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Fecha: 22-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

El Asesino 2

Amorboso
Accesos: 6.764
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 40 min. ]
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Sigue la historia de un muchacho, convertido ya en hombre, que tuvo que ver la violación de su madre y su hermana mayor y la muerte de su padre y su otra hermana, lo que lo convirtió en un hombre sin piedad que solo disfrutaba con el sexo violento Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Al día siguiente, volvimos a encontrarnos junto a la máquina del café y continuó contándome su historia:

Cuando ya se veía el final de la guerra y poco antes de que terminase, tuve la oportunidad de ir a los Estados Unidos, meca del buen vivir, donde había trabajo para todos y el dinero se ganaba en abundancia. 

Eso era lo que se decía, pero no todo era así. Cuando llegué, no tenía una profesión, ni casi estudios, ni una idea para establecerme y ganar dinero.  Lo único que sabía era matar. Por eso me vi obligado a vagar por los bajos fondos robando a incautos que se metían por calles poco transitadas y de las que ya no salían de ellas… vivos.

También limpiaba a los raterillos que habían conseguido algún botín.  Ninguno seguía vivo después de encontrarse conmigo.  La policía anduvo mucho tiempo buscando al asesino que mataba partiéndoles el cuello a sus víctimas para luego robarles.

Eso me obligaba a cambiar constantemente de lugar y ocultarme todo lo posible,  hasta que, gracias a mi currículum, entré al servicio de un jefecillo mafioso.

Mi primer trabajo fue eliminar a un empresario que había decidido no pagar más extorsiones. El resultado debía servir de escarmiento a los demás, para evitar la tentación de que alguien quisiera imitarlo.

Me preparé convenientemente, con armas, esposas, antifaces, capuchas cuerdas, cuchillos, etc.  Era el armamento que pensaba llevar en mi coche.  Enseguida desarrollé un plan. Lo secuestraría, lo llevaría a algún bosque cercano y le pegaría un tiro.

Estuve vigilándolo durante una semana, sin que pudiese acercarme a él en ningún momento, porque temeroso de su acción, había contratado dos guardaespaldas que controlaban todo constantemente.  Sin embargo, pude descubrir que el negocio extorsionado era solamente un grano de arena entre sus múltiples actividades.

Desde allí dirigía discretamente sus negocios por todo el mundo, la mayoría no legales, como drogas y trata de blancas.  Podía perfectamente haber eliminado a mi jefe y a toda la organización, pues tenía hombres y armas para ello, pero por alguna razón no debió de valorarlo en su justa medida y se limitó a no pagar.

La rutina diaria era cambiante, por lo que resultaba difícil crear una estrategia para eliminarlo, pero el fin de semana fue distinto.  Los guardaespaldas acompañaron al matrimonio a una finca en el campo.  Estuvieron comprobando los alrededores y se marcharon al anochecer, junto al personal de la casa.  Eso me hizo cambiar de plan. Lo mataría allí mismo.

Los estuve observando desde lejos con unos potentes prismáticos, mientras mantenía  a mi lado un rifle con mira telescópica y retroceso compensado, con el que podía hacer blanco a casi dos kilómetros.  Rápidamente, antes de que se ocultase totalmente el sol, fijé el arma en el suelo y la dejé apuntando al transformador que suministraba electricidad a la finca.

De madrugada efectué el disparo a ciegas, que dio en el blanco, incendiando el transformador y cortando la corriente entre grandes chispazos y explosiones.  Seguidamente, me dirigí a la casa a toda velocidad, llegando instantes antes de que el hombre saliese cubierto con una bata para ver que ocurría.

Lo primero que hizo fue intentar dar las luces del porche, pero al ver que no podía, se dirigió a un cobertizo cercano, donde tenía un generador.

Allí lo sorprendí justo cuando acababa de encenderlo. Amenazado por mi pistola, se dejó poner unas esposas con las manos a la espalda, que le impidieron cualquier defensa.

-¿Qué quieres de mí? ¿Buscas dinero?  Te daré lo que quieras, pero no nos hagas daño.

-Cállate y vamos hacia la casa. Como digas una sola palabra, de vuelo la cabeza.

Nada más entrar en la casa y cerrar la puerta, se oyó una voz de mujer:

-Cariño, ¿Qué ha sucedido?

Le dije al oído que le dijese que ahora subía y se lo contaba. Cuando se lo comunicó, extraje una mordaza del bolsillo y lo dejé atado y amordazado a una silla, en el salón de la casa. Seguidamente subí tranquilamente las escaleras y seguí la luz hasta el dormitorio, donde encontré a la mujer en la cama, esperándole.

