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Fecha: 30-Ene-17 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Victoria y Melbourne: Altar o Mortaja (3)

Efrain Jorge
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Tiempo estimado de lectura: [ 20 min. ]
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La tercera parte de mi relato, mientras el peligro sigue amenazando la vida de Lord Melbourne, ha llegado la hora de las confesiones entre él y la Reina Victoria. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 3: Confesiones.

Victoria comenzó a emerger de su inconsciencia, a abrir los ojos lentamente; acostada en su cama, despertó y vio a la señorita Skerrett inclinada sobre ella, con gesto de interés y preocupación en el rostro.

-Su Majestad… ¿está bien? ¿se siente bien Majestad? – preguntó Skerrett con sincera preocupación por la Reina.

De pronto la Reina, aún confusa, recordó el motivo de su actual estado, de su desmayo, y alterada agarró a la señorita Skerrett por un brazo, y con un gesto de pánico en el rostro le preguntó…

- ¡Lord Melbourne! ¿Está…? – no pudo terminar la pregunta porque sintió que le faltaba el aire y el corazón se le iba a salir por la boca.

- ¡Tranquila Su Majestad! Lord Melbourne está vivo… no tema, él está vivo – respondió en tono dulce y tranquilizador Skerrett.

Victoria recobró el aliento y sus ojos se llenaron de lágrimas.

- ¡Gracias a Dios! Pero… ¿Cómo está él? – preguntó ansiosa Victoria.

-Lo lamento Majestad, él aún está mal… Él permanece en cama, en un dormitorio de huéspedes, y los médicos siguen tratándolo – respondió Skerrett, lamentando en el fondo ser portadora de malas noticias.

Victoria hizo a un lado las sabanas y movió las piernas para poner los pies descalzos en el suelo.

- ¡Ayúdame a vestirme Skerrett! – dijo Victoria.

- ¡Su Majestad, por favor espere! Los médicos dijeron que usted debería comer algo para recuperar fuerzas, por favor déjeme llamar primero a la Baronesa Lehzen… - le dijo en tono suplicante Skerrett.

- ¡Skerrett, voy a ver a Lord Melbourne! Imagino que el Palacio ya ha sido asegurado y no hay peligro para mí, así que no hay ninguna razón para no salir de mi dormitorio. Me ayudaras a vestirme y después me llevaras con Lord Melbourne, inmediatamente – le replicó Victoria en un tono que no admitía discusión.

-Si Majestad, por supuesto – respondió obediente y comprensiva Skerrett.

Cuando Skerrett estaba vistiendo a Victoria, llegó Lehzen y las vio con una mezcla de preocupación y enfado.

-Majestad… ¿señorita Skerrett por qué no me ha avisado que la Reina despertó? – dijo Lehzen.

-Yo se lo ordené Lehzen, quería que me vistiera de inmediato – respondió Victoria.

- ¡Majestad! ¡Debería quedarse en cama, aún está débil! – le replicó Lehzen.

- ¡Lehzen, voy a ver a Lord Melbourne! ¡Y lo voy a ver ya! – contestó Victoria con tono de autoridad mezclada con preocupación.

-Desde luego Majestad – dijo Lehzen entendiendo que no ganaría nada discutiendo con su querida Victoria en esa situación.

Unos momentos después Victoria acompañada de Lehzen y Skerrett llegaba a la puerta del dormitorio donde permanecía Lord Melbourne; Victoria intercambió unas rápidas palabras con Lord Alfred y con su médico (el médico oficial de la Reina) que había encabezado al equipo de médicos que operaron a Lord Melbourne. Luego el doctor abrió la puerta del dormitorio y se apartó para que Victoria entrara con Lehzen y Skerrett; al ver a Lord Melbourne en la cama, con un aspecto deplorable, con el rostro muy demacrado y pálido, inconsciente, recostado sobre varias almohadas y respirando pesadamente, Victoria sintió que las piernas le fallaban, y Skerrett y Lehzen tuvieron que sujetarla, una de cada brazo, de forma discreta, para que no fuera a caer al piso. Pero Victoria recobró el equilibrio y pudieron soltarla, aunque su rostro estaba muy pálido y en su gesto mortificado se podía leer el dolor que sentía; sus ojos estaban húmedos y tenía que contenerse para no llorar.

