Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias.
Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.
Usuario:
 Contraseña:
 CREAR CUENTA  Recordar Clave  Ayuda
 6.888 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad de Cams ] [ Twitter TodoRelatos ]  1.451.982 Miembros | 19.235 Autores | 97.514 Relatos 
Fecha: 16-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduros

Briseida

Charles Henry Black
Accesos: 21.801
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 45 min. ]
 -   + 
Una alumna de último curso siente una atracción irrefrenable hacia su profesor de historia. Él le propone una serie de pruebas antes de estar juntos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Briseida

1.1

The moth don’t care when he sees the flame

He might get burned, but he’s in the fame

And once he’s in, he can’t go back

He’ll bet hi swings till he burns get back

Les Deux Love Orchestra – The Moth & the Flame

Briseida cursaba el último año de colegio antes de la universidad. A sus dieciocho años recién cumplidos comenzaba el segundo trimestre con la misma desgana que el anterior. No le gustaba estudiar, ni el colegio católico al que sus padres la obligaban a ir. Tampoco cualquier cosa que requiriera un esfuerzo o sacrificio, a Briseida le gustaba gustar, seducir, provocar. No era demasiado distinta a muchas de sus compañeras, pero a ella la naturaleza la había premiado con una cara bonita y un cuerpo perfecto, voluptuoso a pesar de su corta edad. Sí, la muchacha era plenamente consciente de ello y sabía utilizarlo como nadie.

Había llegado hasta segundo de bachillerato con unas notas muy justas, rozando lo aceptable. Los esfuerzos de su padre para que tuviera una buena educación habían sido, cuanto menos, desaprovechados. Para los profesores era un quebradero de cabeza, con la pasividad  y actitud de la joven pero con sustanciosas donaciones del padre al colegio se encontraban siempre entre la espada y la pared. Aunque el San Carlos Borromeo era una escuela religiosa y conservadora, probablemente de las pocas de Madrid en la que los estudiantes iban uniformados hasta el último curso, las ayudas de la familia de Briseida no pasaban desapercibidas a pesar del comportamiento de ésta.

Incluso había conseguido que el uniforme pareciera algo indecoroso tan solo con un par de arreglos. Unos calcetines más largos de lo normal por encima de las rodillas y arrapados ejercían de medias mientras que una falda un palmo más corta de lo permitido y una blusa una talla más pequeña ajustada a la piel hacían el resto. El Padre Agustín, director del colegio, se había escandalizado en numerosas ocasiones, pidiéndole a Dios fuerzas para resistir aquel comportamiento sin perder los papeles o, lo que es más importante, sin perder el dinero del que era su mayor benefactor.

Briseida provocaba envidias y pasiones a partes iguales. Quizás sería más correcto decir celos y erecciones, en cualquier caso, eran pocas las miradas que se escapaban a su poder de atracción. Algunos chicos habían conseguido colarse entre sus muslos, pero ninguno le había parecido lo suficientemente atractivo como para entregarle su corazón, ni siquiera por despertar en ella un interés real. Esto solo lo había logrado un hombre, su profesor de historia, Juan Carlos Arizmendi.

1.2

Juan Carlos irrumpió en la vida de la chica un año antes, cuando empezó el bachillerato. A sus cuarenta y un años era un hombre indiscutiblemente apuesto, culto, con una gran labia y una comunicación verbal superior. Briseida no sabía que le gustaba más de él, si su metro ochenta de cuerpo atlético, su aspecto mezcla de bohemio e intelectual o su kinésica avanzada pero desde el momento en el que entró por primera vez en la clase se sintió perdida por el deseo. Su barba arreglada y cuidada se fusionaba de manera perfecta con el pelo, dándole una imagen simétrica y armónica, con algunos pelos grises que le añadían un toque interesante al conjunto. Los ojos eran marrones y penetrantes, con gruesas pero elegantes cejas. Su mentón era algo anguloso y acompañado del vello facial le añadían virilidad a su clásica pero a la vez sofisticada apariencia.

La estudiante sentía también que aquella poderosa mirada era la única que no se clavaba en ella, a veces podía detectar la lascivia de la gente repasándola con los ojos pero esta sensación nunca la tenía con el maestro de historia. Lejos de desanimarse, el académico se había convertido en un reto para ella desde hacía meses.

El trimestre había empezado peor aún de lo esperado para ella, con un control sorpresa de historia que había suspendido como era predecible. Aunque la nota era de un tres coma ocho y era consciente de que el suspenso era inapelable Briseida pensó que era el momento perfecto para tener un encuentro a solas con el atractivo profesor. Era martes por la tarde, para el curso de segundo de bachillerato no había clases a no ser que quisieran asistir a las revisiones de examen.

—Adelante —dijo Juan Carlos respondiendo a los golpes en la puerta.

Briseida entró decidida, era la única que estaba esperando fuera de su despacho. Anduvo hasta quedarse frente al maestro que sentado en un sillón en su escritorio repasaba unos papeles y saludó:

—Buenas tardes profesor.

—Buenas tardes, recuérdeme su nombre por favor.

—Briseida Broc.

—Ah, sí —contestó el maestro mientras buscaba en una pila de papeles— debe venir por el examen del jueves pasado me imagino.

—Así es.

—Siéntese por favor —le indicó él acompañando la invitación de un gesto con la mano.

La joven se sentó despacio, cruzando las piernas de forma sensual e irguiendo al máximo su cuerpo con la intención de destacar sus generosos pechos. Juan Carlos pareció encontrar lo que buscaba, lo ojeó con calma y añadió:

—Pues, Briseida, sinceramente, es que el examen es un desastre, estoy dispuesto a atender cualquier duda que tenga pero difícilmente podré subirte la nota.

—No me esperaba un control así tan pronto después de las navidades.

—Claro, si se lo esperara ya no sería un control sorpresa —dijo él añadiendo una sonrisa a la explicación.

La muchacha le miró fijamente, poniendo cara de lástima mientras se tocaba la larga cabellera de color castaño.

—No sé qué me pasa profesor, me cuesta concentrarme en sus clases.

—¿Explico mal? —preguntó poniendo cara de intriga.

—No, en absoluto, es usted un orador excelente, pero aun así me cuesta prestar atención.

