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Fecha: 15-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Interracial

El profesor Ali me rompió el culo

LadyBiBcn
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Tras mi primer y placentero viaje a Marrakech, vuelvo a la ciudad africana con nuevas expectativas sobre sus habitantes. Mi profesor, Ali, me lleva al huerto y confirma mis mejores sospechas sobre las costumbres sexuales de los marroquíes. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Tras mi primer viaje a Marruecos, mucho había cambiado en mi cabeza, sobre todo en mi forma de ver las personas de otras etnias y culturas. Me había quedado bien claro que no importaba cuál fuera el color de la piel ni el dios en que se creyera; al final todos somos seres humanos con los mismos deseos: pasarlo bien, y si es follando, mejor que mejor.

Volví a tierras africanas algunos meses después de mi primer viaje, con húmedos recuerdos en mi mente y la calenturienta esperanza de reencontrarme con esos compañeros de juerga que tanto placer me había proporcionado.

Pero no, al llegar por segunda vez a la ciudad de Marrakech, me enteré que Stephan y Maurice habían vuelto a sus respectivas ciudades, en Francia, y estaba claro que las probabilidades de volver a toparme con Jamal eran prácticamente nulas, ya que después de que me follara no había vuelto a saber de él, ni siquiera tenía su número de móvil. Había sido una especie de fantasma que había entrado misteriosamente en mi vida, me había reventado el coño e igual de misteriosamente había desaparecido.

Retomé mis estudios con nuevos compañeros y nuevos profesores, hasta que un día, saliendo del instituto, reconocí a Ali, mi profesor anterior. Este era un chico agradable, de unos 35 años de edad (yo entonces tenía 20). No muy alto pero fornido, de piel tostada y cabello rizado, y unos labios de escándalo, en los que me fijé por primera vez.

Y él, ni corto ni perezoso, tras saludarme fue directo al grano:

–Ven conmigo, compramos unos bocadillos y nos vamos a comer en un sitio que conozco.

Y yo, sin pensar en lo que hacía ni preguntarme qué intenciones tendría Ali, le seguí, tan tranquila.

Compramos algo de comer y Ali me invitó a subirme en su moto, que luego arrancó para salir de la ciudad. Durante ese recorrido, pensé un par de veces en la locura que era todo aquello de por sí, irme en moto (sin casco, por supuesto), dios sabía adónde – imaginé entonces el mapa de África y me vi como un puntito perdido cerca del desierto en su extremidad occidental, con un tío que prácticamente no conocía de nada. Llegué a pensar que si me pasaba algo me encontrarían en una cuneta y mis padres se enterarían por las noticias.

Con esas ideas tan bonitas en mi cabeza, pero excitada por el potencial peligro, Ali me llevó a un bonito parque, lleno de árboles de todos los tamaños en los que sin embargo no me fijé demasiado. Nos sentamos en el césped y sacamos la comida.

No dimos más que dos bocados, cuando Ali se tumbó, mirando al cielo, y me invitó a hacer lo mismo a su lado. Me tendí cerca de él, muy muy cerca de él. Qué bien olía ese hombre. No a jabón ni a perfume… era el olor de su piel el que me llenaba los pulmones, y lo encontraba tremendamente excitante.

Tras decir un par de bobadas sobre el día bonito que hacía, Ali giró su rostro hacia el mío, me miró con sus ojos negros como la noche, y se abalanzó sobre mi boca. ¡Cómo besaba ese hombre! Sus labios eran tan suaves que me recordaron por un momento los de la primera chica con la que me lié, pero la decisión y la intensidad de sus movimientos se hicieron decididamente masculinos. Nuestras lenguas se entrelazaron en un baile frenético y desesperado, mientras las manos de Ali me atraían hacia su cuerpo musculoso.

Quizá pareciera que él se había lanzado sobre mí, que él llevaba la iniciativa; pero mientras él me acariciaba la espalda, yo decidí no quedarme atrás y demostrarle que las europeas también sabemos ser unas buenas zorras: le desabroché el pantalón y le agarré la polla con mi mano izquierda, apretando ese bastón caliente e hinchado.

Ali sonrió mientras separaba sus labios de los míos y volvió a tomar el mando, empujándome la cabeza hacia abajo, invitándome a besar su verga. Besar, anda ya. Abrí los labios todo lo que pude y me la zampé enterita, haciendo chocar su glande contra mi campanilla. Su polla no era tan grande como la de Jamal, pero sí pasaría de los 18 cm y tenía un grosor más que satisfactorio. Estuve unos minutos chupándosela toda, arriba y abajo, arriba y abajo, al compás que dictaba su mano dominante en mi cabeza. Cada vez empujaba más, para que ni un centímetro de su rabo quedara expuesto al aire, todo tenía que estar dentro de mi boca.

Hasta que de repente se paró, me hizo levantar y se la tapó.

–¿Qué pasa ahora? –pregunté.

