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Fecha: 27-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

Muerte en La Alpujarra (IV)

Fran
Accesos: 1.654
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 54 min. ]
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Se resuelve el misterio Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

La especial y recién adquirida relación entre padre e hijo tardó poco en truncarse. Aunque tenían varios días por delante para estar a solas hasta que doña Concha volviera de su viaje, Criso encontró una desconcertante nota en su despacho al día siguiente: “Sé lo que hace con su hijo”. En un primer impulso quiso llamar a la policía, pero temía que aquello se airease si la amenaza iba acompañada de alguna prueba, y por otro lado estaba casi convencido de que había sido el agente de policía quien la dejó. Cuando Cristian volvió del instituto se mostró cariñoso con su padre, preguntándole por el plan que tenían para esa tarde. Criso dudó sobre qué hacer, pues si se volvía a distanciar de él le heriría perdiéndole para siempre. Tampoco consideró una buena idea contarle acerca de la nota.

-Vámonos por ahí -sugirió creyendo que lo mejor era poner tierra de por medio.

-¿Dónde?

-No sé, cojamos el coche y ya se nos ocurrirá algo. Te dejo conducir el Mercedes.

Con esa excusa pasaron la tarde fuera, si bien el temor de Criso se acentuaba mientras volvían, impaciente e inquieto por si había una nueva nota.

-No encuentro mis llaves -anunció tras aparcar-. Hijo, ¿llevas las tuyas?

Hacer ver que había perdido las llaves le sirvió como excusa para cambiar las cerraduras al día siguiente, preguntándose aún cómo Martínez había logrado entrar en su casa. La pérdida de las llaves sería también un buen pretexto para pasarse por la comisaría. Se alegró de que Alonso estuviera allí, aunque desconcertado por su expresión de indiferencia.

-¿Está Pacheco? -le preguntó.

-No.

-¿Y el otro?

-Tampoco.

-¿Qué hacías en mi casa la otra noche? -dijo sin rodeos, aunque nuevamente no logró sorprender al agente.

-Pasar el rato con su hijo.

-¿Nada más?

-Ajá -asintió con indiferencia mientras fingía mirar unos papeles.

-¿Qué relación tienes con Cristian? -insistió.

-Desde luego una no tan enfermiza como la tuya -dijo con descaro provocando la furia del señor Alcántara.

Éste le agarró por la pechera amenazante, pero Martínez ni se inmutó.

-¿Qué quieres de mí?

-Ya lo sabrás.

-¿Cuándo?

-Cuando me decida -contestó chulesco.

-No sabes con quién estás hablando, muchacho.

-Vaya si lo sé.

-Reúnete conmigo mañana por la mañana.

-No puedo -mintió el agente.

-Más vale que saques un hueco mientras el chico está en el instituto.

Sin embargo, Martínez no apareció acrecentando la furia del empresario al tiempo que le desconcertaba nublándole la capacidad de urdir un plan para acabar con todo aquello. Sí que se inventó que había surgido un grave problema de negocios cuando Cristian le pidió que hicieran algo juntos después de volver de clase, haciendo que el muchacho se enfadase por creer que su relación iba a estrecharse de nuevo admitiendo que lo importante para Criso eran sus empresas. Así, el chaval recurrió de nuevo al agente, con el que quedó para esa misma noche. Pero Martínez, antes de reunirse con su amante, decidió hacerle una visita al padre.

-¿Qué haces aquí? No quiero que te vea el chico.

-No tardaré mucho.

-¿Qué quieres?

-De momento quiero que te deshagas de Pacheco.

-¿Cómo dices?

-Mi intención es convertirme en Jefe de Policía y tú me vas a ayudar.

-¿Por qué iba a hacer yo eso?

-Porque si no ya sabes lo que puedo ir contando por ahí…

-No te atreverás. Y además, ¿quién iba a hacer caso a un mindundi como tú?

-¿Tan tonto me consideras? Tengo pruebas.

-Muéstramelas.

-No.

-No te creo entonces.

-Pruébame… Y pensándolo mejor… También quiero alguna de las casas que tienes en el pueblo. Creo que ha llegado la hora de independizarme de los viejos.

-¿Pretendes que te regale una casa?

-De momento eso. Me voy ya, que tengo una cita con tu hijo.

Alcántara quiso pararle, pero Martínez le ignoró. Se enfureció al ver cómo entraba en la casa del jardín sintiéndose impotente y lleno de ira, creyendo por un momento que sería capaz de hacer algo de lo que luego se arrepentiría…

-Vallejo, hay varias cosas que no entiendo -se interesaba el sargento mientras volvían a la comisaría.

-Confieso que ya somos dos.

-¿Por qué iba Cristian Alcántara a dejar sus huellas en el ramo? Quiero decir, que si pretendía cargarse a alguien, qué menos que tomar precauciones.

-Posiblemente su plan no era matar a nadie.

-¿Cuál entonces?

-Asustar.

-¿A quién? ¿Por qué? ¿Cómo asustar a alguien con un simple ramo de flores? A no ser…reflexionó- ¡El muchacho conocía al asesino del ramo!

-Vaya, Pajares, me desvelo ante usted. Buena deducción.

-No se burle de mí, Vallejo.

-No lo hago. Creo que va usted muy bien encaminado.

-¿Comparte entonces mi teoría?

-Digamos que en este punto no la descarto.

-Debería darme más detalles de los asesinatos de ese cabrón.

-Han sido tres víctimas en tres años, pero no hemos logrado encontrar un patrón. No hay una fecha en concreto, lo que nos hace creer que actúa por impulsos. Hasta donde sabemos las víctimas no tienen nada en común: ni por edad, ni por trabajo… Nada que nos haga creer que se conocían.

-Desconcertante. ¿Ni una huella o una pista?

-Nada.

-¿Y el modus operandi?

-Diferente en cada ocasión, aunque siempre al aire libre y el maldito ramo colocado junto al cadáver.

-¿Cómo los mataba?

-Un golpe en la cabeza a uno, estrangulamiento a otra y herida de arma blanca al tercero.

-No es muy usual este tipo de asesino en serie.

-Ciertamente no lo es, lo que parece claro es que el mensaje está en el ramo.

-¿Qué vamos a hacer con Martínez?

-De momento, que nos explique su relación con la víctima. Ya habrá tiempo de saber eso de su doble identidad.

Aunque manifestaba cierta tranquilidad, el inspector Vallejo estaba totalmente desconcertado y casi perdido ante las recientes revelaciones. Eso le provocaba enojo y frustración por mucho que en el fondo prefiriera casos relativamente complicados que evidenciaran lo brillante que era alimentando así su ego retándose a sí mismo para ir superándose.

-¿Dónde está Martínez? -preguntó al entrar en comisaría.

-Ha desaparecido -respondió Pacheco con enfado.

-¡Mierda! -el sargento comenzaba también a ponerse nervioso.

-¿Desde hace cuánto tiempo?

-No sé, un rato.

-Pajares, necesito a todas sus unidades -ordenaba el inspector-. Que hagan controles en todos los pueblos hasta la autovía. Mande una orden con los datos de su coche.

-Martínez no tiene coche -apuntó Pérez.

-¿Los abuelos?

-No conducen.

-¿Autobuses?

-Dos al día, el último pasará en un rato -Pacheco miró el reloj.

-Necesito a alguien de incógnito en la parada.

-Uno de los hippies que viven en la comuna de abajo trabaja en el hotel y suele coger ese autobús.

-Bien, contacte con él.

-Igual ha robado algún coche -apuntó Pérez.

-Puede ser. Encárguese de averiguarlo.

-Pacheco, en cuanto venga la primera patrulla vaya con ellos a casa de los abuelos.

-Puedo ir solo -repuso.

-Es arriesgado. Pajares, necesitamos a todos sus hombres ya. Usted y yo iremos a casa de los Alcántara.

Aunque todo parecía bien dispuesto, Vallejo sabía que iba a resultar prácticamente imposible pillar a Martínez en su escapada. Necesitaba aclararse; sólo un instante para poder pensar y ordenar sus ideas, pero no lo conseguía; algo se le escapaba.

-Conduzca rápido -pidió al sargento.

Al llegar de nuevo al chalet de los Alcántara, don Criso les recibió de mala gana.

-¿Otra vez aquí?

-Abra, es importante.

-¿Tienen otra orden?

-¡Abre de una puta vez! -gritó Pajares.

Lo primero en lo que se fijó Vallejo es que no faltara ninguno de sus coches, pues recordó que había mencionado que los dejaban abiertos.

-¿Tienen algún otro vehículo? -preguntó el inspector.

-No.

