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Fecha: 07-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Violada en pijama

isabelcani
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Tiempo estimado de lectura: [ 30 min. ]
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Soy secuestrada como regalo del hijo de un oficial de policía. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Mis padres, de clase media – alta, me dieron una buena educación. Siempre viví holgadamente y en la comodidad del hogar. Por eso, cuando conocí a Alberto en la universidad, cuando ambos estudiábamos derecho, él dos cursos por encima de mi, me pareció una persona muy interesante, y me enamoré casi al instante.

 

Alberto se licenció y comenzó a trabajar. Enseguida nos casamos, antes de acabar la carrera me quedé embarazada de Pilar, nuestra hija, que ya había cumplido los veintiún años, y se había quedado en casa mientras nosotros trabajábamos en aquel lugar, donde Alberto defendía a personas perseguidas por el régimen. Mi marido se había convertido en un prestigioso abogado a nivel internacional, mientras que yo, estaba siempre a su lado pero en la sombra. Nunca me importó porque era consciente que no sería capaz nunca, de hacer lo que él hacía.

 

Aunque nos movíamos con libertad cuando íbamos a ese país, sabíamos que nos seguían, hasta el punto de conocer bien al oficial Martínez, a quien le encontrábamos en los restaurantes y bares a los que asistíamos, imagino que por averiguar con quien nos reuníamos. Un par de veces había llamado a declarar a Alberto, pero no había encontrado ninguna prueba que lo comprometiera.

 

La última vez que había visto al oficial, había sido una semana antes de aquella fatídica noche. Habíamos cenado con un cliente. Alguien relacionado con el trabajo que deberíamos hacer y que conocía bien a los que estaban sentado a la mesa. Estaban Martínez que debía ser algo mayor que yo, en torno a 50 años, otro hombre de unos 35, de quien supimos que era su compañero, llamado López, y un chico joven, algo más que nuestra hija, de quien supimos que era el hijo de Martínez, y a quien todos conocían por Fran. Martínez había enviudado años atrás, y solía llevar a su hijo, con cierta frecuencia, a ciertos “trabajos”. Nos comentó que Fran era un joven bastante prepotente, el cual, a la sombra de su padre, había hecho de su entorno, un cortijo particular.

 

El trabajo para el que nos habían contratado no me gustaba nada. Alberto tenía que ayudar a unas personas que estaban al margen de la ley y no estaba segura de querer hacerlo, pero mi marido se había empeñado y terminé accediendo. Debería viajar a doscientos kilómetros de donde estábamos mientras yo me quedé en el hotel durante ese tiempo. La forma que elegimos para estar en contacto, eran unas claves que partían de las páginas de un libro, que sólo él y yo conocíamos. Los mensajes deberían ir precedidos con esa palabra, y cuando lo recibía, le debería devolver la palabra siguiente, de esa forma sabríamos que la conversación era entre nosotros, y no nos habrían manipulados los teléfonos o detenido.

 

Probablemente Alberto estaba, a pesar de su ilegalidad, oculto, y por tanto seguro cerca de la frontera, o tal vez al otro lado. No lo sabía con exactitud. Yo tenía la certeza que era vigilada, aunque no me sentía amenazada. Supongo que era demasiado confiada, y estar a la sombra de mi marido me había hecho serlo más, a pesar que siempre me advertía que no me fiase de nadie.

 

Aquella noche había pedido algo para cenar. Me duché, me puse el pijama y encendí la televisión, a la vez que abrí un libro. Estaba aburrida y sólo esperaba que me entrase el sueño. De repente llamaron a la puerta. Al preguntar quien era, la respuesta me sorprendió.

 

  • Servicio de habitaciones. – Respondió una voz masculina al otro lado de la puerta.

 

Había cenado en la habitación y pensé que venían a por los platos de la cena, aunque me resultaba raro, ya que solían llevárselos por la mañana. Aunque llevaba el pijama, me puse la toalla de la ducha por delante, desde el cuello hasta donde llegaba, ya que no quería que se notase que no llevaba ropa interior, y sobre todo, evitar el vaivén de mis pechos al caminar.

 

  • Beatriz Núñez? – Preguntaron los dos hombres.

 

Los reconocí. Eran Martínez, López y otro agente que no conocía. Preguntaron también por mi marido, que evidentemente no estaba conmigo.

 

  • Tiene que venir con nosotros, Beatriz.

  • Voy a vestirme.

  • No. No hay tiempo. Nos están esperando abajo.

  • Kane, busca en la habitación lo que ya sabes.

 

El joven quedó en mi cuarto, No me esposaron, pero los dos hombres me llevaron cogida por los antebrazos por la parte de atrás para subir a un montacargas que nos llevó al sótano. No había nadie, pero en la puerta nos esperaba un coche. Abrieron la puerta, y vi que además del conductor estaba Fran, el hijo del oficial Martínez.

