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Fecha: 22-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

Encuentro poco agresivo

Guitarrista
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Tiempo estimado de lectura: [ 29 min. ]
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Roberto va a conocer facetas de Toño que ni podía imaginar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota:

La relación entre Roberto y Toño comenzó en el relato Al final del verano.

 

 

 

 

ENCUENTRO POCO AGRESIVO

 

Toño no era exactamente el mismo desde que su madre descubriera nuestra relación. Hizo en todo momento un esfuerzo por no dejar escapar una cierta preocupación que se había apoderado de él. Lo entendí y en ningún momento se habló de eso.

Me pidió que le dejara llevar el coche de vuelta a Madrid y, sinceramente, aunque no sabía si era buen conductor, preferí que lo llevara él. No tuvo problemas para salir hasta la autopista mientras busqué la música que le gustaba oír; el viaje fue placentero y se habló de todo un poco pero, ya acercándonos a la ciudad, me pidió que condujera yo. Lo entendí. Llegar al parking de cerca de casa le iba a resultar difícil.

Algún suspiro y las pocas ganas de mirar por dónde íbamos, era la señal clara de que empezaba a sentirse agobiado. Ninguno de los dos entendíamos aquella extraña fobia a Madrid; existía y habría que evitarla lo mejor posible.

―Los domingos hay poco tráfico, Toño ―le aclaré al ver la ciudad tan tranquila―. Además, hay mucha gente que hace puente estas fiestas y se va.

―Eso no me parece mal. Creo que en todos sitios se va la gente. Lo importante es cambiar de aires; aunque sea tres días. Esta vez son pocos días seguidos. Algunas veces, si el puente es largo, mis padres deciden que nos vayamos a Mazagón y me aguan las fiestas ―soltó unas risas―. Creo que eso se acabó.

―¿Es que tiene fijación tu padre con esa playa? ―pregunté con curiosidad―. ¿Qué le ha visto a Mazagón para ir tan lejos a pasar unos días?

―La casa de la playa es suya, Roberto ―habló con cierta desazón―. Esa sí es suya en propiedad. Se la malvendió un fabricante de chacinas de la Sierra de Huelva como pago a unas abultadas facturas de pimentón.

―¡Ah!, comprendo… ―sentencié.

No quise pedirle explicaciones por lo que acababa de oír. Creí entender que solo la casa de la playa era realmente de su padre. ¿Y todo lo demás? Lo dejé para otro momento. Supuse que ni él ni yo íbamos a tener demasiado interés en volver a pasar un verano en aquella playa onubense.

Ya en casa, después de acarrear toda su ropa desde el coche, me preguntó si había de todo para comer. Yo no había hecho ninguna compra y, a no ser que fuéramos a la tienda de Manoli…

―Manoli ―me dijo pertinentemente―, es una mujer muy cariñosa. Cuando iba a su tienda ya sabía lo que me hacía falta. Siempre me preguntaba por ti. Abrirá mañana, supongo.

―Quizá haya abierto hoy un rato. Es la tienda del desavío del barrio y abre los domingos. Hay gente que viene al Rastro y entra ahí a comprarle bocadillos y cervezas… No creo que hoy tenga la tienda llena; si ha abierto.

―¡Dame las llaves! ―dijo decidido extendiendo la mano―. Voy en un momento y me traigo lo que haga falta.

―¿Vas a salir? ―pregunté asombrado―. Voy a darte bastante y suelto, y te traes pan y lo que te apetezca. Mientras, cuelgo la ropa. Si no puedes comprar algo tendremos que salir a comer.

Me pareció ver en él un paso decisivo. Quizá no le iba a servir para vencer el miedo que tenía, sino para convencerse a sí mismo de que no le iba a pasar nada. Tal vez, prefería ir a la tienda en vez de salir a comer fuera. No quise preguntarle al respecto.

Salió y volvió con lo suficiente para el almuerzo y la cena, y algunas cosas más para varios días. Aquel largo fin de semana íbamos a tener que pasarlo en casa.

Yo aún estaba colgando ropa cuando volvió y, acercándose a mí despacio después de dejar las bolsas en la cocina, me miró extrañado:

―¡Recuerdos de Manoli…! ¿Han puesto esas calderas? ―preguntó―. Aquí hace calor.

―Te lo dije, grandullón. Nos pondremos cómodos.

Lo de ponerse cómodos, además de ser lo más acertado, era también una excusa para sentirnos más cercanos; más en casa. Preparó dos bocadillos pequeños y los puso en la mesilla de centro con dos cervezas. «Esto, de aperitivo antes del almuerzo», dijo. Luego, sentándose a mi lado, colocó sus piernas sobre las mías:

―Tendremos que hacer algo para no aburrirnos, cari. El juego ese que tienes… Planet Coaster, ¡es tremendo!, pero nos mantendrá encerrados. Sé que solías ir a ese bar a estar con tus amigos y no quiero separarte de nadie…

―¡Para! ―interrumpí―. Mis amigos van a estar siempre ahí conmigo. Somos nosotros los que, con toda seguridad, nos tendremos que ir.