Vallejo salió corriendo a la casa de Cristian ignorando los gritos del señor Alcántara. Tras comprobar que estaba vacía se dio una vuelta alrededor hasta encontrar lo que fue una plantación de marihuana, pues todos los cogollos habían sido cortados.

-Señor Alcántara, esto es serio -habló Vallejo al volver-. Dígame todo lo que sabe del agente Martínez.

Criso palideció, pero como cabía esperar, negó tener relación alguna con él.

-Insisto en que es sumamente importante, señor Alcántara.

-Ya le he dicho que no sé de qué me habla.

Impetuoso, el sargento Pajares le agarró con sus fuertes brazos por la pechera de la camisa con los ojos encendidos y una voz amenazante:

-Larga por esa boca o le cuento a tu mujer lo que pasó en la mili.

Crisógino Alcántara creyó tener un as en la manga cuando cayó en la cuenta de que para hacer legal el traspaso de una de sus propiedades, don Gregorio Martínez, el abuelo del agente y notario del pueblo, tendría que firmar el documento, por lo que Alonso no se saldría con la suya en ese sentido. Lo de cargarse a Pacheco era otro cantar, aunque dudó si el agente se refería únicamente a apartarle del cargo o hacer que pareciera un accidente…

-Como lo hagas a mí me es indiferente -le dijo la siguiente vez que se encontraron-. Y no te preocupes, que de la firma de mi abuelo yo me encargo.

-Quiero que dejes de ver a mi hijo desde ya.

-Eso te va a salir caro.

Le dio un par de miles de euros que llevaba en la cartera como anticipo consciente de que aquello no bastaría y que las amenazas y chantajes de Martínez no iban a tener fin. Para saber si cumplía con su palabra tuvo que rechazar de nuevo la compañía de Cristian, quedándose toda la noche en vela vigilando si el agente venía a verle o su hijo salía. Durante dos noches no ocurrió nada, y vencido por el dolor que le provocaba ver a su hijo nuevamente decepcionado, le invitó a que cenaran juntos y pasaran el rato. El chico lo rechazó, pero unas convincentes excusas acabaron por debilitarle y aceptar. Sin embargo, la noche no iba como Cristian esperaba, pues su padre parecía repentinamente empeñado en persuadirle para que se fuera a estudiar a Madrid y saliese del pueblo una temporada por temor a cómo los acontecimientos iban a acabar. Cristian sintió que quería quitárselo de en medio por lo que había habido entre ellos, como si fuese un castigo o algo así.

-¿O es que temes que se repita? -le decía con ojos vidriosos.

-No es nada de eso, hijo. Creo que te hará bien.

-Pues no voy a ir a ningún sitio.

-Piénsalo. Es lo mejor.

-¿Lo mejor para quién? Otra vez sólo piensas en ti y lo que a ti te parezca sin importarte lo que yo quiera.

-No es verdad.

-¡Y una mierda! Has jugado conmigo como con toda la gente del pueblo. Con tu propio hijo. Eres un…

-Cristian, ha habido complicaciones -le interrumpió planteándose incluso contarle lo que sucedía.

-¡Excusas!

-No lo son.

-¿Qué es entonces?

-No puedo decírtelo. Confía en mí.

-¿Ves? Ni tú mismo te crees lo que estás diciendo. Paso; paso de ti y de lo que me digas.

-Sólo puedo decirte que no deberías seguir viendo a Martínez.

-¡Ajá! Así que es eso. Lo sabía, sabía que mucho decir “me da igual que seas gay”, pero te avergüenzas de que se enteren en el pueblo que salgo con él, ¿no?

-No es eso.

-Vaya que no. No me tomes por gilipollas.

-Martínez en un cabrón. No hay más.

-No, si ahora me tendrás que decir también con quién puedo salir y con quién no.

-Me da igual eso. Sólo te pido que no salgas con él. Está enfermo.

-Pues a mí me gusta, y si lo que quieres es separarnos, lo llevas claro.

La discusión no estaba yendo por donde Criso pretendía, así que tocaba hablar claro o dejar que las cosas empeoraran aún más.

-Martínez me está amenazando -se atrevió a decir-. No sé cómo, pero se ha enterado de algo.

Le contó la historia de la nota y los chantajes interrumpido por momentos debido a la incredulidad del muchacho. Sin embargo, por muy rebuscado que pareciese, se negaba a creer que su padre se lo inventase por el mero hecho de querer separarles. El chico se sintió traicionado, desconsolado, escéptico de que todo eso estuviese ocurriendo de verdad. Intentaba entender el porqué, pero se le escapaba. Con ayuda de su padre se fue relajando mientras rememoraba momentos que quizá se le habían escapado, como el de las llaves, el interés en la marihuana…

-¿Dónde vas?  -se preocupó el padre al ver que se levantaba.

-Quiero comprobar una cosa.

Criso le siguió sin insistirle en saber hacia dónde se dirigía. Rodearon la casa del jardín y Cristian fue directo a buscar algo. Encendió la linterna del móvil mientras caminaba entre los matorrales de esa parte de la finca a la que nadie accedía. Por fin encontró lo que se temía: varias plantas de maría alejadas de donde habían cultivado la primera. En ese instante acabó de derrumbarse, pero en un impulso intentó destrozarlas todas.

-¡No, espera! -Criso trató de apartarle, aunque el muchacho había entrado en cólera desoyendo las palabras de su progenitor-. Cristian, no. Tenemos que dejar que Martínez siga creyendo que tiene el poder hasta que se nos ocurra algo.

Logró calmarse y volvieron a la casa. Allí trataron de pensar en algo para detener a Martínez, aunque ninguna de sus propuestas acababa de convencerles. Se acostaron juntos en silencio, abrazados y cada uno sumido en sus propias reflexiones, si bien las de Criso pasaban por compadecer a su hijo y vengarse del cabrón de Martínez. Por eso tuvo que contenerse cuando se encontraron de nuevo y volvió a pedirle dinero, con la esperanza de que se le ocurriera algo cuanto antes.

-Necesito un coche -le pidió esa vez.

-¿No te he dado ya dinero suficiente para que te compres uno?

-Bueno, eso lo estoy ahorrando para otras cosas.

-¿Y cómo justifico yo un desembolso tan grande ante mi mujer o mi gestor?

-Eso no es asunto mío. Tampoco es necesario que sea un coche caro. No es mi prioridad, sólo lo necesitaré en caso de emergencia.

-Te puedes quedar el Jeep que usaba para las cacerías.

-Bueno, me parece bien. Necesitaré una cochera para guardarlo. No queremos levantar sospechas, ¿verdad? “¿Qué hace el agente Martínez con el coche de Alcántara?”, se podría preguntar la gente.

-Hombre, podemos hacer un contrato de compraventa. Tú quieres un coche y yo quiero deshacerme de uno que no uso.

-No, no es necesario. Tú dame las llaves y un sitio para guardarlo y ya está.

Tragándose la rabia y el orgullo, Criso accedió de nuevo a la petición de Martínez.

-¡Le di un coche! -admitió derrumbándose después de que Pajares le contara que el agente estaba en busca y captura.

-¿Dónde lo guardaba?

-En una de mis cocheras del camino del cerro.

-Llévenos hasta ella.

Vallejo deseaba que por fin algo saliera bien y el coche no estuviera allí para tener a lo que agarrarse. Afortunadamente, la cochera estaba vacía.

-Pajares, ponga en aviso. Dígale los datos del vehículo -ordenó a Alcántara.

El sargento volvió al coche para hablar por radio advirtiendo a las patrullas el modelo que buscaban. Mientras volvían a casa de los Alcántara recibió una llamada de Pacheco.

-El viejo no nos deja entrar en su casa.

-Vamos para allá.

Dejaron a Criso en su chalet ordenándole que no saliese de él y que les contactase si veía algo raro. Al llegar al domicilio de Martínez, los guardias esperaban en la puerta junto a Pacheco. Vallejo le ignoró y llamó al timbre.

-Déjennos tranquilos -habló don Gregorio desde el otro lado.

-Señor, soy el inspector Vallejo. Su nieto ha robado un coche, así que usted sabrá que eso se considera delito flagrante y por tanto no necesitamos orden judicial. Podemos echar la puerta abajo si lo prefiere.

El anciano accedió con resignación y los agentes entraron a registrar la vivienda. Vallejo fue en busca del cuarto de Alonso, aunque en apariencia no había nada fuera de lo normal. Rebuscó en los armarios, cajones, exploró posibles escondites… En vano, porque fue incapaz de encontrar nada.

-¡Sargento! -gritó al llegar al desván y encontrarse con cientos de trastos llenos de polvo.

