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Fecha: 16-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Parodias

Harry Potter y la ruta de Eros XIX

Stonentaller
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 48 min. ]
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Harry, harto del ambiente que se ha creado en Hogwarts, decide tomar medidas drásticas para dar solución a la injusticia. En la Madriguera, Hermione descubrirá nuevos datos que harán que vea de manera distinta a los Weasley. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

 ¡Bienvenid@s al decimonoveno relato sobre la historia de Harry Potter y la ruta de Eros!

 

¡Gracias! Gracias, gracias, gracias y gracias. ¿Por dónde empiezo a contarte lo mucho que aprecio lo que ha supuesto la última parte que había subido? Ya venía de atrás, pero la cantidad de comentarios e e-mails de apoyo que me han llegado desde entonces ha sido tremenda. Desde la constancia de lalo, que siempre está ahí con cada relato, a los sesudos análisis de Gargallu, atento a todo detalle y desvariando por momentos; pasando por esas aclaraciones y fidelidad de Xsy, todavía aquí dándome fuerzas. Sir, tus ánimos son impagables, y espero que disfrutes de cierta escena en este.

Han llegado nuev@ lector@s que han devorado esta serie en cuestión de horas. Alejandra ha debido odiarme por lo que he tardado, Nalgueador se ha encandilado con cada parte, Ion releyendo para destacar hasta el más mínimo fallo y Mireia demostrando su pasión con sus mensajes.  Qué decir de Nokomi, que me ha ayudado un montón con ciertos temas, o Draco, que es otra persona con algo que decirme de prácticamente todos los relatos. Lucas ha sido una de las últimas personas que me han pedido que siguiera, junto con otras que me han escrito palabras fantásticas pero no sé si les gustaría que las nombrase aquí. Por supuesto, otras personas que me han apoyado muchísimo no han podido escribirme en el último relato por distintas razones, pero os tengo tan en cuenta como a cada uno de los que he nombrado, faltaría más. Y si me he olvidado de alguien, por supuesto que me dé un tirón de orejas por mensaje, desde luego no ha sido intencionado.

A todos os pido disculpas por la tardanza. No ha sido nada fácil encontrar las horas para escribir, pero si lo he hecho ha sido gracias a vuestra paciencia, vuestros increíbles mensajes y vuestras valoraciones, que han llevado las últimas partes a lugares que no esperaba. De nuevo gracias por leer, por escribirme, por puntuar y por seguir ahí. ¡Esto no ha acabado, y sólo puedo prometeros que intentaré que lo que está por venir sea lo mejor!

¡Uf, casi me quedo sin aire! ¿A quién se le ocurre escribir semejante parrafada en lugar de permitirte leer de una vez este relato que se ha hecho de esperar? Da igual, no hay tiempo para más. ¡Que siga la aventura!

 

 

       29. Imprudencia

 

  • Potter, si me está ocultando algo, lo sabré tarde o temprano.

  • Profesora, de verdad que no tiene ninguna explicación. No estaba haciendo nada, simplemente... ocurrió.

 

Habían pasado varios días desde el incidente de la clase de Transformaciones, pero la conversación que había tenido con McGonagall a la salida se le había grabado en la mente.

 

  • Este curso nada está saliendo según lo previsto -dijo Minerva, como si hablase consigo misma y no con el propio Harry-. El comportamiento de los alumnos, los rumores que llegan al castillo, los intercambios y todas esas reuniones... Parece que a nadie le importa lo que está ocurriendo aquí.

 

Harry nunca había visto tan abatida a la jefa de Gryffindor. En su cara sólo veía preocupación, y parecía tan débil en esos momentos que el mago llegó a sentir auténtica pena por su profesora.

 

  • Si hay algo en lo que pueda ayudar dígamelo, señora... -se ofreció Harry.

  • Potter, ¿puede contarme de nuevo la versión de la señorita Granger sobre lo ocurrido con Malfoy en la biblioteca? -respondió ella, sin hacer caso de lo que había dicho su alumno.

 

Harry accedió a la petición ispofacto, diciéndole con pelos y señales todo lo que había llegado a sus oídos sobre aquel tema. Cuando acabó de explicárselo, Minerva parecía todavía más aturdida.

 

  • Pot... Harry -dijo esta vez la profesora, signo de que realmente le preocupaba lo que pudieroa ocurrirle-. Es inútil que te vuelva a decir que dejes de meter las narices donde no te llaman, pero por favor, prométeme que no vas a perder de vista para qué estamos aquí. Lo que hoy nos parece dulce puede llegar a ser muy amargo, y hasta el mago más inteligente puede confundirse.

 

 

Harry había hecho la promesa más bien por tranquilizarla, sin saber muy bien a qué se refería realmente la profesora. Desde entonces no paraba de darle vueltas a lo que estaba ocurriendo. ¿Sería el sermón de McGonagall una perla de lucidez o simple palabrería moralista? Supuso que no tardaría demasiado en descubrirlo por sí mismo.

 

Sin embargo, otras cuestiones más importantes ocupaban su día a día. No sólo las clases se hacían cada vez más largas y complicadas. Sin la ayuda de Hermione tardaba muchas más horas en acabar los trabajos y eso le quitaba tiempo para pensar en el quidditch, en los recuerdos que trataba de recuperar con Tonks o en cómo ayudar a su mejor amiga. El nivel de su contribución a las clases estaba descendiendo a pasos agigantados, como varios de sus profesores le hicieron notar enseguida, y lo peor es que cada vez le importaba menos.

 

Si algo bueno había traído la expulsión de Hermione era la recuperación de la unión que siempre había tenido con Ron. Volvían a ser inseparables y reían todo lo que podían de los asuntos de su vida cotidiana hasta que, sin quererlo, los dos pensaban en lo raro que era hacerlo sin la morena y se apagaba su felicidad. La contraparte de ello era ver la constante tristeza en los ojos de su amigo, así como en los de Ginny, que por alguna razón parecía molesta con ellos y se pasaba la mayor parte del tiempo a solas sin acercarse a pesar de encontrárselos en la Sala Común o en el Gran Comedor. A Harry le dolía tanto todo lo que sucedía que no era capaz de expresarlo, y ni siquiera eran capaces de hablar con Hermione a través de los espejos, que parecían empeñarse en no funcionar, lo que le frustraba incluso más, si cabe.

 

Por si no fuera suficiente con los problemas que le había causado la marcha de Hermione, el libro rojo parecía negarse a darle las instrucciones de su próxima prueba, a pesar de que lo abría cada día e intentaba de mil maneras hacerlo reaccionar. Ahora llevaba cerca de media hora lanzando distintos hechizos y recitando frases que sonaban estúpidas en sus labios, todo ello sin ninguna rspuesta. Estaba harto, y antes de estallar decidió irse a los jardines, en los que apenas había gente aquella fría tarde otoñal.

