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Fecha: 13-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Zoofilia

Las vacaciones de maría (iii parte)

olivenza
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Como unos días en un cortijo me pudieron proporcionar tantos momentos de placer y sexo. Sexo por cierto, que aun no había probado de esa manera. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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CONTINUACIÓN DEL RELATO: LAS VACACIONES DE MARÍA (II PARTE).

Llegado mi penúltimo día de vacaciones, vi a Lucía más nerviosa que de costumbre y aunque no le dije nada, sabía que estaba tramando algo ya que la conocía muy bien. Ése día por la mañana todo transcurrió normal. Desayunamos e hicimos las tareas de siempre. Después dimos una vuelta y me confesó que estaba triste porque me tenía ya que marchar. Luego me comentó que ese día sus abuelos iban a estar casi todo el tiempo en el huerto, así que tendríamos la casa para nosotras solas. Me dijo también que aún habían dos cosas que quería enseñarme y que probase antes de irme, ya que en la ciudad eso era más difícil de poder realizarlas. Dicho esto, quiso que fuéramos al huerto para asegurarnos que sus abuelos realmente iban a estar allí todo el rato, y al comprobar que sí, me cogió de la mano y me llevó hacia la casa.

Una vez allí me dijo que subiese a su habitación, que me relajase y que me fuese poniendo cómoda hasta que ella llegase. Así lo hice y la esperé tendida en la cama habiéndome quitado ya la ropa, quedándome tan solo en braguitas y sujetador para estar más cómoda.

La verdad es que más que tranquila estaba nerviosa por no saber qué tramaba Lucía. Pero enseguida salí de dudas cuando la vi entrar en la habitación acompañada de Sultán, y además con una cara de viciosa que la delataba. Entonces se puso a reír con una sonrisa nerviosa y mirándome a la cara dijo: María, te presento a tu nuevo amante. Yo me quedé un poco sorprendida y no supe reaccionar, pero ella se ve  que lo tenía todo más que organizado y tras unas breves órdenes, empezó a provocar al perro, que poco a poco se fue poniendo muy excitado. El animal no paraba de lamerle las manos e intentaba restregarse por sus piernas, pero ella no le dejaba para que fuese teniendo más ganas todavía. Así estuvo un rato hasta que Sultán ya cansado se tumbó entregado en el suelo junto a la cama. Entonces dijo que me acercara a él y que fuera haciendo todo lo que ella me dijera. Primero hizo que le tocase la cabeza y después que le acariciase el lomo hasta que el perro instintivamente se puso de espaldas con las patas para arriba. Entonces dijo que siguiera tocándole así, y que poco a poco me fuera acercando a su polla y a sus huevos. Según ella, lo primero que tenía que hacer era intentar sacársela de la funda y después mantenérsela tiesa, poniéndolo bien cachondo.

Para ello debía de apretarle en la parte de atrás, hasta que le saliese toda y así pudiese sacar su bola de acoplamiento. A partir de ahí, ella ya podría empezar a jugar conmigo. Quería que sintiera un placer nuevo que hasta entonces no había sentido. Yo seguí con lo mío y tras varios intentos conseguí sacársela fuera y hasta me atreví  a chupársela un poco. La tenía roja y llena de venitas y pude comprobar que estaba muy dura y caliente.

Después Lucía hizo que me quitara toda la ropa y me pusiera al borde de la cama. Entonces al ver que ya estaba muy mojada, metió sus dedos en mi coño y se los dio a oler a Sultán, el cual aún se animó más y con su instinto canino empezó a olerme y a chupar toda mi zona genital. Yo como en la otra ocasión separé mis labios vaginales con los dedos para que pudiera meter bien su lengua hasta lo más profundo de mi ser.