Pajares le acompañó y comenzaron a buscar allí.

-¿Está pensando en algo en concreto? -inquirió el sargento.

-No. Pero de haber algo, ha de estar aquí, porque dudo que los abuelos puedan subir tantas escaleras, así que para Martínez este sería el único sitio seguro.

Vallejo no se equivocó: metida en una bolsa encontró una buena cantidad de dinero. Sin embargo, intuía que tendría que haber algo más. Vio en una caja viejos documentos pertenecientes a don Gregorio, todos relacionados con sus actividades como notario, así que no puso mucha atención en un principio. Sin embargo, un sobre amarillento con el sello de un despacho de abogados de El Ferrol captó su atención. Lo abrió y no era más que una felicitación de Navidad del año 89, aunque no iba dirigida a nadie en concreto, como si se mandaran a todos los clientes del bufete.

-¿Ha encontrado algo? -se interesó Pajares al ver que el inspector se había detenido.

-La punta del hilo -Vallejo se levantó exaltado para sacarse el teléfono del bolsillo-. Mario, repíteme el nombre del hospital donde nació Bobadilla.

-Lo has resuelto, ¿verdad? -preguntó después de mencionar la clínica.

-Vaya entusiasmo el tuyo -le reprochó Vallejo.

-Era cuestión de tiempo.

-El asesino ha desaparecido -su confesión aumentó el interés de Pajares.

-Aun así esto te animará para no perder la esperanza con el asesino del ramo.

-¡No, si es el asesino del ramo el que ha escapado!

-Wow, voy a casarme con un genio -admitió Mario.

-¿Casarte? ¿Me he perdido algo? -al sargento le fascinaba la capacidad del inspector de no dejar de asombrarle-. Ya hablaremos tú y yo -colgó.

-No sé si darle primero la enhorabuena por el caso o por la boda -bromeó Pajares.

-De momento ninguna. Recuerde que aún tenemos que averiguar qué le pasó a Cristian Alcántara.

La revelación de que Martínez hubiese estado aprovechándose de él provocó que Cristian madurara casi repentinamente sintiéndose como un idiota ingenuo por no haberse dado cuenta. En un irremediable impulso quiso ir en su busca para darle una paliza o algo incluso peor. Que se su padre se hubiese rendido a la extorsión del policía le cabreó también, así que las discusiones entre ellos volvieron a recobrar protagonismo, aunque ahora con un cariz diferente. Con todo, él quiso planear su venganza, para la que necesitaba templanza y grandes dotes dramáticas para que su amante no notase nada. Siguió quedando con él, aunque la llegada del verano, los turnos dobles de la escasa plantilla de la comisaría, y el ajetreo que provocaban los turistas hicieron que sus encuentros fueran menos frecuentes. El joven Alcántara estaba convencido de que Martínez había de tener algún punto flaco, haber cometido algún desliz.

Una de las noches que jugaban a la consola, Martínez se cabreó tanto porque el chaval le venciera que tiró el mando al suelo y lo rompió con violencia, aunque el policía se dio cuenta de lo desmesurado de su reacción y bromeó intentando restarle importancia. Hasta que pudo hacerse con un mando nuevo, se iban intercalando las partidas mientras el otro miraba o hacía garabatos en el cuaderno donde iban apuntando sus victorias para no perder la cuenta de quién ganaba y poder así echárselo en cara al otro. Cristian se limitaba a hacer rayajos o a escribir su nombre con letras de grafiti, pero Alonso dibujaba de manera más elaborada, perdiendo a veces la noción del tiempo. Cuando le tocaba jugar a él, el anfitrión recuperaba el cuaderno sin prestarle demasiada atención a las creaciones del otro. Sin embargo, durante una comida con sus padres mientras veían las noticias para no discutir, una mención a un asesino que dejaba ramos de flores cerca de sus víctimas y la imagen de una de ellas en la escena del crimen llamó su atención. “He visto eso en algún sitio”, pensó. Pero no fue capaz de saber dónde. Tardó en darse cuenta de que Alonso había dibujado en su cuaderno esa misma escena, si bien no lo achacó a que él fuera el buscado asesino, sino una simple casualidad. Pero ante la falta de ideas y la inexistente iniciativa de su padre, se auto convenció de que Martínez era un homicida, por mucho que todo estuviese basado en una ilustración del cuaderno de marcaciones. Buscó en internet información sobre los crímenes sin sacar nada en claro, mas como las vacaciones le dejaban mucho tiempo libre y sus padres estaban demasiado ocupados con la temporada alta, decidió jugar a los detectives.

Tomó nota de las fechas de los homicidios dispuesto a comprobar dónde estaba Martínez esos días. Cómo hacerlo iba a resultar complicado, pues ellos por entonces no estaban juntos. Se aseguró de que Martínez no estaba de turno y se dirigió a la comisaría pensando cómo tener acceso a los cuadrantes pasados. Al no ver el coche de Pacheco en la puerta, se imaginó que estaría sólo el nuevo agente, al que apenas había visto un par de veces. Fingió estar borracho y entró diciendo que le habían robado el dinero de la cartera. Pérez no le tomó muy en serio, así que Cristian enfatizó su papel. Para su suerte, el agente le ofreció darle un café para que se despejara, aceptándolo consciente de que la máquina estaba al fondo del pasillo. Se coló en el mostrador para trastear el ordenador. Buscó el fichero de los cuadrantes hasta llegar a la fecha del último asesinato. No pudo comprobar los otros dos porque el agente le pilló.

-¡Eh! ¿Qué coño haces?

-¿Tengo antecedentes? -improvisó-. Sólo quería ver si los tengo…

-Sal de ahí ahora mismo.

-Vale, vale -se planteó mentalmente dedicarse a ser actor por lo creíble que parecía.

-Anda, lárgate.

Entusiasmado porque la fecha del asesinato coincidía con unas vacaciones de Martínez, y aunque no hubiese comprobado las otras dos, persistió en su empeño de desenmascararle basándose únicamente en eso. Imprimió una foto de su sospechoso, cogió el coche, y condujo hasta las ciudades donde se habían cometido los asesinatos dispuesto a inculpar al cabrón que tan mal se lo estaba haciendo pasar tanto a él como a su padre. No tuvo suerte ni en Madrid ni en Barcelona, pero en el despacho de Ferrol propiedad de una de las víctimas, la secretaria confirmó haber visto al de la foto. Cuando volvió casi una semana después le hizo la gran revelación a su padre.

-¿Estás seguro? Lo que me cuentas no son demasiadas pruebas.

-Le pueden meter en la cárcel, papá. Vayamos a ver al sargento Pajares.

-¿Y si se va de la lengua?

-¿Qué importa? ¿Quién le va a creer?

-Pero, ¿y si sale mal y le absuelven? Imagina de lo que sería capaz de hacernos.

-Papá, es la única manera que tenemos de acabar con todo esto.

En un arrebato de entusiasmo, Cristian abrazó a su padre y le besó de nuevo en los labios. Esta vez sí que le apartó, pero el chico no iba a darse por vencido:

-Fóllame, papá. Quítame toda esta pena que tengo por dentro. Sólo una vez. Me iré a estudiar a Madrid tal como querías.

-Hijo, esto no está bien. Lo de la otra vez fue un error que no se debería repetir.

-Será la última, te lo prometo. Necesito que me hagas sentir lo que sentiste tú en aquella ocasión.

De nuevo don Criso cedió ante la dudosa proposición de su hijo. Lo hizo casi por compasión, como una última oportunidad de sentirse unido a él, pues la incertidumbre de cómo pudiera acabar todo aquello no presagiaba nada bueno. Cristian le agarró de la mano dirigiéndole hasta el sótano.

-Sé que pasas mucho tiempo aquí -apreció el chaval-, así que espero que te quedes con este recuerdo.

Acto seguido se quitó la ropa con resolución esperando que su padre no pusiese más trabas. Se alegró al ver que también comenzó a desudarse, aunque percibiendo la duda en sus titubeantes movimientos. Encendió el jacuzzi para meterse en él y esperarle allí. Cuando Criso le acompañó volvieron a besarse mientras el chaval le acariciaba la polla bajo el agua y restregaba la suya con la pierna de su padre. Tras eso, se colocó delante de él para poder frotarse. Contorneaba su cuerpo contra el otro con movimientos delicados y suaves buscando que sus rabos se juntasen entre las burbujas. Cuando lo consiguió fue arqueándose mientras le agarraba con firmeza por la espalda para que no se separaran. Su rabo ya había concentrado gran parte de sangre, palpitando con la idea de que su progenitor le iba a follar y excitado de repente ante la tentación de comerle también la polla. Le empujó por las axilas hasta que Criso quedó sentado en el borde dejando su verga ya firme apuntando al techo. El muchacho se relamió y se acercó a ella sin vacilar.