―Me gustaría ver a Paul y disculparme, ¿sabes? ―dijo un tanto retraído―. Creo que fui un tanto brusco con él.

―No me parece mal. ¿Sabes que si no es por él no hubiera ido a verte? ―Hizo un mohín de sorpresa―. No sé si abrirá mañana su tienda porque no hay gente hasta el miércoles… ¡No hay nadie!

―Lo llamas y, si está, no le digas que vamos los dos, ¿vale?

Me dejé caer lentamente para recostarme sobre su pecho y apoyar mi cabeza en su hombro dejando mis piernas flexionadas bajo las suyas:

―Haremos lo que creas que debemos hacer, mi vida.

―¿Qué? ―susurró―. Repite eso.

―Que haremos lo que…

―¡No, no, eso no! ―profirió―. Lo último que has dicho.

Lo miré inseguro. Habría dicho algo sin darme cuenta. Permaneció en silencio esperando una respuesta y, viendo que no había advertido mis propias palabras, me abrazó y apretó su rostro al mío y quedé así en posición fetal:

―Es la primera vez que me dices «mi vida»… y ni te has dado cuenta.

―Será que no estoy acostumbrado a decir esas cosas pero, si lo he dicho, es porque lo siento… mi vida.

―¡Me gusta! ―susurró sin soltarme―. A lo mejor la gente piensa que decirse esas cosas es cursi; no lo sé. Yo no sabía qué decirte para no repetir siempre tu nombre, así que copié el «cari» de un desconocido. ¿Iba a decirte darling, honey o algo así?

―Yo tampoco estoy muy acostumbrado a decir esas cosas. Quizá por eso te llamo grandullón. En realidad… eres mi vida.

―¿Dejamos el bocadillo para el «después de»?

Ni que decir tiene que corrimos al dormitorio quitándonos la poca ropa que nos quedaba. Ya no hacía frío en mi piso. Echados desnudos sobre la cama, nos besamos tanto como nos apeteció y, después de que pasó lo que era normal que pasara entre dos que acababan de decirse «mi vida» por primera vez, nos fumamos un cigarrillo allí echados.

―Que no sirva de precedente, grandullón ―dije―. Prefiero que el piso no huela a tabaco. No se pueden abrir las ventanas para ventilarlo.

―No me importa irme a la cocina y fumar en la ventana del patinillo. Un día es un día. Buscaré algo para quitar el olor.

Me pareció más feliz que otras veces. Estaba conversando conmigo y veía los dedos de sus pies jugueteando dentro de sus calcetines:

―Lo del lunes por la mañana… ―preguntó―, ¿será una entrevista agresiva?

―¿Qué cosas dices, vida? ―bromeé soltándole un chorro de humo denso en la boca―. Mi jefe, don Santos, me trata como a nadie en la oficina. No solo es que sepa que fui el mejor en el examen, sino que ya le he sacado las castañas del fuego unas cuantas veces. No sé cómo, pero algo sabe de lo nuestro.

―¿De verdad? ―preguntó cándidamente―. Parece que aquí todo el mundo piensa que esto es normal.

―No, no. Hay gente como tus padres; como en todos lados. Sobre la entrevista… Tú no tienes nada que decir. Él tiene excelentes referencias tuyas por don Modesto; te lo dije. Como no entiende nada de cocina, quizá se limite a hacerte algunas preguntas para saber cómo eres; por curiosidad. Si eres mi amigo, no creo que dude de que seas tan… ¿Qué eres? Para mí, ya lo sabes.

―¡No sé! Todavía tengo mucho que aprender, supongo. Hago las cosas lo mejor que sé. Si hago algo que no te gusta, me lo dices.

―¡Qué tontería! ―exclamé buscando algo que sirviese de cenicero―. Si te digo solo lo que no me gusta de ti, me quedaré callado para siempre.

Riéndose, saltó de la cama desnudo y fue a por un platito para las cenizas, para colocarlo entre los dos.

―¡Ay, ahora sí que se está bien en este piso! ―dijo al dejarse caer otra vez a mi lado dejando levantado un brazo que apoyó en la cabecera.

―Pensé que todo iba a ser más difícil, la verdad ―continué mientras jugueteaba con el vello de su axila―. Lo que no se me pasó por la cabeza fue que la única manera de estar juntos era que yo no trabajase en Madrid. Paul me abrió los ojos. Ahora va a ser todo muy distinto si las cosas salen bien.

―Verás como todo sale perfecto, mi vida ―dijo emocionado―. Lo importante es que me tienes.

Lo importante para él era que yo lo tuviera; no que él me tenía. Eso lo decía todo de Toño.

Faltaba entonces esa visita al jefe para poder saber detalles y, si era todo tal como me lo dijo Carolina, en poco tiempo me veía con mi grandullón yendo a Sevilla a presentarnos. Nuestras vidas iban a cambiar radicalmente y para siempre.

 

Se me ocurrió llamar a Paul a su casa para saber si abría el lunes para ir a saludarlo. Respondió haciendo una fiesta. No le había dicho nada y ya intuía que lo de Toño se había arreglado; al menos en parte.

