ¿verdad? –respondió justo antes de atormentar sus axilas durante un minuto más con la misma intensidad.

El volumen de las risas de Carla desató los nervios de Teresa y Laura que imaginaban a su amiga retorciéndose y no podían evitar pensar que ellas eran las siguientes.

Cuando se cansó de sus axilas Roberto se deslizó con suavidad hacia los pies de Carla todavía libres. Antes de empezar a cosquillearlos pasó su mano por toda la largura de la planta. Le hubiera gustado lamer entre sus perfilados dedos que iban en escala de mayor a menor pero no era algo que entrase dentro del trato, por lo que se conformó acercándose a los arcos de Carla y soplando a través de ellos. Con su cara pegada a esos maravillosos pies empezó a rascar con un solo dedo de talón a dedos. Una suave sonrisa se dibujó en Carla de forma inmediata. Roberto fijó sus tobillos y pasó a usar todas sus uñas para despertar la sensibilidad de las plantas. La risa de Carla no era tan potente como cuando le había hecho cosquillas en las axilas pero manifestaba a la perfección el descontrol al que estaba sometido su sistema nervioso. Para terminar y sin que la chica lo esperase sacó un cepillo para el pelo y procedió a rascar con fuerza la parte bajo sus dedos. El volumen de las carcajadas casi alcanzó el nivel de las provocadas en las axilas con anterioridad. Alternaba un pie con otro y justo cuando adivinó las lágrimas que la risa causaba en sus ojos color almendra decidió parar y ceder el turno a su siguiente víctima. Esperó unos minutos con Carla en la habitación para que descansara y terminase el tiempo pactado.

El corazón de Laura escapaba por su boca cuando Roberto cerró la puerta de la habitación a su espalda. El chico le pidió que se sentara en el borde de la cama. Cogió una silla y la acercó a Laura. Le dijo que pusiera las piernas en su regazo y así Roberto la pudo despojar de sus botas. Pensó que como era la única en traer puestos unos calcetines sería divertido probar primero a hacer cosquillas en sus pies sin quitárselos durante un rato. El joven observó el rostro decaído de Laura y con los pies todavía sobre sus rodillas le hizo unas fugaces cosquillas. La chica retiró sus pies con violencia.

–Vamos, no estés triste, has venido con tus amigas aquí a pasártelo bien –comentó Roberto observando la actitud de Laura.

–Sí, claro, una fiesta. Mira te voy a ser sincera, he aceptado esto para poder pasar una semana gratis con ellas, pero fui la primera en oponerme y la última a la que convencieron.

–Bueno, va a ser solo un rato.

Roberto pidió a Laura que se tumbara y sujetó con rapidez sus manos y los pies. Pese a que tenía bastantes ganas de extraer todas las carcajadas de la joven quiso que la experiencia fuese lo más agradable posible, aunque mantendría las cosquillas con bastante intensidad.

–Prométeme que no vas a estar triste –dijo Roberto mirando a Laura a los ojos mientras dibujaba una sonrisa.

Laura no respondió. La falta de respuesta hizo que Roberto provocase unas irresistibles cosquillas en sus costados mientras la chica brincaba de forma desesperada. Tras un par de minutos paró y esperó a que Laura recobrase el aliento. Después de aquel respiro repitió el gesto pero esta vez entre sus muslos. Paró y esperó a que Laura se volviera a relajar. Continuó con sus axilas y el volumen de las risas casi hizo que temblaran las paredes.

–Pobre, me siento un poco culpable por ella –dijo Teresa.

–Bueno no te preocupes, dentro de un rato tú también vas a pasar por el mismo suplicio que nosotras –contestó Carla.

–Oye, tú te has mantenido un buen rato sin reírte nada –expresó Teresa con cierta sorpresa.

–La danza del vientre ayuda mucho para aguantar la respiración –respondió Carla.

–¿Me enseñas un poco?

–¿Aquí?

–Sí, antes de que me toque a mí.

–Como quieras –dijo Carla.

La sesión había sido intensa para Laura aunque gracias a los descansos pudo soportarlo mejor. Todavía faltaban sus pies y Roberto, presto, se dispuso a quitarle los calcetines. En ese momento se Laura se dio cuenta del estropicio de uñas que llevaba por culpa de sus amigas.

–¡No me los quites por favor! –exclamó Laura despertando todavía más la curiosidad de Roberto.

El joven hizo caso omiso de la petición y despojó a Laura de la última protección de sus pies. Calzaba un treinta y seis. Eran muy blancos aunque con un tono bastante rojizo bajo los dedos y en los talones. El chico descubrió las uñas mal pintadas.

–¿Y esto? –preguntó Roberto mientras se reía por la imagen.

–Pues que tengo unas amigas muy cabronas –respondió Laura con cierto enfado.

Las cosquillas en sus pies no se hicieron esperar. Roberto notó rápidamente que era su punto más sensible y el simple roce de sus dedos provocaban en ella las carcajadas más desesperadas. Incluso la risa de Laura llegó a preocupar a sus amigas que aliviadas comprobaron los dos minutos que faltaban para finalizar la sesión.

–Toma –dijo Roberto cuando soltó a Laura de sus ataduras y se encontraba más tranquila.

–¿Qué es esto? –preguntó Laura.

–Es la tarjeta de un amigo, Sergi. Teresa me dijo que vendría una amiga a la que le gustaban mucho los bares de heavy metal y él se los conoce todos por aquí. Te vendrá bien tener su contacto.

