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Fecha: 05-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ahora es tarde

Guitarrista
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Tiempo estimado de lectura: [ 26 min. ]
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Como siempre, nuestro amigo Paul guiaba nuestros pasos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota:

La relación entre Roberto y Toño comenzó en el relato Al final del verano.

 

 

 

 

AHORA ES TARDE

 

El mismo lunes siete de noviembre, a pocos días ya para incorporarnos a nuestro trabajo en Sevilla, entregué el sobre a Carolina. Me dijo que esperara un momento allí por si el jefe quería hacerme algún comentario y, al llegar la hora del desayuno sin novedad alguna, charlamos un buen rato y me volví para casa dando un paseo.

Llegué casi a medio día y encontré a Toño sentado en el ordenador, jugando con mucho entusiasmo:

―¿Qué te parece ese juego? ―le pregunté al besarlo―. Es muy distraído y creativo.

―Me gusta, cari. Es como si estuviera haciendo una maqueta; diseñando.

―Puedes diseñar de otra forma ―insinué acariciándole la cabeza―. Ahí tienes una bolsa que te he traído para estos días. ¡Vamos, mírala!

Se volvió intrigado e ilusionado y, al descubrir que yo le había dejado un paquete en el sofá, se levantó al instante para ver lo que era:

―No pone nada…

―Si no lo abres no vas a saber lo que es.

Con mucho cuidado, despegando las cintas adhesivas que llevaba el papel de regalo, fue viendo poco a poco que en el interior había varias cosas; me miró confuso y sacó uno de los estuches:

―¡Roberto! ―balbuceó―. ¿Has gastado dinero en esto? ¡Es muy caro!

―Olvida el precio y dime si esas cosas te valen. He entrado en una buena papelería técnica, he preguntado por todo lo necesario para dibujar cómics profesionalmente y me han vendido todo eso. También te he traído un libro de apuntes Moleskine; uso uno y me es muy útil. Si algo no te vale, se cambia.

―¡Es todo lo que necesito! ―exclamó―. ¡Y de la mejor calidad!

―Haz sitio en esa mesa que no sirve nada más que para poner cosas inútiles. Yo voy a estar muy ocupado haciendo preparativos. Pon buena música y dibuja.

―¿Por qué, mi vida? ―musitó acercándoseme para abrazarme―. Yo también quiero ayudarte a recogerlo todo. Me siento…

―No te lo voy a prohibir, grandullón. Llamaré a Paul, Iñaqui y Camilo y te aseguro que nos ayudarán. Si esta misma noche podemos preparar una de tus cenas y Paul puede venir, haremos los planes. Él sabe mucho más de estas cosas que yo.

―¿Puedo probar este material? ―preguntó ilusionado y absorto―. Es lo mejor de lo mejor.

―Haz unos dibujos bonitos. Los pondremos en la casa y le regalaremos uno a Paul; ¿qué te parece?

―¡Claro! Voy a ponerlo todo ahí y saldré a comprar lo que necesito para una cena que tengo en mente.

―¡Espera! ―susurré en su oído abrazándolo―. Creo que el invitado podrá venir hoy; de todas formas… habría que salir a comprar para la cena. ¡No tiene por qué haber invitados siempre!

―¡No tardo! ―exclamó moviéndose con rapidez para abrigarse con uno de mis chaquetones―. Voy a coger el dinero de la caja. Quizá gaste un poco más.

―Gasta lo que sea necesario. Ya lo recuperaremos por otro lado.

Aprovechando que Toño salió de casa a hacer la compra, llamé a Paul para averiguar si podría acudir a la cena:

―¡Oye, maricón! ―dijo―. Si es para una cena con vosotros, invita, majo. Ahora no se trata de si yo puedo o no puedo ir. Cerraré antes si hace falta. La cena hoy es lo de menos, aunque no le voy a hacer ascos, por supuesto; lo importante es que se aclare todo antes de que os veáis en una situación desagradable. ¡Podre criatura, mi Hércules! Entre que tú no le preguntas nada y él que no dice esta boca es mía, la casa sin barrer. A las nueve tenéis allí a la petarda de cuerpo presente.

―¿Crees que te contará algo? ―pregunté indeciso.

―¡Uy, guapo! ¿No me conoces a estas alturas? Deja que la bruja Paul vea los secretos arcanos, escondidos y recónditos y ya verás. He estado dándole vueltas al asunto, ¿sabes? No sé cómo no te da lástima de tu novio. ¡Qué lástima de hombre! Debe estar reconcomiéndose por los interiores internos de sus adentros dipinsáid [deep inside] sin querer decirte nada. ¡Tú déjame y ya veremos! Nos vemos en la cena, guapo.

