Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias.
Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.
Usuario:
 Contraseña:
 CREAR CUENTA  Recordar Clave  Ayuda
 5.480 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad de Cams ] [ Twitter TodoRelatos ]  1.453.835 Miembros | 19.463 Autores | 99.166 Relatos 
Fecha: 16-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Amor imposible.

olivenza
Accesos: 4.739
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 17 min. ]
 -   + 
Como me enamoré locamente de un cura y le regalé algo especial para que siempre lo recordase. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Hola, me llamo Conchita. Soy una jovencita de 19 años bien parecida, y según dicen todos con un buen cuerpo, aunque debido a mi condición cristiana, no he sabido todavía sacarle un buen rendimiento, tanto en lo cotidiano como en lo sexual. Hasta ahora todo eso no me ha preocupado mucho, ya que siempre he estado muy ocupada dedicada a diferentes obras sociales.

La historia que a continuación os voy a contar me ocurrió en el mes de abril, cuando debido a la semana santa, me desplacé a un pueblecito invitada por unos amigos míos, para ayudar en la parroquia. Yo esa zona todavía no la había visto, así que lo aprovecharía para ayudarles y a la vez para hacer turismo. Me habían explicado que allí las procesiones eran muy bonitas y originales, ya que tenían a un párroco que era muy innovador y estaba siempre trabajando para el bien del pueblo.

Dicho párroco era precisamente la persona a la que yo tendría que ayudar. Así que hice el viaje, y al llegar al pueblo, fui a ver a mis amigos, los cuales me estuvieron informando de todo y me indicaron cuál sería mi alojamiento. Estaba en una especie de albergue municipal. Allí pude asearme del viaje y vestirme adecuadamente antes de irme a comer. Después quedé con ellos y me estuvieron enseñando el pueblo y sus alrededores, y la verdad es que era precioso. Todo estaba muy verde y florido debido a la estación del año en la que estábamos. Aquél paisaje era una gozada. Luego, tras tomar un refrigerio en una terraza de un bar, me llevaron a la parroquia y me presentaron al cura. Era joven. De unos treinta y pico de años. Alto, moreno, muy simpático, y… no llevaba sotana. Nos saludamos y estuvimos hablando durante un buen rato. A continuación me estuvo enseñando toda la iglesia a mí sola, al igual que la sacristía y una sala grande donde según me dijo, solían dar clases, hacer reuniones y todo tipo de actividades. Luego me estuvo explicando en lo que les podía ayudar durante esos días, y yo de forma altruista, acepté enseguida. Se trataba de colaborar en la organización de ornamentar la iglesia en los días de culto. Ayudar en las clases para adultos y también en la distribución de alimentos y ropa, entre los más necesitados. Como veis, y como bien me advirtió él, iban a ser unos días muy intensos para mí, aunque también me dijo que contase con él para todo lo que quisiera. Y así, quedamos para el día siguiente, el cuál sería el de mi gran estreno.

Esa noche me fui a dormir muy pronto para así estar más en forma por la mañana, pero una vez en la cama, no paraba de dar vueltas en ella sin poder conciliar el sueño, debido a los nervios. Así que para calmarme me tomé un buen vaso de leche caliente, pero aun así no lo conseguía. Entonces decidí empezar con mi plan “b” que era el de la masturbación. Así tras el orgasmo, me quedaría más relajada y podría llegar a dormir un poco, como a veces solía hacer en mi casa. Cuando lo hacía, siempre pensaba en actores de cine para excitarme aún más, aunque después al acabar, me invadía siempre un gran sentimiento de culpa, debido a las ideas religiosas que desde siempre me habían inculcado. Aunque no obstante pienso que eso es algo natural, y cuando llega la tensión o la calentura, hay que intentar calmarla de la mejor manera posible, siempre y cuando no se haga daño a nadie. Solo así pude ir durmiéndome poco a poco, y a la mañana siguiente, antes de que sonase el despertador, yo ya estaba de pie.

