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Fecha: 22-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (26)

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 58 min. ]
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Lucrecia fuerza el reencuentro con su monja favorita. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 26.

Paint It Black.

Durante las últimas semanas me habían ocurrido cosas muy fuertes. Algunas fueron horribles, otras me agradaron; pero el cúmulo emocional que me provocaba el haberlas vivido en tan poco tiempo, me sofocaba. Tenía que hacer algo conmigo, de lo contrario me volvería loca… bueno, en realidad recientemente había descubierto que ya estaba loca. Necesitaba encontrar una vía de escape para mis problemas, pero no se me ocurría nada.

Tenía que encontrar alguna forma de apartarme de todo lo que me hacía mal, al menos por un tiempo. Exprimí mi cerebro intentando buscar alguna alternativa, pero no podía concentrarme. Cada vez que intentaba pensar me venían a la mente imágenes que quería apartar de mí, emociones angustiantes que incluían a toda esa gente me había lastimado y tenía la incómoda sensación de que mi alma no podría contenerlo todo. Constantemente me atormentaba el recuerdo de algo, ya sea de la noche que pasé caminando desnuda a la intemperie o aquel abuso al que me había sometido… ese hijo de puta que no quería mencionar. Hasta Evangelina se había transformado en un tormento para mí, había confiado en ella y me traicionó de la forma más cruel y despiadada. Esa mujer había hecho tambalear mi fe en las personas.

Si no hacía algo al respecto, en algún momento estallaría mi cerebro y quedaría hecha una muerta viviente, carente de libre albedrío y emociones e incapaz de conciliar el sueño.

Me miré al espejo, en el baño, mi aspecto se había deteriorado mucho en los últimos días. Ya no veía la niña dulce y bonita, de mejillas sonrosadas, que alguna vez fui. Aquella mujer que me devolvía la mirada al otro lado del espejo era una chica muy delgada, con rostro huesudo, grandes ojeras y labios grises. Mi cabello también estaba hecho un desastre, los largos mechones colgaban de forma desprolija, tenía las puntas florecidas y me daba la sensación de que mi pelo también estaba perdiendo color.

Entre lamentos y angustias se me ocurrió una espontánea idea, fue tan radical que hasta mi reflejo sonrió. Durante años había deseado hacer algunos cambios a mi apariencia... algo que mi madre me prohibió rotundamente, en varias ocasiones. Pero ella ya no controlaba mi vida, estaba lejos y ni siquiera se enteraría del cambio. Esto no era un acto de rebeldía adolescente, no era una crisis de personalidad... era una revolución, era liberación.

Me apresuré a tomar una pequeña cartera, conté rápidamente el poco dinero que tenía y calculé que me alcanzaría para lo que quería. Salí del departamento y bajé hasta llegar a la calle. Me quedé de pie en la puerta de entrada del edificio y puse mi memoria visual en funcionamiento. Recordaba haber visto una peluquería en alguna parte.

Cuando recordé dónde estaba, enfilé hacia la derecha. No tuve que caminar más de una cuadra hasta que me encontré con una especie de salón de belleza para mujeres. Lo recordaba porque tenía un bonito dibujo artístico de una mujer con el cabello al viento, en la vidriera. Entré y vi que solamente había una señora, de unos cuarenta y cinco años, sentada en una de las sillas de peluqueros, con el celular en la mano. Parecía estar bastante aburrida. En cuanto me vio entrar, sonrió amablemente.

Le dije que quería hacerme un gran cambio de look. Ella parecía ansiosa, no sabía si era porque tenía algo para hacer o si sólo esperaba que yo gastara mucho dinero. Me pidió que tomara asiento y que le explicara qué tenía en mente. No me costó mucho trabajo darle todas las indicaciones, ella quiso recomendarme algo totalmente diferente, como poner reflejos en mi cabello, cortar las puntas y hacerme un tratamiento de queratina. Le acepté la queratina, pero descarté todo el resto. Ella no tuvo más remedio que atenerse a mis peticiones.

Lo bueno de las peluquerías es que sirven como terapia. Hablé de temas mundanos con la peluquera, nada muy importante, simplezas como la textura de mi cabello, los diferentes métodos a los que podía recurrir para cuidarlo, o las ventajas que brindaba tener el cabello lacio. Esta charla tan femenina y trivial fue una gran distracción, necesitaba hablar un rato con una mujer sin estar pensando en sexo y, curiosamente, con esa mujer lo conseguí. Durante la charla me enteré que se llamaba Carla. No debía preocuparme demasiado por confiar en ella, ya que no le contaría nada íntimo de mi persona, ni podría traicionarme… a menos que se le ocurriera raparme la cabeza.

Ella catalogó el color de mi cabello como “rubio oscuro”. Siempre había creído que lo tenía castaño y no encontraba la diferencia entre un tono y otro. Carla se tomó la molestia de mostrarme una carpeta que contenía pequeños mechoncitos de pelo de diferentes colores, yo veía al “rubio oscuro” exactamente igual que el castaño. No sabía si era por daltonismo o pelotudez. Me inclinaba más por lo segundo.  

Luego del tratamiento de queratina, intentó una vez más convencerme de que no le hiciera eso a mi cabello, el cual era tan bonito; pero yo me mantuve firme, como rulo de estatua, y no tuvo más remedio que comenzar a trabajar.

Durante el largo tiempo que llevó cambiar mi apariencia tuve la oportunidad de pensar, de forma más relajada, en qué otra cosa podría hacer para desconectarme un poco de las preocupaciones del mundo real. Pero mi mente seguía en blanco… más que de costumbre.

Me puse a pensar en Anabella, realmente la extrañaba mucho. Quería volver a disfrutar otra tarde de mates con ella, o alguna charla interesante… o verla con poca ropa.   

—¿Qué pasó? —preguntó la peluquera de pronto.

—¿Eh, por qué?

—Porque estás sonriendo de una forma muy extraña —me dijo con simpatía—. Esa sonrisita es de enamorada. ¿Estabas pensando en el chico que te gusta? —me guiñó un ojo y comencé a reírme.

—Algo así.

Si hubiera sabido que pensaba en una monja en ropa interior, me hubiera echado de la peluquería.  

Cuando la peluquera terminó con todo su trabajo me miré al espejo. Parte de la Lucrecia que ingresó a la peluquería, había desaparecido, para dar lugar a otra mujer. La que me devolvió la mirada esta vez, parecía estar considerablemente más feliz que la que me había mirado desde el espejo de mi baño. Lo que más diferenciaba a este nuevo reflejo del anterior era que el cabello estaba teñido con un color negro profundo y había sido considerablemente recortado. Antes mi pelo llegaba hasta la mitad de mi espalda, ahora apenas se posaba sobre mis hombros, cayendo formando un arco desde una raya levemente hacia la izquierda de mi cabeza. El corte guardaba cierta similitud con el que tenía Samantha, pero el mío era un par de centímetros más largo que el de ella… y levemente más “gótico”, o “punk”.

—¡Me encanta! —exclamé.

Carla se puso contenta al ver que me gustaba mucho lo que ella había hecho en mi cabeza, tal vez no le convenciera del todo; pero era su trabajo. A continuación le pregunté por cosméticos, quería una nueva pintura de labios y sombra para los ojos. Ella me mostró todo lo que tenía y terminé comprando eso más un lápiz labial más fino, que servía para delinear la boca. También agregué un champú que me ayudaría a cuidar mi cabello recientemente teñido. Gasté mucho más dinero del que tenía previsto, pero todo esto valía la pena, si es que quería recobrar al menos una parte de mi salud mental. Lo necesitaba. Me hacía feliz.

La peluquera me agradeció enormemente por todo, me confesó que hacía poco tiempo había comenzado con su nuevo emprendimiento en solitario, ya que antes trabajaba para otra peluquería, y que el negocio no estaba marchando muy bien. También me dijo que desde que abrió, hasta el momento, yo había sido su mejor clienta. Le aseguré que conmigo se había ganado una clienta permanente y también le dije que la recomendaría con todas mis amigas. Pensaba hacerlo realmente ya que yo también sabía lo duro que podía ser administrar un negocio y me parecía una mujer de lo más simpática y amable; además debía considerar que había hecho un gran trabajo. Le dije que no decayera y que siguiera adelante. Me prometió que así lo haría.

Esa misma tarde hice acto de presencia en Afrodita. Me había pasado los últimos días colaborando desde mi casa, con la administración; pero consideraba que ya era tiempo de controlar de cerca a Rodrigo, antes de que echara todo a perder.

En cuanto él me vio me preguntó si se me ofrecía algo. Le llevó un par de segundos darse cuenta de que era la misma Lucrecia de siempre, con un nuevo look.

―¿Te secuestró una banda de emos? ―me preguntó.

―No empieces a tomarme el pelo, porque ando sensible.

―¿Sensible, vos? ―lo preguntaba sinceramente―. Eso es muy raro, ¿qué te anda pasando?

―La vida me anda pasando… por encima, como si fuera un tren sin frenos.

―Me imagino… con todo lo que te pasó. Pero no sabía que anduvieras tan mal.

―Ni siquiera puedo dormir bien. Hace días que no tengo una noche tranquila.

