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Fecha: 20-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

La esclava infeliz (2ª parte)

Stholle
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Tiempo estimado de lectura: [ 62 min. ]
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Historia de una joven que acepta la esclavitud por amor. Pero ese sentimiento puede no ser suficiente para alcanzar la felicidad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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LA ESCLAVA INFELIZ (2ª PARTE)

(Debo perdir disculpas por el tiempo transcurrido en retomer este relato, pero por causas ajenas a mi voluntad no pude retomar la pluma. El primer capítulo fue escrito el 12/10/12. Por eso he hecho bastantes referencias en este segundo capítulo a lo que aconteció en el primero para que no se pierda la ilación de la historia. De todos modos invito a leer el primer capítulo publicado en este portal de todo relatos antes de emprender la lectura de esta segunda parte para conocer y meterse de lleno en la historia de nuestra protagonista. Prometo continuar en las siguientes fechas los proximos capítulos hasta poder terminar la historia. Espero que os guste).- 

 

   La luz del amanecer me despertó. Tenía frío y me dolía la espalda horrores. Había pasado la noche desnuda, en el suelo enmoquetado del dormitorio por orden de mi Amo y con una simple toalla como único cubrimiento. Me levanté trabajosamente y busqué en el armario una camiseta para protegerme del frescor matutino.

   Le miré. Estaba durmiendo plácidamente acurrucado entre las sabanas de nuestra espaciosa cama. Sin hacer ruido fui hasta la cocina y me dispuse a preparar el desayuno con la esperanza de que todo volviera a la normalidad. Me aferraba en la creencia de que lo ocurrido el día anterior, tenía que haber sido una prueba  para evaluar mi docilidad y mi acatamiento sin reservas a sus órdenes, por muy escabrosas que éstas fueran. Seguro que tras la noche recapacitaría y al despertar pasaría por alto esas “absurdas reglas” que me impuso el día anterior, al menos eso era lo que deseaba en lo más recóndito de mí ser.

   Le preparé un sustancioso manjar a base de zumo de naranja natural y buen café expreso acompañado de tostadas, todo ello fue colocado en una bandeja dispuesta al efecto y me encaminé hacia el dormitorio con la esperanza de reencontrarme al hombre cariñoso del cual me había enamorado perdidamente hace un mes.

   Con mucho cuidado de no hacer ruido deposité la batea a un lado de la cama y empecé a besarle el cuello con la mayor delicadeza y dulzura que mis enamorados labios me permitían. Poco a poco se fue despabilando hasta que, en un momento dado, fue consciente de la situación y bruscamente con su mano me empujó con fuerza, haciendo chocar mi cuerpo contra la cubeta derramando parte del café.

    ¡Qué estás haciendo!, -exclamó-. Has manchado mis sábanas con tu asqueroso brebaje.

   Me quedé helada ante su comentario y atiné a decir; Sólo quería agradarte haciéndote el almuerzo. –Respondí con voz temblorosa- y con un sonido casi inaudible por el miedo, le susurré, pensaba que todo podría volver a la normalidad...

   ¡Estás loca o qué! -Gritó zarandeándome por los hombros– Parece ser que no te quedó clara tu nueva posición –Continuaba vociferándome-.

   En primer lugar nunca vuelvas a tener ninguna iniciativa. Tu única misión en este mundo es y será obedecerme, cada segundo de tu asquerosa existencia me pertenece. Métetelo de una vez en esa cabeza que tienes sobre los hombros. -Mientras me lo decía con su dedo índice me martilleaba a golpecitos mi sien-.

   De repente me miró un segundo y agarró con fuerza una de mis mangas de la camiseta que llevaba puesta y acercándola a mis ojos, volvió a gritar;  ¡¿Quién te ha autorizado a vestirte?!

   Yo, tenía frío... Pensé que no era importante que me pusiera una camiseta...

   No me dejó terminar la frase, sentí un fuerte golpe en mi mejilla derecha que me volvió la cara de lado y suerte a que me tenía cogida de una manga porque de otro modo estoy segura que me hubiera tirado al suelo. Mientras masajeaba con mi mano el rostro dolorido por la bofetada, volvió a tirar de mi camiseta y con cara de desprecio me espetó;

   ¡Primer error!, ¡No vuelvas a tener ninguna idea a no ser que sea la de obedecerme ciegamente o acabaré por destrozar tu estúpida cara a golpes!, -cada vez iba alzando más la voz-, si tienes frio, te jodes. Te vestirás cuando yo lo decida y te pondrás lo que yo determine. Si no lo entiendes a la primera, volveré a atizarte cuantas veces sea necesario hasta que aprendas a comportarte como la esclava que eres. ¿Está claro?

   Si, -respondí entre sollozos-. No sabía qué hacer, no acababa de comprender este cambio tan repentino que había tenido desde ayer por la tarde. Creía que con haber sido follada por aquel impresentable en aquel motel de mala muerte había terminado todo. Pero no, me estaba mostrando como mi vida había cambiado por completo. Era cierto, sería su esclava y lo que era peor, sería tratada como tal...

   Me zarandeó por la manga sacándome de mis disquisiciones;  ¿A qué esperas para quitarte esto?, -me interrogó-. Vamos, que no te lo tenga que volver a repetir porque te doblo la cabeza a golpes, -seguía gritando-.

   Me despojé de la camiseta tirándola al suelo, volviendo a quedar totalmente desnuda.

   Así permanecerás en la casa. Siempre en pelotas para quien te quiera usar. Cuando no estés cumpliendo una orden, -proseguía exponiendo sus normas-, permanecerás en un rincón del salón principal de la casa, sentada sobre tus rodillas, con las manos por detrás de la espalda y con los muslos ligeramente abiertos. Tu raja debe estar siempre expuesta a cualquier mirada. ¡Está claro!, -me gritó-.

   Sí, mi amo. -Respondí de la forma más sumisa posible por miedo a que me volviera a golpear-.

   Ahora limpia todo este destrozo que has causado, -me ordenó señalando los restos de desayuno esparcidos por el suelo-, haz la cama y preséntate a mí una vez hayas terminado,  -me ordenó-.

   Acto seguido se levantó y se fue a darse una ducha.

   Me quedé sola en la habitación intentando poner en orden mis ideas mientras limpiaba y cambiaba las sábanas machadas ejecutando de la mejor manera posible sus indicaciones. Mis lágrimas salían sin ningún control pero eso no fue óbice para terminar en poco tiempo el mandato recibido.

   Justo al finalizar y recoger los restos del desayuno, apareció en el dormitorio pulcramente vestido.

   ¡Ven aquí!, -me ordenó-. Ponte de rodillas a cuatro patas y espera.

   Sin pensar en ello por miedo a sus represalias, me puse de rodillas y, colocando mis nalgas donde él las pudiera ver mejor, me situé a cuatro patas y esperé. Me mantuvo en esa posición humillante bastante tiempo, mientras buscaba algo entre los cajones de su escritorio.

   Ábrete el culo con las manos, -me instó en un momento dado-. Obedecí al instante. Me lo abrí todo lo que pude quedando mi ano totalmente abierto. De repente noté que me embadurnaba la pequeña abertura con algo pringoso. Seguidamente y sin darme tiempo a reaccionar me introdujo suavemente un plug anal. Le costó un rato meterlo. Mi recto nunca había sido deshonrado hasta ese día. A medida que iba empujando me iba doliendo cada vez más; empecé a gritar. A mi Amo parecía no impresionar mis bramidos porque lo introdujo hasta la misma empuñadura.

   Irás con el tapón metido todo el día, no se te ocurra quitártelo o sufrirás un duro correctivo. Quiero que tu agujero se vaya dilatando porque entre “tus nuevas obligaciones”, -sonreía maliciosamente mientras me lo contaba-, será recibir por tu culo cuantas pollas y  otras cosas se me ocurran. Poco a poco iré metiéndote un dildo más grueso hasta que tu ano se dilate más que tu propia vagina. Si tienes ganas de cagar, me pedirás permiso y yo decidiré si te lo puedes quitar o no.

   Levántate y hazme el desayuno. -Me ordenó-.

   Me sentía totalmente empalada por dentro. Al principio  con el simple movimiento de mi cuerpo el tapón parecía moverse en mi interior,  pero poco a poco me fui acostumbrando a llevarlo, al menos a hacer otras labores sin tenerlo presente en mi cabeza.

   Volví a prepararlo por segunda vez, con el dildo dentro del culo y de la manera más sumisa de la que fui capaz. Mientras mi Amo degustaba las viandas permanecí de  rodillas, apoyada sobre mis talones, con los muslos ligeramente abiertos y mis manos a la espalda, tal como me había ordenado que me sentara cuando no tuviera nada que hacer y mientras esperaba sus próximas instrucciones, que no tardaron en llegar...

  Para que vayas comprendiendo más a fondo tu nueva situación y mientras almuerzo, te volveré a reiterar lo que te dije anoche cuando llegamos del motel. Lo de ayer será lo habitual. Te follarán desconocidos en cualquier momento y situación cuando yo lo ordene, pero no siempre te los buscaré yo. Muchas veces serás tú quien salga a la caza del “cliente”, creía que ya te había quedado claro, pero como parece que eres dura de mollera no me importa volvértelo a repetir.  

   En alguna ocasión, -seguía hablando pausadamente-, pondré algún anuncio ofreciendo tus servicios, y otras te dejaré tirada en sitios donde se practique la prostitución más depravada para que busques usuarios decididos a usarte de la manera que crean conveniente. En cualquier forma, la dinámica será la misma, al terminar vendrás a contarme exhaustivamente tus andanzas mientras te metes los dedos en los agujeros que hayan sido utilizados y sacas toda la leche que te comerás en mi presencia, pues como te dije ayer, nunca más volverás a utilizar condón ni nada parecido, tus orificios no son más que meros receptáculos de semen y mierda, espero que te haya quedado claro, -hizo una pequeña pausa para encenderse un cigarro y dando una bocanada continuó hablando-;

   Y no pienses que no me preocupo por tu salud. Como te dije ayer, después de cada sesión, te desinfectarás los agujeros que hayan sido usados y te tomarás la pastilla del día después hasta que concertemos algún cirujano que te ligue las trompas, no podemos permitir embarazos de una ramera como tú. Si, a pesar de todo, te pegan alguna mierda de transmisión sexual la atajaremos de la mejor manera posible siempre que tenga cura, si no la tuviera, ya no me servirías, pero te quedara el consuelo de haberlo pillado sirviendo a tu Amo, y tal como te dije ayer, te lo vuelvo a repetir hoy, ¿qué más dicha se puede esperar de una esclava? Así que encomiéndate a todos los santos y mantén bien limpio tu coño. –Apuró la taza de café-.