El hombre tendría unos 50 años, y ella no aparentaba más de 35. La amenacé con la pistola y la hice salir de la cama. Llevaba un camisón que no ocultaba nada, porque no llevaba nada debajo. Su cuerpo se veía muy bien proporcionado, probablemente por las sesiones de gimnasio e instituto de belleza.

-Por favor,  no nos haga daño. Puede llevarse lo que quiera.  Si quiere dinero, mi marido puede darle el que quiera.

De una bofetada y un ¡cállate!, le cerré la boca,  luego, cogiéndola del brazo, la hice girar y con un movimiento rápido esposé sus manos a la espalda.  Seguidamente la agarré de uno de los tirantes del camisón y tirando de él la hice seguirme si no quería que se rompiese. 

La senté en otra silla, separada de su marido, y la até a ella.  Luego recorrí la casa en busca de más habitantes, pero no quedaba nadie.  Fui a la cocina, aproveché para beber y comer algo y para coger un gran cuchillo bien afilado antes de volver con ellos.

La mujer empezó a sollozar y  suplicar cuando me vio entrar con el cuchillo en una mano y una manzana en la otra, a la que daba buenos mordiscos.

-Por favor señor, no nos haga nada. Le daremos lo que quiera. Todo lo que tenemos, pero no nos haga nada.

-ZASSS

Un golpe con el dorso de la mano la hizo callar, luego, mordí la manzana y corté los tirantes del camisón, mientras masticaba y saboreaba la fruta.  El camisón no cayó porque lo sujetaban los brazos y el respaldo de la silla.

-Veamos, viejo.  Te has creído que te podías burlar de mi jefe y su organización, y eso no lo vamos a permitir. Vas a recibir un castigo que sirva de ejemplo a cualquier otro que intente hacer lo mismo que tú. Te voy a soltar la mordaza y me vas a decir donde tienes el dinero. ¡SOLO ESO!.  Y procura que haya una cantidad importante o los dos lo pagaréis. ¿Lo has entendido o tendré que explicároslo más detenidamente?

Esto último lo dije pasando el cuchillo por el cuello de su mujer.   El afirmó rápidamente con  la cabeza, al tiempo que, a través de la mordaza, se podía oír algo como “iiiiii”, “iiiiii”.

Cuando le solté la mordaza, el hombre me dijo dónde estaba el dinero, pero que había más en la caja fuerte, dándome la combinación cuando se la pedí, además de prometerme mucho más cuando abriesen los bancos. Y siempre pidiéndome que no les hiciese nada.

Volví a amordazarle y fui a buscar el dinero y a vaciar la caja fuerte.  Conseguí varios cientos de miles de dólares, además de muchos documentos sobre su organización.  Por sus negocios, el dinero no era problema para él, además tenía claro que si los dejase con vida, tardaría segundos en echarme a sus matones encima.

Lo dejé todo en el despacho y volví con ellos, después de coger una nueva fruta:

-Mira viejo, aquí solamente tienes una mierda.  Vale más cualquiera de mis armas que lo que tienes aquí. Pero no sólo es eso, también tengo que darte un escarmiento.

Mientras decía esto, acariciaba el pelo, cuello y hombros de la mujer, sintiendo el temblor de su cuerpo bajo mi mano.  Al terminar, miré a la mujer, vi sus labios gruesos, como consecuencia de la cirugía plástica, que invitaban a meterle la polla inmediatamente. Sus pechos tiesos, que sujetaban el camisón marcando unos pezones grandes.

-¡Te has preparado una buena puta. Eh, viejo! Te habrá costado una pasta.

Él, emitía sonidos ininteligibles, como queriendo decir algo, pero yo no le hacía el menor caso.

-¿Me vas a violar? –preguntó entre lágrimas.

Asentí despacio con la cabeza.

-No me hagas daño.  Colaboraré.

Terminé de comer la fruta con calma y procedí a desnudarme. Los labios de ella me invitaban a follarle la boca inmediatamente, pero mi idea era otra.  Llevaba bastantes días sin descargar los cojones y temía correrme demasiado rápido.  Quería descargar una parte para luego repetir y disfrutarlo más tiempo.

La polla se me había puesto totalmente hinchada y dura.  La mujer, al verla, solo dijo:

-¡Dios mío. Eso no me va a entrar!

-Ja, ja, ja.  Verás cómo sí, hasta los cojones. Y lo vas a disfrutar.

-Por favor, estoy seca y es demasiado grande. Me vas a destrozar.

Pensé en buscar aceite y solamente con esa idea casi me corro en ese momento al venirme a la cabeza la escena con mi hermana. Fui a buscar algo con urgencia, como si no me quedase tiempo y elegí un frasco que encontré en el baño, en cuya etiqueta anunciaba: aceite corporal.  A mi vuelta, la desaté, sin quitarle las esposas, la levanté, dejando caer el camisón y quedando totalmente desnuda,  y la puse sobre la mesa, junto al aceite y la pistola, después de tirar al suelo los objetos de adorno que había sobre ella.

