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Fecha: 27-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Trios

Mi novia y yo jugamos con su nueva compañera (III)

cottonmouth
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Tiempo estimado de lectura: [ 18 min. ]
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Mejor leer las partes anteriores para disfrutar de la historia al completo. Continúa la historia en la que mi novia y yo iniciamos a una nueva compañera de trabajo suya en los placeres de los encuentros a tres. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

     Después de haber recibido una comida de coño bestial por parte de Sara y mía, Cecilia nos dijo que estaba expectante porque nunca había probado el sexo de una mujer.

     ―Pues te estás perdiendo una de las cosas más morbosas que existen ―dije yo.

     ―¡Lo puedo imaginar! Pero es que…

     ―A ver… ―dijo Sara―. ¿Tú no has disfrutado de mi lengua?

     ―Querrás decir de las dos lenguas ―maticé yo.

     ―Sí, claro que he disfrutado… ¡Como una loca! Pero hacértelo a ti, Sara me impone mucho respeto.

     ―Estamos disfrutando del sexo ―dijo ésta―. No lo pienses más.

     ―Por cómo lo has hecho, así de bien...

     ―Tu jefa sabe mucho ―dije yo―. Se comió su primer coño con quince años.

     ―Es toda una experta, créeme ―dijo Cecilia.

     Entonces, Sara se incorporó sobre la hamaca y acarició a Cecilia en la mejilla dándole un beso muy leve en los labios.

     ―Tengo mis trucos… ―dijo―. Así que vamos a empezar por lo más básico. Si algo no te convence paramos y ya está.

     Cecilia asintió levemente con la cabeza y sonrió.

     ―Me estáis matando de morbo ¿Lo sabéis?

     ―Mario, ve a nuestra habitación y trae el antifaz ―ordenó mi novia.

     Yo sabía perfectamente a cuál se refería. Un antifaz negro, de seda, con un bordado blanco de encaje. Era habitual en nuestras sesiones de sexo, sobre todo cuando establecíamos roles de personas desconocidas. Lo más gracioso es que yo lo he utilizado hasta en las siestas. Cuando abrí la cómoda donde Sara guardaba todo nuestro arsenal de juguetes eróticos cogí el antifaz y me fijé en el vibrador Jazzie que tanto le gustaba usar a solas o con mi ayuda. Era nuestra última adquisición. Un falo negro de diseño moderno, ni demasiado largo ni demasiado grueso. Lo escondí en la parte trasera de mi slip y volví a la terraza.

     Para cuando llegué me encontré una escena de lo más morbosa. Las dos estaban fundidas en un morreo bastante guarro y sus barbillas empapadas de saliva. Si Cecilia tenía dudas de lo que estaba a punto de hacer esa noche, desde luego no lo parecía.

     ―Ven aquí ―me sugirió Sara.

     Me cogió de la mandíbula, me guio hasta Cecilia y me obligó a besarla. Luego la besé a ella y finalmente nos besamos los tres a la vez. Era una situación muy excitante. Yo besando a mi novia y ella a su vez besando a otra chica.  Acabamos juntando las lenguas para paladear nuestras humedades. Ni que decir tiene que Cecilia cada vez estaba más suelta y desinhibida.

     ―Ahora vamos a ponerte esto, cariño ―dijo Sara cogiendo el antifaz que le entregué.

     ―Ufffff…. ―exclamó Cecilia―. Intuyo que esto me va a poner bastante cachonda...

     Y era verdad, porque tuvo la reacción de llevarse la mano al coñito y nos demostró que estaba de nuevo empapado y brillante. Ese coño perfecto que Sara y yo nos habíamos comido hasta hacerla correrse. Puteándola hasta el infinito… primero por turnos y después entre ambos, con nuestras lenguas peleándose por su clítoris y labios como si quisiéramos disputarnos su corrida.

     ―¿Estás dispuesta a jugar? ―le pregunté con dulzura.

     ―Lo estoy… Y me encanta porque no sé lo que va a pasar ―respondió Cecilia―. Eso me excita muchísimo, que lo sepáis.

     De repente se me ocurrió otra idea.

     ―Pónselo tú mientras voy a por algo más ―le pedí a Sara.

     Me levanté y fui corriendo a la cocina. De la despensa cogí dos canutillos de galleta, de esos que se usan para decorar helados y del congelador un par de hielos.