Briseida no estaba dispuesta a dejar pasar ni un día más, necesitaba sacar algo de la tarde, aunque solo fuera el inicio de un tonteo.

—Entiendo, ¿alguna idea de a qué puede deberse?

Siguió jugando con su pelo, enredando un mechón en su dedo mientras hinchaba tanto el busto que apenas podía respirar.

—Puede que sí.

El maestro pareció estar realmente interesado, dejó los papeles a un lado y adaptando una postura cómoda pero intrigada dijo:

—Por favor, hable con total libertad, siempre es bueno mejorar en el trabajo y para ello hay que estar abierto a cualquier crítica, sugerencia o comentario.

—No tengo críticas profesor, simplemente es usted demasiado guapo para estar atenta a las lecciones.

Juan Carlos sonrió, se sintió atrapado en una película porno de bajo presupuesto y decidió contraatacar:

—Por lo visto le pasa muy a menudo, según me cuentan sus notas han pasado de ser mediocres a simplemente insuficientes.

—Vaya, pensaba que no se acordaba usted ni de mi nombre —respondió Briseida con voz queda.

—Soy lento, pero termino acordándome de todos los alumnos. En cualquier caso le aconsejo control mental, meditación o incluso algún chico que la satisfaga.

A la joven aquella contestación le pilló desprevenida, en casi un año y medio nunca había oído ningún comentario de su profesor fuera de lugar, no sabía cómo interpretarlo.

—Son varios los chicos con los que he estado pero ninguno me ha centrado especialmente.

—Quizás deberías darles algo de tiempo para intentarlo.

La estudiante se desabrochó el primer botón de la blusa, le regaló su mejor caída de ojos y preguntó:

—No sé si me está llamando promiscua o todo lo contrario profesor Arizmendi.

—Para, nada, disculpe si no me he expresado bien. Quería decir que los jóvenes de hoy en día tendéis a tener relaciones cortas.

—Ya, pero usted a mí no me conoce, ¿me equivoco?

—No se equivoca, pero son muchos los chismes que circulan por los pasillos. No recuerdo verle con ningún varón durante cierto tiempo.

—Como le he dicho, son varios los chicos que han disfrutado de mi compañía.

El maestro volvió a sonreír, miró fijamente a la alumna y sentenció:

—Victoria Pírrica.

—¿Cómo dice? —preguntó realmente desconcertada Briseida.

—Verá, Pirro fue un gran general, rival de Roma. Fue rey de Epiro, Macedonia y Sicilia, sus soldados le llamaban el Águila. Un verdadero dolor de muelas no solo para los romanos, también para los cartagineses. Tuvo grandes victorias, pero en ellas perdió miles de hombres. Dicen que después de vencer en una cruenta batalla dijo: “otra victoria como ésta y volveré solo a casa”. Por eso Pirro ganó muchas batallas pero perdió la guerra. En nuestros tiempos aún se utiliza la expresión “victoria Pírrica” para indicar que un triunfo terminará siendo inútil.

—Entiendo… —se limitó a decir la muchacha embobada— ¿qué tiene que ver conmigo?

—Pues, simplemente, que algunos chicos habrán conseguido atraerte momentáneamente, pero cuando después has demostrado indiferencia hacia ellos han quedado desolados, abandonados. Victoria Pírrica, intrascendente a la larga.

—¿Y a usted eso le parece mal?

—En absoluto, yo estoy a favor de cualquier relación entre mayores de edad, consentida y previamente informada, simplemente, tengo a otros personajes históricos cómo guía.

—¿Cómo cuáles?, por cierto, no sé si sabe que cumplí los dieciocho la semana pasada, justo el día que amablemente nos puso un control sorpresa.

El profesor seguía sonriendo, la conversación empezaba a divertirle.

—Respondiendo al segundo tema que planteas la respuesta es no, no lo sabía. En cuanto a tu pregunta, quizás soy más de Winston Churchill: “de derrota en derrota hasta la victoria final”.

—Sin embargo usted no parece muy cercano a la derrota, me atrevería a asegurar que suele ganar siempre.

El maestro rio coquetamente.

—Parece mentira que con lo inteligente que es no se esfuerce un poco más en los estudios, podrías ser brillante.

Briseida sintió que el acercamiento era certero, notó como se le aceleraba el pulso mientras desabrochaba el segundo botón de su blusa.

—Me gusta que crea que soy inteligente, dígame profesor, ¿le parezco también guapa?

—No sé si es apropiado que un profesor mire a su alumna con esos ojos.

—Quizás no lo es, pero ya sabe, entre mayores de edad los límites solo los marcan las personas implicadas.

Touché, pensó él antes de responder.

—Es evidente que cumple sobradamente con los cánones de belleza que marca nuestra sociedad señorita Broc.

Briseida se acarició un muslo antes de añadir:

—Genial, guapa, inteligente y mayor de edad, parezco ser un buen partido.

—Quién sabe —el maestro volvió a agarrar unos folios y centró la mirada en éstos— siento no poder ayudarla en el tema de la nota, nos vemos mañana en clase, cierre la puerta al salir si es tan amable.

La muchacha, de repente, cuando mejor creía que iba su plan, se sintió decepcionada, poco habituada a perseguir a nadie y mucho menos a un hombre. Con desdén se levantó de la silla y emprendió el camino a la puerta que separaba el despacho del pasillo.

—Briseida —pronunció el maestro en voz baja, como hablando para él mismo— viuda de Lirneso y secuestrada por Aquiles, interesante nombre.

Ella abrió la puerta, giró la cabeza un último segundo y justo antes de marcharse dijo:

—De derrota en derrota hasta la victoria final profesor Arizmendi.

1.4

A Briseida las horas hasta la siguiente clase de Juan Carlos Arizmendi se le hicieron interminables. La chica popular del colegio se había convertido en, según su propio argot, “una arrastrada”. Una niñata colada por el personaje perfectamente interpretado por su profesor. Decidió que aquella larga hora de historia serviría para que el mensaje quedara claro. El maestro se iba a fijar en ella fuese como fuese. Para ello solo contaba con el mojigato uniforme de la escuela, si con un par de cambios lo había convertido en el traje perfecto para una fiesta picante de Halloween, ahora estaba dispuesta a ir más allá. Redujo un centímetro más la escasa longitud de su faldita roja a cuadros, estiró aquellos calcetines azules y se abrió la blusa hasta mostrar sin demasiada dificultad su sujetador blanco a juego.