Mojé los dedos en aceite presa de una excitación y nerviosismo como no había tenido nunca, metiéndolos directamente en el coño y rotándolos para mojar bien el interior, luego me embadurné rápidamente la polla y directamente me puse tras ella y se la metí hasta el fondo de dos empujones.

Ella emitió una queja de dolor, a la que no hice caso.

Estuve unos segundos disfrutando de la penetración mientras rememoraba la violación de mi hermana. En ese momento, desapareció todo a mi alrededor. Solamente veía a mi hermana sobre la mesa, siendo follada por mí. Y cuando empecé a moverme…, la sensación era indefinible y mi placer no tenía nada que ver con lo sentido hasta el momento con una mujer.

No recuerdo el tiempo que estuve follándola, pero me le hizo cortísimo. Si recuerdo sacarla despacio hasta casi dejarla fuera, para volverla a meter al mismo ritmo. Cuando lo recuerdo, hay veces que  todavía puedo sentir el roce de las paredes de su vagina en la punta de mi polla. Incluso me pareció que ella se había corrido, a juzgar por la cantidad de flujo que corría por sus piernas hasta el suelo.

Me corrí con un orgasmo igual de intenso que los de mis incursiones en busca de mujeres durante la guerra.  Tanto, que tuve que sentarme para recuperar la consciencia total, y volver a captar los detalles de la realidad.  El marido no hacía más que emitir sonidos ininteligibles, impedido por la mordaza. La mujer permanecía sobre la mesa con los ojos cerrados y restos de lágrimas en su cara, mientras su coño, brillante por el aceite, expulsaba gotas de semen que resbalaban por sus piernas hasta el suelo.

De nuevo, a la vista de ese coño rezumante, volvió a recordarme a mi hermana y mi polla, todavía soltando algunas gotas, volvió a endurecerse de nuevo.

Me puse de pie, la agarré de los pelos con una mano y tomé la pistola con la otra.

-Ahora quiero que me la chupes bien con esa boca de puta mamona y chupapollas que tienes.

La arrastré hasta la silla, donde me senté, haciendo que ella quedase de rodillas entre mis piernas.  Le puse la pistola en la sien y le dije:

-Más vale que te esmeres y vayas con cuidado.  ¿Lo has entendido?

-SSsi –Afirmó ella

-Pues hazme la mejor mamada de tu vida.

La mujer sacó la lengua y empezó a pasarla por la pringosa polla, desde la unión con los huevos hasta la punta, a la que dio unos ligeros lengüetazos en el borde del glande. Yo gemí de gusto, pero me enfadé cuando vi el gesto de asco que hizo ella al meterse la lengua en la boca y saborear la mezcla de fluidos.

-Zasss, Zasss

Dos bofetadas de ida y vuelta de la mano y un empujón a la cabeza, agarrada del pelo, hicieron que mi polla le entrase casi entera en la boca.  Y no entró más porque chocaba con el fondo del paladar. Enseguida empezó a revolverse por falta de aire, ya que no podía hacer nada con las manos, esposadas atrás. La mantuve unos segundos presionando su cabeza y después la solté, retirándose ella con rapidez, aspirando aire golosamente, tosiendo y llorando, mientras hilos de babas unían su boca con la polla.

-No te quiero ver hacer más ascos. Lámela, chúpamela y déjala bien limpia cuando termines.

Ella volvió a recorrerla con la lengua, mientras gruesos lagrimones caían de nuevo por sus mejillas.  Fue recorriendo de abajo arriba en toda su longitud, y desde un costado hasta el otro, y siempre lamiendo el borde del glande.  Cada dos o tres lamidas, se lo metía en la boca succionándolo y recorriendo el borde con la lengua con toques rápidos.

La sensación de esos labios gruesos rodeando el glande, me gustó. No había visto nada igual en directo. Me recordaban mi niñez y los comparaba a los culos de las gallinas después de poner el huevo. Hinchados y ligeramente salidos.

Cerré los ojos y la dejé hacer, mientras volvía a imaginarme que era mi hermana la que ocupaba su lugar. Mi placer era enorme. La mujer sabía hacer una mamada y yo vivía mi sueño. Ambas cosas juntas me estaban llevando por caminos rectos hasta el orgasmo.

Consciente de ello, tiré de su pelo para apartar la cabeza de la mujer, mientras le decía:

-Para un momento. Eres buena puta y manejas bien la boca y eso hay que aprovecharlo.  La inversión de este cerdo en tus labios, ha merecido la pena.

La coloqué boca abajo sobre la mesa nuevamente y directamente se la clavé en el culo. Ella emitió un grito de dolor, pero la facilidad con la que entró me dio a entender que no era la primera vez que ese agujero era usado. Más bien tenía mucho uso.

