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Fecha: 24-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Hernán Cortés Capítulo III

emilyxxx
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De la estancia que le grandísimo conquistador tuvo en Santo Domingo y de como desfloró a la hija de su amante. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Hernán Cortés Capítulo III

De la estancia que le grandísimo conquistador tuvo en Santo Domingo y de como desfloró a la hija de su amante.

Nicolás de Ovando, Gobernador en Santo Domingo, que antes había ocupado con provecho el muy alto cargo de comendador de Lárez, y con el que Cortés había estado a punto de viajar a la Española, si no hubiese sido por una mala caída que impidió aquel hecho, era amigo de la familia de Hernán.

Cuando éste llegó a Santo Domingo de su accidentada travesía, aunque Ovando tenía noticias de su venida, el alzamiento de los indios taínos en las provincias del norte, habían motivado su ausencia.

Así pues fue el serñor Medina, el secretario de Ovando el que acudió al puerto a recibir a Cortés.

-¡Vive Dios qué alegría! Ya creíamos naufragada la nao en la que vuestra merced venía, ante tan gran demora. Es una dicha infinita la que siento al verle sano y salvo don Hernán. El gobernador Ovando hubiese muerto de tristeza de haberle sucedido a usted algo malo. No deja de referirle a usted y a sus señores padres, y es por toda la isla conocida la gran estima en la que le tiene-

Cortés sonrió satisfecho ante estas palabras, pero no pudo impedir distraerse de la perorata de Medina al ver pasar a Teresa cerca de él. Sus ojos viajaron a la grácil figura, que en compañía de sus padres, montaba en un carruaje mientras dos esclavos indios cargaban los diez o doce baúles en los que la familia llevaba todas sus pertenencias.

-Perdone señor Medina- se disculpo Cortés ante su interlocutor- he de despedirme de aquella familia. Pues los momentos azarosos que hemos compartido me impiden dejarles ir sin comunicarles mis mejores deseos-

-Vaya, vaya- contestó Medina, que le vio dirigirse presto hacia el carruaje de la bella señorita.

-Mi gran amigo- dijo Hernán abrazando al padre de Teresa – El haber pasado tan grandes peligros en su compañía ha unido para siempre en el espíritu y la amistad a cuantos hemos participado de tan malaventurado viaje. Siempre les conservaré en mi corazón y rezaré por usted, por su esposa y su bella hija en mis plegarias. No duden en ponerse en contacto conmigo si necesitan de mis servicios, porque presto tendrán todo mi afán a su entera disposición-

Teresa ruborizó de nuevo al estar tan próxima a Hernán y al recordar el trance de cubierta. Si cerraba los ojos se volvía a ver a cuatro patas, entre aquellos bidones de agua vacíos, ensartada en el ano por el tremendo pene del joven Cortés.

La madre la disculpó: -¡Es tan tímida! Hija, da la mano al señor Cortés-

Hernán besó la blanca piel más atentamente de lo que el padre hubiese querido.

-Estoy seguro que volveremos a vernos- dijo dirigiéndose a los tres. Y después se separaron.

-Mi estimado señor- dijo Medina a Cortés, ya sentados ambos en el carruaje y camino del palacio del gobernador- quiero que sepa que el señor Ovando tiene intención de dotarle de solar para su futura casa y unas excelentes tierras en el departamento de Duarte-

-Más andaba yo pensando, querido Medina en partir para el continente en busca del muy abundante oro que estas tierras atesoran y del que, por referencias, vengo en busca- le contestó Cortés.

-Pero mire usted, señor mío, y sopese. Que es más fruto de la casualidad y las más de las veces tras grandes privaciones y padecimientos, eso de encontrar oro. Y que la buena administración de unas tierras le pueden reportar al comerciarlas con España grandes y largos beneficios-

No puso Cortés cara de haber sido convencido por tales argumentos. Antes bien se le dibujó un gesto de desagrado.