«Así se hace pequeña, hay actrices porno que visten más recatadas que tú», se dijo a sí misma orgullosa.

Se sentó en primera fila, no era su asiento habitual pero aprovechó que un compañero estaba enfermo con gripe para cambiarse. El profesor de historia comenzó la clase con total normalidad, aparentemente ajeno a la muchacha y sus esfuerzos. Su bonita cara, el metro sesenta y nueve, las piernas delgadas pero perfectamente torneadas, el trasero ligeramente respingón trabajado con innumerables sentadillas, la cintura de avispa y los generosos senos nunca habían sido insuficientes para conquistar a nadie, no entendía que podía fallar en su último y frustrado intento de conquista. Media hora después el profesor mandó a los alumnos que estudiaran el último tema en silencio y se acomodó en el escritorio, Briseida sintió que había perdido otra oportunidad.

Al poco rato el profesor hizo una ronda por el aula, comprobando que todo estuviese en orden ante los cabizbajos y concentrados alumnos. Se detuvo un instante ante el pupitre de la chica y disimuladamente depositó sobre éste una nota perfectamente plegada. Muy sorprendida e impaciente la muchacha lo extendió y pudo leer en el papel escrito a mano y con una caligrafía digna de un escriba egipcio:

Un camino de mil millas, comienza con un paso - Benjamin Franklin

PD: Mastúrbate para mí, piensa en mí, ten un orgasmo para mí.

La estudiante se sintió sofocada, casi se atraganta con su propia saliva al leerla. Miró al profesor con cara de sorpresa y le preguntó con un simple gesto. El maestro le mostró una de sus mejores sonrisas y asintió delicadamente con la cabeza, Briseida supo enseguida que la nota iba en serio, y que pretendía que lo hiciese allí mismo. Dudó unos segundos que parecieron horas, miró a su alrededor para cerciorarse de que todo el mundo estuviera concentrado en el libro y con cautela agarró su carpeta y la apoyó en el regazo, intentando buscar un mínimo de intimidad.

«Estás loca joder.»

Volvió a mirar en todas direcciones, su respiración se aceleraba a medida que se convencía de satisfacer las perversiones del profesor. Deslizó su mano derecha por el muslo, aprovechando el ángulo muerto que le ofrecía el sentarse delante del todo y en un extremo, con compañeros sólo por uno de los lados y la pared en el otro. Se subió un poco más la ya de por sí cortísima falda e introdujo la mano, tan solo con rozar su sexo por encima de las braguitas notó lo excitada que estaba con aquella petición. Se acarició por encima de la tela y tuvo que concentrarse por no gemir. Cerró los ojos, imaginó que eran los fuertes dedos del docente los que la tocaban, los que palpaban sus partes íntimas ansiosos por poseerla.

—Mmmm.

No pudo reprimir un gemido, casi imperceptible pero prueba del morbo que le estaba dando la situación. Siguió frotándose un poco más desinhibida, atacando el clítoris con movimientos circulares. Mientras que el brazo izquierdo reposaba encima de la carpeta tapando todo lo que podía su mano derecha le proporcionaba placer por encima de la finísima ropa y notaba como sus ojos se cerraban aún con más fuerza. Adentró con sumo cuidado sus dedos por dentro de la prenda, recorriendo lentamente centímetro a centímetro su piel hasta llegar de nuevo a su botón del placer, custodiado tan solo por el escaso y perfectamente arreglado vello púbico.

—Mmm, mm.

Los gemidos eran cada vez más difíciles de controlar, aunque nadie se estaba dando cuenta de aquella escena ella se mordía el labio inferior con fuerza para no perderse en un mar de gritos. Sonaban muy bajito pero en su interior resonaban por todas partes.

—Mm, mmm, mmm.

Continuó masturbándose más intensa y rápidamente con el paso de los minutos mientras abría los ojos para buscar la mirada cómplice del profesor. Por primera vez vio deseo en ella, excitación, y constatar el disfrute del maestro la puso aún más caliente.

—Mmm, mmm, mm, mmm, mmmm.

Tenía el cuello completamente congestionado por la fuerza que ejercía para no mover el cuerpo entero, era una lucha casi titánica, batalla que comenzaba a perder al notar como sus caderas acompañaban con un ligero vaivén el compás de los frotamientos. Se imaginaba el miembro del historiador penetrándola sin parar, empotrándola una y otra vez contra aquella incómoda silla de hierro y madera.

—Mmm, mmm, mmm, mmm, mmmmmm.

Finalmente no aguantó más, mientras que con el dedo índice se penetró ligeramente, con el pulgar siguió acariciando casi con furia su clítoris, demostrando un perfecto conocimiento de su anatomía y llegando a un increíble orgasmo que hizo que todo su cuerpo temblase como una hoja al viento, todo aquello sin perder de vista los penetrantes ojos del profesor.

—Mmm, mmm, mmm, ¡mmmm!, ¡mmmmm!

Después de aquellos potentes espasmos comprobó una última vez que ninguna mirada furtiva la estuviera espiando, tan solo la que ella había autorizado. Recuperaba la respiración a la vez que se adecentaba la ropa debajo de la carpeta cuando pudo oír al profesor despedir la clase, sintió que si intentaba levantarse para ir al recreo sus piernas flaquearían y caería de bruces contra el suelo. Si aquello era una prueba de fe, la había superado ampliamente.

1.5

Apenas pudo pegar ojo por la noche, las imágenes de lo acontecido en clase se mezclaban con todo tipo de preguntas. ¿La estaba poniendo a prueba?, ¿le excitaba ser un voyeur?, ¿podía contar lo sucedido a sus amigas o era demasiado arriesgado? De camino al colegio el día se le antojaba largo y carente de motivación, sin clase de historia o alguna excusa para ver a su profesor la vida parecía aburrida. Pero había dado la cara en la última batalla, quizás el bueno del maestro tan solo quería ver de qué pasta estaba hecha, asegurarse de que no trataba con una niña pija cualquiera.

Ya en los vestuarios, preparándose para la clase de gimnasia, hablaba de cualquier cosa con sus inseparables amigas Lucía y  Eli mientras se cambiaba.

