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Fecha: 30-Nov-16 « Anterior | Siguiente » en Erotismo y Amor

MEMORIAS DE UN SOLTERÓN.- Capítulo 2º

HANIBAL
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Donde se cuenta cómo, de una vez por todas, dejé mi empedernido celibato... Que el relato os haya gustado es lo que desearía. Donde se cuenta cómo, de una vez por todas, dejé mi empedernido celibato... Que el relato os haya gustado es lo que desearía. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

CAPITULO 2º

De esas abstracciones mías vino a sacarme, primero, un pellizco que ella me arreó en el brazo, de esos que, antes al menos, se llamaban de monja, que las señoras que en su niñez y primera adolescencia asistieran a colegios regentados por tales religiosas podrían dar buena fe de cómo eran. Vamos, que te encendían, me encendió ahora a mí, dejándolas, dejándome a mí, marcaditas, marcadito, para días, al tiempo que, entonces sí, la escuchaba decirme con toda claridad.

  • ¿Se puede saber dónde estás, Antonio?... Porque, tu cuerpo sí que está aquí, conmigo, a mi ladito, pero tu mente, tu alma, sabrá Dios por dónde anda… Porque, vamos a ver, ¿qué acabo de decirte?

Y qué queréis, que, al instante, con mi semblante en rojo fuego, que las mejillas parecíame que echaban lumbre, del calor que allí mismito sentía, bajé la cabeza, la vista, evitando así su mirada, prendida, con total insistencia, en mí

  • Perona, Carmela; perdóname… Sí, me he distraído por unos minutos…no sé si muchos o pocos… Y no; no te escuchaba, embebido en ms pensamientos…  Bueno… Una tontería; perdona, de verdad, mi querida amiga…

  • A saber cuáles eran esos pensamientos que te tenían tan ajeno a todo… Aunque, no sé, no sé, que me mirabas, que ni pestañeabas siquiera…como si quisieras aprenderte, de memorieta, todita mi fisonomía, todita yo, vamos… Lo mismo pensabas hacer mil  y una guarrerías con una… Y, ¿sabes lo que te digo?; que irías dao, guapo, que, si bien se me da pegar pellizcos que  “molan mazo”, no veas cómo se me da arrear rodillazos donde más os duele a vosotros, los tíos… Luego… ¡”Avisao” quedas!

Y yo, si antes me puse en rojo mayor y sin ser capaz de mantenerle la mirada, ahora estaba más en bermellón que en rojo y diciendo “Tierra, trágame”… Pero la “pugnetera” tierra, “que si quieres arroz, Catalina”… U sédase, que ni “flowers”… Hasta que, al fin, fui capaz de más balbucear que hablar

  • ¡Por Dios Carmen!...  ¡Ni borracho se me ocurrirían tal contigo!

  • ¡Ah!... Pues muy bonito… Vamos, que no me ves lo suficientemente “mollar” para intentar “meterme mano”…

¡Que Dios confunda a las mujeres y a quién las entienda!... ¡Pues, no te amuela y con lo que me sale ahora!

  • No… No es eso tampoco, Carmen… ¡Ay Dios de mi vida!... Que ya ni sé ni qué decir…

  • ¡Ja, ja, ja!...

  • ¡Por Dios, Carmen, Carmela!... ¡No te cachondees de mí, por favor!

Y era cierto, que yo ya ni sabía qué hacer, dónde meterme, pues más “corrido”, más avergonzado, ya no podía estar. Pero, al menos, ella se “cortó” un poco de seguir riéndose de mí a mandíbula batiente

  • No Antonio, mi querido amigo; no me río de ti, ni mucho menos… Te aprecio demasiado para hacer eso… Pero, esa carita de niño bueno, más compungido que otra cosa, tras ser cogido en falta, era tan gracioso… Sí Antonio, me reía, pero sin mala intención…  De buen rollito, vamos… Te quiero; sí, te quiero, demasiado para hacer eso… Ja, ja, ja… Sí; estás, estabas, graciosísimo…

  • Ya… Bueno… Pues ¿sabes?... También yo te quiero… Y mucho, mi amiga; muchísimo… Más, bastante más, de lo que puedas imaginar

  • Pues ten cuidado, que yo tengo muchísima imaginación, con lo que, a lo mejor, imaginando, imaginando, a lo mejor, hasta resuelvo ese acertijo

  • ¡Ja, ja, ja!... Ni lo intentes, porque a lo mejor… ¡Hasta te adustas de lo que descubras!