 

Los dos oficiales se sentaron a ambos lados, mientras yo permanecía en el centro.. Allí me bajaron del coche y entre ambos me llevaron a una habitación, algo más lujosa que una vulgar mazmorra y bastante amplia, con una cama, mesas y sillas y baño. Me sentaron y empezaron a preguntarme donde estaba mi marido y en qué consistían las claves que utilizábamos en nuestros mensajes. Al principio eran condescendientes, pero poco a poco, su educación fue bajando y comenzaron a amenazarme.

 

  • Dígame Beatriz. Sabe donde está su marido o las personas que lo han contratado?

  • No lo sé. – Respondí con contundencia.

  • Está bien. Entonces firme la declaración.

 

No hubo más conversación. Me presentaron un papel en el que indicaba que desconocía el paradero de Alberto y nuestros clientes. Me sentí aliviada, lo firmé y pensé para mis adentros que había sido absurdo llevarme hasta allí.

 

  • Sabemos que nos miente, Beatriz. – Señaló Martínez. – No me preocupa. Obtendremos la información de otra forma.

 

Su comentario había sonado amenazante. Yo sólo deseaba que me devolviesen al hotel, pero nada más lejos de la realidad. Me hicieron levantar y colocar las manos detrás de la cabeza. Me sentí incómoda, ya que el pijama me quedaba más bien holgado y no llevaba ropa interior, ya que me habían sacado prácticamente de la cama.

 

  • Qué te parece Beatriz? – Preguntó López al muchacho.

  • Ya os dije el día del restaurante que estaba muy buena. Ahora, en pijama, parece que sus tetas son más grandes.

  • Es porque no lleva sujetador y se balancean. – Respondió su padre riendo.

 

Me situaron más o menos en la mitad de la habitación. Se encontraban los dos oficiales, el hijo de Martínez y otro hombre más, supongo que un guardia, que flanqueaba la puerta. De repente noté como varias manos empezaban a tocarme. Lo hacían por las piernas, tocaron mi trasero y llegaron a mis pechos, momento en que grité y bajé las manos para protegerme.

 

Al hacerlo, López me dio una bofetada, noté como levantó ligeramente la camiseta del pijama y noté un fuerte escozor en la parte baja de mi estómago. Vi que Martínez llevaba algo en la mano. Después supe que era una pistola eléctrica. Era un aparato en forma de V, de aspecto estremecedor. Me hizo muchísimo daño, quedé sin respiración y me corvé tanto que parecía que me habían roto los huesos.

 

Apenas podía respirar. Me tumbaron en la cama durante unos segundos. Me dieron un poco de agua hasta que recuperé el resuello. Seguía respirando fuerte, con bastante ansiedad y sobre todo, muy asustada.

 

  • Podría averiguar donde se encuentran las personas que buscan.

  • Beatriz. Vamos a encontrarlas, no le quepa duda, pero la forma en que vamos a hacerlo nos resulta mucho más divertida que su confesión. Tuvo la oportunidad de hacerlo, y dijo que no sabía nada. Ahora no vamos a cambiar la declaración.

 

Entre los dos oficiales volvieron a levantarme y me hicieron colocar las manos, de nuevo, por detrás de la cabeza.

 

  • Antes de seguir, he de decirle que esta pistola eléctrica tiene tres posiciones. He utilizado la de menor potencia. Si vuelve a no obedecer, la siguiente descarga será al máximo nivel. No lo repetiré. Le ha quedado claro?

 

Asentí con la cabeza a la vez que mis ojos rezumaban. Estaba segura de no poder volver a soportar un dolor como el de antes, y mucho menos si era más fuerte.

 

  • Vamos Beatriz. Vuelva a ponerse de pie y con las manos detrás de la cabeza.

 

De manera lenta, obedecí. De nuevo se colocaron los tres hombres a mi alrededor y volvieron a magrearme, sólo que ahora yo apenas me movía por miedo a las represalias. Mis pechos, y sobre todo mis pezones fueron presas de los dedos de los tres hombres.

 

  • Habéis visto como se le han puesto las tetas de duras? – Comentó preguntando Martínez a López, y sobre todo a su hijo.

  • Debe gustarle. – Respondió el joven con cierta fanfarria.

 

No me gustaba nada y me sentía más denigrada por el comentario. Movía el cuerpo, intentando dificultar los tocamientos, pero sin dejar de apoyar las manos en mi cabeza. Sus manos pasaban por todo mi cuerpo, incluida la parte del pantalón.

 

  • Rubia. Ha llegado el momento de verte las tetas. Quítate la camiseta del pijama. – Ordenó Martínez. – Escuché, haciendo hincapié en que habían pasado a tutearme y sobre todo que querían que comenzase a desnudarme.

 

En ese momento lo supe. Sabía que esa noche no iban a violarme. Quedé mirando fijamente al oficial mientras sacaba la pistola eléctrica y me decía.....