—Que pereza natación, cada día hacemos más natación y menos de todo —se quejó Eli mientras se colocaba el traje de baño.

—Eso es que al profesor Alfonso le pone vernos con paños menores, está clarísimo, puto viejo verde —participó Lucía.

—Dentro de poco le pedirá al Padre Agustín que nos cambien el uniforme, bikinis en vez de bañadores —añadió Briseida arrancando la risa de las demás.

—Pues tú con ese bañador talla niña y esas peras seguro que le alegras el día —dijo Lucía entre risas.

—Ya te digo, podrías darme un poco a mí Bri, algunas tanto y otras tan poco —bromeó Eli.

—Ni de coña, estas amiguitas hay que saber usarlas y vosotras dos sois un par de guarras.

Las risas pasaron a ser carcajadas con aquella conversación tan baladí.

—Será mejor que movamos el culo antes de que nos haga dar cien mil largos por llegar tarde, que ya sabéis como es el pervertido —sentenció Lucía dirigiéndose a la salida que conectaba directamente el vestuario con la piscina.

—Chicos, chicos, silencio, ¡silencio!, que aquí las tres princesitas han decidido honrarnos con su presencia —dijocon sarcasmo el profesor de gimnasia viendo que todos los alumnos estaban ya en la piscina excepto las tres amigas.

—Ya nos la hemos cargado —susurró Briseida.

—A ver muchachos, haced dos equipos para jugar un partidito de waterpolo, equipos mixtos. Todos excepto vosotras tres claro, iros al fondo de la piscina y utilizad los carriles libres para pensar en vuestra falta de puntualidad, ¡venga!

El trío sabía perfectamente que significaba eso, otra hora de nadar sin parar, largo tras largo hasta el final de la clase.

—Joder, pero si debemos haber llegado tres minutos tardes —se quejó Eli en voz baja.

Las tres nadaron sin parar, cambiando de estilo de vez en cuando para no morir de aburrimiento, intentando hacer pequeños descansos para charlar entre ellas siempre frustraos por el atento profesor. Alfonso tenía cincuenta años y uno de esos cuerpos antiguos. Fuerte, pero no como los jóvenes de ahora, sino como un forzudo de circo. Con bastante pelo por todas partes y cuerpo voluminoso pero poco definido. Su cara no se quedaba atrás, con pelo cortado en cualquier barbería de barrio y un mostacho que recordaba los mejores años setenta. Ned Flanders era uno de sus apodos, recordando al vecino afeminado de Los Simpson. Las chicas se sentían exhaustas sesenta minutos después cuando oyeron las instrucciones del profesor:

—Muy bien chicos, suficiente por hoy, id al vestuario a cambiaros, nos vemos pasado mañana, también en la piscina.

Las amigas respiraron aliviadas por fin cuando añadió:

—Todos excepto “Briseida de Saba”, que me deleitará un rato más con sus estilosos movimientos acuáticos.

—¡Profe!, tengo clase de latín, ¡no me la puedo perder!

—Yo te diré lo que puedes o no puedes hacer —contestó rotundo— me debes diez largos más, ¡vamos!

A regañadientes Briseida obedeció indignada, sin entender que había hecho ella que no hubieran hecho sus amigas. Solos en la piscina la joven seguía nadando cuando oyó de nuevo a Alfonso:

—Muy bien, ¡muy bien!, eso es suficiente, ya puedes parar, pero no salgas todavía de la piscina.

La chica recuperaba el aliento, acercándose lentamente hasta el bordillo de la piscina donde se encontraba el profesor.

—Estoy agotada de verdad, le prometo que el próximo día llegaré antes de la hora.

Alfonso se quitó la camiseta y las chanclas e incluso su inseparable gorra para quedarse solo con el bañador, se metió en el agua lentamente por las escaleras y se acercó de manera extraña hasta ella. Una vez estaba a menos de medio metro de la muchacha extendió la mano y le entregó un papel que había mantenido completamente seco. Briseida lo agarró por uno de sus extremos, extrañada e intentando mojarlo lo menos posible. Enseguida reconoció la preciosa letra del profesor Arizmendi.

Cualquier cosa en la vida que vale la pena conseguir, vale la pena trabajar por ella – Dale Carnegie

PD: Los amigos comparten, quiero compartirte con mi amigo Alfonso Heredia. Eres mía, y solo así seré tuyo.

Briseida aún no había interiorizado el mensaje de la nota cuando el profesor de gimnasia, que ya tenía su cuerpo prácticamente pegado al de ella, le quitó con cuidado el gorro de piscina y le azuzó el pelo, acariciándole las puntas.

—Tienes un cabello precioso.

«Dios mío.»

Un escalofrió recorrió como un relámpago toda su médula espinal, por un momento pensó que podría tener un ataque de pánico mientras Alfonso le arrebataba la nota de las manos, la tiraba fuera de la piscina hecha una bola húmeda y volvía a acariciarla, esta vez un brazo.

—Profesor…—titubeó ella.

—Shhhht, tranquila, no pasa nada, ya me ha dicho Juan Carlos que eres una chica muy traviesa, no te preocupes, estás entre amigos.

La alumna solo fue capaz de temblar, impertérrita.

El musculado profesor de educación física se relamía viendo el despampanante cuerpo de su nadadora, con aquel bañador ajustadísimo, las nalgas de acero como solo una jovencita podía tener, sin marcas, sin estrías ni celulitis, sin un átomo de grasa en todo el cuerpo. Los pechos de la talla noventa y cinco aún se veían más imponentes apretados por aquella prenda, con los pezones erectos marcados en la tela debido al frío y al miedo.

—Yo…no…—Briseida no pudo terminar la frase cuando Alfonso se abalanzó sobre ella, aprisionándola entre el bordillo de la piscina y su cuerpo.

Intentó besarla, frotando los labios contra los de ella mientras su lengua recorría la sensual y carnosa parte de su cuerpo que permanecía inalterable. Mientras que una mano intentaba colarse entre el bordillo y su trasero la otra agarraba descaradamente un seno, magreándolo por encima del bañador.

—Qué buena que estás chica, me has puesto a mil.

