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Fecha: 22-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Victoria y Melbourne: Altar o Mortaja (2)

Efrain Jorge
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Tiempo estimado de lectura: [ 16 min. ]
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Segundo capítulo de mi relato sobre Lord Melbourne y Victoria; la joven Reina sufre por el hombre que ama, mientras éste se debate entre la vida y la muerte. ¿Conseguirá sobrevivir? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 2: La Reina sufriente.

Victoria golpeaba desesperada la puerta de su dormitorio, desde dentro, y gritaba casi histérica, llorando desconsoladamente, con su hermoso rostro bañado en lágrimas y exhibiendo un gesto de infinita angustia…

- ¡Déjenme salir! ¡Por favor déjenme salir! ¡¿Qué ha pasado con Lord Melbourne?! ¡¿Lord Melbourne está bien?! ¡Necesito verlo! ¡Quiero ver a Lord Melbourne! ¡Llévenme con él! ¡Lord M! ¡Lord M! – gritó Victoria casi rogando, y luego se dejó caer de rodillas, con sus brazos deslizándose por la puerta y apoyando su cabeza en ella - ¡Lord M! ¡Melbourne, te necesito! ¡Llévenme con él, por favor!

Los dos soldados de la Guardia Real que estaban plantados afuera, del otro lado de la puerta, permanecían inmutables, pero en sus rostros se reflejaba cierta tensión y de cuando en cuando intercambiaban miradas de disgusto; y de pronto se pusieron alertas cuando oyeron los pasos de personas que se acercaban. Empuñaron sus fusiles, listos para cualquier eventualidad; pero las que se aproximaban caminando de prisa eran la Baronesa Lehzen, la antigua institutriz de Victoria y jefa de su casa, y la señorita Skerrett, la doncella de Victoria. Ambas se detuvieron ante los guardias, que estaban interpuestos en su camino…

-Lo siento señora, pero no podemos… - comenzó a decir uno de los guardias.

- ¡¿Con qué derecho encierran a la Reina de Inglaterra?! – los interpeló furiosa la Baronesa Lehzen.

-Perdón Baronesa, solo obedecemos ordenes… - intentó explicarse el mismo guardia.

- ¡¿Ordenes?! ¡¿Ordenes de quién?! – preguntó Lehzen.

- ¡¿Lehzen… eres tú?! ¡Diles que me dejen salir! ¡Llévame con Lord Melbourne! – exclamó Victoria a gritos, a través de la puerta.

- ¡Ya escucharon! – les dijo Lehzen en tono autoritario.

-Pero señora, es que nosotros debemos esperar órdenes del comandante de la Guardia, para estar seguros de que la Reina está segura y no hay otros atacantes en palacio – replicó el otro guardia.

- ¡Englisch esel! – (¡Asnos ingleses!) dijo en su lengua natal, la lengua alemana, la Baronesa Lehzen.

- ¡¿Perdón?! – preguntó el soldado.

- ¡¿Han comprobado sí la Reina está herida?! ¿¡Han revisado bajo sus ropas?! – preguntó en tono de dura reprimenda Lehzen.

- ¡Por supuesto que no! – respondieron escandalizados los guardias, casi al unísono.

- ¡Pues es necesario desvestirla para saber sí está herida! Su doncella y yo tenemos que desvestirla para saber que no está herida, y debemos calmarla, porque puede enfermar por los nervios… ¡¿A nadie se le ocurrió que debían llamarnos de inmediato para comprobar que la Reina no ha sido herida?! – bramó Lehzen ofuscada.

-Perdón Baronesa, pero hasta donde sabemos solo Lord Melbourne recibió los disparos – contestó el primer soldado que había hablado con Lehzen.

Victoria, que había escuchado a través de la puerta, dio un grito de dolor que más bien pareció el lamento lastimoso de un animal herido, y que sobresaltó a todos…

- ¡Trottel! – (¡Idiota! Exclamó Lehzen en alemán) - ¡Déjennos pasar, la Reina necesita ayuda! ¡Sí la Reina está herida y nadie se ha dado cuenta, muchos lo pagarán muy caro! – clamó Lehzen con el rostro muy tenso, con la preocupación en sus ojos húmedos, angustiada por la Reina que quería como sí fuera su hija.

Los guardias se hicieron a un lado, y Lehzen abrió la puerta y Victoria se le echó en los brazos, llorando. La Baronesa abrazó a Victoria y suavemente la hizo retroceder unos pasos, mientras Skerrett entraba tras ella y cerraba la puerta del dormitorio, dejando a las tres mujeres a solas.