     Entonces volví a la terraza y me encaminé hacia mis dos chicas de esa noche. Cecilia, echada en su hamaca, se tentaba el antifaz comprobando si veía algo o no. Sara, echada por su parte en la suya, estaba enfrascada en una paja muy rica y pausada. Seguro de que le daba morbo hacerlo sabiendo que Cecilia no podía verla precisamente así.

     Yo me fijé en ella, pajeándose mientras miraba a Cecilia en pelotas. La polla se me puso más tiesa todavía que antes de empezar este juego morboso. Luego miré su coño y disfruté de la visión de unos dedos entrando y saliendo despacio. Encharcados como nunca y brillantes por tanta excitación.

     ―Me encanta ver cómo te pajeas por su culpa ―le susurré al oído antes de besarla.

     ―¡Mmmmhhh! ―gimió ella.

     No sé si alguna vez he descrito el coño de mi chica, pero es digno de hacerlo. Un coño medianito, con labios suaves y no muy prominentes.  Tiene algunas arrugas en la parte superior. Cuando juego con él y se lo chupo muy despacito me encanta deslizar la lengua entre ellos y sacar su clítoris poco a poco. Succionándolo también hacia fuera con mis labios hasta ponerlo del tamaño de un guisante. Creedme si os digo que se abre como un libro cuando paso la lengua y me baña con sus jugos. Puedo estar disfrutando de ese coño tan rico y no parar hasta que se corre como una loca.

     Poco a poco, me acerqué a Cecilia y comprobé que no podía ver nada, como ella misma estaba haciendo desde hacía un rato.

     ―Ahora sí que estás “totalmente a ciegas” ―le dije al oído antes de que diera un respingo.

     ―¿A qué esperas para aprovecharte?

     ―¿Quieres que lo haga así? ―pregunté.

     Cogí la barbilla de Cecilia y la besé con dulzura.

     ―Sí… ―respondió Sara―. Primero dulcemente y luego más guarro.

     ―Saca tu lengua, Cecilia ―dije yo tirándola del pelo hacia atrás con suavidad.

     Ella sacó su lengua y yo me dediqué a lamerla como si fuera un chupa chups de fresa.

     ―Mira, cariño… ―le dije a Sara.

     Después lamí a Cecilia de una manera muy sensual y sorprendentemente la escupí en la boca.

     ―Joder cómo me pone que la escupas… ―dijo mi novia. Y si bien yo sabía que a ella le gustaba verlo en las películas porno, pensaba que sólo era en las escenas lésbicas. Así que me sorprendió bastante.  

     Por último, finalicé morreando a su nueva aprendiza a mi estilo: la barbilla de forma muy guarra y las mejillas dulcemente. El estilo dulce y guarro de Mario que a tanto le pone a Sara.

     ―¡Ummmmhhhhhh! ―jadeó Cecilia estremeciéndose.

     Para ponerle más picante a la situación le pellizqué los pezones, abofetee sus pequeñas tetas con la mano que no sujetaba la barbilla y la mordí en los labios.

     Sin violencia… pero con firmeza.

     ―¡Joderrrr! ¡Qué cabrón eres! ―exclamó ella―. ¡Eso me pone a cien!

     ―¿Has visto cómo le gusta a la muy zorra? ―le pregunté a Sara.

     Mi chica asintió y aumentó el ritmo de su paja.

     ―Ahora Cecilia, voy a putearte un poco.

     Le enseñé a Sara los canutillos y sonreí pícaramente.

     ―Qué hijo de puta eres… ―dijo ella al darle uno y adivinar lo que iba a hacer con ellos.

     Se abrió el coño con los dedos, lo untó pasándolo de arriba abajo por los labios y me lo devolvió empapado. Luego cogí el otro e hice lo mismo que ella pero en el coño de Cecilia. Me entretuve, si cabe, un poco más… Por ser un coño menos familiar para mí.

     ¡Tenía que aprovechar la ocasión, después de todo!

     ―Por si no te has dado cuenta, Cecilia… Estoy untando algo en tu coño ―dije―. Luego tendrás que probarlo pero no te preocupes porque es comestible.

