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Fecha: 13-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Detective 666.

Janis
Accesos: 5.804
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 26 min. ]
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La llegada. (Nueva serie de corte fantástico en primera persona). Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

LA LLEGADA.

   La nueva luz daña mis ojos, obligándome a pestañear y a gruñir. ¡Hay demasiada luz! Cuando consigo enfocar medianamente, me mareo un tanto, sin distinguir el concepto de arriba y abajo, hasta que me doy cuenta que estoy colgando cabeza abajo. Algo está quemándome la espalda, lentamente, como un tizón al rojo vivo que se abriera paso en mi piel. Intento apartarme y descubro que tengo los brazos y las piernas atados a lo que sea que me esté quemando. ¡Vaya mierda de situación! Si al menos supiese dónde estoy, porque esto no se parece en nada a las tierras del Jodido Pilar.

   Al forcejear, el agua me salpica y entonces comprendo que parte de mi cabeza está metida en agua fangosa. ¿Qué cojones estoy haciendo así? Y lo más grave, ¿quién me lo ha hecho? La sensación de quemazón en mi espalda me está volviendo loco, así que forcejeo con todas mis fuerzas y siento que algo cede a la altura de mis tobillos. Mi cuerpo gira empujado por la gravedad y mis pies aterrizan sobre una dura superficie bajo el agua, aún con mis brazos atados. Es una comprometida posición que no me ayuda a calibrar mi situación, dejándome sin visión y aún atrapado. Así que me aplico en dar unos cuantos salvajes tirones que acaban liberándome.

   Descubrir el jodido símbolo al que he estado atado no ayuda a mi desorientada mente. ¡Estaba crucificado a una maldita cruz de cemento del tamaño de una puerta! Con razón me estaba quemando la espalda… Un escalofrío de asco sacude todo mi ser y es justo en ese momento cuando descubro que este cuerpo no es el mío. Mi verdadero cuerpo hubiera ardido al contacto con la… con esa cosa, joder. Miro a mi alrededor, espantado, comprendiendo que estoy dentro de lo que debe ser una iglesia pero anegada por encima del respaldo de los bancos de madera, los cuales flotan astillados en las oscuras y quietas aguas. Me calmo lo suficiente para comprender dos hechos: uno, que la iglesia debe de estar abandonada y, por consiguiente, desacralizada, que es sin duda por lo que puedo soportar estar en su interior; dos, ¡que, de alguna forma inexplicable, me encuentro en el puto mundo humano! Eso me altera bastante y tengo que sentarme en el agua, a pensar. Al rato, tanteo con mis manos y me doy cuenta que estoy sentado sobre el altar y casi me hace respingar de miedo. Vuelvo a decirme a mí mismo que ya no es tierra sacra, sino no hubiera salido indemne de allí. Intento recordar por qué estaba crucificado cabeza abajo en una iglesia abandonada, en un cuerpo que no recuerdo de haberme apropiado, y mi mente hace guiños raros, como si aún no pudiera echar a andar bien.

   Lo que sí es seguro es que me encuentro en el mundo humano porque el aire huele a podrido y contaminado. El dolor de mi espalda se calma al no estar en contacto con el jodido símbolo. Me he palpado como he podido y no encuentro quemadura alguna, por lo que debe ser algo somático, digo yo. Al dar un par de pasos, mis pies abandonan el ara y me hundo hasta el pecho en el agua. A pesar de mi situación, la cómica comparación a parecerme a una galleta remojada en un bol de leche acude a mí. Bueno, al menos mi humor sigue de una pieza, es una buena señal. Rebusco en mis bolsillos y no encuentro nada. Las ropas que porto están rasgadas y sucias, la camisa abierta, los botones saltados. Una de las perneras del pantalón falta, arrancada sin duda, y deja asomar mi pierna desnuda. Además, los zapatos han desaparecido, según constato. Aunque nunca he portado ropajes, mi mente, de alguna manera, conoce su uso y la importancia que tiene para los humanos.

   Pero este conocimiento es un caos lleno de niebla y escenas confusas que, por el momento, no me dicen gran cosa. Contemplo la cruz invertida a la que estaba atado. Cuelga del techo con cables de acero bastante nuevos. Eso es indicativo que alguien la ha dispuesto así, alguien que pensaba hacer cosas malas conmigo… La simulada inscripción de INRI queda a centímetros del agua, justo sobre el ara sacramental. Esto ha sido un ritual en toda regla, me digo.