Ella seguía en shock mientras el excitado profesor sobaba todo su cuerpo, apretándole el bulto contra su sexo mientras añadía:

—¿Notas lo empalmado que estoy?, ¡me has puesto muy cachondo!

Hizo un amago de resistencia, intento que al profesor pareció pasarle completamente inadvertido mientras seguía disfrutando del cuerpo de la joven. Le abrió aún más las piernas, haciendo que sus pies no tocaran el fondo de la piscina y presionando con tanta fuerza su miembro contra sus partes que sentía como las baldosas se le clavaban en los riñones, así sujetada dedicó toda su atención a sus senos, metiendo las manos por dentro del bañador con cierta dificultad y manoseándolos mientras jugaba con los pezones.

—Alfonso…

—Menudas tetas tienes joder, que cachondo me pones chica.

Siguió metiéndole mano hasta que como en un arrebato se bajó el bañador hasta las rodillas haciendo equilibrios, agarró con fuerza la parte de abajo del bañador y la hizo a un lado, descubriendo sus partes completamente.

—No, por favor, no —Briseida se resistía tímidamente, tan impactada por la situación que no se sentía capaz de forcejear, ni siquiera tenía claro si quería hacerlo o no.

Alfonso colocó el glande en la entrada de su vagina, utilizando su falo como freno para que la ropa no volviese a su lugar y pidiéndole con voz de súplica:

—Vamos preciosa, estate quieta, no te voy a hacer ningún daño —apretó ligeramente para que su cueva empezara a ceder— a ti no te importa una polla más o una menos, ¿a que no putita? ¡Qué buena que estás coño!

Sin darle opción a réplica la embistió con todas sus fuerzas, abriéndose paso como un ariete en su interior hasta llegar a lo más profundo y gruñendo de placer como un cerdo.

—¡Ohhh!, ¡ohh!, ¡ohhh!

Briseida sintió un dolor terrible, se notaba completamente ensartada por aquel pedazo de carne mientras que sus sucias manos seguían toqueteándola sin parar.

—¡Ohhh, ohhh, ohhh, mmm, ohhhh! —gemía Alfonso preso de la lascivia.

La joven también gemía, de dolor, de indignación, de sorpresa. Sentía que había sido víctima de una emboscada y que ni siquiera le habían dado tiempo para decidirse, para reflexionar sobre si quería dar el paso o no.

—Mmm, mmm, ¡ohhh!, ¡ahhh!, ¡aahhhhh!, así, así, a que ningún niñato te ha follado así, ¿eh?, ¡ohhh!, ¡ohhhhhhh!, ¡ohhh!

El hombre la sacudía con tanta fuerza que pensó que la iba a partir en dos, agarrándola ahora por las nalgas para ayudarse a penetrarla con más fuerza.

—¡¡Ohhh!!, ¡¡ohh!!, ¡¡ohh!!, joder, ¡joder!, no voy a aguantar nada, ¡qué buena que estás joder!

Cumpliendo con su palabra eyaculó dentro de ella, llenándola de semen y haciéndola notar los espasmos de su pene al expulsarlo, apretándole con tanta fuerza el culo que le dejó las manos marcadas en la piel.

—¡¡¡ohhhhhh!!, ¡¡ohhhhh!!, ¡ohhhh!

Agotado la abrazó mientras reposaba, recuperando el ritmo normal de la respiración, ni el agua ni su edad habían conseguido que el coito durara más de seis minutos. Finalmente sacó el miembro de su interior, se apartó un poco y pudo ver como de un ojo de la muchacha nacía una tímida lágrima para deslizarse inmediatamente por la mejilla dando bandazos. Le miró fijamente y dijo:

—Vamos chiquilla, ¿qué te pasa? Los dos queríamos esto y eres mayor de edad, a mí no me busques las cosquillas luego, ¡eh! Anda, cámbiate y vete a clase de latín, dile a la profesora que te he castigado, si tiene alguna queja que lo hable conmigo.

Aturdida, Briseida se secó los ojos, se adecentó el bañador y lentamente, asimilando lo ocurrido, ordenando sus pensamientos, se dispuso a salir de la piscina.

—Chiquilla, ¿repetiremos algún día? — le gritó el profesor.

Aquella frase la indignó, haciendo un considerable esfuerzo se giró hacia él, puso cara se autosuficiencia y contestó:

—Lo siento, no follo con eyaculadores precoces.

1.6

La noche volvió a ser larga, con muy pocas horas de sueño. En el instituto Briseida se sentía cansada, con ojeras, fea e incluso ultrajada. Era consciente de que nadie la había forzado, pero aquella especie de control que Juan Carlos ejercía sobre ella empezaba a ser más que tóxico. En la clase de historia no hubo flirteo, ni provocación, ni miradas. Se sentó detrás del todo y no se dignó a prestarle ninguna atención al “profesor engreído”. Las horas y sus clases pasaban más lentas de lo habitual hasta que a la una se dispuso a volver a casa. Caminando por el pasillo que conducía a la salida del colegio oyó detrás de sí:

—“No hay un salto gigante que lo consiga todo. Son un montón de pequeños pasos”,  Peter A. Cohen.

La joven se dio a la vuelta, vio la habitual sonrisa del maestro y respondió:

—“El que nace gilipollas, gilipollas es”, Briseida Broc.

Volvió a girarse y continuó su camino, estaba a punto de llegar a la salida cuando el profesor la agarró del brazo deteniéndola, se puso delante de ella y con expresión de asombro le preguntó:

—¿Estás bien?

No estaba para juegos ni rodeos, su contestación fue sincera y directa:

—Después de que te divirtieras prostituyéndome con tus amigos no mucho, no.

La cara de Juan Carlos parecía expresar realmente sorpresa.

—¿De qué hablas?, ¿te hizo algo que no quisieras?, cuéntamelo con confianza Briseida.

Ella reflexionó unos segundos, bajó la cabeza y dijo:

—No, no es eso, es simplemente que no me gustó.

Después de unos segundos el docente continuó:

—Lo siento, creía que te gustaba jugar, de verdad que no haría nada que pudiera perjudicarse.

Con solo cuatro frases el poder de atracción insano que Briseida sentía hacia él volvió a ser patente, comiendo de nuevo sobre la palma de su mano como un colibrí amaestrado.

—No pasa nada, es solo que no sabía que te gustaban estas cosas.

