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Fecha: 07-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Mónica, profesora y...PUTA. Episodio nº 2

pintocom
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Mónica está hecha un lío, después de su sesión de sexo lésbico con su mejor amiga, Cora. Además de eso, la animadversión que el Decano siente por ella la empuja, directamente, a convertirse en prostituta. Marcial, el joven que la adora, será el elegido para su primera prueba como mujer pública. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Mónica, profesora y...PUTA. Episodio nº 2.

UNO

Las dos maduras profesoras, desnudas y temblorosas, descansan sobre las toallas, después de la intensa sesión de sexo lésbico. Cora sonríe satisfecha, contenta, feliz como nunca se había atrevido a soñar que lo estaría, pues, al fin, ha logrado hacer el amor con su deseada Mónica.  Sin embargo, Mónica, por su parte, no se encuentra nada bien. Ha tenido tres orgasmos en los brazos de Cora y eso no le gusta nada. Ahora que la excitación se retira, contempla a la desnuda y amorosa Cora a su lado y siente que todo va mal. Que lo que ha pasado es algo horrible, que no debía haber ocurrido. Ella no es lesbiana, pero por lo que se ve, Cora sí que lo es  y, lo que es peor, está enamorada de ella, de Mónica, que siempre la ha visto sólo como una amiga. Una muy buena amiga, pero nada más. Levantándose sin ocultar su irritación, Mónica busca su bikini.

– ¿Dónde has puesto mi bikini? –le espeta a Cora, que aún sonríe de forma angelical, inocente y contenta.

– ¿Bikini? No te hace falta, estás muy bien tal y como estás, desnuda. Eres una belleza, y me gusta mirarte, Mónica. Podemos seguir así, desnudas las dos, amándonos algunas horas más. Los demás no llegarán hasta dentro de bastante tiempo.

– ¡Dame mi puto bikini de una vez, Cora, y déjate de estupideces!– le grita Mónica, con furia en la voz y en la mirada. Cora la mira, petrificada de horror, y las lágrimas afluyen a sus bellos y grandes ojos.

–Mónica, por favor, no te enfades. Yo…te daré tu bikini, lo tengo aquí, en mi bolso. Yo sólo pensaba que te gustaría pasar un ratito más aquí, conmigo, desnudas las dos.

– ¡Ni lo sueñes! Ahora mismo me das el bikini y te olvidas de lo que ha pasado aquí. ¿Cómo he permitido que me hicieras esto? ¡Qué tonta fui! ¡Qué tonta! Eres…eres…eres una lesbiana y yo…yo…me he dejado embaucar por tus palabras, por tu… ¡dulzura! ¡Ja! ¿Dulce, TÚ? ¡No eres sino una puta tortillera, eso es lo que eres! ¡Que me des el bikini te digo, no me obligues a quitártelo!

Mónica tiembla, roja de ira. Cora, herida, llora desconsolada. Temblando, busca en su bolso y encuentra el mínimo y erótico bikini de Mónica y se lo entrega, sin dejar de llorar.

– ¡Trae acá de una puta vez!– grita Mónica, con los ojos arrasados en lágrimas. Está insultando y vejando a su mejor amiga, sabe que está mal, pero no puede parar. Se siente fatal, horriblemente mal por lo que ha pasado. No puede concebir que ella, una mujer madura de cuarenta y pocos años, haya podido, a estas alturas de la vida, caer en una trampa lésbica. Se odia a sí misma por haber tenido esos tres orgasmos, por no ver las intenciones de Cora, y sobre todo, por no haber resistido en serio, limitándose a meras súplicas. Porque sabe qué, a pesar de todo, si en realidad hubiera querido resistir a toda costa, e impedir la escalada sexual que al final se produjo, podía haberlo hecho. Pero no lo hizo. Se dejó llevar. Por todo eso, Cora debe pagar.

–Mónica, por favor, yo no quería hacerte daño – le dice Cora, a la vez que la agarra con suavidad por un brazo para detenerla –No te vayas así, por favor, no te…

Mónica le suelta un tremendo bofetón en plena cara. Y, luego, con temible frialdad, le dice, en voz muy baja, pero perfectamente audible:

–No vuelvas a tocarme –. Cora, sorprendida y humillada por el terrible bofetón recibido, tropieza con sus propios pies y cae al suelo. Allí se queda, de rodillas, con la cara entre las manos, llorando, enrojecida de vergüenza, con todo su desnudo cuerpo temblando al compás de sus sollozos.

Mónica se pone el bikini, con los ojos enrojecidos. Sin dedicar ni una mirada a su amiga, se va de allí. En el jardín soleado y hermoso, han callado los pájaros y ahora sólo se escucha el triste sonido de los sollozos de Cora.

Desde su habitación, Mónica ve como, durante varias horas, Cora permanece en el mismo sitio, hecha un ovillo en el suelo, sobre el césped, desnuda y sin dejar de sollozar. Tiene la cara arrasada en lágrimas y de cuando en cuando susurra su nombre, llamándola patéticamente. Pero Mónica es inflexible. No da su brazo a torcer y no le perdona a Cora su atrevimiento, su descaro, su lujuria. Se ducha y se viste y, cuando oye que los demás regresan, acude presurosa al jardín, no sea que Cora aún continúe allí, desnuda y llorando. Pero no es así. Cora también está vestida y una abundante capa de colorete en su bello rostro trata  de ocultar que ha llorado. El resto del día y el resto de las vacaciones, transcurren en aparente calma. Las dos mujeres solteras del grupo sólo se hablan por monosílabos y eso cuando es absolutamente necesario. Los demás sospechan que algo grave ocurre, pero, por supuesto, ni siquiera se acercan de lejos a la verdad. Al final, todo termina entre fingidos abrazos y sonrisas forzadas. Cuando regresan a la ciudad, en el mismo coche de un amigo que las lleva a sus domicilios, Cora intenta entablar una conversación intrascendente con su amiga, pero Mónica la corta con brutalidad, empleando secas palabras y miradas de hielo que la dejan anonadada. Luego, durante varios días, Cora intenta llamar a Mónica por el móvil, pero en vano. Mónica no le responde. Y en la Universidad, si se cruzan, es Cora la que, con una triste sonrisa de culpabilidad intenta acercarse, sólo para recibir una respuesta cortante después de otra.

Poco a poco, los recuerdos se evaporan, como los sueños tras una siesta de verano. Mónica ajusta el vibrador a la máxima velocidad. Vuelve a la realidad, a su cama, a su habitación, a su soledad. Es por la tarde, aunque ya la noche se insinúa en el aire. Está desnuda y a punto de masturbarse con su querido vibrador.

“Ahora, al menos, las cosas han mejorado”– pensó Mónica, deliciosamente desnuda y abierta de piernas, tumbada sobre la cama – “Ahora, por fin, mi enfado ha pasado, por lo menos gran parte de él, y puedo hablar con Cora, mi dulce Cora. Es un consuelo, porque ella es mi único asidero al mundo. Estoy rodando cuesta abajo, y el abismo me mira, aterrador. Solo la mano de Cora impide que me precipite al vacío.” Recordó, como en un flash, los dos besos en las profundidades olvidadas de la Universidad. Esos dos besos la reconciliaron con Cora y con el mundo. Ya no se siente tan sola.