  Entonces, descubro algo flotando entre el caos de bancos rotos. Instintivamente, me deslizo en el agua que está templada. Es natural, recuerdo que corría el mes de agosto cuando… Agito la cabeza al descubrir que ese recuerdo no me pertenece. ¿A quién corresponde ese recuerdo? Avanzo con cuidado hacia el bulto que se mece suavemente entre maderas astilladas, el cual se convierte en un encuentro con mi primer cadáver flotante; una experiencia única y hasta divertida. Su abultado vientre ha eclosionado días antes, seguramente, y sirve de banquete a toda una progenie de larvas, gusanos y moscas. Por algún motivo, eso acusa aún más el hambre sorda que lleva royendo mi propio estómago desde que abrí los ojos. Cada cosa a su tiempo, me digo. El tipo orondo y con bigote que sirve de buffet flotante, aparece de repente en mis neblinosos recuerdos. Era uno de los humanos dispuestos para el sacrificio junto a Jack. El obrero barrigón…

   Espera… ¿Jack? ¿Quién es Jack?

  Me muevo despacio hacia la pared más cercana. El agua deja escapar tufo a descomposición al agitarse. La luz del sol entra a través de las grandes claraboyas de vidrieras del techo. Un instinto que no es en absoluto mío me indica que es por la mañana, quizás las diez. Un gran cuadro enmarcado de la Virgen refleja mi imagen y vuelvo a gruñir de la impresión, no por la efigie en sí, sino al comprobar mi estado.

   Mi rostro –que no es de ninguna manera mi rostro –está surcado por oscuros regueros de sangre seca, el cabello mojado y apelmazado me parece oscuro aunque de tono indefinido. Una horrenda mancha oscura circunda todo mi cuello. Me inclino y salpico toda la zona de la garganta con agua hasta conseguir arrancar parte de la costra sangrienta. Compruebo que la herida mortal que me ha seccionado la yugular ya se ha cerrado, aunque los rugosos bordes aún se encrespan, formando una horrenda y lívida cicatriz. No tengo experiencia en cuerpos mortales, pero intuyo que pronto no quedará señal del funesto corte.

   De todas formas, repaso los rasgos del rostro adquirido. Tez mulata de café con mucha leche, unos ojos de un claro matiz pardo, una nariz algo aplastada, sin duda rota durante la adolescencia, y una boca viril sobre una mandíbula prominente.

   “Este tío tiene raíces criollas, fijo”, me digo. -- ¿Criollas? ¿De dónde ha venido esa palabra?

   Los labios son gruesos y sensuales, típicos en la raza negra; en la proximidad de la comisura izquierda, una pequeña cicatriz confiere una mueca algo burlona a la expresión bucal. Contemplo a un humano joven, cercano al metro noventa, con un cuerpo ejercitado y, al parecer, resistente.

   Tengo que averiguar dónde me encuentro, hacer balance de cuánto recuerdo de la vida de mi envoltorio, y, sobre todo, ¿cómo coño he acabado en un cuerpo mortal, en el mundo humano?

  Me asomo a una de las destrozadas ventanas más bajas y me enfrento a todo un pantano del que surgen edificios medio derrumbados y anegados. Se me viene el nombre de una mujer rusa a la mente: “Katrina”. Supongo que es una conocida de Jack. De pronto, empiezo a reírme al centrar mi mente y comenzar a ordenar los recuerdos que bullen allí dentro. Encontrar los demás cadáveres me ayuda bastante a recordar.

   Katrina no es ninguna mujer, sino un huracán y, por lo visto, ha destrozado la ciudad de mi envoltorio: Nueva Orleans. El cuerpo humano que habito se llama Jack Anthony DuFôret y era patrullero de la Policía Metropolitana de Nueva Orleans. Tenía veintiocho años y estaba casado con una hermosa dama de raíces franco holandesas llamada Benny. El recuerdo de una abundante melena pelirroja y de una preciosa sonrisa fácil me llena la mente y hasta las papilas olfativas.

   Entonces, con una imparable cascada de imágenes, revivo de nuevo el rápido secuestro a la salida de la habitual pizzería en la que Jack había cenado a solas, ya que en aquellos enloquecidos días previos, los hombres del Cuerpo estaban doblando turnos y patrullando sin pareja, preparando la ciudad para el huracán que se acercaba por el golfo. Los servicios informativos decían que este año iba a ser de los malos, pero siempre decían eso, claro.

   Le quitaron el saco de la cabeza al llegar a la iglesia. Jack el poli tardó en reconocerla a la luz de tantas velas y focos alimentados con generadores, pero aquel largo techo inclinado y las grandes hornacinas de bordes florecidos en escayola eran inconfundibles. La iglesia de la Madre de los Mártires, en el Lower Ninth Ward. Llevaba abandonada algunos años y estaba siendo usada por yonquis y maleantes como refugio, pero aquella noche parecía servir a otros propósitos aún más oscuros.