El maestro acercó su cuerpo hábilmente, ganándose de nuevo la confianza de su alumna.

—Me gusta todo, todo lo que no sea el misionero con la esposa durante veinte años seguidos. Supongo que mi condición de ateo me anima a experimentar, y tú eres una gran jugadora.

La modulación de su voz, su mirada, su gestualidad, ningún gurú de ninguna secta podía mejorar aquello.

—Yo solo quiero estar contigo —se sinceró la muchacha en un alarde de fragilidad.

—Y lo estarás, lo estaremos, nada me apetece más. Pero la espera y los juegos harán que nuestro encuentro sea aún más especial, inolvidable.

—Entonces, ¿vas a torturarme más?

—Un último favor y te prometo que seré tuyo.

—¿Cuál?

—Es una sorpresa, ven a mi despacho esta tarde a las cinco por favor.

El profesor miró a su alrededor, se aseguró de que nadie los viera y le dio un beso en la mejilla antes de irse. Briseida volvía a estar dispuesta a todo, a la polilla no le preocupa quemarse cuando ve la llama.

1.7

La estudiante llegó puntual a la cita, llamó a la puerta y pronto la voz del profesor la invitó a pasar.

—Siéntate por favor.

Briseida observó al profesor sentado en la silla de su escritorio, frente a la mesa un alumno de su clase también estaba acomodado en otra silla. Se sentó a su lado, mirando a ambos con intriga.

—Bueno, creo que ya os conocéis, Daniel Briseida, Briseida Daniel.

Aquel muchacho era sin duda un inadaptado, un raro sin amigos que vagabundeaba solitario por los pasillos del colegio. Tan introvertido que ella misma se había burlado de él en más de una ocasión.

—Bien, te cuento, mi amigo Daniel y yo nos conocemos desde hace mucho. Su padre fue a la universidad conmigo hace más años de lo que me gustaría reconocer, siempre hemos sido muy amigos.

—¿De qué va todo esto, Juan Carlos? —preguntó intranquila.

—¿Ves Dani?, ya te dije que esta chica iba al grano. Le prometí al muchacho que si se esforzaba por no bajar sus notas de excelentes le haría un regalo. Es verdad que ha sacado un suficiente en gimnasia y un notable en filosofía, pero he decidido que se merece igualmente la recompensa por su prometedor inicio de curso.

Ambos alumnos miraban al profesor expectantes.

—Tranquilos, no me miréis así, que ya voy. Lo cierto es que Daniel me confesó una vez sus frustrados acercamientos hacia el género femenino, pero, ya sabéis lo que decía Tom Watson: “si quieres tener éxito, duplica tu porcentaje de errores”. En fin, que creo que ya ha incluso triplicado ese porcentaje, así que he decidido que hoy le premiaremos con un orgasmo, el primero que tendrá no fruto del onanismo. Lo haría yo mismo pero mi amiguito se declara heterosexual, por eso he pensado en ti.

La cara de Briseida mutó rápidamente de la intriga a la indignación antes de exclamar:

—¿En serio?, ¿ahora quieres que me folle a este friki?

—Pe…pero…—fue lo único que fue capaz de decir el chico.

—Encima es tartamudo, ¿no lo ves?

El profesor se acarició su cuidada barba de dos semanas antes de proseguir:

—Yo no he dicho que tengas que follártelo, he dicho que estaría bien que le proporcionaras un orgasmo, simplemente eso, algo tan natural y placentero.

—¿Yo?, ¿ella?, Juan, que…que…¿qué es esto?

—Tu regalo, ya te lo he dicho —miró a Briseida— no me dirás que no es adorable.

—Ni lo sueñes, a mi este tarado no me toca ni con un palo, estáis soñando los dos.

El rostro del maestro se ensombreció unos segundos antes de sentenciar:

—Si lo haces, hoy mismo te daré lo que quieres.

La joven lo pensó unos segundos, haciéndose la interesante antes de decir:

—Hecho, haré que se corra, te ha tocado la lotería friki, espero que nunca lo olvides.

Daniel miraba a los dos nervioso, por un momento pensó que todo aquello era una broma mientras vio cómo su compañera se desabrochaba los primeros botones de la blusa.

—Pe…pe…pe…pero, ¿yo?, y…¿tú? —dijo señalando al profesor.

—Hombre pequeña sabandija, encima que te consigo semejante mujer supongo que por lo menos me vas a dejar mirar.

Sin tiempo a reaccionar Briseida se sentó encima de los muslos del tímido estudiante y siguió desabrochándose la blusa hasta sacarla completamente de dentro de la falda y deshacerse de ella tirándola al suelo, mostrando sus perfectos pechos tapados solamente por la fina tela del sujetador. Daniel aún no había entendido aquella situación cuando ésta le preguntó:

—¿Te gustan mis tetas? Sí tartamudeas una vez más te juro que me voy te lo acabas solito.

El chiquillo, que parecía un bebé abandonado en la autopista, se concentró mucho antes de decir:

—Sí.

—Pues si te gustan tócalas, pringado.

La sensual muchacha se contoneaba encima del pantalón del chico mientras éste, tímidamente y con miedo, adelantaba sus manos y las depositaba encima de su sostén.

—Mmm —dijo ella con voz queda— parece que no te disgusto del todo, noto tu polla apretada contra mi coño. Acarícialas como es debido.

Daniel, alucinado con todo aquello, aún sospechaba que de golpe y porrazo todo se iba a terminar, convirtiéndose, una vez más, en el hazmerreír de la escuela. Pensó que por lo menos aprovecharía los escasos minutos que le deberían quedar y sobó los senos de aquella chica que para él y para muchos era una auténtica diosa. La colegiala siguió cabalgándolo sugerentemente, apretando su ropa interior contra el bulto del pantalón mientras llevaba las manos a la espalda y se desabrochaba el sujetador, dejándolo caer sobre el regazo del joven para después tirarlo por los aires.

—¡Ups!, quizás ahora te gusten un poco más.