―¡Vente esta tarde a casa! ―le dije―. Como no está el tiempo muy bueno, podemos tomar algo aquí y charlar.

―¡Tú verás, maricón! ―exclamó―. A mí no me la das. Lo que te pasa, que te lo noto en la voz, cariño, es que tu Antonio y tú estáis otra vez… haciendo las paces todas las noches. ¿O no? Falta que le pierda el miedo ese a venirse a Madrid.

―¡Vente, anda! ―le rogué cómicamente―. Tengo mucho que contarte y no puedo ir el miércoles.

No se había dado cuenta de que Toño estaba conmigo y no le dije nada. Eso de que le contara chismes le encantaba. En realidad, sabía que todo el problema estaba en que mi novio se viniera a Madrid. Iba a ser una sorpresa como quería mi niño.

Acabamos comiéndonos los bocadillos como almuerzo añadiendo un poco de queso, aceitunas y pan mojado en lo que él llamaba «un volcán»: algo de vinagre balsámico de Módena con aceite suave de oliva, sal rosa y sal negra del Himalaya. Me miró con picardía cuando regresó de la cocina de llevar los platos:

―El lavavajillas lo pongo luego, mi vida. Para cuatro platos… ¿A qué hora llegará Paul? ¿Es puntual?

―¡Uf! ―exclamé exageradamente―. ¡Ni te lo imaginas! Puedes quedar con él en cualquier sitio a las… doce y tres, por ejemplo. Llegará en punto.

―¡Vaya! ―farfulló mientras se sentaba a mi lado echándose sobre mí―. Ya me parecía a mí…

―¿Por qué?

―Porque cuando fui a su tienda a recoger tu ropa, al acercarse a mí, sonó la señal horaria de mi móvil: las nueve en punto. Pensé que era casualidad.

―¡Ya lo verás! A las seis suena el timbre de la puerta… Hm… Creo que hay tiempo de sobra. ¿Me dejarías darte unos chupetones ahí? ―insinué mirando su atrayente entrepiernas―. Solo unos chupetones de postre.

―¡Tú verás, cari! ―bromeó manoseándosela―. Reserva, tengo de sobra, ¡mira! Chupa lo que quieras con una condición. ―Lo miré expectante―. Luego me toca a mí.

―¡Claro!

 Mi cabeza se fue directamente a descansar en uno de sus muslos poco velludos y blanditos, quedando muy de cerca, a la altura de mis ojos,  una montaña de tela de color crema que fue creciendo por momentos con sus propios sobeos. Levanté la tela con sigilo y acerqué la nariz para deleitarme con el aroma de su piel.

El postre, desde luego, fue tan abundante como siempre y, acababa de disparar el último caño cuando, teniendo yo la boca llena, hizo un giro rápido y se metió la mía hasta la garganta para chuparla frenéticamente. Correrme con la boca repleta de lo que me cabía de una de sus corridas completa, fue la experiencia más asombrosa que tuve en aquellos días; ¡en toda mi vida! Tuve que hacer un esfuerzo para eyacular agarrado a sus sienes sin derramarle su leche en la coronilla y, levantándose luego poco a poco con el buche retenido, se acercó a mí, pegó sus labios a los míos y abrimos las bocas para hacer un delicioso cóctel que cayó resbalando por nuestros pechos.

Nos pusimos pringados de una mezcla de todo un poco y, riéndonos como dos niños pequeños, corrimos al baño para darnos una ducha.

No me equivoqué. Dio tiempo a todo. Pasamos el resto de la tarde, ya vestidos de limpio, sin querer echarnos en la cama. Eligió un libro de mi modesta biblioteca y lo estuvimos leyendo entre los dos. Nunca había hecho algo parecido ni lo había oído comentar a nadie. Me pareció muy entretenido; sobre todo por ser con quien era. Me refiero a leer un libro entre dos…

Miró el reloj cuando se acercaba la hora y, guardando silencio como si esperásemos algún acontecimiento, llegaron las seis; justo cuando sonó el timbre de la puerta.

―¡Maricón! ―exclamó Paul al ver que Toño le abría―. ¡Tú por los madriles! ¡Si lo sabía yo! ¡Oye, Robespierre! ¿Aquí se acepta un morreo con tu novio o tengo que hacerle señales de humo?

―¡Anda y ven aquí, bruja Paul! ―le grité haciéndole señas―. Un besito es un besito, ¿vale? ¡Nada de lengua, que te conozco!

―¿Quién, yo? ―comenzó su discurso entrando al salón como entra una suegra―. ¡Buena soy yo para eso!, y tú lo sabes, so guarra. ―Me besó en los labios como a Toño al sentarse a mi derecha―. Muy bien que me guardo de cuidar de mis amigos y de los… maridos de mis amigos. Y si el marido es como este… ¡Ah! Y le doy al Colgate tres veces al día, ¡mira! ―Abrió la boca para que le oliera el aliento―. Y tú, me llamas y no me dices que has dejado a Plasencia sin un monumento. ¡Ay, Antonio, Antonio…! No le digas a nadie que eres mi novio. Siéntate aquí a mi lado; que yo te cuide.