     Atado de pies y manos, permaneció arrodillado, con la cabeza inclinada, una posición en la que sus maltratadas costillas sufrían menos. Moviendo solo el cuello, giró la cabeza y contempló las personas que estaban a su lado, tiradas y maniatadas también, y supo que se trataba de más rehenes. Media docena de sujetos contando con él. Había una madura ama de casa que portaba aún rulos en el pelo y vestía una cómoda y sufrida bata de estar por casa. Un chico joven con aspecto gótico y pelo largo y húmedo. Un tipo de mediana edad y vientre mimado por largas citas con cotidianas cervezas con ropa de obrero de la construcción. Sintió un escalofrío al contemplar al bebé de pocos meses que berreaba, asustado y hambriento, en los pocos socorridos brazos de una adolescente de corta edad, de no más allá de dieciséis años.

   Los he encontrado a todos flotando entre los maderos, salvo al bebé. Pero estaba allí, con ellos, en el momento de sus muertes, y puedo volver a sentir la de Jack, un aterrado y simple poli de patrulla que llevaba tres años en el Cuerpo y que murmuró el nombre de su esposa cuando la cuchilla seccionó su yugular.

   Me sorprendí de su vehemencia. A pesar de su miedo, solo tenía pensamientos para su adorada esposa mientras era arrastrado a lo que prometía ser una muerte segura. A pesar del dolor que atormentaba sus quebradas costillas y la cadera astillada, pensaba en que Benny se iba a quedar sola en el mundo. Me palpé esos lugares en mi cuerpo, comprobando que estaban bien, sanados como el corte de mi pescuezo.

  

   Los tipos que raptaron a Jack sabían lo que hacían, le tomaron por sorpresa. Alguien golpeó la ventanilla del otro costado del coche policial, en el mismo instante en el que se subía, y otro se le acercó en silencio, por detrás, en perfecta combinación. Un aerosol le roció sobre la cara y… despertó en aquella iglesia abandonada, en donde unos tipos encapuchados descendían la gran cruz que presidía el techo sobre el altar y la giraban para instalarla cabeza abajo.

   No hubo ninguna duda para él. Todos ellos habían sido secuestrados por una secta de pervertidos satánicos que iban a divertirse con sus vidas. Benny se iba a quedar esperándole para la cena que había preparado para celebrar el aniversario. Cumplían seis años de matrimonio y Jack la quería como el primer día. En contra de cuantos se habían opuesto al compromiso, principalmente la familia de ella y muchas de sus amistades, la unión de una pelirroja irlandesa algo cabezota y de un criollo mulato había fructiferado plenamente.

   ¡Ahí está de nuevo esa palabra: criollo! Ahora tiene sentido para mí. Se refiere a la mezcla de sangres que hay en este cuerpo prestado.

   Pero la historia de Jack se terminaba. Sus últimos pensamientos reverberan claros en mi mente, como si yo mismo hubiera llegado a esa conclusión en el momento adecuado. Él supo que iba a morir allí, de forma absurda e inesperada, junto con los otros inocentes secuestrados en sus hogares, en sus trabajos… en nombre de una creencia estúpida; bueno, al menos estúpida para él, claro. Yo sabía perfectamente lo que alegraban al Jefazo esos sacrificios.

   La escena vuelve a repetirse en mi mente. La pesada cruz osciló un momento, colgando de los gruesos cables con los que la habían invertido y que ahora la sostenían, y uno de los satanistas se quedó mirando a los rehenes. Finalmente, detuvo la mirada en Jack.

         ---Un representante de la autoridad será perfecto para desangrarse en la cruz invertida –dijo y sus secuaces asintieron, poniéndole en pie.

   Con una considerable pericia, los satanistas le dejaron colgando cabeza abajo, atado a la gran cruz con unas largas bridas de plástico que rodeaban sus miembros, sin que sus forcejeos sirvieran de gran cosa. A continuación, depositaron al bebé sobre el altar, justo debajo de él, envuelto en su mantita. Cada uno de los restantes rehenes fue colocado de rodillas en un rincón del antiguo templo, rodeados de un grupo de sectarios encapuchados con aquellas largas túnicas negras. Desde su elevada posición, Jack advirtió que cada víctima a sacrificar, rodeada de su correspondiente grupo de sectarios, se situaba sobre cada una de las puntas del pentáculo dibujado en el suelo de la iglesia.