-No te quejes tanto, que por aquí han entrado más pollas que gente pasa por Times Square.

Empecé un suave bombeo que fue aumentando poco a poco.  Ella no decía nada, solamente se oía su respiración agitada y los sonidos ininteligibles del marido.  Me detuve y la saqué, escuchando un gemido de disgusto por parte de ella.  Me la embadurné con más aceite y la metí de golpe en el ano,  clavándola hasta el fondo.

A partir de ese momento, empecé a follarle el culo con movimientos rápidos.  Esa vez no me evadí. Estaba plenamente consciente. Por eso me di cuenta de que ella gemía y no era de dolor.  Entre gemido y gemido se le escapaba algún “Siii” o algún “Maaass”.

Al parecer, la muy puta manejaba el culo muy bien, y contraía los músculos a voluntad, estrechando su ano y dándome la sensación de que me estaban ordeñando la polla. Eso me hizo perder el control y me corrí con un nuevo orgasmo no deseado en ese momento, pero no por ello menos intenso que el anterior.

-Mierdaaaa.  Me corroooooo.  AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH.

Ella no fue menos, y cuando sintió mi corrida, desencadenó la suya, emitiendo también sus propios gemidos y gritos.

-Siiiiiiiiiiiiii.  Yo tambiéeeeen.  AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH.

Enfadado, estuve dándole palmadas en el culo hasta que me dolieron las manos, para luego volver a sentarme, arrastrándolas entre mis piernas y hacer que me la chupara nuevamente, porque quería correrme en su boca.

De nuevo, con la pistola en la sien, la mujer se esmeró mucho, y tengo que reconocer que era muy buena, porque no tardó en ponérmela dura, cosa que nunca le había ocurrido, de hecho, solamente tenía una eyaculación por cada relación sexual.

Poco a poco volví a dejarme llevar. Sentía los labios gordezuelos envolver mi pene mientras salía de su boca, presionado por la lengua contra el paladar, para detenerse cuando el glande llegaba a ellos y hacía unos ligeros movimientos de succión, entrada y salida, dejándome sentir todo su grosor alrededor.  Después de jugar con él, volvía a metérselo profundamente, procurando que la punta siguiese rozando con su paladar llegando al final, hasta llegar a  su garganta.

Su mamada era profunda, sabía cómo hacerlo para producirme un intenso placer.  En todo momento mantenía la mirada levantada y puesta en mis ojos. De cuando en cuando, se la sacaba totalmente y la lamía como si fuera el mejor de los caramelos, haciéndome sentir el recorrido de la lengua y su cálida saliva que la humedecía, hasta llegar al glande, para volver a metérsela en la boca hasta la garganta.

Media hora después, con claros signos de cansancio por parte de ella, sentí que se acercaba mi orgasmo.  La tenía agarrada del pelo y le moví la cabeza con rapidez, hasta sentir como mi esperma rebullía en mi interior y comenzaba a salir. Entonces, clavé bien su cabeza en la polla, retiré la mano de su pelo para llevarla a su mandíbula, al tiempo que  levante la otra, que descansaba a mi costado, y,  poniéndola por encima de la oreja, le descargué un disparo de la pistola, coincidiendo con el último disparo de mi polla.

Los últimos goterones de mi corrida coincidieron también con los últimos espasmos de ella.  Todavía permanecí unos segundos con la polla dentro, disfrutando del intensísimo orgasmo que había tenido, hasta que su cuerpo  fue resbalando poco a poco hasta el suelo, quedando allí, entre mis piernas, inerte, mientras que las últimas gotas de la corrida caían sobre lo que quedaba de su rostro.

Cuando me recuperé, vi los ojos desorbitados del hombre, que tenía puesta su mirada sobre la mujer. Me levanté, me acerqué a él, que ni siquiera me miró, y le descerrajé otro disparo en la sien.

Después de eso, fui al baño, me duché, me vestí y revisé la casa, llevándome los papeles y el dinero que encontré. Pero antes de marchar, incendié la casa, dejándola preparada para que poco tiempo más tarde explotase el depósito de gas propano próximo.

Mi jefe quedó contento con el trabajo.  Por el barrió corrió como la pólvora la muerte del tendero y de su esposa, después de ser terriblemente torturados y quemados vivos junto con su casa...   Cosas de la gente, pero que sirvieron para afianzar más el poder de mi jefe.

Con los documentos recogidos por mí, el jefe aprovechó para hacerse con el mercado del viejo, no sin antes hacer una depuración.

A Al día siguiente, volvimos a encontrarnos junto a la máquina del café y continuó contándome su historia:

Cuando ya se veía el final de la guerra y poco antes de que terminase, tuve la oportunidad de ir a los Estados Unidos, meca del buen vivir, donde había trabajo para todos y el dinero se ganaba en abundancia. 