―Pareces una andaluza ―le comenté cuando se sentaba Toño a su otro lado riendo―. Muchas veces, cuando viajo al sur, no entiendo lo que me dicen… Y eso me pasa contigo.

―Eso será porque he vivido en Triana tres años, guapa; que de Sevilla se pega «to lo güeno y na má; miarma».

―¿Qué? ―preguntó Toño como ajeno a la conversación.

―¡Mira, hermoso! ―le aclaró Paul―. Porque has dado con un pedazo de tío que te va a hacer reina para toda la vida, majo, que si no, tú y yo… ¡Hm! Y no es que yo quiera meterme donde no me llaman pero, Roberto es mucho Roberto y necesitaba a alguien que le diera «alegría» por un tubo. ¡Y yo sé que tú tienes una «alegría»…! Vamos, que tú, con un poco de gracia sevillana, que se ría el sursum corda de un tío en condiciones.

Toño no pudo contener la risa. Paul le había tomado buenas medidas en la trastienda cuando se quedaron solos. A mí no me molestaba en absoluto porque conocía todo ese attrezzo que siempre usaba; una curiosa forma divertir a los demás. Aunque me pareció entender que lo de «alegría» se refería a la «cantidad»…

―¡La muerte de la galleta quiero yo para mí! ―apostilló mirándolo fijamente.

―¿Y cómo se muere una galleta? ―le preguntó Toño cándidamente confuso.

―¡Ahogada en leche, hijo mío! ―exclamó entre nuestras risas.

―¿Sabes mucho de Sevilla? ―le preguntó ajeno ya a sus bromas.

―¡Uy, placentino…! Se dice así, ¿verdad? ¡Qué calor más malo hace aquí! ―exclamó dándole el abrigo para que lo pusiera a un lado―. Si yo te contara de Sevilla, guapo… ¿Qué sabes tú? ¿Por qué preguntas eso?

―No es nada, Paul ―intervine―. Toño está aquí porque es posible que nos den un buen puesto de trabajo allí; ¡en Sevilla!

―¡Anda, coño! Os vais a Sevilla los dos y yo aquí con estos pelos. ¿Desde cuándo ha dado positivo, que yo no me he enterado?

―Todo ha sido muy rápido, Paul ―aclaré―. Te lo hubiera dicho antes si no me hubiera enterado ayer, como quien dice.

―Déjame que me agarre a tu guardaespaldas, Robertín, que esto hay que celebrarlo. ¡No me digas que han cambiado las cosas tanto! ―Pensó con nostalgia―. ¡Qué buenos años pasé allí, collerita! Me eché un novio… ¡Ts! Si vais a necesitar piso, me lo decís. Tengo un… buen amigo que tiene un piso divino de la muerte, para alquilar, en plena Calle Betis. Os lo deja barato si yo se lo pido. Es en Triana, con un escaparate delante.

―¿Te refieres a un piso junto al río? ―exclamé―. Eso será muy caro…

―¡Eh! Te he dicho que me avises, maricón. ¡Ya hablaremos! ―sugirió haciéndome señas sin que lo viese Toño―. Luego no te quejes. Si no está alquilado, que no lo está, vais a vivir en un sitio de la divina comedia a precio de Black Friday. ¡Uf! ¡Menudas vistas tiene! La Giralda, la Torre del Oro, el Puente de Triana… Aunque con este Hércules al lado ―Miró insinuante a Toño, que seguía en calzonas de deporte―, miraba yo bien poco por la ventana. ¡Qué dos buenas «columnas», hijo! ―Pasó la mano por uno de sus muslos―. Me invitaréis unos diitas, ¿no? «Va, pensiero… Oh, membranza sì cara e fatal!».

―¿Pero qué te pasa ahora, Paul? ¿Echas de menos aquello? Espera que todo sea seguro ―comenté―. Creo que el miércoles nos dirá nuestro jefe cuándo tenemos que ir a una entrevista. Si quieres venirte con nosotros a vivir…

―¡Eso! ―protestó―. ¡Mírala ella, Antonio! ¡Dile algo a tu marido! Encima me da envidia… Hacéis la entrevista esa y me avisáis, ¿vale? ¡Qué agresividad!

―No es una entrevista agresiva ―aclaró Toño ingenuo―. Dice Roberto que ni siquiera tendremos que pasar un examen.

―¡Ah, mira! ―exclamó entonces nuestro amigo―. ¡Lo pronto que ha aprendido el chef a usar los enchufes! ¿Esto es corriente? A ver si el jefe de allí va a querer examinarte… «herculito»…

Y entre unas bromas y otras, de las que Toño apenas captaba unas pocas, tomamos unas cervezas y algún aperitivo especial que hizo las delicias de nuestro amigo que, entre otras cosas, le dijo a Toño que la comida estaba tan buena como el cocinero:

―Ya sabes, hermoso ―se despidió de él ya en la puerta―. Cuídamelo que es el mejor que tengo, ¿sabes? ¡Y no se te olvide darle el biberón por las noches!