   Aunque no los contó expresamente, Jack estaba seguro que había más de dos docenas de tipos de oscuras túnicas, suficientes para hacer lo que quisieran con ellos. Nueva Orleans siempre había sido una ciudad plagada de personajes esotéricos, de rituales preternaturales, y de lugares que atraían toda una siniestra fauna de curiosos, pero no había habido ninguna ceremonia satánica con sacrificio desde los años setenta, que él supiera.

   Con aquel pensamiento, agitó su cuerpo e hizo fuerza, una vez más, sobre las ligaduras. No consiguió nada. Por un momento, la vista se le puso borrosa y parpadeó para recuperar la lucidez. Aquella posición invertida no era nada buena para el débil estado de Jack.

  Se inició un extraño canturreo que resonaba más bien a un zumbido ya que los satanistas usaban las fosas nasales como acompañamiento. Al mismo tiempo, todos ellos se mecían sobre sus pies, sin moverse del sitio, y levantaron sus brazos. Las túnicas se abrieron, revelando que todos estaban desnudos bajo los oscuros pliegues. Había más hombres que mujeres, pero todos parecían lucir extraños tatuajes o quizás dibujos de henna sobre sus cuerpos.

         --- ¡Hermanos míos, adoradores del Hijo de la Mañana! –elevó la voz el sectario que parecía llevar la voz cantante y que se mantenía detrás del altar, justo debajo de Jack. El bebé se calló al escuchar la fuerte voz. –Tenemos ante nosotros una oportunidad de revelarnos ante nuestro Amo, de demostrarle nuestro amor y nuestra servidumbre. Conocemos el medio para manipular el huracán al que los tontos han bautizado como Katrina, y convertirlo en el Ojo de Belfegor, en una creación del Infierno que cosechará muchas almas para nuestro Señor. Es nuestro mérito incrementar esa cosecha, otorgando al huracán nuestras plegarias, nuestro poder, hasta que el Ojo de Belfegor sea tan enorme, tan poderoso, que destroce esta ciudad hasta los cimientos, llevándose todas las almas posibles.

         --- ¡Por la gloria de nuestro Señor! –exclamaron aquellos lameculos a coro.

   “Dios, que chalados, joder”, pensó Jack, sintiéndose cada vez más mareado.

         --- ¡Degollad a los corderos! –gritó el líder, con un chillido agudo, histriónico.

   Los demás rehenes, a los cuales habían liberado de sus mordazas, gritaron al ver acercarse las afiladas hojas a sus cuellos, pero los gritos se convirtieron pronto en húmedos gorgoteos. Jack aún pudo ver como su propia sangre resbalaba por su rostro hasta caer sobre el cuerpo del bebé, que había sido dejado desnudo sobre el altar, justo debajo. Afortunadamente para él, expiró y ya no fue consciente de cómo aquel inocente niño era despedazado por las sedientas hojas; sin embargo, sus ojos grabaron esa escena en su cerebro y la puedo ver nítidamente. No sé por qué pero me estremezco.

  Me queda clara y manifiesta la intención de aquel grupo de seguidores del Averno de inundar la ciudad por el viento y el agua, incrementando sobrenaturalmente el huracán Katrina mediante los sacrificios humanos. Es un tipo de ritual que hace tiempo que los humanos no nos brindan.

   Al parecer, lo habían logrado, pero… ¿qué había supuesto eso para mí, para el Excavador Nefraídes?

   Aún no estoy seguro de nada. En ese punto, mi memoria es confusa, cuanto menos. Recuerdo mi estancia en uno de los nódulos incubadores, donde me he criado y he sido entrenado para atacar y debilitar los cimientos del Cielo –de ahí mi categoría de Excavador. He pasado gran parte de mi existencia recluido en el nódulo de incubación, teniendo contacto solo con demonios de mi camada o de rango parecido. Nunca me he codeado con criaturas infernales de otros círculos del averno, aunque he escuchado historias... Nuestros maestros nos hablaron de la disposición de los círculos, de quienes gobernaban en ellos, y de las criaturas que teníamos que cuidarnos o bien someternos. Sin embargo, los Excavadores no somos demonios al uso y los Príncipes Infernales hacen mucho hincapié en mantenernos apartados de las demás huestes. El propio Belcebú se suele jactar de habernos creado personalmente y mantiene nuestra génesis en el más estricto secreto.

