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Fecha: 30-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Reencuentro con Luis y visita de Escarlata.

lexibeloso
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Luis uno de mis priemros novios. Ante las peticiones de mi esposo para tener un encuento con él y contarlo en un relato. Preparo con Escarlata una noche que fue realmente memorable. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Luis había sido compañero de instituto, y luego de universidad. Me sorprendí al ver su petición de amistad en Facebook. Habíamos sido algo más que amigos, ya me entendéis. Le conté a Andrés el reencuentro con Luis en la red y mi esposo se mostró tan entusiasmado como no le había visto hacía tiempo cuando le relaté mis “aventuras” con el compañero.

Había insistido varias veces en que debía tener una cita con Luis. Pero él vivía en otra ciudad y el encuentro no podía llevarse a cabo con facilidad.

Mi esposo me insinuó que le gustaría que la cita fuese una especie de regalo para él.

-Lexi, me conformo con leer el reencuentro con Luis en un relato. Pero me gustaría que lo montases de forma especial. Algo con más morbo que una simple cita de infidelidad-

Los pormenores de mi cita con Luis los relato a continuación, sabiendo que tú Andrés serás el primero y más impaciente de mis lectores.

 

 

Luis llegaba a media tarde. No fui a esperarle, no quería verlo arrastrando maletas cargadas de recuerdos, además no me gustan los aeropuertos. Envié un taxista, que le esperaba con el clásico cartel de letras grandes “Luis Pastrana”.

Lo llevó a una finca, que habíamos alquilado para la ocasión, donde lo aguardaba una bañera repleta de agua caliente y espumosa y una lacónica nota mía: Amor, nos vemos esta noche. Lexi.

Al principio creo que se sintió desilusionado, pero después seguro que entendió y agradeció el gesto que le permitía reponerse del cansancio del largo viaje, mejorar su aspecto y practicar a solas los ritos de vanidad masculina previos a nuestro encuentro. Después del largo baño aromatizó su cuerpo con un carísimo perfume francés, estrenó una bata de seda china que había comprado para la ocasión y preparó la habitación para transformarla en un lugar íntimo: que el paso del tiempo no se desvaneciera en sus recuerdos.

De su maleta fueron saliendo lucernas aromatizadas, fetiches de porcelanas con posiciones del Kamasutra, antifaces de gestos enigmáticos e insinuantes paños de seda. Cambió el lugar de la cama y el espejo y por último colocó una gota del sebo, sobre la lámpara de luz, dejó que el perfume invadiera la casa y la extinguió reemplazándola por las velas.

Apenas éstas comenzaron a arder, mezclando el olor de la cera al aroma dulzón del perfume, Llegué yo. Nos miramos. La mirada de ambos patinó y remontó desde los pies hasta el alma, mantenidas como floretes de fuego que hurgaban las pieles con blandas heridas. Cada cual buscó en el otro las huellas del tiempo, asombrados de descubrirnos idénticos pero tan cambiados.

Por fin me acerqué y nos fundimos en un abrazo suave, en el que nuestros cuerpos apenas se apretaban, una unión cargada de promesas, que se prolongó hasta que el cosquilleo del esperado contacto y el cúmulo de sensaciones de volver a tenerle abrazado se fue calmando como las mortecinas brasas de una hoguera.

De nuevo volvía a abrazar a Luis. Después de tanto tiempo, de tanta vida gastada, de tantos buenos y malos amores, volvía a tenerlo a él, al que sin duda era uno de los primeros, uno de mis grandes maestros, descubridor de un erotismo que yo tenía guardado en aquellos años y que sus artes dulces fueron encontrando y limpiando, reluciendo y restaurando como se hace con los objetos encontrados en la excavación arqueológica.

Me enterneció verle tembloroso como un adolescente en su primer encuentro amoroso, me guió indeciso, como si no supiera donde ir, la mano aún le temblaba y le noté algo envejecido y tal vez menos directo, menos erótico que lo que yo recordaba.

Al llegar al gran espejo del dormitorio nos encontramos reflejados en una imagen difuminada por los años, pero ilusionante, descubriendo nuestro propio desconcierto, nuestras miradas se encontraron, huérfanas y gozosas en el cristal.

Muy lentamente me fue despojando de mis trapos, besando cada espacio liberado de mi piel. Yo desaté la bata que suavemente resbaló hasta el suelo, y por primera vez miré embelesada la desnudez, la bella y potente desnudez tal como la recordaba, Realmente Luis estaba muy dotado. Comenzamos enfebrecidos por los recuerdos, fuimos tanteando, con los ojos, con las manos, con la boca...