-Majestad, usted no se ve bien, debería volver a su dormitorio a descansar y comer un poco. Le recetare algunas medicinas para que pueda dormir un poco – dijo preocupado el doctor mientras veía.

-Es usted muy amable, pero estoy bien doctor… dígame, ¿Lord Melbourne se salvará? ¿Él vivirá? – preguntó Victoria tratando de mantener el aplomo, pero con la voz quebrada y sin poder evitar que se le escapara alguna lágrima.

-Es pronto para saberlo señora – respondió el médico, sintiéndose como sí le estuviera respondiendo a la esposa de un paciente cuya vida estuviera en peligro, con lástima e incomodidad por el dolor que le causaba a una mujer afligida – Tiene fiebre y no ha recuperado la consciencia, es un hombre fuerte e hicimos un buen trabajo con la cirugía, pero con éste tipo de heridas no se sabe… habrá que esperar unos días, tal vez algunas semanas para saber a ciencia cierta sí él sobrevivirá y descartar cualquier complicación, como algún daño interno que no hayamos detectado o una infección.

-Entiendo, agradezco mucho su trabajo y el de sus colegas – respondió Victoria mientras miraba con desesperación a Lord Melbourne – Por favor, todos menos la señorita Skerrett salgan del dormitorio, quiero velar el sueño de Lord Melbourne algunos minutos, es lo menos que puedo hacer por él después de salvarme la vida – agregó Victoria.

Los presentes intercambiaron miradas significativas, y comenzaron a retirarse, pero Lehzen se quedó en su sitio; Victoria volteó a mirarla.

-Tú también Lehzen… por favor – le dijo Victoria con un tono que pedía comprensión, pero a la vez no permitía discusión.

Lehzen vio a Victoria con cierto asombro, sustituido enseguida por una mirada de leve reproche; luego vio a Skerrett y ésta última estuvo a punto de encogerse de hombros al ver la expresión de la Baronesa. Finalmente, Lehzen salió del dormitorio y cerró la puerta, dejando a Victoria y Skerrett a solas con Lord Melbourne.

Casi de inmediato Victoria se acercó a la cama de Lord Melbourne y sentándose en ella, se echó sobre él y reposó su cabeza sobre el pecho de Lord Melbourne; y rompió a llorar amargamente.

- ¡Lord M, ¡Lord M… mi amor, mi vida!  – exclamó Victoria entre sollozos.

Skerrett se sintió conmovida e incomoda a la vez; entendía que Victoria necesitaba tener una chaperona al quedarse a solas en un dormitorio con un hombre, aunque ese hombre estuviera gravemente herido e inconsciente, para no alimentar los rumores maledicentes y preservar su imagen. También entendía porque no había querido de chaperona en ésta ocasión a Lehzen, porque con ella presente no hubiera podido dar rienda suelta a sus sentimientos y desahogarse sin tapujos; por su edad (muy aproximada a la de la Reina) Victoria y ella podían ser amigas, sí no fuera por la abismal diferencia de estatus social que había entre ambas, pero Victoria se sentía más relajada en su presencia que en la de Lehzen, que era como su madre, pero una madre estricta y rígida, en cualquier caso. Skerrett entendía a la Reina y se sentía orgullosa de ser digna de su confianza, pero no por ello se sentía menos incomoda al presenciar una escena tan íntima entre la Reina y el hombre que amaba; se sentía como una intrusa y un voyeur. Así que se dio la vuelta y les dio la espalda, mientras veía por la ventana, tratando de darles algo de intimidad.

