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Fecha: 27-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Gays

Muerte en La Alpujarra (V)

Fran
Accesos: 1.768
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 38 min. ]
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Final de la historia Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

El sargento Pajares dudaba que estuviera en la mano del inspector poder encontrar al desaparecido Martínez. Por ello, insistió en convencerle para irse a cenar juntos tal como habían planeado y pese a la resistencia de Vallejo escudándose en que el caso no estaba cerrado.

-Pero tendrá que cenar, ¿no?

-Le aseguro que no sería una compañía agradable, sargento.

-¿Por qué dice eso?

-Porque me abstraeré reflexionando acerca de su posible paradero.

-Bueno, igual yo puedo ayudarle. Con el estómago lleno se piensa mejor.

-Creí entender que compartir mesa con usted era con el propósito de conocer mi vida privada que tanto parece interesarle.

-Sólo trataba de ser amable -mintió.

-Pues yo se lo agradezco igualmente.

-¿No voy a convencerle, verdad?

-Me temo que no.

El interés del sargento no era, desde luego, querer saber sobre las aventuras de Vallejo ni su relación con el tal Mario. Desde que le viera horas antes, y tras averiguar quién era el inspector, Hugo se había convertido casi en una obsesión. Es cierto que el caso requirió tanta atención que logró apartarle, pero esos momentos que compartieron a solas a lo largo de la intensa jornada le sirvieron para ensimismarse hasta el punto de ser pillado mientras le miraba el culo. Lo cual agradeció el fondo, porque por muy perspicaz que fuera Vallejo, un desliz así acabaría por esclarecer sus intenciones. Hugo tampoco iba a negar la inexplicable atracción que sintió hacia el maduro sargento y que iba más allá de lo puramente sexual, pues sus necesidades carnales habían sido satisfechas con el atractivo agente Pérez. Y además le picaba una malsana curiosidad por la relación del sargento con el oficial de la policía, así como la experiencia en la mili con Crisógino Alcántara.

-Igual un vino sí que nos ayudaría a despejarnos -propuso a Pajares sin mirarle.

El sargento comenzó a caminar en dirección a la puerta, pero Pacheco le interrumpió:

-¿Qué hacemos con Alcántara?

-¿Ya no le llamas don Criso?

-Déjate de historias.

Pajares miró al inspector en busca de alguna sugerencia.

-Que pase la noche en el calabozo -ordenó-. Avisen a su mujer, cachéenle, quítenle cualquier cosa peligrosa y denle algo de cena.

-¿Cree que puede intentar suicidarse?

-¿Sinceramente? No lo sé.

Pajares dio un par de órdenes más dejando a Pacheco algo decepcionado por su escapada con el inspector. De alguna forma se vengó mandando a Pérez hacer todo el trabajo sucio.

-Pasará la noche aquí -le advirtió ignorando sus protestas.

Ya en el bar de la plaza donde el inspector había desayunado esa misma mañana, Pajares pidió un par de vinos de la zona; demasiado fuerte para el delicado paladar de Hugo.

-¿Saben ya que le ocurrió al muchacho? -se interesó el tabernero.

-Lo cierto es que sí -respondió Vallejo-. Y en parte gracias a usted -dijo con vehemencia.

-Oh, vaya -el dueño del bar no pareció tan sorprendido como el inspector esperaba, yendo a por un poco de pan como si tal cosa-. Lamento que no sea de hoy, con tanto ajetreo en el pueblo hemos estado hasta arriba y se nos han acabado todas las barras.

-¡Eso es! -gritó el inspector tras otra de sus súbitas inspiraciones.

-¿Qué? -indagó el sargento sorprendido.

-Discúlpeme un segundo.

Hugo se dirigió a la puerta mientras marcaba en el teléfono.

-Hola guapo, necesito algo más de ti.

-¿No deberías estar descansando ya?  

-Podría decir lo mismo...

-¿Cómo sabes que no me he ido a casa ya?

-Porque me lo hubieras dicho en vez de preguntarme porque sabías que acabaría llamándote.

-Vale, sí. No te pases de listo que esta era fácil -se burló-. Dime, ¿en qué puedo ayudarte, “guapo”? -preguntó con retintín.

-¿Habría forma de averiguar dónde está enterrada María del Carmen Sánchez de Toca Martínez?

-¿La madre de Bobadilla?

-Así es.

-A ver, déjame comprobar…

Vallejo volvió la vista a la barra pillando de nuevo al sargento mirándole el culo. Le sonrío con amabilidad restándole importancia a la espera de que su novio hablara.

-Pues fue incinerada a petición propia.

-No puede ser. La familia no lo hubiese permitido.

-Si hay voluntad expresa la familia no tiene poder de decidir nada.

-¿Testamento antes de suicidarse?

-Sí, pero no me pidas que te lo lea porque no aparece aquí.

-Ya, ya me imagino. ¿Dónde fue incinerada?

-En Barcelona.

-¿Y el nombre del notario que firmó el testamento?

-Tampoco aparece.

-Vaya contrariedad. Bueno, muchas gracias.

-¿No vas a irte a descansar todavía, verdad?

-No lo creo.

Se despidieron con un “te quiero” y Vallejo se reunió de nuevo con el sargento.

-¿Ha descubierto algo?

-Menos de lo que me gustaría. Creo que puede haber una cuarta víctima.

-¿Sí? ¿Quién?

-Un notario de Barcelona.

-Dígame el nombre y pongo un aviso ahora mismo.

-Me temo que no dispongo de esa información.

-No se apure, acabará descubriéndolo.

-Puede, pero es que…

-¿Qué?

-Por un lado, Martínez fue en busca de las plantas de marihuana porque necesitará dinero y no podía correr el riesgo de ir a su casa o de usar sus tarjetas de crédito.

-¿Para venderla entonces?

-Claro. ¿Cuánto dinero cree usted que puede llevar encima un agente de policía?

-No lo sé. ¿Cincuenta euros?

-¿Suficiente para el combustible hasta Barcelona?

