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Fecha: 03-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

El gato rojo

lexibeloso
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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

EL GATO ROJO

 

Los asuntos que suceden en el escrito resultan tan surrealistas y absurdos, que lo único que creo que está asegurado para el lector es el entretenimiento.

Toda la sucesión de acontecimientos perturbó mi mente hasta tal punto, que aquellos que me conocían de antes aseguran que estoy loca y los que me conocen ahora, tras mantener alguna conversación profunda conmigo, se distancian de mis rarezas y mi carácter taciturno, asegurando que no han conocido mente parecida, no por sublime, sino por desconcertante.

 Era una simple mocosa cuando comenzó a germinar en mi corazón una grandísima afición por el mundo animal. Desde el comportamiento de las hormigas, la organización de las abejas en su reino, hasta las migraciones de los rorcuales por todo el mar océano, su apareamiento y como guardaban esas grandes ballenas la integridad de sus ballenatos. Todo el mundo animal me fascinaba y enamoraba cada vez más. Sólo los gatos se mantenían al margen de este gran placer y amor. Y, muy por el contrario los perros y más en concreto mi perrita, eran el objetivo de mis más extensos halagos y atenciones.

Un hecho que guardé durante muchos años sin atreverme a compartir ni siquiera con mis mejores amigas fue el contacto carnal que mantuve de muy niña, unos doce años, con mi perrita.

Me habían regalado el animal mis padres, tan solo un cachorrito, una preciosa hembra de Bichón Maltés, con un pelo corto, blanco y suave, no ladraba nunca y me profesaba tal cariño, que en cuanto me veía, su lengua se convertía en el apéndice del afecto, puesto que no dejaba de lamer mis manos, mis piernas o mi cara.

Tal era mi compenetración y cariño con mi perrita Dona, nombre con el que bauticé a mi mascota, que no me importaba que me lamiera incluso la boca, cosa que a mis amigas les daba muchísimo asco y causaba repulsión.

Experimenté en cierta ocasión, ya que le gustaba mucho la miel, poner unas gotas en la planta de mis pies. A mis catorce años era especialmente cosquillosa y cuando Dona comenzó a lamer la miel en mis pies, reí tan sonoramente que mis padres tuvieron que llamarme la atención por el jaleo.

-Un día vas a dejar que Dona te coma el coño- La frase la dijo un amigo del barrio que también tenía perro y con el que coincidía cuando salíamos al atardecer a pasearlos para que hicieran sus cositas.

El muy bruto no sabía que acababa de sembrar la semilla de una obsesión al decirme aquello. No muchos días después de que el amigo me soltara el exabrupto me encontré con la puerta de mi cuarto con el cerrojo echado, llevando el dedo untado de miel hasta situarlo entre los labios de mi coñito púber y dejando que Dona lo limpiase con esmero. Abría mis piernas y poco a poco, después de dos o tres deditos de miel en mi rajita, un hormigueo caliente me inundaba y la sangre se agolpaba en mi cabeza, entonces abría los labios hasta dejar todo expuesto, untaba suficiente miel para que los lametones se prolongasen lo suficiente y me dejaba ir por una verdadera montaña rusa, hasta explotar finalmente en tremendos orgasmos.

 

Dona murió atropellada por un coche. Y aquí se comprobó que mi odio hacia los gatos tenía justificación. Mi perrita perseguía un gato, que cruzó la calle segundos antes de que el coche llegara al lugar, como si condujese a mi perra hacia la muerta.

Creo que me case con Andrés porque compartíamos la afición por los animales. Me enamoró el día que me dijo que iba a comprar una casa a las afueras de la ciudad, en un pueblo, ya que así podría tener todos los bichos que sus padres nunca le dejaron adoptar.

Pronto, a los pocos años de nuestro matrimonio, nuestra casa se había convertido en un verdadero zoológico. Había de todo, y sólo falta decir que de todo menos…… gatos.

 

Desde la Edad Media los gatos fueron tenidos por la reencarnación del demonio y pasaron a ser perseguidos. La simple posesión de uno servía para acusar a la dueña de bruja o de ejercer la brujería. El día de Todos los Santos se comenzaban los festejos quemando en la plaza pública cestos llenos de gatos vivos.

Y la verdad es que en el fondo de mi alma esas creencias estaban más que justificadas.