 

Con todo eso en la cabeza, Harry apenas sabía a dónde se dirigía mientras vagaba por la impresionante extensión de los dominios de Hogwarts. Cuando se acercó al lago se quedó un largo rato viendo el cielo gris reflejándose en las tranquilas aguas, de las que en ocasiones salían algunas burbujas. El silencio le permitió pensar con mayor claridad hasta llegar a una conclusión: lo más importante era conseguir que Hermione volviese. "Eso lo resolverá todo", se dijo a sí mismo para intentar autoconvencerse. "¿Pero cómo?".

 

Harry se tumbó en una zona aislada, donde años atrás había ayudado a Neville a recoger unas plantas para Herbología, y cerró los ojos. Sólo había dos personas más implicadas en lo de la Sección Prohibida, y no parecía que Malfoy fuese a despertar pronto. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Era desesperado, y se había jurado no volver a hacerlo tras lo que había ocurrido con Dennis Creevey, pero no tenía alternativa.

 

Temblando de miedo por las consecuencias que aquello podía traer, Harry vació su mente y pensó únicamente en Gabrielle durante varios minutos. Si trataba de esconderse, eso se le iba a acabar enseguida. Había cosas mucho más importantes en ese momento que su privacidad, y no iba a tener mucho más respeto por una mentirosa como ella. Finalmente, la ya conocida espiral de caras y sonidos le envolvió hasta que, con el cerebro aturdido y un fuerte golpe, se detuvo en la parte superior de un techo abovedado. Desde su alta posición pudo contemplar como si de una imagen fija se tratase, a un grupo de personas reunidas en una sala mal iluminada de techos altos y vidrieras imponentes que representaban antiguas batallas entre magos y seres que Harry jamás había visto.

 

Un rayo iluminó la sala y Gabrielle dio un respingo. Harry sintió cómo se le erizaba el vello de todo el cuerpo. La luz, eso sí, permitió que distinguiese a algunas de las personas que estaban abajo, y pudo verlas mejor cuando Gabrielle se acercó sibilinamente a los presentes, con movimientos sorprendentemente ágiles que la hicieron descender en un momento varios metros.

 

En uno de los laterales y con aparente tranquilidad se sentaba Albus Dumbledore, que escuchaba con atención el largo discurso de una bruja pequeña y de aspecto severo que Harry no conocía ni entendía. A unos metros, escoltada entre dos magos de aspecto imponente, Olympe Maxime estaba de pie, como la mayoría de sus compañeros. Llevaba puesto un vestido de gala que a Harry no le pareció nada apropiado para una ocasión tan aparentemente solemne. Era de un color rojo oscuro bastante llamativo, y se ceñía a su figura mostrando su extraña combinación de delgadez y voluptuosidad que Harry había tenido el placer de conocer más a fondo. El vestido estaba rematado con un amplísimo y apretado escote que permitía ver la mitad de los ya de por sí titánicos pechos de la directora, abultando todavía más de lo habitual gracias a un corsé oscuro que los mantenía a una altura irreal.

 

Cuando el mago que se sentaba enfrente de la directora francesa comenzó a hablar, Harry entendió la utilidad de ese atuendo. El hombre, en una lengua que apenas pudo distinguir, titubeaba y dirigía constantes miradas indiscretas a la francesa sin acabar su discurso, que Harry no podía entender pero que parecía claramente interrumpido por los deseos del interlocutor.

 

Un mago negro, muy delgado y que, salvo a Maxime, superaba en altura a todos los demás, comenzó a hablar a continuación. Harry no lo entendía, pero todos los demás no parecían tener problemas para hacerlo. Al parecer, discurrió Harry al fin, cada uno hablaba en su idioma materno.

 

  • ¡Estamos hartas! Como directora del Instituto de las Brujas de Salem, me niego a seguir escuchando estas barbaridades -saltó entonces otra bruja menuda, de pelo rubio y voz chillona-. ¿Os estáis escuchando? No merece la pena continuar con esta discusión sin sentido.

 

"Por fin entiendo algo", pensó Harry, hasta que hablaron a la vez, interrumpiéndose y gritando cada vez más, dos brujas de rasgos asiáticos que tampoco parecían compartir idioma pero sí su desprecio por la otra directora.

 

Hasta ese momento no había pensado en qué hacía Gabrielle en aquella reunión y cómo había llegado a esconderse en las alturas. Trató de imaginar una explicación, pero pronto los acontecimientos de la sala le sacaron de su ensimismamiento.

 

Maxime hablaba en francés tan acalorada como sus compañeras y con cierto tono de reprimenda, que no bajó ni cuando se dirigió directamente a Dumbledore. Sus brazos se movían de un lado a otro conforme la bruja explicaba su punto de vista con voz seria y segura. Continuó gesticulando y dando el discurso en su idioma hasta que, aparentemente satisfecha, se quedó al fin parada.

 

El director de Hogwarts aguardó pacientemente a que la bruja francesa terminase y, pasando la vista por el resto de personas en un rápido escrutinio, al fin se levantó. Ya erguido, su semblante impuso el silencio en la sala. Hasta ese punto llegaba el respeto que infundía el anciano director de Hogwarts.

 

  • Queridas directoras y directores -empezó Dumbledore solemnemente-. Sé que esta no es una cuestión sencilla, y también sé que todos hemos hecho sacrificios inimaginables. Sus acaloradas palabras sin duda lo han demostrado. Conocen mejor que yo la amenaza que Voldemort representa en estos momentos para nuestra comunidad. Por ello , les pido un nuevo esfuerzo. La vida de muchas personas depende de ustedes y de nuestra unión. El poder que ya ha conseguido nuestro enemigo es suficiente para desatar una guerra mágica, bien lo saben -se detuvo, haciendo contener el aliento a todos los presentes-. En sus manos está conseguir que eso no suceda.

 

Una vez terminado el discurso, la sala quedó de nuevo en silencio. Dumbledore, con una mueca que parecía una sonrisa, ontempló unos instantes la reacción de sus colegas. Levantó entonces la mirada y la dirigió directamente al lugar en el que se encontraba Gabrielle. Harry vio cómo lo envolvían sus profundos y amables ojos azules durante un segundo y tras ello una espiral de oscuridad le devolvió de nuevo a Hogwarts.

 

 

Harry abrió los ojos y vio los rayos de luz traspasando las hojas del árbol bajo el que se cobijaba, pero se asustó al ver que respiraba con dificultad, como si le estuviesen aprisionando los pulmones. Cuando bajó la mirada conoció el origen de la presión. Tenía completamente apoyada en su pecho y en sus piernas a una chica rubia y delgada. Sus rizos eran inconfundibles.

 

  • ¿Luna? -dijo Harry.

 

No obtuvo ninguna respuesta. El dedo índice de una de sus manos tocó entonces con cautela a la chica, como comprobando si presentaba algún signo vital. Como no le ofreció ninguna reacción, pasó a zarandearla por lo hombros. Toda la respuesta fue un gruñido seguido de respiraciones profundas. "Al menos sólo está dormida", pensó Harry resignado, cerrando él mismo los ojos para disfrutar de la brisa que le despejaba golpeando su cara.

