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Fecha: 30-Dic-16 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Abelina, Marta y Elena. Carta de Abelina.

lexibeloso
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Primera carta de una de mis lectoras. Abelina me pide que dé forma poética a esta bella historia de amor. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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ABELINA, MARTA Y ELENA

Abelina permanecía sentada en la sala del tanatorio. El cadáver de Sixto, con el rostro descubierto, aparecía a medio camino entre el amarillo, el morado y el blanco. Abelina no lloraba, y eso sabía que le granjearía numerosas críticas. Está mal visto que una viuda no llore al muerto. Tras los acontecimientos sucedidos tras la muerte del marido de mi amiga Abelina, ésta me escribió una carta contando algunos de sus secretos inconfesables para que yo los reescribiera, dándoles forma literaria, como creyese conveniente, y los publicase en todorelatos y aquí están:

 

CARTA DE ABELINA

No me pesaba en absoluto la muerte de Sixto. Mi marido había sido un ser anodino, poco cariñoso y falto de cualquier picante en su vida sexual. Aburrido hasta en el follar. Durante los quince años que permanecimos casados, pronto se evaporó la poca pasión del noviazgo. Creo que jamás estuve enamorada de él. Y si bien nunca le falté al respeto, no podía dejar de sentir una enorme borrachera de alivio al contemplar su cadáver.

Era cruel, pero la muerte de Sixto me había devuelto la libertad hacía tanto tiempo perdida. Una alegría desbordante inundaba mi pecho y me corría por el vientre hasta mojar mis bragas. Y a pesar de que aquel gozo me proporcionaba cierto remordimiento, era algo que no podía evitar sentir tal y como venía.

Mis pensamientos viajaron al pasado durante la larga noche del velatorio.  Recordé. Me recordé moza, muy joven. En la pandilla éramos tres niñas, desde siempre, desde antes de tener vello en el pubis. Todas estábamos coladitas por Manuel, todas enamoradas de Manu; un tiarrón  bello y cándido, que siempre estaba erecto, dispuesto al sexo, como nosotras. Manu miraba con unos ojos que te mojaban los labios del coño, entre las piernas. Pura dinamita. Y nosotras, por ese azar de la naturaleza, habíamos coincidido las tres zorritas cachondas, putañescas, sin remilgos a la hora de abrirnos de piernas o comernos un buen rabo.

Miré a mi difunto Sixto, me había quedado a solas con él en la habitación del tanatorio. Le conté como había deseado con todas mis fuerzas que Manu fuera para mí, sólo para mí, todo el rato y hasta mi muerte. Le conté a Sixto como propusimos a Manu un juego sutil y enrevesado. Manu disfrutaría de nosotras tres durante cinco noches. Haría con nosotras lo que quisiera, pero luego debería escoger entre nosotras tres a una sola. La elegida sería su novia y, quién sabe si, su esposa.

Cuando yo creía que la competición estaba más a mi favor, mi familia decidiría casarme con Sixto. Con el rico Sixto.  Y no pude decir que no.

Pero antes había sucedido lo que os cuento en estas frases:

Una noche nos reunimos las tres amigas. Trazamos el plan para cinco noches de sexo con Manu. Cada una de nosotras inventó un pretexto para ir a casa de otra, de forma que nuestros padres quedaron conformes con las ausencias. Las cinco noches se celebraron en mi casa, ya que mis padres habían viajado dejándome a solas con mi abuela. Sorda y ciega en un porcentaje que hacía imposible que descubriera el tinglado.

Manu comenzó sin saber que aquello se iba a repetir cinco noches consecutivas.

Mi dormitorio era un cuarto fresco, de paredes de barro grueso. Una ventana lo comunicaba con el patio a la altura del gallinero y un tragaluz dejaba ver las estrellas en las noches sin luna. Esa fue la estancia elegida. Le pusimos sábanas de raso a mi cama y entre las tres amigas decoramos con flores cada rincón, velas de colores salpicadas aquí y allá´, y unas manzanas en la cómoda para que perfumaran el aire.

Manu llamó, como habíamos quedado, con dos piedrecitas en la ventana. El muy bestia casi rompe el cristal. Abrimos de par en par las dos hojas, y desde el gallinero Manu saltó a la habitación como un leopardo. Con la sangre agolpada en su cabeza y en el pene que ya traía preparado por nuestras promesas.

Al principio, al estar juntas las tres, nos mostramos más cohibidas de lo que habíamos supuesto. Me dirigí hacia Manu que estaba algo receloso ante tanta mujer y agarrando con mis dedos los rizos negros de su cabellera sumergí mi lengua en su boca con tal maestría que al chico casi le revienta la entrepierna.

-Bienvenido Manu- dije con voz dulce, tan dulce que nuestro chico casi desmaya.

Lo sentamos en la silla y comenzamos las tres niñas a ensayar con nuestras manos en aquel cuerpazo de varón joven, algo descuidado, pero atractivo y deseable hasta morir. Mis manos soltaron los botones de la camisa de Manu y pellizqué con las uñas sus pezones pequeños y rodeados de pelo. Marta, la más puta, echó mano a su entrepierna sopesando la hinchazón que ya lucía el mozo. Y Elena, la tierna Elena se deshacía en besuqueos en sus orejas, en su boca y en su cuello.

Nos desnudamos ante sus atónitos ojos y nos fuimos sucediendo en la cama, una tras otra, nunca dos al mismo tiempo. Se trataba de que Manu comparase. En mi turno le lamí como ninguna lo había hecho y le obligué a meter su lengua en mi ano tierno para luego follarle con él hasta el orgasmo.

-¡Pellizca mis senos!-

Y él retorcía los mamelucos, con su tranca instalada en mi esfínter, bombeando loca hasta rugir de esperma mis entrañas.

Aquellas noches Manu creyó morir para siempre en su erección. Pero siempre lo conseguimos resucitar. Mordisqueando sus glúteos duros. Lamiendo la línea que une el ano de un hombre con sus testículos. Metiendo nuestros jóvenes coños en la boca del chico para que degustando nuestros aceites se realimentasen sus ganas.

Nos folló y le follamos de todas cuantas maneras la naturaleza a dispuesto que un hombre penetre a una mujer. Y al cabo de los cinco días Manu se decidió por mí. Pero mi familia me casó con Sixto.

Manu jamás se casó. No sé si por amor a mí o por afición a la soltería. Pero al enterarse de la muerte de Sixto vino a buscarme a los pocos días del sepelio. Yo había vuelto con mis padres al enviudar sin hijos y esa noche dormía en el mismo cuarto en el que tuvieron lugar las cinco noches de amor. Ya casi dormía cuando dos piedrecitas golpearon los cristales y mi corazón se encogió como una esponja entre los muslos.

Volví a tener sus testículos en mi lengua y la longitud tiesa de su pene volvió a penetrar primero mi boca, después muchas veces todos cuantos huecos tengo en el cuerpo. Me cabalgó como jamás lo había hecho Sixto y aún mejor que cuando lo hiciera en aquellas cinco noches de amor, de jove. Ahora más diestramente, haciéndome sentir cada centimetro de polla en las entrañas.

Marta y Elena se enteraron más tarde de nuestra partida y me llamaron para comunicarme su alegría. Manu y yo volábamos lejos, muy lejos, a dibujar la oportunidad blanca que nos había regalado la vida.


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