Eso era lo que se decía, pero no todo era así. Cuando llegué, no tenía una profesión, ni casi estudios, ni una idea para establecerme y ganar dinero.  Lo único que sabía era matar. Por eso me vi obligado a vagar por los bajos fondos robando a incautos que se metían por calles poco transitadas y de las que ya no salían de ellas… vivos.

También limpiaba a los raterillos que habían conseguido algún botín.  Ninguno seguía vivo después de encontrarse conmigo.  La policía anduvo mucho tiempo buscando al asesino que mataba partiéndoles el cuello a sus víctimas para luego robarles.

Eso me obligaba a cambiar constantemente de lugar y ocultarme todo lo posible,  hasta que, gracias a mi currículum, entré al servicio de un jefecillo mafioso.

Mi primer trabajo fue eliminar a un empresario que había decidido no pagar más extorsiones. El resultado debía servir de escarmiento a los demás, para evitar la tentación de que alguien quisiera imitarlo.

Me preparé convenientemente, con armas, esposas, antifaces, capuchas cuerdas, cuchillos, etc.  Era el armamento que pensaba llevar en mi coche.  Enseguida desarrollé un plan. Lo secuestraría, lo llevaría a algún bosque cercano y le pegaría un tiro.

Estuve vigilándolo durante una semana, sin que pudiese acercarme a él en ningún momento, porque temeroso de su acción, había contratado dos guardaespaldas que controlaban todo constantemente.  Sin embargo, pude descubrir que el negocio extorsionado era solamente un grano de arena entre sus múltiples actividades.

Desde allí dirigía discretamente sus negocios por todo el mundo, la mayoría no legales, como drogas y trata de blancas.  Podía perfectamente haber eliminado a mi jefe y a toda la organización, pues tenía hombres y armas para ello, pero por alguna razón no debió de valorarlo en su justa medida y se limitó a no pagar.

La rutina diaria era cambiante, por lo que resultaba difícil crear una estrategia para eliminarlo, pero el fin de semana fue distinto.  Los guardaespaldas acompañaron al matrimonio a una finca en el campo.  Estuvieron comprobando los alrededores y se marcharon al anochecer, junto al personal de la casa.  Eso me hizo cambiar de plan. Lo mataría allí mismo.

Los estuve observando desde lejos con unos potentes prismáticos, mientras mantenía  a mi lado un rifle con mira telescópica y retroceso compensado, con el que podía hacer blanco a casi dos kilómetros.  Rápidamente, antes de que se ocultase totalmente el sol, fijé el arma en el suelo y la dejé apuntando al transformador que suministraba electricidad a la finca.

De madrugada efectué el disparo a ciegas, que dio en el blanco, incendiando el transformador y cortando la corriente entre grandes chispazos y explosiones.  Seguidamente, me dirigí a la casa a toda velocidad, llegando instantes antes de que el hombre saliese cubierto con una bata para ver que ocurría.

Lo primero que hizo fue intentar dar las luces del porche, pero al ver que no podía, se dirigió a un cobertizo cercano, donde tenía un generador.

Allí lo sorprendí justo cuando acababa de encenderlo. Amenazado por mi pistola, se dejó poner unas esposas con las manos a la espalda, que le impidieron cualquier defensa.

-¿Qué quieres de mí? ¿Buscas dinero?  Te daré lo que quieras, pero no nos hagas daño.

-Cállate y vamos hacia la casa. Como digas una sola palabra, de vuelo la cabeza.

Nada más entrar en la casa y cerrar la puerta, se oyó una voz de mujer:

-Cariño, ¿Qué ha sucedido?

Le dije al oído que le dijese que ahora subía y se lo contaba. Cuando se lo comunicó, extraje una mordaza del bolsillo y lo dejé atado y amordazado a una silla, en el salón de la casa. Seguidamente subí tranquilamente las escaleras y seguí la luz hasta el dormitorio, donde encontré a la mujer en la cama, esperándole.

El hombre tendría unos 50 años, y ella no aparentaba más de 35. La amenacé con la pistola y la hice salir de la cama. Llevaba un camisón que no ocultaba nada, porque no llevaba nada debajo. Su cuerpo se veía muy bien proporcionado, probablemente por las sesiones de gimnasio e instituto de belleza.

-Por favor,  no nos haga daño. Puede llevarse lo que quiera.  Si quiere dinero, mi marido puede darle el que quiera.

De una bofetada y un ¡cállate!, le cerré la boca,  luego, cogiéndola del brazo, la hice girar y con un movimiento rápido esposé sus manos a la espalda.  Seguidamente la agarré de uno de los tirantes del camisón y tirando de él la hice seguirme si no quería que se rompiese. 