La respiración del marginado se aceleraba a ritmos peligrosos mientras veía aquel par de melones a escasos centímetros de su cara, el regalo del profesor era mejor que cualquiera de sus numerosas fantasías sexuales. Sobaba los senos como si fuera lo último que iba a hacer en vida y Briseida aprovechaba para bajarle lentamente la cremallera del pantalón. Daniel parecía un bulldog francés asmático disfrutando de la generosa anatomía de la joven cuando la chica se puso momentáneamente de pie y hábilmente bajó sus pantalones y calzoncillos hasta los tobillos, sentándose nuevamente a horcajadas encima de él, restregando la desnuda erección contra sus braguitas con movimientos parecidos a los que haría una bailarina de striptease.

—Orgg, orgg, orggg.

Lo agarró por los hombros para ganar estabilidad y se movió hacia delante y hacia detrás cada vez más rápido, masturbándolo con la fricción de la ropa interior, sintiendo su  pene restregándose por encima de las bragas.

—Mmm, así, así, buen chico, ¿te gusta?

El inadaptado no se atrevía a contestar pero sin duda era lo más placentero que le habían hecho en su vida, mientras su compañera seguía moviéndose las manos apretujaban desesperadas sus mamas.

—Arg, arg, ohh, ohhhhh.

Briseida siguió un par de minutos más y en el momento justo se ayudó con una mano para acompañar aquella paja, sabía que era cuestión de segundos que el friki se colapsara de placer.

—Mmmmmm, ohh, ohhh, ohhhhh.

Notó que su miembro se detenía durante unas décimas de segundo y hábilmente salió de encima suyo sin dejar de masturbarle con la mano, de pie se inclinó hacia él y se echó toda la leche del muchacho encima del escote desnudo, alcanzando éste el orgasmo más bestia y asombroso de su vida, gritando como un cerdo en el matadero.

—¡¡¡Ohhhh, ohhhhh, ohhhhhhhhhhhhhhh!!!

La estudiante siguió con el movimiento de sube y baja hasta que ordeñó hasta la última gota de su manubrio para después sentarse encima de la mesa del profesor, observando al desahogado compañero. Por un momento pareció que Daniel se iba incluso a desmayar, pero finalmente reaccionó y como en un ataque repentino de pudor se vistió apresuradamente ante las miradas divertidas de sus acompañantes.

—Daniel, amigo, es hora de que nos dejes solo —le ordenó el profesor.

Sin mediar palabra se puso en pie en un gesto obediente y justo cuando se disponía a irse Briseida lo agarró por la corbata del uniforme, lo acercó hasta ella, le deshizo el nudo y mientras se la quitaba le dio un pico en los labios.

—Gracias amiguito, con algo me voy a tener que limpiar.

Utilizó la prenda para intentar deshacerse de los ríos de semen que transitaban por su canalillo mientras que el muchacho abandonaba el despacho del profesor con cara de alucinado.

—Buen trabajo mi querida alumna —dijo el maestro levantándose de su butaca con inmejorables vistas.

La joven siguió limpiándose como pudo, la escena con el marginado la había puesto un poco caliente y la perspectiva de estar por fin con su anhelado profesor le hacía temblar de emoción. El docente se acercó hasta su posición, agarró la corbata y siguió aseándola él mismo, aprovechando para acariciar a su alumna delicadamente. Briseida notó como se le ponía el vello de punta.

—Por fin solos.

La muchacha contestó con una sonrisa. Juan Carlos se quitó la americana con pasividad y la tiró encima del escritorio, manteniendo contacto visual con ella en todo momento. Finalmente se deshizo de la corbata y siguió acariciando sus pechos desnudos con las manos, recorriendo sus erectos pezones con la yema de los dedos.

—Mmm —gimió la estudiante.

Sus palmas recorrieron su busto ascendentemente hasta llegar al cuello, lo rodearon y lo apretaron ligeramente.

—Eres mía.

—Sí —afirmó la muchacha.

Abandonó su cuerpo y empezó a desabrocharse el cinturón, seguido del pantalón para a continuación bajarlo junto la ropa interior hasta los tobillos, liberando su miembro en estado de medio-erección. No necesitó decirle nada, ni siquiera hacerle ningún gesto, Briseida sabía perfectamente lo que quería de ella. Sin dejar de mirar sus ojos la alumna se puso de rodillas sobre la moqueta, agarró el falo del profesor con una mano y mientras empezaba a subir y bajar la piel lentamente acercó sus carnosos labios hasta el glande y lo frotó contra ellos. Enseguida detectó que el aparato del historiador se ponía más duro y se lo metió en la boca, reprimiendo una sonrisa. Lamía la punta a la vez que aceleraba los movimientos con la mano, se sentía tan excitada que por un momento pensó que podría correrse tan solo con un beso de su amante.

Siguió con aquella felación, notando como la erección del hombre era cada vez más imponente, sintiendo como la carne crecía en el interior de la cavidad mientras seguía succionándola cada vez más profunda y rápidamente.

—Mmm, mmm, sí, sabes cómo hacerlo preciosa, sí.

Briseida siguió chupándosela mientras a la vez lo masturbaba con su mano colocada en la base del pene, los sonidos de placer del profesor la ponían a mil. Un par de minutos después notó la palma de la mano de Juan Carlos en su cabeza, acompañada de nuevas instrucciones:

—Ya es suficiente, hagamos que dure un poco más.

Obediente, la colegiala se levantó y miró con ojos sumisos al que se había convertido en su amo, pasando los dedos por los labios de manera sensual. El profesor le dio la vuelta con cuidado pero también con autoridad, abriéndole ligeramente las piernas y acomodando su cuerpo encima del escritorio. Ella notaba como su cuerpo se colocaba en pompa, con los codos apoyados sobre los papeles de la mesa. El maestro se desnudó completamente de cintura para abajo y se colocó justo detrás, agarró las braguitas de la joven y se las quitó lentamente hasta deshacerse de ellas por completo.

—La faldita de guarrilla te la voy a dejar —le informó mientras las mano acariciaban sus imponentes nalgas para después deslizarse pausadamente hasta sus caderas, rodeándolas.

Restregó el lubricado miembro por el trasero, jugando con la raja hasta colocarlo en la entrada de su sexo, éste tuvo un espasmo con solo notar el contacto del glande. Comenzó a penetrarla despacio, notando como el falo entraba sin dificultad en la vagina de la muchacha y como ella se estremecía de placer. Los testículos fueron el único tope con el que se encontró.

—Mmmm, mmmm, mmmm.