 

Trató de pensar en lo que acababa de ver. Dumbledore, como siempre, se había enterado al menos de la posición de Gabrielle, e intuía que sin duda sabía aún más. No era capaz de pillarle por sorpresa, y el querido director parecía siempre un paso por delante del resto, para alivio de Harry. Por lo demás, ya conocía, a duras penas, la amenaza de Voldemort, pero no su origen. Las noticias de ataques llegaban cada vez más frecuentemente al castillo, y aunque nadie lograba relacionarlo con el mago oscuro, Harry estaba seguro de que estaba detrás de todos ellos.

 

Ninguna idea clara pasó por su mente, que estaba ocupada, como de costumbre, por necesidades más mundanas. Resignado, vio cómo sus manos se posaban entonces en la parte baja de la espalda de Luna. Comprobó que no se había despertado antes de seguir haciéndolas descender.

 

El culo de Luna era tan firme como recordaba. Sus nalgas apenas cedían ante la presión de sus dedos. Con delicadeza, y el atrevimiento que sólo le permitía su nublada mente, subió la falda de la bruja hasta dejar su trasero al aire libre. Se incorporó ligeramente para comprobar cómo un tanga negro dividía el precioso culo de su amiga.

 

Con una erección considerable ya en sus pantalones, Harry acarició las piernas de Luna y apretó su sexo contra ella, agarrando sus dos nalgas con creciente fuerza. Los primeros dedos que se internaron por los muslos de la bruja llegaron hasta su blando objetivo y lo tocaron despacio hasta que notaron una ligera lubricación.

 

En ese momento, todo se desvaneció a su alrededor, y Harry intentó gritar sin suerte en la oscuridad que le envolvía hasta que chocó contra un colchón ya conocido, volviendo a la realidad.

 

  • ¡Ja! ¡Te has asustado! -escuchó decir entonces a Luna, que se había sentado encima suya sacándole la lengua y haciendo el signo de victoria con dos dedos de una mano.

  • Luna, ¿q-qué ha sido eso? ¿Estamos en...? -se detuvo Harry cuando la chica le puso un dedo en la boca.

 

La rubia se levantó, bajó de la cama y abrió una de las cortinas que los rodeaban. Tras un minuto de exploración por los alrededores, volvió sonriente.

 

  • Nos he transportado a la enfermería gracias a la aparición -respondió enorgullecida mientras se volvía a subir encima del mago con dificultad-. Aquí no nos molestará nadie. Han trasladado a Draco a San Mungo y no he visto a Pomfrey.

  • ¿Molestar...? ¡¿Qué?! ¿Cómo te has aparecido en el castillo? -preguntó Harry sorprendido-. Se supone que no se puede. Hay hechizos que lo protegen, controles coti...

  • Lo sé. Es genial poder hacerlo, ¿verdad? Simplemente probé y... -paró entonces, frunciendo la nariz-. Bueno, pues vamos.

  • ¿Vamos? ¿Vamos a qué?

 

Luna no respondió inmediatamente, sino que se deshizo primero de los recogedores que llevaba sujetando su pelo y empezó a frotarse contra él.

 

  • Querías echarme un polvo, ¿no?

 

Vaya que si quería. Tras la marcha de Hermione, no había tenido acción con ninguna otra chica y sus noches se acortaban más cada día por culpa de su deseo. Antes de darse cuenta, Harry se incorporó, agarró la cabeza de Luna y la besó con unas ganas desmedidas. Sus lenguas se encontraron pronto a través de sus labios insaciables, mientras sus sexos bailaban entre sus piernas dándose calor mutuamente.

 

Harry gozó de los labios de su amiga con tanta pasión como cariño mientras acariciaba su espalda, liberada ya del jersey de Hogwarts y con la camisa a punto de seguir el mismo camino. Luna también tocaba cada parte de su pecho, sus abdominales ligeramente marcados y su culo aprisionado entre los pantalones.

 

La erección ya era completa cuando Luna se incorporó, le desabrochó la camisa y, con las manos apoyadas en su duro pecho, se frotó contra su polla hasta correrse con tres leves espasmos y un gemido de placer inusitado. La bruja arqueó la espalda unos segundos hasta que volvió a los labios de Harry con una sonrisa y le besó apasionadamente con su gélida lengua en agradecimiento.

 

Harry sintió en su propia lengua el sabor de Luna tras correrse una vez que su amiga se sentó sobre su cabeza dándole la espalda. Empezó a lamer el sexo de Luna justo cuando ella, bajando la cremallera de los pantalones de Harry, sacó de los pantalones su rabo y le chupó el glande como aperitivo.

 

La maestría que Luna había demostrado anteriormente con sus mamadas se vio confirmada en esta nueva posición. La lengua de la bruja tocaba de esta manera zonas más sensibles y parecía resultarle todavía más fácil tragarse la polla de Harry por completo.

 

Desde su posición, el mago podía ver lo exageradamente grande que parecía su pene al lado de la cabeza de Luna, y sin embargo toda aquella carne desaparecía lentamente entre los labios de la chica como por arte de magia una y otra y otra vez.

 

Pero Harry tenía su propio trabajo. No sólo debía evitar no correrse ante la manífica felación de Luna, sino que debía devolverle el favor con un cunnilingus a la altura. Su lengua contribuyó a lubricar el ya humedecido sexo de su amiga. El clítoris recibió la mayor parte de la atención, con tímidos acercamientos al principio de lado a lado y pasando después a describir círculos a su alrededor, lamiendo los labios a la vez que presionaba su zona más sensible.

 

Cuando Luna aumentó el ritmo con el que se la chupaba y Harry notó la lengua de la chica recorriendo cada centímetro de su erección, agarró su culo con fuerza y pasó a chuparle el coño con mayor intensidad y a meter su lengua dentro de él. Los intensos gemidos de su amiga le animaron y siguió poniéndola tan cachonda que la mamada de Luna pasó a ser apoteósica, tragándose toda la polla y sacándola de nuevo para repetir una y otra vez a un ritmo vertiginoso. Harry, a punto de desmayarse de placer, al fin se corrió en su boca, con los labios de la rubia en la base de su durísimo aparato, que apagaba los gemidos de placer de Luna.

 

La cabeza de Harry empezó entonces a dar vueltas y perdió la concentración en lo que estaba ocurriendo. No sintió nada durante lo que le parecieron unos segundos. Cuando volvió en sí, Luna estaba hablándole como si nada. Los dos estaban ya desnudos y las tetas de la rubia botaban coordinadamente dando un genial espectáculo a Harry, acompañado del estrecho agujero de su amiga, que recibía encantada su rabo mientras lo cabalgaba.

 

  • ... así que entiendo que Hermione haya hecho eso. No la puedo culpar -dijo Luna, metiéndose un dedo en la boca y chupándolo simulando que se trataba de un rabo-. Ya te dije que debías leer más El Quisquilloso. Me pregunto cuál será vuestra próxima prueba.

  • ¿D-de qué estábamos... ah... hablando, Luna? -¿le había contado mientras estaba inconsciente lo ocurrido con los libros?