Hicimos muchos comentarios sobre lo hablado. Yo conocía bien a Paul y casi siempre le oía unos chistes parecidos; por eso lo entendía bien. Toño, pobre mío, se enteró de poco.

Y hablando de esto, de aquello y de lo de más allá, y haciendo ahora una cosa, luego la otra y otra más, pasó el larguísimo fin de semana.

 

 

 Entretener a Toño todo el día en casa ―no quise salir y no insinuó nada― fue una tarea bien fácil y placentera, a pesar de que a veces notaba claramente en sus ojos una tristeza disimulada. Como nuestra relación era relativamente nueva, había apetencia de sexo a todas horas, así que estuvimos follando bastante esa noche, el lunes y el martes y, conforme se acercó la última noche, ya en la cama, le advertí de que tendríamos que madrugar:

―Carolina no me ha dicho a qué hora hay que estar en la oficina. Como yo me levanto y me voy siempre a la misma hora, ya lo sabes: tendrás que madrugar.

―No se me van a caer los anillos por eso, cari.

―No, porque no tienes. En cuanto suene la alarma, arriba; que si te quedas dormido mal empezamos. ¡Venga, tápate bien!

―Dos cosas, rubito… ―bromeó acariciando mis rizos―. La primera es que ya podrías pensar en que tuviéramos nuestros anillos, ¿no te parece? ―asentí―. La segunda, es que ya verás quién gana a la hora de cumplir. Ahora bien… si me ves un poco indeciso… me ayudarás, ¿verdad?

―¡Claro que te ayudaré! Te lo digo en serio. Habrá días que te vengas un poco abajo; y me parece normal. Si no has trabajado nunca formalmente y vas a tener un puesto de responsabilidad, te aseguro que a veces te vas a sentir muy incómodo. No es que yo sea un experto en vencer ese miedo a meter la pata, sino que algo sé y ya verás como todo nos sale bien.

―¿Vamos a dormir?

―¡Vamos! ―susurré―. Un besito y cada uno a su esquina.

Al sonar la alarma por la mañana, abrí los ojos y me vi solo en la cama. Un miedo terrorífico me invadió unos instantes hasta que vi que la luz de la cocina estaba encendida:

―¿Cariño? ―grité―. ¿Estás ahí?

―¡Pues claro, amorcito! ―exclamó entrando a besarme y tirando del edredón para dejarme destapado―. He empezado por hacerme a la idea de que yo… soy el que lleva la cocina. Así que tengo que levantarme antes que mi marido para prepararle su desayuno, ¿no?

―¡Vaya! ―exclamé sorprendido―. ¿Desde cuándo estás despierto?

―¡Uf! Hace un rato. Tengo el móvil en vibración y no te has enterado. Vete duchando que el desayuno está listo. Ahora voy yo…

No me había sentido tan sorprendido en mi vida. Sinceramente, pensé que me iba a costar trabajo sacar de la cama a Toño en tales circunstancias, ¡y estaba más despierto que yo cualquier día a esas horas! Sonó mi alarma.

Me asomé a la cocina para ver lo que hacía y darle un besito y, aprovechando que lo tenía abrazado por la espalda, miré con disimulo a la encimera. Había preparado un desayuno en condiciones; no un simple café con leche. Me fui a la ducha intentando disimular una gran sonrisa que se me había pegado al rostro.

En cuanto salí, me dijo que lo esperara unos minutos y, muy poco tiempo después, salió del baño y se metió en la cocina. En un instante apareció con una bandeja y tomamos un menú verdaderamente apetitoso.

―Esto no va a ser como antes ―dijo―. Se acabó eso de tomarse un café bebido para desayunar luego en el hotel. Si a las diez hay descanso y se nos apetece otro…

―¡Me encanta! ―le dije muy agradecido apretándole la mano―. Tú me vas a sacar a mí de apuros y no al revés. Ahora, a darse prisa. Tienes que ponerte muy guapo, que don Santos vea que no eres un necesitado porfiando mendrugos. ¡Ya me entiendes!

¡Y vaya si se puso guapo! ¡Y perfumado! Sentí deseos de retenerlo un poco y hacerle pasar un rato agradable.

―¡Uf! ―suspiró sonoramente antes de abrir la puerta―. No sé si me creerás, Roberto, pero sumando a mi primera entrevista, que tengo que atravesar Madrid… ¡Los nervios!

―¡Relájate, mi vida! ―le susurré agarrándolo por la espalda―. Recuerda que siempre vas a tenerme contigo. ¡No hay nada que temer!

―¡Vamos! ―dijo abriendo y cerrando él mismo.

Anduvimos a paso ligero hacia Colón, aún de noche, y le fui indicando cómo llegar al hotel, aunque pensaba que no iba a tener que volver. Apenas hablamos alguna cosa. El grandullón, con las dos buenas «columnas» que decía Paul que tenía, daba unos pasos enormes y me llevaba a orzas.

Ya en el hotel, mientras intentaba disimular mi jadeo, pasamos a la oficina y allí estaba Carolina esperándonos:

―¡Hola! ―saludó levantándose muy contenta―. ¡Buenos días! Tú eres Antonio, ¿verdad? ¡Vamos!, que venís de visita y no de trabajo.