―Eso es serio. Si no dormís bien, no vas a poder trabajar bien. Yo siempre digo que para rendir en el trabajo, hay que tener una buena cantidad de horas de sueño. Por eso nunca me levanto antes de las diez ―lo peor era que lo decía en serio―. Pero no creas que no sé lo que es pasar por un mal momento, yo también he tenido semanas de mucha ansiedad y estrés. Sino preguntale a Miguel, él tenía que tolerarme de mal humor.

―No te imagino de mal humor.

―No es algo agradable. Termino diciendo cosas que en realidad no quiero decir.

―¿Y qué hacés cuando te sentís así?

―Me voy a la mierda.

―¡Ah, qué fácil!

―Lo digo en serio. Tengo una casaquinta en las afueras de la ciudad. Cuando estoy muy estresado me voy a pasar unos días allá. Me olvido del mundo. Es un lugar precioso, cerca del río. Me pongo a pescar y… ―comencé a reírme―. ¿Qué es tan gracioso?

―¿Vos pescando?

―¿Qué tiene de raro?

―Es un trabajo muy manual… vos, cuando estás acá, no usas las manos ni para rascarte las bolas.

―Eso me ofendería, si no fuera cierto. En realidad yo no hago todo el trabajo. De la carnada, de destripar los pescados, y de todas esas cosas asquerosas, se encarga Miguel. Él ama la pesca. Yo me limito a sostener la caña y a sacar el bicho fuera del agua.

―Qué lindo tener a alguien con quien pasar unos días de tranquilidad, lejos del mundo.

―Vos deberías hacer lo mismo.

―Cuando tenga una casaquinta, lo haré.

―Me ofendés, Lucrecia ―dijo de manera teatral―. Ni siquiera tenés que pedirme permiso, sólo pedime las llaves y podés ir cuando quieras.

―¿Qué? ¿Lo decís en serio?

―Sí. Mientras yo no la esté usando, vos podés usarla el tiempo que quieras. Es más, por qué no te vas este fin de semana.

―Pero… ¿y el trabajo?

―Vos hiciste tan bien las cosas, que ya casi marchan sobre rieles. Tenemos que esperar a que termine la remodelación, no hay mucho más para hacer. Puede que dentro de tres semanas ya estemos inaugurando Pandora. Vos tenés que estar lo mejor posible para cuando llegue ese momento; después de todo, Pandora es tú proyecto.

Le agradecí enormemente el gesto. Una vez más él demostraba ser el mejor jefe del mundo. No quería aprovecharme de su generosidad, por lo que le prometí que luego de tomarme ese fin de semana, me pondría a trabajar como nunca.

Quince minutos más tarde yo ya tenía las llaves de la casaquinta en mi poder, la dirección y un vehículo a mi disposición. Lo único que me faltaba era alguien que me acompañara.

Trabajé durante todo el resto del día, y luego regresé a mi casa.

*****

Esa noche también me costó conciliar el sueño; pero no tanto como las anteriores. Aparentemente el cambio de look y la promesa de pasar un fin de semana de paz y tranquilidad, me jugaban a favor.

A la mañana siguiente preparé dos bolsos con todo lo que pudiera necesitar durante el fin de semana, como era viernes, decidí que viajaría ese mismo día a la casaquinta.

Aún no sabía a quién pedirle que viniera conmigo; pero en mi cabeza resonaba un solo nombre. Una sola persona. Una sola monja.

Decidí que ya era momento de volver a encontrarme con ella. La necesitaba más que nunca. Le pediría que me acompañara… sabía que era arriesgado, pero al “no” ya lo tenía.

Cuando tuve todo preparado, bajé al garaje del edificio y me subí al auto que me había prestado Rodrigo. Me miré al espejo y sonreí, estaba feliz, por mi nueva apariencia y porque me encontraría con ella otra vez.

*****

En el convento me dijeron que Anabella no estaba, aparentemente había salido a caminar pocos minutos antes de que yo llegara. Una monja muy amable me indicó hacia dónde se había dirigido, y me puse en marcha otra vez.

La monja caminaba despreocupadamente por la vereda, avanzaba sin pausas con ese paso cortito que tanto la caracterizaba. Como la sotana prácticamente le tapaba los pies, daba la impresión de estar levitando. A veces me preguntaba cómo había conseguido aprender a caminar manteniendo el cuerpo tan erguido, sin menear sus caderas; de haberlo hecho hubiera brindado un agradable espectáculo a quien pudiera verla desde atrás. Siempre tuve la sensación de que su sotana era un tanto más ajustada que la del resto de las monjas, o tal vez no era más que una ilusión generada por mi morbosa y particular forma de mirarla.

Me aferré con fuerza al volante y pisé el acelerador, el coche salió disparado con una agilidad que aún me asombraba y maravillaba. En cuanto estuve a pocos metros de ella, clavé los frenos y me detuve con un chirrido de los neumáticos. Anabella se espantó al verme aparecer de repente y dio un salto hacia atrás, c0mo un ninja en sotana. Le había dado un susto tremendo, sin embargo fui lo suficientemente precavida como para que el vehículo no se acercara a la vereda. Abrí la puerta del lado del acompañante y la llamé utilizando un solo dedo, inclinándolo repetidas veces hacia mí. Ella se agachó y miró dentro del auto, como si no pudiera reconocerme. Estaba pálida y boquiabierta.

―Soy yo, Anabella, la misma Lucrecia de siempre... no me mires como si fuera el ángel de la muerte que viene a reclamar tu alma pecadora.

―¿Qué dijiste? –me preguntó al mismo tiempo que se quitaba los pequeños auriculares de las orejas.

Comencé a reírme, había perdido la oportunidad de decirle una frase irónica muy buena; pero tal vez ella se hubiera tomado a mal lo de “alma pecadora”, así que tal vez era mejor que no me hubiera escuchado.

―Nada, no te preocupes. ¿Podés subir?

―No lo sé. Tu cara me da miedo.

―Es la misma cara de siempre, con un pequeño agregado de maquillaje.

―¿Pequeño agregado? Vi payasos de circo usar menos maquillaje que vos.

―Siempre me gustó tu sentido del humor, no siempre aparece... pero cuando lo hace, me divierte mucho ―esperaba que captara la indirecta; pretendía decirle que a veces podía ser bastante seria y aburrida― ¿Vas a entrar o no?

―Está bien, ¿puedo saber adónde vamos? ―se sentó a mi lado.

―Ponete el cinturón de seguridad ―decirlo fue una mera formalidad, ella ya se lo estaba colocando― ¿Alguna vez viste la película “Telma y Louis”? ―le pregunté al mismo tiempo que pisaba el acelerador y salíamos dejando oscuras líneas trazadas por los neumáticos en la calle.

*****

Aminoré la velocidad luego de haber avanzado unos doscientos metros. Anabella seguía con una cruda expresión de espanto garabateada en su hermoso rostro. Podría haber jugado un poco más con ella, pero no quería que tuviéramos un accidente.

―¿Qué es todo esto? Espero que no estés tan loca como para tirarnos de algún barranco ―me dijo aferrándose a la agarradera que tenía a la altura de su cabeza, a la derecha.

―Sería poco práctico, no hay barrancos tan profundos, como los de la película, en esta parte del país... pero un puente podría llegar a servir.

―Si no te conociera, estaría asustada ―al ver que la velocidad disminuía, se tranquilizó y dibujó una leve sonrisa en sus labios―; pero no me gustan las incertidumbres, Lucrecia. Eso lo sabés muy bien. ¿Adónde vamos?

―A pasar un fin de semana, solas, vos y yo; lejos de todo el mundo ―giró lentamente su cabeza hacia mí y me clavó su mirada más filosa.

―Eso no lo voy a permitir ―aseguró con dureza.

―¿Por qué no? ¿No confiás en mí?

―Eso depende del contexto. Para sentarme a tomar mates en una plaza, sí confío en vos. Para pasar un fin de semana quién sabe dónde, teniéndote cerca, no confío.

―Me duele mucho que pienses así ―la sonrisa en mi rostro se borró.

―Tengo motivos para hacerlo, Lucrecia. Cada vez que estamos solas, terminás acosándome sexualmente.

―Eso me dolió todavía más ―clavé los frenos y un auto que estaba detrás de nosotras tuvo que hacer una rápida maniobra para esquivarnos. Pude escuchar sus bocinazos e insultos mientras pasaba a mi izquierda―. Me dolió... y mucho. Esta vez te pasaste, Anabella. Yo no soy ninguna violadora.

―Está bien... perdón... me excedí ―noté un drástico cambio en su expresión, parecía dolida y avergonzada.

―Sí, te excediste... y mucho. Ya no quiero ir a ningún lado. Lo arruinaste todo, Anabella. Mejor te llevo a tu aburrido convento para que pases el fin de semana lamiendo ostias.

―Te estás pasando vos también... ―me miró con el ceño fruncido. Estábamos en medio de una avenida y los vehículos nos sobrepasaban, dejándonos de regalo sus insultos más originales.

―Tenía en mente algo lindo y divertido para las dos; pero me ofendiste muchísimo al tratarme de violadora. Si pensás que yo te acoso sexualmente, entonces vamos a la policía, me hacés una denuncia y listo. No me voy a morir por volver a estar encerrada. Una se acostumbra...