  • ¡Oh! ¿Te estoy haciendo perder la memoria a corto plazo? -rio Luna antes de empezar a follárselo a lo bestia.

 

Harry temblaba de placer, incapaz de hablar, mientras Luna lo montaba a voluntad y con un ritmo vertiginoso. Se agarró a sus tetas, a su culo y a su cadera sin decidirse mientras todo su rabo penetraba a aquella excéntrica chica.

 

  • Lo que no entiendo es por qué no te follas más a Ginny -inquirió la rubia sin parar de darle placer a Harry con continuos movimientos de cadera.

  • Es... es c-complicado -respondió Harry acompañando ahora los botes de Luna.

 

La bruja miró hacia abajo un momento y respondió, confundida:

 

  • No veo que te cueste nada follarme a mí. No te vayas a enamorar, ¡eh!

 

Como siempre, Luna tenía razón, pero no iba a demostrárselo. Harry la atrajó hacia él. Le dio otro beso y le azotó el culo un par de veces entre las divertidas risas de la chica. Tras hacerlo, sin embargo, el mago distinguió unos ojos a través de la cortina. La señora Pomfrey, colorada, estaba viendo el espectáculo escondida.

 

Imaginando lo que la enfermera estaba haciendo y con un atrevimiento que hasta ese curso nunca habría imaginado tener, Harry decidió hacerlo más interesante. Sacó su polla de Luna, que se quejó con varios gruñidos, y mostró a la señora Pomfrey su grandísimo pene mientras lo pajeaba para ella, ayudado por los fluidos compartidos de Luna y los suyos propios.

 

Con la vista fija en su aparato, la enfermera siguió en su fallido escondite aumentando su calor hasta que Harry se levantó y puso a Luna con la cabeza dirigida a otra cortina y con el culo en pompa sobre la cama. Pomfrey vio a su habitual paciente con los ojos fijos en ella justo después, pero sólo hizo un poco creíble amago de apartarse, y decidió definitivamente quedarse cuando el culo de Luna empezó a ceder ante la penetración de su hombre.

 

Harry trató a Luna con más cariño que la última vez al principio, mientras veía a la señora Pomfrey temblando y con la boca semiabierta. Su enorme polla hacía gemir a su amiga abriéndose paso en su estrecho agujero y estimulaba la necesitada imaginación de la enfermera. Luna se giró en varias ocasiones para besarle y ayudaba con sus propias manos a abrir el camino de sus nalgas ante la lenta penetración del mago más famoso del mundo. Sin embargo, conforme pasaban los minutos y se iban acostumbrando, el cariño fue dando paso al deseo de más y el sexo pasó a ser salvaje.

 

Luna acompañaba las embestidas de Harry con su cadera y le pedía entre insultos que le follase el culo más duro. El mago gozaba como si fuera la última vez de aquel estrecho túnel. Era imposible metérsela entera, como su amiga le pedía, y aún más cuando su pene se hinchaba escuchando las guarradas que decía Luna. Según ella, ese culo era suyo. Ningún hombre había probado desde la primera vez con él aquella magnífica entrada.

 

Enteramente concentrado en dar placer a Luna y a sí mismo, Harry se olvidó de la señora Pomfrey hasta que escuchó sus gemidos apagados. Cuando vio hacia la cortina, ya no había nadie.

 

  • Nunca soy capaz de recordar lo bien que se siente tu polla en mi culo cuando me masturbo en la habitación -dijo Luna entre gemidos, acariciándose el clítoris.

  • Quizá... debamos hacerlo más... a menudo -respondió Harry con la voz entrecortada por las embestidas contra aquella estrecha cavidad-. Soy el único al que le entregas este manjar, después de todo. Me pregunto lo que harás con los demás.

 

Luna no respondió enseguida, sino que dejó escapar unos gritos antes de decir nada, con su culo en constante movimiento sobre aquella grandísima vara erecta.

 

  • Nada que no conozcas, Harry -dijo al fin, besándole-. Ni se te ocurra ponerte celoso porque me folle a tus compañeros.

 

Con una sonrisa que sonaba a reto, Luna vio cómo Harry se lo tomaba a pecho y, entre risas, la azotaba y aumentaba todavía más el ritmo agarrándole la melena rubia para ayudarse a darle bien duro a su deliciosa amiga.

 

Muertos de placer, sudados y complacidos hasta la extenuación, Luna y Harry se dejaron ir al fin con las últimas internadas mientras se besaban, mezclando gemidos, corridas y adulaciones.

 

 

  • ¡Qué divertido! -dijo Luna mientras le ponía los pantalones a Harry, colocando adecuadamente su grandísimo paquete todavía semierecto-. Avísame cuando quieras volver a metérmela, o si necesitas ayuda con la pruebas.

  • Claro, Luna. Yo... -dudó Harry, sin encontrar las palabras pero lleno de esperanza-. Eres genial.

 

Luna le sonrió mostrándole su perfecta dentadura y se despidió rápidamente para irse con un movimiento ágil, deslizándose por el impoluto suelo de la enfermería con una nueva melodía saliendo de sus labios.

 

 

Cuando volvió a la habitación, Harry todavía estaba medio aturdido por los continuos viajes que su mente y su cuerpo habían sufrido. Esa es la razón de que no reparase hasta pasado un minuto en el libro que, con un cierto brillo, yacía abierto sobre su cama. Comprobó que, como se temía, se trataba del libro rojo que tanto se había hecho de rogar y rápidamente asimiló sus instrucciones. "¿Tercera...?", se preguntó, antes de leer de nuevo las palabras que le dedicaba.

 

 

"Un espectáculo fenomenal, no cabe duda. Joven mago, has demostrado tu competencia para esta aventura.

 

Tu tercera prueba -una nimiedad, no temas- busca un lugar y una fecha. Requiere de la resolución de un Caronte del deseo, ninguna labor más frugal que la del mensajero.

 

Cuando la necesidad apremia, la lucha interna se revela fiera. Tu destino es claro. Has de liberar a la bestia."

 

 

 

         29. Confidencias

  • He oído que el Wizengamot pretende reunirse esta tarde, y lo más probable según esas informaciones es que decidan adelantar el juicio lo máximo posible.

  • Eso al menos nos deja tres semanas de margen -puntualizó Percy, corroborando puntualmente la información de su padre.

  • ¿Qué debería hacer? No tengo nada más que mi palabra para defenderme.

  • No te preocupes, Hermione -respondió Arthur con voz pausada-. El lunes vendrás con nosotros y hablaremos ucon Kingsley. Los aurores saben mucho más que nosotros sobre lo que está ocurriendo, y no tienen ninguna duda de tu inocencia.

 

Hermione asintió brevemente sin mucha confianza, y devolvió su atención al pudding de manzana que Molly les había preparado esa mañana, en la que desayunaban juntos, algo poco habitual. El resto de la familia cambió de tema para evitarle mayores tormentos. Cuando levantó la cabeza, se encontró con la mirada cómplice de la señora Weasley, lo que le provocó mayor vergüenza tras los últimos acontecimientos. Por suerte, a nadie le dio tiempo a notar cómo se ponía colorada gracias los gemelos.