Un buen día mi esposo se presentó con uno de esos terribles felinos de bolsillo. Le había puesto de nombre Rojo, porqué tenía un ojo azul y el otro de ese color, era un animal tan inteligente, hábil e intrigante, que hipnotizaba al que se disponía a observarle. Existían detalles inquietantes, casi sobrenaturales en su comportamiento y el primero fue, que a pesar de mi rechazo a todo gato, Rojo cautivó mi corazón de tal forma, que todos los demás animales de la casa pasaron a un segundo plano, todos muy por debajo de él.

Mi gato era tan diabólico, que creo que conocía mi secreto afer con la perrita de mi pubertad, de algún modo Rojo, tal vez por sus lazos con el demonio, era conocedor de los lametones que Dona me había regalado durante mis años de niña en el sexo y cuando Rojo estaba en mi regazo, metía el morro bajo mi falda y pegaba el hocico a mis braguitas lamiendo mi ropa íntima y la cara interior de mis muslos.

Yo nunca deje al gato llegar a lo que hizo Dona en su día, ni hacer lo que estoy segura que hubiera hecho, pero ya mujer, y saciados esos instintos por mi esposo Andrés, no me dejé llevar del todo por el morbo. Si bien he de confesar que no coartaba los lametones de mi gato en las bragas e incluso abría las piernas ligeramente para que Rojo pudiese hacer más cómodamente. Cuando estábamos a solas Rojo y yo, le dejaba hacer durante minutos, perdiendo la noción del tiempo y llegando a los bordes del éxtasis.

¿Sería Rojo la encarnación del diablo? ¿Había algo satánico en nuestra relación? Sólo comía de mi mano, nunca con Andrés y, aunque no puede atribuirse a esto, creo que era la relación con Rojo la que fue cambiando mi carácter de bondadoso a malvado. Me volví intransigente, malhumorada, callada, egoísta y tan sólo con mi gato era cuando encontraba el sosiego. La llegada del gato a casa supuso el punto de inflexión en nuestro matrimonio. Acabaron nuestros ratos de intimidad, aquel cariño sincero y la pasión del matrimonio y comenzó, como una neblina maligna a instalarse la desconfianza, las riñas y el mal humor permanente.

Mi depresión acabó haciéndome caer finalmente en la infidelidad a mi esposo, y mi mala conciencia alimentó mi creciente mal humor y violencia.

Violencia con los mismos animales que antes amaba. Comencé a necesitar imperiosamente acabar con una vida y mi primer “crimen” fue con un pollito recién nacido. Aquella satánica inclinación la veía reflejada en el ojo rojo del gato, su mirada me impelía a matar, como hipnotizada. Rojo me miraba atento, como animándome a degollar al pobre pollo. Retorcí el pescuezo del animalillo, que apenas pudo emitir un ligero quejido.

Esa misma mañana, devorada por el recuerdo de lo que acababa de hacer, cometí una nueva infidelidad a mi esposo. Cuando vino el cartero, un joven que llevaba poco tiempo en el puesto, le hice pasar a la cocina. Yo llevaba pantalones vaqueros y una camisa anudada bajo los pechos, dejando ver mi cintura desnuda y mi ombligo. El muchacho se sintió sorprendido cuando sin previo aviso, le abracé besando su boca. Pero la juventud es enemiga de la reflexión y en pocos segundos las manos del joven cartero manoseaban mi culo sobre los vaqueros. Pronto se agachó para lamer mi vientre plano, metiendo su lengua en mi ombligo profundo, y noté sus dedos desabotonando con destreza mis pantalones.

El placer maligno que disfrutaba sabiendo que el mozo ponía los cuernos a mi esposo hacía que mi pasión y excitación morbosa fuesen casi diabólicas. Le cogía de los pelos y me movía como una serpiente, mis lujuriosos quejidos tenían al joven totalmente subyugado.

Tiró de la cintura del pantalón bajándolo hasta mis rodillas y descubriendo el tanga negro. Más tarde la braguita siguió el mismo camino y me encontré aferrada a la cabeza del cartero mientras me comía el coño, mi culo contra la encimera del fregadero. Gemía como una perra cuando el chico se bajó los pantalones y me invito a arrodillarme. Él también me agarró de la cabeza, subiendo con la otra mano su camisa para dejar libre el pene. Fue su mano la que me hizo acelerar el ritmo, con la boca, mientras agarraba el falo con mi mano derecha, engullendo y follando con la boca el rabo que me llegaba en las embestidas hasta la garganta, provocando un aluvión de babas que hacía que todo resbalase viscoso y caliente.