  • ¡Uy!, ¡uy!, ¡uy!... Y que peligro me está empezando a parecer que tienes… Lo mismo resulta que eres todo un “D. Juan”, seductor de inocentes viuditas…

Y rompimos a reír los dos con verdaderas ganas… Yo me encontraba del mejor humor, como a veces se dice, “feliz como una perdiz”, pues estaba seguro de que acababa de dar pasos de gigante en la consecución de mi meta más soñada, conseguir su ansiado “Sí”, consintiendo en ser mi mujer… Con o sin “casorio”, que eso, a esas alturas de fines de los 80, era de menor cuantía, no como unos cuantos años antes, poco más de diez, cuando una unión en pareja, sin pasar por la sacristía y ante un cura, imposible, casi; ni siquiera pensarlo… Para empezar, ella misma, por su libérrima iniciativa, había apeado el más que formalista tratamiento de “usted” entre nosotros, estableciendo el mucho más intimista tuteo entre ambos; pero también ese más o menos solapado, más o menos abierto,  flirteo entre ambos, y, de nuevo, no porque yo lo hubiera buscado, sino porque ella, por su libre albedrío, lo había empezado, y a lo que, yo, como es natural, con el  mayor gusto, el mayor entusiasmo, me sumé

Y decidí pisar un tanto el acelerador, buscando intimar más y más con ella, al  proponerle

  • Y me digo; ¿por qué, en vez de estar aquí, sentados en el banco, como pasmarotes, no nos vamos al bar de Alfredo, y nos tomamos…pues no sé; un café, un refresco…una cerveza incluso?

Carmen, Carmela, se quedó en suspenso, pensativa… Hasta que empezó a reaccionar

  • No lo sé, Antonio… No  sé qué hacer… Me da vergüenza, ¿sabes?... Creo…creo que en m vida he pisado un bar… Y, hacerlo ahora, y junto a un hombre que no es mi marido… No sé… Me da “palo”, ¿sabes?... Mucho “palo”… Me entiendes, ¿verdad?...

Y volvió a sumirse en el ensimismamiento en ella misma,  con todas las trazas de estar evocando el pasado, con no poca nostalgia de un tiempo ya pasado…y muy,  muy, ya pasado; por fin, y de nuevo, volvió a hablar

  • ¡Dios mío, si apenas he vivido hasta ahora!... A nuestros catorce años, yo recién cumplidos, él ya cercano a sus quince,  nos hicimos novios, y  a mis quince, con él casi en los dieciséis, nos casamos… En fin, ya sabes, que nos liamos a “escribir cartas a la cigüeña”, hasta que nos “respondió”… Y, en fin, que a mis dieciséis y él con casi diecisiete, éramos padres de nuestro, mi hijo mayor, José Miguel… La verdad, es que le quise mucho… Pero que mucho, mucho… Y, cuando él murió, lo cierto es que lo pasé más que fatal durante más tiempo del que nadie piensa…

Y me sentí más valiente que el Cid Campeador, lanzándome a decirle

  • Te das cuenta de que has hablado en pasado, no en presente…

Ella me miró con mucha, pero que mucha intensidad, envolviéndome en la inmensa negrura de sus bellísimos ojos, una sima oscura como la noche, cual ala de cuervo, en la que me sumí a tumba abierta. Al fin, de nuevo habló

  • Claro que me doy cuenta de que hablaba, hablo, en pasado…

Y, sin más, se levantó, poniéndose en pie casi que de un salto. Y entonces, ya de pie sobre el suelo, me dijo

  • Pero, pensándolo mejor, creo que me gustará  ir a ese bar…Que ya es hora de que empiece a vivir… Y, ¿sabes?... Me tomaré una cerveza,  nada de café, refresco  y tal… Incluso, si prefieres tomarte un vino, te acompañaré…

Yo, tomado de sorpresa, me quedé aún sentado, con lo que ella, alargándome la mano, me dijo

  • ¿Vamos,  Antonio?...

