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Fecha: 13-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

10.2 Los padres de Nicolás

Albany
Accesos: 10.464
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Tiempo estimado de lectura: [ 20 min. ]
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Sacó su miembro y comenzó a masturbarse arrodillado entre mis piernas, empecé a temblar mientras exhausto eyaculaba y él comenzó a venirse, cayendo nuestro semen sincronizado sobre mi vientre y mi pecho. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nicolás miraba hacía las vidrieras de los miradores que están arriba, la cinta estaba funcionando y nuestras maletas no terminaban de aparecer, ¿se habrán perdido, extraviado como es tan frecuente? No sería tan inverosimil.

Me señala para que mire en la dirección que me indica, una señora mueve ligeramente su mano junto a un hombre que me parece más joven que ella, no me he querido poner las lentillas, ni las gafas, por motivos diferentes y no les distingo bien.

-Es mi madre, ya nos están esperando.  –vuelve su vista a la cinta de transporte.

-El otro señor, el que está a su lado, ¿es tu padre?, me parece más joven.

-¡Ay!, Daniel, no es mi padre, es el chofer de mi madre, la acompaña a todas partes, de otra forma se perdería.  –no parece que la tenga en buen concepto.

Quedamos en silencio y nuestras maletas aparecen al fin, tienen que realizar todo el recorrido y estamos al final de la cinta.

Vamos hacia la salida, Nico se adelanta para abrazar a su madre, es muy guapa, elegante y joven, no tendrá más de 50 años, yo me detengo, me sudan las manos y mis piernas tiemblan, cuando se deshace su abrazo me mira y yo la miro a ella.

Me iba a lanzar en sus brazos para darle un par de besos, pero sus ojos estaban serios y tampoco sonreían sus labios, tuve que contener mis deseos. Alargó su mano y ahora sus labios se abrían en una sonrisa oficiosa y fría, se la cogí con la mía, incliné mi cabeza y me dirigí a ella.

-Señora, ¿la madre de Nico?, supongo.  – Nico se había quedado parado y mudo, esperando no se qué, y no nos había presentado.

-Perdona Daniel, ella es mi madre.     -luego dirigiéndose a ella.   -Él es Daniel.

Su madre no le prestaba atención, hacía señas para que se acercara el caballero que la acompañaba y que Nico me dijo que era su chofer.

Impartió las órdenes oportunas para que metiera nuestro equipaje en el maletero, y sin esperar abrió la puerta trasera ella misma y se introdujo en el coche. Nico me ofreció la puerta para que entrara; el vehículo era impresionante por fuera y por dentro deslumbrante. 

Tenía capacidad para seis personas sentadas, tres enfrente de las otras. Me coloqué en el otro asiento mirando donde se había sentado ella, en la esquina más alejada, Nicolás se puso a su lado y me indicó que me colocara con ellos, me negué con mi cabeza.

Cuando estuvimos en el interior escuché un zumbido, se estaba cerrando el habitáculo, con una luna de cristal que se iba deslizando verticalmente y separaba el lugar que ocupaba el chofer del que estaba siendo utilizado por nosotros.

La madre de Nico se dirigió a él, justificando el que su marido no hubiera estado para recibirle, la reunión había tenido lugar ayer jueves pero había quedado con algún conocido y se encontraría con nosotros a la hora de comer.

Hicimos el trayecto en 40 minutos, ellos fueron hablando y yo guardando silencio, su madre me miraba algunas veces, me interrogaba con la cabeza, elevando la barbilla, sobre si había entendido algo, le afirmaba y ella volvía a la conversación con su hijo. 

No quería pensar en nada y solo miraba el verde paisaje desfilar ante mi vista, lo conocía de memoria, los pinares de los montes, los caseríos y edificios que pasaban raudos y las curvas de la autopista, de tantas veces que había hecho ese mismo recorrido.