Don Criso sintió otro escalofrío al notar la lengua de su hijo en la punta de su cipote. Se había detenido en él jugueteando con el pellejo, mordisqueándolo, queriéndolo apartar con la lengua hasta encontrar el glande para provocarle así un cosquilleo de lo más placentero. Esta vez no lo disimuló, dando rienda suelta a todo tipo de sonidos que iba exhalando al compás de las maniobras que iba haciendo Cristian. Éste ya había empezado a tragársela casi entera, succionándola entre sus labios de forma pausada con meneos que recorrían todo el tronco hasta alcanzar la base con la comisura de sus labios. A veces se iba ayudando de la mano, pero más por la costumbre que ya había adquirido al mamársela al agente Martínez, poseedor de un rabo bastante más largo que el de su padre. Compararlos no servía de mucho, pero le atraía poder jugar con esa piel sobrante de la que el otro carecía. Por eso se entretenía más en la punta provocando que don Criso gimiera sin tapujos como muestra de lo deleitoso que aquello resultaba.

Al verle disfrutar de esa manera, Cristian sintió una mezcla de envidia y deseo por probar él también, pues su amante jamás llegó a chuparle la polla. De hecho, nadie antes aunque se lo inventara en su primera cita para no quedar como un mojigato o algo así. Debía de ser algo sumamente placentero que él también se merecía. Se detuvo entonces pensando si sería una buena idea pedírselo a su padre, desvaneciéndose por un momento ese descaro que había mostrado hasta entonces. Se levantó quedándose de pie frente a Criso con la esperanza de que éste interpretara su insinuación. Se miraron, pero al ver que el otro no hacía nada, Cristian optó por empujarle la cabeza con la mano. Total, si don Criso se había dejado follar, nada indicaba que no accediera a chupársela a su hijo. Y pese a necesitar ese pequeño empujón, finalmente lo hizo sin objeción. El calambre que recorrió todo el cuerpo de Cristian al sentir la boca de su padre envolviéndole la polla era totalmente indescriptible. Un inquietante jadeo fue la mejor prueba de lo que estaba sintiendo por primera vez. Tanto fue así, que dejándose llevar por un arrebato, siguió cogiéndole por el cabello para dirigir sus movimientos.

Lo hacía con delicadeza al principio disfrutando de lo increíble que le estaba resultando la mamada, pero fue probando a ir empujándole cada vez más rápido al tiempo que él arqueaba la pelvis mientras jadeaba con la mirada perdida en aquel sótano. Cuando la bajaba, veía a su padre casi ahogándose con su polla dentro de la boca. Sin saber por qué, aquello le excitaba, así que siguió tensando la situación hasta estar follándosela casi con brusquedad. A Criso le pilló por sorpresa esa repentina violencia de Cristian, recordando de nuevo cuando el sargento Pajares se lo hacía en la garita del cuartel. Por eso no le importó por mucho que a veces le faltase el aire. Veía cómo su hijo empujaba con fuerza hasta que su polla quedaba bien dentro, embistiéndole de manera ruda mientras le agarraba del cabello para que no se soltase. Cristian estaba más excitado que nunca, percibiendo un placer desconocido no sólo por la fricción de su rabo, sino por la situación en general. Su juventud e impaciencia le llevaron a querer acabar así, olvidándose de que su padre le follase tal como le había pedido minutos antes.

No fue capaz de parar en mitad de ese trance tan plácido, casi dispuesto a querer correrse sin más, sin importarle siquiera hacerlo dentro de su padre. Y aunque fue intercalando los movimientos enérgicos con otros más pausados, determinó que había tiempo suficiente para hacer más, así que sin avisar más que con un intenso gemido, Cristian se dispuso a correrse sin sacarse la polla, provocando de nuevo el asombro de don Criso. Tampoco lo evitó, y fue deleitándose con el espeso líquido casi sin quererlo, sin más oportunidad que ir tragándoselo al compás de las sacudidas de su hijo, quien sollozaba como el chiquillo que era casi de manera desproporcionada, por más que correrse dentro de alguien resulte casi el éxtasis.

-Podías haber avisado -recriminó Criso cuando Cristian paró de descargar.

-Lo siento, papá, me he dejado llevar. Fóllame tú ahora y córrete dentro también.

-No es necesario.

-Sí, hazlo.

-¿Es la primera vez?

-Bueno, Alonso lo ha intentado, pero como me dolía lo dejábamos.

-Si te duele no hace falta que lo hagamos.

-No, quiero hacerlo. Y tú la tienes más pequeña.

Cristian no le dio opción, agarrándole de la mano para salir del jacuzzi y colocarse en una de las tumbonas. Empujó para que el otro se sentara, se giró colocándose a horcajadas, y fue dejando caer su cuerpo dispuesto a que su padre le rompiera el ojete.

-Avísame si te duele mucho.

El muchacho no contestó, limitándose a apartarse las nalgas cuando sintió el capullo cerca de su agujero. Criso lo fue acercando con cuidado, temeroso de que le doliera, pues él mismo conocía esa sensación, aunque su rabo no era tampoco comparable al del sargento Pajares. Cristian también agradeció el tamaño y, aunque algo molesto al principio, no parecía que fuese a dolerle tanto como con los otros intentos, por lo que se fue relajando hasta que pudo entrar casi entera.

-Fóllame, papá.

Al ver que no se había quejado apenas, Criso empezó con las embestidas. Lo fue haciendo con suavidad, dejando caer el cuerpo de Cristian sobre su rabo despacio y con calma. El chico ya había empezado a regular sus movimientos, sintiendo una mezcla de malestar y placer que parecía ir desvaneciéndose conforme su culo se iba adaptando a ser penetrado. Y así, los dos se rindieron al placer de una buena follada, gimiendo al unísono con la misma cadencia con la que la polla de don Criso iba clavándose en el culo de Cristian. Y tal como le había sugerido, el padre acabó corriéndose dentro de él, aunque éste sí que avisó. El chaval notó los chorros de leche deslizarse por sus entrañas, aunque lo desgarrador fue la sensación de vacío cuando Criso se sacó por fin la polla. Fue una percepción un tanto extraña, pero ambos quedaron plenamente satisfechos.    

-Su nieto está metido en un buen lío -informó el inspector a don Gregorio-. Dígame si está dispuesto a colaborar.

-¿Qué quiere saber? -replicó abatido.

-¿Qué tienen en común Fernando San Román, Matilde Soler y Alfredo Mora?

Los párpados del anciano se fueron abriendo poco a poco con los movimientos lentos típicos de su edad hasta que sus ojos brillaron de asombro e incredulidad. Su gesto no dejaba lugar a dudas, pero Vallejo necesitaba entender el porqué.

-Son las tres víctimas del asesino del ramo; de su nieto -confesó.

Aún paralizado, don Gregorio perdió la mirada como si supiera que ese momento iba a llegar, pues al escuchar los nombres de las víctimas en las noticias se temió lo peor, si bien aún aguardaba algo de esperanza.

-Dígame, ¿por qué recibió usted una felicitación de Navidad de un bufete de abogados el mismo año que su nieto vino a vivir con ustedes pasando de ser Santiago Bobadilla a Alonso Martínez?

El anciano apretó los músculos de la cara como si un repentino dolor le estuviera devorando por dentro.

-¿Y qué me dice de los otros? Una simple administrativa del hospital donde nació su nieto y un funcionario del registro civil que, fíjese qué casualidad, trabajó con Franco al igual que usted. ¿Fueron ellos los que le ayudaron, verdad? Gracias a ellos su nieto pasó de ser el hijo bastardo de un comunista al nieto de un honorable notario, ¿no es así?

-No siga -habló por fin don Gregorio.

-¿Por qué cree que su nieto hizo esto? ¿Para vengarse de los que le apartaron de su madre contra su voluntad hasta que ella no lo soportó y se quitó la vida? Suicidio, el colmo de la deshonra para una familia tan religiosa como la de ustedes, ¿verdad? 

Dirigió la mirada a doña María del Carmen y ésta rompió a llorar.

-Su única hija se escapa con un comunista, se queda embarazada, pero él la abandona. Y ustedes la ayudan adoptando al niño con la promesa de que ella no apareciese por su vida nunca más. Y todo fue bien hasta que el chico empezó a hacer preguntas y descubrió el trágico fallecimiento de su madre.