Cuando entró Toño en casa, cargado de bolsas, se quedó unos instantes inmóvil, muy serio, mirando el material de dibujo que le había comprado; suspiró y se fue a la cocina.

―¡Vida! ―le grité desde el salón―. ¿Vas a estar todo el día cocinando?

―¡No! ―Se asomó un instante a la puerta para mirarme―. ¿Por qué lo preguntas?

―No sé. Quizá te apetezca más ponerte ahora a estrenar esos rotuladores o como se llamen; y lo demás. Puedes preparar la comida esta tarde, ¿no?

―No te preocupes, cari. Tendremos tiempo para todo.

―Y si tengo que ayudarte a algo de la cocina…

―¡Claro! ―respondió desde lo lejos riendo―. Cuando acabemos, recoges y pones el lavavajillas.

Me sentía muy confuso. Por un lado me parecía entrever esa cierta tristeza en sus palabras y, por otro, no me daba una clara sensación de que le preocupara la ruptura brusca con sus padres; es más, ni siquiera hubo un adiós. Decidí dejar en blanco mi mente hasta hablar con Paul.

―¡Maricón! ―exclamó nuestro amigo cuando le abrí la puerta a las nueve en punto―. ¡Qué guapos os habéis puesto, hijos míos hermosos! Y el Antonio está… ¡Déjame que te vea… «her-culito»! Y yo, vestida de faena, ¿no te jode? Ya está aquí la mayor de la clase. ¡Que viva la madre superiora! Un beso a la bruja, por lo menos. ―Miró al lado y vio la mesa de dibujo improvisada por Toño―. ¡Hijo de la oliva virgen! ¿Esto lo has dibujado tú?

―Sí ―le contestó con timidez―. Es para ti. La tinta ya está seca, así que luego te lo lío y lo envuelvo. Así tienes un recuerdo nuestro.

―¡Madre del desbarajuste grandioso, en el nombre del Padre, del Hijo…! ―exclamó llevándose la mano a la frente como si fuera a persignarse―. ¿Esta maravilla es para una servidora? ¡Hijo mío, Antonio, parece que te han dado cuerda como a mí, que no paras! ¡Ni los «Hércules de Marvel», vamos! ¿Cuándo has hecho esta preciosidad, ídem?

―Esta tarde. Roberto me ha regalado todo ese material de dibujo… ¡Todo lo que más me gusta!

―¡Uh! ¡Qué detalleeee! ¿Sabes una cosa, guapo? Y que no sirva de precedente lo que digo porque sabes que yo, ¡líbreme Dios!, respeto mucho y me mantengo al margen como una moto gripada… pero tienes un novio con más detalles que los bolsos de Loewe. ¡Pero si esto es San Roberto bendito! A mí un tío me regala lo que más me gusta, y me quedo sin habla una semana; con la boca ocupada, ya sabes.

―Vienen unos días de muchos preparativos ―le dije―. No quiero que él se dedique a la mudanza; prefiero que haga unos dibujos bonitos para nuestro piso, ¿no crees?

―¡Di que sí, maricón! ¡Vamos! ¡Eso déjamelo a mí! ―siguió hablando sin apartar la vista del dibujo―. ¡Oy, oy, oy! ¡Qué artistazo! A esto le pongo yo un marco moderno, divino de la muerte, que me lo hace Nicasio el de las molduras, con un cristal mate y su passepartout y lo pongo en la entrada de la tienda, enfrente; cogiendo todo el testero. Y si me dibujas unas vistas desde vuestro nuevo pisito, en plan cómic, claro, redecoro la tienda entera. Para eso le puse Modas Torre, ¿sabes? No es porque me llame Torre, que también, sino que me encanta una buena torre con un buen remate, tú ya me entiendes…

―¿Eres Torre? ―preguntó Toño con curiosidad.

―Sí, guapo, sí ―contestó resignado―. Un poco baja y con demasiadas campanas en la azotea. Si mi madre la francesa fuera de apellido Eiffel, yo sería la Torre Eiffel; así, con las patas abiertas… Y si fuera de apellido Bruno, yo sería Torrebruno, guapo.

―Entonces, ¿qué te dibujo?

―Tú me dibujas cosas y me cobras, cariño; de dibujar gratis… ¡nada!, que está la cosa muy mala. Así te compras ropa de abrigo y no usas la de tu marido, que lo sé… Aunque en Sevilla poco frío hace. ¡Con lo que gusta acurrucarse en la cama pegadito a un cuerpo masculino!

