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Fecha: 08-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (28)

Nokomi
Accesos: 11.644
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Tiempo estimado de lectura: [ 48 min. ]
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Santa Pecadora. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 28.

Santa Pecadora.

Mi cerebro hizo cortocircuito. Sor Anabella estaba de pie en el umbral, mirándome fijamente, con destellos de lujuria en sus ojos. Su precioso rostro estaba enmarcado por un velo negro, con una guarda blanca en la frente, el cual le brindaba un halo de misterio y sensualidad. Sus hábitos cubrían por completo su cuerpo, sin embargo luego de lo que me había dicho, la encontraba incluso más provocativa que una mujer completamente desnuda.

No podía creerlo. La monja me había pedido que me quitara la ropa. La misma monja con la que había fantaseado tantas veces. La mujer que amaba. Sor Anabella. Mí Anabella.

El motor dentro de mi pecho comenzó a bombear eléctrica felicidad hacia todo mi cuerpo; pero a mí me costaba arrancar. No podía reaccionar, seguía mirando, impávida, a la dulce mujer imbuida dentro de un halo de pureza. Por primera vez ella me estaba pidiendo que invadiera ese halo. ¿Acaso eso me quería dar a entender? Estaba confundida, ella me había pedido que no le exigiera más de lo que podía darme. No sabía cuánto quería darme, ella sólo me pidió que me desvistiera.

No tenía corpiño, por lo que mi torso quedó desnudo con tan sólo quitarme la blusa. Luego comencé a desprenderme el pantalón, con dedos nerviosos y sin apartar la mirada de esos ojos color miel. Temía que si dejaba de mirarla, se desvanecería y se marcharía de mi vida para siempre.

Me quité el pantalón, estuve a punto de tropezar y darle un violento beso al piso; pero logré mantener mi equilibrio sosteniéndome del respaldar de la cama. En los pies no tenía más que unas ojotas, por lo que no me costó mucho trabajo mandarlas a volar. Por último, me despojé de mi bombachita, dejando a la intemperie la abultada mota de pelitos.

―¿No eran más claritos? ―me preguntó Anabella al verlos.

―Eran, pero le pedí el sobrante de tintura a la peluquera… quería que combinaran con el resto del pelo.

―Admito que tu nuevo look es muy sexy. Te queda muy bien. Aunque al principio me costó acostumbrarme a verte la cara tan diferente.

―Me corté el pelo, no la cara.

―Pero el pelo es el marco de la cara. Si te cambiás el pelo, te cambia la cara.

―¿Vamos a hablar de pelo o…?

―Perdón, estoy algo nerviosa. No sé cómo seguir adelante.

―No voy a hacer nada que vos no me lo pidas, así que espero que encuentres coraje para seguir. Estoy poniendo de mi parte lo que tanta falta me hace: paciencia. Ahora pido que vos pongas de tu parte, lo que te falta: impulsividad. No pienses tanto. Actuá.   

―Está bien, entiendo tu punto y creo que es la mejor forma de llevar esto adelante. Vos tenés que ser yo, y yo tengo que ser vos… aunque sea un poquito ―inhaló y exhaló una gran cantidad de aire―. ¿Te puedo preguntar alg0? ¿Cómo hacés para no pensar en estos momentos?

―No sé, simplemente se me desconecta la parte racional del cerebro… y actúo.

―Qué envidia, yo no puedo hacer eso.

―Ya lo hiciste una vez… con Sor Melina.

―Sí, puede ser. Pero esta situación no se compara en nada con esa. Esto es mucho más… intenso.

―Gracias, Anita, lo aprecio mucho. Pero permitime decirte que esto también es una tortura para mí, yo no puedo permanecer paciente durante mucho tiempo.

―Nos encanta torturarnos mutuamente ―sonrió, volvió a suspirar y luego miró hacia el techo―. Bueno, Dios, después te pediré disculpas por esto; pero ahora mismo necesito que te quedes afuera de la habitación, esto es algo privado entre Lucrecia y yo. Gracias.

Se persignó, dio un paso hacia adelante y cerró la puerta tras de sí.

Se deslizó con su espectral andar de monja, y a medida que se fue acercando a mí, el cuerpo comenzó a temblarme más y más.

Cuando me abrazó, sentí calma total. La tibieza de su cuerpo atravesaba los hábitos y me serenaba el alma. La tomé de la cintura con ambas manos y cerré los ojos, aguardando por un beso que llegó con una pasión inusitada. Sus sedosas manos acariciaron mi espalda, hasta que llegaron a mi cola. Asumí que esto era una forma de darme permiso para hacer lo mismo. No me entretuve mucho tiempo en su espalda, fui en busca de sus nalgas y me aferré a ellas con determinación. Tenían la mezcla exacta entre suavidad y firmeza.  

―Te amo, Lucrecia ―me dijo, derritiéndome con su mirada.

―Y yo te amo a vos, Anabella.

Volvimos a unirnos en un beso. Era el momento más feliz de mi vida, ya nada podía arruinarlo. Si algo lo arruinaba, iría personalmente al paraíso a moler a goles a Dios, Jesucristo y a todos los santos.

La monja comenzó a girar lentamente, acompañé el movimiento y pronto supe cuál era su intención. Juntas caímos en la cama, donde el sol del mediodía nos bañaba. No me importaba que la ventana estuviera abierta, ya que nadie podía vernos en aquella remota casaquinta.

Poco a poco me fui acomodando, hasta dejar mi cabeza sobre la almohada. Anabella quedó tendida completamente sobre mí. Logramos hacer esto sin apartar nuestras bocas ni por un segundo.

Los besos de Anabella descendieron lentamente, hasta llegar a mi cuello. Luego retomaron su camino de regreso hasta mi boca. Continué acariciándole la espalda y las nalgas, con la ansiedad desbordándome el cuerpo. Quería arrancar sus hábitos y verla completamente desnuda, pero había prometido mantener la compostura, y eso haría, aunque me costara la poca cordura que aún me quedaba.

Mi lengua se enredó con la de la monja y pude sentir sus dedos deslizándose por mi cadera. Nunca me había sentido tan amada y protegida. Dentro de esa habitación el tiempo era nuestro, y nada podía dañarnos. Ella se movió un poco, dando lugar a su mano, la cual se posó en vello púbico. Lo rascó durante unos segundos y luego bajó, hasta toparse con mi vagina. El primer contacto con mi clítoris, me electrificó todo el cuerpo. Si bien la noche anterior ya había experimentado el contacto con sus dedos, la sensación me seguía pareciendo tan maravillosa como en la primera vez.

Con un único dedo recorrió mis labios vaginales, siempre tocándome el clítoris con cada pasada. Comencé a mojarme rápidamente.

―Espero hacerlo bien ―me dijo con un susurro―. No tengo mucha experiencia en esto…

―Lo estás haciendo perfecto, Anabella. No tengas miedo, hacé lo que nazca de vos. Seguí tus instintos. Ya puedo decir que me hiciste la mujer más feliz del mundo.

―Vos también me hacés muy feliz. Sos la única persona que consiguió opacar mi soledad. Te agradezco mucho lo que hiciste por mí, y agradezco el día en que te conocí.

Cuando su dedo se introdujo en mi sexo, volvimos a besarnos apasionadamente. Por desgracia el beso se rompió, porque empecé a reírme como una tarada.

―¿Qué pasa? ―preguntó la monja, confundida―. ¿Te hice cosquillas?

―No, perdón. Es que soy una boluda, me puse a pensar en algo…

―¿En qué?

―Bueno, te cuento, sólo espero que no te ofendas. Hay mucha gente que fantasea con la idea de acostarse con una monja, incluso llegan a pedirle a sus parejas que usen disfraces eróticos, para emular la fantasía. Pero yo no necesito hacer eso. Lo tuyo no es un disfraz, sos una monja de verdad, con hábitos de verdad. Eso me pone cachonda y, al mismo tiempo, me hace muy feliz. Imagino que no mucha gente tiene la misma oportunidad que yo. Sos la monja más hot del mundo…pero no te lo tomes a mal, no pretendo faltarle el respeto a tus hábitos.