 

  • Creo que estás un poco sorda. He dicho que te quites la camiseta del pijama. – Sentenció mientras veía y escuchaba la corriente que pasaba de un polo a otro de la pistola.

 

Empecé a hacer pucheros y a llorar en silencio. Bajé las manos y las llevé a la parte baja de la camiseta y procedí a sacarla por encima de mi cabeza. Mis pechos fueron quedando al descubierto, y las manos se depositaron en ellos. Empezaron a tocarlos y a pellizcarlos, pero Martínez los paró.

 

  • No olvidéis que estamos trabajando. Tenemos que hacer algo. Vamos a fotografiarla para luego enviárselas a su marido y que salga de su escondite. Que tengáis una clave para hablaros por whatssap no quiere decir que si le mandamos las fotos no las reciba y sepa que son reales. – Dijo sacando una tablet bastante grande y entregándosela a su hijo.

  • No, por favor, les diré donde están las personas que buscan.

  • Ya has declarado, preciosa, y ahora lo vamos a hacer de una forma más divertida. Tu marido nos llamará y nos contará todo lo que queremos saber. Ahora quiero que dejes de llorar y hagas lo que te vayamos diciendo. – Añadió el oficial más veterano mientras sacaba el pañuelo para secar mis ojos.

 

Me llevó hacia la cama, pensé que me iba a tirar sobre ella para violarme, pero se sentó, e hizo que yo lo hiciera sobre su pierna. Me ordenó agarrararle por el cuello y su hijo comenzó a fotografiar la situación. Hacía pucheros, pero intentaba no llorar, tal y como me habían ordenado. Después fue López quien se acercó a mi e hizo lo mismo. Me colocó también sobre su rodilla, y mostrando mis pechos y la cara, fui de nuevo fotografiada Después se colocaron uno a cada lado, me hicieron pasar los brazos por detrás de su cuello, primero solo posando, y después mientras me tocaban los senos sin ningún pudor.

 

  • Ahora vuelve a la posición que tenías antes, las manos detrás de la cabeza.

 

Tan sólo pasó la mano por la pistola y me miró. Subí instantáneamente las manos para dejarlas colocarlas como me dijo. De inmediato, Martínez, agarró mi pecho con fuerza y lo llevó a su boca. Lo succionó y miró. Yo me mostraba pasiva, tan sólo humillada por la vergüenza. Su hijo, le imitó, agarrándome el otro pecho y haciendo lo mismo que su padre, más torpemente, mordiéndolos y haciéndome daño. Padre e hijo se apartaron y de nuevo los tres, para que Martínez se colocase detrás de mi, agarrándome los pechos y susurrándome al oído mientras los masajeaba.

 

  • Me gustas mucho, Beatriz. Vas a hacer las delicias de mi hijo con estas pedazo de domingas¡¡

  • No opinas nada de ella? La tienes desnuda de cintura para arriba. Di algo, hijo.

  • Pues que está buenísima. A veces veo en el gimnasio mujeres como ella y me pregunto como serán por dentro de la ropa. Y ahora le estoy viendo las tetas a ella.

 

Martínez seguía tocando y moviendo mis pechos, mientras que con sus pies hizo que separase ligeramente las piernas. En esos momentos sus manos pasaron de mis pechos a mi trasero, Fran empezó a tocarme la cara y el pelo, mientras que López bajó los dedos por mi estómago hasta llegar al pantalón. Al llegar con su mano a la altura de mi sexo, e intentar pasarla entre las piernas, las cerré instintivamente, quedando atrapada entre ellas.

 

  • Vaya¡¡¡ A la señora Beatriz no le gusta que metas la mano entre sus piernas. – Dijo el oficial mayor.

  • Si no quiere que le pases la mano por encima del coño, será mejor que al menos nos lo enseñe. Fran, es tu día, y has de hacer los honores.

  • Por favor, no¡¡¡¡ – Empecé a suplicar a sabiendas que no conseguiría nada. – Déjenme marchar¡¡¡¡

  • No tengas prisa. Es que no estás a gusto entre nosotros? – Preguntó con sorna a lo que evidentemente no respondí.

 

Martínez giró la parte interna del pantalón para que quedase al descubierto la fina cinta que lo fijaba a mi cintura por dentro, y se la ofreció a su hijo. El joven se puso un poco colorado ante la ocasión que le ofrecía su progenitor. Fran agarró uno de los extremos de la cinta y tiró de él. Noté como el pijama se ahuecaba. Su padre y él mismo tiraron de la parte que sujetaba mis caderas. El pantalón cayó solo hasta mis tobillos, quedando completamente desnuda.

 

Me sentí completamente humillada. Apreté los codos uno contra otro e intenté bajarlos para ocultar levemente mis pechos. Mis ojos estaban húmedos y veía turbio. Al ver la cara del muchacho noté que tenía los ojos fuera de sus órbitas y sin parar de mirar mi cuerpo. Lo primero que hizo fue llevar su mano, tocar el vello de mi sexo y pasar su dedo entre los labios vaginales.