Cuando llegamos al Canciller Ayala eran las 12:30 del mediodía, me sorprendió que el chofer sacara nuestras maletas del interior del vehículo. En recepción nos entregaron una llave a cada uno que pidió la madre de Nicolás. En el pasillo del mismo 4º nivel, ella tomó el camino contrario al que debíamos coger nosotros, se marchó después de quedar con Nico a las 14:00 horas en el mismo lugar donde  estuvimos, en la planta de recepción.

Me encontraba asombrado, con la llave de mi habitación en la mano, miré a Nico que mantenía de igual forma la suya.

-¿Esto de qué va?, ¿necesitamos habitación para comer con tus padres?, ¿además, dos habitaciones?, si nos vamos a marchar dentro de unas horas.

Así es, pero nos tenemos que cambiar de ropa para comer con mi padre, no te preocupes, utilizaremos una habitación solamente.

Mi asombro iba en aumento, ahora que veía que Nico lo tomaba como la cosa más natural, no le dije nada hasta que llegamos a la primera de las habitaciones contratadas. Una vez en el interior, bufé, y me tiré redondo en la cama.

-Me vas a explicar que es lo que está sucediendo.

-Nada, no hay problema alguno, pero para comer tenemos que cambiarnos de ropa, ponernos algo más serio. -nos duchamos en un santiamén, nos vestimos con ropa que no habíamos utilizado en Menorca  y fuimos a recoger a su madre.

No hablé e hice lo que me pedía, parece que tenía urgencia, y en esta ocasión, no se entretuvo como otras veces en pasar sus manos por mi cuerpo para limpiarlo con la espuma del gel, se le veía angustiado o preocupado.

Todo iba muy deprisa, cuando me quise dar cuenta estábamos de nuevo abajo, en recepción, esperando a su madre, que si se hizo esperar y se presentó con un señor que era el padre de Nico, ahora no me equivoqué, le recordaba de alguna fotografía que me había enseñado en Bristol.

Abrazó a su hijo y luego me tendió la mano, el saludo es amable, educado pero distante, parecido al que recibí de su madre en el aeropuerto. Sujetó a Nico del brazo y tiró de él para que le siga mientras le va hablando, su madre va a mi lado, muda, sin hablar y llegamos al coche. Tienen una mesa reservada en El Portalón, en un rincón apartado y discreto.

Durante la comida intento seguir la conservación, a veces me pierdo, hablan de personas desconocidas para mi, de vez en cuando tienen el detalle de hacerme alguna pregunta, interpelaciones que se quedan en el aire la mayor parte de ellas. 

Mis respuestas se vuelven más escuetas, no les interesa lo que pueda responderles pero es gente correcta y cortes que sabe simular y aparentar el interés que no sienten.

No están satisfechos de que Nico marche a París, tampoco de que realice el doctorado, hubieran preferido que después de Bristol, hubiera pasado a los estudios del mismo arquitecto en Londres. 

Me siento violentado de que se lo recriminen en ese momento, como una velada queja hacia mí haciendo que me sienta culpable.

Siento que estoy más dolido que Nico, y más que nada por él que hubiera deseado otro recibimiento. Saben decir las cosas muy bien, sin romperte el cuerpo pero la tortura del calambre se te hunde en lo más profundo del alma. 

La comida, siendo de calidad y estupenda, se convierte en un desastre; ¡claro!, si ya de por sí como poco, ahora no soy capaz de ingerir, aunque me esfuerzo en deglutir algún bocado.

Su madre se da cuenta de la tensión que se origina, en ciertos momentos intenta dulcificar las cosas con comentarios intrascendentes y banalidades que atenúen el duro monólogo de su marido.

Al despedirnos cambian las actitudes adoptadas durante la comida, su madre me besa y su padre aprieta mi mano en un simulacro de calidez, ya ha dicho lo que deseaba manifestar y ha templado su dureza. En la conversación Nico ha mencionado mi relación con Gonzalo y sus abuelos, y con el tío de Ál a los que conoce y con los que mantiene negocios.

Volvemos a cambiarnos de ropa y dejamos la habitación.