Se masturbó con suavidad, rozando su coño ansiosa con la suave protuberancia del vibrador. Cuando llegó el anhelado orgasmo, Mónica emitió un quejido casi inaudible y se dejó caer, laxa, sobre la cama, con todas sus fuerzas, físicas y mentales, en suspensión, mientras se recuperaba del clímax experimentado. No necesitaba mucho tiempo, eso era cierto, pero ahora que su mente no estaba ocupada pensando en Cora, imaginándola desnuda, Mónica se enfrentó a la dura realidad. Debía dinero a alguien muy peligroso. Tenía que conseguir dinero como sea. ¿Qué tal una visita al banco? A lo mejor, si se ponía a gritar y a suplicar y se tiraba al suelo, y además se ofrecía como esclava el resto de su vida lograría que se apiadaran de ella y puede que le dieran un par de monedas para un bocadillo, a un interés por las nubes, eso sí. No, el banco no era solución. Estaba al límite, y más aún, con sus deudas bancarias. Por ahí no estaba la solución. ¿Cora? Si, era posible, bueno, más que posible. Seguro que Cora haría lo que fuera por ella y le daría, si lo tenía, el dinero, y si no, lo buscaría como fuese, pero le parecía una traición insoportable siquiera de considerar. O sea, ahora que casi se habían reconciliado, ella va y le pide dinero, como si no le importase su amistad, sino solo su solvencia económica. No; además, no quería que Cora –ni nadie –conociese sus problemas. Tenía que haber otro modo. Por supuesto, como el decano le había dejado meridianamente claro, ni pensar en un ascenso. Por un momento pensó que si conseguía el puesto de jefa de departamento –que comportaba un sueldo mayor – podría convencer a Dicenta de que esperase un poco más hasta que reuniese lo que le debía. Pero el decano se había  interpuesto, como era previsible.

Entonces, ¿qué camino le queda? Ninguno. Ninguno decente, al menos. Es decir, ninguno que no implique perder la decencia. Porque, de un modo insistente y extraño, hace días que una idea se insinúa en su mente atormentada por el miedo. Una idea monstruosa, una idea impensable, impronunciable. Una idea horrenda y sucia, una idea imposible de concretar incluso con palabras dichas en voz alta. Una idea que Mónica sólo contempla en su mente, en momentos de relax y soledad como los que ahora disfruta. Una idea que solucionaría sus problemas con Dicenta. Una idea que tiene un nombre que la pudorosa Mónica no se atreve a pronunciar y que sólo, ahora, en el vacío de su mente, visualiza como una palabra poderosa y casi mágica. Si, una sola y devastadora, definitiva palabra: PROSTITUCIÓN.

“Si”– piensa  Mónica, con el corazón latiéndole deprisa, asustada por su propia audacia –“ Puedo convertirme en una puta. Estoy sola, soy adulta; más que adulta, soy una cuarentona. Puedo hacer lo que quiera. Cora no tiene porqué saberlo. Podría prostituirme, alquilar mi cuerpo, por un buen precio, pero sólo a hombres escogidos. Selectos, sin problemas y solventes. Ganaría mucho dinero. Muchísimo dinero. Bueno, eso sí tengo éxito, porque claro, ya no soy joven. Aunque hay una solución. Una solución que me ha estado saltando a la cara todo este tiempo. Podría ejercer la prostitución, pero sólo en la Universidad. Solo con alumnos. Ellos estarían encantados de poder follar con una de sus profesoras. Si, lo sé, ya lo sé. No soy joven y ellos sí lo son. Nadie me asegura el éxito. Pero si juego bien mis cartas, seguro que triunfo. Muchos de ellos, aunque digan lo contrario, son vírgenes. Tienen más de veinte años, pero muchos no han follado nunca. Si una cuarentona, una profesora, a quien conocen, de buen ver, les ofrece sexo a cambio de una remuneración adecuada, podría funcionar…Si. Podría, si quisiera, convertirme en una puta de éxito y resolvería todos mis problemas económicos.”

Mónica puso en marcha nuevamente el vibrador. Y, tras aplicarlos a su hinchado y mojado coño, susurró, esta vez sin miedo, y con una sonrisa en la boca:

–Puedo hacerlo. Puedo convertirme en Mónica, la puta.

Y siguió masturbándose, sin dejar de sonreír, mientras susurraba, con voz profunda y lasciva:

–Soy una puta. Soy una puta. Soy…una…PUTA.

DOS

A la mañana siguiente, Mónica despertó temprano, antes que sonara su reloj despertador. Dormía siempre desnuda, así que no perdió tiempo en ponerse nada encima. Tal y como estaba, se dirigió al cuarto de baño, alicatado con preciosos azulejos de color crema tostado, y se dio una buena ducha. Con el agua, pareció que también se fueran los sueños y oscuras elucubraciones de la noche anterior. Mónica sonrió mientras terminaba de ducharse, pensando en lo absurdo de la idea de convertirse en prostituta. Ahora ya no le parecía tan buena idea. Le parecía una locura.  Se secó, se puso una bata abrochada con negligencia, dejando a la vista todos sus encantos de mujer madura y desnuda y se fue a desayunar. Abrió la gran nevera de alto precio y comprobó que sus provisiones bajaban a ritmo alarmante y que apenas tenía algo que echarse a la boca.  El dinero había estado menguando tanto, al tener que pagar facturas  y mas facturas, altas comisiones y la crecida suma de la tarjeta de crédito, además de la altísima hipoteca y otras cosas que no quería recordar, que casi no le alcanzaba, últimamente, ni para comer.

–Absurdo. Esto es absurdo. ¡No tengo comida, nada, aparte de un miserable y rancio café y un trozo de pan que seguro que está caducado!– gimió, de repente asustada, como si hubiera visto a uno de los jinetes del Apocalipsis.

 O a los cuatro. Se llevó a la mesa de la cocina su magra ración y, después de un inútil intento de tragárselo, lo tiró todo a la basura. La situación estaba peor de lo que creía. Ahora, sintió, quizá por vez primera, toda la terrible verdad en su aspecto más frío y desagradable: sencillamente, no tenía dinero. Nada. Cierto, cobraba un sueldo al mes, pero ese sueldo se le iba de entre las manos sin llegar siquiera a verlo, pues nada más se lo ingresaban en la nómina empezaba a disminuir – hipoteca, tarjetas de crédito, pago de muebles, pago de ropa, gasolina, luz, agua , móvil, etc.– y al final, casi no le quedaba ni para comer. No había sabido medirse y ahora, estaba tan mal que ni siquiera tenía comida. Y encima, debía cuatro mil euros a Dicenta. El terror se le asió a la garganta como un alienígena desaprensivo. Todavía faltaba para fin de mes, no tenía dinero, ni nadie a quien acudir.  Se sintió sola frente al mundo, sola frente a la miseria galopante. Se llevó las manos a la cara y sollozó, presa del miedo y de la tristeza. Si ni siquiera tenía para comer, ¿cómo pretendía pagar a Dicenta?

Sin desayunar, subió a vestirse después de tranquilizarse un poco. Ahora, buscando en el armario la ropa a ponerse, recordó, con una sonrisa forzada y triste, que anoche tampoco había cenado. Empezó a notar hambre. Mientras buscaba, sin pensar en nada, la imagen de aquel chico en primera fila mirándola con ansia y deseo se le vino a la mente, así como la idea que había tenido la noche antes, mientras usaba el vibrador. Ahora, ya no le parecía tan descabellada. Si, podía prostituirse, con aquel chico. Incluso podría hacerlo hoy mismo, sin retrasarlo más. Seguro que aquel joven pagaría por el privilegio.

– ¿Estoy loca?– dijo Mónica, hablando con ella misma en voz alta, con un punto de histerismo que no le pasó por alto – ¡Estoy sopesando realmente la posibilidad de prostituirme! ¡De convertirme en una vulgar puta! Tengo que pensar en otra cosa, debe haber otro medio…sí, debe haberlo.