 

  • El pelo de la cabeza lo tiene rubio, pero el del coño es negro. – Comentó el muchacho.

  • Eso es porque está teñida. – Respondió el otro oficial. – Ya habrás oído eso de rubia de bote, chocho morenote.

  • La verdad es que no está nada mal la señora. Despierta todos mis deseos. Vamos hijo, que tenemos que fotografiarla para provocar a su marido.

  • No, por favor, no manden fotografías mías a mi marido.¡¡¡ – Grite espantada ante la idea de que pudiera verme desnuda con aquellos hombres.

 

Martínez pisó mi maltrecho pijama y me hizo mover para que éste quedase en el suelo. Los dos oficiales se colocaron a mis lados y el joven inicio su sesión de fotos con el móvil. Iban haciendo que les abrazase por la cintura o agarrase por detrás del cuello y sobre todo sin lágrimas, es lo que no paraba de decir Martínez.

 

  • Ahora quiero que hagas algo, Fran. Pásale una de las perneras del pantalon por el tobillo y déjala así. Tú. – refiriéndose a mi – te vas a agarrar fuerte a los cuellos de mi compañero y mío.

 

El joven hizo lo que le mandó su padre y yo hice también lo propio. Entre los dos me agarraron por las piernas con una mano y con la otra por la espalda para evitar que me cayera, me levantaron en vilo y me las separaron completamente. El joven continuó con las fotos mientras yo comencé a gritar.

 

  • No, por favor, no me hagan fotos¡¡¡ No se las envíen a mi marido¡¡¡

  • Lo de mandárselas o no a tu marido aún no lo tengo claro aún. Dependerá de muchas cosas, pero las fotos que te hemos sacado son de un morbo increíble. – Dijo mientras revisaba las imágenes que había captado su hijo. – Ponte ahora a su lado. Esta foto te la quedarás tú, para que siempre te acuerdes de tu primera vez y de la mujer con quien lo hiciste.

 

El joven se acercó a mi y me tomó por la cintura. Yo tuve que hacer lo mismo. El padre fue el encargado de sacar las fotos para que el joven las conservara como recuerdo, según sus argumentos, aunque era él quien dirigía todo y mandaba lo que debía hacer.

 

Continuaba de pie, y el oficial se acercó con la tablet para enseñarme las fotos que había tomado.

 

  • Mira lo guapa que estás. – Me dijo obligándome a mirar las fotos en las que salía semidesnuda o completamente desnuda, acompañada por alguno de los dos hombres.

 

Me vi en aquellas imágenes. Nunca me había visto desnuda en una foto, pero no podía dejar de reconocer que estaba guapa, me sentía guapa, había ido aquella tarde a la peluquería del hotel, y estaba perfectamente peinada. Odiaba que fueran ellos los propietarios de aquellas imágenes y que pudieran hacer con ellas lo que quisieran, incluido mandárselas a mi marido. Recordaba que a veces me había propuesto fotografiarme, sólo para él, y aunque no me habría importado si sólo eran para él, siempre me dio miedo que cayesen en otras manos y ahora era aún más dramático. No quería que las fotos fueran a parar a mi esposo.

 

  • Fran, qué te parece si ahora Beatriz se tumba en la cama, abre sus piernas y tú le haces una inspección visual y táctil? Será como un libro de texto que te mostrará los encantos de una preciosa mujer. – Dijo sonriente a su hijo. – Tú ya sabes lo que pretendemos. Abre las putas piernas. – Gritó.

 

Me giré y miré a la cama. López me agarró del brazo y me tiró de malas maneras sobre ella. Me dijeron que colocase los brazos por debajo de la almohada. Las piernas me las separaron entre los dos oficiales, haciendo que estuvieran flexionadas ligeramente, apoyadas las plantas de los pies en el colchón.

 

  • Beatriz. Vas a hacer todo lo que te pidamos porque aún no tengo decidido si enviaré esas fotos a tu marido, pero primero quiero que me respondas a una pregunta muy íntima. Con cuantos hombres has estado a parte de tu esposo?

  • Nunca ha habido otro hombre en mi vida. – Respondí a la vez que rompía a llorar, por la certeza que aquello se quebrantaría aquella noche.

 

El joven se había quedado completamente desnudo, mientras que los oficiales sólo iban vestidos con la ropa interior. Fran se colocó entre mis piernas y aunque no me penetraba, podía sentir su miembro erecto rozando mi vagina. En la situación en la que estaba lo único que me veía capaz de evitar que mi marido se sintiera profundamente humillado con esas fotos, era obedecer sin rechistar

 

Empezó a acariciarme el pelo de la cabeza y la cara para enseguida bajar a mis pechos. Los tocó lentamente mientras sus ojos no perdían detalle de lo que veían tal y como le había aconsejado su padre. Los besó y mordió mis pezones. Se entretuvo manoseándolos para seguir bajando por mis costillas y estómago. Giré la cabeza, no quería sentir lo que iba a pasar instantes después.