- ¡Lord M no te mueras por favor! ¡Te necesito… no sabes cuánto te necesito! ¡No puedes dejarme sola… no puedes! ¡Tú eres mi vida Lord M! ¡Sí te mueres… yo me muero mi amor! – decía Victoria con el rostro bañado en lágrimas, con su rostro muy cerca del rostro de Lord Melbourne.

Skerrett también lloraba, en silencio, y se secaba las lágrimas con la palma de una mano; sentía una profunda compasión por la Reina y su bonita historia de amor.

- ¡Yo te amo… te amo William! – dijo Victoria, olvidando toda etiqueta o prejuicio, llamando por su nombre de pila a Lord Melbourne por primera vez - Ese día… en Brocket Hall… no te lo dije con éstas palabras, pero ahora lo hago… ¡Te amo! Creo que te he amado desde el primer día en que te vi, en Kensington, y desde entonces me has conquistado… contigo me siento protegida, amada, admirada, comprendida… por primera vez en mi vida sentí que alguien creía en mí… ¿No lo ves Lord M? No puedo darle mi corazón a nadie porque ya es tuyo… ¿y ahora me vas a dejar sola? ¡No puedes! ¡Tú no puedes dejarme sola! ¿Cómo puedo seguir viviendo en éste mundo sí no estás tú? ¡Por favor mi amor no te vayas! ¡Quédate conmigo William! ¡Quédate conmigo!

Victoria se atrevió a posar sus labios sobre los de Lord Melbourne y depositó en ellos un triste y tierno beso, que Skerrett vio de reojo.

- ¡No quiero vivir sí no estás! ¡Quédate conmigo o no podré seguir adelante! ¡Te necesito tanto, tanto Lord M! ¡No me dejes sola… te lo ruego! – continuó Victoria y luego volvió a besar sus labios.

Después Victoria rompió a llorar sobre el regazo de Lord Melbourne; Skerrett sintió que debía intervenir.

-Majestad… por favor… usted debe descansar, y Lord Melbourne también. Han pasado muchas horas desde su última comida, y ha sufrido mucho… se lo ruego, Majestad, debe descansar y comer… sí quiere ayudar a Lord Melbourne usted debe estar fuerte para él. No sirve de nada que usted también se enferme… además no puede quedarse mucho tiempo, al menos no ahora con todos afuera. Por favor, vayamos a su dormitorio para que descanse un poco y se alimente, y más tarde puede volver a visitar a Lord Melbourne. Usted sabe que la mantendrán informada de cualquier cosa que pase con él… hágalo por usted y por Lord Melbourne, él la necesita fuerte señora – dijo Skerrett acercándose a Victoria y poniéndose a su lado.

-Tienes razón Skerrett… tienes razón. Pero volveré más tarde – replicó Victoria.

-Por supuesto, Majestad.

Victoria se puso de pie y con las lágrimas corriendo por sus mejillas, dirigió una mirada a Lord Melbourne; se llevó una mano a los labios, besó sus dedos y luego los puso en los labios de Lord Melbourne. Luego se secó las lágrimas con un pañuelo que le dio Skerrett, se recompuso un poco e hizo un esfuerzo para dejar de llorar; y ya repuesta, en apariencia, se dirigió a la puerta y esperó a que Skerrett abriera la puerta, y salió al pasillo donde esperaba un grupo de gente a los que en ese momento no tenía ganas de atender, y con toda la prisa que le permitió la cortesía, se marchó a su dormitorio, no sin antes insistir al doctor que hiciera todo lo posible para salvar a Lord Melbourne.

Aquella noche Victoria no pudo dormir; se pasó todo el tiempo despierta, a veces llorando, otras veces acostada con los ojos abiertos viendo fijamente al techo. En ocasiones se quedaba adormilada, pero entonces tenía pesadillas en las que veía a Lord Melbourne muerto; después de la última, en la que se despertó gritando, causando que Skerrett y Lehzen acudieran corriendo a ver que le sucedía, hizo que las dos mujeres la acompañaran por los pasillos oscuros del Palacio, en plena madrugada, para ir al dormitorio donde se alojaba Lord Melbourne para ver sí él estaba bien. La enfermera que estaba de guardia en el dormitorio cuidando del herido Primer Ministro se quedó de piedra cuando vio aparecer a la Reina y a sus dos acompañantes, las tres mujeres con ropas de dormir; aún impresionada, respondió solicita a las preguntas de la Reina y la tranquilizó, haciéndole ver que Lord Melbourne no había empeorado.