-Hombre, si tenía el coche para emergencias lo guardaría con el depósito lleno.

-Sí, en eso tiene usted razón.

-Y si se le acaba la gasolina puede usar el transporte público.

-¿Con toda esa marihuana encima?

-O sea que tendría que venderla por aquí -apuntó el sargento-. ¡En la comuna hippie! -dedujo exaltado por su conclusión-. Todo el mundo sabe que los hippies y los porros…

-¿Pero no cree usted que ellos tendrán su propia plantación? Sólo hay que ver que viven en mitad de un valle…

-Tiene razón -admitió decepcionado-. Granada capital entonces.

-Sí, pero sabe que ese sería el primer sitio donde le esperaríamos.

-¿Cuál es la otra posibilidad? -inquirió Pajares.

-¿Cómo dice? -el inspector había vuelto a abstraerse.

-Sí, antes ha mencionado: “por un lado…”

-Ah, sí. Le he preguntado a Mario dónde está enterrada la madre de Martínez porque quizá vaya a verla.

-¿Martínez religioso?

-No, no tiene que ver con eso. Si ha matado siguiendo un ritual es por lo que aquello significa. El ramo indica un velatorio, pero no porque sea religioso, sino por honor hacia su madre. De ahí que se me ocurra que pueda ir a verla.

-Bien, ¿y dónde está?

-Fue incinerada.

-Vaya.

-Verá, por un momento pensé que a pesar de todo podría estar enterrada aquí en el pueblo. Cuando el camarero ha dicho lo del ajetreo, se me ha ocurrido que igual era demasiado arriesgado que Martínez haya huido entre el barullo. Sobre todo porque su coche estaba en el cerro y la salida a la autovía está al otro lado.

-Bueno, la carretera del cerro rodea toda la sierra.

-Sí, pero es demasiado arriesgado porque no hay escapatoria.

-Eso sí. ¿Qué insinúa entonces?

-Que Martínez no ha escapado.

-Eso sí que es arriesgado, ¿no cree?

-Póngase en su situación: si lanza un “busca y captura”, ¿qué es lo primero que le viene a la mente?

-Pues eso, escapar.

-Efectivamente. A poca gente se le ocurriría quedarse por la zona, aunque si lo piensa, es el último sitio donde se miraría, ¿no es así?

-Demasiado retorcido me parece.

-Quizá. Igual no estoy acertado. Este bendito vino se me está subiendo a la cabeza…

-¡Claro! -ahora fue el sargento Pajares quien pareció tener una iluminación.

-¿Qué? -se interesó el inspector-. Dígame, ¿qué piensa?

Pajares sacó un billete del bolsillo, lo dejó sobre la barra y salió corriendo en dirección a su coche. Una vez dentro, habló por radio:

-Necesito dos de paisano con coche.

-¿Qué trama, sargento? -preguntó Hugo con impaciencia.

-¿Dónde está su coche?

-Es aquel -señaló al otro lado de la plaza.

-Vaya a por él y recójame enseguida.

Vallejo acató las órdenes no sin ciertas dudas, pero él se encontraba bloqueado de alguna manera, así que toda ayuda era poca.

-Salga, conduzco yo -indicó Pajares tras el aviso por radio-. ¡Virgen Santa! Si casi no quepo en este coche…

-¿Adónde vamos?

-A los viñedos de Alcántara.

-No creo que ese sea un buen sitio para esconderse…

-Sí, hágame caso. Está casi abandonado porque los demás agricultores le han hecho una especie de boicot.

-Vaya.

-No, no sienta lástima. Es el único negocio que no le ha funcionado a ese malnacido, así que de momento se me antoja un buen sitio para refugiarse.

-¿Y ha caído en eso por el comentario que he hecho sobre el vino?

-No me quite mérito, inspector.

Entre el vino, la velocidad y las curvas, a Hugo le empezaba a dar vueltas la cabeza, pero su malestar iba más allá del físico, pues aunque la idea del sargento fuera de gran ayuda, algo dentro de él prefería ser el único en dar con la clave de todo para seguir alimentando su ego.

-Tendremos que continuar andando -anunció Pajares tras detenerse en un claro del bosque.

-Espero que sus agentes no le ahuyenten.

-No se preocupe, está todo planeado.

Caminaron en silencio durante unos metros hasta dar con una valla.

 -Aquí comienza la finca de Alcántara -avisó mientras desenfundaba el arma-. Vaya detrás de mí.

Aquella escena se alejaba de lo que Vallejo estaba acostumbrado, pues sus indagaciones se basaban más en detalles y entrevistas que en andar de noche por mitad de un viñedo desértico.

-Ahí está -ambos sonrieron al descubrir el Jeep con el que Martínez había chantajeado a Crisógino Alcántara-. Hay que andarse con cuidado. Debería llegar a la parte de atrás de ese cobertizo. Será mejor que me espere aquí -propuso Pajares.

Vallejo consideró que lo mejor era estar separados, pero en su cabeza no cabía la idea de quedarse ahí quieto sin más. Vio alejarse al sargento tratando de idear un plan él también. Cuando desapareció, se fue acercando hacia la parte delantera por donde el fugitivo trataría de huir en primera instancia. Sin embargo, cayó en la cuenta de que si lo hacía a pie lo mejor no era irse hasta la carretera, por lo que Hugo siguió andando hasta la zona opuesta desde la que habían llegado. En ese punto se percató de que Martínez no se encontraba en el cobertizo como habían dado por hecho, sino que aguardaba dentro del coche con un arma en las manos y sin dejar de mirar para los lados. Era entonces demasiado arriesgado continuar, por lo que se ocultó bien detrás de un árbol a la espera de que se le ocurriera algo. No obstante, el factor sorpresa podría resultar fatal para el sargento si trataba de acceder desde donde habían planeado. En tal caso, un tiro certero de Martínez acabaría con todo. Y efectivamente, divisó a Pajares acercándose directamente hacia la entrada, donde sería sorprendido por el agente quitándole cualquier posibilidad de reacción. Había pensado en llamarle, pero estaba convencido de que Pajares ignoraría el teléfono por lo temerario que resultaría distraerse. La única opción era dejarse ver y que Martínez le disparara avisando así de su presencia fuera del refugio.