     ―Me encanta…

     Por si no os he descrito el coño de Cecilia, también merece un repaso detallado. Lo primero que me vino a la cabeza al verlo por primera vez es que era el coño de una muñeca adolescente. Creo que yo os lo dije anteriormente, los labios exteriores son tan gordos que tapan los interiores y cuando los abres apenas se perciben éstos. Su coño es una línea recta con dos pliegues abultados de aspecto adolescente. Al contrario que Sara, el clítoris de Cecilia es del tamaño de una lenteja. Así que os aseguro que cuesta bastante encontrarlo cuando hurgas con los dedos y la lengua en su coño. Eso no nos impidió a Sara y a mí proporcionarla una corrida monumental como ya pudisteis comprobar anteriormente.

     ―Enséñame tu lengua, putita ―le dije a Cecilia.

     ―Cómo me gusta que la llames putita ―dijo Sara.

     ―Nuestra putita…

     Entonces Cecilia sacó su lengua y deslicé sobre ella el canutillo que había untado en el coño de Sara. Lo deslicé varias veces y luego se lo pasé por los pezones también. Qué morbo me daba hacerle lo que le estaba haciendo con ese antifaz que la impedía ver nada. El otro me lo comí yo mirando a Sara y puedo decir que estaba de escándalo.

     ―¡Mmmmmmm! ―susurró Cecilia después de chupar el canutillo erróneo―. ¡Qué rico está!

     Sara tuvo que contener una risita irónica aunque eso no la impidió seguir pajeándose.

     Me incorporé para acercarme a ella y la besé.

     ―¿Te encanta ver a una golfa relamerse con tus jugos, verdad? ―le pregunté muy bajito.

     ―Sabes que sí… ―respondió ella.

     Después volví a acercarme a nuestra invitada y fue a ella a quien le pregunté bajito…

     ―¿Te gusta el sabor a coño untado en un canutillo? ―pregunté.

     Ella sonrió y me intentó tocar.

     ―Está delicioso ―respondió―. Y quiero volverlo a probar.

     ―¿Seguro?

     ―Acércamelo…

     Después encontró mi cara con sus manos, me besó y buscó las mías para volver a probar el canutillo. Lo besó sensualmente y lo lamió varias veces. Mientras tanto, Sara se moría de cachonda que estaba, pajeándose cada vez más rápido.

     ―Ahora acércate tú ―me dijo Cecilia.

     Yo hice caso.

     ―Me pone muy cachonda pensar que has intentado engañarme ―susurró en mi oído―. Pero no soy tonta…

     ―¿Por qué lo dices? ―susurré yo a mi vez intentado proseguir la conversación en secreto.

     ―Porque me apuesto lo que sea a que has usado dos canutillos… Uno untado en mi coño y el otro deduzco que en el de Sara. Uno ha crujido, deduzco que en tu boca. El otro me lo has dado a probar. Y bien rico sabe… tengo que decir. Pero no es mi coño el que estaba impregnado en él.

     ―¿Estás segura? ―pregunté yo.

     ―Mario, sé cómo sabe mi coñito… Y te puedo asegurar que no es tan rancio como el sabor que tengo ahora mismo en la boca ―dijo ella―.  Es más, me pone tan cachonda ese sabor a coño ajeno que quiero que me des más. Así que ya estás tardando en quitarme este antifaz para verlo de cerca antes de paladearlo de nuevo.

     Yo accedí gustosamente. Le quité el antifaz y con el permiso de Sara volví a untar el canutillo en sus jugos para dárselo a Cecilia. Ésta miró a mi chica y lo chupó de nuevo, no sin antes pasar su lengua por mis dedos, que también estaban pringosos.

     ―Mira lo que hago con lo que sale de tu coño… ―dijo antes de comérselo entero.

     ―Ahora sí que estás en el camino de ser una buena zorra ―reaccionó Sara.

     ―Ten Cecilia ―dije yo sacando el vibrador de mi slip―. Prueba con esto, no te reprimas. Saca la cerda que llevas en tu interior.

     ―Uffff, qué gustazo te voy a dar con este juguetito, Sara.

     Mi chica no aguantó más al ver el Jazzie y nos enseñó su coño abriendo las piernas de par en par. Decir que aquello era una charca de jugos era quedarse corto… porque había que ser muy santo para no desear mojar la polla en ella.

     ―Juega con mi coño todo lo que quieras ―dijo mi novia.

     Entonces unté su ojete con los jugos que descendían por la zona y le introduje un poco la punta del índice.