Me giró poniéndome de espaldas y me recostó sobre la encimera. Ofrecí mi trasera sin poner resistencia y el carterito me folló con una cadencia constate que me hizo gemir todo el rato. Yo, con una mano, agarraba el grifo y con la otra el borde del seno del fregadero. Aullando como una zorra. Paró para terminar de desnudarme. Me hizo subir un pie a la encimera. Yo seguía de espaldas y la postura provocó tal abertura que nunca una polla me había llegado tan adentro. Él me agarraba de la espalda y de la cintura.

Casi me corro cuando comprobé que Rojo nos observaba desde la mesa de la cocina. Le miré el ojo mientras el chico entraba y salía con la tremenda, golpeando con los testículos y haciendo un ruido rítmico. Miré al gato como si fuese mi esposo, imaginé que era Andrés el que nos miraba.

Luego el chico se sentó en una de las sillas de la cocina y me hizo sentarme con las piernas por fuera de las suyas, todavía de espaldas. Le pedí que orientase la silla hacia la mesa donde nos miraba el animal. Debía gustarle mi trasera. Mis posaderas botaban sobre los testículos, con la polla totalmente alojada en mi coñito.

Me desabrocho la blusa y subió el sujetador por encima de mis tetas. Sentía la mirada de Rojo clavada en mi entrepierna. El carterome llevó hasta la mesa de madera y me tumbó boca arriba, con el coño en el mismo borde, agarrando mis piernas por las rodillas y penetrándome de nuevo. Rojo no sólo no se apartó sino que vino hasta mi cara y comenzó a lamerme. Ufffff no he vivido situación tan satánica y sexual en mi vida.

Estaba acabando. El chico se situó en el costado de la mesa y se masturbó frenéticamente, mirando mi cuerpo desnudo sobre la mesa, yo tumbada en la madera, metió su otra mano en mi boca y se corrió en mis pechos. Era un esperma muy blanco, mucho más blanco que el de mi esposo.

El gato lo lamió. Lamió el esperma de mi boca ante el gesto de extrañeza del joven.

-Vaya animal raro que tienes- me dijo

-No te olvides de dejar la correspondencia- Le contesté antes de lamer los restos de semen de su rabo.

El chico se giró antes de perderle de vista en el camino hacia el pueblo. Rojo y yo le veíamos alejarse en el recodo del camino.

 

 

Mi esposo culpaba a Rojo, no sin falta de razón, de la catarata de acontecimientos negativos que salpicaba el transcurrir oscuro de nuestros días. Intuía mi infidelidad, no sé cómo ni por qué. Comenzó a maltratar al gato, en venganza supongo, sabiendo mi amor por el bicho. Y hasta tal punto lo lastimaba, que un día, de un puntapié le vació el ojo de color rojo dejándolo tuerto.

Indescriptible la mirada de odio que dediqué a mi marido cuando vi a mi gato de aquella guisa. Pero la falta del ojo aún le proporcionaba un aspecto más diablesco y me hizo obsesionarme con él de una forma mucho más enfermiza.

Desde entonces me costaba encontrar a Rojo, siempre escondido por miedo a Andrés. El maltrato de mi esposo y aquel horroroso incidente me sumieron en un estado de irritación permanente, mientras mi espíritu se adentraba más y más en el oscuro territorio de lo perverso. En la lucha eterna entre el bien y el mal, este último estaba ganando la partida en mi interior.

 

La siguiente infidelidad, no me cabe duda la realicé en conciencia, por supuesto, como venganza por la salvajada que Andrés había realizado sobre Rojo.

 

Mamadou era un imponente negro senegalés. En la población se había hecho famoso por su meteórica carrera hacia el éxito. Había comprado con los dineros que traía de su tierra, un local en la calle principal e instalado un negocio de comida casera, tan buena y bien condimentada que los beneficios llovieron a raudales y el senegalés montó en pueblos cercanos otras tantas franquicias.

Mamadou se paseaba en un Porche color negro, como él, y en un par de veces me había tocado el claxon al cruzarse conmigo.