 

  • ¡Qué cara más triste tiene esta chica, Fred!

  • Es cierto, George. Deberíamos arreglarlo, ¿no crees?

  • Sin duda. ¿Quizá unas flores? ¿Cómo lo ves? -repuso Fred, haciendo aparecer un ramo en su mano que su hermano prendió en llamas con un soplido.

  • Estás anclado en el pasado, hermano. ¿No conoces lo último para levantar el ánimo? -repuso George, presionando un pequeño cojín.

 

Acto seguido, las dos sillas de los gemelos aumentaron el tamaño de sus patas y los elevaron hasta el techo, contra el que ambos chocaron, cayendo noqueados sobre la mesa. La señora Weasley estaba gritándoles pero Hermione no la escuchaba. Se estaba partiendo de risa y aplaudiendo el gesto de los chicos, que tanto necesitaba en esos momentos.

 

 

Una vez acabado su desayuno, los gemelos subieron a cambiarse a su habitación. Cuando volvieron, Hermione se quedó prendada con lo bien que les sentaban las túnicas esmeralda que habían elegido para aquel día. Los siguió atentamente con la mirada mientras se reunían con Percy y Arthur ante la chimenea.

 

La señora Weasley dio un beso a su marido y a sus hijos, les colocó bien el cuello de la camisa a cada uno de ellos y finalmente, dándoles el visto bueno, les permitió utilizar los polvos flu. Se despidieron de los chicos y Hermione no pudo evitar fijarse en que, justo antes de desaparecer, George le echaba un vistazo de arriba abajo con una mirada que indicaba mucho interés.

 

  • Por fin estamos solas en casa -dijo la señora Weasley con una sonrisa cuando todos se fueron-. Dame un segundo para recoger la cocina y te enseño nuestro pequeño secreto, ¿vale? -acabó, pellizcándole la mejilla de forma cariñosa.

  • Sí, claro -se limitó a responder Hermione, dubitativa.

 

Mientras Molly hacía levitar los platos hacia una tina llena de agua, Hermione terminó de colgar la ropa recién lavada. Entre vestidos, túnicas y sujetadores destacaban algunas piezas de ropa interior de los chicos que aprovechó para ver sin disimulo, imaginándose lo que cubrían habitualmente, para mayor estímulo de su mente. La mano de Molly la sacó de su ensimismamiento y la obligó a girarse.

 

  • Vamos cariño. No necesitas esto -le dijo la señora Weasley, indicándole que la siguiera-. Tienes que tratar de vaciar tu mente un poco, no te va a servir de nada toda esa preocupación.

 

Haciéndole caso, la acompañó escaleras arriba, con pequeñas paradas en las que Molly se aseguraba de que todo estaba en orden en una habitación o veía distraídamente por la ventana. La falda de la señora Weasley mostraba mientras ascendían gran parte de sus piernas y el interior de sus muslos. Hermione iba pensando en cómo se mantendría tan bien a su edad y tras tantos embarazos cuando se detuvieron ante la puerta de la habitación de matrimonio.

 

La señora Weasley entró y colgó el mandil en su armario tras quitárselo. Al ver que Hermione seguía en la puerta, se sentó en la cama y dio varios golpes al colchón indicándole que la imitara.

 

  • ¿Q-qué es lo que quería enseñarme, señora Weasley? -preguntó, temblorosa, mientras se acercaba con cautela a la cama.

  • ¡Oh! Tranquila cariño, todo a su tiempo. Siempre ayuda tener una conversación entre mujeres -le respondio ella riendo, y agarrándole una mano para que se sentase-. ¡Vamos, que no te va a comer!

 

Hermione se posó al fin y sintió cómo el colchón, muy dado de sí, cedía ante el peso de su culo. Sentada sin saber muy bien por qué en la cama de los padres de su novio, se limitó a agarrarse las rodillas viendo de reojo la blusa amarilla que se ceñía al cuerpo de la exhuberante señora Weasley.

 

  • Bueno -empezó Molly, posando una mano en la pierna de Hermione-. Así que se te está haciendo duro estar aquí, ¿no?

  • N-no señora Weasley, me están tratando mucho mejor de lo que me merezco. Es sólo la preocupación por este estúpido asunto. Por más que le doy vueltas, no consigo entender nada.

  • Lo sé, lo sé. De nada sirve que te tortures ahora por ello. En el Ministerio te sacarán de dudas -respondió Molly, mientras levantaba la mano que había puesto en la pierna de la joven, como entendiendo su incomodidad-. Por otro lado, me preocupas. Lo que vi el otro día...

  • ¡Por Merlín, lo siento mucho! -respondió, ruborizada, recordando cómo la había pillado masturbándose en la cama de Ginny-. Le juro que no volverá a ocurrir.

 

Hermione enrojeció como un tomate pero Molly se limitó a reírse, y le agarró con cariño un brazo antes de responder.

 

  • Claro que va a volver a ocurrir. No te avergüences, cariño. Debí haber llamado antes de entrar. Soy yo quien debe pedir perdón -sus miradas se cruzaron, y sólo parecía haber sinceridad en sus ojos-. Tiene que ser duro estar tanto tiempo lejos de Ronald. Si te sirve de algo, a pesar de tener aquí a Arthur, últimamente no puedo resistir la tentación de mis momentos a solas -decirlo pareció una liberación para ella y no pudo evitar una risa nerviosa.

  • ¿De verdad? ¿No disfruta con...?

  • Desde luego que disfruto con Arthur -rio Molly poniendo los ojos en blanco-, pero más o menos desde que has vuelto no me llega con sus... "posibilidades". Siempre necesito más, y él no puede dedicarse constantemente a mí. ¡Parece que has traído el calor a esta casa!

 

Hermione sonrió ante la broma, a pesar de que sabía que probablemente era más cierto de lo que Molly podría pensar. Bajó la mirada un instante, sin saber qué decir, y se sorprendió con dos pequeños picos que sobresalían de la blusa de la pelirroja en el territorio dominado por sus pezones. La mujer siguió hablando, con la mirada perdida en la pared y ajena a todo lo demás.

 

  • ¿Sabes una cosa? Estaba segura de que mi pequeño Ronald y tú acabaríais juntos, de una manera o de otra. El verano del último Mundial de Quidditch lo supe. Incluso se lo dije a mi marido -añadió.

  • ¿Qué le hacía pensar eso? -respondió Hermione, intrigada.

  • Que es un Weasley -repuso Molly, con una risa nostálgica.

 

Hermione se quedó como estaba, no era una respuesta muy aclaratoria. La señora Weasley se había ruborizado. Vio la cara de Hermione, que no comprendía, y le dio otra pista colocándose las manos bajo los pechos y elevándolos repetidas veces ante su atenta mirada.

 

  • Arthur se vuelve loco por mis tetas, no exagero. Cuando apareciste ese verano con varias tallas más de sujetador, sabía que mi hijo haría todo lo posible por seguir los pasos de su padre.