     ―Qué rico tiene que estar esto… ―dije.

     ―Quiero que Cecilia lo vea de cerca…

     Yo cogí a Cecilia de la mano y la acerqué hasta su entrepierna.

     ―Mira qué coño tan rico y lo que has provocado en él…

     ―¡Cómo mojas, cabrona! ―dijo ella.

     ―Te diré lo que vamos a hacer… Yo voy a chupar muy despacio la raja de Sara... Y tú puedes mirar de cerca y rozarla de vez en cuando con el vibrador.

     ―Eso suena muy bien…

     ―Si ella te da permiso y te atreves… puedes chuparlo.

     ―Mmmmm… Mi primer coño… Y así de apetitoso. Creo que me en-can-ta-ría ―dijo Cecilia sílaba por sílaba mientras me sonreía.

     ―¿Alguna objeción? ¿Sara?

     ―Ninguna, cariño… Desde “ya” tiene mi permiso para disfrutar tanto como quiera y hasta donde quiera.

     Entonces miré a mi chica a los ojos y empecé a besarla en el coñito y a lamérselo con mucha cautela. Quería que Cecilia viera lo cabrón que puedo llegar a ser. Estaba claro que yo era un experto comedor de coños y que la estratagema de hacerme el tonto anteriormente para que Sara me enseñase a hacerlo, era eso… una estratagema.

     ―¡Joder… Mario! ―dijo Cecilia―. Mira cómo reacciona su esfínter cuando le acerco el vibrador.

     Era cierto, cada vez que Cecilia hurgaba con el Jazzie en su botón anal, éste se contraía ligeramente y sufría pequeños espasmos. Yo entonces usé mis labios y succioné con delicadeza el clítoris.

     ―¡Oooooohh! ¡Qué ricooo, por Diossss! ―Sara emitió unos jadeos interminables.

     ―Qué zorra eres cariño ―dije―. Estás tan cachonda mientras te como el coño y tu nueva compañera de trabajo te acaricia el ojete con el vibrador.

     ―¡Es que me estáis matando de gusto! Seguid así que me voy a correr… ¡Seguid! Que ya me he frenado bastante cuando me estaba pajeando mientras le comías la lengua a ella.

     ―Vamos a hacer que te corras ―dijo Cecilia―. Mira lo que te estoy haciendo.

     ―¡Mmmmmmmm! ―gimió Sara al notar la punta del vibrador meterse ligeramente en su ano.

     ―¿Quieres que siga? ―preguntó Cecilia sacando el vibrador.

     ―Por favoooor, Cecilia… Sigueeee… ¡Mételo! ¡Me matas de gusto!

     ―¿Te gusta notar el cosquilleo en tu ojete mientras Mario te chupa el clítoris? ―dijo ésta.

     ―¡Me encanta! ¡No pares… Quiero correrme!

     Entonces yo añadí más carne al asador metiendo un par de dedos en su coño y luego moví las yemas de éstos acariciando la parte superior de su cueva. Con un movimiento y un ritmo que sólo Sara y yo conocíamos. Por experiencia puedo deciros que ese movimiento le provoca unos orgasmos increíbles cuando además le succiono el clítoris.

     ―¡Cariño, me voy a correr…! ―dijo mi novia―. ¡Estoy a puntoooo!

     No me anduve con más rodeos y dejé que Cecilia ocupara mi sitio.

     ―Cómele el coño… ―dije cogiéndola de la nuca suavemente―. Se va a correr y quiero que lo notes...

―Joder, ya era hora… ―dijo ella.

     Me quedé expectante viendo cómo lo iba a hacer Cecilia por primera vez. Es un mito que las tías lo hagan mejor que los tíos porque eso va con la persona. Pero siempre da mucho morbo ver a una de ellas comiéndose el coño de una amiga.

     ―Si consigues que se corra te dejo chuparme la polla tanto como quieras ―le dije al oído. Entonces deslicé mi otra mano por su entrepierna y me dediqué a pajearla lentamente.

      ―Joder, qué gustazo…  

      Ya eran dos los coños chorreantes que yo tenía al alcance de mis dedos. Y me lo estaba pasando a lo grande. Si cabe, ver el agujero de Sara cubierto por los labios de Cecilia, con su lengua deslizarse por los pequeños pliegues, sólo contribuía a aumentar mi placer…

     ―¡Mmmmmm! ―gemía Cecilia mientras me miraba con su lengua puesta en el clítoris de mi chica.