   En ese momento me di cuenta de que todo iba en serio. Las lágrimas me salían sin control, pero  mi amo no parecía enternecerse. Apago el cigarro y volviéndome a mirar, continúo platicando;

    Hoy no desayunarás, por tus torpezas de esta la mañana te quedarás sin probar bocado. Ya comerás algo por la noche si te portas bien y acatas todos los preceptos. Te quiero dentro de 30 minutos con el coño, el ano y toda la zona perineal bien depiladas, vestida con una minifalda y una camisa de tirantes y nada más. No te digo sin bragas y sujetador porque ayer los tiraste todos y hazte una trenza en el pelo. ¿Alguna pregunta?, aprovecha, no siempre podrás hablar, hoy me siento generoso, -me dijo mientras se levantaba y se dirigía a la puerta-.

   Inesperadamente solo me salió una duda un tanto absurda pero que, sin pretenderlo, dio pie a que mi Amo, me impusiera otras obligaciones; perdón, ¿qué calzado quiere que lleve puesto?, parecía que interiormente estaba asumiendo mi nuevo roll de esclava.

   Si, se me olvidaba esa cuestión, -dijo deteniéndose en el cerco de la puerta de salida-, irás descalza. Al igual que hiciste ayer con tu ropa interior, cuando termines de arreglarte y antes de que yo llegue a buscarte, cogerás todos tus zapatos, zapatillas, botas, en definitiva, todo el calzado que tengas, lo metes en bolsas de basura y lo tiras al contenedor de la calle. Nunca más iras calzada, tus pies siempre permanecerán desnudos. –Se detuvo a pensar un segundo y prosiguió-;

   Cuando digo que iras descalza me refiero por supuesto al calzado pero también a cualquier recubrimiento que pueda tener el pie, es decir, también tirarás todos los calcetines, pantis  y medias. Quizás, al principio pueda molestarte algo pero, con el tiempo, no lo dudes, tus pies se acostumbraran a ello, tus plantas se curtirán y no  los echarás de menos  –seguía hablando-. Me da igual que llueva, nieve, haga frío o calor, vayas a casa de tus padres, al médico o adonde sea, siempre y cuando yo te autorice esas visitas, pero iras con los pies desnudos. Si alguien te pregunta el por qué no llevas calzado, responderás lo que te venga en gana pero que sea contundente y creíble porque si me entero de que alguien te regalara algún tipo de zapato, media o similar, además de tirarlo inmediatamente a la basura, el castigo que recibirás por ello será muy contundente –replicó-.

   Que listo era, se adelantó a mi siguiente pregunta acerca de si podía quedarme algún par para cuando tuviera que ir a algún sitio especial o a casa de mis padres. Estaba visto que me tendría que despedir del calzado para toda la vida, al menos, mientras estuviera con él,        -pensé-.

   Abrió la puerta pero antes de salir se giró y me dijo; por cierto, tampoco irás maquillada, haz con todas tus pinturas lo mismo que con el calzado, lo metes en bolsas y lo tiras. Nunca más volverás a maquilarte ni a pintarte los labios y ojos eso es para mujeres y no para esclavas como tú. También observarás la regla siguiente; -continuaba hablando- Las uñas de las manos y pies siempre  recortadas al máximo que puedas y sin pintar. Coges todos los esmaltes que tengas y los tiras también al contenedor. Tu ya no estás en este mundo para gustar a nadie, ni siquiera a ti misma, tú solo estás para obedecer y ser utilizada de la forma que tu Amo crea conveniente –dijo en un tono lo más cruel que pudo-  y, por supuesto, no se te ocurra sacarte el tapón anal, te depilas esa zona todo lo que puedas pero sin quitártelo. Ya sabes, en 30 minutos te quiero preparada en la puerta de la casa y con todas las órdenes cumplidas a rajatabla. Cuando oigas sonar el claxon sales y te metes en el coche.  -Partió a la calle sin volverme a dirigir la palabra  cerrando la puerta tras de sí-.

   Me quedé aturdida, y me entraron ganas de abandonarle. Todas estas órdenes pasaban totalmente de la raya imaginaria que debe existir entre una relación con tintes de sumisión y bondage a una esclavitud perpetua.  Me acordé de sus palabras la noche anterior de que cuando quisiera podría marcharme y, aún a riesgo de volver a casa de mis padres “con el rabo entre las piernas”, era mucho mejor que una vida dedicada a ser su puta y su esclava por mucho que estuviera enamorada de él.

   Me daba vueltas a la cabeza ¿por qué dijo que solo estaba en el mundo para obedecer lo que tu Amo crea conveniente?, ¿significaba que me pensaba ceder en un futuro a otro Amo?, ¿o hablaba en tercera persona solo para impresionarme? Cada vez estaba más claro de que acabaría perteneciéndole en cuerpo y alma, aunque todavía me asaltaban algunas dudas. Pero de ahí a pertenecer a otra persona solo porque mi Amo así lo dispusiera, mediaba un abismo. Todo eran preguntas, cuestiones sin resolver, no sabía qué hacer, la cabeza me dolía de tanto pensar y las lágrimas volvían a asomarse en mis ya enrojecidos ojos.

   Sea como fuere, el caso es que algo en mi interior, me empujaba a obedecerlo ciegamente y, como una autómata, me dirigí al baño a depilarme las zonas que me había ordenado. Una vez terminada la operación que costó un poco más de tiempo, al rasurar el anillo anal con el dildo puesto, aproveché para darme una ducha y por último, mientras me secaba el cabello,  me recorté las uñas de mis pies y manos lo máximo que pude. Cuando el pelo estuvo seco, me hice una trenza según me había ordenado. Ya terminado mi aseo personal me encaminé al dormitorio donde me vestí de la forma establecida por él.

   Acto seguido agarré varias bolsas de basura y metí dentro de ellas todos mis zapatos, zapatillas y demás calzado de que disponía. Abrí el cajón del armario donde guardaba mis medias, pantis y calcetines y también procedí a meterlo en las bolsas. Era increíble que,  hasta hace un día, ese cajón estaba a rebosar entre mi ropa interior y mis medias, ahora se encontraba totalmente vacío.

   No podía creer que hubiera cambiado tantas cosas en tan poco tiempo. Me di unos segundos para calmarme y suspire varias veces. Un poco más tranquila volví al cuarto de baño y, como un robot, atenacé todo el maquillaje femenino y el esmalte de uñas que tenía y los arrojé en las aludidas bolsas.

   Abrí la puerta de salida y me encaminé al depósito de basuras, lo abrí y mirando al cielo volví a suspirar un minuto. Lo que iba a hacer a continuación condicionaría mi vida en el futuro, lo sabía, era consciente de ello, pero una fuerza interior que desconocía me empujaba a hacerlo y obedecerle ciegamente. Con mucha tristeza deposité las bolsas dentro del contenedor. Tuve que hacer un par de viajes más hasta cumplir en su totalidad la orden dada por mi Amo.

   Ya me encontraba preparada con el atuendo que me había indicado en la entrada de la casa cuando justo a los 30 minutos, sonó el claxon de su coche. Abrí la puerta y salí a la calle. Descalza, sin ropa interior y quemándome ya en las entrañas el dildo anal que llevaba incrustado en el fondo de mi ano.

   Me introduje dentro del coche y éste, sin mediar aviso, se puso en movimiento perdiéndonos entre el tumulto de la ciudad. ¿Has tirado a la basura todo lo que te ordené?, -preguntó de improviso- sí, mi Amo, no me queda ningún zapato, ni maquillaje ni nada de lo que usted me mando tirar. –repliqué sumisamente-.  Muy bien –comentó satisfecho-.

    No volvió a hablarme durante todo el trayecto. Condujo durante bastante tiempo, no sabría decir cuánto, a mí me pareció una eternidad. Íbamos bordeando los arrabales de la ciudad hasta llegar a una especie de polígono industrial. Ya era casi mediodía de un viernes de primavera. Permaneció callado todo el trayecto sin dirigirme para nada la palabra.

   Llegamos a una especie de fábrica deteniendo el vehículo justo a la altura del portón de entrada. Aparcó el coche junto a la acera de enfrente perpendicular a la puerta principal de la mencionada empresa. Allí estuvimos esperando durante bastante tiempo, sin salir y sin hablar. Consultaba su reloj con frecuencia hasta que exclamó; ya es casi la hora empieza a prepararte.

   No sabía a qué se refería con que me preparara, ¿a qué debía prepararme?, seguía en silencio, algo parecía decirme en mi interior que no serían buenas noticias, pero la verdad desconocía que estábamos haciendo en aquel lugar tan solitario, al menos en apariencia. Sacándome de mis disquisiciones, empezó a hablar;

    Te diré qué es lo que has venido a hacer aquí. De momento te bajaras del coche y esperarás a que los obreros de esta fábrica empiecen a asomar por la puerta, es casi la hora, -volvió a consultar su reloj-  Cuando empiecen a salir para tomar su almuerzo quiero que consigas clientes. Si, debes buscar el mayor número de ellos. Obreros dispuestos a follarte,  a usar tu cuerpo de la manera que quieran, ¿me entiendes? –preguntaba-.

   Sin esperar respuesta por mi parte, continuó hablando; Pero además deberás pedirles a cambio dinero, cinco euros por mamada, diez euros por polvo y nada de condones, ya sabes, todo a pelo, quiero que te traten como la guarra que eres, la escoria putrefacta que solo sirve para ser usada y utilizada. Si quieren follarte el culo te quitas el dildo y te lo vuelves a poner cuando terminen. Pero quiero todos tus agujeros llenos de lefa. Y no te preocupes por el espectáculo,  -reía visceralmente-, follaras y mamarás ahí en la misma acera, estoy seguro que a ellos no les importará. De inmediato volvió la seriedad a su rostro, -continuaba hablando-,  pero mucho ojo,  serás castigada esta noche por cada uno que te use sin pagar,  y no vuelvas hasta que yo te lo ordene.  Cuando vea que estás llena de leche te tocaré el claxon y subirás pero nunca antes.

   Me quedé estupefacta, sin habla. Yo, una chica tímida, apocada hasta ayer iba a tener que ir a la caza de los hombres para pedirles, suplicarles incluso que me montaran, me sobaran o hicieran conmigo lo que quisieran y encima debía cobrarles por ello. Me puse a llorar, le supliqué que tuviera compasión de mi pero lo único que conseguí fue que me cogiera de la coleta tirándome con tal fuerza que creía me iba a dejar calva. El dolor que me produjo fue tremendo y acercándose a mi oído sin soltarme el pelo, me dijo suavemente pero con firmeza; Zorra, harás lo que yo te diga. Obedecerás sin rechistar y con cara alegre pues someterte a tu Amo tiene que ser lo único que justifique tu asquerosa existencia en este mundo. ¿Lo entiendes?, -gritó– y ahora baja y quédate en la acera de enfrente paseando ¡y pon cara de puta para que te vean bien!- Volvió a vociferar-.

   No sabía con exactitud cómo poner ese tipo de cara que me estaba ordenando, pero de manera mecánica contesté; Si mi Amo, -ya entre auténticos sollozos-.  ¡Un momento!,          -gritó–, justo cuando me disponía a abrir la puerta del vehículo; ¡desnúdate!, me quedé de una piedra, no comprendía exactamente lo que quería... Me volvió a tirar con fuerza de la trenza; ¿no entiendes la orden zorra?, ¡quítate la blusa y la falda estúpida puta!, vas a pasearte en pelotas para que no haya ninguna duda de lo que vas a hacer y los obreros sepan desde el primer momento el pedazo de guarra que eres. ¡Vamos, no tenemos todo el día!, están a punto de salir  -volvió a bramar-.