Don Gregorio se llevó la mano al pecho mientras se quejaba por un supuesto dolor y su cara languidecía. Acto seguido se derrumbó cayendo contra el suelo. Los gritos de la esposa se mezclaban con los de Pajares pidiendo que alguien llamase a una ambulancia. Todo apuntaba a un infarto del que Vallejo no quiso responsabilizarse.

-Eso se llama conciencia -sentenció antes de abandonar aquella casa.

-¿Cómo lo hace? -Pajares salió tras él-. Esas deducciones… Y usted es real, no como Sherlock Holmes…

-No vaya por ahí, sargento, que no estoy de humor ahora mismo. Sigue habiendo una víctima que aparentemente no tenía culpa de la desdichada vida de esta familia.

El sargento Pajares le compadeció por primera vez, dejándole caminar a solas sin rumbo.

-Venga, remolón, despierta que ya es de día -Cristian se sobresaltó al ver a Martínez junto a su cama.    

-¿Qué hora es? ¿Qué haces aquí?

-Acabo de salir de currar.

-Pero no deberías haber venido. Ya te dije que mi padre anda controlándome otra vez, sobre todo desde que le hiciste eso al coche en el camino de los viñedos.

-¿No le habrás dicho que fui yo?

-Claro que no. Ya te dije que ibas demasiado rápido.

-¿Por qué no lo arreglas de una vez y así seguimos viéndonos como antes?

-Ya he pedido la pieza. En un par de días lo tendré.

-No quiero esperar tanto para follarte de una maldita vez. Mira cómo estoy -cogió la mano de Cristian para dirigirla a su paquete.

-¿Y si nos pillan, Alonso? Y además, ahora no me apetece, déjame dormir…

-Venga va. Si tampoco hace falta que te muevas.

Ignoró la inapetencia de Cristian, le ordenó que se girara mientras él se desvestía el uniforme tirando su ropa sobre el suelo sin demasiado cuidado, pues el ruido de las esposas al caer retumbó en la habitación. Con el mismo ímpetu le bajó los calzoncillos a Cristian, que ya permanecía boca abajo esperando, y sin saber por qué, a que Martínez intentara follarle, aunque esta vez parecía que sí iba a lograrlo. Al ver la pasividad del muchacho, el agente se entusiasmó con la idea de que finalmente iba a acceder a que le rompiera el ojete. Fue esa ansia por la que no se percató de que ese culo había sido ya desvirgado. Alonso se empezó a pajear casi de manera frenética para endurecerse el rabo cuanto antes. Mientras lo hacía, jugueteó con sus dedos en la entrada del ano provocando los primeros sollozos de Cristian que éste trataba de amortiguar con la almohada.

-Voy a hacerlo, tío -avisó Martínez con excitación.

Sin esperar respuesta se tumbó encima de Cristian dirigiendo con la mano su polla hasta posicionar la punta en el esfínter. Le costó meterla como en los otros intentos, pero ahora no iba a darse por rendido porque nunca antes su amante había estado tan receptivo. Por suerte, no se preguntó el porqué, demasiado impetuoso como para perder esa oportunidad. Y eso que Cristian quiso quejarse con disimulo para no levantar sospechas, siendo ignorado de nuevo por el otro, que bastante tenía ya con poder meterla. Sonrió al ver que iba entrando, y aprovechando otro sollozo del chaval, se la clavó casi de golpe. Una vez conseguido, se dejó caer sobre la espalda de Cristian apoyando sus brazos sobre el colchón, empezando así a follarle. Las primeras embestidas fueron algo calmadas, pero más por temor a que se le saliera el rabo que por compasión hacia el otro. Por eso no tardó en acelerar el ritmo. Por eso, y porque el chico no parecía quejarse demasiado. Sin embargo, la rudeza y el tamaño del pollón de Alonso le resentían, pero no quería darle esa satisfacción fingiendo, pues, que le gustaba.

-Ohhhh sí, cómo me gusta follarte este culito virgen -mascullaba.

Sin inmutarse, Cristian se limitaba a emitir algún gemido mientras por su cabeza rondaban todo tipo de pensamientos, sobre todo de rabia y hambre de venganza. Con todo, la follada en sí tampoco estaba mal, apreciando incluso más que con su padre porque el pollón de Martínez le llenaba más el culo. Una vez acostumbrado, el placer era inevitable, si bien cuando Alonso empujaba con algo más de fuerza alguna parte de su ano se resentía. Pero en general los embistes raudos y decididos le hacían casi estremecer, erizándole el vello y teniendo que morder la almohada para no acabar gritando de placer. Seguramente el mismo que sentía Alonso, quien cada vez le follaba de manera más brusca decidido a acabar corriéndose dentro de ese culo que él creía estar estrenando. Apretaba las nalgas para que éstas ejercieran fuerza sobre su cipote cuando lo sacaba, incrementando así el goce gracias al cosquilleo que contrastaba con la fruición cuando la volvía a introducir. Empujaba con firmeza mientras arqueaba el cuerpo follándole a su antojo extasiado por esa primera vez y alentado por las que vendrían después en posturas quizá más placenteras. Todo era cuestión de ir probando, aunque no en ese momento.

-Joder, tío, me corrooooo -anunció-. Oh síiii, joooderrr.

Y así fue soltando trallazos de leche en lo más profundo de Cristian acompañado de espasmos que hacían temblar la cama al igual que todo su cuerpo al ritmo de las sacudidas. Notaba cómo el líquido le iba brotando mientras aún seguía con el mete y saca para no dejar de estimularse el rabo hasta el último momento. Cuando hubo soltado todo, percibía su propia leche deslizándose por su polla cada vez menos tensa. Lanzó un último grito cuando se la sacó satisfecho y complacido.

-¡Hostia, tú, vaya follada! -celebró. 

Casi desfallecido se tumbó junto a Alonso, quien al girarse se percató de las esposas tiradas en el suelo. En ellas vio la solución para poder someter y humillar a su amante. Las recogió y se las enseñó haciendo que jugaba con ellas.

-¿Y esto? Nunca las habías traído.

-Buff, cómo me excitaría poder atarte y hacerte lo que quisiera -la lascivia se apoderó del rostro del policía.

-¿Ah sí? ¿Qué me harías?

-No sigas, que voy a empalmarme otra vez.

-Yo también te ataría -Cristian se sentó sobre el pecho de Alonso mientras éste se mordía el labio.

-Mmm, te estás poniendo juguetón… Sabía que al final te pondrías cachondo -dijo con arrogancia.

-Sólo de pensar en la mamada que te haría sin que pudieras moverte…

-¡Joder! Me estoy poniendo a mil.

Cristian aprovechó el momento de flaqueza para levantar los brazos de Martínez insinuante para que no le detuviera. Llevó las manos al otro lado de las barras del cabecero de forja que su madre le había comprado en Córdoba y sin pensárselo más le puso las esposas haciéndole su prisionero. Alonso le sonreía con esa insolencia que le caracterizaba removiendo las entrañas de Cristian, quien aún tenía que fingir hasta comprobar que lo tenía todo bajo control. 

-¿Qué decías que ibas a hacerme? -preguntó Alonso confiado en que no tardaría en comenzar a chuparle la polla.

-¿Me dejas que te folle yo a ti? -le propuso creyendo que aquello sería el comienzo de la humillación.

-Ni se te ocurra -se negó el otro-. Has dicho que me harías una rica mamada. 

-¿Por qué no me la haces tú a mí? -se echó un poco hacia adelante hasta dejar su rabo junto a la boca de Martínez.

-Aparta, que no tiene gracia.  

-No veas cómo me gustaría eso, Alonso. Poder follarte la boca así mismo mientras tú recuperas fuerzas.

-Que no, quita -trató de darle con las rodillas.

-Voy a tener que atarte las piernas también.

-No, Cris, eso no. Venga tío, para ya con la bromita.

Aunque la idea de atarle los pies la dijo sin pensar, se le ocurrió que podría hacerlo para acabar de someterle y tenerle por fin a su disposición. Sin embargo, a los pies de la cama no había nada donde amarrarle, por lo que desistió. La vibración de la alarma del móvil le sirvió de excusa para cogerle.

-Mierda, es mi padre -mintió haciendo ver que le estaban llamando.

Salió de la habitación y le contó la situación haciendo que su padre se pusiera extremadamente nervioso, si bien no tenían mucho tiempo para pensar. Gracias a Dios el chico estuvo más avispado proponiendo algo que a don Criso le pareció coherente. Colgaron y el muchacho volvió al dormitorio.

-¿Qué pasa? Venga, desátame.

-Shh, no te preocupes. Sólo me ha llamado para decirme que me fuera con él a Granada.