―¿Podés mover el auto y hablamos tranquilas? Acá nos van a chochar ―apreté los dientes e hice lo que ella me pedía, estacioné junto a la vereda en un sitio reglamentario―. Te pido disculpas Lucrecia, sé que me excedí, solamente quise hacerte una broma... parecida a las que vos hacés; pero a mí no me salen bien, de hecho, me salen muy mal. No tengo tu gracia. Terminé diciendo algo que no es cierto y que te ofendió ―continuaba mirándola con las cejas y los labios fruncidos―. No considero que abuses de mí sexualmente, siempre que llegamos a un punto indebido fue porque yo también lo permití y cada vez que te puse un límite, supiste respetarlo.

―No me convence, sigo con la idea de que pensás que abuso de vos. A veces los “chistes” pueden esconder la verdad.

―De verdad no lo creo así ―apretó los puños y suspiró―. Me gustaron todos y cada uno de los besos que me diste... ―se quedó callada repentinamente.

―Te escucho...

―Está bien, no es ninguna mentira y seguramente ya lo sabías; pero me gustaron tus besos. Sé que está mal, sé que sos mujer, sé que sos mi amiga, sé que soy monja, sé que es pecado. En fin, sé tantas cosas que prohíben que te bese que me sorprende que, a pesar de todo, me haya agradado tanto. Con esto corro el riesgo de que te hagas una idea equivocada de nuestra relación. Te expliqué infinidad de veces lo que me pasa con los besos... nunca los había experimentado, nunca había sentido el calor de otra persona y bueno... apareciste vos. Ahora estoy pensando cómo explicarte que esto, en realidad, no cambia nada... te sigo viendo como mi amiga y nada más, no pretendo otra cosa de vos... no... no sé qué más decir.

―Besame.

―¿No escuchaste todo lo que dije? ―abrió mucho los ojos.

―Sí lo escuché, pero quiero que me beses. Tomalo como un pago por haberme ofendido ―le hice mi sugerencia en un tono de voz algo autoritario.

―No Lucrecia...

―Tengo algo muy importante que decirte, pero primero necesito un beso tuyo, sino no voy a poder seguir adelante con todo esto.

―¿Algo importante? ―Preguntó asustada― ¿De qué hablás?

―Si querés saberlo... besame. Me lo debés... después te voy a pedir que escuches atentamente ―vi que dudaba, por lo que agregué:― de lo contrario te llevo a tu convento ahora mismo y se terminan los planes para el fin de semana.

―No sé si quiero saber qué planes tenés en mente... tampoco quiero besarte. Mucho menos si me lo pedís de esa forma.

―Está bien, entiendo tu punto. Es una lástima, te hubiera gustado mucho lo que tenía en mente.

Puse en marcha el auto una vez más, pero esta vez cambié el rumbo hacia la universidad. Me dolía en el alma que mis planes se hubieran muerto de esa forma; pero no podía hacer nada más, aún seguía enfadada por la estúpida broma de Anabella.

―Ya te pedí perdón, Lucrecia.

―Y yo ya te di la condición para perdonarte. Tal vez lo tomes como un capricho, o una extorsión; pero la verdad es que estoy muy dolida, necesito que me demuestres que confiás en mí.

―Pero me estás pidiendo más de lo que puedo darte. ¿Al menos puedo saber qué planeabas hacer?

Esa pregunta me dio la pauta de que ella sentía curiosidad por mi plan de fin de semana. Por la forma en la que miraba con temor el camino sospeché que debía estar pensando en lo aburrido que sería el resto del fin de semana, si lo pasaba sola.

―Ahora ya no importa lo que pensaba hacer, Anabella. Se suspendió todo; pero no te sientas mal, sé que fue una idea estúpida de mi parte. Debería haber sabido que vos y yo siempre terminamos peleando por algún motivo, también sé que a veces la culpa es mía; pero sea cual sea el motivo, cada vez nos cuesta más pasar tiempo sin pelear o discutir. Creí que luego de todos los días que pasamos sin hablar, nos sentiríamos felices de reencontrarnos; pero me equivoqué.

―A mí también me apena mucho que nuestra amistad siempre llegue a este punto. Te pido perdón una vez más... otra cosa no puedo hacer. Tuviste razón con lo que dijiste sobre mi fin de semana.

―¿Lo vas a pasar lamiendo ostias?

―Posiblemente lo pase haciendo algo aún más aburrido, a no ser que encuentre alguna actividad que quieran realizar las monjas. El problema es que la mayoría se agota mucho trabajando durante la semana y aprovecha los fines de semana para descansar, yo tendré más energía... o más tiempo libre... no lo sé, pero yo no siento ese nivel de agotamiento. Por lo general me aburro mucho durante los fines de semana.

―¿No organizás las misas de los domingos?

―Sí, y soy muy buena haciéndolo, ese es el problema. Cuando llega el domingo ya tengo todo listo y no hay nada más que hacer. Siempre fui muy productiva y organizada.

―Sí, me lo habías contado; pero imagino que vas a encontrar algo para hacer...

―Puede ser, pero seguramente no será nada muy emocionante. Vos sí tenés una vida llena de emociones.

―Si vas a sentir envidia por mi vida, te recomiendo que no lo hagas... te sorprenderías de lo mucho que sufro a veces. ¿Te enteraste de todo lo que me pasó durante estas últimas semanas?

―Sí, lo sé muy bien. Lo lamento muchísimo por vos.

―Me hubiera gustado tenerte cerca.

―¿Es un reclamo?

―Sí, decís ser mi amiga, pero cuando pasé un mal momento vos no estuviste ahí.

―Te pido disculpas, Lucrecia. Pero yo también atravesé por varios conflictos.

―¿No me habías dicho que tu vida en el convento era aburrida?

―Ahora volvió a la rutina de siempre. Pero hasta hace poco fue un tanto caótica.

―No sabía nada de eso. Tenés que contarme.

―Puede que algún día lo haga. Pero no estábamos hablando de mi vida, sino de la tuya. Puede que a veces pases malos momentos, sin embargo también vivís grandes aventuras, de las cuales yo me entero de la mitad y la otra mitad sólo puedo intentar adivinarlas. Casi nunca me contás lo que hacés. Todo lo que supe de vos durante las últimas semanas, me lo enteré por Tatiana.

―No sabía que hablaras con ella.

―¿Te molesta?

―No, para nada. Me molesta que me eches en cara que no te haya contado durante estas últimas semanas, cuando fuiste vos la que me pidió que no te hablara por un tiempo.

―Sí, lo sé ―agachó la cabeza.

―Además, a la otra mitad de las cosas, no te las cuento porque te escandalizarías y pensarías muy mal de mí.

―Podrías ponerme a prueba algún día. Tal vez vos también te escandalizarías con mi vida.

―¿Escandalizarme con tu vida? ¿Qué hiciste, Anabella? ¿Acaso te pusiste a recitar la Torá durante una misa?

―No, eso me hubiera traído menos problemas.

―La puta madre, me da curiosidad.

―La boca, Lucrecia.

―La tengo debajo de la nariz.

―No te hagás la sonsa.

―No me hago, soy. Volviendo al tema. No te cuento todo de mi vida porque la imagen que tenés de mí ya es lo suficientemente mala, no quiero arruinarla más.

―No creo que puedas arruinarla más ―me hizo sonreír, pero intenté disimularlo.

―Tenemos muchas cosas para contarnos, Anabella. Necesitaríamos más que una simple tarde de mates.

―¿Necesitaríamos un fin de semana entero?

―Si el fin de semana durara al menos tres o cuatro días... posiblemente.

―¿Eso tenías en mente? ¿Tres o cuatro días?

―Le pedí permiso a Rodrigo y me dijo que le parecía bien.

―¿Pensabas secuestrarme durante cuatro días?

―¿Mi hermana estuvo hablando con vos?

―¿Eh? ¿Qué tiene eso que ver?

―Es que cuando me metieron presa ella me preguntó si era por haberte secuestrado ―Anabella comenzó a reírse con dulzura―. No es gracioso, ella lo decía en serio.

Aminoré considerablemente la marcha, quería demorar todo lo posible el viaje de regreso al convento. Inclusive tomé por calles que nos desviaban; pero Anabella no parecía percatarse de ello.

―Tu hermana parece ser todo un personaje, tal como vos lo sos. Me has hablado poco de ella.

―Somos muy impulsivas, eso, y la apariencia física, es lo que más nos asemeja. ¿Sabés qué pensé antes de venir a buscarte? Que por primera vez me acompañarías en uno de mis impulsos.

―No hubiera sido posible, aunque no te hubiera hecho sentir mal con lo que dije. Tengo responsabilidades que cumplir, por más aburridas que sean.

―Lo sé, pero la esperanza es lo último que se pierde... no te preocupes, yo ya la perdí.

―¿Al menos podemos tomar unos mates juntas?

―Mañana. Hoy no quiero.

―¿Por qué no?

―Porque me siento mal por la forma en que se arruinó todo. Necesito estar sola un rato.

―Está bien, entiendo eso. Me pasa todo el tiempo. Lamento haber arruinado tu plan... o la falta de uno ―una vez más sonreí, ella también lo hizo―. Lamento no ser la amiga que merecés.

―No te preocupes, entiendo que tu compromiso con Dios es muy grande, eso lo admiro mucho.

―Vamos Lucrecia... a otro perro con ese cuento...