Intuía las prisas de Luis, yo no quería algo rápido, más bien todo lo contrario, y fui guiándole con ayes y gemidos, a andar más pausadamente. Él vislumbró mi cadencia y fue ajustándose a la placentera parsimonia que yo le exponía.

Fue desenredando con sus dedos la cabellera torrencial, descendió por el espinazo hasta la curva de las posaderas, esclavizando o cediendo, respetando el mensaje de la piel suavemente erizada. Recorrió con su boca la cartografía temblorosa de mi cuerpo, lleno de valles y colinas y localizó, en mis rincones, los aromas que creía olvidados.

Me hizo sentar situándose a mis espaldas. Mi nuca reposaba en su estómago algo redondo ya. Descubrió la pendiente hacia mis senos y la recorrió con sus grandes manos extendidas, pero no fue directo hacia los pezones, sino que dibujó con las yemas encendidas y entusiastas los bordes de mis tetas. Luego de rodillas delante de mí, como devoto adorante, besó mi pierna derecha, acarició con infinita dulzura su pantorrilla, besó cada porción de piel hasta llegar al pie al que dedicó su lengua y otro millón de besos. Tomó mi otra pierna, sin dejar caer la primera, y repitió las atenciones. Creía morir con la nueva parsimonia que pintaba toda la escena, con aquella calma contenida. Aquel momento era el éxtasis de la suprema excitación.

Me hizo arrodillar en la silla, de espaldas a él, él también de rodillas en el suelo. En mis desnudos mofletes sentí sus grandes manos abriendo la fruta madura, abriéndola con fuerza, para deshacer el precipicio y aflorar todo el néctar de los dos orificios. Se entretuvo en el ano, redondo, diminuto y oscuro, paraba para tocar mi sexo tierno y rosado lleno ya de humedad salada, llevó sus dedos a la boca para recordar mi sabor a mar.

Comenzó a jugar con el dedito gordo de su mano izquierda recorriendo, dibujando una y mil veces la línea que separaban los labios del coño mientras me besaba el glúteo redondo y blanco con la dulzura que se  besa el de un bebé. Y de repente paraba, para volver a abrirme con ambas manos desde las esferas poderosas e internar su nariz y su lengua golosa. Me estaba volviendo loca, presagiaba un orgasmo y yo, aún, no quería.

Me deshice de la postura que me iba a provocar un final precipitado y, como una hiedra estremecida entrelazada al cuerpo de Luis, le proponía una danza mansa o violenta con mis caderas, con los ojos cerrados aprisionando bajo los párpados los fetiches que cobraban vida, que danzan al mismo ritmo que yo y él; Sabía que Luis estaba necesitado de mis atenciones y también sabía que si seguía dejándole hacer no aguantaría ni medio segundo más.

Obligué a mi amante a sentarse y esta vez la que hincó las rodillas frente a él fui yo. Tomé el cirio carnoso con mi mano y lo miré fijamente. La magia que tiene esa palpitante brocha, caliente, pujante. Bajé y subí lentamente la piel dócil, varias veces, muchas veces y muchas más. Luis me miraba hacer, con las piernas abiertas para que “su Lexi” entrase entre ellas, las manos apoyadas en los muslos, la pose relajada, expectante.

Le miré bajando y subiendo, yendo y viniendo mi mano por el cilindro duro. Su expresión se fue tornado más tensa, pero yo seguía, apretaba un poco más, para luego relajar la mano y apenas acariciar las idas y venidas sobre el leño. Él, alucinado por mi exquisitez, por la lentitud de mi forma de masturbarle, tierna, casi religiosa, comenzó a acariciar mi rostro con el envés de su mano derecha. Llegaba hasta mi oreja y jugueteaba con el pelo de mi nuca. Creí que iba a obligarme a llevar mi boca hasta el pene, pero no lo hizo, retiró la mano y se relajó de nuevo.

Yo interpreté sus ganas y valoré el gesto de autonomía que me ofrecía y sin esperar más, degusté el sabor del tremendo falo. Primero lentamente, por fuera, con la lengua, después hundiéndolo en mi boca mientras lo agarraba con firmeza en la base. Dibujaba con mis labios la forma del prepucio, ciñéndolos con fuerza, tirando con mi mano de la piel hacia atrás, para tensarlo, para que creciera la rojez y la sensibilidad de la piel del hermoso capullo, y le masturbaba con los labios de mi boca jugosa, arañando a veces con los dientes. Hacía ligeros descansos para lamerlo, untando de saliva con la que resbalar mis dedos.