   Temblando de miedo me quité la blusa y me bajé la falda quedándome totalmente desnuda. Me temblaban las manos y no atinaba a dar con el picaporte del coche y abrir la puerta tuvo que hacerlo mi Amo y empujarme fuera del mismo. Me tiritaban las piernas, a duras penas conseguí dar un par de pasos fuera del vehículo. El portón continuaba vacío de gente, eso me tranquilizó en un primer momento. La calle aun permanecía desértica.

   Me encontraba a escasos metros del vehículo cuando vi a mi Amo que bajaba del mismo y me llamaba;

Ven un momento. Ponte delante de mí y sacando un rotulador del bolsillo de su chaqueta de esos de punta muy gorda y negra me escribió debajo de los pechos y hasta el empiece del pubis en cuatro grandes líneas, con letras mayúsculas y muy bien remarcadas la siguiente leyenda: OFERTA: POLVO 10 EUROS. MAMADA 5 EUROS. TODO A PELO. Date la vuelta, -me ordenó-, voy a escribirte lo mismo en la espalda para que puedan leerlo desde cualquier posición. Una vez terminado su obra me ordenó pasearme por la calle y esperar en la acera de enfrente. No Era una vía muy ancha, no tendría más de diez o quince metros de amplitud, por lo que era totalmente visible mi cuerpo y su correspondiente inscripción.

   Me dolían las plantas de los pies por la gravilla de la calzada pero la vergüenza era mayor a la propia angustia que sentía. Pensé, en esos momentos que, incluso debía de verse perfectamente el dildo incrustado en lo más profundo de  mi ano, al menos, el mango del tapón que, al ser de color negro, sobresalía entre mis blanquísimas nalgas.

   Pude observar como mi Amo se metía de nuevo dentro del coche y sacaba un periódico que ojeaba distraídamente sin importarle, al menos en apariencia, el espectáculo que estaba ofreciendo en la calle.

   Pasaron unos minutos, todo parecía en la más absoluta normalidad, pero en un momento determinado se oyó una sirena muy potente e, inmediatamente de iniciarse dicho estruendo, empezaron a salir bastantes obreros por la puerta principal.

   Intentaba taparme lo que podía con las palmas de mis manos, pero era inútil; mi desnudez ante aquella turba de empleados empezaba a ser evidente. Los primeros en salir iban deprisa, no parecían darse cuenta de la chica desnuda que estaba enfrente de la calle, pero poco a poco algunos obreros comenzaban a señalarme con la mano. Los comentarios obscenos que se decían unos a otros sobre mi persona hicieron que volvieran a aflorar las lágrimas en mis enrojecidos ojos.

   Algunos, ya sin ningún rubor, cruzaron la acera y se dirigían directamente hacia mí. Intentaba taparme la vagina con mis manos pero mi pecho desnudo y la leyenda que me había escrito mi Amo en el cuerpo, invitaban ya a los más osados a abalanzarse sobre mi persona. Cerré los puños con toda la rabia de la que fui capaz y me dispuse a enfrentarme a esta dura prueba que me había obligado a realizar;

   ¡Vaya con el regalo!, -se decían unos a otros-. Mirar, lleva escrito en la piel que esta de oferta –gritaba uno- Pues es verdad, cobra 5 euros por la mamada y 10 por el polvo y a pelo, -comentaba riéndose otro-.  Está visto que su chulo la tiene de oferta – se burlaban algunos-. Vamos preciosa, ¿no haces rebaja a grupos?, -reían todos sin parar-. Fijaos, lleva el coño pelado, ¡cómo me gustan las putas que lo tienen así! –Bramaba otro señalando mi vagina con un dedo de su mano-.

   La vergüenza que estaba pasando, unido al miedo visceral de tener a tanto hombre mirando mi desnudez hizo que me orinara encima. Mis muslos se llenaron de mi fluido corporal cayendo por el resto de mis piernas en un par de canalillos que terminaron en un pequeño charco cerca de mis pies. Este espectáculo todavía exacerbó aun más el instinto primitivo de la caterva de obreros dispuestos a ultrajarme.

   De repente me vi en el centro de una auténtica multitud de desalmados. Me rodearon y sentí mi cuerpo mancillado por muchas manos ansiosas de tocar y abusar de una chica tan joven como yo. Me tumbaron a la fuerza en el frio suelo de la acera de aquel sucio polígono industrial. Unas manos me abrieron las piernas y, sujetándome ambos tobillos, consiguieron descubrir lo más profundo de mi anatomía femenina. Otras me agarraban fuertemente las muñecas lo que impedía mi total defensa. Sentía diferentes garras sobándome las tetas, pellizcándome con furia los pezones hasta hacerme llorar de dolor. Suplicaba clemencia a gritos, pero nadie parecía escucharme. Notaba muchos dedos metiéndose en mi raja con brusquedad, otros intentaban seguir el mismo camino pero no había sitio para tantos y acabaron por hincar sus sucias uñas en los alrededores de mi vilipendiada vagina ocasionándome algunos rasguños. Gotas de sangre se dejaban ver por las cercanías. Trataba, con todas mis fuerzas, de cerrar las piernas pero todo empeño resultó baldío...

   ¡He chicos!,  -gritó uno de ellos-, tiene metido en el culo un consolador –reía sin cesar-. Subirla las piernas que voy a sacárselo, -exclamó otro-. Acto seguido las manos que me sujetaban ambos tobillos manteniéndome las piernas totalmente abiertas pegadas al suelo, me las levantaron y quedé con la cabeza tocando peligrosamente el piso. En esa postura, una mano me arrancó de golpe y sin contemplaciones el dildo que llevaba incrustado en el culo. Aullé de dolor.

   Inmediatamente después volvieron a posarme en la acera y las mismas manos u otras retornaron a su posición anterior y volví a quedar atrapada con los brazos y piernas abiertas en una gran aspa. Para que dejara de gritar alguien me introdujo en la boca el tapón anal que me acababan de quitar del culo. El hedor de mi propia mierda metida en la boca unido a lo profundo que introdujeron el dildo que rozaba mi campanilla, hizo que tuviera auténticas arcadas convulsionando mi cuerpo a tal punto que me empezaba a faltar el oxigeno. Creí morir en ese instante.

   No sé lo que duró este calvario, quizás minutos o quizás horas, no lo sé, pero si alguien no paraba a esa multitud de depravados podía acercarse el final de veras. En ese momento, alguien intentó poner algo de orden y a gritos exclamó;

   ¡Vais a matarla joder!, ¡dejar que respire un segundo! –gritaba a los demás-. Debía ser uno a quien respetaban porque de inmediato aflojaron la presión del dildo y pude inhalar algo de aire. Seguía, eso sí, con las muñecas y los tobillos fuertemente agarrados pero al menos, mis pulmones, pudieron recuperar su función.

   Pensaba que todo este calvario pudiera ir tocando su fin, que la cordura podría volver a instaurarse entre tanto degenerado y que el que actuaba de cabecilla, exhortaría a los demás a dejarme marchar, lamentablemente no fue así... El que voceó pidiendo que me dejaran respirar tomó la voz cantante en esa especie de aquelarre sexual en la que mi Amo me había metido; ¡Poneros en fila los que queráis follar a esta puta!, y los que no, ya os podéis marchar que aquí no hacéis nada, no queremos mirones -Exclamó-, y tu, preciosa, espero que colabores y nos hagas gozar, de eso depende que te paguemos -me gritó-.

   Mientras la fila se iba formando, unos se empujaban a otros, queriendo tener un lugar más privilegiado que el compañero. Poco a poco los más veteranos se hicieron fuertes y alegando tal condición ocuparon los primeros puestos de la hilera humana. Entretanto se “repartían” las mencionadas posiciones, el que dirigía la situación me metió dos de sus asquerosos dedos en mi coño y acercándose a mi oído me susurró, ¡Pobre de ti si nos pegas alguna mierda porque entonces no habrá sitio donde te puedas esconder! –Acto seguido, frunciendo el ceño, me dijo-, ¡Mira que eres guarra y cerda, lo tienes todo meado!               –Profirió con cara de repugnancia-. Sacó sus dedos mojados de mi entrepierna y, quitándome el dildo que llevaba en la boca, me los metió con brusquedad.  Chúpalos y déjalos relucientes –me ordenó-. Mientras succionaba aquellos miembros apestosos, llenos de grasa, con roña muy negra entre las uñas, amarillos de nicotina y ahora también mojados de mi orina, el seudo líder pidió un momento de atención y a voz en grito dirigiéndose a sus compañeros, mientras me apretaba fuertemente un pecho con la otra mano, los exhortó;  ¡No le haremos ascos a este cuerpo!, ¿verdad chicos? -todos reían-. ¡Empezar a joderla que se nos enfría la puta! –Volvió a ladrar-.

         Al fin, la cadena de violadores pareció formada en su totalidad. No sabría decir con certeza cuanta gente había esperando,  pudieran ser diez o quince o quizás más, el caso es que era  larga. Todos obreros, hombres mugrientos con la cara babosa y salivando lujuria ante lo que iba a suceder en breves instantes.

   ¡Atender!, -seguía hablando el que parecía liderar al grupo-, A medida que os vaya tocando  la folláis por el agujero que os venga en gana y si el polvo es de vuestro agrado dejáis el dinero dentro de esta bolsa que os he dejado junto a ella. Si no os gusta su labor, no la paguéis, seguro que su chulo os invita. -Una carcajada sonó al unísono por los bellacos que pacientemente esperaban en la hilera a que les llegara su turno-.

     El primero, como no podía ser de otra manera, fue el que ponía orden en todo este maremágnum y parecía autodenominarse cabecilla de esta torva de desalmados; ¡Ponte de rodillas a cuatro patas! -me ordenó-. Hice lo que me mandaba y me la metió sin ninguna contemplación hasta la base de sus huevos. Las rodillas me dolían por el peso del obrero que tenia detrás. Con su mano derecha me estrujaba la cara contra el sucio suelo para que mantuviera mi culo más en pompa y con la izquierda me magreaba con brutalidad y, sin ningún tipo de miramiento, mis laceradas tetas. Se movía aceleradamente, cada envestida era acompañada de un vaivén que me apretujaba aun más mi sufrido rostro contra los adoquines del duro pavimento. Di gracias a Dios de que no tardara más de cinco minutos en descargar toda su leche dentro de mi maltrecho coño.

   Así fueron aliviando sus pollas todos los patanes que quisieron. Utilizaban un sistema parecido, llegaban frente a mí, la mayoría solo se desabrochaban la bragueta y sacaban su instrumento y los menos se bajaban los pantalones hasta la rodilla, y me ordenaban lo que les apetecía. Ya les dejaba hacer, me limitaba, de la manera más mecánica posible, a obedecer y colocarme en la postura que deseaban.