Pero no se le ocurría ninguno. Siguió rebuscando en el armario y al fin, como si la hubiera estado esperando, encontró lo que buscaba sin saberlo: una vieja falda corta, verde oscuro, un poco anticuada, un par de tallas inferior a la suya, muy, muy ajustada. No era una minifalda, pero casi. Prácticamente las dos terceras partes de los muslos quedaban al descubierto con ella. Y Mónica la eligió, pensando siempre en el chico de la primera fila. Se puso unas bragas finas, muy mínimas, negras, y un sujetador negro que realzaba la rotundidad de sus tetas, levantándolas bastante. Luego, se puso la falda, con dificultades, pues le quedaba pequeña. Al fin lo consiguió, pero se quedaba tan ajustada que incluso le dificultaba caminar. No importaba. Lo que importaba era que redondeaba y realzaba las formas de su culo, permitiendo que incluso se adivinara con facilidad la raja que separaba las nalgas, porque la tela de la falda se introducía en ella y dibujaba su contorno al completo. Se miró al espejo. Se sintió apetecible. Los muslos casi desnudos en su totalidad le daban un aire muy sensual, y si a eso añadimos la ajustada falda y las visibles formas de su culo, el resultado, sobre todo pensando en un joven ansioso sexualmente, podría ser explosivo. Mónica se maquilló a fondo, como siempre, ocultando en lo posible sus arrugas y la labor de zapa de los años. Luego, eligió unos zapatos de tacón alto, muy alto, que permitirían a sus pies exhibirse. Al fin, una blusa de seda brillante y color verde oscuro, floja, con un escote generoso, pero sin llegar a la indecencia declarada. Las gafas y el bolso y Mónica estuvo, una vez más, preparada para la lucha, aunque esta vez salía de casa con hambre y con una extraña sensación. La sensación de que algo iba a ocurrir muy pronto, que definiría su vida por completo.

Mientras entraba en el garaje, notó que la tela de la falda se le metía, de modo harto indecente, muy adentro en la raja del culo. No le importó. Siguió adelante con una sonrisa y encendió el viejo coche nipón, comprobando, con angustia, que la gasolina en el depósito era muy escasa, apenas la necesaria para ir y volver a la Universidad.

Al llegar, vio a Cora, que la esperaba en la puerta de su despacho.

–Mónica, llegas pronto por una vez –le dijo con una sonrisa angelical – así tendremos tiempo para hablar.

–N-no puedo, ahora no, Cora, de verdad que no. Tengo que preparar la clase, tengo que pensar, tengo que…por favor, más tarde ¿Sí? Por favor.

Cora la miró a los ojos. En ellos vio temor, pero también una cierta ternura y algo más, determinación quizá. Rozó levemente con sus dedos la mano de su amiga y comprendió que debía irse.

–De acuerdo, me voy, no te presionaré. Bastante mal he hecho ya…

–No, Cora, no es eso, no te preocupes. Es sólo que tengo cosas que decidir y qué hacer, y tengo que hacerlas yo sola, no puedes ayudarme.

–Bien, pero recuerda que si necesitas algo, puedes llamarme, puedes acudir a mí. Y no te olvides de que tenemos una conversación pendiente.

–Por supuesto, por supuesto, Cora, sé que puedo contar contigo, siempre. Y sí, hablaremos dentro de poco, no temas.

Cora, con una sonrisa, inició la retirada. Mónica introdujo la llave en la puerta del despacho. Ya se oían risas y pasos por el pasillo hasta hacía poco tan tranquilo.

–Mónica…

– ¿Si, Cora?

–Gracias por no echarme de tu lado. Por no rechazarme. Gracias por perdonarme.

Mónica sintió un nudo en la garganta. Cogió la mano de Cora y la acarició con sus dedos, antes de contestar, mirando a los ojos a su mejor amiga.

–Gracias a ti por perdonarme. Lo que te hice en el bungaló fue…horrible, no sé cómo pude llegar a eso. Así que gracias, a ti, por perdonarme. Y ahora vete, que están a punto de empezar las clases y vamos a llegar tarde.

Cora sonrió, agradecida y se fue, cimbreando su grácil y esbelto cuerpo. Hoy llevaba una falda a medio muslo y un body oscuro, que realzaban la belleza de sus largas piernas. Mónica la siguió con la mirada, sintiéndose feliz de no haber perdido aquella amistad, a pesar de que sabía que ella era, para Cora, algo más que una simple amiga. Ya tendría tiempo de analizar sus sentimientos y decidir qué hacer. Ahora, tenía otros asuntos apremiantes.

Penetró en el despacho, cerró la puerta y tras sentarse ante su mesa, conectó el ordenador y buscó la lista de sus alumnos. Localizó la clase dónde estaba aquel chico que tanto parecía excitarse con ella y al fin encontró su nombre y sus datos.

–Marcial. Veintidós años. No estás mal del todo. Al menos, no eres horrible de feo y no pareces mala persona. –dijo Mónica para sí. En su mente, el proyecto vagamente esbozado el día anterior tomaba forma y, con su brutal sencillez, la impelía a llevarlo a cabo.

Cerró el ordenador, revisó sus papeles y se dirigió a clase. Marcial la esperaba en primera fila y no iba a decepcionarlo. Sobre todo ahora, que lo necesitaba para realizar su experimento. Si salía bien, como pensaba, un nuevo camino se abría ante ella. Un camino extraño y oscuro, es cierto, pero un camino al fin y al cabo. Taconeando con furia, abrió la gran puerta de la clase. Los chicos callaron, Mónica saludó con vaguedad y se sentó. Marcial se encontraba ante ella y era evidente que la esperaba.

Si, la esperaba. Y Mónica no lo decepcionó, en absoluto. La falda corta que llevaba la profesora era increíble  y Marcial creyó soñar. La señorita Mónica tenía casi la totalidad de los muslos desnudos al aire y si a eso añadimos sus delicadas rodillas y sus perfectas pantorrillas, además de sus bellos pies –visibles gracias a unos elegantes y sensuales zapatos de tacón alto –el resultado era explosivo. Al menos para Marcial. Otros chicos advirtieron, desde luego, que la profesora llevaba hoy una falda muy corta, y que tenía las piernas al aire. Pero, aparte de algunos comentarios en voz baja, a nadie pareció importarle demasiado, aunque hubo algunos que, claro está, disfrutaron viéndole las piernas a la profesora. Ninguno de ellos, sin embargo, alcanzaba el nivel de admiración sin límites que hacia la señorita Mónica tenia Marcial. Y hoy Marcial tenía razones para admirar y desear a su profesora.

