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Fecha: 02-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Mónica, profesora y...PUTA

pintocom
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Una profesora de cuarenta y pocos años se ve obligada, por motivos económicos, a tomar una dura decisión: la de prostituirse. Lo hará en la Universidad en la cual trabaja e intentará mantenerlo en secreto, salvo para un selecto grupo de clientes.Sim embargo, pronto todo se complicará. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Mónica, profesora y... PUTA. Episodio 1.

por Pintocom

UNO

–Señorita Mónica – dijo el hombre, sin dejar de mirar a la calle través del cristal ahumado de los ventanales –  no me obligue a hacer algo que no quiero hacer. Usted conocía los plazos, conocía las consecuencias de sus actos. Sabía lo que pasaría.

El hombre se volvió. Frente a él, una mujer de estatura mediana, de unos cuarenta y pocos años, bien vestida, con los ojos ocultos tras unas gafas de montura gruesa, bajó la mirada, avergonzada, removiéndose incómoda en la silla en la que estaba sentada. Incómoda y también temerosa. El hombre sonrió mentalmente. Era bueno que sus clientes le temieran, si no fuera así, su negocio se iría pronto al traste. Ocurría, sin embargo, que no disfrutaba especialmente atemorizando a ésta mujer en concreto. Era, evidentemente, una mujer culta, una mujer educada, y él eso lo respetaba. Según tenía entendido, daba clases en la Universidad, y era la primera vez que acudía a él.

–Señorita Mónica –volvió a decir – puedo hacerle un favor. Puedo darle más tiempo para que me devuelva lo que me debe. Pero a un precio.

La mujer, ahora, lo miró de frente. Tenía unos ojos bonitos, después de todo, a pesar de encontrarse como difuminados tras los cristales de las gafas. No era muy guapa, pero no estaba mal. Su rostro era ancho y ovalado, enmarcado en un pelo negro bastante rebelde. Sus cejas eran abundantes, su nariz larga y afilada, sus labios tentadores y gruesos, pintados de rojo iridiscente. El hombre apreció todo esto en un segundo, y, de nuevo, sonrió mentalmente. Tenía una buena boca, aquella mujer. Además, se dijo, tenía otras cosas buenas. Como sus tetas. Unas tetas generosas y un poco caídas cuyas eróticas oscilaciones se adivinaban al menor movimiento, a pesar de la blusa y de la chaquetilla. Al principio de su reunión, el hombre había advertido la belleza de las pantorrillas de su interlocutora, que había acudido a la cita ataviada con una falda hasta las rodillas que las dejaba a la vista, desnudas y hermosas. Sí, tenía cosas buenas aquella Mónica, tan elegante y educada. También malas, por supuesto. Sus caderas  eran estrechas y su culo, como pudo observar al ofrecerle una silla, no era espectacular. Además, la edad se le notaba en la cara – pequeñas arrugas en torno a los ojos, y en torno a la boca –y en las manos, e incluso en las bellas pantorrillas, que denotaban flacidez y flojera de carnes. Pero nadie es perfecto, se dijo, y observó de nuevo a la mujer. Si, no estaba mal; no llamaba la atención,  no haría volverse a los hombres a su paso, pero tenía un cuerpo todavía apetecible, si se sabía mirar.

–Un precio –dijo Mónica, mirando al hombre. – Supongo que los intereses subirán exponencialmente. ¿No es así, señor Dicenta?

-Señorita Mónica, compréndame. Soy un empresario, me dedico a los negocios. Necesito obtener beneficios.

–Y ¿a cuánto ascenderían esos beneficios si acepto la oferta?

–Bueno, mis intereses supondrían unos quinientos euros más sobre la cifra pactada anteriormente. En total, debería usted devolverme cuatro mil euros, señorita.

Mónica bajó la mirada y tragó saliva despacio. Se sentía temblar por dentro, casi le faltaba la respiración. ¡Cuatro mil euros! ¡Si ni siquiera pudo hacer frente a los tres mil quinientos! Se movió a un lado y a otro, haciendo crujir la silla. Aquel hombre, pequeño, curtido, con aspecto de duro, la asustaba. Nunca la había amenazado expresamente, pero sólo mirarle le bastaba a Mónica para maldecir el día que se le ocurrió la peligrosa idea de pedirle dinero. Intentando refrenar sus nervios y su miedo, cruzó una pierna encima de la otra. Al hacerlo, la falda, ajustada, resbaló hacia atrás un corto trecho y facilitó que el hombre le viera, no sólo las rodillas, sino también un poco de los muslos. Pero no pensaba en eso. Pensaba en que necesitaba concentrarse, detener el temblor que amenazaba con manifestarse; tenía que controlar se. El señor Dicenta si pensaba en los muslos de la señorita Mónica. Sus ojos no perdieron detalle durante la fugaz operación del cruzado de piernas y disfrutó viendo aquellas rodillas y aquel atisbo de muslos desnudos. Además, ahora, los pies de la señorita Mónica, embutidos en unos zapatos negros de medio tacón, descubiertos por delante, estaban también a la vista, y eran algo hermoso de ver, si se tenía sensibilidad para apreciarlo.

–Cuatro mil…– repitió Mónica, consciente de la inutilidad de hacerlo – ¿Cuánto tiempo tengo?

–Digamos…tres meses, señorita Mónica. Ni uno más.

–Bien, no tengo alternativa. Acepto.

El hombre la miró a los ojos y sonrió, ahora no sólo mentalmente.

–De acuerdo entonces. ¿Puedo invitarla a tomar algo, un café quizá?

–No, no es necesario, gracias. Debo irme, tengo que dar clases en la Universidad, ya llego tarde. Muchas gracias por su tiempo y por su comprensión, señor Dicenta.

Mónica se levantó. Se ajustó la chaqueta y tras dirigir una media sonrisa a su interlocutor dio media vuelta y se dirigió a la salida. El movimiento sinuoso de las tetas de la señorita Mónica captó la atención del señor Dicenta. Luego los ojos del hombre se fijaron en el culo de la mujer. Si, era un culo pequeño, pero que tenía su encanto. Vaya si lo tenía.

–Señorita Mónica – dijo, cuando ella ya alcanzaba la puerta con la mano derecha.

– ¿Si?

–Procure, esta vez, no fallarme, por favor.

Mónica no contestó. La mirada helada del señor Dicenta fue suficiente para hacer que toda su entereza empezara a derrumbarse por dentro. Haciendo un esfuerzo para no salir corriendo, compuso una sonrisa educada y salió, al fin, de aquel despacho maldito.

Recorrió la antesala taconeando con furia, sin mirar a ningún lado, como queriendo fundirse con el aire que respiraba con dificultad. Alcanzó el ascensor, pulsó con violencia el botón de la planta baja y rezó para que nadie subiese con ella. No podría soportarlo. Sus plegarias fueron escuchadas y el rápido trayecto hasta la planta baja lo hizo en soledad. Soledad que aprovechó para derrumbarse al fin, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo pegado al cristal que decoraba la pared del fondo. El sonido de la campanilla que anunciaba que había llegado la asustó. Se recompuso como pudo y salió a la calle, siempre taconeando como si tuviera una prisa inmensa. Y en verdad que así era, pues quería salir de allí como fuera, desaparecer de aquel  horrendo lugar dónde había dejado su dignidad.

El aire fresco de la calle la tranquilizó un poco, algo así como si hubiera llegado a la superficie después de luchar por no ahogarse bajo las aguas. Algo más relajada, caminó en dirección al aparcamiento subterráneo dónde había dejado su coche. Ensimismada en sus pensamientos ominosos, comenzó a juguetear con los botones de su blusa y, sin darse cuenta, se desabrochó los dos superiores. Sus tetas, ahora más libres, iniciaron una erótica y rítmica danza acompasándose a los pasos de sus pies. El escote era, ahora, muy generoso y un par de hombres se fijaron en ella al pasar y le dirigieron miradas plenas de lascivia. Mónica, sin embargo, no se percataba de nada. Su mente volvía una y otra vez a la escena que acababa de abandonar, mostrándole la horrible faz de Dicenta, sus ojos de hielo fijos en ella. Porque estaba segura de que aquel hombre, aquel ser horrible, no se había limitado a dominarla con veladas amenazas, sino que, además, la había desnudado con la mirada. Estaba segura de eso porque había sentido la atroz caricia de sus ojos resbalando por todo su cuerpo, casi tan real como si la hubiera tocado. Allí dentro, sentada frente a aquel hombre, a pesar de estar vestida con el más absoluto pudor, a pesar de su fingida entereza y a pesar de adoptar las más recatadas posturas, se sintió totalmente desnuda.

Sus pasos la habían llevado al fin al aparcamiento. Bajó las escaleras, pagó en el cajero y se dirigió a su viejo coche. Era un anticuado y destartalado vehículo japonés que ni siquiera tenía dirección asistida, mucho menos aire acondicionado, y, por supuesto, ni hablar de esas modernas de pantallas de información. Pero funcionaba. Sonrió al pensar que, durante un tiempo, tuvo la ilusión de venderlo y comprarse un nuevo modelo. Pero la crisis, la denostada e inacabable crisis, la congelación de su sueldo, y, sobre todo, el hecho de haberse comprado una costosa casa que se llevaba casi todos sus ingresos, habían acabado por convencerla de que aquel cacharro estaría con ella para siempre jamás. Se miró en el espejo retrovisor, se compuso el pelo, algo despeinado, se ajustó las gafas y encendió el motor. Ni siquiera ahora advirtió  que iba demasiado escotada y que sus tetas, voluptuosas, se mostraban en demasía. Engranó primera y se dirigió a la salida. Durante unos minutos había logrado no pensar en el tremendo problema que la acuciaba. Durante unos instantes, había conseguido alejar de su mente el hecho de que le debía cuatro mil euros a un tipo muy, muy peligroso, y que no tenía forma de conseguirlos.

–Bien, vamos a la Universidad – se dijo a sí misma, con una sonrisa forzada- intentemos no pensar en ese tipejo por un momento.

Sorteando con pericia el denso tráfico de la ciudad, Mónica desconectó y se sintió libre. Le pasaba con frecuencia cuando conducía. Muchas amigas suyas no tenían interés en los coches, pero a ella le gustaban, más que por el vehículo en sí, por el hecho de liberarse conduciendo. No siempre lo conseguía, es cierto, pero cuando pasaba, era como una especie de meditación. Dejaba de pensar, tan sólo actuaba. Una paz extraña y placentera se adueñaba de ella y conseguía serenarse. Ahora lo estaba logrando de nuevo. Pero sabía que no sería por mucho tiempo. Sus problemas vendrían a buscarla, incluso allí, en ese lugar blanco y sin tiempo dónde nada podía, aparentemente, alcanzarla.

–Mis problemas – musitó, con resignación – ya están aquí.

Enfiló la autopista, justo cuando las imágenes – repetidas hasta la nausea por su mente mortificadora –volvían con intensidad a proyectarse en su cine interior.

Aquella reunión de amigos, por la noche junto al mar. La luz mortecina y amarilla de las farolas, el brillo de las mesas metálicas, el rumor de las risas y frases entrecortadas de toda la gente que la rodeaba, allí, en la terraza de moda. Uno de ellos, un antiguo compañero de clase ahora casado, como casi todos – salvo ella y su amiga Cora – tuvo la brillante idea. ¿Por qué no se daban el gusto de irse de viaje a un lugar paradisíaco, por qué no se iban unos días a descansar y a pasarlo bien en uno de esos hoteles de lujo aclamados en todas las revistas de turismo? Todos juntos, un buen grupo de amigos y amigas, lo pasarían fenomenal. Mónica, por un momento, tuvo la esperanza de que nadie hiciese caso de semejante idea, porque sus finanzas estaban en rojo, porque no tenía dinero para nada que superase el pago de la hipoteca, su comida – tenía que comer, también las mujeres solteras comen – y sus gastos en ropa – por supuesto, también las mujeres solteras se visten, y hacen algún gasto que otro. Pero pronto comprobó, con frustración, que todos los demás aplaudían la ocurrencia. Y no sólo eso. Se pusieron enseguida a diseñar un plan de ataque, esto es, un plan director que planificara las compras de pasajes – carísimos – las reservas en un hotel de lujo-  insoportablemente caras – y la cantidad de dinero que habría que llevar para hacer frente a los gastos de aquellas pequeñas vacaciones – vamos, dinero para discotecas, bares, restaurantes, alguna excursioncita…A Mónica el alma se le caía al suelo. El montante subía y subía, parecía no tener fin. Sin embargo, lo tuvo. Uno de sus amigos dijo, con expresión de triunfador de película barata: –“¡Miren, saldrá por unos tres mil quinientos euros, más o menos! ¿Qué les parece?”– Mónica tragó saliva. No tenía posibilidad alguna de poner su parte. Esperó a que los demás se decidieran, tal vez hubiera alguna resistencia…pero no la hubo. Incluso Cora, su vieja amiga Cora, aprobó, con entusiasmo, la idea:

– ¡Fantástico! ¿No te parece, Mónica? ¡Todos juntos, en uno de esos hotelazos! ¡Será la bomba!

–Sí, será la bomba, eso seguro. – contestó Mónica, fúnebre. Cora notó algo de reticencia en los ojos de su mejor amiga, pero pronto la desechó. No podía parecerle mal aquel plan increíble.

– ¡Me apunto!– dijo Cora.

– ¡Me apunto!– dijeron los demás, con risas y ademanes festivos. Parecía que, para aquella gente, tres mil quinientos euros fueran una bagatela. Estaba atrapada. No podía negarse, no podía decirles que no tenía dinero, no quería que pensasen de ella que estaba arruinada y que, con suerte, tenía para sobrevivir y pagar su dichosa hipoteca. Odiaba que la considerasen una pobre, tenía que estar dónde había que estar, a cualquier precio.

–Me apunto – dijo al fin, sin entusiasmo, pero con una amplia sonrisa que conservó toda la noche, como pegada a ella, para evitar que se diesen cuenta de que le habían asestado un torpedo de los buenos bajo la línea de flotación. ¡Había que mantener las apariencias a toda costa! Si, sobre todo, las apariencias. Luego, ya pensaría en algo, ya trazaría algún plan para obtener el dinero.