  • No es que sea algo precisamente raro -rio ahora Hermione, entendiendo y más cómoda-. Las reacciones de los chicos en Hogwarts van siempre por el mismo camino.

  • Tienes razón, claro. Te sorprenderá qué clase de magos caen ante este embrujo tan poderoso. Ninguno se salva, de verdad -dijo risueña Molly, dándose importancia-. Simplemente me parece que en Arthur va más allá. Y, sinceramente, yo misma adoro los pechos enormes -acabó, todavía tocándose uno de ellos y pasando los ojos por los de Hermione, que estaban cubiertos por un polo blanco que transparentaba su amplio sostén.

  • Eso ha sonado como si tuviera algún secreto que contar -dijo entonces Hermione, dándole un pequeño empujón en el hombro-. ¿Quién ha caído presa de sus artes?

  • ¿Tienes una semana para que te los enumere? -bromeó Molly-. Cuando tenía más o menos la misma edad que tú en el Mundial, estas pequeñas alcanzaron un gran tamaño, aunque no tanto como las tuyas. Desde entonces he sido el centro de atención- siguió, con cierta vanidad-. No te puedo dar más datos, pero te aseguro que magos muy respetados han perdido la dignidad entre ellas, y me he librado de muchos problemas utilizando estas armas -de nuevo se las agarró y las sacudió un par de veces haciéndolas rebotar-. Alguna compensación tendremos que tener por los continuos problemas de cargar con estos pechos, ¿no?

 

Hermione estuvo de acuerdo, sonriente y pensando en sus cada vez más habituales dolores de espalda. Siguieron hablando durante un rato entre risas de la fragilidad del hombre y de los avatares de su tetonidad, que tan estrechamente compartían, hasta que llegaron a un punto de silencio cómodo que Molly se encargó de romper.

 

  • Tenía... tenía otra cosa que hablar contigo, Hermione -dijo, titubeante-. El otro día tenías un... interesante aparato contigo. ¿T-te importaría enseñármelo?

  • Señora Weasley -dudó Hermione-. No sé si vio bien lo que era.

  • Lo sé perfectamente, cariño.

 

Hermione asintió y se levantó de la cama. Hasta entonces no se había dado cuenta del calor que hacía en la habitación, y se mareó un poco antes de bajar por las escaleras de dos en dos. Una vez en la habitación de Ginny, recogió el aurum phallaceae del primer cajón de su cómoda. Ya no tenía sentido esconderlo mejor, tras lo que había pasado. Las únicas que entraban allí eran las mujeres de la casa.

 

Cuando volvió al dormitorio, la señora Weasley no estaba ya en la cama ni en ningún otro lugar. La llamó con un grito y pudo oír su respuesta con voz apagada, que al parecer provenía del armario. Con el ceño fruncido, se acercó y abrió una de las puertas. Tras ella, una especie de bolsa de tela de gran tamaño, con la cremallera abierta, permitía ver en su interior lo que parecía un gran salón hindú, con amplias cortinas de colores vivos, luz entrando por los ventanales y el suelo cubierto de alfombras y cojines, con algún que otro sillón en los laterales. En el centro de la sala, elevada entre almohadas de gran tamaño, estaba sentada la señora Weasley.

 

  • Un pequeño regalo de Bill por nuestras bodas de latón -explicó, satisfecha-. Nos gustó tanto la idea de las tiendas del Mundial que necesitábamos tener este lujo para nosotros. Esto es lo que te quería enseñar. Impresionante, ¿verdad? Puede que haga algo de calor, pero es una maravilla. Ponte cómoda, cariño.

 

En efecto, el ambiente estaba caldeado, y casi por intuición, Hermione decidió deshacerse de sus apretados pantalones y se sentó con sus sencillas bragas enfrente de la señora Weasley. Una vez acomodada entre cojines, con su espalda erguida gracias a algunos especialmente grandes, tendió el aparato dorado a Molly, que lo examinó con los ojos como platos y la boca entreabierta.

 

  • Es descomunal -sentenció, aturdida, tras un minuto de minuciosa inspección-. ¿De dónde has sacado algo tan grande?

  • Una... una amiga muggle me lo regaló como broma en mi cumpleaños -mintió.

  • Por Godric Gryffindor, qué barbaridad -siguió Molly, haciendo caso omiso a su explicación-. Arthur me tiene al día de esta clase de inventos muggles, pero nunca los había visto de este tamaño. Me resulta extrañamente familiar.

  • ¿Es que, el señor Weasley...? -preguntó Hermione, colorada.

  • ¿Qué?

  • ¿Tiene el señor Weasley el pene...? Esto...

  • ¿Que si tiene la polla así de grande? -respondió la señora Weasley volviendo a centrarse en Hermione-. Oh, no, cariño. Nada parecido. Sin embargo... -se detuvo.

 

Hermione tragó saliva, acalorada y con un atrevimiento desconocido para ella hasta entonces. Molly tenía los ojos fijos en los suyos mientras acariciaba inconscientemente el glande del falo dorado.

 

  • ¿El señor Weasley es bueno...? -dudó antes de seguir-. ¿El señor Weasley se la folla bien? -preguntó finalmente, con un hilo de voz.

 

Molly pensó unos instantes antes de responder, sorprendida pero cada vez más a gusto.

 

  • S-sí. Muy bien. Le gusta... le gusta darme duro. Últimamente es una auténtica bestia en la cama.

  • Lo imagino -respondió Hermione, cada vez más confiada y con una actitud que distaba mucho de ser la habitual en ella-. ¿Sabe? Yo sí que lo he hecho con un hombre tan dotado como lo que tiene en las manos, y fue delicioso sentirlo dentro de mí una y otra vez.

  • ¿Quién es el afortunado? -respondió Molly por instinto animal, fijándose de nuevo en el miembro dorado.

  • Oh, no lo conoce -mintió Hermione, que pensaba en Harry mientras se acariciaba el muslo-. Pero lamí hasta el último centímetro de su rabo.

  • Ajá, ¿algo así?

 

La señora Weasley desabrochó uno de los botones de su blusa, dejando a la vista gran parte de su inacabable canalillo, y a continuación lamió la parte superior del falo. Rodeó el glande con la lengua y la pasó después por los lados, bajando hasta la base y volviendo a la punta. Una vez alli, sin dejar de ver a Hermione a los ojos, se tragó poco a poco algo más de la mitad de aquel enorme aparato. Cuando lo sacó, brillante por la limpieza que le acababa de hacer, soltó un pequeño gemido.

 

  • Exactamente así, señora Weasley. Me ha hecho recordar lo delicioso que era chupársela -dijo, pasando la mano por el interior de sus propios muslos-. Aunque él me agarraba la cabeza para que me la metiera hasta el fondo mientras yo se la comía, le daba besos en la punta y volvía a chupar esa maravilla de la naturaleza.

 

Molly replicaba todo lo que Hermione le contaba, y estaba dando tanto placer a ese objeto inanimado que sintió que era un desperdicio no estar haciéndoselo a un hombre de verdad. Sin embargo, la situación la mantenía a muy alta temperatura y no quería parar bajo ningún concepto.