Se acercó a besarnos y nos habló a los dos como si tuviera la misma amistad con ambos. Nos hizo pasar a la salita ―una habitación a donde daban las puertas de entrada, del jefe y de la oficina― y nos invitó a sentarnos.

Aprovechando que Toño se sentó antes que yo en el sofá ―en una postura muy sensual, por cierto―, me acerqué a mi amiga:

―¿Qué te parece? ―cuchicheé―. Está un poco nervioso…

―Tú sí que estabas nervioso cuando se te fue… y ahora lo entiendo. ¡Es guapísimo!, mejorando lo presente.

Me senté junto a mi novio con orgullo y Carolina se me acercó antes de irse:

―El jefe no va a tardar ―me dijo―. Después de tantos días de fiesta hay mucho que hacer. Tienes que estar atento, Roberto. Si no os invita a pasar a cada uno, esperáis. No entréis juntos; ya lo sabes.

Empezaba a ponerme nervioso yo, cuando apareció don Santos con prisas llevando su maletín y saludó severamente al vernos:

―¡Buenos días!

―¡Buenos días! ―respondimos levantándonos.

Al ver que no se acercaba a darnos la mano, di unos golpecitos en la pierna de Toño para que no se moviera y, cuando entró en su despacho, le hice señas para volver a sentarnos.

―Ya queda menos, Toño ―le advertí tras mirar el reloj―. No debes tener miedo a nada. Verás que es un tío muy serio y, eso… corta un poco, pero te aseguro que es una bellísima persona.

No tardó en abrir la puerta y, haciéndome señas, me pidió que entrara. Toño no se movió.

―¿Qué tal estas fiestas, Roberto? ―Estrechó mi mano―. ¡Siéntese, por favor!

―Bien, bien, gracias. Demasiados días juntos…

―¡Sí, demasiados! ―Sacó unas carpetas y las puso sobre la mesa para ojear―. Ese señor que viene con usted es… a ver… don Antonio Jesús Fajardo, ¿no es cierto?

―Ese es; sí, señor.

―Tengo aquí unas excelentes y sorprendentes referencias de don Modesto sobre él; y también lo hemos comentado en persona. Al parecer, ese cocinero tan joven, su amigo, es muy bueno. ¡Excelente! No me extraña si su maestro ha sido don Marcos Duque, su tío. Conozco el restaurante que tiene en Plasencia. ¡Magistral!

No sabía de qué coño me estaba hablando, así que preferí asentir, sonreírle y no abrir la boca.

―¡Bueno! ―dijo echándose en el respaldo de su butacón―. ¡Usted dirá! Yo mismo he hablado con don Alfonso Núñez, el director de Mármoles… ¿Ha oído hablar de ese hotel nuestro en Sevilla?

―Poco, don Santos. Lo que me ha comentado Carolina.

―Sí, sí… Atendiendo a su necesitad de trasladarse, he pensado que es el mejor hotel. Uno de los mejores nuestros y que necesita a alguien como usted para levantarlo. Don Antonio Jesús, de momento, ocuparía el puesto de segundo de cocina; un cargo nada despreciable allí, se lo aseguro. En cuanto a su puesto aquí… Se le va a dar de baja y no tendrá que volver. Carolina le hará la liquidación.

―Me gustaría darle las gracias por…

―¡Deje, deje! ―me interrumpió al ver que podía hacer referencia a alguna recomendación―. El puesto allí es seguro y lo demás es mero formalismo. No hay relación de parentesco familiar alguna entre ustedes, ¿verdad?

―¡No, ninguna!

―¡Perfecto entonces! Entre usted y yo hay poco de que hablar. Ahora, si no le importa, dígale a él que pase.

Fue tan fría la visita y me vi tan sorprendido que tuve que hacer un esfuerzo para que Toño no me notara nada: «Te toca. ¡Ya sabes, tranquilo!», le dije.

Toño entró decidido ―al menos eso me pareció― y cerró la puerta suavemente. Hablaron durante unos cuarenta minutos. Aquel tiempo de entrevista se me hizo larguísimo.

Cuando menos lo esperaba, se abrió la puerta y asomó Toño sonriente haciéndome señas para que pasase. Asustado, negué repetidamente con la cabeza sin decir nada. Lo que se me vino a la mente fue que seguramente no sabía que debería salir para entrar yo otra vez.

―¡Vamos, Roberto! ―dijo don Santos asomándose junto a él―. Pase. Quiero hablar ahora con los dos.

Creo que, sin otro precedente, era la primera vez que entraba en ese despacho con alguien más. Nos invitó a sentarnos y nos hizo preguntas de rigor que no me parecieron de importancia. Para terminar, esbozando una leve sonrisa rara en él, sacó dos sobres para cada uno. Un sobre, con sello y nombre, iba dirigido al director del Hotel Mármoles y el otro era para entregarlo en la agencia de viajes:

―Ya sabe usted, Roberto ―dijo―. La entrevista es el viernes a las cinco de la tarde. Me gustaría que antes de tomar cualquier decisión, antes o después de la entrevista con don Alfonso, diesen ustedes algunos paseos por Sevilla. Tienen, por tanto, un billete de ida y vuelta abiertas en AVE para ir y volver cuando lo crean conveniente; y habitación en el Hotel Los Seis. Está muy cerca. La habitación pueden usarla hasta el lunes.