-Majestad, ¿está bien? ¿no está usted herida? – preguntó muy preocupada Lehzen mientras apartaba un poco a Victoria para verla, y fijando su vista angustiada en las manchas de sangre en el vestido de la Reina.

- ¡Si, estoy bien Lehzen! ¡¿Cómo está Lord M?! ¡¿Cómo se encuentra?! ¡Dímelo por favor!… ¡Llévame con él! ¡Quiero verlo! ¡Necesito verlo! – preguntaba y casi rogaba Victoria desesperada, sin parar de llorar.

-Majestad, lo siento, no sé nada de Lord Melbourne… apenas me enteré del incidente vine a ver como estaba usted – se disculpó Lehzen.

- ¡Llévame con él! ¡Quiero ir con él! ¡Tengo que verlo! – exigió Victoria casi histérica.

- ¡Por favor Majestad debe calmarse, por favor! – le decía Lehzen mientras la sujetaba por los brazos, tratando de interponerse entre ella y la puerta del dormitorio, mientras Victoria intentaba ir a la puerta - ¡Majestad, debe calmarse! ¡Majestad! ¡Drina! – y lo último lo dijo Lehzen casi en un grito, llamándola por el apelativo cariñoso con el que solían llamarla de niña, algo que no hacía nunca desde que Victoria se convirtió en Reina… lo dijo viéndola a los ojos y consiguió que Victoria se detuviera.

- ¡¿No lo entiendes Lehzen?! ¡Sí él se muere, yo me muero! ¡Sí muere no quiero vivir! ¡Lord M es mi vida! ¡Lo amo Lehzen, lo amo! ¡No puedo vivir sin él! ¡Tengo tanto miedo de perderlo… y ahora puede morir por salvarme! ¡No quiero que muera! ¡Dios mío no quiero que muera! ¡Mi amor no te mueras, por favor! – exclamó fuera de sí Victoria, llorando frenéticamente, haciendo pucheros como sí fuera una niña pequeña, en una visión que partía el corazón.

Lehzen y Skerrett se quedaron boquiabiertas, con sus expresiones congeladas en un rictus de sorpresa; luego en sus rostros se dibujó la tristeza y la compasión al ver a Victoria rota de dolor. Por las mejillas de Skerrett corrían grandes lágrimas, y a duras penas podía contenerse para no romper a llorar; Lehzen tenía los ojos húmedos, y hasta una lágrima se le escapó, aunque rápidamente se la secó. Su rostro volvió a cubrirse de seguridad y serenidad, y se acercó a Victoria, y la abrazó, acariciando con cariño la espalda de la Reina; Victoria hundió su rostro en el regazo de Lehzen y siguió llorando y haciendo pucheros.

- ¡Tranquila, tranquila mi Drina! – dijo en tono tranquilizador Lehzen, hablándole con la ternura con la que le hablaba cuando era una solitaria y triste niña que no tenía amigos y sufría por la ausencia de una madre casi indiferente, y por la crueldad del amante de su madre, y encontró en Lehzen algo parecido a una madre sustituta – Lord Melbourne vivirá, él no morirá…

- ¡¿Cómo lo sabes?! – dijo Victoria con voz apagada y entrecortada por el llanto, sin sacar su cara del regazo de Lehzen.

- ¡Porque es un hombre saludable y fuerte! – contestó Lehzen, aunque ella misma pensara que solo era una verdad a medias, pues, aunque ciertamente era relativamente fuerte, tampoco era un Hércules, y sus hábitos de vida bien conocidos por todo el mundo, como amanecer sentado en un sillón de su biblioteca después de dormirse bebiendo mucho, no invitaban al exceso de optimismo - ¿No es verdad señorita Skerrett? – preguntó con una mirada significativa dirigida a Skerrett.

- ¡Si… si, por supuesto! El Primer Ministro es un hombre muy fuerte y sano, ¡no tiene por qué preocuparse Su Majestad! – dijo Skerrett demasiado ansiosa por complacer a Lehzen y tranquilizar a Victoria, tratando de sonar optimista, pese a sus nervios.