Nos prestan su coche y su chofer para que nos lleve hasta la casa de mis padres. Nico va triste, se siente herido, me acerco a él y abrazo su cintura depositando mi cabeza en su pecho, en todo el trayecto no hablamos, cada uno va con sus pensamientos, solamente le hago notar mi presencia estrechando mi abrazo alrededor de su cintura.

Mis padres no están en casa, han salido a dar una vuelta con sus amigos, seguramenge tomarán una cerveza sentados en una terraza y volverán, como tienen costumbre, sobre las nueve de la noche.

Me asomo a la terraza de la primera planta, abajo está la más grande que da al jardín, han cambiado las tumbonas de plástico y ruedas que había antes, cómodas pero muy pesadas para que mi madre las mueva. Las tumbonas donde Gonzalo me dijo al fin que me quería y tuve sus primeros besos. ¡Dios mío!, ¿nunca podré olvidar lo sucedido? Se escuchan los gritos de niños en la piscina pequeña que me traen al presente.

Por si volvemos más tarde que ellos, les dejamos abiertas las maletas, recogida la ropa que hemos usado para que mamá la meta en la lavadora, nos ponemos un calzado más fuerte, para poder andar por caminos rurales y me abrazo a él.

-Vamos Nico, te voy a llevar a ver lugares bonitos y a andar un poco.

Los dejamos una nota para que sepan que nos llevamos su coche y vamos al garaje a por él.

Subimos a un parque cercano, propiedad de la Diputación, dejamos el coche y empezamos a caminar por caminos conocidos por mi desde niño, subimos en zigzag el monte pasando por el pequeño lago de las truchas, y empiezo a verle sonreír, y me lleno de ternura, y le abrazo, y le beso, y seguimos caminando hasta llegar a los floridos campos de la primera estación, llenos de tomillo y romero, chaparros de los encinares que lo pueblan todo y nos sentamos a descansar. 

La maravilla de la Sierra de la Demanda al fondo, en la lejanía del valle, logra que brillen sus ojos.

Nos tumbamos, mirando al cielo y yo recostando mi cabeza en sus piernas.

-Hemos subido muchas veces aquí para merendar y jugar en estos prados, no vamos a subir más pero en la siguiente estación, más hermosa que esta, hay caballos que los dejan estar sueltos; aquí mismo, un día que subimos, a mi padre se le cayeron las llaves del coche, se dio cuenta cuando ya estábamos abajo, se estaba haciendo de noche y tuvo que volver a buscarlas, recordó donde había estado sentado y aquí estaban las llaves. 

Se hizo de noche y mi madre y yo pasamos muchísimo miedo, los jabalíes bajan hasta el parque, para comer las ciruelas silvestres que caen de los árboles. Al fin llegó sano y salvo pero con algún rasguño también.

-Vamos a caminar un poco más, sin subir, para que veas la vertiente húmeda del norte, diferente a esta, aquí hay pinos y encinas y la otra está poblada de hayedos.

Para bajar enlacé su cintura con mi brazo y le apretaba contra mi cuerpo, me hubiera gustado haberle evitado el disgusto de la tarde, la pesadumbre que aún le atenazaba el alma en algunos momentos.

Después de dejar el coche en el garaje, nos fuimos al pueblo, tomó una cerveza en una terraza, yo un refresco, teníamos sed y repetimos la consumición pero le pedí a Alex, un camarero conocido, que nos sacara algo para comer y llamé a mis padres para advertirles que iríamos después y que no prepararan cena para nosotros.

Tuve que saludar a algunos conocidos y vecinos, simplemente con un hola, o con un movimiento de la mano. Cuando llegamos, mis padres se habían ido a la cama, no importa puesto que mi madre ya había hecho su labor y las maletas las encontraríamos vacías en el hall de la primera planta.

Entre risas reprimidas, abrazados, subimos las escaleras hasta la primera planta, fuimos a mi habitación y Nico tuvo el primer desengaño.

-¿Aquí vamos a dormir?  -miraba asombrado señalando con la mano a las dos camas que había, aquella vez con Gonzalo el desengañado fui yo.