Se levantó sin más, estrechó nuestras manos como en cualquier otro encuentro de trabajo y se despidió de nosotros en la puerta.

―Pero, ¿has visto? ―exclamé al salir del hotel―. No sé qué cosas le habrán dicho de nosotros.

―Conmigo ha sido muy amable, la verdad.

―Supongo que habrás mantenido las formas sin darle confianza…

―¡Desde luego! ―contestó seguro―. Es verdad que parece buena persona, pero se mantiene muy distante. Me ha preguntado por la familia, por mi tío…

―¿Por la familia? ―exclamé asustado deteniéndome.

―¡No pasa nada, Roberto! Este hombre conoce a mi tío Marcos y, dice, conoció a mi abuelo.

―A ver, grandullón… ―Continué caminando tirando de su brazo―. Eso de tu tío y de tu abuelo, pienso yo, deberías habérmelo comentado, ¿no crees?

―No te engañado, cari ―farfulló reticente―. Siempre que quieras saber algo, me lo preguntas. Tengo esa mala costumbre de dejar aparte lo que no me parece importante.

―A mí sí me lo parece, Toño ―le expliqué cariñosamente―. Puede que nos conozcamos muy bien, pero desconocemos nuestros entornos. Te dije que iríamos a ver a mis padres y vamos a ir. Yo no tengo problemas de familia y, si no te importa, para poder ayudarte, tienes que contarme algo de eso.

―¡Claro! Cuando lleguemos a casa, nos ponemos cómodos y te cuento. Si quieres saber de algo que yo no te diga, me preguntas. No pienso ocultarte nada, de verdad.

Fuimos a la agencia de viajes y dimos un paseo para que viera algunas tiendas y lugares típicos y, aunque siempre procuraba mantenerse distante de todo lo referente a Madrid, me pareció muy satisfecho.

Ya en casa, notando la calefacción, nos quitamos ropa y nos dejamos caer en el sofá. Le tomé la mano, lo besé brevemente y esperé a que hablara:

―¿Prefieres que te cuente yo lo que crea importante o me preguntas y yo te cuento?

―Imagino que todo en tu vida debe estar bastante ligado. Desde el primer momento me pareciste alguien de una familia pudiente y con educación. Me extrañó que tuvieras que estar a expensas de tu padre y que te pegara y te tratara como a un niño… No lo eres.

―No sé si lo soy, Roberto. Me han educado así.

―¿Cómo es tu familia? ―pregunté interesado―. Ya he conocido a tus padres y oí hablar de tu tío… Si no me equivoco es hermano de tu madre…

―Sí, sí ―explicó sin dejar de mirarme―. Mi tío Marcos sabe muy bien lo que hay en mi casa. Habló con mi madre para que le dejara al niño para enseñarlo en la cocina… Siempre me ha gustado la cocina.

―Y a tu padre no; según oí.

―¡No! Mis padres siempre han discutido por eso. Luego, cuando decidí dejar de ir al restaurante, invitó a mis tíos a pasar el verano en la playa. Eran los que estaban allí cuando nos conocimos.

―Es decir… que no se llevaban muy bien antes.

Me miró un tanto asustado y dejándose caer sobre mis piernas me contó una historia que no hubiera imaginado:

―Mi abuelo paterno… Zenón, murió cuando yo tenía cuatro años. Recuerdo muy poco de él. Sé que me dejó una buena herencia, aunque la tiene mi padre en usufructo. El dinero es un fideicomiso, o algo así. Ni siquiera puedo disponer de él. Todo lo que viste en mi estudio no lo hubiera podido comprar si mi padre se hubiera negado. Quizá por eso no tengo ya mi propio negocio.

―¡Mi vida! ―exclamé desgarrado al recordar a su padre ofreciéndose a ayudarlo económicamente―. Tu dinero no me importa pero eso no me parece justo. Tu padre debería haber hablado ya contigo sobre esa herencia. ¿No sabes en qué términos está?

―No… Ni me interesa. Fue mi madre la que me dijo que todos los bienes serán míos cuando mi padre fallezca.

―Me asustas ―balbuceé―. Deberías haber exigido una aclaración a los dieciocho años. Se puede saber todo, si quieres.

―¡No, no! ―prorrumpió sentándose otra vez a mi lado―. Prefiero dejarlo como está; sería peor como están las cosas ahora…

―¡Bien! ―susurré acariciando su mentón―. No tienes que hacer lo que yo diga, sino lo que tú creas. Es hora de una cerveza, ¿no?

―¡Yo la preparo! ―saltó levantándose contento―. Lo que se nos ha olvidado es hacer la compra. No tenemos de todo lo que hace falta para comer hoy…

―Tú eres el que sabes hacerlo bien, Toño. Yo puedo comprar de todo menos lo que te haga falta…

―¿Salimos? ―preguntó entusiasmado.

―¡Venga, vamos!