Me hice con su teléfono privado y le invité a recogerme en mi casa. El pretexto era hablar con él sobre la posibilidad de montar una franquicia de su negocio en una localidad en la que he veraneado varias veces.

Ya en su coche y tras convencerle con mimosas peticiones de que dejase acompañarnos a mi gatito, le hice una pregunta del todo inadecuada. Mostrándole un tanga precioso recién comprado:

-Mamadou, tú crees que me veré bien con él-

El tanga colgaba de mi dedo índice.

Adivinó mis intenciones sin mucho esfuerzo, tal era la voz y la mirada de puta con la que le había hecho la pregunta. Me besó en la boca, sin esperar mi aceptación. El sabor de un hombre de color es distinto a los demás. Acaricié su cuello y su oreja, una piel fuerte, más dura, pero a la vez más suave. De nuevo me puso cachonda contemplar al gato contemplando, desde el asiento trasero, la escena.

-Vamos a mi casa y te lo pruebas- Me dijo tras el beso. Noté que el simple contacto con mi boca había elevado el volumen bajo la cremallera de su pantalón.

Me dejó a solas con mi gato, ya en su casa, en un dormitorio precioso para que me cambiase. El sujetador, con un gran lazo entre los pechos solo tenía los aros de licra elástica, así que las tetas quedaban desnudas. El tanga por delante era una braga normal, pero por detrás, a partir de las caderas y hasta el coño, tampoco tenía tela, tan solo los elásticos como el sujetador, así que mis glúteos soberbios quedaban totalmente desnudos, incluida la zona del ano. Me coloque una blusita de tul negro transparente y me dirigí al salón donde esperaba mi negrito. Rojo me siguió ladino, sin hacer ruido, como animándome, inspirando mi maldad.

De pie frente a Mamadou, mostrando mis senos desnudos, le dediqué mi mejor sonrisa. Él se levantó y me pidió que me girase. Fue cuando me sentí más malvada, más infiel a mi esposo, mostrando a aquel hombre mi trasero desnudo.

-Puedes follarme sin quitarme el tanga. ¿Ves?- Rojo maulló.

Me agaché levemente para mostrar la abertura que provocaba la carencia de la tela en el culo.

No me tocó siquiera. Se desnudó lentamente hasta dejar la trompa oscura colgando increíble. Luego se acercó y me abrazó. El contacto con aquello, con aquel soberbio bergante, me erizó entera.

Y entonces no resistió el instinto, me hizo poner a cuatro patas, ya en su dormitorio, sobre una inmensa cama vestida de blanco y lamió mi ano con lujuria. La verdad es que el conjuntito estaba diseñado para que te sodomizasen sin tener que quitarlo siquiera. Rojo se paseaba bajo mis pechos ronroneando al rozarme con los pezones.

-¿Es que este gato tiene que estar aquí mientras te follo?-

-Si- le contesté tajante. No iba a consentir que lo echase.

-Más te conviene ensalivar bien esto- dijo refiriéndose a su rabo. Lo vas a engullir en ese culito. ¡Zorra!-

Primero con Mamadou de pie y luego tumbado boca arriba, me comí la inmensa trompa con unas ganas tremendas, consiguiendo que a pesar de los veinte centímetros largos del bruno, la dureza fuese total. Casi me corro cuando sentí los lametones de Rojo en el ano y en el coño.

De nuevo a cuatro patas me dispuse a padecer aquel empalamiento. El negro estaba fuerte, se marcaban sus pectorales y cada músculo de su cuerpo. La vista se me nubló al sentir en mi ano aquel gigantesco supositorio.

Sólo pude quejarme un ratito, porque luego, tocándome a mi misma en el clítoris, el dolor se transformó en placer.  Estaba obsesionada con tener aquella verga en la boca cuando se corriese, así que se lo pedí:

-Quiero tragar tu leche-

Siguió follándome pero yo boca arriba, en la postura tradicional. Aceleré mi ritmo y le susurré en el oído.

-Soy tu puta blanca, hazme tuya, quiero beberme tu leche-

Él se incorporó abrió sus piernas sentándose por debajo de mis tetas. Presionó el pene hacia abajo hasta que lo pude tragar y entonces se vino en mi lengua y en mi nariz, ojos y frente.