Mónica empezó la clase. Cuando consideró que todos estaban, o bien demasiado aburridos o bien demasiado despistados como para fijarse en ella, cruzó las piernas. Al igual que la última vez, lo hizo despacio, con deliberada lentitud. Sabía que Marcial la estaría observando. Y en efecto, la observaba. Con una excitación creciente, el joven vio como su adorada profesora cruzaba las piernas ante él. Esta vez, Mónica no le mostró el coño. Pero el efecto fue igual de intenso, puesto que Marcial pudo verle, fugazmente, eso sí, las negras bragas y además, la totalidad de las piernas; incluso, gracias a la estrechez de la falda, atisbó algo de la redondez del culo de Mónica, al levantarse la prenda hacia arriba. El joven estaba muy excitado. Sentía unos impulsos casi irrefrenables que lo empujaban a levantarse, a abrazar a la profesora y a desnudarla allí mismo, delante de todos. Por supuesto, se contuvo. Mónica continuó hablando. Sus ojos brillaban a través de los cristales de sus simpáticas gafas y Marcial creyó vislumbrar en ellos un brillo de complicidad, de picardía. Un brillo que solo iba dirigido a él, pues solo se mostraba cuando, aparentemente por casualidad, sus miradas se encontraban.  Para completar una excitante mañana, la señorita Mónica se levantó y se puso, durante unos pocos minutos, de espaldas a la clase, explicando algo en la pizarra. Su falda, ceñida y muy estrecha, se le entremetió en la raja del culo y Marcial creyó delirar. Oportunamente, la clase terminó y Marcial pudo controlarse. Por poco tiempo, pues la profesora se iba ya y Marcial supo que debía seguirla, que debía continuar mirándola. No podía perderse una oportunidad como esta, única, de admirar la belleza de su profesora. No tenía clase inmediatamente, así que, con discreción, siguió a Mónica por los atiborrados  pasillos.  La profesora saludaba de vez en cuando a algún compañero profesor, o a algún alumno. Se dirigía, pensaba Marcial, a su despacho. La tela de la ceñida falda aún seguía introducida por completo en la raja del culo de la profesora y Marcial, hechizado, no podía apartar la mirada de aquella maravillosa y sensual visión. Así, sin saber adónde iba, pronto se encontró con que la profesora no se dirigía al despacho. La cantidad de gente había disminuido. Mónica salió a un patio relativamente vacío, en el que había varios bancos de piedra junto a unos pocos árboles. El sol brillaba con intensidad y el cielo aparecía azul a través del hueco de los edificios de la facultad. La profesora se sentó en uno de los bancos y cruzó las piernas. Al hacerlo, al igual que había pasado en la clase, la falda, ceñidísima, se subió demasiado y la totalidad de sus muslos e incluso parte del perfil de su culo, quedaron a la vista.

Marcial se quedó petrificado. Se había distraído mirándole el culo a su profesora y ahora, había quedado al descubierto, justo en el centro del patio, delante de la profesora, sin saber qué hacer. Tembló de vergüenza. Bajó la cabeza e intentó pasar desapercibido. No había dado ni dos pasos cuando la voz de la señorita Mónica, que a él le parecía cantarina y digna de las ninfas de los bosques, lo llamó por su nombre.

–Marcial. Te llamas Marcial, ¿verdad?

–Se-señorita Mónica, hola, sí, sí, m-me llamo Marcial – logró balbucir, temeroso, rojo de vergüenza.

–Ven –dijo Mónica, riendo –Ven, siéntate aquí conmigo. Tengo que decirte algo.

Marcial obedeció. En su mente atribulada, sólo tenía un pensamiento: la señorita Mónica, no sabía muy bien cómo, lo había descubierto y sabía que la había estado mirándola con anhelo durante mucho tiempo. Ahora le diría que lo había sorprendido mirándola, que le parecía muy mal y que iba a decírselo al Decano. Probablemente, lo expulsarían, eso si no lo metían en la cárcel, condenado a cadena perpetua por lo menos. La señorita Mónica lo insultaría, le diría lo despreciable que era él a sus ojos y lo dejaría en evidencia. Pronto todos, en toda la Universidad, sabrían que él, Marcial, era un mirón y que acechaba vilmente a la señorita Mónica y, quien sabe a cuantas mujeres más. Si, lo expulsarían, como mínimo. Luego, cárcel, y el oprobio de por vida. En eso pensaba de forma atropellada Marcial mientras, con torpeza, procurando no mirar las bellas piernas desnudas de la señorita Mónica, se sentaba en el banco a su lado.

–Marcial –volvió a hablar Mónica, siempre sonriendo y mirando con interés a su alumno – Marcial, me has estado mirando ¿no es así? Me miras y me miras, me sigues y no dejas de observarme, ¿me equivoco?

Marcial tragó saliva. Al fin, había sucedido. Estaba perdido. Tal vez, si salía corriendo podría huir de la Universidad a tiempo. Con un poco de suerte, a lo mejor cogía un avión que lo llevara a un lugar lejano donde empezar otra vida, lejos de su oscuro pasado como mirón. Tembloroso, miró a la señorita Mónica a los ojos, unos bonitos ojos marrones escondidos tras los cristales de las gafas.

–Se…señorita Mónica, por favor, no piense mal de mí. Yo no…no…yo no quería hacerle nada malo, yo no…yo solo…yo solo…por favor, por favor, no me denuncie, yo….yo

Mónica rió. No muy alto. Le puso una mano en la rodilla al joven temeroso y le dijo:

–Tranquilo, no te preocupes. No pasa nada. Mira, ven a mi despacho luego, dentro de una hora. ¿Lo harás? ¿No huirás al Tíbet o algo así? Me gustaría mucho que vinieras.

–Lo haré, si, allí estaré y, y, perdóneme por…por haberla mirado, yo no quería molestarla, yo no…no quería, de verdad.

–Ven al despacho. Dentro de una hora. Ahora debo irme y tú también.

Mónica se levantó, dejando a Marcial con una expresión estúpida en la cara y el corazón desbocado, además de una mente que se derretía intentando averiguar para qué querría la profesora verlo a él, precisamente a él, en su despacho.

TRES

Marcial caminaba despacio, en medio de un silencio que le parecía ominoso. No había nadie por los pasillos y la puerta del despacho de la señorita Mónica estaba ya a la vista. Se detuvo, intentando serenarse. Mil y un motivos se le ocurrían para esta entrevista. Seguramente, la profesora iría a decirle que sería mejor que no acudiera más a sus clases, porque le molestaba su forma de mirarla. O, también era posible que fuera a invitarlo a dejar la Universidad, a cambio de su silencio. O tal vez…Se negó a continuar elucubrando. Tenía el corazón en la boca y no sabía adónde mirar. Avanzó, con temor y llegó a la puerta. Tocó en ella con los nudillos.

Mónica estaba nerviosa. Tamborileaba en la mesa con las uñas de los dedos y miraba de forma aleatoria por la ventana. Por suerte, estaba en un piso alto y nadie podría fisgar. ¿De verdad se proponía a hacerlo? ¿De verdad iba a hacer lo impensable, lo inimaginable? El corazón le latía con fuerza. Se desabrochó otro botón de la blusa, dejando a la vista un más que generoso escote. Lo hizo casi sin pensar y cuando reparó en ello, lo dejó estar. Si iba a hacerlo realmente, era mejor que Marcial la viera con aquel escote tan sensual. De pronto, unos nudillos llamaron a la puerta.

–Soy…soy Marcial, señorita Mónica – se oyó la voz queda y miedosa. La profesora respiró hondo, se alisó el cabello, se subió las gafas y tragó saliva. La suerte estaba echada. Mentalmente, se preparó. Ya no había vuelta atrás, iba a hacerlo.

–Pasa – dijo Mónica, con voz que se le antojó demasiado alta.

Marcial abrió la puerta, miró adentro y entró. Cerró la puerta tras de sí y cuando iba a avanzar hacia la mesa de la profesora, ésta lo interrumpió.

–Marcial, por favor, cierra la puerta con llave.

Marcial, sorprendido, miró a la profesora y luego a la puerta. En efecto, había una llave plateada en la cerradura. La asió con fuerza y dio una vuelta y luego otra. Al fin, la llave se detuvo. Ahora la puerta estaba cerrada desde dentro y nadie podría entrar de improviso. Eso hizo que Marcial pensara, de forma ominosa, que la señorita Mónica lo iba a sermonear y quizá a obligarlo a irse de la Universidad y que no quería miradas indiscretas.