   El caso es que empiezo a recordar haber sido enviado en una misión que me llevó hasta uno de los Pilares Prohibidos, cuando fui atrapado en El Arrebato. Tras darle vuelta a las historias escuchadas sobre otros casos de demonios desaparecidos repentinamente del averno, creo que esa es la única palabra que puedo usar para explicar la extraña fuerza que me arrancó de la base del Pilar y me trasladó, de alguna manera, hasta aquí, embutiéndome en… el cadáver del patrullero DuFôret. Todo lo que sé hasta el momento, es que a medida que paso más tiempo en este cuerpo, voy recordando más y más detalles de la vida de Jack, de su entrenamiento profesional, de los amigos de su infancia… del mismo mundo humano en suma. Al mismo tiempo, estoy medianamente seguro que la energía infernal que constituye mi propia esencia sana las heridas y máculas internas que ha producido el sacrificio.

   Me río con fuerza y el sonido retumba en este sitio anegado y olvidado. Todo eso está muy bien como explicación, pero me encuentro solo, sin directrices, y eso es algo que nunca me había ocurrido. No es que un demonio necesite demasiados detalles para una malévola misión –todo queda un tanto a la improvisación de cada uno –, pero debo saber ciertos detalles básicos, como: ¿a quién poseer o atormentar? ¿Hasta qué límite llegar? ¿Debo suplantar al policía humano como si fuese una simple posesión? ¡Porque si estoy seguro de algo es que lo que ha pasado con este cuerpo no es una maldita posesión! Nunca antes escuché a mis mentores mencionar que un demonio hubiera reanimado un cadáver… No es que no se pudiera hacer, claro está, sino que no valía la pena en absoluto.

   Remonto un terraplén para alejarme del agua y cuando consigo cierta altura, me detengo a divisar el panorama.

   “Es casi como estar en casa pero con agua en vez de llamas”, bromeo mentalmente.

   Hacia el sudeste puedo vislumbrar el curso natural del Missisipi y las zonas en las que el agua ha desbordado los canales. Según lo que saco de los recuerdos de Jack –sobre algo que había comentado varias veces con sus colegas—, opinaba que los viejos diques del lago Pontchartrain no eran seguros y seguramente tenía razón, me digo. Las aguas han invadido la ciudad baja como un ejército de hambrientos bárbaros. Apenas hay movimiento por aquella zona pantanosa, no se ven lanchas de rescate, ni helicópteros sobrevolando; es como si los humanos dieran por perdida esa parte de la ciudad. No tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado desde la muerte de Jack hasta mi despertar. Quizás ese sea un dato importante…

   Al comenzar a caminar es cuando soy verdaderamente consciente de lo débil que es la carne humana. Responde cada vez mejor a mi energía demoníaca, al hálito sobrenatural que insuflo en su seno, pero me siento como un niño con muletas nuevas. Me pregunto si mi bello y achaparrado cuerpo de piel de ébano se quedó tirado entre los enormes riscos del Pilar, desechado como la piel de una fruta devorada. Hecho de menos la ardiente sensación de mi sangre de lava recorriendo mi cuerpo y el embriagador estímulo que me hacía tensar los músculos y tendones a la mínima provocación; las espinas naciendo en mi piel con el deseo, lamer los puntiagudos dientes con mi obscena lengua, o el rítmico golpeteo del grueso glande contra mi muslo al caminar… Me da pánico pensar en el poder demostrado para poder arrancar el espíritu de un demonio del propio Infierno y depositarlo en un cadáver humano. ¿Sería cosa de… “el tipo de arriba”, o bien había sido juguete de alguno de los salvajes experimentos de Belcebú? Sea como fuese, no podía hacer nada para remediar la situación, así que decido apretar los dientes y tirar para adelante como un perfecto y sufrido demonio de Cuarto Estamento.

   Mientras camino, examino más detenidamente mi cuerpo humano. Por lo poco que sé sobre humanos, no parece muerto. El corazón late, los pulmones inhalan y expelen aire, la temperatura parece adecuada, la sensibilidad también. ¿Cómo sucede todo esto si yo no soy consciente de controlarlo? No hay señales de deterioro en el cuerpo, ni ningún insignificante hedor a putrefacción. Jack DûForet ha resucitado de alguna forma o al menos su cuerpo ha sido preservado, y estoy seguro que yo no tengo nada que ver con ello. ¿Seré un daño colateral o hay algún motivo para que esté en el interior de su cuerpo?

   Un coche patrulla se detiene a mi lado cuando cruzo el río por uno de los puentes gemelos. Me miran con desconfianza pero el asombro pronto aparece en sus rostros. El conductor se queda a medio bajarse del vehículo, su compañero saca la cabeza por la ventanilla, ambos con la boca abierta. Intento recordar sus rostros pero no saco nada en claro.

         --- ¡Por el amor de Dios! –exclama el conductor, rodeando rápidamente el coche y asiéndome por los brazos. -- ¡Estás vivo!