―¡Eh, bruja! ―intervine―. ¿Quién te ha dicho que Toño no tiene ropa de abrigo?

―¡Maricón! ―exclamó mirándome con asombro―. ¿Tú me la has comprado? Y ese chaquetón de la percha es tuyo y tiene más años… Te lo vendí cuando estaba echando los dientes de leche.

―No hace falta gastar más ―apuntó Toño―. Apenas voy a salir de casa y aquí hace calor.

―¡Míralo! ―le dijo Paul muy seguro, quitándose el chaquetón y colgándolo junto al mío―. ¡Y él se conforma! ¿La cena está hecha, masterchef? ―Asintió Toño―. Pues vamos a cenar primero cómodamente, que para eso soy la invitada, y luego hablamos tú y yo, que tu marido, me parece que no sabe de la misa la mitad.

Toño no pudo ocultar un gesto inmediato y corto de sorpresa y temor. Paul, que no daba puntada sin hilo, había empezado a tejer su estrategia.

La cena fue una verdadera sorpresa; para mí también. Sus platos eran manjares decorados y no en platos cursis con un pellizquito en el centro, sino esmeradamente preparados e imposibles de dejar sin rebañar.

―¡Esta va en serio, maricón! ―me dijo Paul a los postres―. Lo siento en el alma, pero después de probar esto, tengo que probar aquello… ―Señaló al grandullón, que sonreía azorado―. ¡Sí, sí, voy a darle un beso a Antonio, maricón! ¿Te vas a asustar por eso ahora? Un beso de cariño, hijo mío; eso sí, que de los otros se los tienes que dar tú, guapa, que lo veo falto de… arrumacos.

―Puedes besarme, si quieres, Paul ―le dijo Toño con sinceridad―. No me importaría que me besaran mis amigos; y no los tengo… A Roberto no creo que le importe mucho.

―No me van a dar celos ―repuse―. Tengo las cosas muy claras.

―Hay cosas… ―comentó entonces Paul inclinándose para besar a Toño y mirándonos inquisitivamente―, que me parece que no tenéis tan claras. ―Se levantó y se puso junto a la silla de Toño para hablarle:― ¡Vamos a la cocina, cariño! Tú me dices dónde te pongo los platos y los cubiertos.

―¡No, no! ―le contestó sin levantarse―. Eres el invitado…

―Pues el… «invitado» quiere hablar contigo unos momentos a solas en la cocina, por si no me has entendido. Tu marido, si se aburre, que ponga la tele y no pegue la oreja a la puerta.

Toño se levantó confuso, sin apartar la vista de mí por si veía un asomo de desconfianza. Le hice un guiño, le sonreí y moví la cabeza para que se fuera a la cocina con nuestro amigo.

No encendí la tele, desde luego, sino que puse música y me senté en el ordenador con la intención de jugar un poco, por si tardaba aquella improvisada entrevista. En pocos minutos, se abrió la puerta y vi salir a un Toño un tanto cabizbajo y a Paul dándole confianza con un apretón de la mano en su hombro:

―Vamos a sentarnos los tres en el sofá, ¿vale? ―propuso Paul sin perder su buen humor, que todo lo suavizaba―. Hay cosas que aclarar antes de hacer la mudanza, porque ya lo dice… «En tiempo de mudanza, no hacer cambios». Los asuntos turbios que no se aclaran, se van poniendo más bien pardo oscuro. ¡Venga, pareja feliz, que ya veréis cómo todo empezará a ir bien de verdad!

Hicimos lo que nos dijo, sentándonos ambos a cada lado y, pidiendo la venia a Toño con un gesto, comenzó a hablar:

―¿Ya estamos todas? ¡Ea, pues viva la madre superiora! Como decíamos ayer… Sois jóvenes; muy jóvenes. Ya sé que hay viejos inmaduros… ¡como yo!, pero si no habláis todo eso que nunca habéis hablado, saldrá a la luz en Sevilla y, entonces, no estaré yo para echaros una mano.

―No tenemos nada que ocultarnos, Paul ―le dije―. Es verdad que hay cosas de nuestras vidas que todavía no sabemos. Es cuestión de tiempo.

―A eso no me refiero, maricón. Aquí nadie le está ocultando nada a nadie, sino que hay cosas que se prefieren dejar a un lado y deben estar muy a la vista. Por ejemplo, Antonio, bonito… Podrías hablarle a tu novio un poco más de tus padres, de la herencia… ¿Te parece mal?

―No ―respondió mi grandullón con la inseguridad que le caracterizaba―. Pensé que eso se acabaría olvidando. No quiero que nada nos separe.