 

  • Para tu información, jovencita, no eres la única que ha probado un fruto tan dulce -presumió Molly entonces, sin dar nombres y sin saber que las dos estaban hablando de Harry-. Las mamadas les hacen disfrutar, pero sin duda gozan mucho más con lo que sólo unas privilegiadas podemos ofrecer -fantaseó, deseando que lo que iba a hacer a continuación hubiera ocurrido en realidad.

 

La señora Weasley, sin desprenderse de su blusa, introdujo ese consolador mágico bajo la misma. Lo mantuvo firme y aprisionado con el enganche de su sujetador reforzado y entre sus enormes pechos. Se agarró los laterales de las tetas y las movió arriba y abajo alrededor de la cálida polla metálica que Hermione le había dejado.

 

  • Desde luego, pudiendo follarse esos melones, cualquiera lo preferiría a su boca -respondió Hermione, que ya se acariciaba sobre las bragas viendo como la madre de su novio hacía desaparecer y reaparecer el falo tras su blusa y sus inmensos pechos-. Vaya cubanas le habrá hecho.

  • Oh, lo siento, qué desconsiderada -dijo entonces Molly, fingiendo ingenuidad-. Imagino que querrás ver mejor cómo lo hago.

 

Acto seguido, se desprendió de la blusa, pasándola sobre su cabeza y permitiendo que sus tetas rebotaran junto al enorme sujetador blanco que las soportaba. De nuevo con la vista fija en Hermione, Molly continuó la cubana, hasta que vio cómo las bragas de la morena, empapadas, pedían ser liberadas. Giró la cabeza y encontró lo que buscaba. De un pequeño baúl sacó un aparato violeta de tamaño mediano y se lo tendió a Hermione, que sabía perfectamente lo que era.

 

Hermione pulsó el botón y el consolador comenzó a vibrar tímidamente bajo la atenta mirada de Molly. Tenía una forma curiosa, con una parte larga acabada en una curva que imitaba un pene de buen grosor y un saliente más pequeño para estimularse que prometía mucho. Arthur le había hecho un buen regalo a su mujer, pero era su turno de disfrutarlo. Posó la parte más ancha sobre sus bragas y supo que era exactamente lo que necesitaba. La pequeña vibración le provocó los primeros gemidos mientras veía la cara de lujuria de Molly, ocupada en menear sus tetazas.

 

  • Me cuesta creer que el señor Weasley o ese hombre superdotado aguanten sin correrse semejante espectáculo -dijo Hermione, estremeciéndose por las vibraciones-. Seguro que buscan probar otras mieles antes de que ocurra.

  • Se nota que sabes de lo que hablas -respondió Molly, metiéndose más en el juego con los pezones marcadísimos y liberando por fin el falo-. Arthur sabe muy bien cómo calentarme -siguió, pasándose el consolador sobre el clítoris, desnudo bajo la falda, que no cubría ropa interior alguna-, pero si tengo que decidir qué meterme aquí abajo...

 

Hermione estuvo a punto de correrse al ver cómo la polla dorada entraba en el coño de la señora Weasley sin dificultades y quedaba totalmente encajada en él, para mayor placer de Molly, que sí se corrió al sentirla, a juzgar por sus gritos entrecortados.

 

Las bragas de Hermione desaparecieron tan pronto como su blusa y la falda de Molly. Conforme ésta se follaba a sí misma con la réplica del rabo de Harry, Hermione se pasaba el vibrador por el cuello, entre las tetas y sobre los labios menores y el clítoris, dejando todo listo para la penetración de aquel aparato juguetón, que la hizo gritar de placer cuando le subió la intensidad y, ya en su interior, hizo que los temblores se multiplicasen en sus zonas más sensibles.

 

Las ventanas estaban empañadas, la temperatura había subido varios grados y en el centro de la sala seguían las dos mujeres, enfrente una de la otra y cada vez más cerca. Casi como si de un espejo se tratara, las dos se veían reflejadas en la contraria y esa imagen les daba casi mayor placer que el propio sexo. Cara a cara, las dos congestionadas y contándose sus experiencias sexuales, interrumpidas por gemidos y penetradas constantemente al ritmo que se imponían a sí mismas. Cubiertas únicamente por dos sujetadores más prácticos que bonitos, uno blanco y uno azul, que atrapaban sus enormes pechos, las dos tetonas se hacían esclavas de su deseo y disfrutaban al fin apenas con su mente y sus manos.

 

  • Necesito verlas -dijo Hermione al fin, antes de cerrar los ojos para correrse con mayor intensidad.

  • Y yo las tuyas -respondió Molly, que siguió metiéndose el inmenso falo mientras desabrochaba el sujetador con una mano.

 

Hermione la imitó, y unos segundos después dejaron caer la última pieza de tela de sus cuerpos a la vez, liberando cuatro tetazas inabarcables. El pecho de Hermione era sensiblemente más grande y conservaba aún bastante firmeza, aunque su peso lo hacía difícil. Perfectamente formadas, sus tetas estaban coronadas por pezones duros y finos, rodeados de una areola rosada bastante amplia. Las de la señora Weasley alcanzaban un tamaño impresionante y aguantaban bien la comparación. Aunque algo más caídas, algo en su forma las hacía parecer incluso más gordas. En ellas destacaba un pezón bastante grueso y una areola más bien marrón.

 

Hiperventilando y fijándose en el bello cuerpo de su compañera, las dos continuaron follándose a distintas intensidades, hasta que, como coordinadas, ambas cambiaron de posición. Hermione puso a máxima intensidad el vibrador y, con él bien encajado en su coño y sobre el clítoris, mostró la caída de sus pechos a cuatro patas a Molly, junto a su cara, con los párpados semiabiertos y una sonrisa incontrolada. Molly, en cambio, posó el falo dorado en el suelo y, en cuclillas, botó sobre él dando un doble espectáculo. Abajo, aquella inmensa polla desaparecía con una sencillez sobrehumana en su interior. Arriba, sus tetas saltaban junto a su dueña desafiando las leyes de la gravedad. Casi parecían levitar ante el ir y venir de la señora Weasley en su constante cabalgada.

 

  • Arthur no debió aguantar nada sus primeras veces -aventuró Hermione agarrando de nuevo el vibrador para darse unas cuantas embestidas más.

  • Ahh, y que lo digas cariño -respondió Molly montando el consolador e intentando recordar la primera vez con su marido-. Se perdía entre estas maravillas, pero siempre conseguía acabar su trabajo, con su lengua o con sus dedos. Y por aquel entonces, su grueso rabo ya cumplía muy bien sus funciones -rio con su ensoñación.

  • Cuénteme más -exigió Hermione sin poder parar de gemir imaginándoselo.

 

La señora Weasley pareció dudar e incluso dejó de masturbarse unos segundos. Decidida finalmente, volvió a hacer rebotar su culo contra los cojines que rodeaban su consolador.