Mónica aceleró con rabia. El viejo automóvil rugió, pero no avanzó gran cosa. Mónica estaba enfadada. Con el mundo, con sus amigos, con ella misma. Porque no se le había ocurrido ningún plan. Es decir, sí se le ocurrieron, pero todos fallaron. Todos salvo uno. Todos, salvo el más peligroso. El banco le denegó el crédito, como era previsible. No quería ni pensar en acudir a su madre. En cuanto a sus amigos, realmente sólo confiaba en Cora y no quería  meterla en ese asunto, no quería pedirle dinero, ambas se sentirían tan mal que, seguramente, su amistad de años se resentiría. Porque la verdad era que no sabía cómo iba a devolver el dinero que le prestaran. Se encontraba en un atolladero. Y, para salvarlo, no se le ocurrió otra cosa que tirarse de cabeza al abismo. Y ese abismo tenía un nombre: Dicenta.

No recordaba muy bien quien le había hablado de ese hombre. Decían que obraba milagros, que prestaba dinero cuándo todo fallaba, que sacaba a mucha gente de apuros. Por supuesto, todos callaban en torno a una delicada cuestión: ¿qué ocurría si no se le devolvía el dinero? Sin embargo, en ese momento, meses atrás, a Mónica no le pareció importante. Lo importante era aparentar, ir a esa reunión de amigos, ir a ese hotel de lujo, seguir con su vida de clase media alta, como si el dinero le sobrase, como parecía sobrarle a los otros. Y así, un día, una mañana que tenía libre, entró en ese edificio de oficinas tan atildado. Subió a uno de los pisos más altos y allí, se metió directamente en la boca del lobo. Dicenta no habló con ella. Tramitó todos los detalles de su préstamo como si de un Banco se tratara. Incluso firmó unos documentos. Luego, discretamente, un hombre alto y fornido, de huesos sobresalientes, le entregó un sobre. Dentro estaba el dinero. Tres mil euros. Los quinientos que faltaban, hasta los tres mil quinientos, los pondría ella misma. Era todo lo que había podido conseguir.

Contenta, estúpidamente feliz, salió del edificio con aquel sobre dentro del bolso. Aquella noche le entregó la parte correspondiente a uno de sus amigos, el que se dedicaba al trámite de la reserva y compra de pasajes. El resto se lo quedó, para llevarlo al viaje y tener lo suficiente para las diversiones que les esperaban.

Y llegó el día de la partida. Todos reunidos, Cora junto a ella, todos muy amigos, todos riendo felices y contentos. El viaje en avión, el hotel, que luego resultó ser un complejo de elegantes bungalows de lujo, todo fue muy bien. Hasta aquel fatídico día. En la piscina. En el césped, bajo la luz de un sol maravilloso e implacable.

Los edificios mal construidos de la universidad se presentaron al fin ante ella. Buscó sitio para aparcar, y, después de perder unos quince minutos dando vueltas, al fin encontró un lugar libre. Salió deprisa del coche, entró en el recinto de su facultad y de pronto se encontró frente a Cora. Su mejor amiga también daba clases allí.

–Mónica, te están esperando. Tus alumnos están a punto de irse. Vamos, venga…

–Se me ha hecho tarde, Cora. Un asunto inaplazable en la ciudad.

–Bueno, date prisa…eh…Mónica… ¿no te has dado cuenta de…?– Cora acaba de ver el generoso escote de su amiga. Intenta advertirla, pero Mónica, desde que volvieron de vacaciones, no está muy comunicativa con ella.

–Tengo que irme, Cora, no tengo tiempo de hablar contigo– le dijo Mónica, cortante. Y sin dejarle posibilidad de reaccionar, se fue, corriendo casi, escaleras arriba, hacia su clase. Cora la vio irse, con tristeza. Mónica era su mejor amiga. Y ahora parecía odiarla. Después de lo que pasó en el bungaló.

Mónica huyó de Cora, subiendo rauda y veloz los escalones. Sus grandes, hermosas y sensuales tetas – gran parte de las cuales estaba a la vista – se movieron, saltarinas, arriba y abajo y hacia los lados. Mónica no reparó en nada. Con la cabeza en otro sitio, entró en el aula y murmuró una disculpa. Los jóvenes tomaron asiento con respeto y se dispusieron a escuchar la clase.

Desde luego, bastantes alumnos se dieron cuenta del desliz de su profesora. Algunos sonrieron con sorna y los cuchicheos se elevaron más intensos que de costumbre. Pero Mónica no era una profesora despampanante, ni era joven. Era una cuarentona, que no estaba mal del todo, pero que no levantaba pasiones. Pronto todo se calmó y aunque hubo alguna chica que, compadecida de su profesora, tuvo la idea de decirle de algún modo que se le habían desabrochado los dos botones superiores de la blusa, al final, nadie dijo nada y todo se desarrolló como de costumbre.  Ya se daría cuenta ella misma. Eso pensaron todos y pasaron página. Bueno, todos no.

En primera fila, justo delante de Mónica, se sentaba Marcial. Desde hacía tres años, este joven muy bien vestido, algo tímido y buen estudiante, admiraba en secreto a la señorita Mónica. Ella era su musa. Ella era su amada. Ella era el objeto de su deseo. Día tras día pensaba en ella. En sus arrebatadoras fantasías sexuales, reinaba, no una de sus compañeras de clase, como hubiera sido lo lógico, sino Mónica, la señorita Mónica, su profesora, veinte años mayor que él. Durante años, ha estado rogando a los dioses de los solitarios que la señorita Mónica acuda a clase con un vestido provocativo, dejando a la vista adivinar gran parte de sus ocultos encantos. Y hoy, sus plegarias han sido escuchadas. Excitado, Marcial contempló el más que generoso escote de la señorita Mónica. Arrobado, temblando de emoción, deslizó sus ojos por la blanca superficie de aquellas hermosas, desbordantes y lujuriosas tetas, que están casi por completo a la vista de todos. Parte del sujetador, negro y ajustado, se ve también sin esfuerzo. El joven se revolvió nervioso en la silla: sabe que está teniendo una erección, pero no le importa, no cree que nadie se dé cuenta de ello. Durante muchos minutos, continuó mirando y admirando a su diosa sexual, mientras Mónica, ajena a todo, hablando y hablando, como siempre, como si fuese un día como otro cualquiera y no tuviera, como tenía, sus grandes tetas casi a vista de todos. Marcial nota que la erección que tiene es ya casi total y tiene miedo de acabar masturbándose delante de todos, mirando a la profesora. Es muy posible que, si persiste en seguir mirándole las tetas a la señorita Mónica, puede que, en su turbación acabe por acariciarse la entrepierna, olvidándose de donde está. Así, con gran esfuerzo, apartó su mirada de aquellas tetas deliciosas que se mecen suavemente al compás de los más ligeros movimientos y se centró en los pies de Mónica. La profesora calza unos zapatos abiertos por delante y así puede mirarle los dedos de los pies, que están muy a la vista. Al poco rato, Marcial comprendió que no ha ganado nada con el cambio de estrategia: mirar los dedos de los pies de la señorita Mónica lo excita también, y de qué modo…Despacio, aparta los ojos de los elegantes zapatos de la profesora y se encuentra enseguida mirándole las pantorrillas. Mónica tiene unas preciosas y bien torneadas pantorrillas, que siempre han hecho sus delicias. Cuando no lleva pantalones holgados – una de las manías en cuestión de vestimenta que Marcial no le perdona a la profesora –Mónica suele llevar falda hasta las rodillas. Así, han sido muchas las ocasiones en las que ha podido disfrutar viéndole las pantorrillas desnudas y hoy es una de ellas. Pronto, sin embargo, también se da cuenta de que no puede contenerse. Está excitado, de todas formas y resuelve, por lo menos, aprovechar la ocasión y hartarse de mirar el escote de la profesora. No cree que vuelva a presentarse ocasión como esta y sólo lamenta no tener el valor suficiente para, de algún modo, sacarle una foto con el móvil. No, no puede hacerlo, sería demasiado obvio. Es imposible; pero no lo es continuar mirándola.

Qué tetas más hermosas, qué tetas más grandes, rotundas y bien formadas tiene la señorita Mónica. Daría lo que fuera por ver esas tetas al completo, desnudas, fuera del sujetador.  Y entonces, cuando más concentrado está, perdido en la admiración y contemplación de las tetas de su profesora, siente que una mirada penetrante se fija en él. Asustado, levanta la vista y se encuentra con los ojos de Mónica, mirándole directamente .Toda su resolución, toda su máscara de indiferencia, construida durante años para que nadie pueda sospechar que la señorita Mónica es para él una diosa, se derrumbó en un momento y supo, en ese instante, que sus lujuriosas miradas habían sido descubiertas. Como para corroborar esa impresión, Mónica bajó su vista hacia el escote, y una leve sonrisa, sólo entrevista por Marcial, cruzó sus labios sensuales.

“Soy un imbécil”, se dice el joven a sí mismo. “Me ha visto. Ahora, seguro que se abrocha los botones de la blusa.” Pero Mónica no lo hizo. En lugar de eso, volvió a mirar al joven a los ojos. Marcial apartó la mirada, abochornado y enrojecido de vergüenza. Luego, la profesora continuó con su clase, como si no hubiera pasado nada.

Los últimos minutos fueron un suplicio para Marcial. El joven no sabía ni dónde posar la vista. Sabe que ha sido descubierto y que ahora, ya nada será igual. Al fin, la clase terminó. Mónica recogió en medio del barullo de conversaciones típico del final. En pie, dirigió una última mirada con indisimulada sorna, en dirección a Marcial. Éste no lo pudo resistir y apartó nuevamente la vista, mirando al suelo, avergonzado. Cuando se atrevió a  levantar los ojos, la profesora ya no estaba.

Marcial, derrotado, se dejó caer sobre la silla. Ahora, pensaba, todo está perdido.

DOS

Mónica salió de la clase con toda la dignidad de la que era capaz. Sabía que tenía desabrochados los dos botones superiores de la blusa y que sus tetas estaban muy visibles, pero debía  aparentar calma. Una vez fuera del aula, se escabulló a un pasillo lateral poco frecuentado y allí se abrochó los culpables botones. Reconfortada por su recuperada decencia, salió del pasillo y se dirigió a su despacho. Por el camino, sonrió pensando en el chico al que sorprendió mirándole el escote con expresión ávida y lasciva. ¡Qué susto se llevó, el pobre! La verdad, ahora casi se arrepentía de haberle dirigido aquellas aviesas miradas, pero le estaba bien empleado. Casi alegre, Mónica llegó a la puerta de su despacho. Sacó del bolso el manojo de llaves y comenzó a buscar la correspondiente, en medio de un escandaloso tintineo metálico. Justo cuando la había encontrado, una voz femenina, detrás de ella, la interrumpió:

– ¡Mónica!– la llamó Cora, trotando ligera hacia ella. Mónica le dirigió una mirada de pocos amigos y continuó hurgando en el llavero, hasta que consiguió introducir la llave en la cerradura. Abrió la puerta, pero Cora ya estaba a su lado.

– ¿Qué quieres ahora?– le espetó, fría como un témpano. –Tengo trabajo.

–Mónica, por favor, tenemos que hablar, no podemos continuar así. Déjame entrar, tengamos una conversación, vamos. Somos amigas. Somos buenas amigas. –

–Cora, de verdad, tengo algunos problemas graves, no puedo…ahora no es el momento.

–Mónica, soy yo, por favor, déjame pasar…hablemos.

Mónica miró a los ojos a su amiga de toda la vida. Cora tenía unos bellos ojos grandes, sinceros y algo ingenuos. Su rostro era casi angelical, a pesar de tener, como ella, más de cuarenta años. Algunas arrugas aquí y allá lo denotaban, pero por lo demás, era la Cora de siempre, o al menos, eso le parecía.

–Bueno, pasa, pero sólo un momento. Después tengo otra clase y debo prepararla.

–Sólo un momento, te lo prometo.

Las dos mujeres pasan al despacho, iluminado por la luz del jardín exterior, un par de plantas más abajo. Mónica cierra la puerta tras su amiga. Cora toma asiento con confianza y luego, Mónica se siente ante ella.

–Mónica, esto tiene que acabar, no puedes seguir eludiéndome. Somos amigas.

–Sí, somos, o éramos, amigas. Pero lo que ocurrió en aquella piscina, en aquel jardín, no lo puedo olvidar.

– ¡Yo no quiero que lo olvides! ¡No hicimos nada malo!– saltó Cora, volcándose hacia delante.

– ¿Para eso has venido, para decirme que todo estuvo bien?

–No, estoy aquí para intentar recuperar tu amistad. Tu amistad es muy importante para mí. Si tú crees que lo que ocurrió estuvo mal, que no debió pasar, bien, piénsalo así. Yo no me arrepiento de nada, pero si esa es tu opinión, la respeto. Lo que no quiero es perderte, Mónica. –

Durante unos momentos, Mónica no dijo nada. Contempló a su mejor amiga, mirándola a los ojos, aquellos ojos tan grandes y tan bonitos. Luego, mirando al tablero de su mesa de trabajo, dijo, simplemente, con voz neutra y fría:

– ¿Eso es todo?

–Sí, eso es todo – contestó Cora, derrotada – es todo. Me voy, ya que tanto te molesto. –

Mónica la vio levantarse. La delgada y esbelta Cora, un poco más alta que ella, de piernas largas y bien formadas, su mejor amiga desde antes de la Universidad. Cuándo la puerta se cerró tras ella, Mónica sintió que un peso le oprimía el pecho. Con ganas de llorar, se acercó a la ventana y la abrió de par en par, respirando el aire puro del jardín repleto de árboles y preñado del canto de los pájaros.

– ¿Por qué todo es tan complicado?– susurró al aire claro de la mañana. – ¿Por qué?

Volvió adentro, cerró la ventana y, apartando de su mente a Cora, se concentró en su problema fundamental: Dicenta. ¿Cómo podrá obtener los cuatro mil euros para pagarle? Y, en el caso de no conseguirlos ¿qué le harán? ¿La matarán? ¿Le darán una paliza? ¿Le deformarán la cara, le romperán las piernas?  El corazón le late, aterrorizado. Mónica aparta todas y cada una de las terribles consecuencias, entrevistas en películas y libros. No, no puede ser, no pueden hacerle nada de eso, es injusto, sólo por un poco de dinero, no pueden. ¿No pueden? ¿Qué sabe ella realmente de Dicenta y su negocio? No sabe nada en absoluto, no sabe cómo trabajan, no sabe qué consecuencias afrontan quienes los decepcionan y no pagan a tiempo.