–Ven. Siéntate. – le dijo Mónica, indicándole que tomase asiento delante de ella, en una silla cómoda y sin brazos que había delante de la mesa de despacho. El joven así lo hizo, nervioso, sin atreverse siquiera a mirar a su profesora.

–Marcial –le dijo Mónica, después de un par de minutos de indecisión. El chico no lo sabía, pero la señorita Mónica estaba más nerviosa que él – Marcial, sé que me miras. Que me miras mucho y que me observas con mucha atención. Soy una mujer y las mujeres nos damos cuenta de eso enseguida. Desde que entro a clase hasta que me voy, no dejas de mirarme y siento, noto tu mirada sobre mí. Marcial, dímelo ¿por qué me miras tanto?

Marcial se hundió en el asiento. Estaba hundido, todo estaba perdido. No podía contestar, no sabía qué contestar. Se sentía ridículo y solo quería irse de allí. Sin embargo, la señorita Mónica era tan hermosa, y estaba tan bella y apetitosa hoy, con aquel escote tan grande,  con aquellas preciosas y maduras tetas tan rotundas y firmes allí mismo, delante de él, casi por completo a la vista. El joven tragó saliva, sin saber qué contestar.

–Marcial ¿me miras porque te gusto? Dímelo, no pasa nada, somos adultos los dos.

Marcial la miró a los ojos. Reunió fuerzas y contestó.

–Sí, señorita Mónica, la miro porque usted me gusta. Me gusta mucho. Muchísimo. Cuando entra en clase, no puedo dejar de mirarla, es algo más fuerte que yo.

–Entonces, Marcial, si te he entendido bien, ¿te sientes atraído sexualmente hacia mí?

El joven tardó un instante en contestar. Aquellas hermosas tetas le estaban nublando el juicio y quizá se estaba metiendo en una trampa. Pero no podía detenerse. Ya no.

– Si, señorita Mónica, me siento atraído sexualmente hacia usted. Es usted la mujer más hermosa del mundo. No hay otra mujer como usted. No solo no dejo de mirarla cuando entra en clase, sino que, después de clase y, en realidad, durante todo el día, no hago otra cosa que pensar en usted. La adoro. La deseo. La amo, señorita Mónica.

Mónica rió con ganas, halagada. Hacía mucho tiempo que ningún  hombre le decía nada parecido. Se levantó y se sentó en la mesa, directamente delante de Marcial. Cruzó las piernas y dejó que, al igual que en clase, el joven le viera las bragas.

–Cuando piensas en mí, como dices que haces todos los días, ¿qué haces?

– ¿Hacer?– preguntó el joven, pensando que las cosas estaban yendo demasiado rápido y que no sabía muy bien qué era lo que en realidad ocurría. Era evidente que él no tenía la voz cantante allí.

–Si –dijo Mónica – ¿me imaginas…desnuda? Puedes decírmelo sin miedo, aquí no hay nadie, y desde ya te digo que no voy a expulsarte ni a denunciarte. Solo quiero saberlo. Dímelo, por favor. ¿Me imaginas desnuda?

Marcial tuvo que coger aire para contestar. Temblando, miró a su profesora.

–Sí, yo…la imagino a usted sin ropa. Totalmente desnuda.

–Y…–continuó Mónica, excitada y lanzada ya casi sin control – cuando me imaginas desnuda, ¿te masturbas, Marcial? ¿Te masturbas pensando en mi, imaginándome desnuda?

–S-si, señorita Mónica, lo hago.

– ¿El qué? ¿Qué es lo que haces?

–Me masturbo pensando en usted. Me la imagino desnuda y me masturbo. Lo hago todos los días, a veces varias veces al día. Y usted siempre está ahí, en mi mente, desnuda, incitándome a masturbarme. Lo siento.

–No lo sientas – dijo Mónica, descalzándose. Estiró las piernas y, con uno de sus pies, rozó la entrepierna del joven, que lucía ya bastante abultada. Marcial respiró hondo. Sentía el aliento de la profesora en la cara, olía su perfume y, por debajo del olor del perfume, aspiraba otro aroma, el olor de aquella mujer, su auténtico olor, un delicioso y excitante olor a hembra caliente, una mezcla del olor de su piel y de otro , más profundo, que procedía de todo su ser, sin duda. Sentía también la suave presión del pie desnudo de la señorita Mónica sobre su entrepierna. Miró hacia abajo y se deleitó observando a gusto aquel bello pie desnudo, con sus perfectas uñas sin pintar, sus preciosos deditos y aquellas venitas azules cubriendo la parte superior, mostrando al mundo su rotunda madurez. Un sutil olor a pies se mezcló con el resto de aromas que asaltaban la nariz del joven, así como todos sus sentidos. Notó que la polla empezaba a ponérsele realmente dura.

–Marcial – dijo Mónica, bajándose las gafas y mirando directamente a los ojos a su alumno. – ¿Te gustaría verme desnuda? Ahora mismo. Puedo desnudarme aquí, ahora, para ti. ¿Te gustaría?

Marcial temblaba de pies a cabeza. Si aquello era un sueño, no quería despertar. Miró a la profesora como un perro apaleado.

–Sí, señorita Mónica, por supuesto que sí. Me gustaría mucho, muchísimo, verla desnuda. Daría cualquier cosa con tal de verla desnuda, aunque solo fuese una vez.

–Oh, no hace falta tanto –rió Mónica – Si me das  cincuenta euros, me desnudo ahora mismo, para ti. Aquí. Estamos tú y yo solos. Me das los cincuenta euros, me desnudo y me miras. ¿Qué te parece?

Mónica lo había hecho. Se había ofrecido a desnudarse a cambio de dinero. Los nervios y el temor, así como una infinita vergüenza, la dominaban. La cara se le sonrojó, pero el joven no se dio cuenta. Marcial ya tenía bastante con asimilar lo que la profesora le estaba diciendo. La señorita Mónica, su adorada Mónica, le estaba diciendo con claridad meridiana que se desnudaría ante él si le pagaba cincuenta euros. Tragó saliva, tembloroso. Luego, hurgó en sus pantalones y sacó la billetera. Por suerte, llevaba algo más de cincuenta euros. Sacó unos cuantos billetes, cuyo monto total ascendía a cincuenta y se los ofreció a la profesora.

–Tome. Son cincuenta.

Mónica los cogió. Los contó y, con un alado movimiento, los depositó en su bolso, el cual estaba sobre la mesa, detrás de ella. Miró de nuevo a Marcial y, sin más, se puso en pie y empezó a desabrocharse la blusa. No tardó mucho, pues ya la tenía bastante abierta. Cuando terminó, se la quitó despacio, dejando que el muchacho disfrutase el momento. Y vaya si lo disfrutaba. La señorita Mónica estaba ahora ante él, sin blusa, con sus grandes tetas protegidas tan solo por un pequeño sujetador negro de encaje que dejaba casi todo a la vista.

– ¿Quieres que me lo quite?– preguntó Mónica, sonriente, refiriéndose al sujetador. Marcial hizo un gesto de afirmación con la cabeza y tragó saliva. Estaba tan nervioso, tan excitado, que no podía hablar. La profesora se desabrochó el sujetador y se lo quitó con un lindo y elegante gesto. Lo sostuvo entre los dedos de una mano un instante y luego lo tiró al suelo, detrás de ella. Las hermosas y maduras tetas de la señorita Mónica se balancearon, libres, y cayeron un poco hacia abajo, voluptuosas. Marcial, sin pensar, se llevó la mano a la entrepierna y empezó a bajarse la cremallera. Sin embargo, antes de terminar, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y dejó de hacerlo, asustado.