―Me los puse por una razón, Lucrecia. Fue justamente la que mencionaste. Lo hice porque yo lo decidí, así que no lo considero falta de respeto. Quiero que esta ocasión sea muy especial, para ambas. Me hace sentir bien que digas que te parezco “hot”, nunca tuve la oportunidad de sentirme de esa forma, con nadie. Me alegra por fin tener esta oportunidad.

―Voy a hacer todo lo posible porque te sientas hermosa.  

Reanudamos el beso justo donde lo habíamos dejado, con su lengua entrelazada a la mía. Sus dedos también volvieron a la acción, brindándome un inmenso placer genital. Mi cuerpo se estremeció. Pero más lo hizo cuando la monja, repentinamente, bajó su cabeza hasta apoderarse de uno de mis pezones. Comenzó a lamerlo con la misma pasión con la que me había besado, su lengua era una completa maravilla. Pensé que si me había dado todos los detalles de lo que hizo con Sor Melina, ésta debía ser la primera que chupaba una teta. Al menos algo de mi cuerpo sería su primera vez.

Separé un poco las piernas y ella metió un segundo dedo en mi vagina. Comenzó a penetrarme hábilmente con ellos, me sorprendió que mostrara tanta destreza, pero luego supuse que debía estar haciendo lo que ella misma hubiera hecho al masturbarse. Me mojé toda al pensar que Anabella se masturbaba de esa forma.

Todos mis sentidos estaban alertados al máximo, quería absorber cada instante de esta magnífica experiencia, para no olvidarla nunca. Quería llevarme conmigo cada beso, cada caricia, cada suspiro, cada aroma… quería llevarme conmigo a Anabella, y no devolverla nunca más.

―¿Estás lista? ―me preguntó la monja.

―Sí. ¿Y vos?

―No, para nada; pero no importa… allá voy.

Acariciando mi torso con sus manos y rozándome la piel con su boca, fue descendiendo por mi cuerpo, hasta que su cabeza quedó justo encima de mi entrepierna. Sus dedos se deslizaron por mi vello púbico, podía sentir la tibieza de su aliento, ella respiraba de forma agitada, debía estar muy nerviosa. Aguardé en silencio, con las piernas abiertas.

Anabella miró fijamente mi vagina y luego se movió como un felino al ataque. Lo primero que sentí fue su lengua, recorriéndome la almejita de abajo hacia arriba. Luego sus labios se posaron en los míos, y comenzaron a luchar con ellos. Solté un fuerte gemido y arqueé la espalda cuando recibí la primera lamida en el clítoris.

―Sí, Anita… así… ―le dije con pasión.

Mis palabras la incentivaron ya que sentí más énfasis en su siguiente lamida. Había experimentado esa sensación con muchas mujeres, pero saber que se trataba de Anabella, me hacía delirar de placer. Además, cada vez que la miraba, la veía con su velo de monja, lo cual me daba un morbo inmenso. No podía dejar de pensar: «¡Estoy teniendo sexo con una monja!», «¡Una monja me está chupando la almejita!», «¡Es Anabella, la monjita es Anabella!». Todos esos pensamientos me servían para recordar que no se trataba de ningún sueño, realmente estaba ocurriendo.

Volvería a vivir mil veces cada situación mala de mi vida, si supiera que al final me esperara este hermoso momento con Anabella.

Ella cobró confianza, sus lamidas se tornaron más pasionales. Al mirar a mi entrepierna tan sólo podía ver sus ojos de almendras clavados en los míos, y su boquita prendida a mi peludo conejito. Las cosquillas me provocaban pequeños espasmos y sacudidas, la punta de su lengua luchaba por meterse en mi huequito; pero no se detenía allí por mucho tiempo, de a ratos volvía a mi clítoris, y los escalofríos del placer se hacían más intensos. Con sus chupones comenzó a provocar húmedos chasquidos, y mis gemidos los acompañaron.

―No sabés cuántas veces fantaseé con este momento… ―le dije, con la voz agitada.

Ella no me respondió, pero comenzó a chuparme con más ímpetu, demostrándome que ella también estaba disfrutándolo… y que pretendía hacerme gozar al máximo.

  Para tratarse de una monja, tenía que admitir que sabía cómo comerse una vagina, o tal vez era que yo sentía todo el triple de excitante, al saber que era mi dulce Anabella quien me la estaba comiendo.

Tenía ganas de entrar en acción yo también, pero me contuve, no quería presionarla; ella marcaría el ritmo en todo lo que hiciéramos. Me aferré a las sábanas y arqueé mi espalda, formando un puente de placer entre mi boca, que suspiraba, y la de la monjita, que no dejaba de succionarme la rajita.

De pronto ella se detuvo y comenzó a trepar por mi cuerpo, hasta llegar a besarme en la boca, pude sentir el sabor de mis propios jugos en ella. Tomó mi mano derecha y la posicionó sobre su cola. Podía sentir la rigidez de sus nalgas debajo de la tela de la sotana. La acaricié, ella no dejó de mover su lengua, en busca de la mía. Supuse que me estaba invitando a tocarla, por lo que bajé la mano tanto como pude, hasta que llegué al borde de la larga sotana. La fui levantando lentamente, aprovechando para acariciar sus suaves y cálidas piernas. Cuando llegué a levantarla lo suficiente, volví a acariciar una de sus nalgas, sólo que esta vez lo hice por debajo de la vestimenta.

A pesar de su invitación, no me animé a tocar más; me limité a besarla y acariciar su tersa piel. Ella volvió a poner su mano en mi vagina y comenzó a masturbarme lentamente.

―Me gustás mucho, Lucrecia ―dijo separando apenas su boca de la mía―. Sos muy hermosa.

Sus palabras me gustaron tanto que me animé a ir en busca de aquel tesoro con el que tanto tiempo había fantaseado.

Sentí su piel suave y caliente bajo mis dedos, supe que estaba tocándole uno de sus labios vaginales. Ella me miró fijamente a los ojos, hipnotizándome con su belleza. Comencé a acariciarla formando pequeños círculos, me emocioné al palpar su humedad. Sabía que yo era la primera persona a la que ella le permitía tocar esa zona, por lo que quise darle el tiempo suficiente para que se acostumbrara.

Mentalmente fui dibujando cada rincón de su sexo, valiéndome de la información que me brindaban mis dedos. Al pasar por el agujerito pude sentir un calor más intenso, los jugos manaban de allí dentro en gran cantidad. Me quedé con un dedo allí, moviéndolo apenas. Sus ojos continuaban clavados fijamente en los míos, era como si me estuviera abriendo la ventana a su alma. Ver su velo me recordaba, constantemente, que estábamos haciendo algo prohibido, y eso me excitaba aún más.

―Estoy lista ―dijo, adivinando mis pensamientos.

―Te amo, Anabella ―volvimos a besarnos.

Con delicadeza fui abriéndome camino por el centro de su flor femenina, la cual se abría permitiéndome el paso. Introduje el dedo hasta la mitad, luego lo retiré. Ella me penetró con dos de sus dedos, y esto me sirvió de señal para volver a meter el mío. Luego de quitarlo dos o tres veces más, lo introduje por completo, al mismo tiempo que ella metía sus dedos hasta el fondo de mi rajita.

  Poco a poco fuimos girando en la cama, hasta que yo quedé arriba de ella, lo que me obligó a quitar mi mano; pero no me importó, ya que tenía algo más importante en mente. Me deslicé hacia abajo, su cuerpo estaba totalmente cubierto con la sotana. Comencé a levantarla, una vez más, desde abajo. Ella mantuvo las piernas juntas, pero flexionadas, facilitándome la tarea. No revelé su sexo, pero dejé la tela negra al límite. Besé sus hermosas piernas y luego la miré a los ojos.