Entonces me duché, me vestí y después de desayunar, me dirigí hacia la iglesia. Al llegar escuché una voz desde el interior que decía…! Pasa Conchita!...Estoy aquí, en la sala. Te he visto llegar y estoy preparándote tu faena. ¡Hola, buenos días! (le dije)…!hola! (contestó él). Mira, estos barreños con flores son para que las vayas distribuyendo a tu gusto por todo el altar y por parte de la iglesia. Cuando hayas acabado vienes para acá y entre los dos organizaremos el reparto de la ropa y de los alimentos que nos han ido dejando algunos feligreses.

Él llevaba puesto una camiseta de una O.N.G y unos tejanos muy ajustados, además de unas zapatillas de deporte de marca desconocida. Yo ese día me había puesto una faldita tejana y una camiseta veraniega haciendo juego, con unas zapatillas del mismo tono. El pelo me lo había recogido con una coleta, lo que me daba un aspecto aún más juvenil si cabe. Seguidamente fui cogiendo todas las flores y las fui distribuyendo por toda la iglesia, siempre con la supervisión de él, el cual, aunque iba haciendo su faena, notaba que me iba siguiendo con la mirada por todas partes, aunque cuando coincidíamos en ello, trataba de disimular.

Toda esa faena me llevó un buen rato y él se fue para la sala a preparar todo lo demás. Cuando acabé, me fui con él y empezamos a preparar la ropa que la gente había ido dejando. Estaba toda almacenada en unas cajas en el suelo y había que abrirlas para ver qué contenían cada una de ellas. Después más o menos había que separarlas por tallas y dejarlas bien plegadas como están en las tiendas. Así que me puse manos a la obra, mientras él seguía abriendo más cajas. Para hacerlo más cómodamente, yo cada vez me iba agachando, sin darme cuenta de que al hacerlo, se me subía mucho la faldita dejando al descubierto mis bonitos muslos, por eso el cura, no paraba de mirarme de reojo, tratando de disimular en lo que podía, aunque el bulto de su pantalón ya era casi imposible de disimular. Así que trataba de taparse con la ropa que iba sacando de las cajas y giraba la cara para que yo no le viese lo colorado que estaba.

En ese momento sentí algo que jamás había sentido, y era esa sensación de verme observada y deseada por una persona, aunque en ese caso fuese algo involuntario. Yo hice no darme cuenta y seguí trabajando. Él por su parte, se fue a una pequeña habitación llena de estanterías que estaba en aquella misma sala, la cual tenían destinada como despensa para dejar los alimentos que la gente iba trayendo, y se puso a hacer el recuento para luego repartirlo todo mucho mejor.

Cuando acabé con la ropa fui también para allá a ayudarle, pero allí dentro era muy difícil moverse porque aquello era muy estrecho para haber dos personas. Él me iba dando las cosas y yo las metía en unas bolsas que después iba dejando en el suelo junto a la puerta. Así estuvimos durante un rato y en cada movimiento o giro que hacíamos, nuestros cuerpos acababan rozándose bastante, aunque sin querer, lo que propiciaba que el bulto de su entrepierna continuase cada vez más pronunciado bajo su pantalón. Por lo que podía verse debía de estar muy bien dotado y me imaginaba que tendría una buena polla. La sensación que sentía yo en ese momento era rara y diferente, pero a la vez estaba llena de mucho morbo. Sabía que él era cura, pero también sabía que era un hombre joven, además de ser alto y muy guapo. Así que me dejé llevar por la situación como si nada. Aunque eso sí, sin forzarla demasiado.

Él al parecer pensó igual, y sin decirnos muchas más cosas, acabamos nuestra faena por ese día. Luego nos despedimos hasta el siguiente y yo me fui a mi alojamiento para cambiarme. Estaba muy sudada por la tarea realizada y quise darme una buena ducha. Una vez bajo los chorros del agua, empecé a enjabonarme con la esponja, aunque en mi mente tenía grabado todo lo acontecido en la iglesia unos minutos antes y notaba como mi coño palpitaba y estaba cada vez más húmedo debido a los jugos que iban saliendo de él.