Y yo qué iba a hacer sino levantarme al instante, tomando su mano con la mía. Y  así, cogidos de la mano los dos, nos dirigimos al mesón “Extremadura”, el bar de Alfredo, un vecino de nuestra plaza, pues si nosotros vivíamos en el número seis, él lo hacía en el uno, en cuyos bajos se asentaba su “mesón”, un sencillo bar, casi una más que sencilla taberna o tasca, bastante cutre, además.

Desde entonces, eso pasó a ser la cotidianeidad de cada día; yo llegaba lo antes que  podía, entre las cuatro y media y las cinco de la tarde, tras sacrificar, no solo la diaria tertulia con los compañeros, sino hasta mis inveterados café y copa, deseando encontrarme con ella, “mi Carmela”, como en mi mente, que no oralmente, la llamaba, encontrándola siempre en el mismo banco, esperándome fielmente día tras día, para acabar nuestras tardes en el “mesón” de Alfredo. Esto se mantuvo así, pues no sé,  cinco, seis, puede que hasta siete semanas, hasta que una tarde, estando ya en el famoso “mesón”, casi cuando ya nos iríamos de vuelta a casa, me atreví a proponerle salir juntos alguna tarde, aprovechando los días que yo libraba. La propuse, en principio, ir al cine, a merendar en una buena cafetería; o pasear en barca, en el estanque del Retiro o en el lago de la Casa de Campo… Hasta a pasar la tarde en el Parque de Atracciones, o el Zoo, de la Casa de Campo… Y, la última sugerencia, aunque ésta se la hice con verdadero miedo, por la “acogida” que pudiera tener, pues era, a mi juicio, muy atrevida, aunque lampaba(1) por ello: Cenar y bailar alguna que otra noche.

Ella, de momento, cuando me oyó, se quedó como en suspenso; no seria, ni mucho menos, sino como embobada, alelada… Y, al fin, salió de esa especie de marasmo, diciendo

  • ¡Dios mío, y cuánto tiempo desde que no hago nada de eso!... Bueno, lo  de montarme en una barca, la verdad es que nunca lo he hecho; tampoco sentarme en una buena cafetería… Y lo que dices de ir a la Casa de Campo, a esos sitios, el Parque de Atracciones, el Zoo, menos aún… Y de bailar… Bueno, creo que ya ni me acuerdo; que ni sé ya bailar… Bueno, que tampoco fue tanto lo que bailé, más que de joven, de niña, pues ya sabes, a mis catorce años me hice novia de mi pobre Antonio, y enseguida nos casamos… Y a partir de ahí, sólo mi casa, mi marido, mis hijos…

Se quedó otros instantes en silencio; como ensimismada en sus pensamientos, aunque creo que más correcto sería decir en sus recuerdos

  • La verdad, con Antonio, mi difunto marido, fui feliz, sin echar nada en falta… Mi casa,  mi marido, mis hijos… Todo eso llenaba mi vida y nada más necesitaba Pero esa otra vida, más social, más…cómo diría, abierta, nada de nada… A mi Antonio nada de eso le gustaba, y si yo bailaba como un pato, a él se le daba aún peor, por lo que no le gustaba, casi odiaba lo de bailar… Antonio era bueno; muy bueno conmigo, pero a su manera… Para él, las mujeres en la calle sólo lo imprescindible, la compra diaria y tal, entendiendo que no era decente que una mujer anduviere por ahí, a su albedrío… Eso, para él, era casi de furcias…  Él sí, él salía, se iba con los amigos, al bar y demás… Ya sabes, le gustaba echar su partida cada tarde; trabajaba sólo por la mañana, estando en casa siempre hacia las dos, dos y media de la tarde, y, en terminando de comer, se marchaba al bar de  Alfredo, a tomar su café, su copa y su partida de mus o tute. Y que conste que,  si yo hubiera querido salir, bajar a la plaza con las vecinas, él no me lo habría impedido, pero yo sabía que no le gustaba, y a mí, pues tampoco me “tiraba” tanto ese plan, pasando, tan ricamente, el tiempo en mi casa, con mis labores, planchando, cosiendo y tal… Y, sobre todo, cuidando de mis hijos hasta que fueron ya un tanto delantericos,

Se calló un instante para al punto, como suele decirse, proseguir, con aire de casi decepción, evocando, en cierto modo, un pasado que quedó a la vuelta de la esquina.