―Sos la monja más sexy que vi en mi vida, no me voy a cansar de decírtelo ―ella sonrió.

―Perdón si estoy un poco nerviosa, nunca había llegado tan lejos en el sexo.

―Lo estás haciendo perfecto, Anita. Me dejaste re caliente.

―Qué bueno, porque yo también estoy muy excitada… de hecho, nunca en mi vida me había sentido así. Me encantó chupártela, no me imaginé que fuera a gustarme tanto. Ahora me gustaría que…

―¿Si? ―me imaginaba lo que me pediría, pero quería escucharlo de su boca.

Giró su cabeza y cerró los ojos. Luego volvió a flexionar las piernas y las separó. Usando dos dedos se abrió la vagina, exponiéndola en toda su belleza. Ésta era sonrosada, con rugosos labios marrones y un hinchado clítoris que sobresalía. Finos vellos oscuros la coronaban.

―Chupámela toda, Lucrecia.

No sólo me impactó la sensual imagen que tenía ante mis ojos, sino también el hecho de que hubiera pronunciado mi nombre al pedírmelo; era como si me dijera: «Vos y sólo vos podés chupármela».

Perdí la compostura y la delicadeza, había llegado a mi límite; no podía resistirlo más. Me lancé de boca contra esa inexplorada almejita y me aferré a ella como si mi vida dependiera de ello. Su fuerte sabor a sexo femenino, me embriagó. La monja estaba sumamente excitada y mojada. Ante el primer chupón que le di a sus labios, ella soltó un fuerte gemido que recorrió cada rincón de mi ser, para instalarse eternamente en lo más profundo de mi memoria. Ella apartó sus dedos, dejándome el camino completamente libre. Volví a repetir la acción y ella soltó otro gemido. Me di cuenta que había un leve dejo de desesperación en él, como si no estuviera preparada para sentir semejante estímulo; sin embargo eso no me detuvo. La recorrí con toda mi lengua, llenándola con mi saliva y disfrutando de su sabor. Cuando me prendí a su clítoris y comencé a succionarlo, Anabella arqueó la espalda y comenzó a gemir intensamente. Mientras más fuerte ella jadeaba, más intensos se hacían mis chupones.

―¡Ay, ay, ay! Asi… sí. Me gusta, me gusta. Chupala toda, chupala ―exclamó entre suspiros.

Siempre imaginé que Anabella sería de esas mujeres silenciosas y tímidas en la cama; me alegraba mucho haberme equivocado, porque escucharla gemir y pedir por más, no tiene precio. No me voy a cansar nunca de decir que esta monjita es una caja de sorpresas, y aún cuando creo que ya nada más podrá sorprenderme; hace algo que me demuestra que aún guarda sorpresas.

Toda mi concentración se fijó en su vagina, la recorrí con la mirada, con la lengua y con los dedos. Ella no dejaba de retorcerse, lo que hacía la tarea aún más entretenida, ya que cada uno de sus espasmos era ocasionado por alguna de mis acciones.

No pude resistir la tentación de llevar las cosas a otro nivel. Bajé con la lengua hasta que me encontré con el agujerito de su culo; ni en mis más locas fantasías imaginé que Anabella me permitiría hacer eso, aunque yo me muriera de ganas por probarlo. Sin embargo, me deslumbró con una nueva sorpresa. Ella levantó un poco las piernas, permitiéndome lamer con mayor comodidad ese huequito prohibido. Fue una sensación maravillosa, me subió tanto la temperatura que tuve que comenzar a masturbarme. Al parecer ella lo estaba disfrutando tanto como yo, porque sus dedos comenzaron a frotar intensamente su clítoris. Estaba en el mayor paraíso lésbico que pudiera imaginar. No sólo estaba lamiéndole la colita a mi querida Anabella sino que también estaba viendo, en primer plano, cómo se masturbaba para mí.

No me olvidé de su vagina, ocasionalmente le brindé algunas lamidas, recolectando los flujos que manaban de esa caverna. También la penetré con un dedo mientras mi lengua regresaba a su asterisco. No quería ser muy invasiva al introducir algo en su sexo, por lo que me limité a solo dedo; sin embargo este me bastó para explorar el tibio y carnoso interior de su cuevita sexual.

Me entretuve un buen rato con eso, y luego me puse de rodillas en la cama. Ella me miró, tenía el velo un poco desviado hacia la derecha, algunos mechones de cabello se asomaban, aplastándose contra su cara transpirada. Estaba roja y respiraba de forma agitada.

―¿Querés estar más cómoda? ―le pregunté―. Ya podés sacarte la sotana.

―Ayudame ―me dijo, sentándose en la cama y levantando los brazos.

Saqué la sotana por encima de su cabeza, y admiré todo su cuerpo al desnudo. Sus grandes y redondas tetas brillaban por las gotas de sudor, y sus pezones estaban erectos.

―Dejate puesto el velo ―le pedí. Ella sonrió y se lo acomodó lo mejor que pudo.

Volvimos a besarnos con pasión, y nuestros cuerpos sudados se amalgamaron. Nuestras piernas quedaron intercaladas, por lo que mi sexo rozaba contra una de las suyas, y el suyo contra una de las mías. Nos quedamos un buen rato en esa posición, comiéndonos las bocas y frotándonos la una contra la otra. Besar a Anabella no se comparaba con nada que hubiera experimentado, y sumarle el hecho de que ambas estábamos excitadas y completamente desnudas, me ayudaba a creer que sí existe la verdadera felicidad; y que ésta no se encuentra en un sitio específico, sino en la compañía de la persona adecuada.

Cuando me aparté de ella la tomé de las piernas y se las levanté, obligándola a acostarse otra vez. Me senté sobre su sexo, como si fuera un jinete en un caballo.

―Ahora sí te voy a coger de verdad, mi amor ―le dije.

Comencé a menear la cadera con fuerza, provocando el húmedo roce entre mi vagina y la suya. No pasó mucho tiempo hasta que comencé a sentir un intenso placer localizado en mi clítoris y expandiéndose a todo mi cuerpo. Ella, a pesar de su posición, también colaboró todo lo que pudo con los movimientos; pero el mejor aporte que pudo hacer fueron sus gemidos.

―Me gusta mucho, Lucrecia. No pares.

No sólo no me detuve, sino que comencé a moverme con mayor ahínco. El jugo seguía manando de nuestras rajitas, haciendo más fácil el roce. Poco a poco la posición de nuestras piernas fue cambiando, hasta que las dos quedamos acostadas de lado en la cama, en la clásica posición lésbica conocida como “tijereta”. Esto nos permitió un movimiento más cómodo a las dos, y la fricción se incrementó considerablemente. Sus gemidos ya no eran los únicos retumbando dentro de la habitación, los míos comenzaron a hacerle coro. Anabella se aferró con fuerza a una de mis piernas y yo hice lo mismo con una de las suyas, pegamos aún más nuestras vaginas y comenzamos a sacudirnos como posesas. Sabíamos que el final se acercaba, tanto sus jadeos como los míos se estaban volviendo cada vez más desesperados, anunciando un inminente orgasmo.

Contra toda expectativa, la primera en acabar fui yo; noté que mi rajita expulsaba más jugos y que éstos se esparcían sobre la de Anabella. No dejé de moverme, aunque en realidad tampoco podía hacerlo; todo mi cuerpo temblaba. Poco después noté que la monja también había llegado al clímax; ya que su cuerpo se estremeció, los gemidos murieron ahogados en su garganta y, repentinamente, se quedó quieta.

Permanecimos inmóviles durante unos segundos, sin separar nuestras húmedas vaginas, mientras recuperábamos el aliento. Toda la cabeza me daba vueltas, aún no podía creer que hubiera tenido sexo con Anabella; pero más me sorprendía que éste hubiera superado, con creces, mis más optimistas expectativas.

Unos minutos más tarde me moví en la cama hasta quedar junto a ella. Nos dimos un rico beso, y la envolví con mis brazos. Esta vez fue ella la que usó mis tetas como almohadas.