–No, no te preocupes. Sácate la polla, si quieres, no pasa nada. –le animó Mónica, con un guiño de sus bonitos ojos. Marcial decidió jugarse el todo por el todo y se bajó los pantalones y los calzoncillos, quedándose, efectivamente, con la polla fuera. Era una polla de tamaño mediano, normal, que se encontraba en un estado intermedio de excitación. Mónica la apreció con una sonrisa y se relamió, despacio. Marcial se excitó aún más al ver como su profesora sacaba la lengua y se lamía el labio inferior. Luego, se concentró en admirar las tetas de Mónica.

– ¿Te gustan mis tetas, Marcial?– le preguntó Mónica, que se encontraba cada vez más excitada. Sin esperar respuesta, se las estrujó con ambas manos y se acercó al joven. Marcial tenía ahora las tetas de su profesora a un centímetro escaso de su cara. Los enormes pezones, medio en erección, lo atraían con su lujuriosa oscuridad. Nunca había soñado con la posibilidad de ver un día las tetas de su profesora, le parecía algo demasiado irreal, imposible. Pero ahora se encontraban allí, delante de él, tan cerca, que podía oler el aroma que desprendían aquellas tetas desnudas. Un aroma a mujer, a sexo, a piel. Un aroma afrodisíaco. Sintió que la verga se le ponía dura y en tensión. Mónica notó la excitación en el joven, y supo que iba en aumento, quizá muy rápido. Se retiró prudentemente y dejó que sus grandes pechos cayeran, flácidos, una vez más.

–Quieres que continúe, ¿no es así?– le preguntó al chico. Marcial respondió que sí, como era de esperar, y Mónica empezó a bajarse la falda lentamente, con gestos simpáticos y alegres, como si estuviera haciendo un strip-tease. Y es que era eso lo que estaba haciendo, realmente. Marcial así lo interpretó y se sentó cómodamente, acariciándose el endurecido miembro mientras disfrutaba viendo como su profesora se desnudaba. Mónica miró a un lado, luego al otro, luego al frente, donde estaba Marcial. Sonrió y empujó con fuerza la falda, que cayó al suelo. Ahora, sólo llevaba encima las bragas, negras y mínimas. El joven universitario contuvo la respiración. Era el momento culminante, el momento de la verdad. ¿Se quitaría realmente las bragas la señorita Mónica? ¿Se quedaría totalmente desnuda delante de él? Marcial deseó con todas sus fuerzas que la respuesta fuera afirmativa. Mónica, sin embargo, dudaba. Era un momento crítico. ¿Iba a hacerlo, iba a desnudarse? Si, no podía volverse atrás. Y, lo que es más, no quería retroceder. Tenía que avanzar, seguir avanzando por aquel nuevo camino.

– ¿Quieres que me quite las bragas, Marcial?– preguntó Mónica, retórica. Era evidente que el muchacho deseaba con fervor verla desnuda. Pero quería oírselo decir. Lo necesitaba. Durante un instante, no se oyó nada en el despacho. Mónica permaneció casi desnuda frente al joven, mirándolo con intensidad. Marcial miraba a su vez a aquella mujer madura, que parecía dispuesta a desnudarse para él. Sabiendo que este era uno de los momentos más importantes de su vida, el joven hizo un gesto afirmativo con la cabeza, mientras decía, con voz extrañamente clara y firme:

–Sí, señorita Mónica, quiero que se quite las bragas. Quiero verla desnuda. Por favor, desnúdese.

Mónica sonrió y se bajó las bragas con un solo gesto de su mano derecha. La íntima prenda quedó enrollada en torno a los pies descalzos de la profesora y ésta, con un gesto casi indiferente, se deshizo de ella con un simple movimiento. Ahora, la profesora estaba total y absolutamente desnuda.

Marcial se apretó el miembro con una mano y emitió un quejido de placer mientras admiraba el pubis de su profesora, totalmente cubierto de pelos negros, un intenso y frondoso bosque velludo en forma de triángulo invertido que protegía por arriba el coño  del que apenas veía nada. Mónica, satisfecha por la mirada admirativa de su alumno, se dio la vuelta, para enseñarle el culo. Marcial, sin poderse resistir, se acarició nuevamente la polla mientras contemplaba, arrobado, el hermoso culo desnudo de Mónica. Simplemente, no podía creer que le estuviera viendo el culo a su adorada y deseada profesora. Era un imposible, una quimera. Pero era real, muy real. Excitado, empezó a masturbarse sin tapujos con una mano.

– ¿Te gusta mi culo, Marcial? –preguntó Mónica, coqueta, mirando hacia atrás de soslayo, y sonriendo sin parar. Marcial dejó de masturbarse un segundo para contestar.

–Me encanta su culo, señorita Mónica. Es un culo increíble, maravilloso. Es un culo perfecto. Es imposible que ninguna mujer tenga un culo que se acerque en belleza al suyo, señorita.

– ¡Que exagerado eres, Marcial!– rió Mónica, volviéndose. Se sentó sobre la mesa, a escasos centímetros de su alumno y se abrió de piernas, para mostrarle una panorámica de su coño. Se estaba comportando como una puta, y lo sabía, pero no podía detenerse, era algo más fuerte que ella. – ¿Y mi coño? Seguro que también te gusta.

El olor a coño impregnaba ahora la nariz de Marcial. Estaba muy cerca y aspiraba sin cortapisas el aroma a sexo que emanaba de aquella rojiza y bella vulva de tiernos y brillantes pliegues.

–Sí, señorita Mónica, me gusta su coño, adoro su coño. Me pasaría días enteros, simplemente, oliendo su coño. Su aroma es embriagador.

Mónica rió ante la ocurrencia y al hacerlo, sus tetas saltaron arriba y abajo y a ambos lados, sin control. Marcial sentía el irrefrenable impulso de lanzarse sobre la profesora y manosearla, besarla, lamerla…Pero se contuvo. Mónica entonces se puso seria y se irguió, en pie ante él. Sonrió y luego, se puso de rodillas delante del joven.

–Marcial, creo que por los cincuenta euros que has pagado, tienes derecho a algo más que a verme desnuda.

Como Mónica no continuaba hablando, Marcial se creyó en el deber de contestar.

–S-si, es decir, lo que usted quiera, señorita Mónica. Para mí, ha sido maravilloso verla desnuda. Aunque, por supuesto, si usted quiere hacer algo más…

–Sí, Marcial. Quiero hacer algo más por ti. Creo que por cincuenta euros, te mereces que te haga una mamada. ¿Quieres que te haga una mamada, Marcial?– preguntó, pícara, la profesora, mirando a su alumno a través de los cristales brillantes de sus gafas, que era lo único que llevaba encima. Marcial creyó morir de felicidad. Tembló y, tras balbucear cualquier tontería, al fin pudo contestar algo inteligible:

–Sí, señorita Mónica, quiero que me haga usted una mamada. Por favor. Por favor. Hágame una mamada, se lo suplico.

Mónica no contestó. En vez de ello, cogió la polla del muchacho con una mano y se puso a acariciarla con los dedos, con suavidad. El contacto con aquel miembro electrizó a la profesora, pues hacía muchos años que no sostenía uno  entre las manos. El olor, inconfundible, a polla, le llenaba las aletas de la nariz. Un olor salobre y apetitoso que le traía recuerdos de otros tiempos, cuando ella era joven. La palpó despacio, sopesándola entre los dedos de la mano. La palpó de arriba abajo, hasta llegar a los testículos peludos e hinchados. El chico gimió de placer. La polla estaba en erección y Mónica no pudo evitar ponerse realmente cachonda. Empezó a mojarse. Con la otra mano, se acarició con delicadeza el coño durante unos segundos. Luego, dejó de hacerlo. Debía concentrarse en la mamada. Aferró la polla con fuerza y se la metió en la boca, provocando en Marcial un profundo quejido de placer.