   Había quienes me la metían antes en la boca para que, una vez lubricada, pasaran a ensalzármela por la vagina y correrse dentro de ella o si no podían aguantar, la descarga la hacía dentro de mis castigadas fauces que tuvieron que tragar apresuradamente la leche recibida por la impaciencia del siguiente operario en ocupar su lugar. Mi lengua tuvo que trabajar a destajo limpiando todos esos penes mal oliente, con restos de orín y mugre pegados en su capullo.

   Otros se consolaban solo en mi coño que fue mancillado en todas las posturas inimaginables. Lo peor fue mi ano. Menos mal que no fueron muchos los que se animaron a sodomizarme, aunque decir que no fueron muchos es tal vez una expresión un tanto incorrecta, pues la fila era tan grande que los que se decidieron a encularme quizás fueran más de cinco.

   El primero que quiso darme por culo me hizo ponerme de rodillas y bajar la espalda hasta tocar mi cara en el suelo mientras me ordenaba abrirme las nalgas con mis manos. Escupió justo en el centro del ano y, sin más contemplaciones, me la metió hasta la empuñadura. Al tener el recto bastante escocido, como consecuencia de llevar el tapón anal varias horas puesto y ser la primera vez en mi vida que me daban por detrás, me produjo un dolor exorbitante. Grité de angustia, pero a él no pareció importarle. Me cabalgaba sin ningún miramiento, mientras me voceaba que me moviera como la puta que era. Las rodillas se me clavaban en el suelo, chillaba por el daño que me estaba infligiendo, pero él, al contrario, mis lamentos aún le produjeron una excitación todavía mayor y me inundó de sus fluidos todo el conducto rectal.

   Así fueron pasando uno tras otro. La fila no parecía tener fin y lo que es peor, los primeros en follarme viendo todo el espectáculo de sus compañeros volvieron a empalmarse y aprovechaban mi boca para descargar su segunda acometida mientras que su colega, se vaciaba en mi vagina o dentro de mi culo. Otros en cambio se contentaban con pajearse o tirar de algunas de mis manos y llevarla a su aparato para que fuera yo quien terminara la masturbación. Era complicado estar a cuatro patas sujetándome solo con una mano mientras era follada y con la otra pajeara sin control al peón de turno. De una forma u otra, finalizaban disparando sus fluidos en cualquier parte de mi maltrecho organismo. Mi pelo, mi cara y todo mi cuerpo en general era un amasijo de piel arañada con esperma.

   Parecía que el aquelarre iba tocando su fin aunque aún me quedaba por aguantar un postrero sufrimiento, Cuando solo quedaban dos o tres y antes de meter sus pollas dentro del pantalón viéndome tirada en el suelo tuvieron la ocurrencia de descargar sus vejigas encima de mi por lo que gran parte de mi anatomía se llenó también de sus asquerosos orines.

      No sé el tiempo que duró el suplicio. A mí me parecieron horas... Una vez que todo terminó y los últimos se hubieron saciado, me dejaron tirada en la calle, sucia, llena de semen y meados por todo el cuerpo, las letras a rotulador escritas por mi Amo estaban medio borradas haciendo en mi piel un aspecto totalmente lamentable. Me encontraba magullada, con arañazos en las piernas, desde los muslos hasta los tobillos, en gran parte de la  espalda, en mi culo y en el pubis. 

   Me dolía la vagina horrores, el ano me sangraba un poco y la boca bastante reseca con un ligero regusto a lefa y a mierda. No me di cuenta de quien pagaba y quien no, solo vi en la bolsa, que estaba al lado de donde me encontraba tirada, algunos billetes de cinco y diez euros. Ya no me quedaba lágrimas ni fuerzas para tan siquiera levantarme de la acera.

   Escuché un claxon seguido de un grito de mi Amo; ¡Vamos puta, sube al coche!, o ¿quieres quedarte hasta que vuelvan para recibir más leche?,  -vociferaba desde dentro del vehículo-.

   Como pude me levanté del suelo e intenté encaminarme hacia donde se encontraba, pero volvió a sacar la cabeza por la ventanilla y a gritos exclamó; ¡No te olvides de coger la bolsa del dinero y el dildo que está tirado al lado...! No me había dado cuenta, busqué con la vista el tapón y lo hallé todo sucio, lo agarré junto con la alforja del dinero y me encaminé al automóvil de mi Amo.

   No pretenderás entrar en mi coche de esta guisa, ¿verdad?, -me miró con cara de asco-. Me ensuciarás la tapicería con tanta lefa y mugre pegada en el cuerpo. Vas a limpiar el dildo con la boca y cuando esté reluciente te lo vuelves a meter dentro para que no chorree tu ano de semen e inmundicias, después pondrás tu falda y la camiseta en el asiento a modo de funda para no mancharme la tapicería. ¡Vamos Zorra! ¿A qué esperas?, -me ladró enfurecido-.

   Obedecí, no me quedaba más remedio. No quería permanecer desnuda en aquella calle por más tiempo. Me metí el tapón en la boca y lo chupé como si me fuera la vida en ello. Me costaba, pues al tener la boca tan reseca, me faltaba la saliva necesaria para tal menester. Al fin pude dejarlo reluciente y suficientemente ensalivado. Me puse en cuclillas y aunque tenía la zona muy inflamada, el tapón entró con relativa facilidad, debido a que, además el agujero estaba muy lubricado de tanta lefa recibida mezclada con restos fecales y algo de sangre, lo que también simplificó su alojamiento.

   ¡Vamos, date prisa!, no tenemos todo el día, y dame la bolsa del dinero –se empezaba a impacientar mi Amo-.

   Coloqué la falda cubriendo el asiento y la camiseta en el respaldo a modo de funda, me senté sobre ella para no mancharla según me había ordenado. Acto seguido cogió el dinero, cerró la puerta, arrancó el coche y nos encaminamos a su casa.  

   Durante el trayecto de vuelta no me dirigió la palabra. Por la ventanilla pude ver que empezaba a anochecer, ¡Dios mío!, pensé, he estado en el polígono más de cuatro horas.          Estaba cansada,  muy dolorida y con ganas de pegarme una larga ducha para quitarme la porquería del cuerpo. Me escocía tremendamente el ano y eso que intentaba sentarme apoyada solo en una nalga para que el dildo no empujara más adentro de lo que ya estaba. Me sentía débil, me di cuenta de que no había comido nada desde el día anterior. Con el episodio del desayuno, mi Amo no me lo había permitido. Cenaría alguna cosa y me iría a descansar, lo necesitaba, estaba agotada. Después de esta jornada albergaba la esperanza de que mi Amo me dejara dormir en la cama y no en el suelo del dormitorio como la noche anterior. Pero sobre todas las cosas, albergaba un sentimiento de tristeza que me hacían aflorar de nuevo las lágrimas a mis ojos, lloraba en silencio…

   Al fin llegamos. Aparcó en la puerta y se bajó del coche; ¡Vamos zorra, baja de una vez!,   -gritó–  coge toda tu ropa y súbela pero llévala en la mano, quiero que entres desnuda y sucia algo a lo que tendrás que acostumbrarte en lo sucesivo, -sonrió mientras me lo decía-.

   Obedecí. Entramos y sin decir nada me encaminé directamente al baño. Era vital pegarme una ducha cuanto antes; ¡A dónde vas, esclava! -me chilló desde el salón-.

   Pensaba darme una ducha, -le respondí de la manera más sumisa de la que fui capaz-.

   ¡Ven aquí! -gritó-. Me di la vuelta y me presenté delante de él, que, en ese momento, se estaba sirviendo una copa del mueble bar. Sin mediar palabra me propinó una fuerte bofetada que me tiró de bruces al suelo.

   Está visto que solo aprendes a golpes, -sonreía, mientras degustaba su copa-.

   Ahora empieza mi espectáculo, -siguió hablando-.    ¿No te acuerdas?, vas a hacer lo mismo que hiciste ayer,  vas a ponerte delante de mí y vas a meterte los dedos dentro de tu asqueroso coño, vas a sacarte lentamente toda la leche que puedas y te chuparás los dedos como si se tratara de una golosina. Luego te quitarás el dildo y harás lo mismo en tu agujero trasero hasta que no te quede una gota de lefa que llevarte a la boca mientras yo me masturbo viéndote y hazlo lentamente y con ganas, que se te vea lo feliz que eres de ser una puta al servicio de tu Amo, porque si no volverás a sentir mi mano en tu rostro. ¡¿Entendido?!, -gritó fuertemente-.

   Me quedé de piedra, no podía más. Lo de ayer fue desagradable, no lo niego, pero al menos por muy seboso que fuera el tipo, solo fue uno. Hoy habían sido muchos, había sido una jornada muy dura y ahora tenía que seguir tragándome la leche que aun quedaba en mis agujeros para su deleite. Me levanté trabajosamente del suelo y con mi mejor sonrisa le dije; “lo que usted desee, mi Amo”.

   Me puse a escasa distancia de donde él estaba ya sentado en su sofá preferido y, abriendo mis piernas, me metí suavemente los dedos índice y medio en mi coño y doblándolos pude sacar delicadamente una masa pringosa que fui chupando lentamente. Le miraba de reojo y vi como se abría su bragueta y se manoseaba su miembro que, al contacto con su mano, empezaba a crecer.

   Cuando no me quedaba nada más que sacar del coño, me quité lentamente el dildo e hice la misma operación que antes había realizado dentro de mi vagina. Notaba mi ano súper dilatado por todo el trabajo extra recibido durante la tarde por lo que no me costó en demasía poder introducir los mismos dedos y, haciendo una especie de palanca con ellos, ir sacando lentamente la leche mezclada con heces y sangre que quedaba dentro. Ya no me importaba lo asqueroso de su sabor y me chupé los dedos  pasando, después, la lengua por el contorno de mis labios para hacer más excitante, si cabe, el momento íntimo que estaba teniendo mi Amo manoseándose su miembro erecto.

   Cuando ya le salían las primeras gotas de líquido preseminal me gritó, ¡Vamos zorra, a chupar del biberón y a tragarte mi leche! Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca justo en el momento en que empezaba a salir los primeros espasmos de lefa. Tuve que tragarme a toda prisa su semen para que no se derramara por mis labios. ¡Límpiala hasta los huevos que quede reluciente!, -me ordenó- Se la estuve repasando un largo rato con mi lengua y cuando quedo satisfecho la retiró y se la guardó dentro del pantalón.

   Ahora ya puedes irte a duchar, desinfecta a conciencia tus agujeros y tómate la pastilla del día después no quiero embarazos de una zorra como tú, han sido muchos los que se han vaciado dentro de ti, -se notaba satisfecho por el tono de su voz-. Cuando termines me haces la cena, pero antes te vuelves a colocar el dildo en el culo, quiero ese agujero lo más abierto posible, y no te pongas nada de ropa, permanecerás desnuda, -concluyó-. Acto seguido se sirvió otra copa y se puso a contar el dinero “recaudado” esa tarde.