Luis se había tensado mucho más, sus piernas estaban estiradas, la cabeza hacia atrás, casi con los ojos cerrados. Me miraba a veces, pero no podría aguantar el orgasmo si no apartaba la mirada, así que inclinaba hacia atrás de nuevo, elevando la mirada al techo y cerraba los ojos.

Exploré con el olfato atento cada matiz, cada olor de su polla. Remordí cada músculo palpitante, afinando mis oídos para percibir sus gemidos preñados de placer, del placer que le daba la sangre presionando las arterias del gozo en su verga. Recorrí con la lengua las venas y arterias desde la base de aquella suprema belleza, un territorio perdido por tanto tiempo, llegando hasta la robusta base que une el falo con los testículos, surcado de diminutas líneas que fui llenando de besos para volver a hundir mi cara en el musgo oscuro y tantear con la lengua, de nuevo, el firme mástil que se erguía perlado ya de rocío salado. Bebí las primeras gotas que embadurnaba, brotando, la cumbre del mástil.

De repente paré, miré el reloj. Escarlata debía haber llegado por la puerta de servicio hacía un rato.

-Te tengo una sorpresa, para ti Luis-

-Me encantan las sorpresas Lexi- respondió sin intuir nada de lo que se avecinaba.

-Espérame un momento- Le dije mientras me incorporaba, dejándole con una erección ya definitiva, irreductible. Me di la vuelta y caminado desnuda salí de la habitación.

Me estiré como los gatos al entrar en la cocina y ver a Escarlata.

-¿Dónde has dejado a Luis?- Preguntó curiosa.

-Con el pene atento, casi al límite de sus sueños-Contesté.

Escarlata dibujó en sus ojos una expresión de deseo. Quería tener a Luis lo sé. Mis confesiones sobre su forma de hacer diabluras había despertado en ella unas ganas locas de compartirlo conmigo. Y esa era la sorpresa que aguardaba a mi amante.

-¡Qué suerte tienes con Andrés, dejarte degustar de nuevo con los hombres que han sido tus primeros amores de juventud!-

-Lo sé-

-Esta noche tienes que hacerme caso, Lexi. Si quieres darle un premio extra a tu Luis, y si ese premio voy a ser yo, déjame que sea yo misma la que decida los detalles-

-No seas intrigona- le dije austera.

-¡Porfavooooooorrrrrr!-

Su ruego mimoso me convenció.

A los pocos minutos Escarlata me estaba vistiendo con lencería negra y ella también. La traía guardad en una bolsa de cartoncito, exquisita. Medias, liguero, tanga, sujetador y tacones. Todo negro. Me asustaba que Luis se desesperara o que se viniese abajo por la demora. Pero no, tardamos unos tres minutos en vestirnos y mi amante tan solo había cambiado de lugar y en vez de estar en la silla se había acomodado en un sofá blanco de tres plazas. Cuando nos vio entrar se dibujó en su rostro su sonrisa más luminosa. Aún seguía erecto. Yo me senté a su derecha y Escarlata a su izquierda.

-¿Esta es la sorpresa?- preguntó mirando a Escarlata. No respondí, no hacía falta.

Luis, yo creo que para cumplir conmigo, me miró, como si siguiéramos solos. Recorrió mi pecho sobre el sujetador de encaje negro y entretuvo la uña del índice en mi pezón. Pero la zorra de Escarlata tenía posada su mano junto a la ingle de mi amante rozando su testículo.

-¿Te gusta el negro?- preguntó Escarlata mirando a los ojos de Luis. Él giró la cabeza y fijó su mirada en los increíbles pechos ella que apenas podían sujetar los encajes de su sostén.

Y entonces hizo una maniobra que yo no esperaba. Unió nuestras cabezas delante de la suya obligándonos a un beso que ni Escarlata ni yo rehuimos.

La verdad es que yo no había besado en la boca a Escarlata hasta esa noche, pero me gustó. Y a ella no parecía disgustarle, porque jugueteaba con su lengua mientras Luis mantenía la presión en nuestras espaldas para que el espectáculo continuase.

Luego Luis tomó por la barbilla a Escarlata y la besó también.

Cuando propuse a mi amiga el asunto, Escarlata rehuyó. Pero tres días después, cuando volvimos a vernos y le maticé ciertas virtudes del chico, aceptó nerviosa el plan de presentarse en escena cuando Luis y yo ya hubiésemos comenzado.

Escarlata y yo deshicimos definitivamente nuestro beso, el morreo había sido tremendo, incitándole con nuestros mordiscos y la maestría de nuestras lenguas. Ella se desplomó sobre el tremendo pene al que comenzó a mimar como sólo una hembra caliente sabe hacerlo. Yo le besé la boca, con la misma pasión con la que había besado a mi amiga.