Aquella sensación era inmejorable, así que me eché hacia atrás y cerré los ojos. Entonces Lucía me preguntó si estaba dispuesta a sentir mucho más placer, y al decirle que sí, se llenó la mano de saliva y me untó todo el coño. Después tras ver que Sultán estaba preparado e inquieto, dio unas suaves palmaditas en la cama y sin más, lo hizo acercarse otra vez a mí. Luego hizo que me diera la vuelta y me pusiera a cuatro patas. Entonces el perro empezó a olerme como si de una perra se tratase y sentí enseguida sus patas delanteras sobre mi cintura. Me extrañé mucho al ver que le había puesto como unos patucos de bebé en las patas, pero ella me aclaró que era para que no me arañase con las uñas. Entonces me di cuenta de que estaba en manos de toda una profesional.

Ya subido sobre mí, Sultán empezó con sus embestidas, aunque nunca acertaba en mi coño y siempre chocaba contra mis nalgas, así que Lucía tuvo que ayudarle poniendo su polla justo en la entrada de mi mojada raja. Después lo dejó seguir con su empeño y así, de un empujón y sin ninguna delicadeza noté como me la iba metiendo hasta el fondo, sintiendo que la tenía ya muy grande y gorda. Además la notaba muy caliente. Así siguió un buen rato con su mete y saca convulsivo. Cuando se cansaba se bajaba y enseguida volvía a subirse otra vez. A veces de tanto ímpetu se le salía de mi coño pero mi amiga volvía a metérsela. Era estupendo, aunque a la vez doloroso al principio. Yo nunca había sentido ese placer tan raro. De vez en cuando sin querer, lo intentaba también por mi culo al estar tan cerca, pero por ahí le costaba más, y además a mí me hacía mucho más daño. Por lo que nos centramos solo en mi rajita.

Sultán estaba ya a punto, pero Lucía quería darme más. Así que le dio la vuelta al perro y cogió su polla por detrás entre sus patas, y a la vez a mí también me hizo girar y separando su cola y poniendo su mano detrás de la bola de acoplamiento que ya le había salido, me puso boca arriba con las piernas abiertas y empezó otra vez a meterme aquel trozo de carne caliente en mi coño.

Conforme se iba excitando el perro, su polla iba creciendo cada vez más y ahora la tenía ya más del doble que al empezar, siendo más grande que la de muchos hombres y mucho más dura y caliente. De eso me di cuenta cuando en sus embestidas iba notando como estaba chocando  ya contra el fondo de mi coño. A su vez no paraba de salirle un líquido viscoso de ella, el cual me iba sirviendo a mí de lubricante.

Como Lucía le tenía agarrado por la bola, no me podía abotonar, ya que si lo hubiera podido hacer deberíamos de haber pasado pegados los dos unos veinte minutos, que es el tiempo que suele pasar hasta que se le baja la erección y desaparece esa gran bola.

Sultán ya estaba listo y el final era inminente, así que traté de relajarme y tras unas últimas embestidas, noté como mi coño se inundaba de una gran cantidad de leche muy caliente que empezaba  hasta a salirse fuera en cada mete y saca que aún me seguía dando.

Después cuando lucía se la sacó, Sultán sin nadie decirle nada se fue a un rincón y allí tumbado se puso a lamer su polla hasta dejársela bien limpia. Después hizo lo mismo conmigo, lamiéndome el coño, el culo y todo el entorno de mis muslos. La verdad es que se portó como todo un campeón. Luego, lo abracé por todo el placer que me había dado y le di además un cariñoso beso  como trofeo.

Mi amiga me miró con cara de satisfacción y me dijo que ya estaba más tranquila al ver que me había hecho sentir una de las cosas que me faltaban por conocer, pero que mañana por la mañana, antes de irme al día siguiente, me haría descubrir según ella, el no va más del placer.

Así que con aquel pensamiento en mi cabeza tuve que ir pasando el resto del día. Mi sueño de aquella noche estuvo lleno de incertidumbre. Me desperté varias veces y hasta me levanté a por un vaso de leche caliente para intentar relajarme, y así ir pasando las horas.