- ¡Además Dios cuidará de él, estoy segura! ¡Ten fe Drina, ten fe! – le dijo Lehzen y luego apartó un poco a Victoria para verla a la cara – Ahora debes cambiarte, tenemos que desvestirte y comprobar que estás bien… además, ¿no querrás ver a Lord Melbourne estando presentable? A él le gustará ver que estás bien… eres la Reina y él querría que en ésta hora difícil te portes con toda tu dignidad y majestuosidad… debemos asearte y lavarte la cara para que no vean que has llorado tanto… ahora no puedes salir porque los guardias siguen revisando el Palacio, pero te prometo que apenas acabemos de desvestirte iré a ver cómo sigue Lord Melbourne y vendré a informarte – concluyó Lehzen.

- ¡¿Lo harás Lehzen?! – preguntó Victoria un poco más calmada, pero sin dejar de llorar, con gesto de pequeño cachorrito herido.

- ¡Por supuesto Majestad! – respondió Lehzen recuperando el tono formal – Ahora a quitarle esa ropa y asearle.

Rápidamente Lehzen y Skerrett procedieron a quitarle la ropa a Victoria, que permanecía inmóvil y se dejaba hacer como sí fuera una muñeca, mientras seguía llorando, pero ahora en silencio. Cuando dejaron a Victoria en ropa interior y descalza, la Reina fijó su vista en el traje que le habían quitado, que yacía en el suelo; el vestido que tenía manchas de la sangre de Melbourne…

-Es su sangre… es su sangre – dijo Victoria con voz débil y entrecortada, con gesto perturbado.

Lehzen desvió su mirada preocupada del rostro de la Reina al vestido y luego de nuevo al rostro de Victoria; entonces volteó a ver a Skerrett.

- ¡Señorita Skerrett! Llévese ese vestido a la cocina y pida que lo quemen de inmediato, y luego regrese con un té para la Reina – ordenó Lehzen.

- ¡Si señora! – respondió Skerrett y se apuró a recoger el vestido, y se dirigió a la puerta, pero apenas la entreabrió, escuchó las voces de quienes se acercaban -Señora, se acercan la madre de la Reina y el Rey de Bélgica – advirtió Skerrett.

- ¡Justo lo que faltaba! – exclamó Lehzen sin poder contenerse y luego se dirigió a la puerta - ¡Skerrett, quédate con la Reina y quítale el resto de la ropa! Debemos meterla en la bañera… ya vengo.

Lehzen salió al pasillo y apartó a los soldados de la Guardia para salir al encuentro de la madre y el tío de la Reina.

- ¡¿Cómo está Victoria?! – preguntó con ansiedad la Duquesa de Kent.

-No se preocupe, está bien… no está herida; ahora está desnuda, le vamos a dar un baño para relajarla, está muy nerviosa – replicó Lehzen.

- ¿Entonces no puedo verla? – preguntó el Rey Leopoldo I, el tío de Victoria.

-No es posible Majestad, como dije está desnuda, y todavía está muy nerviosa – respondió Lehzen, deseando en su mente que aquel inoportuno Rey se fuera al infierno.

- ¡Yo si voy a verla! – afirmó angustiada la madre de Victoria.

- ¡Por supuesto Su Alteza! – respondió Lehzen, aunque en el fondo hubiera deseado que la duquesa se esfumara en el aire – Déjeme acompañarla y después de dejarlo todo listo, y a la Reina en vuestra compañía, iré a ver cómo está Lord Melbourne para informar a la Reina…

- ¡¿Lord Melbourne?! – preguntaron confundidos la duquesa y el Rey casi al unísono.

- ¡¿No lo saben?! Lord Melbourne fue herido en el incidente, al parecer protegiendo a la Reina – les dijo Lehzen.

- ¡No… no sabemos mucho! Volvíamos de un paseo y escuchamos que habían atentado contra la Reina, vinimos deprisa al saber que la habían llevado a su dormitorio… no conocíamos los detalles – contestó el Rey Leopoldo desconcertado - ¿Está muy grave?

- ¡No lo sé Majestad! Con vuestro permiso… - respondió al Rey - …vamos Su Alteza, vamos con la Reina – agregó Lehzen dirigiéndose a la duquesa.

Cuando Lehzen y la duquesa entraron al dormitorio, Skerrett estaba cubriendo a la desnuda Victoria con una bata algo transparente; cuando las miradas de la madre y la hija se cruzaron, Victoria rompió a llorar de nuevo.

- ¡Oh mamá! – exclamó Victoria como una niña pequeña asustada y rota de dolor.

- ¡Mi pequeña Drina! – dijo la duquesa que corrió a abrazar a su hija, que lloró desconsolada en sus brazos.

Lehzen le hizo señas a Skerrett para que se acercara y le habló en voz baja.