La senté en otra silla, separada de su marido, y la até a ella.  Luego recorrí la casa en busca de más habitantes, pero no quedaba nadie.  Fui a la cocina, aproveché para beber y comer algo y para coger un gran cuchillo bien afilado antes de volver con ellos.

La mujer empezó a sollozar y  suplicar cuando me vio entrar con el cuchillo en una mano y una manzana en la otra, a la que daba buenos mordiscos.

-Por favor señor, no nos haga nada. Le daremos lo que quiera. Todo lo que tenemos, pero no nos haga nada.

-ZASSS

Un golpe con el dorso de la mano la hizo callar, luego, mordí la manzana y corté los tirantes del camisón, mientras masticaba y saboreaba la fruta.  El camisón no cayó porque lo sujetaban los brazos y el respaldo de la silla.

-Veamos, viejo.  Te has creído que te podías burlar de mi jefe y su organización, y eso no lo vamos a permitir. Vas a recibir un castigo que sirva de ejemplo a cualquier otro que intente hacer lo mismo que tú. Te voy a soltar la mordaza y me vas a decir donde tienes el dinero. ¡SOLO ESO!.  Y procura que haya una cantidad importante o los dos lo pagaréis. ¿Lo has entendido o tendré que explicároslo más detenidamente?

Esto último lo dije pasando el cuchillo por el cuello de su mujer.   El afirmó rápidamente con  la cabeza, al tiempo que, a través de la mordaza, se podía oír algo como “iiiiii”, “iiiiii”.

Cuando le solté la mordaza, el hombre me dijo dónde estaba el dinero, pero que había más en la caja fuerte, dándome la combinación cuando se la pedí, además de prometerme mucho más cuando abriesen los bancos. Y siempre pidiéndome que no les hiciese nada.

Volví a amordazarle y fui a buscar el dinero y a vaciar la caja fuerte.  Conseguí varios cientos de miles de dólares, además de muchos documentos sobre su organización.  Por sus negocios, el dinero no era problema para él, además tenía claro que si los dejase con vida, tardaría segundos en echarme a sus matones encima.

Lo dejé todo en el despacho y volví con ellos, después de coger una nueva fruta:

-Mira viejo, aquí solamente tienes una mierda.  Vale más cualquiera de mis armas que lo que tienes aquí. Pero no sólo es eso, también tengo que darte un escarmiento.

Mientras decía esto, acariciaba el pelo, cuello y hombros de la mujer, sintiendo el temblor de su cuerpo bajo mi mano.  Al terminar, miré a la mujer, vi sus labios gruesos, como consecuencia de la cirugía plástica, que invitaban a meterle la polla inmediatamente. Sus pechos tiesos, que sujetaban el camisón marcando unos pezones grandes.

-¡Te has preparado una buena puta. Eh, viejo! Te habrá costado una pasta.

Él, emitía sonidos ininteligibles, como queriendo decir algo, pero yo no le hacía el menor caso.

-¿Me vas a violar? –preguntó entre lágrimas.

Asentí despacio con la cabeza.

-No me hagas daño.  Colaboraré.

Terminé de comer la fruta con calma y procedí a desnudarme. Los labios de ella me invitaban a follarle la boca inmediatamente, pero mi idea era otra.  Llevaba bastantes días sin descargar los cojones y temía correrme demasiado rápido.  Quería descargar una parte para luego repetir y disfrutarlo más tiempo.

La polla se me había puesto totalmente hinchada y dura.  La mujer, al verla, solo dijo:

-¡Dios mío. Eso no me va a entrar!

-Ja, ja, ja.  Verás cómo sí, hasta los cojones. Y lo vas a disfrutar.

-Por favor, estoy seca y es demasiado grande. Me vas a destrozar.

Pensé en buscar aceite y solamente con esa idea casi me corro en ese momento al venirme a la cabeza la escena con mi hermana. Fui a buscar algo con urgencia, como si no me quedase tiempo y elegí un frasco que encontré en el baño, en cuya etiqueta anunciaba: aceite corporal.  A mi vuelta, la desaté, sin quitarle las esposas, la levanté, dejando caer el camisón y quedando totalmente desnuda,  y la puse sobre la mesa, junto al aceite y la pistola, después de tirar al suelo los objetos de adorno que había sobre ella.

Mojé los dedos en aceite presa de una excitación y nerviosismo como no había tenido nunca, metiéndolos directamente en el coño y rotándolos para mojar bien el interior, luego me embadurné rápidamente la polla y directamente me puse tras ella y se la metí hasta el fondo de dos empujones.

Ella emitió una queja de dolor, a la que no hice caso.