-Ya veremos concluyó-

Volvió el gobernador Ovando al cabo de diez días a Santo Domingo y al recibir noticia de su regreso, fue Cortés a besarle las manos y a participarle las muchas noticias que traía de las tierras de Extremadura, lugar de su común nacimiento. Y fue en aquel encuentro en el que Cortés quedó convencido de quedarse en la isla.

Dada la inclinación del conquistador a los asuntos de armas, ayudó con éxito durante aquellos difíciles años, en las distintas contiendas abiertas. En especial en la guerra que hiciera Diego Velázquez contra el alzamiento de Ancoana, en las provincias que aún no habían sido pacificadas. Y Ovando, en recompensa a las fructíferas misiones capitaneadas por Hernán Cortés, le otorgó cierto número no despreciable de indios y la escribanía del ayuntamiento de Azúa, villa fundada por el mismo Ovando y donde vivió Cortés más de cinco años, ocupándose de tierras y granjerías.

Mantenía Cortés en todo aquel tiempo saciados sus apetitos carnales, amén de alguna aventura con otras damas que su camino cruzaban, con una viuda joven y bella, de nombre Beatriz, que como ama de llaves tenía encargada de su hacienda. La cual había parido antes de enviudar una hija de nombre María, que a la llegada de Hernán a Azúa tenía 18 primaveras, lozana y cargada de carnes pero sin afearle las curvas y el porte, en extremo apetitoso.

Fue cumpliendo María años hasta la edad de 20 y la niña, ya mujer, miraba con ojos golosos al señor Hernán, sabiendo que su madre yacía con él con descaro, como si de matrimonio se tratase.

Y sucedió que uno de los muchos días en los que Beatriz entretenía la siesta en la alcoba de Cortés, su hija María decidió irrumpir  de improvisto en la estancia.

-¿No tendrán inconveniente- dijo -en que hoy les acompañe?-

-Hija parte ahora mismo de aquí- rogó Beatriz- aún no es tiempo de que conozcas de ciertos asuntos-.

Pero Cortés, que sabía los deseos de la joven María por iniciarse en el arte del amor, y dada su inclinación hacia ella por las indisimuladas insinuaciones de la chiquilla, había aumentado en su ánimo los deseos de poseer tan joven y rollizo cuerpo. Así pues, puso la mano sobre los labios de Beatriz acallando sus palabras.

-Es hora de que esta jovencita pruebe los deleites de la carne- sentenció- y ¿en qué mejor compañía que la nuestra?-

Levantose Hernán y encaminando sus pasos por la alfombra hasta donde estaba María, cerró la puerta de la alcoba con llave, le tomó la mano derecha y la llevó hasta sus pantalones, justo encima de su miembro, duro ya por las atenciones de Beatriz. La joven lo aferró y acercó sus labios a las barbas de Hernán, invitando a un beso.

Viendo enlazadas las bocas de su hija y de Cortés, Beatriz pensó que para que la desflorara cualquier indio o desarropado, mejor le estaba iniciarse en los asuntos carnales con el señor Cortés, del que siempre recibiría calor, aprecio y dineros. Así que hizo de tripas corazón y consintió que comenzase la función.

Cortés sentó a María junto a sí, en un sofá de terciopelo verde y se quedó mirando a la joven. Sus cabellos rubios y ondulados caían sobre los hombros. Ella reposó su mano sobre el muslo de él, tentada de volver a sobar la polla que los pantalones ocultaban, mientras Beatríz, algo retirada, en una silla junto a su hija, la tomó de la mano libre de ésta.

El vestido de María era en tonos lila oscuros, con un amplio escote que prometía blanca tersura en aquellos hermosos senos sin estrenar. Beatriz había sido sorprendida por su hija ya desprovista del vestido y tan sólo se tapaba con unas enaguas blancas con los cordones desanudados.