–También pueden violarme. –susurra Mónica, en un suspiro de terror –  Si no les pago a tiempo, ese tipo, Dicenta, seguro que me viola. Se lo vi en los ojos cuándo hablé con él esta mañana. Tenía ganas de violarme allí mismo. Y después de violarme él, me entregará a sus esbirros y entre todos – tres o cuatro – me violarán a la vez. Y después me matarán. O se limitarán a partirme las piernas. ¡Qué obsesión tengo con que me van a partir las piernas! Me estoy volviendo loca. Tengo que dejar de pensar en esas cosas. Tengo que liberar la mente, tengo que encontrar la solución, tan tonta no soy.

Y, para descansar su mente atormentada, se puso a preparar la siguiente clase. Las cosas se arreglarían, si, se arreglarían, era sólo cuestión de tiempo.

El resto del día transcurrió en medio de la más anodina normalidad. Cora no volvió a cruzarse en su camino y, aunque  eso le dolió, decidió que era mejor así. En cuanto al muchacho al que había sorprendido mirándole las tetas con avidez, se lo encontró un par de ocasiones mientras caminaba por los pasillos de camino a sus clases. El iba con otros compañeros y procuró desviar la mirada. Mónica, simplemente, sonrió. Le hacía bien pensar en ese divertido incidente. Era como un bálsamo que curaba, siquiera superficialmente, sus heridas. Pero todo acaba. A media tarde, ya no tenía nada que hacer allí. Se dirigió al aparcamiento, y, justo cuando estaba introduciendo la llave en la puerta de su desvencijado coche, tuvo una inspiración. Miró hacia atrás, y, efectivamente, allí estaba el joven. Había sido sorprendido de nuevo. Se encontraba a varios coches de distancia, hurgando también en la puerta del que debía de ser su auto, un modelo bastante más caro y más nuevo que el de la propia Mónica. Por un instante, sus miradas se cruzaron y la profesora supo, de nuevo, que no era simple casualidad. El chico estaba allí por ella. La estaba mirando. La estaba admirando. Seguramente, la deseaba.

Mónica mantuvo la mirada y esbozó una tenue sonrisa, una sonrisa que no era una sonrisa real pero que al mismo tiempo sí lo era, sobre todo, combinada con un brillo especial de sus ojos y un movimiento hacia arriba de sus sensuales y gruesos labios rojos, dejando a la vista una fina hilera de dientes blancos. El joven, aturullado, miró al suelo, se le cayeron las llaves y se hizo un lío. Cuando Mónica pasó junto a él con su coche, estaba tirado en el piso de cemento, buscando las llaves que, con toda seguridad, se le habían caído debajo de su propio coche. La profesora sonrió, esta vez, plenamente.

TRES

Condujo hasta su casa. Al llegar, detuvo el coche un segundo –antes de accionar el mando del garaje – admirando la belleza del frontis y escuchando, arrobada, el silencio reinante en aquella urbanización de lujo. Nunca le habían gustado los pisos, aunque se encontrasen en zonas céntricas, y, ahora, poseía una hermosa casa de verdad, con tejado a dos aguas y garaje propio, además de un pequeño y coqueto jardín. Realmente, le gustaba aquella casa, a pesar de que se tragaba casi todo su dinero, como un pozo sin fondo.  Una vez dentro del garaje, usó una puerta lateral para penetrar en la vivienda propiamente dicha. La recibió un pequeño corredor iluminado por plafones automáticos. Al abrir una puerta frontal, se encontró en el vestíbulo, bien decorado con una mesa oscura y un espejo estrecho. Luego, el salón. Lo contempló con orgullo. Al igual que en la casa, aquí también había gastado una buena cantidad de dinero, comprando muebles de calidad,  que destacaban correctamente iluminados por la luz filtrada por hermosas ventanas de cristales biselados. El silencio era total. El ambiente, perfecto. No había escatimado en gastos y, mientras el Banco aumentaba el importe de la hipoteca, ella seguía gastando: en muebles de lujo, en electrodomésticos de última hornada…no se privó de nada, absolutamente de nada. Siempre le había gustado tener cosas bonitas, cosas de calidad, cosas que valiesen la pena.

Se descalzó y cogió los zapatos con una mano. Le gustaba caminar descalza por la casa. Ahora, paseó un poco por el salón, en una pared del cual destacaba una enorme pantalla de televisión, oscura y brillante. Se quitó la chaqueta y la sostuvo en un brazo. Miró en derredor. Se sentía orgullosa de lo que tenía, de lo que había conseguido con su esfuerzo, con su inteligencia, con su astucia. Porque no todo se limitaba a trabajar duro, eso lo había aprendido bien. También hacía mucha falta saber moverse en el mundo, saber actuar en el momento apropiado y, por qué no, saber aplastar a la competencia cuando había que hacerlo, sin remordimientos y sin mirar atrás. Ella lo había hecho. Y, aunque a veces se sentía mal por ello, sabía que lo volvería a hacer una y otra vez, infinitas veces, todas las que hicieran falta. Porque lo importante era llegar, alcanzar la meta. Los demás ya se ocupaban de ponerte trabas en el camino y de intentar derribarte.

Entró en la cocina. Era amplia y de buen gusto, con luz indirecta que llegaba de unas aberturas acristaladas en una parte del techo. Los electrodomésticos eran allí todos de metal pulido y brillante. Aunque ella vivía sola, se había comprado, a un precio exorbitante, una enorme nevera cromada, de dos puertas, de esas que se pueden ver en las películas norteamericanas. Abrió una de esas puertas y contempló sus reservas alimenticias. No eran muchas. Tendría que bajar al supermercado a por suministros. Tras unos minutos de duda, se decidió por un yogur tamaño gigante, de leche desnatada, claro. Dejó la chaqueta y los zapatos a un lado, se agenció una cuchara y se sentó a comer un poco. Mientras lo hacía, su mente bullía, presentándole en negros cuadros su futuro de mujer violada y asesinada, o cuando menos, de mujer con las piernas partidas. En todos esos infernales cuadros de aprensión indomable, Dicenta ocupaba un puesto especial, como un director macabro de una orquesta malévola. Sin darse casi ni cuenta, terminó el yogur. Decidió dejar de pensar en Dicenta y, lo único que consiguió, fue caer en brazos de su otro problema: Cora, y lo que había ocurrido entre ellas en las famosas vacaciones. Apartó como pudo este recuerdo y, recogiendo la chaqueta y los zapatos, se dirigió a su habitación. Ésta se encontraba en el piso superior, al cual se accedía a través de una escalera de caracol decorada con un hermoso barandal de madera barnizada y oscura.

Al fin, su habitación. Grande, demasiado grande para una mujer soltera y solitaria, la alcoba estaba también, como el resto de la casa, impecablemente amueblada. En el centro destacaba una enorme cama de matrimonio en la cual siempre dormía sola. Soltó la chaqueta y los zapatos y lanzó un suspiro. Mirándose en un gran espejo que había colgado en una pared, empezó a desnudarse. La blusa y la falda cayeron pronto al suelo. Ahora se encontraba en ropa interior. Llevaba un sujetador y unas bragas de color negro oscuro, que hacían juego con su rebelde y despeinado pelo teñido en negro azabache. Con otro suspiro, se despojó del sujetador. Sus tetas desnudas saltaron hacia fuera, liberadas. Tenía unas buenas tetas, con un hermoso par de pezones, grandes y sonrosados,  y Mónica lo sabía. Ya le colgaban un poco hacia abajo, pero seguían siendo muy apetecibles, o al menos, eso le parecía a ella. Suavemente, se acarició el vientre. Lo mantenía plano, casi igual que lo tenía en su cada vez más lejana juventud. Eso la enorgullecía. El delicioso ombliguito destacaba como una joya engastada en medio de la blancura marfileña de su piel desnuda. Por último, se bajó las bragas, dejando ver una oscura y enmarañada pelambrera púbica. No se la había depilado nunca y a ella le parecía bien así. Se giró un poco de lado, hasta poder observar y calibrar su culo desnudo. No era grande ni respingón, pero estaba bien formado y redondeado, aunque, también al igual que sus tetas, comenzaba a caer un poco hacia abajo, atraído por la fuerza de la gravedad y por los años vengativos.

–No estoy mal. –se dijo, con voz tenue – no estoy mal. Entonces ¿por qué estoy sola?

Y, justo en ese momento, la casa vacía se le vino encima. Sintió una opresión en el pecho, le costó respirar. Lágrimas de soledad acudieron a sus ojos. Se sentó al borde de la cama enorme y fría y empezó a sollozar, con las manos cubriendo su rostro. Pensó que sería algo pasajero, pero las lágrimas fluían abundantes e imparables, mojando sus mejillas, deslizándose cuello abajo, hasta sus tetas. Se tumbó sobre la cama, hecha un ovillo, y allí,  desnuda y en posición fetal, lloró durante mucho tiempo. En el gran espejo bruñido se reflejaba su culo desnudo, presa de las convulsiones de la tristeza.

La tarde había desaparecido ya cuando, al fin, logró reunir fuerzas para levantarse de la cama. Aún sentía su cara, su cuello y sus tetas mojadas por las lágrimas, pero ahora ya estaba recuperada. Al menos, se tenía en pie. Sonrió a su imagen en el espejo, mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de una mano. Sabía lo que necesitaba. Con absoluta seguridad. Pero antes, debía comer algo. En la planta baja solía hacer más frio, sobre todo de noche, así que se puso por encima una ligera bata de color blanco, sin anudársela, con lo cual, de frente, seguía estando desnuda. Bajó a la cocina. Allí, hurgó en la gigantesca nevera que tan cara le había costado y encontró una pizza que todavía no había caducado. La puso en el horno y seleccionó un plato llano y unos cubiertos. Luego, una botella de vino tinto hizo su aparición, junto con un vaso.

Cuando la pizza estuvo preparada, dispuso la cena. Una cena solitaria, que regó con tres vasos de vino. Luego, al terminar, limpió todo y tras pasar por el baño, subió de nuevo a su habitación. Allí hacía más calor, y decidió quitarse la bata. Desnuda, se dirigió a un elegante mueble de madera maciza en el que guardaba su ropa interior. Allí, en el cajón superior, bajo una abundante capa de bragas de todas las formas y colores, se encontraba lo que había venido a buscar. Lo palpó casi a ciegas, y lo sacó. Se trataba de un tubo de plástico duro y brillante, de formas aerodinámicas y suaves, del cual surgía otro tubo más fino, metálico. Incrustado en la cabeza de ese tubo, había una especie de bola de material sintético, muy suave y fino. Bajo el tubo de plástico, un enchufe, y a un lado, un botón de arranque con dos velocidades. Se trataba, evidentemente, de un vibrador.

Mónica sonrió con amargura. Era, desde hacía muchos años, una gran aficionada a los vibradores. Dada su casi sempiterna soledad, su vida sexual no era muy animada que digamos y esos elegantes y fieles aparatos la consolaban. Había tenido muchos. No solían durarle mucho tiempo, porque los sometía a un uso realmente intensivo. Este que tenía entra las manos era relativamente nuevo; sólo hacía un par de meses que lo había comprado por Internet. Le gustaba ese tipo de vibrador en particular porque le producía una gran y rápida satisfacción sexual al usarlo. Así que, una vez más, se tumbó boca arriba sobre la cama, desnuda y abierta de piernas, y, tras enchufarlo, se dispuso a pasar una noche de sexo solitario en compañía de su querido vibrador. El sonido amortiguado del aparato la tranquilizó. Palpando a un lado, sin cambiar de postura, abrió un cajón de su mesilla de noche y extrajo un bote de lubricante sexual. Era un aceite inocuo que solía usar para intensificar y dulcificar la experiencia con el vibrador. Se untó a fondo el coño, que ya empezaba a hincharse un poco y luego, al fin, se aplicó el vibrador con suavidad. Con movimientos simples y seguros, sin mucha presión, movió el vibrador de abajo a arriba y de arriba a abajo, sin olvidarse de acariciar el clítoris, por supuesto. Cerró los ojos y empezó a lamerse los labios rojos. Con la mano que tenía libre, se pellizcó con suavidad los pezones. El placer era cada vez más intenso. Había olvidado a Dicenta, había olvidado todos sus problemas. El placer la llenaba casi por entero. Imágenes confusas, de cuerpos desnudos de hombres y de mujeres, llenaron su mente, mientras movía con más firmeza el vibrador. Cuando el fin se acercaba, pulsó el botón de la velocidad máxima. El aparato emitió una nota más alta y la frecuencia vibratoria se intensificó exponencialmente. Mónica gimió, alcanzando el orgasmo. Luego, sin apagar el aparato, se extendió sobre la cama, abierta de piernas y de brazos, descansando, respirando entrecortadamente.  Le gustaba hacerlo así, descansar sin pensar en nada, escuchando el zumbido del aparato junto a ella, recordándole que estaba listo para continuar, que, al contrario que los amantes humanos, no se cansaba ni necesitaba tiempo de recuperación. Después de unos instantes, saboreando la maravillosa sensación del orgasmo recién alcanzado, la profesora volvió a acariciarse el coño con el vibrador.

Se masturbó una vez y otra durante esa noche, al igual que había hecho muchas noches anteriores,  casi sin descanso, durante horas. Al filo de la madrugada, cansada ya, y satisfecha su hambre sexual gracias a varios orgasmos, Mónica, antes del final, utilizando la velocidad máxima del vibrador, susurró, con voz entrecortada:

–Cora.

Y su mente la llevó, una vez más, meses atrás, a una mañana luminosa en un bungalow de lujo, junto a una piscina.

CUATRO

El aire está lleno del aroma del cloro de la piscina, mezclado con el fuerte olor del césped recién cortado. Los pájaros cantan atronadores y hermosas canciones de amor en las copas de los laureles y el Sol brilla con intensidad y calidez, rodeándolo todo con su alegre presencia. Es, en suma, una mañana magnífica, en un lugar paradisíaco y maravilloso, casi de folleto turístico.