–Bueno pero por esto no creas que me lo he pasado bien con esto.

–Lo sé, pero tienes toda una semana para resarcirte.

Laura apareció en el salón con las botas en la mano y sus pies descalzos. Su rostro mostraba que todavía no estaba recuperada de la vehemente sesión. Alucinó por completo cuando vio a las dos contoneando su vientre de forma cadenciosa. Carla y Teresa, sorprendidas, corrieron a abrazarla y le dieron ánimos por haber aguantado algo que la superaba por completo para poder disfrutar de unas vacaciones entre amigas.

–Te toca –dijo Roberto desde el pasillo mirando a Teresa.

–¡Chicas, qué nervios! Sólo de imaginarlo me empiezo a reír –dijo casi sin poder acabar la frase por unas carcajadas nerviosas que empezaron a brotar de su boca.

–Pues es peor ahí dentro, créeme –respondió Lucía mientras ojeaba la tarjeta que acababa de recibir.

–Ánimo Teresa –dijo Carla.

Teresa pasó a la habitación y Roberto le pidió que se pusiera cómoda mientras él pasaba un momento por el cuarto de baño. La chica se sentó al borde de la cama y miró de reojo los juguetes que el muchacho disponía para la práctica de las cosquillas. Le dio tiempo a pensar qué texturas provocarían sus risas más potentes. Cuando Roberto regresó le pidió que se descalzara. Al contrario de lo que había hecho con los calzados de Laura y Carla, en este caso prefirió que fuera Teresa quien se despojase de sus bonitas cuñas. La escena provocó la excitación automática de Roberto. En vez de empezar de forma brusca con las cosquillas, Roberto se sentó en la silla colocó el pie derecho de Teresa en su rodilla y comenzó un suave masaje. Teresa pronto encontró un placer sublime en la presión de sus pulgares sobre la planta. Le gustaba tanto que decidió tumbarse en la cama para que el chico continuase con sus delicados servicios. Cuando Teresa estuvo relajada por completo Roberto cambió la estrategia e hizo cosquillas por sorpresa en su planta del pie. La chica empezó a reír y trató de retirar el pie con todas sus fuerzas pero Roberto había conseguido apresarlo para seguir rascando con los dedos a lo largo de la planta. Teresa empezó a revolcarse de una forma incontrolable mientras se deshacía en carcajadas dificultando la tarea del que iba a ser su casero durante aquella semana.

Cuando se cansó de los pies fue directo a sus costados. Roberto no había inmovilizado sus manos y pies puesto que disfrutaba con los sinuosos movimientos de la chica. Teresa se reía y pataleaba tratando de librarse del joven aunque sin éxito. Con un rápido movimiento presionó con sus dedos índice y pulgar sobre la rodilla de Teresa. La muchacha empezó a retorcerse con más fuerza y se deslizó hasta el suelo por uno de los lados de la cama. Aunque Roberto ya no estaba propinando su dosis de cosquillas la chica todavía se reía sobre el parquet, una escena que divirtió bastante al muchacho. Casi media sesión de risas se había consumido en este baile continuo tratando de escapar de unas carcajadas seguras. Roberto decidió que había llegado el momento de atar las manos de Teresa. Como la sugestión a las cosquillas de Teresa era tan potente el chico decidió divertirse agitando sus dedos sobre las axilas de la joven sin llegar a rozarlas. Eran cosquillas psicológicas y de las peores que Teresa había recibido nunca. En ese momento empezó a ser consciente del tormento por el que acababan de pasar sus amigas pero le pareció mucho más divertido de lo que ella imaginaba. Después de un rato de castigo imaginario Roberto decidió que por haber arrastrado a sus amigas a aquella locura de carcajadas merecía más que Carla y Laura un final intenso. Cogió un bote de aceite y cubrió con suavidad las plantas de los pies de Teresa. La chica recibió encantada el estímulo, no imaginaba que ese gesto escondía un aumento de su sensibilidad. Cuando la joven creyó que esos minutos que faltaban serían para un nuevo masaje Roberto volvió a usar el cepillo que había empleado con Carla. La intensidad de las risas superó con creces a las de sus dos amigas. Laura y Carla se reían desde el salón al imaginarse el castigo que Teresa estaba recibiendo, por una parte pensaron que lo tenía merecido aunque de algún modo se compadecían de ella. Después de un rato el tormento de Teresa por fin concluyó. Cuando Roberto la desató la chica le propinó un par de manotazos en el pecho recriminándole lo mal que se lo había hecho pasar. El chico decidió abrazarla y ella le correspondió.

–Chicas, lo hemos conseguido –dijo Teresa al regresar al salón sujetando las cuñas entre sus dedos.

–Me gustaría compensar el rato que os he hecho pasar con un masaje de pies a cada, una. Sé que no venía en el trato pero me encantaría.

–Gracias, pero yo he tenido suficiente y me gustaría salir un rato de aquí –dijo Laura.

–Yo me voy con ella –añadió Carla.

–Pues yo creo que me voy a quedar un rato por aquí, acepto ese masaje. Pero sin cosquillas, por favor –manifestó Teresa.

Cuando Carla y Laura se fueron del apartamento Teresa y Roberto se quedaron compartiendo un rato íntimo en el sofá. La chica no atinaba a comprender que todo aquello le hubiera parecido al menos un poco excitante. Tras unas copas y con las piernas sobre el regazo de Roberto, Teresa se atrevió a preguntarle.

–Oye, ¿a ti te han hecho alguna vez una paja con los pies?


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