―¿Cómo te sentís? ―le pregunté, sin dejar de abrazarla.

―Rara.

―¿Rara en qué sentido?

―En el buen sentido.

―¿La pasaste bien?

―La pasé más que bien. Todo fue mucho más hermoso de lo que me imaginaba. El saber que disfruté tanto me va a ayudar mucho a no sentirme tan culpable más adelante.

―Me alegra que así sea. Además no considero que debas sentirte culpable por nada. El sexo, cuando hay amor de por medio, es una de las experiencias más hermosas de la vida. Ni siquiera Dios puede discutir eso.

―Es verdad, y si lo hiciera, me enojaría mucho con él. No hice esto por simple calentura, lo hice por amor.

―Me vas a hacer llorar, Anabella.

―No llores, porque si lo hacés, yo también me pongo a llorar.

―Voy a hacer mi mayor esfuerzo ―le aseguré, mientras le retiraba el velo para poder acariciar su cabello. .

―¿Te puedo contar una cosa? Se me cruzó algo por la cabeza, pero a vos te va a parecer una estupidez.

―Te prometo que no, Anita. Decime, ¿qué pensaste?

―Tengo la sensación de haber perdido la virginidad.

―¿Qué? ¿De verdad? ―la miré con una amplia sonrisa―. Me pone muy feliz escuchar eso.

―Sé que realmente no era virgen antes de acostarme con vos, al menos no en un sentido físico… tal vez emocional tampoco, luego de lo que pasó con Sor Melina, pero…

―No tenés que explicarlo, Anabella. Sé perfectamente cómo te sentís. La primera vez que sentí que mi virginidad se desvanecía, fue cuando me acosté con Lara. Yo tampoco era virgen, en el sentido físico. Además también había hecho algunas cositas, con Tatiana por ejemplo; pero no fue el acto sexual completo.

―Claro, así mismo me sentí yo. Esta vez pude hacerlo de forma voluntaria y completa. Quedé satisfecha, y mi pareja también. ¿No es cierto?

―Nunca voy a quedar satisfecha de vos, Anita, siempre voy a querer más ―le di un beso en la mejilla―; pero sexualmente, sí, puedo afirmar que estoy más que satisfecha. Además me encanta saber que sentís que ésta fue tu primera vez real. Desde que empecé a sentir algo por vos, quise que tu primera vez fuera conmigo. Por eso me dolió tanto escuchar lo de Sor Melina, pero ahora ya veo las cosas desde otra perspectiva. Al fin y al cabo, lo que vos hiciste con ella es muy parecido a lo que hice yo con Tatiana.

―¿Y qué fue lo que hiciste, exactamente, con Tatiana?

―Nos metimos mano en los vestuarios de la universidad.

―Ustedes están locas.

―Mucho, pero fue algo muy lindo, y me sirvió mucho para despertarme sexualmente. Nosotras sólo usamos los dedos, ella me tocó a mí, y yo a ella. Pero nunca llegamos a usar nuestras bocas. Vos sí lo hiciste, pero Sor Melina nunca llegó a tocarte a vos. Por eso es entendible que no lo hayas sentido como tu primera vez.

―Sí, esa sería la explicación… en un sentido superficial.

―Perdón, sé que a veces puedo ser algo superficial.

―No pasa nada. Lo que dijiste es cierto, pero yo agregaría otras cosas.

―¿Cómo cuáles?

―Como la predisposición, las emociones, el significado de cada acto. No es lo mismo hacerlo por curiosidad o a modo de “prueba”, que hacerlo de corazón, entregándose completamente a la otra persona. Para mí eso es perder la virginidad, al menos la emocional. Entregarse completamente a otra persona y compartir un momento sexual muy íntimo. Eso hice con vos, y nunca lo había hecho con nadie, por eso considero que ésta fue mi primera vez.

―Sos muy dulce, Anita. Te amo.

―Y yo a vos, Lucrecia.  

Nos quedamos un rato más en la cama, abrazadas, sin decir nada. Nunca había sentido tanta paz y felicidad en un mismo momento.

*****

Anabella propuso que nos demos un baño, y eso fue lo que hicimos, juntas. Fue una ducha rápida, en la que hubo algunas caricias y besos, pero no llegamos al contacto sexual. Tampoco tenía ganas de hacerlo, mi ansiedad por acostarme con ella ya se había disipado. Podía disfrutar de su cuerpo desnudo, sin necesidad de desearla en un sentido sexual.

Luego nos cambiamos, le presté algo de ropa interior nueva, sin usar, que había traído. Ella se sorprendió que, a pesar de mi impulsivo planeamiento del viaje, hubiera venido tan bien preparada. Le aseguré que siempre dejaba ropa interior sin uso en un cajón, por cualquier tipo de emergencia. Como por ejemplo: un viaje exprés, con una monja, a una casaquinta en el medio de la nada. 

Nos sentamos a comer unos sándwiches y reanudamos la conversación que habíamos tenido en la cama.

―Hay muchas cosas de tu vida que nunca pudiste contármelas ―dijo Anabella―, como por ejemplo lo de Tatiana. Sé, por sospechas o por pequeñas cositas que me contaste, que tuviste muchas otras andanzas. Ahora que me siento más cómoda hablando de sexo, me gustaría que me las contaras.

―Me da un poco de miedo hacerlo.

―¿Por qué?

―Porque no quiero que me juzgues.

―Sabés muy bien lo que pienso sobre juzgar a la gente. Quedate tranquila, que no lo voy a hacer con vos. Solamente me gustaría conocerte un poco mejor, y siempre noté que querías contarme estas cosas, pero no podías hacerlo.

―Sos muy perceptiva. Siempre quise compartir todo con vos.

―Ahora podés hacerlo.

―Bueno, a ver… ¿qué te puedo contar? Tuve sexo con una desconocida, en la discoteca en la que trabajo. Lo hicimos ahí mismo, en uno de los cubículos ―sus ojos se abrieron mucho―. Anabella, si esto ya te sorprende… mejor ni te cuento todo lo que hice después.

―Dios mío. Mejor hacelo, pero de forma rápida, para que pueda digerir todo. Luego me contarás los detalles.

―Está bien. Esa no fue la única desconocida con la que me acosté. Una vez tuvimos sexo, Lara y yo, con una chica que conocimos en Afrodita; pero eso no fue todo, sino que además conocimos dos señoras maduras, muy adineradas, que nos invitaron a su casa. Allí hicimos un intercambio de parejas ―la monja estaba tan estupefacta que ni siquiera podía masticar―. ¿Después qué más? ¡Ah, sí! Conocí a Lara Edith, una amiga a la que quiero un montón. Pero cuando la conocí yo no era su amiga. La invité a mi casa y me acosté con ella. La manipulé un poquito, me sentí mal por eso, pero por suerte ella se lo tomó muy bien.

―Qué miedo me das, Lucrecia.

―Esperá, porque eso no es todo. Poco después conocí a Samantha, a ella ya la habrás visto en la universidad, es una pelirroja preciosa.

―¿También te acostaste con ella?

―Sí, y luego hicimos un trío con Lara.

―¿Trío? ¿O sea… las tres juntas?

―Sí ―me reí, la pobre Anabella parecía estar viendo una película de terror―. Tuvimos sexo las tres juntas, en la misma cama. ¡Pucha! Me olvidé de Tatiana. ¿Cómo pude olvidarme de ella? Debe ser que al vivir conmigo, ya tengo tan incorporado todo lo que pasó, que ni siquiera pienso en ella. Un poco después de los toqueteos en el vestuario, fui a un hotel con Tatiana, la pasé de maravilla. Esa morocha es excelente en la cama.

―Me imagino que deben tener mucho sexo, al vivir juntas. Además ella tiene tantas fotos y videos tuyos, que me lo imaginaba.

―Sí, aunque te digo la verdad, no siempre tenemos sexo. Intentamos dejar eso para cuando tenemos muchas ganas. A ella le gusta el sexo sin compromisos.