Tumbada boca abajo sobre una amplia toalla de hotel, la señorita Mónica disfruta del momento, olvidando, por una vez, que para pagarse estas vacaciones ha hipotecado su futuro con un tipo de la calaña de Dicenta. La profesora lleva un micro-bikini. Es tan minúsculo, que los escasos trozos de tela brillante y roja apenas tapan lo imprescindible, dejando la inmensa mayoría de las maduras carnes de Mónica a la vista. La parte que, en teoría al menos, debería cubrir el culo de Mónica, apenas lo hace, pues consiste tan solo en una estrecha y fina tira de tela roja que circunvala la cintura, de la cual pende otra pequeñísima tira vertical que se introduce por completo entre las nalgas de la profesora, dejándolas totalmente a la vista. De hecho, de esta tira de tela vertical, que desciende desde la tira horizontal de la cintura,  apenas queda a la vista un centímetro o dos, antes de desaparecer entre las nalgas. En la práctica, Mónica lleva el culo al aire. Por delante, esa misma parte baja del bikini logra, por la mínima, tapar el triángulo púbico utilizando un pequeño trozo de tela triangular invertida, tan pequeño, que algunos pelos oscuros y rebeldes quedan fuera, muy orgullosos ellos. Pero es en la parte superior del micro-bikini donde los diseñadores se superaron a sí mismos. Porque, al igual que ocurre con el culo, aquí, las tetas, que se supone deberían estar protegidas de miradas indiscretas, están, de hecho, desnudas. Si; por delante, el micro-bikini no tapa absolutamente nada, a excepción de los pezones. Los pezones de Mónica están tapados por dos triángulos de tela roja, sedosa y brillante, que están engarzados con un par de tiras de tela horizontales que cruzan por debajo de las tetas y dos tiras verticales, que lo sujetan todo por los hombros. Nada más. Por la espalda, las dos tiras horizontales de la parte delantera se enlazan con un vistoso lazo de elegantes formas. Por lo tanto, la profesora lleva las tetas al aire, logrando cubrir tan solo sus pezones de miradas lascivas. Ni por los lados, dónde la rotundidad y generosidad de las tetas es más visible y apreciable, ni por delante, hay nada que las cubra. Absolutamente nada.

Es, evidentemente, un artículo de tienda de lencería erótica de altos vuelos y más alto precio. De hecho, Mónica superó el límite de su tarjeta de crédito con la compra de ese micro-bikini, arriesgándose a perder la confianza del banco. Pero no podía dejarlo allí, no una vez lo hubo visto y se lo hubo probado. Le quedaba de muerte, como le dijo la atenta vendedora. Y era verdad.

–No sé – dijo Mónica a la vendedora, mirándose con admiración en el espejo – parece que estoy…desnuda.

–Y lo está –le dijo la vendedora con una sonrisa cómplice –lo está. No lo dude, con ese micro-bikini de última moda, está usted desnuda. Pero a la vez no lo está. Nadie puede decirle que se ha atrevido usted a aparecer en público sin ropa alguna encima. Es como una insinuación, pero al revés.

– ¿Al revés?

–Sí; usted, con este micro-bikini, se muestra desnuda a los demás, muestra su cuerpo, la belleza de sus formas, pero a la vez, les está usted insinuando su decencia. Que no se ofrece usted a todos, porque sí. Se ofrece usted a alguien. Y ese alguien, tendrá que quitarle el micro-bikini.

– Oh – Mónica no supo qué decir. –Me lo quedo, por supuesto. Es magnífico.

Mónica se remueve sobre la toalla, contenta. Sabe la razón de llevar encima aquel micro-bikini tan sensual. Sonríe al recordarlo, sintiéndose feliz, y olvidándose tanto de que debía dinero a un tipo poco recomendable, que se pone a rememorar una noche de hacía pocas semanas.

Cora y ella habían salido a tomar algo.

Estaban sentadas en una pequeña mesa de una terraza repleta de gente, rodeadas de ruido y risas, y música y gritos. La luz amarilla de las farolas las bañaba con una presencia irreal y ambas bebían sendos martinis. Ya habían entregado el dinero para las reservas, el viaje ya estaba decidido y sólo les quedaba esperar. Estaban contentas, o quizá era el alcohol el que las hacía reír de aquel modo tan tonto y fácil. A Mónica le gustaba pensar que no era el alcohol, que en realidad eran felices, dos buenas amigas disfrutando de un rato juntas.

–Bueno, pues ya está – dijo Cora, mirándola con aquellos hermosos ojos suyos –dentro de un par de semanas… ¡nos vamos de vacaciones, tú, yo, y esas dos parejas de amigos nuestros que al fin han podido librarse de sus hijos, esos pelmazos inaguantables!

Las dos rieron, cómplices. Los hijos de sus amigos no les hacían gracia, y además, las hacía sentirse viejas y fracasadas. Odiaban cuando los traían o tenían, por educación, que hablar con ellos y fingir que les caían bien.

–Sí –dijo Mónica, cuándo pudo parar de reír, pues Cora no paraba de hacer muecas imitando a algunos de los hijos de sus amigos a los cuales les tenía especial manía – sí, pero …¿qué haremos nosotras allí, Cora? Estamos solas, ellos están juntos. Juntos, porque tienen en común la familia, el ser padres. Nosotras, pobres solteras, sobramos.

Cora dejó de reír. Se llevó a la boca un trago de martini y miró a los ojos a Mónica.

–Sí, nosotros, los solteros del mundo, estamos discriminados. Todo se hace, todo se fabrica, todo se piensa, todo, absolutamente todo, en beneficio de la familia, de los casados, o de las parejas con hijos. ¿No has visto la publicidad? ¡Si todos los solteros desapareciéramos por ensalmo un día, nadie diría nada, nadie se daría cuenta! Si, Mónica, tienes razón. Sobramos.

–Si –musitó Mónica – es triste, pero es cierto.

–Oh, vamos, no vamos a ponernos tristes ahora. A lo hecho, pecho, amiga mía. Amiga. Mi mejor amiga. Eres mi mejor amiga, Mónica.

-Y tú eres mi mejor amiga, Cora. Y estoy agradecida a los dioses por tu amistad.-

Cora casi se atraganta de risa. Pero cuando paró de reír, miró a los ojos a su amiga y sonrió levemente. Las dos supieron que eran amigas y que siempre lo serían. Amigas de verdad.

–Cora – dijo Mónica – ¿qué te parece si, durante las vacaciones, nos ponemos en plan sensual y nos vamos las dos por ahí a ligar? ¡Pero tienes que llevar lo más sensual que tengas, yo haré lo mismo y, las dos solas, nos vamos de juerga, a conseguir unos hombres ricos, musculosos y, a ser posible, jóvenes!

– ¡De acuerdo!– contestó Cora, riendo – pero tendrá que ser tan sensual lo que llevemos puesto, que los hombres se derritan a nuestro paso.

– ¡Oh, oh, se me ha ocurrido una idea!

– ¿Si?

– ¡Nos pondremos unos bikinis súper sensuales, eso será lo que haremos! Vamos a un lugar vacacional, será normal que andemos por ahí enseñando nuestros cuerpazos increíbles. Por lo tanto...

– ¡Se dijo, nos pondremos bikinis súper, súper sensuales, pero sólo cuando estemos solas, no delante de nuestros amigos! Será algo entre tú y yo nada más, Mónica.

–De acuerdo, totalmente de acuerdo.  No me falles, Cora.

–Ni tú tampoco a mí, Mónica

Y siguieron la noche, riendo y bebiendo.

Mónica se apoya ahora sobre los codos. Lleva gafas de sol y sus grandes tetas, casi libres por completo de cualquier presión, rozan la toalla que está debajo. Aspira el aire libre. El aire de la libertad y de la tranquilidad. Pronto llegará Cora e irán a dar esa famosa vuelta, ese famoso paseo enseñando palmito, para ligar, para conseguir hombres ricos y jóvenes. La idea la hace sonreír. No piensa en nada, dichosa como no lo ha estado en mucho tiempo. En el bungaló sólo están ella y Cora, las otras dos parejas se encuentran en dos bungalós vecinos y hoy han salido a pasear a un sitio algo alejado. Ellas se han querido quedar, han elegido este día, esta mañana luminosa para dar una vuelta de tanteo al personal masculino.

Espera a Cora, pero no sabe que su amiga hace unos pocos minutos que ya ha llegado. Se encuentra detrás de ella, oculta a su visión, estupefacta, con la boca abierta y los ojos fijos. Mirándola.

Mónica brilla ante ella como una estrella solitaria en medio de una noche oscura. Todo lo demás, todo lo que la rodea, ha quedado como envuelto en bruma. Y Mónica está desnuda. Desnuda. ¿Cómo puede estar desnuda? ¡Es imposible! Se fija mejor. No, no está desnuda. Está casi desnuda. Lleva un bikini rojo. No, no merece llamarse bikini. Es un micro-bikini, deja prácticamente todo a la vista, Mónica está virtualmente desnuda, pero a la vez está vestida con esos minúsculos y microscópicos trozos de tela roja. El efecto es arrebatador. El corazón de Cora se acelera. Es cuestión de segundos que Mónica se percate de la presencia a su espalda. Cora no puede apartar la vista del culo desnudo de su mejor amiga, pero debe actuar, debe parecer que acaba de llegar.

– ¡Mónica!- dice de pronto, sorprendiéndose a ella misma – ¿Qué tal, como has dormido?

–Cora, hola, buenos días. Muy bien, muy bien…mira… ¿qué te parece?– dice Mónica, dándose la vuelta y mostrándole a Cora la parte delantera de su indumentaria. Su amiga, que había conseguido ocultar la impresión que le produjo verle el culo, apenas puede articular palabra cuando se encuentra de frente con las lujuriosas  y saltarinas  tetas de Mónica.

– ¿No te gusta?– dice Mónica, un tanto decepcionada. Cora no habla, se queda petrificada. Mónica tiene las tetas al aire, sólo tiene cubiertos los pezones con un pequeñísimo trozo de tela, el resto, el abundante, rotundo y generoso resto, está a la vista. Definitivamente, Mónica está desnuda, piensa Cora, quedándose sin voz.

–….ehhh…hhh…

– ¿Cora? ¿Te pasa algo, estás enferma?–  dice Mónica, empezando a preocuparse. Cora hace un terrible esfuerzo por reaccionar, por aparentar una alegre y coloquial indiferencia a los encantos sexuales de su mejor amiga.

–…ehh…ehh…est…estoo…aa…

–Cora, creo que estás mal, has debido coger frío anoche, todos allí sentados, al aire de la madrugada, hablando y hablando.

–No, estoy bien, es sólo un poco de ronquera, la noche, ya sabes…ya estoy bien, no me siento mal.

–Bien. Me fio de ti, si dices que no está enferma.

–No, que va, estoy bien, muy bien, ya te lo dije. Y tú… ¡tu estas fantástica con ese pequeño bikini, es espectacular, realza tanto tu figura, tu cuerpo, tus….tus…ya sabes…y tu…tu…ya sabes!

– ¿Verdad que sí? Dudé en comprármelo, pero me quedaba tan bien. Y es cierto, creo que lo realza todo, todo. Bueno, te diré un secreto. En realidad, me da un poco de vergüenza llevarlo porque me parece que estoy totalmente desnuda. ¿Tú qué crees, parezco una desvergonzada? ¿Te parece que estoy desnuda? Dímelo, confío en ti.

Cora traga saliva. No sabe dónde mirar. Tarda en responder, porque la visión de su amiga casi desnuda delante de ella la desconcentra.

–Bueno, estás imponente, desde luego. No dejarás indiferente a ningún hombre, todos te mirarán. – Mónica sonríe al oír esas palabras – pero no pareces una desvergonzada. Nadie que te mire a la cara podrá pensarlo. Y en cuanto a si parece que estás desnuda…bueno, un poco desnuda sí que pareces, Mónica, pero…

– ¿Pero?– inquiere Mónica, riendo y apreciando más que nunca a su amiga.

–Pero… ¡que se jodan todos! ¡Si, pareces desnuda, pero es que estás tan, tan, pero tan súper-sensual, vamos, que estás para comerte, Mónica! Y eso era lo que queríamos, deslumbrar a los solteros ricos y guapos.

Mónica ríe con ganas ante la explosión de sinceridad de Cora. Ahora le toca a ella elogiar a su mejor amiga. Y no hace falta mentir. Porque Cora, aunque no había llegado al extremo de comprarse un micro-bikini erótico, estaba realmente arrebatadora. Ha elegido un bikini pequeño, de color azul, que realza por delante sus tetas pequeñas, levantándolas y haciéndolas parecer jóvenes y duras, y por detrás, la parte baja es lo bastante corta como para dejar a la vista una porción importante de su culo, de grandes proporciones. Si a eso añadimos la belleza de sus largas y bien formadas piernas, Cora estaba realmente bien, realmente sensual. Y Mónica se lo dice.

– ¡Bah, lo dices por decir, Mónica!

–No, en serio, estás perfecta. Estás arrebatadora con ese bikini sensual que llevas. Los hombres serán unos tontos si dejan pasar la oportunidad de tenerte a su lado.

Cora esboza una sonrisa de agradecimiento y, tras extender también una gran toalla blanca, se tumba boca abajo, junto a su amiga, apoyándose en los codos. Junto a ella deja el bolsito que ha traído, lleno de adminículos para el bronceado.

– ¿No íbamos a salir?– pregunta Mónica.

–Eh, sí; en un momento, pero antes, quiero tomar un poco el sol. Estoy tan blanca. Y tú también lo estás, deberías tomar más el sol, Mónica.

–Bueno, no pasa nada por seguir aquí tumbadas, como dos gandulas maduras, casi desnudas. Después de todo, estamos solas, nadie puede vernos– apunta Mónica, subiéndose las gafas y tumbándose de nuevo boca abajo. –Y, la verdad, se está muy bien aquí. – termina, dando un largo y sensual suspiro.

El aire es suave y cálido. Se está tan bien. Cora devora con la mirada la espalda desnuda y las desnudas nalgas de su amiga. Y siente que algo dentro de su ser le dice que hoy, precisamente hoy, no podrá contenerse.

–Em…voy a ponerte un poco de crema en la espalda, si te parece bien, Mónica.

–Oh, no te preocupes por eso, ya lo haremos más tarde.

–No, no pasa nada, tengo aquí la crema, ¿ves?, te la pongo en un momento, te hace falta para soportar todo este sol.

–De acuerdo, ponme un poco de esa crema, Cora.

Y Cora, temblando de emoción, coge el bote de crema bronceadora y, tras dos intentos frustrados de abrir la tapa, lo consigue al fin. Aprieta el bote, volcándolo hacia abajo, y un abundante chorro de color blanco aterriza en mitad de la desnuda espalda de Mónica.

– ¡Que fría está!– exclama Mónica, sonriendo.

Cora no dice nada. No puede. Esta nerviosa y temblando de emoción. Sitúa su mano derecha sobre la crema derramada y, sintiendo bajo sus dedos la suavidad de la piel de la espalda de Mónica, empieza a extender el bronceador, en delicados círculos. Y pierde la noción del tiempo. Sólo sabe que está donde quiere estar, acariciando la espalda de su mejor amiga, notando que el ambiente que las rodea ya no es el mismo que hace un par de minutos.