-Si no te gusta hay otras habitaciones, pero todas de dos camas.

-Sí que me gusta.  –se  puso a mirar los cuadros de Charlot, caricaturas del Gordo  y el Flaco, de barcos veleros.  -Es muy bonita, pero dos camas.  –me colgué de su cuello y le selle la boca con la mía, riendo como un bobo, pensando en la sorpresa que iba a tener.

Apagué la luz de la habitación y salimos de ella al descansillo, le llevaba de la mano aunque en este lugar había una lámpara piloto y le empujé para que iniciara la subida a la otra planta; estaba todo muy oscuro y se iba sujetando a la barandilla, yo le empujaba del culo para que subiera, como me hacían mis padres cuando era pequeño, para ayudarme a subir los escalones que no alcanzaba con mis cortas piernas. 

Llegamos a la planta del ático y encendí el conmutador de la luz, me coloqué delante de él para ver su reacción cuando empezó a mirarlo todo. Es una habitación de juegos, de ochenta metros cuadrados, tapizado el suelo de moqueta, con cojines por todos los lados y montones de cajas transparentes que contienen todos los juguetes que he tenido en mi vida.

Librerías con libros de historias y cuentos en español, francés e inglés, por este orden, aviones, barcos, locomotoras de trenes, coches.

-¿Qué es esto?, ¿una tienda de juguetes?

-No, esto es una vida de juegos.  –Rayo le encantó, igual que la puerta del baño había otra que imitaba la puerta de un box de caballos, y allí, como si fuera real, esta Rayo, un poster a tamaño natural de un precioso caballo blanco.

-Ahora viene lo mejor, ayúdame.

Hay unos asientos de espuma, que organizándolos se forma una cama, la montamos; en un arcón están las almohadas y en un armario las sábanas.

Nos lavamos y cepillamos los dientes, tuve que bajar a la otra planta a buscar los cepillos, nos desnudamos, Nico entero, yo  me dejé el boxer  nos tumbamos en la cama que habíamos preparado. Entonces le entregue un mando, como esos que sirven para poner en funcionamiento el aire acondicionado y le pedí que apretara uno de los botones.

El gran ventanal del techo comenzó a descorrerse y las estrellas se metieron de rondón en la habitación, apagué las lámparas y comenzaron a verse más brillantes las estrellas, no había luna llena como otras veces, que hubiera llenado de luz blanca-plateada la habitación. Nico estaba estático mirando el espectáculo del cielo tan bonito, como si fuera una pantalla de cine.

-Mira esa que brilla ahí, no es una estrella, es la estación espacial internacional, ahora estamos mirando al Este y en Marzo, al lado del marco, en su parte inferior, a primeras horas de la mañana aparece Venus, el lucero de la mañana, y si abrimos la otra ventana, la del Noroeste… Date la vuelta y aprieta ese otro botón.

Nos damos la vuelta y miramos la ventana contraria que se está abriendo,  tenemos un poco de luna, y las estrellas refulgentes.

-Ahora mira detenidamente el cielo.  –yo no miro al cielo, le miro a él que empieza a abrir los ojos asombrado.

-He visto una estrella fugaz, mira otra.

-El día 10, San Lorenzo, fue el día de su mayor intensidad, ahora van disminuyendo pero aun caen algunas de las Perseidas, o Lágrimas de San Lorenzo, como aquí las llamamos.

-Esto es precioso Daniel, tu sabes mucho de astronomía.

-Es lo que más me hubiera gustado estudiar, pero bueno, eso ya pasó.

Me apoyé en su pecho, y miré su labio tembloroso, y no pude evitar el acercarme a besarlo una y otra vez y luego me separé.

-No lo han hecho con mala intención.  -se que habla de la comida con sus padres.

-Lo sé Nico, no pasa nada. –beso su pecho y acaricio el vello de su ombligo.

-Habrás pensado que no te quieren, pero te llegaran a estimar, tienes que darles tiempo.