Entonces habló Beatriz a Cortés:

-Hernán, prométeme que has de cuidar de por vida de esta niña a la que hoy vas a robar su tesoro más preciado-

María se incorporó en su asiento y acarició el rostro de su madre. –Sabes que te quiero-

-No me insultéis, Beatriz- se quejó Cortés- Si alguien conoce mi fidelidad y disposición con vuestra hija sois vos-

María aplaudió con el ímpetu que otorga la juventud las palabras de su señor y presa de la euforia y excitación del momento, le tomó la mano tirando de él hacia el lecho. Luego se despojó del vestido quedando en enaguas como su madre y se sentó apoyando la espalda en el cabecero de la cama.

-Has de despojarte de esas enaguas- dijo Beatriz a la hija mientras comenzaba a desabotonarla. Cortés al ver esto, se desvistió de todas sus ropas, quedando así como su madre la trajera a este mundo. Y hecho esto sentose junto a María cuyos blancos y abundantes senos colgaban desnudos, así como toda ella, desnuda también excepto en sus partes, cubiertas por un calzón de delicadísima seda que sin duda había elegido la moza para aquel trance.

-Ponte de rodillas hija- dijo Beatriz, arrodillándose junto a ella. El pene de Hernán quedaba frente a la niña, duro y rígido. A la sazón, María no había visto nunca uno así y su mirada absorta reposaba en la lindura de aquel sexo masculino.

-Tómalo con la mano y chúpalo como harías con un caramelo- Cortés se extraño de que Beatriz hubiese tomado tan naturalmente el papel de directora de escena. Pero aún se sorprendía más de la obediencia y destreza de la joven María, que al poco de recibir la orden de su señora madre, le devoraba el falo con tal ansia y apetito que apenas podía contener las ganas de eyacular en aquel mismo momento.

Lo engullía hasta chocarlo contra su garganta y la madre le sostenía los cabellos dorados, en parte por contemplar como su hija hacía el trabajo y en parte para dirigir con ellos, como si de una brida se tratase, la velocidad en las acometidas de la joven boca en el falo de Cortés.

Él permanecía tumbado, con los brazos abiertos reposados en el lecho y los ojos cerrados, concentrado en el disfrute de las caricias de la boca y la lengua en su troncho hermoso. Jamás hubiese sospechado la destreza de aquella criatura. Sin duda era el instinto el que dirigía aquellas sabias felaciones. Siendo Beatriz colaboradora al empujar de vez en cuando la cabeza de su hija para que el falo llegase más adentro, cosa que provocaba alguna arcada en la joven.

Luego que abrió cortes los ojos, no pudo menos que estrujar los senos de María, cosa que la joven agradeció con un profundo jadeo, y más tarde la atrajo de la cintura hacia sí, aproximando el joven trasero hasta su cara. Mordisqueó el glúteo redondo y blanco con fruición mientras María le hacía ver los cielos con la polla alojada en la tierna boquita.

Y entonces Beatriz, que conocía a Cortés y supo que de seguir su hija con tales trabajos no aguantaría mucho más, incorporó a su hija y la desnudó del todo, desnudándose ella misma también. Las sabias manos de la madre dirigieron el cuerpo de la hija, haciendo que hincara de rodillas una a cada lado del cuerpo del señor Cortés, de forma que el falo quedó justo bajo los belfos del sexo virgen.

Cortés sujetó su pene cubierto con las babas de la felación y comenzó a dibujar con la punta del prepucio la línea que separaban ambos lados de la tierna raja, que ya de por sí estaba convenientemente aceitada por las ganas de la doncella.

Ella misma se penetró, bajando las caderas, y por Satanás que la condenada no hubiese parecido virgen, a no ser por un poco de sangre que tintó de rojo el pene de Hernán.

-Muévete hija, cabalga-

Tan prieto coño y tanta ligereza en los movimientos hicieron su efecto y el conquistador se derramó como un bendito, y en no tardando, la zagala se desplomó sobre sus senos en el pecho de Hernán exhausta por las contracciones de un tremendo orgasmo.


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