  • La verdad es que, en este poco tiempo que llevamos tratándonos, he salido, he visto la calle, más que en todos los años que estuve casada…

Finalmente, Carmela estuvo de acuerdo en que saliéramos juntos las tardes de los días que yo librara, dejando a mi elección dónde iríamos; yo, cauto siempre con ella, no queriendo forzar la “cuerda” más allá de donde, buenamente, ella quisiera llegar, comencé por llevarla al Parque de Atracciones; fue en la tarde  de un día cualquiera, un miércoles, si mal no recuerdo, y de lo que sí mantengo una memoria clara, es de que “mi” Carmela que así ya la llamaba, aunque sólo en mi mente, que, oralmente, librárame Dios de semejante atrevimiento, se lo pasó, verdaderamente, “pipa”. Montamos en casi todo, pues todo lo quería probar, todo le llamaba la atención, todo le gustaba, sin perdonar, siquiera, el “Siete Picos”, una montaña rusa de lo más espectacular para entonces, época, muy, pero que muy fines de años 80, abocada ya la añada a los 90, con caídas casi verticales desde bastante altura, unos 13-14 mt. que te lo ponían “todo” de corbata; sí la realidad es que mi amada disfrutaba como una cría no con zapatos nuevos,  sino con muñeca la mar de nueva y querenciosa, acompañando todas sus emociones con un griterío que para qué te cuento, Miquelarena. Y yo, la purita verdad, más contento que “Chupillas” viéndola disfrutar tanto. Me lo confirmó cuando regresábamos ya a casa, en las primeras horas de una noche serena de fines de Mayo, ni fresca ni cálida, al decirme

  • Gracias Antonio, por esta tarde tan magnífica… De verdad que lo he pasado estupendamente… Sin dudarlo, como nunca; como nunca, Antonio, mi querido amigo.

Y ya fue la monda cuando, inclinándose sobre mí,  me plantó un tierno beso en mi mejilla… Creo, que estuve casi una semana sin lavarme la cara para conservar el aroma, imaginario, que no real, de tal ósculo. Y así fuimos repitiendo cada tarde de cada día que tenía libre, siempre con el mismo resultado, de una Carmelilla que acababa más contenta que unas Pascuas, y mis mejillas sembradas de besos de puro agradecimiento, con lo que yo me encontraba en un muy particular Paraíso Terrenal. Fue en el puede que segundo, puede que tercer fin de semana que disfrutaba, sábado y domingo, libre de obligaciones que, al fin, me armé del suficiente valor para proponerle ir, tal sábado, a cenar y bailar a algún sitio; ella se quedó un tanto indecisa ante mi propuesta, y yo pasé las de Caín esperando su veredicto a mi pretensión; al fin, aceptó, y de muy buena gana, aunque advirtiéndome que si me molía los pies a pisotones, no me quejara, pues avisado iba de que ella, bailar, como un pato…o una pata, mejor. Pero yo le repuse que no se preocupara; que, simplemente, teniendo un poquitín de oído musical,  cosa que casi todos tenemos, y dejándose llevar por mí, en un par de “sesiones”, bailaría hasta de coronilla.

Así que, a algo más del anochecer, sobre las ocho y media de la tarde, de aquél sábado tan soñado por mí, salimos de casa rumbo a un chiringuito un tanto aceptable, un bar-restaurante conocido por Villa Flora, sito en un polígono industrial de Getafe, ciudad o villa antigua, muy cercana a donde vivíamos. El “chiringuito”, un restaurante con barra de bar, una sala cubierta, que servía de boîte en invierno y una terraza para el buen tiempo, primavera-verano, celada del exterior por un ancho y alto seto, con pista de baile en su centro, rodeada de mesas para dos y cuatro personas. A  la derecha, según se entraba, una barra de bar y al fondo, como presidiendo el recinto, un somero escenario, desde el que tocaba una típica orquesta de sala de fiestas de los años 50-60, dos trompetas, un saxo, trombón de varas, clarinete, un piano, que sin ser de cola, tampoco era teclado, una guitarra española, contrabajo y batería, con unos bongós y congas, para sustituir a la batería en ciertos ritmos caribeños . El repertorio habitual, música de los 5o-60, en general bastante lenta, romántica, típica para parejitas, aunque trufada de ritmos caribeños de esa misma época, samba, rumba, mambo, merengue, con incursiones de cantantes románticos de entonces y posteriores, Pabla Abraira, Alberto Cortez, Nino Bravo, Cecilia, Jeannette…