Y Ali me explicó que se estaba acercando alguien y que si nos hubieran visto habríamos acabado mal. No sólo follar o mamarla, sino simplemente besarse en público se penaba con la cárcel, hasta para una pareja casada; si nos pillaban a nosotros, que evidentemente casados no estábamos, podíamos meternos en un lío tremendo, de esos que te arruinan la vida. La idea de acabar en una cárcel marroquí no me hacía mucha gracia, pero el morbo de que alguien nos viera hizo que me mojara aún más.

El visitante pasó cerca de nosotros, nos echó una ojeada, le guiñó el ojo a Ali y siguió su paseo; en realidad, aunque las leyes ahí sean estrictas, luego entre la gente rige la regla del vive y deja vivir, y pudimos seguir con lo nuestro.

Con esa interrupción mi excitación se había acumulado y estaba a punto de reventar. Volví a sacarle la polla a Ali y a mamársela lo más rápido que pude; dentro de mí deseaba que el tío que había pasado antes se volviera y nos viera en plena acción, que se empalmara presenciando nuestra mamada y que se masturbar adelante de mí. Pero no se volvió, ni pasó nadie más. Nos quedamos solos, los dos, yo con la polla de Ali en la boca y Ali con sus dedos deslizándose en mi vaquero, buscando ansiosamente mi raja.

De su parte no hubo muchos preliminares, ni falta que hacían, ya que mi coño chorreaba en abundancia: sus dedos hábiles me apartaron el hilo del tanga y se introdujeron, curiosos, en mi coño encharcado. La postura en la que estábamos era decididamente incómoda, aun así, él consiguió masturbarme con dos dedos haciéndome gozar como una perra. A pesar de todo seguía recordando la amenaza de la cárcel y decido ahogar mis gemidos tapándome la boca con su paquete.

Al rato convenimos que lo mejor sería ir a mi piso, para acabar más cómodamente aquello que tan bien había empezado en ese parque perdido dios sabía dónde.

Volvimos a la ciudad y nada más entrar en casa nos abalanzamos el uno sobre el otro, comiéndonos la boca sin poder ni respirar. Nos fuimos desnudando por el pasillo, sin que nuestras lenguas se desenrollaran ni un sólo momento, y para cuando llegamos al salón ya estábamos completamente desnudos. Ali me tiró en el sofá, de mala manera, como a mí me gusta. Quedé boca arriba, fingiendo ser una pobre niña indefensa, en realidad hambrienta de él como una loba en celo.

Ali se tumbó encima de mí, me levantó la pierna derecha y me ensartó su pollón en cuestión de medio segundo. La cosa más dura que me haya taladrado en la vida.

Entonces Ali empezó a empujar y empujar, tensando todos sus músculos, a una velocidad que normalmente es la que los tíos alcanzan sólo cuando están para acabar. Ali era una puta máquina. Nunca me han follado tan rápido y tan duro como él, ni antes ni después. Me folló tan fuerte que me quitaba el aire, apenas podía gemir porque en realidad no podía ni respirar, tan violentas eran sus embestidas. Pollazo a pollazo, a empujones, en pocos segundos me había llevado hasta la pared, arrastrándome por los tres metros que medía el sofá. Empujada a pollazos, tal cual, sin poder ni hablar ni gritar, preguntándome qué cojones era aquello, maravillada por sentirme tan llena de él.

Como cuando uno está acostumbrado a tomar colas de marca blanca y de repente prueba una coca cola de verdad, así me parecieron mis experiencias anteriores en comparación con el polvo que me estaba echando Ali.

Mientras me follaba de aquella manera el muy cabrón sonreía, tan tranquilo, y parecía no estar haciendo ningún esfuerzo, y yo que me creía muy zorra no le aguantaba el ritmo. Me daba tan fuerte que no sentía simplemente su polla dentro de mí, sino que sentía mi cuerpo entero llenarse de él, con una explosión de placer metida tan dentro de mi vientre que, desquiciada, perdí todo contacto con la realidad. Ali siguió dándome duro, mientras con una mano me pellizcaba un pezón, sin ninguna piedad, haciéndome daño y a la vez matándome de placer.

–Ali, yo…

No sabía ni lo que quería decirle, de toda manera él me interrumpió:

–¿Te gusta como lo hacemos los árabes? ¿A que en tu país nadie te folla así?

Y cuánta razón tenía. Han pasado casi veinte años desde entonces, y confirmo que nadie más me ha sabido follar de esa manera por más de cinco minutos seguidos.

Ali siguió vacilando, hablando tan tranquilo como si no estuviera haciendo ningún esfuerzo físico:

–Si yo sé que las europeas sois unas putas y sólo un macho árabe os puede llenar. Te voy a destrozar, ya verás cómo me vas a suplicar que pare.

No le faltaba razón; si seguía así, y tenía toda la pinta, acabaría rompiéndome el coño y yo pidiéndole que por favor dejara de follarme.

–¡Zorra! ¡Toma esto!