―Estoy realmente sorprendida. O sea, sabía que habías tenido sexo con varias mujeres, pero… ¿Intercambio de parejas? ¿Tríos?

―Orgías.

―¡¿Qué?! ―la monja dio un salto en la silla―. ¿Estuviste en una orgía? ―asentí con una sonrisa libidinosa―. Ya me estoy arrepintiendo de haberte pedido que me cuentes. Por Dios, Lucrecia. Esto es demasiado. Me siento la mujer más pecadora del mundo, porque tuve sexo con vos una vez… y vos me salís con esto. Me hacés sentir virgen e inocente, otra vez.

―Si querés dejo de contarte.

―N… no, ahora ya empezaste. Prefiero saber todo.

―Bueno, la primera orgía fue… ―vi que ella volvía a abrir los ojos, y estaban a punto de saltar fuera de órbita, comencé a reírme.

―¿Qué pasa?

―Era broma, Anita…

―¿Era broma que estuviste en orgías?

―No, eso sí es cierto. Pero estuve en una sola. No en muchas.

―¿Por qué será que el chiste no me causa gracia?

―Qué mala, yo sólo quería relajarte un poquito.

―No lo lograste. Una sola orgía me sigue pareciendo demasiado. ¿Cuándo fue?

―El día de mi cumpleaños.

―¿Qué? Pero yo estuve el día de tu cumpleaños…

―Sí, y te fuiste justo antes de que nos empezáramos a quitar la ropa. Si te quedabas un ratito más, hubieras terminado en la cama con nosotras ―estaba pálida―. La hubieras pasado muy bien.

―Hubiera salido corriendo. No estaba dispuesta a tener sexo con mujeres por aquel entonces.

―Decíselo a Jorgelina.

―¿A quién?

―Una de mis amigas, la tetona… la tetona que es Tatiana. Ella no es lesbiana, ni siquiera siente atracción por las mujeres, pero esa vez no se pudo resistir. Cayó ante los poderes de seducción de Samantha… y Edith ayudó bastante también. Se terminó uniendo a la “fiestita” y la pasó muy bien. ¿Quién sabe? Tal vez vos también te nos hubieras unido.

―Ni loca. Se nota que no me conocés.

―Te estoy tomando el pelo, Anita. Sé que no lo hubieras hecho… pero puedo fantasear con la idea…

―Tus fantasías son peligrosas. ¿Qué más hay, después de la orgía?

―No mucho que sea destacable. Pero sí puedo decirte que una vez fui a un club muy particular, donde tuve sexo con una rubia muy bonita… lo hicimos delante de un montón de gente.

―Ahh… bueeeeno… ―estaba desencajada―. ¿Delante de un montón de gente? ¿Y cuánto es “un montón”?

―No lo sé, el club estaba bastante oscuro. Pudo haber treinta, cuarenta personas. Tal vez más.

―¿Por qué pregunté? ¿Por qué te pedí que me contaras todo esto? ―dijo agarrándose la cabeza con ambas manos―. Soy una estúpida… debí imaginarme que había algo así.

―¿Sentís algo diferente hacia mí? ―esta vez estaba un poco asustada.

―No, no. Hacia vos sigo sintiendo lo mismo. Después de todo sos la misma Lucrecia de siempre. Sólo me cuesta asimilar todo esto. Ni siquiera me puedo imaginar en situaciones parecidas a las que me contaste.

―Tengo la sensación de que te arrepentiste en serio de haber preguntado.

―No, de verdad que no. Lo dije sólo porque me cuesta… pero no me arrepiento. Prefiero saber la verdad. Prefiero saber cómo sos y qué viviste. Aunque no te voy a negar que, al mismo tiempo, me duele un poquito.

Me conmovió el brillo de sus ojos, parecía una cachorrita a la que habían regañado, intentaba lucir adorable y simpática, para recibir un poco de cariño; pero a la vez estaba apenada por haber sido lastimada.  

―¡Ay! Me parte el alma verte así, Anita. ¿Por qué te duele? Sé sincera.

―Porque viviste muchas cosas intensas, con muchas mujeres. Imagino que todas esas experiencias serán muy memorables, y siento que yo no puedo ofrecerte ni la cuarta parte de lo que ya hiciste; yo no puedo competir contra todo eso.

Me quedé pasmada. ¿De verdad ella me amaba tanto? No podía sentir otra cosa que adoración y felicidad.

―Anita, es cierto que disfruté de todo eso, para mí fueron momentos maravillosos. Pero por encima de todo eso combinado, te prefiero a vos ―tomé su mano―. Estar con vos es lo más intenso que experimenté. Vos sos lo mejor que me pasó en la vida.

―¿Lo decís de sinceramente? ―parecía estar a punto de llorar.

―Muy sinceramente. Dejaría toda esa vida, si supiera que voy a tenerte siempre a mi lado.

De pronto volvió a entristecerse. Analicé lo que había dicho, y la forma en que lo hice, porque tenía miedo de haber metido la pata otra vez.

―¿Qué pasó? ―le pregunté, cuando no encontré la respuesta.

―Agradezco que seas honesta conmigo, y que me quieras tanto, Lucrecia. Pero tengo miedo de que te estés haciendo demasiadas ilusiones. Me da la impresión de que, en tu cabecita, ya estás pensando que esto va a ser algo definitivo y permanente, cuando en realidad yo todavía no decidí nada.

―Me confundís, Anabella. Antes me decías que mi problema era que no pensaba en el futuro, en las consecuencias; ahora me decís que el problema es que hago planes a futuro…

―¿Y no los hacés?

―No, porque sé que no debería. No quiero presionarte en nada. Todo lo que hicimos fue hermoso, y me encantaría que se repitiera; pero sólo si vos estás de acuerdo. Solamente te pido que, mientras estemos acá, vivamos las cosas a mi manera: un día a la vez, un momento a la vez. Dejá el futuro de lado, por estos días, y disfrutá del presente… sin compromisos.  

―Gracias, Lucrecia. Me tranquiliza mucho escuchar eso. Por un momento creí que ya estabas pensando que íbamos a ser pareja, o algo así.

―No, para nada, Anita. Solamente pensaba que el día en que nos casemos, tenés que usar un vestido negro, como tus hábitos.

―¡Lucrecia! ―me dio un golpecito en la mano, a la vez que sonreía.

―Vamos a hacer la fiesta en Afrodita. Yo me encargo de la lista de invitados, y vos andá pensando en la decoración.

―Sos tremenda ―se abalanzó sobre mí y me besó en la boca.

―Espero que no me dejes planeando toda la boda a mi sola, eso sí me va a molestar.

―Hablando de molestias, no me gustaría usar un vestido negro ¿puedo cambiarle el color?

Me di cuenta de que me estaba siguiendo el juego, y me encantaba.

―¿Qué tiene de malo el negro? Es un color que a mí me gusta mucho, además… tus hábitos. Todo negro con detalles en blanco, sería hermoso.

―¿No se supone que los vestidos de boda deben ser blancos? O al menos de colores claritos.

―Prefiero algo más original.

―¿Y de qué color va a ser tu vestido?

Se la veía feliz, aparentemente ella nunca había tenido una amiga con la que pudiera jugar a planificar su boda ideal. Parecía una quinceañera soñadora, me causaba mucha ternura verla así.

―Cualquiera, menos blanco. Por culpa de mi madre le agarré cierto asco al blanco. Ella siempre quería que me vistiera de ese color, y la mayoría de los muebles de mi casa eran blancos. Según ella, el blanco es un símbolo de pureza, pero el día en que yo me case no quiero simbolizar la pureza; quiero simbolizar, no sé…

―¿Rebeldía? ¿Cómo con tu drástico cambio de look?