―Os puede separar que un día este maricón se entere de algo por alguna lengua viperina sin que le hayas dicho nada, ¿comprendes?

―¿Nada de qué? ―proferí asustado.

―¡No tiene importancia, cariño! ―me dijo nuestro amigo como padre putativo―. Antonio tampoco sabe muy bien de qué va esto, pero como una es muy lista y muy larga y sabe algo de una herencia, pone en marcha la maquinaria de dar vueltas a la cabeza… ¡Así, como la niña del exorcista!

―Eso lo sé, Paul ―protesté―. Toño no me ha ocultado nada, me ha llevado a su casa, me ha enseñado su estudio secreto… ¡Lo sé todo!

―¡Ufff, quita, quita! ¡Tú qué vas a saber! ―me dijo―. «A gusto de los cocineros comen los frailes». Ninguno de los dos lo sabéis todo, corazón… ―Se detuvo a pensar―. Ahora os he oído hablar del tío Marcos, que aparece de pronto y que resulta que le enseñó al masterchef todo lo que sabe de cocina… ¿Tú habías oído hablar de su tío Marcos antes? ―Negué con la cabeza―. Y ya sabéis cómo ha reaccionado mamá al enterarse de vuestro amorío… ¿Sabéis algo de cómo ha reaccionado papá? ¡No!

―No quiero saberlo, Paul, ya te lo he dicho ―balbuceó Toño―. A ellos no les he importado nunca y a Roberto sí le importo. ¿Por qué tenemos que hablar de esto ahora?

―¡Mira, bonito! ―le dijo con cariño acariciándole la cara―. Que tú quieras ocultarte a ti mismo algo, puede significar que se lo estés ocultando a tu novio. ¿No crees? ―Sacó una cajetilla de tabaco y me miró para pedirme permiso para fumar―. También ha aparecido en la cena, como el comendador, tu abuelo Zenón, ¿no es así? ―Asintió―. Y, según sé, te lo dejó todo en herencia. ¡Ay, Antonio, Antonio! Eres tan bueno que no te das cuenta de que en esta puta vida estamos rodeados de alimañas. No quiero decir que tus padres lo sean…

―Son severos ―dije―. Hay muchos padres así. Nada de eso me ha ocultado.

―Hay una cosa que no sabéis ―prosiguió―. Repito: He entendido, hace un rato, que el abuelo Zenón te lo dejó a ti todo en herencia. ―Miró a Toño con dulzura―. Y resulta que un padre no puede desheredar a su hijo único en favor de su nieto, es decir, que tu abuelo no pudo desheredar a tu padre… a no ser… que le hiciera algo muy feo, ¿sabes? En todo caso, bonito, tu padre habría heredado la parte legítima: un tercio de la herencia que le corresponde de por ley.

―Es lo que dice mi madre ―contestó Toño seguro e interesado―. Todo es mío pero en usufructo, ¿puede ser?

―¡No, no puede ser! ―le aclaró―. Habría que ver en qué términos está redactado ese testamento; y yo todavía no he empezado la carrera de notario, bonito. Es distinto si el usufructo es hasta la mayoría de edad o… ¡Verás, Antonio! ―se dirigió también a mí:― ¡Verás, maricón! Es muy raro que el abuelo Zenón dejara todo en testamento a su nieto de cuatro años. ¿Nadie se da cuenta de esto, cojones?

Hubo tal silencio en esos momentos que podían oírse nuestras respiraciones agitadas. Paul, percibiendo que la conversación era demasiado densa y muy espinosa, quiso zanjarla:

―¿Qué pasa? ¿No hay champán de postre en esta casa? Un Moët & Chandon, un porro… ¡algo! Hay que alegrar esas caras, pareja, que no os dais cuenta de lo que tenéis tan bonito entre manos… sobre todo por la noche. Mira, Hércules ―le dijo a Toño ya de pie―. Que tú no quieres saber nada de lo que pasa en tu casa de Plasencia… pues yo llamo, me hago la tonta, y pregunto a ver qué pasa. Algo hay que inventar que os quedéis tranquilos para compartir a gusto vuestras vidas… ¡Ay, qué daría yo por tener un novio en condiciones a mis espaladas! ¡Que repiquen las campanas! Soltera y madre en la vida, maricón, lo que yo te diga.

Paul no volvió a mencionar el tema y el resto de la noche fue muy divertido. Se ofreció a todo lo relacionado con nuestra mudanza y, cuando quise saber cuánto nos cobraría por el alquiler del piso, puso una excusa para hablarlo después; y no se habló. Creí comprender cuáles eran sus intenciones.