Dios, cómo me pone cuando me hablan así. El insulto y un inesperado acelerón en las embestidas me llevaron de vuelta a las cálidas nieblas del placer extremo. Un cosquilleo creció en mi vientre; ¿el cabrón me estaba dando en el punto G?; creció y creció, hasta llenar por completo mis sentidos. Ya no había ni Ali, ni polla, ni nada, sólo una enorme oleada de placer que me arrastró a otro mundo, y sin saber de dónde saqué el aire, solté un alarido que resonó como un trueno.

Ali, ese cabrón de Ali, se rio, satisfecho de haber satisfecho a su zorra de esa manera tan bestial. Pero evidentemente él no había tenido bastante, era como si acabara de empezar. Dios mío, ese hombre me iba a reventar.

Sacó la polla de mi coño pulsante y escocido, me levantó la cadera de unos centímetros… y simplemente cambió de agujero.

Con la polla encharcada por mis flujos, no le fue difícil abrirme el culo.

Recuerdo el miedo que sentí en ese momento: ¿me iba a follar el culo con la misma fuerza? Me acojoné por lo que iba a venir, pero no le dije nada y me acomodé para que pudiera entrar mejor y más a fondo.

–Venga, rómpemelo ya que estás. A ver si puedes –le dije.

¿De dónde me saldría esa chulería con un semental así ensartándome el culo? Si había habido alguna posibilidad de que Ali fuera mínimamente respetuoso con mi culo, retándole me condené de manera irrevocable.

–A ver si puedo, puta, ya verás –me contestó, y cayó con todo su peso encima de mí. Un destello de desprecio, casi de rabia, le encendió los ojos. Parecía que le había picado en el orgullo.

Y vaya si fue capaz de romperme el culo: con una mano me apretó el cuello, con la otra una teta, y empezó a entrar y salir de mi culo como si su polla fuera de acero. La sacaba del todo y la volvía a meter hasta el fondo, sabiendo que así era como más daño me hacía.

–¿Qué, puta? ¿Crees que así te lo puedo romper o no?

Yo ya me había arrepentido de haberle retado: el dolor era cada vez más insoportable, cada vez que entraba pensaba que me iba a desmayar, sentía como me desgarraba y me saltaron las lágrimas.

–Me lo estás rompiendo, sí… Por favor, me haces daño…

–¿Ves cómo me ibas a suplicar? –me dijo con expresión satisfecha. Se notaba que lo que más le ponía era ser el puto amo, no tanto gozar ni correrse, sino verme rota y suplicante, pero a la vez ganosa de ser suya.

–Ali, dame caña…

Entonces Ali accedió a mis deseos, dejó de sacar y meter la punta de la polla y empezó a bombear sin salir de mi esfínter. Como antes, exactamente como hiciera dentro de mi coño, me taladró a una velocidad digna del mejor actor porno. Otra vez el dolor cedió paso al placer, cómo me gustaba que me llenara así, ese animal.

Me empecé a acaricia el clítoris para aumentar esa sensación de placer, cosa que por lo visto gustó a mi amante moro, que sonrío y siguió taladrando con mayor fuerza aún, si cabe.

Pero por mucho que aquello me gustara, el culo lo tenía roto de verdad y con cada empujón los desgarros escocían una barbaridad. Tuve que pedirle que parara, dolía demasiado, notaba como unas gotas de sangre se me deslizaban por el culo.

–Ali, no puedo, lo siento… me duele demasiado,

–¿Y…?

–Por favor, para…

–Puta, ¿no sirves ni para esto?

Y venga empujando pa dentro.

–Por favor… por favor… –le supliqué, ya llorando descaradamente.

–Y una mierda –y otro acelerón de parte de Ali.

–Métemela por el coño, o si quieres acaba en mi boca, pero por el culo no puedo más…

–Yo apuesto a que sí que puedes –fue su última palabra, más bien un gruñido animal, y cuando ya ni lo esperaba, vi en su cara que estaba acercándose al orgasmo.

Qué cabrón, cómo le ponía hacerme daño.

Me pasé un dedo por las nalgas, donde había sentido deslizarse mi sangre, y se lo enseñé.

–¿Ves que me lo has roto? ¿Ves que me has hecho daño de verdad?

Eso lo excitó sobre manera y, con mi gran alivio, poco segundos después descargó toda su leche dentro de mí.

Ese chico amable que me había invitado a ir a comer algo con él en un parque florido en realidad era un puto animal, cuyo máximo placer residía en romperle el culo a sus alumnas.

Según me enteré después, de cada hornada de estudiantes se elegía a una y se la tiraba hasta que esta se marchaba; entonces llegaban las nuevas, él volvía a elegir y venga, otro culo para romper. Eso sí, sólo estaba con una chica a la vez.

Conmigo estuvo todo el tiempo en que yo me quedé en la ciudad, es decir poco más de un mes. Durante ese mes no pasó ni un solo día sin que folláramos dos, tres, cuatro veces.

¿Qué y cómo lo hacíamos exactamente? Bueno, eso será otro relato…


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