-¿Qué le has dicho?

-Que no.

-¿No vendrá, verdad?

-No, ya has visto que en vez de venir me ha llamado, así que podemos seguir por donde estábamos… Ah sí, me la ibas a chupar, ¿a qué sí?

-Joder, Cris, qué pesado eres. Si nunca lo he hecho, ¿por qué crees que iba a empezar ahora?

-Porque mira cómo estás -señaló a su rabo empalmado-. Estás totalmente cachondo.

Cristian se fue acercando quedándose a horcajadas sobre el pecho del policía sorprendido de que éste ya no pusiese objeciones. Parecía que, efectivamente, estaba dispuesto a comerle la polla por primera vez. Y Cristian, a pesar de los nervios por el plan con su padre y el odio que sentía, no quiso desaprovechar la oportunidad de humillarle aunque finalmente fuese consentido. De ese modo, se colocó tan cerca de su cara que obligó a que su polla rozase los labios del otro. Alonso abrió la boca aún dubitativo sacando la lengua con timidez como queriendo probar antes de seguir. Ya se había impregnado del intenso olor que desprendía por la corrida de la noche anterior con su padre, y el cual no le agradaba. Pero en el fondo había descubierto que el rollo de estar atado le excitaba más de lo que se hubiese podido imaginar, y pensar en que podría follarse a Cristian otra vez era de lo más atrayente. Por ello, si se la chupaba un poco le complacería dejándole así tranquilo para poder seguir con lo que él quería. Se la fue tragando poco a poco ante la incrédula mirada de Cristian, cuyos ojos no expresaban nada de lo que realmente sentía. Le costó contenerse, pero esperó a que Alonso se la fuera comiendo por su propia voluntad hasta dar muestras de que se cansaba. Tal como esperaba, no tardó mucho, y sin darle tiempo a que hablara Cristian comenzó a penetrarle la boca con rudeza para dejar su polla bien dentro de Martínez hasta provocarle arcadas. La sacó y sonrió con malicia al ver los ojos del policía, y justo cuando éste iba a decir algo repitió el movimiento. El chaval estaba satisfecho de estar haciendo lo que pretendía, si bien con algo de incertidumbre de si realmente a Alonso le estaba gustando. Por ello, casi le fastidió cuando su padre irrumpió en la habitación pese a estar todo planeado.

-¿Qué está pasando aquí? -gritó desde la puerta.

El chico fingió sobresaltarse:

-Papá, no es lo que parece.

Se quitó de encima de Martínez dejando ver su rabo bien tieso, en lo que su padre no pudo evitar fijarse.

-Soltadme -pidió Martínez aparentemente nervioso.

-¡Y una mierda! -gritó el padre-. Cristian, vete al salón.

-No, papá. ¿No te ibas a Granada? Déjanos, por favor.

-¡He dicho que te largues! -insistió siguiendo el plan que habían ideado.

Sin embargo, en él no estaba que su madre apareciese con los cruasanes del desayuno, así que al verla por la ventana se puso rápido los calzoncillos y salió al salón cerrando la puerta tras de sí. Criso le hizo un gesto a Martínez para que no hablara mientras cogía un móvil para hacerle fotos en esa postura tan comprometedora. El agente dudó en gritar para que doña Concha les pillase, siendo esa la única venganza en la que pudo pensar. Cristian trató de que su madre se marchara cuanto antes, pero ésta no estaba acostumbrada a que su hijo estuviese despierto cuando le dejaba los bollos cada mañana.

-Hijo, ¿qué haces levantado tan temprano?

-Me ha despertado papá para que me fuera con él a no sé dónde.

-¿Te preparo un Cola Cao?

-No, mamá. Gracias. Voy a ducharme.

-Muy bien.

Cristian se quedó parado esperando que su madre se fuera tras avisar que iba a la ducha, pero doña Concha tardó en darse cuenta de que su “niño” quería que se marchara.

-¡Ayuda! -se escuchó desde el dormitorio.

Criso se abalanzó sobre el agente para taparle la boca con la mano al tiempo que le miraba amenazante.

-¿Qué ha sido eso? ¿Un grito?

-Esto… Sí, mamá, estoy con alguien.

-¿En el dormitorio?

-Mamá, es un chico. Soy gay -reconoció creyéndoselo en parte como excusa para justificar el grito y en parte para salir del armario definitivamente-. Luego si quieres lo hablamos, que no quiero que papá me esté esperando. Ya sabes cómo se pone…

-Esto… Sí, sí… Claro, hijo, no le hagas esperar… Ve a ducharte.

Visiblemente afectada, doña Concha caminó hacia el chalet. Cristian entró al dormitorio de nuevo con la esperanza de que el plan pudiese seguir todavía. Cuando su padre anunció que se marchaba así sin más, creyó que todo iba bien. Desató a Alonso recriminándole el grito porque había tenido que salir del armario por su culpa.

-¿No le habrás dicho que era yo?

-Si no querías que se enterara, ¿por qué diablos has gritado?

-Tenía miedo de que tu padre me hiciera algo -mintió.  

¿Qué te ha dicho? -preguntó con toda la ingenuidad que pudo para que el otro no sospechase-. Joder tú, doble pillada… ¿Ves? Te dije que era arriesgado que vinieses…

Mientras se vestía, Martínez dudó de la sinceridad del chico, aunque determinó que él permanecía ajeno a todo. Por eso no le dijo nada de las fotos que le había hecho Criso. Por eso, y porque el muy torpe no las había hecho con su propio móvil, sino con el de su hijo, así que Martínez debía pensar en algo para poder cogerlo y así borrarlas.

-Oye Cris, a pesar de todo sigo excitado. ¿Por qué no nos vamos al camino?

-Ya sabes que tengo el paragolpes roto.

-Bueno, tampoco pasa nada por eso. El coche anda, ¿no?

A Cristian lo único que le importaba ya era sacar a ese cabrón de su casa, así que accedió con la esperanza de que su padre siguiera sus movimientos. Quedaron fuera mientras el chico recogía el coche, estando Martínez muy pendiente mientras se vestía que quizá se le olvidase el móvil y poder hacerse entonces con él sin necesidad de todo el paripé. No ocurrió, así que debía seguir con lo que había pensado en un principio. Antes de montarse, Cristian le hizo una señal a su padre con disimulo. Atravesó la verja de la finca, recogió a Alonso y condujo despacio hasta el sendero.

-¡Me meo! -anunció Cristian al pasar por el muro del cementerio aminorando la velocidad para dar la impresión de que iba a parar.

-¿Vas a parar aquí? Si ya estamos llegando. Aguántate un poco, nenaza.

-Qué va, tío, no puedo.

Martínez se fijó en que el móvil estaba en el hueco detrás de la palanca de cambios, así que de repente cambió de opinión.

-Venga tú, no tardes, que mi abuela debe estar por aquí a estas horas.

La razón de que Cristian quisiese parar justo antes de tomar el camino de los viñedos no era más que por confirmar que su padre les seguía. Por eso, mientras meaba no quitaba ojo al principio de la carretera por si su coche aparecía. Sin embargo, Martínez había ideado otro plan sin que su amante se diese cuenta, pues estaba de espaldas a él. Se colocó en el asiento del conductor y condujo despacio mientras intentaba desbloquear el móvil. Cuando el otro se percató le recriminó en la distancia con gestos, aunque no le siguió. El agente pensó que querer gastarle una broma sería de lo más creíble, así que cuando Cristian hizo amago de ir tras él éste aceleró ganando así tiempo para poder pensar en algo referente al teléfono hasta que el chaval llegara a pie al punto donde solían encontrarse. Cristian divisó a lo lejos el 4x4 familiar, así que dedujo que su padre les había seguido. Quiso coger un atajo y hacerle así una encerrona al agente, pero la velocidad que permite un todoterreno en ese tipo de camino le hizo llegar después que su padre. Justo al salir de entre los árboles vio cómo su progenitor empujaba su propio coche por el barranco.

-¿Papá, qué has hecho? -le gritó pillándole por sorpresa.

-He visto que Martínez estaba solo en tu coche y… -Criso comenzó a ponerse nervioso- No sé, hijo, no he pensado… Ese cabrón iba a salirse con la suya…

-Tenemos las fotos, papá.

-Las tienes tú, las hice con tu móvil.

Cristian se tocó los bolsillos.

-¡Mierda! Está en el coche.

-Pues tenemos que conseguirlas, ahora de lo que se trata es de que no las encuentre nadie…

-Vale, se me ha ocurrido una cosa. Baja tú al barranco a recuperar el teléfono; yo vuelvo ahora.