–Cora, ya llevas mucho tiempo poniéndome crema en el mismo sitio, avanza un poco que se nos hace de noche –dice Mónica, sonriente. Ella también nota que algo ha cambiado, que el aire que las rodea se ha vuelto, de pronto, más espeso, como si algo se acercara y no pudieran evitarlo.

–Sí, perdona- responde Cora – es que…mira, tendría que desabrocharte la parte alta del bikini, porque el lazo me molesta para seguir untándote crema en la espalda. Además, podría mancharlo, y se nota que es de calidad.

Y ocurre. Cora ya lo ha dicho. Ya ha expresado su deseo de quitarle la parte superior del bikini a Mónica, ahora es ésta la que debe contestar. Un instante cargado de premoniciones pasa entre las dos amigas. Incluso los pájaros han callado.

–Bien, si, supongo que tienes que hacerlo. Hazlo, desabróchalo, no hay problema – dice Mónica, fingiendo una soltura e indiferencia que no siente en absoluto.

Cora ase con manos temblorosas las tiras rojas. Tarda en lograr su objetivo, porque no puede concentrarse. Cuando lo logra, la espalda de Mónica surge ante ella totalmente desnuda, mucho más atractiva que antes. Las tiras cuelgan a los lados del costado de su amiga, vencidas. Con veneración, Cora acaricia aquella espalda, despacio y con suavidad, vertiendo de cuando en cuando unas gotas de leche bronceadora.

–Lo haces muy bien, Cora. Me gusta mucho, estoy disfrutando, de verdad.

Cora enrojece. El temblor de sus manos se hace perceptible. Por un momento, le cuesta respirar. Se toma un minuto para recuperarse y prosigue. Ahora, la espalda de Mónica ya está untada por completo. ¿Y ahora?

–Eh…eh…

– ¿Cora? ¿Te ocurre algo?

–Eh, no, no, ya pasó –dice Cora, carraspeando. Luego, continúa, con un hilo casi inaudible de voz- Mónica, debería quitarte también la parte baja. Se puede…se puede estropear y así podré untarte más a fondo. ¿Qué…que te parece?

Mónica tarda en responder. Lo que Cora le está pidiendo es, simplemente, quedarse desnuda. Sin duda, nota algo extraño en la voz de su amiga, en sus movimientos, en su interés en desnudarla. Pero es su mejor amiga, y ella también siente algo extraño dentro de sí. Como si unas compuertas cerradas estuvieran a punto de abrirse y ella tuviese miedo de ello, pero a la vez, sintiese un oscuro deseo por ver que hay más allá.

– Si, Cora, hazlo – contesta –quítamelo. No te preocupes, quítame también la parte baja.

Cora tiembla más que antes. Se detiene un instante, para tranquilizarse, con los dedos sobre la tira roja horizontal que pende de la cintura de Mónica. Luego, más calmada, pero aún nerviosa y con el corazón palpitante, coge suavemente la tira y  empieza a bajarla. El culo de Mónica luce ahora, completamente desnudo, con un brillo y una blancura especiales. Cora continúa bajándole las tiras rojas a su amiga: primero, pasa por los muslos, luego por las delicadas pantorrillas y, al fin, por los preciosos pies, que Mónica alza un poco para facilitarle la labor. Cora se queda de piedra. Lo ha hecho. Ha desnudado a su mejor amiga.

–Te…lo pongo por aquí – dice Cora, con la minúscula parte baja en las manos.

Mónica, con un movimiento, se despoja de la parte delantera, que yacía bajo su cuerpo, y se lo da también a Cora.

–Toma el resto, ponlo a buen recaudo que me costó lo suyo

Cora lo recoge de manos de Mónica. Ahora, tiene en sus manos el micro-bikini de su amiga, y ésta se encuentra, al fin, totalmente desnuda. Con rapidez, se lleva la parte baja del bikini de Mónica a la nariz y lo huele a fondo. Su amiga no la ve. Luego, narcotizada y erotizada por los olores sexuales de Mónica, guarda, con pena, la minúscula prenda roja.

–Lo pondré en mi bolso –dice Cora, fingiendo una naturalidad que está lejos de sentir.

Mónica vuelve a recostar la cabeza sobre sus brazos y cierra los ojos.

–Bueno, sigue Cora, lo hacías muy bien

Cora se vuelve hacia su amiga y traga saliva. Mónica tiene los muslos un poco separados y puede verle con facilidad el coño, unos rojizos y encantadores labios sombreados en su parte superior por una oscura  maraña de pelos negros. No puede evitarlo. Ante aquella visión, se mete la mano bajo su propio bikini y se acaricia el coño durante unos segundos. Luego, también se acaricia y se pellizca los pezones. La excitación de Cora va en aumento. Y es que lo que siempre ha deseado se ha cumplido, al fin: Mónica está desnuda ante ella.

– ¿Cora?– susurra Mónica, extrañada de la tardanza de su amiga.

–Ya…ya voy…ejem…si, ya voy –contesta Cora. Deja de acariciarse los pezones y la entrepierna, pero al hacerlo, permite que sus tetas queden fuera del bikini. No le importa. Tiene miedo de lo que pueda pasar, pero no puede perder esta oportunidad. Mónica está desnuda. Eso es lo único que importa.

Tras unos segundos contemplando el hermoso culo desnudo de su mejor amiga, Cora coge la leche bronceadora y empieza a verterla sobre aquellas adoradas y blancas nalgas.

A partir de ahora, ya nada será igual.

CINCO

Un voluptuoso orgasmo interrumpió las evocaciones de Mónica. Cuando las oleadas de placer pasaron, la profesora, satisfecha, decidió dormir al fin. Lo necesitaba. Tenía que aclarar la mente si quería solucionar sus problemas. Dormir. Sí, dormir, tal vez soñar. Apagó el vibrador y lo desenchufó. No se molestó en limpiarlo ni en guardarlo, ya lo haría mañana, ahora tenía que descansar. Con un gesto de resignación, la desnuda y madura profesora se metió bajo las sábanas.

Las seis de la mañana.

Mónica se levantó soñolienta y nada descansada, tras dejar que el despertador sonara varios minutos, implacable. El vibrador aún estaba a su lado, como mudo testigo de su noche de soledad y sueños húmedos. Lo cogió y lo depositó a la vista, sobre un mueble, como recordatorio para lavarlo y guardarlo cuando regresase del trabajo. Despacio, se dirigió al baño. Necesitaba una buena ducha caliente.

Poco después, con el agua recorriendo todo su cuerpo desnudo, Mónica empezó a tener más claras las cosas. Y fue consciente, con una extraña frialdad, del peligro en el que se hallaba. Tenía que solucionar su problema fundamental, esto es, el dinero que le debía a Dicenta. Los engranajes de su cerebro comenzaron a funcionar, y una y otra vez, mientras se secaba, mientras se ponía una bata, mientras se preparaba un frugal desayuno, llegaba a la misma conclusión: no tenía medio alguno de reunir cuatro mil euros en tres meses. Tenía la cuenta a cero, incluso debía dinero al banco, no podía pedir préstamo alguno, ya lo había intentado. Nadie podía ayudarla. Por un instante, pensó en Cora, pero le repugnaba la idea de mezclar en sus turbios asuntos a su amiga, a pesar de lo que había pasado en el bungaló, y a pesar de que ahora no se llevaban muy bien. Estaba entre la espada y la pared. Y la espada se encontraba cada vez más cerca.

Subió a su habitación.

No se sentía mal del todo. Había algo en el fondo de su ser que la empujaba a sentirse pletórica de energía, como si lo que le estaba pasando fuese, no un tremendo problema, sino una oportunidad de realizar sus sueños más profundos. Sin embargo, a pesar de esa extraña sensación tenía miedo, un miedo terrible a las represalias de Dicenta. Miedo y euforia. ¿No se estaría volviendo loca? Tenía que encontrar una salida, y lo haría. Estaba segura.

Empezó a vestirse.

Eligió primero un body negro transparentes que le llegaban hasta el ombligo, poco más o menos. No se puso bragas, el body era suficiente. Luego, una falda que dejaba a la vista sus rodillas y que tenía unas amplias aberturas a ambos lados, permitiendo también una erótica visión de sus muslos cubiertos por el oscuro y tentador body. Un sujetador negro que realzaba la firmeza de sus tetas, levantándolas bastante, y una camiseta de cuello redondo. Encima, un suéter negro de cuello alto. Ahora, un poco de maquillaje. Le gustaba maquillarse con tiempo suficiente para conseguir un buen efecto. Y lo consiguió, como siempre. Un rojo intenso en los labios y un tono sonrosado en las mejillas, combinado todo con una oscura y azulada sombra de ojos. Sus arrugas quedaban difuminadas y tenía buen aspecto. Un peinado superficial, unos pendientes dorados, y un collar de perlas sobre el suéter negro. Una chaqueta ligera completó el cuadro, a falta de los zapatos.

Acudió a su zapatera, un gran mueble situado en un pasillo lateral de la planta baja, donde guardaba muchísimos zapatos. Eligió unos negros de tacón muy alto, que ahondaban en la belleza de unos pies que, a pesar de estar cubiertos por la tela negra del body, dejaban ver la delicada perfección de los dedos desnudos a su través. El bolso, las llaves del coche, las gafas de diseño moderno y exclusivo y, en pocos minutos más estuvo preparada para salir.

Un nuevo día se iniciaba. Y ella tenía una misión. Era un último intento de enderezar el rumbo, antes de dejar que el barco se meciese en la corriente turbulenta. Sabía que no tenía  muchas oportunidades de conseguirlo, pero debía intentarlo al menos. Arrancó el coche a la primera, a pesar de la vejez del modelo, y salió del garaje. Su hermosa casa de clase media alta le dijo adiós y ella, como siempre, respondió al saludo.

–Adiós, casa. Como me gustas, eres mi gran amor –y sonriendo, salió de la urbanización y se internó en el tráfico. Como siempre, esquivando y aprovechando espacios, se encontró cómoda y lúcida mientras conducía. Pronto llegó a la autopista, en dónde, a pesar de que su vehículo estaba a todas luces desfasado, logró mantener un buen ritmo a costa de un ruido atronador dentro del habitáculos.

–Tendré que cambiarte algún día, pequeño – le dijo al coche, casi con cariño. – pero por ahora, todavía me rindes buen servicio, así que no te preocupes y adelanta a todos estos niñatos modernos con sus coches rápidos y repletos de tonterías electrónicas.

El coche pareció entenderla y, contra toda probabilidad, consiguió adelantar a un par de automóviles un poco lentos. Luego, conociendo sus límites, se situó en una tranquila y segura posición en el carril derecho. La Universidad estaba a la vista. Mónica maniobró con seguridad y encontró aparcamiento después de sólo un par de vueltas de exploración. Bajó del coche y se dirigió a su despacho, para preparar la clase. Todavía le restaban unos buenos veinte minutos antes de empezar.

En el camino, se topó de bruces con Cora, que se dirigía a su despacho, en otra ala del edificio.

–Hola, Mónica, ¿qué tal estas? Hace un buen día, ¿no crees?– le dijo su amiga, en tono alegre y amistoso.

-Buenos días, Cora- le contestó Mónica, mas cortante y dura de lo que en realidad había deseado. Cora, algo humillada, siguió su camino, cabizbaja. Y Mónica se sintió mal por como la había tratado. Era su mejor amiga, no era mala persona, sólo quería restablecer su amistad, nada más. ¿Nada más? Bueno, se dijo Mónica, será mejor no pensar en ella por ahora, porque tengo cosas más importantes que resolver.

Sentada en el despacho, después de preparar la primera clase del día, Mónica recordó al chico que la miraba desde la primera fila. La profesora sonrió y decidió darle un buen espectáculo. Mientras se dirigía a su aula, el sol entrando a raudales por las grandes ventanas, el griterío y alegría de los jóvenes y el ambiente de esperanza e ilusión que siempre irradia una entidad de estudios, la empapó y la hizo soñar con que las cosas podían cambiar. Que todo iría mejor. Sonriendo, atravesó la puerta de su clase.

Mónica estaba sentada en su sillón de siempre, ante su mesa de siempre, una mesa abierta por delante. Ante ella, la clase, tranquila como de costumbre. Y justo frente a ella, el joven. Aquel joven que tanto la miraba. Mónica le dedicó una sonrisa. Nadie se percató, porque, estaba segura, nadie, o casi nadie, la miraba con la intensa fijación de aquel chico. Marcial, en efecto, la miraba. Tenía miedo de ser descubierto, pero pensaba que, de algún modo, la señorita Mónica sabía que él la miraba y no había dicho ni hecho nada. Nadie se le había dirigido para amonestarlo, ni siquiera ella misma. No había sido llamado al despacho, ni ella se le había acercado en los pasillos. Todo transcurría como si no hubiese ocurrido nada. Y tal vez fuese así. Tal vez nada ocurrió y todo fue producto de su encendida fantasía. Tranquilizado, Marcial se dispuso a disfrutar de la visión de las pantorrillas de su profesora preferida. Hoy, la señorita Mónica llevaba las piernas cubiertas por unas medias negras transparentes, o, casi seguro, pensó Marcial, por un body.  Aquellas pantorrillas eran para él sublimes y, más delicioso aún le era el contemplar los dedos de los pies de su deseada profesora, visibles a través de la tela negra gracias a unos zapatos abiertos por delante. Por cierto que Marcial no dejó de advertir la circunstancia de que Mónica lucía también los muslos, cubiertos igualmente por la tela oscura del body, gracias a unas generosas aberturas laterales en la falda ajustada. Era, en suma, una mañana magnifica para el joven voyeur, que se sentía contento y feliz de poder admirar las piernas de su profesora. Combinando tímidas miradas al rostro de Mónica y fugaces visionados de sus pantorrillas y de sus pies – bellísimos le parecían a Marcial, enfundados como estaban en unos zapatos elegantes de tacón alto que realzaban su madura delicadeza-– el joven no esperaba, ni por asomo, lo que ocurrió.

Porque, en un momento determinado, a media clase, cuando la mayoría de la gente estaba con la mente vagando por las soledades infinitas del aburrimiento, Mónica, que sabía que aquel joven la estaba mirando sin perderse un detalle, cruzó las piernas. Pero lo hizo con deliberada lentitud, tardando unos segundos más de lo que el pudor demandaba. De este modo, un Marcial estupefacto pudo contemplar, con la boca abierta, la entrepierna desnuda de la señorita Mónica. Todo fue muy rápido. La maravillosa visión fue fugaz, por supuesto, pero Marcial tuvo la incontestable certeza de que la señorita Mónica no llevaba bragas debajo del body; de que, durante un instante sublime, había contemplado el coño de su profesora, cubierto por la delicada y fina tela negra de aquel body tan sensual. Estaba seguro de ello. El movimiento de piernas duró unos segundos, pero durante los mismos, Marcial pudo ver a placer la entrepierna de Mónica y allá al fondo, una oscura raja y sobre ella, un más oscuro matorral de pelos, todo ello cubierto y condensado por la tela de la íntima prenda femenina.