         ---Tío, me estás asustando con esa imitación del Dr. Frankenstein –me asombro de lo natural que surge la chanza con la voz del finado Jack. Es como si tuviera aún una parte del humano en mi interior pero no soy capaz de detectarla.

         --- ¡Llevas desaparecido dos semanas, DuFôret! –exclama el compañero, saliendo a su vez del vehículo.

         --- ¿Dos semanas? –balbuceo como un idiota. ¿No han encontrado los cadáveres en todo ese tiempo? Por los recuerdos que tengo sobre el Cuerpo de Policía Metropolitana de Nueva Orleáns, no lo tachan de un servicio vago y remolón como para dejar pasar tanto tiempo sin controlar la zona inundada. ¿Tan malo ha sido el huracán que aún se está recuperando la ciudad?

         --- ¿Dónde has estado?

         ---No lo sé… me he despertado hoy bajo una pila de escombros en… –estoy a punto de hablar sobre la iglesia pero me callo a tiempo.

   El cómputo de tiempo pasado no me ayuda en nada para intentar dar una explicación, así que opto por no contar nada sobre lo que me ha ocurrido. Cuando los cadáveres se descubran añadirán más misterio a la catástrofe. Me limito a poner cara de idiota y responder con monosílabos. Durante el trayecto al hospital más cercano, comparo lo que veo con lo que recuerdo y eso me permite darme cuenta de las dimensiones de la tragedia que ha traído el huracán Katrina.

   La planta baja del hospital es una auténtica pecera. Se ha habilitado una entrada por la parte de atrás del edificio, directamente a la primera planta, donde han ubicado Urgencias. Tras unas cuantas horas de pruebas, los médicos confirman mi buen estado de salud. La huella de la herida de mi cuello ya pasa simplemente por una marca de presión de los supuestos escombros en los que he dicho que estuve enterrado. Barajan diversas hipótesis sobre amnesias temporales, estado de fuga tras un fuerte shock, y no sé cuantas tonterías más. Me meten en una cama y me colocan varias sondas que me dedico a sorber directamente como refrescos en cuanto me dejan solo. El hambre me está matando pero no quieren darme nada sólido hasta no haberme hidratado. Por mi parte, me dedico a rumiar sobre lo que sé del asunto. Creía que había entrado en el cuerpo del humano DuFôret tras su muerte. Por lo bien que había visto mi reflejo en el cuadro de la puñetera Señora de los Mártires, había pensado que no habría tardado más de treinta y seis o quizás cuarenta y ocho horas en alzarme, pero parece que estoy equivocado. ¡Quince días han pasado, al menos, desde la desaparición de Jack! ¿Cuánto tiempo ha invertido mi esencia en regenerar la carne descompuesta, en llenar las rígidas venas con sangre nueva, en volver a hacer crecer los músculos deshidratados y resecos? Ya no estoy seguro de nada. ¿Y si no ha sido mi esencia la que ha regenerado un cadáver putrefacto sino que ha sido otro tipo de fuerza poderosa y desconocida? A lo mejor la misma que me ha raptado del Infierno y me ha aprisionado en este cuerpo, resucitándole de paso. Tras pensar un buen rato, creo que me decanto por la segunda posibilidad, lo cual me aterra aún más.

   A pesar de toda la vorágine mental que amenaza con tragarme, acabo durmiéndome profundamente, con la misma placidez que un despreocupado infante, aunque muy consciente que debo permanecer alerta a posibles inesperados encuentros en el futuro.

  A la mañana siguiente, tras un copioso desayuno que tardo minutos en devorar, recibo mis primeras visitas, concretamente el capitán Harker, el jefe de Jack, que viene acompañado de mi “esposa”. Los recuerdos sobre ella son muy buenos y coloridos, pero verla en directo… bufff… carne de primera, me digo. Sonrío ampliamente y alargo los brazos. Cae en ellos, entre gemidos y lágrimas. El aroma de su perfume me embriaga y su carne es tan suave y tierna… Debo controlarme. Nunca he abrazado una humana, tan solo a otros Excavadores e Incursores con los que me he criado, y puedo jurar que solo sirven para un calentón y poco más. La aparto un poco para mirarla a la cara. Las lágrimas se han convertido en regueros oscuros al arrastrar el rimel. Sus ojos casi esmeraldas se clavan en los míos. Descubro algunas pecas que quedan sobre su nariz, recuerdo de su infancia. Le aparto un rizo pelirrojo que se ha escapado de su moño y sonrío de nuevo, con confianza.

         ---Jack… oh, Dios, Jack… te creí muerto –musita, acariciándome la mejilla con sus delicados dedos.