―Tal vez…

Seguimos planeando nuestra hipotética e imaginaria boda durante un buen rato, luego la conversación se decantó hacia otros temas triviales. Me encantaba conversar con ella, tenía la sensación de que no importaba cuánto tiempo pasáramos juntas, siempre tendríamos algún tema interesante para hablar o, tan solo, compartir un lindo momento. Sin intenciones de parecer presumida, puedo decir que hacemos la pareja perfecta.

Luego de haber comido algo rápido, me encontraba limpiando la mesada de la cocina, Anabella me abrazó por detrás y me besó el cuello. Aún estábamos completamente desnudas, el roce tibio de su cuerpo, electrificó el mío. Adoraba sentir sus grandes pechos contra mi espalda, y la forma en la que sus manos acariciaban mi vientre.

―Me encanta que seas tan cariñosa ―aseguré―. Por un momento tenía miedo que lo que hicimos quedara solamente en eso, y nada más.

―Quiero aprovechar para aclarar una cosa ―su voz suave me endulzaba el oído―. Sé que tengo obligaciones con Dios, sé que no debería haber hecho lo que hice, y sé que no debería haber utilizado los hábitos; sin embargo eso no quiere decir que me arrepienta, al menos no de momento. Tal vez quede como una egoísta o una presumida que sólo busca justificarse, pero esto es lo que siento: dediqué mi vida a servir a Dios, y se la voy a seguir dedicando; por eso considero que merezco un momento para mí, así sean unos pocos días de libertad, para experimentar algo hermoso ―su mano derecha bajó hasta mi pubis y acarició mi vello―. Estos días son para nosotras. Tal y como le dije a Dios, esto es algo entre vos y yo, Lucrecia. Espero que aceptes que, luego de estos días, las cosas deberán volver a la normalidad.

―¿Y durante estos días? ―estábamos en la tarde de nuestro segundo día, aún nos quedaban dos más por delante.

―Vamos a dedicarlos a hacer lo que queramos, la única regla es que ambas estemos de acuerdo.

―Entonces, si quiero hacer algo con vos ¿sólo debo preguntarte?

―No hace falta que me preguntes siempre, quiero que te sientas libre, confío en vos; sé que nunca me forzarías a hacer algo que no quiero. Pero me gustaría gozar de la misma libertad ―sus dedos llegaron a mi clítoris y comenzaron a masajearlo―. Ya estás mojada otra vez. Me agrada saber que consigo excitarte con tanta facilidad.

―Me mojé apenas me apoyaste las tetas en la espalda... y con los besos en el cuello, terminé de derretirme.

―Se ve que te gustan mucho mis tetas.

―Todo tu cuerpo me encanta; pero sí, tal vez tus tetas sean lo que más me gusta ―ella meneó levemente sus pechos, acariciándome la espalda con ellos―. ¿Y cuál es la parte que más te gusta de mi cuerpo?

―Tu cola.

―¿De verdad? A mí no me parece tan buena, he visto mejores ―pensé en Lara, definitivamente ella tenía el mejor culo que había visto en mi vida.

―No sabría decírtelo, no acostumbro mirarles la cola a las chicas. Sólo puedo decir que la tuya me gusta mucho.

Con su mano izquierda me apretó una nalga, luego, sin previo aviso, se agachó detrás de mí. Comenzó a darme suaves besos en la cola, me apoyé en la mesada y separé un poco las piernas. Casi al instante pude sentir la lengua de Anabella recorriendo mi vagina, aún se me hacía raro saber que era ella quien me la lamía. La mayor sorpresa llegó cuando su lengua llegó a tocar el agujerito de mi cola, solté un pequeño suspiro.

―¿De verdad esto te gusta tanto? ―preguntó.

―Sí, me vuelve loca.

―A mí me gustó cuando me chupaste ahí… no imaginaba que se sentía tan rico ―mientras hablaba sus dedos acariciaban mi vagina―. Quiero brindarte a vos esa misma sensación.

Volvió a lamer mi culo, pero esta vez dejó su lengua allí. La movió para todos lados y suspiré al gozar de ese agradable cosquilleo. Luego comenzó a utilizar toda su boca, brindándome un inmenso placer. Mientras me lo chupaba, introdujo dos dedos en mi vagina, y comenzó a masajearla desde adentro. Tuve que apoyarme mejor en la mesada, para poder sostener mi cuerpo, porque mis piernas se estaban debilitando.

Luego de haberme lamido el culo durante un buen rato, se paró a mi lado y posó sus labios en mi cuello. La busqué con mi boca y comenzamos a besarnos. En ese momento sentí sus dedos, hurgando entre mis nalgas. Supe lo que iba a hacer, mi forma de decirle que siguiera adelante fue buscando su almejita, con mi mano izquierda, y comenzar a masturbarla.

Anabella me metió un dedo en el culo, lo hizo tan bien que sólo le bastó con sacarlo una vez y volver a introducirlo, para lograr meterlo completo. También debía tomar en cuenta que luego de tanto jueguito por detrás, mi culo ya debía estar acostumbrado a esas cosas.

No dejamos de besarnos en ningún momento, nuestros gemidos morían dentro de la boca de la otra. Metí un dedo en la vagina de Anabella y poco después introduje uno más. Ella tomó esto como una invitación para meterme dos dedos en la cola. El placer anal se extendió por todo mi cuerpo y se rompió en suspiro. Este proceso se repitió varias veces, ya que ella comenzó a darme con más fuerza. Debido a esto, tuve que dejar de besarla, sin embargo nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos, mientras nos dábamos placer mutuamente.

Poco a poco ella fue reduciendo el ritmo, permitiéndome a mí bajar las pulsaciones. Cuando mi respiración se normalizó, sacó los dedos.

―Me encanta esto ―aseguró―, pero no sigo porque me da miedo lastimarte.

―Está bien, lo entiendo ―dije, luego le di un corto beso en la boca.

―Además… quiero que te mantengas caliente, para más tarde ―me guiñó un ojo.

―Teniéndote cerca, totalmente desnuda, es imposible que se me baje la temperatura. Si tuviera fiebre, vos serías mi perdición.

―Me gusta que digas esas cosas ―pasó un dedo por mi rajita.

―Y a mí me encanta que seas tan cachonda. Sinceramente no me lo esperaba.

―Bueno, si voy a dejar mi lujuria salir; al menos lo voy a hacer bien. ¿Por qué pecar a medias?

―Me resulta raro escuchar eso viniendo de vos ―comenzamos a caminar hacia el comedor, me dolía un poco el culo, pero me sentía muy bien―. ¿No es que la lujuria es uno de los siete pecados capitales?

―Sí, pero considero que lo malo es no controlarla. Es como la gula. Comer no es pecado, hacerlo en exceso, sí lo es.

―¡Uf! Entonces yo voy mal…

―Estás muy delgada como para que la gula sea un problema en vos; y por todo lo que me contaste, me imagino que te referís a la lujuria.

―Sí, desde que me “desperté” sexualmente, me cuesta horrores controlarme.

―No voy a juzgarte, Lucrecia. No quiero pasar el resto del fin de semana dándote sermones. Si vos querés, hablamos de eso en otro momento y prometo ayudarte todo lo que pueda. Pero mientras estemos acá, me gustaría que no controlaras demasiado esos impulsos sexuales.

―¡Ay! Definitivamente amo tu nueva actitud, Anabella ―me abalancé sobre ella y le di un fuerte beso.

―No te acostumbres demasiado, es momentánea.

―Sí, lo sé. No quiero hablar de eso ahora, mejor preocupémonos por aprovechar estas “vacaciones”.

Ella se sentó en un sillón, y yo me senté sobre ella. Nos pusimos a conversar sobre temas diversos, sin demasiada importancia; lo importante era estar juntas. Ella dio varios mordiscos a mis pezones y me acarició la vagina en más de una ocasión; me fascinaba que me toqueteara tanto, como si yo fuera su muñequita sexual.