   Me encaminé al baño, me deshice la coleta y me duché a conciencia. El contacto del agua caliente en mi tez arañada me produjo al principio un terrible escozor que tuve que aguantar, a fin de poder purificar mi piel y limpiar todo mi cuerpo. Con los minutos, esa agua tibia me fue relajando la musculatura y otorgando nuevamente a mi epidermis parte del vigor perdido esa tarde. Desinfecté mi ano y vagina todo lo que pude, los tenía bastante inflamados y el simple roce me causaba escalofríos. También lo hice con mi boca que me sabía asquerosamente mal después de tragar tanta leche de desconocidos además de la de mi Amo. Una vez terminada la limpieza me sequé con delicadeza y alisé mi bonita mata de pelo negro que volvía a recuperar el esplendor de siempre. Fui al botiquín, abrí el frasco de pastillas del día después, cogí una y me la tragué.

   Me acurruqué en el borde de la bañera y me puse a llorar, me sentía muy mal, muy triste y vacía por dentro, esto no era lo que yo me había imaginado que sería mi relación con Eduardo, aquel amigo de mi padre treinta años mayor que yo. No podía contarles nada, el disgusto que les hubiera causado hubiera sido tremendo y tendría consecuencias inimaginables para los dos. Estaba decidida durante la cena a despedirme de mi Amo y volver mañana a casa de mis progenitores, les diría una mentira piadosa claro y aguantaría los reproches de mi madre en el sentido de recordarme cosas como, “ya te lo dije, un hombre mayor no es bueno para una chica tan joven” y cosas de ese estilo pero sin decirles los verdaderos motivos que me habían empujado a abandonarle y regresar al domicilio familiar. Mi Amo, siempre fue claro al respecto y no dejaba de recordarme que si no acataba sus normas sumisamente y con agrado tendría total libertad para dejar la relación.

    Por otro lado no sabría decir el por qué pero interiormente algo me empujaba a seguir obedeciéndole. No era simple amor lo que me unía a él, era algo más profundo lo que me auto obligaba, en el fondo de mi alma, a someterme ciegamente sea cual fueren sus deseos. Esa dependencia de necesitarlo hasta para respirar me asustaba porque siempre, en última instancia, estaría abocada a rendirme a sus caprichos con tal de poder seguir un minuto más a su lado, no importando la crueldad con que pudiera tratarme y lo mezquino que pudiera ser ante mi persona, pues el simple hecho de poder servirle de la manera que fuese hacia de mi ser, la única justificación para poder vivir.

   Esos pensamientos me atormentaban constantemente, ese sentimiento de abandonarle e inmediatamente después necesitarle hasta para respirar no me dejaba vivir. Me encontraba en el medio de una brutal encrucijada de sensaciones encontradas que lo único que consiguieron, en ese momento, fue ponerme a llorar una vez más.

   No sabía qué hacer. Le quería con toda mi alma y a la vez le odiaba por su trato y por las cosas que me estaba obligando a realizar. Lo que tenía claro era que debía hablar con él. Desconocía hasta que punto estaba enamorado de mí, si estas pruebas eran solo actos de amor que me exigía o no era más que una simple ramera a su servicio sin más sentimientos que la búsqueda de su propio placer. Y si así fuera, quizás sería el pago que tendría que afrontar por estar al lado de mi Amo. No sabía que camino coger. Me apremiaban muchas cuestiones en la cabeza; ¿debía abandonarle? o quizás no. ¿Me estaría convirtiendo en su esclava sexual? Y lo que era peor, quizás estaría predestinada a obedecer a cualquier Amo sea cual fuere sin importar lo depravado que éste fuera… Estaba hecha un lio y seguía llorando...

   Me sacó de mis disquisiciones la voz de mi Amo, ¡Vamos esclava!, tengo hambre ¿a qué estás esperando para hacerme la cena? Terminé de secarme, me hice una coleta en el pelo y me encaminé deprisa hacia la cocina. De repente recordé que no llevaba puesto el tapón anal. Corrí al baño donde lo había dejado y después de limpiarlo en el lavabo me pringué en el agujero un poco de vaselina y me lo introduje muy lentamente. Seguía teniendo el culo  escocido y el agujero bastante irritado. Me puse en cuclillas para que el recto pudiera abrirse y lentamente, sin mucho esfuerzo, aunque un tanto dolorida, pude introducirlo hasta la empuñadura. Acto seguido volví a la cocina a prepararle la cena.

   Yo también tenía hambre, eran más de las diez de la noche, llevaba sin probar bocado desde el día anterior. Calenté un poco de pasta que había en la nevera. Mientras se preparaba coloqué dos servicios en la mesa de la cocina donde siempre solíamos hacer las comidas. Cuando lo tenía todo terminado me presenté ante mi Amo y de la manera más sumisa que pude le indiqué que ya estaba todo listo.

   Apareció en el umbral de la puerta y se sentó a la mesa. Le serví y me dispuse a colocarme enfrente de él para comer. Tenía mucha hambre.

   ¿Qué haces? -me interrogó-.

   Pensaba cenar con usted, Amo, -le contesté-.

   Una carcajada como única respuesta. Acto seguido, sin mediar palabra, me cogió del brazo con fuerza y me tiró al suelo. Caí de rodillas, aullando de dolor.

   ¡Es que sólo aprendes a golpes!, -gritó-. Que yo sepa no te he dado permiso para sentarte. Siempre te colocarás en el suelo, de rodillas, con los muslos separados y las manos a la espalda. ¿No te quedó claro esta mañana?, -vociferaba sin cesar-.

   Me situé con gran pesar en la posición mencionada. Mi Amo se levantó y marchó al dormitorio, en breves minutos volvió con algo en las manos que, en un primer momento, no reconocí pero inmediatamente supe que eran unos grilletes. Se colocó detrás de mí y me aprisionó con ellos fuertemente mis maltrechas muñecas por detrás de la espalda. Quedé atada, sin posibilidad de poder usar las manos.

   Se puso enfrente de mí y aprisionándome la cara con su mano,  me escupió en el centro de ella. Su saliva fue a parar justo encima de mis narices y al segundo se iba resbalando por mi cara hasta llegar a la comisura de mis labios. ¡Saca la lengua y trágate el lapo!, -me ordenó-. En ese momento, tuve un ataque de orgullo ante tamaña humillación que me estaba profiriendo e, instintivamente, alcé la vista y le miré directamente a los ojos con  resentimiento mientras sacaba la lengua y trataba de engullir su esputo.

   Recibí como respuesta una tremenda bofetada que me tiró de lado al piso. ¡Vuelve a ponerte en la posición de sumisa!, -gritó-.

   A duras penas debido a que tenía las manos engrilletadas a la espalda pude colocarme en la posición ordenada por mi Amo. Mi mejilla derecha me escocía tremendamente por el guantazo recibido, estaba otra vez al borde de las lágrimas.

   Cómo siempre te digo, sólo aprendes a golpes. Me va a costar más tiempo del deseado convertirte en una auténtica esclava. A guantazos te sacaré esa soberbia que a veces te sale. Una esclava debe controlar sus emociones o quizás lo que debe hacer es desecharlas por completo. Apréndetelo de una vez si no quieres que te saque la piel a tiras, y métete en la cabeza que jamás, me oyes bien, jamás deberás mirar a la cara y menos a los ojos, a nadie, por mucho que te humillen. Tu posición de sumisa no te da derecho a nada y menos a mirar de frente, has de bajar siempre tu asqueroso rostro fijando la mirada al suelo con respeto y humildad ante cualquier persona que se encuentre junto a ti, ¿te queda claro?      -me interrogó-.

   Sí, mi Amo. No volverá a ocurrir. -Logré decir con la cabeza bajada-.

   Más te vale, si no quieres tener más castigos de los necesarios. -Concluyó-.

   Se volvió a sentar y se dispuso a cenar acompañado de un buen vaso de vino. Mientras él comía yo seguía permaneciendo en el suelo en la posición de sumisa y con la cabeza baja. Las rodillas me quemaban, el tapón anal se empezaba a resecar en mi culo y me tiraba horrores, temblaba de frió debido a mi total desnudez y mis muñecas me  dolían, las esposas las había apretado en demasía pero, por encima de todo aquello, tenía hambre, mucha hambre...

   Casi al final de la cena tiró al suelo un trozo de pan y los restos que habían quedado en su plato. No sabía qué hacer si lanzarme como una perra a por esa comida o esperar, no quería que volviera a pegarme por hacer algo que no estuviera autorizada. Ante la duda me mantuve en la misma posición sin hacer nada.

   Muy bien perra, ya empiezas a comprender tu nueva vida. No comas hasta que yo te lo autorice, -dijo satisfecho-. Engullirás las sobras siempre en el suelo y con las manos atadas a la espalda cuando te de permiso. Mañana iré a comprar un comedero de perro para ti. Como hoy no disponemos de ello tendrás que alimentarte desde el suelo. ¡Vamos zorra, ya puedes empezar! -gritó-.

   No se lo hice repetir dos veces, estaba literalmente muerta de hambre y me tiré de lleno a por la comida. Con las manos atadas a la espalda me resultaba tremendamente difícil, pero en ese momento no me importó. Tragué como pude el pedazo de pan y con los labios iba devorando los restos de pasta que me había tirado. No era mucha cantidad por lo que al finalizar la operación con mi lengua lamí todo el contorno del suelo para no dejar una brizna de comida. Mi Amo me observaba satisfecho de cómo su perra comía la ración de desperdicios que él había tenido a bien obsequiarla. Llenó de agua un bol y me lo dejo en el suelo. Puedes beber, -concluyó-. Tuve que hacerlo como los animales sacando mi lengua y absolviendo poco a poco el líquido elemento.

   Siempre tendrás un bol en el suelo para que bebas cuando lo necesites, -comentó mi Amo- pero ahí de ti si alguna vez te descubro bebiendo utilizando las manos o comiendo sin autorización, porque el castigo será tremendo, no lo dudes.

   Se levantó y me soltó los grilletes dejándome libres las manos. Levántate, recoge la mesa y te presentas a mí en el salón -concluyó-.

   Una vez hube terminado comparecí ante él que estaba acomodado en el sofá bebiendo un licor, sin decir palabra me senté en el suelo cerca de él, en la posición de sumisa y esperé en silencio con la vista bajada.

   Al cabo de unos minutos empezó a disertar;

   Nos queda hacer el recuento del dinero que has ganado para mí en el polígono industrial.  -Continuaba hablando-  he contado a groso modo todos los patanes que te han usado y han sido, según mis cálculos,  unos 10 por la vagina, 6 por el culo y más de 16 mamadas. No cuento a los que has pajeado porque eso era “regalo de la casa” -se sonreía satisfecho mientras lo contaba- además de haber servido de orinal a los últimos, cosa que no estaba dentro de mis órdenes pero, para serte franco, me ha gustado. Una cerda como tú en donde se encuentra más agusto es entre la mierda y la porquería aunque tendré que castigarte por esa extralimitación en mis instrucciones –reía-. Pero volvamos al asunto principal, el dinero que deberías haber recaudado sería 160 euros por la utilización de tus dos agujeros principales y 80 euros de las mamadas lo que hace una cantidad total de 240 euros. -Seguía hablando y yo escuchando con la mirada en el suelo-.