 

Aquella fue otra de una cadena de cuernos con los que fui adornando a  Andrés. Pero las infidelidades no cubrían mis ansias de mal, el creciente envilecimiento que me invadía. Mi corazón podrido se complacía en hacer la vida imposible a todo cuanto ser, humano o animal estaba cerca de mí. Habían cesado las relaciones sexuales entre Andrés y yo, y me complacía en excitarle, con las armas que toda mujer posee, para luego negarme a que ni siquiera me tocara. Tan sólo durante las infidelidades y luego en casa con Rojo, cuyos lametones en mi sexo se habían hecho más certeros y frecuentes, se saciaba mi ansia de sexo y el gato especialmente provocaba los más certeros e inmensos orgasmos, como en su día lo hiciera mi perrita.

Andrés, que tenía más que sospechas de mis aventuras extraconyugales, y lo que es peor, me había sorprendido alguna vez con el gato entre las piernas, una noche, mientras yo dormía, buscó a Rojo armado con el cuchillo de cocina más grande y afilado, y engatusándolo con unas cabezas de pescado que previamente había guardado para la ocasión, de un certero viaje cortó casi del todo la cabeza del animal, que tendido en el charco de su propia sangre comenzó a agonizar. Y aunque yo no oí nada, el espíritu diabólico del gato, aquella conexión satánica que nos unía, me sobresaltó en mi cama.

Corrí guiada por aquel instinto y descubrí la macabra escena, en la que Rojo, ya desangrado, movía levemente aún el torso, en sus últimos alientos.

 

Horrorizada, sentí la tentación de repetir con mi esposo lo que él acababa de hacer con mi gato, pero no tuve el valor. Desde ese día el odio que se instalado entre nosotros, frío y urgente, fue creciendo en intensidad. En las noches se escuchaban maullidos, que Andrés, para tranquilizar su conciencia, achacaba a cualquier otro gato que hubiese rondando la casa, pero que yo sabía muy bien de donde procedían.

 

Para colmo, no sé si para acallar los ecos insoportables del remordimiento, o para tener un animal al que echar las culpas de los sombríos y misteriosos maullidos nocturnos, mi esposo adquirió otro gato.

El nuevo gato y él se hicieron tan íntimos, que a ningún lado iba el animal sin Andrés, ni éste sin aquél.

Como era lógico, todo el odio y el resentimiento hacia mi marido lo volqué de forma automática en aquel animal, cuyo nombre absurdo, Tarzán, provocaba una profunda repulsión y nauseas con tan solo oírlo nombrar.

 

Pero todo cambió un día en el que mi esposo se había ausentado sin Tarzán, puesto que en la reunión a la que iba a asistir estaba terminantemente prohibido llevar mascotas. Tarzán entró en la casa y saltó sobre la mesa de la cocina. Yo estaba preparando algo para comer cuando percibí la presencia inquietante. Al mirarlo, ¡Dios mío!, no me había percatado del detalle, Tazán tenía un ojo azul y otro rojo, exactamente igual que mi gato anterior.

 

Lo sobrenatural tiene extrañas conexiones con la realidad, pero a mí me sobrecogía la mirada de aquel gato en el que empecé a estar convencida se encontraba el espíritu maligno de Rojo.

¿Por qué aquella reencarnación de mi satánico gato estaba tan unido a Andrés? ¿Acaso no sabía que era él quien le había quitado la vida? ¿O tal vez buscaba su amistad tramando algún tipo de satisfacción o venganza?

Mi obsesión enfermiza me impedía pensar en otra cosa. Evitaba estar con ellos. Me volví en extremo taciturna. Dormía de día y por las noches salía lejos, lo más lejos posible de la casa para evitar la posibilidad de cruzarme con el Diablo, por tal tenía al nuevo gato.

 

La falta de sueño y el envenenamiento al que se había sometido mi corazón fueron pariendo una idea: tan sólo matando a ambos, a mi esposo y a la reencarnación de Rojo, acabarían mis males y recobraría por fin la calma.

Pensaba en las distintas formas de llevar a cabo mi macabro proyecto. Y decidí dar a Andrés, como última satisfacción su último placer sexual.

 

Busqué y adquirí máscara, látigo, traje de bondage femenino y además compré los útiles necesarios para una sesión. En el sótano teníamos un antiguo pozo, que de no usarse había terminado por secar. Decidí tener sexo con Andrés en aquel lugar y preparé una losa con la que condenar el pozo, donde pensaba arrojar el cadáver de mi marido y el del maldito gato.