Al día siguiente, al haberme dormido tarde, me costó levantarme aunque de eso ya se encargó Lucía, que fue la primera en hacerlo y vino a mi habitación y tras dar unos cuantos saltos encima de mi cama, me despertó y empezó a animarme para que me pusiera en pie.

Al hacerlo, después de ducharme y de desayunar nos vestimos y fuimos a hacer todo como cualquier otro día. Arreglamos la casa, nos fuimos a pasear y después nos acercamos al río a darnos un baño. Luego volvimos a casa y Lucía habló con su abuela. Ella le dijo que iba a preparar la comida ya que su abuelo estaría pronto de vuelta porque hoy se había ido más pronto que de costumbre. Y así fue. Al rato vimos que venía. Entonces mi amiga hizo que la siguiera y cuando íbamos hacia el establo cruzamos con su abuelo, el cual nos saludó y tras darnos un beso a cada una, continuó su camino hacia la casa.

Lucía al llegar cerró la puerta por dentro, cosa que no había hecho nunca, alegando que así no se nos escaparían los animales, aunque creo que por su mente rondaba otra idea muy diferente, la cual no quería decirme para intrigarme a tope. Luego me llevó al fondo del establo donde estaba nuestro buen amigo Duende. Se fue hacia un rincón y arrastró una especie de cajón largo y alto, en el cual había una vieja manta a rayas. Yo no intuía lo que intentaba hacer, aunque al hacerme acercar al caballo y coger mi mano sobre la suya, empecé a imaginarlo. Las llevó hasta su cabeza y después casi de golpe las puso sobre su lomo, el cual me hizo acariciar para que viera lo suave y latiente que estaba, y así tras unos suaves masajes, llevó nuestras manos hasta su tremenda polla negra y me hizo que se la fuera tocando hasta hacer que el caballo diera unos cuantos resoplidos y sacara por fin la punta de su polla. Después me dijo que le fuera sobando los huevos y así fue como pude ver cómo iba sacando cada vez más aquel trozo de barra de carne. Cuando ya tenía la mitad fuera aunque flácida, seguí  estirándole con cuidado hasta que logré sacársela casi toda. Entonces se le empezó a endurecer y aquella cabeza empezó a engordar y a crecer cada vez más. Entonces Lucía cogió el cajón y poniéndole la manta por encima, lo colocó debajo del lomo de Duende. El caballo era como bien había dicho muy dócil y obediente. Así que se dejaba hacer de todo. Luego hizo que me tumbara de espaldas al borde del cajón y con las piernas bien separadas y en alto. Entonces empezó a pajear al caballo con las dos manos llenas de saliva. Aquello mediría ya casi un metro de largo y no paraba de darse continuos golpes en el lomo debido a la erección.

Poco a poco , Lucía fue acercándomelo a mi raja y en un momento noté aquella gran cabezota gorda y caliente frotando y pinchando sin parar en la entrada de mi coño. El caballo agradecido iba soltando de vez en cuando unos relinchos junto a algunas gotas de leche, las cuales me servían a mí de lubricante, aunque por mucho que embestía, no conseguía nunca penetrarme. Aquella polla era inmensa y yo era casi una virgen ante aquella monstruosidad.

Fue entonces cuando Lucía me dijo que me relajara porque seguro que podía lograrlo. También me explicó que ella lo había intentado con éxito ya varias veces y que realmente me garantizaba que valía la pena el esfuerzo. Así que pensando más en el placer que podía llegar a sentir y no en el dolor, yo misma con mis manos fui metiéndome poco a poco cada centímetro de aquella gran polla. Primero metí  la cabeza y luego toda aquella barra de carne, hasta que noté que me tocaba ya en lo más profundo de mi ser. Al principio lancé unos gritos de dolor, pero después con el coño ya dilatado, se fueron convirtiendo en gemidos de placer. Además, el sentir mi coño repleto de carne en toda su extensión junto a los latidos de aquella inmensa polla, era maravilloso. Así que seguí con cuidado con aquel  mete y saca continuo hasta que el caballo no pudo más y empezó a dispararme ríos de leche. Yo notaba como todo mi cuerpo estaba lleno y era muy placentero sentir aquél líquido tan caliente dentro de mí. No tenía ni comparación con el semen de los hombres, ni con la leche de Sultán, ya que ésta era más líquida y a la vez mucho más abundante y caliente. Por eso la sentía cuando disparaba dentro de mí.