   He contado el dinero que había en la bolsa y solo hay 100 euros entre billetes de diez y de cinco. Eso significa que me debes 140 euros de la diferencia, -empezaba a alzar poco a poco la voz-. ¡Además de una asquerosa Ramera que le gusta fornicar con lo más depravado de la ciudad, eres una guarra, una puerca que encima lo hace gratis! ¿No te quedaron claras mis órdenes de cobrar a todo el que te usara?, Puta asquerosa, más de la mitad de los patanes te han follado gratis -ya gritaba fuera de sí-.

   Mis lágrimas volvieron a aflorar en mis ojos. Todo lo había hecho por él. Cumplí sus preceptos tal como lo había dispuesto. La infelicidad que me embargaba era abrumadora, solo atiné a decir entre lágrimas; Mi Amo, no pude hacer otra cosa, me sujetaron las manos, me violaron, mancillaron mi cuerpo y...

   No pude terminar la frase, una bofetada volvió a estrellarse con violencia en mi magullado rostro y volví a caer al suelo ladeada. ¡Calla Zorra!, no te he dado permiso para hablar. Sube a la habitación del piso de arriba, aquella que está siempre cerrada y espérame en la puerta, ahora acudiré yo. Tendrás un castigo ejemplar por lo Puta y guarra que eres, ¿A qué esperas para subir? -gritó-.

   Me encaminé hacia la habitación. Estaba desconcertada, no creía que fuera capaz de castigarme con todo lo que llevaba encima, parecía que el día no terminaba. Desconocía que iba a hacerme, nunca me había corregido. Llegué al cuarto y me arrodillé en la puerta de entrada adoptando la posición de sumisa, jamás había estado en esa sala en el mes que llevaba viviendo con mi Amo.

   Transcurrieron unos minutos que me parecieron eternos y llegó él. Se puso a mi altura y mirándome con expresión cínica exclamó; Ahora veremos de qué estás hecha. Sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta.

   Lo que apareció ante mis ojos, una vez hubo encendido la luz, fue sencillamente escalofriante, no tengo palabras para describir semejante cámara de los horrores. Era una sala grande de unos 35 o 40 metros cuadrados. Las paredes estaban enteladas con un paño de color negro. En la habitación había todo tipo de instrumentos de tortura, la mayoría de ellos no los había visto en mi vida.

   No salía de mi asombro. Un sudor frío recorrió mi espina dorsal ante tal visión. Puedes levantar la vista y observar detenidamente la sala, -me indicó mi Amo-. Te dejaré unos minutos para que te familiarices con todo ello, -concluyó-. Como si yo estuviera familiarizada con todos estos horrores, pensé.

   Me fijé en una especie de potro parecido a los que hay en cualquier gimnasio pero un poco más largo. Clavado a una de las paredes se encontraba una gran cruz en aspa (más tarde pude saber que se trataba de la tristemente famosa cruz de San Andrés) y justo a su lado una gran rueda de unos dos metros con diferentes sujeciones en su interior. A otro lado de la habitación había un banco alargado, al final del mismo, sobresalía una madera en vertical a modo de cepo con tres aberturas una en el medio algo más grande y dos a los lados más pequeños. Viendo mi Amo donde dirigía mi mirada, -me explicó- Ese banco alargado es un cepo para cabeza y manos, pero también lo tengo para los pies. Verás que bien lo vamos a pasar cuando te lo coloque, -reía-.

   En otra esquina de la sala había un sillón como los que tienen en cualquier consulta de ginecología y cerca de él una jaula pequeña como para animales. En el centro había colgado una especie de polea con cadenas y al final de las mismas sendas muñequeras de cuero ancho. En otro parte de la estancia una mesa alargada pero clavadas sus patas al suelo y junto a ella una especie de banco forrado de cuero pero la parte delantera más alta que la trasera, como si dijéramos a dos alturas.

   Veo que estas mirando el banco de los azotes, -exclamo-. Está a dos alturas, es parecido a un reclinatorio, te pones de rodillas y deslizas la espalda por la zona de arriba para que quede el culo en posición perfecta para ser azotado, -suspiraba-.

   Había varios artilugios que no sabría cómo definirlos eran de hierro y disponían como un motor en sus entrañas con diferentes accesorios en su final a modo de distintos consoladores de tamaño y grosor. En la pared opuesta a la entrada se encontraba una gran estantería con cantidad de aparejos, la mayor parte de ellos desconocidos para mí, pero que mi Amo no tardo en explicarme; Como observarás –empezó a decir-, en esa estantería dispongo de todo lo necesario para tus correcciones y, señalando con sus dedos cada uno de los complementos que había, nombró aquellos que le parecían de mayor interés; tengo algunos látigos de diferentes grosores, diámetros y longitudes, de varias colas, los llamados, floggers, trenzadas y lisas o de una sola. También tengo palmetas, fustas, palas, cuerdas, ganchos, pinzas, grilletes, muñequeras, mordazas de varios tipos, collares, máscaras, en fin, un largo etcétera que utilizaremos para tu educación como esclava o para recibir los castigos que te hayas merecido por desobediencias, olvidos y demás actitudes que puedas tener impropios de una sumisa.

   Estaba literalmente muerta de miedo, temblaba todo mi cuerpo... ¡Basta de lecciones!,       -ladró mi Amo-. ¡Entra! y súbete a horcajadas encima de aquel potro, -indicándome a donde tenía que ir-.

   Me levanté del suelo y me encaminé lentamente hacia el aparato. Notaba mis pies temblar a medida que iba acercándome. Al llegar al mencionado artilugio, tuve que ponerme de puntillas para poder pasar una pierna al otro extremo del poyete. Yo no soy muy alta, mejor dicho, soy más bien bajita (mido 1,60 aunque con muchas curvas y un buen trasero, como me describí en el primer capítulo) y el potro podría tener algo más de un metro desde el suelo hasta el asiento. Al final y con más esfuerzo del deseado, conseguí sentarme a horcajadas en aquel banco del suplicio.

   ¡Pon el culo en el filo del asiento y baja la espalda! –Me ordenó-. Los brazos extiéndelos a lo largo para que tus manos puedan tocar cada una de las patas delanteras del potro y tus pies acércalos a cada una de las traseras. -Así lo hice-. Me colocó sendas muñequeras y tobilleras de cuero, lo más apretadas que pudo, en cada una de mis cuatro extremidades. Éstas tenían una anilla incrustada. Tiró con fuerza de cada una de las muñequeras hasta llegar a tener las anillas en paralelo y cerca de una especie de hembra que estaba apuntalada a media altura en cada una de las patas. Con ayuda de unos mosquetones ató las mencionadas anillas a las hembras. Mis pechos quedaron pegados al asiento. Al no tener los brazos largos éstos se mantuvieron muy rígidos obligando a tensarse sobre manera mi espalda.

   Una vez me tuvo en esa posición, tiró de mis tobillos hasta conseguir el mismo efecto pero en sentido contrario, es decir, puso cada una de las anillas de mis tobilleras lo más cerca posible de las hembras apuntaladas a cada una de las patas traseras. Con otros dos mosquetones unió ambos accesorios y quedé totalmente clavada a aquel banco del terror. Mi coño, al igual que estaba pasando con mis tetas, quedó fijado al asiento posterior del potro y mis piernas, muy estiradas, a cada uno de las patas traseras.

   De esta guisa me encontraba, atada totalmente de pies y manos a aquel artilugio de tortura. El culo me sobresalía en el filo mismo del potro que se clavaba dolorosamente en la abertura de mi vagina. La cabeza pegada a la otra punta del respaldo. Mis mamas aprisionadas contra el revestimiento de cuero y mis plantas de los pies en paralelo a cada una de sus extremidades traseras. No podía moverme y la posición era harto incómoda y lacerante. Me tiraban muchísimo tanto las muñequeras como las tobilleras. Así me mantuvo por un largo rato, al menos eso me pareció, hasta que empezó a hablar;

   Hoy has tenido un día duro. No quiero alargarlo en demasía pero deberás entender que cada orden que te dé y su cumplimiento no sea exacto, pasaras en la noche por, digamos, el gabinete de los correctivos. -Hablaba como para sí mismo-. ¿Te parece correcto el nombre?, -me preguntó-. Pero antes de que pudiera abrir la boca para responder, exclamó; Claro que si, el nombre es perfecto.

   Esta sala la tenía reservada para cuando te convirtieras plenamente en mi esclava por eso no te la enseñé en todo el mes que llevas viviendo conmigo hasta que estuviera seguro de tus sentimientos hacia mí. Es evidente que si te la hubiera mostrado el primer día, seguramente habrías salido corriendo de mi casa, -reía profundamente satisfecho por su comentario-. Cuando empecé a darme cuenta de tu potencial como futura esclava, -seguía hablando- fui ampliando el mobiliario de esta estancia y comprando la mayoría de estos artilugios que ves, hasta convertir esta sala en lo que es, un autentico gabinete de los correctivos como acertadamente hemos bautizado a esta habitación –paró de hablar para encenderse un cigarro y aspirar las primeras bocanadas-.

   Era increíble, no había abierto la boca pero ya me estaba concediendo la paternidad del nombre. No podía comprender como podía existir tanto sadismo en una misma persona. Estaba muerta de miedo, desconocía lo que me iba a suceder en pocos minutos. La posición en la que me encontraba pegada literalmente al asiento de ese potro me laceraba el cuerpo entero y la presión de las muñequeras tirando de mis brazos hacia que éstos me empezaran a doler horrores.

   Dejó el cigarro en una abertura del cenicero y prosiguió su anormal monólogo; He de confesarte que he tenido que invertir mucho dinero en estos aparatos y accesorios de bondage, pero no te aflijas por ello, -parecía hablarme en tono paternalista, para inmediatamente proseguir- me lo iras devolviendo en su totalidad a medida que con tu, digamos, trabajo altruista en el alquiler de tus agujeros, vayas consiguiendo el efectivo necesario para el pago de todo esto -sonreía por el cinismo-.

   No podía dar crédito a sus palabras. Mis ojos se llenaron de lágrimas de desconsuelo. Por el día iba a utilizar mi cuerpo para prostituirlo de la manera más degradante y, así poder devolver un dinero, invertido previamente, en la compra de artefactos empleados para castigar por la noche mi propio organismo. Era de locos, su sadismo parecía no tener fin.

   Me sacó de mis pensamientos la voz de mi Amo que proseguía su perorata; Pero no nos salgamos del tema que nos ocupa, se que estas deseando conocer tu castigo y no te haré esperar más tiempo –puso un semblante serio y continuó hablando-;

   Después de cenar hemos hecho recuento de tus ingresos, perdón, eres una esclava y todo lo tuyo me pertenece, máxime cuando además debes devolverme el importe íntegro de éstos aparatos. Como te decía, hemos hecho el recuento de “mis ingresos” y resulta que hay un desfase de 140 euros como bien sabes. Al ser el primer día no voy a darte 140 azotes tu fina epidermis no podría soportarlo, más adelante después de varias sesiones que tengamos estoy seguro que tu piel se curtirá de tal manera que podrás aguantar todos esos azotes y alguno más de regalo, -se reía al decírmelo y comprobar mi cara de espanto-.