     ―¡Aaaarrggghhhhh! ―gritaba Sara. Ella también notaba la punta de mis dedos y la del Jazzie entrando en su ojete mientras su amiga se afanaba en deslizar su lengua cada vez más rápido.

     ―Se va a correr, Mario…

     ―Sí, Ceci… Se va a correr ―anuncié.

     ―Noto los espasmos que le están viniendo.

     ―Y te gusta su sabor, ¿verdad?

     ―Me encanta ―dijo ella―. Ahora ya no sabe a rancio… Sabe dulce.

     ―Eres una guarra…

     ―Y me encanta saber que tu enorme polla ha estado ahí dentro muchas veces ―dijo antes de seguir chupando como una posesa―. Hace que se lo coma con más ganas…

     El sonido de sus chapoteos era indescriptible y yo estaba cada vez más cachondo.

     ―Si vieras cómo la tengo…

     ―Enséñamela… ―pidió ella.

     Yo me alcé y se la mostré. Entonces Cecilia la cogió con la mano que no tenía ocupada y la meneó varias veces delante de Sara. Con violencia, una vez… Luego la pajeó indefinidamente. Ni que decir tiene que mi polla estaba hinchada, grande y firme.

     ―Mira la tranca de Mario ―le dijo a Sara―. Quiero que sepas que luego se la voy a chupar y pienso tragarme toda su leche.

     ―Me encantará verte hacérselo… eres una puta ―dijo mi novia.

     ―Se la voy a exprimir bañada en tus jugos después de untarla entera en tu coño.

     ―¡¡OOoooohh!! ¡¡¡Joder, sí!!!!―exclamó Sara.

     ―¡Córrete, zorra! ―le dijo Cecilia hundiendo el vibrador completamente en su culo―. ¡Córrete o se la chupo delante de tu cara!

     ―¡¡¡Joder, siiiii!! ¡¡Me corroo, me corrrooo!!! Me corrooooo!!

     Sara tembló violentamente una decena de veces y luego se llevó las manos a la cabeza.

     ―Disfruta, cariño….

     El orgasmo debía haber sido tremendo, similar a los que experimentaba cuando yo la penetraba analmente. Cecilia dejó de chuparla y meterle el vibrador y yo le saqué los dedos del coño a las dos.

     ―¡Hostias….! ―dijo Sara―. ¡Qué manera de correrme! ¡Me duele y todo!

     ―¡Jajajajaja! ―rio Cecilia.

     ―Hemos descubierto un talento en bruto ―dije yo.

     ―Tú primer coño… Ven aquí… ―dijo mi novia señalándola con el dedo.

     Entonces se abrazaron y se fundieron en un morreo.

     ―¿Lo he hecho bien?

     ―¡Más que bien! ―dijo Sara abriéndose de piernas―. Mira cómo me has puesto, zorra…

     ―Es que me encanta haceros disfrutar ―dijo Cecilia untando un dedo en el coño de mi novia y llevándoselo a la boca para chuparlo.

     Después las invité a echarse sobre una de las hamacas y yo me tumbé en la otra. Me puse un almohadón bajo la cabeza y sonreí mientras me deslizaba la mano por la pelvis para acariciarme la polla y los huevos.

     ―Mirad qué solitaria está mi herramienta ―dije.

     Y entonces empecé a hacerme una paja muy lenta enseñándolas el grueso del capullo que ya estaba morado. Una paja de las mías, realizada delante de dos bombones tan morbosos como ellas y que era un reclamo para decirlas que había llegado mi turno. Las dos se quedaron atónitas cuando apreté fuerte el tronco y provoqué que salieran gotitas de mi líquido seminal. Luego las esparcí por el capullo.

     ―¡Eso hay que remediarlo, cariño! ―dijo Sara.

     ―¡Sí, Inmediatamente! ―dijo Cecilia.

     ―¿Sabéis qué os digo? ―pregunté yo.

     ―¡Noo! ―respondieron las dos al unísono.

     ―Que os vais a sobar las tetas hasta que yo quiera… Porque os voy a hacer sufrir un rato antes de que juntéis vuestras bocas en mi polla.

     (Continuará...)


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