Entonces solté la esponja y empecé a acariciarme suavemente con las manos y a meterme los dedos en mis dos orificios, pensando en todo momento en aquella polla bajo el pantalón y en todo lo ocurrido. Sabía que eso no estaba nada bien, pero aun así seguía…!lo necesitaba!... aunque a la vez me sintiera culpable porque además él era un cura. Pero ese morbo era precisamente lo que me ponía aún más excitada. Así que cerré los ojos y seguí tocándome frenéticamente. Luego tras un gran orgasmo, me vestí y fui a encontrarme con mis amigos, con los cuáles había quedado para ir a comer.

Durante la comida hablamos de muchas cosas, pero nunca por supuesto, de lo sucedido en la iglesia. Ése sería mi gran secreto y tal vez, también el de él, el cual me figuro que al llegar a su casa y ya en la intimidad, se habría tenido que dar también una buena ducha de agua fría, o quizás incluso, aunque con más remordimientos que yo, se habría tenido que masturbar para vaciar así sus huevos por completo. Eso es lo que yo me imagino, ya que jamás lo sabré.

Después por la tarde fuimos a ver un pueblo cercano, el cual también era muy bonito. Tenía un estupendo castillo y un museo que estuvimos visitando durante un rato. Luego, tras tomar unos refrescos y dar otra vuelta, volvimos a nuestro pueblo, y al llegar, como era ya bastante tarde, nos despedimos hasta el día siguiente.

Esa noche tampoco pude quitarme de la cabeza al joven cura. Había sido como un flechazo para mí. La verdad es que aunque sabía que era una misión imposible, él me gustaba como persona y por su forma de ser, además de admirarlo por la buena obra que estaba haciendo allí en la parroquia. Por eso estaba deseando volver a verlo. Yo hasta entonces no había salido ni había tenido contacto físico con ningún hombre, por lo que todas mis hormonas femeninas estaban intactas y muy a flor de piel. Poco a poco, con esos dudosos pensamientos, Morfeo se fue apoderando de mí, y así ya más relajada y tranquila, me dormí hasta el día siguiente.

Cuando por la mañana sonó el despertador, me levanté de un salto, me preparé y me puse a desayunar. Después me fui a dar una vuelta por los alrededores, pero esta vez sin mis amigos. Necesitaba estar sola para reflexionar sobre mi vida y sobre lo que me estaba pasando. Necesitaba compartirlo con alguien, pero…¿con quién?...estaba allí sola, y con mis amigos no tenía la suficiente confianza para hacerlo, así que decidí seguir caminando mientras cogía una margarita para pedirle consejo. Poco a poco fui desojándola, y al ver que el final no iba a ser el que yo quería, la tiré enfadada al suelo, ya que me costaba renunciar a mi sueño.

Después volví para el pueblo dándole mil vueltas a todo y tratando de quitarle importancia a dicho asunto. Luego me fui a comer, ya que por la tarde tenía que estar en la iglesia para ayudar a impartir las clases a los adultos. Al llegar la hora me fui para allá. En esta ocasión me puse unos pantalones y una blusa para tratar de provocar lo menos posible. Al llegar vi que ya  habían bastantes alumnos, así que empezamos enseguida. La profesora era muy simpática, por lo que enseguida congeniamos muy bien. Dimos varias asignaturas y mientras estábamos en una de ellas, apareció el cura, el cual nos vino a saludar y nos dio dos besos en las mejillas a cada una. Yo me acerqué lo más que pude a su boca disimuladamente. Él quería saber cómo me desenvolvía, a lo que la profesora y los alumnos le contestaron que muy bien, que era muy buena ayudanta. Luego estuvo allí un rato sentado hasta que acabamos.

Después la profesora nos invitó a los dos a tomar algo, para celebrar mi primer día de trabajo, y aceptamos con mucho gusto. Nos sentamos en una terraza de un bar de la plaza y estuvimos hablando sobre el pueblo y sus habitantes. La profesora era de allí, y él era de una localidad cercana, aunque vivía en la casa parroquial o “casa del cura”, como se conocía normalmente. Él vestía siempre muy deportivo, llevando tan solo un alza cuellos, por lo que nadie podía pensar que fuese un cura, si no se fijaban en ese detalle, aunque allí lo conocía ya todo el mundo. La conversación todo el rato fue muy amena, y a mí se me caía la baba ante cualquiera de sus explicaciones.