 

El joven se apartó un poco y fueron los dos hombres quienes comenzaron a tocar mis pechos, mientras que Fran se acercó a mi vagina y comenzó a acariciarme entre las piernas. Las manos empezaron a recorrer todo mi cuerpo, de arriba a abajo, mientras yo seguía expuesta, y aún más, cuando me separaron aún más las piernas para proceder a separarme los labios vaginales y que el chico pudiera contemplar y tocar mi clítoris. Empecé a temblar entre los nervios y el miedo.

 

  • Cómeselo. Pásale la lengua igual que haces con el dedo. Fíjate como se mueve la zorra. Como sólo ha estado con el maricón de su marido, nunca le han tocado el coño así.

 

Fran palpó mi parte más íntima. Siguiendo las instrucciones de su padre, mojó el dedo corazón en su boca y empezó a masajear el clítoris de manera circular. Después noté como su boca se clavó en mi sexo y su lengua comenzó a recorrerlo de arriba a abajo.Yo me revelaba y a pesar de tener las piernas abiertas levanté el culo de las sábanas a la vez que lloraba de manera intensa y temblaba de manera convulsa, aunque poco podía hacer para evitarlo. El joven dejó paso a su padre que hizo lo mismo y este, después de un buen rato, a su compañero. Los dedos y manos se iban intercambiando, pero siempre cerca de mis pechos y sexo. Mi cara la giré, clavándola en la almohada, intentando protegerme y sobre todo no mirar todo lo que hacían aquellos tres hombres..

 

Pasaban de separarme los labios mayores para llegara a mi clítoris a los menores para dejar descubierta la entrada de la vagina y meter sus dedos.

 

  • Venga hijo. A qué esperas? Fóllatela.

  • Ya voy papá. – Respondió el joven sonriendo.

  • Por favor, no lo hagan, soy casada. – Dije entre sollozos. – Yo no he hecho nada y si quieren les puedo ayudar a localizar a los clientes de mi marido.

  • Beatriz. No tienes nada con qué negociar. Nosotros si, porque nos hemos dado cuenta que no quieres que enviemos esas fotos a tu marido, por lo cual harás todo lo que te pidamos y nos contestarás a todo lo que te preguntemos, además, si te pones tonta te podemos dar otro calambrazo y no creo que te guste.

 

Era consciente de lo precaria que era mi situación y en lo vulnerable que era ante sus amenazas. Si esas fotos llegaba a él haría todo lo que hiciera falta para intentar protegerme aunque ello le costase la vida, y por otro lado, si volvían a utilizar la pistola, no sabía si podría soportarlo.

 

  • Vamos preciosa, prepárate que mi hijo va a follarte. Alégrate, vas a estrenar a un jovencito, deberías sentirte orgullosa. Vas a ver lo que es un hombre de verdad. Cuando acabemos contigo tendrás criterio para comparar.

 

Antes que volvieran a amenazarme clavé mi cabeza en la almohada, dispuesta a recibir al chico en mis entrañas. Notaba como el joven se iba colocando entre mis piernas, ayudado por los dos oficiales que me las abrían y acomodaban. Noté como su excitación estaba al máximo al rozarse con mi vagina hasta que la sentí dentro. Pensé que ya estaba, no había vuelta atrás.

 

Fran intentaba besarme. Llegaba a mis pechos sin dificultad a la vez que cabalgaba sobre mi. Intentaba alcanzar mi boca pero sólo dejaba lugar a que besara mis mejillas.

 

  • Beatriz. El chico quiere besarte. Será mejor que colabores un poco y lo hagas. Besos con lengua. Ya sabes lo que puedo enviar a tu marido – Dijo refiriéndose a las fotos.

 

López agarró mi cabeza por la nuca y la levantó ligeramente. No tuvieron volver a advertirme y fui yo, quien con mi boca abierta y dispuesta busqué la del joven para fundirnos en besos eternos, donde notaba como su lengua se cruzaba con la mía y recorría todo los rincones de mi boca.

 

El joven continuó penetrándome. A cada envestida le notaba más excitado y sabía que no tardaría mucho en terminar. Su respiración se volvió más agitada y sus movimientos convulsos. Se aferró fuerte a mis antebrazos y a pesar de pedirle que no eyaculase dentro de mi, hizo caso omiso, sintiendo un chorro caliente y líquido en mi interior.

 

El joven se levantó de manera lenta, con una enorme sonrisa de satisfacción, mirando a los su padre y a López que le felicitaban por su estreno, mientras me tiró un rollo de papel para que me limpiase el semen que sobresalía de mi vagina.

 

  • Enhorabuena Fran. Has dado a Beatriz lo que llevaba buscando años, pero no se atrevía a pedirlo. – Comentó entre risas. – Venga López, te toca a ti ahora.