-Señorita Skerrett, vaya a llevar el vestido a la cocina como le dije y vuelva con té para la Reina y la duquesa; yo iré a ver cómo está Lord Melbourne.

Después de decirlo, Lehzen se deslizó fuera del dormitorio y Leopoldo le habló…

-Permítame acompañarla… quiero saber cómo está Lord Melbourne – dijo el Rey.

-Claro Majestad – respondió Lehzen resignada, pensando “sí no hay más remedio”.

En otro lado del Palacio, fuera de un dormitorio de huéspedes, Lord Alfred esperaba ansioso; a su lado estaba Penge, atento a lo que sucedía… ambos vieron aproximarse a Lehzen y al Rey Leopoldo.

-Lord Alfred, señor Penge… - saludó Lehzen con una ligera inclinación de cabeza - ¿Cómo está Lord Melbourne? – preguntó Lehzen.

-Está mal, pero los médicos están con él en éste momento… espero que puedan hacer algo por él – contestó Lord Alfred.

-Lord Alfred, perdóneme, ¿podría decirme qué pasó exactamente? – lo interpeló el Rey Leopoldo.

-La Reina y el Primer Ministro estaban en su audiencia, y yo esperaba cerca para ir después con Lord Melbourne al Parlamento… entonces oí un disparo y un grito de Lord Melbourne, pidiendo ayuda porque querían matar a la Reina… fui corriendo y me encontré a ese hombre, que había disparado contra ellos… Lord Melbourne protegió a la Reina con su cuerpo, encima del de ella, y así evitó que el disparo la alcanzara… - explicaba Lord Alfred.

- ¡Dios mío! – se le escapó a Lehzen, angustiada al pensar en el peligro que había corrido su adorada Victoria.

-Después éste buen hombre – continuó Lord Alfred señalando a Penge – y yo peleamos con el atacante, y logramos reducirlo hasta que llegaron los guardias y lo arrestaron.

- ¡Gracias Lord Alfred! – dijo Lehzen, tomando la mano de Lord Alfred en un gesto poco común en ella, normalmente fría y distante con todo el mundo, excepto con Victoria, movida por la gratitud hacia quienes salvaron a su amada niña - ¡Gracias señor Penge! – dijo después tomando las manos de Penge.

-Eh… de nada – respondió Penge turbado por ese gesto de su rival Lehzen, con la que tenía una relación tirante.

- ¡Si…gracias caballeros! ¡Sois muy valientes! – dijo el Rey Leopoldo, poco acostumbrado a dar las gracias a nadie.

- ¡Lo que hice no es nada al lado de lo que hizo Lord Melbourne! ¡La Reina está viva gracias a su valor y sacrificio! Y quizás pague con la vida por salvar la de Su Majestad – dijo Lord Alfred, conteniendo a duras penas su emoción, el sufrimiento por su gran amigo.

- ¡Todos estamos en deuda con él! ¡Es un buen hombre, noble y valiente! – exclamó Lehzen, con sinceridad y emoción, olvidando las reticencias que sentía por él, por el enamoramiento que sentía su pequeña Victoria por él.

- ¡Si, por supuesto! ¡Estamos en deuda con él! – reconoció a regañadientes Leopoldo, que sentía verdadera aversión por el Primer Ministro impertinente que veía como un obstáculo para sus planes de casar a Victoria con el príncipe de su elección – Pero sí el Primer Ministro se está muriendo… - el Rey Leopoldo vio las miradas de reproche y de enfado de todos, de Lehzen, Penge y sobre todo de Lord Alfred - … sí se está debatiendo entre la vida y la muerte… - se rectificó - ¿quién está a cargo del gobierno?

-Ya he enviado mensajeros a Downing Street, para que el resto de los Ministros del Gabinete estén informados de lo ocurrido… alguno de los Ministros asumirá temporalmente las funciones de Primer Ministro, con el acuerdo del Gabinete y mientras Su Majestad la Reina decida que hacer – contestó Lord Alfred, dominando su ira, y compadeciendo a Lord Melbourne por tener que soportar estoicamente a aquel entrometido y arrogante príncipe alemán convertido por pura suerte en Rey de un pequeño Reino artificial creado por una casualidad, por una Revolución.

-Pero, no se debería… - iba a seguir el Rey, pero la puerta del dormitorio de huéspedes se abrió y salió el médico de la Reina, y ya nadie le prestó atención.

- ¿Cómo se encuentra Lord Melbourne, doctor? – preguntó con miedo Lord Alfred.