Cristian se marchó corriendo de vuelta por el camino hasta el cementerio. Saltó el muro y cogió el primer ramo de flores que vio. Corrió de vuelta y bajó hasta encontrarse con su padre.

-¡No está! -exclamó nervioso, casi fuera de sí.

-¿Has mirado bien?

-¡Martínez, el que no está en el coche es Martínez!

Asustado, Cristian tiró el ramo donde pudo entrando en el coche en busca del teléfono, pero no estaba. Los dos daban vueltas casi histéricos sin saber qué hacer, por dónde buscar, preguntándose qué diablos había pasado con Martínez, hacia dónde había salido despedido…

-Esto es el fin, hijo -habló Criso apesadumbrado.

-Papá, tú vete, que no te vea nadie. Yo me encargo.

-No voy a dejarte.

-Sí, hazme caso. Será más fácil de creer pase lo que pase. Venga, vamos para arriba, a ver si desde allí vemos algo.

La excusa de ver algo desde la parte alta del barranco resultaba inverosímil, pero así al muchacho le daba tiempo para convencer a su padre de que se marchara. Para su sorpresa, Martínez les estaba esperando oculto en un árbol junto al camino.

-¿Me buscabais? -preguntó con tono chulesco provocando la estupefacción en los rostros de los Alcántara-. Creo que ha llegado el momento de que hablemos los tres, ¿no creéis?

-¿Dónde está mi móvil? -se precipitó a preguntar Cristian.

-Aquí -el agente dio un par de palmadas al bolsillo de su pantalón-. Pero no os preocupéis por las fotos, que ya las he borrado.

-Es un iPhone, se pueden recuperar.

-Yo me encargaré de que no.

Cristian dio un par de pasos para acercársele.

-Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, vosotros veréis.

El chaval no quiso ceder a sus chantajes, así que trató de abalanzarse sobre él, pero Martínez salió corriendo por entre los árboles. Le persiguieron unos metros, pero justo antes de llegar a las primeras casas Cristian se resbaló. Criso pensó que había sido sólo un tropiezo, así que siguió corriendo consciente de que el agente no se arriesgaría a entrar en el pueblo, por lo que le tendió una especie de emboscada que le salió bien, pues con una zancadilla el torpe Martínez cayó también. Le inmovilizó para quitarle el dispositivo, lo cual no era difícil porque el agente medía bastante menos, y cuando lo consiguió salió al sendero de nuevo. A pesar del cabreo, a Martínez le desconcertó no ver a su amante ayudando a su padre, por lo que creyó que estaría esperándole para salir huyendo o algo así. Criso esperaba también ver a su hijo de nuevo en el camino, extrañándose al no encontrarle. Recorrió el trayecto por el que habían corrido y le vio tirado donde se había tropezado.

-¡No! -exclamó de forma desgarradora al descubrir la sangre-. ¡Cristian! ¡No, Cristian, mi niño!

Le zarandeó para ver si respondía, pero aparentemente el chaval ya había muerto a tenor del fuerte golpe que tenía en la cabeza a causa de una roca que había junto al sendero. Don Criso lloró sin saber qué hacer, apoyando su cabeza sobre el pecho del chico lamentándose de todo lo que había ocurrido. Escuchó unos pasos, levantó la mirada y vio a Martínez de nuevo.

-¡Tú! ¡Tú vas a pagar por esto!

-Si caigo yo, caes tú conmigo -dijo amenazante-. Ha sido un accidente, así que tú verás lo que haces. Yo me largo.

-¿Le vamos a dejar aquí? -preguntó Criso aturdido.

-¿Qué excusa pondrás cuando te interroguen acerca de qué andabas haciendo aquí?

-¡Soy su padre!

-Sí, el padre de un muchacho al que todo el mundo odia. ¿Cómo justificarás lo del coche?

-¿Y tú? Estarán tus huellas por todos lados.

-No te preocupes por eso. Recuerda que soy policía y ha sido un accidente, así que no investigarán mucho. Dejaré caer la idea de que iba borracho o drogado como otras tantas veces.

El agente Martínez parecía convencido de poder resolver la situación, persuadiendo a Alcántara de que se marchara y lo dejara todo en sus manos. Su dolor no iba hacerle recuperar a su hijo, teniendo que pensar ahora en su mujer o sus negocios, arriesgándose a levantar sospechas. Caminó afligido hacia el 4x4 mientras que Martínez creía tenerlo todo bajo control, inconsciente del ramo que el muchacho había tirado en el barranco…

-¿Puedo ayudarle? -Pajares interrumpió al inspector-. Lleva ya un tiempo caminando sin rumbo.

-Me ayuda a pensar.

-Le dejaré solo entonces.

-¿Sabe? Tengo la sensación de que Crisógino Alcántara sigue ocultando algo. ¿Alguien le ha preguntado dónde se encontraba esta mañana?

-En casa, al parecer. Aunque ahora que lo dice… -Pajares se rascó la sien.

-¿Qué? Dígame.

-Cuando llegó ayer a la escena del crimen dijo que lo tenía todo preparado.

-¿El qué? ¿Qué tenía preparado?

-El velatorio y esas cosas, supongo.

-¿Supone? Vamos, haga un esfuerzo, sargento. ¿Qué dijo?

-Estaba convencido de que había sido un accidente, no un asesinato. Y que lo tenía todo dispuesto. Pacheco estaba delante, a ver si él lo recuerda.

-¡Y cómo no me lo han dicho antes! -la cara de Hugo se desencajó del cabreo que de repente sintió-. ¡Vaya panda de incompetentes! No esperaba esto de usted, sargento.

Enrojecido casi de ira y rabia, notaba cómo la sangre le subía a la cabeza al tiempo que maldecía a todos los que le rodeaban. Sus gritos captaron la atención de los otros policías, quienes se acercaron a Pajares con interés por saber qué estaba pasando.

-Dejadle que se desahogue.

-¡Pero si nos está poniendo finos! -replicó Pacheco.

-Nah, no lo dice en serio. Ahora dará una patada a algo y vendrá a decirnos que arrestemos a Alcántara.

-Con esos zapatos dudo mucho que cometa el error de atizar nada -comentó Pérez con astucia.

Ambos tuvieron razón, pues Vallejo dio una patada al aire por mucho que tuviera ganas de golpear una papelera o algo más sonoro.

-Lleven a Crisógino Alcántara a comisaría.

Su comentario sorprendió a los policías, mirando con curiosidad al sargento Pajares por su acertada deducción.

-Vamos, ¿a qué esperan?

Pacheco y Pajares se fueron al chalet de don Criso en su busca. Antonio se quedó con el inspector, y ambos caminaron hacia la comisaría.

-¿Te encuentras bien? -preguntó el agente.

-Cuando encontremos a tu compañero estaré mejor.

-Vaya pieza Martínez… Por cierto, desde el ordenador del muchacho se buscó información del asesino del ramo.

-¿Y me lo dices ahora?

-No te enfades otra vez. Con todo este jaleo…

-Pero es que es importante, Pérez. ¿No te das cuenta? ¿Algo más que quieras decirme?

-Lo cierto es que sí.

-Vaya por Dios.

-Cristian estuvo en comisaría hace unas semanas y le pillé trasteando en el ordenador del mostrador.

-¿Qué buscaba?

-Iba borracho. Dijo que quería saber si tenía antecedentes.

-¡Eso es! -exclamó el inspector dando a entender que había descubierto algo importante.

-¿Qué pasa?

-En un rato lo descubrirás.

Poco después de llegar a comisaría lo hicieron los otros con el sospechoso. Le sentaron frente a la mesa de uno de los despachos y esperaron a que Vallejo hablara. Criso se imaginaba por qué se encontraba allí, así que estaba dispuesto a confesar. Pero cuando trató de hacerlo, el inspector habló por fin:

-Tiene derecho a un abogado si quiere, aunque de momento voy a contarle yo lo que sé. No hace falta que diga nada.

-Está de camino -avisó el empresario.

-No mentiré al decir que aún tengo piezas por encajar -comenzó a exponer el inspector ante la atenta mirada de los demás policías y del propio sospechoso-, así que igual el orden en el que narraré los acontecimientos no es del todo exacto. Sabemos que usted tuvo relaciones con su hijo -tanto Pérez como Pacheco quedaron atónitos ante la revelación.

-Usted no lo entiende -replicó el padre.

-No, no hace falta que se justifique. No le vamos a juzgar por eso.

-La culpa de eso la tiene…-quiso seguir hablando mientras miraba a Pajares con rencor por lo sucedido en la mili, pero éste le interrumpió:

-¡No digas ni una sola palabra más! 