A la mañana siguiente Victoria estaba exhausta, física y psicológicamente; aun así, tuvo que hacer frente no solo a su constante preocupación por Lord Melbourne, sino también a sus obligaciones de Reina reinante. Tuvo una audiencia con John Russell, Secretario de Estado de Guerra y Colonias, que por decisión de sus colegas del Gabinete ejercía temporalmente las funciones de Primer Ministro; Victoria le pidió que siguiera de forma interina al frente del gobierno, hasta ver que desenlace tendría la situación de Lord Melbourne. El Primer Ministro interino le informó de que el hombre que había atentado contra ella, era un radical fichado por la policía, un hombre solitario y fanático, algo perturbado, que había estado en el continente en movimientos revolucionarios, y que había estado ligado a los cartistas (Victoria recordó cuando habló con Lord Melbourne para conmutar la pena de muerte por la de destierro a algunos cartistas); el hombre había actuado en solitario y había seducido a una sirvienta para poder colarse a las estancias de los sirvientes de Palacio, y así finalmente poder infiltrarse en Palacio y atentar contra la Reina. Victoria solo manifestó su deseo de que todo el peso de la ley cayera sobre él; todo lo que sucedía le parecía irreal, como sí fuera una pesadilla o le estuviera ocurriendo a otra persona.

Todo el día Victoria se la pasó expectante, yendo y viniendo del dormitorio de Lord Melbourne, y cuando no estaba en su dormitorio preguntaba constantemente por él; a ella le hubiera gustado quedarse todo el tiempo al lado de su cama, pero sabía que no podía hacerlo, para evitar que los rumores siguieran creciendo. Las horas siguieron pasando lentamente, y cuando Victoria estaba sentada en su escritorio intentando infructuosamente concentrarse en los documentos oficiales, Lehzen vino y Victoria se sobresaltó, como cada vez que venía alguien, temiendo una noticia fatal.

-Majestad… Lord Melbourne ha despertado – dijo Lehzen, sin poder ocultar una cierta emoción al saber lo que eso significaba para su “Drina”.

El rostro de Victoria se iluminó y se puso de pie de un brinco, y recogiéndose la falda salió casi corriendo, pasando como un rayo al lado de Lehzen.

- ¡Dri… ¡Majestad, no corra por favor! ¡La Reina no debe correr nunca! – la reprendió levemente, como cuando era una niña en Kensington y las cosas eran algo más fáciles.

Cuando Victoria llegó al dormitorio, seguida de cerca por una Lehzen casi sin aliento, vio a Melbourne conversando débilmente con el médico, y sus ojos se cruzaron, y Lord Melbourne esbozó una sonrisa en su rostro demacrado que a Victoria la conmovió hasta las lágrimas; estuvo a punto de correr hacia él, pero Lehzen con disimulo la sujetó por el brazo.

-Majestad, por favor, espere a quedarse a solas con él… no demuestre sus sentimientos delante de todos – le susurró al oído Lehzen.

Victoria le hizo caso, aunque todo su cuerpo temblaba de la emoción; Victoria intercambió unas palabras con el doctor sobre el estado de Lord Melbourne, mientras éste contemplaba como sí no fuera con él.

-Doctor, sí me permite debo hablar con Lord Melbourne sobre unos asuntos de Estado… confidenciales… que no pueden esperar. Son urgentes – dijo Victoria intentando sonar serena y profesional.

-Por supuesto Majestad, pero el paciente aún está grave, no debe agotarse – replicó el médico.

-Seré breve – contestó Victoria.

-Majestad, con su permiso, le ofreceremos al doctor un refrigerio – intervino Lehzen.