Ambos gemían, pero el profesor se congratuló al darse cuenta de que ella iba dos o tres pasos por delante, su hombría se sintió premiada y aquello le encantó.

—No estás nada mal Briseida, hija de Briseo, prima de Criseida.

Siguió penetrándola, disfrutando de cada movimiento e incrementando el ritmo y la fuerza muy lentamente, la alumna agarraba con fuerza los papeles de encima de la mesa presa del gozo, ningún compañero de clase la había hecho sentirse así jamás.

—Ah, sí, ah, sí, ah, ¡ahh!, ¡ahhh!

Gemía espasmódicamente, reprimiendo como podía las ganas de gritar y tan mojada por el placer que estuvo a punto de llorar mientras que el docente seguía moviéndose, manejando el manubrio acompasadamente, como un serrucho sobre la madera.

—Ahh, ahh, ahhh, oh, oh, oh, ohh, ¡ohh!, ¡ohhh!

—¿Te gusta?

—¡Ohh!, ¡ohhh!, cómo me pones, ¡cómo me pones! —fue lo único que la muchacha consiguió contestar en un hilo de voz.

El profesor llevó una de sus manos hasta su vientre, la metió por dentro de la falda y hábilmente, llegando hasta su vagina, adentró la mitad del índice para que éste se juntara con su propio miembro, Briseida se notó envuelta en una especie de sándwich sexual delicioso.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡ohhh!, ¡ohhhhh!

Continuó follándosela mientras una de sus manos ayudaba a la penetración y la otra le agarraba con fuerza un seno hasta que la chica se corrió casi por sorpresa, teniendo un orgasmo indescriptible y temblando tanto que a punto estuvo de perder el equilibrio.

—¡Ohhh!, ¡¡ohhhh!!, ¡¡ohhhhh!!, ¡ohhh!, ¡ohh!, ¡oh!, ¡ahhh!, ¡ahhhh!, ahhhh.

Mientras su cuerpo se estremecía golpeaba la mesa con el puño, contorsionando su cuerpo como una serpiente.

—¡Ahhhhhhhhhhhh!, ahhhh, ahhhhhh.

Se sintió exhausta, también un poco frustrada y bastante avergonzada mientras el profesor se retiraba de su interior con cuidado. Se incorporó y dándose la vuelta, buscando la mirada del maestro, le dijo:

—Lo siento, no podía más, ahora te terminó, te haré lo que quieras.

—Claro que lo harás —afirmó él— ponte a cuatro patas —le ordenó señalando la parte del despacho libre de muebles.

La joven obedeció, colocándose con las manos y las rodillas en el suelo y esperando al profesor mientras seguía recuperando el aliento. Enseguida le acompañó su amante, poniéndose de rodillas en el suelo y acomodándose detrás, restregando su miembro por el sexo de la estudiante mientras volvía a agarrarla por las caderas.

—Quiero tener algo que nadie haya tenido.

Briseida intentaba entender aquella frase cuando enseguida notó de nuevo el glande, esta vez explorando en su ano.

—Dime Briseida, prisionera de Aquiles, ¿alguna vez has practicado el sexo anal?

—No —contestó ella algo asustada.

—Bien, pues no te preocupes, te prometo que seré delicado.

La respiración del profesor sonaba más profund que en toda la tarde y sin darle tiempo a réplica comenzó a presionar contra su culo decididamente, aumentando los temores de ella.

—Ahh.

—Tranquila, solo duele un momento.

Siguió apretando con fuerza, casi clavándole las uñas en las ingles hasta que consiguió meterle el bálano con dificultad para después penetrarla hasta la mitad de su pene.

—¡Ohhh!, ¡ohhh!, sí, así, lo estás haciendo muy bien.

El dolor era casi insoportable, pero aguantó estoicamente por miedo a decepcionar al maestro, creyendo tener una deuda con él.

—¡Ahhh!, así, así, ¡asíii!, muy bien, ¡muy bien! —gemía mientras conseguía una penetración casi completa, notando el falo excitantemente apretujado dentro del conducto.

Con determinación empezó a embestirla con fuerza, la visión parcial de sus pechos moviéndose hacia delante y hacia atrás y sentir sus testículos rebotar contra aquellas nalgas de acero le proporcionaron un placer animal, no había nada mejor que un cuerpo joven y perfecto.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡ohhh!, ¡ohhhhh!, ¡¡ohhhhhh!!, así, muévete, muévete un poco.

Briseida volvió a tener ganas de llorar, esta vez por el insoportable dolor de cada acometida, pero obedeció al docente orgullosa de demostrar su compromiso hacia él, completamente anulada. El maestro le agarró las mamas con fuerza, apretándolas con cada ataque cegado por la pasión.

—Estás buenísima, eres perfecta, ¡eres mía!

El “clap, clap” de sus huevos chocando con fuerza contra el culo fue demasiado excitante incluso para el experimentado amante que se corrió dentro de la muchacha, estallando en gritos y espasmos mientras le magreaba los pechos con tanta rabia que le arañó la piel.

—¡¡Síiiiii!!, ¡síiiii!, ohhh, ohhhh, ¡¡ohhhh!!, ¡ohhhhhhhhhhh!, ¡¡ohhhhhh síiiiiiiiiii!!

Segundos después Juan Carlos se retiró del interior de la joven, sentándose en el suelo, recuperando lentamente la respiración mientras afirmaba:

—Seguro que nunca te han follado así.

Briseida se tumbó sobre la moqueta, tapándose la parte de abajo con la faldita que aún llevaba puesta a petición del profesor. Su último pensamiento fue:

«Exhibida, prostituida, arañada y sodomizada».


Comunidad de Autores y Lectores de TodoRelatos
Chatea online con webcams!

comunidad.todorelatos.com

© Charles Henry Black

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradecerán y supondrá una mejora en la calidad general de la web.
 Comentarios sobre este Relato (14)
\"Ver  Perfil y más Relatos de Charles Henry Black
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« VOLVER A LA PAGINA ANTERIOR IR ARRIBA  ▲
 
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.
LWNET 1999-2017 | TodoRelatos.com v3.80
Info Legal / Privacidad / Cookies · Ayuda · Stats · Enlaces · Contacto · Webmasters (Sponsors Favoritos)