―Hueso... se dice: “A otro perro con ese hueso”. Los perros no comen cuentos ―frunció la nariz y me mostró los dientes como si quisiera morderme; era hermosa―. Dije la verdad, Anabella, admiro mucho tu devoción. Últimamente yo estoy llena de dudas con respecto a Dios y a Jesucristo. Después de todo lo que me pasó, cada día me cuesta más creer que están allí. Perdón si te escandalizo una vez más, pero he llegado a pensar que lo mejor sería dejar de creer en Él.

―No me escandaliza para nada, lo pensé mil veces ―la miré sorprendida, por suerte manejaba despacio, por una calle desierta, de lo contrario podríamos haber chocado―. Así es Lucrecia, parte de la vida religiosa consiste en dudar. Seguramente escuchaste mil veces la frase: «Jesús dudó cuando estuvo en la Cruz» ―asentí con la cabeza―. Si Cristo dudó, ¿qué nos impide a nosotros hacerlo? Considero que la duda te puede acercar más al camino de la Fe. Luego el camino se vuelve más sólido, más firme.

―Eso pasa si no te terminás alejando para siempre.

―Eso depende mucho de la procesión que lleve cada uno por dentro... y de las cruces con las que tenga que cargar. Yo cargo con muchas, algunas son muy pesadas y difíciles de llevar, pero sigo adelante.

―Lo mismo debería decir yo, sin embargo en este momento estoy un poco enojada con Dios. Me va a llevar bastante tiempo amigarme con Él una vez más.

―Espero que te lleve menos tiempo del que pensás. ¿Sabés una cosa? Esto es una confesión que ni siquiera me animo a planteársela al Cura...

―Te escucho atentamente.

―A mí también me está costando creer en Dios últimamente. Especialmente por las grandes desilusiones que me llevé... y el haber recordado lo que me pasó a los dieciocho años. Todo eso se juntó en mi cabeza, lo pensé tanto que tengo miedo de estallar de un momento a otro. Sin embargo sé que esto es pasajero y que luego podré ordenar mis ideas. Por un instante me entusiasmó la idea de pasar un fin de semana lejos de todo esto; pero luego puse los pies en la tierra y me di cuenta de que era una locura.

―Sí, lo fue. Vos siempre me hacés poner los pies en la tierra.

―Qué curioso, vos siempre me hacés olvidar el mundo real.

―¿Será por eso que somos tan buenas amigas?

―Creo que sí, nos equilibramos la una a la otra... pero también es por eso que discutimos tantos.

―Sí, cuando ese equilibro se rompe. Cuando alguna quiere forzar a la otra a llegar más allá de sus límites.

―Como por ejemplo, al pedirme que te bese ―agregó ella.

―Acabo de explicártelo. Te pedí que me besaras para comprobar que confiabas en mí, que en realidad no me considerás una abusadora.

―¿Volvemos con lo mismo? Te expliqué que sólo fue una simple broma que me salió mal, también te pedí perdón. Me parece excesivo que me pidas que te bese, sabés que no me gusta hacerlo.

―Te estás contradiciendo sola, Anabella. Hace un rato me dijiste que te gustaron mis besos.

―Es que esos besos vinieron en momentos de debilidad emocional. Me sentía muy sola, triste y necesitaba un poco de calor y afecto humano; necesitaba sentir un leve contacto físico. En esos momentos no te vi como mujer, te vi como persona.

―¿Ahora no te sentís así? ―no me contestó―. Cuando te encontré en la calle parecías bastante solitaria y triste ―mantuvo su mirada fija al frente sin decir una palabra―. No pienses que siento lástima por vos, a veces yo también me siento así.

―Tenés demasiadas “amigas” como para sentirte sola y triste.

―Es cierto ¿no te parece irónico? Sin embargo muchas veces me siento así...

―Pero cada vez que estás sola, podés recurrir a algunas de tus amigas, Lucrecia; yo no tengo a nadie... más que a Dios y a Jesucristo.

―Me tenés a mí. Yo no podré hacer milagros; pero estoy acá y ahora, de cuerpo presente... a diferencia de otros que prefiero no nombrar.

―Es una lástima que se haya arruinado todo ―concluyó.

Estaba enfadada, triste y me sentía impotente. Mantuve la boca cerrada y aceleré la marcha, volví a recuperar el rumbo. Lo único que quería en ese momento era dejar a Anabella en la puerta del convento e irme a mi casa a llorar.

―Lucrecia, antes de llevarme al convento ¿me hacés un pequeño favor? No pretendo usarte de taxi, ni nada por el estilo; pero me acordé de...

―Si querés que te lleve a algún lugar, solamente pedímelo, lo voy a hacer con mucho gusto.

―Gracias. Necesito ir a comprar algunas velas y velones porque nos están quedando pocos.

―¿Todavía usan velas? ¿No se enteraron de que ya se inventó la luz eléctrica? Fue hace como cien años…

―En algunas ceremonias especiales todavía se usan velas, es una tradición. Algunos utilizan velas eléctricas, pero a nosotros nos gustan más las velas tradicionales.

―Las que aumentan el riesgo de incendio.

―Sí, esas mismas. Las venden en un local que se especializa en suministros para iglesias y capillas, hasta se puede comprar vino de misa allí. Tenés que doblar en esta esquina a la derecha, no es muy lejos de acá. Se nota que agarraste por cualquier lado.

Me hice la boluda y esperé a que me diera el resto de las indicaciones. Poco tiempo después llegamos al lugar donde se encontraba dicho local. Nos bajamos del auto y la acompañé dentro de una pequeña galería que tenía varios negocios, todos especializados en artículos religiosos, desde muebles, figuras de santos y vírgenes, rosarios y cruces, hasta ropa.

―Anabella, esto está todo cerrado, acá no hay nadie ―le hice notar.

―Ya lo sé, está cerrado por vacaciones.

―¿Entonces por qué me pediste que te trai...

La muy traicionera se abalanzó sobre mí sin previo aviso, me tomó por la cintura, me arrinconó contra una pared y estrelló sus labios contra los míos. Cerré los ojos y me dejé llevar. Todo el enojo que había acumulado se disipó mágicamente, se perdió por completo en cuanto su lengua tocó la mía. El calor de su cuerpo me envolvió. La abracé con fuerza, pegándola más a mí. Un potente tambor marcó un ritmo frenético dentro de mi pecho. Sus húmedos y tersos labios me amansaron, me transformaron en una muñeca de trapo, fácilmente maleable. Toda la tensión que había acumulado en mi cuerpo, se desvaneció al instante. No podía creer que toda esa pasión proviniera de la misma monjita con la que había estado discutiendo dentro del auto. Lamió mi labio inferior y cuando su lengua me dio lugar, hice lo mismo con el suyo. No quería que ese beso terminara; sin embargo, como todas las cosas buenas de la vida, llegó a su fin.

―¿Ahora me creés si te digo que confío en vos? ―me preguntó sin soltarme. Su frente tocaba la mía, sus ojos penetraban los míos.

―Siempre lo supe ―le dije en un susurro, estaba hipnotizada―. Sólo era una excusa para robarte un beso.

―Lo sé... puedo leerte como si fueras la Biblia, Lucrecia ―su rostro denotaba pasión.

―Si lo sabías, ¿por qué me besaste?

―Vos lo dijiste, me sentía sola y triste... necesitaba un poco de vos.

―¿De mí? Esta vez no dijiste que necesitabas “calor humano”, dijiste que me necesitabas a mí.

―No me lo hagas más difícil, Lucrecia.

―Decime la verdad, Anabella. ¿Estás enamorada de mí?

―Hay días en los que quisiera cocerte la boca con hilo y aguja. Otros en los que quisiera tapártela con un beso.

Volvió a besarme con la misma pasión con la que lo había hecho antes. Mi corazón se llenó de júbilo. ¿Estaba diciendo que me amaba o sólo usaba el beso para callarme? Prefería creer que sus labios me estaban enviando un mensaje de amor. Cuando el beso terminó, se apartó de mí. Suspiré como una romántica empedernida, me odié a mí misma por eso, pero no pude evitarlo.

―Ahora quiero escuchar tu propuesta, Lucrecia. ¿Qué planes tenías para el fin de semana?

―Los arruinaste.

―¿De nuevo con eso? Acabo de besarte, me dijiste que si lo hacía me ibas a contar.

―Por eso mismo lo arruinaste, no pensé que el beso iba a ser tan... intenso. Tampoco pensé que fueran a ser dos. Eso arruinó por completo mis planes.

―Qué curioso, hubiera jurado que haría todo lo contrario.

―De todas formas dijiste que tenés responsabilidades, no vas a ir.

―No tengo nada que no pueda postergar unos días, esa es la realidad. ¿Puedo al menos escuchar qué planes arruiné?

―¿Vendrías conmigo si te los cuento?

―Sinceramente no tengo ganas de quedarme sola en el convento durante todo el fin de semana. Cualquier cosa podría ser mejor que eso.

―Mi idea era... pasar un fin de semana con vos, como amigas. Eso es todo.

―¿Qué querés decir con eso?

―Pretendía demostrarte que puedo pasar tiempo con vos sin “acosarte sexualmente”. Quería que vieras que te quiero como amiga, como compañera; que sintieras que mi cariño por vos es verdadero y que no pretendo forzarte a hacer nada que no quieras... sólo quería un último beso... porque me da miedo pensar que tal vez sea eso... él último.