   Hizo una pausa para encenderse otro cigarro y exhalar las primeras bocanadas mirando fijamente la estantería donde se encontraban los útiles de tortura, quizás para elegir el que iba a utilizar.

   Del terror que sentí en ese momento me oriné.

   Mira que eres guarra, -gritaba- tendré que aumentar el castigo por mearte encima del potro. Cuando terminemos limpiarás con tu lengua todo este fluido que se te ha escapado. Bien, sin más preámbulos empecemos que se que tienes ganas “de que te mida las costillas” –reía por su sarcasmo-.

    -Volvió a aspirar su cigarro para, acto seguido, tras una larga bocanada de humo, continuar con su monólogo- Te diré el castigo que voy a otorgarte por el incumplimiento de esta tarde, 60 azotes con el floggers largo. Te los daré en las partes del cuerpo que tienes a vista, la espalda, el culo, los muslos y las plantas de los pies. -Sonreía-.

   Seguía llorando desconsoladamente, pero no le pedí compasión. Sabía que de haberlo hecho hubiera enfurecido más a mi Amo y los azotes podrían ser aun más fuertes y dolorosos que los que me pensaba dar.

   Se fue a la estantería y cogió un látigo de mango largo y varias colas de cuero de un metro de longitud aproximadamente.

   He elegido este látigo –empezó a hablar- porque el castigo tiene que ser ejemplar, no quiero que vuelvas a robarme el dinero que me pertenece. Si te ordeno cobrar por usarte, tu cobras, y punto. Como lo hagas es asunto tuyo pero tendrás que recaudar hasta el último céntimo, si no, ya sabes lo que te ocurrirá por la noche, ¿comprendes?, -gritaba mi Amo-. Por eso este látigo tiene más de 30 tiras trenzadas de cuero para proporcionar mayor dolor en el azote y así recuerdes como serán las correcciones por desobedecer a tu Amo.

   Acto seguido, se acercó donde yo estaba y suavemente deslizó las colas del látigo por mi espalda. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando noté el contacto del cuero trenzado sobre mi piel.

   Un momento, -se dijo mi Amo a sí mismo- no te he quitado el tapón anal, veo que lo llevas puesto y no debería azotarte con el metido, -sonrió-. Me abrió las nalgas y tiró con fuerza de la empuñadura saliendo con bastante facilidad. Qué bien sale, -comentó-,  mañana te iré a comprar uno más grueso, veo que lo estás necesitando, este agujero acabará tragándose cualquier cosa que le demos a comer, -rió mientras tiraba en el suelo el dildo-. Asique la cuenta sigue subiendo porque todo lo que invierta en tu educación de esclava me lo devolverás con tu trabajo altruista –apuró su cigarro y aplastó la colilla en el cenicero-.

   Ahora, a medida que te vaya azotando, me irás dando las gracias por cada uno, pero antes te diré la forma en que lo vamos a hacer, -me miraba satisfecho, mientras hablaba seguía acariciando en mi espalda el cuero-.

   Te voy a dejar que tomes la iniciativa en el cumplimiento de tu castigo, -proseguía-, eso quiere decir que dividiremos los 60 azotes en seis tandas de diez flagelos cada una y tú me pedirás en qué zona quieres que trabaje y a cada trallazo me suplicarás que el siguiente lo haga más fuerte así serás tú y solo tú quien dirija tu propio suplicio. Para que luego vayas pensando que no me importan tus deseos, -reía a carcajadas por su propio comentario-.

   No me lo podía creer, debía conducir mi propio tormento. Estaba asustada, era la primera vez que me iban a azotar, me rezumaba todo el cuerpo. Las muñequeras me tiraban cantidad y los pies me sudaban por el temor a su inminente tortura.

   Me estoy empezando a impacientar y en tu situación no te conviene en absoluto que me moleste lo más mínimo, -empezaba a irritarse-, comienza de una vez. Por ser la primera vez repetirás lo que vaya diciendo en esta tanda de azotes, ¡Entendido!; Si, mi Amo -a duras penas pude contestar-.

   “Por favor Amo, azóteme la espalda”. A ver ¡repítelo zorra! -Voceaba mientras me sujetaba fuertemente la barbilla con sus dedos-.

   Continuaba llorando desconsoladamente. Al tener los brazos tan estirados y él sujetándome la barbilla con fuerza, mi cuello se laceró en exceso produciéndome un tirón tremendo. No me salían las palabras, a duras penas pude balbucear casi de manera ininteligible; Por... favor mi Amo... azóteme -las lágrimas no me dejaban seguir hablando-.

   ¡Azóteme el qué! -gritaba como un poseso-.

   Cada vez mis lloros eran más dramáticos,… la espalda,.... azóteme la espalda -al fin pude decir entre sollozos-.

   Si así lo quieres, empecemos -contestó-.

   Apartó mi coleta a un lado para que quedara mi espalda totalmente despejada para el tormento. Sentí el primer flagelo desgarrándome el espinazo, un aullido de dolor salió de mi garganta. La zona castigada a la altura de los riñones me picaba horrores... A ver, Puta, ¿no se te olvida nada?, -chillaba-.

   Me di cuenta de que debía darle las gracias según me había ordenado momentos antes y cogiendo fuerzas de flaqueza en un susurro casi inaudible pude decir;… Gracias mi Amo.

   Más alto, que no te oigo, -bramó-. Gracias, mi Amo -logré, entre llantos, alzar mi voz-.

   ¿Y qué más toca decir?, puerca, o quieres que te doble la ración de azotes -preguntó alterado-. No podía decirlo, lo intentaba pero algo en mi interior se negaba a pedir que me azotara aun más fuerte. Si este había sido el primero y casi no lo soportaba no podía imaginar cómo serían los siguientes.

   ¡Vamos esclava!, empiezo a perder la paciencia y no te lo recomiendo, el castigo puede ser brutal si me haces enfadar, -gritaba sin cesar-.

   No podía más, la cabeza me estallaba de dolor por la inmensa tensión acumulaba y los ojos me dolían de tanto llorar, pero aun y así fui consciente que, de no decirlo, el castigo podría tornarse más cruel si cabe. Volví a coger fuerzas de donde no las tenía y me escuché decir entre sollozos;

   Por favor, mi Amo, puede azotarme más fuerte.

   Muy bien, ¿ves como no ha sido tan difícil?, -respondió mi Amo-, Voy a complacer tu petición y el próximo flagelo irá más duro, -concluyó-.

   Descargó el segundo trallazo en medio de mi espalda, más brutal, más lacerante; grité de dolor. Entre lloros volví a darle las gracias y repetí que me volviera a azotar aun más fuerte.

   ¡Zas!, volvió a descargar el látigo en mi dolorida espalda. Se empezaban a marcar finas líneas rojizas en todo mi espinazo. No veía el final. Mi Amo, esperaba segundos, que me tornaban angustiosos, antes de descargar el siguiente flagelo para que no supiera el momento justo de la sacudida y no pudiera tensar los músculos y minimizar, de alguna manera, el dolor afligido en la descarga. Un hilo de saliva se iba resbalando por mis labios y cuello. Al fin terminó la primera fase. Me dejó tomar aliento unos minutos, el tiempo justo para que él también pudiera descansar el brazo.

   Me ardía la espalda y los omóplatos. Los riñones y toda mi zona lumbar estaba marcada con gruesas líneas rojizas, testigo cruel del ensañamiento de látigo tan sabiamente utilizado por mi Amo.

   Al cabo de unos minutos y cuando creyó estar recuperado del esfuerzo, -volvió a preguntar-; y ahora, ¿qué zona prefieres que te trabaje?

   No sabía que responder y sin qué supiera por qué lo decía, me escuché decir, Azóteme el culo, mi Amo.

   Muy bien, y ya sabes, a cada sacudida, me das las gracias. -concluyó-.

   Fue trabajado mis nalgas de una manera salvaje. Golpeaba con sapiencia buscando hacer el mayor daño posible. Aullaba de dolor con cada trallazo, y lloraba cada vez que tenía que darle las gracias y pedirle que el siguiente fuera aun más fuerte que el anterior. Tenía los glúteos muy enrojecidos y con bastantes líneas trasversales moradas producido por el impacto de las finas y trenzadas tiras de cuero.

   Cuando terminaron los diez azotes paró unos minutos. Mi respiración era entrecortada. Mis nalgas parecían tener dos corazones latiendo a toda prisa. Me ardía tremendamente la piel. En ese momento volvió a hablar;

  ¿Te acuerdas de los últimos obreros que además de follarte te mearon encima?                 –Preguntó-. Entre sollozos pude responder; Mi Amo, no pude hacer nada para evitarlo, usted lo sabe… ¡Cállate!, no te he dado permiso para hablar  –Gritó- . Deja de llorar como una estúpida y acepta los castigos por tu desobediencia. Yo no autoricé que se mearan en tu piel. Eso no quiere decir, como te dije antes, que no me divirtiera la situación pero hemos de ser serios y como tal debo castigar esa indisciplina. Por lo tanto te daré tres latigazos extras en tu ano.

   Fue hacia la estantería donde tenía todos sus aparatos y cogió un rollo de esparadrapo ancho, partió unas tiras largas y pegó un extremo de ellas a mitad de cada nalga, adhiriendo el otro extremo de los trozos a cada uno de los bordes del asiento del potro. Con esta operación, consiguió que se abrieran y quedara expedito para el castigo mi dilatado y maltrecho ano. Me dolía tremendamente el culo por los azotes recibidos, las marcas en mi trasero eran evidentes y las tiras de esparadrapo que tersaban la piel dolorida hicieron que gritase nuevamente de angustia. No podía creerlo. Bastante había sufrido mi pobre recto con los obreros y con el dildo puesto todo el día para que ahora fuera castigado tan brutalmente, máxime cuando se trataban de tres azotes extras que iban a ser, con diferencia,  más fuertes que los dados en las tandas.

   Ahora, que ya estás preparada me lo vas a pedir con sumisión y dulzura, ¡Venga!, empieza a suplicar, -me ordenó-.

   No podía más. Me volví a orinar del susto pero al final pude, entre sollozos, decir; Mi Amo, puede azotarme más fuerte en mi ano por favor.

   Se tomó su tiempo como calculando no fallar y dar justo en todo el ojete y vaya si lo consiguió, ¡Zas!, un dolor insoportable me alcanzó en todo el centro de mi lacerado ano, el alarido fue bestial y con la voz temblorosa por el dolor, le di las gracias por el trallazo recibido. Todavía tuve que pedirle me diera dos más y cada uno de ellos más fuerte que el anterior. El pequeño botón acabó bastante inflamado por el castigo recibido.

   Sin  ningún miramiento, cuando dio por finalizado mi tormento anal, me arrancó de golpe el esparadrapo que mantenía mi recto a disposición de látigo para que las nalgas volvieran a su posición habitual, aullé de dolor.