-No tiene importancia Nico, deja de darle vueltas, a mi no tienen por qué quererme, a ti sí, porque eres su hijo y les importas y quieren lo mejor para ti, son padres y lo que les importan son sus hijos sobre todo.

-Pero han actuado mal, el venir a Vitoria ha sido una disculpa, para que no te vean nuestras amistades de Madrid o Barcelona que es donde debíamos de haber ido.

Veo las estrellas reflejadas en las lágrimas que discurren por su cara, y las empapo con mis labios, y me rompe el corazón.

-Todo eso no es importante, para mí lo vital eres tú, mientras tú me sigas queriendo lo demás no tiene importancia.

Para que no continúe hablando, cierro su boca con la mía, y me lo voy comiendo a besos, y calmándole, y acariciando su cuerpo, que para mí es más hermoso aún que las maravillas del cielo que nos contempla arrobado, encendiéndose y apagándose las estrellas, asombradas de ver a dos seres humanos amándose a la luz que ellas desprenden.

-Nico ya, ya.  –no podía soportar el martirio al que me estaba sometiendo.

-Por favor, déjala dentro.  –se ríe en mi oído mientras me besa en la boca.

-Así lo hago durar más. -volvió a sacar su polla de mí y a comer mi cara a besos.

Así llevaba no sé ecuanto tiempo, cuando estaba a punto de correrme sacaba su verga y dejaba que mi excitación bajase.

Después con cada metida que me daba con su pene nuestras bocas se encontraban y se besaban ansiosas, conseguía que mi cuerpo ardiera de la pasión contenida y cuando estaba en el cénit, volvía a empezar de nuevo.

Suponía un martirio y si llevaba mi mano para estimular mi polla me la retiraba entre risas, era imposible que él pudiera soportarlo y estar como si no pasara nada.

-Dámela Nico, dámela. –me la metió de nuevo y era él quien tenía ganas ahora de correrse, sudaba metiendo su pene, y cogí el mío en mi mano temblorosa, y comencé a sacudirlo con brío; esperaba que termináramos al mismo tiempo. 

Me embestía con los ojos cerrados y yo también los cerré disfrutando de los últimos instantes, los abrí sorprendido por el enorme placer que surgía en mi recto y llegaba a mi cerebro.

Sacó su miembro y comenzó a masturbarse arrodillado entre mis piernas, empecé a temblar mientras exhausto eyaculaba y él comenzó a venirse, cayendo nuestro semen sincronizado sobre mi vientre y mi pecho.

-¡Me corro!  -un gutural grito salió de su boca que suspendió mordiendo sus labios.

Levanté mi cuerpo para quedar arrodillado y abrazarme a él, escondí mi cara en su cuello para besarle y morderle, solo se oían los gemidos que salían de nuestros labios.

Teníamos sudoroso el cabello que se  nos pegaba en la frente y no podíamos dejar el abrazo, los dos de rodillas en el enmoquetado suelo al que habíamos resbalado.

Nuestros gemidos, besos y caricias las repetíamos incansables hasta que caímos rendidos sobre el lecho improvisado.

                                    OoOoOoOoOoOoOoOoO

Cuando despierté, a la mañana, tuve que cerrar la ventana que tiene orientación al Este, el sol penetraba y quemando, aún detrás de los cristales preparados  con aislamiento al efecto. Nico seguía dormido, con una dulce sonrisa que ilumina su rostro. ¡Qué hermoso le veo! ¡Cómo le quiero! Se me encoge el corazón al mirarle. Se merece alguien mejor a su lado pero no voy a renunciar a sentirme querido y amado.

Voy al baño y me aseo, una rápida ducha y el olor de pan tostado me llama hacia la planta de abajo. Vuelvo a  mirar a la improvisada cama y miles de recuerdos acuden a mi mente, el más potente, lo sucedido esta noche.

Me encamino hacía la planta  de abajo, donde se que esta mi madre, recibo un beso y un abrazo muy grande, no me cuestiona para nada el que haya llegado hace horas y no nos hayamos visto hasta este momento.