  • No prefieres ser tú? – Respondió.

  • No. Yo seré el último. Qué te apetece hacer con ella?

  • Una mamadita estaría bien¡¡¡

 

Me agarró del brazo para levantarme de la cama y situarme de rodillas. El oficial se desnudó del todo y sacó su miembro. Me pareció enorme y me asusté, echando para atrás la cabeza.

 

  • Espera, que esto merece una foto. La hago y te la paso.

  • El otro oficial asintió con deseo.

 

Me colocó su miembro en perpendicular a mis labios y me hicieron sacar la lengua mientras Martínez sacó varias fotos con la tablet. Me colocó la cara en diversas posturas, pero siempre procurando que se viera bien y con el pene rígido de su compañero junto a ella.

 

  • Ahora agárrala. No muerde¡¡¡ – Dijo refiriéndose a su miembro.

 

López llevó mi boca hasta su pene e hizo que lo tragase hasta el fondo. Me tenía cogida por el pelo, casi a la altura de la raíz, por lo que manejaba mi cabeza y mi boca a su antojo, si no quería morirme de dolor resistiéndome. Tan sólo mantenía la boca abierta, el oficial jugaba conmigo mientras yo me mantenía agarrando mis manos a sus caderas o agarrando su pene, según me iba mandando. Noté como una mano se acercaba a mi trasero y metía su dedo en mi vagina. De inmediato, una segunda mano también me acarició y el dedo fue a mi ano. La palma del oficial más joven llegó a mis pechos y pellizcó mis pezones, sin parar de hablar mientras le hacía la felación, lanzando comentarios obscenos y animándome a continuar.

 

  • Vamos putita, sigue chupando. Me encanta cuando tenemos una mujer como tú para nuestros caprichos. Sigue, así, así............

  • Joder Fran. Otra vez estás empalmado. Qué pasa? Quieres que te la chupe Beatriz cuando termine con López?

  • Pues si, quiero que lo haga. Me habéis dicho que era mi día y era para mi, así que quiero que me haga lo mismo.

 

Yo escuchaba, totalmente avergonzada y con lágrimas, sus comentarios. Era consciente que me tocaría hacer algo con el padre de Fran, pero no contaba que también debería hacerlo una segunda vez con el joven.

 

Sentí como iba a culminar en mi boca, se agitó y dejó su pene dentro, casi llegando hasta mi garganta, lo que me provocó unas fuertes arcadas y casi llevarme a vomitar. Después de unos instantes, que me parecieron eternos, la sacó de su boca y de nuevo me tiró un rollo de papel higiénico para que me limpiase.

 

El joven se acercó a mi, sin permitir que levantase mis rodillas del suelo, que ya me dolían y acercó su pene a mis labios. Me pidió que pasara la lengua y la recorriese de la punta hasta el principio.

 

  • Hazlo despacio, y cuando llegues al inicio, quiero que me chupes los huevos.

  • Joder, qué rápido aprende tu hijo¡¡¡ Se va a parecer a su padre.

  • Papá, yo también quiero unas fotos igual que López.

 

El padre dio gusto a su hijo y las hizo. Notaba en el fondo el sabor a mi. Me sucedía cuando realizaba una felación a mi marido después de haber sido penetrada por él. Ahora era el pene de un jovencito el que había quedado impregnado de mi flujo vaginal. Imitó al oficial y me agarró fuerte del pelo para que hiciera lo mismo. Estaba de nuevo tremendamente excitado y su miembro igual de excitado que cuando me había penetrado.

 

Dirigió su boca a su antojo, y de vez en cuando sacaba su miembro de ella para que le lamiese los testículos. Le oía gemir, a la vez que empezaba a insultarme, sin duda envalentonado por los dos oficiales que allí se encontraban.

 

  • Vamos zorra, sigue chupando. Así, como sólo tú sabes hacerlo. Métela ahora toda dentro, así......

 

No tuve que esperar mucho para que el joven sacara su miembro de mi boca para esparcir su semen por entre mis labios. Los dos hombres más mayores le aplaudieron y felicitaron por haber culminado en mi por segunda vez.

 

Volví a limpiarme.Tanto Fran como López se habían vestido y tan sólo Martínez continuaba desnudo, por lo que supuse que era su turno. Dentro de todo lo malo que estaba viviendo sabía que era el final, aunque también era consciente que era el más inflexible de los tres, y haría todo lo que placiese conmigo para obtener lo que quería.

 

  • Ponte sobre la cama, a cuatro patas, como una perra, como lo que eres.

 

Me quedé inmóvil, imagino que en ese momento seguía conmocionada por todo lo que estaba viviendo aquella noche. Hasta que de nuevo el oficial de más edad me hizo reaccionar.

 

  • Vas a ponerte de rodillas sobre la cama, porque puedo volver a utilizar la pistolita y también puedo mandar las fotos tan sexys que te hemos sacado y enviárselas a tu esposo.