   Mi cuerpo era un amasijo de angustia y sólo llevaba veinte azotes más los extras dados en el ano. Creía que no iba a ser capaz de aguantar los restantes cuarenta.

   Ahora que ya hemos saldado esta pequeña insubordinación, solo te quedan los muslos y las plantas de los pies, tú eliges, -me indicó mi Amo-.

   Opté por los muslos creyendo que esa parte de mi anatomía fuera un poco menos lacerante pero resultó igual o más doloroso que las zonas anteriores. Iba golpeando trallazo a trallazo, el posterior más fuerte que el anterior y yo dando las gracias como podía y pidiéndole entre lloros que el siguiente fuera más duro.

   Al final terminó la serie de diez vergajazos en cada uno. Tenía los muslos enrojecidos. Además, al tener bastantes arañazos por lo ocurrido esa tarde, los latigazos lo que hicieron fue terminar de lacerar esa piel ya rasgada de antemano. Algunas gotas de sangre se dejaron  ver en diferentes puntos de mis castigadas piernas. Ya no gritaba, era tanto el dolor que soportaba, que ya no me quedaran ni fuerzas para ello. Mis sollozos se hacían tenues y un hilo de baba seguía escurriéndose por mi cuello cayendo en un goteo insistente hasta el frio suelo.

   Solo queda una zona. Quiero que seas tú quien me suplique castigarla y rápido, -me conminó mi Amo- .

   No me quedaban energías, deseaba de corazón que terminara cuanto antes y con una brizna de voz pude suplicar;  Por favor, Amo, azóteme las plantas de los pies...

   Está bien, diez en cada planta y terminamos el castigo. Vamos perra, a darme las gracias, -exclamó-, que yo también estoy cansado de tanto azotarte. Su voz era un poco entrecortada debido al esfuerzo.

   ¡Zas!, un certero fustazo se estrelló contra mi planta del pie derecho, solo podía gemir. La tortura a la que me estaba sometiendo era tan brutal que no me quedaban fuerzas ni para gritar. Mis lágrimas salían sin cesar pero apenas ya eran audibles mis quejidos, cada vez que estrellaba otro flagelo más fuerte que el anterior en mis ya, de por sí, castigadas plantas.

   Al fin pudo terminar el tormento y me desató. ¡Vamos, baja del potro!, -ordenó-.

   No podía moverme, estaban mis músculos muy doloridos. Intenté desplazar una pierna y levantar la espalda. Deseaba descabalgarme de aquel artefacto de tortura pero cualquier intento de llevarlo a cabo se me hacia una labor imposible.

   ¡Muévete de una vez zorra!, -gritaba-, no me digas que has disfrutado tanto con el azote que quieres seguir, -parecía impacientarse-.

   No puedo, mi Amo, está muy alto, no me llegan mis pies al suelo y me duele mucho el cuerpo cada vez que intento moverme, -respondí sollozando-.

   Está bien, te ayudaré a bajar -bramó-. Acto seguido me agarró con fuerza por debajo de las axilas y me subió la espalda. Una vez en esa posición, me cogió de la cintura y a volandas pudo descabalgarme de aquel artefacto. Cada vez que me asía, el dolor era brutal; la espalda, los glúteos y los muslos los tenía en carne viva, el simple roce me producían escalofríos. Una vez me dejó en el piso y pude plantar los pies, mis rodillas se doblaron y caí al suelo.  

   ¡Levántate!, -gritó mi Amo-, y no te preocupes, a medida que te vaya azotando, tu piel empezará a tener callo y te dolerá menos, incluso puede que te llegue a gustar, -reía mientras me lo decía-.

   No podía dar crédito a sus palabras, pretendía azotarme habitualmente. Pensaba que no podría aguantar otra sesión como ésta. Ya no le quedaban lágrimas a mis ojos de lo irritados que estaban.

   ¡De rodillas! –ordenó, mi Amo- vas a limpiar con tu asquerosa lengua los restos de orín y babas que han quedado en el suelo, no creas que me he olvidado. Qué tú seas una guarra no significa que la sala quede como tal. Al estar tirada en el piso pude acercar mi cara donde se encontraba los charcos de mis fluidos y con la lengua fui poco a poco limpiando el suelo. Ya no me repugnaba, era mayor el dolor y el cansancio que tenía en el cuerpo que el limpiar mis propias inmundicias.

   ¡Ponte de pie, zorra! Y limpia también el asiento del potro, lo has manchado, está lleno de sudor y otros fluidos tuyos. Después de cada castigo todo tiene que quedar muy reluciente, -gritaba, mi Amo-. Tuve que poner todo mi interés en no volver a caer al suelo y, agarrándome en el mismo potro donde hacia breves instantes me había sometido a un brutal castigo, pude con mi lengua, recorrer cada centímetro de ese siniestro asiento hasta dejarlo  en perfecto estado.

   Una vez que, en opinión de mi Amo, estuvo todo impoluto me ordenó que le siguiera. Como pude le acompañé. Cojeaba ostensiblemente al posar mis plantas en el suelo, el dolor por el flagelo sufrido y  por obligarme a permanecer descalza todo el día, hacia insufrible cada paso que tenía que dar. Al fin conseguí llegar al salón principal después de tardar una eternidad en bajar las escaleras que separaba el gabinete de las correcciones, como lo había bautizado mi Amo, de la mencionada estancia.

   Coge este tubo y dátelo por todas las zonas castigadas verás como sientes algo de alivio.  Es una crema analgésica y cicatrizante que te vendrá muy bien. Póntela siempre después de cada sesión, al menos hasta que no se te curta la piel, que será muy pronto, no te preocupes. Me voy a duchar, cuando termine nos iremos a dormir, ha sido un día largo -concluyó-.

   Me fui embadurnando el cuerpo, al menos todas las partes que mis sufridas manos podían abarcar. La verdad que a los poco minutos empecé a sentir alivio, aunque el escozor seguida latente. Menos mal que mi Amo no me había ordenado que me metiera el tapón, tenía el ano totalmente desgarrado por las acometidas de los obreros y, sobre todo, por los trallazos dados en la sesión de castigo. Di gracias que apenas había probado bocado en todo el día a excepción de las sobras de la cena porque en el estado en el que me encontraba hubiera sido otro calvario tener que defecar con el ano en carne viva.

   Esperé pacientemente a que mi Amo terminara de ducharse. No sabía dónde me tocaba acostarme esta noche aunque sospechaba que, después del día que había pasado, me autorizaría a poder dormir en la cama, tenía el cuerpo muy magullado para tumbarme en el suelo del dormitorio, por muy enmoquetado que estuviera, como lo había hecho el día anterior.

   Lo que deseché fue hablarle esa noche. Estaba muy cansada y dolorida para exponerle mis dudas de seguir estando con él. Ya lo discutiría el día siguiente. Necesitaba dormir, descansar mi maltrecho cuerpo cuanto antes.

   Apareció mi Amo en albornoz. Yo me encontraba de pie, en el salón esperando instrucciones y con los brazos y piernas un poco separados para que la crema hiciera su efecto y se impregnara bien en mi piel.

   No hizo más que llegar a mi altura cuando, sin previo aviso, descargo una fuerte bofetada en todo mi rostro que me hizo perder el equilibrio y caí de rodillas,

   ¡Eres más estúpida de lo que pensaba!, -gritó- creía haberte enseñado que cuando una esclava espera a su Amo debe hacerlo siempre sentada en la posición de sumisa y no de pié, -seguía gritando-, vamos, ponte en posición,-me ordenó-.

   Me ardía la mejilla por el golpe recibido y a duras penas pude sentarme sobre mis talones. Al tensar los muslos la piel me tiraba por el castigo recibido pero aguantando el dolor logré ponerme en la postura de sumisa con las rodillas ligeramente abiertas y las manos a la espalda.

   Está visto que no aprendes ni a golpes, pensaba que el castigo de esta noche abría servido para algo, pero veo que me va a costar algún esfuerzo más convertirte en la esclava que deseo, de momento -seguía hablando-, hoy tampoco dormirás en la cama, así aprenderás a comportarte, -gritaba-.

   ¡Levántate y sígueme!, -ordenó-.

   Me incorporé y a duras penas pude seguirle. Bajamos unas escaleras que salían desde un rincón de la cocina y llegamos a una especie de trastero. Tampoco había estado nunca ahí. Era una habitación débilmente iluminada por una pequeña bombilla. Era una estancia de unos diez metros cuadrados totalmente diáfanos. Como único suelo no había más que una capa de hormigón muy mal echada. La rugosidad del mismo me mancillaba mis ya inflamadas plantas de los pies. En la mitad de la habitación salía una columna que llegaba al techo, el mencionado pilar era redondo y de pequeño diámetro.

¡De rodillas!, -ordenó-. Me postré al instante. Al estar el suelo áspero y rugoso, éste se me clavaba en las articulaciones. ¡Las manos a la espalda!, -gritó-. Me tuvo en esa poción unos minutos mientras desapareció del cuarto. Me quedé, mientras esperaba en esa posición, sin moverme un milímetro y aguantando como podía el dolor por la postura en la que estaba después del castigo sufrido en aquel potro de tortura.

   Al rato volvió llevando consigo unas esposas y una cadena de metro o metro y medio de largo con un par de candados, me engrilletó las manos a la espalda y luego paso la  ajorca de hierro por la columna uniendo un extremo de la amarra a una de las argollas de la aludida cadena bordeando la columna, quedando la misma muy tensa. El otro extremo lo unió a la cadeneta por la que se juntan  las dos esposas con ayuda del otro candado. Cerró ambos.

Hoy dormirás aquí y de esta manera, -me indicó-. Si tienes frió te jodes. La cadena tiene una longitud de algo menos de un metro y medio eso es lo máximo que tienes para moverte. Si te entran ganas de mear te lo haces aquí mismo. El suelo es de hormigón y aguantaran tus orines. Si quieres cagar también te lo haces aquí. Como eres una guarra estarás cómoda con los olores. Y no te aguantes las ganas no sé a qué hora vendré a buscarte, puede ser muy tarde. Mañana hablaremos seriamente...

   Acto seguido apagó la luz, cerró la puerta y se marchó. Pude oírle como poco a poco subía las escaleras.

   Allí me quedé, en ese estado, me molestaban bastante las rodillas con el contacto del suelo tan rugoso. Tensando la cadena todo lo que posible, pude recostarme de lado  apoyando suavemente mi cabeza en aquel áspero piso. No podía pensar, había sido un día muy largo, muy duro. Me dolía todo el cuerpo y pensaba que al tener las manos atadas a la espalda tampoco ayudaría a buscar una postura que, al menos, pudiera ayudar a conciliar el sueño pero el cansancio acumulado pudo vencer al mismo sufrimiento y a todos los inconvenientes acabando dominada poco a poco por un profundo letargo.

   Mañana será otro día pensé, y mi Amo quería hablar seguramente para darme otro ultimátum como el del día anterior y quizás esta vez si aceptaría dejarle... o quizás no.

 

 

 

 

-       FIN SEGUNDO CAPÍTULO  -


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