El corazón del chico se aceleró. La controlada y tranquila erección que tenía siempre que veía a la señorita Mónica se convirtió en un endurecimiento explosivo y sin control. Apretó una carpeta sobre la entrepierna, y así, mitigó algo sus ansias de masturbarse allí mismo. Le había visto el coño a su profesora. Eso era lo que había pasado.

Tembloroso, intentó, sin éxito, serenarse. La clase continuaba y alguien le preguntó algo relacionado con los estudios. Marcial balbució una respuesta, sin saber siquiera lo que decía. En su mente, una única frase se imponía, tiránica: “Me lo ha enseñado. La señorita Mónica me ha enseñado el coño. ¡Le he visto el coño a la señorita Mónica!”

Mónica continuó hablando. En un momento determinado, poco antes de terminar, miró a Marcial. El rubor del joven era evidente. Mónica, triunfante, sonrió. Lo había conseguido de nuevo, lo había dejado K.O.

Mónica se dirigió, nada más terminar la clase, al despacho del decano de la facultad. Mientras caminaba solitaria por pasillos en los que resonaban las risas y gritos de los jóvenes, la profesora intentó dilucidar por qué se entretenía mortificando de ese modo a aquel joven. ¿Sólo porque la miraba con deseo? ¿Quería castigarlo para que no la mirase más? Pues si ese era el objetivo, estaba consiguiendo lo contrario. El joven, evidentemente, le había visto la entrepierna. Eso era seguro. Y ahora, estaría deseando ver más. Mucho más. La extraña verdad era que obtenía un placer casi sexual exhibiéndose ante aquel chico. ¿Por qué? Le gustaba ponerlo nervioso, llevarlo al límite, demostrarle que sabía que la estaba mirando. Pero había algo más. Algo dentro de ella le decía que aquel joven era importante por alguna razón, pero cual era, se le escapaba.

La puerta del despacho del decano se alzó imponente ante ella. Se peinó con una mano, se levantó un poco las gafas, y, tras tocar con suavidad y obtener el correspondiente permiso para entrar, penetró en la habitación.

—Pase, señorita Mónica – dijo una voz cascada, con un matiz de dureza inconfundible. – Por favor, cierre la puerta, gracias.

Mónica penetró en la habitación, que seguía tan abarrotada de estanterías, libros y muebles antiguos como recordaba. Frente a ella, sentado en un confortable sillón de cuero inglés de calidad insuperable, se hallaba el decano. Era un hombre mayor, de más de sesenta años, bien conservado, pero demasiado delgado. Cabellos blancos raleaban en su cabeza pequeña y sus ojos color acero miraban con astucia y cierto desdén a la recién llegada.

–Siéntese, si es tan amable – volvió a decir el decano, sin dejar de taladrar con la mirada a Mónica.

La profesora se sentó delante del hombre, que seguía mirándola, ahora con apenas disimulada sorna teñida de desprecio. Mónica hizo acopio de toda su fuerza de voluntad, sostuvo la mirada del decano y empezó a hablar:

– Señor decano, como usted sabe, hay o, habrá dentro de poco, una plaza libre en la jefatura departamental de mi asignatura.

El decano no contestó. Se limitó a continuar mirándola, si bien una sonrisa taimada se insinuó en su rostro. El tiempo parecía haberse detenido, Mónica no escuchaba nada, sólo los latidos de su propio corazón. Le estaba costando mucho dar este paso.

– Bien, señor Decano, considero que estoy más que preparada para optar a ese puesto y me gustaría que usted lo tomase en cuenta y me dijese si tengo alguna probabilidad.

El hombre no dijo nada. Apartó la vista de la profesora, miró al tablero de su escritorio y, luego, volvió  a mirar a Mónica. Sólo entonces habló.

–No contenta con acceder a su puesto de manera fraudulenta, ahora quiere ascender. Va usted muy rápido, Mónica.

La profesora sintió como la sangre le subía a la cabeza y tenía que hacer grandes esfuerzos para no lanzarse sobre aquel viejo y molerlo a golpes, o, por lo menos, cubrirlo de insultos y oprobios. Pero no hizo nada de eso. Se tomó su tiempo, se tranquilizó y le devolvió la mirada, manteniendo la calma y esbozando, incluso, una sonrisa.

–No entiendo a qué se refiere usted, decano.

–Le refrescaré la memoria, señorita. Hace unos diez años, llegó usted aquí, recomendada por su buena amiga Cora, para cubrir, temporalmente, un puesto de profesora adjunta. Nadie más la apoyó, pero Cora me merece todos mis respetos y acepté su candidatura.

Mónica apretó los labios. Aquel hombre iba a hacerlo de nuevo, iba a remover el pasado. Decidió soportarlo en silencio.

–Luego, tras unos pocos años, creo que no más de tres, se alzó usted con el puesto de profesora titular. No por méritos, no por su propio esfuerzo, sino porque la profesora que dictaba la clase que usted ansiaba fue despedida. Y usted, usted tuvo un importante papel en ese despido ¿me equivoco, señorita Mónica?

El decano miró con frialdad a la profesora. Mónica estaba a punto de derrumbarse, no sabía cuánto tiempo más podría soportar el ataque verbal de aquel hombre sin estallar y echar a perder todos estos años. Se concentró. Encontró un lugar vacío dentro de sí misma. A veces lo hacía. Era muy complicado, pero en ocasiones, sobre todo en ocasiones difíciles como la que ahora le tocaba enfrentar, podía, de un modo casi automático, encontrar un remanso de paz dentro de su propio ser. Se situaba allí durante unos segundos, recuperaba su voluntad de lucha y la tamizaba, limpiándola de toda excrecencia que supusiera violencia –física o verbal – o pérdida del control de sí misma. Su voluntad de lucha, su ansia de supervivencia, emergía entonces límpida, brillante y bruñida como una espada recién moldeada. Y, como toda espada, podía ser utilizada para atacar, o para defenderse. Eligió lo segundo. Ya habría tiempo para darle una lección al decano.

–Vera era una buena profesional, una magnífica profesora. Era mi amiga.

– ¿Amiga? ¡Usted la traicionó, la delató, le quitó su trabajo en su propio beneficio!

Mónica encajó mal el golpe. Todos sus anteriores esfuerzos parecieron, por un momento, haber sido inútiles. Empezó a temblar, de modo ostensible. No encontraba las palabras adecuadas, pero aun así, contraatacó.

–Ella misma se despidió. Fue ella quien empezó a perder la cabeza, a hacer locuras, y usted lo sabe. Yo sólo dije lo que todos sabían pero no se atrevían a denunciar. Gritaba a los alumnos, se ponía histérica, tiraba los papeles en el despacho, golpeaba puertas y ventanas. Todos sabían que no estaba bien, que estaba atravesando una grave crisis de nervios y que no estaba capacitada para ser profesora titular.

–Oh, y por supuesto, usted sí lo estaba, y se encargó de  hacérnoslo saber con pelos y señales, señorita Mónica. – respondió el decano, afilando aún más su mirada.

–Sí, yo si lo estaba, y lo estoy. Ella no. Y se lo comuniqué oficialmente al consejo, y pedí la plaza, y la obtuve. Por mi valía.

– ¿Su valía? ¡No me haga reír! Su única valía era ser la amiga de Cora, y haberse sabido camelar a los demás miembros del consejo con su adulación.

Mónica estaba a punto de explotar. Recurriendo a todo su autodominio, consiguió calmarse, una vez más.

–Bien, señor decano, ya veo que ha sido una equivocación venir aquí. Solicitaré la plaza oficialmente de todos modos, aunque sé que no la conseguiré. Buenos días.

El decano se levantó. Rodeó la mesa y se detuvo junto a la profesora. La miró de arriba abajo y observó, con cierta complacencia, los muslos de Mónica, visibles a través de las aberturas de la falda. Luego, la miró a los ojos.

–Sí, señorita Mónica, es mejor que se vaya y que no vuelva por aquí. No va a conseguir ese ascenso, eso téngalo por seguro. Yo me encargaré de que sus peticiones no prosperen.

Mónica esbozó una sonrisa. Se levantó y sin dirigirle siquiera una mirada, se dirigió a la puerta.

–Cierre al marcharse, por favor. Nunca se sabe quién puede entrar aquí – dijo el hombre, con sorna.

Mónica, cuyo control estaba a punto de ceder, se marchó, dejando, por supuesto, la puerta completamente abierta.

Caminó como una sonámbula por pasillos y escaleras, sin saber a dónde se dirigía en realidad. La tensión acumulada durante el encuentro con el decano empezaba a desbordarse dentro de ella y las lágrimas asomaron a sus ojos. Se sentía despreciada y humillada. Y sentía un odio tremendo hacia aquel hombre. La universidad parecía vacía. Todos estaban en clase. Sus pasos resonaron en un pasillo olvidado, y allí, lejos de todos, se sentó en un banco cerca de una ventana que daba al jardín y se puso a sollozar.

El sol iluminaba el verde del césped, los aspersores mojaban la tierra y una escultura de dudoso gusto, realizada en metal oscuro, se reflejaba contra el cristal de las ventanas. Se quitó las gafas y dejó que las lágrimas fluyeran mejillas abajo. Sus sentimientos, desatados, le presentaron un terrible momento de unos años atrás, cuando, tras ser despedida, Vera se enfrentó con ella en una sala de profesores vacía. Le dijo que la había traicionado, que era una basura, que no merecía la plaza que iba a obtener gracias a su despido. Mónica intentó justificarse, aunque no tenía argumentos sólidos. En un momento dado, Vera le dio una tremenda bofetada y luego, simplemente, se marchó. Desapareció. Nunca más volvió, ni nadie supo nada de ella. Mónica se quedó allí, en la sala de profesores, llorando, largo tiempo, con la cara enrojecida y dolorida por la bofetada recibida. Hasta sus gafas se le cayeron al suelo debido a la furia del golpe. Esa bofetada, todavía resonaba con fuerza en la mente de Mónica. Fue una bofetada humillante y dolorosa, porque Mónica, en cierto modo, siempre creyó merecérsela. En definitiva le había quitado el trabajo a una compañera, a una amiga. Y lo había hecho con meticulosidad, pensando en las posibilidades que tenía de conseguir la plaza titular. Antes de presentar los hechos ante el consejo, realizó una campaña de acoso y derribo de Vera, argumentando que una profesora así, inestable, era un peligro para la institución y que lo mejor sería deshacerse de ella. Se trabajó a conciencia a cada miembro del consejo, y a cuantos profesores y compañeros conocía. Se aseguró la victoria total. Y la consiguió. Primero, despidieron a Vera. Luego, le ofrecieron la plaza. Fue un momento sublime en su vida. Lo había conseguido. Había luchado, sola, contra el mundo, y había ganado. Había  obtenido su plaza de profesora titular de universidad, lo cual significaba más dinero y más seguridad. Ahora, se podría comprar al fin la casa que siempre había soñado, en un barrio de clase media alta, una casa bien situada, y la amueblaría con gusto y a todo lujo. No tenía novio, pero los demás no podrían reírse de ella, porque ella tenía ahora un magnífico trabajo totalmente seguro y pronto tendría también una casa impresionante. Ella sería una triunfadora y nadie podría señalarla y decir que había fracasado. Lo había logrado. Estaba en la cima del mundo.

Mónica dejó de llorar. El sol estaba alto ahora y la luz entraba de forma indirecta en aquel pasillo olvidado. Sí, lo había logrado. Pero todo tenía un precio. Conservó la amistad de Cora, que nunca le dijo nada sobre Vera. La relación con los demás compañeros, sin embargo, se resintió. Empezaron a dejarla de lado. Se comportaban con ella cortésmente, pero ya no había complicidad, ni camaradería. La frialdad empezó a ser la tónica dominante en su entorno de trabajo. Esa frialdad se había atenuado algo con el correr de los años y con la llegada de nuevos profesores y la marcha de antiguos compañeros, pero nunca dejó de sentirla. Y por otra parte, estaba la bofetada. Aquella bofetada nunca desapareció de su mente, ni de sus recuerdos. Siempre estaba allí, al acecho, lista para destruir toda su confianza en sí misma.

Se levantó del banco. Ahora sabía dónde se encontraba. Subió unas escaleras y se dirigió a su despacho. Tenía que preparar una clase.

– ¡Mónica!– oyó que la llamaban. Era la voz de Cora, la dulce Cora, que nunca había dejado de ser su amiga. Su única amiga.

– ¿Qué haces aquí? ¿Te has perdido?– le dijo Cora, riendo con sus bellos y grandes ojos hermosos.

–No, yo…necesitaba estar sola un rato.

– ¿Te encuentras mal? Te veo pálida, y un poco, no sé, un poco triste, Mónica.

–No es nada, enseguida se me pasará. La vejez, supongo.

– ¡Tú no estás vieja, Mónica! Estás muy bien…– dijo Cora, bajando la vista y ruborizándose sin poder evitarlo. Mónica sintió una profunda emoción al contemplar como su mejor amiga enrojecía de vergüenza al mostrar sus sentimientos. No podía apartar así como así a aquella mujer de su vida. No podía.

–Cora, mírame – le dijo Mónica, levantándole con delicadeza la barbilla con los dedos de una mano – No me pasa nada. Es sólo que necesito estar sola, necesito pensar. Tengo problemas, Cora, pero no te preocupes. Los solucionaré. Te lo prometo.

– ¡Déjame ayudarte! Dime qué te pasa, lo afrontaremos juntas, por favor, Mónica. Somos amigas.

Mónica sonrió.

–No, Cora, es algo que debo arreglar yo sola. Pero puedes hacer algo por mí.

– ¡Lo que sea, simplemente, dímelo y está hecho!