Esperó a que el sargento se acercara a la esquina, y en ese instante encendió la linterna del móvil para que Martínez le viera. Volvió a esconderse esperando el disparo, desconcertándose por la tardanza. “Habrá huido por el otro lado”, pensó. Volvió a mirar y en ese instante sólo vio el cañón de una pistola apuntándole directamente a la frente. Su vida entera apareció por su cabeza como un veloz pase de diapositivas en las que sólo salían los momentos más relevantes de su relación con Mario: el día que le vio por primera vez encandilándose por su sonrisa, el polvo que echaron entre las cajas de mudanza cuando decidieron irse a vivir juntos, o cómo se le rompió el corazón cuando Mario habló de tener una relación abierta incapaz de demostrarle sus sentimientos. Ahora Hugo vio la posibilidad de levantar un brazo y apartar el arma con un movimiento rápido respaldado por la torpeza que el policía había mostrado desde que le conoció esa misma mañana. Sin embargo, sí que había revelado una gran destreza al asesinar a tres personas y no ser pillado. Al menos su vida acabaría en manos del mayor reto de su carrera policial, por lo que valía la pena intentarlo. Sin dudar, trató de moverse, pero un disparo llegó antes. De nuevo Mario acaparó el pensamiento del inspector: “te quiero”, le decía. “Nunca quise perderte y siento todo el daño que te haya causado. Has sido y serás el hombre de mi vida”.

-¡Vallejo! ¡Vallejo! -notó que alguien le zarandeaba-. ¿Se encuentra bien?

Hugo volvió en sí encontrándose a escasos centímetros de su cara el masculino rostro del sargento Pajares. Confundido, miró a su alrededor hasta toparse con el cuerpo de Martínez tirado sobre las hojas de los marchitos viñedos de Crisógino Alcántara. Trató de levantarse ayudado por la firme mano del sargento que le transmitió un calambre que acabó por devolverle a la realidad.

-¿Cómo no ha podido ver que venía? -habló el inspector-. Estaba en su punto de mira -señaló hacia el cobertizo.

-Vi su linterna y supuse que quería avisarme de que fuera por el otro lado.

-Supongo que no debo ser bueno mandando señales. La luz era para que me viese él -se agachó para comprobar si Martínez seguía con vida.

-Entonces me ha salvado -apreció el sargento.

-Y usted a mí, así que empate. Será mejor que llamemos a una ambulancia.

-¿Cree que sobrevivirá?

-Eso espero.

Mientras llegaba, Pajares llamó a Pacheco para contarle las noticias. Hugo aprovechó para hablar con Mario:

-Vaya, estaba a punto de llamarte.

-¿Y eso? -Vallejo se acababa de olvidar del caso preocupándose únicamente de la alucinación que acababa de sufrir haciéndole ver lo que sentía por su novio.

-El nombre del notario, así que mañana podríamos tener el testamento.

-Ah, vale -la confusión nublaba aún su capacidad.

-Joder tío, un gracias no estaría de más -Mario se cabreó ante la desidia del otro.

-Gracias, Mario.

-Sí, claro, ahora. ¿Sabes? Estoy cansado y me voy para casa, así que si quieres algo ya me llamas mañana. Buenas noches.

-¡Mario! -el grito del inspector sobresaltó a Pajares.

-No, Hugo, ya no.

-Sí quiero -bajó la voz.

-¿Qué?

-Que sí quiero casarme contigo.

-¿Por qué dices eso ahora? Yo que había quedado con un cachas esta noche… -retomó el tono de broma.

-Mentira.

-Piensa lo que quieras, ja, ja.

-Bueno, pues disfruta porque va a ser el último cachas.

-¿No hablarás en serio?

-Si nos casamos nada de relación abierta.

-Hugo, creo que esto deberíamos hablarlo cara a cara.

-Si quieres me pongo de rodillas.

-Qué tonto eres.

-Oye, ¿por qué no te tomas unos días y te vienes mañana para acá? -el sonido de las sirenas alertaron a Hugo.

-¿Qué pasa? -se preocupó Mario.

-Mañana te cuento. Aquí te espero.

Después de que se llevaran a Martínez, Pajares y Vallejo caminaron despacio hacia el coche.

-Bueno, caso resuelto -apreció el sargento.

-Así es. Enhorabuena, ha hecho un gran trabajo.

-Puedo decir lo mismo. Ahora ya no tendrá excusa para que lo celebremos delante de una buena mesa. Estoy famélico.  

-¿No prefiere ir a cenar con su esposa? ¿O con Pacheco? -apuntó con cierto sarcasmo.

-Usted se va mañana y ya no le veré.

-No sé qué perra le ha entrado conmigo, sargento.

-Lo sabe usted muy bien -dijo con picardía.

-Pues me temo que voy a decepcionarle, puesto que voy a pasar aquí unos días.

-Oh, eso dista mucho de ser una decepción -replicó sagaz.

-Me acompañará Mario, mi querido Watson.

-Qué contrariedad -dijo con ironía-. En tal caso aún me quedan unas horas para persuadirle.

-No, por favor. No lo haga. Accederé a cenar con usted. Bastante cansado estoy ya como para tener que pelear.

-Ha sido fácil entonces.

-Podríamos decir que va a ser mi despedida de soltero.

-¿Cómo dice?

-Acabo de comprometerme.

-¡Mi más sincera enhorabuena! -Pajares paró para abrazarle y darle un par de palmaditas en la espalda-. En ese caso hay mucho que celebrar.

-Bueno, ¿por qué no llamamos a Pacheco y Pérez para que se reúnan con nosotros?

-No creo que sea una buena idea. Pacheco es aburrido y Pérez tiene que cuidar de Alcántara.