 

Ante sus continuas amenazas opté por volver a ceder y me coloqué sobre la cama, tal y como me había indicado. Noté como se situó detrás de mi, rozándome con su miembro y acariciando mis nalgas. Pasó la mano por mi sexo, de manera brusca, tocando primero el vello, después pasando el dedo por mi abertura de arriba a abajo y finalmente metiendo el dedo en mi vagina.

 

Noté, con una fuerte embestida como entraba de nuevo. Pensé que afortunadamente se conformaría con tener sexo vaginal conmigo. Era brusco y se montaba en mi mientras percibía el tamaño de su miembro. Acercaba sus manos para tocarme los pechos, pellizcarlos de manera violenta lo que producía que a veces gritase de dolor, y se acercaba a mis oídos para provocarme con sus improperios.

 

  • Estás caliente, puta? Te noto mojada. Lo estas? Has hecho que se corra mi compañero y mi hijo, un chaval de menos edad que tu hija, dos veces. Harás lo mismo conmigo. Tu marido no te hace estas cosas, verdad?

 

Las palabras eran tan crueles como lo que me hacían. Veía borroso porque comencé a llorar con más intensidad y las lágrimas rodaban por mi cara y caían sobre la cama. Veía a los otros dos hombres como sombras que se movían alrededor de la cama. De repente, Martínez paró.

 

  • Ahora voy a probar tu culito.

  • No, por favor, por ahí no¡¡¡ – Protesté entre súplicas a sabiendas que no serviría para nada. – Soy virgen por detrás.

  • Entonces te estrenaré y sabrás lo que es bueno. – Dijo con deseo.

 

Mentí, pero ya era tarde para rectificar. Aquello aún le daba más morbo. Lo había probado un par de veces, lo suficiente para conformar a Alberto y dejarle claro que no me gustaba el sexo anal. Martínez colocó su pene a la entrada de mi ano y empujó con fuerza. Grité y caí hacia adelante entre el daño y la fuerza del oficial. Ahora estaba tumbada en la cama mientras que seguía perforando mi ano una y otra vez.

 

Vi, por el color de su ropa, que el joven se sentó en la cama, junto a mi cabeza. Limpió las lágrimas de mis ojos y pude ver con claridad. Intentaba aguantar el dolor apretando los dientes y cerrando mis manos con fuerza mientras agarraba las sábanas. El dolor era horrible y el peso de mi agresor apenas me dejaba respirar.Fran me miraba y noté cierta ternura en él mientras mesaba mi pelo y me acariciaba.

 

Martínez intentaba llegar con sus manos a mis pechos, apoyados al colchón. Cuando lo consiguió de nuevo volvió a apretarlos, aunque para ese momento estaba a punto de llegar al climax y apenas siguió.

 

El hombre se levantó. Sentí un fuerte alivio al liberarme de su peso. Esperaba que me devolvieran al hotel y que jamás esas fotos llegaran a mi marido ni a gente conocida.

 

  • Vamos a dejarla limpita antes de llevarla a su celda. Mañana la utilizaré para devolver un favor y después ya decidiremos si enviamos o no esas fotos. – Dijo Martínez entre risas.

 

López abrió el grifo de la ducha y los tres entraron conmigo al baño. Tan sólo quedó fuera el guardia que flanqueaba la puerta. En realidad era una bañera y el oficial más joven tomó la alcachofa para enjuagar mi cuerpo. Fran echó abundante gel en su mano y me lo colocó sobre los pechos, empezando a frotar.

 

  • Límpiate el culito y el coño. Métete agua en la boca y haz un enjuague, que tiene que estar blanca por dentro.

 

Hacía lo que me decían. Después de hacer lo que me dijeron, ellos también hicieron lo mismo, procediendo a limpiar mis orificios delantero y trasero. Sus manos se deslizaban con suavidad en mi cuerpo. Por último lo aclararon de arriba a abajo y me hicieron salir. El joven Fran fue el encargado de secarme.

 

  • Ahora la llevaremos a su celda. – Apostilló Martínez.

 

Fran recogió el pijama que seguía en el suelo y fue a entregármelo para que me vistiera, pero de nuevo su padre intervino.

 

  • No se lo des. La llevaremos a su celda así, desnudita, y tú llevarás el pijama en la mano para que se vea bien. Todos se imaginarán lo que hemos hecho con ella.

 

Ordenó al guardia, por su nombre, que me pusiera las esposas a la espalda y después que abriera la puerta. Los dos oficiales me agarraron por los brazos, mientras que el joven iba mostrando el pijama a modo de trofeo.

 

Era ya de madrugada y deseaba que no encontrásemos a nadie. Al principio fue así, pero al subir comenzamos a cruzamos a otros guardias que me miraban de manera obscena hasta que poco antes de llegar a mi celda se juntaron varios oficiales que comenzaron a comentar y a preguntar.