Las dos estábamos de rodillas, yo a su derecha y Escarlata a su izquierda. Mi amiga se había sacado las tetas del sujetador para rozar sus pezones en el muslo de Luis según le lamía. Yo estaba incorporada, entretenida en el beso. Paramos para ver la degustación de falo de Escarlata y Luis me tomó la mano derecha de la muñeca y la traslado a su pene. Quería que le masturbara mientras ella lamía la punta. Me miró con una sonrisa cómplice y comencé a masturbarle con las babas que caían de la jugosa boquita de ella.

Sentí la presión de Luis en mi cuello. Quería que yo bajase también. Escupí abundantemente en el pene y la zorra de Escarlata se lo tragó entero con mis babas. Durante muchos minutos nos dedicamos a compartir el banquete. Si Escarlata lo lamía yo bajaba a sus testículos. A veces las dos lenguas jugaban en el prepucio rojo a punto de estallar.

Agarré la verga y se la ofrecí a mi amiga que no dudó en engullirla entera mientras yo bajaba la mano para acariciar los testículo y meter un dedito entre sus peludos glúteos buscando y encontrando el ano prieto y oscuro.

Cuando Escarlata sacó de su boca el leño lo agarré con mucha fuerza y lo masturbé sin miramientos, con rudeza. Luis exhaló un grito de placer.

Escarlata se levantó.

-Ven Lexi- dijo tendiéndome la mano, me levantó y me sentó en su lado, luego me obligó a ladearme ofreciendo mi culo  en pompa, tumbada sobre mi costado izquierdo, con las piernas encogidas. Escarlata me quitó las bragas y las arrojó sobre la moqueta. Tomando el brazo de Luis le hizo girarse hacia mí y tomó el pene con su mano.

-Vas a hacerlo ¿verdad Luis? La zorrita Lexi lo está pidiendo-

Luis miró a Escarlata, no podía creerse lo que le estaba sucediendo. Mi amiga dirigió el pene hasta que sentí como la punta se instalaba entre los labios de mi sexo. Ella lo meneó de un lado al otro de la raja. Todo estaba pringado de babas, de nuestras babas. Luis sólo tuvo que adelantar las caderas para que yo pudiese sentir como me penetraba. ¡Dios mío! Nunca un pene me ha entrado con tanta facilidad siendo tan grande.

Pero esta vez fue Luis el que nos sorprendió.

-Escarlata mastúrbame con la mano- dijo sacando la polla de mi coñito. –Y tú Lexi ábrete bien el culo-

Puse mi mano en el glúteo derecho y abrí el paisaje. Luis mojo dos dedos y los metió en mi ano, poco a poco primero. Volvió a mojarlos y los metió esta vez más contundentes, follándome con ellos. Sabía lo que iba a venir.

-Escarlata- dijo Luis- a ver si ahora atinas de nuevo-

Casi me corro allí mismo. Escarlata dirigió el pene hasta la boca de mi ano y Luis poquito a poco, entrando y saliendo, fue haciendo mayor la parte de su pene que se escondía en mis entrañas.

Escarlata agarraba los glúteos de Luis, hincándole las uñas, apretando para dirigir la cadencia de los envites de la polla de Luis en mi recto.

-Fóllale el culo, folla a esta putita- dijo Escarlata llevada por su éxtasis.

Tras cinco minutos con aquel tronco empalándome, Escarlata gritó:

-Esto no es justo- Se puso a cuatro patas, con las rodillas en el cojin blanco, muy arqueada, ofreciendo el culo, sin decir nada. Todos comprendimos que aquello significaba lo que significaba. Luis repitió la maniobra de los dos dedos en el ano de mi amiga y esta vez, abrazando su espalda, fui la espectadora de cómo se da por culo a una puta como Escarlata.

Me levanté y me puse junto a ella, apoyando la barbilla entre sus nalgas a pocos centímetros del agujero. El folleteo de Luis movía sus caderas y mi cabeza e iba increschendo.

-Vas a volcarte en mi boca- dije mirando su gesto de crispación. Luis sacó el pene del ano de Escarlata y lo metió en mi boca. Sentí el esperma golpeando mi boca y mi garganta, como un rio viscoso y caliente.

Dormimos juntos en la cama. Los tres.

Durante la noche Escarlata tuvo dos veces a mi amigo ocupado con ella. Yo ya había tenido bastante y me conformé con abrazar la espalda de mi amigo mientras se la follaba.


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