La profesora, desnuda y de rodillas, le estaba chupando la polla a Marcial. Mónica tardó unos segundos en acomodarse a la situación, no en vano hacía mucho tiempo que no le hacía una mamada a nadie. Después de unos primerizos y algo torpes lametones, Mónica obtuvo el control total y empezó a chupar de verdad. Un par de fuertes chupadas, seguidas de una avalancha de saliva, y unos fuertes y –ahora sí –bien dirigidos lametones sirvieron para poner a tono al chico y a la profesora chupona. Dentro de la boca de la profesora, la polla de Marcial nadaba en saliva y recibía los suaves y cariñosos embates de la lengua de Mónica.

En el despacho, iluminado por la luz del día, sólo se escuchaba el obsceno ruido que producía la boca de la profesora al chupar con fuerza la polla del desconcertado y agradecido alumno. Mónica, ya en plena posesión de sus facultades, se pasó la polla de un lado a otro de la boca un par de veces, le dio una fuerte chupada y la dejó libre. Miró a Marcial a los ojos. Sacó la lengua y se puso a lamerle la polla desde arriba hasta abajo, y más allá, puesto que, no contenta, le lamió los testículos por completo, produciendo enérgicos gemidos de placer en el muchacho. Luego, volvió a introducirse la polla en la boca y la chupó durante varios minutos, concentrándose en proporcionar dulces y certeros lametones a la parte baja del glande, enrojecido e hinchado. En eso estaba, lamiendo la parte baja del glande del chico, cuando empezó a notar que todo terminaba. La verga temblaba, presa de grandes convulsiones. Las venas hinchadas y los gemidos de Marcial, indicaban a las claras lo que iba a suceder. Dejó de lamer el glande y succionó con furia la verga hinchada y a punto. Se la pasó a un lado de la boca y entonces, con una vibrante explosión, el chico se corrió. Estalló virtualmente dentro de la boca de su profesora, llenándosela de semen caliente y viscoso. Mónica tragó lo que pudo, saboreándolo con placer, pero tuvo que abrir la boca. La polla aún no había terminado y un segundo y bestial chorro de semen se estrelló ahora directamente contra la cara de la señorita Mónica, manchándole los cristales de las gafas, las mejillas y la nariz. Mónica abrió la boca, chorreante de semen, sacó la lengua viscosa y se acercó a la polla. La lamió con delicadeza y un tercer y postrero chorro salió despedido, con menos fuerza que los dos anteriores. La profesora recibió, agradecida, el semen dentro de su boca. La eyaculación remitía y Mónica, abriendo nuevamente la boca, mostró al joven su contenido: tenía el interior repleto de semen y la lengua casi ni se veía, sepultada bajo una gruesa capa de esperma caliente.

Marcial, en éxtasis, pensó: “Sí, es una puta. Es una auténtica puta, pero la adoro, la amo, la quiero, la cubriría de besos sin pensarlo dos veces. Pasaría el resto de mi vida junto a ella. Lo único que quiero es amanecer junto a ella después de una noche de sexo y verla desnuda a mi lado.”

Mónica compuso una sonrisa, aún con la boca abierta y chorreante, y luego, cerró los labios y se tragó todo el semen. La profesora, con la cara llena de semen, casi sin ver, pues tenía los cristales mojados, se puso a la labor de lamer la verga de Marcial, para limpiarla. El joven se dejó hacer, mientras la señorita Mónica le lamía la polla.

– ¿Te ha gustado?– le preguntó Mónica, terminando de lamer.

–Sí, mucho. Muchísimo. Ha sido increíble, señorita Mónica. Increíble.

La profesora se quitó las gafas manchadas y las puso sobre la mesa. Todavía tenía la cara chorreante de semen, así que se levantó, y, con unos pañuelos de papel, se limpió a fondo. Luego limpió las gafas y volvió a ponérselas. Seguía desnuda; y a pesar de que acababa de correrse, Marcial sintió que le faltaba poco para que su polla volviera a reaccionar, tan hermosa y apetecible le parecía la profesora.

–Bien, Marcial – le dijo la profesora, sentándose, como antes, delante del chico, sobre la mesa y cruzando las piernas con deliberada obscenidad – Ya sabes. Por cincuenta euros, me desnudo y te hago una mamada. Ahora…toma mi número de móvil…así…yo también cargo el tuyo en mi memoria y…ya está. Me das un toque, y yo te digo cuando y donde lo hacemos. Generalmente, será aquí, en mi despacho. Y mira, si quieres, también puedo follar contigo. Por cien euros. Por cien euros, me follas. ¿De acuerdo? Por cincuenta, un desnudo y una mamada. Por cien, puedes follarme. No está mal, creo yo. Por cierto, si tienes aquí cien euros, follamos.

–N-no…no tengo cien euros, señorita Mónica. Solo me quedan…veinte euros. No tengo, pero pronto los tendré. No estará usted de broma, ¿verdad? ¿Realmente, follará conmigo si le pago los cien?

Mónica rió. El papel de puta le sentaba bien, se encontraba muy bien, a gusto, como si siempre lo hubiese estado esperando.

– ¡Claro que lo haré! Marcial, acabo de hacerte una mamada. Creo que ya te ha quedado claro que soy una puta. Así que, tranquilo, por supuesto que follaré contigo si me traes cien euros.

–No, usted no es una puta, usted no…–protestó Marcial, con galantería.

Mónica le puso un dedo en los labios y lo miró con ternura.

–Ssshh…cálmate. Soy tu señorita Mónica, tu adorada Mónica, pero también soy una puta, eso no puedes evitarlo. Ni yo tampoco. Te hice una mamada. Tú me pagaste. Eso hacen las putas.

–No, para mí, usted nunca será una…una…una vulgar puta. No, no, nunca, usted es…

Mónica se abalanzó sobre el joven, le cogió la cara entre las manos y lo besó en la boca. Marcial sintió el roce sensual y glorioso de los labios de la profesora contra los suyos y luego, la penetración de aquella maravillosa lengua. Fue un beso corto, pero cuando Mónica separó los labios de los labios del chico, Marcial era otra persona. Había vislumbrado otro mundo y ya no sería el mismo. Nunca jamás.

–Eres tan dulce –le dijo Mónica, riendo, mientras le acariciaba ambas mejillas con las manos. –Tan dulce. Y la tienes tan, tan dura.

Era cierto. Marcial volvía a tener una gran erección, y Mónica lo había advertido con una sonrisa.

–Marcial, dime, ¿te gustaría que te hiciese otra mamada? Ya sé que mi precio son cincuenta por mamada, pero, por ti, haría una excepción si me das los veinte que te quedan. ¿Qué te parece? Sería una pena desperdiciar una erección como la que tienes.

Mónica se asombró de su propia desfachatez, de la facilidad con la que hablaba como una auténtica puta, como una puta experimentada, que estuviera acostumbrada a hacer mamadas por dinero todos los días. Era su primera vez, pero no lo parecía. Algo debía haber dentro de ella que había despertado.

–Si, por supuesto, señorita Mónica. Me encantaría que me hiciese otra mamada.