Debe tratarse de algún poder especial, telepatía de madre, sabe que el encuentro con los padres de Nico no resultó bien.

Acaricia con suavidad mi espalda, aun seguimos abrazados.

-Acabarán por quererte, ya lo verás.  -las lágrimas me descienden silenciosas.

-Lo sé mamá, pero duele por él que no sabe reaccionar y le hace daño.

-Es un buen muchacho, se le nota que te quiere, no te dejará y ellos terminarán entendiendo.

No se necesitan palabras para que mi madre sepa todo lo que pasa por mi cabeza, lo que siento, lo que sufro, lo que gozo. Es increíble y siempre ha sido así, antes de que le hable sabe lo que me está sucediendo, como si fuera por delante de los acontecimientos y estuviera dentro de mí.

No necesitamos hablar, aunque le gusta que le cuente cosas, y siempre está ahí para ayudar. Sabe, sin decírselo, que no todo ha ido bien en el encuentro con la familia de Nico. No pregunta nada, espera paciente a que sea yo el que le hable y le diga lo que me preocupa.

Subo de nuevo para levantar a Nico, en el camino encuentro a mi padre que baja preparado ya, nos cruzamos en el camino, sin más, papá es así, nota la tirantez en el ambiente y calla esperando a cuando deba intervenir. 

Beso con ternura la cara de Nicolás y le agito, para que vaya tomando consciencia de que la luz de la mañana anuncia un nuevo despertar.

- Daniel, he dormido como un lirón, ¿te  has duchado ya? 

Recogemos nuestra cama y colocamos todo en su lugar, vuelve a quedar  todo como si no hubiera sucedido nada y va al baño para prepararse.

-Te espero abajo y trae la ropa sucia para lavar.

Han preparado el desayudo en la terraza, noto el frío de la mañana y recojo una chaqueta para ponerme, tomo el zumo de naranja preparado por mi padre, ¡qué maravilla!, no ha preparado el de Nicolás para que lo tenga recién exprimido cuando baje.

 Despiertan las golondrinas, sus crías vuelan al sacarlas a pasear, sus padres las están enseñando a volar, es inaudito lo cerca que pasan de nosotros, parece que se van a estrellar en nuestras caras, son aves de cuerpos bellísimos, tan delicados y finos, van a beber a la piscina, es un enjambre de ellas, me gustan a pesar de que a veces manchen y mamá se enfade con ellas.

Estamos los tres esperando a que Nico baje y, al fin, aparece guapo como un ángel. Mi padre se ausenta para preparar el zumo de Nico y vamos desayunando, tostadas y café con leche para unos y cola cao para otros. 

Es interesante observar la simbiosis que se va produciendo entre mis padres y Nico, mamá le mira y le atiende como si  de mí se tratara y mi padre de la misma forma, sin excesos cariñosos, serios, pero hay una cosa especial, un interés real por él, que en mi madre se muestra más manifiesto.

Les pido su coche para llevarle a conocer algunos pueblos de los alrededores, Nico dice que prefiere pasear, debía haberlo hablado antes con él, no tengo problemas para enseñarle cosas que le van a encantar. 

Iniciamos el camino y subimos a la ermita fortaleza y desde allí ver la panorámica del pueblo, caminamos por un camino rural para subir más arriba, al lugar donde hubo un castillo medieval y ver la belleza del valle en un recorrido visual de  270 grados.

Volvemos bajando hacia el pueblo, tomamos un baño en la piscina y nos preparamos para la comida programada. Hemos quedado en un bar para encontrarnos con amigos de mis padres y sus hijos, amigos míos desde niños. Cuando llegamos nos están esperando en la terraza;  todos ellos saben mi condición y preferencias sexuales, siempre la han conocido y no le han concedido importancia.

Nico conoce a mis amigos y la comida transcurre entre risas y sobre todo tengo que responder a muchas preguntas referentes a mi nuevo trabajo, lo cierto es que no lo he comenzado aún y conozco poco sobre lo que tratará y hablar de suposiciones, es eso, hablar por hablar.