-Ahora que tenemos a Martínez no veo por qué mantenerle arrestado.

-Me parece una irresponsabilidad.

-Mande a uno de sus hombres entonces.

-Veo que va en serio, inspector. Mentiría si le dijese que es la velada que yo esperaba.

-¿Y qué esperaba, sargento?

-No se haga el ingenuo, que no le pega nada.

-Usted mismo ha dicho que nos quedan unas horas…

-Sólo espero que no prefiera pasarlas con el Pérez ese.

-No me decepcione con chiquilladas, sargento, que a usted tampoco le pegan.

Todo parecía estar más que claro, así que en el trayecto de vuelta se relajaron por fin comenzando a saciar sus curiosidades. Vallejo habló de Mario y el agente Pérez, y Pajares de su relación encubierta con Pacheco y la escena de la mili con Crisógino Alcántara. Ya de vuelta en el pueblo, celebraron entre vinos y embutidos típicos tanto el arresto de Martínez como la boda del inspector, por mucho que ésta les fuera de lo más irrelevante porque a Pacheco le pareció un chulo con aires de grandeza, Pérez había conseguido acostarse con él y a Pajares únicamente le rondaba una cosa en la cabeza ya fuera con despedida de soltero o sin ella. En cualquier caso, era una buena excusa para emborracharse, si bien ni el sargento ni el inspector llegaron a perder los papeles como sí lo hicieron los otros.

-Ya no pensarás que este es un pueblo aburrido -le decía Pacheco al agente.

-Sí, jefe, lo sigo pensando.

-Bueno, pues a ver si nos mandan una buena moza para sustituir al hijoputa de Martínez.

-No disimule conmigo, jefe, que ambos sabemos que a los dos nos gustaría más un buen maromo.

-No sé por qué me dices eso -contestó ruborizado dándole otro trago al vaso.

Antonio sonrió, pero que Pacheco anunciara justo después que se marchaba acabó por confirmar sus sospechas. Él lo hizo poco después tras un par de días demasiado agotadores para su acostumbrada vida tranquila.

-Ya nos hemos quedado solos -apreció el inspector sentado sobre un taburete junto a la barra.

-¿Y qué propone? -Pajares se acomodó en otro frente a él.

-Dígamelo usted, que es quien tenía tanto interés.

-Y lo sigo teniendo.

-No esperaba menos, sargento. Creo que me pediré un gin tonic.

-¿Va a seguir torturándome con la espera?

-Verá que merecerá la pena.

-¿Por qué tendría que creerle?

-Porque ahora mismo usted sólo piensa con la polla, sargento.

-Lo hago desde que le vi esta mañana, inspector.

-En tal caso le ha sido de gran ayuda.

-La promesa de una comida con usted era demasiado tentadora.

-No piense en eso ahora.

-¿Y por qué no?

-Porque el bulto de su entrepierna está comenzando a hacerse notar.

-Se me olvidaba lo observador que es.

-No me diga lo que está pensando porque voy a llamar al camarero.

-Como si ya no nos estuviera escuchando.

-¡Qué descarado!

-Típico de los pueblos.

-Me refería a usted. ¿Quiere otro?

-Me va más el güisqui.

-¿Nos pone un par de copas? -pidió al tabernero.

-Sí, pero no tarden, que debería estar cerrando ya.

-¿Ve cómo es mi aliado al meterle prisa?

-¿También lo ha sodomizado?

-No diga barbaridades, inspector.

-Me espero cualquier cosa.

-Al contrario que usted, yo sólo deseo una.

-¿Y cuál es? Porque a mí se me ocurren varias.

-Tenerle desnudo frente a mí. El resto ya se verá.

-No diga eso porque estoy convencido de que lo tiene todo más que planeado sin dejar nada a la imaginación.

-Me ha vuelto a pillar, inspector. Voy a tener que recolocarme el paquete en cualquier momento.

-Hágalo ahora que el tabernero no mira.

-¿Lo hará usted?

-¿Colocárselo?

-No, coño, mirar cómo lo hago.

-Por supuesto.

Vallejo bajó la mirada apreciando el abultado miembro que ya había cobrado forma por debajo de la tela. Tal como intuía, sus proporciones eran envidiables.

-¿Le gusta lo que ve?

-Desde luego, más de lo que me imaginaba.

-No se piense que esto es todo. Aún le queda margen.

-Me alegra oírlo.

-Se nota -ahora Pajares señaló el paquete del inspector-. Ya ve que no puede tener todo bajo control.

-Hay cosas que prefiero no controlar -contestó con desparpajo.

-Ande, beba y deje de querer justificarlo todo. Espero que cuando estemos en su apartamento no siga con esa actitud.

-¿Quiere someterme?

-¿Acaso lo dudaba?

Vallejo sonrió y volvió a mirar el paquete del sargento, aún tan excitado como el suyo.

-¿Cree que será posible bajar su erección antes de irnos? Imagínese cuando se levante.

-¿Y quién lo va a ver? Estamos solos.

-Pobre mesonero. Dígame que le debo.

-Permítame -Pajares quiso quitarle la cuenta para pagar él.

-Insisto -Hugo apartó el papel dejándolo al otro lado junto a su tarjeta de crédito-. Ya tendrá tiempo de salirse con la suya.

-Me alegra oírlo.

Se despidieron y en el coche continuaron provocándose con palabras impidiendo que sus rabos se relajaran. Ya en el apartamento, ambos mantuvieron su aparente seguridad, si bien Vallejo llegó a titubear.

-Me temo que no puedo ofrecerle nada de beber.

-No se preocupe, no estamos aquí para eso.

-En tal caso el dormitorio está ahí -señaló la puerta.

-Lo cierto es que preferiría que nos quedásemos aquí -Pajares se sentó directamente en el sofá-. Vaya, no es muy cómodo -apreció al dejarse caer, pero no reculó y permaneció sentado.

-El cochón sí que lo es.

-¿No se da cuenta de que con ese comentario me está dando a entender que lo ha probado?