Recogió su dibujo con emoción y salió un poco tarde y protestando porque tenía que madrugar, y nos dejó mucho tema en el aire del que Toño y yo deberíamos hablar.

―Voy a recoger, mi vida ―dije al cerrar la puerta―. Te veo cansado. Vete a la cama y ahora iré yo.

―Te espero despierto ―susurró acercándoseme―. Esta noche te necesito más que otras.

―¡Lo sé! Aquí me tienes ―sentencié―. Lo que no quiero es que se quede todo esto por medio para mañana ni que lo recojas tú.

Nos besamos echados sobre la mesa y a punto de dejarlo caer todo al suelo. Cuando su mano se deslizó por mi pecho y llegó al cinturón, la cogí por la muñeca:

―En la cama, ¿vale? Tenemos que quitarnos esta ropa.

―¡Claro que sí, vida! Me siento culpable y no sé de qué. Sé que no estoy haciendo algunas cosas bien…

―Paul ha sido muy claro, Toño. Eso no significa que estemos haciendo las cosas mal, pero sí que me hace pensar que sería mejor para ti que llamaras a tu casa para enterarte de cómo van las cosas. Creo que eso te haría sentirte mucho mejor. Como te he dicho siempre, quiero que decidas tú. Quiero lo mejor para ti.

―Te quiero, Roberto ―dijo con pasión―. Si crees que debo llamar, eso haré.

―Ahora, lo que creo es que es mejor que te vayas desnudando y metiéndote en la cama a esperarme, ¿vale? No voy a tardar nada en dejar esto recogido.

No había tanto que recoger. Dejé el lavavajillas cargado para ponerlo por la mañana y, quitándome ya lo que me quedaba de ropa, entré en el dormitorio en penumbras. Toño se había echado sobre el edredón en calzoncillos y sentí algo de frío al verlo:

―¿Estás bien así, sin tapar?

―Sí, prefiero sentirme desnudo y que me des ahora tu calor.

―Voy a dártelo de todas formas, grandullón. Me rindo al oír tu voz y al ver tu cuerpo; vestido o desnudo.

―Échate aquí y tiro del edredón, ¿vale?

Me senté en la cama, me quité la camiseta dejándola caer al suelo como él hacía y metí mis pies entre las sábanas buscando los suyos calentitos. Me dejé caer como un plomo a su lado mientras me tapaba con el edredón.

―¿Quieres saber lo que me pasa solo con mírate? ―musité―. Pon la mano donde tú bien sabes… Eso no se puede disimular.

―¡Ya! ―exclamó entre risas al comprobar que estaba empalmado―. Yo estaba vuelto para que no me vieras. Tengo los calzoncillos empapados.

―¡Hm, qué rico! Calidad y cantidad.

―Bueno, será… pero hoy quiero empezar yo con mi chupetón, así que tendrás que recuperarte pronto para tu turno. Ojalá durara esto mucho más.

―¡Pues menos mal que me la mamas antes! ―confesé ilusionado―. Correrme dos veces, casi seguidas, solo es posible porque lo hago contigo. Lo mejor es que la segunda vez tardo más y le doy más placer a mi niño grandullón. Y yo hoy exijo mi medio litro de batido placentino; por algo no he tomado postre…

―¡Está bien! ―se avino bromeando―. Chupa esto si quieres, que estoy todo pringado. Pero solo eso, de momento, ¿eh? Empiezo yo.

―¡Qué bien! Cualquier cosa me gusta, pero preferiría no perderme ese sorbete.

―Aquí lo tienes ―dijo retirando el cobertor para que se la viera ya desnuda y bien embadurnada―. Todo eso es tuyo, pero mientras yo te la chupo.

―¡Vale! ―estallé contento―. Te prometo que no llego hasta el final, para repetir luego.

Me arrastré por la cama para llevar mi boca a su capullo, que destilaba aquel almíbar algo sabroso, mientras él tiró de mí para empezar su habitual ritual de apertura amorosa.

En esa postura de Yin y Yang ―a la que todos ponemos un número― se hizo el silencio. La lamí por fuera y por dentro, a pesar de que parecía protestar porque no quería correrse todavía.

Fue tan placentera la situación que apenas pude aguantar y le avisé casi a gritos hundiendo mi cara entre sus piernas:

―¡Ahora va, ahora! ¡Sigue más, más fuerte! ¡Así, así!

No pude seguir diciendo nada. Un enorme placer que me recorrió desde la coronilla a los pies, me hizo caer bocarriba hasta que terminó de lamerla a su gusto.