Poco a poco fui sabiendo más sobre su vida. Aun siendo tan joven, tenía muchos estudios y dominaba varios idiomas. Se ve que la vocación le venía ya de familia. Entró en el seminario muy jovencito y como yo, pudo vivir la vida y las pasiones del amor bien poco. Luego cuando salió de cura, lo destinaron a esta iglesia por la que tanto había hecho desde que había llegado. Aun siendo tan joven, nunca tuvo problemas de faldas y allí todos le querían mucho. Por lo que empecé a pensar que a lo mejor era yo sola la causante de todo, y él no sentía por mí, lo que yo por él. Pero eso no lo podría saber nunca, a no ser que se lo preguntase. Entonces empecé a pensar en que quizás me podría confesar con él, ya que la confesión es secreta y así, me podría desahogar y mostrarle todos mis sentimientos, y quizás a lo mejor él también haría lo mismo conmigo. Pero eso sería más tarde. Primero quería probar a llevar las cosas un poco más allá, pero por el cauce normal.

Así fueron pasando los días hasta que en uno de ellos me invitó a dar una vuelta por el campo, para visitar una pequeña ermita que había en las afueras del pueblo. Según dijo era la de San Isidro, la cual solo la abrían una vez al año por la romería, y de la que él tenía la llave por ser el párroco y quería que la viese antes de irme. Así aprovecharíamos también para arreglarla un poco por dentro. Al yo aceptar, nos encaminamos hacia allá. Ése día me había puesto unos pantaloncitos cortos con las nalgas un poquito al aire, y una camiseta ajustada, que hacía resaltar mis voluminosos pechos y como no, también mis pezones, además de unas cómodas zapatillas de deporte. Él en cambio llegó en chándal y con una gorra deportiva con la visera puesta hacia atrás.

Tan solo verle venir le dije que estaba muy guapo, a lo que él me contestó que yo también lo estaba. Y dicho esto, después de saludarnos dándonos dos besos en las mejillas, empezamos nuestra excursión. Como el arcén de la carretera era muy estrecho, teníamos que ir bastante juntos si queríamos ir hablando. Entonces cuando venían coches, yo le ponía a él disimuladamente mi brazo en la cintura para así pegarnos más, y cuando el terreno se ponía más difícil, él me cogía de la mano para que no me cayese. Eso para mí, aunque eran pequeños detalles sin importancia significaba mucho, ya que cada vez estaba más enamorada de él, aunque no se lo hubiese dicho todavía.

Al llegar a la ermita, sacó de su mochila una vieja llave, y con ella abrió la puerta. Al entrar estaba todo muy oscuro, tan solo contábamos con la claridad que entraba por sus  polvorientas ventanas, pero aun así se podía ver lo bonita que era. Había un pequeño altar presidido por el santo y unas cuantas filas de bancos con dos murales en las paredes a cada lado. Entonces nos pusimos a arreglarlo todo entre los dos y en uno de esos momentos, nuestras manos se juntaron sin querer durante un instante. Para mí fue como si se hubiese parado el tiempo. El notar su piel junto a la mía me hizo vibrar de emoción y él mirándome a los ojos aunque sin decir nada, se sonrojó. Luego disimulamos y seguimos limpiando. Pero en una de las veces, quizás debido a los nervios, al agacharnos, chocaron nuestras cabezas y los dos nos pusimos a reír nerviosamente.

Después miramos a ver si nos habíamos hecho daño y así, con nuestras caras casi juntas, me fui acercando a él, y sin poder contenerme ya por más tiempo…!Le besé!. Fue tan solo un pequeño contacto de labios en el cual él, ni tan siquiera participó, pero tampoco se separó de mí, ni me recriminó por haberlo hecho. Y eso me dio que pensar y a la vez me animó a seguir, aunque en ese momento no quise dilatar más la situación. Así que, allí estábamos los dos solos ante la imagen de San Isidro, y a él, tal y como indicaba el bulto de su polla bajo el pantalón, parecía que le había gustado. Yo por mi parte sentía mis bragas todas mojadas, al igual que mi coño y al llegar a casa, casi seguro que tendría otra vez que desahogarme masturbándome a solas en mi habitación, y él probablemente haría lo mismo, por lo que decidí que al día siguiente iría a confesarme y le declararía mi amor condicional. Así, con ese pensamiento, fui pasando el resto del día. No obstante estaba preocupada y nerviosa a la vez, por no saber qué respuesta me iba a dar él. Entonces cuando al día siguiente me levanté, estaba más que decidida a hacer lo que había dicho, pero al entrar en la iglesia y estar frente al confesionario, no me atreví y me di la vuelta, saliendo a la calle con la desesperación de mi falta de entereza. Y así pasé sola toda la mañana dándole vueltas a mi cabeza por las calles del pueblo.