 

  • Antes te he dicho la obsesión de los hombres de esta familia, pero no es sólo Arthur, desde luego -siguió, mordiéndose el labio-. Su hermano Billius... oh, que hombre.

  • ¿L-le ha puesto los cuernos con su hermano? -preguntó Hermione mientras se pellizcaba uno de los pezones, deseando para su imaginación una respuesta afirmativa.

  • No, no, no. Nunca le haría eso -dijo sinceramente, hasta que pensó en lo que había hecho con Harry-. No lo sabe casi nadie, así que n-no lo cuentes, por favor. Antes de salir con Arthur, estuve un tiempo con su hermano. Pobre, dicen que fue el Grim el que le trastornó, pero nunca lo he creído.

  • ¿Estaba tan loco por sus pechos como Arthur? -preguntó Hermione, impaciente y tremendamente cachonda.

  • Oh, todos esos hombres lo estaban -rio Molly antes de soltar un gemido provocado por el recuerdo-. Su padre, Septimus, no quitaba el ojo de ellas, y Arthur en su habitación se pajeaba pensando en mí mientras yo me follaba la deliciosa polla de su hermano.

 

Hermione cambió de posición y se metió sus propios dedos pensando en lo que Molly contaba.

 

  • ¿L-la tenía grande? -preguntó, masturbándose con mayor intensidad.

  • Enorme -repuso la señora Weasley con dificultad para respirar-. Ese pollón se llevó mi virginidad y fue el primero al que hice una paja cubana. Le encantaba que lo montara como estoy haciendo con este exagerado consolador ahora mismo. Se agarraba a mis tetas o las dejaba botar sobre su cara, siempre metiendo hasta el fondo su grandísimo rabo. ¡Oh, por Merlín, cómo me gustaba follarme a ese hombre!

 

Hermione estaba derritiéndose, y la historia de la señora Weasley se hacía real ante sus ojos viendo a aquella increíble mujer desencajada por el deseo y los recuerdos de sus aventuras. Volvió a meterse el vibrador a máxima potencia viendo cómo Molly se follaba y recordando ella misma lo bien que se sentía cuando se la tiraba Ron, que había sido sólo su amigo durante años.

 

  • Señora Weasley -tanteó Hermione con los ojos en blanco y a punto de poner a prueba sus cuerdas vocales-. Alguna vez... ¿Alguna vez se los folló a los dos?

  • Ohh, por favor, no debería hablarte de esto -dijo Molly montando a toda velocidad su gigantesco consolador-. ¡Sí! ¡Sííííííí, por Merlín, sííííííí! Tienes que entenderme Hermione. Su hermano estaba dándome el placer de mi vida. Estaba encima suya con su pedazo aparato dentro de mí, y mientras se comía mis tetas, vi a Arthur, antes de que escapara, pajeándose bajo el marco de la puerta -el recuerdo hizo que gritase de placer-. ¡Ohh, no me juzgues Hermione, tú habrías hecho lo mismo! Conseguí que Billius se corriera poco después y le dije que me iba al baño. La polla de Arthur todavía estaba dura cuando me metí en su habitación, y ni siquiera intentó pararme cuando empecé a chuparle ese rabo ya lubricado. Cuando le pedí que me la metiera sólo aguantó tres empujones antes de darme su leche, pero fueron suficientes para que toda la casa escuchara cómo me corría.

 

Tras la historia, los primeros gritos indicando un orgasmo los lanzó a todo el que quisiera oírlo Hermione, que no había gozado tanto desde que se había ido de Hogwarts.

 

Ver la cara de salida de la novia de su hijo mientras se corría, junto a sus tetazas colgando y la polla que tanto le recordaba a Harry abriéndose camino en su interior provocó a la señora Weasley la misma reacción, y mientras gemía como loca empapaba el falo dorado y los cojines.

 

 

La ropa y los consoladores se dispersaban sobre la habitación. Las dos mujeres, sudadas y desnudas, se habían tumbado a relajar sus cuerpos. La respiración profunda de ambas elevaba sus exagerados bustos, en los que descansaban esparcidas las enormes tetas de cada una. Al fin abrieron los ojos, y se sonrieron la una a la otra al verse tan acabadas. Un rato después, Molly volvió a ser la encargada de romper el silencio.

 

  • Sólo quería mostrarte este lugar y decirte que era tan tuyo como mío para dar rienda suelta a tus necesidades -dijo, pasando sus ojos por todo el exhuberante cuerpo desnudo de Hermione-. Por favor, vuelve siempre que lo necesites.

 

Las dos rieron ante la última frase, agotadas y, gracias al deseo, abstraídas por un tiempo de un mundo que no les auguraba nada bueno.

 

 

 

  • Al final ha sido lo imaginado. Dentro de tres semanas será el juicio -anunció Arthur durante la cena-. Y otra cosa. He hablado con Kingsley y, dados los últimos acontecimientos, no cree que sea buena idea que nos vean juntos en el Ministerio. Cambio de planes, el sábado por la mañana nos reuniremos con él en Londres.

 

Hermione asintió y cruzó la mirada con la señora Weasley, que le sonrió y le guiñó un ojo. Hermione le devolvió la sonrisa y terminó de cenar lentamente para seguir con su plan. A pesar de la complicidad alcanzada con Molly, tenía la mente nublada, y no dudó en dejar a la madre de su novio sola, recogiendo el comedor, cuando todos los demás se habían ido a cama.

 

Tras subir las numerosas escaleras que llevaban a su objetivo, llamó a la puerta. Arthur abrió, ya con el ligero pantalón de pijama puesto, y la saludó trabándose.

 

  • Sólo quería que supiera que aprecio mucho todo lo que está haciendo por mí -dijo Hermione acercándose lentamente-. Ojalá supiera cómo agradecérselo.

  • Hermione, sabes que no es na...

 

Hermione hizo que se callara con un abrazo que no se esperaba. Agarrada a su cuello y con la cabeza apoyada en su pecho, Hermione apretó sus tetas contra el señor Weasley, que tardó en reaccionar y devolverle el abrazo. No se movió nada durante los siguientes segundos, salvo el pene del señor Weasley, que fue formando su erección sin detenerse hasta clavarse contra el estómago de la bruja. Satisfecha, Hermione tiró al suelo un sickle, que rebotó entre las piernas de Arthur.

 

  • Oh, lo siento -dijo, antes de agacharse.

 

En el trayecto de bajada, Hermione aprovechó para enfrentar su pecho contra la durísima polla del señor Weasley, que se encajó entre sus enormes tetas sin dificultad. Fingiendo buscar su moneda, Hermione aprovechó para rozar de arriba abajo con sus mamas aquel falo que tan bien notaba a través de la escasa tela del pijama. Arthur no se movió ni un centímetro durante ese amago de cubana.

 

Finalmente, Hermione volvió a levantarse, no sin permitir a Arthur disfrutar por última vez del roce de sus senos. Le dio un beso en la mejilla y se fue, viendo de reojo lo que había provocado en su entrepierna. Casi se sintió culpable por Molly, hasta que pensó que precisamente era ella quien aliviaría esa noche a su marido.

 


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