-Parece obvio.

-Considerando que el rato que estuvo aquí Pérez le acompañaba…

-Él podrá corroborar lo del colchón, sí.

-No crea que va a cortarme el rollo.

-No era mi intención. ¿No le excita la idea de imaginarnos a los dos?

-Prefiero excitarme al verle a usted desnudarse.

Hugo se deshizo de los zapatos con los pies al tiempo que se desabrochaba la camisa ante la atenta mirada del sargento. Tras ello, hizo lo propio con los pantalones y la ropa interior.

-Es su turno -avisó el inspector.

-Si no le importa, las órdenes me gustaría darlas a mí.

-De acuerdo.

-Tiene un buen cuerpo.

-Gracias.

-Si quiere ver el mío tendrá que desnudarme usted.

Vallejo se acercó hasta el sofá para arrodillarse frente a él. Con calma, fue desabrochando los cordones de las botas hasta aflojárselos lo suficiente para poder quitárselas. Puede que por el morbo, le dejó los calcetines y continuó por la camisa. Ahora apreciaba la fuerte respiración del sargento junto con el aliento a güisqui, el cual le resultaba un aroma de lo más masculino. Debajo llevaba una camiseta blanca de tirantes ceñida al cuerpo. La pechera dejaba ver algo de vello, y lo ajustado de la prenda confirmaba un voluminoso torso. Al quitársela se fijó en las prietas carnes de Pajares más propias de la genética que haber ido engordando con los años. Se le veía fuerte, y lo estaba, con un vientre con formas pero firme, y un pecho algo prominente. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. La forma del rabo se apreciaba todavía bajo el pantalón verde del uniforme. Y no digamos cuando sólo lo cubría el calzoncillo. Únicamente éste les separaba ya de poder desvelar por fin la enormidad del miembro del sargento.

-Está usted muy bien dotado, sargento.

-Gracias. ¿Quiere probarla?

El olor acumulado de todo el día junto a unas gotas que seguro había expulsado por la excitación resultaba de lo más estimulante. Hugo aspiró apreciando los matices de virilidad que le ponían más de lo que se imaginaba, aunque le recordó someramente a Pérez unas horas antes. Sin embargo, el aroma casi rancio se volvió un sugerente amargor cuando rozó aquel pollón con la lengua. Lo notó palpitante y ardiente, aunque hubiese preferido abordarlo en un estado más reposado, pues la dureza del tronco permitía ya que éste apuntara directamente hacia su cara. Degustó con delicadeza la piel que cubría el capullo mientras agarraba con la mano la generosa base. Al hacerlo se percató de unos sugestivos huevos que colgaban laxos rezumando otro codiciable olor. La fogosidad ante tanto incentivo comenzaba a impacientar al inspector, deseoso de querer hacer de todo con los genitales del sargento. Éste permanecía expectante, pero su ardor iba más allá de lo físico, satisfecho de tener por fin a Vallejo bajo sus órdenes y no al revés.

-Veo que en este trance también se toma las cosas con calma -apreció Pajares.

-¿Preferiría que lo hiciese de otro modo? -Hugo levantó la mirada.

-Lo dejo a su elección. Ya llegará mi turno de hacerlo a mi antojo.

Vallejo sabía que la rudeza del sargento se extendería a lo sexual, así que quiso torturarle mientras estuviese en sus manos. Volvió a centrarse en el capullo intentando colar su lengua entre el pellejo hasta alcanzar el glande. Aquí vino el primer gemido del sargento con un tono bronco que no hacía más que confirmar su masculinidad. Pero Hugo pretendía ser delicado hasta satisfacerle plenamente. Recorrió con calma todo el tronco deslizando la punta de la lengua con movimientos suaves que intercambiaba con caricias de los labios arrastrando su propia saliva desde la base. Hizo lo mismo con los velludos huevos por mucho que le apeteciera metérselos en la boca. O al menos intentarlo, pues su tamaño iba en consonancia con el gran pollón de Pajares. Así estuvo todo lo que quiso sabiendo que el orgullo del otro no haría que parase, así que decidió ir más allá y satisfacer así a ambos. Tras relamerse se dispuso a tragarse el rabo por fin. Notó cómo su grosor le rellenaba la comisura de los labios y su talla impedía que pudiese metérselo entero en ese primer instante. Ayudado de nuevo con la mano para agarrar la base, fue succionándola también de manera un tanto pausada para disfrutar así de todos sus matices. Lo mismo ocurrió cuando trató de tragarse los huevos, intensificando aquí otro jadeo del sargento, que simplemente se dejaba hacer.

-Es usted un buen mamador de rabos -celebró Pajares-. Veamos qué más podemos hacer.

Se levantó del sofá hasta quedarse de pie frente a Vallejo, quedando éste a la altura de su polla, volviendo a prestar atención a los huevos que ahora colgaban de manera más apetecible si cabe. Le tentó volver a comérselos, así que apartó el rabo con la mano, giró el cuello y los dejó caer dentro de su boca. No era lo que Pajares esperaba, así que cuando paró, determinó que el momento de llevar la iniciativa había llegado. Le puso el pulgar en el labio inferior empujándolo para que abriera la boca, le agarró del pelo, y le metió la polla con brusquedad. Empezó así a embestirle con energía provocándole arcadas mientras se fijaba en los brillantes ojos del inspector que parecían retarle. Cuando estimó oportuno se sacó el rabo para que cogiera aire fijándose en los restos de baba alrededor de sus labios. El sargento se agachó para escupirle casi con desprecio y llevarle después ambas salivas hacia la boca con sus dedos hasta culminar con un brusco lametón. Tras ello volvió a clavarle la polla, pero ahora le agarró la cabeza con ambas manos y empujó la pelvis con violencia fortaleciendo así sus acometidas. Tras liberarle por segunda vez, empujó la cabeza de Vallejo contra sí para dejarle la polla dentro unos segundos al tiempo que emitía un ruidoso alarido que contrastaba con la fuerte respiración del inspector cuando pudo volver a tomar aire.