         ---Estuve perdido, Benny… pero he regresado –y al término de esas palabras, me besa tan apasionadamente que el capitán carraspea, llamándonos al orden.

         ---Se te ve bastante bien, DuFôret para haberte pasado quince días entre barro y agua –masculla el capitán, un hombre fornido y pasado de kilos, con voz de barítono.

         ---La verdad es que no me acuerdo de una mierda, capitán, al menos hasta despertar en la vieja iglesia del Lower Ninth Ward. No recuerdo el huracán ni los destrozos. Despertarme todo rodeado de agua fue inquietante –explico para ambos.

         --- ¿No recuerdas con qué te has alimentado todos estos días? ¿Dónde has dormido? –pregunta mi esposa, agitando esos deliciosos rizos pelirrojos.

         ---No, de verdad que no recuerdo dónde he estado, cariño.

   Lo que es cierto en verdad, pero, en ese momento, me preocupa más recordar el vocabulario que utilizaba Jack así como sus giros. Debo decir que me cuesta. Los demonios somos muy mal hablados, ya se sabe, y cínicos, burlones, criticones… vamos, que somos muy completitos. Sin embargo, empiezo a sentirme satisfecho con lo que consigo.

   Tras unas cuantas preguntas pertinentes, el capitán Harker se despide. Antes de marcharse, me mira directamente a los ojos y dice:

         ---Descanse unos días, DuFôret y pida cita al psicólogo del cuerpo. Tendrá que certificar que está repuesto de su aventura antes de reincorporarse. Necesitamos manos con todo este desastre.

         ---Por supuesto, capitán –contesto con una sonrisa. No estoy seguro si se ha creído mi historia, pero da igual, nadie puede demostrar que no sea cierta.

   En cuanto nos quedamos solos, mi esposa se tiende en la cama, a mi lado, y se acurruca contra mí. Se pasa todo el rato haciéndome mimitos en la cara, peinándome, y contándome el miedo que ha pasado. Solo se detiene cuando llega la enfermera para revisarme, un poco antes de que el médico haga su ronda de consulta.

   En cuanto este firma el alta médica, Benny, que me ha traído una bolsa con ropa, me ayuda a vestirme con delicadeza, como si fuese de porcelana, y pronto me encuentro metido en su pequeño utilitario de fabricación italiana, rumbo a donde estuviera la casa de Jack y ella. Recuerdo que el coche es el mismo que tenía Benny de soltera; no se había querido desprender de él, a pesar de las continuas burlas de su marido. Jack era de la opinión que solo los automóviles americanos eran dignos de confianza.

         ---El médico me ha hablado de tu amnesia, pero… algo tienes que recordar, cariño… ¿Qué te ha pasado para estar perdido todos estos días? –pregunta ella, apartando un segundo los ojos de la calzada al conducir.

         ---Sssshhh… calla y conduce, preciosa –musito, acercándome a ella y besándola en la mejilla.

   Mi mano se posa sobre su rodilla, presionando para alzar la falda en el lento recorrido muslo arriba. Benny traga saliva e intenta mirarme.

         --- ¿Qué… qué haces? Estoy conduciendo, Jack… no…

         ---Ssshhh… creí que moriría bajo aquellos escombros y… solo pensaba en ti, en que no volvería a verte… tocarte… nunca más –susurro mientras deslizo mis labios por su cuello y la línea de su mandíbula. Detecto el quedo suspiro que escapa de sus labios.

  Mi mano asciende por el interior del muslo hasta alcanzar la delicada tela de la braguita. Mi dedo corazón se atarea en aquel espacio y no tarda en palpar una creciente humedad tras la prenda. Benny detiene el coche en un semáforo y, con otro suspiro, cierra los ojos y abre un poco más las piernas.

         ---Oh, Jack… pensé que te había perdido en el huracán... me he pasado noches enteras… llorando –confiesa en un murmullo, mientras una de sus manos me acaricia el pelo de la nuca.

         ---En cuanto lleguemos a casa, comprobaras que no estoy muerto –bromeo mientras hundo mi dedo en su cálida y anhelante vulva. El coche que está detrás de nosotros toca el claxon, impaciente.

         --- ¿Te han dado permiso los médicos para hacer esto? –pregunta ella con sorna.

         ---Me han prohibido hacer el amor pero nada me han dicho de follarme a fondo a mi señora… ya sabes, como a una perra… --cuando me doy cuenta de lo que he dicho ya es tarde para hacer algo.