Mónica, sonriendo, se volvió a arrodillar delante de Marcial, situó su cabeza entre los muslos del chico y, nuevamente, se metió la polla en la boca. El silencio se enseñoreó del despacho. Al igual que antes, durante largos minutos sólo se escuchó en el recinto repleto de libros el sonido que producía la boca de Mónica al chupar y succionar la polla de Marcial. La profesora chupaba ruidosamente y si a eso se añadían los gemidos de placer del joven, el conjunto era erótico y altamente excitante, pero peligroso, si pensamos que alguien podía oírlos y hacerse preguntas. Sin embargo, por suerte para ambos, nadie pasó por aquel pasillo y nadie escuchó nada. Mónica había elegido muy bien el momento. Así pues, chupó y chupó sin descanso, pasándose la polla de un lado a otro de la boca, succionando en determinados momentos, llenando la verga de saliva y presionando con delicadeza pero eficiencia la sensible parte inferior del glande y todo ello, sin dejar de mirar a Marcial a los ojos de una manera tal que pone al pobre joven realmente cachondo.

Marcial hundió sus manos en el revuelto pelo negro de Mónica y acompañó los lentos movimientos en vaivén de la cabeza de su profesora. “Qué maravilla”– piensa el chico –“La señorita Mónica, desnuda, a mis pies, haciéndome una mamada. Es increíble. Jamás pensé que fuera una puta. Pero no me importa. Sigo adorándola. Es una mujer maravillosa, tan sensual, tan alegre, tan ligera y natural…Para mí no hay otra mujer como ella, y no me importa que tenga veinte años más que yo. Me gusta su madurez, la textura de su piel, la forma de sus grandes tetas, sus pequeñas arrugas, el brillo de sus ojos. Nada de eso lo puedo encontrar en chicas de mi edad. La deseo. Y es mía.”

Esta vez, la mamada duró más tiempo, porque la anterior eyaculación había añadido durabilidad a la erección del joven. A Mónica no le importó. Disfrutaba realmente haciendo aquella mamada, le gustaba sentir el calor de aquella verga dentro de su boca, sentir su grosor y su dureza, y, sobre todo, le gustaba su sabor. No recordaba que chupar pollas le gustase tanto. Aunque hay que reconocer que no había chupado muchas. Antes, en su otra vida, cuando el mundo era joven y ella lo acompañaba, no tenía mucho éxito con los hombres. Si, se acostó con algunos y tuvo alguna que otra relación seria, pero nada duradero. Sus relaciones sexuales se espaciaron en el tiempo y llegaron a detenerse por completo. Desde hace mucho, demasiado, sus únicos compañeros de cama son sus vibradores. Así que este redescubrimiento de la sexualidad masculina, de sus grandes y olorosas pollas endurecidas, es intenso y reconfortante para Mónica. Después de todo, no se ha convertido en lesbiana, a pesar de sus relaciones con Cora. Entonces, ¿qué es ella? ¿Bisexual? Nunca se lo había planteado y no va a hacerlo ahora, no con una polla caliente en la boca. Siguió chupando un poco más, pero ya Marcial había entrado en pérdida. Efectivamente, poco después, el joven se corrió.

Mónica se sacó la polla de la boca y permitió, con deleite, que Marcial le llenara la cara por completo de semen, con dos de sus potentes chorros. Aprovechó, claro, para tragar todo lo que puede, pues ha descubierto o redescubierto, que le gusta el sabor del semen recién derramado. A Marcial todavía le quedaba un poco de cuerda, así que Mónica le agarró la verga con fuerza y dirigió el chorro del chico hacia sus tetas. Un momento, y, tras un vertiginoso último chorro, las tetas de Mónica se quedaron cubiertas de líquido blancuzco y viscoso. Chorreantes, al igual que la cara de la profesora, que apenas podía ver, porque las gafas las tenía totalmente llenas de semen.

–Oh, Mónica, Mónica, mi Mónica – gimió el muchacho, pronunciando con voluptuosidad el nombre de la profesora. Mónica se quitó las gafas manchadas, se irguió un poco y besó en la boca a Marcial. Al chico no le importó que la profesora lo manchara con su propio semen. Lo que le gustaba era la espontaneidad del gesto de la señorita, que no ha dudado un segundo en besarlo.

–Eres maravilloso, Marcial. – le dijo Mónica, separando su boca de la boca del chico.

–Usted sí que es maravillosa, señorita Mónica.

Mónica sonrío, realmente enternecida. Pero no podía dejarse vencer por el cariño ni por la ternura. No ahora.

–Oh, vamos, Marcial, soy solo una puta. ¡Venga, dame tus veinte euros o me enfado!

El joven hurgó en sus olvidados pantalones y sacó el billetero. Rebuscó y consiguió no veinte, sino treinta euros, entre billetes y monedas. Se los dio la profesora.

–Usted se merece más. Mucho más. Es una diosa, señorita Mónica. Es usted una diosa.

– ¡Marcial, no digas tonterías, soy una puta!– le contradijo Mónica, sin dejar de sonreír, visiblemente halagada por los comentarios del chico. Se veía que aquel joven la adoraba, la idolatraba. Era una sensación embriagadora, reconfortante. Pero no debía permitir que el chico fuera a mayores. Debía hacerle ver la realidad, por su propio bien.

–Marcial, mírame a los ojos, vamos mírame. Así. Bien. Soy una puta, Marcial. Soy una puta.

–No, no lo es – contestó Marcial, con fiereza –Es una mujer maravillosa. Preciosa y maravillosa. No es ninguna puta.

– ¡Oh, vamos, te voy a dejar por imposible!– rió Mónica, empezando a vestirse. Marcial también la imitó y pronto estuvo vestido. Mónica tardó más, pero al fin logró encontrar y ponerse de nuevo, al menos, su ropa interior. Antes, por supuesto, ha tenido que limpiarse la cara, y también las tetas. Justo cuando estaba a punto de ponerse la falda, Marcial la interrumpió.

–Señorita Mónica, ¿podría hacerme un gran favor?

–Tú dirás, Marcial.

–Me gustaría mucho quedarme con sus bragas. Como recuerdo de este primer encuentro entre nosotros.

– ¿Mis…mis bragas?– preguntó Mónica, sorprendida. No esperaba esto y no sabía qué contestar.

–Sí, me encantaría tener en mi poder sus bragas. No le voy a mentir, señorita. En mi casa, en mi soledad, pensaré en usted y en este tiempo que hemos pasado aquí, en su despacho, y me gustaría muchísimo tener sus bragas, para…para…olerlas. Sería como olerla a usted. Al menos, sería como oler su…coño. Pero no sólo eso; sería como oler todo su ser, toda su esencia. Quiero olerla. Por favor.

Mónica río. No podía negarle nada a aquel chico. Con serenidad, se bajó nuevamente las bragas y se las entregó. Luego, se puso la falda.

–Ahora, iré por ahí sin bragas, por tu culpa. ¡Justo como una vulgar puta!– le dijo, riéndose una vez más. Marcial, recogiendo la gloriosa e íntima prenda, la analizó y comprobó, para su regocijo, que contenía al menos un par de pelos púbicos de su profesora.

–Usted no es una vulgar puta, señorita Mónica, y lo sabe.

–Puede que no sea vulgar, pero sí soy una puta.

Ahora Marcial le devolvió la sonrisa. Mónica continuó vistiéndose y cuando terminó, se dirigió otra vez al chico.

–Ya sabes, Marcial. Cuando quieras follar conmigo, o simplemente, que te haga una mamada, me das un toque al móvil y te contesto enseguida. No te olvides de tu profesora puta.

–No me olvidaré, señorita Mónica. Y usted no olvide que no es ninguna puta.

–Eres increíble, Marcial. Anda, vete ya, pesado. –le dijo, riendo. Marcial se fue, y le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta.

            Fin del episodio nº 2 de " Mónica, profesora y...PUTA"


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