-Buena idea Baronesa Lehzen, se lo agradezco – dijo Victoria.

Lehzen guio al doctor y a las enfermeras hacia afuera, seguidos por Skerrett; luego le dirigió una mirada a Victoria como queriendo decirle “pórtate bien niña”, y cerró la puerta dejándolos a solas.

Victoria se acercó a la cama y vio a Lord Melbourne directamente a los ojos…

-Señora, me alegra ver que está usted bien – dijo Lord Melbourne con voz quebrada y débil, y los ojos vidriosos, el rostro pálido como el de un cadáver.

Victoria abrió la boca para decir algo, pero la emoción no le permitió hablar… se sentó en la cama y sin poder contenerse, recostó su cuerpo sobre el pecho de Lord Melbourne y comenzó a llorar como una niña. Lord Melbourne se quedó sorprendido y conmovido, y levantando pesadamente una mano la puso sobre la cabeza de Victoria, acariciando sus cabellos.

-Señora, no debe ponerse así… normalmente las lágrimas vienen en el funeral, no antes – dijo Lord Melbourne.

- ¡Cállate tonto! ¡No tiene gracia! – casi gritó Victoria entre mortificada y enfadada.

Lord Melbourne se quedó asombrado, pues Victoria nunca le había hablado así…

-Perdón señora, en verdad no tiene gracia… no llore por éste viejo tonto, no vale la pena – le dijo dulcemente Melbourne.

- ¡Lord M… no sabes lo que he sufrido! ¡Tenía tanto miedo de perderte! ¡Me estaba volviendo loca de dolor! ¿Es qué todavía no lo entiendes? – le dijo Victoria con su rostro muy cerca del rostro de Lord Melbourne - ¿Tengo que decírtelo? ¡Te amo… te amo Lord M! ¡Te amo William… te amo más que a mi propia vida!

- ¡Por favor Señora… por favor no diga más! ¡No se comprometa de esa manera! – replicó Lord Melbourne, sintiendo que le fallaba la voz, y conteniendo las lágrimas.

- ¡No… ésta vez no me vas a callar! ¡Estoy harta de callar! Ese día en Brocket Hall quise decirte lo que sentía, pero el protocolo y mi timidez no me permitieron expresar sin tapujos lo que sentía… ahora puedo hacerlo. ¡Lo que siento es amor Lord M! ¡Te amo! ¡Tú eres mi vida! ¡Tú eres mi razón para vivir mi amor! Tal vez pienses que soy una niña, que no sé lo que es el verdadero amor, que no he vivido lo suficiente para saberlo… ¡Pero lo sé! ¡Por Dios que lo sé! Siento algo que no puedo expresar con palabras… solo sé que sí te vas de mi vida desearía estar muerta. ¡No quiero vivir sin ti, no quiero!

Lord Melbourne cerró los ojos, y luego los abrió con una expresión de tristeza, de tormento…

- ¡Nunca he pensado que no sepa lo que es el amor Señora! Hay gente que puede vivir 80 años y nunca conocer el amor, nunca llegar a sentirlo; en cambio, hay gente que con 15 o 16 de años de vida ya lo conoce y lo siente, incluso el amor más grande de su vida… ni por un minuto he dudado de la fuerza y sinceridad de sus sentimientos Señora – dijo Lord Melbourne como sí le costara hablar por la emoción.

-Entonces… puedes decirme que sientes por mí… Necesito saberlo, necesito que me digas la verdad, que me lo jures por tu honor o por lo más sagrado para ti. Necesito que me lo digas, sin subterfugios, sin medias tintas, sin expresiones veladas o en clave; necesito que me confieses lo que sientes por mí, aunque no sea lo que quiero escuchar… pero necesito saber sí tú me amas como yo te amo a ti – le rogó Victoria.

Lord Melbourne respiró profundamente, como sí buscara fuerzas, y luego habló con voz algo más clara y firme.