 

  • Joder, cómo se le mueven las tetas.... Os la habéis follado ya?

  • La hemos llenado de leche por los tres sitios.

  • Cómo iba vestida la putita?

  • Mira, mi hijo tiene el pijama que llevaba. La hemos sacado de la cama para traerla aquí.

  • No llevaba ropa interior?

  • Sólo el pijama.

 

El joven expuso mi pijama y algunos de los hombres se atrevieron a tocar mis pechos y pasar sus manos entre mis piernas.

 

  • Y ha estrenado a tu hijo? Joder, llevas la tablet, qué cabrón¡¡ Has hecho fotos? Enséñalas¡¡

  • Jajajaja. Claro. Era la mujer ideal para hacerlo. Si, mirad las fotos. Le hemos dicho que si no se portaba bien mandaríamos las fotos a su marido. Si queréis alguna vamos a la celda y se las hacemos. Además, se ha portado muy bien, porque no quería que su marido viera estas fotos en las que sale tan guapa.

 

Tres hombres, quizá los más atrevidos, o los más salidos sexualmente, vinieron con nosotros a la celda y se fotografiaron conmigo. Antes de marcharse, todos se colocaron detrás de mi y Martínez se encargó que todos viésemos las imágenes.

 

  • Joder, me encanta esta foto. – Dijo uno de los nuevos. – Está buenísima, con las tetas tan grandes, delgadita, y la rajita que se marca, y esa melena rubia, tan lisa.

  • Esta es la mía. Joder, mándamela Martínez. Qué coño tiene. Está de cojones la abuelita. No me extraña que el niño la haya llenado bien todos los agujeros.

  • Esta se la enseñaré a mis amigos. – Dijo el tercero. – Para mi es un recuerdo único, aunque no me la haya follado como vosotros.

 

Al ver el resto de las fotos, los comentarios se iban repitiendo. Al llegar a aquella que me habían tomado en brazos, con las piernas abiertas y totalmente expuesta sentí una vergüenza atroz, aunque viendo las caras y comentarios de todos los hombres, supe que les gustaba mucho, y dentro de la humillación, volví a ver en ellas a una madura muy atractiva.

 

Al llegar a la celda, separaron la cama de la pared para dejarla centrada, a la altura de los barrotes de la puerta. Me colocaron la almohada de la cama y otra que trajeron en el suelo.

 

  • Vamos a llevarnos tu pijama como recuerdo. Dormirás en el suelo toda la noche, sobre la manta que te hemos preparado y te esposaremos las manos al somier de la cama y dejaremos la luz de la celda encendida, así el que lo desee, podrá verte.

 

No tuve ya fuerzas para lanzar una última protesta. Deseaba quedarme sola aunque fuera así, expuesta. Quedé con la cabeza levantada, desnuda frontalmente mirando hacia las rejas, permitiendo a quien pasara poder observarme.

 

Me traspuse un poco, fruto del agotamiento. Dos horas después oí que me llamaban. Abrí ligeramente los ojos y vi a un grupo de 6 ó 7 jóvenes junto a las rejas de la puerta. Llevaban móviles en la mano y sabía que me fotografiaban. No hice caso, y vi como me tiraron algo. Debía ser una pequeña piedra o tornillo, que sin hacerme daño, impactó en mi cuerpo e hizo que volviera a la realidad.

 

  • Eh. Beatriz, Beatriz. Tía buena. Abre las piernas para verte el coño.

 

Hice caso omiso a lo que me pedían. Estaba tumbada, con las rodillas flexionadas, y evidentemente podían verlo. Volví a quedarme medio dormida y de nuevo volvieron a despertarme los muchachos.

 

  • Beatriz. Enséñanos el coño. – Pedían entre risas. – Ábrete de patas.

 

Seguí sin hacer caso, pero me desperté por completo. Pensaba que esos chicos estaban muy calientes o tal vez que les gustaba mucho mi cuerpo. Seguro que alguno de ellos tenían madres más jóvenes que yo.

 

  • Zorra. Vas a abrirte de patas porque si no lo haces, vamos a enviar las fotos a tu marido.

 

No sabía si lo harían o era sólo un farol. No podía permitir que aquello pasara y de nuevo, clavé la cabeza en la almohada y separé las piernas para que pudieran contemplar y fotografiar mi sexo.

 

Al hacerlo se armó un tremendo alboroto. Podía oír entre las risas los clicks de los teléfonos, las groserías sobre mi sexo hasta que llegó un policía y los echó de la puerta a todos.

 

- Mujer, no les haga caso. No van a enviarle nada a tu marido.

 

Durante la noche pude ver como se acercaban hombres a la puerta, pero me dejaron tranquila hasta el día siguiente.

 

Espero escribir la segunda parte de este relato. Acepto ideas para el mismo. Podéis enviarlas a mi correo. isabelcani@hotmail.com

 


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