―¿De verdad estarías dispuesta a hacer una cosa así? ―pude ver una lágrima cayendo por su mejilla.

―Sí, por vos haría cualquier cosa, Anabella. Me enamoraste como mujer, lo admito; pero me conquistaste como amiga... y prefiero tenerte como una amiga antes de perderte para siempre ―tragué saliva, tenía un nudo en mi garganta que no me dejaba respirar.

―Te quiero mucho, Lucrecia ―me abrazó rodeándome por los hombros y rompió a llorar―. Nunca tuve una amiga como vos... sos muy importante para mí y me conmueve mucho saber que... ―los espasmos por el llanto no la dejaban hablar, la rodé con mis brazos y la acompañé con las lágrimas―. No te das una idea de lo importante que es para lo acabás de decirme. Pensaba que... que sólo podía comprar tu amistad si te besaba... o si hacía alguna otra cosa que no debía... no quería perderte.

―Te lo digo honestamente, Anabella. No necesitás hacer nada de eso para que yo esté a tu lado; sin embargo voy a guardarme cada beso que me diste; porque son los más dulces que recibí en mi vida ―me estaba poniendo asquerosamente cursi, pero en ese momento nada me importaba.

―Tus besos fueron los únicos que recibí en mi vida. Gracias por hacerme sentir querida... por hacerme sentir una persona normal, aunque sea por un rato. Estoy muy feliz de no tener que volver a besarte otra vez.

Comencé a reírme entre llantos, no sabía cómo reaccionar, al parecer la contagié con mi risa ya que ella comenzó a hacer los mismos extraños sonidos que yo.

―¿Estás lista para pasar un fin de semana entre amigas?

―Lista y entusiasmada. ¿Cuándo salimos?

―En cuanto se me deshinchen los ojos, no puedo manejar así. Parezco japonés con conjuntivitis –ella comenzó a reírse, esta vez con mayor alegría.

―Está bien, ayudame a quitarme la sotana ―al decir esto se despojó de su velo mostrándome su hermosa y cobriza cabellera, la miré confundida―. No te hagas ilusiones, tengo ropa debajo.

―Sí, eso pensé... –mentí; realmente tuve la ilusión de verla desnuda, aunque fuera ilógico e impropio del momento.

Cuando se quitó todos sus hábitos quedó vistiendo el mismo conjunto de ropa “normal” que yo le había regalado. Esa remera roja y el pantalón de jean algo ajustado le quedaban de maravilla y marcaban sus curvas naturales.

―No sabía que seguías usando esta ropa.

―¿Te dije alguna vez que mis hábitos son como una barrera de protección para mí?

―Sí, lo recuerdo. Me dijiste que sentís que te protegen de los males del mundo exterior.

―Bueno, con la ropa que vos me diste me pasa algo parecido. Hay días en los que me siento muy sola y triste, más de lo normal; entonces me gusta ponerme esto debajo del hábito, me recuerda que hay alguien en el mundo que me quiere.

―Me vas a hacer llorar otra vez, Anabella.

―Tal vez así termine de lavarse tu maquillaje, tenés todas las mejillas pintadas de negro.

―Tu boca está igual que mis mejillas.

―¿Por qué tanto maquillaje negro, Lucrecia? Y ese pelo…

―¿No te gusta? Ayer me lo corté y me lo teñí. Siempre quise tenerlo así. Toda mi vida deseé tener el pelo negro.

―Parecés la hija de Drácula.

―Y vos con la sotana puesta parecés Darth Vader, y no me quejo.

*****

Una vez que estuvimos serenas y con la cara limpia, Anabella llamó al convento y avisó que se ausentaría durante unos días. Dijo que, luego de lo ocurrido, necesitaba estar unos días lejos de allí. No sabía a qué se refería exactamente con “lo ocurrido”; pero ya tendríamos tiempo de hablar sobre eso. Aparentemente no le pidieron demasiadas explicaciones, ya que la conversación fue breve.

Emprendimos nuevamente nuestro viaje, con rumbo a la casaquinta de Rodrigo. Esta vez decidí poner un poco de música de fondo, para alegrar un poco las cosas. Opté por algo de los Rollings Stones, iniciando por una de mis canciones favoritas de la banda: Paint It Black, un tema que solía a todo volumen cuando necesitaba hacer catarsis. Tal vez sea por eso que siempre quise “pintar de negro” mi cabello.  

Mientras manejaba le aclaré que, conociendo a mi amigo, era muy posible que encontráramos la casa infestada por alimañas o totalmente derrumbada. La única garantía que tenía era que Miguel había visitado la casa recientemente y afirmaba haberla encontrado en condiciones.

En cuanto llegamos, nos quedamos asombradas; la casa era preciosa. No parecía ser muy grande, pero era toda de madera, prolijamente pintada de blanco, con un techo de tejas a dos aguas y una chimenea que sobresalía de él. Se asemejaba mucho a las típicas casitas que describen en los cuentos, pero esta era real.

Entramos y vimos todo en perfectas condiciones, aunque había un poco de tierra cubriendo el piso y algunos muebles. Antes de instalarnos a descansar, decidimos dedicar un poco de tiempo a limpiarla. No nos llevó más de una hora dejarla reluciente por dentro.

Todo dentro de la casa era pequeño, inclusive la mesa principal, en la cual no cabían más de cuatro personas, una en cada lado de la misma. Había dos habitaciones, le pedí a Anabella que escogiera alguna y decidió quedarse con la que tenía la ventana mirando hacia el este; para tener mejor luz por las mañanas.

―Me gusta despertarme con el sol ―me comentó.

―Perfecto, yo odio el sol, cuando estoy durmiendo ―me quedé con la otra habitación, cuya ventana miraba hacia el sur.

―Lucrecia, me encanta la idea de pasar un fin de semana con vos y me estoy esforzando mucho para romper mi rutina y dejarme llevar un poco... pero hay algunas cuestiones prácticas que me preocupan. Por ejemplo, ¿qué vamos a comer? Espero que no olvides que las monjas tenemos un voto de pobreza, eso quiere decir que prácticamente no tengo nada de dinero, lo poco que cargo pertenece a la iglesia y...

―Por la plata no te preocupes, yo invito. Las cosas en la discoteca de Rodrigo están mejorando mucho y ya estoy ganando dinero. No es una fortuna pero me alcanza para vivir y para darme estos pequeños gustos.

―Está bien, acepto tu invitación... de todas formas no tengo otra alternativa ―sonrió―. Otro asunto que me preocupa es la vestimenta, me encanta la ropa que me regalaste; pero no puedo pasar cuatro días usando lo mismo... ni siquiera traje mi cepillo de dientes.

―Anabella, me estás subestimando, puedo ser impulsiva... de hecho todo esto fue parte de un impulso; pero eso no quiere decir que no me haya detenido por unos minutos a pensar en estas cuestiones prácticas. Traje ropa de sobra, tenés prácticamente la misma fisonomía que yo... aunque tus ―puse mis manos frente a mis tetas, para que comprendiera de qué hablaba―, son más grandes que las mías ―la hice sonrojar―. De todas formas mi ropa te entraría muy bien. Por el cepillo de dientes tampoco tenés que preocuparte, te traje uno que tenía de repuesto.

―¡Qué bueno! Veo que pensaste en todo. Me alegra que esto no sea tan alocado como temía.

Nuestro siguiente paso fue ir a un pequeño supermercado cercano, para aprovisionarnos con alimentos. Miguel me había indicado cómo llegar y me recomendó que no me alejara mucho ya que más adelante no había nada más que árboles y ríos.

Lo primero que compramos fue un paquete grande de yerba y tuvimos suerte de que también nos vendieran un mate artesanal y una bombilla. No había planificado tan bien las cosas como para traer el mío.

―Puedo vivir sin comida ―aseguró Anabella―; pero no puedo vivir sin tomar mates.

―No soy muy buena cebando mates, así que ese tema te lo dejo a vos.

―No te preocupes, yo soy un desastre en la cocina, así que yo me encargo de los mates y vos de cocinar.

Me detuve en seco.

―Eh... Anabella... tenemos un problema ―por la forma en que me miró, supuse que había adivinado lo que iba a decirle―; yo tampoco sé cocinar. Estoy intentando aprender, pero por lo general me queda todo horrible o incomible. Si no tengo a Tatiana para cocinarme, termino comiendo porquerías que se preparan fácil o pido comida hecha.

―Veo que no se te ocurrió pensar en eso.

―Creí que vos sabías cocinar... no sé, hay monjitas que organizan comedores para gente de bajos recursos, pensé que vos hacías eso.

―¡Claro que lo hago! Y con mucho gusto; pero me mantengo prudencialmente alejada de la cocina. Me encargo de que no falte nada y de cuidar que los chicos no se peleen... pero no me pongo a cocinar.

―¿Será que vamos a sobrevivir a puro mate?

―Yo creo que sí... aunque si llevas... “porquerías que se preparen fácil”, como dijiste vos, podríamos arreglárnosla con eso. No debe ser muy difícil preparar una hamburguesa, por ejemplo.

―No me hables de hamburguesas... casi prendo fuego el departamento intentando preparar una.

―¡Ay Lucrecia! Ni yo soy tan tonta...