–Tienes que perdonarme. Me he portado muy mal contigo, te he apartado de mi vida, y tú no has hecho nada malo. Y no solo eso. Te…te dije tantas cosas…cosas horribles. No he podido dejar de pensar en las cosas que te dije. Por favor, perdóname. – dijo Mónica, con voz suplicante. Cora sonrió. Y luego, dejándose llevar por un irresistible impulso, abrazó con suavidad a Mónica  por la cintura, la atrajo hacia ella y la besó en la boca. Dulcemente. Un beso de amor, largo y lento. Mónica tuvo un instante de duda, pero luego, simplemente, se dejó llevar. Y se dejó besar. Sintió la presión de las tetas de Cora contra las suyas, y, a pesar de la ropa interpuesta, sintió la dureza de los pezones de su amiga rozando los suyos. Un maravilloso y apasionado beso de amor lésbico allí, en las profundidades de la Universidad. Mónica respondió al beso y, tras una deliciosa eternidad de lenguas mojadas y enroscadas, los labios, al fin, se separaron.

–Estás perdonada, Mónica – susurró Cora, roja de turbación, pero con una mirada que irradiaba felicidad. Mónica sonrió a su vez; luego, inclinándose hacia su amiga, rozó con sus labios los labios de Cora.  Ahora era ella la que besaba a su amiga, la que llevaba la iniciativa. Cora gimió dulcemente mientras abría la boca. Pronto las lenguas se enlazaron en un nuevo y lujurioso baile de amor y, ahora, fue Cora la que sintió, además de la irresistible presión de las grandes tetas de Mónica al estrujarse contra los suyos,  la dureza de los pezones de su amiga.

–Tengo que irme, Cora – susurró Mónica, separando sus labios de los labios de su mejor amiga – Tengo otra clase ahora, y ya llego tarde.

–Pero…pero…nos veremos pronto ¿no?– preguntó Cora, con voz trémula y ojos suplicantes.

–Claro que sí, pero tienes que dejarme tiempo.

–De acuerdo. Pero no tardes mucho, por favor. –dijo Cora, con voz  trémula y emocionada. –Te necesito.

Mónica la miró a los ojos. Sentía una intensa ternura hacia aquella mujer que siempre, en cualquier circunstancia, había sido su mejor amiga, sin concesiones. Pero no sólo se trataba de ternura, de cariño. Sentía algo más. Algo más fuerte, que luchaba por salir a la superficie. Ese algo todavía no había aflorado, pero Mónica ya lo notaba, lo presentía. Era algo que ansiaba expresarse con palabras propias y contundentes, palabras que no encontraba. Por eso, simplemente, dijo:

–Adiós, Cora.

Acarició todavía con ambas  manos las mejillas cálidas de Cora. Luego, dio media vuelta y desapareció en los pasillos que empezaban a llenarse de alumnos y profesores. Cora se quedó sola, quieta e inmóvil en medio de la nada, mirando como su adorada Mónica desaparecía de su vista.

SEIS

Marcial está desnudo, tumbado sobre su cama de joven soltero universitario. Mirando al techo. Oyendo como pasan los coches por la calle. Oyendo el silencio en su apartamento. Su mano derecha aferra, con delicadeza, su pene en erección. Se está masturbando, pensando, esta tarde oscura, como tantas otras, en la señorita Mónica. Imaginándola, también como en tantas otras ocasiones, totalmente desnuda y en posturas obscenas y lúbricas. Después de un descanso para alargar el placer, empieza a mover de nuevo su mano, en forma de cilindro hueco, de abajo a arriba, aferrando con suavidad su pene duro y tieso. En su imaginación, exacerbada por los últimos acontecimientos, la profesora Mónica es una lujuriosa ninfómana, capaz de realizar cualquier acto, incluso los más obscenos y sucios, con tal de satisfacer su insaciable hambre de sexo.  No en vano, la profesora, piensa Marcial, le ha enseñado las tetas – esas grandes tetas de mujer madura – o gran parte de ellos al menos. Y, lo que es aún mejor y más esclarecedor, le ha enseñado el coño. Tapado y casi oculto por la tela negra de un body, pero lo ha hecho, se lo ha mostrado. Si, piensa Marcial, la señorita Mónica es una ninfómana. O algo peor.

Desde que fue testigo del gran desliz de Mónica con el escote, Marcial no ha dejado de intensificar sus elaboradas fantasías sexuales sobre la profesora. Y ahora, después de haber contemplado el impúdico cruzado de piernas de Mónica y de verle, fugazmente, el coño, Marcial ha llevado esas fantasías a otro nivel de obscenidad y lujuria.

Manejando con habilidad su mano derecha,  se aproxima al orgasmo, sin dejar de pensar en Mónica ni un segundo. Ahora, precisamente, en su ardiente imaginación, la profesora está desnuda, arrodillada ante él y le está haciendo una increíble y profesional mamada.

– Señorita Mónica – susurra Marcial, cada vez más excitado – es usted una…una...

La mano se mueve muy deprisa, está a punto de correrse. Sabe la palabra que ansía pronunciar, pero incluso en soledad se le antoja demasiado fuerte, demasiado fuera de lugar. Casi no puede hablar. La voz se le apaga.  Pero vuelve a intentarlo, acuciado por la excitación que lo domina. Y esta vez lo logra, si bien su voz, que ya no es del todo su voz, no suena alta ni firme.

Puta – vuelve a susurrar, con una voz extraña y baja, casi con miedo a ser escuchado – Es usted una vulgar puta.

Marcial se corre, lanzando un espectacular chorro de semen. A la vez, en su sueño libidinoso, también se corre, pero su chorro de esperma impacta directamente en la cara de la profesora Mónica, la cual, con estudiada lascivia, saca la lengua y empieza a lamer el semen derramado sobre sus propias mejillas. Poco a poco, sin embargo, la intensidad del orgasmo deja paso a una flacidez generalizada tanto del pene como de los ánimos lascivos del joven. Tendido sobre la cama, respirando ahora con más normalidad, Marcial se arrepiente de haber tratado a la señorita Mónica como si fuera una ramera, aunque lo haya hecho sólo en su mente. Siente ahora una extraña ternura hacia aquella profesora madura que –sospecha – es una solitaria y triste mujer que necesita la compañía de los demás desesperadamente.

Distendido, tranquilo, desnudo pero no excitado, Marcial convoca la imagen de la señorita Mónica que ha logrado crear a lo largo de los dos últimos años. La imagen acude a él solicita. El joven cierra los ojos y se concentra. Sí, la ve, ve a la señorita Mónica. La ve como él la imagina, y lo que de ella ignora, las curvas y generosas voluptuosidades de ese cuerpo de mujer madura que tanto anhela poseer, simplemente, lo crea, lo sitúa en su lugar para que el resultado final encaje como un todo. El efecto es magnífico. Incluso ve, con los ojos de la imaginación, los poros de la piel de la cara de Mónica. Se demora admirando las pobladas y largas cejas de su profesora, que en sus sueños son aún más pobladas y largas que en la realidad. Con sus dedos fantasmales, acaricia el rostro deseado. Besa con sus labios los párpados de Mónica y no contento con eso, le besa la nariz, y, al fin, la besa en la boca. Siempre en sus fantasías, Mónica responde al beso y su lengua de mujer ardiente se enrosca en la suya, proporcionándole un intenso placer.

Marcial empieza a excitarse de nuevo. Su pene ya no está flácido y colgando a un lado, sino que adopta ya una postura desafiante. El joven se contiene un momento y continúa desgranando con sus ojos mentales la belleza madura de Mónica. Ahora, lame con ardor el cuello largo y blanco de su adorada. Mónica gime, complaciente. Y él sigue hacia abajo. Con su boca ansiosa, llega al fin a uno de sus más deseados objetivos sexuales: las grandes y hermosas tetas de la señorita Mónica. Porque es evidente, a pesar de que no las ha visto nunca, que la profesora tiene unas tetas increíbles. Unas tetas rotundas, voluptuosas, con una magistral forma de grandes peras ligeramente colgantes, coronadas, con seguridad, por un enorme par de pezones. Y es evidente porque, a pesar de que no suele llevar escotes generosos – con la maravillosa excepción del día en que acudió a clase casi con las tetas al aire –la profesora utiliza ropa que, de algún modo, realza la belleza y las generosas formas de sus tetas. Así, aunque Mónica los  lleva casi siempre monacalmente tapados, Marcial ha sido capaz de desentrañar el misterio y de columbrar unas tetas de gran tamaño, muy bien formadas y muy, muy apetitosas.

“Sí.”– piensa Marcial –“tiene un buen par de tetas. Un increíble par de tetas. La señorita Mónica es en realidad una tetuda. Sí, eso es, es una tetuda.”

Y ahora, en su mente, el joven lame a placer las grandes y colgantes tetas de la profesora, mientras ella gime, lasciva, y él aspira el olor de la blanca piel femenina. Continúa lamiéndole las tetas durante mucho tiempo, dedicándole especial atención a los grandes pezones. Pronto, en su calenturienta imaginación, Mónica gime de placer a punto de alcanzar el orgasmo. Él, entonces, aparta su lengua de aquellas maravillosas tetas desnudas y lame con fruición el vientre blanco y bello de la profesora, un vientre cálido y suave que le hace desear posar en él la cabeza y dejarse arrullar por el tiempo inacabable. Pero continúa hacia abajo. Su boca se introduce ahora entre los frondosos vellos púbicos de Mónica, un enorme bosque de pelos negros que cubren la vagina de la profesora por encima. Porque, no sabe por qué razón, siempre ha imaginado que la señorita Mónica tiene un grande y boscoso matorral de rizados pelos negros en el pubis, y eso lo excita, lo pone realmente cachondo. Que poco imagina el joven que, después de todo, ha acertado al menos en eso, pues la señorita Mónica tiene un abundante, rebelde y frondoso bosque de pelos negros guardando su pubis. Después de hundir su nariz en aquel mar de pelos rebeldes y olorosos Marcial, siempre nadando en medio de sus espesos sueños eróticos, alcanza el coño de la señorita Mónica. Allí, el joven le demuestra a la profesora que es un hábil maestro en el arte del sexo oral. Penetra con su lengua en el sonrosado y perfumado santuario sexual de Mónica y, con unos pocos y expertos movimientos, lleva a la profesora a las más altas cimas del placer.

Y en ese momento, su pene, que ya ha alcanzado la erección total, emite, por segunda vez aquella tarde, un potente chorro de semen. Marcial se corre, eyaculando copiosamente, sin dejar de imaginar a su profesora, a la cuarentona  y totalmente desnuda señorita Mónica, corriéndose a su vez, en medio de un bestial orgasmo por él proporcionado. Lo último que imagina antes de que las oleadas del orgasmo se retiren es el rostro de Mónica, demudado por el placer. Es una Mónica con los ojos vidriosos y la lengua fuera, relamiéndose con obscena lubricidad. Es la imagen de una Mónica transformada en una auténtica golfa, en una ninfómana insaciable.

–Mónica – murmura, sosteniéndose con una mano el pene mojado – Mónica, Mónica, Mónica, Mónica…oh, Mónica.

La tarde se retira. El joven desnudo, triste y solitario, encara, con desasosiego, una noche  más, en la que su cuerpo entero echará de menos el calor de una mujer a su lado. El calor de la profesora Mónica, desnuda y sonriente junto a él.

SIETE

La luz de la tarde mengua con rapidez y Mónica, desnuda y lánguida, deja que los últimos rayos del sol poniente acaricien su cuerpo, tendida boca arriba sobre la cama deshecha. Es sábado por la tarde. Pronto la noche vendrá a visitarla, con su corte de remordimientos y tristeza por los años malgastados. Podría llamar a Cora. Seguro que acudiría, sin dudarlo un instante. Pero no quiere que las cosas vayan tan rápido. Aún no está preparada. En realidad, aún no sabe siquiera si una más íntima – mucho, muchísimo más íntima – relación con Cora es lo que quiere que ocurra en su vida.

Mónica se levantó, con una sonrisa en los labios, recordando aquellos dos maravillosos besos que habían tenido la virtud, justo un día antes, de amortiguar y casi eliminar todo el enfado, toda la ira y toda la frustración que sintió tras la entrevista con el decano. Fueron dos besos excitantes, y tiernos además. Dos besos que, estaba ahora segura de ello, le gustaría repetir. Pero eso no significaba que estuviera del todo convencida de que elevar la intensidad de su relación con Cora hasta alcanzar un  nivel sexual sea lo que necesita ahora. O lo que en realidad desea porque, ahora se lo pregunta con cierta desazón… ¿es ella, Mónica, una lesbiana? ¿No será que, después de años y años de soledad y de frustración sexual, necesita tanto tener a alguien a su lado que ya no importa si ese alguien es un hombre o una mujer? ¿No será que, simplemente, necesita apagar el fuego insaciable que arde en su interior y que amenaza con quemarla?

Mónica suspiró. Se situó pegada a la ventana de su dormitorio, con sus grandes tetas aplastadas contra el cristal. Nadie puede verla, aun en el hipotético caso de que pase alguien por este barrio desierto y más que tranquilo, porque el cristal impide la visión hacia adentro. Se siente excitada, realmente excitada. Sabiendo lo que su cuerpo necesita, se dirigió hacia el mueble en el que guarda su querido vibrador.

Ya con el vibrador en la mano, la desnuda profesora se tumbó de nuevo sobre la cama. Antes de enchufar el aparato, se sintió invadida por un pensamiento, más bien una idea general: su ardiente deseo sexual, frustrado durante años por su ausencia de relaciones, la ha llevado a acaparar cosas, cosas de alto precio, muy costosas, aun situándose al borde de la quiebra económica. Esas cosas –la casa que tiene, carísima, en un barrio residencial que supera con creces su situación económica; sus muebles, de alta calidad, su ropa, de diseño, en fin, todo lo que posee – son para ella un sustituto de sus relaciones sexuales inexistentes. Ahora, precisamente, está justo en el borde de un abismo porque no ha querido renunciar a su imagen de mujer con altos ingresos, de mujer soltera, si, pero con una gran solvencia económica. Porque, lo sabe con certeza, si se hubiera limitado a sus reales posibilidades, si no hubiera luchado por subir en la escala social, al precio incluso de hundir a una compañera de trabajo, su fracaso sería aún mayor. No tendría nada.

Enchufó el aparato.

El suave ronroneo del vibrador la llenó de tranquilidad y, a la vez, de una dulce sensación de deseo sexual a punto de ser satisfecho. Apartando su mente de sus pensamientos anteriores, dejó que la imagen de Cora surgiera de nuevo ante ella. Cora desnuda, totalmente desnuda, tal y como la vio aquella mañana, en la piscina, sobre el césped recién cortado.

–Oh, Cora, Cora, mi dulce Cora – susurra Mónica, acariciándose el coño con el vibrador – quizá no tenía que haber dejado que siguieras adelante. No tenía que haber dejado que me untases aquella crema en el culo…pero se estaba tan bien allí. Y tú me acariciabas, y era tan agradable...