-¿No me diga que se está cansando ya? -preguntó Pajares desafiante al ver el rostro casi desencajado-. Me decepcionaría.

-Ha sido usted quien ha parado, mi sargento.

Que Vallejo se dirigiera a él de esa manera le calentó aún más, por lo que se dejó llevar de nuevo y volvió a follarle la boca con la misma rudeza. Intercalaba las severas embestidas con los momentos en los que intentaba dejarle toda la polla dentro mientras le sostenía la cabeza y, sin soltarla, le escupía y le mordisqueaba el labio poco después. En una de esas paradas colocó al inspector de espaldas al asiento del sofá quedando sentado sobre el suelo. Pajares puso sus robustas piernas rozando los hombros de Vallejo, se inclinó, y dejó caer de nuevo su polla hasta clavarla en lo más profundo de su garganta mientras le oprimía las mejillas con una sola mano notando la dureza de su propia polla dentro del inspector.

-¿No quiere entonces que me detenga? -continuó Pajares con una maliciosa sonrisa.

-Estoy en sus manos -contestó Vallejo tragándose la saliva acumulada.

-Es usted más dócil de lo que pensaba.

-Lo dice como si fuese algo malo.

-En absoluto. Me encanta su sumisión y que me deje hacerle lo que me plazca.

-Parece que lo está consiguiendo, mi sargento -contestó con picardía.

-Es usted una mala perra, inspector. No veo la hora de romperle ese culito de putita sumisa.

-¿Qué le detiene?

-Todo a su debido tiempo.

Pajares se agarró el rabo para atizarle con él en la cara. Le daba pollazos tanto en las mejillas como en los labios, le escupía, y después se lo restregaba a modo de caricia por los mismos sitios. Cuando quería que abriese la boca para volver a metérsela no tenía más que ponerle el capullo sobre los labios, a lo cual Vallejo respondía sin pestañear hasta atragantarse de nuevo. Para él la estampa de un tío maduro, masculino, corpulento y bien dotado sometiéndole a su antojo era de lo más excitante, acostumbrado a ser él quien solía aprovecharse de la pasividad de sus amantes, incluyendo a Mario, su prometido. Por eso no le importó la imagen que el sargento se llevara de él, pues ambos estaban satisfaciendo sus apetencias. La de Pajares varió, pues se colocó ahora de espaldas al inspector, que permanecía sentado en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y la polla vibrante y tiesa.

-Cómame el ojete -le ordenó.

Flexionó las rodillas hasta dejar caer su trasero sobre la cara del inspector. Otro intenso olor engatusó las fosas nasales de Vallejo, apreciando el sudor acumulado de esa zona tan impúdica. Como era de esperar, el ano del sargento estaba rodeado de algo de vello, aunque no tanto sus nalgas. No pudo apartarlas porque el peso de su cuerpo caía sobre él, así que tuvo que luchar para poder acceder con la lengua al esfínter de Pajares. Éste emitió un impetuoso rugido al sentir la lengua explorándole su rincón menos explotado, pues con Pacheco apenas había probado un par de veces. El placer de los lengüetazos a la entrada de su agujero, o la inclusión de la lengua en él le hacían gemir intensamente pese a no disfrutar mirando al inspector a la cara. Sí que le agarraba otra vez la cabeza desde atrás por si acaso éste desistía, apretándole incluso al tiempo que él empujaba el culo contra su cara. Aunque no estaba en sus planes, lo placentero que aquello le parecía le llevó a permitir que Hugo interpusiera su propio ritmo. Se colocó de rodillas sobre el sofá dejando el culo expuesto y le dio instrucciones:

-A ver qué sabe hacer.

Vallejo se quedó parado un instante dudando que el sargento pretendiese que le follara, pues no era lo que se imaginaba.

-Vamos, siga chupando -le animó-. ¿En qué piensa?

Obviamente no reveló su errónea impresión, pero igualmente se alegró de estar equivocado. Ahora sí que pudo apartarle bien los cachetes para tener así un mejor acceso. Se reencontró con el oscuro agujero y volvió a lamerlo, aunque con más calma pudiéndose deleitar con él todo lo que quisiese y a su propio ritmo. Los bramidos del sargento cobraban fuerza, agradeciendo el empeño que Vallejo ponía.

-Déjelo bien limpio -le animaba-. Lo hace usted muy bien.

El ánimo era innecesario, pues Hugo sabía lo que se hacía, estando acostumbrado a comerle el ojete a Mario antes de follarle. Aquí lo diferenciador había sido la rudeza del sargento, pero ahora que de nuevo le deba cancha, se aprovecharía para disfrutar de algo que no iba a tener más tras ese encuentro: un enorme pollón. Por eso se la cogió mientras seguía con la comida de culo para estrujársela. Se la ordeñaba con una mano apreciando el calor que desprendía, rodeándola con los dedos ayudado por los restos de saliva. Si algo faltaba para que ese macho se acercara a la perfección era que tuviese aguante, pero Pajares estaba lejos de desfallecer. No obstante, la paja se estaba alargando más de la cuenta, pues la paciencia con la que Vallejo se estaba deleitando en el ano era ya demasiado.

-No deja usted de sorprenderme -admitió Pajares.

-Me alegra oírlo. No me gustaría resultar predecible.

-No se preocupe, que no lo está siendo. ¿Cómo le gustaría que le follara?

-Reconozco que no esperaba que me diese a elegir.

-Igual tenía alguna preferencia. Pero no se preocupe, le voy a romper el culo igualmente.