Esa noche, tras calentar a mi esposo como solo una ramera puede hacerlo, puse una mordaza con bola roja en su boca, que sufrió una erección instantánea, ya que mientras yo le había ido siendo infiel, él no encontraba la ocasión, por sus ocupaciones, de hacer lo mismo. Además, de todos es sabido que la facilidad con la que una mujer somete a sus caprichos a un hombre, no es comparable a la multitud de fracasos que éstos tienen cuando intentan llevarse a una mujer a la cama.

Le desnudé en el salón, dejando libre la inmensa dureza del falo de mi esposo y dejé doblada su ropa, con la intención de quemarla luego en la chimenea. Le puse un collar de cadenas al cuello y le obligué a bajar de rodillas las escaleras del sótano como si fuera un perrito.

Ya allí, encendí unas grandes velas, más bien cirios y me puse el traje que había adquirido, que entre otros detalles estaba dotado de un pene enorme hecho de una especie de goma dura, negra y brillante.

Me provocaba recelo el que Andrés no se hubiese negado a nada, sin duda los hombres piensan sólo con el pito.  Engrilleté sus manos a la espalda y le tumbé en unas cajas que había unido y revestido con un fieltro rojo.

-¿Sabes a quien tuve ayer en este sótano?- le pregunté con mirada de furcia. Obviamente no podía contestarme con la mordaza apretando su boca.

-A Mamadou, el ricachón de la cadena de restaurantes- Andrés me miró con una mezcla de odio y excitación.

-No es la primera vez que me folla. Él estaba sentado donde tú estás tumbado ahora y yo de rodillas le desabroché el pantalón y lamí su verga negra-

-Cómeme mientras te lo cuento- le dije acercando el agujero que dejaba libre mi ano en el traje de cuero. Sentí la lengua de mi esposo buscar entre mis glúteos el esfínter y comenzar a lamerlo. Yo seguí con mi relato.

-El pene de Mamadou es el doble que el tuyo. Apenas me cabía en la boca. ¡No dejes de chupar!- Andrés había parado unos segundos para oírme.

-Y ahora chupa el pene- Me di la vuelta y le acerqué la polla de látex negro a sus labios. –Te lo voy a meter por el culo-

Chupó el pene que yo le metía casi hasta la garganta. Me sentí como se debe sentir un tío cuando se folla a una puta por la boca. Las babas salían de su acceso y chorreaban por mi traje, desde el pene hasta los muslos. Sus ojos lacrimosos y rojos delataban las arcadas que sufría ante mis envites.

Le volví a poner la mordaza y le penetré el culo violentamente. Su grito apagado indicaba el dolor que había sufrido. Pero masturbé su pene mientras le sodomizaba y aquello lo excitó de tal forma que olvidó el dolor en su trasero.

-Mamadou me folló el culo como yo te estoy follando el tuyo- Le dije en el mismo momento en que aceleraba la masturbación.

Otro quejido apagado dio veracidad a su orgasmo que cayó como lluvia blanquecina sobre el fieltro rojo.

-Túmbate- Le dije cuando aún le duraban las convulsiones.

Andrés no se negó. Tomé el revólver que tenía escondido y lo acerqué hasta la nuca. Un tiro certero en ese sitio no permite a la víctima enterarse siquiera de lo que ha pasado. Ni lo oye siquiera.

El rojo de la sangre corriendo por su nuca contrastaba al caer sobre los cajones. Era más oscuro que el del fieltro en el que estaba tumbado. Murió con el pene aún duro.

Arrojé el cadáver de Andrés al pozo, pero tuve que sellarlo con la losa sin el puto Tarzán, que parecía haber sido tragado por la tierra.

 

Nadie sospechó, pero ante la desaparición repentina, la policía comenzó una investigación rutinaria.

Cuando el inspector se disponía a abandonar la casa, después de interrogarme sin encontrar en mí causa para acusación alguna, los maullidos de Tarzán llevaron a los agentes hacia el sitio exacto. El gato raspaba con las patas la losa bajo la que se escondía el cuerpo en putrefacción de mi esposo.

El inspector me miró, su instinto le decía que allí, bajo la piedra, estaba la explicación de todo.

Yo miraba horrorizada al gato cuyo ojo rojo volvió a mirarme de la misma forma, como lo hubiese hecho el mismo Satán.


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