Estuve unos segundos disfrutando de la penetración mientras rememoraba la violación de mi hermana. En ese momento, desapareció todo a mi alrededor. Solamente veía a mi hermana sobre la mesa, siendo follada por mí. Y cuando empecé a moverme…, la sensación era indefinible y mi placer no tenía nada que ver con lo sentido hasta el momento con una mujer.

No recuerdo el tiempo que estuve follándola, pero me le hizo cortísimo. Si recuerdo sacarla despacio hasta casi dejarla fuera, para volverla a meter al mismo ritmo. Cuando lo recuerdo, hay veces que  todavía puedo sentir el roce de las paredes de su vagina en la punta de mi polla. Incluso me pareció que ella se había corrido, a juzgar por la cantidad de flujo que corría por sus piernas hasta el suelo.

Me corrí con un orgasmo igual de intenso que los de mis incursiones en busca de mujeres durante la guerra.  Tanto, que tuve que sentarme para recuperar la consciencia total, y volver a captar los detalles de la realidad.  El marido no hacía más que emitir sonidos ininteligibles, impedido por la mordaza. La mujer permanecía sobre la mesa con los ojos cerrados y restos de lágrimas en su cara, mientras su coño, brillante por el aceite, expulsaba gotas de semen que resbalaban por sus piernas hasta el suelo.

De nuevo, a la vista de ese coño rezumante, volvió a recordarme a mi hermana y mi polla, todavía soltando algunas gotas, volvió a endurecerse de nuevo.

Me puse de pie, la agarré de los pelos con una mano y tomé la pistola con la otra.

-Ahora quiero que me la chupes bien con esa boca de puta mamona y chupapollas que tienes.

La arrastré hasta la silla, donde me senté, haciendo que ella quedase de rodillas entre mis piernas.  Le puse la pistola en la sien y le dije:

-Más vale que te esmeres y vayas con cuidado.  ¿Lo has entendido?

-SSsi –Afirmó ella

-Pues hazme la mejor mamada de tu vida.

La mujer sacó la lengua y empezó a pasarla por la pringosa polla, desde la unión con los huevos hasta la punta, a la que dio unos ligeros lengüetazos en el borde del glande. Yo gemí de gusto, pero me enfadé cuando vi el gesto de asco que hizo ella al meterse la lengua en la boca y saborear la mezcla de fluidos.

-Zasss, Zasss

Dos bofetadas de ida y vuelta de la mano y un empujón a la cabeza, agarrada del pelo, hicieron que mi polla le entrase casi entera en la boca.  Y no entró más porque chocaba con el fondo del paladar. Enseguida empezó a revolverse por falta de aire, ya que no podía hacer nada con las manos, esposadas atrás. La mantuve unos segundos presionando su cabeza y después la solté, retirándose ella con rapidez, aspirando aire golosamente, tosiendo y llorando, mientras hilos de babas unían su boca con la polla.

-No te quiero ver hacer más ascos. Lámela, chúpamela y déjala bien limpia cuando termines.

Ella volvió a recorrerla con la lengua, mientras gruesos lagrimones caían de nuevo por sus mejillas.  Fue recorriendo de abajo arriba en toda su longitud, y desde un costado hasta el otro, y siempre lamiendo el borde del glande.  Cada dos o tres lamidas, se lo metía en la boca succionándolo y recorriendo el borde con la lengua con toques rápidos.

La sensación de esos labios gruesos rodeando el glande, me gustó. No había visto nada igual en directo. Me recordaban mi niñez y los comparaba a los culos de las gallinas después de poner el huevo. Hinchados y ligeramente salidos.

Cerré los ojos y la dejé hacer, mientras volvía a imaginarme que era mi hermana la que ocupaba su lugar. Mi placer era enorme. La mujer sabía hacer una mamada y yo vivía mi sueño. Ambas cosas juntas me estaban llevando por caminos rectos hasta el orgasmo.

Consciente de ello, tiré de su pelo para apartar la cabeza de la mujer, mientras le decía:

-Para un momento. Eres buena puta y manejas bien la boca y eso hay que aprovecharlo.  La inversión de este cerdo en tus labios, ha merecido la pena.

La coloqué boca abajo sobre la mesa nuevamente y directamente se la clavé en el culo. Ella emitió un grito de dolor, pero la facilidad con la que entró me dio a entender que no era la primera vez que ese agujero era usado. Más bien tenía mucho uso.

-No te quejes tanto, que por aquí han entrado más pollas que gente pasa por Times Square.

Empecé un suave bombeo que fue aumentando poco a poco.  Ella no decía nada, solamente se oía su respiración agitada y los sonidos ininteligibles del marido.  Me detuve y la saqué, escuchando un gemido de disgusto por parte de ella.  Me la embadurné con más aceite y la metí de golpe en el ano,  clavándola hasta el fondo.