Después me fui a comer y me tumbé un rato en la cama intentando descansar. Ese día no tenía nada que hacer de mis tareas cotidianas, así que lo dediqué a pensar sobre mi futuro y lo que realmente debía o quería hacer. Por fin me armé de valor y me encaminé otra vez hacia la parroquia. Como todavía era pronto no había casi gente, así que me fui hacia el confesionario muy decidida y me arrodillé ante aquella rejilla de madera. Después dije: ¡Ave María Purísima!... a lo que del otro lado me contestaron: ¡Sin pecado concebida!...A partir de ahí, mi cuerpo era todo un temblor continuo, pero me mantuve impasible. Después volví a escuchar aquella voz y creo que él aun no me había reconocido, ya que dijo: Bien, tú dirás hija mía…Entonces en ese momento decidí hablar y empecé diciendo: Padre, soy Conchita. Vengo a confesarme porque desde que llegué a este pueblo y lo conocí a usted, he pecado de pensamiento y actos impuros hacia usted. No puedo quitármelo de la cabeza y siempre al final acabo masturbándome en la soledad de mi habitación pensando en usted. Me he enamorado como una loca. Sé que esto no está nada bien, pero es algo muy superior a mí. Dentro de unos días me iré y quizás todo habrá acabado, pero antes de irme quisiera saber ¿Qué siente usted hacia mí? Y ¿Qué piensa de todo esto que me está pasando?...

Entonces por un momento hubo un silencio sepulcral, hasta que aquella misma voz, aunque más nerviosa y entrecortada que antes me dijo: A ver Conchita. Me alaga mucho todo lo que me has contado, pero has de entender que eso es imposible. Yo me debo a Dios y a mis feligreses, y como bien sabes, he jurado voto de castidad.

No puedes ni imaginar lo difícil que ha sido también para mí el mantenerme firme ante ti, porque la carne es débil y yo aún soy muy joven. Además no he estado nunca con ninguna mujer, aunque he conseguido sobrellevarlo ayudado por  mi fe, mis rezos y mis tareas cotidianas, pero te he de confesar, que en mis momentos más íntimos, sí he pensado mucho en ti y he llegado también como tú a masturbarme, aunque después me he sentido culpable y yo mismo he llegado a flagelarme en mi habitación.

Tú tendrías que centrarte más en tu vida, ya que eres una chica joven y maravillosa que ojalá te hubiese conocido unos años antes, ya que tal vez nuestras vidas habrían cambiado por completo. Tú te lo mereces todo. Ojalá que algún día encuentres un hombre que te quiera y te haga feliz. Ahora, ves ante la virgen y reza tres Aves Marías. Después verás cómo te vas sintiendo mucho mejor. Y así lo hice, y al acabar, me fui para casa pensando en todo aquello que él me había dicho. Me confesó que yo le gustaba, e incluso que pensaba en mí para desahogarse, o sea que lo que le frenaba eran tan solo sus ideas y el hecho de ser cura, y eso me dejó un poco triste por él. Así que empecé a pensar en algo en lo que yo lo pudiera ayudar antes de volver a mi casa, para ofrecérselo como regalo.

Los días posteriores a nuestra confesión nos vimos más bien poco, tratando así de olvidarnos el uno del otro, pero precisamente el día anterior a mi regreso, se me ocurrió que podíamos vernos por la tarde en la iglesia, para despedirnos, ya que al día siguiente me iría muy temprano.