*****

Más o menos una hora más tarde, nos sentamos a tomar mates en el frente de la casa, completamente desnudas. Me costó un poco convencer a Anabella de que saliéramos sin ropa. Tuve que mostrarle que nadie podía vernos, ya que Rodrigo había cercado toda la propiedad con un alto tapial, el cual a su vez poseía una tupida enredadera. Resultaba evidente que mi amigo había hecho construir ese sito especialmente para poder andar sin ropa, haciendo lo que quisiera, en cualquier rincón de la propiedad.

Nos sentamos en dos cómodos sillones, y ella comenzó a cebar sus ricos mates. Al principio pareció estar un poco nerviosa, pero de a poco comenzó a relajarse; incluso llegó a separar considerablemente las piernas, exponiendo su hermosa y peluda vagina.

―No pretendo ser impertinente ―le dije a Anabella, eligiendo muy bien las palabras―, pero tal vez este sea el momento justo para que me ilustres un poco mejor cómo es tu intimidad sexual. Especialmente después de que yo te conté de la mía. Sé que en realidad no tenés vida sexual, propiamente dicha; básicamente vivís a paja, pero igual me gustaría que me contaras. 

Inmediatamente supe que hablé de más. La monja clavó sus severos ojos color miel en mí, sus angulosas cejas se fruncieron en el centro y su boca se transformó en una delgada línea; temí por mi vida.

―Anabella, te recuerdo que el asesinato es pecado.

―Es muy tarde para que me estés recordando qué es pecado y qué no.

―Perdón, te juro que intenté decirlo de la mejor forma posible… pero ya sabés que tengo la lengua más rápida que el cerebro. No pretendí ofenderte.

―Si querés que te perdone la vida, vas a tener que hacer algo por mí.

―¿Qué cosa?

Separó un poco más sus piernas y se dio una palmadita en la vagina, sus ojos se llenaron de lujuria, al igual que su sonrisa. ¿De dónde había salido esa mujer y qué había hecho con la monja?

―¿Me estás pidiendo que te la…?

―Menos charla, y más acción ―me quedé petrificada, nunca la había visto comportarse de esa manera―. Vamos, ¿qué estás esperando, nena? ¿Me la vas a chupar o no?

―Anabella… ¿tengo que llamar a un exorcista?

―No, me estás poniendo impaciente. Ya te dije lo que tenés que hacer… y no veo que lo estés haciendo. Siempre la quisiste, Lucrecia; ahora que te la estoy ofreciendo ¿no la querés?

―Es que…

―Es que, nada. Vení.

Con dos dedos separó los labios de su vagina, exponiendo más su clítoris.

Dejé toda mi incertidumbre de lado, la oferta era demasiado buena como para rechazarla. Me puse de rodillas en el piso y gateé hasta ella. Sin muchos preámbulos, comencé a chuparle toda la rajita. Me bastó con posar los labios para darme cuenta de que ya la tenía mojada.

―Así me gusta ―dijo, dándome palmaditas en la cabeza.

Miré hacia arriba, sin dejar de chupar y me encontré con la radiante sonrisa que tan característica era en Anabella. Al parecer la dulce monja había vuelto.

―¿Qué fue todo eso? ―pregunté apenas separando la boca de su vagina.

―¿Acaso no lo entendés? Si querés saber algo nuevo de mi vida sexual, entonces me la tenés que chupar… o acostarte conmigo. Muchas veces dije que mi vida no gira en torno a vos, y eso es cierto; pero en lo referente a mi vida sexual, bueno… vos sos mi vida sexual, Lucrecia.

Sus palabras me conmovieron tanto que comencé a chuparle la rajita con mayor intensidad, brindándole todo el placer que me fuera posible.

―¡Ahh! Esto sí es vida ―exclamó Anabella, soltando un fuerte suspiro. Con una mano removió mis cabellos―. Tengo que admitir que me está empezando a gustar tu nuevo corte de pelo… y el negro no te queda tan mal ―soltó un dulce gemido cuando yo le di un fuerte chupón en el clítoris―. Gracias por todo, Lucrecia; realmente la paso muy bien con vos.

Me pregunté si las nuevas experiencias sexuales le ayudarían a recapacitar y a dejar los hábitos de una vez por todas; pero no quería incomodarla con otra de mis preguntas. Me concentré en succionarle el clítoris y sorber los jugos sexuales que manaban de su manantial.

―Ahora que te estás portando bien conmigo, hay una cosita que sí puedo confesarte ―me dijo, acariciándome la cabeza―. Por supuesto, tiene que ver con vos. Bueno, en realidad son dos cositas, que se conectan. ¿Te acordás del día en que me compraste ropa? ―Asentí con la cabeza, manteniendo toda su vagina aprisionada entre mis labios―. Esa vez nos abrazamos en tu auto y yo… me excité, por culpa de los besos que me diste en el cuello. Nunca antes me habían hecho algo así. Tal vez también recuerdes que esa vez te envié una foto, en ropa interior ―volví a asentir―. No tenía pensado mandártela hasta que vos lo sugeriste; pero cuando lo hiciste, la calentura volvió. El mostrarte cómo me quedaba la colaless fue una excusa perfecta; admito que me estaba engañando a mí misma, porque en realidad yo quería que me vieras. Esa misma noche, me masturbé, imaginando que vos lo estabas haciendo, mientras mirabas mi foto ―me excité y me conmoví mucho al saber eso; de no tener su vagina en la boca, ella me hubiera visto sonreír―. Por supuesto al otro día vino la culpa, y me machacó la cabeza a golpes. Tuve que empezar a convencerme a mí misma de que vos no me gustabas, y que no me excitaba al ver tu cuerpo. Sin embargo, tiempo después, esa absurda satisfacción que me da sentirme deseada, me hizo cometer una locura. Ahí va mi verdadera confesión: Me saqué una foto de la vagina y te la envié.

―¿Qué? ―tuve que dejar de chupar, me quedé mirándola atónita.

―Sí. Nunca supe si realmente te llegó; pero imagino que sí. ¿Nunca te llegó una foto de una vagina y no supiste de quién era?

―De hecho… sí. Una vez, me la mandó Tatiana, diciendo que se trataba de una admiradora secreta ―Anabella sonrió y levantó las cejas un par de veces. Miré su rajita velluda e hice memoria, se parecía mucho a la que recibí―. ¡No te lo puedo creer! ¿Eras vos?

―Te estoy diciendo que sí, Lucrecia.

―Me quiero morir ―apoyé la frente en una de sus piernas, con un gesto teatral exagerado―. Perdí esa foto… no la tengo más. ¡La primera y única foto de tu conejito… y yo la perdí! ¡Me quiero matar!  

―No te alteres tanto, Lucrecia. Si querés otra, podés sacarla. No me molesta que la tengas… eso sí, que no se me vea la cara.

―¿De verdad, Anita?

―Sí… al fin y al cabo ya hice todo el proceso mental, y todos los rezos a Dios necesarios, para expiar la culpa por habértela mandado. Hagamos que todo eso no sea en vano, y sacale una foto. ¡Pero una sola!

―Con una me basta y me sobra. Pero… ¿cómo hiciste para mandársela a Tatiana sin que sepa que fuiste vos?

―Porque podré a veces podré hacer locura; pero soy precavida. Mejor dicho, paranoica. Sí quería enviarte la foto, pero no podía permitir que alguien la asociara conmigo. Por eso fui a comprarme un chip para celulares, que salen re baratos. Mi primera idea fue mandarte la foto directamente a vos; pero soy súper paranoica. Me imaginé que podrías sospechar de mí, porque yo tengo tu número de teléfono. Sin embargo no había razón para que vos sospecharas que yo tengo el número de Tatiana. Preferí que dos personas me vieran la vagina y no supieran de quién era, antes de que lo hagas vos y pudieras asociarla conmigo.

―Anabella, no me hubiera dado cuenta nunca en la vida que eras vos, por más que me hubieras mandado la foto directamente.

―Puede ser, pero prefería no correr el riesgo. Ya te lo dije, Lucrecia, puedo llegar a ser muy paranoica. ¿Por qué te creés que me daba tanto miedo que la gente te viera tan seguido en el convento?