Quiero marchar a la ciudad, han comenzado las fiestas y me gustaría que Nico viviera el ambiente de alegría que reina en las calles, no tienen nada que ver con los encierros de Pamplona,  pero tienen también lo suyo y creo que le gustará.

Nos despedimos de todos, quedamos con mis padres para venir a recogerles el lunes y regresar con ellos, para seguir las fiestas en la capital, que se alargarán hasta el viernes 22.

Cuando llegamos a casa son las ocho de la tarde, nos duchamos para refrescarnos del viaje y llamo para quedar con algunos amigos. Han vuelto para las fiestas y ahora puedo encontrarles, verles, saludarles.

Para ir a la ciudad desde casa prefiero emplear el metro, será imposible circular en coche por las calles y muchas estarán cerradas, hemos quedado en el café Iruña, enfrente de Los Jardines de Albia y van llegando gota a gota, María con Raúl, Sergio y su novia, Idoia y su novio y una montonada más, Carlos viene solo Amadeo se encuentra en Bruselas. 

El público está en la calle con sus bebidas en la mano, les pregunto dónde vamos a quedar para después, quiero bajar hasta el Paseo del Arenal o el de Ripa, para mostrárselo a Nico y quedamos a las once de la noche, en una carpa donde han reservado mesas en la calle Elcano.

Bajamos por Larreátegui, hasta Buenos Aires, paseamos por Ripa, bordeando la Ría hasta llegar al museo Guggenheim. Es un paseo muy bello y desde el que se puede apreciar lo que sucede en ambos márgenes de la ría.

Nico va encantado mirándolo todo, las calles están atestadas de público y hay espectáculos callejeros en cualquier rincón.

Cuando llegamos al museo Guggenheim, queda admirado del efecto que visual del gran arco del Puente de La Salve enmarcando los edificios del museo y enfrente, al otro lado de la ría, la Universidad de Deusto.

La ciudad está magnífica y nueva, damos la vuelta al museo, pasamos debajo de la escultura de la gigantesca araña de nueve metros de altura y en la otra parte, en Mazarredo, encontramos a Puppy, el florido y gigantesco perro guardián de la entrada del museo.

-Es una ciudad realmente bella y ahora celebrando sus fiestas mucho más.  –cojo su mano y la aprieto con cariño, ya conocía la ciudad pero no la había visto en este ambiente de fiesta.

Nos hemos retrasado unos minutos, admirando los fuegos de artificio y había mucho que mirar y Nico se paraba cada pocos metros, la carpa donde han reservado las mesas, en Elcano, está llena.

Volvemos a casa a las cuatro de la madrugada y sin duchar nos metemos en la cama, Nico quiere jugar, estoy realmente  rendido y le dejo trabajar. Me maravilla como me trata, es todo él delicadeza que me hace gozar.

Nos despierta la llamada de Carlos, quiere comer con nosotros y quedamos para las tres de la tarde en Los Tamarises. 

Carlos y Nico se conocieron anoche, charlaron después de cenar y han congeniado admirablemente. Siento una tristeza inmensa de que Amadeo no se encuentre entre nosotros. Carlos ha cambiado mucho, se terminaron aquellos pantalones que se le caían al andar, sigue caminando inclinando el cuerpo, me abrazo a él emocionado por los recuerdos de otros tiempos.

Después de comer nos lleva a Punta Galea para pasear, siguiendo el camino de la costa llegamos hasta Sopelana, admirando los altos acantilados, las playas que vamos encontrando, y a la vuelta tomamos un refresco en el Club de Golf.

Nos traslada para recoger nuestro coche y queda en verse con Nico un día de la semana próxima, quiere enseñarle las obras del Centro que están construyendo y que cree que le interesarán, Dejamos el coche en el garaje y vamos al centro para estar en una terraza, renunciamos a ir esta noche a la fiesta de la ciudad, mañana tenemos que madrugar para ir a recoger a mis padres.

Continuará...

 



© Albany

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