―Ya, cari ―dijo entre dientes―. Échate aquí, a mi lado…

―¡Voy, espera! ―hablé como pude, jadeando―. A ver si me recupero de esta.

Hice un esfuerzo ―que no era tanto― para ponerme a su lado y, al poner sus labios sobre los míos, pude saborear mi propio semen salido de su boca. Sus ojos muy abiertos y muy cerca de los míos, reflejaban una felicidad que no hubiera asomado de estar demasiado preocupado. Mi grandullón parecía un niño para algunas cosas, es verdad, pero la distancia con sus padres solo parecía afectarle superficialmente. Tal como le dijo a Paul, ya me tenía a mí. Me sentí un hombre demasiado joven y demasiado afortunado. Tenía en mis brazos a quien quería tener; y no todo el mundo puede decir eso.

―No creo que tardes mucho en recuperarte, mi vida ―susurró―. Podríamos liarnos en la manta y darle una calada a un cigarrillo en la ventana de la cocina…

―¡Hace mucho frío, Toño! No creo que así me recupere… Y si fumamos aquí estaremos toda la noche absorbiendo humo.

―¿Y en el salón? ―preguntó entusiasmado―. Nos servirá de relax y, mientras tanto, te digo todo lo que sé de esa herencia. Se lo he resumido a Paul en la cocina; sabe más de lo que pensábamos. Mañana voy a llamar a casa; así nos quedamos tranquilos los dos. Sobre todo tú. Te prometo que a mí me preocupa más bien poco.

Nos levantamos sin prisas y nos envolvimos en el cobertor para irnos al salón. Encendí la luz y nos sentamos a esperar, entre caricias, la deseada recuperación. Encendí un cigarrillo para los dos:

―No tienes que comentarme nada, Toño. Ya veremos qué dicen mañana en tu casa.

―Una cosa es lo que digan y otra lo que yo creo. Puede que mi madre me eche de menos por cariño a su hijo… ¡No lo sé! Mi padre, quizá, se ha quitado un peso de encima.

―¿Sabes una cosa? ―elucubré―. Eso que dice Paul del testamento da que pensar… Si tu abuelo te lo dejó todo a ti, tu padre tuvo que quedarse con la legítima. La ley lo obliga así. Para desheredarlo totalmente tendría que haberle hecho cosas… cosas muy feas e improbables; y con testigos y juez de por medio.

―Sabes cómo es mi padre ―respondió severo.

―Supongamos que te lo legó todo… ¡Tenías cuatro años, mi vida! Alguien tenía que hacerse cargo de tus bienes hasta que cumplieras los dieciocho años o… hasta la muerte de tu padre. Si quiso que lo disfrutase él mientras… eso es el usufructo; si no, es un fideicomiso, creo… pero de eso entiendo poco.

―Me dijiste que podíamos averiguarlo.

―¡Puedes! ―maticé―. Basta con ir al notario. Eres el heredero, según sabemos. Si tu padre no te dijo nada cuando fuiste mayor de edad, puede que te oculte algo…

―¡Claro! Tendría que esperar a que se muriera ―razonó fríamente―. No quiero el dinero si es suyo.

―Por eso tienes que llamar y aclarar este asunto. ¡Piensa en tu madre! Prometió no decirle nada a nadie de lo nuestro. ¿Qué le habrá dicho a tu padre?

―¡Ya vale por hoy! ―sentenció abriendo la manta y poniéndose de pie―. No es hora de hablar de esas cosas. ¿No vamos a seguir?

―¡Pues claro que vamos a seguir! ―exclamé levantándome para besarlo―. También a mí me importas tú más que cualquier otra cosa. ¡Vamos! ¡Al dormitorio, que te toca!

Fue un largo y placentero momento porque pude aguantar más de lo que esperaba. Por un lado, después de correrme hacía poco no era tan difícil alargar aquella deliciosa penetración; por otro, para ser totalmente sincero, el tema de la herencia rondaba en mi cabeza trayéndome multitud de posibilidades y presentándome un futuro incierto en nuestro trabajo.

Tenía que abandonar aquellas ideas descabelladas. En cuanto eyaculé, casi dolorosamente, dentro de mi grandullón,  acaricié sus nalgas y pasé mi mano por toda su espalda:

―¿Qué tal? ―le susurré―. ¿Te ha gustado así?

―¡Mucho! ―exclamó en susurros volviendo la cabeza―. No sé qué has hecho, pero ha sido especial.