―Lo que pasó fue que me olvidé... me distraje haciendo otra cosa ―no le iba a decir que fue por mirar porno en mi nuevo celular―, y cuando me di cuenta ya tenía la casa llena de humo.

―Mejor llevemos comida que se pueda consumir fría... te quiero lejos del fuego.

Hicimos lo que sugirió la monjita. Llevamos muchas cosas para preparar sándwiches, paquetes de galletitas dulces y saladas, pan, algunos vegetales para preparar ensaladas y cuando llegamos a la góndola con las bebidas alcohólicas, nos detuvimos.

―Nunca te lo pregunté... pero vos no tomás alcohol, ¿cierto? ―la monja me miró haciendo girar sus ojitos para todos lados.

―¿Por qué pensás eso?

―No lo sé... no me imagino a una monja tomando alcohol... pero bueno, tampoco imaginaba a una monja besando mujeres ―esto último se lo dije susurrando para que nadie nos escuchara.

―Si querés llevar algo para tomar, podés hacerlo... yo no te lo voy a impedir.

―Está bien... pero no se me ocurre qué puedo llevar.

Quería el mismo bourbon que me había ofrecido Dani aquella noche; pero sabía que no lo encontraría en ese supermercado, y también sabía que posiblemente no podría pagarlo.

―Vino tinto. Este es bastante bueno ―cargó cinco botellas de vino al canasto de las compras.

―¿Cinco? ¿No serán pocas? ―dije irónicamente― ¿Y cómo sabés que...?

―No preguntes... menos sabe Dios y perdona. ¿Llevo más?

―No dije nada. Dejo a tu criterio la cantidad que quieras llevar.

Dudó un instante, cargó una botella más y proseguimos la marcha hacia la caja registradora.

Pagamos todo y regresamos a la casa. En el sitio reinaba la paz y la tranquilidad, todo era silencio, a excepción del canto de los pajaritos, un clima campestre ameno y cordial... no podía soportarlo. Por suerte había traído un pequeño equipo de parlantes con un sub buffer, lo conecté a mi teléfono celular y puse algunas canciones de rock argentino a buen volumen, mientras guardábamos los víveres. Podía alejarme de la civilización, pero no podía alejarme del rock.

―¿Qué es eso que estamos escuchando? ―me preguntó Anabella elevando la voz por encima de la música.

―¿No los conocés? Eso no puedo creértelo.

―No sé quiénes son... nunca los había escuchado.

―Seguramente si los escuchaste, pero no conocés la canción... es imposible que no los hayas oído ―me miró como si yo hablara en chino―. ¿Nunca escuchaste hablar de una banda llamada “Patricio Rey y sus redonditos de ricota”?

―¿Los redondos?

―Así les dicen... ¿ves que sí los conocés? Son una de las bandas de rock más famosas de Argentina, Anabella. No podés no conocerlos, es pecado ―le sonreí mientras abría el paquete de yerba, supuse que ella querría tomar mates.

―Los conozco solamente de nombre, nunca los había escuchado atentamente.

―¿Te gustan?

―No lo sé, no soy muy aficionada al rock... al menos no a este estilo de rock; prefiero algo más suave.

―A mí me fascinan las letras que tienen, siempre me dejan pensando. Tenés que prestarles mucha atención.

Recordé la canción “Espejismo”. La había borrado de mi lista de reproducción, hacía días que no podía escucharla sin ponerme a llorar.

Nos sentamos a tomar mates en la galería techada del exterior de la casa. Allí podíamos estar tranquilas, a la sombra, disfrutando de la suave brisa con la música sonando de fondo a un volumen que nos permitía conversar sin gritar.

―Necesitaba escaparme un poco del mundo real ―le dije.

―Con todo lo que te pasó... es lógico. No puedo creer que hayas aguantado esas cosas, yo me hubiera quebrado.

―¿Y quién dice que no lo hice?

―¿A qué te referís?

―Me pasaron cosas muy feas. Descubrí cosas de mí misma que no me gustan para nada. Pero no quiero que estemos hablando de mí ahora mismo. Contame de vos. ¿Qué hiciste durante todo el tiempo que estuvimos sin hablar?

―Ahora me dejaste preocupada, Lucrecia. Contame qué te pasó.

―Te prometo que lo voy a hacer, a su debido tiempo. Ahora quisiera que me cuentes vos sobre tu vida.

―Está bien; pero te voy a ir contando las cosas de a poco. Es un tema delicado y me cuesta hablar de esto.

―Me dejás con mucha intriga. Eso no me gusta, soy demasiado curiosa. Pero no voy a presionarte. Vos contame lo que quieras y cuando quieras.

―Gracias ―empezó a cebar mates―. ¿Qué te puedo contar?

Tomó un mate en silencio, con la mirada clavada en el infinito. Sabía que para ella era muy difícil sincerarse en cuestiones “delicadas”, por lo que quise ayudarla, brindándole un punto de partida para comenzar a hablar.

―Tal vez sea entrometerme, pero cuando hablé con el decano de la universidad, me preguntó por vos ―me miró sorprendida, aún con la bombilla en los labios―. Él insinuó que yo era problemática, pero también dijo que vos también lo eras. No sé a qué se refería ―ella sonrió y se sonrojó.

―Imagino que causé mucho revuelo. Por lo general los problemas del convento no involucran al decano de la universidad.

―¿Y qué tipo de “revuelo” causaste?

―Vandalismo ―se sonrojó aún más; su dulce mirada escondía en su brillo a una niña traviesa.

―¿Sor Anabella? ¿La correcta y cariñosa monjita? ¿Vandalismo? Me cuesta creerlo. Pero es creerte o pensar que decidiste comenzar a mentir.

―No es mentira. No me enorgullezco de lo que hice, pero no encontré otra manera.

―A ver… ¿qué hiciste exactamente? ―le pregunté aceptando uno de sus mates.

―¿Conocés el claustro principal del convento?

―Sí.

Se trataba de un gran patio rodeado por galerías y columnas. Era un sitio hermoso que parecía sacado de un castillo medieval. A veces se usaba como patio de recreo para la universidad y en otras ocasiones lo abrían para el colegio secundario; para que todos pudiéramos disfrutarlo.

―Imagino que no lo viste recientemente. De lo contrario ya te imaginarías a qué me refiero.

―Hace meses que dejé de concurrir a la universidad. ¿Con qué me encontraría si lo veo?

―Te encontrarías con que cierta hermana del convento pintó, con aerosol negro, fragmentos de la biblia ―me quedé totalmente pasmada―. Vas a poder leerlos, con letra prolija, porque la monja en cuestión se tomó el tiempo necesario para que quedaran lo más claros posibles. Todos los versículos están relacionados con el juicio, y están pintados en todas las paredes. Son muchos, a esa monja le tomó casi toda la noche pintarlos, y varias latas de pintura en aerosol, que tuvo que pagar de su magro bolsillo ―yo sonreía boquiabierta, esta sonrisa se contagió en el rostro de Anabella, comenzó a tomárselo con más calma―. Entre los versículos podés leer uno que me gusta mucho: «No juzguen, y no se les juzgará. No condenen y no se les condenará. Perdonen y se les perdonará».

―Ese me gusta mucho, a veces me lo repito mentalmente; pero no siempre me ha traído buenos resultados hacerlo. Nunca me puedo acordar qué versículo es.

―Lucas 6:37 ―aclaró la monja―. Es uno de mis favoritos. También, esta monjita en cuestión, pintó: «¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro? Que se mantenga en pie, o que caiga, es asunto de su propio señor. Y se mantendrá en pie, porque el Señor tiene poder para sostenerlo», Romanos 14:4. «No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes», Mateo 7:1. «A cada uno le parece correcto su proceder,

pero el Señor juzga los corazones», Proverbios 21:2; y muchos otros más.

―Ese último me gustó mucho. No lo recordaba. Me parece que esta monjita estaba bastante enojada por alguna injusticia.

―Sí lo estaba ―dijo antes de tomarse otro mate―. Enojada, indignada, ofendida, desilusionada, etc.

Algo que teníamos en común Anabella y yo, era que ambas detestábamos las injusticias. Especialmente cuando éstas lastimaban a buenas personas.

―¿Y se puede saber por qué la monjita reaccionó de esta forma?

―A la monjita le cuesta mucho hablar sobre eso. Prefiere cambiar de tema.

―Está bien, te prometí que no te iba a presionar; y no lo voy a hacer.

Comenzamos a hablar de temas más casuales. Me contó de algunas actividades benéficas que había organizado en las últimas semanas y yo le conté de mi proyecto “Pandora”. También le dije que había encontrado un buen inversor para que contribuyera; pero evité mencionar los detalles de mi cena íntima con él. Hacía mucho que no me sentía tan feliz, me fascinaba hablar con ella y que se riera de mis chistes boludos. También me daba mucha ternura verla fracasar rotundamente cada vez que intentaba hacer un comentario gracioso. Le aseguré que su sentido del humor mejoraría el día en que dejara de ser tan “inocente”. De todas formas a ella no parecía molestarle su sentido del humor.

Sin darnos cuenta se nos hicieron las cinco de la tarde. Nos habíamos salteado el almuerzo. Le pregunté si no quería comer algo. Ella me dijo que antes quería darse una ducha; pero me hizo prometerle que no intentaría meterme al baño con ella. Le recordé que ese era un fin de semana de amigas. Podía bañarse con total tranquilidad.