El sargento se sentó de nuevo en el sofá dejando su polla apuntando hacia arriba. Vallejo lo vio claro, y no tardó en ponerse a horcajadas sobre él deseoso de recibir por fin su polla. Sus rostros quedaron frente a frente a escasos centímetros, notando el aliento a alcohol del otro, así como sus miradas desafiantes llenas de lujuria. Se dieron un par de rudos lengüetazos llegando incluso a mordisquearse el labio, pero lo interesante estaba por venir. Con ayuda de la mano, el inspector trató de dirigir el rabo hacia la entrada de su culo. Sintió un escalofrío cuando le rozó, consciente de que aquello podría llegar incluso a dolerle, pero no era momento de echarse atrás. Abrió un poco más las piernas y lo fue introduciendo despacio al compás de un ronco gemido al que Pajares le acompañó poco después. Porque había logrado entrar lo suficiente para empezar la follada, por lo que Hugo comenzó a cabalgar sobre el sargento arqueando su cuerpo aún con relativa calma.

-Tiene un buen culo -apreció Pajares-. Cerradito como a mí me gustan.

Se limitó a sonreírle preocupado más por lo que tenía dentro de él, inquietándose por si el sargento impusiera su ritmo en cualquier momento antes de que estuviera bien dilatado. Mientras tanto, siguió montándole, aunque él mismo fue acelerando los movimientos dejándose caer cada vez con más fuerza para ir notándola cada vez más dentro. Pajares empezó también a moverse, empujando su pelvis aún con sutileza, sin dejar de mirar al inspector como si así fuese capaz de averiguar cuándo debía acelerar el ritmo. Se sonreían mientras jadeaban como seña del placer que ambos percibían, notando uno cómo el culo se le llenaba con esa enormidad, y disfrutando el otro de la fricción que le rodeaba el grueso cipote.

-¿Le está gustando, inspector? -le dijo mirándole fijamente.

-Tiene usted un buen rabo.

-No me ha respondido -insistió.

Vallejo soltó una carcajada, a lo que Pajares correspondió calvándosela con un golpe rápido a modo de provocación haciendo que Hugo exhalase un desgarrador sollozo.

-¡Dios, me va a romper en dos!

Ahora se rió el sargento con malicia, y Hugo no pudo evitar acercarse y besarle. Sus lenguas se cruzaron por primera vez, aunque con esa rudeza que les caracterizaba. Puede que aquel fuese el punto más álgido por esa aproximación un poco más íntima, si bien no se detuvieron mucho y Hugo se separó levantando la cabeza para perder la vista en el salón de su apartamento. El sargento aprovechó para rozarle el cuello con la barbilla hasta alcanzar la boca de Vallejo, quien se la lamió y volvió a morderle el labio en otro arrebato. Sin mediar palabra, Pajares le apartó agarrándole con sus fuertes manos.

-Póngase a cuatro patas para mí -le pidió.

El inspector obedeció recostándose a lo largo del sofá en la postura indicada. Sin mucha demora, Pajares se colocó detrás de rodillas, le agarró de la cintura y volvió a clavarle la polla. Hugo gimió nuevamente al recibir el estoque, y no pudo parar por las enérgicas acometidas que el sargento comenzó a hacer. Impuso el ritmo que quiso como antes cuando le follaba la boca, retomando la rudeza y la brusquedad de sus movimientos. Él también jadeaba más intensamente mientras se la sacaba y metía con decisión, cada vez más rápido y descortés, presionándole las nalgas para que éstas cubrieran la base de su polla agudizando así el placer.

-Vallejo, está muy callado. ¿No estará pensando en algún caso?

-No podría concentrarme.

-Eso es que le está gustando que le folle, aunque no quiera admitirlo.

-No tendría problema en hacerlo.

-Pues hágalo -le animó Pajares.

-Me gusta cómo me folla, sargento.

-¿Quiere más, inspector?  

-Sí, deme más.

-¿Así? -el sargento recuperó la velocidad de sus embestidas.

-Oh, sí, mi sargento, así.

Animado por el tono obsceno del inspector, Pajares se recolocó dejando caer una piernas sobre el suelo para poder tener así más control. Ello significaba también ser capaz de taladrarle con más firmeza al tener una mejor base. Giró un poco a Hugo, quien bajó también una pierna al suelo, así que su culo quedaba aún más abierto y siguió follándole con ganas. Por primera vez el inspector se preocupó de su propia polla, empezando a estrujársela de manera pausada, pues no era consciente del aguante del sargento, sumido en sus embestidas tan ásperas como sus gemidos. Éstos desaparecieron repentinamente y su ritmo se relajó de nuevo, avisando que deseaba cambiar de postura. Ordenó al otro que se tumbara boca arriba, le levantó las piernas y le penetró otra vez mientras recuperaban la posibilidad de mirarse y apreciar sus ojos lascivos, sus mejillas enrojecidas y el sudor brotando de sus frentes.

-Fólleme, mi sargento -imploró Vallejo.

Le complació atizándole con energía recuperando la brusquedad de antes alentado por el goce del inspector, jadeante y apretando los músculos mientras se pajeaba con decisión. El sargento le sonreía con satisfacción sin parar de follarle y sin apartarle la mirada, atento siempre a sus ojos o a algún balbuceo.

-Oh, sí, ufff.

Hugo se aceleró dando a entender que iba a correrse, abriendo la boca para soltar un ruidoso gemido que se intensificó cuando un chorro se le escapó de la polla. Fue descargando sobre su propio vientre haciendo que sus contracciones intensificaran el placer del sargento cuando apretaba el culo, si bien no se detuvo en ningún instante. Hugo le miró satisfecho, admirando en silencio lo que el otro era capaz de aguantar pese a su edad, creyendo ahora que su culo se resentiría con tanto meneo, pero agradeciendo en el fondo la exquisita follada de aquel pollón.

-Me gustaría correrme en su cara -dijo Pajares con total naturalidad.

-Será un placer recibir su leche, sargento.