Nos sentamos a una mesa, en la terraza, y comenzamos cenando; ella, como siempre, me decía que gastábamos demasiado; bueno, que, en esas salidas, yo me gastaba demasiado, que también podíamos hacer lo mismo, pero sin gastar tanto… Pero, lo cierto, era que se lo pasaba “pipa”, y a yo estaba en el cielo, con sólo verla a  ella así, feliz y contenta. Acabamos de cenar y la invité a bailar; ella, al momento, se levantó decidida, tomando mi mano extendida a ella, pero diciéndome 

  • Que coste, que bajo tu responsabilidad vamos a bailar, que ya te lo advertí, y quien avisa no es traidor; si sales con los pies molidos a pisotones, a mí no me digas nada, que tú lo has querido así

Y, lanzando al aire el cascabel de su risa, alcanzamos la pista de baile y la enlacé, más que prieta, prietísima, pero que ella se acomodó a mi forma de más abrazarla que otra cosa, sin un remilgo,  sin un extraño. Es más, sin pizca de vergüenza, de pudor, innecesarios, se me pegó cual lapa a roca, estrellando sus senos contra mi pecho. Realmente, apenas si la sentía, pues a la tela de su vestido y mi camisa, se añadía su sujetador más bien antiguo, de “señora decente”, con mucha, mucha tela, en algodón toda, y algo de relleno en foam, pero aún sí, una especie de hormigueo, la mar de agradable, se me paseaba por todo el  cuerpo, como ”Perico por su casa”. De momento, al enlazarla, mientras mi  mano diestra tomaba la izquierda suya, mi izquierda la plantaba en medio de su espalda, presionando bien, a fondo, hacia mí, “apalancándomela” bien apalancada, a lo que, como ya dijera, ella se plegó como dócil corderita. Ella, a su vez, en ese principio, apoyó su mano derecha en mi hombro izquierdo.

Así anduvimos unos minutos, evolucionando, danzando, por la pista. Ciertamente, que ella, de bailar, vamos, que ni idea; pero dábase la casualidad que “mi” Carmela  tenía buen oído musical, y una especie de don natural para sentir, vivir, en todo su  cuerpo, el ritmo de la  música. Yo no es que fuera, sea, un consumado bailarín,  que en absoluto lo soy, pero no se me da mal; nunca se me ha dado mal; claro, que con el tiempo, el paso de los años, he pedido mucho, muchísimo, más bien, pero todavía se me van, solos, los pies al ritmo de la música, en especial los sones caribeños, que de siempre me gustaron mucho. Pues bien, cuando salimos, por fin, a la pista, yo la dije que, simplemente, tratara de seguir el compás y se adaptara lo más posible a mí, a mi paso, a mi ritmo. Y, puede decirse, que desde el primer momento le salió bordado; como si lo hubiera estado haciendo toda la vida.

Carmen, “mi” Carmela, enseguida quedó toda ella arrebolada, por la emoción del baile; la verdad, es que le gustaba, disfrutaba bailando como cría con zapatos nuevos, con juguetes nuevos… Y algo muy importante en esa forma de adaptarse a mí, de dejarse llevar por mí, fue, precisamente, que la llevara tan prieta, tan apretada a mí… Y claro, de apretarse, ella misma, contra mí… Así, poco a poco fui encendiéndome más y más; era el aroma de su pelo, de su cuerpo de mujer, ese olor que tod mujer,  casi insensiblemente, casi sin notarse, exhala a su alrededor, junto  con el aroma del perfume con que se adornó, se perfumó esas noche; olores, aromas, que me embriagaban, que se me metían dentro, muy, muy dentro, embrujándome… Y comencé a perder la cabeza 