Como debía prestarle algo para ponerse, fuimos hasta mi dormitorio a buscar ropa limpia. Había llevado suficiente ropa como para quedarme un mes. Le mostré algunos vestidos, pantalones y blusas para que ella pudiera escoger. Ella vio una remera negra con un dibujo en blanco, era el logotipo de la banda Radiohead.

―Ésta es la remera que tenías puesta el día que me compraste la ropa. Sigo pensando que el mono es muy feo.

―Te dije que no es un mono, es un oso... ―me quedé muda cuando ella quitó la remera de la valija y apareció un objeto plástico alargado, de color naranja―. Ups, me había olvidado de eso.

―¿Trajiste un consolador? ―me preguntó con el ceño fruncido.

―Sólo por si lo necesitaba... ―me puse muy nerviosa―, no pretendía usarlo con vos ni nada por el estilo, es para mí...

―¿Para vos? –Agarró el juguete y lo sacudió frente a mi cara―. Lucrecia, yo podé ser una idiota en temas sexuales, pero no me hace falta ser sexóloga para saber que esto está diseñado para usarlo de a dos. Tiene dos puntas iguales... ―tenía razón, ambos extremos del juguete representaban fielmente la punta de un pene, no supe qué decirle―. ¿Con que fin de semana de amigas, no? ―arrojó el consolador sobre la cama y salió del dormitorio hecha una furia.

Me llevó unos segundos reaccionar, cuando quise seguirla ella ya se había encerrado en su dormitorio dando un fuerte portazo. Me acerqué a su puerta y golpeé dos veces.

―Anabella, por favor, abrime... permitime explicártelo al menos. No seas tan dura conmigo... Anabella ―volvía a golpear.

―Dejame sola, Lucrecia. No quiero hablar con vos ahora.

―Pero... yo no quise... por favor, abrime...

―¡No! Dejame en paz. Este no es buen momento para que me hables. Te lo digo muy en serio ―por el tono de su voz supe que estaba muy enfadada.

Pude haber insistido, pero no quería hacerla enojar más de lo que estaba. Supuse que lo mejor sería dejarla tranquila y esperar que el enojo se le pasara. Además no tenía idea de qué podía decirle para arreglar las cosas, no tenía ninguna excusa. Una vez más había arruinado todo.

Fui a la galería y me senté a mirar cómo oscurecía mientras mosquitos, que parecían aeroplanos, me succionaban la sangre.

*****

Anabella salió del dormitorio cuando el reloj marcó las nueve y diez de la noche. Para ese entonces yo estaba comiendo unos sándwiches, leyendo el libro de Stephen King que me había regalado mi hermana. Traerlo fue un gran acierto. Cuando la vi aparecer me quedé inmóvil, con la boca llena, sin masticar siquiera. Tenía los ojos enrojecidos y saltones, de tanto llorar, no lucía tan hermosa como antes; pero había cierta ternura en ella que me conmovía. Parecía una niña lastimada. Se sentó en la silla que estaba frente a la mía, del otro lado de la pequeña mesita.

―Te escucho ―me dijo―, pero no me mientas porque va a ser peor. Si me mentís, me voy ―tragué el bocado de sándwich.

―Si te digo la verdad, también te vas a ir.

―No, porque va a ser la verdad. Prometo quedarme. Sólo quiero saber que podés ser totalmente honesta conmigo. Sin tapujos.

―Está bien. No tengo excusa. Sé que actué mal. Pensaba usarlo con vos, tenía esa ilusión... no lo sé, fue algo del momento, un impulso, una fantasía. Mientras armaba las valijas creí que milagrosamente terminaríamos juntas en la cama y podríamos usarlo, creí que te agradaría... fui una estúpida. No estaba pensando con claridad.

―¿Eso no contradice un poco lo de “fin de semana de amigas”?

―Sí, totalmente. Pero eso se me ocurrió después. Vos sabés muy bien que suelo cambiar de idea todo el tiempo. Mi idea original era convencerte de venir hasta acá y hacer el amor con vos; pero creeme, ya no lo pienso así. Después de lo que pasó en el auto entendí todo. No gano nada forzándote a hacer algo que no querés y de verdad prefiero tenerte como amiga, así nunca más pueda verte sin ropa. Cuando me dijiste que abusé sexualmente de vos me sentí muy mal, pero a la vez comprendí por qué lo decías. Me dije a mí misma que puedo ser mejor persona que eso, que puedo olvidarme de mis locuras y quise regalarte unas pequeñas vacaciones sanas y divertidas, sin pensar en sexo.

―Estoy muy enojada con vos, Lucrecia; pero al menos fuiste sincera conmigo. Eso era lo único que quería. No puedo pretender que pienses igual que yo. Vos tenés tu libido siempre latente, la mía a veces se esconde y no asoma durante meses. Pero sé lo que me puede pasar cuando se me activa, por eso mismo puedo hacer el esfuerzo de comprenderte. Agradezco que la charla en el auto te haya hecho recapacitar y cambiar de opinión. Si vos decís que, desde ahí en adelante, tus intenciones fueron totalmente distintas, entonces te creo.

―¿Me perdonás?

―Te perdono. También te quiero pedir disculpas, reaccioné como una chiquilla. Creo que no era para tanto. Por eso salí de la pieza, para hablar con vos.

―Es entendible, Anabella, vos sos monja; pensás muy diferente a mí. No creo que tu reacción haya sido exagerada. Me gustaría que ahora nos olvidemos del asunto ―me di cuenta de que ella miraba fijamente la botella de vino―. ¿Querés que lo abra?

―Sí, por favor. Necesito tomar algo, tengo la garganta seca.

―Está frío, lo saqué recién de la heladera.

Serví un vaso de vino para cada una y luego le preparé un sándwich de jamón y queso; mi especialidad. Comimos y tomamos buscando temas de conversación variados, el clima fue mejorando lentamente. Llegamos al punto de hacernos chistes y reírnos de ellos. La botella de vino se fue muriendo con el paso de los minutos.

―¿Puedo abrir otra? ―me preguntó; miré el reloj y ya eran casi las once de la noche.

―Sí, abrila. Tenías razón, este vino está muy bueno. Nunca lo había probado.

―Lo tomé algunas veces... a escondidas ―puso su dedo índice en los labios, indicándome que guardara silencio.

―Vandalismo y vino a escondidas. ¿De dónde salió esta Anabella y qué hizo con la inocente monjita que yo conocía? ―trajo la otra botella―. Estoy sorprendida. Siempre te vi como una monja buena y obediente.

―Hay tantas cosas que no sabés de mí, Lucrecia. Vos me ves como la monja buena y obediente, porque no conocés otras.

―Conozco esas dos que tienen sexo a escondidas en el subsuelo del convento ―se puso tensa. Tal vez le molestaba que yo trajera ese momento a colación.

―Bueno… ese ya es otro extremo.

Noté que quería evitar hablar de eso, no había cambiado tanto, seguía mostrándose reacia a ese tipo de situaciones incómodas que habíamos vivido juntas.

―Sé que vos nunca llegarías a hacer eso. Pero igual me intriga saber qué otras cosas habrás hecho, de las cuales yo nunca me enteré.

―Bueno, no por nada desde que llegué a ese convento me conocen como la monja “rebelde”, la problemática del grupo.

―¿Vos, la problemática? Esto me interesa. Es toda una revelación para mí ―le dije sonriendo de oreja a oreja―. Contame sobre tus actos rebeldes; pero no se vale repetir. Lo de la pintura negra y los versículos ya me lo contaste.

―Bueno, tampoco pienses que hay demasiado para contar, pueden parecer actos rebeldes para una monja; pero para una persona “normal” son idioteces.

―Claro, por eso la rebeldía es relativa. Sé que sos monja y que tu posición es muy diferente a la mía. Por eso no lo voy a tomar como idioteces. Contame.

―Está bien. Un par de veces me tomé alguna copita del vino de misa; pero no quería que se notara, por lo que decidí comprar mis propias botellas. Éstas me parecieron accesibles y parecían ser buenas. Otra cosa que le molestó siempre a las Hermanas es que a veces esté sin el velo puesto.

―¿Por qué les molesta eso? ¿Qué tiene de malo? ¿Hay una ley que las obligue a usarlo todo el tiempo?

―Más o menos. En teoría no podemos quitárnoslo, mucho menos si vamos a salir; pero yo les digo que no voy a dejar de creer en Dios porque un día salga sin el velo puesto.

―Además vos tenés un cabello hermoso, es una pena estar ocultándolo todo el tiempo.

―Gracias; sin embargo eso a veces me ocasiona problemas. Hasta mi color de pelo les molesta... que sea medio rojizo altera un poco a las más supersticiosas; porque relacionan el color rojo con la lujuria y el demonio.

―Sí, pero los Cardenales también se visten de rojo.

―Eso mismo les digo yo, pero como yo nací con este color de pelo... es diferente. No le doy mucha bolilla a esas supersticiones; creo en la existencia del demonio, pero me molesta que tuerzan la religión de esa manera.

―Sí, yo pienso igual que vos. ¿Qué otra cosa le molesta a las otras monjas de vos?