―Me alegro. Voy a sacarla despacio que debe estar irritada. Tú te echas aquí a descansar y yo voy un momento al baño, ¿vale?

Preferí sacarla de una vez y sin pensarlo, gozando también de ese momento. Él se dejó caer lentamente y tiró del cobertor para taparse:

―No te tardes…

No tardé casi nada y, cuando volví, le llevaba su cola-cao calentito. Se sentó y me tendió los brazos muy contento:

―¿Ves? Cómo me va a preocupar nada, si me lo das todo. ―Bebió un poco y resopló―. Me quieres, me compras lo que necesito a cambio de nada y me haces feliz…

―Por eso ahora, cuando te bebas tu biberón, voy a darte gustito…

―¡No sé, Roberto! ―exclamó extrañado―. Me has dado tanto gusto antes que siento como si me hubiera corrido.

―¡Vale, vale! ―cambié esa conversación mientras me metía en la cama a su lado―. Tómate entonces eso antes de que se enfríe. Vamos a descansar, que ha sido un día muy largo.

Dejó el vaso en su mesilla al acabar de beber, apagó la luz y se acurrucó a mi lado relamiéndose. Después de darme un beso de buenas noches con sabor a chocolate, no volví a oír su voz; se quedó profundamente dormido. Al moverse un poco retirándose de mí, quise acercarme a él… y encontré las sábanas empapadas bajo su cuerpo.

 

Por la mañana, fuera de lo normal, me quedé dormido hasta cerca de las nueve. Cuando abrí los ojos Toño me observaba sonriente, me besó y se levantó para liarse en una manta y dirigirse a la cocina. Cuando vi la luz encendida y oí algo de ruido, me levanté también, me puse la camiseta y fui a buscarlo. Estaba preparando el desayuno.

―No tenemos que madrugar en lo que queda de mes ―le dije―. Tú tienes poco que preparar para la mudanza, así que puedes aprovechar para dibujar. Me gustaría mucho que hicieras unos cuantos carteles como el que le regalaste a Paul. Manga, si quieres. Pondremos la casa llena de colores; todos tuyos…

―¿Vas a llevarte algo de la cocina? ―preguntó mientras besaba su espalda―. Si quieres llevarte la vajilla y la cubertería de tu madre, yo sé cómo recogerlo todo.

―De momento, vamos a desayunar, ¿no? Mientras no me tome el café soy un zombi. Eso me pasa por dormir más de la cuenta.

Desayunamos en la cocina pero sin prisas, nos duchamos y, cuando iba a preparar su mesa para ponerse a dibujar, le recordé los planes:

―No quiero ser pesado, mi vida… ―le dije sentándome en el sofá―. Pienso que si vas a llamar a tu casa es mejor que lo hagas antes, ¿no crees? Luego pones música para relajarnos y pintas. Yo iré haciéndome un organigrama como siempre.

―¡Claro! ―respondió no muy convencido―. Cuanto antes se aclare esto, mejor. ―Se dirigió al teléfono, lo miró suspirando y asintió―. ¡Sí! Voy a poner el altavoz para que lo oigas todo. Así no tengo que contarte lo que me digan. Si quieres.

―Me parece bien. Yo no voy a abrir la boca.

Marcó los números rápidamente y, sentándose a mi lado, puso el teléfono un poco más cerca de mí.

―¡Dígame! ―contestó una voz severa.

―¿Nati? ―preguntó él inseguro.

―¡Señorito! ¡Ay, señorito, gracias a Dios que llama!

―No digas nada, Nati ―le habló con cariño―. Prefiero hablar contigo antes que con nadie y, si no me llamas señorito, mejor. ¿De acuerdo?

―¡Claro, hijo! ―respondió apurada―. Nadie va a saber que has llamado, aunque deberías haber llamado antes. ¡Ay, Dios santo! ¡Qué desgracia!

―No pasa nada… ¡Tranquila! No me ha comido la tierra. Solo quería…

―Tendrías que haber llamado antes. He intentado localizarte en tu teléfono y siempre me dice que no está operativo. ¡Es todo tan lamentable!

―¡Vamos, tranquila! Dime cómo han ido las cosas por ahí. ¿Estás bien?

―Yo sí, criatura, pero en esta casa… ―Pareció asegurarse de que nadie la oía―, pasan cosas muy feas. Tú lo sabes, mi pequeño. ¡Ay, qué tragedia!

―Vamos a ver, Nati. Quiero que sepas que estoy muy bien, que vivo con Roberto y que nos vamos a trabajar a Sevilla. ¡Voy a tener mi primer trabajo y será fantástico!