-Señora… Victoria… ¡Te amo! ¡Te amo Victoria! Te amo como nunca he amado a ninguna mujer… te amo más de lo que amé a mi esposa, incluso en la época en que fui feliz con ella. Nunca pensé que volvería a amar a una mujer, y después de la muerte de mi hijo, creí que mi corazón estaba muerto y no volvería a sentir ninguna emoción… pero tú me devolviste la vida y el corazón. ¡Tú eres la única razón que tengo para vivir… mi amor! – confesó Lord Melbourne con sincera emoción.

Victoria lloraba y sonreía a la vez, con un dulce gesto de alegría en su rostro…

-Pero… pero entonces, ¿por qué? ¿por qué…? – preguntó Victoria con voz atropellada.

- ¿Por qué te rechace? ¿No entiendes Victoria? ¡Tenía que hacerlo por ti! ¡No tienes idea de lo que me costó hacerlo! Mi corazón se rompió tanto o más que el tuyo… quería decirte que si, besarte y abrazarte, y aceptar tu propuesta, pero no podía… ¿La Reina de Gran Bretaña casada con un simple Vizconde, que tiene edad de sobra para ser su padre y que encima es un político al final de su carrera, el líder de un partido y Primer Ministro de Su Majestad? ¡Su Primer Ministro, Señora! ¡Nunca lo aceptaran! ¡No dejarán que te cases conmigo Victoria! ¡Sería una crisis constitucional! Y sí insistieras, tus enemigos lo hubieran aprovechado para decir que no estás preparada para reinar… les darías la razón a esos miserables que querían incapacitarte, que incluso querían declararte loca, para imponerte una Regencia, para que te quiten tus funciones y se las entreguen a un Regente, y a ti te encierren prácticamente como prisionera el resto de tu vida… o peor aún, te obliguen a abdicar, a renunciar a la Corona. ¡No podía permitir que te hicieran eso!

- ¡Pero no era tu decisión Lord M! ¡Era mi decisión! – exclamó en tono de enfado y pena.

- ¡También lo es mía Señora! Además, no era solo por usted… era también por Gran Bretaña, por nuestro país… desde que te vi Victoria, vi grandeza en ti…Yo creí en ti porque vi que tenías el potencial de ser una gran Reina, y éste país necesita un buen monarca. Nuestros dos últimos Reyes, tus tíos, fueron unos monarcas muy malos; en cambio, tú… tú tienes grandes cualidades y tienes un gran sentido del deber. Una jovencita que a pesar de la adversidad en la que creció tenía la fortaleza para cumplir con sus obligaciones y enfrentarse a quienes querían manipularla por sus propios intereses. En éstos tiempos Gran Bretaña necesita una Reina que pueda unir a la Nación, que pueda fortalecer la fe del pueblo en nuestras instituciones, y garantizar que sigamos por el camino entre la tradición y el cambio, la reforma sin violencia, evitando los trastornos violentos que sacuden al continente, la Revolución sangrienta y anárquica… sí pierdes la Corona, ¿crees que alguno de tus codiciosos tíos pueda unir a la Nación y despertar la lealtad en el pueblo? Con uno de tus mezquinos parientes en el Trono, la estabilidad de éste país correría grave peligro… ¿podrías vivir con eso en la conciencia Victoria? Sí tuvieras que abdicar para casarte conmigo, y te convirtieras simplemente en la Vizcondesa de Melbourne, y sí el país se fuera por un precipicio, ¿no terminarías arrepintiéndote por no cumplir con tu deber… por renunciar al papel al que estabas destinada por Dios o por el destino? Tú no naciste para ser una simple ama de casa, una aristócrata de segunda categoría que se marchita en una residencia en el campo al lado de un marido mayor. No te engañes Victoria, tú no eres una mujer común, y los dos amamos demasiado a éste país, y nos sentiríamos culpables de perjudicarlo.

-Entiendo lo que dices… pero aún así, ¡renunciaste a mí con tanta facilidad! – respondió con gran tristeza Victoria.