―Sí, recuerdo que te quejaste de eso más de una vez. ¡Pará! ¿Y vos de dónde sacaste el número de Tati?

―Eso fue lo más fácil. Ella está anotada como voluntaria, en los registros del convento. Se les pide el nombre, el teléfono y la dirección; por si se los necesita para algún trabajo. Solamente tuve que buscarla por su nombre de pila, es la única Tatiana. ¿Sabías que no había ninguna Lucrecia en los registros de voluntarios?

―Esteeee… emm…¿será porque a Lucrecia nunca se le informó que podía anotarse?

―¿O porque ella nunca lo sugirió? Pero bueno, desde ese día sí figurás en los registros.

―¿De verdad?

―Sí, yo te agregué. Lo hice porque si alguien llegaba a preguntar por qué pasabas tanto tiempo dentro del convento, al menos tenía eso como respaldo; podía decir que estabas haciendo trabajo voluntario.

―Bueno… iba voluntariamente, eso tiene que contar, de alguna forma. Sinceramente me dejás shockeada, Anabella. Nunca te creí capaz de hacer algo así.

―Ni yo tampoco. De verdad la pasé muy mal después de eso, sentí que había fallado a mis votos, y a mis hábitos. Pero, como te dije, ya tuve tiempo para superarlo. Ahora pienso de otra manera. Además, yo también tengo fotos de tu vagina.

―Sí, a través de la red de imágenes sexuales llamada Tatiana. Cuando le cuente, se va a querer morir.

―¡No le cuentes! ―exclamó, dando un salto.

Comencé a reírme. Anabella debió darse cuenta que su reacción fue muy exagerada, por lo que simuló estar tranquila.

―Quiero decir… ¿para qué le vas a contar?

―No le voy a contar, Anita; quedate tranquila. Además ni siquiera debe tener la foto, seguramente la borró poco después de mandármela a mí.

―Espero que así sea, porque eso fue justamente lo que le pedí. Bueno, ahora ya sabés la verdad. Siento que me saqué un peso de encima.

―Me alegra que me hayas contado. Por más que ya no tenga esa foto, me gusta saber que te volví tan loca como para que me la enviaras ―trepé por su cuerpo y le di un cálido beso en la boca.

―Sí, vos me volvés loca, Lucrecia. A veces te odio por eso; pero luego recuerdo lo divertido que es hacer locuras por amor, y se me pasa.

―¿Esa fue una locura por amor? ―le pregunté, mirándola fijamente a los ojo.

―No creo… porque apenas nos conocíamos. Diría que fue por calentura, pero al menos ahora puedo decir que, a la larga, esa locura adquirió otro significado ―volvimos a besarnos y permanecimos así durante unos segundos.

Luego reanudamos los mates, si bien yo me moría de ganas de seguir chupándole la almejita, ella me dijo que ya tendríamos tiempo para seguir, y que no era necesario estar todo el rato “haciendo chanchadas”.

Cuando comenzó a bajar el sol, regresamos a la casa; porque al estar desnudas ya nos estaba dando frío. Teníamos los pezones como tapitas de dentífrico.

Al entrar le chupé un rato las tetas, para calentárselas un poquito; me encantó que ella después me devolviera el favor.

Fuimos hasta mi dormitorio, no para tener relaciones sexuales, sino para que yo pudiera retratar su sexo. Con mucho esfuerzo, pude convencerla de que en lugar de una sola fotografía, fueran dos. Una de ella con las piernas abiertas, enseñando la vagina; y la otra en cuatro patas, donde, además de la almejita, se le viera el culo. Ésta, al instante, se convirtió en mi foto favorita de Anabella.

 

*****

Para alegrar un poco el ambiente, decidí poner música, a un volumen suficiente como para que se escuchara bien; pero que también nos permitiera seguir conversando.

Me fascinó que nos quedáramos desnudas, y le hice prometer que no nos pondríamos ropa en todo el fin de semana, a no ser que hiciera mucho frío o que yo le pidiera vestir la sotana.

Hicimos el amor una vez más, en esta ocasión hicimos un 69; el primero que experimentó Anabella. Supe que la posición le agradó, porque se prendió a mi rajita con ahínco. Me la chupó fuerte, produciendo húmedos chasquidos. De hecho, me la comió tan bien que en más de una ocasión tuve que dejar de chupársela para poder gemir. Rotamos varias veces en la cama, para que ella pudiera disfrutar tanto de estar arriba como de estar abajo; incluso llegamos a hacerlo de lado.

Para ser tan inexperta, la monja era una verdadera fiera sexual. Cuando le dije que cogía muy bien, ella aseguró que se esforzaba porque sabía que tal vez nunca más volvería a experimentar algo así. A mí me puso muy triste pensar que, luego de que nuestro fin de semana se terminara, ya no podría acostarme con ella. Me quedé con el corazón en la mano. Sin embargo me esforcé por disimular y disfrutar al máximo; al fin y al cabo aún teníamos dos días completos por delante.

―Tengo la sensación de que te estoy saturando con la música, Anita ―le dije, cuando volvimos al comedor.

―No, para nada… no me molesta ―de fondo sonaban las vibrantes guitarras de “Toma la Ruta”, canción de Soda Stereo―. Al menos es música nacional, y no esa banda inglesa con la que hinchás tanto.

―No te metas con Radiohead, porque terminamos a las patadas, acá nomás.

En ese momento Cerati cantó: «Después de tanto andar, estás en el mismo lugar».

―¿Elegiste este tema por algo en particular? ―me preguntó la monja.

―No, sólo porque me gusta. ¿Por qué?

―Es que me dio la sensación de que me querías decir que después de tantos años sigo estancada en el mismo lugar: el convento.

―Lamento decirte que no tengo nada que ver con eso, Anita. Es tu propia paranoia interpretativa. Si vos pensaste eso, es porque lo sentís así. Te recuerdo que vos misma tuviste la idea de pedir un traslado.

―Sí, pero eso es por los problemas que tengo en el convento; no porque realmente quiera irme.

―¿Estás segura? Tal vez lo hiciste porque vos misma necesitás lago diferente, necesitás moverte. No me eches la culpa a mí, ni a Gustavo Cerati, por lo que te está pasando. Al contrario, deberías alegrarte de haberlo escuchado. A veces la música nos ayuda a encontrar las respuestas, y si no lo hacen, al menos pueden acompañarnos en el sentimiento. Te acaba de pasar eso, encontraste una canción que describe cómo te sentís.

―Puede ser. Hace poco me pasó con otra canción. También nacional. La estuve escuchando mucho últimamente. En especial después de lo que pasó con Sor Melina.

―¿Qué canción?

―Me da un poco de vergüenza decirlo.

―¿Por qué? ¿Es una canción muy mala?

―No, al contrario, es hermosa. Me fascina la voz de la cantante… pero igual, tiene cierto simbolismo, el cual no sé cómo tomarme. La canción me gusta y creo que me ayudó a sobrellevar todo lo que me estuvo pasando. La escuché tantas veces que llegué a amigarme con ese simbolismo, y consideré que tal vez pudiera estar dándome esa respuesta; pero es un tema complejo, aún no quiero tomar decisiones al respecto. Sin embargo la melodía es hipnótica, me transporta a un mundo de paz, armonía y amor. Hasta llegué a pensar que…

―¿Qué? ―tuve que preguntarle porque se quedó muda.

―Nada, es una sonera.

―Podés contarme. Digo boludeces todo el tiempo, así que no tengas miedo de decirlas vos también.

―Pensé que podría ser romántico usarla… esta noche.

―¿Esta noche? ¿Usarla? ¿Para qué?

Noté ese adorable brillo lujurioso en sus ojos, y en su pícara sonrisa. Con eso comprendí a qué se refería.

Esa noche hicimos el amor al ritmo de la voz de Sandra Mihanovich, interpretando “Puerto Pollensa”, himno lésbico argentino. 

Continuará...


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