Así que quedé con él para cuando acabara sus obligaciones, y una vez lo hizo, nos encontramos en la sala. Estuvimos hablando un rato sobre mi partida y yo ya tenía en mente como iba a ser mi despedida con él. Entonces intenté llevarlo engañado a la pequeña habitación, y una vez allí, asegurándome bien de que estábamos los dos solos, lo abracé con todas mis fuerzas. Él no participó en nada, tan solo cerró los ojos y ya, incapaz de oponer resistencia alguna, se fue dejando hacer.

Seguidamente lo recosté sobre las estanterías, y metiendo mi mano bajo el pantalón de su chándal, cogí su miembro y se lo saqué al exterior como pude. Lo tenía ya muy tieso y duro, y la verdad es que estaba muy bien dotado, así que empecé a movérselo de arriba abajo con suavidad. Él entonces empezó a gemir, a la vez que me pedía constantemente…! No, por favor!...!No!...Aunque su polla cada vez más erecta decía lo contrario, ya que con mis caricias seguía palpitando y aumentando de tamaño una barbaridad. Así que ya no podía dejarlo así, y aunque yo jamás había hecho nada parecido a ningún hombre, creo que hay cosas que se hacen por intuición y no hace falta saber mucho para realizarlas.

Así que me arrodillé ante él y llevé mi boca hasta su polla. Entonces empecé a lamérsela con la lengua en toda su longitud, al igual que hice con sus huevos para después metérmela en la boca y comenzar a chupársela, cosa que poco a poco me fue encantando. La sensación que sentía en aquel momento era de un morbo total, ya que mientras él se retorcía de placer, a la vez se resistía a aceptarlo, y aún más, cuando le empecé a sobar con mi mano los huevos. Él alegaba que aquello que le estaba haciendo no estaba nada bien. Yo a la vez, me había empezado también a masturbar, y sin hacerle caso alguno, continué haciéndole la paja y la mamada que le había empezado antes, después seguí chupándole la polla y metiéndomela hasta la garganta hasta que él, no pudiendo aguantarse más, disparó toda su leche caliente sobre  mi mano, la cual me dejó toda manchada y pegajosa, al igual que tenía la otra, la cual estaba también muy mojada debido a mis jugos vaginales.

Luego, al ver que él seguía con los ojos cerrados, le robé un beso en los labios para rememorar el momento, y me fui a toda prisa. Él se quedó allí limpiándose, y me figuro que muy traumatizado por todo lo ocurrido, pero en el fondo creo que supe dejarle el mejor de los recuerdos, junto a nuestro secreto mejor guardado.

Al día siguiente volvía  a mi casa. Mis amigos aunque era muy temprano vinieron a despedirme. Del resto de personas yo ya lo había ido haciendo con anterioridad, y él habría creído conveniente que era mejor que no volviésemos a vernos. Y así emprendí el viaje a casa.

A los pocos días ya había vuelto a mi vida cotidiana, y quizás con el paso del tiempo, podría olvidar a aquél cura y lograría encontrar a un hombre que me hiciera feliz como él me había dicho.

Y así fue, ya que al final llegué a olvidar todo lo vivido con él en aquellos breves pero intensos días. A partir de entonces me he sentido mucho más realizada como persona y no me arrepiento para nada de todo lo sucedido allí, ya que para mí en aquel momento, aquello fue fruto del amor.

A partir de ahora, soy ya una chica diferente. Sigo entregada a mis semejantes en obras benéficas como hasta entonces pero a la vez, sé disfrutar de la vida con gente a la que puedo llegar a amar, sin ningún tipo de impedimentos ni complicaciones.

FIN


Comunidad de Autores y Lectores de TodoRelatos
Chatea online con webcams!

comunidad.todorelatos.com

© olivenza

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradecerán y supondrá una mejora en la calidad general de la web.
 Comentarios sobre este Relato (1)
\"Ver  Perfil y más Relatos de olivenza
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« VOLVER A LA PAGINA ANTERIOR IR ARRIBA  ▲
 
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.
LWNET 1999-2017 | TodoRelatos.com v3.80
Info Legal / Privacidad / Cookies · Ayuda · Stats · Enlaces · Contacto · Webmasters (Sponsors Favoritos)