Sintió un enorme vacío cuando Pajares se sacó el rabo, al cual miró fijamente teniéndolo ya delante de sus narices. Al instante, y entre los roncos gemidos del otro, fue notando los trallazos sobre su rostro, que caían con fuerza y en buena cantidad bañándole la cara del blanco líquido. Tras los espasmos, Pajares se sintió completamente satisfecho al ver al inspector impregnado de su leche, que se deslizaba desde la frente hasta la barbilla. Esa estampa le sirvió para animarse a hacer algo más, así que se flexionó un poco hasta posar su rabo en los labios de Vallejo, incrédulo de que quisiera que se lo chupara otra vez. Abrió la boca, y al tragarlo escuchó otro espeluznante alarido, casi más de suplicio que de placer, si bien a él no le importó probar el amargo jugo de las gotas que habían quedado en el capullo, tragando con la polla de Pajares dentro haciéndole estremecer otra vez. Porque Hugo se deleitó con el rabo más flácido como la última oportunidad de poder torturarle, si acaso el sargento pensó que se cansaría de seguir mamando.

-Vale, usted gana -anunció Pajares sacándose la polla-. Ha querido quedar por encima y lo ha conseguido.

-No sé por qué lo dice -aunque pretendió sonar ingenuo, Hugo no era muy bueno fingiendo.

-No se me ponga cabroncete ahora, inspector. Si se viera la cara se daría cuenta de que con ella llena de mi leche carece de toda credibilidad.

-No quiera ser hiriente, sargento, que usted y yo sabemos que los dos hemos disfrutado.

-Me quedaré con eso entonces.

-Hágalo. Yo me quedaré con este regusto y el recuerdo de su rabo.

-Si usted quisiese no tendría por qué ser un recuerdo. Al menos hasta que se marche.

-Sabe que eso no va a ser posible. Mi prometido viene mañana.

-¿Y no cree que a su Watson también le gustaría mi rabo? Ya ve que podría satisfacerles a los dos.

-Agradezco su proposición, pero no va a poder ser.

-Una lástima. En cualquier caso le volveré a ver uno de estos días, ¿no?

-Por supuesto.

-Bueno, pues me marcho entonces -anunció el sargento.

-¿Se va a ir a estas horas con lo que ha bebido?

-Recuerde que yo también tengo una esposa.

-Apuesto a que está acostumbrada.

-¿Me permite darme una ducha? -ignoró su comentario.

-¿No sospechará su esposa al verle llegar oliendo a gel?

-¿No sería peor que oliese a semen reseco?

-Creo que no le he dejado ni gota -dijo sonriendo.

-Eso es cierto. Tomaré una ducha en cualquier caso. A veces me ducho en comisaría, y llevo ropa limpia en mi coche.

-Lo que me recuerda que el mío está en la plaza. ¿Va a dejarme incomunicado?

-Vístase y le llevo a por él.

-Podría hacerlo por la mañana.

-Su insistencia me preocupa, inspector. ¿Me oculta algo?

-Nada de eso.

-No entiendo, pues, que no prefiera descansar. Yo no creo que pueda satisfacerle de nuevo…

-Vaya, me ha pillado -trató de fingir.

-No me engañe, Vallejo.

-¿Por qué lo dice?

-Si echar otro polvo hubiese sido su objetivo no lo hubiera confesado tan rápido, así que venga, desembuche.

-¿Promete no burlarse?

-Prometo intentarlo.

-Verá, tengo problemas con… Bueno, digamos que no estoy acostumbrado a dormir solo.

-¿Tiene miedo, inspector?

-Por supuesto que no. No es miedo la palabra.

-¿Qué es pues?

-Bueno, como quiera. Llámelo miedo.

-¿No me dirá que ha accedido a acostarse conmigo sólo para no dormir solo?

-¿Eso cree?

-De usted me espero cualquier cosa, Vallejo.

-Con sinceridad le diré que esperaba que se quedara -el inspector llegó a dudar de sí mismo.

-¿Ha dicho que el colchón era cómodo, cierto? -preguntó a modo de aceptación.

-Así es.

-Pues espere a que me duerma antes de acompañarme, que no sé si quiero acostarme con usted.

Para su suerte, Pajares no tardó mucho en comenzar a roncar, así que en cuanto lo escuchó se metió en la cama a su lado. Vallejo no resultó ser perfecto, pues su confesión había revelado su pánico a dormir sin compañía, una fobia que arrastraba desde la infancia. Por tanto, la única ventaja que vio a la “relación abierta” que había propuesto Mario era poder ligarse a algún tío las noches que estaba fuera con la esperanza de que éste se quedara hasta el amanecer. Y aunque el peaje para ello fuera tener que practicar sexo, se convencía de que era un mero trámite para poder descansar al tiempo que se relajaba follándose un culo mientras reflexionaba en silencio las pistas del caso en cuestión. Sí que fue cierta la atracción por el sargento Pajares, incomprensible para él desde el principio, por lo que usó al agente Pérez de cómplice involuntario. Se despertó a la mañana siguiente por el ruido que hacía Pajares en la ducha. Le vio volver al dormitorio totalmente desnudo sin que a éste le importara que Hugo ya estuviera en pie, pudiendo apreciar su cuerpo una última vez antes de vestirse el uniforme de la guardia civil.

-¿Va a querer que le lleve a por su coche?

-No, mejor bajaré más tarde caminando.

-Sí, debería quedarse y resolver eso -el sargento señaló la erección del inspector.

-Me ha vuelto a pillar.

-No me mire más y verá cómo baja.

Hugo se ruborizó por la deducción de Pajares, pero sin darle demasiada importancia. Se despidieron con un apretón de manos con la promesa de verse por el pueblo. Mario llegó al medio día, y tras follar y comer algo fueron a la comisaría a presentarle y conocer también al sustituto de Martínez, un apuesto policía de veintitantos, alto y corpulento, que todos coincidieron en que les recordaba a Pajares con veinte años menos, despertando así el interés del propio sargento y de su amante Pacheco. Sin embargo, el que suscitó en el agente Pérez una atracción casi obsesiva fue el novio del inspector, al que llegó incluso a insinuarse durante la celebración de su enlace. Porque Hugo y Mario decidieron casarse allí mismo unos días después tras convencer al alcalde de que una boda gay no desentonaba en absoluto en ese pueblo.



© Fran

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