A partir de ese momento, empecé a follarle el culo con movimientos rápidos.  Esa vez no me evadí. Estaba plenamente consciente. Por eso me di cuenta de que ella gemía y no era de dolor.  Entre gemido y gemido se le escapaba algún “Siii” o algún “Maaass”.

Al parecer, la muy puta manejaba el culo muy bien, y contraía los músculos a voluntad, estrechando su ano y dándome la sensación de que me estaban ordeñando la polla. Eso me hizo perder el control y me corrí con un nuevo orgasmo no deseado en ese momento, pero no por ello menos intenso que el anterior.

-Mierdaaaa.  Me corroooooo.  AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH.

Ella no fue menos, y cuando sintió mi corrida, desencadenó la suya, emitiendo también sus propios gemidos y gritos.

-Siiiiiiiiiiiiii.  Yo tambiéeeeen.  AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH.

Enfadado, estuve dándole palmadas en el culo hasta que me dolieron las manos, para luego volver a sentarme, arrastrándolas entre mis piernas y hacer que me la chupara nuevamente, porque quería correrme en su boca.

De nuevo, con la pistola en la sien, la mujer se esmeró mucho, y tengo que reconocer que era muy buena, porque no tardó en ponérmela dura, cosa que nunca le había ocurrido, de hecho, solamente tenía una eyaculación por cada relación sexual.

Poco a poco volví a dejarme llevar. Sentía los labios gordezuelos envolver mi pene mientras salía de su boca, presionado por la lengua contra el paladar, para detenerse cuando el glande llegaba a ellos y hacía unos ligeros movimientos de succión, entrada y salida, dejándome sentir todo su grosor alrededor.  Después de jugar con él, volvía a metérselo profundamente, procurando que la punta siguiese rozando con su paladar llegando al final, hasta llegar a  su garganta.

Su mamada era profunda, sabía cómo hacerlo para producirme un intenso placer.  En todo momento mantenía la mirada levantada y puesta en mis ojos. De cuando en cuando, se la sacaba totalmente y la lamía como si fuera el mejor de los caramelos, haciéndome sentir el recorrido de la lengua y su cálida saliva que la humedecía, hasta llegar al glande, para volver a metérsela en la boca hasta la garganta.

Media hora después, con claros signos de cansancio por parte de ella, sentí que se acercaba mi orgasmo.  La tenía agarrada del pelo y le moví la cabeza con rapidez, hasta sentir como mi esperma rebullía en mi interior y comenzaba a salir. Entonces, clavé bien su cabeza en la polla, retiré la mano de su pelo para llevarla a su mandíbula, al tiempo que  levante la otra, que descansaba a mi costado, y,  poniéndola por encima de la oreja, le descargué un disparo de la pistola, coincidiendo con el último disparo de mi polla.

Los últimos goterones de mi corrida coincidieron también con los últimos espasmos de ella.  Todavía permanecí unos segundos con la polla dentro, disfrutando del intensísimo orgasmo que había tenido, hasta que su cuerpo  fue resbalando poco a poco hasta el suelo, quedando allí, entre mis piernas, inerte, mientras que las últimas gotas de la corrida caían sobre lo que quedaba de su rostro.

Cuando me recuperé, vi los ojos desorbitados del hombre, que tenía puesta su mirada sobre la mujer. Me levanté, me acerqué a él, que ni siquiera me miró, y le descerrajé otro disparo en la sien.

Después de eso, fui al baño, me duché, me vestí y revisé la casa, llevándome los papeles y el dinero que encontré. Pero antes de marchar, incendié la casa, dejándola preparada para que poco tiempo más tarde explotase el depósito de gas propano próximo.

Mi jefe quedó contento con el trabajo.  Por el barrió corrió como la pólvora la muerte del tendero y de su esposa, después de ser terriblemente torturados y quemados vivos junto con su casa...   Cosas de la gente, pero que sirvieron para afianzar más el poder de mi jefe.

Aún contó más cosas, que por un lado deseaba conocer y por otro me horrorizaban, pero eso…  será otro día

Amorboso

Amorboso @ Hotmail . com,

Default, gracias por tu animoso comentario.

Ladyrosa:  Gracias por tu comentario.  No pretendo tomar partido por nadie. Ni musulmanes, ni serbios, ni croatas. Cualquier guerra es mala y solamente tenemos que ver las noticias que nos llegan, pero tenía que crear el perfil del personaje de alguna manera y lo situé en ese momento y lugar.

Se da la circunstancia de que un conocido, gran pirata, me hizo una demostración de pirateo, entrando en un chat de internet, en monitor de fósforo verde y con modem de 2400 baudios, donde entabló conversación con una muchacha yugoslava cuando comenzaba la guerra,  de la que no tenía miedo porque se encontraba muy lejos, según ella.    Es la única razón para situar al personaje en ese lugar.

 


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