―Les molesta que tenga teléfono celular. Es decir, casi todas tienen uno, pero el mío es demasiado moderno y costoso. Consideran que rompo el voto de pobreza; sin embargo el mismo Cura me defiende sobre este tema y me dice que debemos saber adaptarnos a los tiempos que corren y que hoy en día hay nuevos métodos para hacer llegar la palabra de Cristo al mundo. Muchos líderes religiosos importantes utilizan computadoras y redes sociales.

―Exactamente, hasta el Papa tiene Twitter. No veo ningún problema en eso.

―También están tus visitas, las cuales levantaron sospecha ―había escuchado de esas sospechas, por boca del decano; pero prefería que ella me contara su versión―. A muchas monjas no les gustaba que aparecieras tan seguido por mis aposentos; pero les dije que no se metieran en asuntos personales. Les aclaré que yo tengo todo el derecho del mundo a tener amigas fuera del convento. Vos viste que algunas monjas no son tan “honestas” como lo aparentan. Sé de varias que hacen sus “travesuras”, incluso algunas peores que las mías; sin embargo no ando echándoselos en cara. Cada una sabrá cómo lidiar con sus demonios... y si necesitan ayuda, me ofrezco a darles una mano, nada más. Sin embargo hay algunas Hermanas del convento que están esperando a que yo cometa un error para reportarlo. Tan sólo si pudieran comprobar que me masturbo, ya me hubieran enviado a quemar a la hoguera ―tomó un buen trago de vino―; como si ellas no lo hicieran.

―Me cuesta creer que no lo hacen. Considero que es muy difícil, por no decir imposible, vivir sin alguna descarga sexual de vez en cuando.

—Lo es, creeme, pero hay muchos hipócritas que se jactan de no haberlo hecho nunca —sus mejillas estaban sonrosadas, me di cuenta de que el alcohol ya la estaba afectando—. Sinceramente yo dudo de que el famoso “Voto de castidad” sea algo positivo. No digo que por esa razón vaya a acostarme con otra persona o que todos los curas y monjas deban mantener relaciones sexuales. Comprendo que es un sacrificio que se hace por amor a Dios; sin embargo no tenemos que olvidar que somos seres humanos y que el ser humano es un animal social, racional y sexual.

—Me dejás helada, Anabella. Jamás imaginé que vos serías quien diera fundamentos lógicos para el tema de la sexualidad.

—Es que estuve leyendo varias cosas de psicología, especialmente de psicoanálisis, donde se habla mucho del tema de los impulsos sexuales, de la libido. La psicología es un tema que me fascina. Leí especialmente sobre los problemas que trae reprimirse tanto sexualmente. Por lo poco que entendí, esa represión genera una acumulación de energía sexual que, en algún momento, va a buscar aparecer o descargarse de otra forma. Hasta puede aparecer como un síntoma.

—Claro, por eso yo no la reprimo.

—Lo tuyo ya es el otro extremo, Lucrecia. Tampoco es bueno darle tanta libertad; pero ahora te comprendo mejor, seguramente estuviste reprimiéndola por mucho tiempo... y tu forma de actuar es la “descarga” de toda esa energía acumulada.

Asentía con la cabeza mientras la escuchaba hablar ―dentro de mi cabeza resonaba la frase: “Trastorno histriónico de la personalidad”―. No sé mucho sobre psicología, pero en mis estudios me topé con algunos temas que se relacionaban con ella. Lo que vos decís tiene mucha coherencia, me pasé años reprimiendo mi sexualidad hasta que esta comenzó a desbordarme. Siguiendo esa lógica, vos debés tener más energía acumulada que yo —le dije—, no sólo porque sos más vieja —frunció el ceño al escuchar esa palabra—, sino también porque tenés más razones que yo para reprimirla. ¿Cómo es que no terminaste violando a cada monja y cura del convento?

—Porque sé medirme y controlarme mejor que vos.

—O porque sos más miedosa.

—No empieces de nuevo con eso, no me hagas enojar... —me señaló con su índice.

—No es mi intención hacerte enojar, sólo digo la verdad.

—¿Querés que yo te diga la verdad? —su tono de voz se volvió más hostil y sus ojos se ensombrecieron.

—Pensé que siempre me decías la verdad.

—Sí, lo hago; pero nunca te la digo completa. Hay muchas cosas que pienso que nunca te las digo, porque no quiero lastimarte. Pero como sos mi mejor amiga creo que te genero un daño ocultándote esa parte de la verdad.

Estaba asustada, pocas veces había escuchado a Anabella hablándome en ese tono.

—Si tenés algo para decirme, hacelo y punto —le dije casi en tono de desafío.

—Está bien, pero te advierto que no te va a gustar. No creo que tu actitud se deba solamente a una represión sexual, debe haber muchas cosas más. No soy psicóloga y no puedo afirmar con certeza cuáles son las razones, pero sé que tu vida era muy diferente antes de que nos conociéramos. Eras una buena chica que tenía un maravilloso futuro por delante, pero en algún punto mandaste todo al demonio. No niego que lo que te hicieron tus padres estuvo mal, pero no podés echarles la culpa a ellos de todo lo malo que te pasa. Tampoco podés echarles la culpa a otras personas. ¿Sabés por qué? Porque la mayoría de las cosas que te pasan son TÚ culpa, y de nadie más. Vos te las buscaste, vos cometiste miles de errores. No sé si te verás a vos misma como una víctima, porque no estoy dentro de tu cabeza; pero la realidad es que no sos tan víctima como parece. Ahora de pronto venís con este cambio de look, como si con eso pudieras hacer borrón y cuenta nueva; dejando todos los problemas atrás. Huyendo de ellos en lugar de hacerles frente o intentar solucionarlos.

Estaba al borde de las lágrimas. Nunca me habían dicho cosas similares con tanta franqueza. Mi única actitud fue ponerme a la defensiva.

―En primer lugar, no le doy la cara a mis problemas. Tal vez el problema sea justamente eso, hacerles demasiado frente. En segundo lugar, vos también escapás de tus problemas, simplemente lo hacés de una forma diferente a la mía. Vos directamente negás tenerlos. En tercer lugar, me pasaron cosas muy jodidas, sé que algunas yo misma me las busqué, por ingenua o por orgullosa; pero hay otras en las que yo no tuve nada que ver ―comencé a llorar―. Yo no le pedí a ese hijo de puta que me violara.

La monja se quedó boquiabierta, como si alguien le hubiera dado un repentino cachetazo.

―¿Quién te violó? ―tomó mi mano.

―Fue hace mucho ―enjugué mis lágrimas con la parte baja de mi remera―. Fui mi “primera vez”, si es que se la puede llamar así.

―Nunca me contaste de eso, ni siquiera cuando yo te conté de… del abuso que sufrí.

―Es que no lo recordaba. Te juro que no sé cómo me pude olvidar de algo así, tal vez fue porque estaba muy alcoholizada; pero ni me acuerdo de los moretones ni de todas las marcas que me dejó en el cuerpo. La que me contó todo fue mi hermana… porque hace poco me crucé con ese hijo de puta, en Afrodita. El muy desgraciado quiso hacerme creer que él no tenía la culpa de nada, y como una estúpida, casi le creo. De no ser por la intervención de Abigail, no sé qué hubiera pasado. ¿Cómo me pude olvidar de todo eso? ¿Cómo pude borrarlo casi por completo de mi cabeza?

Anabella rodeó la mesa y me abrazó con fuerza, ella también tenía los ojos llorosos.

―Una vez leí ―comenzó diciendo― que nuestra propia mente nos puede “proteger” de un evento muy traumático, reprimiéndolo hasta tal punto que no lo recordamos. Al menos no de forma completa. Creo que lo que el reprimirlo, para vos fue una bendición. Al menos no tuviste que pasar años de pesadillas intentando olvidar cada mínimo detalle.

―Sé que lo que te pasó a vos fue horrible, Ana; pero nunca me imaginé que algo similar me hubiera pasado a mí.

―Tal vez Dios quiso que nos encontremos por ese motivo. Para que ambas podamos comprendernos ―me dio un tierno beso en la mejilla―, y ayudarnos.

―Gracias, Anita, te quiero mucho ―la abracé y seguí llorando con la cabeza apoyada en su hombro.

―Te pido perdón, fui muy dura con vos. Me enojé con vos y… no sabía que te había pasado una cosa así.

―Está bien, fuiste honesta conmigo. Agradezco que me hayas dicho todo eso, de frente.

―No fui totalmente honesta con vos.

―¿Por qué lo decís?

Trajo una silla y se sentó muy cerca de mí, me tomó de las manos y me miró a los ojos.

―Todo eso que te dije fue porque desde hace unas semanas empecé a echarte la culpa a vos de las cosas que me pasaron. Sé que mucho de lo que te dije en realidad debería habérmelo dicho a mí misma; pero soy muy miedosa como para admitir que la culpa no fue tuya, y que yo tengo que hacerme responsable de mis propios actos.

―¿Pero qué tengo que ver yo? Si ni siquiera nos vimos durante semanas.

―Lo sé, pero vos sembraste la semilla de la duda en mí.

―No entiendo nada, Anabella.

―¿Te acordás de las monjas que vimos cuando nos escondimos en el armario? ―fue una pregunta retórica―. Esto no te va a gustar…

―No me asustes, decilo de una vez.

―Tuve relaciones sexuales con una de ellas.

Mi corazón se fisuró y estalló en mil pedazos.

Continuará... 


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