―¡Cuánto me alegro, hijo! Sabes que siempre he querido lo mejor para ti; desde que te cambiaba los pañales… pero esta casa nunca va bien.

―¡Cuéntame! ―le dijo con paciencia―. Yo te contaré todo lo que quieras saber, ¿vale? ¡Estoy muy bien, de verdad!

―Verás, hijo… ―habló entre jadeos―. No imaginas lo que ha cambiado la vida en tu casa. Tu madre… tu madre me prometió no decir nada de lo que ya sabes, pero tu padre… Él nunca ha cambiado, criatura; no ha cambiado. Hizo muchas preguntas y no nos creyó. Tu madre decidió decirle que os habíais ido juntos a trabajar… ¡nada más! No le dijo nada más.

―Lo entiendo ―le contestó fríamente―. ¿Cómo está todo ahora?

―Tu padre, de pronto, ¡se puso a dar gritos como un loco! Creí que iba a pegarle a tu madre. Yo no lo hubiera permitido aunque me jugara la vida. Luego, poco después, no apareció para el almuerzo, así que vino Sofi a buscarlo y… ―Oímos unos llantos y nos miramos.

―¡Nati, por favor! Serénate y no levantes la voz. ¿Qué ha pasado?

―Fue el mismo día; el mismo día. Lo encontramos tirado en el suelo en la salita y llamé a urgencias… Mamá está en el hospital con él.

―Pero… ―saltó Toño angustiado―. ¿Qué ha pasado?

―Sabes que tu padre tiene esos arrebatos. No tengo que explicarte ningún detalle de él. No sabíamos que era diabético y nunca dijo nada; y el disgusto… ¡Hijo mío! ¿No puedes venir a ver a tu madre? Sé que no os lleváis muy bien, pero tu padre no va a poder verte… Está en coma ―gimió con un hilo de voz.

Toño me miró muy asustado y cayó lentamente en el respaldar. Me eché a su lado y le hice muecas para que siguiera hablando.

―¿En coma? ―preguntó asustado pero sin alterarse―. ¿Qué han dicho los médicos?

―Los médicos están muy enfadados, hijo. Dicen que él tenía que saberlo y nunca ha dicho nada; y ha estado tomando de todo. Y este disgusto…

―Creo que tendré que ir a ver a mi madre. Ha sido culpa mía.

―¡No, no, por Dios bendito! ¿Qué estás diciendo? Tú no tienes la culpa de nada. Ya te he dicho que los médicos están muy enfadados. Él debería estar notando algún malestar y… no dijo nada.

―Entonces… ¿qué puedo hacer yo?

―Por lo menos, criatura, llámame de vez en cuando. No debes temer nada porque mamá no va a coger el teléfono. Yo te iré diciendo lo que pasa. Y si puedo llamarte a este número, mejor. Creo que esto no tiene muy buena solución.

―¡Ya! Tú tranquila, Nati. Puedes llamarme a este o al móvil; lo he tenido apagado. Dile a mamá que he llamado y que voy a seguir llamándote para saber cómo está. Dale un beso, ¿vale? Dile… dile que la quiero.

Cuando cortó la comunicación se quedó en silencio, inmóvil, sin pestañear, mirando al frente. Ni siquiera quise tocarlo.

―¡No! ―balbuceó―. Nati tiene razón. Nos conoce mejor que nadie. Es mi tata y sabe muy bien cómo soy. También conoce demasiado bien a mi padre. Esto le hubiera pasado cualquier día con cualquier disgusto. Si le hubiera pegado a mi madre…

―¡Vamos, Toño! ―quise consolarlo―. No sabía que Nati te había criado. ¡Como siempre te hablaba de usted y te decía señorito! Llamarla y decirle que vas a seguir llamando para preguntar, es lo mejor que has hecho. Nadie tiene la culpa de esto.

―El servicio está obligado a tratarnos así… Me preocupa mi madre ―sentenció―. No soy de piedra; por eso me preocupa ella. Él tiene lo que ha buscado toda su vida.

―¡Vamos! Creo que hay que relajarse. Llamaremos otra vez a la tarde, ¿vale? Todo irá bien.

―¡Desde luego! ―me miró con una triste sonrisa―. Nada me va a apartar de ti y de nuestro camino. Mi madre debería haber sido la que me llamara si hubiera querido que yo fuera. Sabe que lo mejor que hago es mantenerme al margen. Si ella está bien… ¡Pon música a tu gusto! Voy a pintar.

Hablamos y pensamos mucho. Al final, decidimos mudarnos a Sevilla el 24 de noviembre. Faltaban dos semanas largas. 



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