Esa manita que, de primeras, posara en su espalda, poquito a poco fue bajando y bajando por su columna vertebral hasta alcanzar ese punto en que, decimos, que la espalda comienza a perder tan digno nombre, apalancándomela, entonces, como naufrago a tabla de salvación, buscando  unir, bien unidito, mi pubis, y lo que, precisamente, no era mi pubis, con el de ella; mis más nobles “bajuras”, con lo más femenino de su ser de mujer… Y, ¡milagro de milagros!, tampoco ahora ella se echó atrás, sino que, antes bien, colaboró en mis afanes a todo colaborar… Para empezar, retiró su mano de mi hombro, para llevarla a mi nuca, acariciándola suavemente, tiernamente, hasta pasándome, con toda la dulzura, toda la ternura del mundo, sus uñas, no tan largas, de todas formas, sino más bien normalitas, por esos pelillos que se me erizaban de inmenso gusto, inenarrable placer a tales estímulos, elevándose, al propio tiempo, sobre las puntas de sus pies, para facilitar que lo más masculino de mí, total, absolutamente enervado, en toda su gloriosa grandeza, pudiera encajársele entre sus divinas piernas, sus maravillosos muslitos, más bien, a través incluso de la tela de su falda, de mis pantalones, al tiempo que se abría de piernas todo lo que éstas podían dar de sí...

Sí; “mi” Carmelilla, “mi” Carmen, con sus ojitos cerrados, ronroneaba como una gatita en celo, jadeando a todo jadear, sintiéndose ella misma, como yo, en el séptimo cielo de los más excelsos placeres… Hasta que tal hecho, de ponto, se rompió, al percatarse ella, plenamente, de lo que estaba pasando…de lo que estábamos haciendo. Al punto se retiró de mí, casi horrorizada, gimoteando un tanto, incluso

  • ¡Dios mío, Dios mío!... Pero…pero… ¿Qué estamos haciendo, Señor?... ¡Esto es una locura, una locura, sí, que nunca, nunca, debió pasar!...

Y hundió su ostro entre sus manos, llorando ya casi a moco tendido. Yo sentí, en tal momento, que el Universo entero se me derrumbaba encima, anonadándome, destrozándome… Había tocado el mismísimo Paraíso con mis manos, con mis dedos, y en un segundo todo eso, esa dicha inmensa, se me escapaba, se me diluía entre las manos, entre los dedos… Y me negué, me negué en rotundo a perderlo todo… A que todo lo que segundos antes vislumbrara como divina realidad se me esfumara, se convirtiera en humo sin yo hacer nada  por evitarlo, con lo que me lancé, a tumba abierta ya, a retenerlo, a conservarlo, a hacerlo la dulce, dulcísima realidad que segundos antes fuera, jugándome, así, el todo por el todo

Así que, adelantándome hasta ella, la tomé entre mis brazos y la abracé; la abracé, ya, sin ambages, con todas sus consecuencias; ella intentó  zafarse, librarse de mí, pero yo la retuve, la forcé a permanecer así, abrazada a mí, abrazada por mí, y que fuera lo que Dios quisiera que fuese

  • ¿Qué qué estábamos haciendo, dices?... Pues lo que los dos deseamos hacer… Amarnos como lo que somos, hombre y mujer enamorados, Porque así es, Carmen, Carmelilla mía; así es… Nos amamos los dos…nos deseamos los dos, y por eso además, sola y únicamente, por eso, porque nos amamos… Sí Carmen, te amo…y te deseo… Pero no te equivoques, que no es para un rato, ni para unos días, ni siquiera para algún año, sino para todo el resto de mi vida…de nuestras vidas… Deseo, cada día, cada noche, hasta la última en que en mí aliente la vida, dormirme entre tus brazos y despertar cada mañana abrazado a ti, con tus besos, tus caricias de mujer enamorada… Porque sé, estoy seguro, que tú sientes por mí lo mismo que yo por ti; que si yo te quiero y deseo como el hombre enamorado que soy, también tú me amas, me deseas, cual la  mujer enamorada que eres… Y no te equivoques, pensando que esto no es así; piensa, busca en el  fondo de tu alma, en lo  más profundo de tu ser de mujer, y verás que es así; justo, como yo te lo estoy diciendo… No eches a perder nuestras vidas, nuestra dicha futura, por incorrectas consideraciones… No te engañes a ti misma, queriendo ignorar, negarte, esta diáfana realidad que vivimos