Hicimos muchas compras en varios negocios y me pareció verlo disfrutar como a un niño. Tal como me comentó, Manoli lo recibió como si fuera su hijo cuando entramos en su tienda. Se salió del mostrador para darle un beso y un achuchón y me miró muy entusiasmada.

En poco tiempo volvimos a casa con viandas para todo el día. Al día siguiente por la mañana temprano, a las ocho, tomaríamos el AVE para estar en Sevilla a las diez y media; con mucho tiempo de sobra hasta la tarde del viernes.

La siesta, por supuesto, fue para nosotros. Más que dormir, nos acariciamos hasta hartarnos. Me moví para ponerme bocabajo junto a él y, al ver mi gesto, se puso de rodillas, acarició mis nalgas como en un masaje y, bajando mis calzoncillos lentamente, tiró de ellos hasta sacarlos de mis piernas.

Lo miré con curiosidad. Estaba allí, a mis espaldas, mirando mi culo y manoseándose la polla mientras se mordía los labios:

―¿Hoy no quieres chupetón? ―pregunté.

―Sí quiero ―musitó―. Cuando acabe esto.

―Como prefieras… ¿Es una de tus sorpresas?

―No lo creo. Ya sabes que siempre me gusta variar; a lo que salga. ―Agarró mis piernas para abrirlas cuanto pudo, se colocó en el centro y dejó caer su cuerpo apoyando las manos a mis costados―. Quiero hacerte muy feliz, conque no te muevas…

Estuvo un rato escupiendo en mi culo mientras iba haciendo caricias con los dedos desde abajo ―pasando mis huevos― hasta la espalda. En cierto momento cerré las piernas por instinto; por sentir un placer máximo.

―Esta vez vas a estar muy bien preparado, vida ―dijo―. Espérate lo mejor dentro de ti. ¿Voy?

―Ya tardas mucho.

Fue casi inmediato. Abrió mis nalgas tirando fuerte con sus dedos y tomé aire. Colocó la punta mortal de su suministrador de leche, lo colocó con cuidado… y apretó y apretó uniformemente y sin parar, dejando caer el peso de su cuerpo, hasta entrar hasta el fondo. Tuve que aguantar bastante, por supuesto ―quizá hubiera sido mejor hacerlo estando de lado―. Sentirlo penetrarme como si se vengara de su ser más querido me hizo estallar de placer.

―Me tienes dentro ―susurró―. Siempre que quieras me vas a tener dentro. En tu cuerpo y en tu alma.

―Me ilusiona ―tartamudeé―. ¿Hay más novedades?

―No quiero correrme así como así. Quiero que disfrutes mucho tiempo.

―¡Claro! Disfruto con mirarte.

Sin contestar, fue moviéndose muy lentamente; adentro y afuera, pero en vaivenes muy cortos. El placer era tremendo y, si aguantaba esos roces en su glande sensible, iba a gozarlo un buen rato.

Pasó mucho tiempo y me dejé llevar para relajarme hasta que lo oí protestar:

―¡Coño! ¡Que me corro!

―¡Dale, joder! ¡Dale fuerte! Lléname entero.

En cuatro movimientos violentos, alivió su medio litro lácteo ―como si pudiera verlo― dentro de mí:

―No entiendo esas películas porno que hay en Internet ―musitó jadeando―. No hay quien aguante tanto dentro de alguien a quien se ama más que a uno mismo.

―Eso es teatro, mi vida ―le dije volviendo la cabeza para mirarlo―. Y esto no es virtual; es real.

―Ahora te toca, cari. Voy a sacarla despacio porque tengo el capullo…

―No pasa nada; tranquilo. Ahora voy.

―Voy a mamártela, así que ya puedes ir preparándote.

―Está claro que hoy me muevo más bien poco…

―De eso nada ―ironizó con mucha gracia―. Yo pongo la boca y tú la metes. Creo que me entiendes.

―¡Uf! ¡Como si fuera la primera vez! ¡Me encanta!

Se limpió bien con una toallita húmeda, la arrojó al suelo despreocupadamente y se echó a mi lado bocarriba con la cabeza en el centro de la cama, de tal forma, que sus piernas caían hacia el suelo.

Me coloqué sobre su cuerpazo tremendo poniendo mis rodillas a sus lados y, acariciando sus muslos hasta las ingles y luego hasta sus pechos. Pegué la punta de mi nabo a sus labios para rozarlos en un lento masaje. Comprobé que mantuvo la boca bien cerrada, así que imaginé lo que pretendía. Tiré de su barbilla y empujé dentro de su boca. La abrió para dejarme paso y fui yo el que tuve que moverme para sentir placer.

Se agarró a mis nalgas y tiró de mí insistentemente. Antes de que me diera tiempo a pensarlo, comenzaron a venirme sudores y temblores. Me dejé caer sobre su cabeza para correrme mientras se mantuvo inmóvil.

―¿Esto alimenta? ―preguntó cuando me senté en su pecho―. Me lo he comido todo; por si esta noche no hay, con el cuento de que hay que madrugar…

―¿Quién sabe?

 

(continúa)



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