Sí, era tan agradable…

El cielo continuaba azul celeste inmaculado, el Sol brillaba, imperial y dominador, y los pájaros cantaban alegres y melodiosos. El olor a cloro de la piscina cercana, el aroma a césped recién cortado, la soledad del bungaló y el hecho de que se encontraba totalmente a cubierto de miradas ajenas. Todo ello contribuyó, qué duda cabe. Como también contribuyó el hecho de que, sin saber muy bien cómo ni por qué, Mónica se encontró, de pronto, completamente desnuda, tumbada boca abajo sobre la toalla, delante de su mejor amiga. Cora, que había escanciado ya una abundante cantidad de lechosa crema bronceadora directamente sobre el culo de Mónica, se disponía ahora a extenderla con sus manos.

Cora temblaba.

Estaba empezando a ponerse realmente cachonda, la excitación la dominaba de tal manera, que, además de sacarse las tetas fuera del bikini, había comenzado a bajarse la parte inferior, para así poder acariciarse el coño con más facilidad. No podía retrasarlo más, tenía que ponerse a untar la crema sobre el culo de Mónica ya. Y, luchando para que los temblores y los nervios no se le notasen, aplicó sus manos sobre el culo de su desnuda amiga. Despacio, disfrutando realmente cada segundo y cada voluptuosa sensación, manoseó y amasó con sus dedos embadurnados las blandas nalgas de Mónica durante largos y voluptuosos minutos.

– ¿Lo estoy haciendo bien, Mónica?– preguntó Cora, nerviosa, más por acallar el sonido de su entrecortada y excitada respiración que por otra cosa. –Tú…tú… ¿qué  crees?

–Mmmm – gimió Mónica, hundiendo la cara en la toalla, dejándose llevar por el delicioso placer que el manoseo de su culo a manos de Cora le producía – Sí, lo haces muy, muy bien, Cora. Sigue…no te pares, sigue, por favor.

El culo de Mónica brillaba, embadurnado por completo. Pero Cora continuó durante mucho tiempo más del necesario manoseándolo y extendiendo más y más crema sobre aquellas blandas y jugosas carnes. Llegó un momento en el que la pobre Cora, totalmente excitada, hizo un alto en su labor y de un tirón se quitó la parte baja del bikini. Para evitar que ese movimiento fuera oído por Mónica, comenzó a hablar y a reírse en voz alta. Y aprovechando la situación, decidió, ya que estaba, quitarse también la parte superior. Así, Cora se desnudó sin que Mónica lo supiera. Como el culo de Mónica chorreaba crema lechosa, Cora empezó a untarle bronceador más abajo, en la parte superior de los muslos. Mónica, al notarlo, consciente o inconscientemente, que eso nunca lo sabremos, separó las piernas un tanto. Al hacerlo, proporcionó a Cora un completo panorama de su agujero anal y, sobre todo, de su coño, pletórico de pliegues sonrosados y sombreado por una abundante mata de pelos.

Cora se detuvo, extasiada, contemplando el ano y el coño de su mejor amiga. Casi no podía ni respirar de la emoción que sentía. Situó, sin saber muy bien lo que hacía, el bote de crema delante justo del agujero anal de Mónica y presionó con fuerza. Un violento chorro lechoso penetró con furia en el oscuro agujerito, arrancando un gritito de sorpresa de Mónica.

– ¡Oh! ¡Cora! ¿Qué…qué ha sido eso?– preguntó, extrañada, Mónica, apoyándose en ambos codos y haciendo ademán de volverse hacia atrás.

–N-nada, yo…lo arreglo enseguida – respondió Cora, temerosa de que su amiga se diese la vuelta de pronto y la sorprendiese desnuda. – T-tú sí-sigue ahí, tranquila, túmbate y descansa, descansa, eso es.

Mónica debió sospechar algo. Y de hecho, lo hizo. Pero se estaba tan bien allí, y además, Cora era su mejor amiga. Todo iba bien, no pasaba nada.

El agujero anal de Mónica chorreaba leche bronceadora. Y Cora decidió solucionarlo. Así que, con el corazón a punto de salírsele por la boca, penetró con su dedo índice en el ano de Mónica, la cual, esta vez, supo con toda seguridad, que su mejor amiga le estaba metiendo un dedo por el culo.

–¿Qué…qué…estás…ha-haciendo…Cora?– preguntó Mónica, mordiéndose el labio inferior para no gemir de placer, pues la imprevista penetración la había sorprendido baja de defensas y no pudo evitar excitarse. Hay que decir en honor a la verdad, que la primera intención de Cora fue, simplemente, limpiar el agujero anal de su amiga, pero luego…luego, sintiendo que el fuego que ardía en su entrepierna le recorría ya todo el cuerpo, no dudó, e introdujo el dedo por completo.

–Mmmm, Cora, no sigas, deja de hacer…eso –gimió Mónica, moviéndose a un lado y a otro, haciendo ademán de darse la vuelta, pero sin intentarlo realmente. Cora, que ya había perdido el control, sacó su dedo del oscuro agujerito y enseguida volvió a meterlo. Lo hizo varias veces, sin parar, con gran rapidez, penetrando con audacia en el ano de Mónica, disfrutando mientras oía los suaves y susurrantes gemidos de su mejor amiga.

–No, esto no puede ser, no puede ser, no sigas, Cora, por favor. ¡Qué pares te digo!– gritó Mónica y, esta vez sí, se dio la vuelta para encararse con su amiga. Cora no tuvo más remedio que sacar su dedo del culo de Mónica y se quedó, de rodillas, desnuda y cabizbaja, con la cara enrojecida de vergüenza, como una niña sorprendida haciendo algo que sus padres le han prohibido. Mónica se quedó con la boca abierta al ver que Cora estaba desnuda.

–Cora, ¿qué te ha pasado? ¿Qué has hecho? Estás…estás desnuda… ¿por qué estás desnuda? ¿Estás loca? ¡Me has metido un dedo por el culo! ¡Tu dedo! ¡En MÍ culo! ¿Qué pretendías? No entiendo nada…no entiendo nada.

Cora empezó a llorar. Se tapó la cara con ambas manos y dejó que las lágrimas fluyesen. Intentó serenarse, pensar con sensatez, pero Mónica estaba allí, ante ella, desnuda, con aquellas hermosas y maduras tetas saltarinas. Sin pensar, sin saber siquiera lo que hacía, se lanzó hacia delante, atrapó a Mónica por los hombros, la empujó hasta situarla boca arriba sobre la toalla y la besó en la boca. O por lo menos lo intentó. Sus labios rozaron los labios de Mónica, pero ésta apartó la boca y el beso no se consumó. Cora no se dejó amilanar. Estaba lanzada. Abarcó con sus manos las tetas de Mónica y se puso a manosearlas, y a amasarlas entre sus dedos.

– ¿Qué haces? ¡Déjame, Cora, para ya, por favor!– suplicó Mónica, intentando apartar a Cora de sí. Pero su amiga no atendía a razones y, en lugar de retirarse, se llevó a la boca un pezón de Mónica y empezó a chuparlo. Después de varios segundos, dirigió su atención al otro pezón y así estuvo, durante unos minutos, chupando los pezones de su amiga, lamiéndolos y estrujándolos dentro de la boca. Mónica, a su pesar, comenzó a sentir verdadera excitación sexual. Si se dejaba llevar, podía terminar haciendo el amor con su mejor amiga. Comprendiendo el peligro, y no deseando convertirse en lesbiana, Mónica empujó la cabeza de Cora hacia abajo, en un fútil intento de obligarla a cejar en su arrebato sexual. Lo que ocurrió fue que Cora, al sentir el empujón de Mónica lo interpretó como un aliciente a dar el siguiente paso. Y lo dio. Dejó de lamer los pezones e introdujo su cabeza entre los muslos de Mónica.

– ¡Oh, no!– gimió Mónica – No, no, no y no, no lo hagas, no lo hagas, no te atrevas, no…

Cora no atendió a razones. En ese momento, toda ella era puro sexo. Sólo quería una cosa: darle placer a Mónica para así, tener una oportunidad, al menos una, de que Mónica, a su vez, le diese placer a ella. Eso pensaba. Pero tampoco le importaba que Mónica se negase a hacerlo. Lamer el coño de su mejor amiga, de su adorada Mónica, de su deseada y amada Mónica, era todo lo que en realidad necesitaba y quería. Quería oírla gemir de placer entre sus brazos, quería ver como Mónica se corría gracias a ella. Por lo tanto, no había opción: tenía que chuparle el coño a Mónica. Y eso hizo.

La lengua de Cora lamió el coño de Mónica.

– ¡No, Cora, no, por favor! No…n-no…lo…hagas –

Cora no atendió a razones. Le lamió y le chupó el coño a Mónica durante varios intensos y lésbicos minutos, en el transcurso de los cuales penetró con su lengua todo lo adentro que pudo. Mónica intentó, sin mucho entusiasmo, apartar a Cora de sí, obligarla a que dejara de chuparle el coño. Pero no lo consiguió. Cora continuó lamiendo y chupando, pletórica de energía, aspirando con voluptuosidad el aroma que desprendía el sexo de Mónica.

–N-n-no…por favor…no sigas…Cora…te lo suplico, por nuestra amistad, no sigas…no sigas, por favor, por favor, por favor. –gimió y suplicó Mónica, con los ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior, abierta de piernas, toda ella un remolino de agitación sexual. Cora  siguió lamiendo y chupando, gustando con su lengua el sabor de los jugos sexuales de su adorada Mónica. No podía detenerse, era algo más fuerte que ella, que toda su voluntad, porque ahora podía, al fin, demostrarle a Mónica cuanto la quería, cuanto la deseaba, cuanto la adoraba. Mónica, cachonda a su pesar, sustituyó las súplicas –inútiles ante la fogosa Cora – por intensos y profundos gemidos de placer. Al fin, lo que tenía que suceder, sucedió.

Mónica tuvo un intenso orgasmo, mucho más intenso, real y maravilloso que los que solía tener utilizando sus vibradores. Todo su cuerpo tembló al alcanzar el clímax y, poco después, descansó, respirando con rapidez. Cora, que continuaba, por supuesto, muy cachonda, surgió de entre los muslos blancos y flácidos de Mónica  y se puso a besar a su amiga por todas partes.

-Perdóname, Mónica, no pude evitarlo. Perdóname que te penetrara por el culo con mi dedo, estuvo mal, pero no sabía lo que hacía. ¡Es que yo te adoro, Mónica, te quiero, te quiero y te deseo! ¡Te deseo tanto, amor mío, que me pasaría el día entero besándote, cubriendo de besos todo tu cuerpo!

–Cora, Cora, basta ya. Ya has hecho bastante por hoy, no puedes seguir así, no está bien. Yo no…no….no creo que sienta lo mismo que tú. Y está mal que estemos aquí desnudas, como dos…como dos… ¡lesbianas!

Pero Cora no se detenía. El ardiente deseo la impelía a continuar, imparable, inexorable. Besó el cuello largo y blanco de Mónica, besó nuevamente aquellas hermosas tetas, besó su vientre e introdujo, una vez más, su cabeza entre los muslos abiertos de su mejor amiga.

–Perdóname, perdóname, Mónica, mi amor, no puedo parar, te deseo, te necesito. ¡Y quiero darte placer!

–No, no, otra vez no, por  favor, déjame, Cora, por favor – suplicó Mónica, que, sin embargo,  a cabo ninguna acción contundente. No impidió a Cora continuar besándola y, sobre todo, no impidió que Cora le chupase el coño nuevamente. Pronto, los hábiles lametones de Cora pusieron a Mónica al borde del orgasmo.

–N-no, Cora, no sigas, por favor – suplicó una vez más Mónica, gimiendo de placer, con el cuerpo estremecido y tembloroso, mientras Cora le lamía y le chupaba con ansía inextinguible el coño. –Por favor, no.

Y Mónica tuvo otro orgasmo. Quedó tirada boca arriba, despatarrada, gimiendo y con las tetas subiendo y bajando al ritmo de su entrecortada respiración. Cora, cachonda por completo, se irguió y se sentó sobre la cara de Mónica, mirando en dirección a las piernas y al sexo de su amiga.

–Ahora, Mónica, voy a chuparte nuevamente. Y me gustaría mucho que tú me chupases a mí…pero si no quieres, no pasa nada. Yo soy feliz simplemente dándote placer, mi vida, mi amor, mi bellísima Mónica.

Mónica contempló ante ella el coño de Cora, también, como el suyo propio, cubierto en su parte superior por una abundante mata de pelos. La olorosa rajita de su amiga era, tuvo que reconocerlo, atrayente. Algo dentro de ella la empujaba a lamer y a chupar aquel sexo que se le ofrecía. Además, tenía sobre su cara el impresionante y hermoso culo desnudo de su amiga, lo cual no se podía obviar así como así.

Cora comenzó a lamer. Mónica gimió de placer, pero aún así, se resistió. Intentó volver la cabeza para otro lado, pero la presión del culo de Cora sobre su cara lo impidió. Al fin, pocos minutos después, la excitación y el morbo triunfaron y Mónica, por primera vez en su vida, sacó la lengua y empezó a lamer el coño de otra mujer. Cora, al sentir el húmedo contacto de la lengua de su amiga sobre su hinchada vulva, emitió un dulce quejido de placer y redobló la actividad lamedora de su propia lengua. Mónica notaba el sabor del coño de su amiga en la boca. Penetró un poco más adentro con la lengua pero no intensificó sus movimientos. No sabía cómo actuar y, sobre todo, no estaba decidida a comportarse de forma definitiva como una lesbiana. Cora, por su parte, sí que lo estaba y penetraba con su lengua por todas partes. A pesar de que Mónica no la lamía de modo muy convincente, la excitación de Cora al sentir simplemente la presión de la lengua de su amiga era tal, que pronto se halló al borde del orgasmo. Mónica movió un poco la lengua a los lados y arriba y abajo, rozando el clítoris de Cora. Fue suficiente. En medio de profundos gemidos de placer, Cora alcanzó el orgasmo y Mónica, que se había contenido hasta ese momento, no pudo hacerlo más y también lo alcanzó. Cremosas oleadas de jugos femeninos inundaron las bocas y las caras de las dos profesoras desnudas, obligándolas a tragar y a jadear, exhaustas y satisfechas, envueltas en oleadas de cálidos gemidos.

Fin de la primera parte de " Mónica, profesora y...PUTA"


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