Carmen, mi Carmela, mi Carmelilla, abrió los ojos como platos, como alucinada, por mis palabras, sin llegar, todavía, a creérselas, pero su resistencia a mi abrazo, había cesado por completo, en tanto me miraba, fija, insistentemente, sin pestañear…

  • ¡Dios mío, Dios Santo! Pero…pero… Pero, ¿qué dices?... Que…que…que me quieres, que me amas, como un hombre ama a una mujer… ¡Si no puede ser!... Si…si…si apenas nos hemos tratado… ¡Si no  es posible, Antonio; si no es posible, que en tan poco tiempo, unas semanas…puede que algún mes!…

  • Sí, Carmen; eso mismo me digo, me decía yo, que no es posible…  Pero, resulta, que sí lo es; que te quiero, te amo, con toda mi alma, con todo mi ser… Que ya, sin ti, ni sé qué sería de mí, pues, ahora, y desde hace tiempo, desde que te conocí, que te vi por primer vez, te metiste dentro de mí, muy, muy dentro de mí; te apoderaste de mí, y sin remedio… No sabes, nunca te lo he dicho, lo que para mí fueron aquellos días que estuviste ausente, cuando nació tu nieto… El mundo entero se me vino  encima…Anduve como perro sin amo, sin ilusiones, con el mismísimo  infierno, la muerte misma en el alma…  Te llegué a odiar, creyendo que te habías reído de mí… …

Ella, Carmen, “mi” Carmen, “mi” Carmela, guardó silencio unos momentos,  con la mirada fija en el suelo, sin moverse, aguantando, impertérrita, mi abrazo, pensativa, sumida en sus pensamientos, hasta que tuvo la reacción más inesperada para mí, pues, sin mediar palabra, me echó los brazos al cuello y me arreó el beso más intenso que en mi vida me habían dado… ¡Dios, y qué pasión, qué ardor, qué fogosidad la suya… Me comía, me devoraba… ¡Qué manera de rebañarme, bien rebañada, mi boca con su lengua, ávida de mí, cual hembra en celo subido… Al fin me liberó de su boca, de su lengua, de su afán de amor, para, mirándome enternecida, con esa mirada suya, tan intensa, tan apasionada, envolviéndome todo mi yo en esa sima insondable de sus ojos, me dijo

  • Sí, amor; tienes razón; yo también te quiero… ¡Hay Señor, que más que quererte es adoración hacia ti lo que siento! Y sí, no quería aceptarlo… ¿Cómo pasó? Pues tampoco yo lo sé, pero pasó, ocurrió… Sólo, que creo que yo fui consciente de ello, hasta antes, que tú, pero seguí empecinada en negarlo, en no querer aceptarlo… ¿Sabes? Tampoco yo te lo he dicho nunca,  me daba vergüenza que lo supieras… Pero, esos mismos días que estuve ausente, cuando nació mi nieto, también para mí fueron horrendo… Te echaba terriblemente de menos...y me comían los celos. Cada noche, al acostarme, pensaba qué harías, dónde estarías…con quién andarías… ¡Dios de mi vida, estaba celosa, terriblemente celosa, pensando que anduvieras con otra chica, con otra mujer… ¡Señor, Señor, estaba celosa de lo que pudieras estar haciendo, con quién estarías haciendo lo que fuera que hicieras, que hicierais… Y  el peso que se me quito de encima cuando, al cabo de esos funestos días, te vi venir, de nuevo, hacia mí, sonriéndome, como siempre, y tan deferente, tan cariñoso y servicial conmigo como, desde que te conozco, has sido..eres… De verdad, Antonio; ¡vi el cielo abierto!...

  • Entonces…entonces… ¿Qué me dices?... ¿Qué hacemos?

  • ¡Pues qué vamos a hacer, más que lo que los dos deseamos que ocurra!