   Sin embargo, tengo suerte. Puedo notar su estremecimiento al escucharme. Intenta disimular su excitación con una risita, pero yo descubro su reacción. Si estuviera aún en mi cuerpo demoníaco detectaría mucho más, como lo que experimenta su cuerpo; podría oler sus procesos químicos, incluso. Como Excavador, mis sentidos preternaturales eran finísimos, superiores a los de otros seres del averno, pero estoy limitado a los pobres sentidos humanos. Así que solamente puedo imaginarme el goteo incesante del flujo amniótico en su vagina, lo que hace relamerme de deseo y hambre.

---Mira como me tienes, amor –digo, volviendo a sentarme recto en el asiento del copiloto para bajar la cintura elástica del pantalón de chándal que llevo puesto.

--- ¡Jack! ¡Te van a ver! ¡Oh, Dios Santo! ¡Está muy hinchada! –empieza a recriminarme pero cambia totalmente al ver la férrea erección que yergue mi polla.

---Como que llevo un mes y medio sin catar ese rojizo coño tuyo. Ven, dame tu mano… tócala –le susurro, llevando su mano derecha sobre el amoratado glande.

   No tarda en empuñar mi falo, casi con desesperación, moviendo suavemente la piel arriba y abajo.

         ---Cre…creo que está más gorda que nunca –jadea mi esposa, manteniendo la vista en la carretera. –Y caliente…

         ---Eso es que la has echado de menos, cariño –no es el momento de decirle que mi esencia infernal ha incrementado el miembro en un par de centímetros tanto en largura como en anchura.

   Jack era un mulato que ya disponía de una buena herramienta, algo superior a la media, así que no ha sido necesario añadir más peso extra para alcanzar unas medidas apropiadas a un demonio. La dejo tocar y amasar hasta llegar a casa. La excitación la hace saltarse una señal de Stop y casi nos la pegamos pero aparca ante un inmueble de cuatro plantas que reconozco inmediatamente y apenas me suelta el pene al conducirme hasta el vestíbulo. Ni siquiera esperamos al ascensor, pues vivimos en la segunda planta. Subimos las escaleras entre besos, caricias y dulces pellizcos.

   A pesar del juego sexual, una parte de mí ha estado atenta al camino, recordando a cada calle que recorríamos más y más detalles del apartamento de Allen Street, muy cercano a la universidad Dillard. Al igual que el coche, se trata del mismo apartamento que tenía Benny cuando llegó a la ciudad para estudiar en la universidad y al que se mudó Jack en cuando se hizo seria la relación. Siempre hablaron de buscar algo más amplio cuando tuvieran familia pero aún no se había dado la oportunidad, ni se daría…

   En esta ocasión, mi primera vez con una humana, me dejo llevar por el instinto, por el irrefrenable impulso que siento en mis genitales, por la suavidad de sus besos… Como entidad infernal, sé de lo que es capaz mi cuerpo, de sus límites y resistencia, pero este no es mi cuerpo, sino el de un humano y debo aún aprender hasta dónde puedo llegar.

   Ni siquiera nos hemos desnudado al entrar en el apartamento. La empotro contra la puerta al cerrarla y ella me echa los brazos al cuello con furia, gimiendo desesperadamente en mi boca, intentando que nuestras lenguas se fusionen en busca de un placer que pensaba desaparecido. Con una destreza que no sabía poseer, deslizo el pantalón cadera abajo, hasta disponer del espacio suficiente para sacar una erecta polla, a la que no le falta más que clamar su necesidad de enfundarse en carne.

         ---Vamos… vamos, cariño… hazlo ya –susurra Benny en mi boca, alzándose ella misma la falda caderas arriba.

   Al deslizarme en su estrecho interior, pienso que aquel acto es sin duda lo que deben promover entre las almas del Cielo. No hay nada que se le pueda comparar en mi mundo natal, ni siquiera violar brutalmente una de las almas condenadas.

         ---Ooooh… Jack… oh, mi dulce Jack –gime ella contra la puerta a cada embate enardecido al que me entrego.

   Por unas de esas casualidades universales, el orgasmo nos alcanza a ambos al mismo tiempo. Ella se deshace en montones de besitos por toda mi cara, yo quiero seguir martilleándola pero mi miembro no colabora. Mis recuerdos me aclaran que debo descansar un ratito para que vuelva a levantarse.

  “¡Qué mierda de humanos!”, me digo.

         --- ¿Aún tenemos esa cotilla de vecina? –pregunto, tomándola en brazos y llevándola al dormitorio.

         ---Sí, ¿por qué?

         ---Porque vamos a darle motivos para que critique de verdad –y ella entierra su rostro en el hueco de mi hombro con deliciosa dejadez.

   Y así comienza mi nueva vida en este mundo.

CONTINUARÁ...


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