Pacheco sabía a lo que se refería, Vallejo lo intuyó, y Pérez estaba totalmente perdido.

-Sus intimidades ahora no son relevantes -zanjó el inspector con una sonrisa casi maliciosa al corroborar su intuición sobre el sargento-. Lo asombroso de todo esto es que su hijo descubrió que Alonso Martínez es el asesino del ramo. Cierto es que me intriga saber cómo lo averiguó, y de verdad espero que usted me lo desvele, aunque ahora eso es lo de menos.

-Comentó algo de un dibujo con un ramo -admitió el padre.

-¿Un dibujo?

-En un cuaderno que usaban para apuntar los resultados de sus partidas.

-Pero esa hoja no se encontró entre las pertenencias, ¿no es así?

Todos negaron con la cabeza.

-O sea que Martínez dibujó la escena de uno de sus crímenes de manera inconsciente, Cristian la vio, y cuando el otro se dio cuenta de su metedura de pata la arrancó. Entonces el muchacho fue a la comisaría fingiendo estar ebrio para comprobar las libranzas de Martínez -buscó con la mirada la aprobación de Pérez-. Sin embargo, tuvo la gran capacidad de disimular hasta que se le ocurriera algo.

-Pero, ¿por qué no ir directamente a la policía? -inquirió Pacheco.

Pues porque Martínez estaba amenazando y chantajeando a su padre, ¿verdad don Criso?

Asintió ya con lágrimas en los ojos.

-Entonces usted -prosiguió-, decidió que lo mejor sería acabar con la vida del agente.

-No era mi intención -objetó Criso.

-Lo sé, lo sé. Usted les siguió en el 4x4 de su mujer. Por eso el asiento estaba regulado para una persona alta, no para ella, porque ir por ese camino en su lujoso sedán era inviable. Como decía, por algún motivo que usted aclarará, les siguió hasta el camino de los viñedos. Creyó ver a Martínez solo en el interior del coche y lo empujó con él dentro. Por eso estaban sus huellas, aunque usted dijese que eso ocurrió en su casa porque el coche de Cristian le molestaba al salir. Para no verse involucrados, su hijo fue en busca del ramo al cementerio, y de ahí que cogiera el más cercano a la tapia y no el de los bisabuelos de Martínez como yo creí al principio. Volvió con él para dejarlo junto al coche e incriminarle hasta que se le ocurriera algo.

-No llegó a decirme qué pretendía con eso, se lo aseguro -confesó el padre.

-Pues lo que le digo. Era su forma de demostrar que lo había descubierto. Me atrevería a decir que la idea de mostrarle el ramo directamente a Martínez se le pasó por la cabeza. La excitación y satisfacción de enseñárselo como muestra de su descubrimiento es una sensación que yo conozco bien. Por eso, resultaría extraño que Cristian decidiera en ese instante correr hasta el cementerio a por él. Lo tenía premeditado.

-Él no quería matarle.

-También lo sé, pero estaba dispuesto a correr el riesgo de que al descubrirse Martínez tratase de asesinarle a él también.

-Pero teníamos las fotos -reconoció por fin.

-¿Qué fotos? -preguntó Pajares impaciente.

-Unas fotos que le hice ayer por la mañana desnudo en la cama de mi hijo.

-Entiendo, a modo de chantaje.

-Sí, algo así. Sólo quería que nos dejara en paz. Pero fue culpa mía porque me equivoqué de teléfono.

-¿Cómo es eso?

-Cristian y yo tenemos el mismo modelo, y en vez de hacerlas con el mío las hice desde el suyo.

-Apuesto a que tienen la misma contraseña.

-Yo no lo sabía -admitió Criso-, la marqué sin más. Es la misma que la de la alarma o alguna de mis tarjetas de crédito y supongo que la de Cristian también.

-Y por eso bajaron al barranco, a ver si estaba el móvil, ¿no?

-Sí, pero la sorpresa fue que el que no estaba era Martínez.

-Permítame que le diga que usted no es lo que se dice un hombre fuerte, por lo que le costaría empujar el coche hasta que cayó, dándole tiempo al otro a escapar sin que usted lo viese.

-Posiblemente -aceptó con resignación.

-Eso confirma la posición del asiento del coche de su hijo, porque Martínez es bastante más bajito. Sin embargo, esto me hace creer que no era la primera vez lo conducía, pues debía saber muy bien dónde se encontraba la palanca que mueve el asiento.

-No entiendo.

-En ese momento su hijo no estaba en el coche, así que Martínez iba al volante. Si hubiese sido algo rápido o la primera vez, no se hubiera molestado en hacerlo de forma incómoda. Cristian había pedido un paragolpes nuevo por internet. ¿Por qué? Porque una vez dejó conducir a Martínez por ese camino y el agente no calculó bien que ese coche es muy bajo y roza con facilidad. Cristian no lo hubiera hecho.

-Insisto en que no lo sé. Cristian apareció de repente. Yo no sabía dónde estaba.

-Se bajó por algún motivo que ahora mismo se me escapa. Lo que sí está claro es que Martínez condujo para ganar tiempo.

-¿Ganar tiempo? -curioseó Pacheco.

-Sí, el móvil de Cristian estaba dentro del coche, Martínez lo vio y aprovechó para intentar borrar las fotos.

-Pero si ha dicho que tenía contraseña -apuntó Pérez.

-Quizá Martínez no lo sabía. Y al ver que no podía encenderlo, decidió que lo mejor sería destruirlo y tirarlo por el barranco.

-¿O sea que el móvil está por ahí tirado? -preguntó Pacheco extrañado.

-No, el móvil de Cristian lo tiene usted, ¿verdad don Criso?

-¿Cómo lo ha sabido?

-Usted lo ha dicho antes: “mi hijo y yo tenemos el mismo modelo”. Si en verdad se hubiera perdido hubiese dicho “mi hijo y yo teníamos el mismo modelo”. Y aunque está claro que usted sí que puede encenderlo, no lo ha hecho por miedo a que cuando esté conectado lo localicen con estos modernos sistemas de GPS…

-No he hecho nada malo. Sólo quería asegurarme que ese hijo de puta no lo conseguía.

-Dígame, don Criso, ¿por qué dejó el cuerpo de su hijo allí tirado en vez de llamar a una ambulancia?

-Pensé que se había resbalado. No creí que fuera tan grave, así que seguí persiguiendo a Martínez y cuando le arrebaté el teléfono me marché a casa para esperar a Cristian allí.

-¿Por qué miente? -preguntó el inspector con total calma.

-Estoy diciendo la verdad.

-No, no lo hace. Usted volvió y vio a su hijo tirado junto a la roca. Todo indicaba que el cuerpo había sido movido por algún motivo, pero lo único que usted hizo fue levantarlo para abrazarlo.

-Ni se me pasó por la cabeza que fuese tan grave. Le vi resbalarse, nada más.

-Usted estaba muy preocupado en recuperar ese teléfono.

-Íbamos detrás de Martínez por eso. De hecho, Cristian quería que yo me fuera a casa.

-Pero no lo hizo y descubrió que la caída fue fatal.

-¡Estaba ya muerto! -Criso se echó a llorar de nuevo.

-No, señor Alcántara -la negación del inspector pilló a todos por sorpresa-. Su hijo murió porque se desangró, no por el impacto con la piedra.

-Eso no…-Criso se derrumbó-. No… no es verdad. ¡Miente! ¡Está mintiendo para inculparme!

-Me temo que no, señor. Así lo dice la autopsia.

-Si hubieses pensado en él en vez de en ti y en salvarte el culo, tu hijo ahora estaría vivo -reprochó Pajares con rabia.

-No me digas eso, Pedro, te lo ruego, no me lo digas -sólo el desolador llanto de Crisógino Alcántara rompía el silencio que todos los agentes guardaban ante el desenlace, entristecidos por la muerte del chico y fascinados por la capacidad del inspector Hugo Vallejo.

Éste fue el primero en abandonar la sala, seguido casi al instante por el sargento Pajares.

-No debería haberle dicho eso, sargento -recriminó el inspector casi con indiferencia.

-Se lo merece -Pajares no dio ninguna muestra de arrepentimiento.

-No le corresponde a usted juzgarlo.

-Entonces usted podría haber obviado el detalle del desangramiento.

-No es lo mismo y lo sabe.

-Vale, igual tiene razón y me he pasado. Pero no se enfade, inspector, que acaba de resolver el caso.

-Aún nos queda algo pendiente.

-¿La cena? -preguntó sin pensar.

-No, encontrar a Martínez.



© Fran

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