  • ¿Volvemos, pues a casa?... A la tuya o a la mía… Lo que tú prefieras…donde tú elijas…

  • ¿Y, por qué irnos ahora, si aquí mismo, al ladito, tenemos un hotel?... ¿Por qué no nos metemos, ya mismo, en una habitación, en la cama, y   nos amamos hasta que ya no podamos más, hasta que los dos desfallezcamos?... Y, mañana, pues que salga el sol por Antequera(2), si así debe de ser …

Y así hicimos; juntitos, de la mano los dos, más volando que deprisa, abandonamos el local, en favor de una habitación en el hotel, más-menos, anejo. Esa fue nuestra verdadera Noche de Bodas, nuestra Noche Nupcial, en la que conocí, lo que es, en verdad, el amor de una mujer enamorada, entregada, en cuerpo y alma, sin reservas, al ser amado… Y eso que la noche comenzó  un tanto a lo de “ramal y media manta”, pues cuando, al fin, nos vimos solos en el cuarto, los dos frente a frente, junto a esa cama que ejercía sobre nosotros algo así como casi morbosa fascinación… Y entonces, cuando, por fin me acerqué a ella en la, digamos, hora de la verdad, dispuesto a desnudarla, un temblor casi irrefrenable se apoderó de toda ella, sacudiendo todo su cuerpo cual hoja azotada por el viento…

Sí; mi Carmen, mi Camela, temblaba de puros, puritos nervios; talmente, parecía una novia primeriza de cuando la Mari Castaña, cuando, aún, las mujeres tenían una verdadera “Noche de Bodas”, en la que, por vez primera, la mujer conocía las mieles del amor, dispensadas por un novio que ya no lo era, sino su legal marido “ante Dios y ante los hombres”, como en tiempo se decía… Porque, ¡Dios!, y  qué nervios que se gastaba; vamos, que el clásico flan de huevo, a su lado, un prodigio de firmeza… Ella misma lo reconocía, que ni cuando a su difunto, allá por sus quince años, de novios aún, le entregó su “prendita dorada”, estaba tan nerviosa como en esta otra noche…

Incluso, cuando, al fin, nos metimos en la cama, desnudos los dos, piel contra piel, me pidió que tuviera paciencia con ella, que fuera muy, muy gentil, pues, francamente, tenía miedo; sí,  miedo, pues debía estar muy cerrada, muy estrecha, tras años de no ”hacerlo”, pero también muy, muy “motivada”, con muchas, pero muchas, ganas… O “ganazas” más que “ganas”, que también me lo dijo: “Hay amor; tengo miedo, ¿sabes?... Pero cómo estoy, cómo me tienes, también… cachondita dl todo, amor; mojadita, mojadita, de verdad, mi amor, mi vida… Y fui, estuve, a la altura que debía estar. No tenía experiencia, en realidad, d cómo tratar a una mujer, con la cual lo que hay,  lo que media entre ambos, s mucho más el  amor, el cariño hombre-mujer, que el burdo deseo sexual, la llamada de la selva, de la libido más animal, pero Amor me hizo sabio en la materia, infundiéndome ciencia infusa al respecto. Fue eso, ante todo, lo que ocurrió entre nosotros, cariño, mucho, muchísimo cariño, tanto que me hizo dulce, hasta  mimoso con ella, de manera que tod rodó, entre los dos, como debía rodar, con suavidad, dulzura y mucha, pero muchísima ternura… La que el amor genera entre un hombre y una mujer tremendamente enamorados el uno del otro… Pero también los exquisitos goces del amor materializado en sexo, el sexo sublimado en amor…

Y desde entonces esa fue la  tónica de nuestra vida en común,  que se ha prolongado años y años, hasta el presente, hasta mis setenta y seis años ya, sus sesenta y ocho añitos cumplidos, y queriéndonos, deseándonos, como el primer día; como aquella primera noche que pasamos juntos. Al final no nos casamos, pues ella, como viuda que era, disfrutaba de su pensión de viudedad, pensión que perdería si se volvía a casar, y con los tiempos que corrían, que corren, no era, es, cosa de regalar nada al  Estado, que bastante ya nos sangra. Pero tampoco eso quiere decir que nos priváramos de nada; ni siquiera de tener nuestros propios hijos, suyos y mías, engendrados por mí en ella, concebidos por ella de mí… En fin, frutos de nuestro inmenso amor

Y aquí se acaba la historia de un solterón que, para su suerte, dicha e inmensa, gloriosa, felicidad, una noche dejó de serlo para siempre jamás.

FIN DEL CAPÍTULO Y EL RELATO.

NOTAS AL TEXTO.

  1. “Lampaba”, del verbo “Lampar”. Es un verbo ya casi en desuso, pero que aún está en el Diccionario de la RAE: “Tener ansiedad por el logro de algo”.   

 


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