Después como pude, me la saqué del coño y esperé a que se me fuera cerrando poco a poco, ya que se me había quedado más abierto que nunca. Entonces me atreví a darle un beso en toda su negra cabezota como signo de agradecimiento, y le lamí con la lengua el resto de leche que le quedaba. Entonces una vez acabamos me vestí, y entre Lucía y yo, estuvimos adecentando todo aquello a la vez que fuimos quitando también el cajón para que su abuelo no notase nada raro. Luego nos marchamos para la casa y me estuve dando una buena ducha. Lo hice muy relajada, pensando en los días que había pasado en aquel cortijo, el cual sin tantas comodidades ni bullicio como en la gran ciudad, me había hecho pasar los mejores momentos de mi vida. Luego me arreglé y bajé al salón donde estaba esperándome mi amiga con algo para picar antes de ir a comer. Había preparado unos embutidos, una tabla de quesos y unas aceitunas de temporada, además de una botella de vino de la región. Así que nos sentamos las dos y sin mediar palabra nos miramos con cara de complicidad. Entonces le cogí una mano y tan solo se me ocurrió decirle…!gracias!...! gracias por todo!.

Y así transcurrió mi último día en aquella fabulosa tierra. Mañana tendría que partir hacia Barcelona y en pocos días volvería a mi rutina diaria de trabajo y a la vida de ciudad, donde la gran mayoría piensa que allí ya lo tienen todo y no les falta de nada, pero yo ahora sabía que sí les faltaba algo, y ése algo era…! Disfrutar de todo lo del campo y la naturaleza como yo lo había hecho durante este corto período de tiempo!...

Al día siguiente me dispuse a preparar la maleta ya que Lucía iba a acercarme hasta el pueblo para poder coger el coche de línea que me llevaría hasta la capital, y una vez allí tomar el tren hasta Barcelona. Luego tras desayunar todos juntos, me pasé por el establo para despedirme de los animales y en especial de Duende, al cual no iba a poder olvidar nunca. Le estuve diciendo unas cuantas cosas en voz baja en su oreja y después le di un terrón de azúcar y un cariñoso beso en su frente. Luego estuve hablando con sus abuelos, a los cuales agradecí la gran hospitalidad y cariño que me habían dado esos días. Lucía y yo quisimos dar una pequeña vuelta para poder hablar de todo lo ocurrido y comentar lo morena que me había puesto en ese tiempo. Entonces acordamos que todo lo que habíamos pasado allí sería otro secreto más entre nosotras y que teníamos que intentar volver a repetirlo en alguna otra ocasión. Ella me dijo también que en cuanto pudiese haría una escapada a Barcelona para vernos y hablar de nuestras cosas. Y así, llegó la hora de partir hacia el pueblo, no sin antes despedirme de mi fiel amigo Sultán, al cual iba a echar mucho de menos.

Una vez llegamos, el coche de línea ya estaba allí, así que empecé a despedirme de Lucía y en ése preciso instante llegó Carlos que según me dijo, no quiso que me fuera sin despedirse de mí. Y así ya los tres juntos, nos abrazamos y nos besamos, notando que a partir de ahora íbamos a estar más unidos que nunca.

Y hasta aquí la historia vivida en aquella desconocida y bella tierra, a la cual espero volver muy pronto para seguir disfrutando de toda su naturaleza y de todos sus animales.

FIN


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