- ¡Está vivo… y eso ya es bastante! Está mal, me temo, Lord Alfred… pero no nos damos por vencidos… los colegas que mandé a buscar y yo estamos de acuerdo, y vamos a operarlo. No quiero engañarlos, es bastante probable que muera hoy… - el doctor vio la expresión de dolor de Lord Alfred, la de horror de Lehzen, la de consternación de Penge y la de circunstancias de Leopoldo - …pero también hay buenas oportunidades de que viva. No me atrevo a dar garantías de un resultado. Ahora sí me lo permiten debo volver para operar, necesitare más sabanas limpias y agua caliente…

- ¡Enseguida! – dijo Penge y se fue a impartir órdenes a los sirvientes.

-Bueno, señora, caballeros – dijo el doctor dando la vuelta para volver al dormitorio.

- ¡Doctor! Sí me permite… - le dijo Lehzen y el doctor se volvió a verla - … La Reina me pidió que le transmitiera su gran preocupación por la vida de Lord Melbourne… No existen palabras suficientes para expresar la pena que siente la Reina por el estado actual de Lord Melbourne, y el deseo que ella siente de que salve la vida… Y me pidió que le transmitiera que estará en deuda con usted para toda la vida sí le salva la vida – dijo Lehzen ocultando bajo su máscara de hielo la profunda emoción que sentía al verbalizar los sentimientos de su amada Victoria, y sabiendo lo que sería para ella perder a Melbourne.

El Rey Leopoldo no pudo evitar una mueca de desagrado y disgusto, que pasó inadvertida; el médico y Lord Alfred solo atendían a la figura de Lehzen, erguida como portavoz de la preocupación de su señora por el hombre que luchaba por su vida…

- ¡Puede decirle a la Reina que haré todo lo que esté en mis manos y más! – respondió el doctor.

- ¡Gracias doctor! – respondió Lehzen.

Unos minutos después, Lehzen estaba de nuevo frente a la puerta del dormitorio de Victoria, y suspiró antes de entrar; al hacerlo, Victoria, que estaba sentada en su cama vestida con una bata y con el cabello aún húmedo por el rápido baño que se había dado, se puso de pie. Su madre, que estaba sentada en un sillón, también se puso de pie; y Skerrett, que estaba recogiendo la ropa de la Reina, en un rincón, volteó a ver a Lehzen. La antigua institutriz de la Reina sintió el peso de las miradas de las tres mujeres sobre ella, expectantes, y en el caso de Victoria con un dolor y un miedo profundos dibujados en el rostro.

- ¡¿Y bien?! ¡¿Lord M… está bien?! – preguntó Victoria con las lágrimas asomando a sus ojos, con todo su cuerpo temblando y con el gesto de quien teme recibir la noticia de la muerte del ser que más ama en el mundo.

-Está vivo Majestad… - empezó a responder Lehzen, decidida a no mentir a su adorada Victoria, pero al mismo tiempo queriendo ser prudente para no hacerle aún más daño - …los médicos están con él… en éste momento lo están operando.

- ¡¿Operando?! – preguntó Victoria con voz quebrada y de nuevo el terror asomó a su rostro pálido como el de una muerta – Pero entonces… ¿se pondrá bien? ¡Por favor… dime la verdad Lehzen!

-El médico me dijo que hay buenas probabilidades de que sobreviva, pero también… - Lehzen se cortó, buscando fuerzas y palabras para no herir el corazón de Victoria.

- ¡¿Pero también… qué?! – preguntó Victoria casi con un hilo de voz.

-También es probable… de que él muera hoy, señora – dijo Lehzen tratando de conservar la compostura y su imagen fría, pero no pudiendo evitar que se le quebrara un poco la voz al final, consciente del dolor que le causaba a Victoria.

Victoria dio un grito ahogado, y luego se desplomó desmayada… su madre y Lehzen se precipitaron sobre ella, de rodillas en el suelo, y mientras la duquesa lloraba y le levantaba la cabeza llamándola, Lehzen la sacudía por un hombro…

- ¡Ve a buscar ayuda! ¡Que envíen a uno de los médicos que están en la planta baja! ¡Apúrate! – le dijo casi a gritos Lehzen a Skerrett.

Skerrett se recogió la falda y salió corriendo… y así, mientras Victoria yacía en el suelo inconsciente, en un lado del Palacio, en otro lado del vetusto edificio, Lord Melbourne luchaba por su vida, tendido en una cama, y mientras lo operaban, en los sueños que venían a él en su atormentada inconsciencia, una sola imagen venía a él… la de Victoria… 

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