- ¡Con facilidad! ¿Con facilidad dices? – replicó Lord Melbourne con dolor, en tono de amargo reproche, casi ofendido - ¡Es lo más doloroso que he tenido que hacer en mi vida! Solo el día que tuve que enterrar a mi pobre hijo sentí tanto dolor como el que sentí aquel día. Verte irte con el corazón roto, sintiendo que te perdía para siempre, fue para mí tan amargo como cuando vi el ataúd de mi hijo descendiendo al sepulcro… ¿Cómo puedo explicarte lo que sentí? ¡Para mí era el final de mi última ilusión en la vida! Sí te pierdo, se muere mi única razón para vivir… ¿Sabes lo que me hace sufrir todos los días Victoria? Pensar en lo que sucederá el día en que te cases con otro y además yo dejé de ser tu Primer Ministro… ¿qué será de mí después? Yo te lo diré… pasar mis últimos años de vida encerrado en mi solitaria casa, sufriendo por tu ausencia, mortificado sabiendo que estás en brazos de otro hombre, que compartes su lecho, que te hace suya... ¿Sabes lo qué he hecho Victoria? Rogarle a Dios que el día que eso suceda me quité la vida rápido, que no tenga que vivir muchos años en ese infierno… para mí la muerte sería una bendición sí tengo que vivir sin ti. ¿Fácil dices? ¡Que me condenen al infierno sí fue fácil para mí!

- ¡Oh Lord M, mi dulce Lord M! – exclamó Victoria y sin pensarlo dos veces lo besó en los labios, un beso profundo y tierno.

- ¡Victoria, por favor, alguien puede vernos! – le dijo Melbourne después que ella separó los labios de los suyos.

- ¿Y por eso vas a renunciar a mis besos? – le preguntó Victoria con una dulce sonrisa y ojos brillantes.

-No, no lo haré – replicó Melbourne y acercó sus labios a los de ella, y se besaron de forma más prolongada.

Cuando Victoria salió del dormitorio tenía un lindo rubor en las mejillas, y tuvo que evitar la mirada de Lehzen para no ver la suspicacia y el reproche en los ojos de la Baronesa; pero la alegría que sentía se enturbió cuando el doctor le explicó que Lord Melbourne aún estaba en peligro de muerte, que aún era posible una recaída. Eso la llenó de miedo, pero luego a solas pudo más la alegría al recordar los besos de Lord Melbourne; acostada en su cama, se llevó los dedos a los labios y cerró los ojos, y luego se abrazó a una almohada hundiendo la cara en ella.

Al día siguiente Victoria visitó a Lord Melbourne varias veces, y en una ocasión buscó una excusa para quedarse a solas con él; conversaron tiernamente y ella consiguió besarlo de nuevo, a pesar del miedo de él de que los descubrieran. Por la noche Victoria recorrió uno de los pasillos del Palacio con una lámpara en la mano, observando los retratos de sus ancestros; se detuvo ante el retrato de Jorge III y se quedó viéndolo un largo rato.

- ¿Tú qué harías en mi lugar abuelo?… Me refiero a antes de que perdieras la razón, por supuesto… Claro, tú eras hombre y lo tenías algo más fácil…

Victoria meditó mucho, y finalmente tomó una decisión; al día siguiente reunió en su despacho a Lehzen, Lord Alfred, Emma Portman (la gran amiga de Lord Melbourne y Lady de la Alcoba de Victoria), la Duquesa de Sutherland (Maestra de los Trajes y amiga de Victoria) y, para sorpresa de los demás, a Skerrett.

-Los he reunido mis amigos y fieles servidores, porque he tomado una decisión muy importante, y necesito de vuestra ayuda para ejecutarla. Ésta decisión es fruto de una cuidadosa meditación por mi parte, y les aseguro que no la he tomado a la ligera. Espero vuestra comprensión, y vuestro apoyo – dijo Victoria de forma solemne e intentando dominar la emoción – He decidido casarme con Lord Melbourne in articulo mortis.

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