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Fecha: 10-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Crónica de una corta e intensa…

parada
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Todo lo corto e intenso cabe en esta crónica.

Él era corto e intenso.

También era corto aquello de lo que se valía.

Era corto de genio y de conocimiento.

En el trato era tan corto que lo hacía cortante o entre cortante. Así caminaba por el mundo sin destino y, por supuesto, el cronista, especialista en trastos desconsolados, lo tomó aquella noche, corta por cierto de toda cortedad.

Recuerdo que de su cuerpo lo único sobresaliente era su redondeado trasero. Aquel carácter había despertado en algún conocido mutuo la reflexión de que “ese culo no se hace solo”. Tenía razón ya que ese trasero tenía cargado, al menos en intención, las caricias de medio mundo de estos pagos y, como se supo más tarde, llevaba puestas una multiplicidad de especies de mimos que lo fueron modelando corto, pero intenso.

La luna llena lo transforma todo. La marea de los mares no difiere de la marea de la sangre. Pasión y luna, son temas repetidos en poetas y parejas.

Esa noche calmaba la pasión con alguna cerveza en Los Tres Ciervos, en el límite del pueblo: Mesa en la vereda, calle y bosque por espectáculo. “Me puedo sentar”, dijo. “Por su puesto”, accedí. Le miré sorprendido, escudriñándolo. “Disculpe, estoy cansado”. “Pues descanse”, aconsejé.

Se sentó y quedó mirándome en silencio, tanto que al rato le pregunté: ¿Ud. quiere decirme algo?

Sí, pero no sé, dijo y de vuelta quedó callado.

Tras una pausa respetable, espeté “diga hombre”.

Es que Ud. me gusta, largó sin más preámbulo. “Bueno, le agradezco; pero ¿qué le gusta de mí?”

Todo. Me gusta acompañarlo.

Ante tanta amabilidad no pude menos que invitarle una cerveza, “no bebo” fue la respuesta y de nuevo se quedó callado, mirándome.

Tanto silencio sintiendo que me observaba, llegó a molestarme: “No lo tome a mal, pero es tarde, tengo que retirarme”.

“Lo acompaño”, dijo.

Caminar en las angostas veredas de mi pueblo a veces se vuelve complicado y más por gentileza que por algo más le tuve que tomar del brazo o por la espalda hasta que se despachó “me gusta que Ud. me toque”.

¿Está Ud. bien?, le pregunté.

“Nunca estuve mejor”, dijo mirándome a los ojos.

¿Quiere Ud. pasar?, inquirí al llegar a mi puerta y me asintió con la cabeza.

Una vez adentro, se sentó en el sofá del living sin decir palabra. Por mi parte, no salía de mi asombro. Me serví algo fuerte y le tendí una gaseosa que aceptó. Como el silencio continuaba, prendí el televisor. ¿Me permite? Dijo requiriéndome el control remoto y, sin más, se fue a los canales altos buscando porno, la puso y se embelesó.

La cinta transcurría entre cogidas, recogidas y mamadas. Serví el segundo trago y empezaron las escenas anales y, como no soy de madera, mi instrumento reaccionó al instante provocando, a su tiempo, la clásica carpa bien visible entre las piernas.

Como él estaba callado y quería romper el frío: “Es Ud. muy tímido”, arriesgué. “No, soy cauto, respetuoso y obediente”, dijo mirándome la ingle, “¿Puedo?”, preguntó y, sin esperar respuesta, ya tenía su mano sobre mi sexo y a él arrodillado entre mis piernas. Con dedos ágiles y veloces bajó el cierre y sin sacarlo del calzoncillo comenzó a modelarlo con los labios mientras continuaba el trabajo liberando el cinto, abriendo el pantalón, bajando el slip para liberar mi verga y tragársela entre besos, lamidas y sonidos incomprensibles.

Debo reconocer que era un maestro mamador. Cuando tuvo el caño en su boca comenzó una labor útil y rápida que me puso a mil. El calor de su boca y la suavidad y experiencia con que movía su lengua sobre el bálano; pronto sacó y saboreó, con excitante fruición y haciéndome notar su gozo, el líquido preseminal para abocarse a una mamada fenomenal que, no pude evitarlo, me causó una abundante eyaculación que casi lo atraganta, aunque se las arregló para tragar degustando mi leche.

Y allí se quedó con mi verga deshinchándose en su boca, con un mimo de lengua de cuando en cuando hasta que, bien baja, la dejó salir para besar y lamer el escroto,

Tenía hambre, qué rico, gracias, dijo, se levantó y se fue dejándome sorprendido y en las nubes.


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